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¿Y si un anciano mórbido apareciera de repente en tu habitación? No come, no se mueve, es incapaz de comunicarse y pesa unos 200 kilos. Como un Buda autista, el anciano no necesita nada. Es una masa improductiva cuyo silencio refleja las angustias, aspiraciones y carencias de los tres compañeros de piso: Alexis inmerso en su universo virtual, Susana bregando en su mundo laboral, y Teodoro erigido en mesías de la nueva religión que toma como dios al mórbido anciano. Quién es, qué quiere, qué necesita. Los tres compañeros han intentado todo, pero el mutismo que obtienen por respuesta solo aumenta un malestar cada vez más insoportable. Este lienzo en blanco les hace preguntarse si el mundo virtual se está filtrand o en la masa con la que comparten habitación, si sirve de algo llevar una vida productiva o si se puede erigir una religión sobre un dios del que solo se obtiene silencio...
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Seitenzahl: 230
Veröffentlichungsjahr: 2023
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EL VIEJO
GUILLErmo ANGUERA
EL VIEJO
© Guillermo Anguera, 2022© De esta edición: Bunker Books, 2022
Ilustración de cubierta: © Rubén Jiménez Martín «El Rubencio»Fotografía de solapa: © Mariona GassóDiseño de cubierta: © Cristal Reza
Bunker Books S.L.
Cardenal Cisneros, 39, 2º - 15007 A Coruña
www.bunkerbooks.es
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos,
http://www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-123558-6-4
Depósito legal: CO 2104-2022
A mi padre, por haber sido un ejemplo para todos los que le quisimos:
que descanse en paz.
Y a mi madre, la persona más fuerte que he conocido.
Primera Parte
I
Alexis Trujillo era un jugador de los coléricos. Desarrolló el sentido de la competición antes de los diez, en unos partidos de fútbol en los que rara vez su padre no acababa enzarzado con el árbitro o con el padre de algún crío del equipo contrario. A los quince, cambió el balón por el ordenador, y esta competitividad que tantas alegrías había dado a su familia encontró su máxima expresión en los videojuegos. Era incapaz de asimilar una derrota. Su mal perder lo hacía gritar y enfurecerse y era la causa principal de sus visitas recurrentes a la tienda de informática: su proveedor oficial de ratones, teclados o cualquier periférico susceptible de ser aporreado.
De la educación rígida y autoritaria que recibió de niño, apenas quedaba una delgada corteza. El régimen estricto al que fue sometido durante la infancia y gran parte de la adolescencia encontró su continuación en una política alimentaria de resultados bastante cuestionables. Desde que entró en la universidad engullía una pizza para cenar y una hamburguesa doble con patatas fritas para el desayuno, en este orden, con dosis ilimitadas de bebida energética Black™, patrocinada por Mike Tyson, o cerveza. Por eso le llamaban el fofo, aunque no le importaba.
Es difícil determinar si la etapa futbolística de Alexis terminó debido a sus viajes iniciáticos con el tabaco y el alcohol o si empezó a permitirse estos lujos una vez despojado de sus obligaciones deportivas. De lo que no cabe duda es de que la marihuana tardaría un par de años más en entrar en su vida y que para entonces ya nunca volvería a ver la pantalla de su ordenador sin el aura humeante de la hierba.
En esta historia, Alexis cursaba tercero de Ingeniería Informática en la Universidad de Barcelona y vivía en un piso compartido con otras tres personas: su amiga de toda la vida, el colega con el que se hinchaba a porros y un extranjero al que le cobraban una pasta por una habitación diminuta. La opresión tiránica que sus padres ejercieron sobre él durante su infancia y adolescencia se había suavizado y convertido en una relación parasitaria en el sentido inverso, según la cual papá y mamá ponían el dinero y la esperanza y Alexis solo la mano y (un) poco (de) esfuerzo. La única razón por la que sus padres todavía mantenían el grifo abierto.
Era una noche entre semana de una primavera especialmente calurosa. Alexis estaba frente al ordenador. Esta no era una situación extraordinaria: los auténticos jugadores no tienen horarios, por lo que no resultaba extraño ver luz en su habitación a cualquier hora. El suyo era un cuarto pequeño pintado de blanco, con un pequeño balcón que daba a la calle Comte d’Urgell, donde cruza con Aragón. En la habitación había una silla de oficina raída, un ordenador de gama alta y una serie de muebles irrenunciables. En realidad, dos: la cama y el escritorio, que trazaban una forma de L invertida en la esquina opuesta al balcón. La ropa, escasa y apilada en montones, la guardaba en una maleta abierta repleta de etiquetas de facturación de aeropuerto en el asa y pasaba del suelo a la cama con gran facilidad. De la superficie del escritorio, pegajosa en algunas zonas, apenas podían intuirse unos huecos para apoyar los codos, el teclado y el ratón; el resto estaba ocupado por botellines de cerveza o latas de bebida energética Black™ (casi todas vacías, con ceniza y colillas dentro), trazas de tabaco, filtros, chivatos, mecheros con y sin gas, grinders, envoltorios de chocolatinas, auriculares, bolsas de patatas (y patatas), migas, platos sucios y papel de baño, usado y sin usar (todas estas cosas podían encontrarse también, en igual o menor medida, en el suelo). Debajo de la pantalla se amontonaban cinco o seis libretas de la universidad y de apuntes personales. También rodaba por la habitación una bandeja de McDonald’s que nunca encontraba un lugar adecuado y que jamás llegó a cumplir su propósito original: evitar que la mesa estuviera llena de colillas y trazas de tabaco y marihuana. Por estos y otros motivos, era una opinión generalizada que aquello era una pocilga.
Pero nada de esto importaba. La habitación era un santuario y cumplía sus dos funciones básicas: se podía dormir en ella y era el espacio que daba cobijo al ordenador, esa máquina capaz de abrir puertas a otros tantos universos; lugares donde la limpieza, la organización y la pulcritud eran cuestiones de segundo orden.
Lo importante eran esos mundos virtuales a los que Alexis viajaba con tanta frecuencia. Tanto como podía. A todos los que podía. Aunque sí tenía una preferencia: un videojuego para el que los años no pasan y con una mezcla perfecta entre dificultad, apartado visual y entretenimiento, según rezaban los comentarios en Steam. Le merecía el máximo respeto y dedicación. Su contador sumaba tres mil doscientas veintiuna horas; su posición en el ranking mundial solía rondar la cuatrocientos, sin bajar nunca de la seiscientos, y su equipo era de aquellos que acumulaban millones de visitas en portales de streaming. También era el juego que más tensaba sus nervios, el que más concentración requería y por el que menos paciencia mostraba. Compañeros de piso y vecinos podían adivinar sin mucho esfuerzo cuándo estaba en el lío, una expresión que él mismo solía utilizar.
Pero volvamos a la noche que nos ocupa. Debían de ser las tres de la madrugada, lo que implica que el contador ya sumaba unas cuatro horas de juego ininterrumpidas y que cuatro caras de Mike Tyson miraban sin parpadear hacia el jugador desde la mesa. La última partida se estaba alargando más de lo habitual y la cafeína y la falta de sueño daban a los ojos de Alexis un aspecto deplorable. Había aguantado con los nervios al límite durante los últimos veinte minutos y, por eso, cuando un jugador de su propio equipo cometió un error (menor en otra etapa de la partida; de vital importancia en aquel instante), Alexis explotó en un ataque de furia, gritos y palmadas sobre el poco espacio libre que quedaba en la mesa. Estos ataques, conocidos en un perímetro de dos habitaciones a la redonda, solían ser breves, aunque no por ello causaban menos estragos. Había perdido la partida. Tras cinco minutos de reflexión y refrigeración mental, Alexis se levantó para ir a la nevera a por más reservas.
La cocina, que también hacía las veces de sala de estar (los compañeros sacrificaron el comedor para ganar una estancia adicional que alquilaban a estudiantes de intercambio), estaba al final del estrecho corredor que conducía al resto de las habitaciones. El baño quedaba en un extremo, junto a la puerta del cuarto de Alexis, y la cocina en el otro, al lado de la entrada principal. Como nadie se había preocupado de arreglar la luz del pasillo, tuvo que ayudarse de la linterna del móvil para recorrer la distancia que lo separaba de la nevera. Agarró una de las latas negras con la cara tatuada del boxeador retirado. De vuelta, al entrar en su santuario, con el móvil en una mano y la lata de bebida energética abierta en la otra, su corazón dio un vuelco. Un viejo calvo de edad incierta y aspecto mórbido de no menos de doscientos cincuenta kilos estaba sentado en su silla.
II
Los primeros días de convivencia con Alexis habían sido inquietantes: que alguien gritase de aquel modo por una gilipollez como esa chocaba con el sentido común y la idea de una vida ordenada. Con el tiempo, Susana había aprendido a tolerar aquella pequeña excentricidad, aunque no llegaría a acostumbrarse. Por suerte, no tenía problemas para dormir. Hasta entonces, solo recordaba haberse despertado en dos ocasiones por culpa de su viejo amigo: una de ellas cuando este llegó a casa durante la noche después de meterse algún alucinógeno (y después de haber tomado la decisión de dejar a su colega donde fuera que estuviese y volverse andando, solo, los cinco kilómetros que lo separaban de su habitación, con la consecuente paranoia, náuseas y ganas de echar un meo en el pasillo, cosa que hizo); la otra se debió a un ataque de cólera y gritos pospérdida de partida que nada tuvo de excepcional, conociendo el carácter de su amigo, pero que por alguna razón u otra consiguió sacarla de la fase REM.
«Quién me manda a mí», se decía a menudo. «No te mudes con él», le habían dicho sus padres. Pero eran amigos de siempre y, aunque sus vidas no podrían haber tomado rumbos más dispares, seguían mostrando el uno por el otro ese amor fraternal que solo una adolescencia compartida puede explicar. Sería en la noche de la que venimos hablando que Alexis la despertaría por tercera vez, aporreando la puerta de su habitación, cerrada por dentro, con ansiedad e impaciencia.
—¡Abre, joder, tienes que ver esto! —gritó Alexis.
Susana, que apenas lograba abrir el ojo que no quedaba cubierto por la almohada, gruñó como un gato al que mueven sin consultarlo.
—Ahora salgo, tranquilo, ahora salgo. ¿Qué te pasa?
—¡Date prisa! Vente, joder, ha pasado algo que…
—Shut the fuck up! —interrumpió un grito desde la habitación más próxima a la cocina.
—Dame dos segundos.
Levantó la aldaba y salió al pasillo en ropa interior, una camiseta vieja y la melena rubia enmarañada. Sintió la luz del móvil de Alexis como un ataque personal. No soportaba que la despertaran, sabía que le costaría horrores volver a dormir. Le llevó un momento entender lo que le decían.
—Ven.
Llegaron a la habitación y Susana descubrió al viejo sentado en la silla.
—Joder.
Le sorprendió que una camiseta interior tan grande pudiera quedar tan ajustada. Era blanca y de tirantes y la tenía metida por dentro de los pantalones. También llevaba un cinturón a punto de reventar. Y los pies, esos pies enormes, embutidos en unos calcetines de lino y unos zapatos de cuero que se veían nuevos. Sin saber muy bien por qué, el conjunto le pareció repulsivo. De no ser por su obesidad y la inmensa sábana que cubría su torso, el aspecto del viejo era pulcro: incluso la camiseta interior se mantenía blanca, sin arrugas ni ronchas bajo las axilas. Su cara era del todo impersonal, como si la grasa que ocultaba las arrugas de su piel hubiera conquistado toda expresión posible. Era calvo e imberbe, y tenía unos ojos marrones casi negros que no transmitían la menor emoción. La obesidad daba a sus facciones colgantes un carácter desangelado, aunque la esencia de aquella repulsión primitiva respondía a algún motivo oculto y que poco tenía que ver con su demencial sobrepeso.
—No habla ni se mueve ni reacciona. —Alexis dio una palmada frente a los ojos del viejo—. No está herido. Solo respira. Y mira cómo le cuesta: el sonido es gutural. Es un peso muerto. —Alexis levantó el brazo derecho del anciano y lo dejó caer.
—¿Quién es? —dijo Susana.
—Y yo qué sé. Terminé la partida, fui a la cocina a por una lata y al volver me lo encontré aquí.
—Tú vas drogado.
—Que no.
Se hizo el silencio en la habitación durante un rato más largo de lo que la comodidad permitía.
—¡Joder, di algo! —exclamó Alexis.
Alexis y Susana eran como una pareja mal avenida, de las que confunden sus sentimientos con un sucedáneo del amor porque ese es el único amor que han vivido. Se conocían de la escuela, hacía ya demasiados años como para andarse con remilgos.
—¿Y qué quieres que te diga? Son las tres de la madrugada, hasta hace diez minutos estaba durmiendo, sabes muy bien que mañana trabajo, me despiertas aporreando la puerta, me traes aquí y me encuentro con esto. Entre todas las mierdas que me vienen a la cabeza, ¿por cuál quieres que empiece? En estas circunstancias, lo que me sugiere la poca sensatez que pueda quedarme es que llames a la Policía, al 112, a un hospital o a quien se te ocurra. Cuéntales a ellos todas estas milongas y luego me dices.
—Me estás tomando el pelo…
—¿Dónde está tu colega?
—Él no tiene nada que ver con todo esto. ¿Y por qué hablas como si fuera solo mi problema?
Ciertamente era un problema. Nadie estudiaba, pero aquel era esencialmente un piso de estudiantes. Y estaba al completo.
—Como si yo pudiera hacer algo. Tu colega sabrá. Llámalo y luego llama a la Policía o a emergencias, por Dios, no podemos tener a este hombre en casa. Yo necesito dormir…
—Que no, joder, que él no sabe nada. Y que le jodan a tu trabajo. Te digo que fui a la cocina y…
Susana advirtió la aflicción de su amigo y se sintió un poco culpable por mostrarse tan brusca. Hacía unas semanas que se notaba irascible e impaciente. Desde que supo que la iban a ascender. Entonces pensó que se pondría contenta al recibir la noticia, que se sentiría un poco más satisfecha con la vida, pero no fue así.
—Alexis, no puedes hablar en serio. —Estaba demasiado dormida, como flotando en una nube.
Y mientras pronunciaba estas palabras, Susana supo que algo le había ido muy mal a su amigo durante los últimos meses. Sí, era cierto que se habían distanciado y que ya no hablaban tanto como antes, ni bebían cerveza ni veían películas ni tenían tanta vida comunal, pero, joder, ¿tanto se había alejado como para dejar de advertir que se le estaba yendo la cabeza?
—Tendremos que cobrarle alquiler, ¿no? —intentó bromear Susana para romper el silencio y distender el ambiente.
Alexis forzó una sonrisa, pero poco pudo hacer por aligerar el peso de las circunstancias y aquel olor rancio a comida basura y sudor que inundaba la habitación. A diferencia del anciano, Alexis era delgado y sudaba mucho, sobre todo cuando jugaba. Dos ríos de sudor le bajaban barriga abajo hasta el elástico de los pantalones, que ya chorreaban a aquellas alturas de la noche.
—¡Hija de puta! Ayúdame a pensar en qué coño hacemos, adónde lo llevamos o cómo nos defendemos de él, puede que nos toque hacerlo. —Alexis enfatizó la primera persona del plural con la intención de dejar claro que, a pesar de haber encajado e intentado reír la broma, no iba a cargar con aquel peso.
—¿Defendernos de él? ¿Pero de qué hablas?
Susana ya no sabía cómo continuar con una conversación tan ridícula. Quería ayudar, pero nada tenía el menor sentido. Estaba segura de que aquello era cosa del Milenario (así le gustaba llamarlo), el despojo con el que ella y Alexis convivían desde hacía un tiempo. Susana necesitaba dormir.
—¿Es que no me escuchas cuando hablo? Esta cosa apareció sin más, se ha teletransportado, por arte de magia, aquí, hace un momento. Zas.
Alexis estaba demasiado excitado.
—Está muy gordo —Susana hizo un comentario imparcial, objetivo, que no entraba en el trapo.
—Es de locos, este hombre no puede moverse ni un centímetro. ¿Crees que caga y mea? Yo no quiero limpiarlo.
Era cierto. El viejo no había hecho nada en todo aquel rato. Y estaba tan gordo que a Susana le costaba imaginar cómo nadie pudo haberlo metido en la habitación o haberlo sentado en la silla.
—¿Por qué no llamas a tu colega?
—Basta —lo interrumpió Alexis—, te digo que no tiene nada que ver.
Los dos compañeros de piso siguieron en la habitación unas cuantas horas más y cuanto más confiado se mostraba él, más distante se sentía ella. Le hablaba de portales y de ciencia ficción y de física cuántica y superordenadores. Susana desconectó. No quería escuchar aquel discurso esotérico. No quería porque con cada palabra sentía más lástima por su amigo.
Alexis le confesó que, en un principio, había creído que la mezcla de cafeína, marihuana, falta de sueño y las horas de juego le habían jugado una mala pasada, pero que sintió un gran alivio cuando comprobó que Susana también podía verlo. Ella asentía, por reaccionar de algún modo, mientras intentaba recordar el momento en el que todo se había torcido.
A diferencia de él, Susana era escéptica de formación y una atea militante, y se negaba a tomar en serio cualquier hipótesis que trastocara la imagen que tenía de sí misma y del mundo que la rodeaba. Si la existencia del viejo podía explicarse racionalmente (y estaba segura de que se podía), no había motivo para preocuparse más allá del sobresalto inicial: tarde o temprano resolverían la cuestión y todo quedaría en una anécdota. Le jodía por él, por Alexis. Por cómo se había tomado el asunto y por lo que eso significaba. Y por el viejo, claro, que no tenían ni idea de quién era y algo tendrían que hacer con él.
—Tengo que irme. Prométeme que mañana irás a la Policía.
—Quédate un rato más.
—Diez minutos. Necesito dormir, mañana trabajo. Intenta dormir tú también.
Susana no era una mística, no contemplaba la posibilidad de llegar a ser testigo de una revelación o de un milagro, sabía que nunca podría dar ese salto. Que no hallara respuestas inmediatas a una incógnita no significaba que no las hubiera. Tenía convicciones. Sabía qué cosas pertenecían a su naturaleza y cuáles no y la cuestión de una revelación le traía sin cuidado: tenía la certeza de que, bajo cualquier circunstancia, siempre encontraría una justificación racional y adecuada que explicase hasta el más extraño de los sucesos. La presencia del viejo no tenía por qué entrar en otra categoría y, a pesar de que todo parecía responder a una lógica de otro orden, sabía que sería incapaz de dar cuerda a ninguna clase de espiritualidad incipiente, pasara lo que pasara. En su mundo, no había espacio para esa clase de terror.
Incluso los grandes escritores habían sido incapaces de esquivar el obstáculo del sobresalto inicial ante unos hechos sobrenaturales. En un universo realista no había espacio para lo extraño. Cualquier reacción ante «lo otro» era pura especulación, un argumento mil veces forzado. Susana no había visto una sola película de terror en la que la reacción de los protagonistas le resultara natural. ¿De qué modo iba a reaccionar un personaje cuya vida entera había transcurrido entre los estrictos márgenes de la normalidad ante la aparición de un monstruo? La incredulidad nunca le pareció una buena respuesta, y mucho menos la opción de coger el toro por los cuernos y cargarse al bicho o al demonio. ¿Existía una reacción aceptable? Ella siempre había creído que, ante una situación semejante, la única opción verosímil habría sido un ataque al corazón, la parálisis o la locura, es decir, la imposibilidad total del género y la ficción. Podría haber añadido otra opción, la suya, la de quien ve un dragón volando y dice: «Es un avión, tío, qué va a ser eso un dragón, estamos locos».
Ni se había vuelto loca, ni le había dado un ataque al corazón, ni se había abierto a las posibilidades del misticismo.
Solo una imagen: ella, en la pequeña habitación de Alexis, con aquel dragón surgido de la nada.
III
A pesar de su torpeza natural, Teodoro Menéndez consiguió encajar la llave en el candado al primer intento. Tras la vuelta de rigor, tiró de la larga cadena hasta deshacer los nudos que envolvían radios y cuadro, para después guardarla en la gran caja de madera que descansaba sobre la rueda trasera. Sin más preparativos, sacó el sillín de su mochila y lo introdujo en el cuerpo del vehículo. Tras una apacible velada, unas olivas, un refrigerio, un saludo al sol, una bendición, un apretón y algún estrechón, Teodoro subió a su bicicleta.
Había pasado las últimas horas bebiendo cerveza y fumando hierba, de modo que hasta él mismo sabía que los diez minutos que, a paso ligero, lo separaban de su cama acabarían por triplicarse. Con la boca seca y deshidratado, pedaleaba como si no hubiera un mañana. Todavía estaba colocado.
Avanzaba lento sobre la acera, nunca en línea recta, dejando atrás postes, árboles, contenedores, marquesinas, motos aparcadas. Casi se mata, de no ser por sus reflejos que, incluso en aquel estado, consiguieron enderezar la bicicleta, detenerla y darle un tiempo al ciclista para recuperarse.
Eran las cuatro y media de la madrugada, donde el Paseo de Colón se cruza con Vía Layetana. En una ciudad como Barcelona no era de extrañar que todavía hubiera tráfico. Los semáforos cumplían con su función, mantenían a la espera tras su barrera invisible a los pocos turistas que quedaban por las calles. Teodoro paró al lado de uno de estos semáforos, decidido a liar un cigarro para calmarse y coger energía antes de continuar el trayecto. Dos extranjeros se le acercaron.
—Eh, amigo, ¿nos darías un pitillo? —le preguntó el primero.
—Sí, claro, faltaría más —contestó Teodoro alargando el paquete verde—. Está todo dentro.
—Gracias, llevamos un rato pidiendo y nadie…
—Y para comprar ahora es imposible, todo está cerrado. Nosotros pensando que en Barcelona todo era fiesta, fiesta, bim-bim, bam-bam —lo cortó el segundo, en un estado de evidente ebriedad, mientras acompañaba sus onomatopeyas con ambos dedos índice al compás apuntando al cielo oscuro.
—¿Cómo dices? —replicó Teodoro mientras el extranjero seguía bailando—. Esta ciudad te come y te escupe. Esta es una tierra para cruzar huyendo. Una tierra maldita y vacía, pero cuando estás aquí formas parte de ella. —Teodoro dejó pasar unos segundos de silencio dramático—. Solo hace falta estar en el lugar adecuado en el momento oportuno. Cuando te dejas llevar, cuando uno fluye en sintonía con el universo, te absorbe en una espiral impredecible. ¡Eso sí, debes quererlo y abrazarlo! Solo así podrás contar, de vuelta en tu país, la manera en la que llegaste al hotel desnudo y con una poesía escrita en la nalga, o con el prepucio perforado y sin pendiente, o con la mano metida en un cubo de mortero duro. ¡La puta! ¡Sí cuesta quitarlo…! —Teodoro rio, solo, de un modo estridente—. Aunque no puedas recordar el motivo. Anda, trae, que te veo en apuros. —Sin dejar de reír, cogió el papel cubierto de tabaco que el primero de los extranjeros intentaba liar.
Los dos amigos se miraron con una complicidad muda que duró hasta que el primero, el más hablador de los dos, se justificó:
—Venimos de Milán. Los lunes, los martes, los miércoles… Hay universitarias cachondas todos los días de la semana. Aquí, las chicas guapas, que las hay, las vi durante el día, todas están en casa. Ahora solo quedan putas negras, ingleses y paquistaníes.
—Milán, bonita ciudad… La visité, de joven, que soy viejo ya, ¿a que no lo parece?, y no sé cuánto habrá cambiado todo aquello. Esto es diferente. El suelo que estáis pisando… ¡Joder!, tiene un algo de más… Que sí, que la gentrificación está cada vez más presente y que el uno se pierde en la multitud, en su mayoría extranjeros, pero todavía le queda la esencia, la bohemia, la apertura a lo otro. Por eso vienen de fuera. Por eso se quedan los extranjeros. Bueno, qué os voy a contar. Ja, ja, ja. Y la fiesta, claro que importa la fiesta, que no nací ayer ni me chupo el dedo. Y sí, es poco espiritual la ciudad, como cualquier capital de dimensiones considerables. Qué queréis, no se puede tener todo. He visto mucho mundo yo, ¿sabéis? He aprendido tanto en las costas del otro lado del Atlántico, y en la India y en Tailandia… cosas que ningún otro lugar podría haberme enseñado; aunque nada comparable con lo que Barcelona me ha dado. Con esto no quiero decir que no haya que viajar, que no haya que conocer mundo. Pero tíos, al final hay que tener un nido al que volver. Si escapas del tedio de la rutina abrasante, aquí todavía se puede encontrar un lugar propio; todavía queda un espacio para la magia. Esta no es una ciudad para tres días.
—Ya, bueno, nosotros trabajamos, ya sabes. Cuando éramos estudiantes de intercambio pasamos unos meses en San Sebastián… Ahora venimos un fin de semana largo y buscamos lo que buscamos… —El primer extranjero acompañó la frase con una sonrisa mientras introducía su dedo índice en el círculo formado por el índice y el pulgar de su otra mano—. ¿No podrías decirnos adónde ir? No queremos pagar, aunque esta tampoco es una condición sine qua non —acentuó la última sílaba.
—Me recordáis a mí hace años. Una noche sin meterla era una noche perdida; sin beber, aburrida; sin… —Teodoro hizo el ademán de inspirar con energía sobre la palma de su mano izquierda mientras tapaba uno de sus orificios nasales con la otra—. En fin, creo que sabéis lo que quiero decir. O quizá no, no lo sé. Yo no lo veía. Estaba convencido de que no había nada más después de todo esto, pero creedme, hay todo un mundo de sensaciones y experiencias ahí afuera. Que no hablo de renunciar al sexo, al alcohol o a… no, qué va: hay experiencias más puras, más reales, experiencias que transforman y que cuando las descubres…
—Este hace tanto que no folla que sería como descubrirlo de nuevo —se mofaba el segundo de los amigos.
—Cállate, imbécil. ¿Nos ayudas, entonces?
—Son experiencias que adquieren un tono metafísico. No quiero sonar muy espiritual, no me gusta del todo esta palabra, ni tampoco soltar un rollo New Age acerca de las conexiones trascendentales y la madre que lo parió. Dejadme que os hable sobre algo que va más allá de una mera sensación corporal. Hay muchas maneras de sentir cosas nuevas y estaréis de acuerdo conmigo en que hay experiencias que poco o nada tienen que ver con otras. Yo ideé una especie de clasificación… Veréis, la organizo por niveles. Por poner un ejemplo, cuando te rascas una parte del cuerpo…
—A nosotros nos pica otra y queremos que nos la rasquen. Va, dinos adónde podemos ir, que tienes cara de conocer todos estos sitios… —dijo el segundo.
—El mismo nivel que el dolor que uno siente al romperse una pierna. Todo es cuestión del grado, de intensidad. Luego hay otro nivel que va más allá. Todavía corporal, en otra modalidad. El orgasmo, por ejemplo.
—Eso, eso, el orgasmo, ahí te vemos, amigo —cortó de nuevo el segundo.
—Aquí también se incluyen otras sensaciones, como podrían ser las que uno tiene al dormir, comer o respirar. Porque el propio cuerpo se dirige hacia algo, no se limita a estar ahí. O sea, todavía es pasivo, con ciertas peculiaridades. El cuerpo crea, hay un movimiento que nace de él y que tiende a la satisfacción de un deseo, de una necesidad ineluctable.
—Ehi, ce ne andiamo o cosa? Per scherzo va bene, ma qui stiamo solo perdendo tempo. Guarda com’è vestito, questo ragazzo sicuramente dorme per strada —le dijo el segundo de los extranjeros al primero.
—Las drogas y el alcohol son, por supuesto, otro peldaño en esta larga escalera; sensaciones que pertenecen al cuerpo, pero cuya naturaleza escapa de su voluntad. Trabajan con su gran fábrica, la del cuerpo, con sus peones, aunque con distinto capataz. A veces me da por pensar que este no es un nivel en sí mismo, sino que es parasitario de los demás. Con esto quiero decir que juega con las experiencias de otros niveles, se aprovecha de ellas para generar un producto que ni es puro ni es nuevo. La cuestión daría para mucho más… Lo que está claro es que sería injusto no tenerla en cuenta, del mismo modo que cada una de ellas, las drogas, digo, me merecen un respeto distinto. A mí, personalmente…
—Andiamo, Carlo…
—Imaginad, ahora mismo, que además de estos primeros niveles que acabo de esbozar hubiera una infinidad de peldaños inabarcable. —Teodoro extendió sus brazos—. Que estos tres niveles o como queráis llamarlos, por fundamentales y básicos que sean, no son sino un pequeño porcentaje de lo que puede en realidad sentir el ser humano.
—Andiamo!
—Stai zitto!
—
