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Tras un dramático infortunio, Gabriel se ve arrastrado a sobrevivir en un mundo antiguo habitado por seres sobrenaturales hace mucho tiempo olvidados. En esta delirante historia, el surrealismo y la fantasía se mezclan en un universo cargado de simbolismo y del terror a lo desconocido. Inspirado en el brillante relato de H.P. Lovecraft "El Túmulo", El último Refugio nos recuerda la fragilidad de la vida humana y nuestra limitada capacidad de entendimiento.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Nuria Garcia Barbe
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-18090-71-2
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PRÓLOGO
Al fin pude darme cuenta de que esto era lo que el destino me exigía.
Una fuerza más poderosa que mi propia voluntad me obligó a convertirme en su instrumento.
Así fue como causé la muerte de lo que más odiaba en este mundo. Se volvió inevitable, imprescindible.
Llegó un momento en el que esa era mi razón de ser. Lograr un objetivo grande no es fácil. Pero desde pequeña lo tuve metido en la sangre.
Así se me inculcó, ya en la cuna. Mi madre en su lecho de muerte me hizo hacer un juramento. Esa fue mi desgracia y mi perdición.
Amar de lo que la propia codicia está hecha. Siempre preferí la vida a la muerte, a pesar de decirme a mí misma que es en el otro lado donde al fin estaría en paz.
Solo existe el orgullo desde el poder y, solo entonces, uno está en posición de ser la víctima de sí mismo.
Al ser un instrumento del destino yo no decido; solo actúo. Órdenes claras y precisas para lograr un fin. Ni siquiera me tengo respeto. No soy más que la muñeca del destino. No soy más que un ser deforme hasta que no consiga la perfección: no seré inmortal, seré Reina.
Extracto del diario de Némesis.
Primera parte
Sentado y solo dejaba pasar las horas esperando la muerte.
Furioso conmigo mismo y con la adversidad que me había llevado a mi situación. Jamás podré olvidar la terrible angustia que pasé en el mar. Tratando de respirar entre el oleaje. Tratando de no ahogarme como los demás.
No sabía que el ser humano tuviese una capacidad de supervivencia tan grande. Cuando creía que se me habían agotado las fuerzas, seguí nadando.
Mi cuerpo joven resistió lo inimaginable. No sé durante cuánto tiempo y en qué dirección, solo sé que llegué a tierra firme y me dormí, exhausto y derrotado, sobre la arena blanca de una playa.
Hará dos semanas que iniciamos nuestro recorrido por las Islas Galápagos grabando un documental sobre criaturas marinas. A eso he conseguido dedicarme, lo que quise toda la vida.
Es un trabajo duro, pero insaciable y apasionante. Me engancha a esta vida como ninguna otra cosa es capaz de hacerlo. Excepto ella, tal vez.
Estela y yo nos casamos en un barco, para poder estar sobre el mar.
Su inteligencia me fascinó desde el primer momento, desde las primeras frases que compartimos mirándonos extasiados a los ojos y conectando de forma única.
Temo con toda mi alma no volver a verla, oír su voz y rozar esa piel blanca y suave que me fascina.
Una criatura divina de pelo rojo. Cuando la vi vestida de novia podría haber jurado que no pertenecía a este mundo.
No sé qué habrá sido de los demás, de los otros tres miembros del equipo, de mis mejores amigos.
Viajábamos en helicóptero ya de noche. De vuelta a nuestro refugio entre agotados y satisfechos, deseando preparar de terminar el nuevo documental en el que llevábamos meses trabajando. Una obra maestra, una perfecta síntesis de maravillas acuáticas.
Nos sorprendió un terrible temporal.
Contra todo pronóstico, saltándose todas las reglas, como si alguien lo hubiese enviado a propósito sobre nuestras cabezas.
La pobre máquina en la que viajábamos, no resistió semejante desastre natural. El viento soplaba con tal furia que levantaba olas inmensas.
Nunca había visto nada igual. La caída fue terrorífica.
No sé cómo pude sobrevivir. No entiendo cómo fui capaz de salir de allí mientras se hundía y no ahogarme con esas monstruosas olas.
Cogía todo el aire que podía, como pensando que sería mi último aliento. Chapoteaba frenéticamente tratando de orientarme. Nadé con pasión, como nunca. Luchando por volver, luchando por huir del mar.
Cuando desperté, estaba hambriento y con el cuerpo dolorido. Traté de pensar, de deducir dónde me encontraba. Mirando a mi alrededor distinguí un paisaje extraño, muy distinto al que había estado contemplando durante todos estos días. Era más bien propio de otra zona del planeta.
La sed me quemaba la garganta y el hambre me hacía retorcerme de dolor. No sé cuánto tiempo pude estar ahí, tendido en la arena.
Era pleno día, no sabría decir qué parte de él. La furia del mar me había arrancado también el reloj. Fue un regalo de mi padre cuando terminé la carrera. De hecho, fue el último que tuvo la oportunidad de hacerme, antes de que un tumor cerebral acabase con él.
Siempre había sido tan fuerte, tan autoritario.
Cuando era niño, hubiese podido jurar que ni una ametralladora podría haberlo arrancado de la vida a la que con tanta pasión se aferraba. Pero el destino en ocasiones es cruel, y es sus últimos días estuvo postrado en una cama, medio dormido por la morfina, diciendo incoherencias e incapaz de hacer nada por sí mismo.
Hacía tiempo que no había vuelto a pensar en mi padre. Y ahora surgía ante mí, con su nariz larga y su prominente barriga.
Era tan difícil arrancarle una sonrisa a su gesto inquebrantable que, cuando lo hacía, era capaz de iluminar una habitación.
Como si el mundo, como si la humanidad, jamás hubiese llegado a comprender del todo el significado de una sonrisa.
No sé qué sensación horrible me inundó por dentro. Me sentí incapaz de levantarme de esa arena blanca y fina, como si me tuviese allí anclado con una fuerza hipnótica.
Traté de organizar las ideas caóticas de mi mente. La experiencia de lo que creía fue la noche anterior, parecía haberme dejado en una especie de estado pasivo.
Ni siquiera sabía si había alguien más en esa isla, y ya había perdido la esperanza de volver a casa y besar a mi mujer.
¿Qué estaría pasando ahora? ¿Alguien me estaría buscando?
Al ver que nuestro helicóptero no regresó, alguien tendría que haber salido a rescatarnos. Tal vez encontraron algún fragmento destrozado flotando en el mar. Buscarían los cadáveres sin demasiadas esperanzas puesto que, con semejante oleaje, Dios sabe dónde podrían hallarse los cuerpos de mis compañeros.
Miguel se dejó llevar por la histeria. Saltó del helicóptero minutos antes de que un rayo nos alcanzase, cuando aún pensábamos que podríamos salir vivos de allí.
No sé qué pensamientos se aglomeraron en su cabeza para hacerlo. Algo parecido a la locura tuvo que empujarlo a saltar desde esa altura mortal.
La caída me pareció mucho más larga de lo que en realidad fue. Me sentí plenamente consciente de mí mismo, de mis sentidos más agudos que nunca, de mi instinto, de las uñas de Ángela clavándose en mi brazo mientras gritaba desesperada por la inminencia de la muerte.
Sentí en mi pecho esa insoportable presión desencadenante de las lágrimas. Perdido y solo, en el abismal mundo del miedo. Pensando lo que podría haber sido, ahora que todo iba bien.
Estela y yo acabábamos de comprar un piso, nuestro hogar, un lugar maravilloso por fin nuestro. Y está esperando un hijo, mi hijo. Ojalá herede su pelo rojo. Es tan brillante e intenso que a mucha gente le resulta difícil creer que naciese con él. Pero hasta eso en ella es fascinante.
No hay detalle en su cuerpo o su alma que no sea único. Este golpe será devastador para ella. Al principio se negará a creer lo que hubiese sido evidente, que yo estuviese muerto. Pero acabaría aceptándolo y superaría mi muerte con el nacimiento de nuestro hijo.
Y estoy seguro de que le pondrá mi nombre, Gabriel.
Y le dirá lo que se le debe decir a un niño que nace sin padre, que era un hombre excepcional y que hubiese sido el mejor padre del mundo.
Un pájaro se detuvo ante mí.
Es el primer ser vivo que veo desde el accidente. Pero no es un pájaro corriente al menos, yo nunca había visto uno parecido. Su plumaje presentaba una serie de colores que parecían haber sido pintados por un niño pequeño. De cuerpo diminuto y alas demasiado grandes. Como si se hubiese cruzado un pájaro pequeño de colores espectaculares con un águila real. Picoteó algo en la arena y alzó el vuelo con gracia.
Al seguirlo con la mirada, al fin contemplé, ya sin vaguedad, la vegetación a mis espaldas.
No había solo una mezcla incomprensible de palmeras y árboles de climas fríos, sino que de entre el espeso follaje, sobresalía algo más. Algo que parecían construcciones de piedra deslumbrante. Como si saliese de sus propios materiales, estaban iluminados por una tenue luz azul fantasmal. Aquello no podía tratarse de una invención humana. No parecía ser algo terrenal. Resultaba siniestro. El apreciar aquellas estructuras me hizo sentirme aún peor. Me hacían estremecer, como si solo seres horribles pudiesen habitar allí. Sentí el terrible impulso de meterme de nuevo en el agua, avanzar por ella y dejarme morir. Tal vez la muerte sería mejor solución a tener que enfrentarme a lo que quiera que hubiese en aquella isla.
El sol parecía haber descendido algo desde la última vez que le eché un vistazo. Hasta ese día, no creí que le pudiese tener miedo a la caída de la noche. No sabía qué iba a hacer. No tenía intención de buscar calor o refugio. No tiene nada que ver imaginarte en una isla desierta con estarlo. Uno piensa que sería capaz de sobrevivir, de hacer fuego con dos palos, de matar a un ser vivo con sus propias manos. Pero todo es distinto en realidad. La sensación que te inunda los pulmones con cada aliento, es miedo. Es en este momento cuando puedo ser yo mismo. No me hace falta fingir, nadie me está observando.
Uno se imagina lo que sería estar completamente solo en el planeta. Sin nadie ante quien fingir, sin ningún tipo de represión. Tentador tal vez, pero inhumano. ¿Inútil gritar? Ni siquiera lo había intentado. Podía respirarse algo extraño en el ambiente. Era más espeso de lo normal. No podía tratarse solo de ese calor sofocante. Al fin y al cabo, no puede existir un aire más puro que el de una isla de arena blanca perdida en alguna parte del océano.
Algo se acerca, lo presiento.
Sigo de espaldas a la vegetación, con la vista clavada en el mar. Pero puedo sentirlo.
Con gran esfuerzo, al fin me pongo en pie. Con el cuerpo entumecido y agarrotado por la incómoda postura. Tengo las extremidades frías, como si mi organismo tratase de economizar la energía.
Mi ropa estaba hecha jirones de tela. Jamás había llevado algo que estuviese tan destrozado. Mi aspecto debía de ser el de un cadáver medio consumido por el paso del tiempo.
En los últimos minutos la temperatura había descendido un poco.
En un instante, el cielo se cubrió de nubes de un intenso negro como si fuese a precipitarse sobre mi cabeza.
Se estaba preparando para una lluvia torrencial y yo no tenía ningún sitio donde poder resguardarme.
Todo el mundo sabe que no se puede estar cerca de los árboles cuando hay tormenta. Y a mi espalda era lo único que había. De varias especies, géneros, cuerpos retorcidos que no había visto en mi vida, colores increíbles e imposibles de describir. Pero árboles al fin y al cabo o algo remotamente parecido aunque actualmente extinto. Irónico el momento en que el amor por la naturaleza se convierte en muerte.
La primera gota cayó en la palma de mi mano pesada y resbaladiza.
Me dejé caer para quedar sentado de nuevo y dejar que el agua cayese sobre mí de forma inexorable. El pelo se me pega a la cara y a mi alrededor la arena se empapa quedando mucho más pesada y oscura, como un mando interminable de pesadilla.
Dejé que se desate mi rabia y grité.
Al fin, un respiro.
Mis lágrimas no se distinguen del agua que me empaña la cara y los ojos. Apenas puedo ver.
Ante mí solo hay un velo borroso que no puedo hacer desaparecer. Y tal y como llegó la fuerte lluvia se fue, dejándome con mis miserias.
¿Esta era esa sensación extraña?
No puede ser, la lluvia no puede manifestarse como una presencia que me perturba.
No hay ni un sonido, ni el mar, ni los diabólicos pájaros del cielo, ni el soplo del viento, no hay nada. Y aun así, es como si algo me estuviese llamando. Me giré poniéndome de nuevo en pie.
Las rodillas se me doblan por el peso y de todas formas quedo paralizado. Delante de mí hay tres seres de apariencia humana.
Humanos se podría decir, pero distintos.
Visten como los indios que aparecen en las películas del oeste, con largas lanzas, túnica de piel ocre y plumas coronando sus cabezas. Pero, sin duda, por otro lado, no son como los indios de las películas.
Sus pupilas son tan azules que resultan irritantes. Cristalinas, casi transparentes.
El pelo liso y completamente blanco les cae sobre los hombros con perfecta simetría. Las facciones de sus caras son toscas, con narices prominentes y labios gruesos. La piel traslúcida, tan blanca que podían apreciarse sus venas en las manos, debajo de la nariz y en las piernas.
Como si se tratase de criaturas divinas su piel relucía con luz propia. Pero no ofrecían calor, no daban la sensación de ser seres entrañables como recién venidos del cielo.
Excesivamente blancos, demasiado puros. Indios tal vez, pero de lo que no cabía duda es que eran albinos.
¿Qué posibilidad puede existir de encontrar tres albinos juntos? Pero allí estaban, tan reales como todo lo que me estaba pasando. De eso no tenía duda.
Pruebo a saludar a esos tres personajes en español, pero no recibo repuesta. Sus caras permanecen igual, inexpresivas, con esos tres pares de ojos horribles clavados en mí, haciendo que me hunda más en la arena húmeda.
A continuación en inglés, en francés… Incluso pruebo hacerlo en latín y en griego. Lo intento por gestos. No quiero tener que tocarlos, pero no reaccionan.
El albino del medio comenzó a hablar en un extraño dialecto que no se parece a ninguno que yo conozca.
Hace ruidos con la boca, frunciendo los labios, llenándola y vaciándola de aire.
Por extraño que parezca, sentí su voz en mi cabeza, como si rebotase, como si estuviese dentro de mí. Y cuando terminó de decir lo que quiera que haya dicho, se comunicó conmigo por telepatía.
Resultaría imposible tratar de explicar cómo sucedió exactamente porque no hay palabras humanas para describir un fenómeno semejante. La cuestión es que le entendí.
Sonaba como un acordeón desgastado, tremendamente cansado y triste. Estaba donde no debía, eso fue lo primero que me dijo. No entendía como un ser como yo se las había ingeniado para llegar a la Isla. No tenía nada de especial. Mi aspecto dejaba mucho que desear y mi olor era nauseabundo.
Lo único que había hecho desde que conseguí salir del agua, había sido lamentarme y dejar que el sol me abrasase los hombros dejándome la piel enrojecida, dolorida y seca. Surcada de profundas arrugas.
Tenía la lengua hinchada por la sed y la garganta en llamas.
No paré de tener pensamientos morbosos y recurrentes desde mi llegada, ensuciando mi aura, contaminando el aire tan puro que había a mi alrededor, pidiendo ayuda con la mente y finalmente estallando en gritos desesperados que les habían hecho acudir por fin a conocerme.
Sintieron mi terrible dolor como yo lo había sentido y mis ansias de alcanzar la muerte para liberarme de él.
También vieron a mi esposa en sus mentes y han sentido su ausencia como una puñalada fatal.
El rencor a la adversidad y al paso del tiempo. La congoja de pensar en el no volver, el abandono eterno. Llegué hace dos días, dicen.
Hacía lo bastante que no tomaba agua como para que pudiesen empezar a inundarme paranoias. Llevaba allí lo suficiente como para saber que esa isla no era como ninguna en la que hubiera estado antes. Era distinta, las presencias de otros seres se podían respirar en el ambiente.
Normalmente no somos conscientes de los demás aunque estén muy cerca de nosotros. Aquí era distinto, era algo más que vida lo que emanaba en su centro esperando mi compañía. Algo extraño aguardaba.
