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No hay personaje que destaque en la obra de Dostoievski que no posea un signifcado religioso: sus decisiones reales tienen ahí su origen, y todos ellos parecen estar expuestos al destino y a las fuerzas religiosas. Guardini analiza las preguntas que sobrevuelan las cinco grandes obras de Dostoievski: qué es la naturaleza, el mundo, el dolor y el mal en sus diversas formas, qué es el pecado, el crimen y la depravación, lo fantasmal y lo confuso, y también la vida, la muerte, la fugacidad, la nada, y las crisis de la existencia motivadas por el aburrimiento, la fatiga, el asco, el miedo o el desamparo. Finalmente, investiga los valores vigentes en Dostoievski, sobre todo los más nobles: el honor, la sinceridad, la inocencia y la libertad, el amor, la bondad o la quietud, entre otros, todos ellos saturados de un valor religioso que lo penetra todo y que agiganta el valor perenne de su literatura.
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Seitenzahl: 475
Veröffentlichungsjahr: 2024
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ROMANO GUARDINI
EL UNIVERSO RELIGIOSO DE DOSTOIEVSKI
EDICIONES RIALP
MADRID
Título original: Religiöse Gestalten in Dostojewskijs Werk
© 2021 by Katholischen Akademie in Bayern. Verlagsgemeinschaft Matthias Grünewold, Mainz / Ferdinand Schöningh, Paderborn.
© 2024 de la edición española traducida por David Cerdá
by EDICIONES RIALP, S.A.,
Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid
(www.rialp.com)
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-6829-1
ISBN (edición digital): 978-84-321-6830-7
ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-6831-4
ISNI: 0000 0001 0725 313X
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A mi hermano Gino
Observación preliminar Lo religioso en el mundo de Dostoievski
I. El pueblo y su camino hacia lo santo
El pueblo
Las mujeres piadosas
Paganismo
II. Los silenciosos y la gran aceptación
Pueblo e individuo
Sonia Andréievna
Sonia Semiónovna
III. Los hombres espirituales
El pueblo y los hombres espirituales
Makar, el peregrino
El stárets Zosima y su hermano Markel
IV. El querubín
La conexión con los capítulos anteriores
Aliosha Karamázov
La verdad y el ángel
V. Indignación
El poema del Gran Inquisidor y su poeta
La leyenda
El nivel de la interpretación
El cristianismo de la leyenda
Iván Karamázov
Iván y Smerdiakov
La conversación con el diablo
El significado de la leyenda
La leyenda y el contexto del problema
VI. Impiedad
Observación preliminar
Kirilov
Finitud y nada
Stavrogin
VII. Un símbolo de Cristo
La cuestión que se plantea
La personalidad de Mishkin
El sentido de la forma
Epílogo
Cubierta
Portada
Créditos
Dedicatoria
Índice
Comenzar a leer
Notas
Los siete capítulos de este libro tratan de la existencia religiosa y sus problemas, tal como los encontramos en las grandes obras de Dostoievski, en sus cinco grandes novelas Crimen y castigo, El idiota, Los demonios, El adolescente y Los hermanos Karamázov. Antes quisiera hacer una breve observación preliminar.
Cualquiera que intente ocuparse de lo religioso en la obra de Dostoievski advertirá enseguida que eso lo lleva a tomar como tema nada menos que su mundo entero. Probablemente no hay una sola figura que destaque de algún modo en su obra, ni un solo resultado que sea importante para la estructura general de la creación en cuestión, que no tenga un significado religioso, ya sea de forma directa o a través de una breve mediación. En última instancia, los personajes de Dostoievski están determinados por fuerzas y motivos religiosos; sus decisiones reales proceden de ahí. Más aún: su mundo, en tanto «mundo», el contexto de sus realidades y valores y toda su atmósfera son fundamentalmente de naturaleza religiosa. Lo que conlleva querer comprender este mundo me quedó claro cuando, en el verano de 1930, me esforcé en vano en una clase de dos horas, es decir, en un total de veinticinco horas que impartí, por dominar la abundancia de la materia. El mundo de las cinco grandes novelas —sobre todo si se incluyen, aunque solo sea ocasionalmente, los demás escritos— es lo suficientemente rico como para perderse en él. Por todas partes los personajes se agolpan, los destinos siguen su curso, los símbolos se entretejen... Y aunque al cabo de un tiempo uno se da cuenta de que ciertos motivos del dibujo de estos personajes, ciertas formas básicas en la estructura de las relaciones y situaciones, ciertas ideas principales en la interpretación del mundo y de la existencia humana se repiten una y otra vez, estos momentos de ordenación no son, sin embargo, mucho más que escasas señales en un bosque que prolifera enormemente y se expande sin cesar. Me gustaría explicar cómo he intentado orientarme en ese bosque, para que el contexto de cada uno de los capítulos de este libro resulte más claro.
El primer paso consistió en trazar la imagen que Dostoievski tenía del hombre. Esto reveló que los términos psicológicos habituales, como intelecto, intuición, imaginación, voluntad, acción, creación, sentimiento y pasión deben emplearse en un sentido mucho más impreciso y abierto del que estamos acostumbrados, porque aquí estas formas de actuación no existen en un sentido puramente obvio, sino que las demás están incluidas en cada una de ellas. Tanto es así que se llega más lejos si no se pregunta por los actos individuales del hombre, sino por los estratos de su ser total, por ejemplo, por la vida corporal y la vida abstracta, por el corazón y el alma, por la vida del sueño y del símbolo, por la vida del espíritu y la del pneuma.
Surgió a continuación la cuestión de cómo se construye la persona en los personajes de Dostoievski, especialmente si se compara su estructura con la del mundo occidental con el que estamos familiarizados, y cómo la persona se relaciona con la persona, y cómo el individuo se relaciona con el todo. Es asombroso ver lo amplias, intrincadas, inestables y, de nuevo, elásticas que son estas estructuras personales; de ahí se obtienen las explicaciones más importantes para comprender los propios contextos de la novela, pero también los problemas de la estructura de la persona y de las fuerzas y riesgos a los que esta queda expuesta.
A esto siguió la cuestión de los diversos ámbitos de la vida y la cultura y su relación entre sí, con el resultado, entre otras cosas, de que en el mundo de Dostoievski parecen estar ausentes los ámbitos que realmente sustentan, estabilizan y protegen de la existencia cotidiana, empezando por el trabajo. De ahí que sus personajes parezcan estar expuestos de un modo especial al destino y a las fuerzas religiosas.
También era necesario extraer las realidades básicas de la estructura de la existencia; en otras palabras, plantearse preguntas como estas: ¿Qué significan la naturaleza, el universo, la tierra, el sol, los árboles y las plantas, la tierra, los animales en el mundo de Dostoievski? ¿Qué es el pueblo? ¿Qué es la madre, el hijo, el niño y la niña? ¿Cómo ve Dostoievski al adulto y al anciano? ¿Reconoce la personalidad madura y cómo se construye? ¿Qué significan el dolor y el mal en sus diversas formas: la enfermedad, la pobreza, la embriaguez, el sufrimiento psíquico, el desclasamiento social, la necedad, la locura? ¿Qué es el mal, esto es, qué son el pecado, el crimen, la depravación, la bajeza y la mezquindad, hasta llegar al mal como poder, a lo satánico? Sin olvidar la cuestión de lo fantasmal y lo confuso...
A partir de ahí, dirigí la mirada a los fenómenos más simples y al mismo tiempo más intensos de la existencia: la vida, el ser, el tiempo y la eternidad; y luego a los fenómenos marginales de la existencia: la muerte, la fugacidad, la nada; y todavía a las líneas de crisis de la existencia que forman el aburrimiento, la fatiga, el asco, el miedo, la desesperación, la torpeza, el desamparo...
Finalmente, la investigación se centró en los valores vigentes en el mundo de Dostoievski, sobre todo los más nobles: el honor, la nobleza, la sinceridad, la inocencia y la libertad, el amor, la humildad y la alegría, seguidos de las «cosas elevadas», la luz, la bondad, la belleza, la unidad y la quietud.
Tras esa última etapa se planteó la cuestión de qué es realmente religioso. Ello condujo a un intento de fenomenología de los actos religiosos y las formas de existencia, representados en el tejido general de la «existencia reconectada».
Resultó que todos los momentos aludidos estaban saturados de valencia religiosa en cuanto se profundizaba en ellos. Y tanto más cuanto más se acercaban a lo elemental, de modo que realidades como el sol, la tierra, el árbol y el animal; factores de la existencia como la alegría, la enfermedad, el sufrimiento; conceptos como la vida y el ser; incluso los fenómenos del límite como la muerte, la fugacidad y la nada eran plenamente religiosos a partir de un punto que se alcanzaba pronto.
La abundancia de figuras, los problemas que se agolpaban por todas partes, oprimían y confundían la visión; por eso se hizo necesaria una línea organizadora que mostrase las conexiones. Creí encontrarla en la relación de las personalidades individuales con la tierra y la gente y con las fuerzas básicas de la existencia.
La línea de esta relación comienza con los personajes que están completamente absortos en esta conexión, de manera silenciosa, por así decirlo. Continúa con aquellos que toman conciencia de este vínculo, que se dividen, que se tensan, hasta que se convierten en «cultura» sin perder su sustancia. Los cuatro primeros capítulos del libro siguen este camino, empezando por el «pueblo» y sus personajes individuales, pasando de ellos a ocuparme de los dos Sonias, luego de los homines religiosi y, por último, de Aliosha Karamázov
Sin embargo, también están relacionadas con la misma línea los personajes en los que esta sustancia básica se ve comprometida, diluida, distorsionada, tergiversada, cuyos momentos individuales se llevan al extremo, se exageran doctrinalmente. Ya en el primer capítulo nos encontramos con ciertos excesos y distorsiones que llevan «lo humano» y «lo natural» hasta lo patológico y lo pagano. El quinto capítulo explora el sentimiento de rebelión contra Dios y la ley moral y, al mismo tiempo, el fenómeno de lo demoníaco, tal como emerge en la figura de Iván Karamázov y en la “Leyenda del Gran Inquisidor”. El sexto trata de captar lo que significa para Dostoievski la «impiedad» a través de los personajes de Los demonios. Como negación agresiva de Dios, combinada con la voluntad de lograr una superación del hombre, en el ingeniero Kirilov; como actitud puramente negativa, combinada con el fenómeno de la inanidad de la vida, en Nikolái Stavrogin. Los personajes de estos dos capítulos revelan también algunos de los problemas religiosos de nuestro tiempo, y espero que hayamos podido arrojar algo de luz sobre ellos.
Hay dos personajes que aparecen en otra obra, pero que, sin embargo, mantienen una relación con Los demonios, aunque no podrían incluirse en esta línea: Nastasia Filipovna de El idiota; una existencia que se sitúa esencialmente en la categoría de la perfección; y, en la misma novela, el príncipe Mishkin, para quien la determinación básica reside en su relación con la persona de Cristo. De ellos trata el último capítulo.
La visión de conjunto era necesaria para que el intento de tratar la existencia religiosa de Dostoievski con la brevedad prescrita para este libro no pareciera irresponsable. Quería estar seguro de que las observaciones de los pocos capítulos de la obra están relacionadas con coordenadas suficientemente amplias.
En cuanto al método de investigación, me esforcé por hacer hablar al propio Dostoievski, recogiendo todo lo que pude de su poesía sobre las palabras y los gestos de los personajes, sobre el entrelazamiento y la secuencia de los acontecimientos. Como resultado, hay en este ensayo muchos de estos textos; se citan muchos y a veces de un modo muy extenso. Pero yo supe hacerlos de otra manera, porque en mi modesta experiencia no me atreví a contar con que el lector cogiera los volúmenes indicándole sin más las páginas que debía consultar para comparar el texto con el análisis, entrando desde ahí en la labor de interpretación.
Al ceñirme lo más posible a los textos y extraer de ellos lo que podía, no tuve reparos en prescindir de la literatura sobre Dostoievski en la medida en que no fuera información. Leí muy poco de los numerosos estudios sobre Dostoievski, algunos de los cuales eran ciertamente importantes, y me mantuve independiente incluso de los pocos que sí traje. Si en alguna ocasión advertí que alguien influía en mis juicios, lo consigné debidamente. Sabía que estaba en contacto suficientemente estrecho con las propias obras, por lo que tal independencia me parecía permisible. Por otra parte, no he pretendido ser académicamente exhaustivo sobre el tema, por lo que no me siento obligado a tratar los puntos de vista de la investigación sobre Dostoievski.
En la obra de Dostoievski, la palabra «pueblo» encarna todo lo que es humanamente genuino, profundo y fundamental. El pueblo es la esfera primordial humana, arraigada, fuerte y venerable. A un tiempo, el pueblo es el hombre en su indefensión, agobiado por el destino, explotado por los astutos y hábiles, oprimido por los violentos, y, de otro lado, la forma de humanidad más cercana a las cosas eternas, rodeada de amor protector y divino. La palabra «pueblo» tiene para Dostoievski el mismo sonido reverente, anhelante, compasivo y edificante que para todos los grandes románticos.
El pueblo está relacionado con los elementos de la existencia. Ha crecido con la tierra. Camina sobre la tierra, trabaja en ella y vive a través de ella. Está entretejido en el contexto de la naturaleza, en las mareas de luz y crecimiento. Y siente, quizá sin tener palabras para expresarlo, el todo en su unidad.
A pesar de la miseria y el pecado, el pueblo es el verdadero ser humano; a pesar de toda negligencia, es sano y saludable porque hunde sus raíces en la estructura esencial de la existencia; mientras que la persona cultivada, el «occidental» que se aparta de esa vida profunda, se vuelve artificial, inestable y enfermo.
La sangre del hombre del pueblo participa en su circulación abierta del flujo de la vida común en la familia, la comunidad y la humanidad. El hombre del pueblo vive en el conjunto de los acontecimientos del destino. No tiene posibilidad alguna de apartarse de todo ello, pero tampoco se siente impulsado a hacerlo. Su vida está por tanto llena de los hechos básicos de la existencia, de las cosas cotidianas y de las alegrías y penas sencillas y esenciales.
El pueblo es el ser humano inmediato y autónomo. No reflexiona. Vive desde sus raíces hacia adelante, hacia la existencia. No piensa ni siente en abstracto, sino en imágenes y acontecimientos. No sigue ninguna doctrina, sino que actúa desde el estado concreto, el aquí y ahora. Sus instintos aún no están confundidos, por lo que tiene sentido de la orientación y del discernimiento. El vigor de su vista aún no ha sido destruido; el símbolo está en su vida; la visión aún puede llegar al pueblo y revelarle el significado del mundo. Es sabio y visionario, instruido por los poderes silenciosos y creativos.
De este modo, el pueblo, y en él el individuo, viven la realidad ininterrumpida de la existencia. Pero también están a su merced. Tiene que soportar la carga de la existencia. No se pregunta si esta carga está justificada. La vida está ahí, con su gravedad; pero el hombre aún no conoce las técnicas para escapar de ella. Así que simplemente la soporta, y en esto se hace grande. El pueblo es sacrificado, está cansado y agobiado. Puede ser astuto, pero la suya es una astucia que solo existe dentro de ese cautiverio. También hay mucha maldad en el pueblo. Junto a la alegría infantil y la bondad más tierna, hay una pasión que a menudo estalla en un instante y puede escalar hasta el frenesí sin sentido. Traición y destrucción impredecible, furia animal, crueldad despiadada, embriaguez salvaje, torpeza, depravación, las peores fuerzas pueden actuar sobre el pueblo; y, sin embargo, sí, en todo esto el pueblo es «infantilmente bueno».
En el fondo, para Dostoievski, como para todos los románticos, se trata de un ser mítico. El pueblo al que se refiere lo compone la gente con la que se encuentra; pero tras ella hay otra esfera a la que asimismo pertenece, la esfera propia y primigenia de lo humano, y es por su inclusión en ella que la gente real es «pueblo».
Este pueblo está cerca de Dios.
En la observación preliminar se señaló cómo en el mundo de Dostoievski los hechos elementales de la existencia, es decir, la tierra y el sol, los animales y las plantas, la maternidad, la vida del niño, el sufrimiento y la muerte, se relacionan con lo religioso. Todos ellos están llenos de valencia religiosa. Se significan a sí mismos, pero al mismo tiempo significan algo más. Son formas en las que lo creado se sumerge en el otro; formas de vecindad con el otro, de conexión con Dios. Así pues, el pueblo debe abrirse a esta cercanía religiosa de un modo especial. Dios está cerca de él porque el pueblo está abierto a los hechos básicos de la existencia, porque está en la naturaleza ininterrumpida de esta existencia, que es al mismo tiempo una revelación.
Digámoslo con más precisión: Dios no ha liberado su creación por este sentimiento. El sentido religioso del mundo occidental parece estar determinado por la conciencia de que Dios ha terminado de crear el mundo, creado por todos los medios, liberado en la existencia solitaria de lo completamente perfeccionado, hasta el punto de que la relación religiosa se ha construido a distancia. Creados a distancia, por así decirlo, los hombres y el mundo parecen encontrarse solos en lo finito y que, en la actualidad, más allá de cualquier distancia, se esfuerzan por ir hacia Dios. Incluso cuando el hombre occidental capta a Dios en su inmanencia en el mundo —y a pesar de todas las corrientes monistas que de ahí han surgido—, es como si el hombre percibiera siempre que Dios se acerca de nuevo y a distancia a su obra, que había liberado ontológicamente, penetrándola, realizándola... En cambio, el universo religioso de Dostoievski no parece sentirse desligado del Creador por considerarse acabado y perfecto. No parece sentir que está en ningún sentido en una posición propia, sino más bien que yace enteramente y con particular inmediatez en las manos de Dios. El mundo parece estar siempre en proceso de devenir, fluye en todas partes, y Dios parece obrar en él un acontecimiento misterioso, que es captado de algún modo por el ser humano que está unido a él por la fe1.
El pueblo, que todavía no se ha desprendido del contexto de la condición humana original, que vive simplemente con la tierra, es alimentado por ella y al mismo tiempo está expuesto a ella, siente que está en el centro de este campo de fuerzas de la obra de Dios. Siente cómo algo está sucediendo en todo, y que el efecto proviene de Dios. Percibe el misterio de este acontecer, su cercanía, su inquietud. Experimenta la impenetrabilidad de sus misterios, pero también experimenta, de vez en cuando, las oleadas de la corriente viva, la llama que se eleva, la iluminación de la mente.
Pero nada de esto pretende ser naturalista, ni panteísta. El hombre de Dostoievski no es un adorador de la naturaleza ni equipara el mundo con Dios. En medio de toda esta unidad, se toma una decisión que hace que esta existencia sea cristiana. La obra de Dios en la naturaleza está determinada por la redención. Es una actividad hacia la nueva creación. Sí, Dios se acerca a nosotros desde la naturaleza y la vida, pero está determinado por Cristo; y a través de Cristo desafía al hombre a salir de su simple cercanía a la naturaleza para llegar a las inmediaciones de Dios. Si esto no sucede, si el hombre permanece en un estado meramente natural, entonces de repente ya no es creación de Dios, sino algo pagano.
Dostoievski expresaba su opinión al respecto de la misma manera que hablaba de todas las grandes cuestiones, es decir, a través de la dialéctica de los personajes, en la que uno siempre es complementado por el otro, pero también criticado. En las novelas encontramos muchos personajes en los que se expresa la actitud popular antes descrita. Pero también hay algunos que exponen su peligro potencial al convertir el mundo de Dios y el pueblo de Dios en algo diferente, enfermo y malvado al mismo tiempo. Me vienen a la memoria Shatov en Los demonios, el fanático de la idea popular, para quien Dios se convierte en un «atributo de la personalidad popular»; y María Lebaedkina, en cuya conciencia la Madre de Dios y la tierra se funden para formar la pagana «Magna Mater», y para quien la infinita melancolía de Dioniso habla desde el sol, el símbolo de Dios.
¿Dónde está la «ruptura» que anula la falsa inmediatez del contexto natural y conduce a la realidad cristiana de Dios? En el hecho de que el pueblo sabe que Cristo, en quien cree, está por todas partes; en la naturaleza, así como en su existencia y en los acontecimientos cotidianos. «Hasta los animales tienen a Cristo», enseña el stárets Zosima al joven campesino, y «los pajarillos lo alaban». Y de todo lo que sucede, la voluntad de Dios, la voluntad de Cristo, llega al creyente. De este modo, la existencia conserva toda su realidad terrena, pero queda amparada por el poder de la protección de Dios y la majestad de su voluntad.
Esta función rupturista es particularmente evidente en el sufrimiento. El pueblo de Dostoievski sufre terriblemente. Toda su existencia tiene el carácter del sufrimiento. Pero este sufrimiento es asumido y soportado como voluntad de Dios. La gente también puede quejarse de ella y rebelarse, pero siempre en el marco de este destino decisivo. El resultado es una transformación constante del mundo meramente natural en una creación cuyo lenguaje es el del cristianismo.
Por eso «tierra», «naturaleza» y «pueblo» no son realidades naturales, sino redimidas, y están profundamente conectadas con lo que Pablo llama la «nueva creación», y que en las cartas a los efesios y a los colosenses va de la mano del concepto de iglesia, el corpus Christi mysticum.
Vive por tanto el pueblo en una actitud que le permite captar inmediatamente las palabras de la Revelación sin más. El stárets Zosima dice2:
Abre las Sagradas Escrituras y léeselas, sin palabras altisonantes y sin arrogancia ni prepotencia, humildemente y de corazón, y alégrate de que las lees y te oyen y entienden, porque tú mismo amas las palabras. Detente solo en raras ocasiones para explicar al vulgo una palabra que le resulte incomprensible; no te preocupes, lo entenderán todo, todo lo entiende el corazón que cree rectamente3.
La Palabra de la Escritura procede de la Revelación. Pero cuando esa actitud creyente de la que hemos hablado reconoce toda la existencia como un obrar perpetuo y un mensaje constante del Dios vivo, entonces la Palabra entra en un mundo que le es afín y encuentra comprensión, aunque no siempre sea captada intelectualmente en su conjunto. De modo que el pueblo, en su ignorancia, es el oyente más cercano de la Palabra de Dios: «Sin la Palabra de Dios el pueblo perece, pues su alma tiene sed de la Palabra y de la concepción de todo lo bello». En esta frase sobre la «sed de la Palabra y de la concepción de todo lo bello» se pone de manifiesto la profunda relación que existe entre la creación y la Revelación, que el pecado enturbia, pero no anula. Al aludir a «lo bello» hemos de recordar que la palabra griega para «gracia», charis, significa también «hermosura», y que en la conciencia cristiana el estado final de la humanidad perfeccionada y del mundo es la transfiguración y la plenitud eterna de la belleza del Apocalipsis. Este sentimiento cristiano vive profundamente en lo óntico. La separación entre la palabra de la Revelación y la mundanidad le es ajena, como siempre lo ha sido para los orientales, para quienes «nueva creación» y «bienaventurada inmortalidad» eran los términos utilizados para describir el fruto de la redención.
Tan profundas son estas relaciones que el propio pueblo se convierte en un misterio divino en el que hay que creer. Quien pierde el contacto con él, pierde también el contacto con el Dios vivo; un pensamiento que puede llegar a ser cuestionable debido a elementos románticos, pero que solo adquiere su significado real a partir del contexto en el que «pueblo de Dios» y «nueva creación» significan para Dostoievski: «Quien no cree en Dios no cree en un pueblo de Dios; sin embargo, quien cree en un pueblo de Dios contempla también su santidad, aunque hasta entonces no haya creído en ella». A quien se abre al misterio de la existencia humilde y creyente del pueblo, en el que constantemente tiene lugar el misterio de la obra creadora y redentora de Dios, se le abrirán los ojos a Dios mismo.
El término «Romanticismo» se ha mencionado en el párrafo anterior. Dostoievski fue sin duda uno de los grandes románticos. Pero su pueblo no es un concepto romántico en un sentido superficial. Independientemente de que su concepto del pueblo exprese momentos fundamentales de la amplitud de miras cristiana, dicho pueblo no está idealizado en absoluto, sino que es visto de forma muy realista; entendiendo ese realismo como una realidad expoliada, desnuda, que Dostoievski calificaría como la pobreza y la aridez del corazón del poeta. Su pueblo se ve en toda suciedad, en todo vicio, en toda su depravación e ignorancia; embotado, codicioso, adicto sobre todo a una espantosa embriaguez; sin dejar de ser, por ello, el «pueblo de Dios».
Esta existencia del pueblo no tiene nada de santa en sí misma —en la medida en que Dostoievski se inclina a declararla per se santa, sucumbe a su paneslavismo metafísico—, pero en todas partes están abiertas las puertas a que sea santificada. Camina por la linde de un precipicio, al otro lado del cual está Dios. De un momento a otro, puede ocurrir que el tipo más depravado, medio borracho y en una taberna de mala muerte, hable de Dios y del sentido de la existencia con tal profundidad que uno no tenga más remedio que simplemente escuchar, porque lo que dice merece ser creído. Esto solo es posible si toda la existencia está contenida en Dios a través de esa actitud de la que hablábamos.
A lo largo de todas las obras de Dostoievski vive el pueblo, una multitud anónima o apenas nombrada. Por todas partes vemos sus ojos fijos en nosotros; por todas partes sentimos latir sus corazones. Pero de esa totalidad sobresalen figuras individuales, identidades perfiladas y, sin embargo, completamente entretejidas en el contexto más amplio. Damos con ellas en todas las novelas. Podemos encontrar a un criado, un campesino, un pequeño burgués o un soldado; transeúntes en la calle que aparecen brevemente, hablan unas palabras y luego desaparecen de nuevo entre la multitud; clientes en una taberna, jornaleros, vendedores en el mercado, gente de bien y degenerada, el inteligente y el estúpido, etcétera. Encontramos tales figuras, que acaban de surgir en el contexto sin nombre, de forma muy impresionante al principio de Los hermanos Karamázov, donde el pueblo acude a su gran amigo, el stárets Zosima, en el tercer capítulo del primer libro, titulado “Las mujeres piadosas”. Allí llevan a una klikuscha, una persona psicológicamente trastornada, que «a veces se vuelve completamente loca, y chilla y ladra como una perra». Es una de tantas de su especie. Dostoievski dice que se trata de
una terrible enfermedad femenina [...] que, al parecer, se da con mayor frecuencia aquí en Rusia y atestigua la dura suerte de nuestras campesinas; una enfermedad que proviene del trabajo extenuante iniciado demasiado pronto después de un parto difícil, anormal y sin ayuda médica, o del sufrimiento desesperado a causa de los golpes recibidos, etcétera, que la naturaleza de ciertas mujeres no puede soportar4.
«Sufrimiento desesperado»: exceso de trabajo, de angustia y de opresión; ningún amor que ayude e ilumine, y ninguna posibilidad en absoluto de protegerse o de encontrar una salida, como puede hacer la personalidad culturalmente liberada gracias a su energía e inventiva. Este ser humano está completamente a merced del sufrimiento. Pero Dios habla y consuela desde la persona que se ha hecho libre y madura y desde su sabiduría nacida del amor.
En el caso de la klikuscha no hay que hacerse ilusiones. La enferma se calma al acercarse al stárets; se alivia momentáneamente, pero volverá a su entorno y todo volverá a ser como antes. Humanamente hablando, su destino es desesperado. Pero Dios está presente. Ni la justicia ni la dignidad humana se hacen valer. El hombre permanece atado a su destino; ni siquiera el sentimiento de lo inmerecido de este destino puede liberarlo. Y aunque nada cambie, aunque acudir al hombre de Dios solo ayude transitoriamente, sigue sin dudar sobre la bondad de Dios. Esta persona sigue existiendo en la desesperanza de su sufrimiento y permanece relacionada con Dios, cuya voluntad no comprende, pero a la cual se somete.
Aquí pesa un oscuro espanto. Sin embargo, en algún lugar esta mujer es profundamente consolada, y en ello hay una promesa como la hay en el grano de trigo sembrado en la tierra.
Luego está la otra mujer, a la que se dirige el stárets después de ocuparse de la klikuscha:
—¡Tú, que vienes de muy lejos! —le dijo a una mujer bastante joven, todavía muy delgada y con la cara no solo quemada por el sol, sino demasiado negra. Estaba de rodillas y contemplaba al stárets con mirada impertérrita, sus ojos llenos de algo parecido al éxtasis.
—De lejos, padre; de lejos, a trescientas verstas de aquí. De lejos, padre, bien lejos —dijo la mujer, casi cantando las palabras, balanceando lentamente la cabeza de un lado a otro y llevándose la mano a la mejilla. Todo su discurso era como un lamento.
Hay una pena muda y muy paciente entre el pueblo llano. Se arrastra y permanece en silencio. Pero también hay otro sufrimiento, que estalla en lágrimas y a partir de ese momento se convierte en lamento u oración. Esto es especialmente frecuente entre las mujeres. Pero no es más llevadero que el sufrimiento silencioso. El lamento solo alivia el sufrimiento desgarrando el corazón. Ese sufrimiento ni siquiera exige consuelo, se alimenta del sentimiento de su insaciabilidad, de su desolación. El lamento no consiste más que en la necesidad de tocar una y otra vez la herida dolorida.
—¿Perteneces tal vez a la pequeña burguesía?» preguntó el stárets, mirándola fijamente a la cara.
—Somos de la ciudad, padre, de la ciudad, somos gente sencilla. Somos campesinos, pero vivimos en la ciudad, padre, en la ciudad. He venido a verle. Hemos oído hablar mucho de usted, padre. He enterrado a mi hijo pequeño, a mi pequeño, he ido a rezar a Dios. He estado en tres monasterios, pero todos me dicen: ve, Nastasiuschka, ve a ver al stárets; es decir, querido padre, debía ir a verlo a usted. Así que vine, fui al servicio nocturno ayer, y hoy he venido a verle.
—¿Por qué lloras?
—Es por mi hijito, padre, era un niño de tres años, solo le faltaban tres meses para cumplirlos. Me atormento por mi hijito, padre, por mi hijito. Era el último que me quedaba; teníamos cuatro, cuatro, Nikitushka y yo. Pero los niños no se quedan con nosotros, buen hombre, no se quedan. Enterré a los tres primeros, los enterré y no me dolió tanto; pero enterré a este último, y ahora ya no puedo olvidarlo. Es como si estuviera aquí delante de mí y no quisiera irse. Tengo hecha trizas el alma. Cuando miro sus camisetitas, sus camisetitas o sus botitas, gimo y aúllo5.
He aquí otra persona que se ve atrapada en un sufrimiento del que no puede escapar, ni con su mente, ni con su voluntad, ni con ninguna ayuda de la educación. Es maravilloso leer cómo el stárets trata el asunto. Primero intenta consolar a la madre diciéndole que el niño está en el gozo de Dios. La mujer no lo duda, pero sus sentimientos hablan demasiado inexorablemente; el consuelo no sirve de nada. Entonces el stárets se da cuenta de que aquí hay algo que es inabordable y que debe dejarse tal y como está:
—También Raquel lloró así por sus hijos y no pudo consolarse; estas son las barreras que se os han trazado a las madres aquí en la tierra. Y por eso no te contentes con esto, mujer; no te consueles, ni te dejes consolar, sino llora; pero recuerda en cada hora en que lloras que tu hijo es uno de los ángeles de Dios, y que te mira desde las alturas, te ve y se alegra de tus lágrimas, y se las muestra a Dios nuestro Señor. Y mucho tiempo todavía, madre, seguirás derramando las lágrimas de tu gran dolor; pero un día todo se transformará en una tranquila alegría, y tus amargas lágrimas serán entonces solo lágrimas de emoción calmada, una purificación del corazón que salva de todos los pecados6.
La situación no cambia, porque nada puede cambiarla. Pero la realidad inmutable ha de ser llevada a Dios como un todo, en una entrega última que llega hasta la raíz. A partir de ahí, el todo se transformará; la transformación tendrá lugar desde el corazón que es arrebatado por la gracia y se entrega a Dios en el amor. La transformación de la dura existencia desde la fuerza del amor del corazón unido a Dios: esta es la obra del pueblo creyente.
—¡Vuelve con tu marido, esposa vuelve con él hoy mismo, madre!
—Iré, querido padre, iré como me dice; ha aliviado mi corazón7.
A continuación, tras atender a una anciana madre, que teme por su hijo y ya ensaya prácticas supersticiosas para tener noticias de él, aparece el más oscuro de todos los personajes:
Pero el stárets ya se había fijado en dos ojos ardientes con los que una campesina flaca, aparentemente consumida, pero todavía joven, le miraba impasible. Le contemplaba en silencio. Sus ojos suplicaban algo, pero parecía temer acercarse más.
—¿Qué te ha traído hasta aquí, hija mía?
—Redime mi alma, Padre —dijo en voz baja y sin prisas, se arrodilló y se postró en tierra ante él.
—He pecado, padre, y temo mi pecado.
El stárets se sentó en el escalón inferior y la mujer del granjero se le acercó andando de rodillas.
—Soy viuda, ya el tercer año —empezó a medio susurrar, casi estremeciéndose—. Lo pasé mal en mi matrimonio, él era viejo y me pegaba hasta lastimarme. Luego cayó enfermo y se quedó en cama, y entonces pensé, mientras le miraba, ¿qué pasa si se pone bueno y se levanta otra vez? Y entonces me vino este mismo pensamiento...
—Espera —dijo el stárets y acercó su oído a los labios de ella. Ella continuó su confesión en un susurro bajo, inaudible. Pronto hubo terminado.
—¿El tercer año? —preguntó el stárets.
—El tercero. Al principio no pensaba en ello, pero ahora ha llegado la enfermedad y con ella el miedo ha entrado en mi alma8.
Una vez más estamos ante un sufrimiento sin esperanza. Una miseria que se vuelve culpable en su desesperación. Es solo un pensamiento; pero en este pensamiento todo se contrae y se vuelve melancolía, la convicción de ser rechazado. De nuevo el stárets ve claramente cómo están las cosas: que no tiene sentido aflojar la estructura de esta existencia, que está completamente replegada sobre sí misma, amurallada en el destino. Toda reflexión, todo motivo de consuelo, toda salida sugerible se deslizaría por ese muro. Así pues, toma esta existencia como un inicio y muestra el punto de apoyo a partir del cual puede transformarse a partir de la aceptación ante Dios: el arrepentimiento.
—No temas nada, ni tengas miedo, ni se turbe tu alma. Con tal de que el arrepentimiento en ti no amaine, Dios te lo perdonará todo. A fin de cuentas, no hay pecado, no puede haber pecado tan grande en todo el mundo que Dios nuestro Señor no perdone al pecador verdaderamente arrepentido. Y el hombre nunca podrá cometer un pecado tan grande que agote por completo el infinito amor de Dios. ¿O crees que hay un pecado más grande que ese amor divino? Ocúpate solo del arrepentimiento, sé incansable en el arrepentimiento, pero rehúye el miedo; cree que Dios te ama de una manera que ni siquiera puedes imaginar, que te ama junto con tu pecado y a ti en tu pecado. ¿No sabes que está escrito: «Habrá más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por diez justos»? Ve, pues, y no tengas miedo. No dejes que la gente te amargue, ni te enfades por las ofensas. Perdona de corazón al difunto y reconcíliate con él de veras. Si te pesa, es que amas, y si amas ya eres hija de Dios. El amor todo lo redime, el amor todo lo salva. Si yo, que soy tan pecador como tú, me he conmovido y apiadado de tu, ¿cuánto más no lo hará Dios? El amor es un tesoro tan inestimable que con él se puede redimir el mundo entero, y redimir no solo tus pecados, sino también los de los demás. Así que ahora vete en paz y no temas.
Golpeó la cruz sobre ella tres veces, luego tomó una pequeña imagen sagrada de su cuello y la colocó alrededor del cuello de ella9.
La existencia de este pueblo tiene una grandeza estremecedora. Y que se trata de verdadera grandeza, y no de una torpeza enmudecida, queda claro en el hecho de que puede ser comprendida por los conductores de almas —como el stárets Zosima, cuya suprema sabiduría y amor son indudables— que guían al pueblo por semejantes sendas. Son caminos de aceptación sin ilusiones del destino más duro, muy cercanos a la realidad, sin gestos heroicos. Pero quien tiene un sentido de lo que significa la santidad, es decir, la existencia vivida en la fe incondicional, verá que tales cosas están aquí en ciernes.
No obstante, la naturalidad con la que se domina la densa realidad cotidiana desde los puntos de vista religiosos más sublimes, y la franqueza con la que estas personas comprenden lo que está en juego y el modo en que siguen el camino indicado; todo esto solo es posible gracias a la actitud global del pueblo descrita anteriormente. El pueblo vive directamente entrelazado con la tierra y el destino; pero esta inmediatez no ha de entenderse en sentido naturalista o pagana. Tampoco directamente en el sentido del idealismo, como si solo fuera una etapa preliminar de una existencia plenamente humana, una preconciencia que solo podría convertirse en auténtica espiritualidad a través de la reflexión. Este es el esquema occidental; Dostoievski, en cambio, luchó precisamente contra la transferencia de este esquema a su pueblo, y haciéndolo luchó por el hombre en general. En su obra siempre se produce una nueva «ruptura», que conduce de la naturalidad o de la piedad pagana a la relación más profunda, espiritual (del pneuma), con Dios, al vínculo con Cristo y a la aceptación de la existencia como voluntad de Dios.
Ya se ha dicho que Dostoievski ensayó él mismo su concepto de la posición religiosa del pueblo. Lo hizo en dos personajes de esa obra, Los demonios, que, como casi ninguna otra de sus creaciones, revela las terribles posibilidades de destrucción que nos acechan.
En la novela aparece la extraña figura de María Lebaedkina, «la mujer coja» de las notas de Dostoievski, que nos han llegado a través de las publicaciones más recientes10. Ella es una mujer enferma de cuerpo y alma a la que se une el igualmente patológico Stavrogin para encontrar en esta conexión antinatura la excitación de los sentimientos que de otro modo se le niega.
El personaje está dibujado con una increíble perspicacia psicológica. María Lebaedkina es una enferma mental que a menudo se expresa confusamente. Pero también dice cosas profundas, a veces muy profundas. Parece no darse cuenta de nada a su alrededor, pero con frecuencia revela una observación inusualmente aguda sobre la gente. Es una criatura miserable, pero no conoce el miedo. Está atormentada por su depravado hermano, pero se ve a sí misma como una princesa que está por encima de todo temor.
Sus vidas también están impregnadas de las fuerzas básicas de las que hemos hablado: sobre todo, de una profunda conexión con la naturaleza. Este vínculo es plenamente religioso; pero la ruptura de la que hablábamos, la transformación de la relación a partir de la voluntad personal de Dios recibida en la fe, no parece realizarse en esta ocasión. Hay algo en María Lebaedkina que recuerda a las figuras hechizadas de los cuentos de hadas. Una alegría que entristece y puede convertirse rápidamente en honda melancolía. Uno piensa en esas personas a quienes las sirenas han privado con su turbador canto de sus facultades, o es aquellas que han caído en las garras de los trols y se han vuelto extrañas. En su espíritu, las realidades religiosas viven con toda naturalidad, como en las viejas leyendas; paganas, míticas.
Shatov ha acudido a ella; conversan. Y de la maraña de sus fantasías, ella cuenta el tiempo en que estuvo alojada en un convento:
Pero cuando salí de la iglesia, nuestra anciana monja me susurró que estaba haciendo penitencia con nosotros por sus profecías. Me preguntó:
—¿Qué es eso de la madre de Dios? ¿Qué piensas sobre ese asunto?
—La gran madre —le respondí— es la gran esperanza, la confianza eterna del género humano.
—Así es —dijo ella—, la madre de Dios, esa es la gran madre, nuestra tierra fértil; y en verdad te digo que hay en ella alegría para el hombre. Cada dolor y cada lágrima terrenal es una alegría para nosotros. Y si regáis con vuestras lágrimas la tierra oscura que está bajo vuestros pies, a medio metro de profundidad, todo os traerá verdaderamente alegría en la misma hora. Y no tendrás ninguna, ninguna pena —añadió— porque ya ves que existe tal profecía. Desde ese momento empecé a rezar, me incliné hacia la tierra y la besé y lloré. Y mira, te digo, Shatushka, no hay nada malo en estas lágrimas, e incluso si no tienes ninguna pena, llorarás lágrimas de pura alegría. Las lágrimas se lloran solas. A veces iba al lago, a la orilla; a un lado del lago estaba nuestro monasterio y al otro nuestra afilada montaña, la llamábamos simplemente el Spitzberg. Y entonces subo a esta montaña y vuelvo la cara hacia el este y caigo al suelo y lloro sin freno; ni sé cuánto tiempo lloro, y entonces lo olvido todo y ya no sé nada. Luego me levanto y me vuelvo, y el sol se pone, tan grande, y es un esplendor y una gloria. ¿Te gusta ver el sol así, Shatushka? Es hermoso, pero triste... Y me vuelvo hacia el este, y la sombra, la sombra de nuestra montaña, corría estrecha y larga como una mano a través del lago, a una versta de distancia e incluso más allá, hasta la isla en el lago, y dividía esta isla pedregosa, como está allí, en dos mitades. Y mientras la dividía, el sol se ponía por completo y todo se apagaba de repente. Y entonces la nostalgia me invadió de nuevo, y de repente volvió el recuerdo, y lo cierto es que temo la oscuridad, Shatushka11.
Es como una vieja balada, llena de encanto. Pero aquí Dios ya no es el Dios vivo, cuyo rostro habla desde todas las cosas, desde todos los símbolos, desde todo destino; ese Dios a quien se acude, y al acudir a él, y al invocar su rostro, y en obediencia a su palabra, toda la realidad permanece enteramente ella misma y, sin embargo, queda santificada. La tierra no es aquí esa expresión a un tiempo de fértil profundidad primordial y sagrada inviolabilidad del orden de Dios, como en las palabras de Sonia cuando adivina la culpabilidad de Raskólnikov:
Sus ojos, que hasta ahora habían estado llenos de lágrimas, brillaron de repente.
—¡Levántate!
Sonia le agarró por los hombros y él se levantó, mirándola casi con asombro.
—Ve enseguida, de inmediato, párate en una encrucijada, póstrate, besa primero la tierra que has profanado, luego póstrate ante el mundo entero, en las cuatro direcciones, y di en voz alta: «He matado». Entonces Dios te concederá una nueva vida.
Aquí hay algo completamente diferente. Aquí está el abismo de la naturaleza irredenta y las profundidades de la melancolía que se arrastra.
Sin embargo, la certeza creadora de Dostoievski, en la que los propios personajes parecen anunciarse y abrirse paso en sus novelas, llevaron al autor a oponer a esta mujer el personaje de Shatov, el único que la comprende y siente simpatía por ella. En él vive lo mismo que en María Lebaedkina, solo que en su caso se llama «pueblo», en lugar de «naturaleza».
La novela muestra los demonios del hombre desarraigado, de la civilización desarraigada. Pero también se muestran las fuerzas antidemoníacas: la naturaleza endiosada y la nación idolatrada. Es el infiel Stavrogin, incapaz de devoción, quien ha encendido la creencia en la divinidad del pueblo en el casi psicópata Shatov.
Shatov extrae todas las consecuencias de esta postura:
—Ni un solo pueblo […] se ha construido y establecido sobre los cimientos de la razón y la ciencia; ni una sola vez se ha dado todavía el caso, salvo quizás en algún momento aislado, y por pura estupidez. El socialismo debe ser ateo por su propia naturaleza, ya que proclama explícitamente y desde su fase inicial que pretende construir su mundo exclusivamente sobre la razón y la ciencia. Pero la razón y la ciencia han cumplido siempre en la vida de los pueblos, tanto ahora como desde tiempos inmemoriales, una tarea meramente servicial y de segundo orden, y así seguirá siendo hasta el fin de los tiempos. A los pueblos los forma y los mueve una fuerza completamente distinta, imperiosa e irresistible, cuyo origen sigue siendo desconocido e inexplicable. Es la fuerza del deseo insaciable de llegar hasta el final, un deseo que al mismo tiempo se resiste constantemente a esa meta. Es el poder de la afirmación continua e incansable del ser y de la negación de la muerte. Es el espíritu de las aguas siempre fluyentes de la vida, como dicen las Sagradas Escrituras, y con cuya sequía amenaza tan terriblemente el Apocalipsis. Es la pulsión estética, como la llaman los artistas; es la pulsión moral, como la llaman los filósofos. Yo digo simplemente que es la búsqueda de Dios. La meta eterna de todo el movimiento de un pueblo, de cada pueblo y de cada meta particular en cada etapa de su historia, es siempre y únicamente su búsqueda de Dios, de su Dios, de su Dios absolutamente propio, particular, y luego la creencia en este Dios como el único verdadero. Dios es la personalidad sintética de todo un pueblo, desde su principio hasta su fin. Nunca ha ocurrido que dos o más pueblos hayan tenido un mismo Dios; cada pueblo ha tenido siempre el suyo propio. Es un signo de la decadencia de los pueblos cuando sus dioses se hacen comunes, entonces los dioses mueren, y la fe en ellos muere junto con los pueblos. Pero cuanto más fuerte es un pueblo, más exclusivo es su dios.
Y más adelante añade:
—¡Dice usted que rebajo a Dios a un atributo del pueblo! ¡Al contrario! ¡Elevo al pueblo a la categoría de Dios! El pueblo es el cuerpo de Dios. Todo pueblo solo es pueblo mientras siga teniendo su propio dios especial y rechace enérgica y cruelmente a todos los demás dioses del mundo; mientras siga creyendo que solo puede triunfar con su dios y subyugar a todos los demás dioses. Todos los grandes pueblos han creído esto de sí mismos y de su dios, al menos todos los más o menos destacados, todos los que una vez estuvieron a la cabeza de la humanidad [...] Si un gran pueblo no cree que la verdad está solo en él —precisamente solo en él, y absoluta y exclusivamente en él—, si no cree que solo él es capaz y está llamado a despertar a todos los demás pueblos y a salvarlos con su verdad, entonces se convierte inmediatamente en material etnográfico, ¡pero no en un gran pueblo! [...] Pero como solo hay una verdad, solo un pueblo puede tener al único Dios verdadero, por muy grandes que otros pueblos tengan sus propios dioses. El único pueblo que tiene a Dios, ese somos nosotros, ese es el pueblo ruso12.
Una forma de pensar monstruosa; y podría repetirse hoy con las mismas palabras. Ya no se trata del pueblo antes mencionado. Aquí se revela la posibilidad demoníaca que yacía en el entretejido del pueblo. Y el poder religioso que aquí se llama «Dios» ya no es Él, del que también hablamos más arriba, el Dios vivo, el Creador y Señor, Cristo, que redime y fortalece para vencer, sino algo que lleva a la absolutización del pueblo y —en condiciones diferentes— del Estado. Y esto se expresa con una violencia inaudita en la página siguiente, en la que leemos:
Stavrogin lo miró severamente.
—Solo quería saber una cosa. ¿Cree usted en Dios o no?
—Creo en Rusia, creo en su ortodoxia. Creo en el cuerpo de Cristo [...] Creo que la nueva venida tendrá lugar en Rusia [...] Creo —balbuceó Shatov, como en éxtasis.
—Pero ¿en Dios? ¿En Dios cree?
—Yo... yo… creeré en Dios.
Ni un músculo se contrajo en el rostro de Stavrogin. Shatov lo miraba con fervor, desafiándolo, como si quisiera abrasarlo con su mirada13.
El capítulo anterior hablaba de la existencia religiosa del pueblo y de cómo la realidad de Dios se sitúa en él. Para Dostoievski, «el pueblo» es el ser humano que vive en las realidades básicas de la existencia, inserto en sus contextos esenciales. Dios, sin embargo, se contrapone a él como Aquel que todo lo crea, todo lo gobierna y todo lo asigna. Dios es Aquel que se encuentra en la propia existencia cotidiana. Pero Él no es la «naturaleza», el mero suelo primordial de esta existencia, la raíz del mundo. El camino de lo inmediatamente natural a Dios transcurre a través de una refracción: Cristo es visto en lo que es y en lo que sucede; la voluntad de Dios es aceptada en todo lo que ocurre. En esa aceptación se vive lo que está en todas partes de la existencia, el sufrimiento. Esto anula la inmediatez natural que el paganismo —sea del contexto natural o del pueblo— significa. En la simple aceptación de la existencia de la mano de Dios, se produce la transformación de la propia voluntad en la voluntad de Dios; así, sin que la criatura deje de ser solo criatura y Dios deje de ser verdaderamente Dios, se alcanza la unidad viva.
Que se dé esta relación, y la imagen de Dios de majestad sencilla, íntima y misteriosa que surge de ella, depende de que el hombre no se desprenda de la existencia simplemente dada, de que no se vuelva crítico, de que no reflexione hasta el punto de devenir artificial. Ya hemos encontrado algunos personajes de Dostoievski que surgieron de la generalidad sin nombre con un ser individual, sin dejar por ello de ser parte de esa generalidad llamada «pueblo».
Ahora bien, hay otros personajes que ciertamente se encuentran puramente en los contextos descritos y en una actitud de simple presencia, pero que viven en circunstancias sociales y culturales más diferenciadas que, por ejemplo, «las mujeres piadosas»; que tienen una mayor movilidad personal y están más cerca de constituir un carácter típico individual. La relación fundamental se mantiene; pero se ha puesto en marcha, se ha enriquecido y se ha hecho más sensible. Ha ocurrido lo que ocurre cuando un tipo simple se ha diferenciado hasta tal punto que sigue siendo inequívoco, pero ya no lo será por mucho tiempo. Basta un momento de gran expresividad, fino y rico, unos pasos más allá en el desarrollo, ya sea en la persona en cuestión o en la siguiente generación, para que el tipo pierda su sencilla unicidad.
Personas de este tipo son las dos Sonias: la compañera de Versílov en El adolescente y la amiga de Rodión Raskólnikov en Crimen y castigo.
Sonia Andréievna es la esposa de Makar Dolgoruki, el «peregrino», y la madre del «adolescente», Arkadi Makárovich. Sin embargo, vive con su antiguo terrateniente, Andrei Petróvich Versílov, que es el padre de Arkadi. Su lugar en el mundo está determinado por su posición entre estos dos hombres.
Makar es una persona especial; hablaremos de él en detalle en el capítulo siguiente. Por lo que nos cuenta Versílov sabemos que es un hombre apuesto, alto, serio y de carácter fuerte que llega a desarrollar una honda interioridad en el curso de su vida. Es un siervo, pero todo el mundo siente que su naturaleza le sitúa por encima de su posición; y si más tarde su terrateniente le trata casi como a su igual, es la naturaleza fundamentalmente noble del hombre la que lo hace posible. Sonia le es entregada en matrimonio por su padre moribundo. En ese momento, él ya es mucho mayor que ella, pues la llevó en brazos cuando era una niña «que aún no podía sostenerse sobre sus piernecitas».
El señor de la hacienda es Versílov, una de las esquirlas de la concepción dostoievskiana del «gran pecador». Otros personajes que lo representan son Stavrogin de Los demonios, Iván y, grosso modo, Aliosha de Los hermanos Karamázov; hombres que son geniales y patológicos a partes iguales; abiertos a lo más noble, al mismo tiempo amenazados por el mal y lo mórbido, incluso por lo demoníaco; naturalezas marginales hasta la médula en las que los problemas más profundos de los tiempos modernos trabajan en el pensamiento, pero sobre todo en el ser. Versílov le cuenta a su hijo, el «adolescente», a su manera burlonamente displicente, que a veces oculta una emoción que de pronto crece en sus adentros, incluso una conmoción impotente, como le sucedió que en cierta ocasión en que llegó a sus posesiones y la joven casada se entregó a él:
—Te juro que ahora mismo, que me siento profundamente arrepentido por lo ocurrido hace veinte años, en este mismo instante, siento quizá por milésima vez la debilidad y la impotencia de ese arrepentimiento. Dios es testigo de cuánto dependió aquello del azar, de que sucedió casi por accidente [...] y luego está que, en la medida en que estaba en mi mano, me conduje «humanamente»; al menos como concebí que sería un acto heroico de «humanidad» en aquel momento»1.
La historia se desarrolla en una atmósfera de extraño realismo, podría decirse que fantástico. Versílov no quiere desprenderse de la mujer, pero tampoco quiere hacer uso de su omnipotencia como señor, situarse al margen de sus principios liberales, aunque solo sea porque intuye el singular carácter de Makar. Así que le confiesa lo sucedido e intenta compensarle, una maniobra en verdad bastante discutible.
En su momento le ofrecí tres mil rublos [...] Le di mi palabra de que si aceptaba mi propuesta —es decir, tres mil rublos como compensación por la libertad (para él y su esposa, por supuesto), y el viaje adonde quisiera (sin su esposa, por supuesto)—, si la aceptaba, le daría la libertad inmediatamente, posiblemente le enviaría a su esposa de vuelta, y les daría a ambos un regalo. Al día siguiente accedió a dejar la hacienda, por supuesto sin decir mucho, y sin olvidar ni una sola de las recompensas que le había prometido.
Makar acepta así la situación; para ser más exactos, vino a decir que la comprendía y no quería hacer nada al respecto, porque nada podía hacerse. Pero lo hace sinceramente. También perdona con toda sinceridad a su mujer, lo que ha pasado y lo que está por venir, sin dejar de amarla, pero también sin renunciar a sus derechos, y sin avenirse a llamar justo a lo que es injusto. Después peregrina y se convierte en la gran figura religiosa que llegaremos a conocer. Mantiene una relación regular con Sonia y Versílov, a quienes, con el paso de los años, considera espiritualmente «sus hijos», aprovechando así la oportunidad que le brinda su edad para hacer frente a lo que en sí es una situación imposible.
Makar los ama a ambos y, sin embargo, no olvida nada de lo ocurrido. Nunca habla de ello, pero no le hace perder ni un gramo de cordura la injusticia que con él se ha cometido. Por su parte, Versílov sigue siendo consciente de que ha hecho mal y continúa haciéndolo. Pero no renuncia a la mujer. Y finalmente Sonia se convierte en su salvación.
Todo el asunto es muy extraño, y se pone de manifiesto la profunda diferencia que aparentemente existe entre la estructura personal oriental y la occidental.
Sonia Andréievna se interpone entre los dos hombres en este entramado imposible de relaciones, pero su forma de ser difiere de lo que cabría esperar.
