El torque de oro - Julian May - E-Book

El torque de oro E-Book

Julian May

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Beschreibung

"Una de las más extraordinarias sagas de ciencia ficción que se han escrito". (Peter F. Hamilton) "Una saga hechizante y absorbente de punta a punta". (Fritz Leiber) "Es uno de los futuros mejor pensados de la historia de la ciencia ficción". (Joe W. Haldeman) "Consideré al instante a La Tierra Multicolor como un clásico. Estoy muy contento por poder decir que El torque Oro es una digna sucesora. El concepto es escandalosamente original. Alcanza un clímax que, como mínimo, es de escala wagneriana". (Baird Scarlcs - Isaac Asimov's Science Fiction Magazine) Segundo volumen de la saga del Exilio en el Plioceno y continuación de La Tierra Multicolor, novela ganadora del premio Locus a la mejor novela de ciencia ficción, y finalista de los premios Hugo, Nébula, Prometheus y Fantasía Mitopoética de literatura adulta. No debemos contar más. Hacer espoiler de maravillas como el libro que tienes en tus manos está tipificado como delito literario.

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Seitenzahl: 729

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Inicio

EL TORQUE DE ORO

Exilio en el Plioceno II

Un libro de

Julian May

Colección Incontinencia Suma

Prólogo

Cristian Arenós Rebolledo

Ilustración de cubierta

Carolina Bensler

Correcciones y edición

Cristian Arenós Rebolledo

Santiago García Solans

Copyright © 1982 by Starykon Productions, Inc.

Published by special arrangement with

Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company

ISBN 978-84-123051-5-9

© de la presente edición

La máquina que hace PING!

Plaza Estación, 9 Bajo 12560

Benicasim - Castellón

España

www.lamaquinaquehaceping.com

[email protected]

(+34) 670.386.111

Prólogo

PRÓLOGO

Tienes en tus manos una joya, pero no te voy a engañar por ganar unos euros. Este libro es una segunda parte, la segunda parte de La Saga del Exilio en el Plioceno y, si bien la propia autora se ha encargado de hacer un resumen del primer volumen al inicio de este libro, ese resumen no te va a ser suficiente. Para nada. Léete esta maravilla que tienes entre manos, pero solo después de haber devorado La Tierra Multicolor, primer libro de la saga. No lo dudes, estos personajes y este universo son de los que te llevarás, bien dentro, hasta la tumba. Pero empieza por el principio. No eches a perder una de las pocas cosas de este mundo que aún puede sorprenderte a estos niveles.

;)

Cristian Arenós Rebolledo

Editor de La máquina que hace PING!

Para Bárbara,

enfermera, redactora y acompañante.

Ábrenos la puerta, y veremos los campos,

beberemos su agua fría,

allí donde la luna ha dejado su huella.

El largo camino abrasa, hostil frente a los desconocidos.

Vagamos sin rumbo y no encontramos ningún lugar...Ante nosotros está la puerta;

¿de qué nos sirve desear?

Mejor démosle la espalda, abandonemos la esperanza.

Nunca entraremos.

Estamos cansados de verla.

La puerta, al abrirse, deja escapar tanto silencio

que ni los campos aparecen, ni ninguna flor;

sólo el inmenso espacio donde el vacío y la luz

están presentes, de repente, en todas partes,

y nos colmó el espíritu, y nos lavó los ojos,

casi ciegos bajo el polvo.

El Umbral (Simone Weil)

Sinopsis del volumen I - La Tierra Multicolor

SINOPSIS DEL VOLUMEN I

LA TIERRA MULTICOLOR

LA GRAN INTERVENCIÓN de 2013 le abrió a la humanidad el camino hacia las estrellas, otorgando a los habitantes de La Tierra un espacio vital ilimitado, suficiencia energética y la pertenencia a una civilización benevolente, El Medio Galáctico. La humanidad se convirtió en la sexta de las Especies Coadunadas, una confederación de colonizadores de planetas que compartían una alta tecnología, además de poseer una serie de habilidades mentales conocidas como metafunciones, que comprendían la telepatía, la psicokinesis y muchos otros poderes que habían permanecido latentes en el acervo genético humano desde tiempos inmemoriales, pero que solo en raras ocasiones se habían manifestado.

Hacia 2110, cuando da comienzo el primer volumen de esta saga, se vivió una especie de edad de oro. Más de 700 planetas nuevos habían sido colonizados por los eufóricos terrícolas. Los humanos con poderes metapsíquicos evidentes aumentaban en número poco a poco; no obstante, para la mayoría de la población, los poderes mentales eran insignificantes tirando a nada, o bien permanecían latentes, es decir, inutilizables debido a barreras psicológicas u otros factores.

Incluso las edades de oro tienen sus inadaptados, y la estructura psicosocial de El Medio Galáctico tuvo su cupo. Un físico francés llamado Theo Guderian, sin saberlo, proporcionó a estos inadaptados una trampilla de escape inigualable cuando descubrió un fenómeno que aparentemente carecía de utilidad: Un portal de un solo sentido, con destino fijado en el Valle del Río Ródano, en Francia, tal y como era durante la época del Plioceno, hace seis millones de años. Convencidos de que en La Tierra Pliocena debía existir un Edén prehistórico, un número creciente de inadaptados acudía a la viuda de Guderian, Angelique, para que les dejara pasar a través del portal del tiempo hacia El Exilio.

Desde la muerte de su marido en 2041 y hasta 2106, la rejuvenecida Madame Guderian dirigió un peculiar establecimiento que las autoridades galácticas toleraron a regañadientes. Su posada francesa, l’Auberge du Portail, era una tapadera que trasladaba clientes desde La Vieja Tierra hasta un mundo seis millones de años más joven. Después de sufrir remordimientos de conciencia debido al dudoso destino de los trasladados a través del portal, la propia Madame atravesó la puerta unidireccional hacia El Exilio Plioceno. El Medio Galáctico asumió la administración del portal del tiempo, considerando que era un trastero maravilloso donde colocar a los disidentes.

El 25 de agosto de 2110, las ocho personas que componían el grupo verde de esa semana, fueron trasladadas al Plioceno: Richard Voorhees, capitán de una nave estelar y condenado; Felice Landry, una joven atleta atormentada cuyo temperamento violento junto a sus poderes mentales latentes la habían convertido en una marginada; Claude Majewski, un paleontólogo de 133 años de edad que acababa de perder a su esposa y compañera de trabajo; Sor Amerie Roccaro, médica y monja hastiada que anhelaba convertirse en ermitaña; Bryan Grenfell, un antropólogo en busca de su amante, Mercy Lamballe, que le había precedido a través del portal dos meses antes; Elizabeth Orme, una Gran Maestra metapsíquica operante privada de sus maravillosos poderes mentales por un traumatismo cerebral; Stein Oleson, un perforador de la corteza planetaria inadaptado, que soñaba con llevar la vida de un vikingo en un mundo más simple; y Aiken Drum, un joven y simpático pillo que, al igual que Felice, poseía poderes metapsíquicos latentes.

Estas ocho personas saltaron seis millones de años hacia el pasado de La Tierra, tan solo para descubrir, como otros viajeros del tiempo habían descubierto antes, que la Europa del Plioceno estaba bajo control de un grupo de humanoides disidentes de otra galaxia. Los exóticos también fueron exiliados, expulsados de su hogar debido a su bárbaro y religioso Gran Combate.

La facción exótica dominante, los tanu, eran altos y apuestos. A pesar de llevar mil años en La Tierra, todavía eran menos de 20.000 porque su capacidad de reproducción estaba muy dificultada por las radiaciones solares. Puesto que su plasma era compatible con el de la humanidad, durante casi setenta años utilizaron a las viajeras del tiempo como animales de cría, esclavizando a la humanidad pliocena mediante un sistema de servidumbre benevolente.

Antagonistas de los tanu, y superándolos en número en una proporción de al menos cuatro a uno, estaban sus antiguos enemigos, los firvulag. Estos exóticos eran casi todos de baja estatura, y se reprodujeron bastante bien en La Tierra. Los tanu y los firvulag constituyen en realidad una especie dimórfica. Los altos son metapsíquicamente latentes, los pequeños son poseedores de metafunciones operantes limitadas. Los tanu usan amplificadores de la mente, unos collares llamados torques de oro, con los que consiguen poner en funcionamiento sus poderes. Los firvulag no requieren de torques, y la mayoría de ellos son más débiles que los tanu en cuanto a potencia mental.

Durante la mayor parte de los mil años en que los tanu y firvulag residieron en La Tierra Pliocena (a la que llamaron La Tierra Multicolor), estuvieron bastante igualados en las guerras rituales que libraban como parte de su religión de batalla. La mayor finura y la tecnología más sofisticada de los tanu solían contrarrestar la superioridad numérica de los más toscos firvulag. Pero el advenimiento de la humanidad viajera del tiempo inclinó la balanza a favor de los exóticos altos. No solo los híbridos tanu-humano resultaron tener una fuerza física y mental inusual, sino que los humanos también mejoraron el decadente estado de la ciencia de los tanu mediante la aportación de la experiencia de El Medio Galáctico. Tras setenta años de viajes en el tiempo casi 100.000 humanos habían sido trasladados a la Europa Pliocena; gracias a su integración, los tanu alcanzaron una supremacía casi absoluta sobre sus enemigos firvulag (que nunca se aparearon con la humanidad y que, en general, la despreciaban).

La suerte de la humanidad sometida a los señores tanu no es, en absoluto, sombría; las personas que cooperan son tratadas muy bien. Todo el trabajo duro lo realizan los ramapithecus, pequeños simios que llevan unos torques sencillos que les obligan a obedecer (irónicamente, estos “ramas” son parte de la línea evolutiva directa de los homínidos que culminaron en el Homo sapiens, seis millones de años después). Los seres humanos que ocupan puestos de confianza o que se dedican a oficios vitales para los tanu suelen portar torques grises. Estos torques no amplifican las capacidad mental, pero permiten la comunicación telepática entre humanos y exóticos; estos dispositivos también tienen integrados circuitos de placer-dolor, a través de los cuales los tanu recompensan o castigan a sus sirvientes. Los torques no son fáciles de fabricar, requirieren un componente hecho con bario, que es escaso, por lo que no se utilizan en la mayoría de los seres humanos “normales” (es decir, metapsíquicamente no latentes), a quienes se les obliga a obedecer por otros medios. Si los test que les realizan los tanu indican que un viajero del tiempo recién llegado tiene metafunciones latentes importantes, a esta persona afortunada se le otorga un torque de plata. Se trata de un verdadero amplificador, similar a los collares de oro que llevan los tanu, pero con circuitos de control. Los seres humanos con torques de plata gozan de una posición privilegiada. En alguna ocasión extraordinaria se le concede a algún humano un torque de oro y plena libertad como ciudadano de La Tierra Multicolor.

Los ocho miembros del grupo verde, como todos los recién llegados, fueron llevados a una fortaleza tanu, El Castillo del Portal. Casi al mismo tiempo, el grupo resultó ser de todo menos típico. El capitán de la nave espacial, Richard, tras una breve fuga fallida, tuvo un encuentro aterrador con una esclavista tanu, Épone, que era quien realizaba los tests de metafunciones latentes.

Elizabeth, la antigua profesora metapsíquica de sentido a distancia, se encontró con que el paso a través del portal del tiempo había provocado la recuperación de sus increíbles poderes mentales, que ya temía que se hubieran perdido para siempre. Su revelación fue percibida con emoción por otro tanu, Creyn, quien le prometió a Elizabeth una “vida maravillosa” en La Tierra Multicolor.

Stein Oleson, el enorme perforador, perdió los estribos debido al viaje a través del tiempo. Destrozó la puerta de su celda y solo lo pudieron reducir después de que matara a varios esclavos de torque gris. Para asegurarse la futura docilidad de Stein, se le puso un torque gris. Su portentoso físico lo convirtió en candidato para la guerra ritual tanu-firvulag, El Gran Combate. Aún inconsciente, se le preparó para el viaje hacia el sur, a la capital tanu, Muriah.

También le pusieron un torque, pero de plata, al joven embaucador Aiken Drum. Los examinadores exóticos detectaron fuertes latencias metapsíquicas en él, quien las fue llevando hasta alcanzar un nivel operante según se iba acostumbrando a usar el amplificador.

El antropólogo, Bryan Grenfell, no poseía ninguna latencia mental relevante. Pero su capacitación profesional parecía ser extrañamente valiosa para los tanu, con lo que Bryan pudo pactar. Se ofreció a cooperar a cambio de la ayuda de los tanu para encontrar a Mercy... y de quedar libre de torque.

El viejo buscador de huesos, Claude Majewski, no reveló ningún poder mental oculto. Con cierto desdén, los lacayos de los tanu le informaron que sería enviado al norte, a la ciudad de Finiah, junto con la mayor parte de los viajeros del tiempo de la semana, y puesto a trabajar. Lo encarcelaron en el “corral de gente” de El Castillo del Portal, junto con poco más de treinta personas comunes y corrientes, esperando la partida de la caravana que iba rumbo al norte. En el dormitorio de la prisión yacía en coma Richard, debido al abuso mental de Épone.

Los últimos miembros del grupo verde que fueron testados por la señora esclavista exótica fueron la Hermana Amerie y Felice Landry. La monja no poseía latencias significativas. Enfrentada a la inminente prueba, Felice quedó atenazada por un miedo histérico; su nerviosismo hacía imposible una calibración precisa. Épone renunció testar a la chica, ya que podría ser examinada más tarde, en Finiah. Después, Épone les informó, a las dos por separado, sobre la costumbre tanu de utilizar mujeres humanas como animales de cría, despreciando sus protestas de indignación, insistiendo en que, a la larga, aceptarían ese rol y que incluso serían felices con su nueva vida en Finiah. Cuando la exótica mujer los dejó, la histeria fingida de Felice desapareció. Había logrado ocultarle a Épone sus fuertes metafunciones latentes, librándose de los torques al menos por un tiempo. Tomó la decisión, con fría cólera, de llevarse por delante a toda la especie tanu.

Al anochecer de ese día, dos caravanas salieron de El Castillo del Portal para viajar, junto al río Ródano Plioceno, en direcciones opuestas. En el grupo que iba hacia el norte, rumbo a Finiah, la cual se encontraba junto al Proto-Rin, en un extremo de la Selva Negra, viajaban los medio recuperados Richard, Claude, Amerie, Felice y la mayor parte de los otros prisioneros humanos. Marchaban escoltados por Épone y un pelotón de tropas humanas con torques grises. En la caravana que se dirigía hacia el sur, liderada por Creyn, se encontraban Elizabeth, Bryan, Aiken Drum, el herido Stein y otros dos humanos con torques de plata: una ex-técnico de menores de un satélite colonial, Sukey Davies, y un sombrío guardabosques fino-canadiense, Raimo Hakkinen.

Durante la primera parte del trayecto, el convoy que iba rumbo al norte avanzó en calma. Amerie, sufriendo por tener que cabalgar sobre una enorme montura llamada chaliko, profundizó en su alma y empezó a comprender las tensiones neuróticas que la habían empujado a abandonar su ministerio. Richard, que se recuperaba con la ayuda de Claude, se puso furioso cuando le quedó clara su situación. Cuando Felice propuso un plan para escapar, Richard dudó sobre si apoyarla o no, aunque en el fondo estaba predispuesto a hacerlo.

Dos días después de partir de El Castillo del Portal, el plan de Felice se puso en funcionamiento. Tenía tres armas: una fuerza sobrenatural en un cuerpo engañosamente ligero, la capacidad de controlar la mente de los animales (un aspecto de su latencia meta-psíquica que había utilizado durante su carrera como atleta), y un pequeño cuchillo que los tanu no habían detectado. Felice rompió las cadenas que retenían a sus amigos del grupo verde y a los otros cuatro prisioneros. Entonces Richard, disfrazado con el hábito de monja de Amerie, apuñaló al oficial de la guardia hasta matarlo, mientras Felice coaccionaba mentalmente a los feroces perros-oso que escoltaban la caravana, obligándolos a atacar a los soldados y a Épone. Se desató una pelea salvaje en la que los prisioneros liberados, junto con los perros-oso controlados mentalmente mataron, no solo al resto de los soldados, sino también a la tanu Épone.

Cuando al fin vencieron, Felice quiso apoderarse del torque de oro de Épone, sabiendo que con él lograría liberar las metafunciones latentes que hasta ese momento habían estado aprisionadas en su cerebro. Pero un viajero del tiempo medio loco arrojó el dispositivo a un lago, el cual se hundió en sus profundas aguas. Amerie impidió que Felice lo asesinara administrándole un poderoso sedante de su botiquín, lo que provocó que la pequeña atleta quedara inconsciente.

Desde una cumbre elevada, los otros cuatro miembros del grupo verde vieron unos botes conducidos por portadores de torques grises que buscaban a sus antiguos acompañantes. Esa noche, Amerie se sintió extrañamente atraída por el comportamiento violento de Felice, lo cual reflejaba una sombra oscura en el interior de su espiritualidad.

Al día siguiente, Amerie se cayó cruzando un río y se rompió un brazo. Acamparon y trataron de decidir qué hacer. Felice daba por sentado que todos ellos llevarían una vida de guerrilleros, hostigando a otras caravanas con la esperanza de conseguir un torque de oro. Richard recibió esta idea con desprecio. Lo único sensato, para él, era dirigirse hacia el mar, lejos de las regiones habitadas por los tanu. Claude, pensando que Richard tenía razón, pero preocupado por dejar sola con su idea a la impetuosa chica, se fue a pensar al bosque. Después de enterrar las cenizas de su difunta esposa, se quedó dormido. Despertó al anochecer sorprendido por un pequeño gato del Plioceno que parecía domesticado, y que insistía en acompañarlo en su regreso hacia el campamento. El gato, según Claude, sería una estupenda distracción para Amerie, quien andaba preocupada por Felice de un modo enfermizo.

El hombre y el animal regresaron al campamento y descubrieron que todo rastro de los demás había desaparecido. Con miedo, Claude ascendió siguiendo la orilla del río. A los viajeros del tiempo se les había advertido de los terribles firvulag que habitaban el bosque de los Vosgos. Parecía que Richard, Felice y Amerie habían sido secuestrados por los pequeños exóticos cambiaformas... o que habían sido vueltos a capturar por los sirvientes de los tanu. Escuchó unas voces que le obligaron a mostrarse. Claude se encontró con un grupo de gente que había secuestrado a sus amigos. No eran exóticos, sino seres humanos libres que habían escapado de la esclavitud exótica y que ahora vivían fuera de la ley.

Su líder era una anciana rejuvenecida que portaba un torque de oro: la viuda del inventor del Portal del tiempo, y la responsable última del estado de degradación de la humanidad pliocena... Angelique Guderian.

El último día de agosto, los cuatro miembros del grupo verde, Madame Guderian y su banda, y otros 200 pelagatos (así se denominaban con orgullo los humanos libres) se escondieron en un árbol hueco gigante de las montañas de los Vosgos. El bosque estaba plagado de tanus y secuaces con torque gris, enviados por Lord Velteyn de Finiah, con el fin de encontrar a los asesinos de su hermana Épone. El propio Velteyn, experto en las metafacultades de psicokinesis y creatividad, dirigía personalmente las salidas, a la cabeza de su Caza Voladora, un grupo de espectaculares caballeros tanu con armadura de cristal, que levitaban gracias a los poderes mentales de su señor.

A salvo en su santuario, los pelagatos y el grupo verde se dedicaron a conocerse. Madame les contó a los recién llegados su grandioso plan para liberar a toda la humanidad pliocena de la esclavitud de los tanu, una tarea que había decidido emprender para expiar su sentimiento de culpa. Había forjado una frágil alianza entre los pelagatos y los firvulag para enfrentarse al enemigo común, los tanu; pero la entente había sido muy poco productiva.

Los tanu eran inexplicablemente invulnerables a las armas de vitredur y de bronce usadas habitualmente por las tres razas. Los tanu podían llegar a sufrir lesiones pero, tras un tratamiento de rehabilitación administrado por los redactores, unos sanadores metapsíquicos, hasta las peores heridas quedaban curadas. Madame y su más importante combatiente, un nativo americano llamado Peopeo Moxmox Burke que había sido juez, se mostraron muy interesados en saber cómo el grupo verde había logrado despachar a Épone. Hasta ese momento, ningún pelagatos había sido capaz de matar a ningún tanu. Felice mostró su pequeño cuchillo de acero, y un detalle que Amerie ya había intuido se confirmó: El hierro era venenoso para los tanu, quizá actuaba de alguna manera que destruía el vínculo entre el cerebro del exótico y su torque de oro (Felice miró el torque de oro de Madame dándole vueltas al asunto, pero la intrépida anciana simplemente se punzó a sí misma con el cuchillo para demostrar que los humanos estaban hechos de otra pasta).

Entonces, un personaje llamado Fitharn Patapalo llegó al interior del árbol hueco. Parecía un humano bajito y robusto, pero resultó ser un firvulag capaz de adoptar formas monstruosas, uno de los de la Gente Pequeña que en su día se había hecho amigo de Madame Guderian en el Plioceno. Mientras explicaba su plan para liberar a la humanidad esclavizada, Madame le pidió a Fitharn que recitara una antigua tradición laica de su pueblo. Les contó cómo fue la llegada de los tanu y los firvulag a La Tierra en una gigantesca nave espacial viviente que tenía como esposa a Brede, una mujer de la galaxia exótica. Al haber realizado un extraordinario viaje a través de millones de años luz, La Nave sufrió una enorme tensión. Los tanu, los firvulag y Brede salieron de la vieja nave en pequeñas voladoras y contemplaron como los restos del enorme organismo se estrellaba en la Europa del Plioceno, formando un cráter tan ancho que no se podía ver un extremo desde el otro. Para consagrar La Tumba de La Nave, dos héroes libraron una batalla ritual, Sharn por parte de los firvulag y Lugonn por los tanu. El primero iba armado con un arma fotónica llamada La Espada, y el segundo usaba un arma laser similar llamada La Lanza. Sharn fue derrotado. El vencedor, Lugonn El Resplandeciente, obtuvo el honor de recibir un disparo de su propia Lanza entre los ojos. Lugonn, con su armadura dorada y junto a su Lanza, fue depositado en La Tumba de La Nave para “capitanearla en su último vuelo”.

Después de mil años, la remota ubicación de La Tumba de La Nave se había borrado de la memoria tanto de los tanu como de los firvulag. Pero la leyenda había despertado una esperanza en Madame Guderian. La Espada de Sharn estaba ahora en manos de los tanu, como trofeo que se entregaba al ganador de la guerra religiosa anual de El Gran Combate, pero La Lanza de Lugonn aún debía estar al lado del lago del cráter, junto a las máquinas voladoras propulsadas por gravedad magnética que habían transportado a los exóticos desde su moribunda Nave hasta La Tierra. Si los pelagatos pudieran conseguir el arma fotónica o una máquina voladora, o ambas, obtendrían una ventaja sin precedentes sobre los bárbaros metapsíquicos que conformaban la caballería de los tanu.

Los pelagatos, y los amistosos firvulag, habían buscado en vano La Tumba de La Nave. Pero Claude, conocedor de la geología del futuro, les dijo dónde debía estar. Solo un astroblema en Europa encajaba en la descripción dada: un cráter llamado Ries que se encontraba a unos 300 kilómetros al este, en la orilla norte del río Danubio.

Gritaron de júbilo al oír esta noticia y decidieron montar una expedición de inmediato. Con suerte, los exploradores regresarían antes de fin de mes. Los firvulag se unirían a los humanos pelagatos para atacar Finiah, siempre y cuando la batalla tuviera lugar antes de La Tregua de El Gran Combate, la cual comenzaba en la madrugada del primero de octubre. La expedición estaría integrada por Fitharn, Madame Guderian, el Gran Jefe Burke, una ingeniera de campo dinámico llamada Martha, un antiguo mecánico especializado en gravo-mag llamado Stefanko, y tres miembros del grupo verde. Claude haría de guía. Richard (a pesar de sus protestas) pilotaría una voladora si conseguían ponerla en marcha. Felice insistió en que sería útil, con su talento tan especial, para defender al grupo de las bestias salvajes, así como para cazar comida y otras tareas (tenía que ir como fuese; alrededor del cuello del esqueleto de Lugonn había un torque de oro).

Fitharn propuso que la expedición obtuviera la aprobación oficial del monarca firvulag, Yeochee IV. Antes de abandonar el árbol, Madame dio órdenes secretas a un herrero de los pelagatos, Khalid Khan, para que llevara a un grupo de hombres a un lugar designado por Claude, donde podrían encontrar con facilidad mineral de hierro. Debían fundir la mayor cantidad posible del “metal de la sangre” y llevarlo hasta el principal asentamiento de los pelagatos, Balneario escondido, tan pronto como se replegaran los grupos de rastreo de los tanu. El hierro debía mantenerse en secreto frente a los firvulag, ya que su lealtad estaba fuertemente teñida por la conveniencia, y ningún pelagatos sabía cuánto tiempo podía durar la frágil alianza.

Amerie iría a Balneario escondido, y viviría en la mismísima casa de Madame. Allí su brazo se curaría y podría ocuparse de los humanos proscritos, que habían vivido durante años sin médico ni sacerdote. Mientras tanto, unos mensajeros irían a otros asentamientos pelagatos diseminados por Europa a intentar conseguir voluntarios para el ataque a Finiah, programado provisionalmente para la última semana de septiembre.

En el bastión de los firvulag, Alto Vrazel, la pequeña expedición se reunió con el rey Yeochee, quien se mostró escéptico y les advirtió que las regiones que se encontraban al este de la Selva Negra estaban llenas de aulladores, deformes firvulag con mutaciones que solo estaban bajo su autoridad de forma nominal. Le entregó a Madame una orden real que ordenaba la cooperación de Sugoll, considerado el gobernante de los aulladores en las regiones cercanas al nacimiento del Danubio.

Cinco días después de dejar Alto Vrazel, ubicada en las montañas de los Vosgos, la expedición llegó al Rin y se encontró con una desgracia en forma de cerdo con el tamaño de un buey. Esta criatura les cogió por sorpresa, mató a Stefanko e hirió de gravedad al Gran Jefe Burke. Fitharn les instó a regresar; pero los humanos temían que, si tardaban, los firvulag podrían buscar La Tumba de La Nave ellos solos. La frágil Martha, que como esclava tanu había sido obligada a dar a luz a cuatro hijos seguidos, comenzó a sufrir hemorragias. Sin embargo, se mantuvo firme e insistió en que siguieran adelante, y así lo hicieron cinco de ellos. La valiente Felice llevó a cuestas a Martha hasta que se recuperó lo suficiente como para volver a caminar.

Lentamente, la expedición fue ascendiendo por el gran acantilado de la orilla oriental del Rin, hacia una escalofriante zona que llamaron el Bosque de los Hongos, y que cubría las tierras altas donde se encontraría el moderno Schwarzwald. El 18 de septiembre llegaron a El Feldberg, hogar de El Señor de los aulladores, Sugoll. Este individuo, que lucía un cuerpo ficticio y hermoso para ocultar sus horribles deformidades, jugueteaba con los humanos mientras su horda goblinesca proyectaba odio y miedo hacia los intrusos, exigiendo su muerte.

Claude consiguió la gracia de Sugoll cuando le explicó la causa de las mutaciones de los aulladores: La comunidad se había separado de sus hermanos de occidente cientos de años antes y se había establecido sin saberlo en una región rica en minerales radioactivos que, junto a la sensibilidad exótica a las radiaciones, les había causado las terribles malformaciones congénitas. Quedaba una esperanza para los aulladores, dijo Claude, si abandonaban esta región y usaban sus poderes de cambiaformas para adquirir un aspecto más atractivo y poder volver a aparearse con los firvulag normales. Los Aulladores podrían recibir la ayuda de un ingeniero genético de El Medio Galáctico; pero, por desgracia, un científico tan cualificado seguramente habría sido esclavizado por los tanu en beneficio propio.

En agradecimiento, Sugoll ayudó a la expedición. El nacimiento subterráneo del Danubio estaba cerca. Un solo día de viaje por el rio subterráneo llevaría a los navegantes hasta el río que fluía a cielo abierto, de manera tan rápida y carente de problemas que esperaban llegar al cráter de Ries en solo unos días.

Una vez más, las cinco personas iniciaron una larga caminata. Gracias a las habilidades de navegante de Richard supieron en qué momento alcanzaron la longitud aproximada de La Tumba de La Nave. El 22 de septiembre, llegaron al cráter, alrededor del borde del cual se alzaban cuarenta y tres máquinas voladoras exóticas, cubiertas de polvo y líquenes. Con una inspección superficial, Richard y Martha supieron que las naves exóticas estaban impulsadas por gravedad magnética, de manera muy similar a las máquinas de El Medio Galáctico. Una vez limpias, con los depósitos de combustible rellenos de agua destilada y los controles exóticos descifrados, una de esas aves milenarias podría volver a volar.

Felice encontró a Lugonn, pero el torque de oro no rodeaba el cuello del viejo héroe. Años atrás, un ramapithecus había entrado en la voladora donde descansaba Lugonn y había robado la baratija brillante. Frustrada de nuevo, Felice reaccionó con gran violencia.

Richard y Martha, que se habían convertido en amantes durante el largo trayecto, se dispusieron a reparar una sola voladora y La Lanza, que disparaba fotones y fue encontrada al lado del esqueleto que yacía dentro de su armadura. El tiempo se acababa; pero con atacar un solo día antes de La Tregua del primero de octubre, los firvulag se unirían a los pelagatos en el asalto a la ciudad de Finiah, levantada en la ribera del Rin, donde se encontraba el bario, el elemento imprescindible sin el cual no se podía fabricar ningún tipo de torque.

Richard probó la voladora con éxito el día 26. Pero la vieja dolencia de Marta rebrotó y quedo muy débil por la gran pérdida de sangre. A pesar de ello, ella y Richard hicieron planes para huir juntos inmediatamente después de que él hubiera ayudado en el bombardeo de Finiah. Tres días después, al atardecer del día 29 de septiembre, la voladora aterrizó en Balneario escondido con La Lanza lista para ser usada. Martha estaba completamente en shock debido a la hemorragia, y Amerie solo pudo sacarla corriendo para que recibiera transfusiones, rezando para que sucediera un milagro.

Más abajo, en la orilla occidental del Rin, un ejército de pelagatos esperaba en un campamento secreto frente a Finiah. La ciudad, bellamente iluminada con lámparas centelleantes, aún estaba tranquila en el amanecer del día treinta. El Gran Jefe Burke estaba preparado con varios cientos de humanos libres, muchos de ellos armados con hierro. El ejército firvulag, bajo el mando de Sharn El Joven, quien era escéptico sobre el resultado del ataque, también estaba listo, dispuesto para atacar por dos frentes en caso de que se materializara el bombardeo aéreo prometido.

Richard pilotó la voladora y la llevó a un punto sobre la ciudadela tanu. Protegida por los poderes metapsíquicos de Madame Guderian, la nave se preparó para atacar, con el paleontólogo cortador de rocas a los mandos del arma fotónica. Claude disparó dos veces y falló, pero su tercer disparo rompió la muralla que daba al Rin, permitiéndoles la entrada a los pelagatos y a una gran tropa firvulag. Apuntando a otro blanco, el viejo demolió una muralla del otro lado de la ciudad; Ayfa, general de las Guerreras Ogras, lideró en una segunda oleada el ataque por el lado opuesto al ataque principal. Con la energía de La Lanza a punto de agotarse, Claude sabía que solo quedaba para un solo gran disparo sobre la estratégica mina de bario que se hallaba en el corazón de Finiah.

Pero, en ese momento, se aproximaron a la nave, provenientes de la ciudad, una caravana de caballeros resplandecientes montados en corceles chaliko. Velteyn y su Caza Voladora habían penetrado en el espejismo de Madame e identificado al enemigo. El Señor psicokinético lanzó bolas de luz que se elevaron hacia la escotilla abierta de la nave. Esquivándolas, Claude disparó, impactando de lleno en la mina. Antes de que Richard pudiera conseguir que se alejaran, los globos de energía psíquica hicieron su trabajo: Claude se quemó de gravedad, Richard perdió un ojo, y Madame yacía en el suelo de la cabina de control llena de humo, rodeada de gases tóxicos.

Medio loco de dolor, Richard aterrizó, estrellando la voladora, en Balneario escondido, mientras una combinación de las tropas humanas y firvulag invadía con éxito la ciudad tanu. La batalla de Finiah duró veinticuatro horas. Al final, la mina de bario fue destruida, la ciudad quedó en ruinas, la población tanu fue asesinada o huyó, y los habitantes humanos esclavizados se enfrentaron a una elección que, para algunos, fue extraordinariamente difícil: Vive libre o muere.

Richard se despertó en Balneario escondido y descubrió el cuerpo de Martha tendido en la capilla de los pelagatos. Recordando las promesas que le había hecho, la cogió y caminó tambaleándose hacia la voladora, que aún funcionaba. Madame y Claude se recuperaron. Sin duda alguna, la anciana iba a seguir adelante con su plan para liberar a la humanidad, pero Richard no. Él tenía sus propios planes. Mientras se despedía de Amerie, lanzó la nave gravo-magnética hasta una órbita a miles de kilómetros sobre La Tierra Pliocena y esperó.

Mucho más abajo, Felice caminaba por el bosque hacia la humeante Finiah. Era demasiado tarde para luchar pero, de un modo u otro, encontraría un torque de oro en la ciudad en ruinas y cumpliría su promesa de vencer a los tanu.

Los otros cuatro miembros del grupo verde se encontraron con una cara completamente diferente de La Tierra Multicolor.

Seis semanas antes, El Señor tanu Creyn, Salió de El Castillo del Portal montado en su chaliko. Con una escolta mínima de tres soldados, condujo a Elizabeth, Bryan, Aiken Drum, Stein, Sukey Davies y Raimo Hakkinen por el camino hacia el río Ródano. Mientras viajaban, el hombre tanu les contó, a estos privilegiados prisioneros, algún detalle sobre la maravillosa vida que les esperaba. Cogieron un barco en la ciudad ribereña de Roniah y, tras un viaje de cinco o seis días, llegaron a la capital tanu, Muriah. Allí, Stein sanó de las heridas sufridas en su intento de fuga. Aiken, Raimo y Sukey aprendieron a usar las metafunciones que sus torques de plata habían convertido en operativas hacía bien poco. Bryan ayudaría en un proyecto de análisis cultural que había sido iniciado por el propio Rey tanu.

Y Elizabeth... su destino sería el más esplendoroso de todos. Nunca antes los administradores del Portal del tiempo habían admitido a un humano metapsíquico genuinamente operante, permitiendo que fuese a La Tierra Multicolor (Estaba prohibido por el estatuto galáctico). La mente de Elizabeth se encontraba en un estado de convalecencia pero, cuando se recuperó, sus habilidades de percepción y de redacción excedieron con creces a las de cualquier Grande tanu. Creyn, un hábil redactor era consciente, con humildad, de que los poderes de sondeo y curación de Elizabeth eclipsaban a los suyos. Elizabeth no pasaría por una ceremonia común. No, ella iría directa a ver a La Esposa de La Nave, que era guía y guardián de ambas razas exóticas; ella iría a ver a Brede.

Las promesas del sanador exótico tan solo llenaron a Elizabeth de miedo y desaliento. Había una buena razón para que El Medio Galáctico prohibiese a los metapsíquicos operantes pasar a través del portal del tiempo. En El Medio, todas las personas con gran poder mental, humanas y no humanas, estaban entrelazadas a través de una Unidad benevolente. Eran incapaces de realizar cualquier acción egoísta que pudiera dañar la civilización. Pero desprovistos de La Unidad...

Elizabeth se sintió como si fuera la única adulta madura en un mundo de niños. Niños maliciosos que trataban de utilizarla. No debía permitir esto.

Elizabeth salió de sus ensoñaciones desesperadas por la necesidad de rescatar a Sukey. Esta joven mujer, que también tenía poder redactor, había ido a husmear en la mente del inconsciente Stein. Habiendo descubierto sus heridas psíquicas de largo recorrido, Sukey trató, sin éxito, de drenarlas. Solo la intervención de Elizabeth evitó que el vikingo, que estaba profundamente traumatizado, acabara con su teórica sanadora arrastrándola hacia la imbecilidad. Dejando de lado, por un tiempo, su decisión de no participar en nada, Elizabeth empezó a enseñar a Sukey las técnicas adecuadas para que no se hiciera daño a sí misma ni al hombre al que estaba empezando a amar. Antes de que el viaje al sur concluyera, Sukey fue capaz de proporcionarle a Stein un alivio real de los traumas mentales que lo habían estado atormentado desde la infancia. Stein, a su vez, se acercó a la mente de Sukey y se comprometió con ella. Sus dos mentes, operando en el nivel telepático más íntimo que sus torques gris y plata permitían, se declararon marido y mujer. Creyn les había advertido que tal unión estaba prohibida a las mujeres con torque de plata bajo pena de muerte; pero los amantes escondieron bien su secreto. Nadie sabía la verdad, excepto Elizabeth.

La reacción del loco de Aiken Drum ante sus nuevos poderes mentales, y ante el deslumbrante esplendor de La Tierra Multicolor, fue radicalmente diferente. Fue de júbilo frente a ambos. En Roniah, fue la estrella de una desenfrenada orgía y el favorito de las insaciables mujeres tanu. Después, él y su nuevo amigo, Raimo, adoptaron las forma ilusorias de unas mariposas y se dieron una vuelta improvisada por la ciudad ribereña que concluyó con la destrucción parcial del muelle de Roniah como parte de una broma metapsíquica.

Creyn programó lo que pensó que era un firme freno a las metafunciones del embaucador. Sin embargo, a medida que el viaje pasaba, se hizo evidente que Aiken, un yanqui de Connecticut en la corte del rey Arturo confeso, genio de la mecánica, delincuente reincidente, encantador, portador de un traje dorado con cien bolsillos..., era un fuera de serie de la metapsíquica. Los poderes mentales que habían estado encerrados en su cráneo durante veintiún años de juventud malgastada tenían un potencial increíble. Elizabeth lo vio con claridad. Y, en menor grado, también Creyn.

El barco que transportaba a los viajeros se lanzó por una pendiente vertiginosa, la Glissade Formidable, rumbo a la prehistórica cuenca mediterránea. Navegando sobre lagunas poco profundas, se fue aproximando a la capital tanu, Muriah, que se encontraba en la punta de la Península Balear. La mayoría de los pasajeros humanos se iban poniendo más ansiosos a medida que el viaje se aproximaba a su destino; pero Aiken Drum no. Su torque de plata, en lugar de liberar sus meta-funciones sin más, había actuado como desencadenante de una avalancha psíquica. Los circuitos de control que mantenían dominadas, con facilidad, a las mentes humanas corrientes se quemaron antes de que Aiken ardiera mentalmente; y sus poderes, a diferencia de los bondadosos de Elisabeth, estaban totalmente dirigidos hacia la agresividad. Detrás de la cara sonriente del joven del traje dorado resplandeciente se escondía una personalidad que, con el tiempo, podría tratar de dominar, no solo a las razas exóticas de La Tierra Pliocena, sino también a la humanidad.

Empieza aquí el Volumen 2, que sigue la pista de Aiken, Elizabeth, Stein y Bryan a partir del sexto día tras de su paso por El Portal del Tiempo hacia el mundo de El Exilio en el Plioceno.

Parte I - La Mésallìance

(1) En ingles, mesalliance significa matrimonio con alguien considerado inadecuado, inapropiado. En francés, mésalliance significa desajuste.

1

UNA LIBÉLULA revoloteaba, como una chispa dorada, justo por encima del mástil del barco inmóvil.

Cuando las primeras brisas movieron el agua como si un gato hubiera chapoteado con su pata, la libélula salió disparada hacia el cielo con poderío. Hizo un potente zoom hacia el cielo y se quedó allá arriba, revoloteando. El barco, abajo, se había transformado en una mota solitaria en medio de una extensión de lagunas salinas poco profundas, desdibujadas por una niebla perlada.

¡Más alto! Sus alas transformadas la elevaron hasta donde ya llegaba la primera luz del día. Los ojos compuestos que cubrían la mayor parte de su cabeza le mostraban el oscuro terraplén del talud continental que se extendía a lo largo del horizonte septentrional: el borde de Europa, acentuado por una imponente nube de agua que ascendía señalando la cascada del Ródano, río que descendía por una colosal ladera sedimentaria hasta desembocar en la cuenca mediterránea de La Tierra Pliocena, casi seca, que se llamaba El Mar Vacío.

¿Debía volar hacia el continente? Sus alas tenían la fuerza suficiente como para volar a más de cien kilómetros por hora en distancias cortas. Sabía que, para él, sería fácil desandar el camino que el barco había recorrido el día anterior; también podía volar hacia el este, hasta la masa de tierra erguida de Córcega-Cerdeña donde, según Creyn había dicho, no vivía ningún tanu.

Podía ir a donde quisiera. Ahora era libre.

Desaparecieron las restricciones mentales que el exótico amo de esclavos había programado en él. Esa mañana, cuando despertó, el torque de plata que ceñía su cuello estaba frío en vez de caliente. Los circuitos neurales del dispositivo psico-coaccionador se sobrecargaron, y quedaron inutilizados, debido a sus nuevos poderes mentales. Los poderes metapsiquicos latentes que el torque había desbloqueado se mantuvieron. Y aumentaron.

Se acercó con su sentido a distancia y escuchó. Percibió los lentos ritmos vitales cíclicos de las siete personas que dormían en el barco, allá abajo y, más lejos, los murmullos telepáticos de otros barcos esparcidos por el gran lago. Concentró su sentido a distancia en el sur, intentando torpemente cerrar el foco... y percibió un conglomerado de destellos mentales. ¡Fascinante! ¿Puede que provenieran de la capital tanu, Muriah, el destino hacia el que habían estado viajando durante estos últimos cinco días?

Si saludo, ¿responderá alguien ahí abajo? ¡Inténtalo!

Encontró una fuerte y luminosa respuesta, sorprendentemente ansiosa:

Oh, ¿de quién es esa deslumbrante mente de niño?

Bueno... de Aiken Drum.

Mantén la mente tranquila como hasta ahora, pero así, radiante. ¡Ah!

No. ¡Deja de hacer eso!

No te alejes, Resplandeciente. ¿Qué es lo que eres?

¡Suéltame, maldita sea!

No te retires, creo que te conozco...

De repente, le invadió un miedo como no había sentido nunca. Ese desconocido se aferraba a él, de algún modo, acercándose por el sendero que su propia mente había abierto. Intentó apartarse y se dio cuenta demasiado tarde de que iba a necesitar todas sus fuerzas para cortar la conexión. Se liberó. Se vio a sí mismo cayendo por el aire, su forma de libélula volvió a ser la de un vulnerable humano. El viento silbaba en sus oídos. Caía en picado hacia el barco, gritando con la mente y con la voz, y solo consiguió recuperar el control un momento antes de que sucediera el desastre, y el insecto volvió a aparecer… temblando, desencajado, se acomodó en la punta del mástil.

Su pánico proyectado despertó a los demás. El barco comenzó a balancearse generando ondas concéntricas en el lago blanquecino. Elizabeth y Creyn salieron del compartimento de pasajeros cubierto y se quedaron mirándolo fijamente; y Raimo, que miraba hacia arriba con expresión de incomprensión; y Stein, que fruncía el ceño, junto a la pequeña Sukey, quien tenía cara de preocupación; y Highjohn, el capitán, que gritó:

—¡Sé que estás ahí arriba, Aiken Drum! ¡Que Dios te ayude si has estado haciendo alguna de tus bromitas con mi barco!

El grito del barquero sacó de quicio al último pasajero, el antropólogo sin torque Bryan Grenfell, que estaba malhumorado y no sabía nada de las preguntas telepáticas que los demás le estaban lanzando a la libélula.

—¿Es necesario mecer tanto el barco?

—Aiken, baja —dijo Creyn en voz alta.

—Y una mierda —contestó la libélula. Sus alas zumbaban, el insecto se preparaba para huir.

El tanu levantó su delgada mano haciendo un gesto irónico.

—Vuela entonces, atontado. Pero trata de entender qué es a lo que estás renunciando. Nos da igual que hayas escapado del torque, era de esperar. Ya habíamos preparado ciertas concesiones. Hemos acordado otorgarte algunos privilegios especiales en Muriah.

Aiken lanzó una risita nerviosa.

—Me han llegado unos pequeños indicios de ello.

—¿Y bien? —Creyn no estaba preocupado—. Si hubieras estado atento, sabrías que no tienes que temer a Mayvar. ¡Al contrario! Pero no te confundas, incluso sin torque de plata ella es capaz de detectarte dondequiera que estés. Huir sería el peor error que podrías cometer. No hay nada esperándote ahí fuera, estarás solo. Alcanzarás tu plenitud con nosotros, en Muriah. Ahora, baja. Es hora de que retomemos nuestro viaje. Deberíamos llegar a la capital esta noche, y podrás juzgar por ti mismo si lo que te he dicho es verdad, o no.

El alto exótico se metió abruptamente en el compartimiento de pasajeros. El pequeño grupo de humanos se quedó en cubierta con la boca abierta.

—Oh, me cago en la hostia —dijo la libélula.

Descendió describiendo una espiral, aterrizó a los pies del capitán y se convirtió en un hombrecito vestido con un traje de tela dorada repleto de bolsillos. Con la confianza en sí mismo completamente recobrada, Aiken Drum mostró su sonrisa de bufón.

—Tal vez me quede por aquí por un tiempo. Mientras me convenga.

Esa noche, cuando una multitud de jinetes tanu fue a darles la bienvenida a las playas de Aven, Bryan solo podía pensar en una cosa: que Mercy podría estar sobre alguna de esas monturas junto a los exóticos. Así que iba corriendo de un lado a otro del barco al tiempo que un grupo de veinte robustos helladotheriums, que parecían unos okapis gigantes, eran amarrados a la embarcación para tirar de ella y subirla por el largo camino hasta Muriah. Brillaba la luna en avanzado estado creciente. A un kilómetro aproximado de los muelles, ubicados en una planicie de sal rodeada de rocas erosionadas de evaporita rayada, la ciudad que era la capital de los tanu resplandecía en la oscuridad, en lo más alto de la península, como una galaxia en La Tierra.

—¡Mercy! —gritó Bryan—. ¡Mercy, estoy aquí!

Muchos hombres y mujeres humanos cabalgaban entre los altos exóticos, vestidos como ellos, ya fuese con armaduras de vidrio tallado llenas de púas o con valiosas túnicas de gasa adornadas con joyas. Las antorchas apagadas que llevaban en sus manos eran de diversos colores. Los jinetes, en medio del tumulto y el ajetreo, se reían de Bryan e ignoraban las preguntas que él gritaba.

¡La mayoría de las mujeres humanas montadas en los grandes chalikos tenían el pelo castaño! Bryan trataba, una y otra vez, de mirar más de cerca a quien quizá fuese Mercy Lamballe. Pero siempre que la bella jinete se acercaba, no era ella, ni siquiera una que se le pareciera.

Aiken Drum se pavoneaba de pie sobre uno de los asientos del barco haciendo poses como si fuese una marioneta dorada, bromeando o provocando con ocurrencias que causaban hilaridad entre los exóticos e incrementaban el caos. El leñador fino-canadiense, Raimo Hakkinen, se asomaba sobre la barandilla neumática del barco para besar las manos de las damas y brindar con los hombres, dándole tragos a su petaca de plata. En contraste, Stein Oleson, se quedó sentado en la penumbra, rodeando con su enorme brazo a Sukey, protegiéndola. Ambos sentían recelo.

El capitán Highjohn se acercó a Bryan y se quedó a su lado, en la proa. Manoseó el torque gris que le rodeaba el cuello y se rió a carcajadas.

—Estaremos cada uno en nuestro sitio en un rato, Bryan. ¡Qué bienvenida! Nunca he visto nada igual. ¡Mira el liante de tu amiguito con su vestido dorado ahí arriba! Les va a costar la hostia domarle, si es que algún día lo consiguen.

Bryan, con la cara anonadada, miró la sonriente cara de Highjohn.

—¿Qué? Lo siento, Johnny. No te estaba escuchando. Me pareció ver a alguien. Una mujer que conocí.

Con amabilidad, pero con firmeza, el barquero llevó al antropólogo a uno de los bancos. Los conductores de la caravana azotaron a los hellas y el barco empezó a moverse, acompañado de vítores y un repiqueteo de campanillas procedente de los escoltas, algunos de los cuales golpeaban, con resplandecientes espadas, sus escudos repletos de piedras preciosas. La canción tanu brotó de alrededor de un centenar de gargantas y mentes. A Bryan le resultaba familiar esa melodía, a pesar de que sonaba un poco rara, y las palabras eran extrañas:

Li gan nol po’kone niesi,

Kone o lan li pred near,

U taynel compri la neyn,

Ni blepan algar dedone.

Shompri pone, a gabrinel,

Shal u car metan presi,

Nar metan u bor taynel o pogekone,

Car metan sed gone mori.

Los dedos de Bryan se aferraron a una barandilla de la cubierta del barco. La fantástica panoplia de jinetes se arremolinaba a lo largo del camino de sirga mientras el barco ascendía por una larga pendiente. No había vegetación cerca de la laguna salada, sino peñascos erosionados y columnas de minerales que se alzaban en las sombras ondeantes como ruinas de un palacio de elfos. La caravana entró en una hondonada que se extendía entre acantilados escarpados, y la resplandeciente Muriah desapareció de la vista. El barco tirado por hellas y su escolta de hadas avanzaron hacia la boca de un túnel negro, flanqueado por enormes querubines quebrados. La Canción resonaba en los muros laterales.

Una vieja vivencia asaltó a Bryan. Una cueva, profunda y oscura, y una cosa amada perdida en su interior. Era un niño pequeño seis millones de años en el futuro, en Inglaterra, en las colinas de Mendip, donde su familia tenía una casa de campo. Su gatito, Cenizas, se había perdido y Bryan lo estuvo buscando durante tres días, hasta que tropezó con la entrada de la pequeña cueva, apenas lo suficientemente grande como para que su cuerpo de ocho años pudiera pasar. Se quedó mirando fijamente el fétido agujero negro durante más de una hora, sabiendo que debía entrar a buscar al gato, pero aterrorizado de solo pensarlo.

Al final, cogió su pequeña linterna y entró arrastrándose como un gusano. La abertura se retorcía e inclinaba hacia abajo. Se fue deslizando casi sin aliento, haciéndose arañazos con las piedras puntiagudas. El hedor de los excrementos de murciélagos era espantoso. El último destello de la luz del día se desvaneció tras una curva del estrecho túnel, que en ese punto se convirtió en una caverna profunda, demasiado grande para que su pequeña linterna alcanzara a iluminarla. Enfocó hacia abajo y no vio el fondo. ¡Cenizas!, gritó, y su voz de niño reverberó como un lamento intermitente. Se escucho un sonido como de batir de alas y un leve chillido. Desde el techo de la cueva, una nube de agria orina de murciélago cayó sobre él.

Sofocado, entre arcadas, intentó darse la vuelta, pero la abertura era demasiado estrecha. No le quedó otra que dar marcha atrás reptando sobre su estómago. Las lágrimas corrían por sus mejillas, en cualquier momento los murciélagos podían llegar volando hasta su cara y hundirle los dientes en la nariz, o en los labios, o en las mejillas, o en las orejas.

Dejó la linterna en la boca de la abertura mientras reptaba. Quizá la luz asustase a los murciélagos. Avanzó, centímetro a centímetro, retrocediendo sobre piedras rugosas. Las rodillas y los codos se le iban despellejando. ¡El pasadizo nunca terminaba! ¡Era infinitamente más largo que cuando entró! Y también más estrecho. Aprisionado por incontables toneladas de roca negra que tuvo claro que le matarían...

Salió.

Demasiado débil como para sollozar, se quedó allí tendido hasta que el sol se puso. Cuando se pudo levantar y volvió a casa tambaleándose, encontró a Cenizas lamiendo un platito de crema en el jardín trasero. El terrorífico viaje a la cueva había sido en vano.

—¡Te odio! —le gritó, haciendo que su madre viniera a toda prisa. Pero cuando ella llegó, Bryan estaba acunando al gatito negro contra su mejilla magullada y sucia. Lo acariciaba y el sonido de su ronroneo le ayudaba a que se le ralentizara el corazón, que le latía a toda prisa.

Cenizas vivió quince años más, gordo y acomodado, mientras la devoción infantil de Bryan por el animal se fue desvaneciendo hasta llegar a ser un vago afecto. Pero viviría para siempre con una sensación de horror por la cosa amada perdida, con el miedo y el estallido de odio final porque su valentía no había servido para nada. Y ahora estaba entrando en otro abismo… La voz amistosa del capitán lo hizo volver al presente.

—La mujer que estás buscando. ¿Te dijeron que estaba en Muriah?

—Un entrevistador de El Castillo del Portal reconoció su foto. Me dijo que la habían enviado aquí. Creyn me insinuó que si cooperaba con las autoridades locales a nivel profesional, ella y yo podríamos vernos.

Dudó un momento antes de desabrocharse el bolsillo del pecho y sacar la lámina de durofillm. Highjohn miró el retrato auto iluminado de Mercy.

—¡Qué cara tan hermosa y atormentada! No sé quién es, ni si está por aquí, Bry. Yo paso en el río la mayor parte del tiempo. Dios sabe que nunca la olvidaría si viera esos ojos... Pobre de ti.

—Repite eso cuando quieras, Johnny.

—¿Por qué vino aquí? —preguntó el capitán.

—No lo sé. No lo sé. Suena ridículo, ¿verdad, Johnny? Solo estuve con ella un día. Y luego tuve que dejarla por un tema de trabajo importante. Cuando regresé, se había ido. Todo lo que podía hacer era intentar encontrarla. Era la única opción que me quedaba, ¿entiendes?

—Claro que entiendo, Bry. Mis razones para venir no fueron muy diferentes. Excepto que nadie me esperaba... Y hay algo que te debes esperar cuando la encuentres. Estará cambiada.

—Era una latente. Le habrán puesto un torque de plata. Soy consciente de ello.

El gran navegante de río negó lentamente con la cabeza. Una vez más tocó su collar gris.

—Es algo más que una latente que se vuelve operante. Dios lo sabe, adquirir metafacultades de golpe tiene sus peligros, según me han contado. Pero incluso nosotros, los que portamos torques grises, que no podemos ni oler las metafunciones, conseguimos algo fantástico mediante este torque. Algo que nunca antes habíamos tenido.

Frunció sus delgados labios morados y de repente exclamó:

—¡Escucha, hombre! ¿Oyes algo?

—Están cantando en lenguaje tanu.

—Y para ti esas palabras no significan nada. Pero a los que nos han puesto un collar, la canción nos dice: estarás bien, no temas, va a suceder algo maravilloso, ¡nosotros-tú-nosotros! Cuando un ser humano se convierte, por imposición, en parte de esta sociedad, adquiere un nuevo nivel de conciencia. Incluso nosotros, los grises, sin metafunciones operantes, podemos ser parte. Es algo más que telepatía, aunque es parte de ella. Es una forma completamente nueva de relación social, esta intimidad de mente a mente. ¿Cómo leches puedo explicártelo? Es como ser miembro de una especie de superfamilia. Sabes que perteneces a esta cosa maravillosa que avanza y te arrastra con ella. Nunca volverás a estar solo cuando sientas dolor. Nunca te quedarás tirado. Nunca serás rechazado. Cada vez que necesitas sostén, o que te reconforten, te puedes apoyar en el colectivo. No es algo asfixiante porque puedes aceptar tanto apoyo como decidas y, bueno, quedas limitado, a menos que portes un toque de oro. Obedeces órdenes, como sirviente... Pero lo que estoy tratando de decirte es que usar estas cosas te cambia profundamente. No sucede de inmediato, pero sucede. Cuando llevas el torque, tomas conciencia, quieras o no. Tu dama va a ser una persona muy diferente a la que recuerdas.

—Puede que no me quiera. ¿Tratas de prepararme para eso?

—No la conozco, Bry. La gente reacciona de diferentes maneras a los torques. Hay quien florece. La mayoría.

El antropólogo buscó y no encontró los ojos oscuros del capitán.

—Y hay quien no. Ya veo. ¿Qué pasa con los que fracasan?

—No hay apenas entre nosotros, los grises. Los tanu han elaborado una batería de pruebas para resolver el problema de a quién le va bien y a quién no. Los psicotécnicos humanos que trabajan bajo la dirección de Lord Gomnol intentan asegurarse de que ningún humano normal reciba un torque gris a menos que su perfil de PS muestre que el dispositivo será completamente beneficioso para su comportamiento. No quieren desperdiciar torques porque no son fáciles de fabricar. Si sus pruebas psicosociales indican que eres un inconformista, que probablemente te desmoronarás a menos que se te permita calentarte en tu propio caldo individualista, entonces no te pondrán un collar gris. Te coaccionarán de maneras más convencionales para que te conviertas en un miembro productivo de su sociedad, o bien se rendirán y te tirarán a la basura. Pero los verdaderos ganadores aquí, en El Exilio, son los que llevan los torques. Los tanu saben que pueden confiar en nosotros porque pueden compartir nuestros pensamientos y controlar las gratificaciones. Así que se nos permite ocupar puestos de responsabilidad. ¡Mírame! Los tanu son pésimos nadadores, y he tenido a miembros de La Alta Mesa, el gobierno superior de los tanu, montados en mi bote.

—Ya, y sin que te invadieran las dudas, claro.

—Vale, ríete. Pero nunca haría nada que pusiera en peligro las vidas de los exóticos y ello lo saben. ¡Sería impensable!

—Entonces no eres libre.

—Nadie es libre —dijo el capitán—. ¿Era yo un puto lirio de campo en El Medio, pilotando mi ferry de Tallahatchie a Lee, volviéndome loco de celos? Aquí en este mundo, con este torque, sigo las órdenes de los tanu. Y a cambio participo en esa clase de placeres mentales que solo los metapsíquicos consiguieron en nuestro siglo veintidós. Es como ver con mil ojos. O tomar un buen camino junto a mil cuerpos a la vez. No puedo explicártelo. No soy poeta. Ni psicólogo.

—Empiezo a entender, Johnny. Desde luego, los torques son más complejos de lo que pensé en un principio.

—Le hacen la vida mucho más fácil a la gente que puede afrontar llevar uno. Ten en cuenta tan solo el asunto del lenguaje. En nuestro Medio, los sociólogos alienígenas sabían lo vital que era para cada especie tener un solo idioma. Por eso los humanos tuvimos que aceptar ser monolingües como condición para que El Medio nos aceptara, y el inglés estándar ganó de carrerilla. ¡Pero con el habla mental cualquier tipo de malentendido es imposible! Cuando otra persona te habla con la mente, sabes exactamente qué quiere decir.

—Tremendo. Es por eso que El Medio impone limitaciones tan estrictas a los metas. Especialmente a los metas humanos —murmuró Bryan para sí mismo.

—No entiendo que quieres decir, Bry. ¿Entiendes que quiero decir yo? Si llevaras un torque, sabría exactamente lo que tratas de decirme.

—Olvídalo, Johnny. Es solo mi cinismo enseñando los dientes.

—A mí, la unidad mental me parece ideal. Pero no soy más que un marinero memo cuyo amor se fue con otro. Ahora bien, si los dos hubiéramos sido capaces de entendernos desde el principio... a la mierda. Ahora hay miles de personas que me aman. Es una forma de hablar.

El capitán saludó a la procesión de jinetes. Casi todos ellos respondieron inmediatamente saludando con la mano. Bryan sintió algo frío que agarraba sus intestinos.

—¿Johnny?

El capitán salió de sus ensoñaciones.

—¿Mmm?

—No todos los viajeros del tiempo son testados para comprobar su psico compatibilidad antes de ser forzados. Stein no lo fue. Le pusieron un collar cuando se convirtió en una amenaza.

Highjohn se encogió de hombros.

—Puedes entender por qué. El torque puede ser usado para someter a personas rebeldes a corto o largo plazo. Puesto que tu socio sigue con nosotros, deduzco que tienen planes para él. A cierto tipo de personas, médicos y algunos otros especialistas que raramente pasan por El Portal, también les ponen un collar, quieran o no. Son oficios vitales.

—¿Y los latentes metapsíquicos, gente como Aiken, Sukey y Raimo? Salta a la vista que les pusieron collares de plata tan pronto como detectaron que eran latentes, sin tener en cuenta posibles consecuencias mentales adversas.

—Bueno, los plateados son un caso especial —admitió Highjohn—. Está el asunto de los genes.

Bryan se lo quedó mirando.

—Los tanu usan mujeres humanas en su programa de cría, Bry, así como a algunos hombres humanos. Usan a normales y latentes, pero las latentes son las más valiosas para ellos. No tengo muy claros los detalles del asunto pero, de alguna manera, creen que incorporar genes de humanos latentes en su acervo genético hará que llegue más pronto el día en que toda la especie tanu se vuelva operante. Ya sabes, de igual manera que la especie humana se está convirtiendo en operante en El Medio.

—¡Pero los tanu ya son operantes con sus torques de oro!

—Pero tienen sus limitaciones, hombre. Ni siquiera el mejor de ellos es capaz de estar a la altura de los maestros meta de El Medio. Ningún tanu le llega a la suela de los zapatos a nuestros Grandes Maestros. No, tienen un largo camino por recorrer en el juego de los poderes mentales. Pero se supone que este proyecto genético les dará un impulso. Los tanu se lo saben montar. Conspirar y pelear son sus deportes favoritos, seguidos de cerca por follar, beber y pegarse buenas fiestas. Este proyecto genético tan solo es una de las maneras con las que están tratando de consolidar su ventaja sobre los firvulag. Sabes lo de la Gente Pequeña, ¿verdad? Hermanos raciales de los tanu. Operantes sin torques..., pero solo pueden generar ilusiones, creatividad, y algo de comunicación a distancia, principalmente. Los genes de los firvulag son recesivos fuertes de los tanu, por lo que las madres tanu siguen tirando a los bebés firvulag. Los pequeños gnomos son físicamente más fuertes y se reproducen mucho más rápido que los tanu. Así que, si los tanu quieren mantener el control de El Exilio, van a tener que apretarse las tuercas.

—Estoy empezando a entender la situación —dijo Bryan—. Pero, volvamos a los torques de plata. Si los colocan indiscriminadamente, entonces alguno debe sufrir tensión neural.

—Cierto. Algunos se vuelven locos. Todos los tipos de torque pueden producir eso si la personalidad del portador es, en esencia, incompatible. Incluso los tanu puros tienen sus colapsados. Los llaman torques negros. Sin embargo, incluso si un plateado se vuelve loco, los tanu intentan salvar sus genes. Una mujer que queda colapsada y se abandona se usa como material de cría hasta que se desmorona por completo. Si no puede ser restaurada por los sanadores, sus óvulos pueden ser trasplantados a una ramapihtecus. A menudo no sale bien porque esta gente exótica tiene una tecnología reproductiva muy rudimentaria, pero lo intentan de todos modos.

—¿Y los hombres que fracasan?

—El esperma es fácil de conservar. En cuanto al noqueado dueño..., bueno, siempre está La Caza. O Las Ofrendas de Vida.

—Conozco lo de La Caza —dijo Bryan sombrío—. Pero La Ofrenda de Vida es algo nuevo para mí. ¿Qué es? ¿Un sacrificio humano?

—Más bien como una ejecución ritual de criminales y personas incapacitadas y sin esperanza. Según he entendido los sacrificios, la víctima debía ser noble o pura o algo así. Bueno, los tanu realizan esta clase de ritual matando tan solo en luna azul, como cuando un nuevo Rey o Reina inaugura su reinado. Pero Las Ofrendas de Vida regulares ocurren dos veces al año. Al final de El Gran Combate, a principios de noviembre, y en La Gran fiesta del amor, en mayo. Más bien es más como un barrido y limpieza de cárceles y cuartos de contención que cualquier otra cosa. Es algo bastante incivilizado según los estándares de El Medio, pero no es una mala idea cuando lo miras desde su nivel.

No leas mi mente, Johnny, pensó Bryan. En voz alta, dijo:

—¿Cómo pasan los humanos de portar torques de plata a portar de oro?

El capitán lanzó una risotada grave.

—Hay maneras y maneras. ¡Tu extraño amiguito es un candidato imbatible!

Bryan se quedó sin palabras. Sí, Aiken podría encajar muy bien en este mundo loco de poderes maravillosos y espantosa barbarie. ¿Pero qué hay de Mercy, afligida y asustadiza?