El viaje de Remis - Jesús Ignacio - E-Book

El viaje de Remis E-Book

Jesús Ignacio

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Caos y destrucción… eso es lo que la joven Remis encuentra cuando sale de su nave tras el aterrizaje accidentado en Pentulión. La muchacha sigue las pistas para cumplir una misión, encriptada en forma de enigma. Pero no es fácil desvelar los misterios del Cosmos sin ayuda. Remis se encontrará con compañeros dispuestos a ayudarla y otros que le impedirán la misión. Y junto a sus nuevos amigos, explorará el vasto espacio y los planetas del sector Bloomfish… mientras sigue la cuenta atrás para desvelar el enigma.

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El viaje de Remis

© de los textos, Jesús Ignacio Garza Olivares

© de la fotografía del autor, José Ramón Garza Provecho

© de las ilustraciones, Juan Ramón Clapers Calvo

Ediciones El Drago

www.edicioneseldrago.com

[email protected]

Edición permanente, 2021

ISBN: 978-84-18813-18-4

DL: M-24002-2021

ISBN ePub: 978-84-18813-06-1

Diseño y maquetación: Montaña Pulido Cuadrado

Impreso en España – Printed in Spain

Impreso en papel reciclado

Se garantiza que el papel empleado en este libro proviene

de bosques sostenibles, y que la pasta de papel no ha sido tratada

con cloro para el proceso de blanqueamiento. El cloro es un

elemento muy contaminante y los desechos del proceso de

cloración de la pasta de papel arrojan al medio residuos

altamente contaminantes. Además, este papel ha recibido

la certificación como producto ecológico por parte de la UE.

La reproducción parcial o total de este libro, mediante

cualquier medio, vulnera derechos reservados. Queda

prohibida toda utilización del mismo sin el permiso previo

y explícito de los editores.

Sinopsis

Caos y destrucción… eso es lo que la joven Remis encuentra cuando sale de su nave tras el aterrizaje accidentado en Pentulión. La muchacha sigue las pistas para cumplir una misión, encriptada en forma de enigma.

Pero no es fácil desvelar los misterios del Cosmos sin ayuda. Remis se encontrará con compañeros dispuestos a ayudarla y otros que le impedirán la misión. Y junto a sus nuevos amigos, explorará el vasto espacio y los planetas del sector Bloomfi sh… mientras sigue la cuenta atrás para desvelar el enigma.

Índice

Sinopsis

Una batalla en trance

Los lazos de las Cinco columnas

La expedición del Cosmos

Un espectáculo entre estrellas

Conocimiento prístino

EPÍLOGO. El saber no ocupa estómago

Glosario de neologismos

Agradecimientos

Sobre el autor

Vaya dedicada mi primera obra a todos aquellos

en quienes me he inspirado para poder hacerla realidad,

en particular a mis padres, pues sin

ellos no habría una mínima orientación en la historia;

y a mis congéneres, tíos, tías, primos y primas,

cuyos consejos y apoyo fueron luces en mi proyecto.

Y a todos quienes me prestaron una feliz idea, también se la dedico.

Una batalla en trance

Entre los escombros de una ciudad, una figura de no más de un metro sesenta de altura, reprime un profundo bostezo. La mujer, aún en estado de ensueño, levantó la vista hacia el horizonte y vio un pájaro posado en las ramas de un árbol cuya altura supera en más de cuatro veces a los edificios que hay en sus inmediaciones. Ella parece de mediana edad, aunque luce un aspecto joven y risueño en parte. Es delgada, pero no en extremo. No se puede translucir completamente por la situación, pero se diría que rige una pose noble o digna. Su ropa va de acorde a su estatus social, aunque sin destacar ninguna marca en concreto. La chaqueta ha quedado intacta a la caída y muestra un brillante color escarlata. Esta persona, que podría parecer poco importante a ojos inexpertos, ha sido enviada desde los confines de Virditel junto con sus fieles drones, aunque ahora no divisa a ninguno de ellos. Lo único que ve es caos, confusión. Hay hombres corriendo de aquí para allá, gritando cosas sin sentido mientras ella trata de comprender qué ha pasado. La devastación asola las calles de Pentulión… así comienza el viaje más asombroso de Remis.

Remis se incorpora como puede, después del trance que ha soportado durante más de dos días. Ingeniera interestelar de formación, se decide a investigar los recientes sucesos en el laboratorio de las Cinco columnas. Pero todo es confuso, a su alrededor hay cúmulos de basura ardiendo a intervalos regulares y el desorden público está generalizado, pues muchos habitantes no dejan de pedir auxilio a viva voz. ¿Qué ha pasado? La enviaron con una misión: desentrañar el conocimiento oculto en el cosmos infinito. Por supuesto, no estaba sola. Pero todo había ocurrido demasiado deprisa: la pérdida del control de la nave, la caída de asteroides a Pentulión, el ingreso en estado de trance y… desolación.

Remis proviene de una familia bien acaudalada y era la primera vez que se adentraba en las profundidades del espacio. Aun así, no podía concebir tal destrucción en tan poco tiempo. Y ella misma no estaba en las mejores condiciones para atender a los heridos. Su cuerpo había sido sometido a una gran presión ambiental bajo condiciones artificiales y afortunadamente se había prolongado poco tiempo. Normalmente una persona entra en éxtasis cuando sus heridas son mortales o cerca de serlo, dado que tengas acceso a alguna cápsula o espacio suficiente de protección. Dicha persona permanece en ese estado hasta que su cuerpo se recupera por completo. Sin embargo, algo incitó a que Remis iniciase ese trance de forma anticipada, justo cuando entraba en la órbita de Pentulión. Por eso no recuerda nada de la caída y el estrellarse contra tierra, que afortunadamente no fue grave.

Pero a partir de ahí, no cuenta con más información. Lo primero es recuperarse del impacto físico y psicológico y luego tendría tiempo para recabar pistas de los supervivientes. Remis anda un paso tras otro y se alegra de que eso no sea difícil en su estado actual. ¿Dónde estaría ahora su equipo de reconocimiento? A lo mejor podrían traerle una inyección de metalina, una potente sustancia capaz de revolucionar tus funciones vitales por un corto periodo de tiempo. Lo malo de la metalina es que, si te pasas con la cantidad, empiezas a sudar por todo el cuerpo y a tener mucho calor; incluso se han registrado casos de muertes por infarto del corazón.

Entre todo el caos de las calles, un soldado se para enfrente de Remis y le pregunta:

—¿Todo en orden?

Remis, aún aturdida por los acontecimientos recientes, no sabe muy bien qué contestar, por lo que responde un tímido «sí, señor». Tras lo cual sigue hablando el hombre.

—Recuerde que hay toque de queda a las ocho y media. No se quede en las calles, es peligroso.

Dicho esto, el soldado hace un saludo y se marcha. Lo increíble es que Remis estaba a punto de conocer a una de las mayores autoridades militares del sector Bloomfish. Pero aún tenía que recorrer un tramo desde el árbol milenario hasta el puerto estelar. De vez en cuando se oían ruidos y estruendos en los alrededores, y no se sabía cuál era la causa de estos, pues en teoría la lluvia de asteroides ya había parado. Remis decidió probar suerte con el equipo de comunicación:

—Delta 1 a Veletas 1, 2 y 3, ¿cuál es vuestra posición? Cambio.

—Sector 4 [Interferencias] subcuadrante 3. Cambio.

—Repita la posición, por favor. Cambio.

—Sector […] cuadrante 3. Cambio.

—Malditas interferencias —ni siquiera las ondas se transmiten bien hacia una de las Veletas—. Corto y cambio.

Cuando Remis dejó el equipo de comunicación, se dio cuenta de que un niño la estaba mirando. No tendría más de diez años, de aspecto desgarbado y ojos marrones claros muy notorios. Su porte reflejaba el estatus social de una clase media o baja. Su pelo, suelto y de color marrón castaño, ondeaba al viento. Sus pantalones lucían bastante deteriorados, especialmente los bolsillos, que estaban dados la vuelta. El chaval estaba a una distancia de cinco pies, lo suficiente como para saltar hacia mí, pero no como para atacarme1. ¿Qué hacía ese niño solo por las calles? El propósito fue pronto revelado.

—Señora, tengo hambre. Desde que cayeron las rocas, no tengo familia.

—Lo siento, pero no tengo comida aquí. La guardo en mi nave.

—Remis todavía estaba pensando si podía fiarse del pequeño rapaz, ya que su nave estaba prácticamente destruida y no sabía si quedarían suministros y comida allí.

—Oh, así que viajas en una nave. A mí también me gustaría, pero soy muy pequeño.

—No te preocupes, puedes ayudarme aquí y buscaremos comida para ti.

El pequeño aceptó sin dudarlo. ¿Cuánto tiempo llevaría sin comer? Me dijo que se llamaba Denis. El día que cayeron los asteroides, su casa se hizo pedazos y tuvieron que irse de allí. Sin embargo, Denis se quedó dentro de la vivienda en ruinas. Al parecer, le habían dado por muerto al salir de la casa y no verle, pero en realidad se había quedado atrapado entre los escombros. Apenada por el relato, busqué entre mis bolsillos y encontré una chocolatina —las había comprado como reserva—. Se la di a Denis, que me lo agradeció. Ahora, Remis y Denis siguieron hacia el puerto estelar.

A medida que andaban, Remis se percataba de dos cosas: su cuerpo iba recuperándose y ya no había tanto caos en la ciudad. De hecho, cuanto más se acercaban al laboratorio, más refulgente y verde parecía la ciudad. Para llegar al laboratorio, inevitablemente debían cruzar el puerto estelar, pues había que abandonar la ciudad por el extremo oeste y dirigirse todo recto. Y, a pesar de que aquí el orden imperaba más que en la parte sur de Pentulión, seguían llegando hombres y mujeres armados. Incluso ahora Remis podía distinguir dos hileras simétricas a lo lejos, en la carretera, como si estuvieran preparándose para recibir a un escuadrón de guerra. Pero aquello no tenía sentido…

—¿Por dónde ahora, señora?

—Me llamo Remis, no hay necesidad de llamarme señora. Mira allí, a lo lejos.

—Yo no me acercaría, es la guardia personal de Van Tándor. Y el toque de queda está próximo, deberíamos encontrar un sitio donde refugiarnos.

—No sé quién es Van Tándor, pero parece que es importante. ¿Qué rango tiene en este sector? ¿Suele venir a esta comunidad?

—Es uno de los mejores almirantes de la quinta flota del Sector Bloomfish. Si está aquí, seguramente es por puro interés. No hemos tenido noticias del ejército en casi treinta años. Así que…

—Su súbita aparición es más que una coincidencia, ¿verdad? Coincido contigo, pero necesitamos pruebas. Y por ahora, él es el único que puede ayudarnos a escapar de esta roca hirviente —antes de que Denis pudiese preguntar por qué la chica decía eso, Remis añadió—. Espera, ¡aún no ha llegado su nave!

Y era verdad. Denis y Remis contemplaban en silencio las dos hileras de soldados que formaban la guardia de honor del almirante. Sin embargo, su nave aún no había llegado. Todo lo que podían hacer era avanzar y esperar. Ahora el tronco del árbol anciano de Pentulión, cuyas ramas se prolongan más allá de lo que alcanza la vista, se disponía hacia el margen derecho. Había más de un nido de pájaros en él, pero por algún motivo, solo uno estaba habitado. Los polluelos eran afortunados de haber sobrevivido al desastre acaecido. El árbol les proporcionaba cobertura.

Resultaba curioso ver cómo la naturaleza se cebaba con unos individuos mientras que otros salían ilesos de la catástrofe. Remis podía calcular las probabilidades de supervivencia de la colonia. Pero con la nave semidestrozada y ella misma aún no recuperada, difícilmente se accionarían las funciones complejas de cálculo demográfico. A medida que dejaban atrás el árbol de tamaño sin par, Remis pensaba en estas cuestiones y en cómo se graduó: ser ingeniera interestelar requiere algo más que la pura lógica, pues tienes que unir las piezas del universo y tratar de comprender cómo funcionan. Denis, por su parte, temía las consecuencias que podría conllevar violar el toque de queda, pero no se atrevía a alejarse de Remis. Los soldados ahora ya se podían ver claramente; los alrededores se encontraban en una zona no residencial, pues lo único visible eran plantas y edificios ornamentales de baja altura —posiblemente oficinas en ruinas que ahora servían como muros—. Estaban pensando en estos asuntos cuando se vio un resplandor que anunciaba la llegada de una nave de transporte de gran tamaño. Remis y Denis no lo pensaron y apresuraron el paso para llegar lo más cerca posible de la pasarela donde iba a aterrizar la nave y que no los vieran los soldados de la guardia de honor.

Al parecer, el mismísimo Van Tándor desembarcó acompañado de un séquito de cinco guardaespaldas. Van Tándor llevaba un parche monocular de alta tecnología que sirve para analizar los alrededores, y Remis lamentó no tener uno igual que el suyo. El hombre almirante y sus guardaespaldas avanzaron en procesión desde la nave de transporte entre las filas de soldados, quienes hacían reverencias a su paso. Pero algo inquietaba a Tándor, y Remis ya lo había notado. Su monóculo giraba a gran velocidad de un sitio a otro, como si buscara pruebas de algo.

—Denis, quédate aquí —dije sin mirarle2—. Voy a acercarme a esa nave.

El chaval no protestó. Qué raro, era la primera vez que no respondía. Aunque no había tiempo que perder. Remis se deslizó entre las sombras y se agachó tanto como pudo al mismo tiempo. A pesar de la oscuridad, no podía confiarse en que no la detectaran, ya que sabía que los soldados probablemente llevaran algún tipo de sensor. Cuando estaba a unos escasos veinte metros de la nave, observó la situación. Pero entonces…

—Escuadrón alfa reportando a delta, hemos encontrado un intruso. ¡Levante las manos!

—Tenía que ser por detrás —respondí. No caí que pudiera haber patrullas en la zona.

—¿Qué es este revuelo? —preguntó uno de los soldados del puerto estelar, que se aproximaba a nosotros—. Como miembros de la guardia personal de Van Tándor, nos corresponde la guarda y justicia de este sector.

—Hemos encontrado a esta chica merodeando por aquí, cerca de la hora de toque, señor. Es ciertamente sospechoso.

—No se preocupe, sargento, ya puede retirar a sus hombres. Nosotros nos encargaremos del asunto. En cuanto a ti, jovencita, ya puedes estar dándome una explicación de tu comportamiento. ¿Qué hacías de noche en el puerto estelar?

—Pues, verá, he venido a investigar unos hechos que conciernen al laboratorio que hay más allá del puerto estelar de esta ciudad. Pero todo ha sido un caos desde que cayeron los meteoritos… usted los vio, ¿no?

—Por supuesto, pero eso no explica por qué estaba tan cerca de la nave de Van Tándor. Lamento comunicarle que tendré que arrestarla hasta que este malentendido se aclare.

—¡Sargento, nos atacan unos drones! ¡A cubierto!

——————————————————————————

Veleta 1 en posición y apuntando.

Veleta 2 desplazándose y disparando ráfagas a discreción.

Veleta 3 girando sobre sí mismo y levantando ondas de tierra y aire.

—¡Mis drones! —dijo Remis.

—¿¿Qué ha dicho??

—¡¡¡TREGUA!!! Dejad de disparar ya. Me comunicaré con ellos para que vengan aquí.

De repente se oye el ruido sordo de un soldado cayendo al suelo debido al impacto de una bala de gran calibre. Mientras el infierno de la batalla reina en el puerto estelar, en otro lugar…

—Me pregunto si habrán llegado los robots ya —piensa Denis—; mi señal mental es fuerte, pero no sé si lo suficiente para eso. ¡Qué grande y espacioso es este sitio! Ojalá tuviera una casa así.

Las paredes parecían las de un hangar o almacén, aunque su diseño fuese para transportar naves pequeñas y personas. El interior estaba lleno de escaleras que subían hasta incluso una cuarta planta. Cualquiera se podía perder en un lugar como ese. ¿Era fácil destruir una nave de transporte tan colosal? A Denis le encantaba estar allí. Pero se le acababa el tiempo, ya que sentía una deuda respecto a Remis, quien probablemente necesitaba su ayuda ahora mismo. Con o sin drones, había demasiados soldados ahí fuera.

—¿Quién os ha dado permiso para dejar de disparar? No estamos negociando con robots. ¡Yo doy las órdenes! —gritó el sargento de la guardia de honor enfurecido.

—Pero señor, ¿usted ha visto lo que está haciendo ese? Es imposible acertar. Y los disparos rebotan muchas veces. ¡Es una locura!

—Maldición. Tendré que hacer el trabajo yo mismo. En nombre del comandante Astrius, ¡invoco el poder del disparo certero! Una bala basta. Aprende, cadete…

Ante estos hechos, Remis sacó rápidamente de su cinto de herramientas un reversor de materia y apuntó sus polvos directamente hacia la pistola del sargento iracundo justo antes de que este presionara el gatillo. El tiempo suficiente para que la bala, en vez de salir hacia adelante, se transformara junto con el resto de la pistola en polvo y otros minerales, ante la mirada atónita de todos los presentes. Por fortuna, el polvo del reversor no había caído en el sargento, pues eso podría haberle causado lesiones.

—Por todos los demonios, ¡esto es insubordinación! Soldados, apresadla.

Pero no acababa de dar la orden cuando llegó una transmisión, que uno de los soldados puso en funcionamiento antes que nada más pasara: «El escuadrón delta ha caído. Sufrió una emboscada en los límites de Pentulión mientras patrullaba».

—Tenemos asuntos más urgentes con los que lidiar ahora mismo. Además, eso no tiene sentido —dijo el sargento—; ¿a qué hora recibiste la transmisión?, ¿y de dónde?

—Ahora mismo, pero procede de la nave de Van Tándor.

—¿Y no se te ha ocurrido pensar que se supone que no hay nadie allí? —replicó el sargento enfadado de nuevo.

Entretanto, Veleta 3 había tenido tiempo para generar ondas de arena que dificultaban la puntería de los soldados y giraba tan deprisa que a veces la expansión del aire derribaba a los que estaban cerca del dron, en un perímetro circular. No obstante, la situación era peor por momentos. Hasta que lo vi aparecer; pensé: estoy alucinando. En la noche, una persona de no más de un metro veinte centímetros de altura empezó a bajar las escaleras de la nave de transporte de Van Tándor. Y rápidamente mi mente me hizo intuir que era Denis. Sin embargo, algo extraño sucedía con el chico. Había un aura resplandeciente en su exterior y podía sentir una gran energía fluyendo de cada poro de su cuerpo.

Los soldados no prestaron mucha atención al chico hasta que se desató el enfrentamiento. Entonces el muchacho levanta una mano, entona una canción y, de repente, Veleta 2 deja de disparar y, como si alguna extraña energía le indujera a ello, es atraído como un imán hacia Veleta 3. Es en ese instante cuando yo supe que algo no iba a salir bien.

3Me acuerdo de mí misma corriendo en la noche, los soldados persiguiéndome, Denis refulgiendo ante la nave de transporte y mi lamento desesperado por intentar que anulase lo que fuese que estuviese haciendo. Justo en ese momento, un torbellino formado por los drones Veleta 2 y 3 y toda la energía generada por el poder de Denis crearon una especie de monstruo de chatarra gigante energético. El primer desafortunado fue un soldado pisoteado por el monstruo al incorporarse.

No había vuelta atrás, pero al menos conservaba a Veleta 1, estuviera donde estuviese. Los soldados que corrían detrás de mí ya nos habían alcanzado.

—Eh, ya no puedes huir.

—No pretendo irme, no ahora. Tengo que reunirme con Van Tándor e ir al laboratorio.

—Eso díselo al jefe.

La gran sorpresa para todos era que, en ese momento, Van Tándor volvía para comprobar si estaba todo en orden en su nave. Es obvio que no. Iba acompañado del escuadrón delta, que había sido informado de la localización de un extraño cerca del puerto estelar. Su escolta personal estaba cerca, pero no entraría en combate a menos que fuese necesario.

—Escuadrón delta, tendréis que ganaros el premio. Ahí tenéis la batalla —dijo Van Tándor.

Los soldados evaluaron la situación: al menos la mitad de la guardia personal de Van Tándor que estaba combatiendo en el puerto estelar había sido aniquilada o estaba lesionada, pero ¡solo había un oponente! Uno muy grande, para ser exactos, al menos cinco metros de alto por dos de ancho. No sabían el material del que estaba hecho, pero parecía una chapuza ingeniera.

Por su parte, Remis seguía intentando aplacar a los soldados mientras hallaba el modo de hablar con Denis; este parecía haberse quedado mudo. Se habían metido en una batalla que no les correspondía. Pero al menos podían huir de allí si negociaban. No obstante, Remis tenía su propia misión de investigación. Y aquella caída de meteoritos ahora ya no le parecía tan fortuita. Por segunda vez, levantó la vista y vislumbró el árbol gigante, aunque esta vez sumido en la oscuridad de la noche cerrada, apenas visible desde donde estaba. Remis se preguntó cuántos árboles más podrían alcanzar semejante tamaño. Quizá es posible vivir en ellos como hacen otros animales.

Mientras tanto, la lucha no cesaba a escasos metros de allí.

—¡Retroceded! Ya nos encargaremos de esa cosa. Necesitamos vehículos o torretas.

—Hola, sargento, creo que mis chicos llegan justo a tiempo para ofrecer apoyo —dijo Van Tándor.

—Ese demonio ha repelido todos mis ataques y no me queda energía para otro ataque certero. Es muy fuerte.

—No se preocupe, si usted sigue atacando, mi escuadrón podrá destruirlo. ¡Delta, en posición!

El monstruo surgido de mis Veletas se defendía ferozmente y disparaba ráfagas más rápido que su antecesor. Eso les complicaba las estrategias y los ataques múltiples. Pero también se quedaba sin energía pronto. Y en ese punto, por tanto, flaqueaba. Van Tándor lo había analizado con su monóculo tecnológico. Cuando terminó de escudriñarlo, ordenó a sus subordinados militares:

—Esperad mi señal, y entonces disparad todas vuestras armas. ¿Entendido?

—¡Sí, señor!

El gigante continuó disparando, reflectando disparos enemigos y aplastando a los ingenuos que se acercaban lo suficiente como para ser engullidos por su peso. Pero era más que lógico que no pudiese resistir contra todo un despliegue organizado de militares, aunque no contasen con armas de penetración de blindaje. Van Tándor tenía razón y el monstruo se quedó sin energía después de cuatro minutos de lucha ininterrumpida. Fue entonces cuando sus movimientos se volvieron torpes y descoordinados. El almirante no lo dudó un segundo:

—¡Fuego!

Los soldados del escuadrón delta no tuvieron piedad y dispararon sin cuartel. Los impactos en el caparazón del monstruo sonaron como un relámpago quebrando la mismísima tierra en dos mitades, acompañado por unos desagradables chirridos como de armaduras andantes. Los soldados del puerto estelar que aún estaban ilesos se quedaron perplejos al contemplar cómo el extraño gólem de chatarra fue perdiendo sus partes del cuerpo. Primero cayó el puño derecho. Segundo, empezó a desintegrarse el brazo de ese lado y también se desprendió junto con la metralleta de ráfagas. Tercero, el monstruo empezó a perder el equilibrio y de repente se quedó sin pies y ¡en un segundo estaba en el suelo! Luego perdió la capacidad de desviar balas… Lo que quedó al final fue un amasijo de rocas y materiales diversos que no eran reconocibles.

Remis, en la distancia, contempló en parte apenada lo que ocurrió, no por el monstruo sino porque había perdido a sus drones de reconocimiento 2 y 3. Sin embargo, ahora tenían otras prioridades como salir de allí. Pero no sabía cómo. Tenía delante de ellos a tres soldados. Y pronto tendría a muchos más.

—Denis, ¿estás bien?

—Sí, es solo que estaba asustado. ¡Por favor, no me abandones!

—No, pero ahora hay que hablar con Van Tándor. Y tú sabes más que yo.

Puse mis manos sobre sus hombros y le miré fijamente a los ojos4. Estaba llorando, aunque lo que me desconcertó fue el color de sus iris, que había cambiado a un azul chispeante. ¿Y cómo era posible que lo viera en la noche? A todas luces, el poder empleado era algo que desconocía sobre el muchacho. Pero no podía pensar sobre ello en ese momento. Los soldados eran una amenaza para mi misión y para mí también. Sin embargo, me sentí abrumada por la situación. No estoy segura de cómo pasó, solo sé que cinco segundos más tarde estaba abrazada a Denis. El chico se calmó un poco y dejó de llorar. Al estar tan próxima de él, el aura de luz exterior nos envolvió a los dos.

Por fin la calma se impuso sobre el puerto estelar, después de haber sido un campo de batalla tan infernal para los soldados de la guardia personal de Van Tándor. Este hizo una inspección de los heridos y las bajas personalmente con ayuda de su monóculo. Después felicitó al escuadrón delta por su eficacia en combate y los despachó hasta la mañana siguiente, tras lo cual llamó a sus guardaespaldas. Las estadísticas del combate eran perturbadoras: aproximadamente el 65% de los soldados habían sido gravemente heridos o directamente estaban muertos. Apenas un 15% estaban en plena salud y perfectas condiciones de combate tras el enfrentamiento con el monstruo de chatarra. El resto de los contendientes estaban agotados o necesitaban algún tipo de cura leve. Van Tándor iba a comprobar el origen de tal infortunio en persona. Le habían informado que había un intruso cerca de su nave y ahora mismo se dirigía hacia allí acompañado de su séquito de guardaespaldas.

Es al pie de su nave donde nos conocimos los tres. Por supuesto, él nos atisbó mucho antes con su ojo mecánico. Pero una cosa es observar y otra muy distinta es ver con tus propios ojos. Su reacción al mirar a Denis con su ojo natural fue exagerada.

—¿Quién es este niño? Lleváoslo de aquí.

—No puedes hacer eso —respondí, tratando de defenderlo—. Es solo un niño.

—Tiene las manos manchadas de sangre. ¡Coged al crío! Te aconsejo que no te interpongas en nuestro camino de vuelta.

Los militares me separaron a la fuerza de Denis, luego dos de ellos lo cogieron de las manos y lo arrastraron hasta que se dio por vencido y empezó a andar. No recuerdo mucho más de aquella noche. La verdad es que acabé exhausta.

A la mañana siguiente:

Equipo de comunicación abierto: Veleta 1 a Remis, posición actual es sector 5 cuadrante 2 subcuadrante 6. Cambio.

……

—Repito: Veleta 1 a Remis, posición actual es sector 5 cuadrante 2 subcuadrante 6. Cambio.

Ni qué decir tiene que no me encontraba en las mejores condiciones. El día anterior había sido agotador. ¿Dónde estoy? Oigo a los pájaros cantar. Creo que me quedé dormida debajo del árbol milenario. ¿O alguien me trajo aquí? No recuerdo haber venido hasta el resguardo del árbol después de la batalla. Lo primero es lo primero: responder al equipo de comunicación.

—Aquí, Remis, posición sector 3 cuadrante 3 subcuadrante 5. Necesito metalina y apoyo aéreo inmediato. Cambio y corto.

Denis, ¿dónde te han llevado? La nave de transporte ya no estaba en el puerto estelar. Tampoco había ningún soldado allí ni señales de que hubiese patrullas cerca —al menos por el momento—. El almirante era una persona digna de mi desprecio, pero los subordinados bajo su mando tenían poco cerebro. Había topado con el ejército en Pentulión y eso dificultaba mi trabajo. Estaba tan absorbida en estos pensamientos que no me di cuenta de que alguien se acercaba a mí de frente.

—Hola, ¿qué tal estás?

—¡Ah! Me has asustado.

—¡Ja, ja! No pretendía hacerlo. Me llamo William, aunque casi todos me dicen Will. Ayer te vi por la noche en el suelo del puerto estelar y decidí traerte aquí. No tenía cama en mi casa para más personas.

Will irradia seguridad en sí mismo al hablar y, por ello, me transmitía confianza, incluso sin conocerle5. Su aspecto era el que podría tener cualquier joven de veintitantos años, quizá con un par de kilos de más, pero apenas notable. Su cara estaba tiznada de negro con trazos rectos, como si se hubiese hecho un dibujo con hollín o carbón. Su pelo, curiosamente, mostraba un color añil. Aparte de eso, pude ver en su pantalón una llave inglesa de buena calidad. Tenía ganas de preguntarle un par de cosas sobre Pentulión, pero eso tendría que esperar hasta más adelante. Al acercarse a mí, noté que Will es más alto que yo y lucía una sonrisa casi estúpida en la cara. Finalmente, no aparentaba gran masa muscular, pero quizá era todo un cerebrito.

—¿Entonces fuiste tú? Gracias. Me llamo Remis. Estoy buscando a un compañero de viaje llamado Denis; no es más que un niño y se lo han llevado los soldados de Van Tándor.

—Eso tiene solución. Yo cuido los pájaros de Pentulión. Pero no solo de forma literal. Tenemos un pequeño hangar escondido en el bosque a las afueras, donde me encargo personalmente de revisar los modelos de avión y nave. Cuando hayas terminado de atender tus asuntos, iremos juntos al hangar aéreo. —Lo cierto es que Will parece una persona de confianza. Por el momento, me fiaré de él.

—No sé cómo darte las gracias.

—Puedes darme un beso.

En ese momento palidecí. Nada de lo que aprendí me había preparado para sentir emociones, fueran buenas o malas. ¿Me lo estaba diciendo en serio o era una broma? Fuera como fuese, mi corazón iba a mil.

—¿Lo dices en serio, Will?

—Ja, ja, vaya cara que has puesto.

—Uf, no tiene gracia.

Mientras hablábamos, Veleta 1 se acercaba a nuestra posición. «Beep, bip, beep; pasando a control manual, distancia aproximada a Remis: veinte metros». Lo escuché alto y claro. El equipo de comunicación estaba abierto, por lo que Will también lo pudo oír. Anduve hasta el equipo de comunicación, lo cerré y a continuación cogí el mando de control de Veleta 1. Will parecía intrigado por lo que yo estaba haciendo. Lo siguiente que ocurrió fue que el dron se desplazó desde su último lugar de retransmisión hasta el sitio de destino que yo le ordené de forma digital. Se quedó levitando tres metros por encima del suelo, con sus armas preparadas para disparar. Will estaba impresionado por aquella demostración de tecnología.

—Seguramente —dijo William—, a nuestro jefe le gustaría ver algo así.

—No sabía que tuvierais jefes.

—Pentulión es una ciudad pequeña, pero aun así tiene una universidad, ¿no? También nos podemos permitir tener un jefe de batallas.

—Visto así, tiene su lógica. —Aún así no encajan las piezas del puzle. ¿Para qué querrían tener un jefe de batalla en una localidad eminentemente comercial, en primer lugar? Con unos cuantos destacamentos es suficiente para proteger a la población sin necesidad de nombrar a un cabecilla—. De todos modos, no me quedaré mucho tiempo aquí. Debo ir al laboratorio.

—Pensé que querías rescatar al chico.

—Sí, pero antes debo hablar con los científicos locales. Es importante, más teniendo en cuenta la caída de asteroides reciente.

—En ese caso, será mejor que te pongas en marcha ya. Yo no tengo acceso al laboratorio, así que solo te estorbaría.

—Eh, uhm, hasta luego, Will.

Eché un vistazo a las cápsulas de almacenamiento del dron y encontré un par de agujas de metalina. ¡Perfecto! Serían de mucha ayuda la próxima vez que tuviera que luchar o recuperarme de heridas. Puse a Veleta 1 en modo automático y empecé a caminar hacia el puerto estelar, al oeste, para abandonar la ciudad y poder llegar al laboratorio.