Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Lo único que él pretendía con aquel viaje improvisado, que incluía una parada en Sun City, Kansas, su pueblo natal, era desconectar y disfrutar de sus vacaciones. Lo que nunca imaginó era que regresar a sus orígenes le devolvería muchas cosas, entre ellas un breve reflejo del pasado, unas copas en un granero y una verdad que se escondía bajo muchas capas de piel. "Cuando algo se rompe definitivamente solo nos queda creer. Y creer en ella era fácil, sencillo, único". La verdadera cuestión era llegar a creer en él mismo. Diez años, una amistad, una luz compartida en los días grises. Son dos corazones a destiempo… ¿Podrán nuestros protagonistas cruzar la delgada línea que separa la amistad del amor o preferirán hacer oídos sordos a sus sentimientos?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 621
Veröffentlichungsjahr: 2020
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Primera edición: octubre de 2020
Copyright © 2020 Inmaculada Cerezo Cobos
© de esta edición: 2020, ediciones Pàmies, S. L.C/ Mesena, 1828033 [email protected]: 978-84-18491-20-7BIC: FRDDiseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®Fotografía de cubierta: Jacob Lund/ShutterstockIlustraciones del interior: iStock.com/Tanya Zielke
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
Siembra
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Germina
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Crece
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Florece
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Marchita
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Rebrota
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Epílogo
Agradecimientos
Contenido extra
A tu corazón…
Cada vez que cerraba los ojos, pensaba en todas las cosas que el tiempo se había llevado con el viento de los años y en lo poco que lo había valorado cuando aún podía. Como esa canción que sonaba de fondo a la que nunca le había prestado atención, y que, cuando de pronto cesó, me dejó con un vacío difícil de reparar.
De nada servía llorar al pasado, porque apenas me quedaba hilo en el sedal para tirar la caña de nuevo y lograr algo útil que me hiciese revivir.
Sin embargo, no quería renunciar.
Mientras contemplaba las estrellas, me di cuenta de que las lágrimas no me dejaban disfrutar del cielo salpicado de su espectáculo de brillo y oscuridad.
Fue entonces cuando lo comprendí.
Me lamentaba por lo que había perdido tiempo antes y, a su vez, había abandonado todo lo que más amaba.
Y en la soledad de aquella noche fría, a millas de distancia, cuanto más oscuro permanecía todo a mi alrededor, más claridad brillaba en mi interior.
«Rebrota…».
ThomasSun City, Kansas
Dejaba atrás varios días en la carretera con la única compañía del paisaje y la música. Lo cierto era que el destino se empeñaba en manipular mis emociones hasta arrugarlas igual que una hoja de papel inservible estrujada en un puño; llevaba tanto tiempo enfadado con él que ni siquiera me había permitido salir de aquella burbuja de autocompasión. Por suerte, había decidido abandonar todo eso. Ya me había cansado de dramas innecesarios.
De camino al rancho, me había cruzado con unos amigos de la infancia que venían de pescar; una cosa nos había llevado a otra y seis cervezas después más unos chupitos, ya de noche, me encontraba parado en el porche trasero de la casa que me había visto crecer, mientras contemplaba un espectáculo singular.
¿Qué demonios ocurría allí? «Felicidades a los recién casados», leí en un enorme cartel con purpurina dorada. ¿Quién se había casado? Y ¿por qué yo no me había enterado de nada?
—¿Thomas? ¡Madre mía! ¿Qué te ha pasado? Estás que das asco. —La voz de Leah, mi hermana pequeña, me sacó de aquel ensimismamiento momentáneo fruto del impacto, mejor que decir como consecuencia de la chispa provocada por las cervezas y chupitos que me había bebido antes de regresar a mi antiguo hogar.
—Hola, enana. —Arrastré las sílabas como si me costase hablar. Carraspeé para continuar—. Pues tú también das bastante pena. No te creas eso de que la maternidad te ha hecho un gran favor y se te ve mejor, porque no pienso mentir.
Sonreí orgulloso por haber sido capaz de soltar una frase hiriente de carrerilla para ofenderla, y entonces recibí un golpe nada cariñoso de ella en la cabeza que me arrancó una carcajada.
Pocos meses antes había sido madre de los gemelos Justin y Mike, después de postergarlo bastante por el trabajo de su marido, Nathan, que era músico profesional, roquero, para ser más exactos. Entre giras y conciertos, a los que ella siempre los acompañaba, no habían decidido aumentar la familia; así que resultó toda una sorpresa para nosotros enterarnos del embarazo. Y dicho y cumplido: gemelos. No hacía demasiado que Leah y yo nos habíamos visto, ya que coincidíamos bastante en Los Ángeles, donde ellos residían a temporadas. Pero eso nunca era impedimento para que me metiese con ella. En realidad, era una de mis cosas favoritas en la vida.
—¿Por qué no me has avisado de que venías? ¡Ah, lo olvidaba! Que continúas siendo medio idiota y nunca me informas —susurró en mi cuello a la vez que me daba uno de sus abrazos, de esos tiernos que regalaba desde que era madre y creía que debía repartir amor en grandes dosis porque «le sobraba».
—¿Puedes aflojar? Me estás ahogando.
—No tendremos esa suerte… Por cierto, apestas a cerveza, y a mamá no le va a gustar nada.
—¿Cuándo has venido? Te hacía en Los Ángeles —solté, y la ignoré por completo a sabiendas de que le repateaba. Intensificó el abrazo.
—Te lo dije, pero eres un caso perdido. Nunca me escuchas cuando te hablo.
—Una cosa… —Tosí. Me apretó un poco más—. Leah, suéltame… ¿De quién es la boda?
—¡Ups! —Me soltó con una risa sospechosa y tomó aire, gesto que me hizo fruncir el ceño algo extrañado—. Sí, definitivamente deberías haber avisado de que venías.
—¿Y se puede saber por qué coj…?
—¡Thomas Kline! —me regañó.
—¿Por qué diablos debo avisar si regreso a mi casa? —rectifiqué a la vez que miraba a mi alrededor por si alguno de mis sobrinos, los hijos de nuestro hermano mayor, Max, pululaba por allí cerca y me había oído.
—Porque así no te habrías encontrado con la fiesta sorpresa que le han preparado a… —inspiró con fuerza y mis pelotas se contrajeron en un acto reflejo, no sabría decir si de miedo o de anticipación— Oneida y a su marido por su reciente boda.
En aquel incómodo silencio que se instaló momentáneamente tragué saliva, y de pronto me di cuenta de que todas las cervezas que había ingerido estaban presionando por salir. Fue una pausa dramática, más dramática de lo que debió ser. ¿Por qué se celebraba la boda de ella en nuestra casa? ¿Qué me había perdido? ¿Me importaba? No.
Suspiré y centré toda mi atención en Leah, que me contemplaba expectante.
—Voy a mear —solté antes de entrar de nuevo en casa.
—¿No te apuntas al banquete? —comentó muerta de risa mientras me perseguía por el salón de la casa de mis padres igual que cuando éramos niños.
El olor a toda una vida me dio la bienvenida; a la leña ardiendo en la chimenea de los duros inviernos, a asados y a pasteles de boniato alrededor de la mesa, al tabaco del abuelo que solía preparar sentado en su sillón antes de salir a fumárselo en el porche, al perfume ligero a jazmín de mi madre que bañaba las mañanas… Me sacudí para desembarazarme de los recuerdos como si pesasen demasiado y miré a mi hermana, que se había plantado frente a mí con cara de estar aburrida de muerte.
—Leah, ¿por qué no me has enviado un mensaje para avisarme? Me habría ahorrado este circo. —Señalé las luces de colores de aquella fiesta a la que no tenía la menor intención de ir.
—Dijiste que andabas por algún condado cercano a casa, no que ibas a pasarte por aquí… —Me guiñó un ojo—. Ahora deberías venir a saludar a la familia. Me he cruzado contigo aquí por accidente, y ya sabes que no sé mentir.
—Regresa a la fiesta y olvida que me has visto hasta mañana. ¿Crees que podrás doblegar tu código ético por unas horas y cubrirme?
—Rigrisi i li fisti… Te patearé el culo y haré puré con tu hígado. Eso es lo a lo que me voy a dedicar, imbécil. —Salió después de dar un fuerte golpe con la puerta mosquitera, muy a su estilo, lo que me hizo reír.
Ciertas cosas nunca cambiaban. Sacar de quicio a mi hermana con éxito era una de ellas. Con Leah mantenía una conexión muy fuerte: puede que el haber sido su sombra durante toda la infancia y la juventud me ofrecía la oportunidad de hablar con total sinceridad si me apetecía, como en esa ocasión. Tan solo nos llevábamos dos años, pero la enana había resultado ser peor que un grano en el culo, y continuaba siéndolo.
Sonreí y encendí la luz del pasillo para no darme con algún marco o pared traicioneros; quizá sí que me encontrase más tocado de lo que creía.
¿Así que la veterinaria al fin había sentado la cabeza? ¿Quién sería el afortunado? No dejaba de darle vueltas al asunto desde que me había enterado. Algo curioso, si tenía en cuenta que yo también me había casado —suspiré— y divorciado. ¿Por qué no podría sucederle a ella?
«Porque no cree en ataduras convencionales, y sí en un alma que pueda capturar su corazón…». Me rechinaron los dientes al recordar esa conversación amarga mantenida con ella hacía ya muchos años, cuando éramos más jóvenes, y yo más gilipollas también. Pues parecía que al fin Oneida ya había encontrado a esa alma.
Accioné la cadena del baño con el peso del cansancio sobre mis hombros. ¿Por qué me había parecido buena idea aceptar tomarme unas cervezas con los del pueblo? Ahora entendía por qué habían insistido: los muy cretinos, con toda probabilidad, sabían lo que me iba a encontrar cuando aterrizara en el rancho. Qué capullos, años después y aún me tocaban las pelotas con el tema.
Había sido vox populi el rechazo flagrante de Oneida a mi proposición de matrimonio el día del bautizo de Sunshine, la hija mediana de Max y Amanda, hacía ya la friolera de diez años. Lo peor no fue ese «no» que estuve reproduciendo en mis peores pesadillas durante algunos meses. Lo más jodido fue el vídeo viral que corrió como la pólvora en YouTube con el momento exacto y mi cara de imbécil. A uno de los invitados le pareció buena idea subirlo a la red como broma, y debido a que mi nombre comenzaba a sonar como «una de las futuras promesas de la nba», la cosa no pudo resultar más jugosa.
La estupidez de la pedida de mano en público, algo borracho, se cobró una suspensión de dos semanas hasta que las aguas se calmasen, retirado de toda actividad deportiva y del equipo. Una medida para no dañar más su imagen, y, por supuesto, mi integridad, que se encontraba junto a mi orgullo y mi corazón roto: en la basura.
Por suerte, todo aquello ya se había convertido en agua pasada.
Suspiré bastante cansado.
Me lavé las manos y la cara para intentar despejarme. Entrecerré los ojos, ya que la luz del espejo incidió sobre ellos, dejándome cegado por un instante. Sí, definitivamente me había pasado con las cervezas y los chupitos. Aquel road trip improvisado no había resultado como esperaba, así que lo mejor que podía hacer en aquellos momentos era desaparecer sin levantar sospechas y dormir la mona.
Cogí mi mochila del coche y me dirigí al único sitio en el que nadie me iba a molestar a aquellas horas, por lo menos hasta el día siguiente. Caminé en el silencio de la noche y abrí la puerta del viejo granero, que gruñó parecido a mi perro si lo fastidiabas a la hora de la siesta; una sonrisa asomó en mi cara cuando me llegó el olor a heno y al aceite de motor del tractor. Joder, cómo había echado de menos aquella bazofia.
Un montón de recuerdos me invadieron, y estuve a punto de soltar una lágrima traicionera. Nuestro escondite favorito de casa, el mismo donde los tres hermanos nos habíamos refugiado montones de veces. Max, el mayor de nosotros, no había tocado absolutamente nada de la buhardilla del granero; él, más que ninguno, respetaba aquella pequeña fortificación que construimos de críos.
Nuestro santuario.
Noté una leve presión en el pecho al rememorar la última vez que los tres nos sentamos en el destartalado sofá y compartimos una «tarde Kline» con música del viejo tocadiscos y whisky: el día que murió nuestro padre. Había pasado tanto tiempo…
Perdido en aquel recuerdo, me sequé las mejillas rápido, como si alguien pudiese ver que había sido incapaz de reprimir la emoción.
Definitivamente, no debería haber bebido antes de volver.
Tomé aire con fuerza y cerré la puerta. La horrorosa música del exterior quedó ensordecida al fin y fue entonces cuando me percaté de que había una luz encendida. Cabeceé al pensar que alguno de los críos la habría dejado olvidada.
Arrastré los pies, agotado por las horas al volante, con una única idea en mente: colocar un disco y tumbarme en el sofá. Antes de que pudiese seguir andando, escuché los acordes de una canción y permanecí totalmente inmóvil. Se trataba de un tema que había escuchado antes, pero no de nuestra colección de vinilos. «¿Quién narices…?». La curiosidad me hizo moverme algo más rápido, y casi tropecé con el primer escalón de la escalera de madera que subía al desván.
A la altura de mis ojos, justo al asomar la cabeza sin llegar a poner un pie en la tarima, vi un delicioso trasero moviéndose al son de la música y me hipnotizó. Su balanceo me recordó que la mujer menuda a la que pertenecía semejante monumento de cuerpo se ganaba la vida en un club de striptease tiempo atrás. Tenía muy presente, como si fuese ayer, la noche que me lo contó. Sucedió una noche de Navidad en la que todo el mundo ya se había acostado y los únicos que continuábamos despiertos éramos nosotros. Como siempre solía ocurrir.
Cuando su voz dulce entonó el estribillo y me devolvió allí al instante, tuve que agarrarme con fuerza a la escalera:
—«I needed to try, needed to fall… I needed your love, I’m burning away, I need never get old». —Esa voz era inconfundible.
Lo cierto fue que me sorprendió descubrir que Jess, la hermana mayor de mi cuñada Amanda, se encontraba en nuestro escondite. ¿Qué hacía allí?
—¿Jess?
—¡Jesús! —Se giró de golpe con la mano en el pecho por la impresión.
—Soy yo, Thom —dije divertido. Ella siempre conseguía que me riera—. Aunque en realidad nunca me llames por mi nombre, «Jesús» como que no me pega.
De un salto acabé de subir, solté la mochila y me acerqué a darle dos besos y un abrazo.
—Qué susto me has pegado. —Sonrió al corresponderme al saludo—. Ya sabes que tú en especial das para muchos motes.
—Siempre tan graciosa… Oye, ¿has estado a dieta? No he reconocido tu culo, o ¿puede que fuese la perspectiva? —bromeé, y me dejé caer en el sofá.
—Tengo uno de los mejores traseros del estado; otra cosa es que tu gusto atrofiado con preferencia por las rubias teñidas y operadísimas no te permita apreciarlo. —Se tiró a mi lado y me incliné hacia ella vencido por el peso.
—No empieces… —advertí. Sabía que se refería a Cindy, mi exmujer.
—¿Qué? Eres tú el que ha venido a perturbar mi tranquilidad, así que te aguantas. —Se apoyó en mi hombro de forma cariñosa y suspiró—. ¿Cómo lo llevas?
—¿Qué en concreto? ¿El divorcio? ¿Mi retirada obligatoria? ¿La sorpresa por la boda de la que me acabo de enterar? —Reí.
—Lo tuyo es peor que lo mío. —Me apretó la pierna con afecto—. ¿Quieres un trago?
Se agachó y cogió una botella de champán barato del suelo que estaba a medias para ofrecérmela.
—¿Eso es lo mejor que has encontrado en esta casa para beber? —Resoplé—. Aficionada…
—Es lo único que he podido robar antes de escapar. —Soltó una carcajada y me contagió. Acabamos los dos muertos de risa, en mi caso sin saber muy bien por qué. Lo cierto era que yo no contaba con muchos motivos para reír esa noche.
—¿Qué escuchas? No me suena que pertenezca a nuestra colección… Lo que me lleva a otra cuestión: ¿qué haces aquí?
—I Need Never Get Old, de Nathaniel Rateliff. —Señaló la funda del disco, que, con toda probabilidad, había traído ella.
Bebió un trago largo directamente de la botella y se estremeció. La observé con atención, o, por lo menos, con la que mi perjudicada cabeza me dejaba, y me percaté de las marcadas ojeras bajo sus ojos.
—No me has respondido, Jess. ¿Por qué no estás en la fiesta?
—No sé —se encogió de hombros—, supongo que para no fingir que estoy bien delante de un montón de gente.
Suspiré pensativo y la abracé. La había echado muchísimo de menos. El olor de su cabello me acarició, y sonreí cuando me di cuenta de que se trataba del mismo que el de sus hermanas y el de los hijos de Max y Amanda: olor a manzana fresca. Al parecer, toda la familia usaba el mismo champú…
¿Por qué se escondía aquí de la fiesta? A ella le encantaban.
Cabeceé antes de cambiar de tema.
—¿Por qué has traído esa basura de música a mi templo? —Le cogí la botella y bebí hasta que noté el líquido burbujeante a temperatura ambiente.
«¡Está caliente! Qué asco».
Ella comenzó a reírse cuando escupí parte del contenido en un cubo, y me alegré de que ocurriera: me encantaba el sonido de su risa.
Los dos manteníamos una amistad singular desde hacía años; nos encantaba tomarnos el pelo, pero, sobre todo, nos encantaba pasarlo bien juntos. Todavía no podía entender cómo pudo salir con ese desgraciado… Solo de pensar en él se me revolvía el estómago. ¿Seguiría mal por eso? El capullo de su ex la había abandonado tiempo atrás, en cuanto descubrió que ella no podía ser madre. ¿Sería ese el motivo por el que estaba allí? Dudé unos instantes. Todavía me corroía por dentro la imagen de ella destrozada cuando sucedió todo. ¡Joder! La había descuidado mucho estos meses. Solté un largo suspiro. Arrojé la botella al cubo con rabia y me levanté.
—¡Eh! No la tires, todavía no voy borracha —desaprobó en broma.
—Te voy a enseñar un par de cosas esta noche, Pitufina.
Separé el mueble de la pared donde guardábamos algunos libros, juegos y el viejo tocadiscos. La aguja saltó con mi maniobra y la canción comenzó de nuevo. Rebusqué a tientas hasta dar con mi objetivo en nuestro escondite.
—Voilà. —Le mostré con una reverencia que casi me hizo caer de morros al suelo una botella de whisky—. Ahora te voy a explicar cómo nos divertíamos los chicos y yo después de un buen partido.
—¿Los echas de menos? —preguntó, seria de nuevo.
—Hoy no quiero hablar sobre eso. —Cogí dos vasos y les pasé un trapo por si tenían polvo. Después regresé junto a ella al maltrecho sofá. Me negaba a sacar ese tema en aquel momento. Tal cual se encontraba ella, lo que menos necesitaba era que yo me abriese en canal y le mostrase lo jodido que me encontraba con todo eso.
—¿Y de qué quieres hablar?
—Vamos a emborracharnos.
—Me parece un buen plan. ¿Y después?
—Te permito que llores en mi hombro un rato si quieres —bromeé en voz baja cerca de su oído, y le ofrecí la bebida.
—Brindo por ello, aunque ya sabes que yo soy poco de llorar —dijo a la vez que alzaba el vaso y después se bebía el contenido de una sentada—. ¡Guau! Este brebaje es de los buenos. Seguro que el chico duro lo tiene guardado como un tesoro.
—¿No crees que es hora de dejar de llamar a Max así?
Jess tenía la extraña costumbre de poner apodos a todos sus allegados. Nos rebautizaba, y, por norma general, solía llamarnos siempre por el apodo que nos había puesto. A Max, mi hermano mayor, lo apodó «chico duro», y con eso se quedó. A su hermana Amanda, la mujer de mi hermano Max, la denominaba «Sunshine», de forma cariñosa. A mí solía apodarme «maestro», porque me gradué en Magisterio Elemental, aunque jamás ejerciera como tal. También me llamaba «chico de ciudad», aunque eso ya era una broma entre Leah y Max, porque, según mis hermanos yo era «un tipo fino que odiaba venir al rancho», pero nada más lejos de la realidad.
La miré mientras saboreaba el licor, pensativa, y al fin habló.
—Max todavía está de buen ver. Las mujeres del pueblo babean cuando va con los niños —asintió con vehemencia cuando contempló mi cara de asombro—. Te lo juro, lo he vivido en persona.
—Eso es porque no ando yo por aquí —afirmé.
—De los tres hermanos tú eres el menos agraciado; siento abrirte los ojos, pero a tu edad ya es hora de que alguien lo diga, chico de ciudad.
—Ya tengo bastante con Leah y Max. ¿Tú también te vas a poner en plan hermana tocapelotas?
—Dios me libre, ya cuento con las mías para eso —confesó mientras se servía otro vaso—. ¿Entonces tu plan de regresar al dulce hogar se debe a…?
—Un viaje por carretera. Me venía de paso.
—¿Iniciático? —Cogió mi vaso vacío y lo rellenó sin dejar de prestarme atención.
—Por carretera —repetí, y soltó una carcajada.
—Eres idiota.
—Eso también me lo han dicho muchas veces.
—¿Has venido en coche desde Los Ángeles sin descansar?
—¿Te crees que estoy tan loco? —Ella asintió de nuevo, muy segura, y me hizo reír—. No, he parado varias veces. Llevo unos días en la carretera, ya sabes: el coche, la música y yo.
—A ver, cuéntame de qué va ese viaje. —Inspiró, y me apoyé en el respaldo del destartalado sofá para acomodarme.
—Había pensado realizar una ruta por carretera que planeamos con Kyle y Óscar.
—¿Kyle tiene tiempo libre para eso?
—No, por eso he decidido empezarla solo, y si él puede, se añadirá más adelante. Son mis ansiadas vacaciones.
Kyle era entrenador personal y el mejor amigo de Nathan, mi cuñado. Lo había conocido cuando comencé a jugar en Los Ángeles y nos habíamos convertido en muy buenos amigos. Óscar también solía entrenar en el mismo gimnasio que nosotros. En mis largas horas de rehabilitación los tres afianzamos una amistad que en la actualidad aún duraba. Tanto, que planeábamos un viaje juntos. Ese verano iba a ser el momento, pero ninguno de los dos podía. Yo tenía tiempo libre y lo necesitaba.
—¿Y Óscar? —Negué con la cabeza—. Entonces, ¿vas a viajar solo por Estados Unidos en coche para reencontrarte contigo mismo?
—Algo así. —Me encogí de hombros—. Lo cierto es que ha sido todo improvisado. Óscar se ha trasladado a vivir a Europa por trabajo, lo cual me dejaba solo. Al principio contemplé otra alternativa, pero primero me decidí por pasar a saludar a la familia y darles una sorpresa. Y, ya ves, ellos me han sorprendido a mí.
—Menuda sorpresa de mierda… —masculló.
Me descolocó con su respuesta. Jess no solía actuar así.
—Esta música es todavía peor que la de esa celebración. ¿Quién es el dj? ¿Mi abuelo? —bromeé con ella, y me taladró con la mirada.
—Resulta que desde que no hablamos muchas cosas han cambiado, maestro. Si hubieses contestado a alguna de mis llamadas o mensajes, lo sabrías.
—Jess… —advertí, porque se estaba poniendo intensa.
—¿Qué?
Cabeceé y me bebí el whisky de un trago. El sabor a amargo a madera de roble recorrió mi garganta y dejó su tenue rastro dulce al final. Cómo me gustaba.
—Voy a cambiar ese disco, que es un asco, y me cuentas por qué estás tan molesta. —Le señalé los vasos para que los rellenara.
—Solo si tú también me explicas por qué te has lanzado a la carretera solo y sin un destino en concreto. No me creo nada eso del viaje iniciático, no te pega. —Suspiró y me miró con tal agotamiento que se me encogieron las pelotas—. No sabes con quién se ha casado Oneida, ¿verdad? Deberías hablar algo más con tu familia. Llevas bastante tiempo desaparecido. —Jugó con el líquido de la botella antes de servirlo.
—Lo siento —me disculpé. No sabía qué más decir.
En realidad no había estado para ninguno de ellos porque había pasado una racha tan mala que no me apetecía contagiarles mi estado de ánimo lúgubre. Por eso me había mantenido distante. No se trataba de mi reciente divorcio ni del declive en mi carrera deportiva. En realidad, me sentía perdido, a mi edad, y todavía no había encontrado un maldito lugar en el mundo donde encajar. Esa sensación llevaba agobiándome durante tanto tiempo que necesitaba desconectar. Sí, cualquiera que descubriese lo que me sucedía pensaría que era un esnob egoísta con preocupaciones insustanciales. Como socio mayoritario de varias empresas mantenía un buen estado económico, más que bueno, se podría decir; gozaba de buena salud, de bienestar… Sin embargo, cada mañana, cuando me despertaba y observaba el reflejo que me devolvía el espejo, solo veía a un tipo perdido y bastante infeliz.
—¿Por qué, si no, se celebraría aquí una boda que no estuviese relacionada con alguien del rancho? —dijo al fin tras un largo silencio que me sacó de mi ensimismamiento.
La observé con detenimiento. Oneida, la veterinaria, era una de sus mejores amigas. Debería estar en la celebración de su boda, Jess adoraba las fiestas… Cuando la realidad de sus palabras me calaron, noté cómo la bilis trepaba por mi esófago.
«Mierda, ¿con él? ¿No había más tíos en el mundo?». Con razón mi hermana había actuado así antes. La enana sabía que yo no odiaba a nadie en especial, no solía ser un tipo de granjearme enemigos ni enemistades. Nunca repudié a ninguna persona, excepto al hijo de puta más grande de todo el estado de Kansas: Norman, el capataz del rancho y exnovio de Jess. El nuevo marido de Oneida.
Rebusqué nervioso entre los viejos vinilos hasta dar con el que quería. Me temblaban las manos, por lo que tardé bastante en colocarlo sin cargarme la aguja. Lo puse y dejé que la letra de la canción me envolviera. Mi mente iba a mil por hora mientras buscaba algo que añadir, lo que fuese…
—Te propongo algo. —Abrió los ojos sorprendida, y juraría que se puso colorada, ella que jamás se cortaba con nada ni con nadie. Deseché la idea al instante, seguro de que comenzaba a estar pedo—. Nada de sexo, que eso complica las cosas.
Escupió el whisky muerta de risa.
—The biding of time getting stuck in my mind is a boat to roll… —canturreé, y le tendí la mano. Ella la estrechó a la vez que se levantaba del viejo sofá—. La música amansa a las fieras, calma el alma y disminuye el ruido ensordecedor de la mente —le dije con una sonrisa.
Asintió y me cogió por la trabilla del pantalón para danzar conmigo.
—¿Bailar borrachos? No sería la primera vez que lo hacemos. —Me guiñó un ojo, cómplice—. Eres muy raro, lo sabes, ¿no? —Yo asentí—. Bien, cuéntame en qué consiste esa proposición. Me muero de curiosidad…
Me desperté al escuchar el canto de un gallo. Alguien se removió sobre mi pecho, y me incorporé de golpe, sobresaltado. Jess cayó al suelo de culo y gritó:
—¡Despacio, idiota! —Se sujetó la cabeza con fuerza y sonreí: yo no andaba mucho mejor que ella.
—Nos hemos quedado dormidos. Fuera ya hay movimiento… ¿Sabes lo que significa?
—¿Que no pienso moverme de aquí hasta que sea persona? —murmuró, y se tumbó de nuevo a mi lado—. Aparta, no me dejas sitio.
—Mi hermano abrirá las puertas del granero en tres, dos, uno…
Como si lo hubiese invocado, un ruido ensordecedor sacudió el lugar y una luz cegadora nos hizo gemir a ambos.
—¡Mierda! Estamos fastidiados —susurró mientras intentaba contener la risa, acurrucada junto a mí.
—¡¿Thomas?! —gritó Max desde la entrada. La cabeza me retumbó.
—Joder —solté en voz baja—. Qué oportuno.
Ella abrió los ojos de golpe, y en ese preciso instante me di cuenta de que ella no recordaba hasta ese momento ni parte de nuestra noche ni la promesa que nos habíamos hecho, borrachos perdidos, de permanecer uno junto al otro apoyándonos siempre. Yo, por el contrario, lo mantenía demasiado fresco en la memoria.
Una corriente de brisa fresca de la mañana removió el ambiente viciado, y observé las volutas del polvo navegar ajenas a las circunstancias. Jess estornudó, y solté una carcajada cuando me di cuenta de que tenía el pelo repleto de heno. Qué noche más divertida, madre mía.
—¡Oye, Thom! Será mejor que prevengas a tu… amiga —carraspeó mi hermano desde la planta baja. Debía de pensar que había traído algún ligue, el muy tonto— de que es imposible salir del granero sin ser descubierto.
—No me hace ni pizca de gracia —murmuró Jess entre dientes. Se levantó e intentó recomponer un poco su aspecto—. ¿Quieres bajar e inventarte algo? Van a pensar lo que no deben. Y yo paso de malentendidos.
—Que piensen lo que quieran. —Me encogí de hombros y la ayudé a quitarse parte del heno con una sonrisa maliciosa—. Ahora no te puedes arrepentir. Anoche lo pasamos genial.
—Tu madre y tus abuelos me tienen en muy buena estima, no lo estropeemos —suplicó.
—Jess, mírame. —La cogí por los hombros para que me prestase atención—. No le debemos ninguna explicación a nadie.
Le di unos segundos para que recapacitase. Me parecía una soberana idiotez ocultar que habíamos dormido juntos si no había ocurrido nada más. Que creyesen lo que les diese la gana.
Asintió compungida, y me recordó a una niña pequeña asustada. Solté aliviado el aire que retenía de forma inconsciente.
—Vamos, aunque sé que me voy a arrepentir de esto —suspiró.
«¿Por qué?», resonó en mi cabeza de forma traicionera.
Jess
Unos golpes en la puerta de casa me despertaron y caí del sofá sobresaltada. Ya era la segunda vez ese día que me sucedía. Solté el aire enfadada. ¿Quién llamaba con tanta efusividad? ¿Qué hora sería?
Con todas esas preguntas en mente abrí la puerta. Me encontré a Thomas y su sonrisa de oreja a oreja. Llevaba el pelo aún mojado, probablemente por haber tomado una ducha reciente. ¿Cómo podía lucir tan bien después de la noche anterior? Yo me quería morir. Me iba a estallar la cabeza, mi estómago andaba revuelto y con toda probabilidad tenía una pinta horrorosa.
—No sé a qué viene esa sonrisa, te odio profundamente.
Lo invité a pasar y me tiré boca abajo en el sofá sin prestarle atención.
—Cobarde, me has abandonado solo ante el peligro —noté cómo me levantaba las piernas y se sentaba dejándolas caer sobre las suyas—; he de decirte que no han formulado muchas preguntas.
—Pff —murmuré sobre el cojín.
—Qué risas con la cara de póquer de nuestros hermanos cuando nos han visto salir del granero.
Me fastidió su tono alegre y me giré de golpe.
—No, no es para nada divertido. Es absurdo, Thom. No me apetece que crean que nos hemos liado, ¿tú y yo? Vamos, no seas ridículo.
—¿Te recuerdo todas las cosas que hemos hecho juntos estos años? ¿Por qué no puede ser esto otra locura más nuestra? Que piensen lo que quieran.
—¿Una locura? —Suspiré agotada—. ¡Si no ha sucedido nada!
Se encogió de hombros a la vez que parecía meditar su respuesta.
—Bueno, eso lo sabemos tú y yo. Pero reconoce que nuestras pintas daban para pensar.
Solté una carcajada al recordar la guisa con la que Max y mi hermana Amanda nos encontraron esa mañana en el granero. Y una vez en mi casa, cuando me enfrenté al espejo, reí por no llorar: tenía el pelo completamente repleto de restos de paja.
—Si supieran que nos hemos limitado a beber —le guiñé un ojo— y a jugar como dos niños con las balas de heno… Estos tontos no se lo saben pasar tan bien como nosotros.
Miré al idiota de Thomas, el mismo que se había convertido en mi mejor amigo años atrás. En el momento en el que mi hermana Amanda se había casado con Max, nosotras pasamos a formar parte de la familia Kline, y debía admitir que una de las cosas más agradables de aquello fueron las reuniones familiares en las que aparecía Thomas. Normalmente acabábamos los dos solos; la gran mayoría de veces conversábamos, y divagábamos sobre la vida, el amor y el asqueroso destino, por no mencionar otras tantas en las que se nos ocurrían ideas descabelladas.
Sonreí con malicia.
—Sabía que anoche accederías. En el fondo estás tan loca como yo. —Me alzó las piernas de golpe para incorporarse y me ayudó a levantarme—. Anda, cámbiate, y vamos a hacer algo de provecho. Se acabó esta actitud derrotista. ¡Espabila!
—No pienso salir de casa. He tenido que desconectar el teléfono porque mis hermanas no han dejado de llamar.
Por lo visto, Amanda, mi hermana mediana, había avisado a Tracy, la pequeña, y llevaban toda la mañana con llamadas y mensajes. Reconocía que parte de aquella situación se daba por mi culpa. Las había acostumbrado a esa dinámica porque desde muy pequeña me había hecho cargo de ellas. Perdimos a mi padre cuando aun éramos adolescentes y Tracy tan solo una niña. Mi madre sufría tantos problemas de salud mental que era una más a la que debíamos cuidar, hasta que desapareció. Lo hice lo mejor que supe; aún me culpaba por ello, porque mis hermanas no habían contado con la infancia y la juventud más deseables, pero, mirándolo en perspectiva, habían salido muy bien paradas. En cuanto a mí… Suspiré agotada y observé al tonto que me sonreía como si le hubiese tocado la lotería. ¿Cómo me había dejado embaucar por su locura otra vez?
—¡Dios! No puedo olvidar la cara de Max —dijo, y se echó a reír y me contagió—. No me digas que no es lo mejor que te ha pasado en mucho tiempo.
Y debía reconocer que era cierto. El muy idiota tenía razón. No recordaba los meses que hacía que no me divertía así desde que él había aparecido en el granero. Me reí de nuevo cuando una imagen de la noche anterior me asaltó.
—Tenía restos de heno hasta por dentro de la ropa interior —confesé divertida.
Se fue hacia la cocina muerto de risa, y lo seguí.
—Jess, ¿todavía te sorprendes? Soy el mejor. Anda, voy a preparar algo de comer mientras te arreglas; se me ha ocurrido que mejor desaparecemos unos días y así te despejas. —Arqueó las cejas con una sonrisa pícara.
—Tío, yo tengo obligaciones aquí, ¿sabes?
—Estás de vacaciones; ya han finalizado las clases, ¿no? —comentó con la cabeza dentro de mi nevera—. ¿Solo te quedan verduras pasadas?
—No husmees en mis cosas, que no he podido ir a comprar. —Lo aparté y cerré el frigorífico—. Sí, ya he acabado, y hasta mediados de agosto no debo regresar, pero…
—Olvídate —me interrumpió—, nos largamos. ¡Venga! Prepara cuatro cosas y comemos de camino.
Me crucé de brazos molesta; quería descansar y olvidarme por un rato de todo.
—No voy a ningún sitio.
—¿Cuál es tu plan para el verano? ¿Hacer de canguro de los hijos de nuestros hermanos y llorar por los rincones mientras espías a Norman por el rancho?
Me dio donde más dolía y lo miré enfurecida.
—Eres un cretino.
—Un cretino que tiene razón.
—Hace mucho que pasé página con ese gilipollas.
—Bueno, pues ya me contarás, porque fui yo quien te limpió las lágrimas anoche cuando te dio el bajón.
—Te odio.
—Yo también me odio. —Me lanzó un beso nada sexi y me azuzó para que subiese a cambiarme—. Coge biquinis y algo de vestir, o da igual, no cojas nada.
Me giré de golpe a medio subir la escalera.
—¿Lo que vamos a hacer no requiere ropa? —pregunté algo indecisa. Con Thomas nunca se sabía.
—Sí, aunque podemos comprarla de camino. Déjate llevar, Pitufina.
Bajé los escalones a toda prisa y me tiré a sus brazos, sorprendiéndolo.
—Retíralo. —Le apreté la nariz con fuerza y soltó una carcajada.
—Jamás. Eres y siempre serás Pitufina. —Subió las escaleras conmigo en brazos mientras los dos nos tronchábamos de risa, y después me dejó caer sobre la cama—. Te doy quince minutos. Te espero abajo.
El viento azotaba mi cara y sacudía mi pelo con energía. En la radio del coche sonaba Wait for Me, de Kings of Leon. El sol pegaba con fuerza, y, por increíble que pudiese parecer, estaba contenta. Miré a Thomas, que iba concentrado en la carretera.
—No sé si quiero saber de dónde ha salido este todoterreno descapotable y por qué lo necesitamos. Tu otro coche es mucho más cómodo.
—No preguntes tanto, deberías relajarte. Tienes muy interiorizado el papel de hermana mayor… Qué pereza me das.
—Que tú disfrutes de una vida cómoda no quiere decir que el resto de personas podamos.
—Creía que tú me conocías a la perfección; es más, me ofende ese comentario.
Giré la cara sorprendida y sonreí cuando me di cuenta de que me tomaba el pelo de nuevo.
—No me vas a decir adónde vamos, ¿verdad?
Negó con la cabeza y le dio más volumen a la radio. Me recosté sobre el respaldo y me dejé llevar, como él me había dicho. Total, no tenía nada mejor que hacer, y seguro que el imprevisible sentado a mi lado había planeado cualquier locura con la que no íbamos a aburrirnos.
Cuando abrí los ojos después de mi gran siesta, el paisaje había cambiado por completo y estaba a punto de anochecer.
—¿Dónde estamos? ¿Queda mucho?
—¿Tienes ganas de ir al baño?
—¿Crees que tengo cinco años?
—Te estás meando, ¿no? —Sonrió.
Claudiqué, porque lo cierto era que mi vejiga iba a explotar.
—¿Vas a parar?
—Me encanta tu buen humor de recién despertada.
—Es casi igual al tuyo cuando estás hambriento. —Soltó una carcajada y vi que accionaba el intermitente. Paró frente a un hotel cochambroso de carretera, y lo interrogué con la mirada.
—¿Qué? Estoy agotado, tú vas a orinarte en mi coche nuevo y, además, me muero de hambre.
—¿Vamos a pasar aquí la noche? —No sabía si me daba miedo o asco. Y eso que yo no era escrupulosa precisamente y que mi economía no me permitía ni ese ni otro hotel, pero aquel daba mucho repelús.
—Claro —contestó ya fuera del vehículo—, no pienso conducir sin descansar unas horas. Todavía nos queda algo menos de la mitad del trayecto.
No tenía ni idea de dónde encontrábamos. Lo seguí hasta el interior del desastroso hotel, y casi morí al descubrir la recepción. Parecía sacada de una película de terror de los años 60. De hecho, dudaba mucho que allí hubiesen invertido en remodelación desde que se había inaugurado. El olor a tabaco impregnado en el papel amarillento de la pared me hizo suponer que el señor anciano con aspecto de caer muerto sobre el mostrador en cualquier momento tenía mucho que ver.
—Buenas noches —saludó el señor mayor con apatía.
—Buenas noches. Quería dos habitaciones —contestó Thomas.
—Imposible; solo nos queda libre una habitación de matrimonio, y no le funciona la ducha. Puedo dejársela más barata.
—Está bien —aceptó Thomas sin darme tiempo a replicar.
Pagó la habitación y entregamos nuestros documentos para registrarnos mientras lo fusilaba con la mirada y él parecía imperturbable a mis amenazas telepáticas por haber cogido la habitación sin consultarme.
—Oye —advertí, ya fuera—, al menos podrías preguntar qué me parece.
—¿Qué te parece?
—Fatal. No quiero dormir aquí y mucho menos compartir habitación contigo.
—Por eso no te he preguntado. Yo asumo el gasto y la responsabilidad de este viaje: eres mi invitada. Además, no necesitamos más que un baño para que sueltes lastre, un restaurante barbacoa —señaló con el dedo al otro lado de la carretera un local en el que ni siquiera había preparado hasta ese instante— y una cama. Supongo que ahora no irás de remilgada después de haberme babeado anoche la camiseta.
—Eres…
—Una vez hayas cenado me lo agradecerás. Anda, vamos. —Me cogió de la mano para cruzar la carretera y me arrastró hacia el restaurante.
Lo cierto fue que tras haber ingerido unas deliciosas costillas a la barbacoa y unas patatas fritas me sentí mucho mejor. Por no mencionar lo divino que había resultado utilizar primero el aseo.
Thomas jugaba con una moneda con aire ausente mientras veía en la televisión la retransmisión de un partido de baloncesto. Sentí lástima por él. Sabía lo mucho que había dedicado a ese deporte y lo fastidiado que se había quedado cuando le confirmaron que debía retirarse de forma definitiva después de tanto tiempo arrastrando una lesión que al final no pudo curarse. Era toda su vida.
—¡Eh! —llamé su atención—, ¿qué hacemos en Arizona?
—Tengo una sorpresa para ti. —Sonrió, pero me percaté de que no se trataba de una sonrisa sincera.
—No me gustan las sorpresas.
—Mentirosa. —Dio un largo trago a su cerveza y lo observé con detenimiento. Le había crecido el pelo bastante desde la última vez que nos habíamos visto. Lo cierto era que había ganado con los años, y de parecerme al principio de conocerlo un chico cañón, el típico deportista cachas, aunque algo soso, había cambiado mucho. La madurez le había regalado un cuerpo de escándalo, un atractivo arrebatador y un aire canalla nada deleznable.
«¿Se puede saber qué estás haciendo?», me dije, sacudiendo la cabeza como si con ello pudiese eliminar mis últimos pensamientos.
—¿No vamos a pedir postre?
—Bueno, por ahí no iba la sorpresa, aunque si insistes… —Depositó la botella en la mesa y me rozó la mano de forma sugerente.
—No alucines, maestro. Que te viene grande la cosa. —Noté un calor que me subía por el cuello, y quise achacarlo a las cervezas.
—¿Cuándo vas a dejar de llamarme así? —Se recostó sobre el respaldo de la silla con los brazos cruzados y se le tensaron unos cuantos músculos que a mí me parecieron bastante sugerentes.
—Cuando tú no me llames Pitufina.
Me abaniqué con la carta del restaurante y miré a mi alrededor, con la intención de comprobar si era la única que estaba a punto de echar humo. ¿Por qué tenía tanto calor?
—Estás un poco rara esta noche. ¿Te encuentras bien? —Su sonrisa me hizo entrecerrar los ojos, alerta. Lo estudié con detenimiento y no vi nada raro excepto ese brillo peculiar que aparecía en su mirada cuando se ponía travieso.
—¿No me habrás echado alguna mierda en la bebida en plan Resacón en Las Vegas?
Soltó una carcajada y casi se cayó de la silla hacia atrás.
—Te lo juro —se secó las lágrimas—, eres la mejor acompañante que podía desear.
—Eso ha sonado pervertido. —Le apunté con el dedo en plan acusador.
—Tienes la mirada sucia y la mente también, joder, Jess. Ya te lo dije ayer: nada de sexo. ¿Crees que podrás contenerte estos días? —Sonreí con su broma—. Vámonos a dormir, que mañana nos esperan muchas horas de carretera al volante.
Su compañía era la mejor; sin complicaciones, sin chorradas. Cuando estaba con Thomas no tenía que fingir, simplemente podía ser yo. Ni la hermana mayor responsable, ni la profesora ni la voluntaria del refugio de animales o del albergue para chicos con problemas; solo era Jess.
Hablábamos durante horas sobre nada y sobre todo. Era el tío que más me había visto llorar; incluso vino desde Los Ángeles en un vuelo con escalas para permanecer a mi lado cuando me dejó el imbécil de Norman. El reluciente y recién estrenado marido de Oneida.
—Oye, no te he preguntado. —Lo alcancé en el exterior cuando aguantaba la puerta del local para que yo saliera—. ¿Lo has visto?
La curiosidad me estaba matando, y en el rancho era difícil no cruzarse con el capataz.
—Sí, por desgracia para mí, casi se me revuelve el desayuno. Los felicité a ambos, ya que iban juntos; miré con cara de asco a Norman, no porque sea el nuevo marido de la que debía haber sido mi mujer —soltó una carcajada con su propio chiste—, sino porque en realidad me cae mal. No sé qué mierda le veis a ese idiota.
—Los pantalones vaqueros le hacen un culo espectacular —bromeé.
—Hasta mi hermano parece deslumbrado con su «fabuloso capataz» —escupió con rabia. Miró a ambos lados de la carretera y me cogió la mano como si fuese una niña pequeña incapaz de cruzar sola.
Paul, el antiguo capataz, se había marchado hacía unos cinco años, y llegó Norman a cubrir el puesto con muy buenas referencias de otros ranchos en los que había trabajado en Texas. Max quedó impactado y yo también, para qué mentir. Fue un flechazo, o eso supuse en su momento. En mala hora posé mis ojos en él.
—Detecto cierta inquina por tu parte. No estarás celoso de él, ¿verdad? —insinué divertida.
—Jess, no fastidies. Sabes que nunca me ha caído bien.
—Bueno, puede que el hecho de que te tirara del caballo por accidente aquel día tenga mucho que ver. —Se paró en seco y me golpeé con su duro torso al ir cogida de su mano—. ¡Ay!
—Por su culpa estuve meses sin poder jugar al baloncesto. De hecho, aquello fue el desencadenante de mi retirada. —Tomó aire con fuerza, enfadado—. Joder, Jess, hemos permanecido cerca de dos años viéndonos muy poco porque el tío se molestaba cuando estábamos juntos. Como si fuéramos unos críos con algo que ocultar. Y ¿ahora se casa con Oneida, tu mejor amiga?
Asentí sin que se diera cuenta porque miraba al frente. Lo cierto era que no llevé muy bien el asunto, deslumbrada por el que por aquel entonces era mi novio. Debía haberlo mandado a la mierda en el momento en el que detecté que le molestaba la presencia de Thomas. Cómo me arrepentía de haber sido tan idiota. Lo de mi mejor amiga, mejor obviarlo de momento.
—¿No tendrá todo esto que ver con tu proposición de esta aventura?
Mi cabeza daba vueltas a sus últimas palabras.
—Sabes de sobra que se me ha ocurrido sobre la marcha. Me fastidia verte aún colgada por ese impresentable, nada más. No me gusta, nunca me ha gustado. Mi hermano no ve lo que yo veo, y jamás me tomaría en serio —se encogió de hombros—; total, yo no tengo ni idea de nada relacionado con el rancho.
Su voz desprendía el rechazo de los años a la sombra. Solo si escarbabas podías verlo. Entrelacé mis dedos con los suyos y le di un toque ligero en la punta de sus deportivas con las mías para que inclinase la cabeza. Era mucho más alto que yo y resultaba difícil mantener la misma línea de visión, de ahí mi apodo: Pitufina.
—No estoy colgada de él. De hecho, dudo que nunca lo estuviese. Fue la situación: no me pareció nada agradable ver cómo «mi amiga» se casaba con mi ex, ¿sabes? Además, no vamos a hablar de él ni de nadie que nos fastidie porque estamos aquí para pasarlo bien. A no ser que tengas pensado abandonarme en este estado. —Sonrió al fin y le apreté un poco más las manos—. Si quieres, mañana nos cogemos un buen pedo y los ponemos verdes, pero hoy no, que todavía arrastramos resaca.
—Me parece un buen plan, aunque te recuerdo que aquí no contamos con las balas de heno… —Sonreí. Me dio un beso en la coronilla como si fuese uno de nuestros sobrinos y nos dirigimos al hotel cutre.
Thomas era así. Siempre cuidadoso y atento. Y yo me había comportado como una idiota con él cuando salía con Norman. Me reprendí a mí misma por ello una vez más y aligeré el paso para alcanzarlo.
Cuando abrimos la puerta de la habitación casi me da un infarto.
—¿En serio?
—Porque estoy reventado, que, si no, cogíamos el coche y a quemar millas.
La habitación parecía sacada de El resplandor. Daba miedo y repelús. Olía a humedad, a polvo y a cloaca.
—Tío, qué asco, en serio… —Me tapé la nariz y me asaltó un escalofrío.
—Déjame descansar unas horas y nos vamos, te lo prometo —comentó agotado, y asentí.
Dudaba que pegara ojo aquella noche, pero, para mi sorpresa, no fue así: en cuanto me tumbé en la cama a su lado cerré los ojos y descansé como un bebé.
Estaba amaneciendo cuando abrí los ojos totalmente abrazada a él. Acariciaba sus pómulos con mis pestañas de lo cerca que permanecíamos. Desprendía un calor placentero y un ligero aroma a perfume masculino muy agradable. Hacía mucho tiempo que no me encontraba tan cerca de un hombre; la única pega que había en aquella situación era que ese hombre y yo no debíamos estar así, porque éramos medio familia, porque éramos amigos, porque no y punto.
Thomas
Siempre había considerado incómodas las erecciones matutinas, sobre todo en determinadas circunstancias. Aquella mañana no consistían ser mi único problema. Tenía a Jess totalmente aferrada entre mis brazos, y me observaba adormecida con tanta ternura que algo dentro de mí se removió de forma extraña.
¿Me habría sentado mal la cena de la noche anterior?
Un par de horas más tarde Jess contemplaba relajada el paisaje en el asiento de copiloto. Se había recogido el cabello en un moño porque, según ella, todavía le dolía la cara de los latigazos que el pelo le había propinado el día anterior. Solía soltar esas cosas a menudo, como una ocasión en la que montamos una partida de póquer con los chicos del pueblo y la invité. Creo que no me había reído tanto en mi vida. Al principio pensé que estaba algo nerviosa, pero pasado un tiempo me di cuenta de que ella era así: espontánea y fresca cuando se soltaba.
—¿Qué te hace tanta gracia? —me preguntó—. Llevo un buen rato observando lo que nos rodea y a mí me parece horrible.
—Tienes que darles una oportunidad a las cosas: a veces, la primera impresión no es la que cuenta.
—Eso deberías habértelo aplicado antes de casarte con tu ex, Cuqui, Carly… ¿Cómo se llama?
—Eso ha sido un golpe bajo, Jess. —Me giré para reprobarle sus palabras con cara seria en un gesto rápido.
—No, en mi tierra se le llama sinceridad.
—Pues me parece que eres extraterrestre porque en «esta tierra» a eso se le denomina ser borde, sarcástico y tocapelotas.
—Llorón, niño de mamá, mimado… —me interrumpió—, ¿sigo?
—No has dormido bien esta noche, ¿verdad? —Sonreí cuando soltó el aire en un bufido nada elegante.
—Todavía no entiendo en qué estabas pensando… ¿Una boda rápida con una chica que acababas de conocer?
—Para ser concretos, la conocía desde hacía casi un año.
—Para ser específicos, te sabías de memoria la coreografía de su baile de animadora y poco más. Thomas, no intentes justificar lo injustificable.
Me miraba seria, y tuve que hacer acopio de toda mi voluntad para no echarme a reír. El tema que tratábamos era importante, pero en esos instantes me vino a la mente la imagen del día que aparecí en casa a presentarles a mi familia a mi mujer, y no podía olvidar sus palabras cuando solté la bomba: «¿No usasteis anticonceptivos?».
—La ofendiste en lo más profundo de su alma —comenté.
—¿Otra vez con eso? Me disculpé con ella varias veces. —Me señaló con el dedo, cada vez más irritada—. Sé que fue innecesario y cruel. Nunca debí insinuar aquello.
—A ver, Pituf… —me amenazó con el puño cerrado en cuanto escuchó el principio de su apelativo y me reí; las tres hermanas solían hacer eso muy a menudo en plan amenazador—, la hiciste llorar.
—Dios, no me lo recuerdes. Lo tengo grabado a fuego. Estaba tan cabreada contigo que no pensé, y ella pagó las consecuencias de tan desafortunado ímpetu. Sigo arrepentida.
Se cruzó de brazos y me dejó claro que había zanjado el tema, de momento. Me quedé callado para que le diese vueltas. Lo más fascinante era esperar a su contraataque.
Lo cierto era que llevaba razón. Ella fue la única que verbalizó lo que con toda probabilidad pensaba el resto, o por lo menos la gran mayoría. No podía existir más razón de peso para una boda exprés que un embarazo imprevisto, ya que desde el rechazo flagrante de Oneida jamás me había comprometido con nadie ni había mantenido ninguna relación seria, y mucho menos había dado señales de campanas de boda. Recuerdo cómo mi madre se quedó blanca, mis abuelos mudos y Max sin respiración. En cuanto a Leah…, menos mal que no estaba allí.
Todavía pagaba las consecuencias de aquel desafortunado día en el que me pareció maravilloso casarme con Cindy, así se llamaba mi exmujer. Una boda rápida con dos testigos y sin viaje de novios…
Quizás debería haber comprado otra casa o haber invertido en un nuevo negocio, como me había sugerido mi abogado. Pero no, elevé mi predilección por los desastres un grado más y lo llevé al extremo, implicando a una persona que no tenía la culpa de que yo fuese un inconsciente. Cindy solo había resultado ser una víctima de las consecuencias. Una chica joven deslumbrada por la apariencia, y yo un capullo arrogante del que me avergonzaba. Hasta que descubrí que ella no había sido tan inocente.
En la radio sonaba I’d Run Away, de The Jayhawks. Aceleré y subí el volumen. El viento seco me golpeaba en la cara con fuerza. Me iba a costar acostumbrarme al jeep.
—No lo dije con intención de ofenderla. —Apagó la radio—. En realidad a quien le habría pegado un puñetazo es a ti. —Se interrumpió al fin, y agradecí al cielo que me sacase de aquellos pensamientos, aunque lo hiciese para echarme la bronca.
—He intentado solucionarlo de la mejor forma posible.
—Regalarle tu casa de Los Ángeles y compartir la custodia de vuestras mascotas no es solucionar nada, Thom.
—¿Y qué más querías que hiciese?
—¡No haberte casado! —exclamó—. No puedes casarte con una persona por distracción.
—¡Eso no fue así! —exclamé.
—Eso no es cierto, y lo sabes. Cuando digo «por distracción», me refiero a por intentar enmendar tu vida de alguna forma. Ya sabes qué insinúo.
—Tú no estás en mi cabeza. No lo controlas todo, listilla. Siempre actúas de juez y de verdugo. Y no entiendes nada.
—Aquí está el niño consentido de nuevo. Sí, puede que no sea consciente de todo, sin embargo, sí sé que la cagaste. Deberías haber mantenido en secreto tu boda; dañaste a tu madre y a tus abuelos de forma gratuita al no haberlos invitado. Aunque todo resultase una farsa, ¿por qué te presentaste allí días después con ella si intuías que iba a acabar como empezó? —Chasqueó los dedos para dar más énfasis a lo que significó mi efímero matrimonio de tres meses.
Inspiré en un intento de calmarme. Pese a que lo que decía era cierto, no dejaba de dolerme en lo más profundo.
—No te he invitado para que me sermonees, Jess.
—No, me has traído para que te distraiga en lo que sea que has planeado. Pero todo tiene un precio, y el tuyo es escuchar lo que voy a soltar y que hace tiempo que me carcome.
Me quité la gorra para que el viento me refrescase. Se avecinaba tormenta en forma de Jess enfadada. Prefería que lo sacara todo, porque de otro modo no se quedaría tranquila. Solo le consentía a ella que me hablase de aquella forma. ¿Por qué? Ni idea.
—No la utilicé com…
—¡Cállate! —me cortó—. Sí, llevas años dándole vueltas a una situación como un hámster en su rueda; era práctico para ti porque así tenías una excusa para no comprometerte; sin embargo dejó de serlo en el momento en el que con tu atracción al caos arrastraste a otros. ¿Tu vida profesional en el baloncesto se fue a la mierda? Perfecto. Que les den a las pelotas. —Sonreí, porque era única cuando se ponía intensa y soltaba pestes—. Te machacaste, te esforzaste por llegar muy alto en el deporte sin cuidarte, sin tener en cuenta que no eres de hierro. Te puliste parte de tu dinero en fiestas absurdas, en viajes con los colegas, en compras innecesarias… Tío, no fue nada agradable verte en la prensa en aquel estado. —Me encogí de forma inconsciente al recordar ese episodio—. Y como guinda del pastel te casaste con aquella pobre infeliz antes de desmoronarte del todo y antes de que lo único que en realidad te motivaba se fuese a pique.
—Gracias por este estupendo resumen de mi porquería de vida.
—Quiero que dejes de hacer el imbécil —me apretó la mano con afecto—. Ya somos mayorcitos para estos dramas prescindibles.
—Pues permite que te recuerde que en esto de hacer el imbécil tú también cuentas con una amplia experiencia.
—No cambies de tema —sacudió la mano para restar importancia—. Reconozco que eres una mala influencia y que yo me dejo arrastrar con facilidad. No sé decirte que no.
Tragué saliva, porque de repente tenía la garganta seca. Nuestra conversación se había puesto demasiado seria. No necesitaba aquello, ninguno de los dos lo necesitaba. Con creer que había actuado como un descerebrado cada mañana ya tenía más que suficiente.
Vi una gasolinera a lo lejos y decidí parar a estirar las piernas; en breve llegaríamos a la frontera con México.
—¡¿Qué?! ¿Se puede saber por qué vamos a México? Yo no llevo el pasaporte. —Sonreí antes de abrir la guantera del coche y señalarle nuestros documentos—. Thomas, lo tuyo empieza a ser preocupante; ¿has registrado mi cajón de la ropa interior?
Jess y yo no teníamos secretos, era tan cierto como la cantidad de veces que nos habíamos emborrachado juntos a lo largo de estos años. Nos lo contábamos todo, antes o después. Recordaba perfectamente las ocasiones en las que ventilaba sus intimidades con una facilidad pasmosa en cuanto se le aligeraba la lengua después de unas copas, como, por ejemplo, dónde escondía su pasaporte. Me divertía porque a mí me sucedía algo parecido; éramos la combinación perfecta para liar una buena juerga. Ella se quejaba constantemente de los problemas que solía ocasionarle, pero, aun así, siempre, siempre, siempre se apuntaba a todo que le proponía, como venir a este viaje sin tener ni idea de adónde íbamos. Porque Jess podía ser la tía más responsable del mundo que se hizo cargo de sus hermanas, aun siendo demasiado joven, pero la Jess alocada…, Dios mío.
—No te preocupes, está todo controlado. No vamos a necesitar visado, ya que no permaneceremos en el país más de siete días —le tranquilicé.
—¿Qué se nos ha perdido aquí? A ver, que me parece estupendo, pese a que tengo el culo duro como una piedra después de tantas horas sentada en este coche tan incómodo —comentó divertida, y me encantó verla tan feliz. Había aparecido aquella sonrisa pícara en su cara, la de la Jess traviesa.
La pobre no tenía demasiado respiro. Debería haber intervenido muchísimo antes.
No dejaba de parlotear, nerviosa, mientras aguardábamos en la cola de la frontera. Se mostraba intranquila por sus hermanas y la calmé, porque había llamado a casa en nuestra última parada cuando ella fue al baño. Decidí hablar con Max porque sabía que, pese a no entender de qué iba la historia y estar preocupado, no me bombardearía con preguntas: si algo caracterizaba a mi hermano era la parquedad de palabras. Me pareció lo más cómodo, teniendo en cuenta las circunstancias. Él se encargaría de poner al día a Amanda, a mi madre y a los abuelos. No quería que anduviesen a la espera de noticias, ya que no íbamos a permanecer pendientes de los móviles. Disfrutaríamos de seis días fantásticos en las playas de Baja California, del sol y de otras sorpresas que me moría por descubrir con ella. Unas vacaciones improvisadas con la mejor cómplice…
Cuando llegamos a San Felipe era bien entrada la noche. Me dolían horrores los ojos, y ni siquiera el hecho de haberme puesto las gafas ayudaba. Jess se había ofrecido a conducir, pero preferí que descansara. Al día siguiente nos esperaba un buen trajín.
—Despierta, dormilona. —La zarandeé suave cuando hube aparcado el coche. Resultaba fascinante que pudiera quedarse dormida con tanta facilidad en cualquier sitio.
—¿Ya hemos llegado? —preguntó con la voz soñolienta mientras se desperezaba.
—Venga, cojamos las bolsas y vayamos a descansar.
