Élise o la vida de verdad - Claire Etcherelli - E-Book

Élise o la vida de verdad E-Book

Claire Etcherelli

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Beschreibung

Élise es una joven de veinte años reservada y modesta que apenas si se preocupa por tener una vida propia, subyugada como está por la relación maternal y protectora que la une a su hermano pequeño. Los dos son huérfanos y llevan una existencia precaria pero tranquila junto a su abuela en Burdeos. El hermano, buscando otros horizontes y dispuesto a iniciarse en la vida militante a toda costa, se traslada a París. Élise le sigue los pasos y conseguirá un empleo en la cadena de montaje de una fábrica de automó­viles, donde comienza a ser consciente de la vida de ver­dad: la exigencia productiva implacable para satisfacer un incipiente consumo de masas; la tensión racial entre, por un lado, los trabajadores franceses y, por el otro, los in­migrantes argelinos, marroquíes o españoles; la dificultad de desenvolverse en la gran ciudad y sus periferias, cuya presencia es tan desasosegante y solitaria a veces como fas­cinante otras. En la fábrica entra en contacto con Arezki, un compañero argelino que sufre, como la mayoría de sus compatriotas, el trato arbitrario y desconsiderado de los patronos y de la policía, que ve en todos los argelinos de París células subversivas de apoyo a la independencia, por la que en ese momento se libra una cruenta guerra (corre el año 1957). Poco a poco y en secreto, la distancia de sus respectivos mundos se reduce hasta diluirse en una arrebatada y emo­cionante historia de amor. Nacida de la propia experiencia de la autora en un entorno laboral parecido al de la protagonista, esta conmovedora novela retrata como pocas la condición de los estratos me­nos favorecidos de nuestras sociedades. Al igual que en otras de sus ficciones, Claire Etcherelli pone en pie, con habilidad y sin maniqueísmo, un personaje femenino de clase obrera al que dota de complejidad y sutileza. Su forma de abordar cuestiones como la xenofobia o la explotación laboral invitan, hoy más que nunca, a la reflexión. Su compromiso y sus preocupaciones cívicas no hacen sino potenciar la dimensión artística, el aliento poético y la extrema sensibilidad que Etcherelli le infunde a su literatura.

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Seitenzahl: 357

Veröffentlichungsjahr: 2022

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LARGO RECORRIDO, 180

Claire Etcherelli

ÉLISE O LA VIDA DE VERDAD

TRADUCCIÓN DE CECILIA F. SANTOMÉ

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: septiembre de 2022

TÍTULO ORIGINAL:Élise ou la vrai vie

DISEÑO DE COLECCIÓN: Julián Rodríguez

MAQUETACIÓN: Grafime

La presente publicación ha sido beneficiaria de una de las ayudas a la Edición convocadas por la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes de la Junta de Extremadura.

© Éditions Denoël, 1967

© de la traducción, Cecilia F. Santomé, 2022

© de esta edición, Editorial Periférica, 2022. Cáceres

[email protected]

www.editorialperiferica.com

ISBN: 978-84-18838-48-4

La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.

PRIMERA PARTE

Ante todo, no pensar. Como le dicen a un herido que tiene los miembros rotos, «Ante todo, no se mueva». No pensar. Poner a raya las imágenes, siempre las mismas, las del ayer, de un tiempo que ya no volverá. No pensar. No repasar las últimas frases de la última conversación, las palabras que la separación ha vuelto definitivas; decirse que hace bueno para la estación en la que estamos, lo tarde que llegan los vecinos; extenderse en los detalles, escudriñarlo todo, mostrar interés por el espectáculo de la calle. Fuera, los transeúntes caminan, se cruzan, entran, salen de casa. Hay obreros que llevan su bolsita del tentempié vacía, enrollada en la mano. Los bares deben de estar llenos: a esta hora la gente suele apiñarse en ellos. Esta noche habrá mujeres que se sientan dichosas en una tierra a la deriva, en una isla flotante, en una habitación para dos. ¿Debería alejarme de la ventana?, ¿bajar? En la calle, seguramente me espere alguna aventura. Las aceras están llenas de hombres de mirada ávida. No me gustan las aventuras. Quiero subir a bordo de un barco que nunca haga escala. Eso de embarcar y desembarcar no va conmigo. Esta imagen del barco la he tomado de mi hermano, Lucien. «Te prometo un navío que trazará en medio del mar una ruta que ningún otro osará seguir.» Se lo escribió a Anna. Deben de ser las siete, hace bueno, es un mes de junio como es debido, con sus noches cálidas, que invitan a pensar: «Por fin es verano…». La cadena se detiene a las siete. Los hombres se abalanzarán hacia los vestuarios. Empieza mi última noche aquí. Mañana dejaré la habitación. Anna vendrá a buscar la llave. Tendré que darle las gracias. A ella no le cogerá por sorpresa; nunca hace preguntas. Cuando habla, siempre lo hace en presente. Tampoco es que sea discreta o reservada, sino perfectamente indiferente. Lucien quería que fuéramos amigas, pero ella no necesita ni una confidente, ni una consejera, ni una protectora. Por lo que a mí respecta, he perdido la costumbre de serlo. A los trece años, tenía una de esas amigas que parece que son para toda la vida; a los quince, no me quedaban más que unas compañeras que cada vez eran más críticas conmigo. De todos modos, yo ya estaba volcada en Lucien. Ese año, el de mis quince, le cedí mi habitación. Hasta entonces, mi hermano había dormido en la cocina, en una cama plegable que recogíamos cada mañana. Para ganármelo, le di lo que él más anhelaba: aquel cuartito cuadrado, soleado hasta el mediodía, que daba al patio. Cuando la abuela nos vio trasladar nuestras cosas de un lado a otro, se enfadó. Para apaciguarla, le prometí que, a partir de entonces, compartiría con ella su enorme cama. Eso le gustó: le encantaba hablar por las noches, a oscuras. Un año antes de la guerra nos habíamos venido a vivir con ella, pues iba a encargarse de criarnos. En el 40, atravesábamos el pont de Pierre cuando llegaron los primeros camiones alemanes. «Los teutones», le dije a Lucien. Se quedó con el nombre, que repetía cada dos por tres. Hubo que enseñarle a olvidarlo. Era la época de la escuela. Por las noches nos peleábamos. Yo le daba una bofetada; él hacía trizas mis papeles. Dibujábamos con tiza una V en nuestros zapatos. Estábamos malnutridos. La abuela se había negado a que nos reubicaran en el campo: no quería separarse de nosotros. Tampoco nos perdimos ni un solo bombardeo ni una sola cola delante de los ultramarinos. Cada mañana Lucien y yo salíamos juntos y, por precaución, me quedaba junto a él hasta llegar a la puerta de su colegio. Después de la guerra, yo seguía queriendo acompañarlo hasta allí. Como él caminaba rápido, yo apretaba el paso. Cruzábamos la place de la Victoire, salpicada de floristas. Cada escaparate estaba presidido por los generales victoriosos. Lucien se detenía, los miraba. Yo me paraba con él. Aguardaba ese momento para lanzarse a la carrera y perderme de vista. Me parecía cínico, astuto. Decidí que mi ejemplo sería para él la mejor de las lecciones.

Lentamente había ido cayendo en una escrupulosa y severa devoción que era la fuente de mi contento. La abuela no pintaba demasiado. Nos había enseñado las oraciones, las palabras pecado y sacrificio, pero su fe, como su filosofía de la vida, se resumía en esta frase que repetía sin cesar: «Dios Nuestro Señor tiene un cucharón, y a cada cual sirve lo suyo». Las emociones y los placeres se me habían revelado en aquellos jardines del patronato, verdes como un oasis, en los que, los jueves y los domingos, inspirado por las apacibles religiosas, se había modelado mi gusto por las flores, los tapetes bordados, la tez clara y el alma limpia.

La abuela todavía faenaba un poco en las oficinas del puerto. Su principal preocupación seguía siendo abastecerse de provisiones, que aún era complicado. Desde que tenía su habitación, Lucien se encerraba en ella cada noche. Me arrepentía de habérsela cedido. Dormir con la abuela se me hacía insoportable. A los dieciséis años, dejé el colegio y me puse a trabajar. Unos vecinos comerciantes me habían aconsejado que alquilara una máquina de escribir, que aprendiera por mi cuenta, pues las clases estaban fuera de nuestro alcance, y que me pusiera a mecanografiar manuscritos. Luego, cuando dispusiera de un poco de dinero, podría ir mejorando. No tenía vocación ni ambición. Soñaba con sacrificarme por Lucien. Nadie me guiaba, y yo me consideraba una privilegiada en comparación con las chicas de mi barrio, que, a los quince años, iban de cabeza a la fábrica.

Por las mañanas, me ocupaba de las tareas de la casa y hacía la compra. Cuando Lucien regresaba a mediodía, me sentía orgullosa de que encontrara la mesa puesta, la casa ordenada, unos rostros serenos: imágenes todas ellas de lo que yo llamaba el buen camino, que se le quedarían grabadas y lo marcarían al crear en él el hábito, y luego la necesidad, de ese equilibrio.

*

Mañana llamará a la puerta con suavidad:

–Soy Anna.

Abriré, nos saludaremos.

–¿Se marcha? ¿Ya no necesita la habitación?

–No, he recogido todas mis cosas.

Vendrá lo más difícil: dar las gracias. Deseosas la una y la otra de no volver a vernos más, evitaremos las fórmulas largas. ¿Mencionará a Lucien?

*

A los catorce años, mi hermano tenía dos pasiones: su amistad con Henri –que era su pasión noble– y unos patines sobre ruedas que se calzaba nada más llegar del colegio. Durante meses, cada noche oíamos rodar los patines en la calle, yendo y viniendo por la acera.

Los domingos se levantaba temprano, desayunaba rápido, regresaba a mediodía y se marchaba de nuevo hasta la noche, momento en que se acostaba temblando de cansancio. Una mañana, por curiosidad, me acerqué hasta la parte trasera de la place des Quinconces. La fría neblina desdibujaba el tejado de las casas, las ramas de los árboles negros tenían escarcha y las farolas aún estaban encendidas. Me preocupaba Lucien y decidí llevármelo conmigo. Lo vi a lo lejos, solo en la niebla helada, con su abriguito beis, que le cubría nada más que los muslos, sus calcetines hasta las rodillas y los patines. Se había quitado su bufanda roja, que vi en el suelo, cerca de un árbol. Lo miré –las corvas marcadas, la piel de sus muslos desnudos enrojecida, los brazos hacia delante–, listo para lanzarse. Imaginé su felicidad; ese vagabundear en la neblina, lo agradable de la soledad, de la vida al ralentí, la sensación de recuperar la libertad, la embriaguez de correr hacia delante sin obstáculos, con los ojos humedecidos del frío, las manos heladas, los pies ardiendo. Pensé en su regreso a la cocina: la abuela tejiendo, yo enfrascada en la lectura y él yendo de aquí para allá.

Varias veces intenté acompañarlo por las tardes. Sentada entre las madres, esperaba pacientemente durante seis horas con su merienda en el regazo y siempre me encontraba a alguien a quien escuchar. Pero tuve que renunciar incluso a ese placer porque, a la vuelta, me acusaba de vigilarlo, de espiarlo, de molestarlo. Amenazaba con buscarse otro sitio, con no salir más si yo lo seguía a todas partes.

La abuela y él solían pelearse. Ella lo agobiaba con reproches insignificantes; él le respondía con insolencia. Continuó hablando de Henri durante un tiempo, pero con pudor, cambiando la voz, tímido. Esa reserva me demostró cuánto lo quería. Conocí al tal Henri un día a la salida del colegio. Siendo más mayor que Lucien, su frialdad pasaba por autoridad. Hablaba con lentitud; su voz era grave. Me intimidó mucho a pesar de tener sólo diecisiete años. Según supe, le parecí pequeña. Es cierto: a mis veinte años, yo parecía muy joven. Estaba orgullosa de mi sosería, llevaba ropa de colores apagados y me vanagloriaba de no ser «como el resto».

–Salvo para ti, no eres extraordinaria –me dijo más tarde Lucien.

Las olimpiadas del colegio estaban a la vuelta de la esquina. Tenían lugar el último domingo de mayo. Henri, atleta consumado, preparaba la competición de gimnasia, y mi hermano esperaba ser su estrella. Ejercitaba sus músculos por la noche, cuando creía que estábamos abajo. Estaba seguro de que lo seleccionarían; me hablaba de ello, pero con distancia, como de todo lo que le gustaba. No tuvo el honor de que lo eligieran: Henri cogió a un tal Cazale, sin duda mejor que Lucien.

–Tengo que encaramarme al potro y tomar posición –admitió. Cazale salta al cable y comienza sus acrobacias. Yo estoy cerca de él y lo único que tengo que hacer es ayudarlo dos veces a enderezarse. Hago de florero. No pienso participar.

Sin embargo, aceptó. Volvía de cada ensayo insolente y afligido. No deseaba el éxito de Cazale, no quería verlo saludar entre aplausos, ver a Henri dándole palmaditas en el hombro y llevándolo a tomar algo después de la victoria.

Con su maillot azul, saltó nervioso y se quedó inmóvil sobre el potro. En el instante en que Cazale, que lo había seguido, comenzaba sus ejercicios, vimos a Lucien retroceder hasta el borde mismo de la tabla y, como si no fuera consciente del peligro, caer hacia atrás. Todo el mundo gritó y se puso en pie. Cazale bajó temblando. Lucien había ganado. Cazale no participó. Mi hermano hubo de estar tres meses encamado, con la pierna izquierda rota, una muñeca astillada, heridas en la cabeza y en la cara. No aprobó la reválida; no volvió al colegio. Henri no vino nunca a verlo: se limitó a mandarle una tarjeta para disculparse y desearle lo mejor.

Ni cartas ni visitas: tan sólo nosotros tres. Sin más vista que la piedra de las casas de enfrente. Lucien leía. Necesitaba muchos libros. Jugaba a las damas. Fumaba. Por las mañanas, me quedaba con él. Admitió la verdad, aquel deseo rabioso suyo: que Cazale no fuera la estrella. Emocionada por aquella confidencia, no me atreví a reconvenirlo. Pasé unas semanas inolvidables. Hablaba conmigo, me llamaba si alguna lectura lo entusiasmaba, intentaba entre risas hacerme partícipe de sus gustos y de sus ideas, que a menudo me resultaban chocantes. Su cama estaba abarrotada de periódicos con el nombre en negrita de MAO-KHE. Saltaba a la vista que había habido guerra, pero a mí no me preocupaba. Él nunca abría un cuaderno; no hablaba de volver al colegio. A veces me decía: «En cuanto me cure y camine, me alisto». La abuela se ponía de los nervios, pues lo veía ya en los arrozales de Indochina (ella decía «China»). Mal curado, cojeó durante todo un invierno.

Nuestros arranques de ternura se habían terminado. No habían durado mucho. De nuevo pasaba el día encerrado y nos amenazaba a la menor reprimenda: «Si esto sigue así, me alisto…».

En la pared de su habitación, había prendido con chinchetas un mapa con banderitas minúsculas tricolores y negras. La abuela, impresionada, ya no se atrevía a decirle nada. Yo sabía que cuando salía por las noches iba a mirar los barcos, el agua y las farolas del puente que se sumergían en ella. No tenía dinero y rara vez nos lo pedía.

Dos años después del accidente, su salud seguía siendo frágil. No se alistó, no se marchó: se casó con Marie-Louise.

*

Cuando Lucien aparecía por la mañana, yo volvía la cabeza. Nos daba los buenos días con un gruñido. Nos odiaba por estar allí, por existir, por verlo. Habría preferido que fuéramos indiferentes, ciegas, y que su presencia en la cocina ni siquiera nos hiciera girarnos. Ya de niño, al despertarse y ver nuestras sonrisas acariciadoras, se revolvía: «No, no…».

Había que pasar por aquel momento crítico, el de su entrada, con su frialdad, ese humor de perros que tanto tardaba en sacudirse de encima. Había que evitar cometer errores, dar con el gesto y la palabra que consiguieran relajarlo. Le costaba levantarse y llevar a cabo el ritual íntimo de la mañana delante de nosotras. Me lo imaginaba saliendo sonriente de un cuarto de baño, recién aseado. Había agotado todas las vías –la dulzura, la alegría, la chanza–, pues deseaba a toda costa hacerle agradable nuestra primera hora juntos. Dado que yo necesitaba cierta atmósfera de serenidad y de amabilidad, quería obligarlo a participar de ella.

Llegué a proponerle un empleo en las casas que me daban trabajo a mí. «Pero ¿qué…? ¡No!», me soltaba con ese desprecio propio de quienes, no habiendo trabajado nunca, se pasan la vida esperando una ocupación digna de ellos. Había una sola cosa que lo obsesionaba: su nuevo amor. Sin amigos con los que gastar ironía, hacer burlas, banalizar los primeros deseos, los impulsos y todo lo que a los dieciocho años uno quiere decir con la palabra amor él lo había engrandecido sobremanera, lo había sublimado. Su fecunda imaginación y la indiferencia que lo distanciaba de lo que él llamaba el resto lo encerraban entre sus gruesas paredes y lo aislaban de nosotras. Al abrir las ventanas tras las lluvias de marzo, al despuntar el día, apareció Marie-Louise, con los brazos en alto, peinándose el flequillo negro. Primero una sombra, un contorno impreciso; luego, a medida que se acercaba el verano, un rostro dorado a contraluz.

La abuela se dio de bruces con ellos una tarde que estaban besándose detrás de la puerta de la entrada. Se enfadó y le aconsejó que se buscara a las chicas fuera del vecindario.

Yo inspeccionaba a menudo su habitación y su ropa, pero había un desorden tan bien organizado que podía esconder cualquier cosa sin correr ningún riesgo. El mapa de la pared estaba polvoriento. Ya no nos soportaba, nos hacía daño con sus críticas groseras y, cuando nos hablaba –lo que rara vez sucedía–, se perdía en encendidas disertaciones sobre el orgullo de ser un oprimido en aquellos tiempos.

–Sí, claro, pero tú, Lucien, haces lo que quieres. Y, hasta ahora, lo cierto es que has elegido no hacer nada.

Le daba donde le dolía. Lo veía en sus ojos. De buena gana me habría zurrado. Entonces se metía en su habitación. Frente a él, la ventana de Marie-Louise. Aplastaba la frente contra el cristal, esperaba a que ella apareciera, le hacía una seña y salía.

En Nochevieja se arregló temprano.

–¿No cenas con nosotras?

–Sí, pero antes me pasaré por casa de un amigo.

–¿Tienes un amigo?

–Pues sí, tengo un amigo.

Esperamos hasta tarde. Sin él, se diluía la alegría de las cenas especiales, el encanto de la cocina impregnada de aromas con los platos cubiertos hasta el último momento, la sorpresa escondida en el horno.

–Debe de estar con esa de enfrente –dijo la abuela.

Luego se puso a recordar a los difuntos mientras se comía la sorpresa.

En cuanto pasaron las fiestas, tomé una decisión. Fui a Saint-Nicolas y me entrevisté con el director. Lucien había cursado allí sus primeros años (la parroquia solía hacerse cargo de un huérfano en una de sus escuelas). Le expuse el caso de mi hermano. El director me escribió a los dos días y me comunicó que contrataría a Lucien a la vuelta, en enero, para supervisar las clases nocturnas. Era lo único que podía hacer; se pondría en contacto con él en breve. Cuando recibió la carta, Lucien la leyó, la releyó y se encerró en su habitación. En la mesa no dijo nada y salió como los otros días. Por la noche, le pregunté:

–¿No te ha llegado nada importante esta mañana?

Me miró con dureza.

–¡Ah!, ¿es cosa tuya? Es tu estilo, por supuesto. Pero ¿es que no podéis dejarme en paz? Si es por falta de dinero, haberlo dicho. Tengo los muelles, la fábrica…

Sin embargo, fue a trabajar.

A fin de mes, nos trajo su sobre. Lo dejó sobre la mesa.

–¿Qué es? –preguntó la abuela, que lo abrió y sonrió–. ¡Los primeros cuartos que ganas!

Temiendo que fuera a ponerse tierna, Lucien se marchó.

Una noche en que, tras la cena, la abuela cabeceaba somnolienta sentada a la mesa, le había dicho:

–Mira, conozco a una chica. Tú sabes quién es. Quiero casarme. Ahora trabajo: sé lo que hago.

En un principio, ella se echó a reír, luego lo amenazó; después, le suplicó y, finalmente, un domingo recibió a Marie-Louise y a su padre. Éste nos había enumerado sus gastos, advirtiendo que no podría hacer nada por ellos. Envalentonada por esa conversación, que tenía más de pelea que de acuerdo, la abuela había concluido: «Ya nos veremos, no estamos lejos».

*

Aquella fue una primavera fría. El rocío del amanecer cubría de escarcha la plaza. Seguí llevando abrigo hasta mayo. Debido a los chaparrones, olía a perro mojado y pesaba, así que lo secaba poniéndolo delante de la cocina. En casa fue una época de discusiones. El frío de las mañanas, los colores apagados bajo un tibio sol, los días precipitándose bajo la pegajosa llovizna, aquel abrigo pesado que me ponía cada mañana, la hosca obstinación de Lucien, sus maneras violentas y su mutismo, el entrechocar de las agujas de ganchillo en la cocina cuando la abuela ya no sabía qué decir; nuestra impotencia, nuestra derrota, el yeso descascarillado del pasillo, que nos seguía hasta el felpudo; la puerta de la entrada, que se cerraba con una ráfaga de viento (había que llamar tres veces, soportar bajo el aguacero, responder al «¿por quién pregunta?» con la cabeza erguida; entonces, desalentada, sentía un nudo en la garganta, tenía la sensación de estar hundida en el fango y me quedaba unos segundos con la cabeza hacia atrás, los ojos arrasados de lágrimas y de lluvia, esperando una ayuda imaginaria mientras se me congelaba el cuello). Ésa fue nuestra primavera.

*

«Construirme una vida propia y no ocuparme más de él.» Lo intenté un par de días. Lo primero era poner orden. Recolocaba mis cosas. El hecho de tocarlas y de asignarles un lugar nuevo producía el espejismo de un cambio. Sólo tenía que ponerme a vivir esa vida. Y todo encajaba en el orden, en mi orden. Vigilaba a Lucien y sufría por él. Una noche regresó temprano, a las ocho. Los días iban alargándose; fuera aún había luz. No volvió a salir. Se sentó de espaldas a la ventana con aspecto cansado.

–¿Te agota el trabajo? –dijo la abuela–. Pues acuéstate más temprano. Mira a tu hermana: todas las noches está metida en la cama a las diez. En cualquier caso, Élise, siempre creí que te casaría antes que a tu hermano…

Suspiré. Él se me quedó mirando y de buenas a primeras me señaló la puerta de su habitación. Luego se levantó, se estiró y se metió allí sin quitarme ojo de encima. Cuando me reuní con él, se echó a reír mientras se frotaba las manos.

–¡Habla cuanto quieras! –le dijo a la abuela, fuera ya de su campo de visión.

Pero muy pronto nos sentimos incómodos al encontrarnos juntos y sin saber qué más decirnos. Por el rabillo del ojo, echó un vistazo por la ventana. Quizá ya se había hartado de mi presencia.

–Es verdad que pareces cansado. ¿Es por el trabajo?

Me habló de la clase que vigilaba. Los primeros días los niños habían estado contentos. Ahora, estaban hastiados de él.

–Es oscura, triste. Desde el estrado no veo más que un trozo de cielo. Cuando estuve convaleciente después de aquello, también era lo único que veía desde esta cama. Me pasé días sin perderlo de vista. Habría podido distinguir los átomos que lo componen: tenía los ojos saturados de él.

–Eso ya es agua pasada –dije para animarlo.

–Lo sé. Y no volverá jamás. Me sentía como si estuviera encerrado en una burbuja de cristal y todo el mundo me viera, pero sin oírme. Y yo lo que quería era romper la burbuja para que alguien me escuchara.

Pensé: «¿Acaso es Marie-Louise la que va a escucharte?». Pero no lo dije: todavía no me atrevía. Del bolsillo de su cazadora sacó un periódico enrollado y lo desplegó.

–¿Lo quieres? Te lo dejo, seguro que te interesa.

–En estos momentos, apenas tengo tiempo para leer –dije.

Me arrepentí de mi respuesta al instante. Iba a decepcionarlo.

–Dame el periódico. ¿Es nuevo? Nunca lo había visto.

–Nuevo y muy importante.

–Ah, ¿sí? –contesté sorprendida.

–Van a muerte contra la guerra.

–¿Qué guerra? Todo el mundo está en contra de la guerra.

–¿Eso crees? ¿No sabes que llevamos cinco años luchando?

–Sí, bueno, ¡pero en Indochina!

Recuerdo el tono ligero con que dije aquello. Una guerra lejana, discreta, de causas difusas, casi tranquilizadora: una prueba de buena salud, de vitalidad.

–Vale, bien –me dijo, como si fuera consciente de estar perdiendo el tiempo–. Hora de dormir.

–Cuando te marches, recuperaré mi habitación.

–¿Cuando me marche adónde?

–Dices que quieres casarte o irte. Ya no digo alistarte, pero bueno, un día te largarás de aquí.

–¿Y tú no? La abuela es muy mayor; cuando te quedes sola… ¿No sientes nunca ganas de irte?

El jersey ahogó su voz cuando, siguiendo su mala costumbre, se lo quitó tirando del cuello. Con los brazos todavía en las mangas, se sentó a mi lado. Escogí bien mis palabras. Quería ser hábil y no pronunciar el nombre de Marie-Louise. Quién sabe, puede que un día su memoria hallara por casualidad esas palabras, como cuando encontramos unas flores secas entre las páginas de un libro.

–La vida de verdad –dijo con delicadeza– es como tú. La calma, la paz interior. Yo también necesito calma. Élise, créeme: estoy impaciente por casarme para tener esa vida. Estoy seguro de que seré feliz: más feliz, para ser exacto. Y tú también serás más feliz; y la abuela, también.

Consiguió enternecerme. Él sabía que esas imágenes de una vida tranquila, recta y sencilla me desarmaban.

Después de jurar que nunca diría que sí, después de las lágrimas, las escenas y las amenazas, la abuela había cedido. Cansada de las discusiones violentas, de la cara de funeral de Lucien, viendo que no conseguiría convencerlo y temiendo que hiciera una tontería, había preferido, por agotamiento, decirle una noche, mientras le servía la sopa:

–Haz lo que quieras. Cásate, quédate, lárgate: tienes mi permiso para cualquier cosa.

Cuando Lucien nos habló –con un aire cansado y triste– de los trámites, del papeleo, ella lo escuchó con calma. Pero, a solas conmigo, solía llorar.

Con una voluntad encomiable, bajó nuestras escaleras y subió los dos pisos al fondo del patio. Allí acordaron que Marie-Louise seguiría trabajando y que vivirían en nuestra casa. Fue así como nos encontramos ante el hecho consumado. Ya habían elegido la fecha, y a la abuela sólo le dio tiempo a limpiar su vestido negro. La víspera fue a hacerse la permanente. Fue, sin lugar a dudas, la más llamativa de la reducida comitiva, con su mirada resplandeciente, sin más maquillaje que la sobreexcitación contenida, toda de negro (vestido, zapatos, sombrero), con un camafeo prendido en la parte inferior del pecho. Algo efímero, intangible como un perfume, un no sé qué hacía que sobresaliera entre todos los demás. Habló poco, comió y bebió con mesura, ella, que era tan glotona en casa. Éramos siete en la rápida bendición que siguió al matrimonio civil. El sacristán había encendido una sola lámpara. El cura lo llamó en mitad del rezo para pedirle que diera más luz.

Los padres de Marie-Louise partían esa misma noche a la vendimia. Lucien y su mujer se instalaron en su vivienda, vacía durante unos días. Esa noche dormí en la habitación de mi hermano con el sentimiento de estar aferrándome a algo que se me escaparía definitivamente. Después de tantos años, había olvidado que allí los ruidos, incluso los olores, no se parecían a los de la calle. Hasta bien entrada la noche, los chicos se llamaban mediante estridentes silbidos, sus zapatos herrados retumbaban en el cemento de los peldaños, la gente hablaba de una ventana a otra y las crepitantes frituras de los vecinos que cenaban tarde despertaban el apetito.

Hacían una pareja extraña. Ella se levantaba temprano, se marchaba antes de las siete rumbo a la fábrica de galletas, donde estaba a pie firme delante de su máquina hasta la noche. Cuando regresaba, Lucien se había ido y lo esperaba en su habitación leyendo revistas. A veces, nada más llegar se retocaba el peinado, se empolvaba de nuevo y salía a su encuentro en dirección a la place de la Victoire.

Lucien nos ignoraba por completo. Yo fui la primera en darme cuenta de que iba a tener un niño. Se lo dije a la abuela.

–¿Te puedes creer que me lo estaba oliendo?… Si es que, con este chico, ya estoy curada de espanto. La chiquita iba detrás de él, dicho sea de paso. Ahora, ya está; le toca a él espabilarse para ganarse la vida.

–¿Te gusta Marie-Louise?

–No es desagradable. Pensé que sería peor.

Evidentemente, a mí no me gustaba, hasta el punto de alegrarme de verla deformada y gorda.

Y pasó el otoño: las tormentas, las primeras heladas, el café con leche a las cuatro (cuando prendían las farolas de la calle), nada que no fuera cotidiano, habitual, esperado. La vida –mi vida– se dividía en cuatro períodos, las cuatro estaciones, que modificaban algunos gestos de aquella gimnasia bien articulada. Pero, por culpa de aquella odiosa forastera, aquel otoño fue el más desdichado de mi vida. También fue –aunque yo no lo sabía– el último antes de que se pusiera en marcha a trompicones la carreta que habría de llevarnos por caminos tortuosos hacia la pendiente por la que se precipitaría nuestra existencia hasta dar su última vuelta de campana.

Cuando estábamos todos juntos, el escurridizo Lucien se recreaba en las conversaciones más vulgares. Yo había observado que, a solas con Marie-Louise, cambiaba de tono y de tema. Las paredes, muy finas, dejaban pasar muchas de sus palabras. Después de la comida, Lucien se levantaba, arrojaba su servilleta y, desde el umbral de la habitación, le silbaba a Marie-Louise, que iba a su encuentro riendo. Con la puerta cerrada, todavía los oía reír. «Se ríen de mí…» Si me quejaba a la abuela, ella me escuchaba hastiada. De un tiempo a esa parte le había cambiado la cara: se le habían hinchado los párpados, el iris de sus ojos amarilleaba y, lo más llamativo, las orejas, que le habían crecido considerablemente.

Marie-Louise siempre le daba la razón a Lucien. A veces yo la compadecía, tan simple, sin exigencias, con sus ideas reducidas a la más gris expresión; ella, a quien su encaprichamiento con Lucien había traído a nuestra casa, la de los racionales, los preguntones, los inquietos, los indecisos, los insatisfechos. Seguramente consideraba nuestros problemas –los de mi hermano, los míos– una manía agotadora. Pero, qué diablos, ¡para conseguir a Lucien tenía que apechugar con eso! Con todo, aquellas ideas y aquellas palabras terminaron por dejarle huella. Empezó a repetirlas sin esforzarse en comprenderlas –estaba hecha para seguir el camino marcado– y, con el tiempo, por la fuerza de la costumbre, acabó haciéndolas suyas.

Lucien leía un montón de periódicos. Yo recogía los que iba dejando tras de sí y, a veces, también los libros que olvidaba en la cocina.

Al leer, se disipaban las tinieblas a mi alrededor. Era una impresión similar a la que me producía la música. Liberarme, entender, penetrar en el corazón de las palabras, seguir una frase y su lógica, saber. Sentía una satisfacción física; cerraba los ojos de placer. Ahora entendía lo que significaba educarse. Envidiaba a Lucien por recorrer las bibliotecas. Perseveré, multipliqué el nivel de dificultad; era como un boceto intrincado cuyos puntos hacían surgir el dibujo a gran escala. «Debería hablar con alguien.» Nadie sabía nada de todo ese placer que acumulaba. No tenía posibilidad alguna de hallar a un espectador para mis pensamientos.

Las lecturas de Lucien me perturbaban. Con una lógica implacable, aquellos escritos denunciaban todo lo que yo había tomado por natural.

Enseguida sentí que aquello me concernía. Comprendí mi condición, me enorgullecí de ella. A mi alrededor, los hechos perfilaban su contorno: el puerto estaba paralizado por las huelgas, los estibadores aguantaban desde hacía veintiocho días, juzgaban a una chica que se había atravesado delante de un tren cargado de armas. Sólo me faltaba entender el contenido. Lucien me hablaba muy de cuando en cuando, pero bastaba con que se dignara hacerlo alguna vez.

No había visto que estaba sentado al lado de mi hermana. No había visto ni el árbol que se inclinaba hacia el agua ni tampoco el agua. No había levantado la mirada cuando la barcaza avanzaba con la majestuosidad de una mujer entrada en carnes. Los remolinos de agua, unos pequeños temblores que apenas la erizaban, nos enviaban su olor, y yo no lo había respirado. No había visto los colores, ni siquiera sabía que ese día el mundo luciera unos colores tan vivos. Había creído que era transparente, pues mis ojos no se detenían ni en la corteza verde del árbol tierno, ni en el agua gris y sus vórtices plateados –como ojos enloquecidos–, ni en la barcaza –reposada matrona negra–, ni en la otra orilla, donde los gabarreros charlaban. Mis ojos atravesaban los cuerpos espesos, los cuerpos líquidos; mis ojos sólo me miraban a mí y, todavía hoy, si los cierro, los colores de antaño, de aquel día en que no sabía que existieran, me deslumbran como si, al llegar a lo alto de una colina, descubriera a un jovencito sentado entre su hermana y su abuela frente al río un día de junio.

Esto estaba escrito en el cuaderno verde de Lucien –que descubrí en su ausencia–, con fecha del 1 de marzo. Marie había nacido la víspera; Lucien había elegido el nombre. Cada noche colocábamos en la cocina unos cordeles en diagonal para secar los pañales. Después de un tiempo de descanso, Marie-Louise volvió a enfundarse su suéter rojo y se dirigió de nuevo a la fábrica de galletas. No se lo dejé ver, pero me resultaba muy conmovedor. Las exigencias de Lucien la desconcertaban. No se privaba de reprenderla; decía que quería modelarla, educarla. Ella lo seguía sin entender, imaginándose a veces que estaba a punto de darle alcance; pero, en cuanto decía algo o hacía algún progreso respecto a sus actitudes anteriores, él estaba todavía más lejos o, por el contrario, había dado marcha atrás y no conseguían encontrarse. Pero ¿quién iba a aclararse en medio de las contradicciones de Lucien?

A excepción de sus tres horas de vigilancia diaria, no tenía ninguna ocupación. Marie-Louise le daba alas en su falta de actividad. ¿Estaba celosa? ¿Temía que se dedicara a rondar a otras chicas? A sus compañeras, les decía: «Está estudiando». En casa, nadie se lo creía ya. No acierto a comprender por qué nos poníamos a temblar las tres cuando nos amenazaba con aceptar el primer trabajo que se le presentara. ¿No albergábamos acaso la secreta intención de controlarlo mejor así, de sacarle mejor provecho? Lejos de nosotras, se nos escaparía. Vendrían los compañeros, un amigo, otros amores. Era tan joven, ni veinte años tenía… Todavía podía prepararse, perfeccionarse, como decía él.

A las ocho aún era día y, a la noche, Marie-Louise bajaba al encuentro de Lucien. Él llegaba, la cogía por la nuca; ella se prendía del cuello de su cazadora y subían juntos. Una noche, por casualidad, bajé yo también. Lucien venía tarde. Por fin dobló la esquina de nuestra calle. Era una noche suave, sin estrellas ni luna, sin más lucero que el neón verde de un club que acababa de abrir a la vuelta del callejón. Tres chicos iban hacia la puerta. La luz cruda los iluminaba y, al cruzarse con Lucien, que venía hacia nosotras, el de la izquierda lo miró y se detuvo. Lucien sacó la mano del bolsillo con desgana.

–Mira tú –dijo el otro–, ¡quién me iba a decir que te encontraría aquí después de tanto tiempo! Te he reconocido al instante. ¿También vienes al club?

Marie-Louise se había acercado a Lucien. Reconocí al chico por su cabello rizado, largo como siempre. El verde del rótulo le proyectaba una segunda cara en relieve sobre la suya. Vigilé a Lucien desde la distancia; no me costó ponerme en su piel. Yo también sentía los rencores acumulados, los años de soledad, la amistad decepcionada, aquella herida que nunca había llegado a curarse, la visión fugaz de lo que no había conseguido ser, la humillación de no tener nada que decir.

–Buenas noches –dijo al fin.

Hubo un breve silencio. No me atreví a moverme.

–No voy al club. Vivo ahí.

Respiré. Ahí se refería a la calle mohosa, la casa en ruinas, el pasillo húmedo, la ventana donde se tiende la ropa. Ahí, entre los hombres desaliñados, los viejos que mascan tabaco sentados a la puerta, las viejas con las enaguas asomando bajo el delantal, las chicas de la fábrica que se pintan las uñas: gente pobre, pobre gente.

–No lo sabía. Pero ¿qué ha sido de ti?

–¿De mí? No ha sido nada.

Al otro pareció gustarle la respuesta de mi hermano. Lo miró y sonrió frunciendo la nariz, con un resoplido como de perro siguiendo un rastro y la cara iluminada por la alegría del fisgoneo.

–Ven a tomarte una copa con nosotros. A esta hora no hay nadie. Vamos a hablar un poco.

Marie-Louise dio un paso adelante.

–Lucien, yo voy subiendo.

–Sí, eso, sube. Espera…

La agarró por el codo.

–Te presento a mi mujer.

Antes de bajar, ella se había lavado la cara para no tener más que mojársela un poco por la mañana. Por la noche su rostro –cansado, enrojecido– era menos resplandeciente.

–¿Estás casado? Encantado, señora; soy un compañero de colegio de Lucien.

Marie-Louise le dedicó una sonrisa de oreja a oreja.

–Sube –dijo Lucien–. Estoy contigo en cinco minutos.

–Anda, vente…

Lucien negó con la cabeza.

–Gracias, pero no, no bebo. ¿A qué te dedicas? ¿Al Derecho?

–Sí, hago Derecho. Y me lo estoy tomando con calma para librarme del ejército. Tú, ¿qué?

–No, yo estoy exento.

–¿Hace mucho que estás casado?

Intercambiaron unas cuantas frases más. Luego Lucien se disculpó y le tendió la mano.

–Buenas noches –dijo el otro–. Hasta que nos veamos una de éstas.

–Ah, ¿estabas ahí? –me preguntó Lucien al verme en la puerta.

–¿Es Henri?

–Sí, es Henri. ¿Lo has reconocido?

–No ha cambiado.

Lucien asintió y subimos. Las siguientes noches, volvió a casa a toda prisa, como si temiera encontrarse con Henri. Sin embargo, terminaron coincidiendo. Después, Lucien me contó que Henri había estado esperándolo y que lo había abordado delante de casa. Dado que Lucien se negaba a bajar al bar, se citaron una tarde en un café del puerto. Lucien se prometió a sí mismo no acudir; luego fue, aunque hecho un mar de dudas. Henri preguntó; Lucien habló. Henri escuchó. Lo atraía lo peculiar, el hecho de que fuera un marginado. La rebeldía ajena, la miseria, un rastro de pobreza le resultaban tremendamente estimulantes. Al venir de una familia de posibles exenta de dramas, se regodeaba en los que adivinaba en otras personas. Pero lo suyo iba más allá del simple gusto por lo exótico. Mediante el razonamiento y el análisis, había llegado a las mismas conclusiones que mi hermano. Henri vivía en casa de sus padres y se aprovechaba de su condición, pero sólo –según le dijo a Lucien– «porque hay que burlar a esta sociedad que queremos destruir, y es más eficaz y hábil ir trampeando y aprovecharse de ella para derribarla en condiciones».

Lucien recuperó su antigua admiración por él. Pronto cogieron la costumbre de verse a diario. Una noche Lucien se presentó en casa con él. Se encerraron en la habitación. A partir de entonces, Marie-Louise tuvo que pasar las noches en la cocina con nosotras. La primera vez la presencia de Henri causó revuelo. La abuela se sintió obligada a hacer una limpieza a fondo, a desplegar la mantelería en la mesa de la cocina –en la que él ni se fijaba–, mientras que Marie-Louise se retocaba el maquillaje sólo porque le daba las buenas noches al pasar. No nos atrevíamos a hablar alto, con la secreta esperanza de coger alguna frase al vuelo. Henri parecía contento de venir a nuestra casa. Al subir, debía de ir aspirando los aromas de la escalera, embriagándose con la decoración.

Marie-Louise fue la gran sacrificada. Acostumbrada a que Lucien se ocupara de ella, a que le hablara, le hiciera preguntas, le explicara las cosas, se encontró pasando noches enteras, domingos enteros a solas con Marie, a la que paseaba por los muelles cuando hacía sol. La abandonó en el momento en que su cerebro, entumecido como un músculo que nunca se ha ejercitado, empezaba a distenderse. Él había sembrado con tesón, se había empeñado en la tarea –no veía más allá de ella–, pero después se detuvo en seco. Todavía me parece verla algunas noches de verano, sentada en la cama como una inútil, con pinta de estar reflexionando sin llegar a comprender nada. Lucien y su amigo habían salido a charlar mientras fumaban a la orilla del río. Él era feliz. Henri lo animaba a seguir viviendo de aquella manera. ¡Y nosotras que creíamos que su amigo tiraría de contactos! Ya nos habíamos imaginado a Lucien colocado y con un empleo serio y bien pagado.

Una noche que se le había hecho tarde, Henri le pidió a mi hermano que yo telefoneara a su madre para disculparse por el retraso.

–Mi hermana no se atreve a entrar en un café para llamar por teléfono. No creo que haya hecho una llamada en su vida.

Henri me miró. Era verdad. ¿A quién iba a llamar? No teníamos amigos. Si queríamos informarnos de algo, nos molestábamos en buscar. Si era asunto de médico, íbamos a su casa, pues vivía muy cerca. Me invadió una tristeza enorme. Un año, al mostrarle dos postales que habíamos recibido por Año Nuevo, la abuela exclamó maravillada: «¡Oh!, unas postales…». Menudo acontecimiento. Provincianos miserables. Aislados, torpes, pobres con esa pobreza que no se muestra. En ocasiones así, sentía que quería a mi hermano por lo que un día habría de sufrir a causa de aquello, por lo que ya había sufrido; también, porque tenía miedo de la vida sin él, el único puente entre el mundo de los otros y el nuestro. A partir de aquel incidente, Henri me trató con cierta deferencia. No creo que pueda decirse que tal comportamiento estuviera dictado por su espíritu caritativo. No. Yo era uno de esos seres peculiares, inadaptados, con los que se recreaba su curiosidad. Me concedió algunos apretones de manos, unas frasecitas al vuelo a las que, según él, respondí acertadamente; a pesar de sus reservas iniciales, Lucien aceptó que a veces estuviera presente en sus reuniones.

Ésa fue la época de mi revancha, del momento pronosticado y anhelado: la caída en desgracia de Marie-Louise. Delante de mí, trataba de mostrarse juguetona, captando la atención de Lucien con preguntas que antes lo habrían maravillado.

–Dime, Lucien, explícame… Dime por qué…

Por la noche volvía hacia las once, o más tarde, y preguntaba por ella.

–¿Y Marie-Louise dónde está?

–Estoy aquí.

–¿Qué te pasa?

–Nada.

–Pues, si no te pasa nada, mejor.

Se retiraban a su habitación. Yo escuchaba la voz susurrante de Marie-Louise; la de Lucien más alta. Hablaban largo y tendido.

Cada tarde Henri llegaba sobre la una, se limitaba a sentarse delante de la puerta y esperaba a que mi hermano bajara. Otras veces, paseaba arriba y abajo por el patio, en el que el árbol, más verde que nunca, extendía sus ramas como un paraguas sobre los adoquines secos. Teníamos las ventanas abiertas noche y día para que las paredes fueran secándose. En ocasiones, cuando no estaba con su amigo, Lucien suspiraba:

–Un día tendremos una vida de verdad, haremos todo lo que queremos.

«Haremos todo lo que queremos», eso afirmaba Lucien. Sí, haríamos realidad nuestros sueños, iríamos al encuentro de quienes compartían nuestra emoción. Nuestros espíritus ya se habían puesto en marcha y nuestros cuerpos los seguirían dentro de poco.

Sobre la silla de su habitación había una pila de revistas de esas que compraba Marie-Louise: consultorios sentimentales, consejos para esposas, cómo conservar a un marido, trucos de belleza… De allí debía de sacar sus remedios para las metamorfosis de Lucien. Qué dulce era; aunque yo, por aquel entonces, la tachaba de blandengue.

Yo devoraba todo lo que denunciaba aquella guerra que agonizaba pero que se resistía a morir. Quería el último artículo de Barsac que mi hermano había guardado sin darme tiempo a leerlo. No estaba a la vista. Una vez más, volví a recurrir al cuaderno verde, que tenía escondido en una carpeta abarrotada de papeles.

Lo recorrí a toda velocidad, me salté las frases sin importancia, las descripciones, las consideraciones filosóficas; buscaba cualquier pista que pudiera ayudarme a entender, puesto que la víspera había pasado algo. Después de una larga conversación –rondaban las once–, Henri se había despedido. En la cocina, Marie-Louise estaba hojeando un periódico. Lucien le soltó:

–Marie-Lou, ¿nos vamos a la cama?

–Me apetece ir a dar un paseo contigo.

–¿A estas horas?

–¿Y por qué no?

Ella se levantó con parsimonia, dobló el periódico y, de repente, fue corriendo hacia él.

–Lucien, cariño, llévame a dar una vuelta.

–Ahora no.

Él intentó zafarse, ya que ella lo tenía agarrado por el cuello de la camisa.

–Venga –suspiró–, coge tu abrigo. ¡Élise!, ven, nos vamos a dar una vuelta.

Yo no me inmuté: estaba demasiado sorprendida.

–Venga, date prisa –repitió.

Marie-Louise no se atrevió a decir nada, pero su cara reflejaba su decepción. Lucien fue a la habitación de la abuela, donde metíamos la cama de Marie hasta que Henri se marchaba. No estaba dormida, así que la levantó.

–Y tú también, mi niña, tú también vienes. ¿Estáis listas? En marcha.

Fue un paseo lúgubre. Sólo hablaba él. Al ver que se dirigía hacia el parque, pregunté por qué no íbamos por la orilla del río.

–No –dijo, cortante.

Después de dar una vuelta al parque, nos señaló un banco. Era noche cerrada, la hierba brillaba, unos mosquitos zumbaban alrededor de las farolas. Marie se había quedado dormida en los brazos de mi hermano. Dirigiéndose a nosotras dos, él soltó alguna tontería, algún tópico sobre la primavera o el invierno, y yo le respondí sin hacerle mucho caso. Yo le venía bien: me llevaba con ellos cuando no quería estar a solas con Marie-Louise.

–Nos vamos a casa, señoras –ordenó poniéndose en pie.

No había habido discusión en su habitación o si la hubo fue en voz muy baja, pues no escuché nada, y eso que se me daba bien poner la oreja.

Encontré la carta en el cuaderno verde. Doblada en cuatro, servía para marcar la última página escrita. A punto estuve de que me sorprendiera con las manos en la masa, ya que era larga. Hoy la tengo en mi poder de nuevo, pues he recuperado las cosas de Lucien. Supuso el fin de una época. A partir de ella, todo cambió.