El ultimo optimista - Vinicio Manota Benavides - E-Book

El ultimo optimista E-Book

Vinicio Manota Benavides

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Beschreibung

Siete cuentos como siete golpes o siete campanadas. Los primeros se ambientan en diferentes lugares de Estados Unidos, son un claro homenaje a Carson McCullers y al cine, los otros son pinceladas de un Quito confinado por las pandemias o las mentiras, los ritos o las traiciones. Por las páginas de este libro desfilan psicópatas fascistas, idiotas martirizados, violadores y asesinos, cineastas del imposible, suicidas, profesores jubilados, enfermos y despechados. Hombres y mujeres de un mundo que se asoma al precipicio. Una fauna humana delirante, en definitiva, dibujada por un narrador certero. (Galo Galarza)

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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El último optimista

Vinicio Manotoa Benavides

Colección Travesías del Cuerpo

CUERPODEVOCES

Ediciones

El último optimista

© Vinicio Manotoa Benavides

Cuerpodevoces Ediciones

Mail: [email protected]

Web: www.cuerpodevoces.com

Teléfono: 0984172663

Manta

Diseño de portada: Isaac Vélez (Hidropixel Agencia)

Ilustración de portada: Víctor Jarrín

ISBN: 978-9942-631-00-8

Primera edición: marzo de 2023

Manta, Ecuador.

 

 

Índice

 

El idiota

El cuento de Miss Amelia

La película

Canción de despedida

Día 327

La maldita

El último optimista

 

A todos los niños que mueren despedazados

por la burbuja de este sistema educativo de asco.

Hoy, que la escuela se ha convertido

en la antesala del supermercado y la cárcel,

la ficciónpodrá, tal vez, devolverles el asombro.

La palabra propia, autónoma, es ciertamente más que una voz de resistencia: es la raíz de nuestro devenir emancipado de la más profunda servidumbre: la simbólica y cultural. Enardezcamos esa llama.

Sebastián Endara

El idiota

 

Todas las mañanas que el idiota llega al centro del pueblo, Gallager el irlandés siente un deseo irrefrenable de matarlo. Lo que más odia es el sonido metálico que produce el carrito de supermercado que el idiota arrastra consigo, a manera de un mástil de chatarra incendiándose a distancia. La boca de Gallager el irlandés se tuerce, su mirada cobra una perspectiva de lobo hambriento, las arrugas desaparecen en ese breve instante de resentimiento absoluto y fugaz, cuando parece que el mundo es una habitación sellada por fuera donde solo existen él y el idiota y que antes o después acabarán matándose a golpes.

—Este es un pueblo de locos —había dicho su exesposa la noche antes de desaparecer.

—Un infierno de locos, homosexuales y putas —había respondido Gallager el irlandés antes de salir al bar, sin saber que esas serían las últimas palabras que intercambiarían.

Hay quienes creen que la mujer de Gallager el irlandés se fugó con Billy, el hijo menor de los O’Connell; y que ahora viven en alguna ciudad del medio oeste, escondidos de la rabia de Gallager el irlandés, quien había prometido incendiar el pueblo si alguien se atrevía a ocultarle información sobre su paradero.

Nadie recuerda con exactitud el tiempo que Gallager el irlandés tardó en aceptar la verdad de su destino infame y vergonzoso. Varias noches el comisario se vio obligado a encerrarlo por desorden público. Los gritos convirtieron su casa en un lugar prohibido para los vecinos, quienes temerosos de la tristeza de Gallager el irlandés abandonaron poco a poco el vecindario. Con un bidón de gasolina colgado de sus manos temblorosas, solían verlo atravesar las calles, mientras insultaba a todo aquel que se cruzaseen su camino.

Pero de un momento a otro, Gallager el irlandés se calmó. Dejó de beber, regresó a su antiguo trabajo en la mecánica, se convirtió en un asiduo visitante de la iglesia adventista. Los viejos amigos jamás lo perdonaron, y a él eso no le importó. Adquirió la costumbre de comer afuera, en la cafetería de Susan Fleming, sentándose siempre en la misma mesa y en la misma silla y pidiendo siempre el mismo menú. Era, en opinión del comisario, uno de los pocos hombres que todavía mantenía contacto con él, un solitario incapaz de matar ni siquiera a una mosca.

Mientras Gallager el irlandés comía un sándwich de atún, un chirrido de latas, clavos, campanillas averiadas se escuchó a lo lejos. Gallager el irlandés no le prestó atención. Pero el chirrido fue creciendo, a tal punto que Gallager el irlandés dejó el sándwich de atún a medio comer sobre el plato y golpeó la mesa con los puños cerrados. Ese fue el primer gesto de violencia que Gallager el irlandés acometía en años.

Luego Gallager el irlandés levantó la mirada. El idiota, con una sonrisa torpe en la cara, empujaba su carrito de supermercado.

 

***

 

—¡Imbécil! ¡Imbécil! —dice Gallager el irlandés en voz baja, apretando los dientes.

La habitación permanece en orden. En la ventana que da a la calle principal, las cortinas todavía sin cerrar tiemblan con el frío de la noche.

Gallager el irlandés se sienta en el extremo derecho de la cama. Respira con dificultad. Se levanta y baja al sótano.

Entre las cajas de cartón apiladas se hallan las viejas herramientas de carpintería que habían pertenecido a su padre. No repara en estas, sino que busca en las cajas algo sin saber bien qué buscar. Una caja deteriorada y que se encontraba al fondo del lugar, sobre una antigua mesa de cocina, se cae cuando Gallager el irlandés se tropieza con un objeto que no alcanza a distinguir.

Una colección de revistas se desparrama por el suelo. Gallager el irlandés toma algunas y regresa a su habitación.

Al leer, Gallager el irlandés se concentra: procura regresar a la frase una y otra vez, como si intentase descifrar un mensaje encriptado que había sido enviado a él desde otro tiempo u otro planeta.

Esa noche Gallager el irlandés se queda dormido con los zapatos puestos y posiblemente no sueña.

Las cortinas permanecen abiertas toda la noche.

 

***

 

—Te lo repito, irlandés, no tienes nada de qué preocuparte —dice el comisario.

—Es un peligro para el pueblo —dice Gallager el irlandés intentando mantener la compostura.

El comisario rompe la formalidad de la entrevista con una carcajada.

—Ay, irlandés, ¿quién lo diría? Tú preocupándote por la seguridad del pueblo. Luego dicen que los años no pasan en vano.

—¡Es un enfermo y tu obligación es asegurarte que las calles estén limpias de indeseables como ese!

—Tranquilízate, irlandés, no te compliques la vida. Además, es un chico. No hace mal a nadie.

—Entonces que los condenados de los padres lo encierren o algo. La gente de bien de este pueblo no se merece espectáculos tan miserables.

Esa no fue la última entrevista que Gallager el irlandés tuvo con el comisario. Semana a semana fue con más quejas acerca del idiota. En general, el reclamo era el mismo: la policía tenía la obligación moral de expulsar al idiota del pueblo o al menos vigilar su internamiento en el manicomio. Sin embargo, entre un reclamo y otro se fueron añadiendo expresiones como limpieza de sangre, la gloria de la raza blanca, sangre y tierra, el derecho de los fuertes a elegir con qué tipo de personas vivir. El comisario, con un poco de lástima, lo escuchaba mientras veía el noticiero de la tarde.

Cierta vez el comisario, intrigado por esas ideas, le preguntó a Gallager el irlandés de dónde las sacaba. Él no respondió a pesar que el comisario insistió dos o tres veces más. Esa tarde algo se rompió entre ambos y Gallager el irlandés comprendió que ahora más que nunca estaba solo.

 

***

 

De 9 a 11 de la noche, Gallager el irlandés se dedicaba a estudiar las revistas que había encontrado en su sótano. Acomodado en una mesa circular de la cocina, y ayudado por un lápiz de color amarillo para resaltar las frases más importantes, empezó a esbozar un plan para acabar con el idiota de una vez por todas.

Para entonces, ya era de conocimiento público el odio que Gallager el irlandés profesaba en contra del idiota.

Muchos aseguraban que el enfermo era él y que si el pueblo no le decía nada era porque no valía la pena desperdiciar su tiempo con personas de esa calaña. Otros simplemente lo compadecían en silencio, al tiempo que continuaban con sus vidas seguros que nada sucedería. Entre los menos escépticos, la versión era otra: Gallager el irlandés estaba loco y convenía, lo más rápido posible, encerrarlo para evitar que su miserable existencia siguiese contaminando el ambiente.