El veneno del Eunuco - Juan Kresdez - E-Book

El veneno del Eunuco E-Book

Juan Kresdez

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Beschreibung

Una investigación que pondrá al descubierto un complot para acabar con el califa y un eunuco que arriesgará su vida para descubrir que la corte está llena de traidores. En el año 972, una carta interceptada al rebelde Guennum pone de manifiesto un plan para acabar con la vida del califa al-Hakan II, a través de un traidor infiltrado en su corte. El jefe de los eunucos Faiq al-Nizami y el primer ministro deberán descubrir al traidor y para ello recurren al gran oficial de la biblioteca, un eunuco con acceso a todas las estancias de la ciudad. Yasir, el eunuco, comenzará en El veneno del eunuco una investigación en la que arriesgará su vida y en la que descubrirá que la suerte del califa y de toda su familia ya está echada. Utilizará Juan Kresdez sus conocimientos y su talento como narrador para plasmar en esta novela no sólo una enrevesada novela de intriga en la que nada es lo que parece y en la que los giros argumentales dejarán boquiabierto al lector, sino que El veneno del eunuco es también un hermoso cuadro de costumbres de la Córdoba andalusí en la que asistiremos: a la fiesta de los Sacrificios, a la fiesta en la almunia de Guarromán, a las cacerías en la Córdoba musulmana o incluso a los usos amorosos de la época. Un auténtico paradigma de novela histórica que nos muestra las conjuras y traiciones de las facciones enfrentadas en la corte cordobesa que desembocaron en la guerra civil, la descomposición de al-Ándalus y el fin de la presencia musulmana en la Península Ibérica. Razones para comprar la obra: - El autor es un experto en la novela histórica de tema andalusí, una temática que está totalmente en boga en los últimos años. - La trama se desarrolla en la Córdoba califal, periodo poco tratado en la historia de España y en el que Córdoba se convierte en el centro cultural de Occidente. - El autor ha logrado construir una novela veloz y rica en detalles que combina lo mejor de una novela de intriga con precisos cuadros de costumbres.

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Seitenzahl: 616

Veröffentlichungsjahr: 2010

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JUAN KRESDEZ

Colección: Novela Históricawww.novelanowtilus.com

Título: El veneno del eunucoAutor: © Juan Kresdez

Copyright de la presente edición © 2009 Ediciones Nowtilus S. L. Doña Juana I de Castilla 44, 3o C, 28027 Madridwww.nowtilus.com

Editor: Santos RodríguezCoordinador editorial: José Luis Torres Vitolas

Diseño y realización de cubiertas: Carlos PeydróDiseño y realización de interiores: Claudia Rueda Ceppi

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

ISBN 13: 978-84-9763-582-0

Libro electrónico: primera edición

A Tatiana

ÍNDICE

PARTE I: EL ESPÍA

PARTE II: EL EGIPCIO Y LA ALCAHUETA

PARTE III: EL VENENO

LISTA DE PERSONAJES

EL ESPÍA

1

Un jinete cubierto de polvo cruzó la puerta al-Qubba de Medina al-Zahra. Continuó al trote corto por la vereda que discurre a lo largo de la muralla occidental sorteando burros, acémilas y peatones y se detuvo en las cuadras del pabellón destinado al acuartelamiento de las tropas de caballería. A pie se dirigió al palacio del gran oficial Faiq al-Nizami, jefe de la Casa de Correos y de los talleres del Tiraz, sahib al-burud. Un esclavo recibió al mensajero y lo condujo a las covachuelas donde trabajaban los amanuenses encargados de recibir, ordenar, distribuir y despachar la correspondencia de las distintas provincias con la administración; descifrar los mensajes secretos de la red de espías de dentro y fuera del Estado y de los correos llegados de otras cortes que mantenían relaciones con el califato cordobés.

—La correspondencia de Berbería —dijo el correo y arrojó una bolsa sobre la mesa del oficial encargado de la recepción. Él la abrió y examinó el interior. Al reconocer el sello del general Tumlus apartó un fajo con varias cartas y se las entregó al secretario personal del sahib al-burud y éste, sin pérdida de tiempo, se las llevó a la habitación del piso superior donde trabajaba Faiq al-Nizami.

Faiq, como el califa y toda la corte, esperaba las noticias de la guerra que se había declarado en el mes del Ramadám de ese año de 361 (junio de 972) contra el rebelde y sublevado Hasam ibn Guennun. Un príncipe idrisí que bajo la protección del califa fatimí de Egipto al-Muizz, había roto las alianzas con Córdoba con la pretensión de alzarse con un pequeño reino independiente en el extremo occidental de África. Al-Hakam II no pudo tolerar la afrenta que ponía en peligro su influencia al otro lado del Estrecho y a finales de julio envió a uno de sus mejores generales, Ibn Tumlus, al mando de las tropas regulares de Córdoba y al almirante de la armada para reforzarle, ibn Rumahis. Al poner los pies en Ceuta, Tumlus envió la primera misiva dando cuenta del feliz desembarco el mismo día de la llegada de la flota. A los pocos días remitió otra en la que informaba que se había trasladado a la ciudad de Tetuán y la había encontrado vacía. Los habitantes se habían refugiado en Tánger. Tumlus marchó tras los pasos del hereje Gunnun hacia el interior y Rumahis con la armada a Tánger.

Faiq deshizo el envoltorio y se encontró con el informe oficial sobre los acontecimientos de la guerra, con varios trozos de papiro a medio quemar y un escrito en papel del mismo puño de Tumlus.

“En el nombre de Dios, el Misericordioso…”.

El general escribía un relato destallado de lo acontecido. Contaba los encuentros con el malvado Guennun. Como le había combatido y desalojado del monte Yabal al Rih. A continuación narraba la toma de las ciudades de Dalul y de Arcila, donde había encontrado en la mezquita un almimbar nuevo en el que se ha bía colocado una inscripción con el nombre del califa fatimí de Egipto al-Muizz. Lo había arrancado y enviado como trofeo. Ese mismo día regresó a Dalul, la ciudad que Guennun había utilizado como residencia. La saqueó y la destruyó. En el palacio del rebelde encontró a punto de quemarse definitivamente en un brasero los papiros que enviaba a la atención de Faiq para que los descifrase y actuase en consecuencia. Su modesta opinión se encaminaba a la existencia de un espía en la misma Medina al-Zahra.

Faiq intrigado desenvolvió el paquete con los restos de los papiros y los estudió con minucioso detalle. Al principio le parecieron simples arengas del fatimí a su protegido, pero uno de los pedazos le llamó la atención. En él se describía al califa al-Hakam II con exhaustiva minucia. Reseñaba hasta el peso. Las enfermedades que había padecido, los medicamentos a los que era sensible. Terminaba con una acusación alarmante: “Esta precisa información la he obtenido por un médico a quien desde Córdoba han ofrecido una gran cantidad de dinero por un preparado de extraordinarios poderes para acabar con la vida de al-Hakam II en un proceso continuado y lento”.

—¡Por todos los diablos del infierno! —exclamó en voz alta.

Arrojó al suelo el trozo de papiro con la fuerza que produce la cólera. En su pecho se había levantado un tornado que le vapuleaba desde dentro como si quisiera arrancarle el corazón. Estuvo a merced de esa agitación unos momentos que se le antojaron siglos hasta que consiguió serenarse. Se agachó para recoger el malhadado escrito y se le deshizo entre los dedos. El calor de las brasas lo había agrietado y el impacto contra el duro pavimento lo había terminado por desgraciar irremisiblemente.

—¡Si estabas destinado a sucumbir en el fuego no seré yo quien se oponga a tu fin!

Arrojó los minúsculos fragmentos de papiro en uno de los pequeños braseros que ardía y perfumaba el salón y respiró aliviado. Recogió las cartas y se encaminó al palacio del primer ministro, el hachib al-Mushafi, adosado al Alcázar Real. Cruzó el jardín que los separaba al amparo de la sombra de los árboles. Subió los cuatro grandes escalones y entró en el gran vestíbulo con tres grandes arcos labrados sobre esbeltas columnas de mármol. Un esclavo le condujo entre el grupo de peticionarios que aguardaban a ser recibidos y le introdujo en el espacioso salón que al-Mushafi utilizaba como despacho. El hachib inclinado sobre una mesa baja examinaba los documentos que el secretario le pasaba sentado enfrente. Esperó a que el sahib al-burud hubiera atravesado la estancia para levantar la cabeza. Se incorporó, despidió al katib con un gesto e invitó a Faiq a sentarse en los cómodos almohadones, junto al gran ventanal.

—La correspondencia de África —dijo Faiq y entregó el envoltorio con las cartas al hachib.

—Lástima que no podamos esclavizar a tantos prisioneros —se lamentó al-Mushafi cuando terminó la lectura del parte de guerra—. Pasemos a informar al califa. Esta noticia le pondrá de buen humor.

—Estos son comunicados de Tumlus —informó Faiq al entregar los papiros—. Los supone escritos por el mismo al-Muizz al rebelde Guennun. Los recogió a punto de quemarse en uno de los braseros de la residencia del hereje en Dalul.

El hachib los tomó sin la más leve emoción y leyó en el mismo orden que los había colocado Faiq.

—No encuentro en estas palabras la presunción de Tumlus. La fisonomía de al-Hakam II es conocida dentro y fuera de Córdoba y su inclinación al perdón y a la clemencia, don que Allah ha derra-mado sobre nuestro señor, el verdadero Príncipe de los Creyentes, se ha difundido como las semillas del sembrador —dijo el hachib acorazado a cualquier quebradero que no fueran los balances del botín y la conquista de ciudades.

—A mí también me ha parecido una información de escaso valor, sin embargo, la recomendación de Tumlus me inquieta. Pudiera ser verdad. Las relaciones comerciales con Egipto han sido siempre fluidas y pudiera estar alguien en combinación con el fatimí y…

—Si así fuera el espía trasmitiría nuestros movimientos, los envíos de dinero, tropas y armamento. Cualquier información para hacernos perder esta endemoniada guerra. En ese caso es obligado descubrir al traidor.

—Tumlus es un hombre prudente y la ambición del fatimí no tiene barreras. A primeros de mes cogimos a un traidor en Tunez. Uno de mis hombres, un comerciante de Córdoba, se enteró de que había un individuo distorsionando la convivencia de las tribus que nos son afines para animarles a pasarse a la protección de al-Muizz. Con mucha habilidad le convenció para que le visitara en el barco que tenía aparejado en el puerto y, una vez a bordo, le detuvo junto a su hijo que le acompañaba. Los desembarcó en Almería y cargados de hierros los trajo aquí y los entregó al prefecto. En estos momentos se pudren en la cárcel de Medina al-Zahra. El aparato de intoxicación y de espionaje de al-Muizz está perfectamente engrasado.

—La tortura a la que se les ha sometido no ha dado los frutos esperados. Ese sujeto no pasaba de un mero parlanchín. No se le ha podido sacar gran cosa —al-Mushafi dejó claro que el primer ministro era él y en todo lo concerniente al Estado estaba bien informado—. Abramos una investigación dentro de la corte, como aconsejas. Ahora bien, con exquisita discreción. No podemos sembrar la alarma y poner bajo sospecha a los visires y altos funcionarios.

—¿Crees conveniente informar al califa? —el rostro inexpresivo de Faiq no revelaba la ansiedad con que había hecho la pregunta.

—No. Leámosle el parte de guerra. La caza del espía la llevaremos en secreto. Cuando tengamos pruebas concluyentes se las presentaremos con el culpable cargado de grillos —contestó el hachib y se sorprendió al contemplar el fuego intenso en las pupilas del sahib al-burud.

Hasta ese momento no había recalado en ese detalle de la expresión del eunuco. La mirada fulgurante de Faiq le atraía y le repelía al mismo tiempo. ¿Qué quiere expresar este castrado del demonio o que me oculta tras esos ojos encendidos como dos luciérnagas en celo? Siempre le había visto almibarado, ladino y escurridizo, como a los de su clase y en la corte abundaban en demasía, según su opinión y la de muchos visires. Estos emasculados, tradicionalmente ocupados en las faenas domésticas y en la administración del harén real, con Abd al-Rahman III ascendieron a grandes oficiales de la casa real, pero los tenía en un puño. Su hijo al-Hakam II continuó con la misma política y les consentía como a niños caprichosos. “¿Quién dirigirá el harén y mi casa si me muestro riguroso con ellos?” Con esta frase al-Hakam II contestaba a quien se atrevía a denunciarle las trapacerías y abusos de los consentidos castrados.

—Encargaré a uno de mis hombres que empiece a indagar entre los comerciantes relacionados con Egipto y Túnez, los que traen y llevan mercancías a Bagdad y Damasco o Mosul. A cuantos, por una u otra circunstancia, mantengan relaciones con Alejandría o con las caravanas de peregrinos que parten desde Egipto hacia los Santos Lugares —Faiq apreció recelo en el rostro del hachib y optó por hablar con la cabeza baja y en postura de humildad.

—Tienes expedientes abiertos de cada uno de los viajeros que cruzan el Mediterráneo, en tu nómina de agentes englobas los más variados personajes, comerciantes, armadores y hasta simples marineros. Si el espía estuviera entre ellos ya tendrías noticias o sospechas de alguno. Creo que al traidor debemos buscarle en otro lugar. Quizá dentro de la misma corte. Razón por la que te pido sigilo. No estimo conveniente que emplees en este trabajo a uno de tus espías. Tarde o temprano le descubrirán y el escándalo puede llegar a comprometernos.

—¿A quién sugieres?

—A nadie. Es un trabajo para un hombre nuevo. Alguien con inteligencia despierta y con posibilidad de acceso a todos los departamentos, incluso traspasar las puertas del harén sin levantar sospechas. Ahí dentro se cocinan los guisos más disparatados —Al-Mushafi terminó la frase con la cara vuelta hacia el ventanal para sustraer a Faiq la irónica sonrisa que pugnaba por aflorarle a los labios.

—¿Me sugieres un eunuco? —Faiq si que sonrió abiertamente.

—Te he expuesto una idea.

Al-Mushafi se encontraba a horcajadas entre comprender la extraña existencia de un traidor bajo las mismas barbas del califa y el protegerse de un posible enredo que se le hubiera ocurrido a Faiq. No era la primera vez que intentaba desprestigiarle ante el califa y tampoco sería la última.

—Buscaré entre los libertos emasculados uno que reúna las cualidades que apuntas. Los mawlas son inteligentes, atesoran grandes cualidades y óptimas aptitudes para llevar a cabo esta empresa —Faiq esbozó una sonrisa y se le iluminó el rostro de luna llena. “Si pretendes cogerme con el ridículo de un fracaso no sabes en el avispero en que te has metido”. Faiq se levantó y se estiró la ropa. Había concluido la conversación.

2

Al-Hakam II, sentado en un diván elevado en el salón de los califas Qasr al-Julafa, recibió al primer ministro y al sahib al-burud. En ocasiones Al-Hakam II se dirigía a ese lugar para disfrutar del juego de los rayos de sol que al entrar por las ventanas se estrellaban contra el azogue de una pileta y retrocedían despedidos en cualquier dirección en hermosos haces deslumbrantes. Cuando el califa ordenaba poner en movimiento el pilón, millones de relámpagos atravesaban la habitación, incluso parecía que la dotaban de movilidad propia, como si fuera el camarote de un barco, y si algún rayo alcanzaba la gran perla suspendida del techo, un regalo del emperador de Bizancio, el califa se sentía feliz.

Faiq le leyó la relación de Tumlus sin excederse en aclaraciones superfluas ni añadir comentarios. Al-Mushafi, a la derecha del califa, observaba circunspecto.

—Presentía las buenas noticias. Hoy es un día fausto. Numerosos rayos han alcanzado la perla —al-Hakam II suspiró profundamente satisfecho—. Convoca a los visires en el gran salón de Consejos. Hemos de participar a todos de la noticia y compartir la alegría de las victorias. ¡Dios está con nosotros! —sonrió al dirigirse a al-Mushafi.

Por los corredores interiores salieron al patio y, ante un cervatillo que lanzaba un plácido chorro de agua por la boca, se detuvieron.

—Solamente conoceremos el asunto tres personas, el hombre que realice la investigación, tú y yo.

Faiq hizo una ligera inclinación de asentimiento y se retiró. Por el jardín se dirigió a su palacio con la cabeza llena de nombres. Pero no conseguía encontrar el adecuado. “Qué oportuno Tumlus, encontrar esa maldita carta y qué hablador al-Muizz espolvoreando algo que ni le va ni le viene” Subió a su despacho y pidió que le sirvieran zumo de frutas frío. El calor, la conversación con el hachib, la recepción del califa y la caminata bajo un sol inclemente, le habían producido una sed lacerante. Tenía la lengua como un trozo de esparto y la saliva gorda como los calostros de una vaca recién parida. Un muchacho de apenas catorce años, de piel canela tostada, ojos de garza y andares de cigüeña, vestido con extravagancia, le llevó una bandeja con los refrescos. El exótico chico fue un regalo de uno de sus agentes, un comerciante que hacía la ruta de Egipto a Nubia y volvía por Túnez a Córdoba. El efebo había hecho de la lascivia su mundo; un salvaje de refinada lujuria. Un putón nubio simpático y complaciente ajustado a los perversos gustos de su amo.

—“Luz del Desierto”, ¿dónde encontraré el hombre adecuado? —preguntó Faiq con los ojos puestos en el nubio que le miraba zumbón mientras bebía el zumo enfriado con nieve de los pozos del Alcázar. Se hizo la pregunta a sí mismo.

—En este palacio es difícil encontrar un “hombre”. Aquí, quien no tiene extirpada la verga le faltan los huevos —respondió el muchacho con una sonrisa de pícaro redomado.

Faiq le vestía como si fuera un exótico e indefinido príncipe o como él se imaginaba que se pudieran vestir los putoncillos de su estilo en los harenes de la India. Le pintaba los ojos con khol como a un egipcio y los labios con un bermellón lujurioso. Sin embargo, no le había castrado ni circundado aunque le educaba en el Islam. “Lo quiero entero y sin retajar”. Le exigió al mercader que se lo trajo. Pensaba conservarlo mientras tuviera el miembro pequeño. Después se desharía de él.

—No necesito un hombre con todos los atributos viriles. Me conformo con un eunuco que no cause repulsión y tenga despierto el entendimiento.

El nubio hizo un gracioso mohín y se encaminó hacia la puerta.

—Pregunta al gran maestro de esclavos —con un astuto guiño el chico abandonó la habitación tras una desvergonzada carcajada.

Faiq había pensado en consultar con Durri, el tesorero real y gran orfebre, pero el muchacho nubio le hizo cambiar de parecer. Rasiq, el viejo maestro de esclavos, llevaba la responsabilidad de la formación y guardaba una ficha completa de cada uno de los alumnos. De un modo u otro se encargaba de los destinos de los chicos al acabar la educación en la escuela. Dependiendo de sus aptitudes, capacidad y esfuerzo, los dedicaba a los estudios para desempeñar altos cargos en la administración, los enfocaba a los oficios mecánicos y manuales o al simple servicio domestico. Decidió hablar con él y escuchar su consejo. Tanto a Durri como al Gan Halconero, Yawdar los mantendría en la ignorancia, aunque Durri había sido el mentor de la idea y Yawdar quien le empujó a ponerla en marcha. Los tres eran los eunucos más cercanos al califa. Por una vez haría caso al primer ministro. Seguiría su recomendación.

3

El calor del largo verano cordobés había traspasado los muros de las casas y martirizaba a ricos y pobres sin distinción. Faiq esa noche durmió mal. Echó de su lado al nubio, cansado de caricias y arrumacos que le hacían sudar, pero ni así consiguió conciliar el sueño. La carta que destruyó del al-Muizz y un sin fin de interrogantes sobre ella no le dejaban tranquilo. ¿Quién la conocía además del rebelde Guennun y Tumlus? ¿Se la había enseñado Tumlus a Rumahis? Si no se la mostró ¿había comentado con él el hallazgo? ¿Conocía algún general más la existencia de esa correspondencia? Con la ropa pegada al cuerpo y agobiado se levantó de la cama y subió a la terraza. La luna llena se alejaba por occidente y las estrellas recobraban la luminosidad. Miró al cielo y allí estaba la Osa Mayor con la Estrella Polar en el extremo de la viga del carro que formaba la constelación. La brisa descolgándose desde le monte de la Desposada, a cuyos pies había construido Abd al-Rahman III su ciudad palacio, le envolvió plácida y sensual. Se le metió entre la ropa y le secó el sudor. ¡Aquí al menos se respira!, Faiq inhaló cuanto aire le cupo en los pulmones y notó que la tensión que le había arrojado de la cama disminuía. Se recostó en un diván que tenía colocado bajo un toldo y se quedó dormido arrullado por el suave relente y el titilar de las estrellas a las que siempre había mirado con una curiosidad indefinida en busca de su desconocida protectora. Despertó sobresaltado cuando la claridad del nuevo día avanzaba por oriente. Tan profundo había sido el sueño que no acertaba a distinguir el lugar donde se encontraba. El paladar se le había resecado, como cuando se duerme con la boca abierta y se esforzó en tragar saliva para lubricarlo. ¡Qué demonios se habrán desatado en mi interior para haberme llevado a sueños tan ofuscadores! Se había visto en medio de un bosque nevado donde una mujer harapienta entregaba un niño a unos hombres cubiertos de pieles, con barbas tan pobladas que solo los ojos, grises y gélidos, como la luz que envolvía la escena, carecían de pelos. El niño se agarraba con desesperación a la mugrienta falda y forcejeaba por esconderse entre las piernas de la mujer. ¡Era él! El sahib al-burud quien exclamaba: ¡Madre! ¡Madre! con los ojos anegados de lágrimas y sorbiéndose ruidosamente los mocos que le atascaban la nariz y le impedían respirar. Uno de los hombres le cogió por el cuello y le arrancó de entre las pantorrillas donde se había refugiado. En las pequeñas manos moradas por el frío se llevó parte del andrajo dejando al descubierto los sucios muslos de la mujer que reía con histéricas carcajadas. Otro de los individuos arrojó al suelo una bolsa de cuero que la mujer se apresuró a recoger y esconder entre los pechos sin dejar de convulsionarse por la risa. El individuo que le tenía agarrado montó a caballo y le colocó adelante, entre el pescuezo y la silla, sobre el animal. El escozor de los muslos, rozados y golpeados contra el aparejo al galopar entre huidizos árboles, le aterrorizó. Instintivamente se miró entre las piernas y se encontró con un sarpullido sanguinolento y seco. La imagen desapareció entre los cascos de los caballos martilleando sobre un tortuoso camino nevado. Faiq sintió un escalofrío extemporáneo. He debido tener frío en algún momento del sueño. Se dijo y continuó en busca de otras imágenes que se le resistían a materializarse. Las veía aproximarse como a los potros de las yeguadas de las Marismas del Guadalquivir que una vez al año traía el Caballerizo Mayor para exhibirlos ante el califa antes de la doma. A galope, empujados por los pastores, asustados, adelantándose unos a otros, desorientados, llegaban hasta cruzar la empalizada del corralón donde forzosamente se detenían. Entonces comenzaba a dar vueltas, coceándose, mordiéndose, perdidos sin encontrar la salida entre una inmensa nube de polvo dentro del cercado. Así, entre nebulosas y en tropel, se le presentaban las escenas soñadas. En un primer plano se encontró asistiendo a un niño califa como primer ministro en una hermosa recepción. Entraban embajadores vestidos con lujosas y coloridas sedas con adornos de oro y perlas. Avanzaban bajo el estruendoso son de trompetas, olifantes y cuernos. ¿Había oído la música o se la imaginaba? Y se arrodillaban a los pies del trono donde tenía los suyos. Al mismo tiempo se encontraba asomado a una gran masa de agua. Bien pudiera ser un lago o una bahía tranquila, donde intentaba verse reflejado, pero unas veces las olas deshacían la imagen y otras, cuando la superficie del agua se encontraba lisa como un espejo, su rostro no existía y su cuerpo una silueta informe. Todo se mezclaba con un entierro presidido por un gigante tocado con un gran turbante terminado en un casco dorado que brillaba cegador bajo los rayos de un sol blanco y en el que se encontraba dentro del ataúd. ¡No he muerto! Ese gritó que le desgarró la garganta le despertó. Intentó ordenar las imágenes pero desaparecían, por un instante las perdió, sin embargo, la última parte creyó que la había soñado otras veces.

Con el sol en el cielo y la mañana caldeada se restregó los ojos y miró hacia las terrazas inferiores de la ciudad. El zoco al fondo iniciaba su frenética actividad diaria. Los comerciantes abrían las puertas de sus tiendas, otros instalaban los tenderetes donde exponían sus productos y los cubrían con toldos multicolores para protegerse del sol abrasador del verano cordobés. En breves momentos las calles del zoco se llenaron de compradores que llegaban, se detenían, reanudaban la marcha, se cruzaban, entorpecían, cambiaban de dirección. Quienes iban hacia un lado, al instante se daban la vuelta, de tienda en tienda y en medio los sempiternos mendigos, los saltimbanquis, malabaristas, encantadores de serpientes, monos al extremo de una correa que corrían, saltaban y continuaban con mil gracias que hacían las delicias de niños y mayores. El enjambre del zoco era el maravilloso espectáculo de cada día pregonando la vida.

Faiq, consciente de que el sol se levantaría cada mañana, ajeno a las cuitas y desvelos de cada cual, bajó al hamam y se despojó de los vapores oníricos que aún le quedaban enredados en su cabeza de los sueños de la noche anterior.

Limpio y reconfortado entró en su despacho. Antes de sumergirse de lleno en las tareas que le aguardaban llamó a un esclavo y lo envió en busca de Rasiq, el gran maestro de los esclavos. “Cuanto antes resuelva lo del espía mejor y más contento se pondrá el hachib”. Con este pensamiento se enfrascó en el trabajo.

A media mañana llegó Rasiq. Subió con dificultad las escaleras apoyado en el sirviente que le precedía hasta el piso donde tenía el despacho el sahib al-burud. Al entrar saludó con expresión cansada y se sentó sin esperar la invitación del anfitrión.

—Gracias por honrarme con tu visita —saludó Faiq que se había puesto en pie, acercándose al anciano.

—Hubieras demostrado el agradecimiento habiendo sido tú quien hubiera ido a mi encuentro —contestó Rasiq mientras recobraba el resuello.

El mismo Faiq colocó una mesita delante del anciano con una gran bandeja con zumos, vino, dátiles y pastelillos empiñonados, almendrados y hojaldres; a continuación se sentó a su lado.

—Te he rogado que vinieras para poder tener una conversación privada, sin testigos, y en tu casa o en la escuela es imposible. Nunca he podido hablar contigo a solas y dudo que alguien lo haya conseguido. Me atrevo a pensar que ni el propio califa ha tenido esa oportunidad.

—El califa no me ha llamado jamás a su presencia, por tanto no he tenido ocasión de complacerle si ese hubiera sido su deseo. Los demás para mí sois iguales y os he tratado a todos con la dedicación y cortesía que merecíais. Hasta el día de hoy nadie me ha reprochado mi comportamiento y si tú tienes algo guardado en mi contra, dímelo y no te andes con remilgos —el viejo maestro apuró el vaso de nabid que le sirvió su anfitrión y se llevó un pastelillo a la boca. Faiq le sirvió de nuevo solícito y con una amplia sonrisa iluminándole la cara.

—El motivo de esta entrevista es para pedirte un favor muy especial —Faiq, conocedor del carácter del viejo profesor, su forma de interpelar y contestar, directo conciso, con la nobleza de alma sin dobleces y servilismos, explicó con detalle las características del hombre que buscaba, pero omitió el puesto y cometido a que le destinaría. Rasiq se limitó a asentir, sin embargo intuyó que un grave problema desasosegaba al sahib al-burd. Prometió enviar a varios candidatos en el menor tiempo posible, el suficiente en comprobar las fichas y expedientes y elegir a cuantos considerase que reunieran las particularidades apuntadas. Se levantó despacio y se despidió. Sin entretenerse abandonó el palacio del sahib al-burud con honda preocupación. Faiq fue uno de sus alumnos, inteligente, esforzado, pero siempre sospechó que dentro de él ardía un fuego devastador. La inconformidad y la ambición le salían por los ojos y el despotismo y la soberbia los disimulaba a duras penas. Absorto se sentó en uno de los bancos de los jardines de la terraza superior, bajo una frondosa morera. La petición de encontrar un hombre excepcional le había producido desazón. Buscó en su memoria y le fueron apareciendo los primeros recuerdos sobre Faiq en la escuela. Aún no había cumplido los doce años cuando se le acercó una mañana antes de empezar la clase y le dijo: “Rasiq, nos exiges un esfuerzo tan grande que nos hurtas el descanso sin preocuparte de nuestra situación ni de los trabajos que hacemos además de asistir a la escuela. Somos esclavos castrados, la escoria de este mundo donde se nos trata peor que a los animales” Aquella rebeldía le desasosegó y tuvo miedo por el muchacho. Otros con semejantes pensamientos se habían suicidado o había incurrido en motivos para ser castigados con dureza. A la mañana siguiente en medio de la sala donde impartía las lecciones, antes de los rezos y la memorización de las suras del Corán les dijo a los alumnos: “Los hierros y los grillos a los que os creéis sujetos no figuran en el contrato de compra-venta de las personas, ni tampoco se encuentra la libertad en el acta de manumisión. La libertad de cada individuo reside en su corazón y no existen rejas, cadenas o muros que puedan encerrar el alma de un hombre si es consciente de su naturaleza y domina sus pensamientos. La educación y el conocimiento son las mejores armas para obtener ese privilegio”. A los pocos días se presentó Faiq con una expresión nueva en el rostro: “El poder es quien hace a los hombres libres”. Esa fue la meta que se marcó. Dedicó todas sus energías a conseguirlo y no dudó en desprenderse de cualquier lastre que le entorpeciera. ¿Había alcanzado su meta? La juvenil rebeldía había dado paso a desarrollar aquella ambición que trataba de ocultar y aquella mañana creyó encontrarse con un alma corrupta y cruel, incapaz de tascar el freno. “Se dirigirá donde le señale la avaricia y no cejará hasta conseguir el objetivo”. El vetusto maestro se levantó de donde estaba sentado y continuó hacia la casa de servidores rumiando la inquietud que le había producido el encargo de Faiq. Por más vueltas que daba a la conversación no conseguía imaginar donde se dirigía con sus inconfesables propósitos ni cuáles eran los que tenía en mente.

4

Al-Hakan II abrió la audiencia en el salón central de Dar al-Mulk, la Casa de Visires, sentado sobre un diván elevado a modo de trono y flanqueado por sus hermanos en pie, vestidos con ricas sedas y enjoyados. Un escalón por debajo, al-Mushafi a la derecha, Faiq al-Nizami a la izquierda y por debajo, el cadí de Córdoba al-Salim. Dos esclavos abrieron las puertas del fondo y entraron los visires de uno en uno. Al llegar a los pies del trono se prosternaron y pasaron a ocupar sus puestos. Les siguieron los generales del ejército que quedaban en la ciudad; detrás los ulemas y jurisconsultos, a continuación los grandes oficiales eunucos de palacio, mawlas, y por último los ricos industriales y comerciantes, invitados del califa. Al Hakam II alzó ligeramente la mano derecha y al-Mushafi tomó la palabra. Empezó su discurso agradeciendo a Dios la vida del Príncipe de los Creyentes, siguió con una glosa sobre el califa y su familia y terminó con la invitación para dar entrada a los mensajeros que habían llegado de África.

Pasó en primer lugar el hombre que enviaba el general Tumlus con el almimbar que arrancaron de la mezquita de Arcila y relató la batalla del monte Yabal al-Rih, la toma de Arcila y la de la ciudad de Dalul y su saqueo: “Todo quedó como vientre de onagro”. Con esta descriptiva comparación dio por concluido el informe. Hizo una profunda zalema y se retiró marchando hacia atrás a ocupar su sitio detrás de los soldados de la guardia vestidos de gala, cotas de malla plateada, grandes lanzas empenachadas, escudos, espadas a la cadera en vainas repujadas y relucientes yelmos con vistosos penachos de crines. Al redoble del tambor avanzaron dos marineros, los enviaba Rumahis. El mayor de los dos, capitán de barco, soltó el sello del almirante, desató dos cintas, una verde y otra blanca, y desplegó el rollo de papel.

“En el nombre de Dios, el Misericordioso, el Clemente… Me dirijo a ti, Príncipe de los Creyentes…”.

El capitán siguió con el largísimo encabezamiento protocolario mientras por el cerebro de Faiq pasaban mil conjeturas. Esta carta no había pasado por sus manos, el almirante la dirigía personalmente al califa.

El marino en una extensa descripción contó el desembarco, el intento frustrado de atraerse a la población de la ciudad de Tánger a la obediencia del califa y el encuentro con el rebelde Guennun. “Con la ayuda de Dios desbaratamos al hereje y lo pusimos en fuga. Huyó hacia el Sur. Entramos en la ciudad y permití el saqueo de las casas de sus seguidores”. A continuación se recreó en una narración prolija en detalles sobre el cadí de Tánger. “Dios escuchó las plegarias de los sojuzgados por el hereje. Cuando Guennun dio por perdida la ciudad y huyó, el cadí cruzó la muralla con bandera blanca, acompañado de sus hijos y solicitó el perdón del Príncipe de los Creyentes para él, su familia, las mujeres, ancianos y niños que no habían participado en el levantamiento”. Rumahis continuaba con una laudatoria exposición sobre el califa y su generosidad para otorgar el perdón. Él siguiendo sus recomendaciones extendió el aman a cuantos demostraron su inocencia en los acontecimientos. “Esta carta se terminó de escribir en presencia de mi lugarteniente, los generales y oficiales bajo mi mando y el cadí de Tánger. Dios Misericordioso y Clemente. Loado sea Dios, Quien todo lo ciñe y por nada es ceñido. El Vencedor a quien nadie vence. El Poderoso contra el que nadie puede. Él que está en todo lugar hará que esta carta llegue a tus manos ¡Oh Príncipe de los Creyentes! Custodio de la Zuna. A Él es a quien hay que pedir ayuda”.

Los marineros se prosternaron y se dispusieron a retirarse. El califa les detuvo y ordenó al mensajero de Tumlus acercarse. Les entregó cien dinares de oro a cada uno y lujosas ropas del Tiraz.

Faiq respiró a sus anchas. Rumahis desconocía la existencia de las cartas de al-Muizz. Terminada la reopción envió a uno de sus hombres a sonsacar a los marinos. Tumlus y Rumahis no se había visto desde el desembarco y la correspondencia que mantenían se circunscribía a estrategias y posiciones para cercar al rebelde.

Los invitados abandonaron el gran salón y se formó el consejo de visires presidido por al-Hakam II. Se debatieron las noticias de la guerra y las peticiones de armas, hombres, animales y dinero. Se juzgaron las posibilidades de éxito y el tiempo para obtenerlo. Las noticias de las primeras victorias estimuló la euforia y confianza que se tenía en la superioridad del ejército cordobés y quien más y quien menos pensaba en un único encuentro definitivo. Sin embargo, el viejo inspector de obras y construcciones, que en estos momentos ocupaba el puesto de juez de mercados, Ibn Nasr veía las cosas desde otra perspectiva.

—La derrota del hereje será costosa. Tendríamos que aislarle. Arrebatarle a sus seguidores atrayéndolos con dádivas y prebendas. Despojarle de la familia en la que se apoya y cerrarle las vías de comunicación con al-Muizz. La campaña puede ser larga y el coste en vidas humanas elevado. No se prestará a una batalla definitiva. Eso sería su ruina y él lo sabe.

—Existen medios para obligarle a un enfrentamiento decisivo —objetó al-Mushafi sin convicción.

—Luchamos en su terreno y se desplaza constantemente. Nos hará perseguirlo como el galgo a la libre y nos llevará donde quiera. Si no conseguimos cercarle no podremos obligarle a pelear como nos sería más favorable —dijo el Caballerizo Mayor, Ziyad ibn Aflah.

—La ambición de Guennun es conseguir el mayor territorio posible y declararse en reino independiente. Además hemos de tener en cuenta la forma que tienen los beréberes de entender la religión. Practican una especie de Islam mezclado con sus ancestrales creencias y no distinguen entre la herejía fatimí de Egipto y la Suna del al-Andalus. Depender de uno u otro es cuestión de intereses y dinero —apuntó el cadí al-Salim.

—Tenemos dinero, armas y hombres suficientes para acabar con el hereje y lo conseguiremos aunque tenga que ponerme al frente del ejército y combatirle en África —la voz del califa sonó alta y firme—, actuaremos como apunta ibn Nasr. Enviaremos hombres con regalos y dinero para atraernos a sus partidarios. Aumentaremos el número de soldados y pertrechos y le acosaremos allí donde se encuentre. Tomaremos ciudad tras ciudad hasta que no tenga más tierra que el desierto y otros fieles que las hienas.

Al Hakam II con el ceño fruncido se retiró al Alcázar Real escoltado por Yawdar, el gran Halconero y Faiq. En las habitaciones privadas el califa se recostó en su diván mientras Yawdar se fue a impartir las órdenes a los guardias y Faiq encargaba la cena a los eunucos del servicio.

—Faiq, has estado muy callado durante el consejo y quiero conocer tu opinión.

—Mi señor. El hereje sucumbirá bajo tus ejércitos. La inconstancia de esos pueblos y el vigor de nuestras armas nos asegurarán la victoria.

—He observado desidia y tibieza entre los visires. Creo que no entienden la necesidad de combatir hasta el final al rebelde Guennun.

—Señor, Córdoba es una de las grandes y ricas ciudades del mundo, comparable a Bizancio, Damasco o Bagdad y África es un erial, pasto para cabras.

—Para conservar nuestra prosperidad y seguir disfrutando de esta abundancia que Dios nos ha concedido, hemos de extender nuestra influencia. Al-Muizz, al otro lado del Estrecho, terminaría invadiéndonos. Ahora tiene puestos los ojos en Oriente. Esa razón nos obliga a poner freno a las veleidades de ese desagradecido principillo idrisí, en caso contrario nuestro prestigio lo pondremos bajo las patas de los caballos. Abriremos las puertas a los invasores. Somos una isla de esplendor con millones de ojos atentos a descubrir la más pequeña debilidad para lanzarse sobre nosotros como fieras hambrientas. No olvidemos a los cristianos del norte. Dios nos exige una actuación contundente y enérgica.

—Señor, Dios está de tu parte. La derrota del traidor está señalada en las estrellas. Dios no quiere herejes ni adoradores del diablo.

La voz del almuédano desde el alminar de la mezquita se oyó con nitidez, el califa mandó tender la estera de los rezos. Faiq extendió otra al lado y rezaron. Al-Hakam II con ferviente devoción y Faiq con la naturalidad de la costumbre.

Terminada la última oración del día entró el jefe de cocina seguido de varios esclavos y depositaron los manjares sobre mesitas bajas. Faiq les despidió y sirvió él mismo al califa. Al- Hakam II cenaba con moderación por miedo a las digestiones. Masticaba mal debido al prognatismo y temía los dolores de estomago durante la noche.

El sahid al-burud en silencio atendía la menor insinuación del califa o se adelantaba solícito a sus deseos, pero no podía apartar de su mente la misma pregunta que desde hacia tiempo le rondaba por la cabeza: ¿Cuánto tiempo durará este hombre sobre la faz de la tierra? Ante sí tenía un hombre envejecido, cansado y excesivamente devoto. Signo que él interpretaba como una sutil despedida. Un modo de preparar la muerte para acercarse a Dios. Sin embargo, la guerra le había despertado una nueva energía. Hoy le había visto disgustarse con la postura destemplada de algunos visires.

—La correspondencia enviada por los generales confirma el poder de nuestro ejército, sin embargo, no encuentro en ella la alegría y la fe en una victoria definitiva —se lamentó el califa.

—El hereje huye en vez de pelear y mientras siga con esa táctica es difícil acabar con él, ahora bien, pierde una ciudad tras otra. Pronto se encontrará solo en su jaima y volverá a la obediencia del Príncipe de los Creyentes.

—Hace unos días encargué a un astrólogo una carta astral sobre Guennun y dice eso mismo: “Guennun cederá todas sus ciudades, se encontrará abandonado por sus parientes y pedirá el aman” El judiciario profetiza que le invitaré a Córdoba y, después de un tiempo, volverá a la tierra de sus mayores como mi fiel representante.

—Las señales del Creador interpretadas por los hombres de ciencia nos consuelan en la duda —dijo Faiq y tras una breve pausa continuó—. Dios no abandona a quien le sirve con devoción —terminó el sahib al-burud con el sutil empalago de los emasculados.

—La guerra será larga y costosa según el augurio. Morirán muchos hombres, los gritos de las viudas tronaran impotentes y habrá más huérfanos sin recursos en al-Andalus. Hemos de proveer para socorrer tanta desgracia — suspiró al-Hakam II.

En los últimos años se esforzaba por agradar a Dios y entendía que el socorrer a los menesterosos era una de las acciones más complacientes a los ojos de Allah, al tiempo que incansable se esforzaba en la búsqueda de vaticinios en la conjunción de los astros y aceptaba los pronósticos como revelación divina. Así se consideraba cerca del Creador y de su obra. El volcarse en piadosos actos le hacía sentirse predilecto del Altísimo. Faiq, como otros, pensaba que esta efervescencia pía se debía a la gran preocupación por su hijo. Hisham aún no había cumplido siete años y el futuro del niño se había convertido en una pesada carga para el corazón del califa. Al-Hakam II guardaba en secreto atroces preguntas que le aguijonaban el cerebro: ¿Qué ocurrirá si muero y mi hijo no ha cumplido la mayoría de edad? ¿Le respetarán? ¿Buscarán entre mis hermanos otro califa? Faiq había adivinado este desasosiego al ver a su señor indagar en la astrología los signos favorables.

—Si me permites, señor, diré que la astrología es una ciencia por la que intentamos comprender la relación de los astros con la tierra y los vaticinios extraídos de ella a veces concuerdan con nuestros íntimos deseos y a veces nos desazonan, quizá no sean absolutamente fidedignos —dijo servil Faiq para tranquilizar la conciencia del califa.

—La fe en Dios y el amor que le profeso me guían hacia una interpretación correcta de los deseos divinos. Él ha creado el universo y el devenir está allí marcado de forma indeleble. En los astros hay que hallar la exégesis, en la perfección del firmamento y en la armonía de lo creado.

—Algunos autores consideran falsas un buen número de predicciones —aventuró Faiq.

—Cierto. Al-Farabi, comentarista de Aristóteles y Tolomeo dice algo parecido. La cuestión radica en el modo de acercarse a la interpretación. ¿La inteligencia humana está capacitada para discernir las señales divinas? ¿El intelecto del hombre es por si mimo fiel exégeta de los signos del Creador? La soberbia, un mal extendido entre la raza humana, nos priva de la verdad. Dios nos entregó la inteligencia y debemos desarrollarla para acercarnos a Él con amor y humildad.

—Por la inocente credulidad en predicciones equivocadas, hombres sabios han cometido irreparables errores. Señor, al-Farabi nos avisa y nos previene.

—La preocupación que sientes por mí te honra, Faiq —sonrió el califa condescendiente.

—La fortuna me favoreció uniéndome a ti, Príncipe de los Creyentes, y mis días acabarán bajo la sombra protectora que me dispensas.

El califa miró a Faiq y al ver sus ojos humedecidos se conmovió.

—Mi destino ha sido gobernar a mi pueblo. Esta empresa política me obliga a formar alianzas, a declarar la guerra a los enemigos de mi pueblo, que son los míos, y a procurar el progreso y bienestar de cuantos viven bajo mi mandato. Si nuestra sociedad se encontrase en peligro y el beneficio social y político me lo proporcionase la astrología no puedo ni debo rechazarlo. El ejercicio del poder trae consigo la soledad. La responsabilidad de gobernar es conducir a los hombres. Al-Farabi, médico y filósofo, como otros hombres de inmenso saber, dedicó parte de su vida al estudio de la ciencia de la astrología. Las obras de tantos sabios nos aconsejan familiarizarnos con esta materia.

Al-Hakam II bajó los parpados y Faiq entendió que la velada había concluido. Hizo una graciosa zalema y salió de la habitación. Abandonó el Alcázar Real con esa pertinaz incertidumbre de quien no está convencido de haber elegido el camino más seguro para alcanzar la meta.

5

Faiq entró en su palacio cuando el cielo estaba cubierto de estrellas. Se acercó a la fuente del patio con la conversación mantenida con el califa dándole vueltas en la cabeza. El manso chorro de agua, con un murmullo risueño, se estrellaba en la pileta de mármol sirio y al arrullo de la voz cristalina se ensimismó como un enamorado. Se sentó en el borde y metió la mano en el agua. El húmedo frescor se extendió por todo su cuerpo en la tórrida noche del verano cordobés. Alargó la palma y la puso bajo la rumorosa columna plateada. El tono de la voz de la fuente se volvió opaco y las gotas del plácido líquido huyeron en diferentes direcciones. ¡Cuán fáciles pueden mudar las cosas en este mundo! De la noche a la mañana un pueblo puede cambiar de rumbo en un giro de trescientos sesenta grados. ¿Cuál sería el futuro del al-Andalus si el califa muriese y su hijo no hubiese cumplido la mayoría de edad?

Como otras veces repasó la situación política mentalmente, se lanzó a un recorrido por los estamentos sociales. La aristocracia adormecida en su riqueza, ajena a los puestos que había venido ocupando tradicionalmente en la administración y en el ejército; comerciantes preocupados por ver aumentar los beneficios de su actividad y cada día más apegados a la codicia; príncipes sumidos en la molicie, apartados de los cargos de relevancia por Ab al-Rahman III en previsión de complots y conjuras para hacerse con el poder y regar las tierras y ciudades del califato con sangre inocente; cadíes, ulemas y alfaquíes intransigentes, reaccionarios, absorbidos por la religión y ciegos a los cambios de los tiempos y dedicados a fiscalizar la fe de los hombres en vez de facilitarles la apertura de las mentes con doctas enseñanzas. Un primer ministro, al-Mushafi, advenedizo, prevaricador, amigo del cohecho, empeñado en un clientelismo familiar de escaso fuste y un pueblo complacido y desinteresado por todo lo que no fuera diversión y fiestas. Por otro lado estamos nosotros, los antiguos esclavos, los eunucos, los sirvientes que llegamos para ordenar el harén y hemos pasado a llevar la carga del estado sobre nuestros hombros. A los que nos concedieron la libertad y ostentamos los puestos más elevados nos llaman mawlas. Los verdaderos pilares del califato. El ejército está bajo los generales de nuestro origen, los talleres reales, las armerías, la biblioteca, el espionaje, las comunicaciones, la tesorería, la orfebrería, la guardia personal del califa, la yeguada real, la cría de halcones, la administración del alcázar, la intendencia, las cocinas, el servicio de palacio, la limpieza y el control y orden del harén. Todo eso y algo más que se me olvida está en nuestras manos, en los hombres que no descendemos de las familias tradicionales árabes y que llegamos como simples esclavos de servicio para facilitarles la vida y llevar sobre nuestras costillas los puestos deshonrosos y viles. ¿Quién con más derecho sería capaz de llevar el timón de esta nave? ¿Dónde irá el califato, si nuestro señor muere? Solamente hay un puesto que se nos ha privado, el de la administración del patrimonio del príncipe heredero y el de la princesa madre, la sayyida al-kubra. Ahora bien, por el momento no encierra un serio problema. El hombre que designó al-Hakam II por la voluntad de la princesa en ese lugar es un advenedizo provinciano. Un bisoño cuya única preocupación son los saraos nocturnos, las danzarinas, músicas y esclavas voluptuosas, y la construcción de su palacio. El ruido de los cascos de un caballo sobre las losas del suelo le sacó de sus análisis. Aguzó el oído para asegurarse hacia donde se dirigía. De pronto se escuchó el silencio. Faiq intuyó que alguien llegaba a su palacio. Se levantó del brocal de la fuente y se encaminó al interior. Subió al piso de arriba y entró en su despacho. Se asomó a la ventana, pero no vio a nadie. Me habré equivocado se dijo y se recostó sobre los almohadones del diván. Algo en su interior le avisaba de que el jinete que le había interrumpido en sus meditaciones en el patio vendría a verle. Desde abajo le llegó la voz del portero. Hablaba con alguien ajeno a la casa y al instante oyó los pasos de una persona subir por las escaleras.

—Buenas noches —dijo Durri tras cerrar la puerta. Se sentó en otro diván frente a Faiq y se arrellanó dando muestras de cansancio—. Vengo de cumplir tu encargo en mis tierras.

—¿Cuál ha sido el resultado?

—Ha sido efectivo. Muy efectivo. Sin embargo, estoy preocupado —se lamentó el pequeño tesorero.

—¿Cuál es el motivo? —preguntó Faiq sin demostrar la mínima emoción.

—Ha sido muy rápido. Excesivamente rápido e imprevisto. Hará sospechar a más de uno.

—Has tomado precauciones. Vernos involucrados en un hecho de tan poca monta nos perjudicaría mucho.

—No temas. Eso no ocurrirá. Haz tu trabajo y déjame tranquilo con el mío. Sé como deshacer cualquier sospecha que pueda recaer sobre nosotros. Sobre mí, a ti no pueden relacionarte —replicó Durri con firmeza. Estaba acostumbrado a llevar a cabo los trabajos más sucios que su amigo le encargaba y siempre había salido airoso con su cometido.

—Quiero tener todos los flancos cubiertos. Un simple detalle que se nos escape puede dar al traste con nuestros proyectos.

—Un simple accidente en Baena no se relacionará nunca con la corte.

Durri creyó ver en Faiq cierta suspicacia y se puso en guardia de inmediato. Al fin y al cabo, si algo se torciese el culpable sería él, quien había llevado el veneno y lo había añadido a la comida de unos peones que trabajaban en sus tierras causándoles la muerte con la celeridad del rayo.

—Todos los cuidados son pocos. En esta apuesta, si perdemos, nos va en ello el cuello —recalcó Faiq y se pasó el dedo índice por la garganta con una sonrisa irónica.

—Olvida la angustia. Si te digo que me hago cargo de la situación, sabes que puedo con ella. Ahora bien, con este maldito emplasto que me has facilitado no llegaremos a ninguna parte. Encuentra esa maravilla de la que hablas y el resto déjalo de mi cuenta.

—Pronto espero tener conmigo lo que tanto esperamos.

Faiq se puso en pie y Durri le imitó. Bajaron al patio y salieron al jardín. Con una conversación intrascendente pasearon por entre los macizos de flores con la expresión despreocupada de dos hombres honrados y probos servidores del califa. Nadie hubiera imaginado que dos de los eunucos más poderosos tuvieran en mente pensamientos que no fueran otros que la estabilidad y el orden del califato.

6

Faiq recibió a los esclavos enviados por Rasiq y la documentación relativa a sus vidas. Detallaba la procedencia, el momento en que los esclavizaron y como ocurrió, la entrada en la corte, su paso por la escuela califal, las calificaciones académicas, los puestos desempeñados, su valoración en ellos y el que ocupaban en la actualidad. Todos los recomendados estaban castrados.

El sahib al-burud los miró detenidamente uno por uno, recreándose en su aspecto físico antes de leer el informe que les acompañaba. A primera vista le parecieron apropiados, de piel clara, nacidos en el Norte y operados en Lombardía.

El de mayor edad ocupaba un puesto entre los secretarios de la Ceca, la Casa de la Moneda, en Medina al-Zahra. Los informes le atribuían una asombrosa capacidad para la aritmética y resaltaban como valor estimable la discreción y la honradez. “En ese lugar es indispensable tenerla. El oro y la grasa ensucian las manos de quien juega con ambos”. Se dijo para sí Faiq. No tenía en gran estima a los administradores del tesoro real. Fueran quienes fueran los consideraba sospechosos de corrupción. Esta antipatía era reciproca. Los empleados de la Ceca consideraban la intromisión como un ataque a sus intereses y Faiq metía las narices en cualquier puchero ajeno incluido aquel. La compartida animadversión aconsejó a Faiq deshacerse del candidato.

Otro desempeñaba un cargo como guardián de las joyas reales. Éste si podía ser un excelente agente. Tenía el paso libre a cualquier dependencia de la corte, tanto en palacio como en el harén. Rebosaba simpatía, facultad apropiada para no levantar sospechas, pero el inconveniente se centraba en el jefe para quien trabajaba, Yawdar el Gran Halconero y jefe de la guardia personal del califa. Éste contratiempo en modo alguno hacia posible la elección. Yawdar no dejaría de hacer preguntas inoportunas y terminaría por descubrir el motivo por el cual le habían quitado a su intendente y hombre de confianza.

Las relaciones de ambos mawlas, Yawdar y Faiq, estaban presididas por la complicidad y la concordia, se podían calificar de amistad. Ahora bien, en esta misión Faiq, por el momento, estimaba como medida apropiada excluir a Yawdar. El sahid al-burud conocía la facilidad con que el Gran Halconero se dirigía al califa y su ambición. Yawdar con tal de obtener una gratificación o satisfacer un capricho regalaría los oídos de al-Hakam II con una indiscreción que acabase con la caza del espía y desde hacía un tiempo tenía entre ceja y ceja una almunia en la ribera del Guadalquivir. Con una buena información en sus manos la oportunidad se le presentaría a la medida de sus deseos.

El tercero de los enviados por el viejo educador rondaría los treinta años, de cabellos muy claros, del color de un tímido rayo de sol en invierno, y cortos, opuestos a la moda cordobesa. Faiq le miró con detenimiento, le pareció observar una ligera sombra en el bigote y por un instante sintió curiosidad. Volvió los ojos al informe y se olvidó del detalle. El hombre que tenía enfrente se llamaba Yasir, un nombre muy corriente entre los esclavos y ocupaba un cargo indeterminado entre los hombres de la biblioteca del califa, eso le permitía cualquier movimiento dentro y fuera de la corte y en todas las dependencias de palacio, sin excluir el harén. Se le atribuía una independencia poco corriente. El informe resaltaba la amistad con la princesa madre, Subd y con otras concubinas favorecidas por el califa. Murchana, la madre de al-Hakam II, le distinguía entre los demás. Hablaba a la perfección el árabe, el romance, tanto en la forma culta como en la coloquial, y traducía latín y griego. Faiq se asombró de estos conocimientos. En Córdoba pocos dominaban el griego, idioma muy estimado por al-Hakam II, como le ocurrió a su padre, gracias a las estrechas relaciones que desde entonces se mantenían con la corte de Bizancio. Las embajadas entre Córdoba y la capital del antiguo Imperio Romano eran frecuentes y el intercambio de regalos constantes. Esa necesidad de conocer el idioma del imperio más antiguo del mundo hizo que los traductores tuvieran unos privilegios excepcionales. Faiq se centró en la autonomía del joven en el trabajo. Podía cumplir los puestos de la torre y el alfil en el tablero del ajedrez. Ni el califa gozaba de tanta independencia y libertad. Supeditado a la tarea que le se encomendase estaría bajo la autoridad directa de al-Hakam II, del gran eunuco Duka, del mismo hachib al-Mushafi, del director de la biblioteca, Talid, y de cualquier visir.

—¿Cual es tu mérito y cual ha sido el camino para llegar a ser un hombre para todo, sin un superior responsable de ti? —preguntó Faiq inmerso en un mar de curiosidad.

—He trabajado donde me han mandado y, poco a poco, sin darme cuenta he llegado donde me encuentro —contestó Yasir con modestia.

—Alguien te habrá apartado de los oficios tradicionales y puesto en ese lugar inverosímil en una corte como la nuestra —insistió el sahid al-burud sin recuperarse de su asombro.

—Comencé en la biblioteca como copista. Aprendí latín y con posterioridad griego. Esa creo que ha sido mi gracia —la respuesta del eunuco no consiguió despejar las dudas de Faiq.

—Otros hombres hacen lo mismo y están sujetos a la biblioteca.

—Talid me encargó la recepción de los libros procedentes de Oriente, los escritos en árabe y en otros idiomas. Así abandoné el pupitre para viajar —Yasir sonreía por lo bajo al ver el estado del gran sahib al-burud.

—¡Viajar! ¿Dónde?

—Al principio mis salidas fueron a Córdoba, a las librerías de la ciudad, después mis desplazamientos fueron mas distantes, Almería, Pechina, Sevilla. De estos periplos traía cosas curiosas, arquetas, cerámica, alguna joya. En el harén las concubinas se entusiasmaban con ellas y comenzaron a hacerme encargos precisos. Un día Duka me envió a visitar a un mercader de esclavas y me autorizó a comprar en su nombre. Lo hice a su entera satisfacción y me utiliza cuando lo cree oportuno. Lo mismo me ocurrió con el hachib y con otros visires. También el califa me distingue con sus encargos —contestó Yasir con exquisita modestia.

—¿Has viajado fuera del al-Andalus?

—Sí. Conozco Damasco, Bizancio, Alejandría y algunas ciudades más, Qairawam en Túnez. Puedo haber olvidado otros destinos. No esperaba estas preguntas.

—¿Quién te envió a esos lugares?

—El califa en persona.

Faiq ante esta respuesta no se atrevió a preguntar el motivo. ¿Cómo no tenía él conocimientos de la existencia de este hombre? Este detalle podría considerarse un baldón para el desempeño de su cargo, por tanto hizo como si estuviera al corriente de las andanzas de Yasir.

Antes de despedir al joven, Faiq había tomado una determinación. Cogió la documentación del cuarto candidato y, tras una somera lectura, la desechó como las anteriores, sin embargo, por cortesía le entrevistó. Le resultó engreído y altivo. Un funcionario que se encargaba de acomodar a las embajadas extranjeras. El único relieve que resaltar. Le despidió cortésmente y mandó llamar de nuevo a Yasir. Mantuvieron una larga conversación. Acordaron las relaciones entre ambos en adelante y esbozaron un incipiente esquema de actuaciones. Faiq sacó la carta que atribuían al califa fatimí de Egipto y se la entregó a su nuevo colaborador.

—¡Qué opinas? —le preguntó cuando Yasir levantó los ojos del documento.

—El autor puede ser cualquiera, pudiera darse el caso de una jugarreta de al-Muizz para excitar a Guennun.

—¿Te has fijado como describen al califa? —se interesó Faiq.

—Las cualidades atribuidas a nuestro señor no son un secreto para nadie. Ni en Córdoba, ni en el mundo entero. Los embajadores no se recatan en ponderar el carácter del califa, ese tipo de observaciones las he escuchado a numerosas personas —contestó Yasir con sinceridad.

—¿Insinúas que buscamos un fantasma? ¿Una ilusión? ¿Consideras que las descripciones del califa al-Muizz son fruto de su ardiente imaginación? —Faiq se había despachado como si le hubiera picado un violero.

—Utilizo una hipótesis. Tanto puede ser eso como que haya un espía dedicado a informar al califa egipcio desde nuestras propias narices.

Con la respuesta Yasir buscó evitar la confrontación con el sahib al-burud y se apoyó en la cantidad de hombres que dentro de los más variados oficios y profesiones habían llegado a Córdoba en los últimos años. Los comerciantes y los industriales encontraban en la ciudad del Guadalquivir un lugar idóneo para sus transacciones o para instalar su industria. Los hombres de ciencia para estudiar, traer, llevar y desarrollar ideas. No solamente árabes, abundaban los rumíes, cristianos del Norte, de tierras lejas allende de los montes Pirineos. Viajeros curiosos de otras culturas asombrados por el milagro cordobés. Esclavos de remotos lugares, de las tierras de los eslavos, del norte de Europa, de Asia, de África. De una manera u otra todos en algún momento conseguían tener relación con la corte, con los grandes oficiales califales, con los visires, con la aristocracia. A Córdoba, llegaban caravanas de esclavas educadas en Bagdad, Damasco o Alejandría. Los visires, los hombres ricos, llenaban sus harenes con estas mujeres de exquisita educación y los grandes oficiales eunucos, para presumir o hacer olvidar su disminución, compraban estas mujeres para tener su harén como personas normales. Unos y otros hablaban en sus veladas del califa, de la corte y de otros negocios que debieran silenciar. Cualquiera de los llegados seguía teniendo relaciones con el exterior y muchas de esas mujeres tenían compañeras de academia con las que mantenían correspondencia allá donde el destino les hubiera encontrado residencia. Los sospechosos serían infinitos.

—¿Dónde buscarías? —preguntó molesto el sahib al-burud.

—En la corte, en la ciudad. En cualquier lugar. Existe la posibilidad de que cualquier hombre con acceso a información se convierta en espía. Incluso uno de tus agentes, si les pagan bien. El oro hace milagros —sentenció Yasir ante la atenta mirada de Faiq.

—Es indudable la cantidad de oportunidades que tenemos ante nuestras narices. Esa es tu misión. Encontrar de donde sale la información, quien la envía. El maldito espía que come nuestro pan y habita en nuestra casa —Faiq se detuvo en busca de un argumento eficaz para estimular al hombre que tenía enfrente y al que no terminaba de ver como le hubiera gustado—. Estamos inmersos en las fauces de una terrible guerra en África para proteger nuestro califato de las garras avarientas del califa hereje de Egipto, el fatimí al-Muizz y serán muchos los hombres que con su sangre rieguen esa tierra. Habrá niños huérfanos por las calles de nuestras ciudades, sin un pedazo de pan que llevarse a la boca y sin un esperanzador futuro en el horizonte de sus vidas —el sahib al-burud intentó impresionar a Yasir y tocarle la fibra sensible del agradecimiento sin darse cuenta de que el joven eunuco que le escuchaba no necesitaba arengas.

—Las guerras han existido siempre y las consecuencias las sufrimos desde que el mundo es mundo los mismos desgraciados. Es innecesario que me enumeres las calamidades. Haré el trabajo con la mejor voluntad, podré en ello mi inteligencia y lo más granado de cuanto Dios se ha dignado entregarme. Encontraré al espía, al infiltrado, al informador, en Córdoba o allá donde se encuentre —los ojos de Yasir mostraban determinación y Faiq le miró curioso, al tiempo que se acariciaba la barbilla esperando que continuase—. Tus hombres deben buscar entre los comerciantes que llegan a Córdoba, a Medina al-Zahra. Ordénales mezclarse entre los peregrinos a los Santos Lugares, la mayoría desembarcan y embarcan en Túnez y en Egipto. El juez del mercado, nuestro zabazoque, que se esmere en comprobar los productos y los exportadores; los intendentes de los puertos las cargas y el pasaje; vigilar a los sufíis, nómadas constantes. Ellos pueden ser correos. Los vagabundos, los mendigos itinerantes, los músicos, los aventureros, los que tengan familia en otro lado del Mediterráneo. Ese trabajo no puedo realizarlo. Me sería de gran ayuda tu apoyo. La posibilidad de encontrar otra carta nos aclararía dudas —Yasir comprendió que se había excedido en su exposición.

—Mis agentes cumplen con su deber y no necesitamos tus recomendaciones. Tu misión es investigar donde no llegamos nosotros —contestó Faiq airado, con soberbia ante lo que consideró una insolente intromisión. “Si me he equivocado en la elección, tendré que matarle de inmediato”. Pensó Faiq sin quitar los ojos del rostro de Yasir.

—Mi indiscreción es imperdonable. Intentaba ser útil —Yasir se llamó bocazas en su interior y advirtió el peligro que había dentro del corpachón grasiento del sahib al-burud.

—¿Eres esclavo? —preguntó de improviso Faiq.

—No. Estoy manumitido. Soy mawla, pero sigo en mi antigua habitación de palacio. No he querido distinguirme y aceptar una casa aunque me la ofreció el califa.

A Faiq la respuesta le pilló por sorpresa. Le resultó extraña e incomprensible.

—Entiendo que es un trabajo de tu agrado. Espero que no tengamos que arrepentirnos ninguno de los dos —Faiq consideró que sería contraproducente alargar la conversación y la dio por concluida.

—También lo deseo. Amo mi tierra y a mi señor —la contestación de Yasir fue sincera y cargada de emoción. Creía en el califa y en lo que representaba, en el Estado y en al-Andalus por encima de todo.

7

Al quedarse solo Faiq llamó a un esclavo y le entregó los expedientes de los hombres que había entrevistado y añadió una caja de marfil labraba con un magnifico relieve floral, muy del gusto de viejo maestro. Se acomodó en el diván y se llevó a la boca un pastelillo de los que le habían enviado desde la cocina. Los cocineros le conocían y procuraban que en su mesa siempre hubiera una bandeja con las confituras que sabían eran las predielctas del sahib al-burud.