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Si te gustan lo libros thriller, novela negra y policiaca descubre una historia trepidante Pues sí, si lo tuyo son los libros de asesinatos, detectives, investigaciones policiales como Mi querido asesino en serie o El silencio de los corderos, películas como Seven o El coleccionista de huesos, o series trepidantes como Cómo defender a un asesino, si eres de los que te gusta dar oportunidades a autores más desconocidos este libro es una oportunidad de disfrutar de uno de tus géneros favoritos con una historia rápida, llena de giros inesperados. Sinopsis del thriller El vástago de la muerte La asfixiante calima de agosto cae sobre la noche madrileña. Mery, cansada de mentiras, decide cambiarlo todo y enfrentarse a sus demonios llevando su cuerpo a un momento de éxtasis extremo. Pero su vida se derrumbará por completo al recibir una llamada de la Policía Nacional. En el silencio más profundo le hablan de una muerte que lo cambia todo: presente, pasado y futuro. Sin saber cómo se verá atrapada en el ojo de un huracán lleno de locura y terror del que solo podrán sacarla una abogada inexperta y la investigación comenzada por el Comisario Álvarez y su gente de Distrito Centro. Argumento Como en todo buen thriller y novela negra, la muerte es el late motiv. Mery es una joven que se ve arrastrada de forma indirecta por su marido al interior de una trama política y criminal que toca las esferas más altas de la política y el Ejército. La ambición disfrazada de patriotismo de los que mandan y el sadismo disfrazado de profesionalidad del que ejecuta la amenazan por culpa de la avaricia y la estupidez de su marido. Guadaña es el asesino en serie mejor preparado y con más medios de la historia del crimen. Sicario a sueldo de profesión y artista de la muerte en sus ratos libres, esas son sus dos grandes facetas, y las dos serán puestas al servicio del poder para atar los cabos sueltos que atentan con destapar una de las conspiraciones más graves de la historia de España.
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Seitenzahl: 305
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Carlos Venegas
el vástago de la muerte
© Carlos Venegas, El vástago de la muerte
Segunda edición: Febrero de 2021
Primera edición: Enero de 2016
© El Salto Editorial
https://elsaltoeditorial.com
Avda. de la Alameda 1, Escalera 3, 1º-3
14005 Córdoba
e-mail: [email protected]
© Diseño de cubierta: CaryCar Servicios Editoriales
© Maquetación: CaryCar Servicios Editoriales
ISBN-13: 978-84-944326-3-7
Reservados todos los derechos.
A Carmen, por su apoyo constante y su amor inquebrantable, por ser el faro que guía mi vida.
Una gota de sudor quería dividir su cuerpo en dos mientras descendía por la columna vertebral. Corría rauda a su fin, acariciando la piel, creando un cosquilleo frío por cada terminación nerviosa. El sendero acababa para ella, un camino al foco del placer que embriagaba dos cuerpos hasta hace unas horas extraños.
Un hombre y una mujer bailaban desnudos al compás de su deseo. No importaban sus nombres aquella noche de extrema calima veraniega, amaron ser presas de la ignorancia. La felicidad del desconocimiento les llevó a liberar sus cuerpos fuera de todo prejuicio, de preguntas indiscretas. Vivieron sin miedo al futuro, pues uno de los dos se convertiría en fugitivo en la madrugada. No habría explicaciones, tampoco un hasta luego. Todo les daba igual, lo que importa en el momento de la lucha es el ahora, no hay memoria ni futuro en el sexo, ni llantos ni remordimientos, solo liberación carnal, fantasías cumplidas, morbo y lujuria. Dos seres humanos en el presente más brutal, ese por el que rezas para que no termine nunca, pero que se va inexorablemente.
Parecía increíble que no se hubieran visto antes de aquel viernes doce de agosto. Ella, Mery —como quería que la llamaran— apenas estaba recién casada, viéndose abocada al altar por diversos acontecimientos: su pareja, la familia, la suegra... Nunca fue persona de carácter, tanto era así que, cuando necesitaba dar un puñetazo en la mesa, sentía que todo a su alrededor se transformaba en una gran ola que la arrastraba sin más remedio que dejarse llevar. Tampoco era de ese tipo de mujeres que lucha contra todo y contra todos para llegar a ser quien siempre había deseado. Solo lo conseguía en sueños, daba igual que fuera dormida o despierta; eran los únicos momentos en los que la valentía se tornaba en la mejor de sus virtudes y organizaba su existencia en pos de aquellas metas que una vez se marcara. Sin embargo, en el mundo real, era incapaz de vivir sola sin ser manejada como una marioneta. Primero fue su madre, luego su padre y, por último, su esposo. Su interior pusilánime la llevó de forma perpetua a hacer lo que querían los demás, y esa era una de las grandes razones por las que aquel acto, tan inesperado como absurdamente audaz, se había envuelto de un simbolismo sin igual. Era la primera vez que manejaba las riendas de su vida según sus deseos, sin pensar en nadie más.
Era una hermosa mujer. Aún el matrimonio no había hecho mella en su semblante juvenil, y la ausencia de partos que cambiaran la fisionomía hacía que su cuerpo conservara la frescura de su edad. De figura delgada, pero sinuosa, con curvas perfectas que emulaban marmóreas esculturas de la antigüedad. La delicada carnosidad de su piel era tersa, cálida, bendecida por la genética y las largas horas de gimnasio —terapia improvisada de frustraciones y quebrantos—. Su pelo largo y brillante, negro azabache, recogido con prisas y empapado de sudor salvaje, creando finos mechones adheridos a su angelical rostro. Cada centímetro de su cuerpo exudaba deseo, cada rincón de su alma se hallaba embriagado por el más pecaminoso de los placeres.
Él, Lucas. Su matrimonio no iba bien desde hacía varios años. Estaba loco y enamorado cuando se casó con veintiuno, a pesar de que todo el mundo le decía que no era buena idea.
Sus más allegados, los que más le querían, sabían que no estaba preparado, que la vida en pareja era otra cosa, que le quedaba mucho por vivir antes de dar ese paso, y tantos otros consejos de los que hizo caso omiso. No había marcha atrás cuando decidía algo. Su determinación era tan grande como su cabezonería. Doce años de matrimonio. Años felices los primeros, más difíciles después. Lo que en un tiempo era tan sencillo como un paseo por el parque agarrados de la mano, la vida lo había convertido en una montaña rusa sin paradas.
La crisis llegó golpeando sus existencias. Todo se convirtió en un problema económico, una incesante presión por no poder hacer otra cosa que no fuera evitar perderlo todo: la casa que tanto trabajo les había costado construir, el bienestar de su familia y la felicidad de sus hijos. Solo vivían para bregar, teniendo encima que dar gracias a la vida por ver cómo pasaba con más pena que gloria, pero con menos sufrimiento que para otros.
Los críos tampoco estaban ayudando; las diferencias por la educación de sus dos hijos eran continuas. Lucas era recto y disciplinado, tanto que, para los ojos abnegados de amor materno de su mujer, era excesivo. No eran pocas las peleas causadas por los que menos culpa tenían. Todo, por pequeño que fuese, terminaba siendo motivo de disputa, mas, entre todas las cosas, sobresalía la pesada losa de la monotonía, ese demonio silencioso que se apodera de las vidas de hombres y mujeres hasta conseguir que lo que antes fluía natural, se convirtiera en escollos a cada paso.
Había perdido la chispa de su juventud. Se fue la irreverente malicia con la que solía mirar a las niñas y esa sonrisa sarcástica que seducía hasta a las piedras. Las patas de gallo proliferaron enmarcando sus ojos, los pómulos angulosos endurecían el semblante y su rictus, antes relajado, se había torcido en una mueca seria que le acompañaba adónde quiera que fuese.
A cambio, la madurez le había convertido en un hombre tremendamente atractivo, de pelo cano —cuasi plateado— e incipiente barba, dándole un aspecto duro y recio que no pasaba desapercibido para muchas féminas que buscaban su mirada. Evitó que la edad se acumulara en su abdomen, para no convertirse en aquello que siempre había detestado de joven, y, aunque no era un hombre atlético, sí que conservaba un buen porte; elegancia que sus hombros, cada vez más caídos, se empeñaban en estropear. Era masculino, de los de antes, no de esos embadurnados con cremas y depilados para parecerse a los modelos que se ven en televisión. Quizá algunos lo imaginaran machista, él solo se sentía un hombre.
Aquella noche de agosto, mientras la calima quemaba el asfalto y el viento olvidaba que existía un mundo al que regalar su refresco, los dioses del tiempo y el espacio quisieron que dos almas extrañas se encontraran y unieran sus destinos para cambiar sus vidas por siempre.
Los viernes noche la Taberna McLemon se llenaba de trabajadores que cumplían sus obligaciones cerca o en la misma Puerta del Sol. Era difícil encontrar un hueco entre tanto jornalero y tanto turista degustando los encantos de Madrid. Unas pintas de cerveza casi heladas, de densa espuma, rubia, negra o tostada, acariciando las gargantas de quienes, con su duro esfuerzo, conseguían que la capital funcionara en tan complicada época. Para toda aquella gente ese lugar se había convertido en algo más que un bar. Tantos años de visitas ininterrumpidas cada viernes, consiguieron que, lo que comenzó como un entretenimiento puntual, se convirtiera casi en tradición, una de esas que pasan de veterano a novato y que se repetiría eternamente.
El lugar no distaba demasiado de cualquier otro PUB irlandés. Muchos eran los que poblaban las calles de Madrid y todos con un aspecto similar. Tenía la fachada de madera y un letrero negro rotulado con una tipografía muy irish con ribetes dorados —la típica utilizada en temas relacionados con las tierras del trébol—. Un gran escaparate mostraba a los viandantes el interior del establecimiento, todo revestido de nogal y con mesas y bancadas formando habitáculos alrededor. Una gran barra presidía en el centro, ostentando un gran número de grifos de cerveza, tazones con frutos secos y algún cenicero vacío que recordaba los años en los que todavía se permitía fumar. En la parte superior —la encargada de dar iluminación mediante halógenos amarillos—, colgaban vasos de diferentes tamaños y copas de balón. Al otro lado del mostrador, cuatro eran los camareros que cubrían las necesidades de los clientes, dos chicas y dos chicos, todos con una imagen bien cuidada, procurando mantener una sonrisa y una actitud amable. A sus espaldas quedaba un gran mueble que albergaba neveras, botellas, vasos de tubo para combinados, hielo, etc. Todo lo necesario para hacer frente a cualquier pedido.
Encima de uno de los estantes, un ordenador portátil VAIO de Sony se encargaba de amenizar el ambiente. Su pantalla mostraba una imagen fractal que marcaba el ritmo de la música surgida de los grandes altavoces que poblaban las esquinas. Era una condición muy extendida en todas las tabernas irlandesas no tener el volumen excesivamente alto. Allí no se iba a bailar, sino que era un lugar de reunión para charlar, siendo muy importante que los consumidores pudieran escucharse los unos a los otros sin mayor problema.
La barra estaba rodeada de banquetas de madera con reposapiés a dos alturas, y unos huecos en el asiento para meter las manos y hacerlas más fácilmente transportables. A esas horas ya no quedaba ningún asiento libre y el recinto estaba bastante lleno de gente que reía y gritaba para hacerse oír por encima del resto.
Lucas charlaba con dos integrantes del departamento de ventas. Como también parecía ser tradición, estaban poniendo a parir a su jefe por una bajada en las comisiones que había revolucionado el gallinero. Los recortes llegaron a la empresa y siempre quedaba la duda de si se hacían por motivos reales o como excusa para enriquecerse a costa de explotar a sus asalariados, expulsando a unos y exprimiendo a los restantes. A pesar de todo, le interesaba más bien poco aquella conversación, quizá porque en el departamento de logística no habían tocado las nóminas de sus integrantes y daba la sensación de que el problema era cosa de otros.
Con los tres primeros botones de su vieja camisa blanca desabrochados, la mitad remetida en el pantalón gris marengo y la otra mitad fuera, una corbata verde botella en el bolsillo derecho asomando la punta de uno de los extremos, unos desgastados zapatos negros de suela de goma y la chaqueta del traje descansando sobre el brazo izquierdo. Daba la sensación de estar deseando quitarse en ese mismo momento aquel uniforme del demonio, siendo el pudor lo único que se lo impedía.
Aburrido en extremo por la monotemática conversación, se limitaba a asentir. Quería dar la sensación de estar siguiendo el hilo del debate, aunque hiciera diez o quince minutos que su mente había volado de allí. El mismo tiempo que pasó desde que entrara un grupo de jóvenes dependientas del Zara de la calle Preciados. Todas de riguroso y ceñido traje de chaqueta negro con impoluta camisa blanca, como mandan los cánones de su protocolo empresarial.
Eran cuatro jóvenes, de veinte a treinta años, entre las que destacaba una chica alta, no demasiado, pero algo más que la media. De espalda ancha y pechos pequeños, armoniosamente dispuestos. El pantalón se adaptaba perfectamente a sus caderas, libres de cartucheras. La tela, ceñida a la piel, se soltaba a medida que descendía hasta cubrir levemente sus pies calzados con unas bailarinas de charol. Su pelo moreno estaba recogido en una pulcra coleta alta, anudada por una fina goma de color marino con una pequeña mariposa plateada. Sus avellanados ojos azules eran inquietos y estaban decorados con largas pestañas. La nariz casi dibujaba un ángulo recto, recordando a las Venus de la antigüedad. Los labios, carnosos y brillantes por el gloss, escondían unos dientes perfectos, aunque algo amarilleados por el café y el tabaco. Todo enmarcado en un mentón suave como una caricia. Realmente era una mujer hermosa, de una elegancia natural magnífica. Era imposible no quedar atrapado por aquella presencia.
Mery parecía ajena a todo. Cansada y con los pies doloridos por una ardua jornada, aún mantenía su encantadora sonrisa. Participaba activamente en la conversación con sus tres camaradas. Hablaban de cosas triviales: del capítulo de la serie de moda que emitieron la noche anterior o de algún chico guapo que había pasado por la tienda durante el día. Estaba relajada. Probablemente era el único momento de la semana en que conseguía olvidarse de las preocupaciones cotidianas.
En una mirada general al local se percató de que dos ojos se habían clavado en su persona y no dejaban de observarla. Al principio se inquietó, la mirada era intensa, constante, sin apenas pausas ni descansos, pero después de ojear de soslayo en varias ocasiones, empezó a notarse embriagada por la sensación de volver a sentir el deseo de un desconocido. Había olvidado lo que era que intentaran ligar con ella o la miraran con lascivia. Sin poder controlarlo, las pulsaciones aumentaron y los latidos de su corazón comenzaron a percutir en su pecho, hasta sentirlos incluso en los oídos. Instintivamente y con mayor frecuencia, sus ojos se encontraban con los de aquel hombre que no dejaba de observarla, incisivo. No era mucho mayor que ella, a pesar de que su piel se empeñara en que pareciera menos joven. Tampoco especialmente guapo, pero tenía algo, ese algo que hace que te fijes en una persona más allá de lo aparente. Enigmático y misterioso. Mery empezaba a preguntarse qué habría detrás de esa mirada que parecía atravesar la materia para ahondar en lo más profundo de su ser.
Transcurría la velada entre copas, risas y miradas cómplices. El tiempo transcurría deprisa, como si estuviera celoso del buen ambiente reinante en la sala y tuviera ganas de que volvieran a casa, a la cruda realidad de sus vidas. La joven miró su reloj de pulsera. No quería que las agujas caminaran por el sendero infinito de los minutos y las horas, mas si hay algo incontrolable es el paso de un instante a otro. Probablemente su marido ya la estuviera esperando, así que llegó el momento de despedirse de esos ojos negros que le habían removido tantas cosas y que, probablemente, nunca volvería a ver. Aquel pensamiento provocó una extraña sensación de pesar que no lograba comprender. «¿Cómo era posible?», se preguntó. ¿Cómo podía haber conseguido tanto de ella por tan poco? En ese instante su bolso de mano imitación Gucci comenzó a vibrar, una luz parpadeante destellaba en el interior, asomando por la cremallera entreabierta. No le hacía falta mirar la pantalla para saber quién era.
—Hola, cari...
Un silencio siguió a sus palabras. La voz de su marido surgió con tono de disculpa:
—Cielo, me va a resultar imposible llegar a cenar a casa, se ha complicado el trabajo y tengo que quedarme a revisar los equipos de nuevo.
La explicación no pareció convencer demasiado a la joven, que últimamente tenía sospechas acerca del extraño comportamiento de su marido y esos retrasos cada vez más habituales.
—¿Otra vez? Miguel, es la tercera vez en una semana. ¿No lo puede hacer otro? —El tono de reproche era evidente y los gestos desaprobatorios no pasaron desapercibidos para Lucas, que la seguía con la mirada adónde quiera que fuese—. Está bien. Entonces me quedaré con las chicas un poco más y volveré en taxi.
Mery colgó antes de tener tiempo su marido de excusarse de nuevo y darle más explicaciones.
—¿Va todo bien? —preguntó una de sus compañeras, que se había dado cuenta del cambio en su rostro.
—Miguel, otra vez.
—¿Otra vez? Mery, sabes que te quiero mucho y no me gustaría decirte esto, pero creo que tu marido te la está pegando.
Las palabras de su compañera resonaron en su cabeza como el tañido de las campanas de una vieja catedral y, aunque le gustaría gritarle que se metiera en sus asuntos, que no tenía ni puta idea de cómo era su matrimonio, sabía que llevaba razón. Miguel la engañaba y creía conocer con quién.
Algo se quebró en su interior, la confianza ciega de antaño se había roto en mil pedazos. Los temores de los meses previos a la boda por fin se hacían realidad. Miguel le ponía los cuernos con la secretaria del subdirector, y no era un hecho puntual, ya tenía sospechas incluso antes de casarse, pero su falta de agallas, el enorme miedo a empezar desde cero y la ilusión que provocaba todo el tema de la ceremonia en su familia, había hecho que su subconsciente envolviese la verdad de una gruesa capa de olvido.
—Noe, necesito una copa. Qué coño, dile al camarero que ponga una botella de Cuervo, y nada de naranja ni azúcar moreno.
Una lágrima amenazaba con correr su rímel recién retocado y sus ojos brillantes avisaban de que lo que salía por su boca no era ninguna broma.
—¡Mery, no seas gilipollas! ¡Lo que tienes que hacer es mandarle a tomar por culo, no emborracharte!
La preocupación de Noelia era evidente, pero sus dos compañeras apenas se habían percatado de la situación y continuaban charlando y riendo.
—Pues iré yo —masculló entre dientes mientras se acercaba a la barra—. ¡Camarero, una botella de tequila Cuervo!
—¿Cuantos vasos quieres? —preguntó el camarero, mientras iba colocando toda la parafernalia que solía acompañar a un chupito de tequila añejo.
—Uno —respondió Mery con voz cortante, ante la sorpresa del barman.
—¿Uno?
—¡Mierda, tío!, ¿es que eres sordo?
Lucas había dejado de prestar atención completamente a la conversación del grupo para poner todos los sentidos en la escena que estaba presenciando. Daría lo que fuera por saber qué había pasado para que tuviera aquel cambio tan repentino. ¿Por qué había pedido una botella de tequila para ella sola? Lo que era seguro es que algo no iba bien en la vida de aquel maravilloso ser.
Sintió la necesidad entonces de llamar a su mujer.
—Chicos, disculpad, tengo que hacer una llamada —comentó despreocupado.
—Descuida, que de aquí no nos movemos. Acabamos de pedir otra ronda —contestó López, el jefe de equipo del grupo de ventas, entre carcajadas.
Apresurado salió del local, sacó su Samsung Galaxy y buscó el contacto de su esposa. Después de dos tonos, una voz algo chillona preguntó:
—Lucas, ¿dónde andas, vas a tardar mucho?
—Cariño, han renovado a uno de los chicos y quiere invitarnos a una copa. Es probable que me retrase, así que no me esperes levantada —explicó con naturalidad.
—¿Y la cena?
—No te preocupes Marta, métela en la nevera; ya me la comeré cuando llegue, o mañana, descuida.
La conversación no se alargó mucho más. Ten cuidado, no te preocupes, no bebas... Lo típico en estas situaciones.
Cuando regresó, la chica no se había movido del sitio donde la vio por última vez, y al ritmo que bebía, la noticia recibida tenía que haber sido francamente mala.
Las horas pasaron y todos los acompañantes comenzaron a marcharse. Mery había terminado ya con una tercera parte de la botella y no tenía mucha pinta de que fuera a detenerse. Noelia se acercó a la barra. Las otras dos chicas se habían ido ya y ella tenía que regresar a casa, no podía esperar más. Sus padres eran mayores y necesitaban que al día siguiente hiciera muchas de las tareas domésticas para ellos.
—Mery, deberíamos irnos ya; has bebido demasiado. —Utilizó todo el tacto que pudo, pero no obtuvo el resultado que esperaba.
—Mmm... no. Pienso terminármela. —Aún sabía lo que decía, todavía su voz no había sido tomada por el alcohol, aunque a ese ritmo pronto lo haría.
—Venga, Mery, es tarde y tengo que irme. No puedo dejarte así.
—¡Que no, coño! ¿Cómo cojones tengo que decirte que pienso terminarme la botella?
El grito provocó que todas las personas que había a su alrededor se girarán para mirar la escena. Noelia no se esperaba aquello y montó en cólera. No estaba dispuesta a que nadie le hablara así, ni siquiera una buena amiga.
—Mira guapa, que te den. ¿Sabes?, ahí te quedas, yo me piro.
Mery no volvió la cabeza siquiera para ver cómo su amiga se marchaba, desapareciendo entre la gente. Se centró en llenar el siguiente chupito.
Lucas, por su parte, salió del local con sus compañeros, a pesar de no tener ninguna intención de volver a casa. Necesitaba saber más de aquella mujer y de por qué estaba así. Probablemente era la idea más estúpida que se le había ocurrido nunca, pero había algo dentro de él que tiraba de su voluntad. Se dejó adrede la chaqueta en el asiento y, haciéndose el descuidado, dijo a sus camaradas que se fueran yendo, pues tenía que volver a por ella. Los comerciales entraron en sus respectivos coches y se encaminaron hacia la M30. Por fin estaba solo, por fin sabría quién era esa chica y por qué le desestabilizaba de aquella manera.
Cruzó el umbral de la entrada de regreso al interior, recogió su chaqueta y, sin más dilación, se dirigió con paso firme hacia donde se encontraba Mery, mientras contemplaba cómo la joven miraba con tristeza un nuevo trago, lleno hasta el borde. A medida que se aproximaba un cosquilleo de nervios surgió para atenazarle el estómago. Tal era la necesidad que sentía por saber quién era esa persona, que ni los estímulos del miedo pudieron detenerle.
La mujer por otro lado, ajena a todo lo que acontecía a su alrededor, observaba el mundo a través del vaso corto. Siendo en ese preciso instante, cuando sintió como una mano se apoyaba sobre su hombro, provocando que diera un respingo y se girara a la velocidad del rayo. Cuál fue su asombro al encontrarse con aquellos ojos penetrantes, que el chupito que asía se deslizó entre sus dedos, facilitando que la gravedad hiciera su trabajo, cayendo sin tropezar con nada hasta hacerse añicos en el suelo. Su corazón pasó de cero a cien en un segundo y todos los pensamientos negativos que le llevaron a esa situación desaparecieron.
Mery, ya repuesta del impacto inicial y ayudada por el alcohol —que hacía que su espíritu levitara por terrenos etéreos—, quedó hipnotizada por aquella mirada que no se separaba de la suya. Todo desapareció a su alrededor, dejó de escuchar el ruido de la sala y el tiempo se detuvo. ¿Por qué tenía ese efecto sobre ella si no le conocía de nada?, se preguntaba. Entonces vio cómo sus labios comenzaban a separarse para hablar y, en un acto reflejo, llevó el dedo índice de su mano derecha a posarse sobre ellos para impedir que nada enturbiara aquel momento mágico, ni siquiera el sonido de su voz.
Probablemente el tequila tuviera mucho que ver en su comportamiento. Ella no era así, fue ese ir y venir de sentimientos nuevos —intensos unos, amargos otros—, combinados con el elixir cobrizo y fuerte que invadía todo su cuerpo, los que tomaron las riendas de su vida.
Lucas cerró los ojos al sentir la calidez del tacto de esa mano que le impidió decir palabra. Una oleada de alivio y tranquilidad se apoderó de él. Ciertamente se alegró de que lo hiciese, pues no se imaginaba lo que hubiera podido salir por su boca en aquel instante. Probablemente la hubiese cagado. Pero con solo un gesto, con ese aroma a perfume rociado muchas horas antes mezclado con el olor de su piel, consiguió transportarle hasta el punto de cerrar los ojos para absorberlo todo. Su delicadeza y fragancia quedarían en su memoria para siempre, pasara lo que pasara aquella noche.
Cuando los abrió de nuevo observó cómo la mirada de aquella mujer había cambiado y, lo que antes fue sorpresa, se había convertido en deseo intenso y puro. Lucas notó cómo le cogió la mano, la entrelazó con la suya y lo arrastró de aquel lugar.
Se habían vuelto locos y no se arrepentían de ello.
Clic. El sonido de la Beretta al ser amartillada hizo eco en el silencio de la noche. No hay nada más hermoso para un ser que ha vendido su alma al diablo que sentir el poder de tener la vida de un ser humano en sus manos.
Le gustaba estar a oscuras antes de comenzar un trabajo, le ayudaba a concentrarse, a focalizar su mente hacia el objetivo. Sentado sobre la cama de la habitación, sin más ropa que unos slips negros, esperaba con calma el comienzo del ritual. No era un hombre de gran tamaño, más bien todo lo contrario. La silueta que se dibujaba tras la claridad de la ventana mostraba una complexión delgada, aunque fibrosa. En algunos puntos del pecho y el hombro derecho se podían apreciar cicatrices provocadas por heridas de bala de sus años de servicio en Afganistán. Medallas al valor, las llamaba.
Respiró hondo y encendió dos velas que iluminaron una estancia austera, sin más muebles que una cama individual vestida con sábanas blancas. El crepitar de las llamas hacía bailar las sombras proyectadas e incendiar los colores de amarillo anaranjado. En el suelo estaban dispuestos de forma meticulosa y ordenada los elementos que compondrían su vestuario: una Star 9 mm. de cañón corto, una pernera, un portacargadores, una sobaquera, un cinturón externo de triple cierre, un pantalón con varios bolsillos de botones a lo largo de toda la pierna, una camiseta de lycra de manga corta, un pasamontañas, guantes de tejido sintético, calcetines, botas militares y un machete dentro de su funda. Todo en color negro.
Comenzó a vestirse lentamente de abajo arriba, asegurándose de que cada elemento estaba perfectamente sujeto y adherido a su cuerpo, hasta estar listo.
Nunca le daban demasiadas explicaciones acerca de los objetivos: un nombre, un lugar de trabajo, un domicilio... Dedicaba unos días a estudiar sus hábitos y buscaba la mejor oportunidad para actuar. Una vez escogida, era eliminado. Limpio y fácil, aunque cada trabajo realizado provocaba una sensación de gozo insatisfecho que le llevaba a alargar más y más el instante de la ejecución. Ansiaba recrearse en ese momento tan cercano a ser Dios en que te convierte tener una vida a tu merced. Se había convertido en un asesino implacable y sin conciencia.
Pero este trabajo se salía de lo habitual, no le habían dejado estudiar a su víctima ni tomar decisiones acerca del cuándo, cómo y dónde. Eso le irritaba muchísimo, pero pagaban mejor que en otras ocasiones, así que no puso demasiadas objeciones.
Entre las sábanas deshechas comenzó a vibrar un teléfono. Era un terminal Nokia muy desactualizado, de prepago.
—Es la hora. Habitación 224 —dijo una voz grave y directa.
—Recibido.
No soportaba que le interrumpieran antes de actuar. Para él, aquel momento era como para un árabe rezar en Ramadán. El éxito o el fracaso de un trabajo dependía de su concentración y toda aquella parafernalia conseguía que se centrara, sin pensar en nada más.
Miró su reloj: 1:04 am. Terminó de enroscar el silenciador en la Beretta y se puso el pasamontañas. Acercó la cabeza a la puerta para escuchar si había alguien en el exterior. Abrió la hoja levemente y miró. No había más movimiento que el de las polillas revoloteando cerca de las luces de emergencia. El pasillo enmoquetado facilitaba el caminar con sigilo. Bajó las escaleras hasta el piso inferior, dejando atrás las entradas a los dormitorios del estrecho corredor. Jadeos y gemidos recordaban continuamente que el lugar era elegido por decenas de parejas cada fin de semana para dejarse llevar por la pasión y el sexo. Se acercaba al objetivo.
Habitación 224. Como en una de tantas, los gemidos eran la banda sonora que amenizaba el interior. Sacó de uno de los bolsillos un juego de ganzúas y abrió la puerta con la facilidad de aquel que ha penetrado en lugares prohibidos en cientos de ocasiones. Antes de entrar quitó el seguro de su arma y colocó el dedo índice al lado del gatillo, listo para la ejecución.
Un hombre tumbado en la cama, boca arriba, recibía las embestidas de una mujer subida a horcajadas sobre su pelvis. Ella, reclinada hacia atrás, evitaba caer de espaldas sujetándose por los tobillos de él. Se acercaba al orgasmo, la respiración entrecortada era más patente, los jadeos aumentaron de intensidad y los movimientos, antes suaves y rítmicos, se transformaron en espasmos mucho más violentos.
Él, con los ojos cerrados, intentando absorber todo el placer que le estaban regalando, sostenía las manos en alto, sujetando y acariciando los pechos de su partenaire. El clímax llegó a su fin, las contracciones abdominales lo hicieron patente. Él dejó caer sus manos sobre la cama mientras respiraba con intensidad y ella inclinó su cabeza hacia atrás con un gran aullido de placer.
Inhalaba profundamente, intentando recobrar el resuello. Su pelo azabache, alborotado, le caía en cascada por la espalda. Abrió los ojos muy despacio en la penumbra, relajada y satisfecha, para ver con horror cómo un arma la encañonaba, sostenida por un sujeto vestido completamente de negro y con el rostro cubierto. Quedó petrificada, como si hubiese visto las embrujadas pupilas de Medusa. Intentó gritar con todas sus fuerzas, pero el pánico ahogó cualquier sonido. Lo último que resonó en el interior de su mente fue cómo su ejecutor sonreía.
El primer disparo, a bocajarro, atravesó el cráneo de la morena, que cayó fulminada. Su acompañante, aún con los ojos cerrados, no se percató de la presencia del asesino hasta que escuchó el leve sonido del silenciador expulsando el proyectil y el posterior peso muerto de su amante desplomándose sobre el colchón. Sus ojos se abrieron como platos para volver a cerrarse por siempre. El mercenario degustó el momento, relamiéndose antes de apretar nuevamente el gatillo para acabar con la vida de su víctima con un disparo certero entre ceja y ceja.
Un trabajo rápido y limpio. Sin enfundar su arma dejó rápidamente la habitación. Habían pasado cuatro minutos desde que le dieran carta blanca. Salió confiado, miró a la izquierda y no vio nadie. Giró la cabeza hacia la derecha, pero antes de completar el movimiento, un alarido agudo proveniente de otra habitación le sorprendió. Disparó sin apenas apuntar y salió corriendo hacia el tejado.
«¡Mierda!», pensó, todo se había complicado. No quería dejar más víctimas y que aquello se convirtiera en una carnicería. Lo mejor era salir corriendo, así que subió los escalones de dos en dos hacia el ático. Fueron numerosas las puertas que se abrieron durante su huida, pero nadie le llegó a ver.
Por fin alcanzó la azotea. Una tirolina le esperaba para completar la fuga. Le había costado semanas preparar aquel armatoste sin que nadie se percatara. Adaptó a su ingle un arnés que había dejado en el suelo, enganchó a su cintura un cable que caía del mecanismo con un mosquetón y se lanzó al vacío para deslizarse hasta un edificio próximo. Cuando llegó al final, soltó el cable del soporte para que no pudieran descifrar la procedencia durante la investigación y quitó cuidadosamente los enganches para que no dejaran marcas. A toda velocidad desmontó el módulo de aterrizaje, con el fin de evitar que sospecharan desde cualquier ventana que algo raro estaba pasando. Bajo el pasamontañas una sonrisa de satisfacción dio por concluido un trabajo casi perfecto.
Extrajo de otro de los bolsillos del pantalón el teléfono. Marcó un número con agilidad y tras varios tonos, sin esperar respuesta, confirmó el éxito del trabajo.
—Guadaña... objetivo abatido.
Le encantaba la teatralidad y todo lo que tuviera relación con la muerte. Le gustaba sentirse su herramienta, por eso eligió un alias tan significativo y fácilmente reconocible.
El balcón donde había aterrizado daba al salón de un piso desalojado un par de meses atrás y que, aún, conservaba la mayoría del mobiliario. Sus antiguos propietarios no tenían para pagar a un guardamuebles, viéndose obligados a dejarlos en el interior. El piso había sido ocupado poco tiempo después por un grupo antisistema, por lo que era habitual que los vecinos del bloque vieran cómo entraban y salían personas muy diferentes, de entre 20 y 40 años, con una estética parecida. Sería fácil pasar desapercibido en aquel lugar.
El piso distaba mucho de lo que podrían recordar sus antiguos dueños. Habían descolgado los cuadros y espejos de las paredes para hacer pintadas con símbolos anarquistas y anagramas propios de los Skin Sharp. El tapizado de sofás y sillones estaba agujereado por la caída de las chustas de los canutos que fumaban de forma incansable. En una mesa de cristal se observaban restos de cocaína al lado de una tarjeta de compra de El Corte Inglés, un cenicero lleno de colillas, restos de los últimos porros que habían sido liados y varios panfletos propagandísticos anunciando una nueva manifestación delante del Congreso de los Diputados. Buscaban conseguir el mayor número de asistentes para protestar contra los recortes en Educación y Sanidad, aunque su verdadero propósito era reventar la calma y provocar altercados con los antidisturbios. Aquel hogar se había convertido en punto de venta y consumo de drogas, además de en el centro neurálgico de un grupo de personas que tenían como única meta alterar la paz.
Guadaña había terminado el trabajo, pero antes de marcharse del país quería disfrutar de una noche de placer. Se quitó el pasamontañas y lo metió en una pequeña bolsa de viaje que se encontraba al lado de la entrada al balcón. Cruzó el salón, que aún mantenía un fuerte olor a cannabis, procurando no tocar nada. Se introdujo en el pasillo que daba acceso a los dormitorios, adentrándose en el de matrimonio, que quedaba al fondo.
Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro cuando cruzó el umbral. Le encantaba el panorama que tenía ante sus ojos. Todo en la habitación había sido cubierto de forma meticulosa con los plásticos que usan los pintores para evitar que las salpicaduras estropeen el mobiliario de sus clientes. Rollos de plástico muy livianos, fáciles de transportar y que tapaban grandes superficies. No había rincón en la habitación ni en el suelo que no hubiera sido resguardado de cualquier cosa que lo pudiera manchar o ensuciar.
Las paredes se habían convertido en grandes lienzos pintados con salpicaduras de sangre, como si de un cuadro de Pollock se tratara. Una gran balsa de plasma no demasiado fresca vestía el suelo como una alfombra improvisada. Dos cuerpos masculinos yacían con la espalda apoyada en sendas mesitas de noche, completamente desnudos y rasurados. Dispuso intencionadamente sus cabezas giradas hacia la cama a cada lado del lecho matrimonial. Ambos habían sido asesinados del mismo modo: seis disparos de bala formando una cruz invertida en el torso. Y sobre el colchón de la cama una mujer desnuda, amordazada con cinta americana y atadas las cuatro extremidades a las patas del somier, luchaba desesperadamente por escapar, intentando gritar en vano.
Estaba extasiado ante el espectáculo. Volvió al salón y cogió de su bolsa un estuche de fino terciopelo negro anudado en el centro, parecido al que tienen los estilistas para guardar brochas, cuchillas y tijeras. Regresó al dormitorio y cubrió sus pies con calzas de hospital que había dejado en la entrada antes de irse a cumplir su misión. Desplegó el estuche entre las piernas forzosamente abiertas de la joven veinteañera. En su interior había un juego de herramientas de uso quirúrgico. Extrajo muy despacio aquellas que pensaba usar, apoyándolas suavemente sobre su sexo descubierto. Un escalofrío sobrevino al cuerpo de la joven y su vello se erizó al sentir el frío metal sobre su vagina sudorosa. Estaba empapada a causa del plástico impermeable, la falta de ventilación, el calor propio de agosto y los numerosos esfuerzos por intentar escapar.
—Cariño, esta noche tú y yo nos vamos a divertir. Espero que no tengas planes.
El tono divertido y sarcástico del que sería su asesino hizo que todas sus terminaciones nerviosas quedaran congeladas por el miedo. Estaba mirando de frente a la propia muerte.
El hostal no estaba demasiado lejos de la taberna. Durante el camino se habían besado en cada esquina, cada rincón oscuro, cada portal... Derrochaban pasión por todos los poros, liberando con ella las ataduras que, durante tantos años, les frustraron y llenaron de rabia. Solo deseaban arrancarse la ropa y devorarse piel sobre piel.
Era un edificio típico de la zona cercana al Palacio de Oriente. Un hombre de mediana edad se encontraba detrás del mostrador del hall
