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Rodolfo, un joven de El Copey (Cesar), viaja de Bogotá a Valledupar para acompañar a su familia en los últimos días de agonía de su padre. El viaje significa un reencuentro con su madre y las mujeres de su familia, con su propia infancia; pero también un duro ajuste de cuentas con el padre, con la cultura Caribe y con el vallenato.
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Seitenzahl: 245
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
El último duelo del hombre pez / Rodolfo Celis. -- 1a. ed. -- Bogotá : Himpar Editores, 2021.
p.
Contiene datos biográficos del autor. -- "Beca para proyectos editoriales independientes, emergentes y comunitarios, concedida por el Programa Distrital de Estímulos (PDE) del Instituto Distrital de las Artes, Idartes, en 2020".
ISBN 978-958-52825-5-1
1. Novela colombiana - Siglo XXI I. Título
CDD: Co863.5 ed. 23 CO-BoBN– a1067725
El último duelo del hombre pez © Rodolfo Celis © Corporación Himpar Editores Primera Edición, 2021
La presente publicación se realizó gracias a la Beca para proyectos editoriales independientes, emergentes y comunitarios, concedida por el Programa Distrital de Estímulos (PDE) del Instituto Distrital de las Artes, Idartes, en 2020.
Bogotá D.C., Colombia ISBN impreso: 978-958-52825-5-1 ISBN ePub: 978-958-52825-6-8
Edición: Himpar Editores Diseño gráfico: Sandra Restrepo Conversión digital: Himpar editores
EL ÚLTIMO DUELO DEL HOMBRE PEZ
Rodolfo Celis
A Érika, en la luz y en la risa.
¿Hacia dónde marchar cuando el mundo vive de tristezas? Si se acabaran el último poeta también morirá.
—Hernán Urbina Joiro
I
Ya casi amanece y sigo desvelado. Las últimas noches solo he dormido pedazos de horas. Los recuerdos, quizá la muerte, esperan conmigo. Siento un vacío en la panza, las manos temblorosas, el escalofrío. El termostato del aire acondicionado registra veintidós grados. Aumento la cifra hasta veintisiete. Silencio el televisor que continúa emitiendo una serie sobre investigadores forenses. Me dejo caer bocarriba en la cama doble. Abarco el máximo espacio con las piernas y los brazos bien abiertos. Me gusta hacer esto. Refriego la cabeza contra la almohada para liberar la tensión que se acumula entre la nuca y los hombros. Me desabrocho el pantalón, fuera zapatos, aquí me quedo, los ojos fijos en el techo, la mente en blanco, el blanco, la leche tibia, los crisantemos. Todo es blanco. Las paredes, las cortinas, el minibar, las sábanas, el piso. ¡Hasta el televisor! Percibo un empeño de pulcritud demasiado evidente. Incluso, la sala de hospital donde mi padre yace conectado a su maraña de cables, mangueras y equipos, tiene más color. Quiero librarme de esa imagen, pensar en otra cosa. No pensar. Apago las luces, cierro los ojos, dejo que la oscuridad me arrulle. Huele a lavanda. Aspiro su ruido magenta. Oigo el ronroneo del aire, los automotores que pasan afuera, un chirrido metálico en el pasillo. ¿Quién afila una guadaña? Me asalta el blimblineo de picós que arbolean músicas lejanas. Duérmete, Valledupar, durmamos. Déjame dormir. Advierto un cricrí creciente. Se apodera de la habitación, salta en la mesita de noche, detrás de las cortinas, entre los almohadones, en el caracol de la oreja. Cortante, metálico, implacable. El grillo inverosímil me taladra los tímpanos con un castañeo de dientes acerados. Me come los nervios, llega al cerebro, hace su nido adentro. ¡Vade retro, animal de monte! Prendo la lámpara y el grillo se calla, aunque todavía lo siento en el diencéfalo, paseándose a saltitos ebrios, rasguñándome con sus dedos espinosos. Apelo al portátil. Lo enciendo. Tonteo. Tanteo: una peli porno, masturbarme, un mix de canciones en Youtube. Pero el wifi del hotel solo tiene dos velocidades: lento y más lento. Quizá una partida de solitario. Chatear un rato, pero con quién, nadie conectado. Y si hubiera un alma ahí, qué le diría. Nada. No preciso de oídos. Solo la escritura. Siento que debo escribir, lo intento, sobre estos días y estas noches en que mi padre se muere a cuentagotas. En verdad la idea está madura. La he venido amasando con cierta consistencia. Va y vuelve con más apremio. No me da tregua. Antes de sentarme al computador, del escalofrío y de la serie forense, ya quería escribir. No sé cuánto, ni con qué sentido. Escribir a lo macho, ahuecarme las venas, a ver qué sale. Otras veces lo ensayé. Cuando Angélica Yagé me tiró al mármol del infierno, le escribí cincuenta y dos cartas. Una detrás de otra, una noche sí y otra también, hasta vaciarme completo. Hasta que saqué toda la basura a la resolana. Si ya lo hice una vez, puedo hacerlo de nuevo. La situación es propicia. Escribir. Entretener al maldito grillo y a su condenado cricrí. Por ejemplo, decir que ahora, a esta hora de la madrugada, me ronda el temor de un domingo a las seis de la tarde cuando mi padre se emborrachaba en el pueblo y la noche se llenaba de amenazas. Un domingo que adentro es todos los domingos. Oscuros y con aguacero. Siento el galope de su caballo rojo que saca chispas en las piedras. Tácate, tacatá. Hombre y caballo en un solo tándem de cólera y humo. Tácate, tacatá. Un binomio apocalíptico. Tácate, tacatá. Viene dispuesto a arrancarme a golpes del sueño de entonces, a sacarme de este desvelo, a repetirme que si soy tan macho me levante para que nos matemos. Tácate, tacatá. Tiene la cara descompuesta de furia, la estatura de un minotauro y unos puños de cañaguate crudo. Me fijo en los nudillos. Hueso chamuscado. Los dientes le trancan las maldiciones. La lengua se le maniata. Escupe en mi cara su vaho de tigre. Los ojos le brillan al resplandor de la lámpara de kerosene. Contengo la respiración y espero el manotazo fiero. Tácate. Ese hombre ya no es mi padre, sino una criatura que la noche ha parido en la mitad de nuestra alcoba. Una mula extraviada del trapiche del diablo. Tacatá. No sé cuántos años tengo en el recuerdo, pero puedo verme chiquito y desvalido, temblando en la cama de alambres trenzados, mucho antes que una jauría me mordiera el pecho. Sé que disfruta una tortura que se repite con ligeros cambios de guion y decorado. Y sé que me odia desde el tuétano de sus huesos, con un desprecio ciego. Las señales siempre estuvieron ahí, brillantes en mi cielo infantil, pero entonces, más chiquito y más indefenso, no las comprendía. Después leí las marcas de su rencor a contraluz. Era verdadero y encarnó en mi carne magullada. El dolor también preñó un huevo, se tornó larva, pupa y después mariposa que me llevó lejos. Empecé a malquererlo a cuotas, a desearle una caída sibilina, un porrazo retrechero. La paradoja es que ahora que le dio por morirse, como tan a propósito, tan a la mala, me asusta tanto que lo haga sin que arreglemos cuentas. Como si estuviera en sus manos decidir hasta aquí llego, aquí me planto, chino pendejo. Y no, señor, yo así no juego. Es que si me hubiera querido un poco, no digamos mucho, tan solo un pelín, una minucia, la amenaza sería más llevadera. Un ejercicio de habituarse al duelo, de acostumbrarse a la pérdida. Tendría un tablón que me salvase del naufragio, un motivo para echar a rodar su apellido por una escalera de generaciones interminables. Me pensaría la orfandad de otra manera, no como este vacío insomne, el desvelo, la constante barajustada. Este sondeo del desasosiego. Al final, quizá no me asusta que se muera. Morirse es una costumbre sobrevaluada. Me asusta que ya no pueda odiarlo como hasta este día que clarea. Requiero la rabia, me urge, para seguir viviendo. Y lo necesito vivo, despierto, para no asfixiarme en esta viscosidad informe. Si no, no hubiera venido. ¿Para qué? Por eso, ahora que está en coma, sin palabras, a mí me sobran, pero no son suficientes para espantarme la rabia de encima como a un mal bicho. Es como si con su silencio me condenara, me arrastrara consigo, me revolcara en sus basurales. ¿Entiendes por qué busco una señal en la sombra? Una palabrita nomás que, tal vez, solo tal vez, pueda nombrarme. Un vislumbre para seguir remando, echándole cinco al piano. Páginas de humo para cobrarme los saldos vencidos. Porque alguien tiene que pagar. Alguien, alguna vez, algo.
He regresado porque me estaba convirtiendo en un hombre invisible. Me busqué en el espejo y no hallé sino escarcha y ceniza. Aposté mi esperanza a borrar las marcas del pasado, a sacudirme el trauma y hacer una vida, si no feliz, al menos soportable. Jugué a cubrir con hojarasca las migas de pan que habrían de llevarme fuera del bosque, en un empeño sin sentido por romper con la memoria. En ese intento fui olvidando los defectos de origen, los martillazos como del odio de dios que me sembraron sobre la tierra, los aguaceros que apuraron los signos vegetales en mi rostro. Estaba a punto de desaparecer cuando la muerte subió hasta Bogotá a tocarme la puerta. ¡Toc-toc! ¡Toc-toc! Una y otra y otra y otra maldita vez. Una noche. Dos noches. Intenté dormir en vano. Sentía el castañeteo de sus dientes afuera. Le grité déjame en paz, lárgate por donde viniste, no es conmigo tu cuento, no me jodas. Ella insistió. Dele que dele con su toc-toc. Dijo reconocer en mí a un muchacho de hace tiempo, al hijo pródigo de Delfín Antonio, el hombre pez, el moribundo. Su llamada era el recordatorio de una cita postergada muchas veces. Entendí la premura. Enfrenté la posibilidad de un regreso que desatara el trabalenguas de mis recuerdos. Me llené de inquietudes palpitantes. Me largué hacia Valledupar, es decir, me vine hacia Valledupar. Así fue como terminé metido en este hotelito apestoso y con nombre de mujer. Myriam, como supuse que se llamaría la dueña. Se lo pregunto a la recepcionista, unos treinta años, pelo apretado. Pregunto pendejadas. Ella dice que no, que al patrón se le ocurrió ponerle el título de un vallenato que le gusta. Me entrega la llave y dos controles remotos: televisor y aire acondicionado. Camino por el pasillo con la canción zumbándome adentro. El botones me sigue con mi morral a cuestas. No lleva uniforme. Se llama Roque alguna cosa. Me dijo el nombre completo y que estaba para servirme, pero ya lo olvidé. Siempre pasa. En cambio, su cara es imborrable. La expresión de haber descendido durante tres vidas seguidas al infierno. No tiene marcas evidentes, cicatrices que le crucen la cara, el signo de Caín en la frente, nada de eso, es solo un vacío moribundo en los ojos. Lo ves una vez y es para siempre. Arrastra una pierna, pero pareciera que arrastrara los pecados de los niños muertos. Esto es culpa de la polio, dice como si se excusara. Esto, de la policía, digo mientras le enseño la marca que traigo en la muñeca izquierda. ¿Un macanazo? No, un tiro. Me echa una mirada cómplice, como si me dijera hagámoslo juntos, pequeñín. Yo querría preguntarle si asaltamos un banco o un camión transportador de valores o si prefiere las prenderías, pero sé que con esa pata de palo no le alcanza sino para testaferro de maleantes. Le ahorro la historia del balazo en la mano. Ya estamos en la puerta. Habitación 237. ¡Como en la película de Kubrick! digo, más para mí que para él. Pone cara de no entender qué cosa es como en una película de un director que a quién le importa. Kubrick le debe sonar a cubo Rubik, a Robitussín, a Racumín. Pero si le suena, calla. El número, le señalo con la mirada. ¡Ah, bueno!, dice. Hace una pausa. Descarga el morral. Si se fija no están en orden. El patrón los puso así porque con cada uno se ha ganado el chance. Reparo que la habitación anterior es la 265, la del frente tiene el 537, la siguiente es la 28 y la del fondo, la 9625. Supongo que las demás siguen la misma lógica ilógica. Ese es especial, dice señalándome el 9625. Espera que pregunte por qué, pero no lo hago. Porque con ese se ganó el premio mayor de La Vallenata. Y la serie era aquel 28, completa la frase, mientras dirige el dedo de una a otra cifra. El Roque Nosecomo se adelanta, abre la puerta y me hace una reverencia samurái de bienvenida. El olor a lavanda me llega hasta el seno esfenoidal. Le recibo el morral y le doy un billete sin fijarme en la denominación. Lo guarda en el puño apretado. Tampoco lo mira. Pregunta si necesito algo más, digo que no. Cuídese de la luna. Está redonda dice y se aleja con su pata inerme a rastras. No quiero pensar en números, patrones, lunas ni patas desgraciadas. Sigo pensando en ella, en la canción. La escuchaba en la radio, allá en Tierra Nueva. Myriam, por qué no me quieres, si tú sabes, Myriam, que yo te quiero y que mi cariño es tuyo. Imagino un cordón subterráneo que nos hermana en una red de emociones prestadas. Tú y yo y mi padre y tu padre y otros tantos millones que se reproducen y reproducen las mismas músicas masivas. Esta canción que me asalta es la que oirás antes de tu muerte y aquella que te hizo llorar de alegría me destaja el pecho a golpes de hacha. En el requerimiento de ese compositor, Calixto Ochoa, para ser más precisos, parece resumirse la singularidad de los afectos. Uno quiere porque quiere y porque toca y odia por lo mismo. Y qué se le va a hacer. Hay una cinta de cobre que amarra al chiquillo que fui con el que intenta silenciar un grillo haciendo zapping por los canales de la televisión satelital. Esta noche no hay ninguna serie criminal que me salve, que me duerma. Ni siquiera un comprimido doble de Trazodona. Mientras los dedos martillean sobre el teclado, vuelven fragmentos de ciertas melodías escuchadas al amanecer, cuando mamá preparaba el desayuno y sintonizaba Rancheras y vallenatos, un programa que se difundía desde Barranquilla por los cincuenta kilovatios de Radio Libertad. Esas hilachas de músicas lejanas se metían por debajo de las cobijas. Robinson Calvo Luque, en su acostumbrada cantinela, convocaba al proletariado. ¡Levántate, cabeza de ñame, mira que se vino el día!, ¡Hay que trabajar! En la duermevela, asumo una posición fetal, el brazo derecho por almohada, me enrollo en las frazadas, como un gusano en su vaina, hasta que una mano me sacude con premura. Mijo, levántese a estudiar. Respondo al llamado con el murmullo fatigoso de quien solo pretende quedarse otro ratito en un vientre de colchas. La mano regresa con más violencia, el tono de la voz refuerza el requerimiento: ¡Robin, levántese!, que Tilcia ya está pegada a los cuadernos. Mamá me dice Robin por un capítulo de Robin Hood que ha visto en casa del abuelo. Uno de los muchos nombres que iré gastando con cada temporada de lluvias, como si fueran zapatos de papel. Desde la cocina oigo el cancaneo de mi hermana mayor que memoriza la lección del día, a fuerza de enunciarla en voz alta. La tarea va de accidentes geográficos. Ella repite y repite las definiciones de colina, cordillera, península, archipiélago, isla, océano, hasta que las palabras se graban en su memoria de corto plazo. Este yo de aquí y de ahora se pregunta qué utilidad tiene eso. Una isla es una porción de tierra rodeada de mar por todas partes. Un archipiélago es un conjunto de islas. Aquel yo de entonces, aislado en una burbuja de sueño, no se hace tales preguntas. Pero no quiere levantarse. ¿Para qué? Le bastaría saber los dos únicos sustantivos que describen el paisaje en el que crece: montaña y cielo. En Tierra Nueva no hay otra cosa. Montaña y cielo para este lado. Montaña y cielo para el otro. Montañas al norte y al sur. Para donde mire solo hay cielos preñados de otros cielos, montañas que paren montañas en cadena. La cartilla de ciencias sociales diría que eso, precisamente, es una cordillera, una sucesión de montañas enlazadas. He dibujado ese paisaje en mis cuadernos. La imagen es insulsa, una seguidilla de pliegues indistintos pintados de colores que van del verde biche hasta el azul nublado de la lejanía, donde a los cerros se los traga el cielo. Y más arriba, más cielo, muy arriba y muy azul. Azulejano, azulado y, a su lado, azul oscuro casi negro. A veces imagino esta finca, la Tierra Nueva que veo mientras escribo, como un bolsillo secreto de la serranía, surcado por caminos de hilazas que nos embrollan y nos embalan, moscas en la melaza. Un microcosmos de rastrojos, alimañas y espantos; de pezuñas, aguijones y zarzas. A mi abuelo Carmen, padre de mi madre, esta tierra le gustó desde que la vio y la compró sin pegas y sin papeles. Un arreglo de palabra. En verdad, habría comprado cualquier barranco al precio que le hubieran pedido. Venía huyendo de lejos, de otras montañas y otros cielos, y de unos enemigos feroces que le habían cribado la casa a balazos un par de veces. Sin duda, pensó que aquí podría empezar otra vez por el principio. Lo veo sonriente, allá lejos, pidiéndole una peinilla prestada a cada nuevo amigo. Cuando el otro se la ofrece, se quita el sombrero de fieltro negro y enseña su calvicie inapelable entre risas. Realmente no lo veo, solo imagino que lo veo, aquí detrás de esta cordillera de letras que nacen de mis dedos. La imagen del nono existe primero en esta pantalla, hecha de palabras. Su sonrisa se hamaca de una serifa a otra, sus ojos espabilan detrás de las oes. Lo veo porque lo escribo. Lo escribo para verlo y para verme. Ven, chiquillo, Robin de mi infancia, te convoco a este lado de la luz, escúrrete por el intersticio de esta frase, siéntate a mi diestra hasta el fin del tiempo, vela conmigo esta noche, te mereces saber qué hice contigo, en qué nos convertimos. Miremos juntos al abuelo, así de lejitos. Espiemos su frente honesta, el cuello de toro normando, su caminao vacuno por entre la tomatera. Ayúdame a pillarlo con tu curiosidad de entonces, con tus ojos que son míos y serán filetes de gusanos. Con mis ojos que fueron inocentemente tuyos. ¿Verdad que nos mira y algo masculla y se desvanece entre estos signos de interrogación? El nono, como le decíamos los cincuenta y pico de nietos, supuso que hasta este cinturón de montañas, quebradas y mesetas nadie vendría a cobrarle viejos saldos de sangre. Si así fuera, se moriría sobre sus botas de arriero antiguo. Hacía tiempo ya no estaba para tropelías, pero la guerra, como un perro rencoroso, insistía en morderle los garretes allá adonde iba. Los hombres se mataban en todas partes y de todas partes lo echaban como a un animal cerrero. Así que compró una finca calentana, lejos del ruido y de la candela. Un lugar para vivir y para morirse en el orden en que a su dios se le diera la gana. No sospecha el abuelo que el mundo que ha dejado atrás, insistente, esquiva las cercas, brinca las talanqueras y se mete a los potreros, a través de las ondas hertzianas de la única emisora que sube hasta aquí: Radio Libertad. La que transmite, por amplitud modulada, desde la puerta de oro de Colombia, con la fuerza de la verdad, como reza su eslogan. La potentísima frecuencia alcanza mi rinconcito cálido. Insiste en traerme a la luz del día, en una suerte de complot mañanero, en que la voz de mi madre se confunde con la del locutor que despierta, a gritos de micrófono, a los taxistas, a los labriegos, a los guachimanes, a la gente que camella en el matadero Camagüey o en la central mayorista de abastos. Los despierta. Nos despierta. Mientras suena otra canción que dice que cuando canta el alma herida las palabras se entristecen. Aprieto los ojos con esfuerzo, restriego las lagañas, apago las imágenes que me rondan, todo en off. Me descubro en esta habitación de hotel con el pulso zarandeado, un vacío en la panza. Acumulo unas cuantas cuartillas digitadas, en las que se me cruzan los tiempos y los cables. Intento eludir en vano la agonía cierta de mi padre, que me mantiene zurumbático desde hace noches. Y el grillo sigue ahí. Quizá nunca se vaya.
