El valor de una promesa - Carmen Bedmar - E-Book

El valor de una promesa E-Book

Carmen Bedmar

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Beschreibung

Una mansión en Escocia, una plantación de caña de azúcar en Brasil, una Sudáfrica dividida. Contra la desigualdad y la injusticia, una novela que emociona, plagada de personajes intensos y que nos hace pensar que un mundo en paz y sin pobreza es posible. Una novela coral que te llenará de esperanza.

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Seitenzahl: 500

Veröffentlichungsjahr: 2022

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EL VALOR DE UNA PROMESA

CARMEN BEDMAR

EL VALOR DE UNA PROMESA

EXLIBRICANTEQUERA 2022

EL VALOR DE UNA PROMESA

© Carmen Bedmar

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2022.

Editado por: ExLibric

c/ Cueva de Viera, 2, Local 3

Centro Negocios CADI

29200 Antequera (Málaga)

Teléfono: 952 70 60 04

Fax: 952 84 55 03

Correo electrónico: [email protected]

Internet: www.exlibric.com

Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma.

Según el Código Penal vigente ninguna parte de este ocualquier otro libro puede ser reproducida, grabada en algunode los sistemas de almacenamiento existentes o transmitidapor cualquier procedimiento, ya sea electrónico, mecánico,reprográfico, magnético o cualquier otro, sin autorizaciónprevia y por escrito de EXLIBRIC;su contenido está protegido por la Ley vigente que establecepenas de prisión y/o multas a quienes intencionadamentereprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria,artística o científica.

ISBN: 978-84-19269-87-4

CARMEN BEDMAR

EL VALOR DE UNA PROMESA

PRÓLOGO DE BRÍGIDA GALLEGO-COÍN

A mi madre y a todas aquellas personas que, aunqueapenas fueron al colegio, con su voluntad aprendieron a leermientras caminaban por la calle. Sus primeros libros fueronlos anuncios; las carteleras de los cines, sus primeras novelas;y los envoltorios de caramelos y dulces, sus microrrelatosfavoritos. Fueron invisibles a pesar de ser grandes.

Gracias, mamá, porque seguimos sintiendo tu proteccióny tu amor como cuando éramos niñas.

Si yo tuviera el tiempo en mis manos haríalo mismo otra vez. Lo mismo que haría cualquierhombre que se atreva a llamarse a sí mismo hombre.

La pobreza no es natural, es creada por elhombre y puede superarse y erradicarse medianteacciones de los seres humanos. Y erradicarla no es unacto de caridad, es un acto de justicia.

La educación es el arma más poderosa quepuedes usar para cambiar el mundo.

El resentimiento es como beber veneno y esperara que mate a tu enemigo.

NELSON MANDELA

Prólogo

Cuando una novela ofrece un ramillete de personajes con formas de ser y de comportarse muy distintas, pero que atrapan al lector y queremos saber más de ellos, esa novela ya engancha. Si transcurre en lugares tan diferentes como una mansión en Escocia o una plantación de caña de azúcar en Brasil y tiene un punto de exotismo y elegancia nos engancha más. Y si además es una historia muy humana, que da una gran importancia a los aspectos entrañables y que nos hace reflexionar, es aún más completa. Todas estas cosas suceden en la primera novela de la autora Carmen Bedmar. Una historia que escribió para entretener a su madre enferma y cuando ella murió guardó en un cajón. Pero la magia, que precisamente también palpita en las páginas de este libro, hizo que Carmen abriera un día ese cajón y desempolvara esos folios, y decidiera seguir adelante para culminar el relato.

Ahora, esta bonita historia está disponible para que cientos de personas puedan disfrutarla. Un lector se sentirá más identificado con la simpática Dora, otro con la generosa Clotilde, incluso nos dará miedo darnos cuenta de que dentro de nosotros, a veces, puede habitar una Margaret aunque en realidad queramos ser como el señor Lockhart y su fabuloso hermano.

Además de una trama que se vive intensamente, El valor de una promesa clama contra la desigualdad, contra la injusticia. Porque así era la madre de Carmen, para quien está pensada esta novela, una persona llena de bondad que se desvivía por los demás.

Y no olvidemos el amor… estas páginas encierran varias historias de ese amor puro que parece caído del cielo. Un amor que nos anima a pensar que las cosas buenas también pueden pasar. Y que nos hace soñar con el romance.

Y como no me gustan los prólogos largos, os invito ya a empezar a leer. A dejaros atrapar por los paisajes de Escocia, por un ambiente de lujo y por todo lo contrario… por lugares donde la pobreza manda y donde la injusticia es el pan de cada día, pero donde siempre hay un rayito de esperanza para que todo cambie.

El mensaje de Carmen es, precisamente, que entre todos tratemos de hacer un mundo mejor, más solidario, donde nadie sufra por su color de piel, por su condición social… por eso comienza su novela citando a Nelson Mandela.

Os aseguro que después de haber estado «con el corazón en vilo» asistiendo al devenir de estos personajes tan diferentes, pero que te hacen sentir parte de ellos, el final… no voy a dar pistas. Simplemente os digo que os emocionará y os hará sentir el deseo de volver a empezar desde la primera página para disfrutarla de nuevo.

BRÍGIDA GALLEGO-COÍN

La Gran Dama I

Dora Abad se despertó con un sobresalto, como cada mañana al sonar el despertador a la misma hora: 6:30, lunes, 5 de mayo de 1990. Desde que empezó su nuevo trabajo en la mansión Lockhart, en Glasgow, no lograba tranquilizarse. Ella lo achacaba a su limitación con el idioma. Estaba claro que cuando tomó la decisión de partir a Escocia tendría que enfrentarse a esta pesadilla, a esta asignatura pendiente. Como solía decir, «el inglés requiere algo más que una buena pronunciación, más bien bastaría con una buena comprensión»; y día tras día se aferraba a esta idea.

Cuando bajó a la cocina todo estaba en su sitio, la pila con algunas tazas y platos, el pan pendiente de ser cortado, la tetera por llenar y poner al fuego. La tranquilizó pensar que no había necesidad de hablar con estos objetos y que entendía a las mil maravillas lo que tenía que hacer con ellos. Llevaba unos minutos distraída, mientras organizaba el desayuno, cuando dio un grito de pavor: la tetera comenzó a silbar y la tostadora le anunciaba que el pan ya estaba… quemado. Rápido abrió la ventana y apagó el fuego; partió más pan, pero esta vez no se apartó del punto de vigía, lo observaba como si de un momento a otro fuera a tomar vida.

Al entrar Elisa Black, lo único que hizo fue sonreír y poner el té en las tazas; llevaba algo más de un año como doncella en la mansión. El inglés no había sido un problema puesto que era su propio idioma, pero sabía cómo se sentía su compañera y la inseguridad que el ser principiante conllevaba. Las dos jóvenes desayunaron relajadas hasta que sonó el timbre de la Gran Dama, apodo otorgado a Mrs. Margaret y que hacía referencia más a su carácter que a su porte. Era pelirroja y de tez en exceso blanca, casi transparente. Se casó con el señor lógicamente por su increíble fortuna y con el convencimiento de que con el tiempo no lograría quererle; sus deseos habían sido otros, pero nada salió como ella pensaba.

Las tareas para Elisa se repetían cada día: llevar el desayuno, preparar el baño, ayudar en persona a la señora en sus absurdas necesidades, y mantener siempre el orden en sus aposentos, cosa no muy fácil para una mujer que se podría definir con tan solo dos adjetivos, «caprichosa» y «dominante». La joven doncella siempre observaba a hurtadillas los detalles y adornos de la habitación, deteniéndose de forma especial en aquellos cuadros o fotografías donde podía verse a los antiguos habitantes de la mansión.

—¡Elisa, hoy me pondré el abrigo celeste, y busque el tocado de cachemir! —le ordenó Margaret con el tono imperativo de costumbre.

Cuando la doncella lo cogió, no pudo evitar mirarlo embelesada; sus colores vivos la transportaron a un lugar lejano, casi inexistente en su mundo actual en donde la niebla y la lluvia apagaban cualquier atisbo de luz.

—¿Se puede saber qué haces que no me escuchas?

—Perdón, señora, creo que nunca he visto un tocado tan hermoso como este, y mucho menos…

—¡Deja tus tonterías aparte y ayúdame, no quiero llegar tarde por tu culpa!

Obedeció al instante, no sin dejar de sentir fuego en sus mejillas y en su alma un golpe de humillación.

—¡Ah!, y dígale a la cocinera que disponga cena fría para esta noche, seremos cinco, como mucho seis.

—Sí, señora.

Elisa sabía qué tenía que hacer. En cuanto le dio la espalda Mrs. Margaret, abrió la ventana y se dispuso a limpiar y ordenar los aposentos de la Gran Dama, con el cálido dolor resbalar por su rostro. Apretó los dientes y decidió seguir con sus obligaciones en silencio. No era el momento de despertar sus sueños, su historia, ni sus recuerdos.

A las nueve en punto apareció Mary Roy en la cocina, como siempre nerviosa y corriendo, deseosa de tomar su taza de té antes de comenzar la jornada.

—¡A ver qué fantasía me toca materializar hoy! Cada vez me saca más de mis casillas esta señora. El otro día sin ir más lejos, tuve que recorrer media ciudad para comprar unos dulces alemanes especiales; no se puede conformar con los nuestros, que, dicho sea de paso, no tienen nada que envidiar a los de fuera. Pero no, que los haga su cocinera no es exótico ni original. ¡No sé cómo la aguanto!

—Quizás porque necesitas el trabajo.

—En parte sí, pero debo confesarte que tengo un cariño especial a esta familia y a esta casa. —La cocinera hablaba despacio para que la doncella pudiera entenderla mejor, y muy alto, como si así la barrera del idioma desapareciera—. Aquí sirvieron dos generaciones de mis antepasados más cercanos. Mi abuelo era un excelente jardinero y mi abuela fue famosa por sus exquisitos platos, así como por su presentación en la mesa, ¡toda una real cocinera! Su hermano era el encargado del mantenimiento, fue un gran artesano y el mundo de la madera no guardaba secretos para él; muchos muebles de la casa fueron hechos o reparados por sus manos. Tenía un gran ingenio y pasión por la magia; yo creo que le venía de tantos cuentos que leyó de niño, por eso sus obras tenían un trasfondo que, muchas veces, ni siquiera nosotros conocíamos. Mi padre fue mayordomo y mi madre ama de llaves… Y yo entré en el servicio cuando apenas era una niña.

La joven atendía con los ojos abiertos y los oídos atentos; intentando comprender en inglés.

—Dime, ¿cómo era la familia que vivía en aquella época?

—Diferente a la de ahora, porque, en mi humilde opinión, esta ni es familia ni cosa que se le parezca. Para empezar, el señor se ausenta más de quince días cada mes, y su hija no digamos; he perdido la cuenta del tiempo que hace que se marchó. Y la señora…, aun cuando están juntos tampoco se les ve unidos, yo les noto distantes, más bien fríos.

—¿Tal vez lo hagan por discreción y no quieran demostrar sus sentimientos delante del servicio? —aclaró Dora con la intención de sonsacar más información.

—No, querida, te aseguro que no es eso; yo he trabajado cuando los padres del señor vivían. Se sentía el amor y el cariño, era como una corriente que se extendía por la mansión, hacía que los que vivíamos en la casa nos sintiéramos tranquilos y seguros; algo diferente a lo que respiro ahora. Créeme si te digo que cuando vengo aquí me pregunto qué me encontraré, como si en mi interior presintiera algo… algo extraño y desagradable.

—No entiendo lo que me quieres decir.

—Verás, hace años…

—¡Necesito que me ayudes con la limpieza! —Elisa entró en la cocina tan de repente que ambas se quedaron calladas de golpe.

—Mary me estaba contando historias de esta familia, ¡espera un momento, ahora vamos! —dijo Dora.

—Te recuerdo que estamos en nuestro tiempo de trabajo y esto no es correcto.

—Ni yo lo permitiría —adelantó Mary—. He leído tu nota y voy a ponerme ahora mismo con esa cena fría.

Las dos jóvenes dejaron a la cocinera hablando sola dentro de la despensa. Mientras subían las escaleras, Dora preguntó:

—¿Y tú, sabes historias de los señores, por qué el señor se ausenta, a qué se dedica, y por qué su hija no vive aquí…? Como decimos en España: «cotilleos», hablando claro.

—Escucha, si quieres mantener aquí tu puesto, te aconsejo que pases desapercibida y no preguntes; recuerda que cuanto menos sepamos de sus vidas, más ajenas estaremos a sus problemas.

La española miraba en silencio a Elisa, y aunque sabía que le había dado un sabio consejo, en su interior creció un mayor deseo de seguir indagando; pero eso sí, debía hacerlo con discreción.

La mañana pasaba deprisa y Dora comenzaba a sentir el cansancio.

—¿Siempre estaremos tú y yo para atender toda la casa?

—Sí, salvo en ocasiones excepcionales en las que se contrata personal según las necesidades del momento. Cuando yo llegué aquí, los señores ya habían tomado esta decisión. Su hija se había marchado al extranjero, y para ellos dos no vieron necesario tanto servicio como había antes.

—Eso es relativo, porque si me preguntan a mí opinaría que por lo menos hace falta otra doncella. Pero cuando todo lo que tienes que hacer es levantarte, desayunar y decidir qué te pones que haga juego con el color del día o del sombrero… debe ser agotador; seguro que ignoran el tiempo y esfuerzo que lleva tener esta mansión, como se dice en mi país, «como los chorros del oro», o «limpia como una patena», o «como un espejo…».

Elisa se rio con ganas al escuchar a su nueva compañera.

—No puedes negar que eres española —le dijo divertida.

—¿Se nota mucho mi acento?

—No, más bien tus expresiones. Anda, vamos a la biblioteca, y no precisamente para leer.

—¡Uy! Eso sí que me gusta; no hay nada mejor que un buen libro por la tarde sentada en un rincón acogedor y una buena butaca. Y si encima llueve ya sería el premio gordo, que aquí me pondría las botas. Si yo fuera la señora me pasaría el tiempo leyendo y llamándote para que me trajeras té con pastas o con cualquier tipo de dulces, pero si me dieran a elegir me quedaría con los rosquillos de mi casa. ¿Por qué me miras así? ¿Acaso he dicho algo raro?

—No. Más bien es lo que «no» has dicho.

Las dos volvieron a reír mientras abrían la puerta de la biblioteca. Al entrar, Dora se quedó callada al instante. Nunca había visto en una casa tantos libros juntos. Estaban perfectamente colocados en sus estanterías. La sala era amplia y rectangular, la luz entraba del exterior a través de tres grandes ventanales. Paredes y suelo eran de madera rojiza, y en un lateral lucía una hermosa chimenea, dos largos y cómodos sillones la centralizaban; hacia un rincón opuesto había tres preciosas butacas en color bermellón. Las cortinas en verde musgo eran el toque final que convertía la biblioteca en un lugar especial, pero lo que más le llamó la atención fue una escalera de caracol, con peldaños de madera y una laboriosa barandilla tallada; en la distancia se podía ver su transparencia como si fuera un encaje: era un entramado de hojas y pájaros rematados en su parte superior con un pasamanos de madera oscura; su altura era la justa para llegar con comodidad hasta los libros que descansaban en los estantes más altos.

—¡Esto es a lo que me refería cuando hablaba de un rincón acogedor para leer! Seguro que ahora mismo está lloviendo. —Ilusionada corrió hacia el ventanal más próximo—. ¿Ves? ¿Qué te decía yo? ¡Está lloviendo! —Dora miraba con ojos golosos, deseosa de probar y sentir cada uno de sus rincones, como si de un gran pastel se tratara—. Déjame adivinar, ¿a que apenas utilizan este espacio tan maravilloso? No hace falta que me contestes, tu cara me lo dice. ¡Dios da pañuelo a quien no tiene narices! ¿Quiénes son? —preguntó mirando un gran cuadro que había sobre la pared de la chimenea.

—Son los Lockhart, los tatarabuelos del señor. Ellos fueron los que construyeron esta mansión, los que iniciaron todo. Y no me preguntes más porque yo no sé prácticamente nada. ¡Vamos, empecemos con la limpieza de las ventanas!, debemos darnos prisa, hoy tiene que quedar listo; como dices tú, «reluciente».

Tres horas después se oyó el ruido de un motor y cuando paró, bajó del coche Mrs. Margaret acompañada de dos mujeres. Mary pudo observar a través de la ventana que se trataba de las hermanas McCain.

—¿Quiénes son? —le preguntó Dora llena de curiosidad. En el poco tiempo que llevaba trabajando en la mansión era la primera visita que iba a atender. Cuando le ofrecieron esta colocación nunca imaginó que la vida en semejante lugar fuera tan monótona.

—Son amigas de la señora, las hermanas McCain. Ve a recibirlas —le dijo Mary—, que Elisa ha salido a hacer unos recados, creo que algo sobre los adornos florales. Tú ya sabes lo que debes hacer.

Dora iba corriendo por los pasillos y al mismo tiempo sacudiéndose el vestido, colocándose la cofia y arreglándose el pelo.

—¡Por fin caras nuevas! —pensó, y eso no tenía precio; así que más valía que todo estuviera perfecto, empezando por ella misma.

Cuando abrió la puerta dio las buenas tardes y extendió los brazos para recoger sus abrigos, acompañando el ceremonial con una amable sonrisa, mientras que ellas, sin mediar palabra alguna, le fueron dando sus lujosos envoltorios.

—¡Sírvenos el té en la sala azul! —ordenó Mrs. Margaret.

Cuando la doncella llegó a la cocina se dirigió a Mary para ponerla al corriente de sus impresiones.

—Más que dos hermanas parecen tres, por sus estilos, tanto en el pelo como en la forma de arreglarse, y casi te diría que hasta en la manera de caminar. ¿Tienen algún parentesco con la señora?

—No, querida, no tengo ni idea de por qué motivo ambas hermanas intentan imitar tanto a nuestra Gran Dama.

—Yo tengo una sencilla explicación; tal vez piensen que, imitándola, algún día conseguirán algo de lo que ella posee.

—Creo que un poco de razón sí tienes. El único mérito de la señora fue casarse con su esposo. La familia de ella tenía dinero, dinero que procedía de industrias algodoneras y de la caña de azúcar en Brasil. Nunca trabajó; mientras otras mujeres de su misma posición estudiaban, realizaban actividades de tipo cultural o social, ella tenía un único objetivo: conseguir un buen matrimonio. ¡Y ya lo creo que lo consiguió!, ¿dónde iba a encontrar un hombre que le permitiera sus caprichos? Y créeme si te digo que no son pocos, ¡a veces no tienen fin!

Mientras Dora se acercaba con la bandeja a la sala, empezó a escuchar y, lo que era más importante para ella, a entender la conversación que las mujeres mantenían; por lo que sus pasos iban cada vez menos ligeros hasta que se quedó quieta a un metro de la puerta, donde podía oír con claridad la charla de las damas, ajenas al interés despertado en la doncella.

—Sinceramente, creo que tienes demasiada paciencia con él —dijo una de las hermanas—. No deberías permitirle tantas ausencias. Además, lo peor es que ya se empieza a murmurar sobre el tema en las reuniones, y ya sabes lo que ello conlleva.

—Sí, tienes razón, empiezas a ser la protagonista de todas, aunque no estés.

—No es fácil plantearle este problema; la última vez que lo hice estuvo más de una semana sin hablarme y, por si fuera poco, adelantó otro viaje. ¿Pero dónde se ha metido esta chica?

Justo en el momento en que iba a levantarse, apareció Dora con la bandeja entre sus manos y un amable gesto en su cara. Fue colocando el servicio de forma ceremoniosa.

—¿Sirvo el té, señora?

Preguntó segura de sí misma; sus compañeras la habían adiestrado a conciencia, como si de una función de teatro se tratara, donde cada gesto debía ser representado con exactitud, y cada uno de los elementos debía ocupar su lugar correspondiente. Dora llegaba siempre a la misma conclusión: «¡Cuánto ocio y cuánto tiempo desaprovechado!».

—No, así está bien, puedes retirarte.

—¿De dónde es esta doncella? —preguntó la otra hermana cuando Dora las dejó a solas.

—Es española. Cuando llegó apenas se enteraba de nada, pero me da la sensación de que aprende rápido.

—No lo puede negar, sus facciones son del sur: ojos grandes y oscuros, pelo negro ondulado, boca sensual. ¿Estás segura, Margaret, de lo que has hecho?

—Por supuesto, no me preocupan ni sus rasgos ni la procedencia, siempre y cuando me atiendan bien; hay que ser práctica. Tengo una excepción, nunca tendría en mi servicio a una mujer negra, ni joven ni vieja. ¡Y dejemos el tema!

La tarde fue cayendo, y con ella la llegada de dos invitadas más, Edith y Esther. Eran amigas de Margaret desde su llegada a Escocia. La vida las fue uniendo hasta en sus respectivos trabajos, las dos daban clases en el mismo centro; Esther como profesora de Arte Dramático y Edith de Historia. Las dos estaban divorciadas, y las dos felices de haberlo conseguido. Ninguna tenía hijos, lo cual era un alivio teniendo en cuenta su situación de mujeres independientes. Muchas eran las cosas que las separaban de su tradicional amiga; no solo en el tipo de vida sino también en cómo vivirla. Ellas amaban lo inesperado, la aventura por norma, por lo que pocas veces se ceñían a lo establecido; y claro está, no consideraban al hombre como elemento imprescindible para ser felices. Sin embargo, ambas necesitan la amistad de Margaret; esta representaba el eslabón necesario para estar conectadas a su mundo, el mundo de las influencias y del poder. Dentro de él todo era posible y las puertas se abrían con facilidad, pero era necesario saber moverse, pues un paso en falso, una traición, o una alianza equivocada, y esas mismas puertas se cerraban de forma cruel, sin consideración ni piedad. Teniendo en cuenta que su influyente confidente era la única que sabía de su unión secreta, se sentían atadas a ella de manera tan estrecha que se definían como amigas del alma; lo que en muchas ocasiones hacía de la relación una auténtica condena para dos mujeres tan emancipadas y valientes como ellas.

Cuando Elisa se presentó en la cocina ya era casi la hora de servir la cena, por lo que le pidió a Dora que fuera ella la que lo hiciera.

—No tengo inconveniente, pero ¿qué ha pasado?, ¿por qué has tardado tanto? Perdona mi indiscreción, pero ya estábamos preocupadas. Sabíamos que ibas hasta la casa del jardinero para hablar con él acerca de los arreglos de los setos y de las plantas, pero…

—Al contrario, perdonadme vosotras por no haber avisado, pero tenía que ir al pueblo, a la oficina de correos; tenía que enviar un paquete a mi tío Joe… La caminata hasta la oficina me ha agotado. A la ida porque sabía que era ya tarde, podría encontrarla cerrada; y a la vuelta porque me imaginaba vuestra preocupación. Vine a paso más que ligero, mi madre hubiera dicho: «Corres como gacela asustada».

Justo en ese momento se arrepintió de haberlo soltado; tuvo que poner toda su conciencia en sus manos para no llevárselas a la boca y taparla como quien intenta tapar una cañería rota. Tenía tanto que contar, tanto que decir, que su interior era como un dique a punto de desbordarse, pero debía ser prudente y continuar con su silencio. «Cuanto menos hable más libre seré». Y este recordatorio se había convertido en su lema desde hacía ya mucho tiempo.

Dora, al ver la expresión de su cara, mitad sorpresa y mitad vergüenza, sintió la necesidad de aliviarla.

—Es una expresión muy bonita. Mi madre hubiera dicho: «Corría que se las pelaba». ¡Eso sí que es raro y sin sentido! Porque yo me pregunto, ¿qué es lo que se pela?, ¿los pies, las zapatillas…?

Las tres mujeres rieron, y Elisa miró a su compañera sintiendo un profundo agradecimiento. Veía en ella las cualidades de la sensibilidad y de la alegría, unidas de tal manera que se convertían en un faro potente, capaz de disipar cualquier temor para darle la certeza de que todo estaba bien.

—Dora, prepara en la salita la mesa para el bufet frío —le ordenó la cocinera—. Prefieren estar solas, sin el servicio dando vueltas alrededor; esto les quitaría intimidad y está claro que se juntan para chismorrear. Y tú, Elisa, siéntate y toma algo caliente, te veo con mala cara; espero que no hayas cogido un buen enfriamiento con tanta carrera. ¿Por qué no le pediste a Henry que te llevara al pueblo? Ya sabes que él tiene también esa obligación, si hace falta.

—Eso sería adecuado si fuera la señora quien lo hubiera ordenado, pero no me parece apropiado que el jardinero me lleve, por mi comodidad, a la oficina de correos.

Mientras Dora deslizaba el carrito del servicio por el pasillo iba ralentizando su marcha. Tenía claro que deseaba escuchar secretos, intimidades, alguna conversación entre las damas. Pero esta vez, lo que hablaban hacía referencia a la partida de cartas.

Como siempre, anunciaba su llegada con un toque suave en la puerta.

—Señora, les traigo la cena —dijo.

—Déjala sobre la mesita. ¿Y Elisa, ha llegado ya?

—Sí, señora.

—Dile que el señor vendrá pasado mañana, y recuerda que todo debe estar a punto, no quiero sorpresas de última hora. Si has terminado, sal y cierra la puerta.

—Esta criada es una belleza —comentó Esther cuando Dora salió—. ¿La ha visto ya tu marido?

—Por supuesto que sí, y deja de pensar en lo que creo que estás pensando, porque estarías muy equivocada. A él no le interesan las jovencitas, además estoy segura que, de intentar algo, sería rechazado. Estas chicas siempre vienen dejando atrás un novio que suspira por ellas y, en cuanto pasan un tiempo prudencial, regresan. Nuestro clima se encarga de echarlas. ¿Qué apostáis a que antes del próximo mes de octubre ando buscando una sustituta?

—Yo no quiero apostar —dijo una de las hermanas—; creo que tienes razón. No debe ser fácil adaptarse a este tiempo húmedo y frío, y mucho menos si vienes de un país como España. ¡Mira Elisa!, ella continúa porque es inglesa. Se le nota en sus ojos claros que está acostumbrada a este gélido tiempo.

—¡Qué «generosa» eres, querida! —intervino Esther con una media sonrisa que apenas disimulaba su ironía—; hoy en día los colores de los ojos no tienen nacionalidad, están repartidos por el mundo. Lo que sí es cierto es que esa chica tiene la mirada apagada, quizás falta de vida.

—Es posible que se deba a que sus padres murieron —dijo Margaret.

—¿Sabes cómo pasó? —preguntó Edith.

—Cuando tuve la primera entrevista con ella me contó que no tenía padres, que fallecieron siendo casi una niña. Pero, con sinceridad, nunca me interesó saber más detalles de su tragedia, esto no es un hospicio. ¿Qué tal si cenamos? Supongo que tendréis apetito.

La noche pasó para la anfitriona y sus invitadas entre frivolidades, siempre a costa de los ausentes, y partidas de cartas. Las conversaciones salían entre ases y reinas como palomas de la chistera de un mago. Las jugadoras atendían con la misma habilidad las partidas y los cotilleos que traían de primera mano. Esta habilidad en manejar dos mundos al mismo tiempo la tenían por la práctica y también como cualidad innata. A las diez y media se despidieron de Margaret, dejándola con el sabor de boca de haber pasado una noche agradable, digna de repetirse.

Mientras tanto en la cocina todo era hacer listas de compras, revisar despensas y organizar sobre un papel el orden de la mansión, para que nada faltara a la llegada del señor. En realidad, tan solo quedaba un día para que Mary tuviera planeadas las comidas y las bebidas favoritas de su «pequeño Albert», como solía referirse al señor. Esta familiaridad tenía su origen cuando ella misma, siendo muy joven, lo había cuidado y protegido de los sinsabores de la vida. Pensando en lo que había que solucionar, decidió quedarse esa noche en la casa, y al día siguiente pediría permiso a la señora para ir a la ciudad con Henry a realizar las compras. De esta manera, las dos doncellas podían organizar el resto de los preparativos.

Por la mañana, las tres mujeres se levantaron más temprano de lo habitual; una por emoción, otra por curiosidad, y otra por preocupación. Después del desayuno decidieron comenzar sus responsabilidades lo más eficazmente posible. Mary estaba contenta de ir en el coche, aunque fuera delante; le hacía sentirse más señora y menos cocinera. Miraba el mismo paisaje como si fuera nuevo, casi por estrenar. «La vida cambia mucho de ir en autobús a ir en un Mercedes», pensaba mientras veía los pastos y las ovejas de siempre.

—¡Lástima que el viaje dure tan solo media hora, porque hace un día precioso! —dijo a Henry cuando se fijaba en las nubes grises que dejaba atrás. Este optó por no hacer ningún comentario, pero la miró con complicidad.

Eran las cuatro de la tarde cuando las tres compañeras coincidieron de vuelta en la cocina.

—¿Qué tal si nos sentamos un momento y repasamos nuestras respectivas listas para asegurarnos de lo que falta por terminar? —comentó Mary.

—Creo que tan solo me quedan por limpiar dos trajes del señor y planchar tres camisas— aclaró Dora.

—¡Venga, sentaos! Nos vamos a tomar una buena taza de té y un trozo de bizcocho de chocolate. Seguro que hoy apenas habéis comido, con tanto preparativo y con la Gran Dama dando órdenes continuamente. A veces me indigno cuando pienso que el pequeño Albert se casó con semejante parásito. —Mary servía la merienda dispuesta a tomarse un rato de descanso.

—Anda, cuéntame algo acerca del señor. Yo apenas le conozco —comentó Dora—. Tan solo recuerdo que era alto, con los ojos verdes y el pelo castaño claro, casi rubio, ¡vamos, un galán de cine! Y una persona agradable, mucho más que la señora, que, entre nosotras, es bastante déspota. Aunque me pareció un hombre serio, quizá algo triste. Puede que sea mi imaginación, pero…

—Ya te dije que no debes preguntar ni comentar nada referente a esta casa ni a esta familia. Si te oyeran lo considerarían una falta de respeto y lealtad. Te podrían despedir sin ningún miramiento —le advirtió Elisa.

—¡No te preocupes tanto!, no creo que la señora nos oiga —dijo Mary—. Cuando llegábamos de la ciudad, ella salía con su coche y me dijo que hasta la noche no regresaría. Además, ¡qué caramba!, creo que nos merecemos un buen descanso. El estar todo el día de arriba para abajo me ha dejado agotada; y eso que solo he terminado una parte, ahora me queda preparar el resto de lo que he comprado. Aunque, si os soy sincera, me encuentro cansada pero feliz, tanto trabajo me recuerda que mañana estará aquí el señor. Parece que fue ayer cuando lo acuné por primera vez, ¡era un bebé tan rubio y regordete!

—¿Eras su niñera? —preguntó Dora.

—Ni mucho menos. Yo era en aquel entonces ayudante de cocina, pero por culpa de la guerra, el personal de la casa, especialmente el femenino, escaseaba, pues realizaba también trabajos sociales. En aquella época todo el mundo tenía algún ser querido en el frente, vivíamos las ausencias y la pena de alguna trágica pérdida. El sentimiento de culpa por estar sanos y vivos se apoderaba de nuestras conciencias y de nuestra memoria, y la mejor manera de hacer callar su grito era el trabajo. Por eso, cualquier esfuerzo que se realizara por la causa hacía más ligera la carga del dolor y el remordimiento.

—El dolor lo entiendo, pero ¿por qué teníais remordimientos? —dijo Dora—. Vosotros no erais los culpables de aquella maldita guerra.

—Una comida caliente y una cama cómoda se transformaban dentro de nuestras conciencias en enemigos crueles. Pocas veces tenía sueños tranquilos; me despertaba con angustia, recordando a mis primos y pensando en lo que se habían convertido sus inexpertas vidas. —Mary calló cuando vio la tristeza en los rostros de sus dos jóvenes compañeras—. ¡Bueno, aquello ya pasó! Y bien está lo que bien acaba. Yo era demasiado joven para desempeñar ningún trabajo social, y no digamos para hacer de enfermera; además, aquí hacía falta en la cocina y fuera de ella. Después, cuando el señor ya tenía cuatro o cinco años, lo llevaba de paseo. Recuerdo cómo reía cuando jugábamos al escondite o con un perro pequeño que le regalaron al nacer su hermano. —Elisa y Dora se quedaron sorprendidas—. Sí, no me miréis así; el señor tuvo un hermano, pero esa historia os la contaré otro día. Acabo de caer en la cuenta de que no he preparado aún la cena. Hoy quiero irme pronto a casa, anoche no dormí bien, echaba de menos mi cama, mi habitación, en definitiva, ¡mi vida!

Las doncellas se levantaron de la mesa tratando de disimular su pereza, pero no podían negar que lo hacían como los niños, a regañadientes. Deseaban más información, mejor dicho, toda la información acerca de ese hermano misterioso, pero no podía ser, tendrían que esperar; ella no dormía allí, tan solo en algunas ocasiones como pasó la noche anterior. Con la esperanza de que a la llegada del señor esa oportunidad se pudiera dar con más frecuencia, Elisa y Dora reanudaron sus tareas en silencio. Cada una por separado daba rienda suelta a sus pensamientos; una recordando, y otra imaginando todo tipo de historias, quizá fantásticas o simplemente diferentes a su vida cotidiana. La más vulnerable sentía temor ante la inminente entrada a un mundo hasta ahora desconocido, y creció en su interior el deseo de hacerse invisible, transparente.

Tierras Lejanas I

La plantación de caña de azúcar Santa Rosa, en Salvador de Bahía, era una de las más antiguas de Brasil; sus orígenes se trasladaban al siglo XVI, quedando constancia de ello en la placa conmemorativa situada en una columna de mármol, justo a la entrada. Su primer propietario fue un fidalgo portugués, el cual, como muchos de aquella época, recibió el terreno como donativo del propio rey, con el compromiso de establecer un comercio colonial floreciente y beneficioso para la corona de Portugal. La explotación se llevó acabo, como era normal en aquellos tiempos, con esclavos procedentes del continente africano.

Su actual propietario, Peter Brown, un joven escocés, la adquirió a buen precio en 1939; junto con las tierras y una hermosa casa se podría decir que también había «comprado» quince campesinos, descendientes de aquellos esclavos que procedían del mercado de Sao Tomé. Aunque la esclavitud fue abolida en el siglo XIX, los hombres y mujeres de aquel lugar mostraban un comportamiento de sumisión tan marcado que Peter jamás hubiera imaginado que eran personas libres. Y es que cuando se firmó la abolición solo era eso, una simple firma en un pergamino oficial, la realidad fue muy distinta; muchos prefirieron seguir trabajando para sus antiguos amos antes que hacer frente a una vida libre cargada de injusticias y pobreza. Pero si alguna vez llegaron a pensar que su destino cambiaría al ser agricultores o sirvientes domésticos, pronto se darían cuenta de que su existencia seguía atada a un sueldo mísero y a un trato tan abusivo como quisiera permitirse el patrón; y más teniendo en cuanta que en la transición a la «no esclavitud», nadie quedaba a salvo de los usos y costumbres de siglos de antigüedad, sobre todo cuando ello traía de la mano tan rentables beneficios.

Desde el primer día, el nuevo dueño de Santa Rosa se entregó en cuerpo y alma a aquellas tierras, y ahora, transcurridos unos años, podía ver con gran satisfacción cómo esa generosa plantación se lo había pagado. Siempre que podía subía a la cima de aquella colina, se sentaba tranquilamente, sacaba su pipa y sin ninguna prisa la encendía. Realizaba todo un ritual antes de poder disfrutar de las dos cosas que en solitario más deleite le producían, fumar un buen tabaco mientras admiraba aquella bendita hacienda. Allí se casó con su hermosa, inteligente, y bondadosa esposa, Clotilde Montenegro, la hija de un banquero argentino. Los había presentado el padre de ella tan solo unos meses antes. Peter fue a pasar unos días a Salvador de Bahía con el fin de solucionar unos asuntos administrativos, y de acercarse al banco del padre de Clotilde. No es que los dos hombres fueran amigos, pero siempre se trataban con una atención especial, y uno de esos días tuvo el detalle de invitarlo a cenar a su casa. Cuando Peter llegó, se quedó sorprendido porque en ningún momento le había dicho que tuviera una hija, y allí estaba ella, radiante y parlanchina; los nervios al ver a aquel atractivo joven, le hacían hablar por los codos. Cuando en mitad de la conversación le dijo que era maestra, por un lado, sintió el gusanillo de la curiosidad, y, por el otro, se le pusieron los pelos de punta, pues tenía un terrible recuerdo de los internados británicos de su infancia. El mundo de la educación le producía una sensación ambivalente. No dudó en pedirle que le permitiera ir a buscarla al colegio donde trabajaba, y que de paso le enseñara el centro.

El día que quedaron procuró llegar un rato antes y, sin que se diera cuenta, la estuvo observando a través de los cristales de la ventana, desde el jardín, y la encontró maravillosa; era justamente como a él le hubiera gustado que hubiera sido su profesora a la misma edad que tenían esos niños: cariñosa, amable, respetuosa. Pudo darse cuenta de cómo atendían, con interés y sobre todo… sin temor. En ese mismo momento tuvo la certeza de que ella y no otra sería su esposa.

Cuando Clotilde salió del colegio, lo vio con un brillo tan especial en su mirada que se conmovió. El noviazgo fue corto, apenas unos meses, y la mayoría de ese tiempo su relación se hizo a través de cartas. Por sus obligaciones en la plantación no pudo ir con frecuencia a visitarla. Estaban tan seguros de su futura vida en pareja, que no tenía sentido alargar la fecha de la boda. Decidieron casarse en Santa Rosa. Fue un día precioso, el jardín y los patios estaban tan bonitos que Clotilde lamentó cuando los adornos fueron retirados, en parte porque el calor de ese día fue especialmente fuerte. Lo guardaba todo en su corazón como si hubiera sido ayer. Fue una ceremonia hermosa, pero lo que Clotilde consideraba más divertido de aquel día no fue el banquete ni el baile… sino las caras de los empleados cuando vieron a Peter Brown vestido con su traje de ceremonia escocés. Lo que menos se imaginaban aquellos descendientes de esclavos era que se fuera a casar su patrón con una falda de cuadros, muy bonita, eso sí, pero al fin y al cabo ¡una falda!

Y en Santa Rosa fueron engendrados sus gemelos, Margaret y Peter. Se empeñó en ponerle su mismo nombre porque hubiera sido una incongruencia no hacerlo, el niño era su mismo retrato. De pequeños los llevaron a Escocia, mientras hacían un viaje por su legendario país para abrir mercado a su caña de azúcar. Fue la propia Clotilde quien deseó volver a su querida plantación, no solo por huir del frío y del moho, sino porque adoraba aquella parte de Brasil. Nunca le molestó en demasía ni sufrir los mosquitos, ni el calor húmedo, el aislamiento que suponía vivir tan alejados de la ciudad de Salvador de Bahía. Para ella eso tenía una fácil solución: invitar con frecuencia a familiares y amigos.

La señora Brown continuamente buscaba algo para hacer o algo por descubrir. Sus largos paseos por las praderas próximas al río eran los más deseados, no solo por sus gemelos sino también por los hijos de sus empleados. Como buena maestra, amaba a los niños sin importarle el color de su piel, disfrutaba viendo cómo jugaban sin más, de una manera sencilla y sin prejuicios. Estaba convencida de que aquello les haría bien, empezando por Margaret y Peter. Dentro de esa filosofía de vida encajaba a la perfección que muchos domingos, tras la misa celebrada en la sencilla capilla, fueran de excursión hacía las alamedas, con los niños subidos a un carro. Allí organizaban improvisadas mesas, mecedores en los árboles, el deseado asado, y hasta chapuzones en las mansas aguas del río. A la tarde volvían de la misma manera que habían llegado, cantando, «la mejor medicina que estas gentes habían podido inventar para superar sus penas», es lo que pensaba Clotilde cuando los escuchaba mientras trabajaban; sus voces profundas y fuertes se unían con más armonía de la que muchos coros pudieran desear, y es que ellos llevaban siglos de ensayos.

Para el matrimonio Brown no suponía ninguna amenaza el disfrutar de un tiempo de ocio con sus empleados, rechazaban el clasismo colonial. Peter no había realizado estudios sociológicos ni psicológicos, pero tenía un gran sentido común. «Si a las personas las tratas con respeto, con respeto te responderán», era la contestación que siempre daba a los que le advertían del gran peligro que le acechaba, la pereza, el engaño y posiblemente la traición, si tenía un comportamiento tan blando con sus trabajadores, pero cuando veía cómo su hacienda se hacía próspera sabía que él estaba en lo cierto.

Entre los chiquillos alegres y bulliciosos de la plantación había una niña en especial que tenía cautivada a Clotilde, se trataba de Bethania, una preciosa mulatita de ojos verdes. Antes de formalizar su noviazgo, Peter le confesó que era hija suya; le contó la verdadera historia de aquella chiquilla fruto de una relación mantenida desde hacía tiempo con una de las sirvientas de la casa. Cuando llegaron las contracciones, Peter hizo llamar a la comadrona, pero el parto se presentó largo y difícil. La joven no consiguió superarlo y, tras varios días de fiebre y debilidad, inevitablemente falleció. Sin embargo, unas horas antes de su muerte tuvo la suficiente lucidez como para hacerle jurar, con la Biblia en la mano, que se encargaría de la niña. No le pidió apellidos ni reconocimiento, pero sí cuidados y educación; deseaba un futuro para ella fuera de la plantación. Peter confesó a Clotilde sin ningún titubeo que, aunque no se enamoró de la joven, sí llegó a sentir un profundo cariño hacía ella. Lamentó sinceramente su muerte y, por supuesto, siempre intentó cumplir su juramento. Pensó que lo mejor para la pequeña era dársela en adopción, cuanto antes, a una joven familia de campesinos de su propia plantación, que recibieron junto con la niña una ayuda económica y una huerta para su propio abastecimiento.

Clotilde no solo veía con buenos ojos el trato de favor que recibía aquella familia por parte de su marido, sino que ella misma participaba llevándoles ropa o algún juguete para la bonita mulata y sus hermanos menores; no había cumpleaños que no tuviera la generosa visita de la patrona. La buena mujer era consciente de que este tipo de nacimientos, por desgracia, estaban generalizados en las plantaciones; la forma de proceder en ellos también era muy común… el rechazo del «bastardo». Se les consideraba futuros esclavos o sirvientes sin más; muy pocos eran los que actuaban como había hecho el señor Brown, y nadie daba sus apellidos a estos hijos naturales.

Bethania creció como la verdadera hija del joven matrimonio campesino, y todos así lo aceptaron en la plantación, sin ninguna extrañeza, y más cuando la veían rodeada de cariño, como cualquier hijo deseado.

El tiempo fue pasando de una manera tranquila, pero el temperamento de los gemelos se fue diferenciando desde muy temprana edad. Mientras Peter era afable y extrovertido, con una capacidad fuera de lo normal para la aventura y disfrute de todo lo que oliera a nuevo, Margaret se iba despuntando como una niña introvertida e insegura; sus rabietas provocadas por simples caprichos eran famosas en la plantación. Con frecuencia, sus padres le regañaban, y en ocasiones le aplicaban pequeños castigos con la única intención de que tomara conciencia de su conducta caprichosa, pero ella, lejos de este resultado, reaccionaba de forma colérica, ganándose a pulso el apodo de la Blanca Diablilla. Era temida por sus compañeros de juegos, que pronto aprendieron a separarse lo más lejos posible de ella cuando caía en una rabieta, con el fin de no ser alcanzados por ningún objeto volante. La experiencia les había enseñado que, ante los ataques de furia, lo que estuviera a su alcance tomaba la cualidad de volar, aunque no tuviera alas.

—¿Por qué no se tira de los pelos? —le preguntó un día Bethania a Peter mientras presenciaban a cierta distancia la «demostración» de lanzamiento.

—Porque no está loca; sabe que se haría daño. Si le tira cosas a otro, a ella no le duele.

Solucionada la duda, los dos se reían hasta desternillarse.

Al cumplir los gemelos los seis años, el matrimonio Brown consideró que lo más apropiado era hacer una reforma en el antiguo almacén próximo a la hacienda para convertirlo en una bonita escuela de párvulos, donde la propia Clotilde sería la maestra, dando así un uso adecuado a su título que, desde su casamiento, permanecía guardado en un precioso marco de madera, veteado y sellado herméticamente con un pulcro cristal para evitar su deterioro.

Todas las mañanas a partir de las nueve recibía a los niños de la plantación con el propósito de enseñarles a leer y a escribir junto a los suyos, sin ninguna excepción. Para ella era un orgullo pensar que en el futuro esos niños tendrían más posibilidades de salir adelante en la vida, con otra opción que la de ser campesinos o criados; deseaba quedar en sus recuerdos como la primera maestra que les ayudó en su infancia, antes que la patrona. Cada día, pintaba celosamente un dibujo diferente en la pizarra, que guardaba relación con la letra que ese día iban a aprender. Pronto las paredes se fueron adornando con trabajos coloridos de los chiquillos, y a media mañana la clase era interrumpida por la presencia de Sacramento Sousa, la fiel criada, que les traía un vaso de leche con galletas y fruta para pasar después al tan deseado recreo. Las clases terminaban siempre con algún cuento o alguna canción. De esta forma tan sencilla, pero a la vez tan profunda para los sentimientos de un niño, se fue marcando en ellos el aprendizaje y el convencimiento de que el mundo era bonito y bueno.

Durante dos años este fue el ritmo de la escuela, con la introducción de algún libro sencillo de números y lectura, así como actividades creativas de dibujo, pintura y divertidos juegos. Un día, Clotilde, viendo la cara de su hijo Peter, se dio cuenta de que había llegado la hora de introducir cambios para sus pupilos mayores y para los más espabilados, los cuales ya daban muestras de aburrimiento; sabía bien que ese síntoma debía ser curado o pronto caerían en la desidia y en la falta de interés por la escuela. Habló con su esposo y decidieron contratar a don Paulo Mencía, un maestro conocido y apreciado por ella. Él se encargaría de enseñar al grupo más necesitado de ampliar sus horizontes del aprendizaje, pero pronto tomó conciencia del gran dilema que se le planteaba: ¿qué hacer con su hija Margaret?

Tenía la certeza de que Peter y Bethania debían pasar con el grupo de los mayores, sin embargo, era consciente de que su hija no estaba preparada para dar el salto; y a la vez, intuía que cuando viera que su hermano pasaba de nivel y ella no, podría afectarle terriblemente. Un día, mientras organizaban el espacio en el antiguo almacén para dar cabida al segundo grupo, llegó don Paulo.

—Patrona, el profesor está aquí —anunció Sacramento.

—Acompáñele al saloncito y avise a mi marido. Sírvale algo fresco, hace demasiado calor.

—Sí, mi doña, lo que usted mande, mi doña, lo que usted diga. —A Clotilde le causaba risa escuchar a la fiel mucama y su larga retahíla mientras iba desapareciendo por el jardín—. Usted mande no más, que yo enseguidita se lo preparo, faltaría más… —siguió escuchando a lo lejos.

Cuando entró en la sala encontró al maestro charlando amigablemente con su marido mientras tomaban una limonada.

—Siento haberle hecho venir con este calor, pero queríamos que nos aconsejara sobre cuál sería la mejor manera de proceder con nuestra hija.

—Si está en mi mano lo haré encantando. Cuéntenme lo que sucede con la pequeña.

—Como ya sabe, nuestros hijos son gemelos —comenzó a contar Clotilde—, pero en lo que se refiere a carácter y temperamento no podrían ser más distintos. Sinceramente, y resumiendo, mientras que veo con claridad que mi hijo está capacitado para pasar a su grupo, no me sucede igual con la niña; creo que no le convendría forzarla a un aprendizaje más intenso, y menos con alguien nuevo.

—¿Por qué no les deja un año más?

—Ya lo había pensado, pero en ese caso sería él quien caería en el aburrimiento y en la apatía.

—Lo único que se me ocurre es que los separemos y observemos cómo le va a cada uno en su respectivo grupo; iremos haciendo según nos vayan dando pautas. Muchas veces queremos anticiparnos a los acontecimientos y esto nos suele llevar a tomar decisiones erróneas. Si les parece, Peter comenzará con el grupo de los mayores, seguro que estará contento con el cambio y no habrá problemas. Mientras, Margaret seguirá en su clase, y quién sabe si el hecho de no estar junto a su hermano haga que se sienta protagonista, y esto le dé seguridad.

—Confío en el buen juicio de mi esposa, y en el suyo, profesor —dijo Peter.

—No crea que siempre acertamos los educadores. En ciertas ocasiones, las circunstancias de un niño nos rompen los andamios de la lógica que habíamos montado, y ponen nuestros planteamientos pedagógicos patas arriba. Ahora les confieso que tengo una curiosidad. ¿Cómo es que han decidido montar una escuela en la plantación? Esto ya es sorprendente, pero mucho más es que dentro de ella den clases tanto a sus hijos como a los hijos de sus empleados, es decir, que no les importe que sus hijos compartan educación. Discúlpenme, no es que a mí me preocupe la diferencia social de los niños, lo que me choca es que no les preocupe a ustedes. Como saben, la tendencia de los terratenientes es mantener, si no en las formas al menos en el fondo, las antiguas directrices de amo y sirviente.

—Todo tiene una explicación sencilla —se adelantó a contestar Peter—. Como bien sabe soy escocés, y como viene a ser costumbre en las familias adineradas, los hijos, llegando a una edad, son enviados a internados para completar su educación. Por lo general, estos colegios son fundados en soberbios edificios, parecen palacios más que centros educativos, pero la vida en ellos no es fácil. ¡Cuántas veces tenía la sensación de vivir más en una cueva que en un edificio noble! La comida no solo estaba mal guisada, sino que era escasa. Normas estrictas a todas horas que parecían tener solo un sentido: llevarnos a castigos absurdos. Hay que añadir que para amenizar la estancia siempre había compañeros licenciados en las artes abusivas, que empleaban solo para divertirse mientras humillaban a otros; cuanto más sufría su víctima más disfrutaban ellos. Y, por supuesto, todo sucedía ante los ciegos ojos y sordos oídos de los profesores; si alguno enviaba quejas a los padres de estos pequeños sádicos, curiosamente este profesor dejaba el colegio por… causas familiares; que era lo que nos solían decir cuando preguntábamos por ellos. Realmente fueron años terribles para mí.

—Pero… ¿cómo es que no le sacaron sus padres de semejante infierno?

—No me creyeron, pensaban que eran exageraciones mías; creían que eran maniobras para salir de allí y volver a casa. Lo único que hacían era intentar tranquilizarme diciéndome que con el tiempo me iría acostumbrando a no estar con ellos. Por otro lado, viajaban con mucha frecuencia por motivos del negocio familiar, y ahí sí que se veían obligados a tenerme interno en lo que yo consideraba una cárcel en vez de un colegio. Llegó un momento en el que me di cuenta de que no había escapatoria y terminé por aceptarlo. Dediqué el tiempo a estudiar y mantenerme ocupado con actividades deportivas; procuraba apuntarme a todos los servicios en que los profesores solicitaban ayuda del alumnado. Me hice mi propia norma: elegir aquellos que requerían la presencia de un tutor, como sucedía en el mantenimiento de la biblioteca donde ayudaba a llevar un catálogo de los libros.

—Esto último que me cuenta me parece perfecto. El colegio sacó de usted lo mejor que tenía y, ¡mírese ahora!, con un título universitario y propietario de una hermosa y próspera plantación.

—No se confunda. El precio que he tenido que pagar por ello solo yo lo sé. No olvide que podría haber resultado lo contrario: podría ser hoy en día un perfecto sádico y, por qué no…, un perfecto asesino. Más de una vez me lamentaba por no tener el valor suficiente para aprovechar el silencio de la noche y la oscuridad, acercarme a la cama de los verdugos y matarlos con mis propias manos.

—¡Por Dios, qué horror! —exclamó su mujer.

—No deja de tener razón su marido, el ser humano bajo presión puede reaccionar de muchas maneras, y efectivamente, esa es una ellas —dijo don Paulo.

—Queremos que nuestros hijos aprendan a respetar, a ver como iguales a otros niños sin importarles ni su color ni si son de condición social diferente, esto para mí es una ley natural. Ellos se harán amigos, compartirán algo más que juegos.

El profesor, los miraba atónito sin dar demasiado crédito a los deseos de Peter.

—Veo que los dos comparten este pensamiento —se atrevió a decir mirando la cara de Clotilde—. Pero, ¿se han preguntado que tal vez consigan el efecto contrario? Me refiero a que, en algún momento, sientan la necesidad de buscar a sus iguales y que aquí no los encuentren. Discúlpenme, no quiero hacer de abogado del diablo, pero esto es una plantación donde la esclavitud es toda la historia de estas gentes.

—Ya lo sabemos, aunque creemos que merece la pena intentarlo —dijo ella tranquila, pero con el tono justo para dar por cerrado el cuestionamiento.

—Espero que, como pasa con el virus de la gripe, se extienda por estas tierras y ayude a romper los esquemas coloniales heredados de nuestros antepasados —dijo el profesor.

El profesor dejó a Clotilde esperanzada, pero ese sentimiento se fue esfumando a medida que iban pasando los días. Una mañana le dijeron al niño que recogiera sus cosas y pasara al grupo del profesor; la niña quedó extrañada cuando vio a su hermano desaparecer tras la puerta. Enseguida pidió explicaciones a la madre y ella simplemente le dijo que Peter deseaba aprender y trabajar más, y por ello debía irse a la clase de los mayores. Al principio lo aceptó, pero al verle junto a Bethania comenzó a dar muestras de algo más que enfado. Su presencia se hacía intensa por el silencio que siempre llevaba con ella. Una mañana pidió a una compañera que le cambiara la manzana del desayuno; cuando esta se negó, Margaret comenzó a tirarle del pelo y a golpearla. Luego, cuando las separaron, se arrojó al suelo y empezó a dar patadas al aire y a gritar sin control. Clotilde trató de mantener la calma, pero sintió miedo; jamás había visto a su hija de esa manera. La levantó como pudo y se la llevó al patio de la casa, pensando que, tanto la intimidad como el aire, le vendrían bien. Pero la niña, lejos de salir del estado histérico en el que había entrado, continuaba dando alaridos, por lo que mandó traer una jarra de agua fría y, sin contemplaciones, se la echó por la cabeza; de inmediato se calló, y la madre, abrazándola fuertemente, la levantó del suelo y se la llevó a su habitación intentando guardase las lágrimas. Margaret permaneció en la casa cuatros días, en ese tiempo trataron a la niña con normalidad, sin dar demasiada importancia al suceso, pero los padres sabían que se les abría un mundo de problemas con su hija.

Transcurrido este tiempo, viendo que la niña volvía a la «normalidad», decidieron que se incorporara a clase, pero esta vez a la de don Paulo, donde se sentó al lado de su hermano. Todo estaba en orden hasta que llegaba la hora del recreo; Margaret exigía continuamente a Peter que estuviera con ella. El chiquillo, al principio, le hacía caso, pero terminó agobiado, por lo que, siempre que podía, con la ayuda de sus compañeros se escondía como el que huye de la peste. Bethania se acercaba muchas veces a ella para invitarla a jugar junto con otras niñas, lo que casi siempre aceptaba, sobre todo pensando que así evitaría que la mulatita se uniera en el juego con su hermano.

Fue pasando el tiempo y mientras el grupo avanzaba por los caminos del aprendizaje a un ritmo vertiginoso, Margaret lo iba haciendo a paso de tortuga y con bastantes dificultades. Tanto sus padres como el maestro decidieron dejarla y aceptar que, a no ser por la aparición providencial de un milagro, la niña no estudiaría ninguna carrera, e incluso dudaban de si algún día conseguiría graduarse en los estudios básicos. Por suerte, les tranquilizaba, aunque también les dolía, el saber que a las mujeres de su posición social les bastaba con aprender a bordar y, con suerte, tocar algún instrumento, así como con tener buenos modales y un saber estar; todo lo necesario para una sociedad basada en el ocio y en el mundo de las apariencias. El matrimonio se alegraba de haberles hablado desde pequeños en los tres idiomas, inglés, portugués y español, de esta manera la niña tendría un «valor añadido» a su cultura burguesa. El matrimonio Brown amaba a su hija, deseaban que fuera feliz, pero no a costa de ser en la vida un «parásito», como solía suceder con los hijos de muchas familias de la alta sociedad. Habían aceptado que, dada su certera belleza y su posición, en el futuro tendría la oportunidad de encontrar un hombre que la amara lo suficiente como para comprenderla, aceptarla y, por qué no decirlo, que apaciguara su carácter peculiar.

Lo Prohibido I

—¿Me oyes, mamá? —gritó al teléfono David Lockhart mientras se tapaba el otro oído.

—Sí, con ruido, pero te escucho; ¿cómo ha ido el viaje? —dijo Angelina.

—Ya te puedes imaginar, agotador.

—No exageres, gracias a Dios estamos ya en los setenta. ¡Si tú hubieras tenido que viajar en mis tiempos! ¡Aquellos sí que eran viajes interminables! ¿Y Thomas?

—Me estaba esperando en el aeropuerto, y me ha prometido que con un buen baño y una buena comida quedaré como nuevo.

—¡Nuestro querido amigo, siempre tan bueno! No olvides darles las gracias en nuestro nombre, y un abrazo especial a Aída. Esperamos que seas feliz, ha sido tu decisión y ya sabes que te apoyaremos en todo. Dime, ¿cómo es la ciudad?

—No puedo describírtela aún, pero por lo que he podido ver te puedo decir que una parte es grandiosa, con edificios enormes y modernos, estoy convencido de que a ti y a papá os agobiaría; sin embargo, Thomas y Aida viven en un barrio extraordinario, las casas son de tipo colonial con bonitos jardines, espero que algún día vengáis a visitarlo.

—¡Comienzo a no escucharte!, no me llega tu…

—¡Se cortó!, por lo menos sabe que he llegado bien.