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Elogio de la impureza está dedicado a la obra de Benjamín Jarnés, un autor que logró armonizar en su escritura la tradición literaria con la audacia vanguardista y la brillantez de estilo con la profundidad de los temas. En él se recoge una amplia muestra de su producción narrativa y ensayística: la primera parte, los relatos que sirvieron de embrión a sus novelas; la segunda, su breve compendio de estética moderna Ejercicios, junto a ensayos y discursos poco conocidos o inéditos. Se trata de un recorrido fascinante por la obra de un creador y humanista que conservó siempre su independencia intelectual. Domingo Ródenas de Moya, profesor de Literatura en la Universitat Pompeu Fabra y especialista en la prosa de vanguardia, ha sido el encargado de la selección de los textos y el autor del prólogo del volumen.
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Seitenzahl: 750
Veröffentlichungsjahr: 2022
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BENJAMÍN JARNÉS EN 1922. Residencia de Estudiantes, Madrid
BENJAMÍN JARNÉS
ELOGIO DE LA IMPUREZA
INVENCIONES E INTERVENCIONES
Introducción y selección de
Domingo Ródenas de Moya
COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL
© Herederos de Benjamín Jarnés
© Fundación Banco Santander, 2007
© De la introducción, Domingo Ródenas de Moya
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ISBN: 978-84-16950-27-0
DOMINGO RÓDENAS DE MOYA
ERA PRIMAVERA EN 1934 y en la revista The Literary World. A Monthly Survey of International Letters el crítico Ángel Flores hacía la presentación de Benjamín Jarnés a los lectores norteamericanos considerándolo «el mejor y más original prosista de la España contemporánea» [«the most original and the finest prose writer of contemporary Spain»]. No es difícil espigar otros juicios encomiásticos semejantes. En 1931 el reputado crítico inglés Richard Aldington leyó a Jarnés en la antología norteamericana The European Caravan, en la que su editor, Samuel Putnam, había incluido el prólogo teórico de Paula y Paulita. Encontró en él tan clara cristalización de las convicciones estéticas de los escritores modernos que proclamó a Jarnés autor de dimensión continental. Y lo fue. El mismo Putnam escribiría en 1935 que «son pocos los países de Europa en que Jarnés y su obra no sean conocidos».
Lo conocían, desde luego, en Alemania, donde se tradujeron sus ficciones en Die Neue Rundschau o la Europäische Revue (Viviana y Merlín, Escenas junto a la muerte), revista donde aparecieron estudios sobre la narrativa de la joven literatura española y alguno específico sobre Jarnés (en 1931 Fedor Wälderlin hacía un repaso de su obra en el artículo «Geistesmende in Spanien. Benjamín Jarnés: Dichter, Sucher und Spötter»). Y en Bélgica Edmond Vandercammen se propone traducirlo; en Suiza lo traduce Felix Beran a la espera de un editor; desde Francia Isabel Dato le solicita los derechos de la versión francesa de Sor Patrocinio; desde Varsovia Stanislaw Pazurkiewicz le escribe interesado en traducir al polaco Paula y Paulita; en Estados Unidos Myron B. Deily traduce Andrómeda… Ironías de la historia literaria. En 1951, año y medio después de morir Jarnés, la profesora Mary E. Daley (¡parece un anagrama de la anterior!) escribe a su hermano Abel para pedirle datos biográficos. Abel le contesta con una apretada relación de fechas sobre «mi querido hermano (q. e. p. d.) agradeciéndole muy de veras que se acuerde de él», puesto que para entonces Jarnés ya había desaparecido no sólo de entre los vivos sino de la muy averiada historia literaria oficial.
Si Benjamín Jarnés hubiera regresado de su exilio en 1975 y no hubiera muerto en 1949 sin saber que se moría ni que era escritor ni siquiera quién era con certeza, es muy probable que hubiera disfrutado del reconocimiento justo y compensatorio que se tributó a otros creadores republicanos, más jóvenes que él y en cierto modo discípulos suyos, por ejemplo Francisco Ayala o Rosa Chacel. Pero a Jarnés lo barrió demasiado pronto una enfermedad degenerativa que lo había ido minando lenta y visiblemente en sus años mexicanos, y su figura y su obra, representativas de una España derrotada (aunque no vencida), fueron apagándose hasta extinguirse casi del todo, de modo que en alguna historia literaria —por lo demás deleznable— ni siquiera se mencionaba su nombre. Destino impresionante en quien alcanzó en el campo literario de los años veinte y treinta una posición de excelencia y, circunstancialmente, de poder, en quien gozó de la admiración de sus contemporáneos (algunos como Federico García Lorca o Pedro Salinas) y del refrendo de la crítica, en quien todos reconocían uno de los pocos valores consolidados de la joven literatura, la que había emergido del pandemónium de las vanguardias, el neobarroquismo, el purismo neoclasicista y la deshumanización.
1929 fue un filo del tiempo, la escollera donde los sueños de emancipación humana a través del progreso se hacían añicos y, revueltos con ellos, los sueños filiales de un arte redentor o epifánico que, a salvo del lodo de la historia, contribuía a hacer mejor y más sabio al ser humano. Detrás de ese filo esperaba el regreso furioso de las doctrinas, la vuelta resentida de las ideas aglutinantes, el angustioso argumento del gregarismo, la exclusión, la violencia y la guerra. Era 1929 y Lorca estaba en Nueva York haciendo de la cosmópolis un icono de la angustia y la incomunicación y asistiendo al desplome de la Bolsa y con ella del sueño de una belle époque alocada e inconsciente; Buñuel y Dalí escribían de consuno en Cadaqués el guión de Le chien andalou con la tinta de sus obesiones; Cernuda se había ido a Toulouse a ver cine, escuchar jazz, dar algunas clases de español y encontrar su propia voz lírica en los versos y el swing de Cielo sin dueño, título que luego mudaría en Un río, un amor. También pisaba suelo francés Unamuno, en paciente aguardo en Hendaya del derrumbe del régimen, componiendo los versos del que sería su Cancionero póstumo… En Estados Unidos, William Faulkner se hundía en la conciencia de sus personajes, más allá de la línea trazada por Joyce, con El ruido y la furia, y Ernest Hemingway publicaba Adiós a las armas, y Thomas Wolfe su personal epopeya Look Homeward, Angel, y el autodestructivo Hart Crane daba en los poemas de El puente una obra maestra donde las Hojas de hierba de Whitman se endurecían entre las máquinas y el acero de la ciudad mecanizada. Todos ellos habían bebido de las fuentes del postsimbolismo europeo, que daba sus estertores en The Winding Stair de William Butler Yeats y en Sobre los ángeles de Rafael Alberti, aunque su telón final vino a representarlo la muerte de Hugo von Hofmannsthal. Todo ello al tiempo que Virginia Woolf preconizaba en A Room of One’s Own el derecho a un cuarto y un proyecto vital propios y se reconocía con el Nobel de Literatura a Thomas Mann, cuya Montaña mágica había causado cinco años atrás admiración e iba a causarla en España cuando la tradujera en 1934 Mario Verdaguer, quien ponía punto final a su traducción de Tempestades de acero de Ernst Jünger, y mientras el prolífico Jean Cocteau daba a la estampa su célebre novela Les Enfants terribles. Aunque la Europa del 29 empezaba a estremecerse ante el crecimiento de las masas urbanas y proletarias, ante el descontento de una población demasiado vulnerable a los trenos incantatorios de las utopías nacionalistas y totalitarias, un clima sombrío que penetra ya en Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin y, en clave pacifista, en Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque —novela, dicho sea de paso, traducida al español por Eduardo Foertsch y Benjamín Jarnés y que conoció un fabuloso éxito de ventas—. Un clima del que se hace eco reflexivo Ortega y Gasset en La rebelión de las masas, el ensayo que en octubre empieza a publicar, como folletón, en el diario El Sol. Y era el año en que el venezolano Rómulo Gallegos creaba en Doña Bárbara un antecedente de La casa verde de Vargas Llosa o el argentino Roberto Arlt publicaba Los siete locos…
Era 1929 y en Madrid se palpaba el final de la Dictadura y, con él, el de la propia Monarquía. José Ortega y Gasset había regresado de Argentina en enero y antes de la primavera, junto a otros catedráticos, dimite de su cátedra en señal de protesta por el cierre gubernativo de la Universidad después de una huelga de la FUE (Federación Universitaria Española). El local de Revista de Occidente, donde se reunía la tertulia, se convierte en improvisada aula adonde se trasladan sus clases. Otro orador menos ilustre, Rafael Alberti, disfrazado de payaso, sube al estrado en el Lyceum Club Femenino para escandalizar, en un acto de dadaísmo trasnochado, a la intelligentsia madrileña. Algo de esto le cuenta un Pedro Salinas desanimado a su amigo Jorge Guillén, que se encuentra en Oxford. Es 20 de noviembre, un terremoto sacude toda Norteamérica, desde México a Terranova; Bilbao sufre el azote de un huracán, y el Ebro se desborda ocasionando graves inundaciones, pero nada de eso penetra en la irónica y calurosa misiva de Salinas, donde le hace al amigo una prieta crónica del microcosmos literario madrileño en la que leemos: «Jarnés en la cúspide: un tomo por mes, colaboración en todos los diarios y revistas, conferencias por la radio, interviews, la gloria. Y cada vez más rosado y más picarillo en su literatura».
La gloria de Jarnés a que alude Salinas se volatilizaría en pocos años, pero en 1929 alcanzó su punto culminante sin que ello mermara lo más mínimo la prodigiosa capacidad de trabajo del aragonés. Sus colaboraciones en La Gaceta Literaria, Revista de Occidente o en los diarios La Voz y La Nación de Buenos Aires no le impidieron consagrarle mucho tiempo a su obra literaria. A lo largo de ese año publica dos de sus novelas señeras: Paula y Paulita en la colección Nova Novorum y Locura y muerte de Nadie en las ediciones Oriente que habían surgido del grupo de la revista Post-Guerra. En la editorial de La Gaceta Literaria reúne, además, sus cuentos bajo el título Salón de Estío, y en otoño publica la biografía Sor Patrocinio. La monja de las llagas, dentro de la serie de Espasa-Calpe «Vidas Españolas e Hispanoamericanas del Siglo XIX». Por si fuera poco, hace una versión libre del Volpone de Ben Jonson y la estrena en el Teatro Alkázar de Madrid el 20 de diciembre, aunque no es ésa su única traducción este año: en colaboración con Tatiana Enco de Valero traduce (en realidad versiona) El diario de Costia Riabtzev de Nicolás Ognew para Espasa-Calpe y, como más arriba he señalado, en colaboración con Eduardo Foertsch, traduce Sin novedad en el frente de Remarque. A este monto aún habría que agregar algunas relevantes narraciones como Viviana y Merlín, aparecida en Revista de Occidente y sólo cuatro meses después (en octubre) traducida al alemán.
Aquel año dentado fue su año, no cabe dudarlo, y sus amigos le organizaron, como entonces era preceptivo, un banquete. En 1929 Jarnés era la gran esperanza blanca de la novela innovadora, el hacedor de la ficción vanguardista, uno de los críticos influyentes, al parecer un orador brillante y, por encima de todo, el prosista de su generación, la del Arte Nuevo. Él, junto a Lorca y Guillén, eran señalados como los talentos jóvenes con más futuro. Parecía justificado, pues, el tributo de un homenaje. Los organizadores fueron Ernesto Giménez Caballero, Ramón Gómez de la Serna, Azorín, Fernando Vela, Corpus Barga, Antonio Espina y José Lorenzo y se celebró en el Hotel Nacional de Madrid. Allí tomó la palabra Giménez Caballero para hacer esta escueta laudatio del anfitrión:
«Benjamín Jarnés no necesita otro manifiesto que el de la simpatía. Condensada —un feliz momento— en este banquete. La simpatía con que ha sabido circundar su vida de joven escritor. No es Benjamín Jarnés hombre de aristas ni de agresiones. Su vanguardismo ha sido silencioso, tenaz e irónico. Amigo de los viejos, los ha ido dejando elegantemente, detrás de sí, con ninguna protesta de ellos. Amigo de los jóvenes, se ha ido poniendo delante, sutilmente, con ninguna protesta de ellos. Ni rojo ni negro. Su política: la cordialidad. Su agresión: el talento. Su defensa: la modestia. Vino de la provincia más provincia de España: Zaragoza. Vino de ser clérigo a Madrid, pero Madrid le invistió pronto de alta dignidad. Hoy es ya un joven jerarca. Su Profesor inútil, sus Ejercicios, este Convidado de papel, que festeja ahora la benemérita Historia Nueva —junto a la promesa del próximo Salón de Estío, que festeja ahora anticipadamente La Gaceta Literaria— le han hecho a Benjamín Jarnés digno de un convivio. De un convivio digno. Puro. Desinteresado. Al que convocamos, nosotros, firmantes».
El predicamento y la notoriedad de Jarnés han ido creciendo y un par de meses después del banquete recibe desde París una invitación a colaborar en una revista nueva titulada Imán. El escritor declina la invitación sin saber que en ese primer número, que saldría en abril de 1931, hubiese compartido cartel con Eugenio d’Ors, Henri Michaux, Robert Desnos, Arturo Uslar Pietri, Miguel Ángel Asturias, John Dos Passos, Hans Arp, Vicente Huidobro, Alejo Carpentier y su amigo Jaime Torres Bodet. Poco después le escribe el mexicano Bernardo Ortiz de Montellano, director de la revista Contemporáneos, para quejarse de que Jarnés se haya olvidado de ellos, pese a que Torres Bodet había asegurado que el español enviaría «un estudio». Pero no son sólo las revistas las que solicitan la atención del aragonés sino también los amigos, como prueba una carta que le dirige desde California Dámaso Alonso.
En la carta antecitada donde Salinas hacía de reportero cultural para su amigo Guillén también se lee: «Dámaso en New York: mucho trabajo, mal humor». Eso era noviembre, pero hasta finales de agosto Dámaso se había instalado en los apartamentos Kingscote en la Universidad de Stanford en California. Desde allí escribe a Jarnés con un propósito muy concreto:
«Alejado hace tiempo de España he seguido sus triunfos de usted por las informaciones de los periódicos. (En realidad cuando fue su banquete —del que me enteré a posteriori— yo estaba por unos días en España pero no en Madrid. Me alegro de todo corazón.
Me han encargado en Columbia University (Nueva York) un curso de treinta conferencias sobre literatura novísima española. Son demasiadas conferencias para una literatura todavía no muy copiosa. He aceptado porque creo será una gran ocasión para interesar al público universitario de aquí en nuestra literatura. Más aún dado que algunas de estas conferencias las repetiré en otras varias universidades.
A usted pienso dedicarle una o dos conferencias. Pero es el caso que no tengo ni libros ni materiales para trabajar».
A renglón seguido, Dámaso Alonso solicita que le envíe «toda su obra», fotografías suyas y del grupo de Revista de Occidente, una autobiografía, un autógrafo con sus ideas literarias y, por último, le ruega que pinche a los amigos Espina, Vela, etc., para que ellos hagan lo mismo. Jarnés se convierte, así, en el cómplice de la provisión documental que Alonso necesita para armar su extenso ciclo de conferencias sobre la joven literatura española, la de la generación del Arte Nuevo. (¿Qué fue de aquellas conferencias escritas o abocetadas? Serían un documento valiosísimo).
Cuando, en aquellas fechas, el periodista Darío Pérez tiene que escoger un representante de esa generación para el libro de semblanzas en que está trabajando, Figuras de España (CIAP, 1930), se queda con Jarnés: «Deseaba traer a la galería de Figuras de España un elemento representativo de la nueva literatura, de la juventud que escribe. Elegí a Benjamín Jarnés». Su primera sorpresa ante el jerarca de la joven literatura fue la falta de esa vanidad y petulancia tan propia de los literatos jóvenes. El periodista la atribuye a que el escritor, a diferencia de la legión de mozos ufanos, tuvo que hacerse a sí mismo, tuvo que forjarse una biografía y desde muy joven tuvo los pies en el suelo. Anota Pérez que Jarnés fue el decimoséptimo de una veintena de hermanos, muchos fallecidos prematuramente. Anota la solidez de su cultura, su oposición al destino clerical que le había marcado la familia, su fuga hacia el Ejército, los años en Marruecos, la desesperanza, el goce inagotable de la lectura, la errancia de lector insaciable y el predominio de la sensatez frente a la extravagancia. Luego pasa a transcribir las opiniones del escritor, lúcidas y serenas. Primero sobre el vanguardismo y los escritores del Arte Nuevo, los de la generación del 27:
«En principio creo —siempre lo he creído— que no existen vanguardias y retaguardias, sino escritores buenos y escritores malos. Los buenos siempre responden a las exigencias del tiempo, a los gustos del tiempo. Con relación al llamado vanguardismo literario español, yo diría que, salvo algunos ejemplos de escritores verdaderamente audaces —que en general han fracasado—, la nueva literatura española se distingue por su fervor hacia la vieja. No hacia la vieja reciente, sino hacia la vieja muy vieja. Ahí está el caso del reciente neogongorismo. Esto quiere decir que la nueva literatura conoce mejor sus clásicos que ninguno de los grupos literarios militantes en los dos últimos siglos. Esto le ha dado cierto carácter neoclásico que algunos han sabido llevar muy bien. Desde luego, los poetas. Los poetas de hoy creo que igualan en calidad a los mejores de hace tres siglos. ¿Nombres? Están en boca de todos. Yo prefiero a Jorge Guillén y a Pedro Salinas. No tienen —no tenemos— tanta suerte los prosistas. Prosistas hay menos, quizá porque la prosa exija mayor esfuerzo de estudio y de oficio, y hoy los jóvenes escritores son bastante holgazanes».
Una vez establecido uno de los caracteres de la juventud literaria, su neoclasicismo, llega el turno a la evaluación de lo hecho con inusitado sentido autocrítico:
«De la importancia de este grupo llamado vanguardista, reducido a dimensiones de una generación —supongámosla entre los treinta y cuarenta años—, es muy aventurado juzgar. Creo que —salvo los poetas de labor bastante nutrida— este grupo no ha cumplido apenas sus promesas. Sus libros son escasos y menudos. Su labor en otros órdenes no fue labor muy penosa. Queda, con todo, algo en pie: la calidad. Poco, pero bueno, a mi modesto entender. En la Revista de Occidente, donde ha aparecido la mayor parte de la labor de este grupo, en nada desmerecen los trabajos españoles de los otros de análogos grupos extranjeros. Una cosa que hay que lamentar: la falta casi total de ensayistas. Todos han escrito breves comentarios, muy pocos han escrito un ensayo. En general, no les han interesado los estudios filosóficos… ni los políticos. Tampoco les ha interesado la novela, sino el cómo no puede escribirse la novela. Saber cómo no ha de escribirse; quizá saben cómo ha de escribirse, pero no la escriben».
En estas declaraciones, que reconocen la primacía de la producción poética sobre el casi inexistente ensayo y la timorata y vacilante novela, Jarnés pone de manifiesto no sólo su aptitud para el juicio crítico, sino su severidad a la hora de juzgar a su propia generación, una severidad ciertamente amortiguada por la benevolencia en sus reseñas mensuales en Revista de Occidente.
Bien podía decir Salinas que Jarnés estaba en la cúspide. Azorín había destacado en enero de 1929 sólo a dos autores entre los nuevos, el Guillén de verso estricto y el Jarnés de prosa radiante. Merodeaba la cúspide desde 1926 y deambularía por ella cerca de un decenio, defendiendo que la literatura no puede ser únicamente juego de arlequín sino una vía de conocimiento y expresión de la vida histórica: «Lo difícil no es crear de la nada, sino crear de lo que nos rodea». Pero para coronar la cúspide es preciso primero ascender y una vez arriba, se quiera o no, antes o después, sigue el descenso.
Nacido en Codo (Zaragoza) el 7 de octubre de 1888, unos días después que T. S. Eliot y unos días antes que Eugene O’Neill, fue, como el primero, un defensor del empleo del mito como herramienta de interpretación de la realidad contemporánea y, como el segundo, paciente de una educación católica recibida en régimen de interno que lo separó de su familia. Permaneció nueve años en el Seminario de Zaragoza, entre los doce y los veintiún años, pero la vocación sacerdotal, que había seguido su hermano Pedro, no lo llamaría y, aprovechando su servicio militar, abandonó los estudios de teología en su segundo año y se marchó a Barcelona en 1910. Un año después es sargento y un año más tarde obtiene destino en Zaragoza y se inscribe en la Escuela Normal de Magisterio, en la que en 1916 se graduará como maestro. Para entonces, el Ejército se ha convertido en su profesión. En septiembre de ese mismo año se casa con Gregoria Bergua y pocos meses después es destinado a Jaca y empieza a colaborar en la prensa (La Crónica de Aragón, El Pilar o los periódicos de Jaca La Unión y El Pirineo Aragonés). Quizá en busca de un destino más plácido, en 1918 ingresa en el Cuerpo Auxiliar de Intendencia, pero el destino que se le asigna lo aleja de la península: Larache. En el norte de África pasará casi un par de años, hasta finales de 1919, cuando consigue que se le traslade a la Intendencia General Militar de Madrid, aunque no se muda a la capital hasta comienzos de 1920.
En Tetuán encuentra un cómplice de su inclinación a la literatura: Rafael López Rienda, con el que escribe varias piezas teatrales que ve estrenar en el Teatro España de Larache. La primera fue la comedia Milagrosa (nombre de una sobrina suya), a la que siguió El retrato de Friné, una de las primeras apariciones de la famosa cortesana griega a la que dedicará Jarnés su última novela, Constelación de Friné (1944). Durante los años magrebíes, Jarnés colabora en la prensa local (Norte de África, de Tetuán, y El Popular y La Unión Española, de Larache) y llega a presidir la Asociación de Prensa de Larache, pero hay que suponer que ni estas tribunas ni las pequeñas gratificaciones de ganar los certámenes literarios del Ejército colman sus aspiraciones literarias. Por eso, ya en Madrid, trata de ampliar sus colaboraciones reanudando los contactos con la revista aragonesa El Pilar, en la que irá apareciendo su nombre hasta 1927 en varias series de artículos. Otra revista que lo acoge es Rosas y Espinas, pero el carácter religioso de la publicación condiciona el tema de sus trabajos, que van desde la poesía (una poesía, todo hay que decirlo, sentimental, con un pesado lastre de cursilería) a los que llamó Tapices y que no pasan de ser reminiscencias bíblicas. Entretanto, mantiene vivo el contacto con el diario La Unión, en el que publica copiosamente en 1920 desde notas misceláneas a las series Jardincillo cuaresmal y Jardincillo sentimental, éste en verso poco afortunado.
A sus veintidós años, Jarnés está «afinando el instrumento» expresivo a la espera de que llegue el momento de hacer su obra y mientras se siente rehén de su situación económica, que le obliga a entregar muchas horas de su día al Estado en el Parque de Intendencia a cambio de un salario no muy abultado. Ésa será una preocupación constante para el escritor, la de salir de la precariedad económica y conquistar una posición acomodada que le libere de sus obligaciones como sargento del Ejército. Aunque cuando logre esto último, en el año milagroso de 1929, se encontrará de pronto ante la vertiginosa coyuntura de tener que vivir, él y Gregoria, exclusivamente de sus escritos. Descubrirá el precio de la profesionalización del escritor moderno. Antes, en 1927, le confesará por carta al escritor catalán Mario Verdaguer: «Mi deseo es contar con tres o cuatro cantidades fijas, mensuales, que me permitan comenzar a escribir mis libros —novela, especialmente—, porque hasta hoy me he pasado el tiempo afinando el instrumento, sin tocar aún nada que valga la pena». La confidencia extiende el período preparatorio hasta ese mismo año de 1927, a pesar de haber publicado ya, con muy considerable repercusión, El profesor inútil y figurar por entonces en la nómina de los jóvenes valores junto a García Lorca, Salinas, Espina o Guillén.
Jarnés, pues, anda ejercitándose en un largo adiestramiento como novelista, lastrando sus probaturas y ensayos con las condiciones morales y temáticas de los medios en los que los publicaba, revistas y editoriales católicas. Al ex seminarista, hermano del párroco de Olalla, cuyo expediente académico está plagado de meritissimus en latín, catecismo, urbanidad, religión y moral, historia sagrada, teología fundamental, historia eclesiástica y patrología, disquisiciones filosóficas…, le pesó sobremanera su formación religiosa. De hecho, su primer libro es una biografía de su hermano Pedro, a quien se había encomendado en el verano de 1908 la vigilancia estival del seminarista Benjamín y la certificación de su conducta intachable, dando cuenta de sus misas diarias, sus rezos del rosario, sus comuniones regulares, las compañías que frecuenta o si dedica tiempo al estudio. Mosén Pedro se publicó por entregas en El Pilar en 1923 y un año después en un tomito de ciento y pocas páginas en la católica Biblioteca Patria. La Biblioteca Patria era una iniciativa editorial del Patronato Social de Buenas Lecturas, asesorado por el arzobispo de Burgos, cardenal Benlloch y Vivó, e integrado en la Liga Hispano-Americana contra la Inmoralidad. A raíz de la publicación de Mosén Pedro, Jarnés concibió la ilusión de haber encontrado editor y envió otro original a Biblioteca Patria, una novela de título engañoso, Claraval. Engañoso porque no trataba sobre el monasterio cisterciense fundado por San Bernardo en el siglo XII, sino sobre un personaje ficticio, Julio Aznar, que desde ese momento presidiría el imaginario del autor como un fidedigno delegado suyo. Claraval no gustó al director de Biblioteca Patria, José Ignacio S. de Urbina, quien le pidió a Jarnés que modificara su relato introduciendo «un mayor interés». El aragonés condesciende a corregir su novela y Urbina le escribe el 13 de noviembre de 1925 para celebrar su decisión y, de paso, aleccionarle sobre el concepto de «novela interesante», de la que pone como modelo Inmaculada, de «un escritor novel, don Rafael Pérez y Pérez, perfectamente desconocido». En pocos años Pérez y Pérez se convertiría en el novelista rosa más popular en España y por mucho tiempo (siguió siéndolo en la posguerra e incluso inspiró a Manuel Gago en 1944 un famoso personaje de cómic, el Guerrero del Antifaz). En cambio Jarnés, para cuando recibe la misiva de Urbina, ha visto girar a su favor la rueda de la Fortuna.
En efecto, hacia el comienzo del otoño de 1925 llega a la redacción de Revista de Occidente una nota de la revista alemana Die Neue Rundschau interesándose por adquirir los derechos de El río fiel de Jarnés. El relato había salido en el número de mayo (el 23) y solicitaban el derecho de traducirlo. Fernando Vela escribe de inmediato a Jarnés rebosante de alegría y el aragonés encarga la traducción a su amigo Eduardo Foertsch, quien estaba en contacto con el director de la publicación, Rudolf Kayser. La traducción fue un inesperado y súbito espaldarazo viniendo de una revista que había rechazado a Franz Kafka La transformación y al que, finalmente, le había publicado en octubre de 1922 Un artista del hambre.
Pero la verdadera suerte de Jarnés había sido entrar en el sistema gravitatorio de Ortega y Gasset, formado por numerosos satélites de confianza, y convertirse en un peón de Revista de Occidente, un peón ciertamente fundamental. La cosa sucedió en 1925 y el salvoconducto fue un fragmento narrativo de El profesor inútil publicado en la revista de vanguardia Plural, que él mismo había contribuido a fundar. Ortega, scout de los talentos egregios, necesitaba prosistas literarios para su revista y creyó ver en Jarnés y en el asturiano Valentín Andrés Álvarez, entonces alumno suyo de metafísica, dos fichajes posibles. Este último recordaría con sorna en sus memorias que «como se ve, esta revista era tan acogedora que lo mismo se podía entrar en ella por los cabarets de París [en alusión a sí mismo] que por el seminario de Belchite». Ambos se estrenaron en los números de primavera: primero, en abril, Valentín Andrés con un fragmento de su novela Sentimental-Dancing, al mes siguiente Jarnés con El río fiel y también con una reseña un pelín deslavazada del libro de versos Calcomanías, de Oliverio Girondo. En aquella primera colaboración doble ya estaba cifrado el signo doble de la actividad del escritor: la ficción narrativa y la prosa crítica y ensayística. Jarnés permanecerá ligado a Revista de Occidente hasta 1936 y se convierte en el colaborador más asiduo y profuso; en cambio Valentín Andrés limitará su presencia a cuatro narraciones y una reseña.
Antes de ingresar en el círculo de Ortega, el aragonés había enviado sus originales a diversas revistas del Arte Nuevo como Alfar o Ronsel y se había relacionado con algunos artistas y escritores próximos al ultraísmo. Su retraimiento natural le había impedido acercarse al tabernáculo ramoniano de Pombo, pero algunos de los contertulios volantes le hacían partícipe de lo que acontecía en aquel cocedero de ideas nuevas. Él mismo había organizado una tertulia en una cafetería de Atocha, el Café de Oriente, próximo al Parador Picazo, donde se alojó primero, y también en la que sería su casa en el paseo de Santa María de la Cabeza. En aquel local se reunían los dibujantes y pintores Garrán, Sánchez Felipe, Alberto Sánchez, Rafael Barradas o Norah Borges; por allí pasaban Pedro Garfias, Federico García Lorca, Luis Buñuel (se conserva una fotografía de Lorca y Buñuel con Jarnés y Huberto Pérez de la Ossa en la puerta del café), Guillermo de Torre y Rafael Cansinos Assens, quien pintó en sus memorias, La novela de un literato, un cuadro de la misma bajo el epígrafe desdeñoso de «Poetas de arrabal».
Cansinos recuerda a Jarnés como un «joven de aire tímido», lector de Ortega, que, en su conversación, reveló ser «un intelectual, frío, ponderado», pero que no se atrevía a subir la cuesta de Atocha para acudir a Pombo o al Café Colonial, donde el mismo Cansinos tenía su tertulia. Lo que observa con agudeza Cansinos es que «Jarnés era un hombre que por todas partes tropezaba con el límite»: el que le imponía su profesión militar, el que le imponía la ortodoxia católica de su hermano párroco y su hermana monja, cuyos afectos prefería no vulnerar, el que le suponía su condición de hombre casado con una hermana a su cargo… Jarnés aparece en este retrato como un hombre resignado y generoso. Tan generoso que concitó a su alrededor —y a su costa— en el Café de Oriente un enjambre de artistas de vario pelaje y diverso grado en el escalafón de la indigencia. Con los antes mencionados se mezclaban poetas olvidados como Antonio Puertas de Raedo o el narrador valleinclanesco Rafael Pizarro, sobrino de Felipe Trigo. En la narración de Cansinos, muy concesiva con todos los personajes que evoca, Jarnés se decidió un sábado a visitar Pombo de la mano de Pedro Garfias y con las relaciones que entabló allí llegó a Revista de Occidente, «fue presentado a Ortega y Gasset» y publicó «su primer artículo en aquellas hojas consagradas». Aunque los hechos fueron algo distintos, el relato del patrón ultraísta no carece de gracia y tiene la virtud de insuflar vida a unas sombras perdidas entre 1923 y 1924.
En 1930, Jarnés escribió a petición de Ediciones Ulises una autobiografía, titulada «Años de aprendizaje y alegría», destinada a prologar su leyenda Viviana y Merlín en la colección Valores Actuales. Allí formula su desiderata de filiación y nombra a sus dos «animadores artísticos»: querría ser tan exuberante como Goya y pintar duquesas desnudas después de haberse derretido de amor por ellas; y querría estar «tan alerta» como Baltasar Gracián y llenar las bibliotecas de «libros opulentos, pero magros; incandescentes, pero de llama cautiva en trasparente cristal; voluptuosos, pero de sensualidad puesta en tortura de razón; vivaces, vivarachos, quizá, hasta el aturdimiento, pero de inquietud siempre armonizada; libres, pero de ruta bien clara y hondo cauce». En suma, quería el «vigor plástico» de Goya y la «densa musculatura» de Gracián. Aparte de esta declaración, que viene a ser un mentís a quienes le atribuían una progenitura literaria francesa, apuntando nombres como los de Jean Giraudoux (admirado sin tasa por el Jarnés joven, que le dedicó en Alfar un excelente ensayo) o Paul Morand, Jarnés se lanza a una discriminación entre el «falso escritor» y el escritor genuino, con el que él se identifica en el estadio todavía de aprendiz («Comienzo ahora a escribir y pido un plazo para acabar de aprender mi oficio», dice). El pasaje, aunque largo, merece transcribirse porque en él se halla una implícita reconvención a los escritores del Arte Nuevo:
«Veréis. El falso escritor escribe su primera cuartilla y, previo el aplauso doméstico, de hogar o de club, la declara genial. Para él no hay aprendizaje. Un zapatero genial también haría unos zapatos de princesa el primer día de coger la lezna, ¿por qué un escritor genial no ha de escribir un artículo de lujo el primer día de coger la pluma? El eco del prodigio se propaga, crece, retumba en los periódicos amables. Entretanto, se prepara una segunda cuartilla que, a los pocos meses, y en medio de la general expectación, se lee al grupo, en el hogar o en el club. Un día se proclama a todos los vientos la genialidad del falso escritor. Mientras el verdadero se acoquina bajo su aluvión de cuartillas desdeñadas, rotas, arañadas por la propia censura; y deja pasar —indiferente— el cortejo de los que proclaman el genio de una sola cuartilla, pero inmortal. A veces no era preciso escribirla; bastaba con la intención de producir un suceso para que la genialidad fuese igualmente proclamada. Y con estas intenciones y algunas cuartillas ya escritas e inmortales se forjaban proyectos de revistas y de libros y, en efecto, alguna vez se elaboraban esos libros y revistas, visibles y legibles por el grupo, semilleros de escritores auténticos, pero también refugio —y tribuna— de los falsos escritores, del aficionado y del nuevo rico permanente de las letras.
Cuando yo —paleto asombrado de la literatura— llegué a rozar esos grupos, vi con sorpresa que mis impuros borradores también podían alojarse en aquellas inmaculadas revistas. ¡No sabían lo que les amenazaba! Mis impuros borradores adoptaban, no formas unicuartillares, sino de resma. ¡El diluvio! (¡Y mi secreto!) Sucedió algo terrible. Casi todas las revistas de aquí y de allá, de Madrid, de España y de América, sintieron la pesadumbre de mi fértil impureza. Y mi estupor creció cuando advertí que siempre era solicitada. Mis borradores se multiplicaron como las arenas de la playa y las olas del mar. Y yo, yo que desde hace tanto tiempo sueño con escribir mi libro Elogio de la impureza, fui declarado “puro” por todos los “impuros” y por muchos de los “puros”. ¡Pintoresco destino!».
Bien pintoresco, sin duda. Expresa Jarnés su estupefacción al ver abiertas ante él, escritor secreto, las puertas de las revistas más codiciadas, y no le faltaban motivos para ello. Desde que se incorpora a Revista de Occidente en 1925 y hasta el momento en que escribe las líneas anteriores, su nombre salta a todas las revistas de la joven literatura: La Gaceta Literaria, donde ocupa un lugar preeminente, Mediodía, Litoral, Verso y Prosa, El Estudiante, Residencia, Manantial, Mundo Ibérico, Cosmópolis, Orientaciones, Hélix, Pasquín…; en Argentina, el diario La Nación de Buenos Aires, las revistas Proa, Sagitario, Síntesis, Caras y Caretas; en México la revista Contemporáneos; en Cuba, Revista de Avance; en Alemania Die Neue Rundschau, Europäische Revue. Un sueño irrealizable para cualquier escritor novel. A pesar de la lúcida discrimación entre escritores verdaderos, sepultados entre cuartillas, y escritores falsamente geniales, que otorgan carta de obra maestra a cualquier futesa, no estoy seguro de que Jarnés asimilara bien su rápido ascenso en el escalafón literario de su tiempo. Lo cierto es que la hospitalidad con que se recibían sus «impuros borradores» por doquier y los ingresos extra que ello supuso le movieron a solicitar su pase a la situación de supernumerario del Cuerpo Auxiliar de Intendencia, lo que a efectos económicos equivalía a depender exclusivamente de sus escritos.
La estancia en la cumbre no fue muy prolongada. En 1929 había alcanzado un extraordinario prestigio y trabajó para conservarlo hasta 1936, aunque los avatares históricos le ayudaron poco. El proceso de politización del escritor que se hizo patente en 1935 en el Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, de París, se había iniciado mucho antes, en torno a 1929. André Gide, Heinrich Mann, Aldous Huxley, André Malraux, Henri Barbusse o Paul Éluard, presentes en el encuentro, testimoniaban la imperativa reconciliación del intelectual y la vida pública a través de un compromiso cívico que en muchos casos se sustanció en forma de afiliación al Partido Comunista o de compañero de viaje. El comunismo, antes de la revelación del infierno estalinista, fue la cuestión palpitante para los intelectuales europeos, incluidos los españoles. Jarnés se mantuvo a una cautelosa distancia de la radicalización política. Algunos de sus amigos, como José Díaz Fernández o Antonio Espina, derivaron hacia posiciones de abierta militancia revolucionaria y el primero preconizó en su célebre ensayo El nuevo romanticismo (1930) una vuelta del arte al terreno social y un reencuentro del artista con el hombre histórico y doliente. Otros amigos, como Ernesto Giménez Caballero, se engolfaron en la caverna del fascismo a través de la admiración por el Imperio, el Catolicismo, la Tradición y la Disciplina. (En una línea, como sugeriría algún espíritu inquieto, que iba del neogongorismo con misa incluida hasta el reaccionarismo falangista). Jarnés se abstuvo ante la acelerada alineación política de escritores y artistas. Liberal de viejo cuño, republicano convencido, hombre de equidistancias y contemporización, pronto fue atacado desde los dos flancos por dos motivos: su pretendido apoliticismo en un momento que requería afirmación ideológica y su contumacia en cultivar un arte pretendidamente deshumanizado, impasible ante el sufrimiento y las injusticias de la realidad.
Pero antes de que los ataques infundados se hicieran sañudos, Jarnés había ido poniendo en pie una obra muy considerable y había logrado fraguar una teoría de la escritura contraria a la falsedad o desnaturalización de la experiencia humana, partidaria de la integración de todas las esferas de ésta, basada en el quehacer riguroso con el lenguaje y en la búsqueda no sólo de la emoción estética sino también artística, que para él significa emoción de pertenencia a una comunidad histórica y social.
Retrocedamos hasta el punto de arranque de su éxito.
En 1926 había publicado El profesor inútil como segundo título de la colección Nova Novorum y de pronto Jarnés se encontró convertido en una de las luminarias de la generación joven. Llovieron las reseñas favorables, los elogios de su estilizada prosa y las ponderaciones de la novedosa fórmula de la fragmentación del relato y la mezcla de poesía y ensayo en el tejido narrativo. Aquel profesor inútil fue para Jarnés el más útil de los cerrajeros porque le abrió todas las puertas. En enero de 1927 su nombre figura ya en el número inaugural de La Gaceta Literaria (con una nota sobre el cubano Alfonso Hernández-Catá), en la que llegará a encargarse de la sección de libros hispanoamericanos, pero también figura ese mismo enero de 1927 en el nacimiento de otra revista, la murciana Verso y Prosa, cuyo primer número se abría con la célebre «Nómina incompleta de la joven literatura» que su autor, Melchor Fernández Almagro, fechaba en 1926. En ella Jarnés tiene su lugar junto a Dámaso Alonso, José Bergamín, Juan Chabás, Gerardo Diego, Antonio Espina, Federico García Lorca, Jorge Guillén, Antonio Marichalar, Pedro Salinas y Claudio de la Torre:
«JARNÉS, BENJAMÍN.— De Alhama de Aragón.
Tiene biografía: ave rarísima de hoy. Pueden hacérsele preguntas como éstas: “¿Ha luchado usted mucho? ¿Qué recuerda de su vida en el seminario? ¿Y de sus años de cuartel?…”. Ha escrito novelas y libretos de zarzuelas que él no confesará nunca. Sabe disimular algo más que la obra anterior: los años. Salió del Purgatorio en Plural. Se acerca a la bienaventuranza con El profesor inútil. Es bastante rubio. Suele sonreír con más estupor que regocijo».
Fuera de confundir el lugar de nacimiento (que no fue Alhama sino Codo), los renglones de Fernández Almagro son exactos: Jarnés lleva a sus espaldas una larga experiencia en el Seminario y en el Ejército, y antes en su familia, hijo de un sacristán que había tenido con su primera esposa siete hijos, fallecidos todos antes de los cuatro años, y trece con la segunda, de los cuales murieron siete. Tampoco se equivoca en el plural de «novelas», porque además de El profesor inútil había escrito en 1924 una en la que respondía a la pregunta sobre sus recuerdos como seminarista: El convidado de papel, pero que no vería la luz hasta 1928 en Biblioteca Nueva.
Una de las puertas que se le abrieron con aquel utilísimo profesor fue la de los Cuadernos Literarios de La Lectura, una serie de libritos selectos en los que se codeaban los científicos como Ramón y Cajal (Pensamientos escogidos) o Menéndez Pidal (Un aspecto en la elaboración del Quijote) con pintores como Darío de Regoyos (España negra), José Gutiérrez Solana (Dos pueblos de Castilla), escritores veteranos como Pío Baroja (Crítica arbitraria) o más próximos como Ramón Gómez de la Serna (Caprichos) o Gerardo Diego (Manual de espumas). En la serie, como se ve, podían alojarse con la misma comodidad narraciones, notas eruditas, apuntes filosóficos, poemarios o ensayos. Jarnés reunió en 1927 sus notas sobre estética literaria, aparecidas en Alfar, Mediodía, Mundo Ibérico o escritas para la ocasión, y les dio el título atinadísimo de Ejercicios, puesto que de ejercitarse en una geografía virgen, la de las letras del Arte Nuevo, se trataba. Así, Lorca le escribe (con algún disgusto por no haber recibido el librito dedicado) para decirle que en Granada «Todos estamos entusiasmados con este pequeño ensayo que define nuestras propias ideas, y cuya prosa es verdaderamente exquisita».
En el autor de Ejercicios se entreveran el iconoclasta forzoso que en 1923 proclamaba en Alfar: «Hay que destruir muchas cosas. Entorpecen los caminos de la obra sincera esos dorados armatostes de cartón, todas las bambalinas y efectos de luz, todos esos cohetes y bengalas y piruetas de la filosofía y el arte. Sí, hay que destruirlo todo» («Barquitos de papel») y el escritor templado que decreta: «el arte ha de ser más reflexivo, más a prueba de todas las flechas críticas». Y es éste, el Jarnés exigente, sensato y razonable, el que prevalecerá en su escritura de ideas; y es el ensayista y crítico el que templará y canalizará el impulso experimental del fabulador, acercando más a menudo sus ficciones a las de la generación anterior (Gabriel Miró, Ramón Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez) que a las de ciertos narradores más rupturistas (Espina o Ayala).
En la intendencia de Revista de Occidente Jarnés se había hecho en 1927 imprescindible. El propio Ortega y Gasset le envía a él en primavera el comienzo de sus Estudios sobre el amor con precisas instrucciones para la composición tipográfica y la tirada del primer pliego, o le pregunta cómo anda «el tomo de Góngora», probablemente los Romances editados por José María de Cossío. Y Antonio Marichalar le envía en agosto un asterisco (una nota crítica breve) sobre el género de la biografía novelada y le consulta acerca de una reseña de la Thérèse Desqueyroux de François Mauriac o un artículo sobre Blake. En muy poco tiempo Jarnés ostenta una posición de poder aparente que engañó a algunos de sus contemporáneos, quienes le atribuyeron una capacidad ejecutiva que distaba de poseer. Fue el caso de Max Aub, quien como Mauricio Bacarisse, Rosa Chacel, Juan Chabás y otros, pretendió publicar una narración, Fábula verde, en la colección Nova Novorum. El rechazo se debió a Fernando Vela, pero Aub creyó que el desplante venía de Jarnés, de modo que cuando llevó a la ficción el episodio muchos años más tarde en su novela La calle de Valverde (1961) el aragonés figura como causante de la desdicha de Víctor Terrazas. Éste había entregado un cuento a Vela y se había hecho el propósito de serenarse mientras esperaba el veredicto:
«De nada le sirvió la propuesta calma cuando Benjamín Jarnés, factotum de la nueva generación, le dijo con aire protector:
—Está bien, pero podría estar mejor. ¿No tiene otra cosa?
Fernando Vela, sentado en una mesa frontera, hacía como que no oía. Bofetada. Se le revolvieron los humores como jamás creyó posible que le sucediera; seguro de que el cuento estaba bien, de que, de una vez por todas, iba a ingresar en la capilla, en la cúspide de las letras españolas de sus días. Se había convencido, al correr de esos pocos días, que podía tanto como el primero. Se sintió revolcado, sucio, vapuleado, rotos todos los miembros».
Si en alguna medida Aub recreaba su propia vivencia del rechazo es comprensible que albergara un rencor perenne. No obstante, antes de este incidente, Max Aub había sometido al juicio de Jarnés una novela, probablemente Geografía, que acabaría viendo la luz en los Cuadernos Literarios en 1929, y lo había hecho acompañándola con una nota más que cordial:
«Querido Benjamín:
Tengo un interés extraordinario porque tú, novelista de verdad, me digas si esto es una novela. Una novela de nuestro tiempo y nuestra generación.
Siempre tuyo,
MAX AUB».
El factotum de la generación joven, el «novelista de verdad», confirmaba en 1929, como hemos visto, su consagración y su magisterio, que no se limitaba a España sino que atravesaba el Atlántico y alcanzaba Argentina, México o Cuba, donde los escritores jóvenes lo acogían como un modelo. Una confirmación plural e inmoderada a través de libros, tal vez demasiados, y de colaboraciones en la prensa, quizá excesivas. En uno de los mejores, la novela Paula y Paulita, el escritor decidió no conformarse con ofrecer una pieza de ficción y quiso impartir doctrina a los creadores de menor edad, aquellos que habían nacido como artistas en el fragor del humorismo, el cine, los deportes y el purismo literario. Lo hizo desde una meditada «Nota preliminar» dirigida a denunciar la cobardía e inhibición del Arte Nuevo, esto es, de vanguardia: «El arte tiene miedo. Es ésta una época de arte que nada tiene de heroica, a menos que podamos llamar heroico a un exceso de cautela». La falta de audacia que observa Jarnés no es la de los histriónicos —o vandálicos, según— dadaístas, divertidos y afanados en el escándalo del burgués, en la injuria del biempensante, provocadores del abucheo y el altercado. La audacia que no ve por ningún sitio es la de un William Faulkner o la de una Virginia Woolf o un John Dos Passos o un Aldous Huxley, es decir la de los creadores que construyen sin renunciar a la indagación de nuevas formas literarias con el denuedo de quien ambiciona perdurar y sin temor a equivocarse. Por eso Jarnés anima a cometer errores y para ello aconseja abandonar el ensimismamiento y entablar relaciones con el mundo, tomarle el pulso a las cosas, dar carpetazo a los prejuicios teóricos, siempre sospechosos. Su receta: intimar con el mundo, perderle el respeto y recordar que «sólo en lo sensible puede adquirir su forma una idea».
El escritor aplicó su remedio a su modo, no desde luego mediante una regresión al realismo que por entonces representaba bien Baroja y poco después sus discípulos Ramón J. Sender o Andrés Carranque de Ríos, sino mediante una narrativa que enfocara los conflictos de la conciencia moderna en clave mítica. Conflictos como la desorientación existencial, la evasión hedonista, la intelectualización morbosa de la experiencia, la intuición del sinsentido (el nihilismo destructivo) y el sentimiento de angustia y soledad acentuado por la vida urbana, la identidad individual amenazada o vaciada (el hombre sin atributos de Musil esbozado en el Juan Nadie de Jarnés), las trampas del vitalismo o el fraude y el disimulo como parte del maquillaje de la interacción social. Al Jarnés novelista no le interesa el conflicto de unos obreros con su patrón, o el testimonio de la miseria cotidiana en los suburbios de las grandes ciudades, ni el inicuo reparto de tierras en la eterna espera de una reforma agraria, ni las luchas justas o no del proletariado. Ésos serán asuntos de los que pronto se encargarán los novelistas llamados sociales surgidos en la década de 1930 y para los que Jarnés representaba un ejemplo de escritor burgués en cuya supuesta abstención política detectaban una implícita connivencia con la clase opresora. Sin embargo, esto fue posible sólo porque prevaleció el prejuicio que lo convertía en adalid del arte deshumanizado sobre el conocimiento directo de la obra del autor, de Paula y Paulita, de Locura y muerte de Nadie, de Teoría del zumbel, de Escenas junto a la muerte y de Lo rojo y lo azul, las novelas que publicó entre 1929 y 1932.
Las citadas novelas configuran el más consistente corpus narrativo del Arte Nuevo español y una aportación nada desdeñable al replanteamiento del género novelístico en sus formas, técnicas y asuntos que tiene lugar en Occidente en el período de entreguerras. De él se deduce una concepción innovadora y humanista de la novela, que por un lado debe responder al deber de todo narrador de explorar códigos narrativos y modos verbales nuevos y, por otro, debe proporcionar al lector una pasarela directa a la vida real (el Lebenswelt de los fenomenólogos), tanto en sus aspectos más gozosos como en los más tristes o graves. Sin contacto con el mundo nutricio, el arte se amustia. Así lo creyó siempre Jarnés y así lo expresó en su copiosa crítica literaria y en sus ensayos teóricos, algunos adosados como prólogos a sus novelas.
Dos de ellos encierran importantes reflexiones, la ya vista «Nota preliminar» a Paula y Paulita, y «Bajo el signo de Cáncer», prefacio a Teoría del zumbel. En éste abunda en la idea de que es menester trascender el minimalismo del Arte Nuevo, pero matiza que la aproximación a la vida no puede realizarse en el arte actual sino a través de la mirada singular del artista, una mirada subjetiva no convertible en receta de escuela. La impersonalidad que tan afanosamente persigue el arte moderno es un callejón sin salida, como lo es cualquier ismo, cualquier bandera, porque desde la suprema intelectualización, la suprema liricización o el supremo naturalismo no se logra más que una imagen desvirtuada —y por tanto falsificada— de lo humano. Por esta razón Jarnés (que en este ensayo tiene presentes a Freud, Jung y el surrealismo) defiende un arte que integre todas las dimensiones de la experiencia humana: la vida a pleno sol (el ámbito del realismo), la ensoñación idealizadora (el ámbito del romanticismo) y las pulsiones más oscuras, eróticas y tanáticas (el ámbito, en fin, del surrealismo). A la armonización de estas tres latitudes, «el subsuelo, la tierra firme, el vago azul», la denomina «integralismo»: «Nunca un tercio de hombre, sino los tres enteros» y ésa es su apuesta estética frente a los puristas encaramados a un arte autófago y los avanzados que reclaman un arte para las masas capaz de coadyuvar a la revolución social.
¿En qué momento se inicia el declive de un artista: cuando flaquean sus energías creativas o cuando quienes le rodean convienen en ese diagnóstico aunque tal acuerdo esté inspirado por la mala fe, los intereses de grupo o la ignorancia?
A últimos de mayo de 1932, Lorca pasa por la redacción de Revista de Occidente en la avenida de Pi y Margall, 7, para recoger unos libros y desde allí mismo, apartándose de los tertulianos que se han reunido, escribe unas letras a Carlos Martínez-Barbeito y en ellas esto: «Aquí he estado hablando mucho rato con Ortega y Gasset y el pobre Jarnés». Aquel prosista que le entusiasmó en 1927 ha pasado de ser el pérfido de entonces, que no le enviaba un ejemplar de Ejercicios dedicado, a este pobre que parece suscitar compasión o lástima. El calificativo de Lorca puede revelar una opinión suya o denotar un parecer compartido, acaso el de que Jarnés empezaba a quedarse anclado en un tiempo superado y en un ejercicio literario ajeno al devenir histórico. O tal vez el adjetivo sólo apuntaba a la personalidad del escritor, limitada en su desarrollo por numerosos confines, de una bonhomía que rayaba en blandura, de una contemplación que parecía abstención. Pero este «hombre de los límites» ni ha cesado ni ha menguado en su actividad. Antes al contrario la amplía a otros campos. Muy pocos días después de charlar con Lorca, el 2 de junio, Jarnés estrena en el Teatro Muñoz Seca de Madrid la comedia Folletín, interpretada por Margarita Robles, Gonzalo Delgrás, Pedro F. Cuenca y Manolita Ruiz. No puede afirmarse que fuera un éxito. Sólo se hicieron dos representaciones, pero mereció muchas reseñas, si bien alguna de las más esperadas, la de Enrique Díez-Canedo en El Sol, contuvo algunos reparos de peso que debieron ser un jarro de agua helada sobre el aragonés. Pasado el verano y quizá olvidado el patinazo teatral, Jarnés fue nombrado presidente de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid y a los pocos meses, ya en 1933, mudaría su residencia a la calle Santa Engracia, donde recibiría la noticia, en abril, de su ascenso a teniente de la escala de complemento del Ejército. La cinefilia del escritor, que fue de los primeros en reflexionar por escrito —como Fernando Vela, Guillermo de Torre, Antonio Espina o Francisco Ayala— sobre el séptimo arte, le llevó a figurar en el comité fundador del GECI (Grupo de Escritores Cinematográficos Independientes), en cuyo manifiesto del 26 de septiembre se define el cine como «un arte nuevo, un medio de cultura, un arma política, económica, social». Este grupo pretendió preservar la actividad crítica de la influencia interesada de la industria cinematográfica, creó su propio cine-club y en sus tres años de vida (como tantas cosas expiró en 1936) publicó tres libros, uno de ellos de Jarnés: Cita de ensueños. Figuras del cinema. El escritor, adorador del universo femenino, rendía tributo a muchas actrices célebres (la divina Greta Garbo, Marlene Dietrich, Katherine Hepburn, Brigitte Helm, Paula Wesseley…), además de poner en relación el cine con la nueva literatura. El libro salió a la calle empezando el largo verano del 36 y, justo el funesto 18 de julio, Guillermo de Torre publicaba una reseña en El Sol, cuyo título subrayaba la conexión «Entre el film y el libro».
Para entonces hacía mucho que se había publicado Fauna contemporánea, un catálogo de tipos sociales que puede leerse como un inventario de la sociedad española de la República. Estos retratos genéricos («El hombre moderno», «El cínico», «El neutral», «El indiscreto»…) habían ido saliendo en el rotativo barcelonés La Vanguardia desde comienzos de 1932 y continuarían apareciendo después de reunirse en este libro durante los años siguientes. Pero al Jarnés novelista se diría que le faltan estímulos o circunstancias propicias porque hasta 1934 no regresará a la narrativa y además lo hará con sendas amplificaciones de dos obras anteriores, El profesor inútil y San Alejo, en febrero y junio respectivamente.
Este segundo profesor inútil se ha hecho mayor, se ha arreciado y ha perdido por el camino la frescura y agilidad del primero. Las ciento cincuenta páginas de pequeño formato de Nova Novorum han subido a más de doscientas cincuenta de EspasaCalpe: el texto se ha duplicado mediante la anexión de nuevos materiales que dilatan las peripecias del protagonista e incorporan a dos nuevas heroínas, la valquiria Herminia y Rebeca, pero ante todo esta segunda edición ha acentuado el carácter discursivo, especulativo, de la novela, que ahora incluye algunas disquisiciones sobre las fragilidades del arte de vanguardia. Pedro Salinas reseña el libro en el segundo número de Índice Literario. Pero su reseña no lo es de manera estricta porque no se limita a El profesor inútil, sino que se convierte en un artículo sobre el autor en el contexto de «una corriente universal», la del «marcadísimo antirrealismo en las entonces [c. 1925] llamadas letras nuevas». Salinas lo alinea, junto con Jean Giraudoux y Virginia Woolf, en «el procedimiento que llamaríamos del impresionismo psicológico, de la acumulación de sensaciones agudas y certeras enhebradas en lo que el concepto de novela clásica llamaba acción y protagonista». Y a ese nuevo concepto de novela lírica propio de la edad de las vanguardias, refractario al realismo costumbrista o determinista, se refiere Salinas en estos términos:
«El mundo novelesco jarnesiano no tendrá, pues, y eso se advierte en todas sus novelas, la precisión y la exactitud de una realidad vista cara a cara y transcrita a su mismo nivel. […] Lo real en sus obras aparecerá siempre precisamente con ciertas inquietantes y estremecedoras sospechas de irrealidad. Jarnés ha sido fiel a los acuciamientos y cogitaciones en que se han debatido tantos artistas modernos frente a ese angustioso problema de la realidad. No sabemos si esa actitud es de suyo favorable a la producción de una novela en el sentido clásico de la palabra. Se suele afirmar que perjudica a la novela, pero acaso esa afirmación se refiera al concepto imperante en la época realista».
En efecto, el tipo de novela cultivada por Jarnés encaja mal en el paradigma que procede de Balzac, Dickens o Zola y entre nosotros adoptan con brillantez Galdós, Pardo Bazán o Clarín, porque la realidad susceptible de copia, la de Europa en el período de entreguerras, ya no aparecía como representable y debía ser abordada desde la conciencia imperfecta de los personajes. Con todo y ser certero el diagnóstico de Salinas, las circunstancias sociales y políticas en todo Occidente a la altura de 1934 habían hecho regresar la narrativa a los fueros del realismo, un realismo no ya de retratista de costumbres ni imbuido de presunciones científicas (como en el naturalismo), sino puesto al servicio del testimonio de la desigualdad, de la denuncia de la injusticia social o incluso de la propaganda política directa o indirecta (mostrando la vida ejemplar del proletariado o del luchador revolucionario). Jarnés creyó que esa ola de literatura de combate degradaba con su cacareado compromiso cívico un compromiso anterior y prioritario en el escritor: el que contrae con la dignidad artística de su obra.
Otros lo entendieron de modo distinto y resolvieron que su deber ético prevalecía sobre su deber estético. Entre éstos había correligionarios de Jarnés, como César Muñoz Arconada, vinculado hasta 1929 a La Gaceta Literaria, o José Díaz Fernández, cuyo El blocao había encomiado el aragonés en 1928, y jóvenes recién llegados al mundo de las letras como Andrés Carranque de Ríos, algunos congregados en torno al casi olvidado Rafael Cansinos Assens, antiguo patriarca del ultraísmo. De hecho, Jarnés venía siendo identificado desde 1931 como un reluctante defensor de la literatura pura y deshumanizada, lo que, como hemos visto más arriba, no dejaba de causarle pasmo. En julio de ese año Esteban Salazar Chapela era entrevistado con motivo de la publicación de Pero sin hijos y a la pregunta de por qué había escrito una novela contesta: «Porque me da pena la literatura española. Es terrible lo que está ocurriendo en España. Los escritores se van de la literatura como del lado de una novia pobre o de un pariente en desgracia. Saltan a la política, cuyo triunfo está constelado siempre de oro. […] En este aspecto, como asimismo en los literarios, admiro sobremanera a Ramón y a Jarnés, dos grandes escritores que se mantienen fieles, temperamentales, puros a la literatura. Pero no debemos dejarlos solos. Hay que ayudarles».
Volvamos a 1934 y al citado San Alejo, con el que se nos abre un capítulo nuevo, el de los discípulos, si el término no es desmesurado. Esta hagiografía vanguardista, como se la ha calificado alguna vez, fue el primer título de la PEN Colección en 1934, impulsada por dos jóvenes escritores, Ricardo Gullón e Ildefonso-Manuel Gil, quienes habían creado, con la ayuda de Jarnés, la revista Literatura, a la que la colección estaba asociada. Tanto Gullón como Manolo Gil (así prefería que lo llamaran, Manolo) entraron en contacto con Jarnés en 1930. El primero gracias a una nota publicada el 23 de octubre en el Noticiero de Cáceres: «Jarnés, orfebre del vocablo» y que al escritor le complació hasta el punto de invitar al joven reseñista (contaba entonces poco más de veinte años) a visitarlo en su casa. Más joven aún era Manolo Gil, pues no pasaba de los 18 años cuando acudió al domicilio de Jarnés con el único salvoconducto de una tarjeta del músico Ángel Mingote (padre del humorista gráfico Antonio Mingote), que había compartido Seminario con el escritor y era natural de Daroca como Gil. Tanto Gregoria como Benjamín los recibieron con toda hospitalidad y al poco tiempo organizarían un café de media tarde para reunir a aquellos escritores en ciernes. En aquel encuentro se conocieron Ricardo Gullón, Ildefonso-Manuel Gil, Enrique Azcoaga y Julio Angulo. Allí se fraguó una revista, Brújula, que vería la luz en enero de 1932 para salir sólo cuatro veces y que constituiría un ensayo general de Literatura, aparecida justo dos años después en una pulquérrima edición. El nombre de la publicación encerraba una réplica a la pertinaz y menospreciativa distinción entre poesía y literatura que Gerardo Diego llevaba años sosteniendo (como eco de distinciones que lo precedían) y que había trasladado al prólogo de su Antología de 1932. Jarnés estuvo detrás de todo el proyecto. La revista se convirtió en uno de los miradores de la promoción literaria de los años treinta (luego llamada del 36): Juan y Leopoldo Panero, María Zambrano, José Antonio Maravall, José María Alfaro, Arturo Serrano Plaja, José Ferrater Mora, Pedro Pérez Clotet, Tomás Seral y Casas, José Ramón Santeiro, Ramón Gaya, Antonio Sánchez Barbudo, Andrés Ochando, Rafael de Urbano, Enrique Azcoaga y, claro, Gullón y Manolo Gil. Junto a ellos, el engarce con los consagrados no sólo fue Jarnés sino Gerardo Diego, Jorge Guillén y Vicente Aleixandre, que publicaron en aquellas páginas. También se dejó sentir el auspicio y guía de Jarnés en los volúmenes de la PEN Colección (PEN significaba Poesía, Ensayo, Narrativa). Allí salieron ensayos de Fernando Vela (El futuro imperfecto), el primer libro de un jovencísimo José Ferrater Mora (Cóctel de verdad), una novela del mexicano Jaime Torres Bodet (Primero de enero), unido a Jarnés por una estrecha amistad, o la compilación póstuma de los ensayos de Ángel Sánchez Rivero (Meditaciones políticas) prologada por el aragonés.
El año y medio que precedió al estallido de la guerra estuvo pleno de actividad aunque la presencia visible del escritor disminuyó apreciablemente e incluso se sintió blanco de envidias y animosidades. Recordando en sus cuadernos íntimos su asombrado ingreso en el mundo literario en 1925 y la mutación que supuso en su vida privada, escribe:
«Ni yo mismo pude darme cuenta, entonces, del cambio. Y bien pude darme cuenta, porque en el mismo año comenzó a asomar “el enemigo profesional” y ¡con qué empuje! Aunque las primeras manifestaciones muy visibles se produjeron algún tiempo después.
Desde 1929, ¡qué oscilaciones, qué intensidades y depresiones! Parecía que hasta entonces no había comenzado yo a vivir. Sentí el envaramiento del que penetra en un ámbito social nuevo… Y debí, en muchas ocasiones, de comportarme ingenuamente. Por algo me he llamado a mí mismo “paleto asombrado” de la literatura».
