10,99 €
«¡No, gracias! ¡Suficiente con las cargas propias de la vida para agregarle también un dios con látigo en mano para zurrarme cada vez que, según sus estándares, yo metiera la pata! ¡No, gracias, de nuevo! Eso quedó atrás. ¡Yo nunca voy a volver a una iglesia!». Eso pensó Isabel por un momento, pero no sabía que la vida le iba a dar una segunda oportunidad llamada Sebastian. Isabel, una mujer sencilla con una historia marcada por la pérdida de su padre y una experiencia traumática en su pasado, vive en una zona bodeguera del Valle de Uco (Mendoza). Sus días trascurren entre su trabajo en una bodega muy conocida del lugar y su casa. Sebastian es dueño de una inmensa fortuna producto de sus negocios, pero un día tiene que hacerse cargo de la bodega de su padre pues el hombre piensa retirarse, así que viaja al valle. El encuentro entre ambos marca el comienzo de una historia de amor singular y divertida, en la que los protagonistas, vinculados a una iglesia cristiana, se ven envueltos en una trama que explora las complejidades de sus creencias y sus valores.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 384
Veröffentlichungsjahr: 2024
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Betsabe Abraham, Ana
El valle de las oportunidades : cuando el amor y la fe entrelazan / Ana Betsabe Abraham. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.
310 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-944-5
1. Novelas. 2. Novelas Románticas. 3. Literatura Cristiana. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2024. Betsabe Abraham, Ana
© 2024. Tinta Libre Ediciones
“Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de ti, dice Jehová, pensamientos de paz y no de mal, para darles lo que esperan”.
Jeremías 29:11
El valle de las oportunidades
Capítulo 1
Eugenio Bustos, 19 de noviembre de 2012
—Junto a aguas de reposo me pastoreará, confortará mi alma. —La voz del pastor se pierde en mi mente y por un breve minuto puedo descansar de tanta presión. Mis ojos recorren los rostros conocidos que nos acompañan. Mucha gente se acerca hasta aquí a presentar sus respetos, es lo que pasa en un pueblo chico donde todos se conocen. Mi papá nació en este lugar. Siempre fue un padre cariñoso hasta que la bebida lo enredó por completo. Sin embargo, aún en los momentos de ebriedad, nunca fue violento ni nada por el estilo. Lo voy a extrañar.
El discreto llanto de mi mamá se escucha apagado por el pañuelo que tiene en su mano. Está muy demacrada, los hombros hundidos como si cargara con todo el peso de este mundo, los ojos rojos de tanto llorar. Siento mucho dolor por ella, verla así me duele. Toda su vida estuvo apoyando a mi papá, aún en los momentos más difíciles. Fue un hombre atento y amoroso hasta que dejó de serlo. Nunca voy a entender por qué se alejaron tanto, ni qué lo empujó a la bebida de esa manera, pero a menudo mamá tenía que ir a buscarlo al bar de José y soportar su mal humor y sus quejas. Pobre mamá.
La mañana se me antoja calurosa. Estamos a mediados de noviembre, ya no se soporta el calor y menos aquí, en el cementerio, a pesar de que hay árboles que dan sombra a lo largo de los pasillos empedrados. La tía Miriam sostiene a mi mamá del codo y murmura palabras de consuelo en su oído. Mi hermana aprieta con fuerza mi mano, los nudillos se le ven blancos de tanto apretar. Me lastima, pero no importa. Los demás escuchan con atención las palabras del pastor. Están las mujeres de la congregación, algunos hombres vestidos de manera informal y muchos vecinos del barrio. A mi papá le hubiese encantado ver esto. Tanta gente reunida por él.
Cuando el pastor Ricardo termina con el servicio, varios pares de ojos se posan sobre nosotras. Somos un trío de lo más extraño. Nadie diría que Ema y yo seamos muy parecidas. Ema es mi hermana, medimos lo mismo, pero hasta ahí llegó el parecido. Ella tiene el pelo lacio y rubio, casi del color de las chalas del maíz. Lo heredó vaya a saber de quién, porque mi mamá tiene el pelo negro, aunque ahora se le ve gris por las canas. Mi papá era bien morocho. Nadie sabe de dónde salió Ema rubia y de ojos azules, algún antepasado seguro era así. En cambio, mi pelo es castaño rojizo, ni lacio ni rizado, más bien revuelto. Igual que mi abuela Mabel. Lo odio. Nunca puedo mantenerlo peinado, así que siempre lo llevo atado con una cinta para no quebrarlo, como ahora.
Yo soy la mayor, tengo veintidós años. Ema tiene diecinueve y a pesar de que es más joven puedo asegurarles que es muy madura; bueno, a veces no tanto. A principios de este año se fue a vivir a Italia, está estudiando pintura. Trabajó durante toda la secundaria a medio tiempo, ahorró lo más que pudo y se fue del pueblo. No la culpo. Siempre soñó a lo grande. Yo me conformo con menos, trabajo en una de las bodegas que hay en Altamira. Soy secretaria de Adriana, la gerente de ventas. Es buena. Me gusta trabajar ahí. Hace cuatro años que estoy en ese lugar.
—Lo siento mucho —me dice Estela, la que fuera mi maestra dominical. Y una punzada de nostalgia se cuela por mi pecho sin poder contenerla. Ya es tarde. Nunca voy a volver. La iglesia no es para mí. Los ojos suplicantes de Estela me preguntan en silencio. Pero no puedo. La culpa es más fuerte que el deseo de volver.
—Gracias —contesto con un nudo en mi garganta. Pero hasta ahí llegó todo. Le tomo la mano a Ema y tironeo de ella para que salgamos del lugar. El sol calienta y por momentos la brisa arrastra oleadas nauseabundas de algún mausoleo. El estómago se me revuelve y tiro más fuerte para que ella se apure. Antes de salir me permito dar una última mirada hacia atrás:
—Chau, papá, de verdad que te voy a extrañar.
Tengo que levantar el asiento del Spazio para que mamá pueda sentarse atrás. Ema arruga la nariz al subir y tengo que contenerme para no decirle algo.
—¿Qué? —le pregunto al fin.
—Nada —contesta, pero no se contiene.
—Sabés que con lo que ganás podrías comprarte algo mejor.
—Sí, pero no me interesa. Este auto me lleva a cualquier lado y es barato.
Suspira. No digo más. Doy arranque y salgo marcha atrás. Mamá esta callada, perdida en sus pensamientos.
—Mañana podrían acompañarme a la iglesia. Las dos no van desde hace mucho tiempo.
—Yo paso —contesta Ema.
—Mamá, ya hemos hablado de esto. La iglesia no es para mí —le digo mirándola por el retrovisor.
—El Señor es para todos los pecadores —sentencia—. Él va a venir pronto y ustedes se van a quedar —agrega.
Enciendo el estéreo para no escucharla. La música de Il Divo empieza a sonar llenando el interior con una melodía maravillosa.
—“Caruso” siempre me pareció la más hermosa de las canciones —comenta Ema con los ojos cerrados. El pelo se le vuela por el viento y ella se lo acomoda detrás de la oreja.
—Si, a mí también —le contesto y me mira aliviada de que no esté enojada con ella. ¿Cómo podría? La quiero.
—Pero Isabel te va más —continúa, sonriendo. Sonrío también. Isabel es mi nombre.
Disfruto del viaje mientras nos dirigimos hacia la finca. La ruta 40 se extiende delante de nosotras bordeada de innumerables álamos verdosos. Siempre quedo admirada de esta parte del camino. Es como dice la canción: no es lo mismo el otoño en Mendoza… aunque yo agregaría también, el verano.
La casa se encuentra al final de un callejón. Los árboles frondosos forman un túnel verde oscuro hasta el final. El sol se cuela por entre las ramas arrojando haces de luz. Al final del túnel se vislumbra la entrada a la casa. El parral que la rodea fue plantado por mi abuelo paterno, hace ya muchos años. El olor a lavanda nos recibe con un suave abrazo y por un breve momento me permito recordar mi infancia en este mismo lugar.
La brisa acaricia mi cara. El mismo aroma a lavandas envuelve mis sentidos. Estoy corriendo detrás de Ema intentando alcanzarla. Ella ríe con alegría infantil. Quiero alcanzarla, pero no puedo. Justo en el segundo en que mi mano roza su brazo, Ema salta y chilla de gozo al caer en el agua helada de la represa. No lo dudo ni un instante y salto detrás de ella. Al subir a la superficie me acuerdo de que estamos vestidas. Mamá se va a enojar. Chapoteo hasta llegar a Ema.
—Te alcancé —le digo con alegría.
—¡El agua está helada! —se queja ella.
—Sí, y nosotras estamos vestidas —le digo.
—¡Huy, mamá se va a enojar! Salgamos antes de que venga a buscarnos.
—Vos primero —le digo.
—¡Serás babosa! —contesta salpicándome en la cara.
Sonrío con deleite.
—¡Eh! ¿Dónde estás? —pregunta Ema mientras chasquea sus dedos frente a mi cara. Está parada del lado de afuera del auto. Mamá entra a la casa.
—Aquí. Me estaba acordando. ¿Te acordás del día que nos largamos a la represa vestidas?
—Sí, nos ligamos un reto de película —me contesta poniendo los ojos en blanco—. Hiciste que yo saliera primero del agua. Mamá estaba mirándonos desde la ventana. No me voy a olvidar nunca. Estuvimos una semana entera sin poder salir a jugar ni ver dibujos animados. Fue la semana más larga de mi vida.
—Sí, es cierto.
—¿Querés unos mates? —pregunta terminando con los recuerdos.
—Bueno, dale, pero con azúcar. Yo te espero aquí —digo, mientras bajo del auto y camino con paso lento hacia la sombra del parral. Me siento en un sillón de mimbre viejo y suspiro profundo.
Ya casi es mediodía, pero a la sombra la temperatura es fresca. Mamá está cocinando. Lo sé porque se escucha el sonido de las ollas y cacerolas. Y porque además está tarareando una de esas canciones que cantan en la iglesia. Siempre canta cuando cocina. No le gusta que le ayuden así que cierro mis ojos y me relajo.
Me permito llorar un poco. Mamá sigue con su tarareo. Alguien pone un pañuelo en mis manos. Es Ema. Mis sentimientos oscilan desde el alivio, hasta el dolor por la pérdida. Y es un consuelo tener con quien compartirlos.
—Yo no puedo llorar —confiesa Ema—. Es un alivio ver que alguien de esta familia lo haga. —Se sienta a mi lado.
—A ella no le quedan lágrimas —le digo, mientas miro hacia la cocina—. Lloró mucho cuando nos enteramos de la enfermedad de papá. Y de a poco nos fuimos acostumbrando a la idea de que él iba a morir. No la culpo.
—¿Cómo fue? Me refiero a cómo llegó papá a ese estado.
—Ya sabés que tomaba.
—Bueno, pero no me acuerdo de que tomara tanto.
—Sí, pero empezó a tomar más. A veces nos avisaban que lo habían visto caminando a orillas de la ruta totalmente borracho. Todavía no entiendo cómo hizo para que no lo atropellaran.
—¿Pero por qué? ¿Qué le pasó? Cuando me fui no estaba así.
—No sé. Pero se fue agravando cada vez más. Ha sido una larga pesadilla. Mamá trataba de convencerlo para que no tomara constantemente. Y a veces yo la sorprendía llorando con mucha amargura. Algo pasó entre ellos que hizo que papá tomara más. Le pregunté una vez a ella, pero no quiso decirme nada. Le insistí, pero no cedió. Al final dejé de preguntar.
—Sea lo que sea que haya pasado entre ellos, la verdad es que ya no importa. Papá ya no está. Y enterarnos ahora no va a hacer que él vuelva —se lamenta mi hermana.
—¿Y si de verdad importa? ¿Y si fue algo que nos involucra a una de nosotras? —le pregunto—. ¿O a las dos?
—¿Qué tenemos que ver nosotras? Esos eran sus problemas Isabel, no nuestros. La gente casada se pelea por infinidad de cuestiones y casi siempre nada tiene que ver con los hijos.
—Sí, pero ahí había algo más —le digo segura.
—Es tu imaginación.
—No, yo escuché a papá una vez que estaba sobrio decirle a mamá algo que jamás me hubiera imaginado —le digo bajando la voz más convencida—. Para mí eso fue lo que empeoró todo.
Ema se inclina para escuchar lo que le iba a decir.
—¿Qué? —pregunta con ansiedad.
—Él le dijo: “Que Dios te perdone por haberme mentido todos estos años, Elena, porque yo no voy a perdonarte nunca”. Me acuerdo patente de eso.
—¿Eso le dijo? ¿Estás segura? —contesta con sorpresa en su mirada.
—Sí, muy segura. Mamá no supo qué decir. Estaban en la cocina y lo vi cómo la miraba. Podría decir que se sentía defraudado, dolido o incluso humillado. (¡Humillado! Pero ¿por qué? Pensé en ese momento). Ninguno de los dos me vio. Desde ese día las cosas se pusieron peores. Papá empezó a sentirse enfermo, adelgazó mucho. Cada día estaba más débil. Decidimos internarlo para hacerle algunos estudios pensando que no era algo tan grave. El médico nos explicó que al parecer papá había tenido hepatitis de niño. Tenía el hígado muy dañado, seguramente no lo habían cuidado como se espera en esta clase de enfermedades. Le dio cirrosis. Los médicos intentaron de todo, pero nada pudo hacerse.
—Hepatitis —dice Ema, pensativa, como si fuera eso el meollo de la cuestión.
—Sí, hepatitis. Parece que la abuela no le prestó mucha atención.
Ema se paró de la silla con aire cansado.
—Hubiese querido estar acá con ustedes. Haberme despedido de él —suspira Ema—. ¡No tendría que haberme ido nunca! —se lamenta.
—Igual se hubiera enfermado. No podrías haber hecho nada. Era como si ya no le interesara vivir. —Miro a Ema con pesar. ¿Cómo decirle que su padre no preguntó nunca por ella? ¿Cómo explicarle que cuando queríamos llamarla, papá no nos dejaba? ¿Qué cuando hablábamos de ella, en su presencia, el semblante se le desfiguraba y con profundo desprecio miraba a mamá y apartaba la vista? Ema, su querida Ema. No podía entender ese cambio de actitud hacia mi hermana. La regalona y consentida de papá ahora era la que causaba rechazo en él.
Poco a poco dejé de hablar de mi hermana en presencia de mi padre. En aquellos solitarios meses la añoré. Ningún correo electrónico compensaba su ausencia. Ningún llamado telefónico llenaba la necesidad de sentarme a charlar con ella, como lo habíamos hecho hasta el día en que fui a despedirla al aeropuerto. Y ahora estaba aquí, llorando y lamentándose por no haber podido llegar a tiempo para despedirse de su padre. ¡Qué raro se me hacía todo! ¿Alguna vez iba a saber la verdad?
—Bueno, ya nada se puede hacer. Ahora hay que concentrarse en mamá. Tenemos que acompañarla hasta donde más se pueda. Cuidar de ella.
—Sí, es cierto. Aunque si antes hablaba de ir a la iglesia, ahora va a insistir más —le digo imaginándome el bombardeo.
—Bueno, pero que conmigo no cuente —salta Ema enojada secándose las lágrimas—. Esas son tonteras de ella. No tienen nada que ver conmigo. Si antes no fui, menos ahora. ¡Que ni sueñe que voy a entrar alguna vez a una iglesia! —sentencia cruzando los brazos como una niña empecinada—. Y si insiste mucho no me va a quedar más remedio que irme antes de lo previsto. ¡Ja! ¡Son todos, una sarta de fanáticos!
Ema siempre se salía con la suya. No le importaba si en el proceso alguien salía lastimado. Yo, en cambio, lo pensaba mil veces antes de hacer algo. Aunque con la cuestión de la iglesia me había plantado. ¡No, gracias!, pensé. ¡Era verdad! ¡Suficiente con las cargas propias de la vida para agregarle también un dios con látigo en mano para zurrarme cada vez que, según sus estándares, yo metiera la pata! ¡No, gracias, de nuevo! Eso había quedado atrás. ¡Yo nunca iba a volver a una iglesia! ¡Nunca digas nunca!, oí en mi mente.
—Ya está lista la comida —dice mamá secándose las manos en el delantal.
—Yo no tengo hambre. —La rabia de Ema es palpable. Entra a la casa fulminándola con la mirada.
—¿Qué pasó? —pregunta mamá con cara de incredulidad.
—Nada —niego—. Vamos a comer. —Apaciguo tomándola del brazo. ¡Los cambios de humor de Ema a veces desconcertaban hasta al más cauto! ¡Pobre mamá!
—¿Qué le pasa ahora a tu hermana? ¡No le habrás dicho algo! —La alarma hace que sus ojos me observen brillantes.
—¿Qué le puedo decir que la ofenda? ¿Me perdí de algo? ¡Si yo no tengo idea! —le digo encogiéndome de hombros—. ¿Por qué tanta alarma?
—Por nada.
Paso a la cocina con más duda que nunca. Definitivamente algo raro había. Y al parecer mamá se creía que yo lo sabía. ¡Qué podía saber yo! ¡Mecachis!
|
Es de noche. El aire nocturno sopla a través de la tela mosquitera. No me hace falta usar cortinas. No hay vecinos a cientos de metros a la redonda. En el patio se escucha cantar a los grillos. Miro a través de la ventana y puedo ver alguna que otra luciérnaga. Cuando éramos niñas, Ema y yo, perseguíamos luciérnagas y las guardábamos en un frasco de vidrio. Nos gustaba ver como se encendían y apagaban. A veces las colocábamos encima de la mesita de luz y nos dormíamos mirándolas embelesadas. Ahora ya casi no hay. Los pesticidas han ido acabando con algunos insectos. Es una lástima.
El cielo está despejado, me permite ver un paisaje de puntos brillantes. Ema duerme en la cama contigua. Su respiración es lenta y acompasada. Acomodo los auriculares de mi iPod y me acuesto encima del cubrecama. Rolling in the deep suena en mis oídos. No entiendo mucho el inglés, pero me gusta la canción. El ritmo es pegadizo. Los párpados me pesan. La música se aleja de mi mente.
Cuando abro los ojos de nuevo, el sol ya entra por mi ventana. Me sobresalto. El reloj indica las ocho y dos minutos. ¡Voy a llegar tarde a mi trabajo! Adriana me va a matar. Dije que es buena, pero también es exigente, no le gusta que llegue tarde a la oficina. En realidad, jamás lo hago. A mí tampoco me gusta. Por lo general soy ordenada y puntual. Prefiero llegar diez minutos antes a cualquier cita. A decir verdad, soy la primera en llegar a las oficinas de la bodega. Adriana me ha dado un juego de llaves de todo el edificio. Salvo Juan, el sereno, nadie se encuentra ahí cuando llego. Apurada me dirijo al baño para prepararme. Cuando estoy lavándome la cabeza me acuerdo de que tengo una semana libre en mi trabajo. ¡Qué cabeza la mía!
Adriana y algunos compañeros me llamaron para saludarme.
—Tomate una semana —me dijo—. Descansá. Cuando te sientas mejor, volvé. —Pero yo no quería tomarme una semana. ¿Qué iba a hacer? Necesitaba estar ocupada. Volver a la rutina, no quería tener tiempo libre, no me gustaba. Prefería hacer algo con el tiempo.
Entro a la cocina a desayunar. Ema no está por ningún lado. Miro hacia afuera. Busco en el pequeño galpón donde guardo el auto. Tampoco está. Supongo que ella se lo ha llevado. Mamá no sabe manejar. Resignada a desayunar sola, pongo agua a hervir. Coloco el saquito de té en una taza y vierto el agua caliente. Me gusta el té fuerte así que dejo el saquito en la taza mientras lo tomo. Unto una tostada light con mermelada de durazno. Mamá entra apurada.
—¿Ya te levantaste? Pensé que ibas a dormir un rato más. —Su sonrisa no llega a sus ojos.
—Me desperté de repente. Me olvidé que hoy no voy a trabajar —le digo mientras mastico una tostada.
—Cuando termines podrías ayudarme con las plantas —sugiere.
—Bueno, ya voy —le digo mirándola a los ojos.
Incómoda, sale al patio. ¿Incómoda? ¡Pero si no le voy a decir nada! ¡Qué miércoles está pasando aquí!
Suspiro, resignada.
La jardinería es relajante, aunque no es mi fuerte. Nunca prendió ninguna de las plantas que sembré. En cambio, todo lo que Ema toca florece. “Es la mano, querida” solía decirme mi abuela. Bueno, no todos servíamos para todo. Me consolé. De a poco y con cuidado voy sacando los hierbajos de entre las calas. A mamá le gustan. A mí también.
La mañana transcurre sin ningún contratiempo. Cerca del mediodía Ema vuelve. Le pregunto dónde ha estado. Contesta que, por ahí, visitando a sus amigas del secundario. ¡Ella, tan sociable! ¡A mí me tienen que sacar las palabras con tirabuzón! Saca unas bolsas del auto.
—Te traje algo —me dice con la mirada brillante.
—¿Qué es? —le pregunto mientras me quito los guantes de jardinería. Sé que soy un desastre, pero al menos me cuido las manos.
—Un regalo. —¡Me encantan los regalos! Mis ojos buscan la bolsa indicada.
—¿Por qué? —pregunto frunciendo el ceño.
—Porque quise.
¿Porque quise? ¡Eso no es propio de ella! Algo está tramando. Ema me mira ofendida. Mi cara es demasiado transparente. No sé esconder mis emociones.
—Lo vi y me gustó para vos —me dice con gesto despreocupado. Así es ella, un momento enojada y al otro como si nada.
—Gracias —le digo mientras me pasa una bolsa de una marca conocida. La interrogo con la mirada.
—Tunuyán.
—Ah.
El vestido es hermoso. De un verde profundo como las esmeraldas. Tiene un corte debajo del busto con una ancha cinta de seda negra. Me lo pruebo por encima. El escote también es profundo. Mi ceño se arruga.
—Te vas a ver fabulosa con él. Te hace resaltar el verde de tus ojos. —Aplaude Ema con entusiasmo.
—¿Y a dónde se supone que voy a ir con él? —le pregunto con sequedad.
—¡Ay! ¡Isabel, no seas aguafiestas! ¿No tenías acaso la cena de fin de año en tu trabajo?
—Sí, pero eso es dentro de ¡dos semanas! —le digo.
—Bueno ¿y qué se supone que hiciera? Dentro de dos semanas ese vestido ya no iba a estar ahí. ¡Tanto problema por un estúpido vestido! En serio, Isabel. ¿Qué te pasa?
—Papá no lleva ni dos días enterrado. No quiero hablar de cenas o fiestas —me lamento—. No me apetece.
Ema me abraza.
—Perdoname. Tenés razón. No sé lo que me pasó. Si querés lo devuelvo —sugiere no muy convencida.
Suspiro. No lo va a devolver.
—No, es muy bonito de veras. Me gusta. Gracias —contesto, aunque quisiera agregar algo más, pero no me animo.
—Dentro de dos semanas las cosas van a ser diferentes —concluye.
Capítulo 2
Dos semanas después las cosas sí que son diferentes. Este fin de semana tiene lugar la celebración de fin de año. Todo el personal de Bodegas Weich está invitado. Ema insistió en que viniéramos. Por supuesto, ella también quería venir, así que me dejé convencer por una hermana bastante obstinada. A mí no me gustan las fiestas. Prefiero ir a cenar en algún lugar tranquilo o ir al cine, pero, definitivamente, no a una fiesta. No me gusta estar tan expuesta. Me pone nerviosa.
Hace unos días que había reanudado mi trabajo. Esta mañana, como todas, me levanté bien temprano para tener tiempo de cargar combustible y desayunar. Lo malo de mi auto es que tiende a ser muy tragón. Papá me decía que con gas gastaría menos. Nunca me decidí a cambiar.
Me gustaba esta hora de la mañana. El aire era fresco. El cielo, limpio. Mientras el empleado llena el tanque de combustible, bajo por mi cappuccino matinal. Un llamativo auto blanco con vidrios polarizados se acerca y estaciona al otro lado de los surtidores. Es la clase de autos por la que muchos giran la cabeza para admirar. Es descapotable. El conductor baja.
—Hola, Pedro —dice la voz profunda—. El tanque lleno como siempre —se oye.
Trato de ver de quién es la voz, pero la bomba me lo impide. Es una voz profunda y melodiosa. Desisto y me dirijo hacia la puerta acristalada del shop. Me urge tomar algo. No puedo empezar la mañana si no ingiero algo sólido.
—Hola, Ceci —saludo a la cajera de turno. Ella está acomodando la mercadería.
—Hola, Isabel. Recién me llegan las medialunas —me dice, porque sabe que me gustan las facturas fresquitas.
—¿De manteca? —pregunto esperanzada. Se me hace agua la boca.
—Sí, tus preferidas de siempre —contesta, mientras extiende una brillante y dorada medialuna hacia mí. Me dirijo hacia un rincón del shop y tomo asiento en una de las sillas. ¡Qué placer es comer sin culpa! Me deleito en el sabor suave de la masa dulce recién horneada. Suspiro de placer mientras mis ojos se cierran de forma involuntaria. La bebida caliente está deliciosa. El aroma a chocolate y canela envuelve mis sentidos. Amo ese momento de la mañana. Lo disfruto. ¿Qué importa dónde terminen esos gramos de más? Seguro que en alguna parte por debajo de mi cintura. Tiendo a ser rellenita. Pero no me importa. Nunca hice dieta.
La puerta se abre de nuevo. Es el conductor del auto blanco. El aire empuja una suave fragancia almizclada hacia mí. Es de él. Aspiro con disimulo. Es agradable. Y es raro porque normalmente los perfumes de hombre no me agradan. Son demasiado fuertes para mi gusto. Trato de echar un vistazo. Las máquinas de café no me dejan ver su cara. Mi estatura tampoco ayuda. Pero es alto. ¡Bah, a mi lado cualquiera es alto! Se está sirviendo un café. Parece apurado o impaciente. Su teléfono suena con una música que reconozco como ópera.
—Hola —escucho su voz con atención—. Sí, en un rato estoy por allá. Es mi bodega, claro que sé llegar. —Se impacienta—. No, ya voy. —Corta la llamada. ¿Mi bodega? No lo creo. Sería mucha coincidencia. Hay muchas por esta zona. Pienso. No. No lo creo.
Me apuro en terminar mi cappuccino. Salgo del shop y me olvido por completo del extraño.
El camino hacia mi trabajo es hermoso. Un largo recorrido de calles sinuosas me aleja de las zonas urbanas. De a poco las casas van desapareciendo. Ante mis ojos, las grandes extensiones de viñas se abren en un paisaje típico de este lugar. Todo es verde y maravilloso. De fondo, se ve la impresionante Cordillera de los Andes en tonos que van desde el marrón azulado hasta los típicos picos blancos. Parece al alcance de la mano.
Llego a la bodega sin ningún contratiempo. Ernesto me saluda con la mano en la garita de entrada. Manejo por la ancha calle de tierra. El camino discurre por entre las viñas que se extienden hacia los costados en filas ordenadas y limpias. Como siempre, soy la primera en llegar.
—Buenos días, señorita Cortez —saluda Juan, acercándose al auto—. Recién termino, es todo suyo. —Duda un poco—. Quería decirle que siento mucho lo de su padre, me hubiese gustado saludarla antes. Estuve fuera.
—Gracias Juan. Es muy amable. ¿Qué tal la noche? —bromeo con él intentando cambiar de tema. Me pone incómoda hablar de mi padre. El hombre se jacta de ser todo un valiente al quedarse solo en el edificio. Aunque no está totalmente solo. Ernesto, el guarda de la entrada principal, lo acompaña todas las noches. Sin embargo, Ernesto está a una distancia de poco más de un kilómetro. Si Juan necesitara ayuda tendría que recorrer ese trayecto a pie. En varias ocasiones me ha contado que oye ruidos extraños en el techo. Le sugerí que quizás eran gatos o lechuzas, las había a montones por aquí. Pero él insiste en que es un alma en pena. “Almas indígenas” más precisamente. A mí me da mucha risa, pues no creo en ninguna de esas cosas. Aunque es verdad que hasta principios del siglo pasado estas tierras estuvieron habitadas por los huarpes. ¡Ja!, pero de ahí a que anden rondando sus fantasmas hay un abismo.
—Ha sido una noche tranquila, señorita. Nada raro para contar —contesta con humor.
—Bueno, me alegro entonces —le digo con una amplia sonrisa—. Que descanse.
—Gracias, señorita. ¿Está usted bien? —pregunta, preocupado.
—Sí, estoy todo lo bien que se puede en estas circunstancias —le digo. Su insistencia me pone incómoda. No me gusta hablar de eso.
—Bueno, entonces que tenga un buen día.
—Gracias, Juan. Que descanse. Saludos a doña Basilia —le digo mientras abro la puerta de entrada. Lo veo alejarse por el camino empedrado con paso lento. Mauricio, su hijo, ha venido a buscarlo. Me saluda con la mano desde el auto. Le devuelvo el saludo. Empujo la puerta y entro al edificio.
La temperatura ahí es agradable. Solo se oye el zumbido del aire acondicionado. En pocos minutos van a llegar los demás. Así que aprovecho los minutos de silencio. Mis tacos repiquetean en el frío y brillante suelo de cemento. El mostrador principal es curvo y amplio y tiene toda clase de artilugios tecnológicos. Todo en este edificio es de ladrillos y cemento crudo. En las paredes cuelgan grandes fotografías antiguas. Se puede ver al dueño de la bodega en diferentes situaciones: montado en un viejo tractor con un niño pequeño sentado en una de sus rodillas, podando viñas. Cada foto fue tomada en Inglaterra y Argentina, en las viñas familiares, según me explicó Adriana cuando se lo pregunté.
Abro la puerta de mi oficina y camino hacia la ventana para levantar las persianas. La luz natural entra a raudales. Hago lo mismo con la oficina de Adriana. Esta es más amplia que la mía y más personal. Diferentes retratos familiares descansan en su escritorio. Puedo ver una Adriana sonriente con dos niñas tan rubias como ella. Un labrador soñoliento. A ella, con su esposo Tomás, en alguna playa. Recorro mi vista por el lugar buscando que esté todo en orden para cuando ella llegue.
Mi oficina, en cambio, es pequeña y estéril. Nada está fuera de lugar. Ninguna fotografía que indique nada personal. Solo cuadernos y lapiceros, un teléfono de dos líneas y mi computadora. Lo justo y necesario para hacer mi trabajo de forma eficiente. Me gusta lo que hago y lo disfruto. La etapa de comercialización del vino es algo que se toma muy en serio en Bodegas Weich, tanto como su elaboración. Un vino bien producido no tiene chances si no se proyecta una buena campaña publicitaria o si no se cuenta con el cliente apropiado. Yo era parte de eso. Me complacía.
De a poco, mis compañeros de trabajo ocupan sus lugares. El edificio comienza a cobrar vida. Los sonidos característicos, las risas y conversaciones, son parte del día a día en este lugar. Somos un gran equipo que trabaja codo a codo para posicionar nuestros vinos en los primeros lugares a nivel mundial.
—Hola, Isabel —la voz de Adriana me saca de mis pensamientos.
—Hola, Adriana. ¿Cómo estás?
—¡Buf, muerta de sueño! —rezonga—. Anoche no pude pegar un ojo.
—¿Qué te pasó? —pregunto con interés. Le noto los ojos cansados.
—Belén tuvo fiebre toda la noche. —Belén es la hija pequeña de ella. Tiene cuatro años—. Por momentos deliraba. Tomás tuvo que llevarla al hospital —concluye.
—¿Qué le dijeron?
—A simple vista no le encontraron nada. El pediatra que la vio dijo que parecía infección urinaria. Le pidió análisis, así que Tomás la llevó esta mañana al laboratorio. —Arruga la nariz al pensar.
—¡Agg! ¡Agujas, pobre niña! —Me estremezco de solo pensarlo. Odio las agujas y todo lo que tenga que ver con hospitales.
—Sí, lo mismo pensé yo. —Suspira preocupada.
—Seguro que se repone. Los niños tienen capacidad para reponerse mejor que los adultos.
—Tenés razón. Lo más probable es que en dos o tres días ande como si nada. Por lo menos para su cumpleaños ya va estar mucho mejor. ¿No me irás a fallar? —Achica los ojos al preguntar.
—¡Claro que no! —Pongo los ojos en blanco. Ella sabe que no me gustan los eventos donde hay mucha gente. No se me da bien entablar conversación con extraños. Pero por Belén cualquier cosa. Esa niña me puede. ¡Es una ricura!
Cambio de tema.
—En tu escritorio puse la lista de clientes que ayer me pediste. Están por orden alfabético. —le digo. Enciendo la computadora y me siento a llenar unos formularios.
—Gracias —se oye decir desde el otro lado—. ¿Te volviste a quedar hasta tarde? —El tono de voz es de reproche. No le gusta que me quede sola trabajando.
—No me quedó más remedio —le digo. Aunque la verdad es que no me importa.
—Podrías habérmela dado a la tarde. Al fin y al cabo, podía prescindir de ella por unos días más.
—No hay problema. Además, cuando menos lo esperemos va a empezar la temporada de verano. Y se nos va a acumular el trabajo —prevengo.
—Bien. ¿Entonces no te importa si te pido que te contactes con la mitad de esta lista? —pregunta parada en la puerta mientras agita la lista en su mano.
—No, mientras antes empecemos con eso tanto mejor. Ayer llamaron del Ecuyo. Quieren duplicar el pedido que hicieron el mes pasado.
—Bien, eso nos quita como mínimo una semana. Vamos a tener que llamar a Claudia para que nos ayude o no vamos a llegar a tiempo para las fiestas.
—Ok, yo la llamo.
Pasamos la mañana llamando a los clientes y confirmando la cantidad de pedido para cada uno. Es gratificante ver cómo se trabaja en esta época del año. Los hoteles de la zona o de otros departamentos y los diversos restaurantes son visitados por turistas, en su gran mayoría extranjeros. Y a medida que se intensifica el turismo aumenta también la demanda. Son meses agotadores, pero, como dije, muy gratificantes. Los vinos Weich son recomendados en todas partes del mundo, especialmente el Malbec Premiun y el Syrah Golden.
—Yo creo que con esto terminamos por ahora— dice finalmente Adriana mientras se toca el puente de la nariz. La mañana ha avanzado velozmente y pienso que ha sido provechosa—. En pocos minutos llega el hijo del señor Weich, tengo que hacerle un recorrido completo de la bodega. Vamos a tener nuevo jefe —explica.
—¿Cómo nuevo jefe? ¿Qué pasó con el actual? ¿Y quién es el hijo? —¿No será? No, demasiada coincidencia. Qué estoy pensando, solamente escuché su voz. Ni siquiera lo vi. Pero esa voz… Pero ¡qué estoy pensando como si se fuera a fijar en mí, ja! ¡Qué tonta!
—Sebastian Weich —me contesta, como si yo supiera quién es ese.
—Sí, bueno, mucho gusto. En los años que llevo aquí nunca lo había escuchado nombrar. ¿Y qué pasó con su padre?
—El hijo pródigo ha vuelto y quiere ayudar a su progenitor a administrar las bodegas. Se cansó de vagar por el mundo —la miro. ¿Cómo sabe ella tanto?—. Es lo que escuché por ahí —contesta a la defensiva.
Por ahí ¿dónde? me pregunto.
—Sea como sea no voy a poder descansar ni siquiera para almorzar. Dicen que es un engreído de aquellos —se lamenta. A veces Adriana parece una adolescente y no la gerente de ventas que se supone que es.
Se me ocurre una idea. No, no, mejor no. Pero sin contenerme me ofrezco. ¿Y si no fuera él? ¡Solo fue una voz, Isabel! ¡Un día de estos mi curiosidad me metería en apuros! La curiosidad mató al gato, así dicen. En todo caso, si no era la curiosidad, el aburrimiento sí que me iba a matar.
—Si tanto te molesta puedo hacerlo yo —digo, al fin, como quien no quiere la cosa, tratando de no demostrar ansiedad.
—¿Me harías ese favor? —La esperanza brilla en sus ojos azules.
—Sí, ¿por qué no? Ya terminé lo que tenía que hacer.
—¡Sos un ángel! ¡Gracias! —Pero ya estoy dudando. Y si no fuera él. Planta un sonoro beso en mi mejilla.
—Sí, bueno, ¡esa soy yo! —trato de convencerme a mí misma—. ¿Pero no se supone que Joaquín le haga el recorrido? —pregunto. Joaquín Fontana es el ingeniero agrónomo de la bodega y se supone que es él quien tiene mayor conocimiento del manejo de la misma. Él y diez personas más se encargan del funcionamiento de todo. Al menos podría hacerlo algún subordinado suyo. Pero definitivamente no el departamento de ventas.
—Joaquín no está. Uno de los tractores se descompuso y hasta que él vuelva no hay nadie más. Todos fueron a ver qué pasó —contesta con una mueca—. Si te estás arrepintiendo…
—¡No! ¡Nada más preguntaba! Lo hago yo, no te hagas problema, total ya terminamos —me apuro a contestar.
—Bien entonces, mucha suerte porque me parece que ahí viene —responde nerviosa.
El murmullo de voces se oye cada vez más cerca. Aldana, la recepcionista aparece en el umbral con aspecto asombrado y un tanto nervioso. Detrás de ella viene un hombre alto y apuesto. Su atractivo quita el aliento. Le calculo unos treinta años más o menos. Viste jean negro y camisa blanca. El pelo corto alborotado. Le queda bien. Es realmente apuesto como esos modelos publicitarios que uno suele ver en los catálogos.
—Por aquí, señor Weich. —Le indica con la mano para que pase al tiempo que se hace a un lado.
Adriana se pone de pie para saludarlo.
—Señor Weich, mucho gusto, mi nombre es Adriana Morales y soy la gerente de ventas. —Se presenta mientras extiende la mano. Noto que su pulso tiembla levemente.
—Señorita Morales, el gusto es mío. —Me paralizo. ¡Es la misma voz de la estación de servicio! El corazón me retumba en los oídos. ¡No puedo creerlo! ¡De todas las bodegas que hay por aquí y termina justo en esta!
—Por favor, llámeme Adriana —pide ella—. Ella es Isabel Cortez, mi asistente —me presenta.
Sus ojos chocolate se posan en mí con interés. Sigo paralizada. Intento hilar mis pensamientos, pero no puedo. Adriana carraspea para sacarme del trance. ¿Qué tengo que decir? ¡Dios mío! ¡Va a creer que soy una completa idiota! ¡No sé qué tengo que decir!
—Isabel, él es el señor Weich —insiste Adriana.
—Señor Weich… —grazno y me aclaro la garganta—. Mucho gusto. —Al menos eso sonó más seguro. ¡Pobre de mí!
—Mucho gusto, señorita Cortez —me saluda con un apretón cálido y firme. Mi corazón se dispara a mil. Para mi consternación me sonrojo.
—Por favor, llámeme Isabel —le contesto imitando a Adriana. Intento parecer segura. ¡Dios mío es mucho más alto de lo que me pareció!
—Isabel —pronuncia mi nombre haciéndolo con una cadencia musical. ¡Creo que voy a derretirme! Adriana se da cuenta. Pone los ojos en blanco sin que él la vea.
—Isabel le va a mostrar las instalaciones. Lamento decir que nuestro ingeniero no va a poder venir. Hubo un desperfecto en uno de los tractores que está trabajando. Me llamó para avisarme esta mañana. Los demás están en las inmediaciones ocupados —se disculpa.
—Sí, ya lo sé. Yo también hablé con él esta mañana y me puso al tanto. Espero no haber llegado en mal momento. No me gustaría ser una molestia. —Su mirada vaga entre ambas, disculpándose.
¿Qué pasó con el hijo engreído? ¿Acaso no dijo Adriana eso? ¿Por qué se disculpaba?
—¡No, por favor, no es ninguna molestia! —se apresura a contestar. Ella también está asombrada—. Si le parece, Isabel puede mostrarle ahora mismo los establecimientos.
—Cómo no.
—Por aquí —le indico.
Me apuro a salir antes que él por la puerta. Camina detrás de mí. Puedo sentir su mirada en mi espalda. O eso creo. No sé. Giro mi cabeza para mirarlo.
—Vamos a empezar por la bodega subterránea, si le parece bien. —Intento parecer tranquila. Solo se oyen mis pasos repiqueteando en el pasillo de cemento.
—Lo que usted diga.
—¿Tiene algún conocimiento sobre el funcionamiento de una bodega? —Intento parecer profesional. Estoy nerviosa. Esto no se me da bien.
—Me crie en una de ellas. —Su tono es seco.
—Disculpe, tiene usted razón. —¡Qué pregunta más estúpida, Isabel!
—Está bien, no se haga problema —su voz es más suave.
Salimos al calor del sol. Es agobiante. Al momento me arrepiento de haber venido con tacos altos, si hubiera sabido, me habría puesto algo más cómodo para caminar. El sendero que separa las oficinas con el área de producción está enripiado, lo que hace que me sea casi imposible caminar derecha. Es realmente vergonzoso e incómodo.
—Déjeme ayudarla. —Se ofrece mientras coloca una mano en mi codo izquierdo. Me sobresalto. No estoy acostumbrada al contacto ajeno. Me da vergüenza y siento cómo mis mejillas se colorean. Otra vez su perfume. Su ceño se frunce. Parece disgustado por mi torpeza.
—Pensará que soy una tonta. Pero no creí que hoy tuviera que salir de las oficinas. —Me disculpo. Mi corazón late más fuerte a causa del calor y de su contacto. Su aroma me envuelve.
—No tiene usted que disculparse conmigo. Esto tendría que hacerlo Joaquín —contesta entre dientes—. Ayer hablé con él y le avisé que estuviera preparado para recibirme. —Parece disgustado con él, no conmigo.
Suspiro de alivio. ¿Qué te pasa, Isabel? Es tu patrón o lo será muy pronto. ¿Qué importa si se enoja con vos? Me doy una patada en la sesera.
—Tiene que disculparlo. Hoy están todos muy ocupados —le digo.
—¿Acostumbra a defender a todo el mundo? —Su voz destila fastidio o diversión. No sé.
—Sí, algo así. Digamos que soy una especie de mediadora. —Me encojo de hombros—. No lo puedo evitar, me sale de adentro —concluyo. Hemos llegado a la sombra del inmenso galpón. Se detiene frente a mí. No puedo verlo. Estoy encandilada.
—¿Qué más le sale de adentro? —Su pregunta me desconcierta.
—¿A qué se refiere? —Mi corazón se desboca.
Suspira. Mis ojos se acostumbran a la tenue oscuridad. Está observándome. No logro descifrar su mirada. Es intensa.
—Nada. No me haga caso —contesta con el ceño fruncido. Se ve contrariado—. ¿Supongo que es por aquí? —concluye señalando el camino.
Intento ordenar mis pensamientos. ¿Qué quiso decir? ¿¡No estará coqueteando conmigo!? No lo creo. ¡Ya quisieras Isabel! Seguro que fue otra cosa. ¡Lo más probable es que se esté riendo de vos Isabel! Se burla mi subconsciente.
—Sí, es por ahí. —Me apuro a seguirlo.
Capítulo 3
Hoy es viernes. Mañana es la fiesta de fin de año. Ema está más entusiasmada que yo. Me convenció de que la invitara a la cena. Le encantan esos eventos más que a mí. Nos ha pedido turno en la peluquería. Me estremezco de solo pensar lo que tendrá planeado hacerme. No me gustan los peinados elaborados. Tampoco el maquillaje excesivo. Tengo un nudo en la panza de puros nervios. Ema tiene ese efecto en mí.
El día ha pasado sin pena ni gloria. Terminé de mandar los últimos e-mails de confirmación para los clientes rezagados de la temporada. Siempre hay alguno. Los rayos del sol entran a través de las persianas en mi oficina. Afuera hace calor, pero adentro está fresco. Es agradable. No me gusta mucho el calor. Prefiero el frío. Me encanta el invierno. La montaña nevada es uno de los paisajes más fascinantes. Definitivamente el verano no es para mí. He perdido la cuenta de cuánto hace que no voy a una pileta pública. Me parece que desde mi niñez. No me gusta exponerme. Creo que ya lo he dicho. Me da vergüenza. No me gustan los picnics, tampoco tomar sol. No soporto el sol fuerte. En fin, nada de lo que tenga que ver con el verano es bueno para mí. Bueno una cosa sí: el helado. Eso sí que me gusta.
Suspiro. ¡Ay! Un helado estaría bien para esta hora de la tarde. Mi estómago protesta de hambre. Se me pasó el almuerzo.
Llamo a la puerta de Adriana.
—Sí, adelante. —Ella está mirando el monitor de su computadora y comparándolo con algunos papeles que descansan en su escritorio.
—Quería avisarte que terminé antes. Voy al bufet a tomar algo. No he almorzado. ¿Querés que te traiga algo?
—No, gracias, estoy bien así. —Me mira con curiosidad—. ¿Estás bien? —Ladea su cabeza. La curiosidad brilla en su mirada.
—Sí, ¿por? —Mi corazón da un brinco.
—Mmm… por nada. —Baja su mirada a los papeles que tiene en su mano.
Aprovecho para huir. Prefiero no insistir.
Camino por el sendero empedrado hasta llegar al bufet al otro extremo de las oficinas. El camino discurre por entre pimenteros que brindan apenas una sombra a medias. ¡Uf!! El calor es sofocante. El lugar está desierto. Pido una gaseosa con un tostado. La verdad es que estoy famélica. Es una suerte que no se me haya bajado la presión. No he comido nada desde el desayuno. Son las cuatro. Mucho tiempo. Me permito relajar un poco mi cuerpo.
La semana se me pasó volando, es increíble cómo transcurre el tiempo, sin importar lo que hagamos para detenerlo. Vuela sin respiro. No se recupera, aunque queramos.
Y en ese tiempo no he vuelto a verlo. No regresó a la bodega en ningún momento. Fue como si nunca lo hubiese conocido. Como si se lo hubiese tragado la tierra. O como si nunca hubiese existido. Sebastian no regresó. Aunque no pude sacármelo de la cabeza. El chocolate de sus ojos sigue grabado indeleble en mi memoria. Estos últimos cuatro días han sido los más largos de mi corta vida. ¿Qué te pasa Isabel? ¡No es propio de vos! Grita mi subconsciente. ¡¿Que qué me pasa?! Bueno, señoras y señores, creo que este hombre me ha afectado más de lo que me gustaría admitir. Esa es la pura verdad.
¡Aunque no lo reconocería delante de nadie ni por todo el oro del mundo! ¡Típico! Enamorarse del patrón. ¡Ja! Isabel, ni que fueras la heroína de una novela de Corín Tellado! Bueno al menos puedo soñar por unos días ¿no? ¿A quién le importa si vuelo un poquito? ¡No le hago mal a nadie! ¡Te estás haciendo mal a vos misma! Mi subconsciente menea la cabeza con preocupación.
—¿Puedo sentarme?
La voz me saca de mis pensamientos no tan agradables. Es Luciano, del departamento de publicidad.
Suspiro con resignación, aunque trato de disimularlo un poco. No sé si puedo. Este hombre es de lo más insistente. No entiende cuando una mujer le dice que no. No hay nada más desagradable y fastidioso que un tipo tirándote los galgos todos los santísimos días y que no entienda que no querés saber nada con él. Le he dicho de una y mil maneras que no me interesa para nada. Pero el muy bellaco insiste como si lo estuviera alentando a hacerlo.
Lo miro con una falsa sonrisa en mi rostro.
—Ya me iba. —Le corto y al mismo tiempo me pongo de pie.
—Bueno te acompaño. —Sus pequeños ojos turbios me miran con insistencia.
Le hago una mueca a ver si entiende. Sí, creo que me entiende, pero no le importa. O a lo mejor no entiende. ¡Qué sé yo! Me parece que le falta una corrida de ladrillos.
—Si insistís. —No me queda otra. Camina a mi lado arrastrando los pies. ¡Agg! ¡Es irritante!
—Que notición, ¿no? —Intenta entablar conversación, lo cual es una tortura. No tengo nada en común con este hombre.
—¿Qué? —Suspiro. No quiero tener que aguantarme una charla insustancial.
—Lo del nuevo jefecito. ¡Ja! ¡Estos tipos se creen que se pueden llevar el mundo por delante! ¡Dos mangos de más y ya se creen unos dioses! Me han dicho que va a dar vuelta la bodega. —La voz destila desprecio y un dejo de algo que no logro identificar. Mm… ¿Envidia? Sí, creo que es eso.
Frunzo el ceño. No me gusta lo que está diciendo. Siento un intenso deseo de defender a Sebastian.
—No me parece de buen gusto hablar mal del señor Weich. —Mi voz lo desaprueba—. Eso es ruin y despreciable. —Lo censuro.
—¡Bah! ¿Qué importa? —contesta con más desprecio aún—. ¿Qué? ¿Vos también lo defendés?
Cabizbajo se aleja de mí, con las manos en los bolsillos y murmurando algo como “está también, son todas iguales”, o algo por el estilo. Bueno al menos me dejó tranquila. ¿Qué mosca le picó? ¡Uf! Al menos se fue. Es un alivio.
Me apuro a llegar a mi oficina. ¡No vaya a ser que se arrepienta y vuelva!
—¡Eh! ¿Qué te pasa? —pregunta Adriana al verme entrar sin aliento.
