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¿Qué sucedería si cruzar ese umbral de la muerte no fuese el último paso que damos? Tal vez, justo después de ese segundo en el que dejamos de respirar, nuestros pies pisen las nieves perpetuas que cubren la colina. Diciembre no es un momento, es un lugar. Es una tortuosa y retorcida espiral que asciende por la ladera nevada y a veces, entre las escasas briznas de hierba que perviven, deja aparecer una puerta de madera azul. El hombre solitario cruzará una puerta tras otra. Vivirá, en su muerte, el último día de vida de otras almas que, como la suya, agonizan en la espera de que ese nuevo viaje sea el último.
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Seitenzahl: 181
Veröffentlichungsjahr: 2022
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la mirada del trapecista
Xosé Duncan
EL ÚLTIMO DICIEMBRE INFINITO
“Nada se crea ni se destruye,
solo se transforma”
Antoine Lavoisier
TODO CAMINO TIENE UN FINAL
Cae la nieve. Cae calma e indiferente sobre el suelo helado, sobre los hombros entumecidos del hombre solitario. Poco a poco, sin que él se dé cuenta, se amontona sobre su espalda desnuda, marcando la piel rosada con un goteo rítmico y casi inaudible, arropándolo con la frialdad más intensa, esa que muerde la carne y devora el alma.
Cae la nieve. Cae como si no pesase, como si esos copos diminutos no tuviesen prisa por llegar a su destino y desaparecer fundidos en el suelo sin mácula. El hombre solitario no puede dejar de observar cómo flotan en el aire de ese invierno infinito, y piensa que a él le sucede lo mismo, que ahora que está en la cumbre congelada de Diciembre, ya no siente aquella ansiedad urgente de cuando llegó.
Estira el brazo, como si quisiese confirmar que lo que lo rodea es real, y consiente que la aguanieve se pose en la palma de su mano. La ve desvanecerse sobre los surcos de las arrugas, de esas líneas que tan mal adivinaron su futuro, y volverse invisible, dejando una lágrima diminuta como único rastro de haber existido. ¿Será eso todo cuanto perdure de él? La mera posibilidad de ese pensamiento le provoca un ataque de pánico y niega enérgicamente con la cabeza. No lo permitirá. No consentirá que este lugar, este umbral entre la vida y el Más Allá, acabe con él; a pesar de que ya no quede nadie para llorar su muerte, a pesar de que solo la soledad más absoluta aguarde por él.
Observa el horizonte. Observa la llanura estéril que lo rodea, ese páramo que debería ser la antesala de su hogar definitivo, de ese destino que se le suponía merecido, de ese premio que esperaba por él al final del enrevesado camino de puertas azules. No fue capaz de reunir nada de provecho en los años que devoró a la vida, no hubo nada que perdurase a su lado hasta este momento. Se preguntó muchas veces si valía la pena tanto esfuerzo, si la obsesión por encontrar una razón de ser a su existencia tenía algún sentido. Porque, de tenerlo, ¿no debería él valer lo suficiente como para que alguien lo acompañase en su último viaje? Aunque solo fuese una persona que estuviese ahora aquí para despedirlo y desearle suerte… Alguien más que ese ser pálido que lo contempla con una cara tirante sin ojos, de pie, estoico y rígido a escasos metros de él.
Cava hondo. Cava con sus propias manos, arañando la gruesa capa de nieve. Y mientras penetra en ella, nota la contemplación ciega y apática del Observador atravesándole la nuca, revolviendo en el interior de su mente, buscando esas manías que tanto le gusta espiar. Ignora al ser sin rostro y clava las uñas en la nieve. Muerde los labios con los pocos dientes que quedan en sus encías e intenta recordar cuántas puertas azules dejó atrás desde que llegaron a un acuerdo. Aunque, a estas alturas, ni siquiera está seguro de si llegó a cerrar ese pacto ni si el otro se lo aceptó. Pero un trato es un trato y, por lo menos, lo ayudó a seguir adelante, a cruzar aquellas fronteras de dolor por las que asomaron las miserias de las almas torturadas. No sabe cuántas puertas quedaron atrás, pero la condición fue que, cuando alcanzase la última de ellas, no podría entrar en Diciembre sin antes plantar su árbol; aquel que echaría raíces en las brumas del Más Allá y serviría de germen para un nuevo ser, tal vez su nuevo ser. Seguro que si se esfuerza, si lo hace bien, su tallo será tieso y fuerte y sus ramas se abrirán como una espesa telaraña que buscará una salida, su salida. Porque todo trato que se hace de muerto debe ser respetado, si uno no quiere perderse en la Espiral y vagar sin consuelo por toda la Eternidad.
Sopla sobre el hueco. Sopla con fuerza, arrancando del pecho un violento acceso de tos y apretando el vientre hasta que casi escupe el alma. Pero esta se niega a salir. Le cuesta abandonarlo y ocupar ese agujero mal hecho, esa cuna que no ofrece más refugio que veinte centímetros de hielo en el interior de la colina estéril. Y lleva razón, piensa el hombre solitario. Ni la más perversa de las almas debería marchar de esa forma, expulsada en silencio y sin la herencia que le pertenece por derecho propio.
Lo escucha respirar. Con ese aliento quebrado que parece salir de una alcantarilla profunda y húmeda, e imagina la boca inexistente arqueándose entre los pómulos afilados del rostro vacío, de esa cara estirada hasta lo imposible. Deja caer el peso de la cabeza, agotado. La deja colgar como el cadáver de un ahorcado, balanceándose flácida en el extremo de su propio pescuezo sobre ese agujero que no es capaz de perforar, y formula, sin levantar la vista, la pregunta de la que no quiere saber respuesta.
—¿No soy el primero, verdad? —susurra con los labios pegados al pecho.
—¿Qué importancia tendría eso? —le responde el Observador— ¿Significaría algo para ti?
—Significaría que tú sabes lo que debo hacer para entrar en Diciembre —replica el otro con la voz rota por la rabia.
Dos sombras vibran, como mariposas entrelazadas en un vuelo frenético, bajo la piel que debería contener los ojos del Observador. El ser escuálido, intrigado y medio sorprendido, se cubre con el abrigo blanco y se aproxima al hombre solitario.
—No suelo prestar tanta ayuda —alienta bajo la epidermis de la boca cerrada.
—No lo harías si no te fuese a beneficiar —la protesta provoca que el Observador se ponga de cuclillas a su lado y gire la cabeza en dirección al orificio que está cavando en el suelo.
—Toda planta necesita de una semilla —le ronca suavemente al oído—. Y una semilla necesita de algo más que un hueco para germinar.
—Por si no te has dado cuenta —se queja el hombre solitario—, en este infierno tuyo no hay nada más que nosotros y este montón de nieve…
—Tal vez lo que te hace falta está en tu interior. Déjate de lamentos y escupe en ese agujero todo lo que te hace ser tú.
—¿Qué me estás pidiendo?
—Ese espíritu puro ha de ser tu descendencia, tu única progenie, y requiere saber de dónde viene, de quién viene. A los hijos se les cuentan cuentos para dormirlos, para calmarlos, para enseñarles la vida y hacerles ver que los queremos y que nos importan. El tuyo no nacerá si no le das una razón para vivir. Seguro que si le cuentas tu historia…
El hombre solitario intenta, inútilmente, encontrar alguna señal, alguna pista dibujada en esa máscara lisa, algo que le indique si su acompañante quiere realmente ayudarlo y que le está diciendo la verdad. Pero en el rostro pálido que se inclina sobre él no hay indicio alguno de las auténticas intenciones de ese ser repugnante. Así que, sin otra alternativa que obedecer, se tira de rodillas y clava los codos en la nieve, mirando de reojo al Observador y arrimando los labios a esa cuna vacía que desea preñar. Respira profundamente y, evitando pensar en el sufrimiento que le puede suponer, rememora su viaje por los senderos de la muerte. Aquel viaje que él mismo provocó.
EL ÚLTIMO SUSPIRO
Atiende bien, alma mía. Escucha nuestra historia.
Se podría decir que fue un accidente, si consideramos como tal la estupidez de la gente joven y su apetito voraz por devorar todo cuanto hay a su alrededor, incluso sus propias vidas. Por mucho que me esfuerce, las imágenes de aquella noche se desvanecen entre el humo espeso del alcohol, pero, como una secuencia de fotogramas incompletos y desordenados, puedo sentir la furia que golpeaba mis sienes y la rabia con la que agarraba el volante. Todavía veo las luces cegadoras de la carretera, volando veloces a la par del automóvil, y oigo los chirridos de los neumáticos cuando pisé a fondo el pedal de freno, aquel instante en el que fui consciente del desenlace mortal que tendría mi escapada nocturna. Aún así, a pesar de que era prácticamente imposible, sobreviví al intenso sufrimiento que mordía cada rincón de mi cuerpo y quedé sumido en un profundo coma. No deja de ser irónico que, de fallecer entre los amasijos del vehículo, no habría sido consciente de mi muerte. Todas las penas, las risas, la gente que conocí… mi bagaje de memorias desaparecería de inmediato, sin poder dedicarles ni un segundo de mis pensamientos, sin recordar que, alguna vez, habían formado parte de mí. Así de insignificantes son nuestras existencias, así de caprichoso es el destino. De no escoger morir semanas después, nunca habría llegado a este lugar.
Los días en el hospital fueron largas jornadas de sensaciones y estímulos que mi cuerpo era incapaz de asimilar. Oscuridad y olvido mezclados con la caricia áspera de las sábanas en los dedos de los pies. El pitido rítmico e intermitente de los monitores acompañado por el silbido ronco de mi respiración, empañando el interior de la mascarilla que me cubría boca y nariz. Esa música de fondo cotidiana se veía, a veces, interferida por los ecos de las conversaciones que agitaban mi inconsciencia y que lanzaban frases entrecortadas al pozo de mis sueños. Milagro… Menos mal que no se llevó a nadie más por delante… Dicen que es imposible que tuviese tanto alcohol en sangre… No podemos hacer nada más por salvarlo, ahora todo depende de él…
Desde luego que dependía de mí. El problema era que yo no quería colaborar. Como ya dije, era joven y estúpido y, además, no quedaba nada que me importase lo suficiente como para volver a aquella vida que tanto me había esforzado en tirar por la borda. Lo único por lo que había luchado, lo único que realmente había significado algo para mí, era conseguir abandonar la casa de mi madre e independizarme, ser dueño de mi propio destino, de mi porvenir, para bien o para mal. Así, tras cinco años de trabajo y ahorro, había reunido lo necesario para lanzarme a la aventura, y hasta parecía que mi amargura perpetua había perdido parte de su acidez. Sin embargo, hay cosas que nunca cambian, o que nunca las dejamos cambiar. En una ocasión leí algo sobre que la vida es como un cachorro caprichoso y consentido, que exige toda nuestra atención y que, si alguna vez dejamos de mimarlo, enseñaría los dientes y nos mordería. Sí, no recuerdo dónde lo leí, pero en mi caso acabó por cumplirse, ya que poco duró mi estado de felicidad. Lo que no había sucedido en cinco años se desencadenó en tres semanas y, debido a un ajuste de personal, me despidieron de la empresa, privándome de mi única fuente de ingresos. Siete meses después de dedicarme por completo a la búsqueda de un trabajo que no aparecía, no salía de casa más que para comprar tabaco y licor. La noche del accidente gasté en ellos el poco dinero que me quedaba, en ellos y en medio depósito de gasolina, con la intención de conducir hasta quemar la última gota.
Si había algo que alteraba la plácida negrura de mi letargo en aquellos días de hospital eran las visitas de mi madre. Como una fuerza inexorable, la voz de la mujer que me parió a ese mundo conseguía atraer la atención del vegetal en el que me había convertido. No puedo asegurar que me visitase a diario, pero, conociéndola, lo doy por hecho. La verdad era que, desde su primer paso en la habitación, así como hacía chirriar la silla que arrimaba a mi cama, yo sabía que ella estaba allí.
—Que Nuestro Señor se apiade de ti, hijo mío. Que Nuestro Señor se apiade de ti —era el saludo que me dedicaba siempre, antes de comenzar a lamentarse y a representar a la perfección lo que de niño llamaba “su papel de madre abatida por las desgracias que la vida le obliga a soportar”—. Cuánta suerte has tenido, mi niño. No sabes cuánta suerte has tenido… Los médicos dicen que no sufres ninguna lesión grave, que lo normal en estos casos es morirse o que no se vuelva a andar jamás. Y fíjate… Quien te vea no imaginaría el golpe tan grande que llevaste. Ahora solo tienes que descansar, sí, solo eso. Ellos no quieren decirme cuándo vas a despertar, pero estoy segura de que lo saben. ¿Cómo no lo van a saber, si son médicos? Tú recupérate, que pronto te pondrás bien y despertarás. Te curarás para volver a casa de tu madre.
Yo era joven, y cuando uno es joven está lleno de rabia o, por lo menos, yo lo estaba. Escuchar su voz dentro de mi cabeza me hacía sentir su prisionero, me recordaba que era de su propiedad y que, no importaba cuánto lo intentase, siempre estaría bajo su sombra y le pertenecería hasta el día en que uno de los dos muriese.
—Sabes que hay sitio para ti en casa de tu madre. Ya sé que eres mayor como para formar tu propia familia y que no es culpa tuya si la vida no te ha dado la oportunidad de encontrar una buena pareja. Pero que no te dé vergüenza. No eres el primero que vuelve, aunque solo sea por un tiempo, el tiempo que necesites para comenzar de nuevo porque… Los del banco… los del banco se quedaron con tu piso. Vinieron dos hombres vestidos con trajes, parecidos al gris de rayas que llevabas tú cuando trabajabas, ¿sabes? Se sentaron en la cocina y sacaron un montón de papeles de un maletín. Hablaban muy rápido. Uno hablaba y el otro leía los papeles a la vez. Yo no los entendía, hijo. Ni que todos tuviésemos que ser universitarios como ellos. Yo no sabía lo que me querían decir. Intenté explicarles que no era un buen momento, que tú estabas en el hospital, que no tardarías en recuperarte. Pero ellos ya lo tenían todo decidido. Muy elegantes, sí, pero buena falta les hacía un poco más de humanidad. ¿Cómo le pueden hacer eso a la gente? ¿Cómo los pueden echar fuera de sus casas? Ni que no tuviesen madre… Verás como todo va a salir bien. Todo va a ir bien, no te preocupes. Ya estoy preparando tu cuarto con tu ropa y tus cosas. Tú recupérate y volverás a ser el de antes. Tú no eres como tu padre, Dios lo tenga en su gloria. Saldrás adelante. Pero tienes que dejar la bebida, prométemelo. Te tengo dicho que no puedes cometer los mismos errores que tu padre. La bebida puede arruinar la vida de cualquiera. Mira lo que estuvo a punto de hacer contigo. Mira lo que le hizo a tu padre y como acabó con él. Como casi acaba con todos nosotros…
Ella me quería a su manera, de la única manera que sabía o de la que le habían enseñado, de la única que yo conocí. Sus palabras, su voz, las constantes muestras de atención se grababan en mi interior, como la marca a fuego que se le hace a los animales, y ya no lo soporté más. Recuerdo que, en una de aquellas visitas, se arrimó a mí y apoyó algo sobre mi pecho para que lo viese, pero, en ese momento, no pude distinguir lo que era ni lo que me pedía. Hasta tiempo después, cuando ya me esforzaba por ascender la pendiente de esta colina, no supe lo que mi madre me quería mostrar y, para entonces, ya era demasiado tarde. Aquel día solo noté cómo se derrumbaba sobre mí y, por mucho odio que ardiese en mi pecho, el llanto desesperado de mi madre, con la cara hundida en mi cama, me oprimió el corazón de tal forma que me hizo sentir un ser miserable. No sé si fue esa inútil sensación de culpabilidad por su sufrimiento o la simple desesperación que siempre me había acompañado. Sólo recuerdo que decidí detener la lucha y dejarme ir.
Siempre imaginé que sería un momento dramático, algo así como lo que se veía en las películas. Yo tomaría la decisión de morir y, casi al instante, mi corazón se pararía, las máquinas de la habitación emitirían estridentes sonidos de alarma y mi cama sería rodeada por un equipo de médicos que intentarían recuperar, sin éxito, mis constantes vitales. No llegué a ver nada de eso. Culpo a mi falta de fe, a esa carencia que me convirtió en un ciego en el día de mi muerte y que ahora provoca que tú, mi propia alma, no quieras nacer, que te niegues a prender en este agujero en la nieve. Debo reconocer que no era religioso. Podría decirse que ahora tampoco lo soy, pero, por aquel entonces, no lo era en absoluto. No voy a negar que guardaba una pequeña esperanza de que, tal vez, algo misterioso y sobrenatural se aparecería ante mí en el momento justo en el que la muerte me llegase, pero, para mi desgracia, yo funcionaba a base de certezas y no de esperanzas. Así que, en uno de los breves y escasos episodios de lucidez en los que el coma me daba un respiro, mi mente se rindió y ordenó a todos los órganos de mi cuerpo que se apagasen. Esa fría parte racional de mí mismo les susurró que no peleasen más, que ya bastaba de tanta rabia, de tanta desesperación, que descansasen de una vez por todas. En cuestión de segundos, algo diferente al coma tomó el control de mi cuerpo, algo más oscuro y mucho más frío que la templada inconsciencia en la que me había sumido las últimas semanas. No pude escuchar cómo cesaban los sonidos de los monitores ni cómo se detenía el respirador artificial. Los gritos de mi madre se desvanecieron y las voces de los enfermeros huyeron de mi cerebro, alejándose hasta el infinito, como ecos apagados rebotando en las paredes de un corredor. Simplemente, todo se distanció más allá de lo imaginable, como si todos ellos existiesen en otro mundo, como si nunca hubiesen estado conmigo.
EL VALLE DE LOS ÁRBOLES MUERTOS
Tal vez transcurrió un segundo o, quizás, toda una eternidad. Podría llevar muerto varios cientos de años y resucitar de pronto, como recuperar los sentidos de inmediato, así como dejé de escuchar los ecos del hospital. De lo que sí estoy seguro es de que fue con un golpe que me sacudió la columna vertebral, idéntico al que te despierta sobresaltado de una pesadilla y te produce la extraña sensación de haber caído de la cama.
Después de tanto tiempo en coma, me sorprendí al comprobar que mi cuerpo reaccionaba a mis órdenes y abrí los ojos. Pude captar el entorno que me rodeaba con total claridad. Sabiendo lo que sé ahora, no entiendo cómo no detecté la presencia de ninguna puerta azul. Aún así, a pesar de estar seguro de que tuve que entrar por una de ellas, por la que había de ser la primera de muchas, en lo único que reparé fue en aquellas rasgadas capas rojas que se acumulaban sobre una base de polvo solidificado; fuego ardiente lamiendo un suelo en el que se enterraba mi rostro. Sin saber cómo había llegado allí, me revolvía en el interior de un limo de hojas podridas que se afanaban en cubrir aquella tierra repudiada. Queriendo separarme de su intenso hedor a muerte, y todavía desorientado, me incorporé por encima de los quejidos de las hojas al quebrarse.
Miré a mi alrededor y me encontré completamente desnudo en un bosque de troncos largos y rectos que, compitiendo por llevar sus ramas más alto que los demás, se elevaban como flechas ennegrecidas cara a un firmamento gris. Desde las alturas, describiendo veloces giros en el aire, las hojas secas se desprendían de las oscuras varas de madera y se apuraban en ocupar su lugar en aquel suelo muerto y enrojecido. No había terminado de ponerme en pie cuando noté que aquel amasijo de podredumbre ascendía por mis piernas con la intención de mantenerme inmóvil para no dejarme marchar.
Un quejido surgió del tronco que estaba más próximo a mí. Me giré asustado, sin entender el significado de aquel sonido, y vi cómo rasgaba su madera en una fila de profundas hendiduras, creando retazos de corteza que lo descarnaban desde las raíces hasta las ramas. Intenté separarme de aquel árbol que abría sus entrañas, pero las hojas de color fuego llegaban desde todos los rincones del bosque. Emitían un coro de estallidos al rozarse unas contra otras y se amontonaban, superando ya la altura de mis rodillas, mordiéndome con sus cantos resecos. El llanto ganó potencia así como las largas grietas de aquel tronco se abrieron más y más, conformando una horrible boca vertical que masticaba sus lamentos entre dientes de astillas rotas. Las hojas continuaban ascendiendo y acuchillaban hambrientas mi vientre. De pronto, un viento furibundo las barrió de mi cuerpo y las esparció lejos de mí. Me cubrí el rostro con los brazos y retrocedí varios pasos a ciegas, hasta que di con mi espalda contra el tronco roto que deseaba devorarme. El aire cobró más intensidad y me empujó para separarme del árbol que, como si temiese un castigo terrible por desobedecer los deseos del viento, cerró aquella boca monstruosa y replegó sus ramas.
