El último niño - Jota - E-Book

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Jota

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Beschreibung

Inmerecida Intromisión en la historia Demolición de los inocentes Predicción del arribo del terror Institución de la maldad La parábola de la telaraña y el saltamontes Queja contra la humanidad Traición en el viaje hacia la juventud

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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El último niño

Jota Kintana

© Jota Kintana

© El último niño

ISBN

Editado por Tregolam (España)

© Tregolam (www.tregolam.com). Madrid

Calle Colegiata, 6, bajo - 28012 - Madrid

[email protected]

Todos los derechos reservados. All rights reserved.

1ª edición: 2019

Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o

parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni

su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico,

mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por

escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos

puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

ANTEPENÚLTIMO 

Inmerecida Intromisión en la historia

Demolición de los inocentes 

Predicción del arribo del terror

Institución de la maldad

La parábola de la telaraña y el saltamontes

Queja contra la humanidad

Traición en el viaje hacia la juventud

PENÚLTIMO 

La maldición del ritual

Purificación del último niño

Nadie es profeta en sus salmos

Tiempos de juego y sociedad

El perdón de las plegarias rotas

Corrección fraterna

Censuras entre divagaciones a elitistas y/o pillos

ÚLTIMO 

El escándalo y el mendigo

Tributo al trueno

La última mujer

Primer anuncio del fin

Curación de la niñez

Multiplicación de las almas

La inevitable tribulación

La señal del humo

Persecución por causa de una carta (I)

Persecución por causa de una carta (II)

Segundo anuncio del fin

Muerte del intelectual

Anuncio de la traición 

La negación de los suyos

Difícil terrorífico mísero

el paso del tiempo fue el desaliento final:

la gente no salió más a reclamar

esperaba llenar esa plaza de gente

pero la grandeza de la anómala soledad

convirtió las noches en normalidad:

el último niño –el monuelo–

envejeció al pronunciar aquellas tres palabras

pregunté al monuelo –el niño viejo–

y él preguntó también en el mismo mundo sin niños

en aquel lugar de ancianos:

concluye que las respuestas

siempre son simples después de pensarlas demasiado

y las escribe todas en su pena

una sola pero del grosor del diario de otra vida entera

ignora lo que no sabe

porque lo sabe todo en este angustiante jardín de sabiduría

que no lo es en realidad

porque la rareza de su conocimiento

no cabe en el idioma del imparable llanto

el monuelo es empujado en su cochecito

sin embargo él es el conductor de sus expresiones

que con el paso del tiempo

se difuminan cada vez más:

cuando las ruedas del coche giran

las del mundo de sus recuerdos también:

memorias de la triste silueta

que simula un animal herido

torcido de dolor

su obesidad de alusiones

lleva una bolsa de latas retorcidas

que cuelga de un hombro y del otro

la exacerbada esperanza

puesta en noticias distintas que

en horas pasando páginas

analiza en el paciente paisaje del murmullo

sin reconocerlo

has visto al monuelo

no has hablado con él

o quizás lo subestimaste

quizás te hizo sentir pequeño

como si fuera necesario ver sus facciones

para constatar su existencia

¿no estará cansado ya?

no cumple años pero evoluciona sin reír

siendo el último niño este niño viejo

antes de partir tiene la consigna

de apagar el sol que cuelga de la cornisa del jardín

no porque haya sido expulsado

–no puede serlo–

y porque no puede ser echado

tendrá que salir por voluntad propia

este ente malo con tendencia a todo el bien

secándose las lágrimas

pregunta entonces como si no pasara nada

pero no entiendo su pregunta

es probable que él tampoco entienda la mía

quizás mi relación con el monuelo

se limite a nuestra compartida historia

extensa como un árbol

que tiene la edad de la mentira y del engaño

sin conclusión por supuesto

como este poemario al apagar la luz.

Antepenúltimo

tu niñez:

ese barco en la mirada

que un día partió sin despedirse.

Sara Vanégas Coveña

Pero yo soy un niño que llama a su

madre detrás de las rocas…

Nicanor Parra

Busco emerger.

Reconoces el esbozo de mi rostro, un rostro con máscara crean mis facciones, en tu piel, amor, en tu aura de guayacán fosfórico.

Busco emerger uno y completo, en demasía distinto al mundo de otros, ¿no se trata de eso?

Dejo atrás jilgueros azafranados, perecieron en garras de desilusión, manzanos que sombra tacañean a los labios recogidos de la tarde artificial.

Vienen por mí nombres sin bendecir, vienen extrañas intenciones, sobre todo ambiguas.

Yo sé. Así como lo extraño no es ambiguo, lo ambiguo sí es extraño. Son las garras de las desbarradas intenciones.

Si aclararse no logran, no emergeré listo, quedaré expuesto.

Hasta entonces guardo en mis ojos el bellísimo contenido, amor, de tus ojos de cristal.

INMERECIDA INTROMISIÓN EN LA HISTORIA

Con tres vueltas de cordón umbilical en el cuello nació el último niño, con dos manos en la boca. Solo como todos, en lo íngrimo no hay mérito.

No hay mérito en casi nada.

Dice él, incapaz de diferenciar modestia de pesimismo.

A lo largo de la vida ha sido verdugo de sus dedos. Y cómo protegerlos. Lo probó todo hasta forrarlos con cinta Scotch. Lo dice porque lo intentó alguna vez. Nada.

Descascarar, véase las manos de madera, desprenderse, llover del cuerpo cuando de ellas reniega el cuerpo como bocas sobre barro, defecándolas.

O al menos desvistiéndolas de fonemas, esparcidas huellas en el delta de la incongruencia de la voluntad, confuso acto sobre piel tierna y absurda.

Descascarados segundos de vida, diminutas imágenes plasmadas por doquier, evidencia palpable de su vida al transcurrir.

Créase por fin en un estado de natural canibalismo, en este ritual, en manos voluntarias rumbo al aserradero de los dientes que las devoran hasta el horizonte de los brazos.

Falange expuesta en el rito: causa conocida: desesperación, bosque infectado de sietecueros como si los dedos no doliesen como una colmena de furia y de saliva.

Manos en la boca, tres vueltas de cordón umbilical media vida después, alrededor de su cuello.