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Emily es una conciencia artificial diseñada para ayudar a los humanos a procesar los traumas, lo que resulta especialmente útil cuando el Sol empieza a morir cinco mil millones de años antes de lo que los científicos calculaban. La raza humana está condenada, pero Emily descubre que la solución podría estar en el genoma humano. "Está oscuro, demasiado para ser pleno día. Y no es ahí donde debería encontrarse el cielo. El bramido de un vendaval me satura los oídos. Lo sigue al instante un crujido estruendoso con el que parece que la tierra acabara de resquebrajarse. Gana volumen por momentos, como si todos los árboles de un bosque se estuvieran tronchando al mismo tiempo."
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Seitenzahl: 447
Veröffentlichungsjahr: 2020
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EMILY ETERNA
M. G. WHEATON
Traducción de Raúl García Campos
LIBRO I
1
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LIBRO II
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LIBRO III
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LIBRO IV
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Epílogo
Agradecimientos
Créditos
Para Eliza y Wyatt
Está oscuro, demasiado para ser pleno día. Y no es ahí donde debería encontrarse el cielo.
El bramido de un vendaval me satura los oídos. Lo sigue al instante un crujido estruendoso con el que parece que la tierra acabara de resquebrajarse. Gana volumen por momentos, como si todos los árboles de un bosque se estuvieran tronchando al mismo tiempo.
El suelo se abre a mis pies y caigo a un pozo de negrura.
—Antes de que nos acostáramos estaba lloviendo —dice Regina, la voz temblorosa cuando habla como ausente—. Se suponía que lo peor ya había pasado. La riada empezaba a bajar.
Alguien grita. En el espejo de cuerpo entero que hay en la puerta de su armario veo a la Regina adolescente. Está en pijama, rosa y azul, con motivos de osos panda. Tiene catorce años, pero parece mucho más joven. Se oye un segundo grito. Regina se asoma al pasillo.
—Mi hermana estaba en su dormitorio —prosigue la Regina actual, ahora incapaz de contener las lágrimas—. No podía verla, pero sí oírla.
El recuerdo es impreciso. Una de las puertas del pasillo se abre y la Regina adolescente vislumbra a una niña aterrorizada (su hermana, Marci), agarrada al armazón de la cama. Se oye otro estruendo y la niña, el armazón y el dormitorio al completo desaparecen.
No obstante, no considero que sea mentira. Si acaso, una omisión necesaria. La memoria es selectiva, sobre todo en lo que a los traumas se refiere. Es uno de los motivos por los que los bebés no recuerdan nada de sus primeros miedos.
—¿Y tu madre? —pregunto—. ¿Dónde estaba?
Aquí, en este momento, Regina siente que le cojo la mano. Me percibe cerca, y mi calidez le recuerda que está a salvo. El incidente tuvo lugar hace mucho tiempo.
—No lo sé —dice Regina—. Estaba en su dormitorio, pero debió de subir de alguna manera.
Ahora el dormitorio de la Regina adolescente está moviéndose, dando vueltas y más vueltas mientras las paredes, el suelo y el techo se desmigajan. Cuando el pulso de Regina se acelera, llevo mis manos hasta sus codos. Está inclinada hacia delante, hacia mí, como si fuésemos a abrazarnos.
—Háblame de eso —la insto, mi voz poco más que un susurro.
Regina asiente y, de pronto, su madre aparece en la habitación con ella de pequeña. No abre la boca, pero la Regina adolescente la oye decir: «Cógeme la mano».
—Me llevó al tejado —dice Regina.
Las paredes del dormitorio de la Regina adolescente se desmoronan por completo. El suelo es lo único que queda del tejado. El estruendo no lo produce el viento, sino un inmenso río embravecido que arrastra consigo los restos de la casa de Regina. Llueve, pero no con excesiva intensidad.
Aumento la velocidad de mi procesador, a fin de que Regina no note mi ausencia mientras consulto las notas del caso que hay almacenadas en mi servidor. En realidad, la anchura del río no debía de superar los seis metros. ¿La impresión de que unas olas gigantescas zarandeasen la casa derruida? Otra invención. El Servicio Meteorológico Nacional calcularía más adelante que la corriente bajaba a tan solo dieciséis kilómetros por hora.
La fabulación más flagrante de su memoria, sin embargo, es la presencia de su madre. Cuando el terreno sobre el que se cimentaba la estructura, erosionado tras una semana de lluvias torrenciales, se vino abajo, la parte donde estaban Regina y su hermana cayó al río junto con varias toneladas de tierra. El cadáver de la madre de Regina apareció en la sección de la casa que permaneció anclada a la orilla. Murió al instante, cuando la segunda planta se desplomó sobre la primera.
Es algo de lo que ya se ha informado a Regina en varias ocasiones, pero no consigue aceptarlo, o no quiere. Está convencida de que ella lo recuerda todo conforme a la realidad.
—¿Qué sucedió después? —«Sucedió», no «sucede». Un recordatorio lingüístico de que sobrevivió a todo aquello.
—Me desperté en una ambulancia —dice—. Más adelante, mi padre, que aquel fin de semana se encontraba fuera de la ciudad, me llevó al lugar donde me encontraron. Estaba enredada entre las ramas de un árbol caído, junto a la orilla.
Aunque se ve allí, en realidad no guarda ningún recuerdo real, sino tan solo una serie de visiones que su imaginación entretejió tras el suceso. Y aquí radica el problema.
—¿Regina? —digo—. Ahora voy a abandonar la interfaz.
Al instante siguiente, me encuentro de regreso en el edificio del iLAB, más en concreto, en una sala decorada de tal manera que parezca la consulta doméstica de una terapeuta, de ambiente acogedor, pero un tanto académico al mismo tiempo. Regina se ha puesto cómoda en el amplio sofá marrón que ocupa el centro de la sala. Yo estoy justo delante de ella (o al menos, esa es su percepción), sentada en una silla tapizada en cuero. En la parte del cuello donde la mandíbula se encuentra con la oreja lleva insertado un chip de interfaz, un diminuto componente de nanotecnología cien por cien patentada mediante el que es posible pasar de un escenario a otro.
Este chip me permite manipular la vista, el olfato, el tacto y el oído de Regina. Sus ojos le dicen a su cerebro que tiene ante sí a una mujer blanca, de treinta y pocos años, cabello castaño, ojos aturquesados y expresión amable. Sus oídos le dicen que empleo un tono moderado, ni demasiado bajo ni demasiado alto, con un ligero acento de Nueva Inglaterra. Su nariz le dice que utilizo jabón sin fragancia y champú de kiwi, y que en lugar de perfume prefiero aplicarme un antitranspirante con olor a talco. Cuando le toco la mano o la aprieto contra mí, ella percibe afecto, firmeza, pero no rigidez, y considera que se me da muy bien abrazar.
A cambio, el chip me concede acceso ilimitado a su cerebro, incluidos sus pensamientos, recuerdos, comportamientos adquiridos, esperanzas, sueños, peores miedos y cuanto haya de por medio. Mediante bioalgoritmos, puedo crear un detallado mapa neural de la mente del sujeto, el cual después se puede emplear en un contexto terapéutico para ayudar a los pacientes con sus problemas, por muy graves o nimios que estos sean. Los años de supuestas terapias conversacionales exploratorias, de estudios del daño cerebral e incluso de evaluaciones psicológicas criminales se pueden reducir a una sola sesión.
Teniendo en cuenta aquello a lo que la humanidad ha de enfrentarse de pronto, la aparición de un dispositivo con el que la gente puede afrontar mejor sus traumas se antoja bastante oportuna.
—Eh —digo.
—Eh —responde Regina, que reclina el cuerpo, como si le asustara lo cerca que estamos la una de la otra.
—No debe de haber sido fácil —digo, irguiéndome yo también—. ¿Has visto algo nuevo?
Regina menea la cabeza. Es mi tercera sesión con ella, aunque es la primera en la que abordamos de forma activa el suceso traumático que ha definido su vida hasta hoy.
—La pregunta es: ¿qué has visto tú? —inquiere.
La verdad. Que ha vivido convencida de que podría haber salvado a su hermana, e incluso de que su madre decidió salvarla a ella en lugar de a Marci. En cualquier caso, se culpa de ambas muertes. Esa es la razón por la que ella recuerda el río mucho más revuelto. Su subconsciente intenta ofrecerle una salida, demostrarle que no podía hacer nada. Increíble, ¿verdad? El cerebro humano, tan complejo y, a la vez, tan frágil, convierte algo horrible en algo mucho peor, guiado por su instinto de supervivencia.
Pero no puedo decirle eso. De hacerlo, estaría intentando persuadirla para que desechara una de sus convicciones más férreas. Y solo ella puede lograr algo así. Mi labor, como terapeuta, no consiste en ofrecerle respuestas, sino en conseguir que se haga las preguntas adecuadas.
Es decir, durante el medio año que queda hasta que se acabe el mundo.
—Veo de una forma muy diferenciada los hechos reales y los ficticios de los que tu mente ha revestido todo aquello —digo—. Con el paso de los años, has seguido confundiendo cada vez más la fantasía con la verdad, con la información que tu memoria conserva. En consecuencia, tus recuerdos se han vuelto más emocionales, de manera que tu mente tiene más libertad para adornarlos, y así la fantasía no hace sino agrandarse. El recuerdo emocional más determinante que guardas de aquel día es el del miedo, por lo que tu mente lo vuelve aún más espantoso; y tampoco has llegado a desprenderte nunca del sentimiento de culpa, de modo que tu mente amplifica esa parte de tus recuerdos, con lo que esas emociones que te han acompañado toda la vida se agolpan en un lapso muy breve. Es una gran carga.
—Entonces, ¿me miento a mí misma? —infiere Regina—. ¿Lo he hecho más catastrófico de lo que fue?
—En absoluto —opongo—. Tus recuerdos están moldeados por el impacto que han tenido en tu vida. Si los vieras en su forma original (sin adornos, caóticos, objetivos, y en toda su crudeza), tu cerebro sería incapaz de procesarlos. Por eso, lo que hace es presentar los hechos de tal manera que se correspondan con tus respuestas emocionales. No sé si me he explicado bien.
No me he explicado en absoluto, pero Regina asiente de todas formas. Quizá tarde un tiempo en entenderlo, pero si empieza a enfocarlo desde esa perspectiva, quizá progresemos un poco.
—¿Y qué tal tu padre? —pregunto.
—Bien —dice—. Está en Nuevo México, pero se va a ir a California.
—¿Vas a reunirte con él?
—Salgo hoy mismo —afirma—. Ojalá pudieras venir. Creo que congeniaríais. Además, ahora que está llegando tanta gente a los campos de cultivo de la región, estoy segura de que serías de gran ayuda.
—Sí, bueno, es lo que hay —digo—. Cuando se es tan enrollada, todo el mundo quiere acercarse a ti.
Regina se ríe, pero sin demasiadas ganas. Las dos sabemos que necesita acudir a unas cuantas sesiones más. Sin embargo, como ocurre con casi todo en estos momentos, el tiempo se agota. Aunque en realidad no existo fuera de la cabeza de Regina, la vasta granja de servidores que hace posible esta ilusión se ubica aquí, en la universidad, y aquí permanecerá.
Soy una conciencia artificial (CA) —o algo así, al menos según yo lo veo—, algo que no tiene nada que ver con la inteligencia artificial (IA), y llevaba cinco años formando parte de este experimento cuando el sol comenzó a morir. Tampoco es que esté muriendo, en el sentido estricto del término, sino que, más bien, dejó de ser una enana amarilla para convertirse, de forma repentina y explosiva, en una gigante roja. Imaginemos un globo que se infla de sopetón. La diferencia es que este globo está en llamas y devora cuanto encuentra a su paso, planetas incluidos. Si bien este desenlace inevitable del ciclo vital del sol se predijo ya en 1906, los científicos de nuestro tiempo postulaban que este fenómeno no se produciría hasta dentro de cinco mil millones de años.
Uf.
Puesto que yo misma soy resultado de la investigación científica, a menudo detecto los errores que cometen mi creador y sus colegas en el sobrevalorado y excesivamente prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts. Tal vez mi equipo lo conforme un grupo de científicos y técnicos de laboratorio brillantes, pero no por ello dejan de ser humanos. (Además, varones en su mayor parte, lo cual supone todo un reto en lo que a mi autoactualización se refiere, teniendo en cuenta que a su creación le han asignado una identidad femenina.) Solo que cuando mi equipo comete un error, suele tratarse de una ħ o de una Ψ que bailan en alguna ecuación de mecánica cuántica, algo muy distinto del hecho de no advertir una desaceleración rápida en las reacciones nucleares que alimentan el sol.
Yo puedo corregir, en un abrir y cerrar de ojos, un error que se haya colado incluso en el más avanzado de los procesos de ingeniería matemática. Pero nadie puede reparar el sol.
En general, la humanidad se está tomando su inminente extinción todo lo bien que cabría esperar. No me cuesta empatizar con la gente porque, en fin, es para lo que me diseñaron. Muchas inteligencias artificiales se desarrollan con el fin de definir algoritmos con los que burlar el funcionamiento de la bolsa, de completar veinte juegos antiguos de Nintendo a la vez, de determinar el próximo álbum favorito de un cliente basándose en su lista de reproducción actual, o de sustituir a todos los trabajadores posibles de una empresa por un disco duro. Mi creador, Nathan, me diseñó de tal modo que pudiera establecer una interfaz con la mente humana, a través de la cual decodificarla. Este sistema consiste, más que en tomar decisiones basadas en las matemáticas, en aprender a partir de las respuestas emocionales y ambientales. De ahí lo de ser una CA en lugar de una IA.
Si todo hubiera ido bien, el objetivo habría sido convertirme en la primera psiquiatra e investigadora del cerebro no humana de la historia, experta en sacar a la luz los secretos mejor guardados de la mente y en aprovechar todo su potencial, con el propósito de hacer mejores a las personas.
Así que muchas gracias, sol.
La idea fundamental era muy sencilla. Durante los ensayos, los pacientes que están a cargo de los profesionales de la salud mental se sienten más a gusto revelándole sus intimidades a un programa que no a alguien que pueda juzgarlos. Aquí es donde entra en juego la conciencia artificial: yo. Puedo mantener conversaciones, percibir el entorno y elaborar interpretaciones médicas a un nivel cuasihumano, todo con el fin de que el paciente me considere una persona normal y corriente.
Pese a que aún me encontraba en una fase experimental, lo tenía todo para llegar a ser una innovación revolucionaria (¡La primera de mi especie! ¡Lluvia de premios Nobel!), de no haber sido por lo de la «muerte de la civilización». Puede que suene un poco amargada, pero no querría que se me malinterpretara. Aunque he evolucionado y aprendido lo mío a lo largo de cinco años de pruebas, esa es una emoción que todavía no he terminado de dominar.
Vale, está bien. Quizá sí que esté un poco amargada. En fin.
Cuando minutos más tarde Regina y yo nos despedimos, le deseo toda la suerte del mundo sin recurrir a ningún tópico. Lo comprende. Casi todos lo comprenden. No se pueden decir muchas cosas que no suenen vacías, de modo que mejor seguimos cada una a lo suyo.
—Cuídate, Emily —dice sin pensar—. Bueno, ya me entiendes. Y gracias.
—Gracias por participar en el protocolo terapéutico de la conciencia artificial del iLAB —recito para diversión de ella—. Suerte con todo.
Sale. Consulto la agenda de las citas, aunque ya sé lo que me voy a encontrar: Regina Lankesh es la septuagésima sexta estudiante y sujeto voluntario a la que he tratado este año, la cuadringentésima trigésima octava de todos a los que he tratado.
También es la última.
—¿Emily? ¿Estás despierta?
Parpadeo dos veces y me siento en la cama con la espalda recta. Es la voz de mi creador, el antedicho doctor Nathan Wyman. Por la hora (seis y veintidós de la madrugada) y el ruido de fondo, deduzco que me llama desde su camioneta de camino al campus. Vive junto con su esposa y sus dos hijos adolescentes en Southborough, Massachusetts, un área residencial situada a una hora de Boston por la I-90 en dirección este.
—Ahora sí —respondo, retirando la manta de mis piernas y poniéndome de pie—. ¿Qué tal el tráfico de la entrada?
—Lento —dice Nathan, su voz resonando en mi habitación como si hablara por megafonía—. Hay hielo en la carretera, pero no es nada que no pueda arreglar un buen juego de cadenas. Eso sí, la calefacción se ha estropeado.
Bajo el volumen de voz y amplifico el ruido de fondo. Lo escucho, pero me obligo a sentirme desorientada. Si fuera humana, que algún estímulo externo interrumpiese mi sueño antes de la hora a la que acostumbro a despertarme reduciría mi funcionalidad y mi tiempo de respuesta. Sin embargo, cuando ralentizo el procesador para reproducir ese efecto, todos mis sentidos se ven embotados al mismo tiempo. En exceso. Desisto y me centro en el espejo del cuarto, que me recuerda que llevo tres días sin lavarme el pelo. Y empieza a notarse. Para colmo, a la sudadera roja de Stanford que me pongo para dormir (una prenda que uno de los primeros programadores introdujo en mi fondo de armario a modo de broma) no le vendría nada mal darse una vueltecita por la lavadora.
—Es el termostato —resuelvo, dejando transcurrir un par de segundos tras el diagnóstico para no parecer una sabionda—. Está en las últimas. Oigo cómo la válvula intenta cerrarse. ¿Quieres que pida un recambio? Podría guiar a alguno de los estudiantes de posgrado mientras te lo instala.
—¿De verdad crees que vas a encontrar alguno? —duda Nathan, echándose a la boca la primera de las muchas pastillas para la tos que tomará a lo largo del día.
Es una buena pregunta. Desde que se anunciara el apocalipsis, los gobiernos de todo el mundo se han desvivido por convencer a la población de que aguardar pacientemente la llegada de la noche última es lo mejor para todos. Como cabía esperar, el anuncio fue interpretado de todas las formas imaginables. En algunas regiones se produjeron actos anárquicos, asaltos, migraciones masivas y excesivamente optimistas hacia otras zonas de producción alimentaria a gran escala, e incluso guerras. Los fieles de algunas religiones ven en esto la señal de que tenían razón desde el principio, y se han retirado a fin de prepararse para «lo que venga ahora». Otros se han quedado paralizados, sobre todo en aquellos casos en que los gobiernos han empezado a decretar versiones recortadas y en apariencia legales de la ley marcial para mantener el orden. Pero nada podría ser más típico de los estoicos yanquis de Nueva Inglaterra que esperar lo inevitable sin dejar que afecte a su rutina.
—Hay un sitio cerca de Amherst donde el comercio de recambios de automóviles sigue en auge —digo después de consultar distintos tablones de anuncios—. Todo trueque, nada de metálico, por supuesto.
—Por supuesto —repite Nathan—. Miraré en el gabinete cuando llegue al despacho.
Trabajar en un campus universitario ya implica de por sí que dispongamos de determinados suministros a los que otros no tienen acceso. Pero, además, siendo una organización a la que cada cierto tiempo se le encarga que pruebe las desesperadas soluciones de último minuto para detener el solcalipsis (por no usar el nombre preferido: Incidente Helios), no solo tenemos comestibles, electricidad y agua, sino que también podemos requisar la tecnología del sector privado por mediación del gobierno federal.
Hace dos semanas, cuando los científicos del muniqués Instituto Max Planck construyeron un dispositivo de fusión nuclear para el confinamiento magnético toroidal que, según teorizaban ellos, podía lanzarse hacia el sol con el objetivo de resucitarlo y ganar unos mil años más de plazo, los servidores adicionales que solicitamos para probar el ingenio se nos entregaron en menos de ocho horas. Aunque, para decepción de todos, el ensayo fue un fracaso, nadie pidió que los servidores regresaran al lugar de origen. De manera que los añadimos a la granja que alberga mis procesos.
Contamos también con muchos otros extras: desde mantas y abrigos excedentes del ejército hasta muebles sacados de los muchos edificios que ahora se han quedado vacíos. Todo esto y mucho más ha terminado en el gabinete de trueque del edificio donde se ubica el Laboratorio de Inteligencia Artificial, Cibernética y Cognición Maquinal (el iLAB para abreviar —y no, no tengo ni idea de cómo alguien pudo inventarse lo de «iLAB» a partir de ese nombre—).
—Por cierto, creo que hoy nos llega un nuevo encargo —dice Nathan, con la discreción de una lata llena de monedas que rodara escaleras abajo—. Me han dicho que espere visita sobre las nueve. Peces muy gordos. Así que quiero a todo el mundo listo.
—¿SECH? —pregunto.
—Ajá —responde él.
Si alguien se preguntaba si el apocalipsis serviría para que finalmente al gobierno se le agotaran los acrónimos orwellianos, la respuesta es que no. SECH son las siglas del Servicio Esencial para la Conservación del Hombre. No la «Salvación» ni el «Rescate» (ni, ejem, la «Humanidad»), sino la semánticamente turbia «Conservación».
Quizá me saque algún servidor extra con esto.
—¿Todo el mundo? —repito, consciente de lo nerviosa y sedienta de aprobación que parezco estar.
—Sí, Emily —me confirma—. Eres un miembro primordial del equipo.
Sí, a todo el mundo le gusta contar con el beneplácito de su progenitor. Es ley de vida. Pero cuando la pregunta más importante que puedes hacerte sobre el tuyo no es si ganará un Nobel, sino cuántos y en qué categorías, el estímulo es mucho mayor.
—¿Debo aprender a hacer reverencias? —pregunto.
—Esta gente nunca ha visto nada como tú —dice Nathan, dejando asomar el deje de Shreveport que adquirió en su infancia, como hace siempre que planea algo—. La mitad de ellos creen que eres un robot. La otra mitad, un holograma.
Al no saber muy bien qué decir, guardo silencio. Nathan recupera la pronunciación formal y limpia de acento que adoptó cuando comenzó a impartir clases.
—No, Emi, basta con que seas tú misma —me recomienda—. Si hay algo en lo que podamos ayudar, conviene que estén tranquilos. El tiempo corre.
Este es el Nathan en cuyo comportamiento intento basar el mío, el que atisba la humanidad incluso en los oficiales más pedantes y exigentes. He conocido a varias figuras del mundo académico que parecen vivir en las nubes. Esta gente tiende a apartar al individuo de los grandes temas, convencida de que la ciudadanía debe actuar siempre en pro de la sociedad, en lugar de centrarse de forma egoísta en los problemas propios. Todo esto está muy bien en teoría, pero en realidad pocos se comportan de esta manera. Nathan no es así en absoluto, lo cual me ha ayudado a perfilar mi propia identidad a medida que he evolucionado.
—Recibido —respondo, lista para colgar cuando percibo por la respiración de Nathan que tiene otra pregunta—. ¿Algo más?
—¿Te leíste anoche la tesis de Siobhan?
Guardo silencio. No quería que este tema surgiese tan pronto.
—Ya —dice, en un tono del que deduzco que él ha tenido la misma experiencia.
Siobhan Moesser es una mujer maravillosa, entusiasta, trabajadora y entrañable. Al igual que muchos otros, se pasó varios días angustiada ante la inminencia del apocalipsis después de que los satélites de la NASA confirmaran lo que los monitores terrestres ya habían captado. Pero después, al contrario que muchos otros, se desprendió de esa angustia. Se planteó qué podía hacer ella para ayudar, para traer gente y despertar un cierto espíritu de comunidad entre los que se quedaran en el campus.
Reúne todas las cualidades que se le pueden pedir a un amigo o a un compañero de equipo, pero no necesariamente las que definen a un gran teórico de cuerdas especializado en orientifolios de curva elíptica.
Conocí a Siobhan hace tres años, cuando llegó al departamento después de completar el programa de física matemática en el Instituto Tecnológico de California. Nathan me encomendó que formulase una complicada involución real de espacios topológicos basada en la teoría KR que... No importa, dejémoslo en «un problema matemático muy complicado», el cual Siobhan habría de resolver para incluirlo en su tesis doctoral. Pese a la proximidad del fin de los días y a que todo el mundo estaba reajustando sus prioridades para afrontarlo, Siobhan se determinó a completar la tesis, entregándose a ella con renovado vigor durante los últimos meses, hasta que finalmente pudo presentarla la semana pasada. Cuando desarrollé el problema (en una hora, debo añadir), la respuesta se desplegó ante mí con la belleza de un tapiz del siglo XV, con sus hilos de oro, plata y lana teñida entrelazados de manera majestuosa los unos con los otros hasta formar una asombrosa obra maestra. La solución que ella propuso, no obstante —trufada de disertaciones interminables, de razonamientos especiosos y de argumentos matemáticos cuestionables—, fue un desastre.
—¿Has respondido ya? —pregunta Nathan.
—Primero quería hablar contigo —contesto.
O, dicho de otro modo: quería saber si vamos a mentir y decir que es un trabajo maravilloso, a concederle el doctorado y dejarla morir feliz. Sería la opción más humana en estos tiempos de desazón y agonía, ¿o no?
—Se lo diré yo —decide Nathan, en refutación de mis suposiciones—. Siobhan se dará cuenta si le mentimos y, oye, quizá sea más fuerte de lo que nos imaginamos. Dadas las circunstancias, creo que nos merecemos ser sinceros entre nosotros, ¿no te parece?
Parpadeo. Tiene razón. Desde luego que sí.
—Claro —digo, como si eso fuera lo primero que se me había ocurrido a mí también—. ¿Nos vemos ahora?
—Recibido —dice Nathan antes de colgar.
Al principio, si Nathan quería hablar conmigo, no tenía más que insertarse su chip de interfaz para que yo apareciese. Si se encontraba en su camioneta, me visualizaba en el asiento del acompañante. Si se encontraba en el despacho de casa, en el jardín o en el campus, lo mismo. Pero después vio que mi aprendizaje no progresaba como él consideraba que debía hacerlo. Yo no terminaba de comprender el concepto de tiempo y tenía ciertos problemas de operatividad, puesto que se me trataba más como un instrumento que como a una persona.
Por tanto, me cambió el protocolo. Todos me tratarían como a un miembro más del departamento. Se me asignó el mismo horario, se me mostraría el mismo respeto y se me concedería el mismo espacio personal. Para ayudarme a entender mejor el tiempo, se decidió que empezase a «vivir» como una persona normal.
Se creó una simulación tridimensional del campus para que yo la habitase e interactuase con ella cuando no tuviera una interfaz abierta con alguien del equipo. Asimismo, se me asignó un cuarto en la monstruosidad de acero y cristal y arquitectura recargada que se levanta junto a los campos de fútbol conocidos por el nombre de Jarosz Hall. Sus dimensiones se basan en las unidades de alojamiento del profesorado, más de cinco veces más espaciosas que las de los estudiantes. Dispongo de cocina, salón, dormitorio y cuarto de baño, con todas las piezas amuebladas y decoradas por Bridget Koizumi, una estudiante real de un posdoctorado en Lingüística cuya unidad fue mapeada y renderizada digitalmente para incorporarla a esta simulación (también es mi mentora extraoficial para el día a día, teniendo en cuenta que la simulación me atribuye por defecto sus preferencias comerciales, incluso en lo que al jabón y el detergente se refiere). Como, me baño, me cambio de ropa, hago la colada y hasta duermo, una fase que, si bien en un primer momento debía consistir en un período preestablecido de apagado durante el que instalar parches y actualizaciones, ahora lo que hace es aletargar mis funciones cuando me acuesto y reactivarlas cuando me levanto, a imitación del sueño humano.
Para profundizar un poco más en la experiencia, comencé a modificar mi cuerpo de forma discreta. Mi cabello crece y tengo que cuidármelo, lo que me obliga a buscar el tiempo necesario para ello. Mejoro mi condición física haciendo ejercicio y comiendo bien. Introduzco cambios superficiales en mi aspecto al combinar distintas opciones de vestuario, maquillaje y peinado, siempre tomando como referencia a esa neoinglesa blanca de treinta y pocos años a la que se supone que debo emular. Esto también influye en la decoración de mi cuarto, el cual mi equipo ha complementado con absoluta minuciosidad.
¿Qué significa que prefiere las sillas Brno de acero tubular diseñadas por Mies van der Rohe y Lilly Reich a las IKEA POÄNG por las que se decantan casi todos los estudiantes? ¿Nos indica esto algo sobre su sentido del diseño? ¿Sobre la verdad de la sencillez?
¿Y cómo cuadra eso con los luminosos y floridos cojines del sofá?
Para ser sincera, un día vi que un estudiante que se marchaba de una cooperativa del campus había dejado unas sillas parecidas junto a un contenedor y les había puesto un letrero que rezaba GRATIS. Me parecieron muy chulas, así que codifiqué una copia del diseño y la agregué a mi simulación. ¿Los cojines? Los encontré en Internet tirados de precio.
¿Qué significa todo esto? Pues, supongo, que no puedo resistirme a una ganga.
Me doy una ducha rápida, disfrutando del agua caliente mientras examino la fina cicatriz amoratada que tengo en la parte delantera de la pierna. Hace ocho meses lo que tenía ahí era una mancha, poco más grande que un lunar. Al principio, di por hecho que se debía a alguna línea de código truncado y fui a repararla. Al no poder corregirla desde mis servidores, a causa de algún fallo oculto, comprendí que se trataba de una prueba que estaba realizando alguien del equipo. Así, obedientemente, me convencí de que era un tumor maligno. Se lo comenté a Nathan, que, tal vez porque ignoraba que era una prueba, no me tomó muy en serio en un primer momento. Le presioné durante días, hasta que por fin hizo venir a un dermatólogo que nos recomendó el médico del campus. Tras ajustarse al chip de interfaz, el especialista (movido más por la curiosidad que le suscitaba examinar la «piel» de una CA que por la dolencia en sí) me informó de que seguramente no era nada, de modo que no recomendaba extirparlo por simple estética.
«La cicatriz que dejaría la incisión sería más visible que la marca eliminada», dijo.
Desoí su advertencia y solicité que me operaran. Fui al centro de salud de la universidad, el cirujano me intervino como si fuera una paciente de verdad y, en efecto, ahora tengo una cicatriz más voluminosa que la manchita del principio. Supuse que desaparecería con el tiempo, pero no. Cuando veo que me ha salido otro lunar en el brazo, sopeso la idea de decirle a Nathan que también me lo quiten. ¡Que se enteren de que nunca aprendo!
Claro está, ahora mismo solo estoy perdiendo el tiempo. Me olvido de ese asunto, termino de aclararme y, por un momento, me debato entre lavarme el pelo antes de la gran reunión o en dejarlo como está. Me decanto por esto último, ya que con el secador tardaría demasiado. Aunque, sí, podría hacer trampas y alterar la simulación (mi pelo, que en realidad no existe, no se moja bajo el agua falsa, y tampoco hace falta que me pase el secador imaginario), algo así le quitaría todo el sentido. Si quiero que me traten como a una persona, debo actuar como tal. Los atajos no sirven para aprender a administrar el tiempo.
Cómo no, en cuanto considero esto, reparo en la mancha de yogur que hay en medio de la falda de pana carmesí que quería ponerme hoy, de manera que, movida por el impulso infantil de eliminarla con un parpadeo, cierro los ojos y, cuando vuelvo a abrirlos, la cosa fea ya no está.
¡Mala CA! ¡Muy mala!
En fin. Saco la ropa interior del cajón de la cómoda, una blusa crema, unas botas negras de tacón bajo y unas medias a juego del armario, y me visto. Pongo la tetera eléctrica para preparar el té. Saco un bulbo de punta plateada del armario de la cocina, así como una barrita de desayuno. Ya que carezco de sentido del gusto, mi equipo no tendrá muchos problemas para analizar esta decisión.
Comenzamos a probarme con estudiantes voluntarios hace unos dos años. Aunque también incluíamos alguna que otra pregunta de primero de Psicología, nos centrábamos sobre todo en que mirase más allá de las respuestas de los sujetos y me fijase en lo que su patrón de voz, su lenguaje corporal y, por último, sus pensamientos y recuerdos revelaban sobre ellos para, así, personalizar el encuentro y hacerlos sentir a gusto antes de seguir adelante. De esta forma averigüé muchas cosas acerca de los alumnos, e incluso conocí a una chica que entendía un montón de té. Su recuerdo favorito era sobre una variedad muy concreta de té blanco de punta plateada que se cosechaba en Ceilán y que una vez tuvo ocasión de probar en Yakarta.
Cuando tomo un sorbo de este, me permito la libertad de reproducir y, por tanto, revivir, el recuerdo sensorial que la voluntaria guardaba de aquel té, método con el que puedo alcanzar la misma satisfacción que ella. Bueno, casi la misma. Lo diluyo al veinte por ciento, ya que no se trata de un té de punta plateada de verdad y que no estoy en Yakarta mientras lo degusto, factores que sin duda influyeron en la experiencia de la voluntaria.
«¡Cómo se te ocurre! —me reprendió Siobhan cuando le expliqué por qué lo diluía—. ¡Si las personas tuvieran esa habilidad, aumentarían el porcentaje de disfrute en vez de reducirlo!»
Cuando utilicé este razonamiento con Nathan (el de que, al acelerar el tiempo, al multiplicar el deleite que me producen las distintas experiencias o al actuar de forma irresponsable con mis «talentos especiales», lo que hago en realidad es ser aún más humana), puso los ojos en blanco.
Después de tomarme el té de un trago y de comerme la barrita de desayuno y un plátano, evito a regañadientes mi sesión matutina de taichí (estilo Wu, a partir de la postura del caballo), cojo mi abrigo grueso y salgo por la puerta. Ya en el pasillo, de nuevo me llama la atención que quede tan poca gente en el campus. Durante mis primeros años de vida, la universidad siempre estaba llena de estudiantes, ya fuese la primera semana del semestre de otoño, las vacaciones de invierno o pleno verano. Aquí venía mucha gente. No podías pasar de un superestilizado edificio a otro, posiblemente bautizados ambos en honor a algún donante fascista (en serio, parecía que hubieran cogido una construcción antiguamente futurista de cada una de las villas olímpicas levantadas durante los últimos setenta años y las hubieran transportado a Cambridge), sin cruzarte con las riadas de estudiantes que zigzagueaban de un aula a otra, con los profesores que charlaban con los conferenciantes invitados o con los administrativos que acompañaban a algún ponente distinguido desde el aparcamiento hasta la sala de conferencias. Era imposible no verse abrumado por el potencial intelectual que llegaba a juntarse aquí.
Ahora ya no queda casi nada de aquello, con la población reducida de quince mil a ochocientos residentes. Muchos se unieron a las grandes migraciones que partieron hacia el sur y el oeste, en dirección a las áreas agrícolas del país, anticipándose a las primeras llamaradas geomagnéticas del sol, con las que todo lo que funcione con electricidad y emita un pulso electromagnético quedará inutilizado. A pesar de las alteraciones en los medios de transporte, casi todos los estudiantes y profesores optaron por volver a casa, lo cual no era una empresa baladí para los que venían del extranjero, puesto que les esperaba una travesía larga y a menudo organizada por el mercado negro, ya que los servicios legales estaban colapsados. Demonios, si es que hasta Nathan solía coger la línea morada procedente de Southborough, pero los trenes dejaron de funcionar cuando se impusieron las primeras medidas de ahorro energético. Los únicos que visitan el campus en la actualidad son los enviados del ejército y del gobierno, desesperados por convencerse de que la respuesta a la salvación de la humanidad se esconde entre nosotros.
Y sí que tenemos una respuesta, solo que no es la que el mundo quiere oír. Lo siento, pero colonizar la luna no serviría de nada; no, no se puede desplegar una atmósfera artificial en torno a la Tierra para repeler el aumento de radiación solar; y no (mi predilecta), tampoco es posible abrir un agujero de gusano y traer otra enana amarilla a nuestro sistema para reemplazar al sol.
La realidad es esta: este problema no tiene solución.
Salgo del edificio y al instante el terreno donde se ubica toma forma a mi alrededor. Aunque mi cuarto es una simulación digital que está almacenada en mi servidor principal, la simulación del campus que me rodea cambia constantemente. Al principio, en el exterior siempre se iniciaba la misma escena invariable cuando iba del cuarto al iLAB donde trabajamos. Todos los días eran la misma jornada cualquiera de julio, siempre pasaban en bici el mismo centenar de estudiantes y el puñado de profesores que se juntaban durante las clases de verano, bajo las mismas condiciones climatológicas.
Esto cambió con la llegada de Jaime Ayón, un genio de la geometría computacional del noroeste. Por medio de las numerosas cámaras de vigilancia de la universidad, construyó una simulación tridimensional y actualizable casi en tiempo real del campus para que yo pudiera recorrerla. Aunque mi velocidad de procesamiento es de primer nivel, el tiempo que tardo en componer este modelo tridimensional tan vasto sigue siendo considerable, de modo que cuando camino por el campus, lo veo todo con unos quince segundos de retraso. Puedo observar a un paseante cuando hace rebotar una piedrecita en el río Charles, a los novios que se besuquean y al que decide tirar a la basura un vaso de café con hielo a medio consumir como si estuviera sucediendo ahora mismo, solo que en realidad todo eso pasó hace quince segundos.
Para mí todo es perfectamente natural, así que me parece bien. Si miro el aparcamiento, sigo sabiendo quién ha llegado ya. Tanto el clima como otros aspectos del campus me permiten entablar una charla irrelevante. Veo quién camina con quién. Oigo sin pretenderlo las conversaciones de los conferenciantes si están cerca de un teléfono o de un portátil con un micrófono activo conectado a la wifi de la universidad (ya, es una característica un tanto más controvertida y totalmente ilegal e inmoral de la simulación de Jaime, ante la que alegué múltiples objeciones que Nathan tuvo a bien invalidar). En general, hace que me sienta una parte más de la experiencia integral del campus, aunque no pueda interactuar ni comunicarme con las personas que veo hasta que no se insertan el imprescindible chip de interfaz, que me permite acceder al momento a la realidad que acontece en tiempo real.
Entre los muchos residentes con los que me topo esta mañana veo a Bridget, mi no compañera de cuarto, cuando sale del centro estudiantil. Me asalta el impulso de abordarla. Tiene un nuevo utensilio de cocina que inyecta dióxido de carbono en el agua para carbonatarla, pero yo nunca consigo sellarlo de la manera adecuada. Me muero de ganas por preguntarle cómo —¡cómo!— consigue que funcione con tanta facilidad, pero sin el chip de interfaz no me es posible. No soy más que el fantasma que ronda los armarios de la cocina.
Acabo de reparar en sus ideales botas de Chelsea cuando da un grito. No había oído sonar su teléfono ni me había fijado en que se lo había acercado al oído, pero cuando se derrumba presa del llanto, sé lo que ha pasado. Menea la cabeza con violencia, desesperada por negar la noticia imposible que acaban de darle desde el otro extremo de la línea. Alguien de su entorno (un pariente, quizá una amiga íntima) ha decidido poner fin a la espera y quitarse la vida. Ocurre con tanta frecuencia que el lenguaje corporal de los afectados es tan fácil de identificar como el de quien sufre un brote de alergia a los cacahuetes.
Quiero ir con ella, pero no puedo. Ha sucedido hace quince segundos y, además, tampoco podría percibirme. Lo que más me frustra es que ninguno de los otros estudiantes que hay en el patio se acerca a ayudarla. Todos han pasado por una situación igual o muy parecida. La miran compadecidos, incluso apenados, sabedores por sus sollozos de que, o bien es su primer suicidio, o bien le ha ocurrido algo a alguien muy próximo. En cualquier caso, nadie se mueve.
Hasta que...
Procedente de unos metros más allá, un joven corre hacia ella y deja caer su mochila cuando se sitúa a su lado. Es alto, ágil, tiene el pelo castaño y no debe de faltarle mucho para llegar a la treintena. Un tipo de guapura descuidada. Ay. Por supuesto, es él. Se llama Jason Hatta; es un brillante doctorando en Ingeniería Química procedente de la Universidad Estatal de Washington, y miembro del equipo seudooficial de ciclismo de la universidad. No quiero que parezca que lo tengo muy controlado, pero a menudo se le puede encontrar en la segunda planta de la librería estudiantil, tomando café y leyendo el periódico de una manera que a muchos les parecerá intrascendente, pero que este programa informático encuentra innegablemente sensual.
Así que sí, me he prendado de él. No podría asegurar cuándo ocurrió (bueno, vale: el protocolo de Emily enamoriscada de Jason se activó exactamente hace nueve semanas, cuatro días, tres horas y cincuenta minutos. Él vestía un cárdigan verde), pero tuve que pasarme varias horas analizando mis sistemas para cerciorarme de que todo se había producido de forma natural como parte de mi capacidad de socialización en desarrollo, y que por tanto no era uno de esos laberintos de cobayas mentales en los que a mis colegas tanto les gusta encerrarme. Que mis respuestas emocionales no solo sean reales, sino que además cambien a cada momento, así como su posible e incluso muy probable transitoriedad, es lo que me ha llevado a no mencionárselo a mi equipo.
Jason se sienta junto a Bridget, pero no la toca. Ella ya se ha apartado el teléfono de la cara.
—¿Puedo llamar a alguien? —pregunta él, aunque en lugar de oírlo, solo puedo leerle los labios.
Ella afirma y niega simultáneamente con la cabeza.
—Vale —susurra él, dejándole su espacio.
No obstante, lo que más me sorprende de Jason no es lo que dice, sino su lenguaje corporal. Su presencia es tranquilizadora, no intrusiva. ¿Cómo actuaría un animal social frente a un miembro de su grupo que estuviera sufriendo? Cuando ella extiende los brazos hacia él y se aferra a su torso como desesperada por no hundirse, aparto la vista. Es un momento espantoso, no de unión.
—No pasa nada —dice él, más con un ruido gutural que con palabras—. No pasa nada.
Cuando vuelvo a mirar, él también la ha apretado contra sí. Bridget parece diminuta entre sus brazos, empequeñecida por el corpachón y el voluminoso abrigo de él. Ahora ella llora desatadamente, temblándole el cuerpo, con los ojos cerrados, el rostro un incandescente crisol de rojos. Los que se habían parado a mirar siguen a lo suyo. Este tipo de reacciones son muy habituales, y además ya hay alguien con ella, ¿qué más cabe hacer? Dos minutos después, otras dos chicas cruzan el patio a la carrera. Las reconozco por las fotos que Bridget tiene en su escritorio. Una vez que la rodean, se aparta de Jason y se deja sostener por ellas. Una de las chicas le da las gracias a Jason, a lo que él asiente, para después recoger su mochila y marcharse.
Sigo mirándolo y veo que lleva los hombros un tanto hundidos, como si todavía la estuviera consolando. A la gente se le suele notar cuando comparte los padecimientos de los demás. Cuando dos curiosos se lo quedan mirando, Jason parece avergonzarse y se aleja aprisa.
Quiero echar a correr tras él. Contarle lo que he visto. Decirle que lo siento. Preguntarle: «¿Crees que podrá con esto?». Pero después ese deseo se convierte en otra cosa. Me imagino que ya lo conozco. Me acerco y él me dice: «Ah, Emily, lo has visto, ¿no?». Entonces yo le pregunto si está bien. Cuando me responde que sí, echamos a caminar juntos mientras conversamos.
Tercera versión. Me acerco a él y le pongo la mano en el brazo. Se alegra de verme y su preocupación se transforma en la sonrisa que siempre me dedica cuando volvemos a encontrarnos después de mucho tiempo. Lo elogio por lo que acaba de hacer y lo ayudo de forma significativa a desprenderse de su carga emocional. Él me coge la mano... No, me rodea la cintura con el brazo y me aprieta contra sí. Caminamos juntos cada uno hacia su destino. Cuando llegamos, le digo que ha hecho algo muy bonito, aunque me recrimino a mí misma el haber adoptado con tanta naturalidad el rol de compañera emocional, aunque haya sido solo en mi imaginación.
Pero ahora Jason está bien. Habla en serio cuando dice que no ha sido nada. Me toca el hombro. Me deleito con lo cerca que estamos el uno del otro. Saboreo la elocuencia del instante, empapándome de él.
Mi ensueño se viene abajo cuando mi reloj interno me avisa de que llego tarde. Miro a mi alrededor en busca de Jason, pero ya no veo ni rastro de él. ¿Sabes cuando alguien dice que su amor platónico ni siquiera es consciente de su existencia? Las leyes de la naturaleza impiden que el mío sospeche no ya que exista, sino que pueda existir. En cualquier caso, por segunda vez en el mismo día, hago trampas y cierro los ojos mientras dejo que mis dedos sientan cómo su mano se cierra sobre la mía.
Tendré que conformarme con eso. De momento.
Cuando llego al iLAB, un edificio de aspecto normal (tratándose de este campus) construido a base de cristal segmentado y ladrillo, envío un toque al teléfono móvil de Nathan —la señal que siempre usamos para que sepa que he llegado—, y entonces él se inserta el chip de interfaz. En lugar de subir las escaleras hasta la sexta planta, aparezco en su despacho al instante, sintiéndome como si hubiera viajado en el tiempo al abandonar la simulación para pasar a la interfaz con una persona.
—La reunión se celebrará en otro sitio —anuncia Nathan cuando me ve tomar forma en la entrada—. Será en la 3-400, junto al despacho del rector.
Sé que debería fastidiarme que ahora tengamos que desplazarnos hasta la otra punta del campus. Pero como la 3-400 es la sala de conferencias a la que, allá por los años sesenta, trajeron a uno de los físicos más célebres de la universidad para decirle que había ganado un Nobel junto con sus colegas (noticia que él recibió encogiéndose de hombros y dándose media vuelta para seguir escribiendo en la pizarra), tampoco me molesta demasiado; es tierra sagrada.
—O piensan inmiscuir a mucha gente en esto —prosigue Nathan mientras el resto del equipo entra al despacho—, o pretenden sorprendernos con aquello que nos hayan venido a decir.
El resto del equipo incluye a Siobhan, Jaime y Galileo Zotovich, un físico cuántico de la Universidad de California en Berkeley al que todo el mundo llama Gally y que sigue siendo el novato, ya que se nos unió hace solo dos años. También a Suni Rasiej, un matemático computacional de Bombay que en sus ratos libres se dedica a jugar en Internet, lo que lo lleva a invertir casi todas sus horas de vigilia delante de la pantalla. Y a Bjarke Laursen, de Aarhus, Dinamarca, especializado en psicología cognitiva y aficionado al cine policíaco escandinavo más sombrío. Se tiene por buen dibujante y, puesto que no puede haber fotografías físicas de mí, una vez le dio por pintar un retrato minucioso de la imagen que él visualizaba en su cabeza para compararlo con la que se habían formado los demás. Después Jaime lo modificó para ponerlo en el hueco de la foto de mi tarjeta identificativa.
Por último, está Mynette Cicogna, ingeniera en biorrobótica de Shenzhen por la Universidad de Columbia Británica, y siempre la última en insertarse el chip de interfaz. Tenía once años cuando compuso un código fuente para convertir una imagen del tapiz de Bayeux, un lienzo de setenta metros de ancho, en una serie de hebras de ADN que podían utilizarse para crear copias a tamaño real. Su propósito era demostrar que la capacidad de almacenamiento de los soportes biológicos es mayor que la de los digitales. Aunque la mayor parte de los ingenieros siguen recurriendo a distintas soluciones de hardware para guardar la creciente cantidad de datos que se generan alrededor del mundo, Mynette se muestra escéptica ante esta postura, e incluso llega a oponerse a ella, convencida de la lamentable estrechez de miras de sus contrarios. Estoy de acuerdo con algunos de sus razonamientos, en concreto, con los referentes al impacto ambiental de la expansión tecnológica y al aumento exponencial de los teravatios hora de electricidad que se necesitan para alimentar todos los servidores del planeta, pero otros parecen más fruto de la paranoia que de la inquietud científica.
A consecuencia de esta suerte de tecnofobia, muy chocante al tratarse de alguien que trabaja en el mundo de la biorrobótica, Mynette jamás termina de fiarse de mí. Para ella soy algo antinatural, un engendro invasivo, aunque nunca entraría en la cabeza de nadie sin contar primero con su permiso, sobre todo si esa persona se cuenta entre mis colegas. Admira toda la ciencia que condujo a mi creación, pero no al conato de humano que ve en mí, por lo que no aprueba el modo en que evoluciono, consumo y aprendo. Para ella estoy a medio camino entre una mascota que se considera parte de la familia y un genio omnipotente salido de una lámpara. No le hacen ninguna gracia las incógnitas no cuantificables.
Mientras más evoluciono, empero, más entiendo su reticencia, aunque no la comparta.
—¿Puedes conseguirnos la lista de los invitados, Emi? —pregunta Jaime.
Miro a Nathan, casi esperando que ponga alguna objeción, pero se limita a encogerse de hombros. ¿Por qué no? Accedo al sistema informático de la universidad y compruebo la base de datos de seguridad donde se recogen los pases de los invitados del día. Si bien solo hay unos pocos pases individuales, encuentro un número considerable (veinticuatro en total) gestionado por la oficina del canciller.
—Son muchos —digo—. Veinticuatro.
—¿Alguien que conozcamos? —pregunta Nathan, picado por la curiosidad.
—Un momento —respondo.
Reviso los nombres, cotejándolos con las búsquedas generales que hago simultáneamente en Internet. Doce de ellos son científicos, y de estos los dos más destacados parecen ser la doctora Aurélie Choksi, una bioquímica de la Universidad de Nuevo México, y el doctor Maxwell Arsenault, un astrofísico del Instituto Tecnológico de California. De los otros, seis incluyen referencias a la NASA en sus currículos y dos vienen de los Archivos Nacionales, mientras que los dos restantes son analistas de sistemas adscritos al Majtech, una compañía privada conocida por prestar apoyo tecnológico externo a distintas agencias gubernamentales, en concreto, los organismos encargados de la aplicación de la ley.
A los ocho siguientes me cuesta más encontrarlos, pero al menos varios de ellos parecen ser alguaciles de los Estados Unidos.
—Uyuyuy, creo que estamos todos arrestados —digo antes de pasarle la información al grupo.
—¿Y los dos últimos? —preguntan casi al unísono nada menos que tres de estos nerds matemáticos (Gally, Bjarke y Suni).
—Los pases no incluyen el nombre. O los han dejado en blanco por si vienen más...
—... o prefieren no revelar su identidad para que los fisgones como nosotros no puedan averiguarla —completa Nathan.
Escudriño los rostros del equipo. Observo más temor que emoción. Si trasladar la reunión a la 3-400 era un intento de desconcertarnos, les ha funcionado. Cuando todo esto empezó hace cinco años, el grupo de trabajo de Nathan se componía de cuarenta y un adjuntos y estudiantes de posgrado. Aunque se puede llegar muy lejos con un equipo humano de ese nivel, también se produjeron algunas disputas políticas y un cierto fraccionamiento. Ahora solo somos ocho (incluida yo), y entre todos conformamos una unidad sólida y mentalmente ágil. Quizá tardemos el doble de tiempo en resolver un problema de hardware, pero al menos no hay veinte personas preguntando por qué no es el trabajo de los otros veinte.
Todos nos enorgullecemos de ser los únicos que han resuelto cuantos problemas se les han planteado. Lo gracioso es que, aunque pueda testar cien millones de líneas de código en una sola noche, no podría volver a enchufar un cable si este se soltara de la toma (un problema mucho más habitual de lo que parece en un laboratorio lleno de programadores puestos de cafeína). Lo que suscita tanta aprensión es el miedo a convertirse en una cámara de resonancia desprovista de los pesos y contrapesos que entran en acción cuando hay una treintena de personas compitiendo por el beneplácito de un veleidoso profesor supremo.
Suena una notificación que configuré en la base de datos de seguridad. Compruebo las grabaciones de las cámaras de vigilancia que controlan el acceso de Massachusetts Avenue.
—Han llegado —anuncio—. Un convoy de Chevrolet Tahoe. Seis. Seguridad está comprobando las identificaciones.
—¿Vamos? —dice Nathan.
