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El hijo de Iván Ivak, una vieja gloria de la literatura soviética, recibe inesperadamente un manuscrito inédito y póstumo de su padre, una supuesta autobiografía titulada El último deseo. Lo que al principio parece una cuestión sentimental sin mayor importancia rápidamente se convierte, sin embargo, en un viaje incómodo al pasado familiar, pues aquellas páginas descubren las huellas de una doble vida, pero también reconstruyen la historia de una generación abrasada por la guerra, la culpa y el miedo, y la de otra marcada por la necesidad de comprender. Combinando la tensión de un relato de intriga con la franqueza de una confesión moral dostoyevskiana, Kononenko enfrenta preguntas y temas universales –como la culpa y el perdón– y conforma una novela apasionante sobre la herencia emocional del siglo XX y el poder de la literatura para iluminar lo que la historia intenta borrar. «Si aquella sinceridad hubiera venido antes, no habríamos sobrevivido tanto tiempo. Pero las verdaderas desgracias solo las podemos superar si confesamos lo que más nos atormenta. ¿Y quién haría esto en un país donde el mayor tesoro era el silencio?».
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Seitenzahl: 275
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Valeri Ivak se despertó antes del amanecer. No es que tuviera ninguna necesidad de levantarse temprano, pero de pronto se encontró pensando en su hijo, al que no veía y del que no sabía nada desde hacía mucho tiempo. Claro que no es algo que nos deba extrañar entre padres ya entrados en canas, pero de espíritu aún joven, y sus hijos adultos. En verdad no estaba nada preocupado por él. ¿Qué podría pasarle a un chaval joven y afortunado como su hijo? Aunque siempre existe la posibilidad de que pase algo, eso es innegable. Sea como fuere, la realidad es que se había despertado de sopetón con una desagradable sensación entre la garganta y el estómago en una habitación de hotel más que pasable, con unas incongruentes 5:48 en un reloj que parpadeaba en medio de la oscuridad. Pero, junto con la neblina de la ansiedad crepuscular, le atravesó como un meteorito el recuerdo de cómo en sus años de juventud sus propios padres o los padres de su mujer lo habían atosigado, y cómo sus ataques de ansiedad —¡ay!, ¿cómo estarán los niños?— eran utilizados como una excusa para finalmente inmiscuirse en sus asuntos. Pero si, por el motivo que sea, su hijo «lo ha despertado» así, de repente, ¿qué se supone que tiene que hacer? ¿Quizás debería llamarlo? ¿Escribirle un correo electrónico?
Valeri se deslizó de la cama y encendió el portátil. La velocidad de Internet del hotel era exasperante, así que le dio tiempo a ducharse. En el navegador podían verse las últimas páginas abiertas: Yahoo!, Google y Facebook. Entre sus amigos está su hijo, Paul Ivak. No está de más entrar de cuando en cuando en su página. Como forma de comunicación es realmente útil, uno puede acceder a información sobre sus amigos y conocidos, siempre y cuando, claro, la hagan pública… Paul Ivak acababa de publicar algo una hora antes, y ya tenía 136 «me gusta». Eso significa que todo está en orden. Aquella sensación de ansiedad había invadido la oscuridad del hotel de Varsovia por error. La angustia que había despertado a Valeri Ivak antes del alba no era fruto de su afilada intuición, sino de haber dormido del lado equivocado.
Nací y crecí en la Ciudad de los Edificios Grises, también llamada la Ciudad de las Siete Colinas, o la Madre de todas las Ciudades Rusas, o, simplemente, la Capital. Pero para mí siempre será la Ciudad de los Edificios Grises que inundan mi ciudad natal. Y, si alguna vez vuelvo a visitarla, seré bienvenido en al menos tres de esos edificios. Mi padre, Valeri Ivak, nació en uno de ellos. En el otro nació mi madre, Marina Solonenko. Mi abuelo paterno fue miembro del KGB y mi abuelo materno, un disidente durante la década de los sesenta; el primero, hay que decirlo, era mucho más amable que el segundo.
Fíjate cómo se ha transformado todo esto en la cabeza del pequeño, pensó Valeri, haciendo clic en el See more:
En un edificio gris de la calle Tolstói vivía una chica que se llamaba Lilia. Lilia fue mi primer amor, pero mis padres emigraron y me separaron de ella. ¿Dónde estás, mi querida Lilia? ¿Aún vives en la Ciudad de los Edificios Grises? ¿O la abandonaste, como hice yo? ¿Y por qué no estás en las redes sociales? ¿O sí que estás, pero te escondes detrás de otro nombre?
Y dale con Lilia. Valeri sintió una irritación que, sin embargo, desapareció casi al instante. Todo aquello había pasado en otro tiempo, en otra vida, y ya hace mucho que no siente ni rabia ni emoción cuando recuerda uno de los periodos más desagradables de su pasado. Los padres de Lilia exigían enfurecidos a los padres de Pavló quién sabe qué, y no había forma de que bajaran del burro; el sexo entre menores siempre se había considerado como algo indecente. El conflicto con la familia de Lilia, a la que Pavló había seducido cuando ambos tenían menos de catorce años, había empujado definitivamente a Valeri Ivak y a su familia a resolver su para entonces dilema sobre si emigrar o no emigrar. Y sus vidas ya no se parecen en nada desde hace una eternidad. Y todo indica que, por fin, se han librado de los padres de Lilka. Aunque sigue habiendo otros fantasmas de la Ciudad de los Edificios Grises que se resisten a abandonarlos a él y a su mujer, y que tienen el delicado detalle de visitarlos de vez en cuando. Para su hijo, que dejó esa ciudad siendo aún adolescente, que estudió secundaria y entró en la universidad en su nueva tierra de acogida, donde hizo nuevas amistades, todo debería haber sido muy diferente. Pero, por alguna razón desconocida, de pronto aparece el nombre de Lilka en el espacio público de una red social, a pesar de todos los años que han pasado desde entonces.
Aparte del texto, Paul Ivak había publicado en su página una foto en blanco y negro escaneada, en la que podía verse un óvalo rodeando la figura de una niña que saluda desde lo alto de un balcón. Si aquel saludo no fue hace siglos, seguro que fue hace unas cuantas décadas. Valeri añadió el «me gusta» número 137 a la publicación de su hijo, desvió la mirada hacia la ventana y dejó un comentario:
Varsovia es también una Ciudad de Edificios Grises.
Su hijo respondió prácticamente al instante:
¿Estás en Varsovia? ¿Qué haces ahí?
Esta noche subiré algunas fotografías.
Es todo lo que supo de su hijo. El padre continuó con sus planes en la ciudad, entre los que figuraba la denuncia de la sociedad totalitaria y la glorificación del mundo libre. Tras la conferencia «Fe y totalitarismo», tuvo lugar la inauguración de la exposición fotográfica «Totalitarismo y familia». Y después de las mil veces repetidas palabras de agradecimiento que habían viajado de exposición en exposición, los visitantes se dispusieron a contemplar aquellas fotografías que, en su mayoría, habían tenido la fortuna de captar momentos únicos. En una de ellas puede verse a una pareja mayor, cogidos con fuerza el uno al otro, cruzando una plaza con el suelo resbaladizo intentando no caer.
—La abuela lleva unos zapatos preciosos. Polonia no era la URSS, y la industria ligera funcionaba mucho mejor en las democracias populares. Si en el que fue mi país se celebrara una exposición así, creo que lo más apropiado sería empezar con algo así como: «Cola infinita de camaradas para unos zapatos de invierno».
Luego estaba la fotografía titulada «Reunión con padres». Con una pizarra de fondo, podía verse a una profesora que declamaba encolerizada, con los ojos irradiando un intenso fervor por la educación de los más jóvenes. ¡Hay que ser un fotógrafo de verdad para capturar una face como esa! Era la encarnación del sadismo, la clásica profesora a la que los adolescentes más valientes no pueden evitar colocarle un petardo debajo de la silla.
—¿Y no podría ser una catequista?
—¿Y por qué no? —respondió el sacerdote, uno de los invitados de honor a la inauguración, sin amagar una triste sonrisa, a pesar de que todos a su alrededor se rieron.
«Sorprendidos» fue la instantánea que más llamó la atención de los primeros visitantes de la exposición. En ella aparecían los rostros asustados de dos enamorados, con los hombros desnudos, y un fondo que el fotógrafo había dejado borroso.
—Parece imposible que una foto así haya sido tomada espontáneamente, ¿no cree? —preguntó Valeri y, de nuevo, como si fuera un meteorito, un recuerdo atravesó la niebla de sus pensamientos; era el grito de la madre de Lilia, que había sorprendido a Pavló y Lilia en su cama de matrimonio, «¡justo encima del edredón!»—. ¿No es más creíble que los jóvenes estuvieran posando? Hoy en día, es una práctica habitual entre los profesionales de la fotografía. Aunque de lo que sí que estoy seguro es que supieron captar la esencia de aquella profesora de forma espontánea.
—Reconózcalo, señor Ivak, en aquellos tiempos todos podríamos habernos encontrado en la misma situación que esos dos encantadores jóvenes. El ojo escrutador del Partido y del Gobierno impedía incluso a los matrimonios poder disfrutar de las alegrías que nos brinda la naturaleza. Recuerde aquellas viviendas compartidas, estrechas, y la imposibilidad de irse a un hotel…
—Pero si son unas criaturas. ¡Es indignante, por muy tolerante que seas como padre!
—La libertad que disfrutamos hoy en día es también un gran desafío, tanto para los jóvenes como para los adultos —sentenció el sacerdote—. Que haya prosperidad no siempre garantiza que la gente se acerque a Dios de forma genuina.
—¿Quiere que le diga lo que pienso, padre? Yo, como persona laica que soy, y a pesar del profundo respeto que tengo por Dios, creo que la lealtad de las personas al Divino debe ponerse a prueba a través de la abundancia y el exceso de libertad, y no de la miseria más humillante y la represión.
Los invitados a la inauguración de la exposición aplaudieron a Valeri Ivak.
—Una persona debe ser digna de superar cualquier prueba en su camino hacia Dios —respondió el sacerdote.
—En su país la fe no estaba prohibida como lo estaba en el nuestro. —Ivak no se daba por vencido, y había despertado en él el fervor por la discusión—. Por cierto, cuando era joven conocí a una chica que había ido diez días a Polonia a visitar a sus familiares durante la democracia popular, y cuando volvió nos dijo sorprendida: «¡Dejan entrar a los jóvenes comunistas en las iglesias! ¡Y a las niñas las visten como si fueran novias!».
Esta vez una sonrisa apareció en el rostro del sacerdote.
—Entonces, ¿cómo es posible pasar la prueba si, en principio, no sabes qué es la fe? Porque cuando a alguien le ha sido revelada, entonces ya es imposible prohibírsela, esa persona seguirá creyendo bajo cualquier circunstancia, aunque sea en la clandestinidad. Y en nuestro país, el acceso a los fundamentos básicos de la fe fue bloqueado, porque desde la cuna los niños oían cómo todo el mundo se burlaba de los creyentes.
Los invitados a la inauguración asentían como si fuera Valeri a quien estuvieran escuchando.
—En realidad, yo mismo fui bautizado siguiendo el rito ortodoxo en el año 1988 después de Cristo. Pero ¿acaso eso me convierte en creyente?
—Por cierto, señor Ivak —intervino uno de los invitados que, junto con el sacerdote, permanecían en un semicírculo cerca de la foto «Sorprendidos»—, dejemos de lado su fe, no es algo de lo que deba hablarse en público; la verdad es que usted viene de un mundo totalitario, del mundo de aquellas profesoras. —El hombre señaló la foto que tenía al lado—. Pero… usted no ha vivido nunca en Polonia…
—No, solo vengo de vez en cuando.
—Pero habla muy bien nuestro idioma. Y estoy seguro de que no solo el nuestro.
—En los años sesenta aprendimos polaco para poder leer las obras de escritores extranjeros que no se publicaban ni en ruso ni en ucraniano. Kafka, por ejemplo. Además, yo estudié en la Facultad de Filología Eslava. Era una especie de santuario para los hijos de escritores.
—Entonces, ¿usted viene de una familia de escritores?
—Mi padre trabajaba en el aparato. Exacto, sí, en aquel mismo… En los servicios de inteligencia. Durante su época más siniestra. Luego, se recicló como escritor soviético y se dedicó a una literatura que no leía nadie. Aun así, consiguió escribir algunos relatos de cierta calidad.
Los invitados a la inauguración de la exposición fotográfica «Totalitarismo y familia» se cansaron de escuchar a Valeri Ivak y se dispersaron por la sala. Sin embargo, uno de ellos se acercó a Valeri. Otro se quedó a su lado, seguramente para poder escuchar lo que decían.
—Así que usted es hijo de Iván Ivak…
—Exactamente. Eso ya no me lo quita nadie.
—No sabe lo contento que estoy de conocerle. Mi difunto padre tradujo al polaco un relato del suyo titulado El verdugo.
—Ya… No mata, la verdad, aunque mi padre parecía estar muy orgulloso de que todos los países con democracia popular contaran con una traducción de este relato. ¿Sabe cómo lo llamaban sus compañeros? «El verdugo», así, en español.
—Lástima que opine eso sobre El verdugo. No he tenido el placer de leer ningún otro relato de su padre, pero piense que… ¡crecí con él! ¡Qué ironía tan fina, la suya! ¡Con qué sutileza se burlaba de la literatura del totalitarismo!
—¿De veras? En mi opinión, es un texto normal y corriente al son de la época. Y no es que fuera precisamente la mejor en la historia de nuestra bendita nación.
—¡No, es usted terriblemente injusto con su padre! ¡Vuelva a leerlo, de verdad! —gritó el hijo del traductor al hijo del escritor, y se apresuró a dar por terminada la conversación, ya que, por fin, entró por la puerta una mujer con una bandeja llena de copas con las que se serviría una libación en honor a la exposición «Totalitarismo y familia».
En aquel instante, el invitado que había escuchado toda la conversación asaltó a Valeri Ivak. Hacía rato que Valeri se había fijado en él, seguramente por su extraña apariencia o quizás no tanto por su apariencia como por su atuendo. Los demás invitados vestían de manera casual: los hombres con traje o jerséis oscuros, las mujeres con vestidos oscuros, algunas cubiertas con un pañuelo o un chal, también de color oscuro, y el sacerdote con sotana. El invitado en cuestión también llevaba un jersey oscuro y pantalones vaqueros negros o azul marino, pero lucía un llamativo chal a rayas enfundado alrededor del cuello, con un extremo colgando por debajo de la cintura y el otro echado sobre el hombro. La primera vez que se fijó en él y en su chal, Ivak pensó que quizás se trataba del artista que había montado la exposición, porque tenía un aspecto extremadamente bohemio. Su cabello era rubio y espeso, y las mejillas algo femeninas, aunque es posible que se hubiera afeitado una hora antes de ir a la inauguración. El hombre sonrió amablemente a Valeri.
—¡No sabe lo que me alegra conocer por fin al hijo del escritor Iván Ivak! Mi nombre es… —Los invitados, ahora ya con las copas en la mano, rieron a carcajadas en ese mismo momento; por eso Valeri Ivak no pudo oír el nombre de su interlocutor, y tampoco se atrevió a preguntárselo. Le pareció que el hombre había pronunciado un nombre de tres sílabas, con el acento en la última, y un apellido de dos sílabas con el acento en la primera. Creo que ya nos hemos visto antes, pensó Valeri, a la vez que una idea atravesaba su mente como un rayo: pensamos lo mismo de la mitad de los desconocidos con los que nos encontramos. En esta galaxia infinita de rostros humanos con los que nos cruzamos a lo largo de nuestra vida, hay muchos que se parecen entre sí.
»Por fin puedo devolverle lo que lícitamente le corresponde —dijo el hombre del chal—. La cadena era bastante larga. ¡Yo solo he sido el último eslabón en el viaje de este manuscrito, que estaré encantado de entregarle!
—¿De qué me habla? ¿A qué cadena se refiere?
—Tengo en mis manos el manuscrito de la última novela de su padre, que tituló El último deseo. ¿Que cómo acabó en mis manos? Por lo que yo sé, su padre murió en el despacho de la editorial, donde trabajó hasta sus últimos días…
—Al menos eso me contó mi hermana en el funeral… —Valeri empezó a escuchar con atención, mientras cruzaba por su mente la idea de que hacía ya más de diez años desde que había visto a su hermana por última vez. Su sobrino Mijás los había visitado en alguna ocasión, pero su hermana y su esposo aún no habían encontrado el momento.
—Nadie precintó el despacho de donde salió su padre ya sin vida, y fueron más de uno los que consiguieron acceder a él. Alguien pudo haberse llevado el cuaderno antes de que su hermana fuera a por las pertenencias de su padre.
—Es posible, pero eso ocurrió hace ya tanto tiempo…
Mi padre murió un año antes de que llegara Internet, poco antes de que los teléfonos móviles inundaran nuestras vidas —pensó de repente Valeri—. Antes de su muerte, mi hermana Irina me enviaba alguna carta a través del océano, aunque raramente encontraba tiempo para hacerlo. A veces llamaba por teléfono a su casa. Y tras la muerte de nuestro padre, empezamos a enviarnos correos electrónicos.
—El cuaderno finalmente acabó en manos de una mujer que también falleció —continuó el desconocido—. No creo que su nombre le suene de nada, yo tampoco la conocía demasiado. Los que examinaron el archivo de la difunta y encontraron el manuscrito empezaron a buscar a sus herederos, es decir, a usted, a través de Internet. Pero resultó que vivía al otro lado del océano.
—Pero mi hermana se había quedado en Kyiv.
—Según tengo entendido, no supieron dar con ella.
—Pero si hasta tiene una página de Facebook. Claro que no es una blogger, ni nada que se le parezca, y la actualiza muy de cuando en cuando. Además, se cambió de apellido. Ahora es una Burkó. Irina Burkó. Y su hijo Mijailo también es un Burkó. Y tiene una página a nombre de Mike Burkó.
—Es posible que quienes los buscaban no conocieran el apellido de casada de su hermana. ¡Pero, por suerte, usted no se cambió de apellido, y tampoco de nombre! —El desconocido sonrió—. Y de su página hace tiempo que cuelga la información de esta exposición en Varsovia. Así que, si no tiene inconveniente, deje que le haga entrega del cuaderno.
Los dos hombres se acercaron al guardarropa, el invitado entregó una ficha y le devolvieron su gabardina. Un chal tan llamativo debe de quedar muy elegante con una gabardina así de larga, pensó Valeri de repente.
—Y aquí tiene su paquete, señor.
Valeri Ivak también entregó su ficha al encargado del guardarropa aunque, de momento, no parecía tener ninguna intención de irse. Se puso la chaqueta y se detuvo unos segundos delante del espejo. Mientras tanto, el hombre del chal colorido había desaparecido. Y el encargado del guardarropa había entregado a Valeri una bolsa de plástico con el logo del Duty Free del aeropuerto de Varsovia. ¿Es posible que aquel hombre enfundado en el colorido chal de bohemio volara a Varsovia solo para devolverle el contenido de aquel paquete? ¿Y dónde se había metido? Hace solo un momento estaba aquí.
Ivak miró de lado a lado del vestíbulo. No había nadie, y lo único que podía oírse eran las risas de los últimos acordes de la inauguración que venían de la galería, cuando el vino estaba ya a punto de agotarse. Tampoco se había oído ningún portazo, ni desde el baño, ni de las puertas de entrada. ¿Y si había entrado de nuevo a la galería? Pero, entonces, ¿para qué llevar aquella gabardina que planearía como una inmensa ala negra por toda la sala? Valeri se sentó un momento en una butaca del sombrío vestíbulo y sacó de la bolsa del Duty Free de Varsovia un gran cuaderno, escrito con la letra clara y familiar de su difunto padre. Es más, de repente recordó con nitidez que era el mismo cuaderno que Pavló le había regalado a su abuelo el día de su cumpleaños, que celebraron pocos días antes de partir. Las páginas del cuaderno estaban ligadas con una espiral y en la portada podía verse la imagen de un perro de ojos tristes y expresivos.
De regreso al hotel, Valeri Ivak aprovechó para comprarse una botella de vino. Era su última noche en una ciudad que había visitado en numerosas ocasiones, incluso durante la época soviética. ¿Es posible que el destino lo vuelva a llevar a ella en el futuro? De repente recordó los recientes elogios a su polaco, y las palabras sobre la engañosa confianza que uno tiene de dominar fácilmente una lengua cercana a la suya que, mucho tiempo atrás, había oído de su primer profesor de polaco.
Por cierto, ¿en qué lengua le había hablado el hombre del chal? Valeri recordaba perfectamente el contenido de la conversación, pero era incapaz de acordarse de una sola palabra de lo que le había dicho. El desconocido del chal podría haberle hablado en polaco, pero tenía la impresión de que lo había hecho en ucraniano. ¿O en ruso? Sí, sí, podría haberle hablado en ruso, que es la lengua en la que, a menudo, se dirigen a él sus antiguos compatriotas. Pero también podría haberle hablado en inglés, cosa absolutamente natural en un encuentro internacional, ¿no? ¿Qué fue lo que dijo exactamente? ¿Su padre? ¿Vash otiets? ¿Your father? ¿Pana ojciec?
¡Qué casualidad! El mismo día que recibía una señal de su hijo, sucedía lo mismo con su padre. Algún motivo debía haber…
Oh, por algo rugían los cañones en los campos
y nuestra sangre se derramaba, y nuestros hermanos caían,
oh, por algo mi vieja madre
nos quitó a todos los ducados y las cruces.
Quién sabe por qué le vino a la cabeza aquel poema que Valeri tuvo que memorizar cuando aún estudiaba en la escuela.
—¡Nos los quitó para devolvérnoslos después! —suspiró Valeri. Y descorchó la botella de vino para verter el líquido rubí en la copa de la habitación del hotel. Abrió el portátil y revisó su correo, pero no había ninguna sorpresa. Y finalmente se acercó el cuaderno con el manuscrito de su padre.
El título estaba escrito con una tinta diferente a la del texto de la primera página. No había ninguna corrección. Así es como deben ser las obras literarias manuscritas. Lo más probable es que el padre reescribiera el borrador en limpio antes de morir. Y también que él sea el primero en leerlo. Incluso uno podría pensar que no lo hubiera escrito nadie. El cuaderno estaba prácticamente intacto, como nuevo, y en las esquinas de las páginas no había rastro de las huellas dactilares del autor ni de ningún hipotético lector. Valeri se lamió el dedo, frotó las letras de tinta, pero no logró desdibujarlas.
Era la letra familiar de su padre. Clara y legible. Cuando Valeri aún estudiaba primaria, su madre le recriminaba que nunca sería capaz de dominar aquel tipo de caligrafía. La misma en la que estaba escrita la última obra de su difunto padre. Y en aquel instante Valeri empezó a leerla.
A mi hijo Valeri
y mi hija Irina
—¡Papá! ¡La madre de Lilia se ha suicidado! —gritó mi hija Írochka a primera hora de la mañana.
Me quedo trabajando hasta las tantas en la editorial, llego a casa muy tarde y duermo hasta casi mediodía en mi habitación. Mi familia nunca me molesta, aunque durante mi sueño matutino siempre los oigo levantarse y arreglarse en silencio para salir. Pero aquella mañana mi hija estaba hablando por teléfono, con una voz fuerte y estridente, y me arrancó de mi duermevela; me despertó y ya no pude volver a dormirme, incluso después de que todo se quedara completamente en silencio. Me levanté y, amodorrado, salí de la habitación mucho antes de lo acostumbrado.
—La madre de Lilka se ha suicidado —dijo Írochka en lugar de su acostumbrado «¡Buenos días!», cosa que explicaba su voz anormalmente estridente aquella mañana. Fui a tientas hasta la cocina, vestido aún con el pijama, y miré automáticamente el reloj, que entonces aún no marcaba ni las nueve. Mi nieto Mijás estaba sentado a la mesa.
—¿Hoy no vas a la escuela? —le pregunté de repente.
—Iré a segunda hora —respondió Mijás. Era evidente que estaba tan consternado por el suicidio de la madre de Lilka como lo estaba Írochka.
Sigo sin saber el nombre de aquella mujer, a la que en nuestra casa conocíamos simplemente como «la madre de Lilka». Un par de años atrás, mis dos nietos, Mijás y Pavló, y junto a ellos una niña de su misma edad, Lilia, hija de una amiga de mi hija, iban a clases particulares de inglés, un idioma que, por lo visto, era el más demandado del mundo. Su profesor vivía en el centro de la ciudad; no lo habría recordado si no fuera porque, los días que tenía clase, Pavló comía con nosotros y yo era el encargado de ponerle el plato en la mesa antes de irme a la editorial. Y, por lo visto, Pavló acabó llevándose a Lilia al huerto. Al principio, los niños se veían al salir de clase, en el apartamento de Lilia. Y cuando su aventura salió a la luz, todos reaccionaron airadamente. Primero, los padres de Lilia. Luego, mi hijo Valeri y mi nuera Marina, que siempre se habían mostrado tan abiertos y liberales, y que tantas veces y con tanta dureza se habían enfrentado a los viejos retrógrados como yo o los padres de Marina. ¡Llegaron a obtener unas cuantas victorias en el campo de batalla! Incluso la «tía Ira», es decir, mi hija Írochka, que había heredado de mi difunta esposa, su madre, un carácter amable y un cabello rubio y exuberante, acabó participando en el acoso y derribo a Pável y Lilia.
Yo salí en defensa de mi nieto porque soy muy consciente de lo que significa cuando dos jóvenes se aman como lo hacen los adultos. Y lo hice con firmeza y determinación en cuanto me di cuenta de lo que estaba sucediendo realmente, porque nunca me involucraban en ese tipo de discusiones y estuve mucho tiempo sin saber nada de lo que había pasado.
—¿Quieren mutilarlo de por vida? ¿Para que cada vez que vuelva a abrazar a una mujer se acuerde de cómo lo sorprendieron con Lilia? ¡Cuando los niños buscan el contacto sexual precoz, nos están enviando una señal evidente de la falta de afecto en la familia!
—Nunca he visto nada tan terrible en mi vida como la familia de Lilka —respondió Valeri—. ¡Son auténticos monstruos, no tienen ni una brizna de humanidad! Es imposible imaginar que en el mundo exista gente peor. ¡Y fue nuestro querido Pavló quien me la «presentó»!
—Y tú, ¿siempre fuiste una persona tan santa?
—¡Yo empecé cuando ya era mayor de edad! ¡Y esa desgraciada, la madre de Lilka, nos reclama el dinero para una operación que le devuelva a su hija la virginidad perdida! ¿Sabes cuánto cuesta eso? Cuando yo empecé a salir con chicas, ¡tú no tuviste que pagar nada!
—Yo he costeado muchos de tus proyectos, Valeri… Dile a los padres de Lilia que te envíen el presupuesto de la operación y una justificación de por qué es necesaria. Y diles que solo pagarás por orden judicial, y solo si hay un perito presente —le aconsejé con calma.
Poco después, Valeri y su familia se fueron al extranjero en busca de una vida mejor. Y allí están hasta el día de hoy. Parece que han logrado sobrevivir en tierra extraña. Justo antes de irse, celebramos mi cumpleaños. Era más que seguro que Valeri, Pável y Marina se marcharían pronto, ya tenían los billetes de avión. Fue entonces cuando Pavló me regaló un enorme y formidable cuaderno de importación. Nunca había visto nada igual. Tenía las páginas ligadas con una espiral, y en la portada figuraba una foto en blanco y negro de un precioso y tierno cachorro de mirada asustadiza. La foto parecía haber sido tomada desde arriba. Ahí está. Porque todo lo que estoy escribiendo, lo hago en este mismo cuaderno.
En la fiesta de cumpleaños, invité a Pável a mi habitación, y este me pidió que, como recuerdo, le prestara un libro de mi biblioteca. Yo le dije que cogiera el que quisiera… Y entonces me contó que los padres de Lilia habían organizado una «reconstrucción de los hechos»; les habían pedido que se acostaran como lo habían hecho el día en que los sorprendieron. Como los niños negaban haberlo hecho, se limitaron a tumbarse y a besarse. Fue así como los padres de la niña demostraron a Valeri y Marina que era imposible «solo besarse» en aquella posición. De verdad que era una familia de monstruos.
—También nos obligaron a desnudarnos. Como aquel… —Los labios y las manos de Pavló empezaron a temblar. El muchacho había decidido, quizás por primera vez en su vida, tener una conversación sincera con su abuelo. Por primera, y por última vez—. ¡Gracias, abuelo, por defendernos!
—Cuando yo tenía tu edad, también tuve una aventura con una chica igual de joven. Fue durante la ocupación alemana de Kyiv.
—¿De verdad? —preguntó Pável entusiasmado—. ¡Cuéntame!
—Estoy seguro de que nos volveremos a ver, hijo. Y entonces te lo contaré todo con pelos y señales. Encontraré cómo hacerlo, no te preocupes. Incluso si no volvemos a vernos nunca más.
Esto ocurrió el invierno pasado. O el antepasado. Y esta primavera, «la madre de Lilka» se suicidó.
—¿Y cómo lo hizo?
—¡Se ahorcó, papá! ¡Tenías que haberle visto la cara! ¡Estaba como desfigurada, con la lengua morada colgándole de la boca! ¡Y con los ojos fuera de las órbitas! —Una amiga de Irina era vecina de los padres de Lilia, y fue a ella a quien, asustada, corrió a buscar Lilia la noche en la que encontró a su madre ahorcada en la bañera. No fue a buscar a su padre, aunque el hombre estaba en aquella misma casa.
Írochka me contó con todo lujo de detalles lo que le había dicho su amiga, que acababa de convertirse en una participante más de aquel suceso. Yo empecé a tener otro ataque de neumonía, con la que llevo conviviendo durante casi cincuenta años. Primero, una tos terrible estuvo a punto de ahogarme, y luego me quedé inmóvil, con la cara azul y sin poder respirar. Me apoyé contra la pared, aún en pijama, incapaz de limpiarme el sudor que me caía por la frente. Írochka siempre me ayudaba cuando me ponía así, pero esta vez no se dio cuenta de lo mal que estaba y siguió contándome los terribles detalles del suicidio de la madre de Lilka.
Estuve varios días sin poder ir a la editorial, en casa, postrado en la cama y clamando a la muerte, sabiendo que no vendría.
Mi esposa Liuba, que murió en tiempos de la perestroika de una enfermedad cosa de mujeres, me decía:
—¡Iván! No hay nada peor que el dolor en el bajo vientre. Que sea en cualquier otro lugar del cuerpo, pero no, allí no, por favor. El más ruin de los infiernos se esconde donde una vez residió el placer. ¿Tendrán razón los que sostienen que es el peor de todos los pecados?
—¿De qué pecado hablas, Liuba? Tú solo hiciste el amor conmigo estando ya casada.
En cambio, mi madre, que murió dos meses antes que Liuba a causa de un tumor cerebral, me decía:
—¡Iván! ¡No hay nada peor que el dolor de cabeza! ¡Que sea donde sea, pero no, en la cabeza no! ¡Es la parte más importante de una persona! ¡Es de allí de donde vienen todos nuestros pensamientos! —No es que mi madre fuera una gran pensadora, pero aquellas palabras suyas, como las de mi esposa, permanecerán en mi memoria mientras viva.
Y yo que me digo, Iván, no hay nada más aterrador que cuando a uno le falta el aire, pero, por el motivo que sea, no se muere. Es horroroso, desear la muerte y seguir respirando. Así estoy desde hace una eternidad, puede que desde la muerte de Liuba.
Ahora que el ataque de neumonía ha remitido, he vuelto a la editorial. Írochka se disculpó por haberme provocado el ataque sin querer. Le respondí que no estaba enfadado con ella. Solo me enfadé cuando atacaron a Pável como una jauría. Írochka respondió que ahora era ella la que estaba enfadada consigo misma. Después de todo, fue ella la que sugirió que Lilia también fuera a clases con los chicos. ¡Solo para ahorrarse un poco de dinero! Pero ¿a quién se le hubiera ocurrido que todo acabaría así? ¿Qué sentido tenía despotricar de «la madre de Lilka», por mucho que la difunta les hubiera chupado la sangre a todos? Fuera lo que fuese, la cosa acabó de la peor de las maneras posibles. La enterraron en un ataúd cerrado. Ira estuvo en el funeral. Vio a Lilia. Pobre niña. Esto es lo que pasa cuando una transgrede las leyes de la propia naturaleza, dijo la hija después del funeral.
Por lo que yo sé, Irina nunca escribió a Valeri para explicarle lo sucedido. Y cuando llamó, no le dijo ni una sola palabra. ¿Para qué? Suficientes problemas tendrán en tierra extraña, pensaba.
***
A Valeri se le atragantó el vino y estuvo a punto de ahogarse con la tos. Sí, no tenía ni idea del suicidio de «la madre de Lilka». Después de emigrar, solo había vuelto una vez a su ciudad natal, para asistir al funeral de su padre. Fue solo, sin Marina ni Pável. Y hace unos años, Mijás vino a verlos y se quedó durante un mes aproximadamente. Pavló ya no vivía con sus padres, pero vino a ver a su primo. Nadie mencionó a Lilka. Es posible que los chicos hablaran de ella, pero durante las numerosas comidas conjuntas nadie pronunció su nombre. No porque tuvieran miedo, sino porque esa historia ya formaba parte del pasado.
