El viaje - Hugo Alberto Santana - E-Book

El viaje E-Book

Hugo Alberto Santana

0,0

Beschreibung

"En El Viaje se despliega una emotiva narrativa ambientada en la pintoresca noche de Paimún, donde la felicidad y la celebración colorean el restaurante durante el cumpleaños de Lucía. La trama se teje alrededor de la intrigante ausencia de Martín, cuya llegada inminente agrega un elemento misterioso a la atmósfera festiva. Con la majestuosa Mina como telón de fondo, Martín, protagonista de la historia, experimenta una transformación personal mientras contempla la luz que emana de este enclave montañoso. Su encuentro con la Mina marca un punto culminante, simbolizando un viaje interno de liberación y gratitud. A medida que Martín libera sus tensiones y fusiona las sombras de su pasado con su propia luz, el lector es testigo de un viaje emocional único. La narrativa, rica en detalles y envuelta en la magia de Paimún, invita a sumergirse en un relato conmovedor sobre el poder de la introspección y la capacidad de encontrar la luz incluso en los momentos más oscuros. El Viaje es una obra que cautiva con su atmósfera encantadora y su mensaje inspirador de renacimiento y autodescubrimiento."

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 373

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Hugo Santana

El Viaje

Santana, Hugo Alberto

El viaje / Hugo Alberto Santana. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Abrapalabra Editorial, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4999-94-8

1. Novelas. 2. Novelas de Acción. 3. Novelas de Suspenso. I. Título.

CDD A863

Coordinación, diseño y producción:

Helena Maso Baldi

Maquetado:

Ivanova Hidalgo

Corrección:

Helena González

Ilustración de portada:

Instagram: @Martín_art._

Primera edición: enero 2024

Abrapalabra Editorial

Manuel Ugarte 1509, CP 1428 - Buenos Aires

E-mail: [email protected]

www.abrapalabraeditorial.com

ISBN:978-987-4999-94-8

Hecho el depósito que indica la ley 11.723

Impreso en Argentina

Agradezco a Silvina Pirola por impulsar a traves de sus enseñanzas, de su escuela Karana eso que estuvo escondido por mucho tiempo.

Agradezco a Noelia Pattacini que con su entrenamiento pude quitar muchas dudas sobre mi ser.

Agradezco a Augusto Godachevichy Ana Vigo por ayudarme a deshacer ilusiones y comprender el viaje.

Agradezco a Helena Maso e Ivanova Hidalgo de la editorial, por brindar su contención y asesoramiento. También a su editora Helena González por los consejos, para que este libro sea realidad.

Agradezco a cada persona que me acompaña. ¡Familia, compañeros y en especiala Martín Borrini y mi hermano Tomás!

Agradezco a mi gran compañera Lorena Veloso, por el aguante, por ser parte de esta locura, por mostrarme momentos de este proceso que fueron increíbles.

Agradezco en especial al lugar donde nació todo, Aluminé, ese viaje que sin saberlo me mostraría parte de mi historia.

El inicio

El amanecer comienza a asomar sus primeras pintas sobre una ruta al sur del país, que a esa hora se encuentra vacía salvo por un destello de luz que va en dirección norte a sur. Por ella circula un vehículo pequeño que conduce un joven con muestras de cansancio, sin saber bien hacia donde se dirige. La música que escucha es tranquila, más bien melancólica, por lo que baja su concentración en las maniobras que realiza. Al percibir esto, decide orillarse en la banquina, baja del auto, camina un poco, repasa el mapa y calcula cuánto falta para la próxima estación de servicio, una antigua estación que a pesar del tiempo se ve bien cuidada. Antes de salir nuevamente cambia la música y ahora sí, con más luz diurna, recupera el control sobre la conducción del vehículo.

Cuando llega, al cabo de una hora, estaciona cerca del único surtidor, se desabrocha el cinto de seguridad y baja para abrir la tapa del tanque de nafta. Bosteza mientras estira las piernas. Lentamente el playero se acerca y le saluda.

—Buen día ¿cómo te va? ¿Vas a llenar el tanque?

Al joven le agrada la buena energía y le responde con mucha soltura:

—Bien, con ganas de llegar a mi destino, que lo acabo de decidir mirando el mapa: Paimún. ¿Conoces ese lugar?

—Si—, respondió: —es hermoso, hace mucho que no voy.

—¿Y qué onda?—, inquirió el joven. —Coméntame algo.

Con gesto de picardía respondió el playero: —Si lo decís por mujeres, ¡Bah, hay muchas, hermano!

—Ah, no lo pregunto por eso, no estoy enfocado en ese asunto.

El playero, sintiéndose incómodo, intentó disculparse. —Hermano este es un país libre, no tengo nada contra los homosexuales.

El joven, riendo y agarrándose la cabeza dijo: —Bueno me alegro que no sientas rechazo hacia nosotros, es más, estaba a punto de invitarte a que me acompañes.

El playero, nervioso, respondió: —Soy casado— y de manera abrupta, preguntó: —¿cuánto vas a cargar?

—Llénalo, pago con débito.

El joven revisó los neumáticos, pagó y antes de irse llamó al playero:

—Escucha, no soy gay, y tampoco pienso en convertirme, me caíste bien y quise hacerte una broma, es todo, nada más.

Mostrándose más relajado, el playero, respondió riendo:

—Pasan pocas personas por acá y nunca tuve un diálogo con un “gay”. Por eso no sabía qué decir ni qué hacer y me estaba poniendo incómodo. ¡Dios, qué alivio!—, exclamó riendo: — antes de que te vayas, mi nombre es Federico, ¿y el tuyo?

—Mi nombre es Martín. Un gusto haberte conocido. Nos vemos, cuídate.

—Tú también, ¡ah! una cosa, en Paimún las noches no son para andar solo.

Martín, asintió con la cabeza y antes de arrancar hacia su destino, mientras Federico se dirigía nuevamente a la oficina, le escuchó decir:

—Por eso nunca voy a volver a ese lugar…

Una frase que no deja de dar vueltas en la cabeza de Martín mientras se acerca a Paimun. Tanto en su mente como en el cielo se empiezan a formar muchas nubes, vaticinado una gran tormenta. Acelera, para poder poner a resguardo el auto. Es el primer viaje largo que hace y quiere que todo salga bien.

Unos minutos después, al costado de la ruta ve a una joven pareja haciendo dedo. Su primera intención es frenar –en estos tiempos hay mucha delincuencia y duda en parar– pero algo en su interior le dijo lo contrario, así que se detiene unos metros más adelante y baja el vidrio, mientras observa por el espejo retrovisor detalladamente a la pareja, que acelera sus pasos. Cuando Martín les pregunta hacia dónde van, el hombre, agitado por la caminata, respondió:

—Soy Juan y ella es mi señora, Andrea—, mientras se acomoda en el asiento al lado del conductor y la mujer en el asiento de atrás.

—Suban, mi nombre es Martín.

Martín, con una sonrisa propone a Juan que compartan unos mates y luego continúan conversando durante el trayecto. Quedan todavía 200 kilómetros por recorrer. Al llegar a Paimún se despiden agradeciendo la compañía.

—Si alguna vez nos volvemos a ver y necesitas un favor, lo que sea, pídelo— respondió Juan.

—¿Lo que sea?—, respondió Martín, en tono de broma.

—Sí, Martín...

Cansado ya a estas alturas, Martín, va observando el pueblo –que se encuentra entre las montañas y muy cerca de un hermoso lago– mientras se dirige hacia el hospedaje que había reservado. Al llegar, realiza los trámites correspondientes, se instala la habitación y se da un baño reconfortante. Después de guardar sus pertenencias, baja a la recepción con intención de aclarar algunas dudas y buscar recomendación de algún restaurante, al menos para esa noche. El recepcionista, no tan agradable, le dice:

—Mire don, acá a dos cuadras tiene uno, si no, camine derecho y va a encontrar la casa de turismo. Pregunte ahí. ¿Estamos? ¿Alguna otra consulta?

Sorprendido, se retira y escucha a sus espaldas la advertencia que le dirige el hombre de la recepción:

—A las cero horas se cierran las puertas y no le abro a nadie.

En su interior piensa si fue conveniente la elección de ese hospedaje, pero en seguida él mismo se respondió que su intención era descansar y no dormir tan tarde. Faltaban tres horas para la medianoche cuando vio en una esquina el aviso luminoso de un restaurante: ‘El viaje’.

Se sintió a gusto al entrar y comprobar que no había muchos comensales, así la atención sería más rápida. Eligió una mesa en el centro y se sentó de espaldas a la televisión, mirando hacia la barra donde se encontraban las mozas.

—¡Hola!, bienvenido a ‘El viaje’, mi nombre es Lisa, ¿le alcanzo la carta?

Sorprendido por la celeridad con que fue atendido, Martín respondió:

—Te propongo que me traigas el plato del día y que te tranquilices un rato. Recién llego y quiero despejarme, ¿puede ser?

—Como usted diga— respondió Lisa.

Sintiéndose algo incómoda, Lisa agachó la cabeza y con pasos apurados se dirigió a la cocina para entregar la orden del pedido de Martín.

Completada la cena, él notó que la joven, que había hablado mucho al comienzo, se había mantenido distante mientras lo atendía. Martín entendió que no se había expresado bien y eso pudo afectarle, por lo que decidió acercarse a la barra y preguntar por ella al encargado. Al ser informado de que ella ya se había retirado, Martín le explicó la situación y dejó una propina adecuada por sus servicios.

Al salir, contrariado por su conducta, vio a Lisa en la esquina acompañada por un joven que él dedujo podía ser su pareja. Como necesitaba disculparse, aprovechó la casualidad y le habló:

—¡Lisa!, ¡Lisa!, espera.

—¿Qué pasa?—. Sorprendida, miró a su acompañante y luego a Martín no entendiendo el porqué del llamado.

—Perdonen mi atrevimiento, sé que no es el momento, solo quería disculparme por mi actitud en el restaurante. Si te hice sentir mal, no fue mi intención.

—No te hagas problema, soy muy emocional, a veces no me puedo controlar.

—¡Ah! Dejé la propina con tu jefe, mañana reclamale. Gracias y Chau.

Comenzó a caminar muy tranquilo hasta que miró el reloj y vio que faltaba poco tiempo para la medianoche, de manera que apuró el paso y cuando llegó a la puerta, se encontró al recepcionista con las llaves en la mano. Éste se limitó a decir:

—Justo a tiempo, pensé que no llegaría. Mañana el desayuno es a partir de las siete hasta las diez—. Martín asiente con la cabeza y levanta el pulgar. El otro prosigue: —Otro tema, mi nombre es Gerardo, por cualquier cosa.

—Un gusto Gerardo, nos vemos mañana—. Martín se dirige a su habitación con una media sonrisa en su cara dispuesto a descansar de tan largo día.

La Negación

Al comenzar el día Martín da unas vueltas en la cama hasta que decide levantarse, se ducha, baja a desayunar y comparte charla con turistas o empleados del hospedaje mientras toma su café. Siente que ha descansado bien y tiene mucha energía de manera que al cabo de una hora decide dirigirse a la casa de turismo para buscar información sobre el lugar.

Una vez con la información en mano, empezó a planificar su estadía. Tenía que volver a buscar el auto si quería conocer un lugar recomendado que estaba bastante retirado. Es una mañana cálida, con olor a campo, y el paseo le llevará todo el día así que fue a comprar comida en el restaurante de la noche anterior. Para su sorpresa, al abrir puerta del establecimiento, su respiración se detuvo por un instante y sus pupilas se dilataron: frente a él tenía a una mujer preciosa. Dirigiéndose a ella, con voz muy baja y entrecortada, le dijo:

—¡Hola! quiero comprar un sándwich o algo para llevar.

Ella, sonriendo, respondió a su saludo:

—¿Qué tal? Tengo eso, pero nada más. Aún es muy temprano y el cocinero está desayunando. Así que, decime vos.

—¡Sí! llevo eso y una gaseosa—. Martín se muerde los labios, se rasca la cabeza y se ríe.

—Bueno toma asiento, que ya te lo alcanzo—. Le transpiraban las manos y en un impulso decidió abrir la boca:

—¡Señorita...!

—Si, ¿qué pasó?

—Soy Martín, soy turista y no sé dónde ir, ¿qué me aconsejas?—. Dijo esto impulsivamente pero con esas palabras sintió que liberaba un enorme peso interior.

—Mi nombre es Lucía, pero me dicen Lu...—, respondió riendo y moviendo la cabeza de un lado a otro: —¡mira! acá a cinco cuadras hay una casa donde te van a informar y a explicar mejor.

A los cinco minutos recibió la comida que había pedido y salió del lugar, sintiéndose estúpido y sin entender porqué había tenido esa reacción.

Más tarde, siguiendo la recomendación de la casa de turismo, se dirigió a la desembocadura del río en el lago, sacó muchas fotos, pero su mente seguía fija en el momento del restaurante, y nuevamente se preguntó por qué estaba allí, volviendo con ello a la realidad nuevamente. Con gesto de enfado, decidió recoger lo que había llevado y volver al pueblo.

A media tarde, al bajar del automóvil y regresar al hospedaje, saludó a los turistas que había conocido en el desayuno y estos lo invitaron a la heladería del pueblo. Aunque intentó resistirse, lograron convencerlo e intercambiando charlas y momentos vividos cada uno desde su experiencia, en cierto punto de la charla salió a relucir la soledad como tema central. Él sabe que no nació para estar solo y sabe también, en ese momento, que estar solo es una elección.

Cuando los turistas se retiran al hospedaje él decide quedarse un rato más y justo al marcharse aparecen en la heladería Lucía y Lisa. Esta última, algo enojada, le reclama a Lisa: —¿Qué te pasa? No podés seguir así, tienes que darle un corte a todo esto. ¡Un día vamos a lamentar algo terrible!

—Lo sé, pero no lo puedo controlar. Él empieza a gritarme, después sigo yo y al final terminamos haciéndonos daño—. Lisa rompe en llano y poniéndose de pie va a abrazar a Lucía, que la consuela y sigue preguntando:

—¿Cómo empezó ayer?

—Me fue a buscar al restaurante, amable como siempre. Me esperó mientras me cambiaba, caminábamos, pero de pronto apareció un muchacho que yo había atendido en el restaurante que me pidió disculpas por algo que dijo y se marchó, pero no sabes cómo eso le enojó. Empezó a gritarme, me dijo que era una basura, me escupió, me trató de puta, me empujó y se largó corriendo.

Lucía, moviendo la cabeza, le dio un beso en la mejilla y dijo:

—No te preocupes que con la denuncia que hicimos no se acercará más.

—Gracias Lu... Cómo me gustaría que vos te desahogaras también.

—Algún día te voy a contar todo sobre mí—, respondió Lucía. Y abrazándose las dos de nuevo, salieron de la heladería.

Cerca de la noche, Martín volvió al restaurante, ya más tranquilo y con sus pensamientos en orden. Esta vez había más clientes. Se sentó en la misma mesa y esperó ser atendido. Entonces, se aproximó Lisa, le dio las buenas noches y las gracias por la propina que le había dejado.

—¡Hola! Lisa, que alegría ¿Cómo estás?

—Bien, muchas gracias—. En ese momento se quedó en silencio sintiendo que iba a llorar. —¿Me aguardas un momento? Ya vuelvo—. Fue a la cocina y dirigiéndose a Lucía le dijo que no se sentía bien y que atendiera ella.

—¡Sí claro! no te hagas problemas. Y ¿en qué mesa estabas?

—En la 17. Te encargo al cliente—, le dijo, guiñando un ojo.

Martín estaba mirando la carta cuando escuchó a Lucía que, haciendo ruido con la garganta, le dio las buenas noches. Con la sorpresa se levantó rápido, nervioso, y preguntó por Lisa:

—¿Quieres que te atienda ella?—, preguntó Lucía.

—No, solo es que… me sorprendiste, nada más—, respondió, acomodándose de nuevo en la mesa. —Tráeme lo que vos quieras— dijo con seguridad en su voz.

Al llegar Lucía con la comida, antes de apoyar el plato, ella dejó caer –a propósito– un papel que decía: “Si necesitas una guía turística llama a este número”. Ante la sorpresa de Martín, ella, haciendo un guiño, sonrió. La comida pasó a segundo plano, y al terminar de cenar, cuando casi no quedaban clientes en restaurante, Martín le preguntó:

—¿Esta persona sabe de turismo?

—No sé, vas a tener que averiguarlo.

—Bueno, mañana la llamo y averiguo. Muchas gracias por el favor.

—No hay porqué. El jefe me pide que sea amable con todos, vos sos un cliente más. Nos vemos.

4 días

Al escuchar la música que tenía como alarma, poco a poco empezó a desperezarse. Minutos después bajó a recepción y vio a Gerardo, que interesándose por su estadía le invitó a tomar un mate.

Martín respondió comentando: —Muy bien, la verdad es que uno viene acá y se enamora, dan ganas de dejar todo atrás y arraigarse en este bello lugar.

Gerardo, sonriendo, le dijo:

—Guarda amigo con enamorarse porque este pueblo tiene la capacidad de romperte el corazón. Te lo destroza como si fueras vidrio.

—¿Por qué dice eso? ¿Qué le pasó exactamente?

—Bueno—, respondió Gerardo: —Creo que no somos tan amigos como para comentarle eso ¿no?

Martín, consciente de lo que ha estado pensando desde que inició el viaje, que no se trata de un viaje social sino de un viaje para pensar, respondió:

—La verdad es que tiene razón.

—Amigo, haga caso, recorra, conozca lo justo y no se enamore. No se haga problema por el desayuno, esto va por la casa.

Martín dio las gracias y salió, desconcertado, con la sensación de que allí se ocultaban cosas y las personas eran muy cambiantes, sin embargo, decidió llamar a la persona que se había ofrecido como guía. Una voz amable respondió al teléfono:

—Es cierto, soy guía, ¿cómo le puedo ayudar?

—Bueno me quedan cuatro días en Paimún y quisiera conocer un poco más toda la zona del lago y las montañas.

—En estos momentos estoy disponible. Si a usted le parece me pasa a buscar. Le doy la dirección.

Un instante después recibió la dirección indicada: un barrio lindo a varias cuadras del centro. Al llegar al punto convenido y tocar la bocina, una persona tapada hasta las narices se acercó al auto y cuando Martín le abrió la puerta y ella se quitó el gorro y la bufanda, Martín quedó mudo al reconocerla, sin poder apenas responder a su saludo. Ante la sorpresa que él manifestó, Lucía se echó a reír:

— ¿Sabes? Lo que dije anoche, ¡no era cierto! yo no soy así con todos los clientes, soy amable, pero no le doy mi número a nadie, reservada en ese sentido. Y la verdad, te lo voy a decir. Desde que te vi en el restaurante no he dejado de pensar en vos, piensa lo que quieras, que soy rápida, una lanzada o lo que te venga a la mente...

Martín no podía esconder su sorpresa ante tal declaración:

—¡Vos también me has hecho pensar mucho! No podés imaginar los sentimientos que me despertaste. No tengo control de lo que siento y pienso, la verdad es que me das una alegría que, para ser sincero, no vine a buscar.

—Bueno—, respondió Lucía: —vamos a recorrer Paimún, en este momento sos mi cliente.

Recorren las calles del pueblo, compran algo para el mate y se internan en un trecho sinuoso camino a las cascadas que llaman “El ojo del águila”, mientras van conociéndose, intercambiando historias de vida.

Al final del trayecto Lucía baja del automóvil y se estira. Martín la observa desde adentro y suspira profundamente.

Cuando comienzan a caminar hacia las cascadas, Lucía contempla muy contenta a Martín, agradeciendo a la vida por haberlo traído hasta su pueblo. Él se da cuenta y le toma una foto.

—¡No Martín!, soy alérgica a las fotos...—, dice tapándose la cara con las manos.

—¡No puede ser! Un ser tan lindo y que no le gusten las fotos—, dijo Martín.

Así transcurrió el día, entre risas y miradas sugerentes, ambos presintiendo que este podría ser el primero de un montón de días.

Al regresar al pueblo, él la dejó en casa y prometió pasar a buscarla de nuevo al día siguiente. Ella aseguró que lo esperará e irán a otro lugar. Él está cansado pero feliz, pensando que todo puede tener solución. Esa noche no hubo cena, solo descanso para recuperar energía.

Día 2

Martín amaneció renovado y con ganas de darle una nueva oportunidad al amor. Igual que el día anterior, desayunó con Gerardo, que poco a poco empezaba a mostrar su lado más amable.

En ese preciso momento, en el restaurante, se está produciendo una conversación entre Lisa y el encargado:

—Rubén, ¿y Lucía?— preguntó Lisa.

—Me pidió tres días que le debía, más el franco, así que se los di.

—Preguntaba porque siempre llega primero y hoy no la vi— comentó Lisa, con cara de asombro.

—Antes de que empecemos te quería decir que el domingo por la mañana vas a tener que ir a llevarle los remitos a Don Moisés, ya es hora de que pague.

—Bueno no te hagas problemas, voy y aprovecho para caminar un rato.

A unas cuadras de ahí Martín recogió a Lucía. Él se quedó con la boca abierta al verla, pensando lo hermosa que era. Ella propuso:

—¿Qué te parece si vamos a un lugar muy misterioso?

En su interior él pensaba que con ella iría a cualquier lugar... y le dijo:

—Con tu belleza se terminaron los misterios—. Ambos rieron y así se inició una conversación que mantuvieron durante todo el camino que ella iba indicando.

— ¿Por qué llegaste a Paimún?

—Necesitaba despejarme un poco, el último año trabajé demasiado y estaba como estancado.

—Se ve que estás agotado, lo noté ese día en el restaurante.

—Así que llegué por ese motivo, de casualidad y por un mapa—. Y riendo, le preguntó:

—¿Tienes familia? ¿Algún amor por ahí?

Lucía, tensa, respondió:

—Creo que todavía no estoy preparada para contarle a alguien lo que me pasa con mi familia, espero que no te molestes.

—Para nada—, dijo Martín: —creo que vamos a tener mucho tiempo para hablar.

Poco tiempo después llegaron al lugar elegido por Lucía. Al estacionar y bajar del auto, ella comentó:

—Pon cuidado a lo que te voy a decir. Este lugar se llama “Senderos de las Almas”—. Él, prestando mucha atención, pensó que era un nombre tenebroso. Ella explicaba su advertencia: —Es un lugar sagrado en nuestro pueblo. Cada habitante puede traer no más de dos personas que no sean del lugar. Esto es para siempre—. Martín comenzó a inquietarse. —Vos sos la primera persona que traigo, y creo que vas a ser la única.

Martín entendió que se trataba de un momento importantísimo para Lucía. Ella continuó:

—No puedes sacar fotos, no puedes llevarte nada del sendero y menos del descanso, pero si quieres preguntar algo este es el momento, porque durante todo el trayecto no se puede hablar, hasta llegar al descanso. ¿Entendido?

—Entendido. ¿Por qué se llama así?

—Se llama así, porque aquí descansan los dueños de estas tierras, los primeros habitantes de Paimún. El nombre de su tribu era “Choroynka”.

—Primera vez que escucho ese nombre, Y ¿por qué no puedo sacar fotos ni llevarme algún recuerdo?

—Según la historia, la tribu llegó a su fin por una tormenta eléctrica. Los rayos incendiaron la aldea completamente. No hubo más sobreviviente que un pequeño niño. El tema es que el flash de las fotos crea malestar en las montañas y se producen ruidos como si fueran piedras que se desmoronan—. Martín escuchaba con cierta incredulidad, pero abierto mentalmente. —Eso perturba la tranquilidad. Y con respecto a lo otro, hay un dicho que dice: “Si llevases algo sagrado fuera de los límites, tu sangre llenará los vacíos de nuestras almas”.

—¡Para un poco!— interrumpió Martín. —¿Esto es en serio? Me están dando ganas de irme.

—Sí Martín—, expresó con serenidad Lucía al tiempo que le estrechaba las manos: —Confía en mi palabra, yo nunca te voy a mentir.

—Pero, ¿qué quiere decir esa frase?

—Quiere decir que si te llevas algo de acá, lo pagas con tu vida o la vida de algún ser querido. Y para que me creas, pregúntale a cualquier poblador. ¡Todos perdimos a alguien!

Relacionando esta afirmación con lo que aún ella no quería contar sobre su familia, Martín intentó tranquilizarla y tranquilizarse:

—Está bien, sigamos caminando.

Fueron callados, caminando por más de media hora, hasta llegar al lugar mencionado: un paraíso. Se escuchaban los pájaros, la caída del agua desde una cascada que no se veía a simple vista, era todo muy verde y se sentía una paz inexplicable que produjo un impulso en Martín que lo llevó a arrodillarse y exclamar: —¡Dios Mío que ganas de morirme hoy y llevarme este recuerdo a la eternidad!

Al escucharlo Lucía se arrodilló a su lado y exclamó:

—¡Bueno! resultaste ser poeta.

—La verdad es que este lugar inspira—, dijo él y sin mediar palabra la tomó entre sus brazos y la besó con tanta pasión que olvidó porqué había viajado a Paimún. Fueron exactamente tres minutos en los que ambos se fundieron en un beso que parecía interminable mientras sus cuerpos se fundían en solo uno. Un momento increíble. Entonces, abrazados sobre el suelo, mirándose a los ojos, empezaron a hablar:

—Pensé que nunca llegaría este momento, gracias Martín por hacerme sentir viva nuevamente.

—Yo tengo que agradecerte porque no tenía expectativa de nada y ahora veo todo de otra forma.

Luego de mimarse, reír y planear cosas, convinieron en que ese había sido el día más bonito de sus vidas, y con esa convicción emprendieron el regreso a Paimún. El viaje fue subrayando esa especie de estado de locura en el que les había sumido la visita a ese lugar. Al llegar, Lucía pidió a Martín que la dejara en casa de una amiga:

—Acá vive Emilse, todos le decimos Emi—, le contó. Y en seguida, sin poder disimular su ansiedad, dijo a Martín: —Mañana te invito a comer a mi casa, te espero a las 11:00.

Con gran alegría, riendo y aplaudiendo, Martín respondió:

—Gracias, ahí estaré.

Se despidieron con un beso. Al llegar al hospedaje Martín, cansado, solo quería darse un baño y acostarse pero fueron tantas las emociones del día que estaba seguro de que no podría pegar un ojo. Para colmo, al cruzarse con Gerardo, éste le dijo:

—Amigo, después de bañarse baje que necesito hablar con usted.

Convencido de que nadie le podía estropear la felicidad que sentía, respondió:

—Listo Gerardo, en 20 minutos vuelvo.

Después de asearse, descargar todas las sensaciones y ya más tranquilo bajó al comedor y en el pasillo escuchó el llamado de Gerardo:

—¡Amigo, eh!

Gerardo, sentado en una silla, le advirtió:

—Usted no me está haciendo caso, se está enamorando y eso le va a romper el corazón—. Pero cuando Martín intentó a hablar, él continuó, con voz más dura: —además, se mete en lugares en los que no debe meterse. ¡Ande con cuidado, amigo!

La conversación empezaba a subir de tono cuando Martín replicó:

—No entiendo qué le molesta, mis actos no dañan a nadie.

—Usted es un turista, viene, va, comenta y se olvida. Otros vienen, y siguen comentando.

Martín no perdía su energía y siguió contestando:

—¡Pero eso es mejor! Más gente, más plata, más vida. No veo lo malo.

—¿Y quién le dijo que eso es mejor? Otra cosa, ¡no ande solo por las noches! Se dice por ahí que hay almas deseosas de sangre nueva.

Sin entender lo que ocurría Martín se fue a dormir. Las dudas revoloteaban su pensamiento. Era la segunda vez que escuchaba esa advertencia y eso le hacía sentir temeroso. Le preguntaría a Lucía al día siguiente.

Día 3

Al bajar notó que faltaba Gerardo y eso, en ese momento, le pareció lo mejor. Mientras hacía tiempo para ir a casa de Lucía, dio una vuelta por el centro con la intención de comprar algunos presentes para los que quedaron en su ciudad y le incentivaron a hacer el viaje. Les estaría siempre agradecido porque el viaje le había permitido conocer a Lucía.

Le gustó mucho la casa de ella, amplia, con un ambiente muy agradable que favoreció la charla amena y distendida mientras llegaba el momento de comer. Todo giraba alrededor de la vida de Martín que contaba anécdotas, escenas de su infancia, sus amoríos. En un momento dado se refirió a su exnovia:

—Sí, creo que yo fui el culpable de que la relación con Ximena no siguiera más allá. En este sentido lo reconozco.

—No tienes que culparte vos solo— intervino Lucía ataviada con delantal y una cofia, cebando mate: —creo que en toda pareja las cosas se hacen de a dos.

—Está bien, entiendo lo que vos me decís, ¡pero vos no sabes algo todavía!

—¿Qué no sé todavía?—, preguntó Lucía.

Martín tomó aire y, con tristeza en la voz, le contó:

—Hace dos años falleció mi vieja, tenía cáncer, y yo los últimos meses no estuve siquiera dos días seguidos con ella. Me encargué de los gastos de la internación, de las medicinas, cada vez que la visitaba me quedaba todo el día, pero a veces me marchaba y no volvía, no soportaba verla, ella siempre fue muy vital y en esos momentos, ahí, estaba postrada en una cama. Poco a poco lo voy superando, pero...—. Cuando empezó a llorar Lucía lo abrazó y le acarició la cabeza:

—Si no me quieres contar, no sigas—. Sin embargo, él se secó las lágrimas y continuó:

—¡No! Al contrario, contar esto me ayuda. Fíjate, después de que murió mamá la relación con Ximena siguió, pero algo en mí se había ido. Ella seguía a mi lado, pero yo para no pensar me volqué de lleno en el trabajo, me quedaba haciendo horas extras, trabajaba los francos y cuando estaba con ella no hablaba de nada. Imagínate, me dijo que si no cambiaba se iría y yo le dije que, la verdad, yo ya no sentía lo mismo y no quería que ella perdiera el tiempo conmigo. Así que un día se marchó y no la vi más. Ya ha pasado casi un año y medio. Creo que ella empezó una nueva relación, dicen que se ve feliz, y yo me alegro por ella.

—¿Y ahora?—, preguntó Lucía.

Él la tomó por la cintura y la empezó a besar mientras le decía:

—Y ahora conocí una nueva persona y quiero estar con ella hasta mi último día.

Ambos rieron mientras Lucía se dedicaba a servir unos ricos tallarines caseros que a él le encantaron, tanto que repitió dos veces sorprendiéndola a ella, contenta de que hubiera quedado rico el almuerzo.

La conversación en la tarde giró alrededor de la vida de Lucía. Mirándola de reojo, Martín le preguntó:

—¿Vos hace cuánto que no te enamoras?

Ella, riendo y encogiendo los hombros, respondió:

—Creo que nunca tuve esa sensación, no sé cómo será, espero que pueda sentirla contigo. Ya me has hecho sentir cosas muy lindas estos días y eso habla bien de vos.

Martín, con un poco de vergüenza, comentó:

—Bueno me alegro. Yo también creí estar enamorado una vez, pero debo admitir que nunca me sentí tan bien y seguro como contigo.

—Dichosos de nosotros, espero que esto nunca se termine. ¿No?

—No, no quiero que se termine.

Terminando el almuerzo se instalaron en un sillón y se besaron largamente. Martín preparó un té antes de reanudar la charla:

—¿Qué pasó en tu familia?

Repentinamente cambió el estado de ánimo de Lucía y entre sollozos comentó:

—Mis padres fallecieron en un accidente de tránsito. Y lo único importante es que no los tengo a mi lado—. Lloraba desconsoladamente, como sintiendo bronca con alguien. Cuando Martín se dio cuenta le dijo:

—Lo siento, no quise hacerte sufrir es que solo quería...

Lucía lo interrumpió:

—Está bien, es que los perdí por culpa de alguien, eso es todo. Un día de estos te cuento lo sucedido, por favor espérame, no estoy preparada.

Martín la abrazó y acariciándole la espalda, pasándole toda su energía y le aseguró:

—Yo te voy a esperar hasta que estés lista, cuenta con eso.

Estaban en el sillón regalo de la abuela fallecida hacía más de una década, sentados junto a una estufa a leña, así que el ambiente resultaba muy confortable. Afuera llovía torrencialmente y ambos se quedaron dormidos. Martín, aún medio dormido miró el reloj: las 23:55. Alarmado y con apuro se levantó y despertó a Lucía:

—¡Lu, despierta! Me tengo que ir. ¡Gerardo me va a dejar afuera!

—¿Gerardo? ¿Dónde te estás quedando?—, dijo Lucía con expresión de asombro.

—En Talkey—, respondió Martín, con la respiración agitada.

—Pero ahí no trabaja ningún Gerardo, ¡es más! Guille, un ex compañero de colegio es el recepcionista.

Martín estaba confundido:

—Bueno, capaz es nuevo, pero me parece que hace años está ahí, igual no importa, tengo que irme.

—Por lo visto no te han dicho que no puedes andar solo después de las 12 de noche.

Martín empezó con inquietud a mover la cabeza para un lado y otro:

—¿Qué onda con eso?, ¡ya me lo dijeron!

—Las almas salen en ese horario y cuando presienten tu temor te invaden y se apoderan de la tuya.

—¡Mentira Lucía!, ¿cómo puedes seguir creyendo en eso? ¿hay pruebas acaso?

—¡Sí, mis padres murieron después de las 12 de la noche!, el tío de Lisa desapareció y nunca lo encontraron y así un montón de historias. Confía en mí.

Martín se sentó de nuevo en el sillón y empezó a escucharla:

—Hace cinco años, por un período que duró varios meses, la gente desaparecía como si nada, un par de asesinatos y hasta suicidios. Nunca se encontró cartas de despedidas ni se encontraron rastros y lo peor de todo es que nunca se encontró a las personas que hicieron estas cosas.

—Hasta ahí perfecto—, interrumpió Martín—, pero ¿y qué tiene que ver eso con las almas?

—¿No lo ves? Este pueblo está maldito y todo se relaciona con el sendero de las almas, todos alguna vez se llevaron algo del sendero y pagaron como lo dice la historia.

Lucía, agitada, empezó a retorcerse las manos y se las llevó a la cabeza. Martín decidió tranquilizarla. Y preguntó:

—¿Eso les pasó a tus padres, Lu?

—No quiero hablar de mis padres.

—Está bien, me quedo acá entonces.

Lucía más tranquila, le dijo:

—¡Escúchame Martín! Perdí todo y hasta que te vi, me encontraba vacía, es solo que no quiero arriesgarte. No sé si es mentira o no lo de las almas, pero todo el pueblo respeta eso, no quiero ser la primera en desobedecer ese legado, ¿estamos?

—Bueno, lo siento—, expresó Martín mientras la abrazaba. —¿Dónde duermo? ¿En la pieza de al lado?

—No, esa pieza pertenecía a mis padres y hace años que no la abro. Esta noche, vos dormís a mi lado.

La noche se hizo corta entre charlas y mimos. Ninguno de los dos sintió que era el momento para hacer el amor, es más, en ninguna de las charlas se tocó ese tema. Eran cerca de las 05:00 A.M. cuando Martín se despertó sobresaltado por ruidos que llegaban de la montaña y, sin dudarlo, despertó a Lucía.

—Despierta, ¿escuchas esos ruidos?

—Son las almitas que recorren los descansos.

—Pero eso suena a motor.

Lucía, bastante enojada porque no la dejaba dormir, se sentó sobre la cama preguntándole: —¡Está bien, decime! ¿Cómo llega una máquina tan alto?

—No sé, con helicópteros, por caminos alternos.

—Sos duro como un roble. Ya te vas a acostumbrar. Descansa, mañana tienes que viajar.

Día 4

Amanece el día de volver. Lucía y Martín se encuentran tristes, pero sabiendo que de ellos dependerá que lo que están creando pueda ser eterno. Después del desayuno Lucía se preparó para ir trabajar y Martín para volver al hospedaje a buscar sus cosas y despedirse de Gerardo.

—Bueno Lu, me alegraste la vida, te aseguro que voy a venir seguido. Te quiero mucho. Tengo otra cosa que decirte, pero vamos tranquilos.

—Gracias, Martín, por ser tan buena persona y alegrarme tú también la vida. Conoces mi casa, mi trabajo, tienes mi número así que por favor no te pierdas porque me romperías el alma.

—Saluda a Lisa, dile que la próxima nos juntamos los tres. Voy a pasar a buscar mis cosas al hospedaje y me voy.

Con un abrazo se despiden, él va al norte, ella al este. Ellos sienten que así comienza a caminar una gran historia.

Cuando Martín llega al hospedaje, encuentra a un muchacho joven y le pregunta por Gerardo:

—¡Martín! Soy Guillermo, hemos hablado estos últimos días y nunca me llamaste Gerardo, es más, no conozco a nadie con ese nombre, ¿qué pasó?

Martín no entiende nada, está muy desconcertado y exclama:

—La verdad es que no te recuerdo y estoy seguro de que había un hombre mayor en este lugar. No sé de qué trata este juego— dijo Martín con cierto enojo.

El muchacho, extrañado y sin entender, le dice:

—Está bien Martín, te sigo la corriente. Retira tus cosas y ¡lárgate!

Unos minutos después, cuando Martín empieza a dejar Paimún para regresar a su casa, al cruzarse con Lisa decidió frenar y despedirse:

—¿Dónde vas?

Sorprendida, Lisa sonríe: —Voy a dejar unos remitos como a 2 kilómetros de acá.

Martín ofrece llevarla y ella acepta. Charlan un poco hasta llegar donde Don Moisés. Ella baja y se despide de Martín pensando que es un lindo muchacho. Él continúa su camino y decide parar unos kilómetros más adelante porque ve un descanso que le llama la atención. Cuando se acerca, la impresión que recibe derrumba todas sus creencias: está frente al descanso de Gerardo.

No entiende nada. Mira la foto, la fecha de fallecimiento: exactamente 5 años atrás. Se toma la cabeza y mira para todos lados. Decide subir al auto y marcharse, pero durante los siguientes 200 kilómetros su cabeza dará vueltas a miles de revoluciones. No entiende cómo puede suceder eso y a la vez se siente mal por haber desconfiado de Lu. Decide en el camino no hablar del tema con nadie, salvo con Lu, cuando vuelva.

7-60

Con toda su atención enfocada en el camino, por momentos se pellizca, se ríe, le aumenta el volumen a la música... se encuentra en un estado de excitación fuera de sus rangos normales. Viaja hacia su ciudad, El Sauce, que contrariamente a Paimún, es grande, casi llega a los 45.000 habitantes cuando Paimún no supera los 4.000.

En El Sauce el mayor número de personas trabaja en la industria del petróleo; otra porción menor trabaja en actividades de comercio o, como en el caso de Martín, tienen su propio emprendimiento.

Unos minutos más tarde, al pasar cerca de la estación de servicio donde está Federico, Martín siente la necesidad de parar. Federico lo reconoce y se le dibuja una pequeña sonrisa al recordar la charla de unos días atrás. Deja lo que está haciendo y se dispone atender a Martín cuando éste estaciona y baja del auto. Él lo saludó con entusiasmo:

—¡Hola, Federico! ¿Cómo estás?

—Bien, trabajando duro, ¿viste como es la vida del pobre?—, dice con un dejo de resignación en sus palabras.

—No queda otra, depende de nosotros si nos afecta o no—, estirando el brazo para estrechar su mano. Federico acompaña el gesto y pregunta:

—¿Cómo te fue en Paimún?

—Hermoso, la verdad es que me enamoré.

Federico percibe que esa emoción no es por el paisaje:

—Una linda chica ¿no?

—La más bonita que he visto en tiempo. Corrijo: en mi vida.

Con la química que se establece entre ambos deciden tomar unos mates. Martín no se preocupa por la demora, sabe que va a llegar con luz diurna a su casa. Tiene ganas de contarle todo lo vivido, pero como se lo había prometido a sí mismo, no iba hablar con nadie sobre Paimún, menos aún de lo que sucedió a la salida. Decide abordar otros temas:

—Decime Federico, ¿tienes familia?

—Si, mis padres que están lejos perdidos en el tiempo, una hermana que hace años no veo y no sé nada de ella, y lo más importante de todo, mi señora que vive en Paimún— y con una voz angustiada añade: —y hace rato no la veo.

—Es complicada la distancia, pero lo importante es que todos están vivos—, comenta Martín.

—La verdad es que sí, es lo más importante. Con respecto a mi señora en unos meses vuelvo, la voy a levantar con todas mis fuerzas, la voy abrazar, la cargo en mi Citroën y la secuestro...—. Con tanto énfasis en sus palabras, los dos se echaron a reír.

Poco tiempo después Martín decidió marcharse. Al despedirse intercambiaron números de teléfono, se tomaron una fotografía. Él emprendió viaje, pensando con certeza que estuvo bien no profundizar sobre datos de su familia. Habría que ir poco a poco, ya habrá tiempo.

***

Unas horas antes de ese encuentro, en Paimún, después de despedirse de Martín, Lucía llegó al restaurante y se encontró con Rubén. Le saludó amablemente, con una sonrisa en su rostro iluminado. Él respondió con cierta ironía:

—Por lo que veo, no mejor que vos.

No sin picardía Lucía afirmó:

—Gracias, me hizo bien el descanso.

—Bueno mejor para todos. Arranquemos con lo nuestro.

Empezaron por limpiar el salón, pusieron música de una emisora local, y cuando llegó Lisa, juntos se dirigieron a la cocina para hablar y empezar armar el menú.

—¿Qué dijo Don Moisés?—, preguntó Rubén mostrando cierto desagrado.

—Dijo que más tarde se acercaba, que él no se olvida de las cuentas.

Con una risa irónica Rubén comentó:

—¡Sí, cómo no! Hay que andar todos los meses tras él.

Lucía, quejándose mientras pelaba cebollas, dijo:

—La verdad es que no sé qué hace con tanta comida todos los días.

—Eso no te tiene que importar— respondió Rubén, mirándola de reojo: —lo importante es que es el cliente más antiguo y hay que cuidarlo.

Lucía se manifestó en desacuerdo, no le gustó el comentario:

—¿Por qué no nos tiene que importar? ¿Acaso está mal enterarse de algo nuevo en este pueblo donde pasan cosas una vez a las quinientas?

—Sí, pero una vez a las quinientas son trágicas—, dijo Lisa mientras Lucía seguía con las cebollas.

Rubén trató de distender un poco el ambiente:

—Lucía, ¿te vi con alguien o me pareció?

Ella empezó a reír:

—¿Viste? Aquí no pasa nada y pero si me pasa a mi tengo que contarlo—. Riendo los tres, Lucía agregó: —sí, conocí una persona muy... —y después de un respiro: —... no sé cómo decirlo, ya me van a salir las palabras justas.

—Yo también conocí a un muchacho, muy simpático— apuntó Lisa guiñando el ojo a Lucía.

Rubén se echó las manos a la cabeza y se rio a carcajadas:

—¡Ah, sí! O sea, que soy el único que no conoció a nadie.

—Por lo visto ¡Sí!— intervino Lisa. —Déjame felicitarte Lucía porque vi un auto en tu casa, y me alegro de que por fin puedas presentarnos alguien, ¿no?

Lisa sabe que es el auto de Martín, pero no dice nada.

—Lisa, cambiando de tema— dijo Rubén. —Con respecto a Maxi no va a molestarte más. Hicimos la denuncia, el comisario ya se encargó.

Con un gesto de agradecimiento, pero no muy convencida, Lisa les tomó las manos a los dos:

—Gracias, ¡siempre voy contar con ustedes!

El resto del día transcurrió con normalidad. Al llegar la noche, Lucía caminaba por las calles de Paimún junto a Lisa, contándole lo que vivió con Martín y las ganas de volver a verlo. Muchas risas entre ambas dejaban evidencia de una amistad que se fortalecía a diario.

Al mismo tiempo, pero en El Sauce, Martín llegó al departamento que compartía con Ignacio, su mejor amigo, maestro mayor de obras. Los dos estudiaron juntos y ahora, además de la profesión, compartían una gran amistad y también los gastos. Reunidos para la cena, hablan del viaje, ven las fotos, los videos. Ignacio le comenta de los días en El Sauce. Entre charla, vinos y risas llega la hora de descansar. Al día siguiente la jornada debe empezar a las 07:00 y, según Ignacio, será agotadora. Martín se acuerda y le pregunta:

—¿Pagaste el alquiler?

Nacho, con cara de está todo bajo control, respondió:

—Si, ¡obvio!, fue Lola a pagarlo.

—Sos vago, mandas a esa pobre chica a pagarlo.

—Estoy muy ocupado. Ella quiere ser la señora Alic, ¿así que, qué? Que lo demuestre.

Tomando al amigo por los hombros fuertemente, Martín lo miró fijamente y preguntó: —¿Me estás informando que…

Ignacio, riendo, respondió:

—No te digo nada. Solo que ella se quiere juntar.

—¿Y qué esperas? Me has dicho que la quieres tanto, ahí está, de paso yo me quedo solo en el departamento, pero antes tienes que presentármela porque ni fotos me has mostrado de ella.

—Va a llegar el momento, estoy juntando fuerzas.

—¿Para qué?

—Déjalo así, vamos, que se nos hace tarde.

Terminada la charla, cada uno se fue a dormir. Martín muy en paz, como no se había sentido desde hacía mucho tiempo.

Al amanecer, Martín desayunó para dirigirse al trabajo. En su recorrido por las calles le pareció todo más lindo, lo que le hizo reír porque sabe que es por Lucía, a quien llama cuando llega a la oficina y hablan por un rato largo. Luego se enfoca en el proyecto que va a cambiar las vidas de él y de su amigo y, en una pausa de descanso, le comenta:

—He decidido no trabajar más de lo necesario, voy a dedicarme más a mí, aunque me lleve un mes más la finalización del proyecto, ¿qué opinas?

Ignacio, sentado, se queda mirándolo, se levanta y dice:

—¡Era hora! Muchas veces te pedí eso. Me parece excelente. Cuenta conmigo, voy ayudar un poco más, así no te recargas tanto.

Muy contento, Martín lo señala con el dedo:

—¡Te tomo la palabra! Y ambos se abrazan al tiempo que Martín con seriedad vuelve a preguntar:

—¿Cuándo me presentas a Lola?

—Muy pronto, quédate tranquilo que muy pronto.

***