El vuelo del Halcón - Isabel González Yagüe - E-Book
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El vuelo del Halcón E-Book

Isabel González Yagüe

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Beschreibung

Obra del año 2019. Imprescindible lectura Después de veinte años de conflicto, la Alianza de los Estados del Bienestar creó y propagó la Gran Depresión, exterminando a los frentes terroristas extendidos por todo el planeta. La enfermedad acabó con dos tercios de la población humana y aniquiló por completo a los animales y al reino vegetal. Los hombres y mujeres que sobrevivieron portarían en su código genético la terrible afección. La GD borró de su mente los recuerdos que llevarían de nuevo a la especie a su autodestrucción, pero también aquellos que pudieran rememorar tiempos en los que sí se podía soñar. Cincuenta años más tarde de aquel exterminio, un rayo de esperanza regresará a Rodinia cuando Félix, afectado gravemente por la GD y postrado en una silla de ruedas sueñe que es un animal que puede volar…

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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EL VUELO DEL HALCÓN

RODINIA

Lograste tus alas, Halcón.

Siempre serás mi superhéroe.

Biografía

Isabel González Yagüe regresa al mundo literario con la primera entrega de la saga El vuelo del halcón. Madrileña de nacimiento, ingeniera geóloga y apasionada de los animales, disfruta con cosas tan sencillas como correr, viajar, perderse en la naturaleza y columpiarse en sonrisas. Si tuviste la suerte de disfrutar de la lectura de su ópera prima La sonrisa de Tango, descubrirás con esta nueva novela la mente privilegiada de esta gran escritora. ¿Estás preparado para la aventura?

Sinopsis

Después de veinte años de conflicto, la Alianza de los Estados del Bienestar creó y propagó la Gran Depresión, exterminando a los frentes terroristas esparcidos por todo el planeta. La enfermedad acabó con dos tercios de la población humana y aniquiló al resto de animales y reino vegetal. Los hombres y mujeres que sobrevivieron portarían en sus genes la terrible GD, que borró de su mente los recuerdos que podrían volver a autodestruir a la especie, pero también aquellos que pudieran rememorar tiempos en los que sí se podía soñar.

Dos siglos después del exterminio, dos jóvenes, Belle y Félix, mantienen una relación clandestina a espaldas de la Potencia, sin imaginar que cincuenta años más tarde tendrán que enfrentarse cara a cara con la Autoridad. Todo empezará el día en que Félix, afectado gravemente por la GD y postrado en una silla de ruedas, sueñe que es un animal que puede volar…

Será entonces cuando un rayo de esperanza regrese a Rodinia.

El 24 de enero del año 2050 los líderes de la Alianza de los Estados del Bienestar proclamaron su victoria en la Guerra Final. El conflicto, que se había alargado durante más de veinte años, había sumido a la Tierra en el mayor terror vivido en su historia.

Cuando la lucha global parecía haberse decantado del lado de los Miembros del Terror, la Alianza de los Estados del Bienestar creó y propagó la Gran Depresión. Esta enfermedad logró exterminar a los frentes terroristas que se habían extendido por todo el planeta. Sin embargo, la población global de la humanidad se vio mermada en más de dos tercios. Aquellos que sobrevivieron, y sus consecutivas generaciones, cargaron en su material genético con la terrible afección en un letargo más o menos largo, pero de la que no lograrían escapar.

La precipitación con la que se propagó la Gran Depresión no dejó tiempo para proteger a animales y vegetales de sus consecuencias mortíferas. Su exterminio total fue tal vez el mayor precio a pagar para lograr reestablecer el orden.

La enfermedad había logrado borrar de la mente humana aquellos recuerdos que volverían a llevar a la especie a su autodestrucción. Era la oportunidad de empezar de cero, reconstruyendo una nueva Tierra, a la que se renombró como Rodinia.

Pero una vez más, el ser humano se volvió a equivocar.

MEMORIAS I

Rodinia, año 201

La explosión debió de ser a varios kilómetros del hospital abandonado donde Félix y Belle se escondían. Aun así, el rubor al pensar que podían ser descubiertos por sus familias provocó que la chica saltara sobre Félix, a quien hizo caer de espalda contra el suelo.

Ni mucho menos era el lugar más digno para lo que estaba a punto de suceder. Olía a humedad y a óxido. Para colmo, Belle se acababa de dar un golpe en la sien con una viga, pero prefirió no quejarse para no arruinar el momento. Félix no sentía el dolor de los cascotes de hormigón clavándose en su espalda mientras sostenía a su nueva amiga en brazos. A su alrededor, el esqueleto gris del edificio sonaba como si se fuera a resquebrajar de un instante a otro, aunque ellos no podían oírlo.

Se habían conocido durante aquel éxodo unos días atrás. La caminata de casi cien kilómetros sobre el barro y bajo la lluvia había sido tan dura que ni ella misma había recordado su decimoséptimo cumpleaños. Tiritaban, como lo habían hecho durante cada momento de la última semana. Aunque ahora temblaban con una sonrisa nerviosa. La chica se abalanzó sobre su amigo y le besó, sin darle opción a retirarse, como vio a su padre besar a su madre en público y sin miedo a las miradas unos años atrás. Le acarició con ternura al descubrir la suavidad de su cara, donde apenas le había salido barba aún, y le mordió con fuerza los labios para demostrarle que no le molestaba que fuera dos años menor que ella. La edad poco le importaba. En realidad poco importaban los años en un mundo en el que la muerte acechaba cada mañana.

Belle estaba contemplando ensimismada los ojos de Félix. Eran de un color marrón claro, casi transparente. Sus pestañas eran largas y también lo era su nariz, larga y afilada, que le daba un aspecto audaz. Bajo su nariz, un lunar acariciaba su labio superior. Sus labios eran gruesos y su tez morena. Quizá fuera la cara más perfecta que había visto jamás, pero ese rostro torció el gesto y lanzó un grito que hizo que Belle saliera de su éxtasis.

Desde los brazos de Félix, Belle pudo ver hecho pedazos en el suelo el techo que había resguardado su primer beso unos segundos antes. Ella soltó una carcajada.

—¿De qué te ríes? —le increpó Félix, con ella aún en brazos y esquivando los escombros del suelo para no caer.

—De tu grito, de tu cara, de lo bruto que eres con la cara de niño que tienes ―seguía riendo la chica. Parecía ajena al escenario desolador que les rodeaba: las camas de hierro tiradas en el suelo, los ventanales rotos, la luz que entraba de forma tenebrosa por las grietas de las paredes…—. ¿Sigo?

—¿Te parece gracioso? —le contestó él con el ceño fruncido y dejándola de forma brusca sobre el suelo, no sin antes asegurarse de que no había nada con lo que pudiera hacerse daño.

—Lo es. Al menos habría sido una forma digna de morir. —Puso sus brazos en jarra y contoneó su cintura, como si el peligro de que se les cayera el techo encima no fuera con ellos.

—Para ti sobre todo. —Félix empezó a caminar tirando con fuerza del brazo de la chica para salir al exterior—. No todo el mundo puede decir que murió en los brazos de un hombre fuerte, guapo y alto como yo. En cambio yo habría muerto con una pequeñaja en brazos. —Se giró y le apretó la nariz entre los nudillos de sus dedos índice y corazón.

—Una pequeñaja que te gusta…

—Vamos a dejarlo en una pequeñaja que me cae bien y que tiene un chichón en la frente —sonrió esta vez apretándole el bulto de la sien.

Ya en el exterior, la luz aparecía y desaparecía entre las nubes grises. Félix observó a la chica, que entornaba los ojos cegada por el sol intermitente. Con chichón en la frente incluido, era preciosa. Tenía el pelo ondulado, largo, casi por la cintura, y bastante bien peinado. Durante los días anteriores se había fijado en que ella, al igual que él, también trataba de peinarse y asearse con parte del agua que le correspondía en su racionamiento, a pesar de las penurias que habían pasado todos los huidos hasta aquel barrio abandonado. No sabría decir si era castaña, rubia o pelirroja, porque mechones de varios colores se entrelazaban con la corriente de aire que escapaba del amasijo de hierros y hormigón del que acababan de salir. Alrededor solo había más edificios escabrosos, sin embargo, él se fijaba en el movimiento de su melena y en sus ojos grandes y rasgados en los extremos. Las pestañas se movían con soltura, tal vez sabiendo el poder que tenían sobre quien las miraba. Su nariz era más bien grande, lo que le daba otra pista más sobre su personalidad fuerte, y su boca pequeña se reía con picardía porque sabía que el chico la miraba totalmente enamorado.

Belle agarró las manos de Félix y dio un paso más hacia él.

—Prométeme que tú no me dejarás. —Alzó los ojos para encontrarse con los del chico.

Se conocían desde hacía unos días, pero ella se lo había contado todo. Años atrás había prometido a su padre que jamás se lo contaría a nadie, pero también sabía que aquel chico nunca la iba a delatar.

—¿Dejarte? Imposible. Aunque quisiera no podría. —Félix la abrazó queriendo resguardar a la chica del mundo que les había tocado—. Prométeme no dejarme tú a mí, pequeñaja. —Agarró la cintura de la chica con manos temblorosas.

—Claro, ¿cómo ibas a defenderte tú solo? No tienes nada que hacer sin mí ―bromeó Belle agarrando sus bíceps marcados y mirando, esta vez sí, el escalofriante escenario que les rodeaba.

Félix sonrió halagado. Estaba acostumbrado a que hablaran de su belleza, inusual en los barrios marginales donde vivían. Pero con Belle era distinto, ella era incluso más guapa que él. Además, tenía algo especial, algo que le hacía brillar sobre el resto de chicas que había conocido antes.

—¿Entonces estaremos juntos siempre? —siguió flirteando Belle, y pareció olvidar de nuevo su futuro desesperanzador.

—Claro. —Félix acarició la sonrisa de su ya novia.

—¿Y por qué? ¿Por qué no vas a fijarte en otras entonces? ¿Te gusto mucho? ―Se acercó un poco más sin que él retrocediera y dejando que él le colocara un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Porque eres tú. Eres la chispa de mi vida. Mi Chispita.

Félix se inclinó para agarrar la cara de Belle con más fuerza y esta vez fue él quien la besó.

CAPÍTULO 1: UN VIAJE INESPERADO

Rodinia, año 257, mes 1, día 4

No te asustes, Chispita, que sigo vivo. Aunque no pueda abrir los ojos, ni hablar, ni moverme, yo sí puedo oírte a ti. Deja de llorar, por favor, que me partes el alma. No es la primera vez que pasa esto. Ahora sí lo recuerdo. Cuando me encuentras tirado en la acera en mitad de la noche, y mi cuerpo viejo e inútil arde, y tengo el pulso acelerado, solo estoy descansando. Cuando me despierto lo olvido, pero cuando estoy aquí, encerrado en mi cuerpo, puedo rememorarlo todo, hasta el mismo instante en que he llegado hasta este lugar. Volando.

Ojalá pudieras escuchar lo que voy a contarte, porque cuando lleguemos al hospital no sé cuántas cosas más me van a pinchar y olvidaré todo. Andaremos cerca del vertedero, ¿no? Me parece oír los camiones de basura esquivando los baches. Es lo que siempre hablamos, que no sabemos cómo pueden acostumbrarse al olor helado y metálico de esta parte de los suburbios, aunque lleven aquí toda la vida. Ya sabes que no nací para pobre. Los camiones son incluso más ruidosos que esta ambulancia. Imagina cómo deben de vivir en la zona de chabolas, con los furgones de basura por aquí y por allá, pasando de largo sin hacer ni una parada para recoger basura, solo dejando su apestoso ruido y nuestra mugre. Sí, también sabes que siempre me enrollo y me desvío del tema principal. Lo que quería decir es que si se empiezan a oír los camiones, es que nos quedará para llegar otra media hora, así que escúchame bien, si es que en algún momento puedes oírme. Ya sé lo que me ha estado pasando estos días y por qué soy capaz de levantarme por mí mismo de la cama. Cuando volvamos a casa verás que la silla de ruedas sigue en su sitio. Palabrita que ni la he tocado. Ya te lo dije, que a mi pesar sigo sin poder salir por mi propio pie. Me he marchado por la ventana, porque he sido un pájaro. Sí, Chispita, sí. Un pájaro bien grande. Y no digo tonterías. Los animales sí existieron. Y existen. Tenía razón tu padre, y los del bar. Durante esta noche, yo me he transformado en uno de esos animales.

Para de llorar, cariño, que al final te van a ingresar a ti, en vez de a mí. Sabes que cuando lloras te pones muy fea y se te quedan los ojos chiquititos. Siempre te lo he dicho. Además, te saldrán más arrugas, y no paras de quejarte de todas las que tienes. ¿Quieres que te vea fea cuando despierte? Venga, no llores, que no hay motivos. ¡Que he volado alto, mujer, y he llegado mucho más arriba del asfalto, del metal y del plástico! También hay bosques, Chispita. Jamás he visto algo tan bonito. Bueno, menos tú, claro, pero sabes que tus ojos están por encima de todo, incluso cuando lloras. Me pondré bien, ya verás, ¿cuándo te he fallado yo en más de cincuenta años?

Nunca me creyeron los otros niños cuando me encontraron escondido debajo de la mesa del bar. Los rebeldes hablaban de un suelo verde invadido por los animales. Hablaban de esas cosas increíbles, y yo he podido verlo hoy. He tocado con mis alas las coronas verdes de esos postes marrones que tu padre llamaba árboles. ¡Cuánto me gustaría acariciarte con mis alas! Son tan suaves que no pararía de hacerte cosquillas con ellas para que rieras toda la vida. Ríe, mujer, no me llores. Y ¡no le metas tanta prisa al conductor!, que cuanto más tardemos, más tiempo tendré para contarte todo. He volado a ras de los árboles rozándome con las hojas y las plumas se me han erizado.

No nos hemos dado cuenta, Chispita, pero con los años nos hemos olvidado de todas nuestras ilusiones. Ahora sé que los rebeldes tenían razón. Aunque se los llevaran esposados, aunque no se los volviera a ver, no han podido acabar con lo que hay más allá del mundo que nos ha tocado vivir. No llores y sonríe, Chispita, que tu padre no mentía, que los cuentos que te contaba no eran cuentos, eran…, son la verdad.

MEMORIAS II

Rodinia, año 201

Belle y Félix corrían esquivando escombros y resbalando por el barro para volver al refugio antes de que les echaran en falta sus familias. A pesar de que la noche estaba cayendo, no podían evitar pararse para besarse a escondidas cada vez que encontraban abrigo entre las ruinas de edificios. Besarse en público no estaba prohibido oficialmente, pero algún miembro de la Potencia podría interpretarlo como un acto de rebeldía ante la carga depresiva que mantenía sumisa a la población. Y aunque no los vieran, ya sabían que la Potencia estaba en todas partes.

Entraron en la sala del antiguo aeropuerto donde sus familias llevaban unos días refugiados de la última oleada de violencia. Belle no pudo remediar reírse al ver a toda aquella gente cabizbaja en los asientos oxidados.

—¿Nadie les ha dicho que su vuelo lleva retraso? —dijo por lo bajini la chica dando un codazo a su novio.

Félix no pudo reprimir una carcajada, pero enseguida cesó cuando vio que la sala del aeropuerto no era lo único sombrío. Una vecina de Belle se acercaba a ellos con pasos apresurados y con una boca apretada que presagiaba una tragedia más.

Siguieron a la chica que les había pedido —o casi ordenado— que la acompañaran hasta la siguiente sala de espera. Félix alumbró con una linterna desde atrás porque el aeropuerto empezaba a estar en penumbras. Allí, en una cinta transportadora contigua a un mostrador de facturación lleno de mugre, descansaba la madre de Belle.

—Lleva así un par de horas. No puede mover una pierna y está ausente. Solo ha hablado para preguntar por ti. —La vecina de Belle se había refugiado varias veces con ella y con su madre en otras oleadas de violencia. Era una persona bastante reservada. Poco sabían de su vida, solo que había perdido a sus padres un tiempo atrás y que era cinco años mayor que ella, pero la suciedad que la cubría y la severidad de su cara cuarteada le hacían parecer mucho mayor—. Te hemos buscado por todas partes, pero estarías por ahí revolcándote con este o con cualquier otro. Si no te importa tu propia madre, al menos no nos causes problemas a los demás.

Félix devolvió a la chica un gesto amenazante. En cualquier otra ocasión habría puesto en su lugar a aquella amargada, pero su mirada no fue a más porque no era momento de crear un problema añadido. Ella captó la amenaza de Félix y se marchó. Belle ni siquiera la había escuchado. Se apresuró a arrodillarse junto a su madre y le besó la frente que estaba ardiendo. Apoyó su cara junto a la de ella y pudo notar como se le clavaba el pómulo en la piel, casi translúcida. Aquello no era sino un paso más en el desenlace de su Gran Depresión.

La noche que no volvió su marido, la madre de Belle cerró todas las ventanas de su casa. Le ordenó a su hija que se olvidara de él para siempre, pero a Belle no le hacía falta que se lo dijeran dos veces. Su padre ya le había advertido años atrás de aquel momento, y le hizo prometer que nunca hablaría de él con afecto en público.

A pesar del silencio sobre su marido y de la tristeza que le acompañaría el resto de sus días, la madre de Belle vivió cada momento para proteger a su hija. Había instantes, como los de aquella semana, en los que Belle era consciente de que su madre nunca había olvidado a su padre, cuando por ponerla a salvo se olvidaba de su propia depresión y se lanzaba a caminar cientos de kilómetros.

«Era tan valiente», le había contado a Félix apoyándose en su hombro unos días atrás. «Cuando oíamos una explosión cerca de casa, él siempre salía a la calle en busca de vecinos que pudieran encontrarse en apuros. Mientras, mi madre permanecía encerrada en nuestro cuarto protegiéndome con su cuerpo por si había alguna réplica».

A ella le encantaba hablar de su padre y Félix la escuchaba sin interrumpirla. Le encantaban las historias de aquel hombre, al que solo llegaría a conocer a través de los recuerdos de su hija.

«Luego venía a por nosotras y mi madre siempre se enfadaba con él por habernos dejado solas. Ella nunca quería que nos moviéramos de nuestro barrio. Decía que más valía lo malo conocido que lo bueno por conocer. Y mírala ahora, cargando con gran parte de nuestro racionamiento a sus espaldas y caminando con mis zapatos rotos, para dejarme los suyos que están en mejores condiciones. Créeme que me he intentado negar, pero es muy cabezona».

Belle suspiraba de vez en cuando. Sonreía a veces y en otras se le nublaban los ojos por las lágrimas. Félix le rodeaba la espalda con su brazo y besaba la cabeza de la chica, que seguía apoyada en su hombro. Miraba a su alrededor mientras conocía un poco más al hombre que a él le gustaría ser, ese que no se rendía en un mundo lleno de polvo y tristeza.

«¿Pero sabes qué? En días como estos sé que mi padre nunca nos ha abandonado. Solo hay que verla a ella, enfrentándose a su enfermedad y enfrentándose a nuestro destino, como él lo hubiera hecho».

Belle prefirió que Félix se marchara con su familia a la otra sala. Permaneció toda la noche junto a su madre, acariciando su pelo cano enmarañado y que años atrás había relucido peinado con ondas rubias. Le acariciaba con las yemas de los dedos sus labios con grietas y recordaba las veces que la había visto besarse con su padre. Ella se enfadaba cuando él la abordaba en público y le daba un beso pasional sosteniéndola entre sus brazos. Belle había visto una imagen parecida en una de las diapositivas del Mundo de Antaño que su padre coleccionaba clandestinamente. Captaba el beso de un soldado y una enfermera, que celebraban el fin de una guerra pasada. Pero en esa foto, le contó su padre, la enfermera no era la novia del soldado. De hecho, en aquel instante él estaba teniendo una cita con otra chica y al escuchar las celebraciones salió corriendo del lugar en donde se encontraban y besó a la enfermera desconocida. Por eso le gustaban más los besos que su padre daba a su madre, porque no eran besos de guerra, sino besos de amor. Eran besos que solo podría haber dado al amor de su vida.

—No cometas los mismos errores que él, Belle —le despertó un murmullo de su madre en mitad de la oscuridad de la sala. Allí habían resguardado a otros enfermos que descansaban sobre las cintas transportadoras y algunos sobre varios asientos a modo de camillas—. Intenta pasar desapercibida y nunca te enamores. Eso solo te traerá más sufrimiento.

—Ya es tarde para eso, mamá.

Belle acarició la mejilla de su madre y sintió las lágrimas que había estado derramando. Se aseguró de que la manta que habían traído de casa la tapara bien y ella se hizo un pequeño ovillo sobre el suelo para aplacar de alguna manera el frío que entraba por el pasillo de la sala.

De nuevo en la noche solo se escucharon alaridos de los más perjudicados por la enfermedad.

CAPÍTULO 2: LA INTRUSIÓN

Rodinia, año 257, mes 1, día 5

Estábamos en uno de los hospitales que solo trataban la Gran Depresión a los descastados. No era uno de los centros más punteros que asistiesen a los enfermos, pero por lo menos nosotros teníamos un centro al que acudir y no como los pobres parias. Ellos morían en sus chabolas, sin haber recibido ni una vez atención sanitaria en sus vidas, por lo que a duras penas llegaban a alcanzar los treinta años de edad. Nosotros, aunque con más pena que gloria, habíamos conseguido superar ya los setenta.

Se decía que en los hospitales de la Casta 4 la tecnología era mucho más avanzada que en los nuestros; que en los de la Casta 3 realizaban hasta implantes que permitían recuperar el movimiento a los enfermos; que los de la Casta 2 apenas se dedicaban a recetar jarabes porque los efectos de la GD eran mínimos. Y bueno, por supuesto los de la Casta 1 no los necesitaban, porque no iban a sufrir nunca la Gran Depresión. Ellos eran puros.

Félix tenía asignado un hospital para descastados, que se encontraba casi en el límite con la zona de chabolas. Aquella madrugada de viernes, mientras aguardaba en la sala de espera, Félix estaba siendo reanimado en urgencias. No sé qué me hizo sentir más frío: si el pánico por pensar que mi marido podría no despertarse de nuevo; si las paredes de aquel cubo gris de hormigón a las que no me acostumbraba nunca; si el desasosiego que producía la falta de ventanas, o los otros enfermos que esperaban a ser llamados. Se podía ver allí la GD en todas sus fases. Había enfermos en la etapa inicial, con su cara tensa, una euforia que forzaban e interrumpían con sus primeros sollozos repentinos, y comentarios en alto que decían que a ellos no se les había activado la enfermedad aún. A estos, los novatos, Félix les solía decir que no pasaría nada, que solo sería un susto, aunque él también había pensado que se trataba de un error la primera vez que le pusieron nombre a su enfermedad. Después estaban aquellos a los que la enfermedad ya les había dejado una huella irreversible, con la mirada perdida, la piel de la cara descolgada, la voz casi inaudible excepto cuando se enfadaban (lo que en aquel lugar sucedía bastante a menudo), y en los que la metástasis de tristeza se extendía por cada órgano de su cuerpo. Sin embargo, el caso de mi marido era distinto. Félix se encontraba en un estadio nunca visto: la enfermedad había mermado su físico de manera cruel, pero la tristeza todavía no había aparecido.

—¿Familiares de Félix Falco? —dijo al salir de la sala de urgencias la doctora Khalim.

Yo me levanté corriendo y ella, posando su mano en mi espalda, me invitó a entrar. Busqué con la mirada a mi marido en la sala plagada de camillas metálicas y no lo encontré. Solo podía ver a personas llorando, con ataques de ansiedad a los que nadie prestaba atención. Otras caras anónimas miraban a un punto fijo del techo, sin mostrar un solo signo de tener el alma viva.

—Siento mucho verles aquí de nuevo —dijo antes de hacer un breve silencio que hizo aumentar mi incertidumbre—. No se preocupe, Félix ya se encuentra fuera de peligro. No ha tardado mucho en despertar, pero ha sido un trabajo titánicobajarle la temperatura. —La doctora me miraba, pero parecía no estar viéndome. Era como si ella misma no supiera lo que estaba diciendo, porque algo se escapaba de su entendimiento—. Es probable que llevara horas inmóvil, tirado en ropa interior sobre el suelo, y aun así su calor corporal era altísimo al llegar. Si no supiéramos que Félix lleva mucho tiempo sin caminar, pensaría que ha estado toda la noche haciendo ejercicio. ―Me miraba esta vez sí buscando en mí una respuesta a sus preguntas. Pero yo seguí escuchándola en silencio porque tampoco podía encontrarla—. Con las madrugadas tan frías que estamos teniendo, es inexplicable que no sufriera hipotermia.

La doctora Khalim miró a su alrededor, diría que asustada, y tiró de mi brazo para apartarme del resto de personas de la sala de urgencias.

—Sea como sea —continuó mientras alzaba la voz con el propósito de hacerse oír en la sala—,todas sus constantes están estabilizadas ahora.

Cogí aire por el alivio que sentí al escuchar las últimas palabras de la doctora y por el paso al que me llevaba con sus piernas largas. La fase de mi enfermedad no era demasiado avanzada y llevaba además mucho tiempo sin evolucionar, pero los años no pasaban en balde, de hecho, podría ser perfectamente la madre o la abuela de la doctora. Por edad, claro, no por casta.

—Muchas gracias, doctora. ¿Podría verlo?

—Sí, ahora mismo la acompaño personalmente a su habitación. Ya lo hemos subido a planta. Pero antes quería comentarle algo: me temo que la enfermedad está avanzando a una velocidad cruel.

«Cruel», «me temo», dijo esas palabras apretando su boca. Que la GD avanzara, aunque era una mala noticia, era algo que yo ya sabía y tenía más o menos asumido. Lo que no sabía es que un doctor pudiera sentir pesar por un paciente, mucho menos que alguien con casta se apenara por un simple descastado y que además lo manifestara.

—¿Qué quiere decir con eso, doctora? ¿Volveremos a casa? —Ese era mi único deseo en aquel momento. Quería sacar a mi marido de ese lugar de quejidos constantes y olor a plástico.

—Como le he dicho, sabemos que la Gran Depresión continúa y que cuanto más avanza, más le paraliza el cuerpo. Pero debemos mirar el lado positivo —ella bajó la voz tanto que me costó escuchar las siguientes palabras— y es que Félix sigue sin sentirse deprimido. Y no me lo explico.

La doctora me dirigía hacia un ascensor que, según me dijo, llevaba directamente de la sala de urgencias a la planta de ingresos. Pasó una tarjeta de identificación y marcó la planta 13.

—Vamos juntas —casi me ordenó.

Al llegar a la planta, me di cuenta de que no se trataba de un pasillo común de ingresos. Según avanzábamos por él, vi que las diferentes habitaciones no eran para enfermos, sino que eran despachos donde salían y entraban doctores sin mucha prisa. La sobriedad del resto del hospital poco tenía que ver con aquella ala. Abajo todo era gris, sin luz y el frío era insoportable. En la planta 13, los despachos eran enormes espacios abiertos, con cristaleras que iban de pared a pared, y el olor fresco que desprendían hacía que se relajaran mis nervios por un instante. Desde el pasillo podía verse el terrible espectáculo de los poblados chabolistas de los parias, pero la comodidad de sus sillones, la limpieza del aire de aquel espacio y el calor que allí se sentía les hacía inmunes a lo que pasara más allá de sus despachos.

Llegamos al final del pasillo y allí se encontraba la habitación de Félix. Miré a la doctora, y respondió a la pregunta que no llegué a formular.

—Les dejo solos. Volveré en quince minutos para ver cómo se encuentra nuestro escapista —escuché a mis espaldas.

—Gracias por todo, doctora —contesté mientras entraba con cuidado en la habitación por si Félix dormía.

Allí lo encontré rodeado de monitores. Se le veía tan corpulento como indefenso, con cables por el pecho y la cabeza y con un gotero inyectado en cada uno de sus brazos.

—¿Cómo estás, Chispita?

La voz de Félix era débil, aunque él intentaba mostrarse enérgico con su sonrisa.

—¿Cómo estás tú, corazón?

—Bien, bien. Rápido. No has oído nada de lo que te he contado en la ambulancia, ¿verdad?

Su cama no solo tenía sábana, sino que además estaba totalmente limpia y estirada, todo un lujo para un hospital de descastados.

—En la ambulancia ibas inconsciente, cariño… —Arrastré una silla a su cama y me senté a su lado.

—No, no podía hablar, ni moverme, pero no había perdido el conocimiento. ―Intentó pellizcarme la nariz con los nudillos de sus dedos, pero no le alcanzaron las fuerzas para llegar hasta mi cara—. ¿A que no parabas de llorar?

—Pues claro, ¿cómo no iba a llorar? Pero qué cosas tiene este hombre.

Me quedé mirando un rato a la pared, también limpia y sin una sola mancha, intentando no ponerme a llorar de nuevo.

—¿Y a que cuando hemos estado unos minutos parados le has gritado al conductor de la ambulancia que se diera más prisa?

—Pero ¿me has escuchado de verdad? —Conseguí volver a mirarle sin haber soltado una lágrima.

—Ahora eso da igual y escúchame tú a mí antes de que vengan esos matasanos. Chispita, he soñado que podía volar. Y… no digas nada aún —continuó dejándome con la palabra en la boca—, en mi sueño era un pájaro. Sí, esos seres alados, con boca larga y dura de los que te hablaba tu padre.

Empecé a reír, mitad por sus ocurrencias, mitad por temor.

—Pero ¿qué dices, hombre? Podrían dejarte encerrado en el hospital de por vida. Nadie puede soñar, te lo habrás imaginado.

—No lo he imaginado, lo he podido sentir. He sentido el viento en mis brazos, bueno, en esos brazos extraños cubiertos por una especie de pelo suave. Y lo mejor―hablaba mientras se entusiasmaba más y másy el ritmo cardiaco de los monitores se aceleraba sin control—, ¡he visto la Tierra de Antaño!

—Chsss. ¿Estás loco? —grité sin poder evitarlo—.Nadie puede soñar ya, ¿me oyes? —le dije casi al oído—. Y además sabes que solo los locos podían hacerlo.

Aquellas palabras podían sentenciarnos para siempre. Nos podían acusar de perturbados o, peor aún, de subversivos. Palabras como aquellas nos llevarían a quedarnos sin racionamientos durante un par de meses, en el mejor de los casos.

—Si dices que has soñado, te encerrarán. Así que te pido por lo que más quieras… ―Estaba desencajada buscando cámaras por toda la habitación.

—Que eres tú… —me interrumpió encantado por sacarme de quicio.

—Que soy yo… —y no fui capaz de disimular una sonrisa. Si había cámaras o no, ya nos habrían escuchado, así que intenté no pensarlo más—.Te pido por mí, que soy lo que más quieres, que no digas a nadie que has soñado.

—¿Pero tú me crees, Chispita?

La doctora Khalim entró en la habitación y yo me apresuré a levantarme de la silla. Aquella mujer no debía de tener más de treinta o treinta y un años. Llevaba su pelo rubio y abundante cortado a media melena, pero no le sacaba demasiado provecho, porque siempre lo recogía en su nuca con un pasador. Se notaba que era una persona a la que no le gustaba llamar la atención. Solía vestir con colores grises o beis y llevaba su bata abrochada hasta el penúltimo ojal. Pertenecía a la Casta 4, de otro modo no le estaría permitido tratar con nosotros, que éramos descastados. Sus jefes, que pertenecían a la Casta 3, nunca tenían contacto directo con nosotros. Así funcionaba la sociedad en la que solo estaba permitido tratar con la clase inmediatamente superior o inferior. Era una cuestión genética, decían.

La doctora estuvo revisando todos los monitores, que ya habían vuelto a la normalidad, y me pidió que me volviera a sentar en la silla junto a mi marido. Ella también se sentó, pero en el borde de la cama, tapando sus rodillas con la falda acrílica y cruzando los pies. Al mirarlos me hicieron pensar que era una lástima que unas piernas tan esbeltas se echaran a perder con unos zapatos negros tan cerrados y poco vistosos. La doctora se giró para mirar la puerta, que estaba cerrada, y se volvió de nuevo hacia nosotros inclinando sus hombros hasta que la distancia entre los tres se redujo a unos pocos palmos.

—Si pudiéramos encontrar qué es lo que bloquea la tristeza anímica en tu cuerpo, estaríamos un paso más cerca de la cura. —Su susurro nos dejó atónitos entre los sonidos de las máquinas que mantenían a Félix en orden.

Yo me quedé muda, incapaz de moverme, pero Félix logró incorporarse por sí mismo unos pocos centímetros con los ojos totalmente abiertos.

—¿Está usted segura, doctora? —En aquellos días nos habríamos agarrado a la más mínima esperanza, pero si esta era falsa, Félix sabía que podía ser un duro revés del que le costaría más que nunca recuperarse.

—Por favor, Félix. Ya hace mucho tiempo que nos conocemos. Vamos a empezar a tutearnos, aunque sea en privado, por mi parte sería más natural. —Una de las máquinas que registraban los latidos de mi marido sonaba sin control y los susurros de la doctora eran casi inaudibles—. Aunque no lo sepas, para mí ya eres parte de mi familia. Llevo años estudiando con detenimiento tu caso. En realidad, te confieso que se está convirtiendo en una obsesión. —Mordiéndose un lado de su labio inferior, permaneció unos segundos en silencio—. Creo que el motivo de tu ánimo sea tal vez la mutación de algún gen…

Los tres oímos pasos que se acercaban cada vez más a la puerta. Mientras la doctora Khalim se apresuraba a levantarse de la cama, Félix le agarró el brazo y lo apretó sin pensar que no debíamos tocar a los castos sin su permiso expreso.

—Pues prométame, doctora…, prométeme… que si encuentras ese gen mutado, lo llamarás Chispita.

La puerta se abrió sigilosamente, pero para entonces la doctora ya se había puesto en pie y se encontraba frente a uno de los monitores.

—Sus constantes han vuelto a la normalidad, señor Falco. Le diré a la enfermera que le quiten el suero en cuanto se le termine —la voz de la doctora era ahora más grave y temblorosa.

—Gracias, doctora. Ya se puede marchar. Desde hoy me encargaré personalmente del caso del señor Falco —dijo con voz firme el doctor que acababa de entrar. Él no parecía mucho mayor que la doctora Khalim, pero por el gesto altivo de su barbilla y la mano que indicaba la puerta a su colega, parecía tener bastante más autoridad que ella en el hospital.

La doctora buscó mis ojos y con pasos cortos pero apresurados abandonó la habitación.

MEMORIAS III

Rodinia, año 201

Cuando se aseguraron de que las oleadas de atentados habían cesado en sus barrios de origen, las familias de Belle, de Félix y otras tantas regresaron a sus hogares. A nadie le estaba permitido desplazarse de las ubicaciones que la Autoridad les había asignado. Sin embargo, en rachas de terrorismo la Potencia solía hacer la vista gorda ante los desplazamientos. No se trataba de solidaridad. Reducir a los terroristas se convertía en la máxima prioridad, para que la situación de rebeldía no se desbordara.

Félix y Belle vivían a casi veinte kilómetros de distancia el uno de la otra. Lo más normal era que las parejas se formaran entre vecinos cercanos, nada más alcanzar la mayoría de edad, a los dieciocho años. En Rodinia, casi todas las relaciones se establecían con el único fin de garantizar un poco más la supervivencia. Vivir en pareja suponía asegurarse un hogar algo más amplio y una cantidad de racionamiento mayor por persona. Las parejas podían estar formadas por personas de distinto o el mismo sexo, de edad similar o muy dispar, el único requisito legal, y en teoría genético, era que las formaran personas del mismo estrato social. La descendencia estaba premiada con la asignación de un seguro médico con mayores prestaciones para cada uno de los miembros que formaran una familia, por lo que la unidad familiar tradicional estipulada, hombre-mujer, era la que gozaba de mayores beneficios.

Así, el amor en Rodinia no tenía mucho sentido, y más aún cuando este les causara más problemas en sus ya complicadas vidas. Pero Félix y Belle no vieron los veinte kilómetros que los separaban como un impedimento. Era una aventura adicional que daba más sentido si cabía a su relación.

Félix llevaba desde niño ayudando a su familia a conseguir más comida y agua de lo que les correspondía. Recorría desde muy pequeño largas distancias para hacer llegar a los familiares de sus vecinos alguna noticia o medicina. Si era descubierto por la Potencia, el precio a pagar era muy alto, le llevarían a un centro de menores, por eso pedía a cambio una porción de sus racionamientos. Sus padres no le hacían muchas preguntas, se limitaban a coger todo lo que su hijo pequeño les llevaba y lo repartían entre la familia. Tal vez este era el motivo por el que Félix era más corpulento y alto que el resto de los chicos de su barrio. Su alimentación era mejor y además se ejercitaba cada día en vez de estar en la calle sin hacer nada después de su jornada de obligaciones.

Las ruinas y los escombros hacían parecer todas las calles iguales, pero Félix había adquirido la capacidad de localizar en su mente cada lugar. Sabía llegar de un sitio a otro sin desviarse un solo metro. Había recorrido tantos lugares que incluso había podido esconderse en zonas residenciales de la Casta 4. Allí todos los edificios permanecían en pie. En las puertas de cada uno de ellos había una hilera de automóviles, mientras que en la zona de descastados los únicos vehículos que se veían eran ambulancias, furgones que recogían al servicio o a los fallecidos y autos de la Potencia. Podía sentir rabia al observar desde su escondrijo los barrios lujosos de los castizos, pero al mismo tiempo se decía a sí mismo que ellos, los descastados, también vivirían en lugares como aquellos algún día.

Belle, sin embargo, no tenía mucho sentido de la orientación y, cuando ella y su novio quedaban a mitad de camino entre sus casas, ella solía salir media hora antes de lo previsto, y aun así llegaba tarde. Daban igual las indicaciones que Félix le hubiera dado, que ella iba a ser incapaz de seguirlas porque no les prestaba atención. Belle prefería guiarse por sus instintos, solía decir.

—¡Tan puntual como siempre!

Félix salió de la casa de unos ancianos donde acababa de transmitirles el fallecimiento del hermano del marido. Su cuñada había pedido a Félix que les diera la noticia y que les dijera que ofrecía la mitad de su racionamiento si la alojaban en la casa con ellos. La viuda ya era demasiado mayor para encontrar a otra pareja. También iba a ser difícil que sus familiares la alojaran, porque a los ancianos les supondría tener que esconderla de la Potencia. No era legal desplazarse del barrio asignado, a no ser que fuera para contraer matrimonio con alguien de ese otro término.

—¿Qué has conseguido hoy? —dijo Belle risueña, pero con voz entrecortada por la fatiga.

—Nada, no he querido nada a cambio. Además me pillaba al lado.

Félix aún estaba pensando en aquella pobre mujer. Sus cuñados, para ser descastados, poseían una casa más o menos decente. Tenían un salón grande donde podría haber dormido ella. Además era un barrio en el que los terroristas llevaban mucho tiempo sin atacar. Pero no querían problemas con la Potencia y se negaron a acoger a la viuda.

—¿No me vas a dar un beso? —Belle se alzó de puntillas y estiró el cuello con los labios fruncidos hacia el chico.

Félix la abrazó y la besó, sin reparar en la gente que pudiera haber alrededor. Era un lugar demasiado tranquilo, tanto que le hacía desconfiar. La quietud podría ser un síntoma de un acuerdo entre los vecinos y la Potencia. De hecho, los ancianos a los que acababa de visitar no le permitieron permanecer en la casa por mucho tiempo.

—Bueno, Chispita, cuéntame qué señal te ha traído hoy hasta aquí solo media hora más tarde.

—Un bebé —dijo sonriendo, no muy segura de si Félix creería una más de sus locuras—. Fue salir de casa y pensar en un niño pequeñito. Ya he seguido corriendo pensando en él sin mirar mucho a mi alrededor, ya sabes…

—O sea, ¿que la media hora que estuvimos repasando ayer el trayecto no ha servido para nada? Si lo sé lo aprovechamos para otras cosas…

Félix curvó la espalda y sostuvo a Belle entre sus brazos. No sabía si el deseo se penalizaba o no, tal vez la legislación ni lo contemplaba, pero él no podía contenerse cada vez que estaba tan cerca de su chica.

Belle también sentía una atracción irremediable hacia Félix. No eran solo esas señales que ella sentía lo que le hacían correr alocadamente por las calles. Saber que solo le separaban diez kilómetros de encontrarse con él hacía que ella brincara por los escombros y se escurriera por las callejuelas despejadas sin necesidad de abrir los ojos. Él era su verdadera señal.

—Ven —dijo Félix tirando de su mano—. Como sabía que ibas a llegar con retraso, he estado asegurándome de encontrar un buen sitio para pasar la tarde.

Félix llevó a la chica hasta el mismo cuartel de la Potencia. Podía parecer el lugar más arriesgado, pero él había observado días antes que la persona que hacía la guardia no aparecía por allí hasta bien entrada la noche. Ella se reía y abrazaba a su novio por la espalda, mientras él trataba de abrir la cerradura con un alambre que había sacado de su bolsillo. No necesitó hurgar mucho en la cerradura porque descubrió que la puerta estaba abierta.

Como Félix había deducido, no había nadie en aquel cuarto sin ventanas. Sí había un sofá cama con sábanas y una almohada, y sobre todo varias pantallas de televisión donde se podían ver todos los rincones de aquel vecindario. Daba incluso miedo ver las imágenes del barrio sin gente por sus calles. Estaba claro que el miembro de la Potencia no pasaba mucho tiempo por su lugar de trabajo, y que los vecinos no daban problemas para seguir con su probable acuerdo.

Félix cerró la puerta del cuarto y no encendió la luz. Las pantallas alumbraban lo suficiente para poder verse. Desde que se conocieron no había pasado un solo día sin haber estado un rato solos. Eso había despertado las habladurías de sus vecinos, que, sobre todo, no querían más problemas durante sus días de huida. Ninguno de los dos alcanzaba la mayoría de edad aún y las relaciones sentimentales entre menores no estaban permitidas. Pero en el fondo casi todos los que conocían a alguno de los dos chicos los apreciaban. Además, Félix y Belle siempre volvían de sus encuentros clandestinos con algo más de racionamiento o medicinas, que en muchas ocasiones compartían con aquellos vecinos que estuvieran pasando peores apuros.

El sofá cama era mucho más cómodo que cualquiera de los lugares donde habían estado tumbados durante todas sus vidas. Félix se lanzó sobre el sofá, estiró sus brazos y piernas tanto como pudo y Belle saltó sobre él riendo sin parar.

—¿Y si nuestra vida fuera siempre así, Chispita? Sin nada por lo que preocuparnos, con una cama blandita y una habitación caliente. Sin bombas cerca. No es mucho pedir, ¿no? —dijo apoyando su nuca bajo las palmas de sus manos entrecruzadas, mientras miraba a Belle, que se había sentado sobre su cintura.

—¿Así? —dijo ella inclinándose y besando levemente sus labios.

—Así —le contestó Félix atrayéndola con fuerza sobre él, con una mano bajándole por la cintura y otra agarrándole la cabeza por detrás.

Félix había perdido la noción del espacio y del tiempo mientras acariciaba y besaba a Belle, pero ella despertó de aquel instante y fijó la mirada en una de las pantallas de televisión.

—¡Allí está! —gritó Belle.

—¿Quién? No hay nadie, Chispita.

Félix no quería romper aquel momento, pero la chica saltó del sofá hacia la pantalla señalándola.

—¡El bebé, sabía que había un bebé! —Estiró sobre sus rodillas el vestido blanco que había cogido para la ocasión del armario de su madre—. Una mujer ha metido algo dentro de un contenedor. Lo llevaba acurrucado en sus brazos y luego lo ha dejado con mucho cuidado dentro. ¿Quién trata así la basura?

Félix se rascaba la cabeza entre contrariado y enamorado por los impulsos de su novia.

—¿Y por qué tiene que ser justo un bebé? —Félix no sabía si enfadarse o reírse. Su novia estaba definitivamente loca, y eso le fascinaba.

Cuando Belle salió corriendo del cuartel, Félix se dirigió al ordenador principal que ya había localizado en sus visitas anteriores y eliminó todos los ficheros de grabación de las cámaras de aquel día. Después fue hasta el lado derecho de la puerta, donde sabía que estaba el cuadro de luces del cuarto. Bajó los interruptores para asegurarse de que no habría imágenes durante el tiempo que necesitarían para escapar de aquel barrio y salió a buscar a la chica.

Belle corría por una de las calles sin rumbo fijo, desviándose de un lado a otro, como siempre la veía Félix acercándose hasta su punto de encuentro. Cuando él la alcanzó, ella le mandó callar.

—¿No lo oyes? —preguntó Belle mirando a su alrededor.

Después se acercó sigilosa hacia los contenedores de residuos que había tras un edificio. Con el pelo desordenado miró a Félix y él no contuvo su sonrisa. No le dio tiempo a decirle nada cuando la chica abrió uno de los contenedores y se subió a él. Asomó su cabeza en el interior y al instante desapareció su cuerpo por completo. Allí estaba.

Félix vio aparecer los brazos de Belle asomando por el cubículo de metal. Sostenían un saco de racionamiento con algo que se movía en su interior. El chico se apresuró a cogerlo y, mientras ella trepaba desde el interior del cubículo, él abría el saco que estaba cerrado con una cuerda a la que habían hecho varios nudos.

Era un niño. No debía de tener más de dos días. Ni siquiera tenía los ojos abiertos. Belle sonreía con su cara llena de polvo y los pelos enmarañados, lo que hizo que Félix la abrazara con ternura con el brazo con el que no sostenía al bebé.

—¿Has visto? Ya te he traído un hijo —bromeó Belle besando la frente del pequeño que sostenía Félix entre ambos.

—Debemos alejarnos —enseguida dijo Félix—. Tenemos que asegurarnos de que no nos haya visto nadie y de que no nos sigan.

Permanecieron escondidos al otro lado de la calle, en un recodo que hacía el edificio de racionamiento del lugar. Belle mecía al bebé en sus brazos, al que había resguardado con el jersey de Félix. Asustaba aquel barrio tan tranquilo donde no había ni una sola persona durmiendo en la calle. A pesar del frío y de no tener ninguno de los dos capa de abrigo, esperaron a que anocheciera para huir con el bebé sin ser vistos.

—Es raro que no llore, Félix, seguro que este niño no está bien. —Belle puso los labios sobre la frente del bebé como hacía su madre con ella para tomarle la temperatura.

—O que es un superviviente —intentó tranquilizarla el chico.

Estaban ya saliendo del escondrijo cuando Félix miró hacia atrás.

—¡Dame al niño y sígueme lo más rápido que puedas! —No terminó la frase cuando Félix echó a correr en sentido contrario a los contenedores.

—¿Qué pasa? —susurró ella ahogando un grito e intentando divisar a Félix en la oscuridad.

—¡No pares!

CAPÍTULO 3: EL DOCTOR KRAUSS

Rodinia, año 257, mes 1, día 5

Desde el primer instante no me gustó aquel señor. El doctor Krauss, nada más estrechar la mano de Félix, buscó el dispensador de jabón desinfectante en la habitación y se tomó su tiempo para limpiar cada esquina de esos dedos blancos e interminables. Cómo se notaba que él disponía de empleados de hogar que se encargaban de sus tareas de aseo personal: ni un pelo fuera de la línea marcada por la ceja, ni un botón de la bata un poco más suelto que otro, y esas manos delicadas. Las pequeñas manicuristas que frecuentaban las casas de la Casta dejaban las uñas de sus jefes como esas estatuas de porcelana con las que traficaba mi padre: tan lisas, tan suaves, tan simétricas. Los empleados del hogar, manicuristas y otros sirvientes eran siempre descastados, pero ellos sí podían tener contacto con castas que no fueran directamente las superiores en su nivel jerárquico, siempre que el trato se limitara exclusivamente al servicio a sus jefes y no les dirigieran la palabra ni les miraran directamente a los ojos. Solían llegar a sus lugares de trabajo en furgones con ventanas opacas que les impedían ver el trayecto y la ubicación de aquellas casas. Iban aglutinados en los vehículos de reparto de mano de obra, que cada mañana dejaban a cada uno de ellos en su correspondiente puerta y que del mismo modo recogían a altas horas de la noche. En raras ocasiones trabajaban dos días seguidos para el mismo castizo, evitando así cualquier vínculo entre empleado y jefe, por muy remoto que este fuera. Había días de suerte, cuando el destino de trabajo quedaba a un par de horas escasas de sus propios barrios de la zona de descastados. Otros días el trayecto era tan largo que ni siquiera les daba tiempo a dormir veinte minutos antes de ponerse en rumbo de nuevo. Siempre nos hablaban de la GD genética, pero la peor de las depresiones no era causada por ninguna enfermedad, sino por el desgaste al que nos sometía día a día la Casta.

El doctor me daba la espalda y me ignoraba por completo. Solo dirigía su vista hacia abajo, para mirar a Félix. Especialmente se detuvo en la boca de mi marido, buscando esa cotizada sonrisa con la que Félix no quiso obsequiarle. Dejó de rascarse un momento, ensimismado frente a su objeto de estudio, esperando quién sabe qué. Y al estornudar Félix, volvió a rascarse bajo su bata. Rasca, rasca, rasca. Lo hacía casi de una manera compulsiva, aun sabiendo mejor que nadie, como doctor especialista en la GD, que la enfermedad no era contagiosa.

Yo intentaba preguntar al doctor Krauss sobre el motivo por el que alguien de su categoría iba a llevar el caso de alguien como nosotros, pero él proseguía con su monólogo. Sus palabras salían con esfuerzo de una boca que pretendía sonreír, pero que no tenía la maestría suficiente para poder hacerlo con naturalidad.

«Es usted un campeón, un ser formidable», le hablaba como si fuera un niño, cuando en realidad nosotros tendríamos casi treinta años más que él. Y seguía rasca que te rasca, bajo el escudo bordado de su bata. Un escudo de armas formado por dos ballestas, instrumentos de poca importancia, o casi ninguna, en cualquier batalla del pasado, que sin duda pertenecerían a una de esas castas de medio pelo. Los de las castas menores eran los peores: se pasaban la vida despreciando a todos los que consideraban inferiores a ellos y venerando a los de las castas superiores, pensando que algún día podrían convertirse en uno de estos. Al final acababan con una Gran Depresión no tan cruel como la de los descastados, pero al fin y al cabo con una GD. Eso sí, ellos disponían de más medios y contactos para ir poniendo parches a su aspecto.

El doctor no paraba de observar a mi marido, pero no sabía que yo lo estaba observando a él: al permanecer inmóvil, de pie frente a Félix, su pie derecho se movía levemente pero sin control. Pensé entonces que la GD podría habérsele activado hacía algún tiempo y que tenía en su pie uno de esos implantes nerviosos robóticos que les permitían moverse por sí mismos durante más años, pero no con la naturalidad de un hombre completamente sano. Con los años se convertían en seres artificiales, como artificial era el movimiento de su pelo que salía tirante de la frente con entradas y dibujaba falsas ondas negras, fijadas en la nuca por la gomina permanente. Y él intentaba poner gomina a las palabras: «Me encantará seguir su caso personalmente y así disfrutar de su in-es-ti-ma-ble compañía», y mirándome casi por primera vez añadió: «y la de su preciosa señora», y se volvió a rascar, sin quitar ojo del jabón desinfectante. «Su sis-te-ma in-mu-no-ló-gi-co pare-ce ofre-cer resisten-cia a la GD. Es decir, usted, Félix, no sufre todas las con-se-cuen-cias de la enfermedad».

En aquel momento empecé a odiar a ese poca casta, hablándonos como si tuviéramos algún déficit de comprensión por el mero hecho de no pertenecer a ningún linaje, o quién sabe si por tener Félix activada una variante tan destructiva de la GD. Pero empecé a comprender entonces el porqué de aquel trato diferencial hacia mi marido: el desarrollo de su enfermedad escapaba a su conocimiento y por ello temía cómo podría evolucionar. Tal vez fuera por eso que se rascara por sugestión, temiendo que aquella variedad sí fuera contagiosa.

Noté que Félix se estaba enfadando de verdad. Me pidió que le incorporase y con la ayuda de la barra de la cama logramos que se pusiera en pie y se sostuviera erguido. El doctor, con un salto torpe y torciéndose el pie medio robótico, retrocedió unos pasos atrás para poder ver así los ojos de aquel enfermo de GD. Yo ayudaba a sostenerse a Félix, que se tambaleaba en su cuerpo frágil. Así, frente a frente, vi que mi marido le superaba en una espalda y probablemente en una cabeza.

—Doctor —dijo mi marido aclarando su voz—, le agradezco su interés, pero hoy me iré a casa.

—No puedo dejarle ir, señor Falco. Usted es una persona especial y su mejoría puede ayudar a la de muchos otros.

—¿A la suya? —contesté yo fijando mis ojos en los suyos con toda la dureza con la que fui capaz. No iba a permitir que ese hombre, por muy castizo que fuera, nos volviera a tomar por incapaces.

—Sí, a la mía —se dirigió esta vez a mí sin retirarme la mirada—, no tengo por qué mentirle. Pero también a la de gente que ni siquiera existe para esta sociedad.

El doctor descorrió las cortinas de la ventana y señaló los poblados de chabolas de los parias. Era un desastre de cajas de lata que se movían con el viento. Podían verse incluso retales de los techos volando.

—Nadie le va a obligar a quedarse, Félix —volvió a dirigirse exclusivamente a mi marido—, pero sí le pediría que colaborase, que trabajásemos juntos. Piénsenlo, no tienen nada que perder. Y sin embargo, gracias a usted, muchas personas podríamos tener mucho que ganar.

—Lo pensaremos —contestó Félix perdiendo su mirada en la ventana—, ¿verdad, Chispita?

Ayudé a Félix a sentarse de nuevo en la cama. Le subí las piernas y se volvió a tumbar. No dije nada. He de reconocer que llegué a sentirme confundida. Pensé que tal vez me había estado equivocando con el doctor Krauss. Quizá él fuera distinto. Al fin y al cabo, opinaba igual que la doctora Khalim. Los dos buscaban lo mismo. Todos buscábamos lo mismo: la cura a la maldita Gran Depresión. No me habría importado admitir que hice un prejuicio equivocado de él, si eso hubiera significado que se trataba de una buena persona.

Me atreví una vez más a mirarle a los ojos con fijeza y él me devolvió la mirada con un gesto severo, que después intentó dulcificar con una de sus sonrisas artificiales.

—¡Mi bolso! ¡Lo he olvidado en la sala de espera! —dije sin devolverle la mueca y dejé a Félix sin respuesta a su pregunta.

Salí de la habitación a toda prisa, aunque en realidad no me había olvidado el bolso en ninguna parte. Quería encontrar a la doctora Khalim y tuve la fortuna de chocarme con ella en el pasillo. Nuestros ojos se encontraron y yo no supe qué decir, simplemente salieron las palabras sin que yo pudiera detenerlas:

—Doctora, Félix ha soñado.

Ella me agarró el brazo con la mano que no sujetaba la carpeta de plástico y me di cuenta entonces de que aquella mujer, que parecía frágil, tenía mucha más fuerza de la que yo había creído. Sus ojos cambiaron de expresión. En su mirada brillaba una luz que no supe distinguir si era por alegría o por rabia. En aquel momento creía que nos acusaría de locura por aquella afirmación. Pero no fue así.

La doctora Khalim me arrinconó contra la pared y se inclinó para preguntarme al oído qué había soñado Félix. Yo le contesté que en su sueño él podía volar. Supe entonces que lo que había en sus ojos sí era alegría, porque, por primera vez en los años que había estado tratando la enfermedad de mi marido, la vi sonreír. Le devolví la sonrisa y desanduve el camino hasta la habitación, con mi bolso colgado al hombro. Si se habían fijado en que salí con él puesto, solo tendría que decir que con los nervios no me había dado cuenta, que menudo despiste. O simplemente le echaría la culpa a la edad, eso no fallaba.

—Mañana, a las ocho cero dos de la mañana. ¡No lo olvide! —gritó la doctora.

Me volví a mirarla y ella estaba de espaldas, apretando el botón del ascensor. Cuando entré de nuevo en la habitación de Félix, el doctor ya se había ido.

—Ha dicho el doctor que podemos volver a casa. Que me piense este fin de semana si queremos colaborar con sus estudios. Tendría que volver al hospital y pasar allí un tiempo ingresado.

—¿Estudios? —contesté aún aturdida por mi encuentro con la doctora Khalim.

—Eso ha dicho… Bueno, ya lo pensaremos. Ahora vámonos, preciosa, que nosotros tenemos otras cositas que hacer en casa —dijo Félix. Y dándome un azote en el trasero, me hizo por un momento olvidar de qué manera tan trágica habíamos llegado hasta allí.

 

 

 

 

MEMORIAS IV

Rodinia, año 201