El viaje de Mati - Clara Gutiérrez Muñoz - E-Book

El viaje de Mati E-Book

Clara Gutiérrez Muñoz

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Beschreibung

A sus treinta y siete años, Mati intenta llevar una vida ordenada como empleada, hija, amiga, esposa y madre de dos niños de siete y diez años. Acercándose peligrosamente a la crisis de los cuarenta y sintiéndose presa de sus obligaciones diarias, Mati ve como su vida se encamina hacia un futuro tan poco alentador que no encuentra un motivo para seguir adelante: no tiene tiempo libre, se siente incomprendida, no ha cumplido su sueño y ni siquiera ella es como pensaba que sería. Inmersa en sus diálogos internos, su vida se derrumbará al verse traicionada por quien menos espera. Después de un tiempo, cuando parece que todo se pone en su lugar, se dará de bruces con una cruda realidad. Solo entonces, todo lo vivido tendrá sentido.

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Seitenzahl: 439

Veröffentlichungsjahr: 2024

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El viaje de Mati

 

Clara Gutiérrez Muñoz

 

 

 

Primera edición: enero de 2024© Copyright de la obra: Clara Gutiérrez Muñoz© Copyright de la edición: Grupo Editorial Angels Fortune Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez

Código ISBN: 978-84-127905-1-1Código ISBN digital: 978-84-127905-2-8Depósito legal: B 21627-2023Corrección: Teresa PonceDiseño y maquetación: Cristina Lamata

©Grupo Editorial Angels Fortune [email protected]

Barcelona (España)

Derechos reservados para todos los países.No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley».

 

DEDICATORIA

 

 

Quiero dedicar este libro a todas las mujeres corrientes que en algún momento sientan que pierden el rumbo de sus vidas.

También dedico este libro a todos los que os habéis cruzado en mi camino, especialmente, a los que me habéis cerrado puertas, porque me habéis hecho mucho más fuerte y segura.

La mejor dedicatoria la reservo para mis padres y mi suegra. Les hubiera encantado ver mi primer libro publicado.

 

PRÓLOGO

 

 

Todo está en calma. No hay ruidos ni gente. Solo veo una luz grande, preciosa y brillante… De repente, no me siento angustiada, ni triste, ni frustrada. Tengo una ligereza en el corazón que renueva cada centímetro de mi interior… Hay un silencio magnífico. Hacía mucho tiempo que no lo sentía y ha vuelto. Me siento en paz…

 

1

REFLEXIONAR

 

 

Madrid, 2011

 

Parada en la puerta del colegio a las nueve menos un minuto de la mañana, con el coche en marcha y sacando a los niños prácticamente por la ventanilla para que entren de una vez y me pueda marchar. La cola de coches pitando detrás de mí, sin parar, porque todos llegamos tarde a trabajar. Llueve con fuerza y los limpiaparabrisas no dan más de sí. En cuanto bajo a los niños del coche, les lanzo un beso con la mano y arranco a toda prisa porque no tengo tiempo para más. Al volver la vista, me topo con el espejo retrovisor: «¡Dios mío, qué pelo!». He olvidado peinarme con tanto jaleo y tantas prisas. Si Pol me hubiera ayudado anoche a recoger la cena, fregar los platos, planchar la ropa de los niños, limpiarles los zapatos, prepararles las mochilas para el colegio, la bolsa con la ropa de taekwondo para Jan y la de atletismo para Maya, hacer la lista de la compra y llamar a su madre para saber cómo le había ido la consulta con el médico, me hubiera acostado antes, hubiera descansado algo más, me hubiera levantado a una hora razonable y me hubiera dado tiempo de mirarme al espejo para ver que llevaba en el pelo una superpinza roja con brillantes, de esas que venden en los bazares chinos y que a nadie se le ocurre comprar ni para estar en casa. A nadie menos a mí, que no tengo tiempo ni para buscar una pinza del pelo bonita y discreta.

En realidad, si Pol únicamente se hubiera encargado de llamar a su madre y aguantar los veinticinco minutos de reloj hablando con ella, hubiera sido suficiente para mí. Pero aquí me encuentro, sentada en mi coche arrancado en la puerta del colegio de los niños y mirándome al espejo, mientras la fila de vehículos detrás de mí toca el claxon sin control. Y yo me pregunto: ¿qué ha sido de mi vida?, ¿qué ha pasado con esa chica de veinte años que tenía tiempo para pensar lo que quería hacer con su futuro?, ¿adónde ha ido? Para responder a esas preguntas con tiempo, se tendrán que alinear los astros para que yo disponga de un solo momento de paz y tranquilidad. Cuando llegue al trabajo, sacaré mi agenda de papel y mi boli para apuntarme todas estas preguntas y poder encontrarles respuesta.

Mientras circulo por la autopista camino a la empresa, me quito la pinza del pelo, la meto en mi bolso sin fondo e intento medio peinarme con los dedos, lo cual resulta aún peor, porque, al tener un pelo rizado en las puntas y ondulado en las raíces ―además de algo liso por el medio, de color más bien pelirrojo, pero un poco rubio en algunas zonas―, no puede hacerse gran cosa, solo puede quedar medio peinado y medio despeinado. Así que, con toda la dignidad que se puede tener con unos pelos así, estaciono en el aparcamiento del trabajo, salgo del coche y me apoyo en él, mojándome el culo por la lluvia y mirando hacia la fachada de espejos de la oficina. Hubiera preferido no verme reflejada en ellos, pero eso no puedo cambiarlo.

Así que camino con los ojos cerrados hacia la puerta giratoria, mientras las preguntas vuelven a asaltar mi cabeza: ¿qué ha sido de mis sueños?; ¿qué hago trabajando en un sitio que odio, con esta gente que no soporto y donde he perdido toda la motivación? De nuevo, pospongo las respuestas, porque ahora tengo que subir al ascensor y practicar la sonrisa con la que he de afrontar este día.

Al entrar en el ascensor, más espejos: «¡Joder, otra vez estos pelos!». Intento atusarme el cabello como puedo y salgo del ascensor con mi mejor sonrisa para saludar a la recepcionista:

―Buenos días, Natalia ―como si nada me pasara.

―¡Buenos días, Matilde! ―responde ella, girándose a mi paso, sin perder detalle de mi pelo.

Por cierto, soy Matilde o Mati, según el día y la persona que me llame. Tengo un marido que se llama Pol y dos hijos: Jan de diez años y Maya de siete, casi ocho. Desde pequeña he soñado con ser pastelera y tener una pastelería preciosa y exitosa, pero no se ha cumplido. Trabajo en una compañía de seguros enorme, con mucha gente ―más de la necesaria, diría yo―. Soy hija única y nací hace treinta y siete años en Holanda, pero mis padres regresaron a España siendo yo muy pequeña, ya que trasladaron a mi padre a trabajar aquí.

Vivimos durante unos años en Galicia, pero mi madre no se acostumbraba al clima porque venía del sur y le faltaban horas de sol y calor, de forma que, cuando mi padre tuvo la primera oportunidad de pedir un traslado al Mediterráneo, nos mudamos allí. Nos instalamos en Cadaqués, un pueblo precioso de la Costa Brava, con unas puestas de sol increíbles y un ambiente marinero que es difícil de superar por cualquier ciudad, por muy bonita que sea.

Mi padre prefería conducir cada día durante cuarenta y cinco minutos para ir al trabajo con tal de vivir en ese lugar, que tanta calma y sosiego le proporcionaba. Solía decir que el trayecto de vuelta a casa le servía para disipar las preocupaciones del día y, simplemente, descansar. En cambio, el trayecto de ida hacia el trabajo le servía para ordenar las ideas y afrontar la jornada. Era una persona muy inteligente y algo neurótica, pero esa excentricidad le hacía especial. Falleció de un ataque al corazón fulminante. Ocurrió en casa y nunca supimos si sufrió o no, porque, para cuando le encontró mi madre, ya estaba sin vida. Queremos pensar que no sufrió.

En cuanto a mi madre, ella es una persona muy fuerte que ha luchado mucho para salir adelante, desde muy pequeña. Empezó a trabajar duro siendo muy joven para tirar de su familia y le sirvió para hacerse de hierro. Al llegar a Cadaqués, conoció a Carmela, nuestra vecina de toda la vida a la que adoramos. Es una de esas personas a la que quieres casi como a una madre, y ha sido como una hermana para mamá, que hizo muy buenas migas con ella desde el principio y se sintió muy bien acogida. Mamá es muy pragmática, es decir, al pan, pan y al vino, vino. No divaga, no se plantea ir más allá de lo que es y vive la vida con una intensidad envidiable. Con toda seguridad, yo he salido a mi padre.

Caminando hacia mi cubículo de la oficina, recordé, como si fuera hoy, mi infancia en la costa. Me subía en el autobús de vuelta a casa después del colegio y durante veinte minutos veía campos verdes y árboles con sus copas coloridas. A medida que nos acercábamos a casa, el paisaje cambiaba, hasta que, de repente, tras un cambio de rasante, ¡puf!, el mar. Bajaba del autobús y corría hacia casa por las callejuelas empedradas y ese olor a playa tan difícil de olvidar. Era como vivir instalada en la sensación del primer día de vacaciones.

Ya he llegado a mi cubículo y mis tres compañeros no me miran ni pronuncian ninguna palabra, pero, aun así, día tras día, me armo de paciencia y les digo buenos días. A veces, alguno contesta, si está de buen humor, pero la mayoría de los días siguen en silencio con esas caras de huevos pasados. Yo me pregunto: ¿cómo he acabado aquí? Mejor será que me deje de tanta pregunta, que tengo que trabajar. Por el pasillo viene el jefe, un tipo repulsivo, alto y con barriga cervecera, de esos que quieren tapar su verdadero olor con perfume pasado de moda y que, además, se cree un sex symbol. Se peina solo la parte que ve en el espejo con bastante gomina, creyendo que cuanto más pegado esté el pelo, más limpio parece y más atractivo es. Pero mejor hoy no hablaré de peinados, porque el día se me presenta complicado en ese aspecto. Viene hacia mí andando con prisa, mirando unos papeles que lleva en la mano y cuando le faltan unos tres metros para llegar a mi mesa, se dirige a mí gritando, como de costumbre:

―¡Matilde! ¿Qué coño te ha pasado en ese pelo?

―He tenido un pequeño accidente ―respondo susurrando y tremendamente avergonzada.

En realidad, no me puedo creer que semejante personaje me pregunte a mí por mi pelo, simplemente porque no me he acordado de peinar mis rizos medio ondulados o mis ondas medio rizadas. Se apresura a recordarme que hoy tengo una reunión muy importante con los nuevos clientes. Y prosigue con su maleducado comentario:

―Y haz el favor de arreglarte un poco para la ocasión, que debemos causar una buena impresión ―dice aireando los papeles arriba y abajo y, de paso, desperdigando por la oficina su rancio olor a sudor.

―Sí, señor Vidal, no se preocupe, que lo arreglaré ―le contesto, con toda la educación que puedo, mientras miro de reojo al resto de compañeros que niegan con la cabeza, en un gesto de «no tiene remedio».

Me siento avergonzada e indignada porque no tiene ningún derecho a ridiculizarme delante de nadie, menos aún, con comentarios de índole machista y de mal gusto. Mi estilo es sencillo, pero no soy tan molesta de ver. En mi opinión, llevar una camisa bien planchada con unos pantalones normales y unos zapatos limpios, planos pero limpios, no significa ir mal vestida. Otra cosa es que, en esta maldita empresa, se prefiera a las mujeres con tacones de doce centímetros, un escote o una falda, para causar mejor impresión a los clientes babosos que se reúnen durante todo el día porque no tienen otra cosa que hacer. Seguramente, ni sus propias mujeres pijas les soportan.

Por suerte, siempre tengo en el armario vestidor de la oficina lo que llamamos una muda de arreglar, o sea, de arreglar según el criterio de mi empresa. No es más que un traje de chaqueta y falda ceñida, una camisa con algo de escote, unas medias y unos zapatos con un tacón imposible. En definitiva, digamos que me disfrazo, pero cuando acabo de trabajar, me visto como me da la gana. Con todo este disfraz, el pelo peinado en recogido, un buen perfume, un poco de colorete y una sonrisa, será suficiente para que los puñeteros clientes salgan contentos y decidan contratar una póliza millonaria con mi empresa. Odio mi trabajo.

Hoy miro a mi alrededor más de lo normal, me fijo en mis compañeros ―por llamarles de algún modo―, en el jefe, en la recepcionista, en el edificio, en la máquina de café y hasta en la planta de navidad con las hojas secas que hay al lado del baño. El día parece ser poco productivo entre tanta fijación y tantas preguntas correteando por mi cabeza. Debe ser que hoy me he levantado más baja de moral o algo sobresaltada, y la muestra más evidente es que salí de casa sin peinar. Seguro que mañana estaré mejor. Me convenzo de que tiene que haber días para todo.

Salgo del trabajo a toda prisa para recoger a los niños del colegio y llevarlos a sus actividades extraescolares: a Jan le toca taekwondo y a Maya le toca atletismo. De camino, voy repasando lo que me queda por hacer hoy, antes de irme a la cama, para que no me vuelva a pasar lo mismo con mis pelos, por levantarme tarde y acostarme demasiado cansada. Cuando deje a los niños en sus actividades, tengo que ir a hacer la compra, llevar los abrigos a la tintorería ―que los llevo en el maletero del coche desde hace dos semanas― y encargar el pastel de cumpleaños de Maya para el sábado. Después, recoger a los niños y llevarlos a casa, descargar y colocar la compra, guardar los abrigos, hacer la cena, preparar las mochilas, la ropa, cenar como una familia normal y, al fin, dormir.

Llego a casa con los niños, las nueve bolsas de compra colgadas de ambas manos, cuyos dedos se me han quedado amoratados y no los siento, el bolso cruzado y, además, los abrigos bajo el brazo. Al abrir la puerta de casa, como puedo, veo que Pol está jugando con la consola, junto a sus dos compañeros de trabajo y mejores amigos:

―¡Hola, cariño! ¿Me ayudas con las bolsas de la compra? ―le pregunto amablemente, mientras se me caen unas cuantas al suelo y suenan los botes de legumbres a punto de romperse.

―¡Hola, cielo! Estamos probando, por orden del jefe, un nuevo juego que ha salido. Te juro que me obligan.

―¡Menuda tortura! ―contesto con ironía, mientras veo que levanta el culo del sofá, en un intento de venir, pero sigue en posición de jugar con el mando en las manos. Intento fallido.

Jan entra detrás de mí, empujándome para pasar entre mis piernas, a falta de hueco para adelantarme.

―¡Un nuevo juego! ¿Papá, puedo jugar? Porfi, porfi ―exclama Jan, con los ojos como platos.

―Vale, Jan, pero poco rato, que tenemos que jugar los mayores ―le aclara Pol, mirando a sus compañeros con resignación.

―¿Y el jefe también os ha dicho que os toméis unas cervezas y unas patatas, ganchitos, nachos y pizza? ―le pregunto con tono sarcástico, a la vista de cómo han dejado la mesa del salón.

―¡Mujer! Teníamos hambre ―alega sin apartar la vista del videojuego.

―Bueno, pero ¿alguien me ayuda, por favor? ―vuelvo a repetir, por si no me han oído.

Ahí finaliza la conversación, ya que Pol, sus amigos y los niños siguen jugando y gritando, como si nada. Me rindo.

Termino las tareas con la compra, la cena y la ropa de los niños. Pol despide a sus amigos y se estira mientras se queja del dolor de espalda por jugar durante tanto rato, pero no puedo enfadarme porque, ciertamente, trabaja probando videojuegos, aunque podría haber parado y ayudarme un momento. Me siento agotada, tanto que me pongo dos despertadores, por si acaso.

Un nuevo día y me levanto con la misma sensación de ayer, aunque esta vez, me levanto más temprano y me peino. Tengo una idea: esta misma mañana llamaré a mis antiguas amigas del instituto, que hace bastante que no las veo ―aunque hemos ido hablando por teléfono, de vez en cuando―, y quedaré con ellas para tomar un vinito y charlar. Intuyo que necesito algo de distracción porque, a veces, creo que me vuelvo loca con tantas obligaciones. De hecho, si simplemente pienso que son obligaciones, entristezco. ¡Maldita cabeza! Antes no me planteaba tantas cosas. No sabría decir si era más feliz, inconsciente, ignorante o inmadura. Me obligo a parar de pensar y analizarlo todo, incluso gritándome a mí misma en voz alta. Esta noche hablaré con Pol, y seguro que me ayuda a encontrar respuesta a todo esto. Él es muy simple, en el sentido más literal de la palabra. No se plantea absolutamente nada y actúa según lo que necesita en cada momento. Es lo más parecido a un animal, que actúa por instinto. No lo digo en el sentido peyorativo de la expresión, pues el hecho de ser así me resulta realmente admirable.

He quedado con mis amigas a la salida del trabajo y, para ello, he tenido que movilizar a media ciudad y medio vecindario para poder recoger a los niños, llevarlos a casa y que no estén solos. Fue una ardua tarea, pero lo conseguí.

Tengo ganas de ver a mis amigas y distraerme un rato. Es posible que vuelva a casa como nueva, pues presiento que algo de desconexión me vendrá de perlas. Llego a la cafetería sobre las seis y media, y ya están todas sentadas esperándome.

―Mati, ¡qué guapa estás! ―dice Lucía―. ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo estás? ¿Cómo están los niños? ¿Y Pol?

―¡Hola, chicas! Lucía, te veo genial. ¡El tiempo no pasa para ti! ―Le doy un gran abrazo y dos besos. Saludo también a Paula y Cristina y me siento―. Pues estamos todos bien, la verdad, no me puedo quejar, aunque tengo demasiadas cosas que hacer cada día. No encuentro ratos para nada.

―Ni que lo digas, Mati ―contesta Paula―. Vamos a toda prisa todo el día, pero hay que intentar sacar tiempo para una, porque, si no, te vuelves loca.

―Tienes toda la razón, pero es tan difícil a veces ―le insisto con la sensación de que la conversación se está agotando.

―Pues yo estoy todo el día pendiente de mí y de lo que necesito ―dice Cristina―. El trabajo es importante y todo lo demás, pero lo primero para mí soy yo.

―Habló la que está soltera ―dice Lucía, mientras todas se parten de la risa.

Durante la siguiente media hora, hablo bastante poco y escucho su conversación. En realidad, no tengo mucho que decir y, en cambio, ellas no paran de contarse cosas que les pasan, se ríen y a mí me está entrando sueño. Pensé que el encuentro con ellas sería diferente, no sé, como si tuviera muchas ganas de saber de sus vidas. Pero la realidad es que no y, de hecho, he desconectado varias veces durante la conversación, hasta el punto de perderme en mis pensamientos y en el cansancio que arrastro desde hace días.

―Mati, ¿estás aquí? ―pregunta Paula, zarandeándome el brazo.

―Sí, perdona. Estaba pensando en todo lo que tengo que hacer después ―le contesto con un más que evidente gesto de incomodidad.

―Estábamos hablando de los tíos buenos que hay en el gimnasio ―dice Lucía―. Te tienes que apuntar porque va genial. Sales como nueva y te alegras la vista.

―Ya me gustaría, pero no tengo tiempo ni para mirarme al espejo ―sigo insistiendo en mi falta de ratos libres.

Escuchándolas hablar, lo primero que me viene a la cabeza es que no tenía que haber venido, pero no quiero apresurarme a pensar que me he equivocado. No dejan de hablar de hombres, de sexo y de lo jovencísimas que se creen por ir al gimnasio, tomar zumos detox y rodearse de veinteañeros cachas y sudorosos. Debe ser que a mí no me interesa nada de eso, o que estoy tan cansada que en lo único que puedo pensar es en quitarme estos zapatos y tumbarme, como sea, pero tumbarme. De repente, un pensamiento me sobresalta:

―¡Dios, menudo coñazo! ―digo en voz alta, sin darme cuenta. Sin filtro alguno. Todas enmudecen, incluida yo, pero como soy la que pronuncia esas palabras, no me queda más remedio que intentar dar explicaciones―. Chicas, me refería al trabajo ―intento aclarar para salvar la situación―. ¡Buf!, he tenido un día horrible, pero menos mal que estamos aquí ahora para desconectar.

Esbozo una sonrisa falsa, pero no me da tiempo a decir nada más, porque se levantan con demasiada indignación y se van.

Y aquí me encuentro yo, sola, en una cafetería a más de una hora de mi casa, con un vino que sabe a corcho y preguntándome de nuevo qué me está pasando. Obviamente, me voy. Cojo mi coche y, de camino, decido llamar a mi madre, la persona más práctica del mundo. No es la más idónea para explicarle nada porque tiene nivel 0 de empatía, pero, aun así, por el hecho de ser más mayor y ser mi madre, quizá encuentre alguna respuesta.

―Hola, mamá, ¿cómo estás? ―le pregunto con un tono muy apagado.

―¡Hola, hija! Estoy bien ―me contesta muy animada y totalmente despreocupada, como de costumbre―. Ahora mismo me pillas paseando por la playa un rato, haciendo algo de ejercicio y pensando lo que me pondré esta noche para la cena con mis vecinas.

―¡Qué bien te lo montas! Oye, mamá, quería contarte algo por si tú pudieras entender lo que me está pasando ―le pregunto de forma directa, casi sin importarme lo que ella me tuviera que decir.

Empiezo a relatarle con detalles todo lo que me ocurre, desde ayer, cuando descubrí que no me había peinado. Tras más de quince minutos hablando, mi madre halló la respuesta.

―Hija ―dice con voz muy seria―, yo de ti tiraría esa pinza roja con brillantes. Solo te ha traído más problemas a tu crisis de los cuarenta.

Bien, es evidente que mi madre no es la mejor consejera, porque ni siquiera voy a cumplir cuarenta, así que me despido de ella hasta otro día.

Cuanto más me acerco con el coche a casa, menos ganas tengo de llegar. Ni siquiera soy consciente de mis pensamientos durante todo el trayecto. Solo sé que, mientras conduzco como una autómata, me embarga una sensación de angustia y ansiedad horrible. Me quedo durante unos minutos en el garaje con el coche parado, en silencio, intentando normalizar la respiración y diciéndome a mí misma en voz alta: «Vamos, Mati, que esto no es nada. Seguro que es una racha un poco rara, uno de esos días en los que estás más deprimida o más estresada y se pasará».

Sigo esperando al momento idóneo para hablar con Pol. Él me conoce bien y tiende a simplificarlo todo tanto que me convence, a veces, con sus banales argumentos. Cuando llego a casa, Pol está jugando con los niños, corriendo por toda la casa y pegándose con los espaguetis de espuma, la ropa sin doblar encima de la mesa, los cojines esparcidos por toda la casa, las mochilas del colegio tiradas en la entrada y apenas se puede pasar. Han hecho experimentos en la cocina y no queda un hueco libre ni limpio entre tanto cacharro sucio.

¡No puedo creerlo! Tengo el ánimo por los suelos y lo único que quiero es llegar a casa y encontrar un mínimo de comprensión, pero no, tengo que recogerlo todo porque, si intento hacerles entender lo cansada que estoy, acabaré por darles un tortazo a cada uno y acostándome antes de tiempo. Prefiero guardar la calma y seguir con la rutina, porque no tengo tiempo para más.

Ya en la cama, Pol revisa su móvil y le digo que quiero hablarle de algo que me está sucediendo. Sin levantar la vista del móvil, me contesta asintiendo.

―Pues verás ―empiezo a explicarle, casi con vergüenza―, llevo algunos días un poco rara. No solo me encuentro desmotivada con todo, sino que me hago preguntas que nunca me había planteado hasta ahora. ―Pol deja de mirar el móvil y me presta más atención, haciendo un gesto para que continuara hablando―. No es que antes no pensara en nada, sino que me cuestiono las cosas más básicas de mi rutina y mi vida. Por ejemplo, ¿qué hago yo trabajando en un sitio como ese? O, de repente, echo de menos mi niñez en la costa.

Pol hace una mueca con la cara como insinuando que sabe de lo que hablo, y me alivia pensar que, por un momento, me entiende y tiene una frase de las suyas a tiempo.

―Cariño, estás con la regla o en esos días raros, ¿verdad? ―me pregunta orgulloso de su intuición.

―Pol, no puedo creer que me preguntes semejante estupidez. Te expreso mis sentimientos y ¿eso es lo único que se te ocurre preguntar? ¡Pues no!, para tu interés no estoy con la regla ni tampoco en esos días raros, pero no te preocupes, que no te cuento nada más. ¡Duérmete, que debes estar muy cansado de jugar!

Me doy media vuelta, apago la luz y, aunque tengo ganas de llorar, prefiero contenerme para que no crea que puede herirme cuando quiera.

Me acomodo para dormir y evitar esta ridícula conversación. Pol tampoco intenta arreglarlo y me da las buenas noches antes de dormirse en los siguientes veinte segundos.

Paso toda la noche dando vueltas. Me duermo, pero de repente me despierto totalmente desvelada, y mi cabeza empieza a centrifugar. Hasta llego a imaginar cómo sería mi vida sin Pol y sin los niños. Me imagino una vida con tiempo libre para descansar, para dedicarme a estudiar pastelería ―un sueño sin cumplir―, salir y hacer ejercicio. Mis sentimientos al imaginarme sin ellos son de dolor, por lo que, automáticamente, empiezo a descartar opciones. Sí, se trata de mi famosa y recurrente teoría del descarte, que suelo utilizar bastante ―supongo que ni siquiera debe existir como tal―. Se basa en lo siguiente: en lugar de rebuscar entre todas las causas que pueden provocarme sentimientos o sensaciones negativas, busco aquellas otras que no lo hacen. De esta forma, puedo descartarlas para ir acotando el origen de mis preocupaciones.

Llegada a este punto, tengo claro que no quiero estar sin Pol ni sin los niños. Pero, si tan claro lo tengo, no entiendo por qué a veces no los soporto. Me siento la peor madre y la peor esposa del mundo por pensarlo siquiera, aunque sea de forma fugaz. A cualquiera que le explique esto le parecerá que estoy loca.

Bueno, entonces, dejemos el tema de Pol y los niños, y pasemos al trabajo. ¿Qué me ocurre con el trabajo? Estoy trabajando en una gran empresa, con compañeros imbéciles y un jefe repulsivo, pero ¿y quién no? Me pagan un sueldo que no está mal, por un horario que no está mal, un trabajo que tampoco está mal y, sin embargo, yo no soy feliz. Si no tuviera trabajo, estaría llorando por las esquinas y, si lo tengo, no me hace feliz. Creo, definitivamente, que estoy perdiendo la cabeza ―de nuevo, me lo repito en voz alta―. Lo peor de todo es que, si alguien me preguntara en qué me gustaría trabajar, no tendría la respuesta, porque mi sueño de ser pastelera me parece ridículo y ya se me pasó el arroz para eso. Estudié la carrera de Ciencias Políticas porque pensé que tendría opciones y, por aquel entonces, me gustaba la política y estaba bastante involucrada con esos temas en la facultad. Cuando me hice mayor, perdí el interés. Seguramente, me equivoqué de carrera. Me he preguntado muchas veces por qué demonios elegiría Ciencias Políticas. Ahora no me gusta la política, pero ¿cómo iba a saberlo? La sociedad te empuja a estudiar una carrera que eliges, casi, al azar. Nadie te enseña cómo te irá la vida si trabajas de aquello que estudiaste; nadie te prepara para saber si tienes verdadera vocación, o si lo harás bien o mal, o si serás desgraciada toda tu vida por haber perdido tu juventud haciendo algo que no te llenaba. Yo no tuve ninguna señal ―o no las supe interpretar― y estudié Ciencias Políticas, como podía haber estudiado Psicología o Magisterio. Jesús, ¡quedan diez minutos para que suene el despertador! Mejor lo apago, me levanto y me lavo la cabeza, que hace días que no lo hago, debido a una extraña pereza. Después me peinaré para empezar bien el día.

Son las ocho y cuarto de la mañana y llueve. Espero que mañana haga buen tiempo, porque celebramos el cumpleaños de Maya. Mi niña cumple ya ocho años y tengo mil cosas que preparar, pues viene a la fiesta toda la familia, vecinos y catorce niños con sus respectivos padres. Vivimos en una casa pareada y las fiestas en el jardín se podría decir que son casi comunitarias, porque estamos muy juntos y la intimidad brilla por su ausencia. Pero, en el fondo, no me importa, porque son buena gente y, a veces, me han ayudado cuando lo he necesitado. Sin ir más lejos, se me ocurre aquella ocasión en la que cerré la puerta con las llaves dentro y tuve que saltar la valla por el patio del vecino. En falda, por supuesto. Quizá, si le cuento mis problemas a la señora Carmen, encuentra mi solución. Mejor no, porque a sus ochenta y dos años, ya tendrá suficientes problemas que resolver.

Estoy bastante soñolienta. No he dormido nada esta noche con la actividad mental de mi cabeza, y creo que hasta tengo algunas décimas. Mejor me voy ya a trabajar antes de que llegue tarde. Hoy se encargará Pol de recoger a los niños del colegio, lo que me parece un lujo.

Llego a la oficina y ahí están los compañeros de siempre, pero hoy ha venido Sofía a dejarme una nota en el teclado. Es la única amiga que tengo aquí. Fue la primera persona que conocí cuando entré nueva en la firma y trabajamos juntas durante un largo tiempo. Más tarde, la cambiaron de departamento a la otra punta de la oficina y ya casi no nos vemos. Sofía es muy extrovertida, le gusta hablar hasta por los codos y a todas las personas que se cruzan con ella les dice algo, ya sea una broma, un chiste o un chascarrillo. A veces, paso algo de vergüenza a su lado, pero lo hace de manera tan espontánea y natural que nada se le puede reprochar. Siempre tiene una sonrisa para todo el mundo, pero, en lo que respecta a hablar como personas adultas, Sofía tiene el inconveniente de ser muy dispersa. A veces, desayunamos juntas en los quince minutos de descanso, y me pone nerviosa hablar de algo con ella porque, habitualmente, se acaba el descanso para comer y no consigue centrarse en el hilo de la conversación. Yo le cuento, de forma superficial, lo que me ocurre y ella me escucha, pero únicamente atiende a la última frase que he pronunciado. Lo mismo hace con los mensajes del móvil; esto es, le envío algún mensaje que contiene tres preguntas y solo contesta a la última. Y eso me saca de quicio, pero, como digo, lo hace sin intención alguna. Simplemente, ella es así. La cuestión es que me ha dejado una nota que pone «¿Hoy café?», con una cara sonriente, otra cara sonriente, un lazo, una flor, un corazón, unos bigotes de gato, un «holi» en una esquina, un «besitos» en la otra esquina y su firma con una doble F. Siempre firma «FF» porque le gusta que le llamen Fifí, en lugar de Sofía. Dice que su nombre suena a monarquía.

Tengo una reunión en cinco minutos y no tengo ganas de ver a los seis jefes que tengo. Entre todos, deben sumar más de quinientos años. Ahí estarán, mirándome con esas caras de estreñimiento crónico. Tengo que ir a la reunión porque nos han convocado a todos los del departamento. Quieren explicarnos las novedades en materia de personal, pero no me voy a pronunciar con respecto a nada porque no tengo ganas de hablar. Lo único que me apetece es meterme debajo de mi mesa en posición fetal.

Me levanto de la silla para irme a la reunión y al encajar mi silla dentro de la mesa, como me enseñaron las monjas del colegio, no me puedo creer lo que veo: ¡he manchado toda la silla! Me ha venido la regla en este preciso instante y he estado tan ocupada pensando en todo lo demás que ni me he acordado. Y lo que es peor, puede que Pol tuviera razón, pero no se lo diré porque sentaría un peligroso precedente. Y ahora no sé qué hacer porque tengo una reunión y llevo mis pantalones grises manchados, tanto que no puedo disimularlo. Cojo el neceser de emergencia de mi cajón y me voy al baño a paso ligero y de medio lado por el pasillo para que nadie se percate ―aunque si pretendía pasar desapercibida, he conseguido todo lo contrario―.

Por fin en el baño y resulta que están los tres ocupados. Me toca esperar. Me suele pasar que cuando están todos ocupados y espero, cuando sale la primera de su váter y entro yo, siempre me toca la que ha defecado, no la que ha orinado. Y en lugar de salir y esperar a otra persona, pues no, me quedo dentro con arcadas mientras orino, porque me da apuro salir y que esté aun lavándose las manos. No debería darme a mí el apuro, pero así es. ¿Tanto cuesta poner en los baños un ambientador o algo que quite la peste a podrido? No entiendo lo que come la gente. En fin, que no puedo esperar mucho más y me pongo a llamar a las puertas de los tres váteres para meter prisa, como una auténtica loca. Menos mal que ha salido una que solo había orinado. Me apresuro a solucionar el problema como puedo, y acabo por atarme la chaqueta a la cintura. ¡Bendita chaqueta! Voy hacia mi sitio y ya están todos en la reunión, así que corro por el pasillo y llego diez minutos tarde, de modo que todos esos señores estreñidos se giran para mirarme, en silencio. Uno de mis jefes me hace un gesto para que entre y me siente, pero no quiero sentarme, porque no puedo. De eso nada, prefiero estar de pie.

―Siéntate, Matilde, no hay nadie de pie y esa silla es para ti ―me ordena el jefe mayor.

Me siento muy despacito, de lado, sobre la cadera, y todos me miran como si fuera un bicho raro. Por Dios, que acabe pronto, por favor, no aguanto más rato aquí sentada con la cadera, que se me ha dormido la pierna y tengo el costado a punto de colapsar. Una hora después, por fin acaba. Me levanto y veo la silla limpia, sonrío y, al acercarme a la puerta, el señor Vidal se dirige a mí, susurrando tan cerca de mi cara que me dan ganas de llorar al oler su asqueroso aliento.

―Esta moda ridícula de atarte la chaqueta a la cintura para una reunión como esta, a la que llegas tarde, que no se vuelva a repetir. Y no te lo diré dos veces.

―Disculpe, señor Vidal ―le contesto avergonzada―. He vuelto a… tener otro accidente.

Me paso el día con la chaqueta atada a la cintura y, cuando se lo explico a Fifí en la hora del café, rompe a reír a carcajadas en la cafetería, hasta casi llorar de la risa.

―Madre mía, Mati, ¡a tu edad que te pasen estas cosas!

―Lo sé. No entiendo cómo he tenido semejante despiste justo hoy, el día de la reunión.

―Bueno, eso te ha mantenido distraída de lo que se ha hablado. De los próximos despidos, me refiero.

―¿Despidos? ¿A quién despiden? ―le pregunto con ansia, porque, evidentemente, no me he enterado de nada. Estaba tan pendiente de mi accidente que he olvidado todo lo demás.

―No lo han dicho, solo nos han adelantado que deben reducir gastos y tienen que recortar plantilla en casi un cuarenta por ciento. Así que es posible que estemos dentro de ese porcentaje.

En este instante, dejo de prestarle atención, y lo primero que me viene a la cabeza es la cuota de la hipoteca, el préstamo del coche, el colegio de los niños, el seguro de la casa. Si me despiden, ¿cómo vamos a afrontar todo eso? No puedo permitírmelo, de ninguna manera. Anoche perdí el sueño pensando que este trabajo no me hace feliz y hoy me tengo que aferrar a él como a un clavo ardiendo si quiero seguir haciendo frente a mis pagos. E inmediatamente caigo en la cuenta de que tengo que recoger todo lo encargado para la fiesta de Maya y pagar los quinientos euros que me cuesta la broma. Me siento tremendamente mal, porque no debería gastarme eso en una fiesta, sabiendo que, quizá, estoy a las puertas de quedarme sin trabajo. Mis problemas no acaban nunca.

―Está bien. Tranquilízate, Mati. Hoy no vas a solucionar nada. Más vale que te metas en el coche, te vayas a casa y mientras lo haces, te acuerdes de respirar ―me intenta calmar Sofía al ver mi reacción.

 

Hoy es el cumpleaños de Maya, y viene corriendo a la cama gritando el cumpleaños feliz. No puedo contarle a Pol lo que me ocurre en el trabajo porque hoy es un día importante para Maya y no quiero que nos vea hablar o, incluso, discutir. No puedo hacerle eso. Por lo menos, hoy no. He vuelto a pasar la noche en vela, pero estaba tan cansada, que una cabezada he podido dar al amanecer, hasta que Maya me ha despertado sobresaltada con su canción de cumpleaños. Es normal, es una niña emocionada con su fiesta. Aparcaremos todo lo demás para ponerme, de nuevo, mi mejor sonrisa e intentar parecer la persona más feliz del mundo. Antes, tengo que ir a recoger su pastel, uno de chocolate y nata, que es su preferido.

Cojo el coche y me acerco a la pastelería, sin quitarme de la cabeza mi nuevo problema, e intentando idear un plan, por si finalmente me despiden. Llego a la pastelería y me quedo embelesada con todos los pasteles de la nevera, con esos colores brillantes que dan ganas de hacerles una foto. Tengo que esperar un cuarto de hora para recoger la tarta, así que decido tomarme un café mientras me registro en todas las páginas de búsqueda de empleo y, seguidamente, presa del pánico, empiezo a solicitar, sin ton ni son, los primeros trabajos que veo. En la mayoría de ellos, pagan una miseria y exigen mil cosas. En el mejor de los casos, con uno de estos sueldos, podría pagar la mitad de lo que pago ahora. A última hora, decido invitar a Fifí a la fiesta, ya que es la única que conoce mi nuevo problema y con la que puedo intercambiar alguna impresión, antes de que la ansiedad acabe conmigo. Mientras le mando a Fifí un mensaje para darle los detalles de la fiesta, se acerca un chico a mi mesa.

―Perdona, te miraba desde la puerta y creo que te conozco. ¿Eres Mati?

Antes de contestarle, le miro de arriba abajo intentando averiguar de quién se trata. Es un chico alto, bastante guapetón y una sonrisa que me resulta familiar.

―Sí, soy Mati ―contesto con incredulidad―. ¿Quién lo pregunta?

―¿En serio no me recuerdas? Te daré una pista.

Se pone a hacer el gesto de Spiderman con las muñecas.

―¡No puede ser! ―contesto―. ¿Joel? ¿Eres tú? ―le pregunto con cara de sorpresa máxima y dándole un gran abrazo.

―¡Pues claro! Pero ¡vaya casualidad! ¿Qué haces tú aquí? Pensé que seguías viviendo en la playa.

―Ya ves, yo también pensaba regresar a casa, pero mi marido, entonces novio, encontró una oportunidad de trabajo en Madrid y no pudo rechazarla. Nos casamos y nos mudamos aquí. Y aquí sigo, con un marido, dos hijos y una hipoteca.

―¡Vaya, Mati! ¡Menuda envidia me das!

En este momento, la pastelera me acerca la tarta, pago mi café y me despido de Joel.

―Tengo que irme ya, pero oye, vamos a darnos los teléfonos y quedamos un día para que vengas a casa y conozcas a Pol y los niños. Me alegro mucho de verte, Joel.

Nos cambiamos los teléfonos y me voy. De camino a casa, voy pensando en mi amigo Joel. Éramos inseparables durante los dos primeros años de carrera, hasta que cambió de universidad y se fue a estudiar idiomas al extranjero. Allí me quedé yo, sola y echándole de menos. Nos reíamos mucho juntos, lo pasábamos bien. Nunca tuvimos una relación sentimental, aunque éramos tal para cual.

El gesto de Joel como Spiderman se debe a una noche que salimos por el campus, con el resto del grupo de amigos. Bebimos todos más de la cuenta y, con esa edad, poco riesgo ves en nada de lo que haces. Había aparcado un furgón de policía justo enfrente de la cafetería del campus, con dos policías sentados dentro, tomando café. Yo iba tan ebria que ni los vi a ellos dentro y ni siquiera me percaté de que fuera un furgón policial. Empecé a hacerme la Spiderman subiéndome encima del furgón; hasta me quité la chaqueta, la ropa y me dejé solo las medias y la ropa interior para imitarlo mejor. Me vine arriba y me colgué del lateral de la baca, con un pie en el techo del furgón y el otro apoyado en el cierre de la puerta ―de forma que mis partes más íntimas quedaron en la ventanilla del policía―, cantando una canción de Queen, como si tuviera algo que ver. Joel y el resto del grupo no podían reírse más, mientras los policías se quedaban estupefactos viéndome allí colgada del furgón, imitando a Spiderman con unas gafas de sol puestas a las cinco de la mañana. La imagen más triste y patética que habían visto nunca. Como es lógico, me querían detener, pero finalmente Joel les convenció para que me dejaran ir, mientras me ayudaba a vestirme. Me tuvo que coger en brazos y sacarme de allí porque no paraba de cantar y lanzarles besos en mis telas de araña. Con diferencia, aquella fue mi peor borrachera. Esa noche no la olvidaremos así como así, sobre todo yo, que cogí una gripe que me duró dos semanas. Pero era tan maravillosamente inconsciente y feliz que daría cualquier cosa por volver a esa época.

Durante el trayecto a casa pensando en Joel, casi se me olvida que, en poco tiempo, estaré sin trabajo y que sigo con mis preguntas y mis estúpidas indagaciones acerca de mi vida.

Ya empiezan a venir los invitados y Maya está preciosa. Jan está encantado con tanta gente en casa y no para de corretear por todos lados con sus amigos. Pol habla con los vecinos animadamente mientras se bebe una cerveza y pica algo de comer. Hasta ha venido mi madre y me ha regalado una pinza para el pelo, más discreta que la mía. Por cierto, aún la debo llevar en el bolso, entre unas mil quinientas cosas más ―de hecho, el otro día, me encontré un cacahuete fosilizado y una pomada para el herpes labial que estaba caducada―. También acaba de venir Fifí, que le ha traído a Maya un pez en una bolsa. Maya se ha quedado encantada con el pez, mientras yo, lo único que veo, es una pequeña máquina de comer, de ensuciar y a la que hay que cuidar. Miro a Fifí y me encantaría ser como ella, tan despreocupada, tan joven, tan tersa, tan relajada, no se para a pensar en mañana. Ella solo sonríe y ríe.

Aquí estoy, sentada en la cocina, mirando a Fifí y viendo cómo se entretienen los invitados en el jardín, mientras divago pensando en mis años de universidad con Joel, las risas, sin problemas de facturas ni compromisos. Solo estudiar y vivir. Más vivir que estudiar, en realidad. Lo cierto es que teníamos una gran dosis de suerte y muy buena memoria para aprobar los exámenes. Viene Fifí a la cocina a buscar un poco de hielo y aprovecha para charlar conmigo.

―Mati, deberías relajarte un poco. Vamos, disfruta de la fiesta.

―Para ti es fácil, Fifí, porque no tienes hijos y quizá no te despidan.

Ella vuelve a soltar una carcajada mientras se balancea hacia atrás.

―Pero, Mati, si ni siquiera sabes si te van a despedir. A lo mejor hasta me despiden a mí. ―Me coge del brazo sonriendo y me lleva al jardín haciendo un intento de bailar conmigo―. ¡Vamos, anímate, vive el momento!

Todos los invitados a la fiesta acabaron bailando. Todos menos yo, que estoy muy ocupada pensando en mi despido, en Joel, en mis años de universidad y en todo lo que tendría que recoger y fregar después de la fiesta. Como mínimo, me voy a permitir hoy tomarme una copa de cava y brindar por mi niña, por su felicidad y por su futuro.

 

La fiesta de ayer fue muy divertida. Los vecinos le regalaron a Maya un diario de esos que llevan candado y un peluche enorme que apenas cabía por la puerta. Le hizo mucha ilusión. Estaba resplandeciente y, por un momento, al mirarla, me olvidé de mis problemas. Pol se divirtió haciendo payasadas y entreteniendo a todos los invitados. Ciertamente, estaba en su salsa. Mi madre vino especialmente para el cumpleaños y se quedará unos días en casa antes de volver a la suya, lo que me viene de perlas para tener algo de tiempo para mí. Ella siempre está de buen humor, incluso cuando parece que discute, te mira sonriendo e insultándote a la vez. No entiendo cómo puede hacer eso con tanta naturalidad. Ojalá yo hubiera heredado esa habilidad, en lugar de transmitir cosas con mis expresiones faciales, cosas que ni yo sé que estoy pensado.

Le propongo a Pol salir solos a cenar e intentar pasar algo de tiempo juntos, ya que la rutina parece imponerse cada día con tanta fuerza que ninguno se atreve a romperla.

Para ser sincera, en el caso de Pol la rutina no existe, porque su mentalidad infantil le permite disfrutar de casi todo lo que hace, incluso de «limpiar» la casa. Su ritual consiste en coger la escoba o la fregona y canturrear cualquier canción que le viene a la cabeza con una pasión inexplicable, para, a continuación, hacer el payaso descontroladamente. A veces, acaba incluso disfrazándose y deleitándonos con una actuación en el jardín, siempre vitoreado por los vecinos. Todo esto empieza por una intención de limpiar la casa. Llevamos años juntos y a veces le miro y me intriga qué debe estar pasándole por la cabeza en ese momento, pero nunca le pregunto porque temo la respuesta. Los niños se lo pasan en grande con él porque se deja hacer todo tipo de locuras, incluso, en la mayoría de las ocasiones, ocurren por iniciativa de Pol. Los niños, obviamente, se ríen a carcajadas con cualquier tontería que hace o dice. Yo soy la que siempre intento poner orden y cordura en esas situaciones y, claro, soy la aguafiestas de la casa.

―¡Jo, mamá, déjanos jugar con papá un ratito más!

―Papá debe hablar con mamá de cosas de adultos, así que, Pol, por favor, levántate del suelo, límpiate el maquillaje de la cara, que tienes una reunión con tus jefes por videoconferencia en veinte minutos.

Y así cada día. A veces me siento la única adulta de la casa, sobre la que pesa toda la responsabilidad, lo cual es tremendamente agotador. Tengo dudas acerca de si Pol sería capaz de criar él solo a los niños y sacar adelante la casa si a mí algo me ocurriera. Prefiero no pensarlo porque me pongo mala.

Pol acepta mi propuesta de cenar fuera, claro está. Es de las pocas veces que podemos salir solos y relajados, al menos yo, porque quien cuida a mis hijos es mi madre, no es una extraña. Le dejo las instrucciones de todo lo necesario y subo a arreglarme un poco. Se me ha olvidado cómo arreglarme para salir a cenar, pero Pol se encarga de levantarme el ánimo.

―Mati, cariño, deja de mirar el armario como si esperaras que la ropa saliera sola. Cualquier cosa que te pongas te quedará bien, como siempre.

Me gustaría no estar como siempre esta noche. Quiero que vea alguna diferencia para así notar que estoy rompiendo la rutina, aunque sea únicamente con mi ropa. Decido ponerme un vestido negro ajustado en la cintura, de esos que se atan con su propio cinturón en un lazo en la cadera, unos tacones, mi indomable pelo recogido en un moño despeinado, algo de maquillaje y un bolso de mano. Bajo a la cocina y Pol, que me ve venir, me suelta:

―¿Ves, cariño? Casi sin esfuerzo, estás monísima.

¿Monísima? no quiero estar monísima; las niñas de comunión están monísimas; los cachorros son monísimos. Yo quiero estar guapa de verdad, que mi marido me vea y se le escape un «¡guau, menudo pibón!», y que recuerde lo que tanto le gustaba de mi cuando nos conocimos, pero no un «estás monísima».

―Por Dios, Pol, ¿podrías esforzarte algo más con tus piropos? He tardado más de una hora en arreglarme.

―Mati, cielo, no te enfades. Ya sabes que a veces no tengo la mejor forma de expresar las cosas, pero lo intento. Estás increíble, de verdad.

Podría haber seguido discutiendo, porque me quedé con ganas de decirle que ya es hora de que aprenda a decir lo que tiene que decir, en lugar de esforzarse tanto para otras cosas que no sirven para nada, pero decidí no continuar porque hubiera estropeado la noche. Pensé: «Mati, no eches a perder la cena. Haz el favor de hacer oídos sordos y concentrarte en lo bueno que tiene Pol, que seguramente son muchas cosas, aunque ahora no se me ocurra ninguna». Sin querer, me ha cambiado hasta el humor y me da rabia ser así.

Vamos a cenar a un restaurante al que hacía meses que no íbamos, restaurante que había buscado yo, claro. No voy a negar que hubiera deseado que Pol se esforzara por llevar la iniciativa y sorprenderme por una vez. Ya sabéis, tener esa sensación de que tu marido se ha molestado en pensar cómo hacer para ayudarte en esas crisis raras que todos pasamos. Estaréis de acuerdo en que, proponer una cena en un restaurante no es nada del otro mundo, pero hay momentos en los que, hasta lo más insignificante representa todo un mundo para ti. Pol se deja llevar absolutamente con todo, lo que me deja a mí el peso de dirigir nuestra relación. A veces se agradece, pero otras veces cansa, y ese punto es el que no entiende o, más bien, el que ni siquiera se le pasa por la cabeza. Y lo peor de todo es que nada lo hace con mala intención, pues, simplemente, él es así y ni se plantea la mitad de las cosas que me planteo yo. Sé que me quiere, pero, a veces, hacen falta demostraciones con hechos, con pruebas palpables de que eso es así, porque darlo por supuesto es peligroso. Pol no llega a esta conclusión jamás. Es curioso que lo que más me atrajo de él hace años ahora sea lo que más me molesta. Me refiero a esa dejadez con las cosas, su forma de ver la vida sin preocupaciones ni sentido de la responsabilidad. Un aspecto que antes era atractivo para mí y ahora me agota y me exaspera. En ocasiones, me dan ganas de darle una torta y preguntarle a gritos ¿en qué mundo vives, Pol?, ¿qué edad mental tienes? Pero, lógicamente, no puedo hacerlo, porque le he conocido así y ahora no es justo exigirle que cambie ―además, si lo hiciera, me encerrarían por neurótica―. Pero, por otra parte, yo he cambiado, he tenido que dejar de ser Spiderman cantarín para asumir responsabilidades de adulto y criar a los niños, para trabajar en algo que odio y convertirme en la mujer que soy ahora.

Ya estoy otra vez igual, hablando conmigo misma y con mi propia cabeza. Trataré de ver el lado positivo de todo esto, tras respirar despacio e intentar relajarme esta noche.

Ya hemos llegado al aparcamiento del restaurante. Pol abre la puerta y entra, en lugar de hacer el gesto de dejarme pasar a mí primero, por pura cortesía. Me lo está poniendo francamente difícil, pero hago como si no me importara. Me mira, pero no creo que se haya dado cuenta de que me ha molestado.

Nos ponen en una mesa más íntima, porque así lo pedí, algo alejada del paso de los camareros y del resto de la gente. Suena una melodía muy agradable, aunque no es un restaurante excesivamente elegante. Es el tipo de local que si vas con vaqueros no te sientes cómoda y si vas de veintiún botones, tampoco. Sería un término medio tirando a elegante. Yo sigo enfadada con Pol por lo del vestido, a lo que sumo su falta de cortesía por no abrirme la puerta para que pasara yo primero, pero me esfuerzo por disimularlo. Él está emocionado, sonriendo y mirando a todas partes e intentando quedarse con todos los detalles, como si nunca hubiera salido a cenar. Nos traen la carta y Pol me propone una idea de las suyas.

―Mati, te propongo un juego: en lugar de pedir la cena normal, como las personas aburridas, vamos a cerrar los ojos, mover el dedo por la carta y, donde se pare, sin mirar, eso pedimos. Da igual si nos gusta o no, lo pedimos y nos lo comemos, desde el aperitivo hasta los postres. ―Y empieza a reír él solo hasta llorar.

―Pol, me parece una tontería. Aquí los platos no son baratos y si me toca algo que no me gusta, no me lo voy a comer. Prefiero aprovechar la única ocasión que tengo para disfrutar de una cena que no he hecho yo.

Pol hace un gesto dándome a entender que soy una aburrida, y yo le sonrío como en un intento de disculparme por no entrar en su juego. Finalmente, me pido lo que me parece que me va a gustar más y Pol pone en práctica su estúpido reto. El camarero ahí esperando y él con los ojos cerrados moviendo su dedo por la carta, como si se tratara de un niño de tres añitos. Francamente, me siento avergonzada. Además, tiene tanta suerte que encima le toca lo que más le gusta.

―¿Ves, Mati? Cuando te prestas a la diversión, la suerte viene a ti ―me dice en un tono serio y con un semblante que parece enfadado.

Prefiero no contestar porque, sinceramente, me ha descolocado un poco, y decido ignorarlo, como habitualmente hace él conmigo.