Ella - Sheila D. W. - E-Book

Ella E-Book

Sheila D. W.

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Beschreibung

Toda historia tiene su final. Eso me lo dijeron una vez, pero el final tiene muchas formas. La última página de un libro, el último aliento de la vejez, lo que te lleva abruptamente al final de tus días, el adiós de una relación, el regreso de un largo viaje, la flor que se marchita al final de la primavera. El final es una promesa. La promesa de que todo en algún momento terminará, bueno o malo. Incluso la peor tragedia al final pasará, la herida más profunda cicatrizará, la sequía más larga terminará, el obstáculo más alto se superará, el recuerdo más doloroso dejará de doler, todos los malos pensamientos desaparecerán. Y se transformarán en otra cosa, algo mas bello, para darte un respiro entre dificultades.

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Seitenzahl: 99

Veröffentlichungsjahr: 2021

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Sheila D. W.

Diseño de edición: Letrame Editorial.

ISBN: 978-84-1114-179-6

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Corto 1Alejandro

Hay algo que quiero contar, hay algo que voy a decir. Para alguien. Para mí. Para quien lea o escuche esta historia. La vida no es fácil, nunca lo ha sido. Siempre te da la espalda, te traiciona, te olvida, te engaña. La muerte te ofrece una salida. Pero, solo lo diré una vez: hay otras salidas. A pesar de todo lo que pueda hacer la vida, puedes pararte de nuevo y volver a empezar, a intentar. No rendirte. Volverás a caer, pero mientras no estés solo, mientras tengas una meta, todo estará bien, ¿no? Y recuerda que, si te vas, siempre dejarás algo atrás.

Primera etapaPrimera caída

Elina. Ella es alguien muy gentil, siempre sonríe y ríe, intenta ayudar a todos y no es de las que se enoja fácilmente, también tiene mucha paciencia y sabe comprender a las personas. Físicamente siempre ha sido la más bella del salón, quizá fue por eso que me fijé en ella desde la primera vez que la vi. Quizá. La miro siempre desde mi lugar. ¿Cómo puedo acercarme a ella? ¿Cómo le puedo interesar? Mejor me quedo callado. Mejor sigo observando.

Todos los días llega y saluda a todos por sus nombres de pila, incluso a mí. Platica con todos y planea alguna salida en grupo para el fin de semana. Incluso invita a los alumnos de otros salones. Claro que yo nunca acepto, no es que no quiera, es solo que sé que mi madre no me dará el permiso y si no regreso a casa puntal, ella pensará que la he abandonado, como mi padre.

En clases siempre hace apuntes y se los presta a todos. En una ocasión incluso llegué a entrever su bella letra cursiva en una de sus notas. Practica con todo tipo de instrumentos y todas las tardes ayuda en el coro del colegio. Le gustan los deportes y observa las clases de educación física pero nunca se atreve a participar, pues su salud es muy débil. En pocas palabras, puede que solo a mis ojos, pero es perfecta… es simplemente ella.

Ojalá este momento sea eterno. Ojalá que este fuera un cuento de hadas, que pueda regresar el tiempo. Ojalá no lo tuviera que decir, pero todo cambia en el último año de secundaria.

El primer día llega a clases totalmente callada y fría. Aunque no es la única que ha cambiado. Parece más bien que son los demás quienes la tratan diferente. Nadie la mira. Nadie la saluda. Nadie le habla.

Con el tiempo todo va empeorando. Mojan sus zapatos, lanzan sus cosas por la ventana, usan su banco de basurero, la empujan en los pasillos. ¿Qué más pasa cuando me doy la vuelta… cuando parpadeo? ¿Qué más pasa que yo no sé? Tomo como costumbre limpiar su banco antes de que todos entren al salón. ¿Qué más puedo hacer? Es como vivir una pesadilla. Ella solo… no hace nada, solo lo acepta como si se lo mereciera.

Al final, creo que necesitaba que esto pasara o nunca me hubiera atrevido a acercarme.

Después de clases ella se queda en el salón esperando a su madre que no llega hasta tres horas después del timbre. Pasa el tiempo leyendo un libro, como todos los días desde el inicio del año, como si reemplazara la vida por la lectura. Me siento frente a ella, pero ni siquiera levanta la mirada o da muestras de notar mi presencia. No quiero interrumpirla, así que espero a que me dé un poco de su tiempo.

Su pelo ha perdido el brillo de antes, está peinado sin ningún orden, atado con una liga. Su piel está algo pálida, alrededor de los ojos esta se ha oscurecido notablemente. Sus ojos están bastante rojos y resecos, pasan rápidamente por cada palabra del libro. Pasa de página. Me fijo en que sus manos tienen curitas, seguramente por cortarse con alguna hoja. Aparte del uniforme lleva puesto un suéter, como su uniforme termina sucio por la comida que le tiran, termina usando la ropa de deportes o su suéter para esconder su ropa. Ya no lleva puesto ningún collar como antes o alguna pulsera o arete.

Mientras espero, mi mente ya ha imaginado todas las posibles conversaciones. Me saluda, le digo algún chiste y sonríe. Puedo empezar dándole un cumplido. Preguntarle por el libro. Por su día. En caso de extrema necesidad me arriesgo con un acto: caerme de la silla, volcar la silla, gritar su nombre… prender fuego a las cortinas. Todo con tal de llamar su atención.

Suelta un suspiro al tiempo que cierra el libro de golpe, me sobresalto.

—¿Qué quieres? —pregunta con un tono seco. ¿Cuánto ha cambiado su voz? ¿Acaso no era antes tan suave, gentil y musical? ¿No la comparaba siempre con el instrumento más refinado, con el canto de la más bella ave, con la voz de algo celestial? Se crean varias arrugas en su frente mientras su frustración crece, seguramente molesta porque yo no contesto—. Sea lo que sea, dilo de una vez.

—Yo… T-tú…

Mi mente se queda en blanco. ¿Qué pasó con todas las ideas? Me estoy viendo como un idiota. Quiero darle una buena impresión, pero ¿cómo hacerlo si ni siquiera puedo hablar con ella?

Otro suspiro y más arrugas en su frente.

—Si no es nada importante, entonces vete.

—Quiero escucharte cantar.

¿Qué tan rápido se puede arrepentir uno de sus palabras? ¿Acaso mi cabeza lo hace a propósito? O ¿fue una conspiración de mi boca? Pero lo dicho, dicho está. Las palabras no vuelven a entrar en mí. No salen de su cabeza. ¿Puede haber algo peor? Cierro los ojos con fuerza. ¿Cómo se regresa el tiempo? ¿Hay cerca una máquina del tiempo?

Al mantener los ojos cerrados, la oscuridad me envuelve, pero, aun en lo más oscuro, hay luces que parecen dibujar en el aire como si intentaran comunicarse conmigo. En mi cabeza, las luces giran a su alrededor, escribiendo su nombre en el aire, marcando su silueta en la oscuridad. Sí, ella aún está enfrente de mí. Abro los ojos. Ya no estamos en la escuela, sino en mi casa. Cenamos, ella me mira con felicidad como antes y me quiere, me ama.

Pero no estamos en mi casa ni ella sonríe. Frunce la boca con millones de pensamientos reflejados en su frente. La ilusión termina.

Ante mis incrédulos ojos veo como su ceño fruncido y sus arrugas desaparecen para ser remplazados por una sincera sonrisa. Allí está mi máquina del tiempo. Sale de sus resecos labios una risa que, aunque no se compara con las de antaño, me hace olvidar todas las semanas que he pasado preocupado por ella.

Ojalá este momento sea eterno. Fue, y sigue siendo, mi recuerdo más valioso.

No puedo recordar las palabras con las que me respondió, tampoco las quiero recordar. Pasamos un tiempo hablando, sus respuestas son cortas y secas. Vuelve a ser la de antes. A veces uno no se da cuenta de sus propios límites. O, si los conoce, siempre intenta superarlos.

En cada silencio ella retoma su lectura, cada vez que hablo levanta la vista. No debo de hacerme ilusiones, sus ojos demuestran que mis palabras ya no le llegan. Estoy en el límite. Pero no quiero dejarla ir.

Se enoja cada vez más y yo, terco, continúo hablándole. Al final estalla, grita, me pega y se va del salón. Sus palabras crueles son como una daga en mi corazón. La puerta se cierra y ya la perdoné. ¿Qué puedo decir? Es mi culpa. Siempre lo ha sido y siempre lo será.

Los días siguientes a ese me limito a sentarme a su lado y a esperar. Hay veces en las que detiene su lectura y deja que le haga una pregunta. Aprendo a ser discreto, a medir mis palabras. No vuelvo a ponerme en medio de su libro y ella. Sus preguntas favoritas son las relacionadas a los libros, le encanta hablar de las historias y sobre cómo estás la trasportan a otro lado.

—Es como otro mundo, ¿sabes? Allí nadie te juzga, a nadie le importas. Ves cómo los personajes lloran, ríen, luchan, se enojan y se vuelven a levantar. Tú solo estás de observador viviendo la vida de otro, escuchando sus pensamientos, comprendiendo sus dilemas, apoyándolo en silencio.

Quisiera ser uno de los personajes de sus libros favoritos. Un príncipe que la salva de algún peligro. Un noble que se enamora de ella a pesar de los obstáculos. Un estudiante que aprende sobre el amor junto a ella. Algún ser sobrenatural que la enamora locamente. Y que juntos pasamos por todas las dificultades. Juntos. Que no importa los obstáculos, al final siempre terminamos juntos.

Ojalá esto fuera un cuento de hadas.

Quisiera que no tuviera los libros. Los libros siempre van primero. Si ella lee uno, yo tengo que esperar. Si ella quiere leer, yo tengo que esperar. Si va por el clímax de la historia, yo tengo que esperar.

Los libros son mis enemigos. Los que iniciaron todo y lo terminaron.

En poco tiempo me vuelvo un acosador. Después del colegio, en las horas libres, entre clases… en ningún momento me despego de ella. La sigo a todos lados sin perderla de vista. Ella me ignora la mayor parte del tiempo. Solo me dirige la palabra cuando le parece necesario, pero siempre palabras cortas y frías. Noto de inmediato que la gente me observa y murmura sobre mí.

Hay, por supuesto, momentos en los que no puedo evitar separarme de ella. Es en una de estas veces cuando al fin se me acerca una compañera y un grupo de alumnos detrás. Todos me rodean como si me quisieran acorralar, seguramente no me equivoco.

—Em… ¿Por qué eres tan amable con Elina? ¿Acaso olvidaste todo lo que nos hizo? No deberías perdonarla tan fácilmente. Si lo haces ella lo olvidará y volverá a hacerlo. ¿No quieres detenerla? Es por el bien común.

Recuerdo vagamente el nombre de la chica… ¿Cuánto he llegado a cambiar? Antes hubiera podido recordar su nombre, edad, comportamiento, gustos y otras cosas que notaba en la gente. Ahora solo veo su enojo creciendo en su interior, igual que Elina cuando intento pasar los limites. Elina. Ya se me había olvidado su nombre. Siempre pienso en ella. Ella esto, ella aquello. No tiene nombre, no lo necesita. Solo está ella…

—Si sigues así también tendremos que castigarte junto con ella —grita al tiempo que da un golpe en la mesa de mi asiento. Sus manos se ponen rojas y las esconde en su espalda para disimular.

Estoy seguro de que sigue hablando, pero… ¿cuándo llegará ella? Ha dicho que solo tenía que cambiar su libro ahora que lo ha acabado. No le gusta que la acompañe a la biblioteca. ¿Por qué? Quiero saber. Quiero saber más de ella. Quiero seguir conociéndola. Hasta poder predecir cada una de sus reacciones, expresiones y pensamientos… No, eso no basta, quiero conocerla más.

Ella entra al salón y me apresuro a ir a su lado. Mira desconfiada a los alumnos aún reunidos. ¿Aún siguen allí? Da media vuelta y sale del salón. La sigo. No basta, nunca será suficiente. Nunca llegaré a conocerla tan bien. Eso es bueno, ¿no? Así no hay manera de que deje de sorprenderme.