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"La secular pregunta sobre la propia identidad es uno de los problemas básicos de la gente de hoy. ¿Quién soy? ¿Por qué existo? ¿Por qué soy como soy? Son preguntas que no pueden resolverse solo desde el mundo. Cada uno de nosotros experimenta su propio mundo, pero es un mundo que no hemos elegido. Nos encontramos ante una gran tarea de la que no debemos huir. En contraste con las diversas imágenes modernas del hombre, Guardini muestra que la verdadera humanidad solo es posible en el conocimiento de lo divino, y abre un camino meditativo para quienes se preguntan sobre el sentido de su existencia y sobre Dios. "
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Veröffentlichungsjahr: 2023
ROMANO GUARDINI
ACEPTARSE A UNO MISMO
Solo quien sabe de Dios conoce al hombre
EDICIONES RIALP
MADRID
Título original: Die Annahme Seiner Selbst (6. Auflage 1993) / Den Menschen erkennt nur, wer von Gott weiß (5. Auflage 1993)
© 2023 by Katholischen Akademie in Bayern. Verlagsgemeinschaft Matthias Grünewold, Mainz / Ferdinand Schöningh, Paderborn.
© 2023 de la edición española traducida por DAVID CERDÁ GARCÍA,
byEdiciones Rialp, S. A.,
Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid
(www.rialp.com)
Preimpresión / eBook: produccioneditorial.com
ISBN (versión impresa): 978-84-321-6310-4
ISBN (versión digital): 978-84-321-6311-1
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
ACEPTARSE A UNO MISMO
SOLO QUIEN SABE DE DIOS CONOCE AL HOMBRE
AUTOR
ACEPTARSE A UNO MISMO
TODO AQUEL QUE PIENSE de veras sabe que una y otra vez se dará de bruces con cosas que parecen bastante simples, incluso banales, si bien su aparente banalidad es solo la otra cara de su profundidad y riqueza de sentido.
Esa sencillez puede incluso enmascarar su importancia. Nuestra expectativa está ávida de lo interesante y lo monstruoso; pero mientras nos aferramos a este deseo, lo realmente significativo se envuelve en el carácter de lo cotidiano y desaparece de la vista. El verdadero pensador debe aprender a penetrar la apariencia de lo obvio y sumergirse hasta las últimas profundidades.
Detengamos la mirada en una de estas verdades profundas, la verdad que nos afecta de un modo más inmediato: que yo soy este que soy, precisamente el que soy; que cada uno de nosotros es él mismo.
Lo expresamos a través de la frase: soy para mí lo que simplemente se me da. Aquello que para mí es obvio que sea; lo que es condición de todo lo demás; aquello con lo que todo lo relaciono, y desde lo cual me aproximo a todo.
Efectivamente, en todo yo soy el elemento del que parto. Cada declaración que hago contiene, abierta o implícitamente, la palabra «yo». Cada acto que realizo se lleva a cabo desde ese «yo». Lo que ocurre en el ámbito de mi vida me afecta a mí. Siempre estoy implicado: de manera directa, en mi actividad inmediata, en el encuentro o la influencia, o indirectamente, en cuanto a que «mi» entorno, «mi» tierra, «mi» mundo se ven afectados.
En el proceso, puedo alejarme cada vez más del yo inmediato. Hemos dicho «entorno», «tierra», «mundo»; pero siempre se mantiene la relación conmigo: es el entorno que me rodea, la tierra en la que habito, el mundo al que pertenezco. Puedo intentar trascenderme a mí mismo y hablar de las cosas como si yo no estuviera. Esto es algo muy positivo; es un ejercicio del espíritu, que nos permite ser capaces de mirar alejados de nosotros mismos. Sin embargo, la conexión se mantiene, pues siempre soy yo quien trata de ir más allá de mí mismo de esta manera, ya que, en cualquier caso, me llevo conmigo en el proceso, y cada mirada, incluso la más simple, que dirijo a algo, me contiene.
De modo que soy el vivo polo opuesto del mundo. El mundo solamente existe para mí como aquello en lo que estoy; con lo que me encuentro; en lo que actúo. Un mundo en el que no estuviera es una mera idea límite que me impide sobrestimarme; no es algo que pueda pensarse realmente. Pero es que el asunto es más grave todavía: ahora que soy, no hay mundo en el que yo no sería; para nada. A cualquiera que haya comprendido siquiera un poco lo estúpida que resulta la autoexaltación le sonará extraño, pero así es. Porque para todos «mundo» es su mundo; realmente no hay otro. Por lo tanto, mi yo tiene un carácter de inevitabilidad, casi podría decirse que una especie de necesidad. Pero es «casi»; y hablaremos enseguida de lo que significa este «casi». Sea como fuere: casi. Es lo que se presupone en todas partes. Lo que es inherente a todo. Lo inmediato; lo que está cerca de lo más interno: el «yo».
Ahora, sin embargo, hay que hablar de ese «casi» que acaba de interponerse de una forma que ha de ponernos en guardia; porque vuelve a poner en tela de juicio el carácter aparentemente «dado» del propio yo, que al principio parecía tan seguro; y hasta qué punto lo espolea esta cuestión es una prueba de la vitalidad espiritual del hombre.
En concreto, para mí mismo no soy solo obvio, sino también extraño, misterioso, incluso desconocido, tanto que pueden ocurrir cosas como esta: me miro un día al espejo y me pregunto alienado —qué revelador es al adjetivo «alienado», tocado por la extrañeza, rechazado por la extrañeza; pero ojo: ¡una extrañeza que se da entre yo y mi propia imagen!—, me pregunto, decía: ¿quién es ese de ahí? El espejo es una cosa verdaderamente fascinante. Los cuentos conocen muchos secretos sobre este asunto, y quienes urden los cuentos, los poetas, han aprendido de ellos. El espejo muestra cómo yo, que parecía estar tan firme y pulcramente unido a mí mismo, de repente me encuentro en contra de mí mismo, convirtiéndome en alguien «contrapuesto» a mí mismo. ¿Qué significa eso entonces, lo de ser yo mismo?[1] ¿No tendría el mismo derecho a decir: no soy yo, pero espero llegar a serlo? ¿No soy dueño de mí, sino que estoy en camino hacia mí? ¿No me conozco, más bien trato de conocerme?
En una hermosa novela —una de esas que, sin ser de las más elevadas, son perfectas en su valor más modesto—, a saber, Kim, de Kipling, hay una historia de un niño llamado Kimball. Es huérfano, hijo de padre irlandés y madre india. A veces se siente extraño; entonces se sienta tranquilamente y se dice a sí mismo: «Yo, Kim... Yo, Kim... Yo, Kim...». Al hacerlo, tiene la sensación de que cada vez se adentra más en sus profundidades, que va hacia algo último e indecible; y si logra llegar allí, entonces todo estará bien. Pero en el penúltimo momento siempre se cae; se pone en marcha, y todo termina siendo en vano. Un día un viejo asceta se planta delante de él, lo observa y le dice cariacontecido: «Lo sé, lo sé. No funcionará». ¿A qué se refiere? ¿Qué quería el chico? ¿Qué ha sabido el anciano, experimentado en estos ejercicios de interioridad, que no va a conseguir? Captar con su «nombre» su «yo». El nombre es el devenir revelado en la palabra; el ser conocido. Así pues, Kim quería que su ser y su conocimiento de sí mismo se convirtieran en uno, y así llegar a la autocomprensión. Entonces todo estaría bien. Pero el hecho de que lo buscara indicaba que no lo tenía, y si no lo conseguía era porque nunca podría conseguirlo; una expresión de que hasta ahí llegaba al límite de su posibilidad, que no era otro que su finitud.
