El último viernes - Nelvis Haydée Ghelfi - E-Book

El último viernes E-Book

Nelvis Haydée Ghelfi

0,0

Beschreibung

Un poco alejado de Paso de los Pumas se halla el boliche de La Cayetana, donde una veintena de personas concurren todos los viernes a escuchar las historias que la propietaria suele narrar. Por falta de inspiración, decide relatar historias antiguas, que su padre no dejaba de repetir. Es en ese momento, cuando en su vida se produce un cambio imposible de ignorar que la llevará a caminar un pasado del que nunca tuvo plena conciencia. El Último Viernes intenta reflejar, en un recorrido hacia el pasado y hacia el interior de la provincia de Santa Fe, las distintas culturas que lo habitan y la sangrienta realidad de las primeras décadas del siglo XX, que marcaron y mancillaron el destino de su pueblo.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 292

Veröffentlichungsjahr: 2020

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Nelvis H. Ghelfi

El último viernes

www.robalir.com

Todos los derechos reservados.

Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recopilación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro medio, sin permiso previo por escrito del autor.

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

© 2016, Nelvis Haydeé Ghelfi

© 2016, Robalir (edición en papel)

© 2020, Robalir (edición en digital)

Primera edición digital: septiembre de 2020

ISBN: 978-987-47637-1-6

Contenidos

1 Portada2 Aviso legal3 Contenidos4 Epígrafe5 Prólogo6 La Sombra del Quebrachal7 Golondrina8 Fru-fru9 Negocios10 Megacha11 Adiós, adiós...12 Paso de los Pumas13 El último viernes14 Epílogo15 Agradecimientos16 Compartí tu opinión sobre el libro17 Sobre la autora18 Otros libros de la autora19 Robalir Editora20 Datos del ebook

—Hay días que no sé quién soy y eso me perturba... Decime Atenor, ¿quién soy?—¿Qué importancia tiene Cayetana? Solo somos lo que nos permitimos ser...

...solo cuenta tus historias.

Prólogo

«Las vías del ferrocarril corrían ociosas partiendo la vida en dos...», así comienza la novela de Nelvis Ghelfi mostrándonos una imagen muy conocida por todos nosotros pero raramente pensada en toda su magnitud. Imaginar los aconteceres vividos antes, durante y después del tendido de caminos de rieles es un ejercicio dado al oficio de escribir; rescatar las emociones, esperanzas y frustraciones de vidas divididas, rotas, por sendas que marca la injusticia a golpe de dolor y muerte es tarea de una autora rebelde.

«...solo cuenta tus historias.» Eso es lo que hace esta novela, narrar historias que hacen a una historia que le duele al país. La pasión puesta en sus personajes despierta nuestra inmediata empatía con cada uno de ellos y, por consiguiente, nuestro interés en el relato. Y se elige un día, los viernes, para que el narrador convoque a sus oyentes y transmita, en el milenario arte de contar, todo aquello que no se permite olvidar. Más que vivas las palabras en boca de quienes, en la novela, son parte intrínseca de la historia, por lo que logran encender, y vaya cómo, el interés de su auditorio, el mismo que auguro despierte en los lectores.

«Desde el momento en que comenzó con los relatos vivió más vida que todo el tiempo anterior» —se dice la Cayetana en El último viernes, y me atrevo a poner esas palabras en Nelvis Ghelfi como escritora. Hay, sin lugar a dudas, una historia que recién comienza, la que se multiplicará en muchas historias más, dependerá tan solo de permitirse ser.

Vendrán entonces nuevos libros, ella nos demuestra con esta obra que tiene mucho para entregar; y su palabra escrita perdurará en un tiempo que no podemos medir.

Marta Casalegno Gosso

La Sombra del Quebrachal

Las vías del ferrocarril corrían ociosas partiendo la vida en dos, por el norte Paso de los Pumas, el pueblo; al sur y un poco al este, el terreno de don Cayetano. Los durmientes dormían el sueño profundo de épocas mejores que solo era perturbado por algún habitante tan ocioso como ellos mismos, cuando se dirigía al campo.

Los atardeceres en la pampa húmeda suelen ser sofocantes, clima que los parroquianos solían mitigar en el boliche de «La Cayetana».

Lucía heredó el boliche de su padre, y también el nombre, ya nadie la llamaba de otra manera, ni siquiera los más viejos recordaban el apellido. De todos modos no hacía falta, la Cayetana era «La Cayetana» y ya.

El boliche era un descascarado y mohoso salón que bien podía confundirse con un amplio comedor de familia numerosa, donde don Cayetano con mucho ingenio había distribuido una media docena de mesitas con sus respectivas sillas, bastante apretadas por cierto.

Pero lo que hacía interesante el lugar, eso después de tomar las riendas del negocio la Cayetana, era el terreno que lo circundaba, que con mucho empeño, paciencia y la colaboración de Atenor, había limpiado, plantado árboles de sombra, flores, plantas aromáticas y de infusión y rodeado la construcción con parras que lo mantenían más fresco que cualquier otro lugar del poblado y hacían de éste, un sitio especial para contar historias.

Y así, enredando sueños, ilusiones perdidas, esperanzas antiguas, los atardeceres tórridos de enero se transformaban en noches tibias y tranquilas, donde una veintena de personas, algunas sentadas en poltronas que la mujer había incorporado bajo las parras, otras simplemente en el suelo, esperaban el final de alguna historia que ella decidía relatar.

Cabe tener en cuenta que éste era un boliche muy particular, poco alcohol corría por allí, algún que otro vasito de vino en verano o de ginebra en invierno antes de ir a descansar, por lo demás lo que más se apreciaba, eran las grandes jarras de infusión helada con limón y menta que la Cayetana sabía preparar con un arte extraordinario. Tampoco faltaba la «picadita» que, de hecho no era una tontera, eran trozos de ave a la vinagreta, verduras en escabeche, embutidos, quesos, huevos rellenos salpimentados y exquisiteces por el estilo, acompañados de pan casero, que bien sabían aprovechar los parroquianos.

El atardecer de los viernes eran especiales, pues era el día en que la mujer abría las puertas de su propiedad y los deleitaba con tanta exquisitez, concluyendo la velada con una historia. Solo los viernes contaba historias.

Este viernes había amanecido amenazadoramente caliente, clima propicio para terminar en tormenta y lluvia, las nubes viajaban furiosas hacia el sur, el aire quemaba la piel y todo parecía que debía hacerse en cámara lenta porque el calor aletargaba la mente y los movimientos, sin embargo la Cayetana se había ensañado con la escoba de tal manera que parecía que quería barrer todo el calor y el polvo de un escobazo certero.

Las ventanas permanecían abiertas aunque la media mañana había sucumbido hacía tiempo y el aire penetraba lujurioso intentando abrazar con su fuego cada rincón del lugar.

—¿Qué pasa Cayetana que aún está todo abierto? —preguntó Atenor—. Este aire nos va a cocinar en la siesta, cerrá esas ventanas que para la noche seremos huevos fritos.

Pero ella hacía caso omiso a estas advertencias y más que silenciosa, ofuscada, continuaba con los escobazos.

—Vamos, decime ¿qué sucede? —insistía Atenor.

—Sucede que hoy es viernes —contestó continuando con la labor.

—Sí, eso ya lo sé, pero ¿qué más, decime qué te pasa?

Atenor la conocía como a la palma de su mano y sabía que algo le pasaba cuando se empecinaba en limpiar la casa de ese modo. Algo le estorbaba en la mente y quería sacarlo como se saca el polvo con una escoba.

—¡Es que no sé qué historia contar! Llegan aquí esperando una gran historia y ya se me acabaron.

—Pues cuenta las historias que don Cayetano solía narrar.

—Son viejísimas, ya casi ni las recuerdo.

—Pues es hora que las cuentes, así no se te olvidan.

—¿A quién le puede interesar? —insistía obcecada la mujer.

Atenor no dijo nada, sabía que si insistía se negaría aún más. Se fue a cortar los gajos secos de la parra y comenzó a silbar. Un cuarto de hora después oyó cómo se cerraban puertas y ventanas.

Sonrió, la Cayetana ya tenía una historia para narrar.

***

Atardecía, los últimos rayos de sol se obstinaban en mantener tibio el ambiente y los visitantes comenzaron a llegar.

Don Aurelio y su nieto Lucindo fueron los primeros, luego Elías e Ismael. Doña Gimena acompañada de su sobrino Octavio; Eleonor y Jacinto; Melchor el jardinero de los Arriaga con su sombrero pajizo que solo se lo quitaba para dormir; las hijas de los Martínez y las de los Veloso que no se separaban jamás, y tantos otros más.

La brisa venía ahora del oriente y allí se acomodaron, del lado este de la casa, pues así se vería mejor si las nubes, ahora, remotos puntos oscuros en el horizonte, se transformaban en tormenta.

Atenor, saludaba a todos y los entretenía con su charla, mientras la Cayetana en el interior traqueteaba de un lado a otro dándole los últimos toques al menú.

Doña Gimena se ofreció para colaborar, pero Atenor la frenó:

—No se moleste, doña Gimena, si necesita ayuda la pedirá.

Bien sabía el hombre cómo andaban los ánimos ese día. Desde la mañana cuando cerró puertas y ventanas no la volvió a ver. Mejor dejarla hacer, que cuando llegara la hora de relatar todo cambiaría.

Media hora después apareció la Cayetana luciendo una gran sonrisa y con una enorme bandeja en sus manos, todos aplaudieron satisfechos, la función iba a comenzar.

La noche se hizo amena, las conversaciones rondaban entre lo que les depararía este 1960 que acababa de iniciar y los desenfrenos políticos y gremiales que se originaban en las grandes ciudades, las huelgas de los obreros de la carne y más que la posibilidad, el deseo de que Fangio vuelva a las carreras automovilísticas.

Los muchachos saboreaban los manjares y discutían con la boca llena, que no se podía comparar al «Toro salvaje de las pampas»con el «Mono Gatica».

Entre tanto se oía el bolero «Sabor a mí»y las mujeres debatían si el autor de este gran éxito era Carrillo o Los Panchos. Las jovencitas muy por lo bajo apreciaban la belleza de Elvis Presley, ya que sus madres consideraban que era un depravado que influenciaba negativamente en la conducta de los jóvenes, y los muchachos se burlaban de ellas, aunque muchos de ellos salían a trabajar al campo silbando bajito los temas de Elvis y ya se notaba que se estaban dejando crecer las patillas.

Se sentía en el aire los cambios que traería esta nueva década, todo se estaba revolucionando, el mundo comenzaba a hacer un giro de 180ºque ya nadie podría frenar.

A pesar de todo, aquí en Paso de los Pumas, las historias de la Cayetana continuaban teniendo el mismo valor para las distintas generaciones que confluían al lugar.

Las infusiones heladas y la picadita se extendieron hasta bien entrada la noche y cuando las cuatro bandejas que ésta fue trayendo brillaban por la ausencia de su contenido, Atenor preparó un vinito flojo y dulzón que distribuyó a los asistentes y desconectó la radio.

La Cayetana ocupó la poltrona que se reservaba para el narrador, todos se ubicaron lo más cómodamente posible dispuestos a escuchar.

Eleonor rompió el silencio:

—¿Qué historia nos vas a contar?

—Si sabemos de qué se trata pierde la gracia —dijo Elías—, mejor no digas nada Cayetana.

—Mejor hagan silencio los dos —dijo Atenor— porque si seguimos así, nunca nos vamos a enterar.

La Cayetana miraba el horizonte, pero nada de lo que allí existía estaba viendo. Cerró los ojos un momento haciendo memoria y comenzó:

La Sombra del Quebrachal

(Año 1923)

—Algo fiero fiero 'tá sucediendo, una sombra se adueñó del monte.

—No é cierto, puro escándalo de lo esbirro de la patronal pa'meterno miedo.

—¿Pa'qué? Si ya no tienen agarrao, resignao como vaca pa'l matadero, si ya no podemo hacé nada ma.

—Siempre hay algo que se puede hacé, ello lo saben muy bien.

—No lo creo Rojas, pa'qué meterno miedo con fantasma si é ma fácil con la policía, la gendarmería, la escopeta y los perro, o ¿ya no te acordái?

—¡¿Qué no me viá a acordá?! Pero de éso ya quedamo poco, vo, yo, el Mencho, Amador... Ahora que digo, hace mucho que no lo veo al Amador, ¿por dónde andará?

—Supe que anduvo por Calchaquí despué de la última revuelta, le habían achurao pero se salvó. Despué se dijo que 'taba acobachao por acá cerquita nomá, pero tampoco le pudieron agarrá. Todavía le siguen buscando al viejo.

El sendero se estrechaba y los matorrales agigantaban sus sombras en el embrujo del atardecer. Sombras mudas, en estado latente, presagiando una noche tan caliente como el día.

—Che, Jaime y ¿si é cierto eso de la sombra?

—No jodái con eso ahora que vamo pa'la diversión, yo no pienso en sombra, lo que necesito ahora é refrescá el garguero y sacarme el polvo.

—Tenéi razón, pensemo en el bailongo nomá.

Continuaron el trayecto silbando bajo, cada uno metido en sus pensamientos.

Poco diferían esos pensamientos, ambos buscaban el olvido, no había nada para disfrutar, ya no había diversión.

Si algo los había incentivado tiempo atrás, a pesar de la vida bruta que llevaban, si algo les había causado alegría, las revueltas se lo habían quitado. Lo poco que les quedaba, las revueltas lo habían terminado por destruir.

—¿De qué revueltas hablás? —preguntó Ismael.

—Silencio hombre, que así se pierde el hilo de la historia —dijo doña Gimena—, dejá que cuente y te vas a enterar.

Ya no tenían posibilidad de trabajar en algún aserradero o caerle en gracia a algún capataz para que los desvíe a alguna fábrica, ilusión de todo peón de monte que nunca se hizo realidad. No, solo les restaba morirse de hambre en los quebrachales o morirse juntando migajas para hacer carbón.

De cualquier modo poco importaba, lo habían perdido todo, mujer, familia, juventud, esperanza... Eso era lo peor, perder la esperanza, por eso iban al pueblo, necesitaban olvidar.

Rojas cortó el silbido con una risita.

—Che Jaime, ¿no dará el cuerpo pa'bailá?

—¡Qué sé yo Rojas! Mejó no guardamo la pierna pa'rajá, por si no encuentran lo cardenale.

—Dicen que 'tán aflojando con el despachurramiento.

—¿Y vo creí que a nosotro no van a perdoná? ¡Sí que so tonto Rojas! Aflojá, aflojaron con lo nuevo, pero a nosotro no, 'tamo bien fichao viejo. No podemo escapá.

La música se sentía cada vez más nítida, se estaban acercando al lugar.

—Che, Jaime ¿Te hai quedao algún vale?

—¿Que tai chiflao o qué? ¿Cuánto hace que no podemo trabajá?

—¿Yo qué sé? ¿tre año?

—¿Y creí que puedo tené algún vale?

—¡No te enojé Jaime, solo pregunté por preguntá!

Las últimas calles del pueblo terminaban en el monte, allí se quedaron agazapados observando el movimiento, mujeres con faldas harapientas se veían circular, hombres de todas las edades, los menos sonrientes, los más borrachos.

Lo normal.

La lacra del pueblo porque, una cosa eran los profesionales y administrativos, otra de menor categoría los obreros y por último los pulidores, los hacheros, los que ni derecho a un rancho digno tenían, ésos eran los que se emborrachaban para no recordar.

—¿Creí que valga la pena arriesgarno Jaime?

—¿Y qué tenemo que perdé? ¿La vida? ¿Pa'qué no sirve la vida si no podemo viví?

—¿Vamo?

—No, mejó esperamo un rato ma. Cuando todos estén bien adobao, ni se van a da cuenta quiene somo.

La música y el alcohol incentivaba a los trabajadores que pronto se pusieron a gallardear con zapateos, pasos de bailes para procurarse una compañera, aunque sea para esa noche, si no la conseguían de esa manera, pronto aparecerían los cuchillos.

Las sombras poco a poco cedieron paso a la oscuridad, la noche se estaba imponiendo. La pista de baile no era más que un círculo de tierra endurecida de tanto pisar, iluminada por dos o tres faroles. Pies descalzos, alpargatas rotosas, alguna bota rasgada por el uso aplastaban la miseria y el espanto que el alcohol no podía sepultar.

—¡Mirá Rojas! ¿no é ese el Carancho?

—¿Cuál, ése que 'tá hablando con los do tipo eso de sombrero?

—Sí, ése. ¡Sí Rojas, é el Carancho nomá!

—Si le chistamo, ¿no tirará una cañita?

—¡Capá! Rodeamo la pista y vemo.

Escondidos entre los matorrales fueron acercándose hasta tener al objetivo frente a ellos. Vieron los apretones de mano que Carancho daba a los hombres, mientras escondía algo en sus pantalones. Cuando éstos partieron chistaron:

—¡¡¡Chsst!!! ¡hey Carancho!

El hombre, que había escuchado el llamado, trataba de distinguir en la oscuridad.

—¡Hey, Carancho, acá! Somo el Rojas y yo el Jaime, ¿te acordái?

El hombre sonrió y se internó en la oscuridad.

—¡Cómo no me viá acordá! ¿Qué tái haciendo acá?, si lo encuentran lo van a destripá.

—Teníamo gana de una cañita, nomá.

—Pero ni el Jaime ni yo tenemo vale. ¿No podé convidá? Una pa'lo do nomá.

El Carancho desapareció por un rato y volvió con una botella.

—Vamo pa'l monte, vamo a hablá un poco, acá 'tán en peligro.

Se internaron un centenar de metros y se sentaron a beber.

—¿Y cómo sigue todo acá Carancho? ¿Iguá?

—Casi, la gente comenzó a organizarse otra vé, pero no sé cuánto vamo a aguantá. Allá en Guillermina 'tán poniendo el hombro fuerte, pero acá 'tá fulera la cosa, ni arma tenemo.

—Bueno Carancho, vo sí.

—¿Qué decí Jaime?

—Te vimo recién, ¡lindo regalito te dieron eso do! ¿eh?

El Carancho rió torvo, tomó a Jaime del cuello:

—Si lo volvé a repetí te voy a descogotá. ¿Entendiste?

Rojas presionó el brazo de Carancho defendiendo a su compañero:

—Soltá Carancho que el Jaime y yo 'tamo con vó, pero no podemo hacé nada. Ya sabé que 'tamo fichao.

El Carancho lo soltó, quedó pensando un rato y luego dijo:

—Pasame la caña Jaime que vamo a festejá, sí que pueden hacé algo.

—¿Qué?

—¿Qué?, dale Carancho decí que el Jaime y yo queremo ayudá.

—Pueden ir pasando la información, ¿a cuánto acobachao conocen? ¿Cuánto hace que 'tán merodeando por eto lugare? Nunca se terminaron de ir, ¿eh?

—¿Pa'qué si en cualquié lao iba sé iguá?, acá conocemo el monte por lo meno y todavía no no han pescao.

—Bueno pueden ir pasando la información, que el sindicato no no ha abandonao, que todavía 'tamo en pie, avisen a todo lo que 'tan fondeao que la lucha continúa, también a lo hachero que cada vé lo alejan má de nosotro pa'que no le podamo hablá, lleven la noticia a Villa Guillermina, que sepan que acá también 'tamo en pie de guerra, que le vamo a acompañá.

—¿A Villa Guillermina Carancho?

—Sí, ¿que no oí bien Rojas?

—Sí, pero é largo el camino, difícil encontrá a lo que no quieren dejarse vé y ademá...

—¿Ademá qué? Rojas, hablá.

—El Rojas lo dice por la sombra.

—¡Ah! —el Carancho sonrió— ¿qué se sabe d'eso 'nel monte?

—Solo lo que se sabe nomá. Que anda merodeando por lo alrededore de lo poblao, que se esconde n'el monte. Alguno dicen que é l'alma del quebracho, que no viene a castigá.

—Sí, é por eso que el Rojas 'tá cagao, yo no soy hachero, yo pulidor nomá, no maté a ningún quebracho, me lo traían finao ya. ¿Qué se sabe d'eso acá?

—Acá pinta distinto, se llevó a tre el mé pasao, lo encontraron día despué, eran tre indio viejo de la guardia de la patronal. Atao por el cogote lo dejó colgao y con un tiro en la rodilla, a toditos iguá. También se supo que en Intiyaco hallaron do despachurrao má, uno era capatá, el otro el hijo de un pescao grande de eso que se juntan con la patronal. Acá pinta justicia pa'l obrero.

—O tal vé, castigo pa'l indio. Vo lo dijiste Carancho, lo tre eran indio.

—Sí que so jodido Rojas, ahora me hacé dudá.

—Si fuera por el indio, ya hubiera matao má, ¿no dicen que vive 'nel monte? Allí vive y muere el indio, de seguro hubiera matao má.

—Tenéi razón Jaime, ete Rojas é un cagón y encima no sabe pensá. Bueno, ¿van a pasá la información o no?

—¡Y claro Carancho!, total ¿qué tenemo que perdé?

—Che Carancho, nosotro ayudamo, pero tenemo hambre ¿no te quedará alguna miguita de pan?

—No Rojas ¿qué me vái quedá? Pero vayan a lo del Tuco, ahí le van a dá. El Tuco conoce a un entitulao que no quiere ayudá, dicen que le pasa vale pa'la indiada, pa'llenarle la panza un poco má. Díganle que yo lo mando, que 'tán en una misión y de seguro le va a dá pa'un día o do.

—Bueno vamo entonce Rojas. Gracia Carancho no te jodemo má.

El Carancho los vio desaparecer en la oscuridad, se palpó la pierna, comprobó el peso del revólver y se sintió seguro. Si no lo usaba contra la patronal mejor, pero no iba a dudar. Y si esos dos tenían razón con respecto a la sombra, también para ella habría balas.

—¡Hombre bravo el Carancho ése! —acotó Lucindo.

—¡Silencio chico! —lo reprendió don Aurelio— dejá que continúe.

Una mano se apoyó en el hombro de Carancho:

—¿Qué hacé Carancho, que no vení a bailá?

—¡P'tá que so jodido Benítez!, tamaño susto me diste.

—¿Qué hacé acá mirando la oscuridá? ¿Tené gana de rajá?

El Carancho lo miró a los ojos, no confiaba en Benítez, le dio un empujón y se dirigió a la pista:

—¡Qué jodido que so! ¿No se puede meá tranquilo?

***

Tres días con sus noches caminaron Rojas y Jaime, sin hallar a nadie en el trayecto. La medianoche del cuarto día los halló en un hoyo que habían cavado para esconderse mejor y cubiertos con malezas.

Un disparo no muy lejos del lugar los despertó, al grito de dolor le sucedió un alarido desgarrador y una risa histérica.

Rojas abrió tan grande la boca que Jaime la cubrió con sus manos para que no gritara también. Estaban pegados por la escasa dimensión del pozo, se sentían temblar.

Por un momento todo fue silencio y luego comenzaron los sonidos otra vez.

Algo se arrastraba, se estaba acercando. Respiración agitada, pasos costosos, inseguros, alguien caminaba torpemente transportando algo pesado, era evidente por los sonidos, el esfuerzo que hacía.

Jaime la vio venir por el único lado que podía ver.

Una sombra.

También él ahora se tapó la boca, estaba a punto de aullar.

A no más de viente metros la vio acercarse... pasar. Rojas no, tenía los ojos cerrados, resignado esperando la estocada final.

Alguien se encorvaba sobre un bulto del que tiraba, tratando de llevarlo a otro sitio. Era una forma informe, oscura, siniestra. Cuando estaba en dirección al pozo, se detuvo, se irguió un tanto, giró su cabeza hacia allí.

Jaime se hizo encima. El corazón le latía con tal fuerza que parecía que iba a estallar. Le rogaba a todos los dioses del mundo que los hicieran invisibles porque estaba convencido que esa forma espeluznante escuchaba los latidos de su corazón.

Rojas intentó moverse pero Jaime lo presionó aún más contra el suelo.

Unos momentos después, la figura continuó con su labor y desapareció. No se oyó nada más.

—Da miedo esta historia Cayetana —dijo Patricia, una de las hermanas Veloso.

Doña Gimena le tomó la mano y la tranquilizó.

—Calmate muchacha, que eso pasó hace mucho tiempo.

—¿Pasó de verdad?

—Escuchá y ya nos vamos a enterar.

Jaime aflojó la presión que hacía contra el cuerpo de Rojas y éste abrió los ojos. Muy bajito preguntó:

—¿'Tamo vivo todavía?

—¡Shhh!

Así en silencio, escrutaron la noche, poco a poco dejaron de temblar y para los primeros indicios del amanecer el corazón de ambos palpitaba a ritmo regular. Comenzaron a moverse, sus cuerpos estaban entumecidos por estar en la misma posición tanto tiempo.

—¿Qué pasó Jaime?

—¡No te lo vai a creé!

—¿Qué?

—¡Era la mismita sombra nomá!

—¡No, no jodá conmigo que sabé que 'toy cagao!

—¡Si no jodo Rojas, ahora yo también 'toy asustao!

—¿Qué viste Jaime? Yo tenía l'ojo cerrao.

—Se me vino de aquél lao, un bulto arrastrando otro bulto, respiraba con dificultá. ¿La viste?

—¿No te dije que tenía l'ojo cerrao?, pero la oí, todo lo ruidito ecuché.

—Cuando 'tuvo frente acá, se paró y no miró. Me mié del susto Rojas. ¡No te riá tumbao!, que si no fuera porque te tapé la jeta ya seríamo finao.

—Tení razón Jaime, perdoná.

—¡Pero te seguí riendo iguá!

—No te enojé Jaime que 'toy tentao, ya se me va a pasá. Seguí, contá.

—Despué siguió con la tarea y tironeando el bulto se fue, desapareció, paré la oreja hasta que no oí nada má.

—¿Y qué vamo hacé ahora?

—Seguí, ¿qué má?

—¿Y si no pesca la sombra?

—Si hubiera querido no agarraba anoche nomá. 'Toy seguro que no vio. No le vi l'ojo, pero sé que no vio.

—Meno mal que yo lo tenía cerrao porque sinó tambié me hubiera meao del cagazo.

—Aflojá con eso porque te viá trompiá.

—¡Que te digo de verdá Jaime!

—Dale vamo a arrancá. ¿Tené la bolsa con la comida?

—La bolsa nomá, comida no hay má, solo un poco en la botella.

—Dámela, empinamo un traguito cada uno pa'tomá coraje y arrancamo.

Se pusieron de pie, estiraron y movieron un poco el cuerpo y comenzaron a andar. Venían subiendo de Tartagal, estaban seguros que por el trayecto recorrido ya habían dejado atrás a Intiyaco y Golondrina que se hallaban al oeste de la ruta fijada y se estaban acercando a Villa Ana.

Unos cuántos metros hacia adelante del pozo y empezaron a temblar otra vez:

—¡Mirá Rojas, sangre, gota de sangre!

—¿Gota Jaime?, ¡si é un chorriadero, mirá va marcando el camino!

Siguieron las huellas de la sangre que no dejaba dudas que lo que habían vivido la noche anterior no era fruto de la imaginación. Por una larga media hora siguieron las marcas hasta que se hallaron frente a un añoso quebracho y cuando lo rodearon se les aflojaron las rodillas:

—¡Por la virgencita de lo hachero, Jaime, se me revuelven la tripa!

—¡Callate! ¡rajemo de acá ante que se no caiga el cuerpo a nosotro también!

Salieron corriendo sin mirar atrás.

En el tronco del viejo quebracho hallaron atado a un hombre con la cabeza hacia abajo, tenía los ojos y la boca abierta de la que salía la sangre que venía bajando del vientre. El mismo estaba abierto por una estaca que aún seguía clavada allí y del que poco a poco salían sus vísceras.

Mucho trayecto hicieron en poco tiempo, dominados por el espanto. Muchas cosas terribles habían vivido, pero saber que eso se hizo con toda intención los horrorizaba. Solo pararon cuando las piernas ya no los podían sostener y el corazón estaba a punto de salírseles por la boca.

—Pará Rojas, pará que no doy má. ¿Quedó caña?

—Sí Jaime, tomá, dejame un poco a mí y lo otro te lo tomá si queré.

En cuclillas tras un árbol bebieron lo poco que quedaba y se fueron tranquilizando. Cuando respiraron regularmente continuaron caminando sin hablar.

El sol se acercaba al meridiano y aún no habían probado bocado.

—Tenemo que comé Jaime, no vamo a podé continuá.

—Busquemo alguna raíz, yo no pienso cazá.

—Yo tampoco Jaime, no creo que vuelva a cazá.

Casi al atardecer encontraron a un fugitivo, en primera instancia se miraron con desconfianza pero al cabo de unos minutos se dieron cuenta que estaban en la misma situación. Se sentaron a platicar.

—Pase el dato don Sixto, que 'tamo en pie de lucha otra vé, que en Tartagal se 'tán armando, que el sindicato no no hai abandonao.

—Pero, ¿cómo voy hacé si 'toy fondeao?

—Como nosotro don Sixto, pa'eso servimo lo fondeao, pa'andá por el monte avisando nomá.

—'Ta bien muchacho lo voy a intentá. Aunque mucho rumore corren por acá.

No comentaron nada de lo acaecido la noche anterior, no tenía sentido asustar al viejo, si la sombra lo quería atrapar, lo tomaría prevenido o no.

—A mí me hubiera gustado que me avisen —dijo Elías.

Nadie prestó atención al comentario.

Se marcharon con un trozo de pan que el viejo les dio.

Cuando la noche cayó tomaron un descanso y comieron.

—Che Jaime, ¿Volverá otra vé?

No había necesidad de preguntar a qué se refería Rojas, aunque no volvieron a tocar el tema rondó en sus cabezas todo el día.

—Yo qué sé.

—Me caigo de sueño Jaime, pero me da miedo dormí.

—No te preocupé que la cosa no é con nosotro.

—¿Cómo sabí?

—¿No te fijaste en el finao?

—¡¡No me hagái acordá!!

—Pero lo viste ¿o no?

—¡Sí, sí, lo vi!

—¿Y?

—¿Y qué? ¡'Taba despachurrao comiéndose su propia tripa!

—Pero, ¿viste que no era indio?

—¿Cómo podé sabé? Si tenía la jeta toda ensangrentáa, solo l'ojo se le notaban nomá.

—Pero la panza era bien blanca Rojas, no, ése no era indio ni pintao.

—Ahora que decí, é verdá, ¡tení razón! ¡qué sesera que tení Jaime!

Durmieron enterrados como la noche anterior, si bien estaban más tranquilos respecto de la sombra. Jaime no le dijo a Rojas que lo que le preocupaba ahora era la represalia que la patronal iba a tomar. Si ya estaban al tanto, no iban a dejar monte sin rastrear. Si esa sombra estaba ayudando al obraje, su ayuda dejaba mucho que desear.

Al amanecer continuaron su ruta, siempre subiendo, dos, tres, cuatro días o más, comiendo raíces, mendigando a los pocos que hallaron y pasando la información. Pan y agua, agua y pan. Mierda de vida.

—¡Mierda de vida, Rojas! ¿Cuándo se va a terminá?

—Caminá Jaime, no pensé, é lo mejó. No pensá, total todo é iguá. Siempre fue así la vida del monte y siempre así será.

—¡Mierda de vida iguá!

Un atardecer llegaron a Villa Ana, se agazaparon para observar. Más de una hora estuvieron en esa posición.

—¿Qué 'tamo haciendo Jaime?

—Reconociendo la zona.

—¿Pa'qué?

—Pa'sabé a donde ir Rojas.

—¡Qué sesera Jaime! ¿Dónde aprendiste eso del reconocimiento?

—De la policia nomá, vo no prestá atención por eso so tonto, de tonto nomá.

—¿Y qué viste Jaime?

—Que la ranchada no 'tá por acá. Tendremo que rodear el pueblo, quizá 'té del otro lao.

Esperaron la noche, poco a poco se apagaron las luces, el poblado dormía. Rodearon la zona hasta hallar la ranchada. Se acercaron sigilosos.

—¿A quién teníamo que buscá Jaime?

—Al Toribio Muñó.

— Muñozzzz, Jaime con essse al finá.

—'Tái aprendiendo Rojas, no so pavo despué de todo. Sí, é al Toribio Muñozzz.

Y lo hallaron en los primeros ranchos cerquita del monte, sentado en la oscuridad, observando, vigilando, fumando un cigarro. El humo los llevó al lugar. El hombre no se movió, pero cuando estaban lo suficientemente cerca, en tono bajo pero amenazador dijo:

—Un paso má y son finao.

Vieron brillar el metal de un arma. Se detuvieron en el acto.

—Somo el Rojas y yo el Jaime, venimo de parte del Carancho de Tartagal, 'tamo buscando al Toribio Muñozzz.

—Cállense y vengan pa'cá.

Se acercaron despacito sin dejar de mirar el arma que los apuntaba.

—¿Qué buscan acá?

—Que dice el Carancho de Tartagal que le diga al Toribio Muñozzz que el pueblo se está...

Pero el hombre no los dejó continuar.

—¡Vamo pa'dentro carajo! ¿Qué no se saben callá?

Ya en el interior del rancho, los hizo sentar, siempre con el arma en la mano.

—Vamo a chupá uno mate primero, acá el fogón 'tá prendido siempre pa'lo caminadore del monte.

Preparó el mate, sacó pan. «Otra vé pan —pensó Jaime— ¡qué vida de mierda!».

El hombre se acercó al fogón y destapó una olla y el aroma a guiso se expandió por el recinto. Jaime y Rojas inhalaron con fuerza, ¿hacía cuánto que no comían guiso? Tres, cuatro años, tal vez más. Les sirvió en un plato, y se los puso enfrente:

—Tengo un plato nomá. Coman.

Rojas y Jaime se abalanzaron sobre el mismo, no lo podían creer, después del susto este regalo. Después de tanto camino y susto esta comida no tenía par. Cuando terminaron agradecieron al hombre. Pero éste le volvió a llenar el plato:

—Son do, do plato van a comé.

Y vuelta otra vez a comer, ¡qué sabor, qué placer! El hombre los observaba mientras chupaba la bombilla, tenía el arma al lado de la pava. Cuando terminaron preguntó:

—¿Fondeao no cierto?

—Y sí. Bien fondeao lo do nomá. Lista negra del 20 el Rojas, del 19 yo, el Jaime —dijo extendiendo la mano.

El hombre le pegó un apretón.

—Toribio Muñoz. Ya me encontraron —le dio un mate—, ahora hablen que 'toy pa'ecuchá.

—El Jaime y yo no cruzamo con el Carancho allá en Tartagal.

—Pidió que ayudemo a pasá información. Que te busquemo y te dijéramo que allá se 'tán armando pa'colaborá.

—Tenemo que subí a Guillermina, también pa'avisá. ¿No cierto Jaime?

—Sí, y mientra marchamo merodeamo el monte pa'hallá fondeao y a lo hachero porque no se pueden comunicá.

—Sí, el Jaime dice la verdá. Allá en Tartagal no lo dejan juntá con lo obrero pa'que no se aviven ellos también.

—É lo mismito acá. Si no ven mezclao, ahí nomá viene la policía y te caga a cachiporrazo y al calabozo vamo a pará.

Quedaron en silencio, tomando mate y pensando.

Rojas cabeceaba y Jaime cambiaba constantemente de posición para mantenerse despierto. Estaban exhaustos ni los mates lo despertaban.

Cuando la última gota de agua cayó, Toribio dio una ruidosa chupada y los acomodó para que duerman.

—Pasan la noche acá. Pero cuando mañana se despeja el pueblo, la gente se va pa'l jornal, ustede desaparecen. Bastante revoltijo ya hay acá, pa'que me lo encuentren 'nel rancho.

—Parece don Toribio que acá la cosa anda pior que en Tartagal.

—¿Y cómo no Jaime? Hace día que 'tán buscando al hijo de un francé que vino a paseá acá. Se perdió 'nel monte el desgraciao y ahora creen que lo hemo matao.

Rojas y Jaime se miraron y comenzaron a temblar. No pasó desapercibido para Muñoz.

—¡Hablen! ¿Ustede que saben de eso? ¡Desembuchen carajo!

—Que vivito no lo van a encontrá má don Toribio. Contale vo Jaime que viste má.

Jaime relató lo visto y acontecido en el monte, Toribio escuchaba atento.

—Y eso é todo don Toribio. No me lo haga repetí que no quiero perdé el guisito que no dió y ya se me tan revolviendo la tripa otra vé.

—Esto é fulero de verdá. Mejó duerman una horita nomá. Yo le viá despertá y ante que amanezca se me van. Anoche, otra vé la guardia salió pa'l selvadío, de seguro lo van a encontrá. Mejor que rajen nomá. En Guillermina busquen al Manchao, le dicen que yo les mando y le cuentan todito, todito lo que contaron acá. Y si vuelven a bajá me saludan al Carancho y le dicen que ya 'tamo preparao.

Un par de horas después tras un fuerte apretón de mano de Toribio, se internaron en el monte otra vez.

—¡Buen tipo el Toribio ése!

—¡Y cómo no Jaime! No ha dao guiso y encima no regaló pan. ¡Lástima que no tenía una cañita pa'celebrá!

—¡P'ta que so pretencioso Rojas, callate y caminá!

***

Cuando llegaron a las cercanías de Villa Guillermina, días después, era mediodía, se acomodaron entre los matorrales más tupidos a esperar la noche. Dos veces en la tarde oyeron pasar la patrulla policial a toda carrera, en distintas direcciones.

—Al final ese Rojas tenía razón —dijo Elías riendo— ahora les hubiera venido bien la cañita mientras pasaban la tarde.

—Callate tonto —dijo Patricia—, dejá escuchar.

—¡Qué lo parió Rojas! ¡Va a etá jodido podé entrá!

—Difícil tarea no ha encargao el Carancho, pero no importa, la vamo hacé iguá, total vo sabé eso del reconocimiento Jaime.

—¿Y te creí que con eso va a alcanzá? ¡'Tái cada día má chiflao! Eto 'tá lleno de milico carajo, ¿cómo vamo entrá?

—¡Pero si se 'tán yendo, de a poco se van! Pa'mí que pa'la noche no queda nadie acá.

—Tal vé no 'téi tan errao al finá. Esperamo y vemo.

Tiempo hacía que la tarde se había transformado en noche cuando decidieron entrar. Todo estaba tranquilo, la luna brillaba en su mayor redondez y permitía ver claramente la zona de ranchada. Allá se dirigieron buscando a Manchado. Varias puertas golpearon pero nadie abría.

Más de diez tocaron hasta que por fin de una de ellas, salió una mujer con dos críos agarrados de las faldas. Preguntó:

—¿Y ahora qué má quieren acá?

Se quedó perpleja cuando los vio, se le notaba el miedo en los ojos.

—¿Quiéne son ustede, qué quieren acá?

—No se asuste, solo venimo de lejo, buscando al Manchao. No le podemo hallá.

—'Tá 'nel calabozo, junto con lo demá.

—¿Con lo demá?

Uno de los niños comenzó a llorar. La mujer lo alzó trantando de tranquilizarlo pero no pudo.

—Mejó entren, que no se me arme lío por lo ruido ahora. Solo un ratito y se me van.

—Yo soy el Jaime y éste el Rojas. Venimo de Tartagal, 'tamo buscando al Manchao.

—¿Qué pasó que 'tán 'nel calabozo? —preguntó Rojas.

—A todo le metieron tempranito nomá. A mi compañero también. Dicen que despachurraron a cuatro de la patronal. Rastrillaron la ranchada y metieron a todo lo que tenían arma al calabozo.

—¿Y acá todo tienen arma?