El tren que se aleja - Daniel Anaya - E-Book

El tren que se aleja E-Book

Daniel Anaya

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El tren que se aleja de Daniel Anaya nos enfrenta con el tiempo y sus ráfagas, con la vida y la muerte, con la nada y la soledad; también, con la violencia de situaciones y personajes típicos de una ciudad caótica que, de alguna manera, en el imaginario del autor, está en colapso inminente. ¿Cuál es ese tren que se aleja? ¿De quién o quiénes se aleja? ¿Qué lleva consigo? El lector podrá verlo no solo en el cuento que da título al libro, sino en el conjunto de relatos que lo integran. Ahí van, en sus seis vagones, personajes de todo tipo: humanos, no humanos, virus, alienígenas, parásitos, autómatas, para recordarnos nuestra fragilidad humana y que nuestras creaciones tecnológicas, científicas y sociales no son tan sólidas como pensamos.

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Seitenzahl: 149

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Colección de narrativa breve No. 20

El tren que se aleja

Colección: La nave insólita, número 20

Primera edición digital mayo 2021

Ciudad de México

Edición: Anaïs Blues y Luis Flores Ramos

Diseño de colección: Víctor Mendoza

D.R.© Daniel Anaya

D.R.© La Tinta del Silencio, 2021

[email protected]

www.latintadelsilencio.com

ISBN: 978-607-99323-1-2

Se puede difundir de manera parcial esta obra sin fines de lucro, con el consentimiento de su autora y/o editores.

Para mis creadores: Anita y Nico, con todo mi cariño, admiración y agradecimiento

Índice

Presentación

Al natural

Parásitos

El tren que se aleja

El dron

Bic

Desprendimiento

El autor

Presentación

Pasa el tren de la Noche sobre sus paralelas dejando atrás cosida la puntada y tejiendo delante tela nueva.

Emilio Prados, Seis estatuas para un rompecabezas

Desde su aparición, el tren como símbolo de modernidad y rapidez ha jugado un papel importante en las historias de ficción que nos contamos a través de novelas, cuentos y obras cinematográficas. Recordemos escenas famosas del cine y la literatura donde esta maravillosa máquina ha inspirado momentos de todo tipo: despedidas amorosas, encuentros azarosos, suicidios, asesinatos, búsquedas frenéticas... Es un hermoso animal autómata que devora y vomita historias entre humo y estruendo. Una especie de boa mecánica, veloz y colérica; un dragón imperial que traspasa tiempo y espacio a todo vapor.

Es, también, signo del tiempo que corre, que marcha veloz, sin posibilidad de retorno, y en el que nos encontramos todos, momentáneos pasajeros. “Pasajeros”: seres de paso por estas tierras que recorremos en un tiempo limitado, compartimentado. El tren parte a toda marcha —insistamos en ello— y no tiene retorno. Todos somos “pasajeros”.

El tren que se aleja de Daniel Anaya nos enfrenta con el tiempo y sus ráfagas, con la vida y la muerte, con la nada y la soledad; también, con la violencia de situaciones y personajes típicos de una ciudad caótica que, de alguna manera, en el imaginario del autor, está en colapso inminente. ¿Cuál es ese tren que se aleja? ¿De quién o quiénes se aleja? ¿Qué lleva consigo? El lector podrá verlo no solo en el cuento que da título al libro, sino en el conjunto de relatos que lo integran. Ahí van, en sus seis vagones, personajes de todo tipo: humanos, no humanos, virus, alienígenas, parásitos, autómatas, para recordarnos nuestra fragilidad humana y que nuestras creaciones tecnológicas, científicas y sociales no son tan sólidas como pensamos.

Las historias de este libro nos enfrentan con el temor colectivo del monstruo que habitamos y nos habita, una Ciudad de México a punto de colapsar por amenazas alienígenas y engendros apocalípticos. Estos relatos nos interrogan, desde diferentes espacios, sobre los beneficios de nuestro confortable presente y lo que puede venir de él: el convivio cada vez más cercano con máquinas casi humanas. ¿En qué tipo de personajes del futuro nos hemos convertido? ¿A dónde nos ha traído la veloz locomotora del tiempo? ¿Quiénes somos sin las máquinas y aparatos tecnológicos con los que compartimos este tiempo y espacio? ¿Seremos capaces, en un futuro no muy lejano, de escuchar aún el canto de las aves sin necesidad de una aplicación que nos las recuerde?

Volvamos al estruendo del ferrocarril, símbolo enorme de la Revolución Industrial, del avance tecnológico que transformó el siglo XIX. La bella bestia del progreso trajo grandes beneficios a los seres de su momento: la rapidez en el transporte de mercancías y la conexión de pueblos y ciudades, entre otros. El tren de Daniel Anaya replantea estos dos términos en nuestro siglo XXI: la rapidez, esta vez de la tecnología —en todos los sentidos—, y la “conexión” —¿o desconexión?— de los seres humanos, pasajeros autómatas que transitamos un nuevo camino de hierro.

Claudia Cabeza de Vaca Villavicencio

La vida duele. Cada movimiento que hago está equivocado y cada palabra mía es errónea. Y cada uno de esos errores se paga caro… Entre nosotros, allá, el futuro es como un insomnio infinito, y el hombre es como un caracol; deja su pasado baboso tras de sí como una huella transparente y carga el futuro sobre su espalda como una concha de caracol en la que se ovilla cada noche para pernoctar…

Milorad Pavic, siete pecados capitales

Al natural

Creo que tanto los humanos como los reps somos criaturas enfermas, siempre nos parece que nuestra realidad es insuficiente. Por eso consumimos drogas y nos metemos memorias artificiales: queremos escapar del encierro de nuestras vidas. Pero te aseguro que la única manera de solucionar el conflicto es aprender a aceptarte y encontrar tu propio lugar en el mundo.

Rosa Montero, Lágrimas en la lluvia

I

Los dientes de Luisa, Hernán y Beatriz resplandecen azules bajo el efecto de los tubos de neón en las esquinas de la habitación. Al hundir su nariz en el cabello negro de Beatriz, Luisa percibe una sutil fragancia a durazno. Las lenguas asoman como gusanos pálidos en el fondo del océano. El ritmo distorsionado de la antigua melodía Deep Six de Marilyn Manson reanima los latidos de los participantes. Las percusiones liberan una dosis más de adrenalina en sus cuerpos.

Hernán mantiene trabajando ambos brazos para satisfacer al máximo los deseos de su dueña. Luisa cierra los ojos; se concentra en tocar con precisión los puntos débiles de su amiga, quien se encuentra sentada frente a ella, sobre el rostro de Hernán. Los tres mantienen un ligero aumento en el ritmo hasta que Luisa tensa sus piernas, al momento que expele un largo gemido, y cae de costado con los ojos cerrados y la boca abierta, jadeando como un animal moribundo.

Beatriz gira para tomar posesión del esclavo. El golpeteo constante de la cama mece el cuerpo aletargado de Luisa. A pesar del esfuerzo, Hernán no demuestra un verdadero indicio de cansancio. Sus ojos permanecen fijos en el rostro de Beatriz, quien tensa las piernas para alcanzar a su amiga en el estallido de placer. Al percatarse de la intención, Hernán aumenta el trabajo de sus músculos. Toma con fuerza la gruesa cintura de la joven y embiste siguiendo con exactitud el ritmo de la batería. El sudor de los tres moja las sábanas; se mezcla con el perfume de Beatriz en un tufo dulzón concentrado en la habitación.

En un arrebato de excitación potencializado por el estribillo de la canción, Beatriz arremete con una bofetada en el rostro de Hernán. El chasquido se pierde entre los gemidos de la joven y los gritos del cantante. Beatriz da un par de golpes más, seguidos de un breve alarido. Los dientes del hombre se muestran resplandecientes al esbozar una sonrisa de satisfacción.

Luisa se acaricia mientras observa el desplante de violencia de su amiga. A contraluz, la silueta de Beatriz se dibuja altiva como una Venus. El resplandor fluorescente ilumina los ojos y los dientes azulados, vampíricos, que la invitan a acercarse. Hernán continúa su trabajo con la resistencia de un atleta. Luisa se estira para tomar del buró un par de cápsulas verdes de néctar antes de acercarse reptando hasta los cuerpos convulsos. Su lengua recorre la boca de Hernán, sigue su camino por el pecho, el ombligo, el sexo unido de ambos, para luego subir por el vientre de Beatriz, recorrer con lentitud sus pechos sudorosos y llegar hasta su boca abierta. Luisa coloca una de las píldoras en su lengua para ofrecerla a su invitada. El contenido ácido se disuelve en un beso ansiado al tiempo que los movimientos enérgicos retoman el ritmo junto con los últimos estribillos de la canción.

El ritmo cardiaco de las amigas se acerca al límite. Lengua, labios, manos y dedos de Hernán trabajan sin descanso. Las jóvenes ríen, se besan, se acarician, saltan sobre el sometido. El clímax se acerca con una violenta oleada de adrenalina acompañada por el efecto del néctar. Los sentidos se agudizan. La música llega hasta los oídos con un ritmo más lento y un tono aún más grave que el de la canción. Los gruñidos de Marilyn Manson asaltan el sentido con una nitidez multiplicada, como si estuviese cantando ahí mismo en la habitación. Cada centímetro de piel percibe el mínimo roce con una sensibilidad jamás emulada con dispositivo alguno.

El final se produce con la prolongación del orgasmo durante siete u ocho segundos, suficientes para tensar los músculos hasta su nivel máximo, dejando el cuerpo con una sensación de ingravidez por la cantidad de energía liberada. Hernán disminuye el ritmo de manera progresiva conforme las amigas relajan sus cuerpos con carcajadas de alivio. Las dos se desprenden despacio del hombre para permanecer acostadas sobre las sábanas húmedas, frente a frente. Él mantiene los brazos extendidos en forma de cruz. Apunta sus ojos al techo y se concentra en regular su respiración. Las jóvenes se acarician gozando de los últimos instantes del efecto narcótico. Are you the rabbit?, comienza con suavidad en el reproductor aleatorio de la lista de canciones que Luisa había recuperado de un antiguo USB de sus abuelos.

Luisa observa en la oscuridad la piel violácea de Beatriz bajo el efecto de la luz de neón. Acaricia su melena negra, sus mejillas calientes. Beatriz mantiene los ojos cerrados. Su cuerpo levita en una ensoñación familiar. Deja que su amiga deslice su mano sobre su cuerpo, que siga palpando mientras ella dormita en la sensación que da sentido a su vida.

Las horas transcurren en aquel habitáculo diseñado para el deleite sensorial. El ruido exterior es bloqueado por las ventanas herméticas. La música continúa mientras las dos amigas dormitan sin pensar en el tiempo. Hernán mantiene los ojos cerrados, pero sus sentidos en alerta para cualquier orden que reciba de su dueña o su invitada. Luego de un par de horas, en mitad de la noche, Luisa despierta motivada por la resequedad en la garganta y la falta de aire fresco. Beatriz despierta de su letargo al sentir el movimiento de su amiga.

—Voy por un poco de agua, ¿quieres? —dice Luisa al pararse de la cama.

Cuando abre la puerta, la corriente fría del pasillo refresca la habitación. Se percibe el olor de la lluvia que se avecina. Beatriz salta de la cama con gesto felino; toma su playera blanca y sigue a su amiga arrastrando los pies descalzos por el suelo frío del corredor.

La luz neón de la habitación pierde intensidad conforme la penumbra del pasillo la consume. Las dos amigas, asomadas desde el balcón del departamento, contemplan las luces de la avenida Reforma tintinear trece pisos abajo.

Beatriz observa la ceniza de su cigarro caer hasta perderse en el vacío. Luisa hace sonar los hielos en su vaso y contempla con placer a Beatriz exhalar con lentitud el humo. La figura robusta y los grandes senos de Beatriz se dibujan a través de la playera ajustada. Luisa se acerca para unir sus labios fríos, todavía húmedos de la bebida, con los labios carnosos de Beatriz. La música de la recámara se escucha por lo bajo.

Al separarse, Beatriz da una profunda calada a su cigarro antes de arrojarlo a la calle. El extremo encendido cae al vacío como una pequeña bengala que se estrella en el fondo sin ser escuchada. Luisa apura el contenido de su vaso. Un relámpago ilumina por un segundo la ciudad.

Las amigas se estremecen con el viento, se avecina la tormenta. Luisa incita a Beatriz a entrar una vez más al interior del departamento. Acorrala el cuerpo de la joven contra el sillón. Comienza a besarlo con ansiedad. Su lengua recorre el contorno de su cuello y sus manos se hunden en el cabello sedoso. Una tupida llovizna comienza en el exterior. Los cuerpos continúan hambrientos. La música lejana es superada por el murmullo de las gotas sobre la ventana.

Hernán escucha durante cuarenta minutos el jugueteo desinteresado de las dos, pero, dado que no ha sido llamado para unirse, permanece recostado sobre la cama con los ojos apuntando hacia el techo.

—Quédate, Bety, por favor.

—No puedo, nena, le prometí a Sofía que la vería temprano; es su cumpleaños.

—¿No es lo mismo si te vas desde aquí?

—Es que no traigo más ropa. No me lo tomes a mal, la pasé increíble, Lu, de verdad. Nos vemos el lunes, ¿sí?

Con un beso seco, Beatriz se separa de su amiga y toma su bolso del recibidor.

Luisa la despide en la puerta con una sonrisa lánguida y los brazos cruzados sobre sus pechos. Beatriz se aleja por el pasillo hacia el elevador de vehículos. Al cerrar la puerta, el ruido de la tormenta le impide a Luisa escuchar el momento en que su amiga se aleja a toda velocidad por el cielo nublado de la ciudad.

La joven vuelve a la habitación con paso lento, apretando los labios, resistiendo el cúmulo de sentimientos agolpados en su garganta.

—Bic, apaga la música y las luces —dice a su sistema operativo.

Palpando la cama, pasa por encima del cuerpo de Hernán y se cubre con las sábanas todavía húmedas e impregnadas con el perfume cítrico de Beatriz. El esclavo se acerca cauteloso para abrazarla sin decir una palabra. Luisa se hunde en un llanto silencioso hasta que el cansancio la obliga a quedarse dormida.

II

A través de las puertas de cristal de su oficina, Luisa observa a Beatriz mordisquear su dedo anular. Las uñas de la joven combinan con su vestido verde. Su cabello castaño ondulado refleja la luz blanquecina de las lámparas en el techo. Con agilidad inconsciente, Beatriz desliza sus yemas sobre el teclado proyectado en la superficie lisa del escritorio. Luego vuelve a juguetear con el dedo entre sus labios.

El murmullo de la oficina no alcanza a escucharse a través de las puertas de cristal del cubículo de Luisa, pero ella lo intuye observando pasar de un lado a otro a sus compañeros con la taza de café simulado en una mano y la mirada perdida entre las imágenes proyectadas en sus lentes inteligentes. Los dedos de los trabajadores se deslizan frenéticos sobre los hologramas. La ventana del fondo muestra el tránsito aéreo de la Ciudad de México a las nueve de la mañana del miércoles cuatro de agosto de 2108.

Luisa estudia con exquisita parsimonia el comportamiento de sus compañeros como si estuviese frente a la enorme jaula de los mandriles en el zoológico. Observa cómo se detienen a platicar a mitad del pasillo, cómo se aflojan los zapatos por debajo del escritorio, cómo permanecen con la mirada perdida frente a las imágenes interactivas de sus lentes. Calcula la hora del día en que se generalizan los estiramientos para destensar los músculos del cuello y la espalda. Analiza las repetidas ocasiones en que sus compañeros se contemplan entre sí de manera inconsciente. Estudia e intenta adivinar cuándo alguno ha tenido una mañana difícil y luego lo confirma al salir de su rincón para reabastecer su provisión de café simulado. Al primer contacto, el sujeto externa todos sus males sin ningún atisbo de pudor.

Luisa observa en el pasillo frente a ella a un hombre alto de cabello largo y barba de tres días acercarse hacia el cubículo de Beatriz. Se trata de Tony, encargado de diseño. Sigiloso, se acerca a la joven por la espalda. Sin que ella lo advierta, éste se engancha a la altura de los hombros con suavidad y le susurra algo al oído. Beatriz suelta una carcajada que hace voltear a los demás trabajadores. Luisa se mantiene inmóvil, observando desde su escritorio. Beatriz se levanta de su asiento y Tony aprovecha para abrazar a su gusto el cuerpo rollizo. La joven, aún con la sonrisa en los labios, se retira para mirarlo a los ojos. Ambos intercambian unas palabras. Beatriz asiente mientras se acomoda el cabello con una mano. Ambos vuelven a reír. Tony le planta un beso en la mejilla para luego alejarse con su andar despreocupado a través del pasillo.

Beatriz lo sigue con la vista antes de girarse para tomar asiento. Cuando vuelve el rostro, se topa con la mirada insistente de Luisa que acecha desde su posición.

De dos a tres de la tarde, los oficinistas se reúnen en el Gran Salón del octavo piso del edificio para disfrutar de un momento de esparcimiento. Los trabajadores organizan partidas de ajedrez holográfico, lucha de asistentes personales, torneos de básquetbol virtual y tiro al blanco con mini drones. Ciertos empleados prefieren simplemente charlar con sus sistemas operativos para liberar tensiones emocionales.

Luisa toma del brazo a Beatriz y la lleva hasta un rincón solitario del Gran Salón.

—¿Sí viste a Sofi esta mañana? Pareces muy fresca a pesar de no haber dormido. Te fuiste de mi casa en la madrugada.

—Sí, estuvimos en su departamento. Tomé una ultravioleta antes de venir al trabajo. Esas cosas hacen maravillas, ¿verdad que no se me nota? ¿Qué tal ha estado tu mañana?

—Mucho trabajo. Hoy tenemos que entregar el reporte de consumo del mes. Y los de administración ya quieren el calendario de actividades de noviembre.

Luisa saca de un pequeño estuche sus pastillas nutricionales y una cápsula de agua. Al llegar al estómago, las pastillas se expanden y causan una sensación de saciedad al tiempo que aportan todos los nutrientes necesarios de acuerdo a la complexión y metabolismo de cada persona. Desde su salida al mercado, veinte años atrás, propiciaron el alza en los precios de los platillos cocinados, los cuales fueron considerados un lujo al poco tiempo.

Beatriz acompaña a su amiga con sus píldoras y una cápsula de agua.

—Oye, Lu, qué magnífica inversión hiciste en Hernán, es increíble —dice luego de deglutir con un poco de esfuerzo.

—¿Te gustó?

—¡Es magnífico! Jamás había estado con uno antes. Tiene una estupenda condición y qué buen diseño. Te luciste. Aunque no sé, ¿no te hartas de tenerlo ahí todo el día?

—Precisamente por eso lo quise. A veces necesito saber que tengo alguien que no me abandonará en mitad de la noche.

—¡Ya te dije que lo siento! Qué bueno que no estamos casadas, ya me hubieras asesinado. Lo que yo no aguanto es estar en un mismo lugar tanto tiempo. Me cansaría de llevar la misma vida todos los días con otro ser, sea robot o no. ¿Cuánto llevan ustedes?

—Apenas dos semanas.

—Vaya. Y, ¿no te dijo nada sobre anoche? ¿No siente celos de que lo compartas con alguien más?

—No, amiga. Está diseñado para eso. Obedece cualquier orden. Jamás cuestiona, jamás se queja.

—Entonces sí es perfecto, de veras te felicito, valió la pena.