Emociones básicas - Diego Brett - E-Book

Emociones básicas E-Book

Diego Brett

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Beschreibung

Emociones básicas es una colección de relatos en la que se mezclan historias de extensión cercana a la novela corta con otras que casi podrían definirse como microcuentos. En ellas, Diego Brett nos muestra personajes afectados por una fuerte carga emocional que deambulan por las autopistas de la vida sin un rumbo determinado y a merced de los impetuosos e imprevistos volantazos del azar. Con un estilo elegante y conciso en el que resuenan ecos de Bolaño o Modiano, nos desgrana, entre otras, la vida de un cocinero que se adentra en una clandestina red de restaurantes de lujo o la del abuelo que le describe a su nieto la tumultuosa relación que mantuvo con una de sus profesoras en la Universidad, pasando situaciones en los que cualquiera pudiéramos vernos reflejados.

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Seitenzahl: 162

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Emociones básicas es una colección de relatos en la que se mezclan historias de extensión cercana a la novela corta con otras que casi podrían definirse como microcuentos. En ellas, Diego Brett nos muestra personajes afectados por una fuerte carga emocional que deambulan por las autopistas de la vida sin un rumbo determinado y a merced de los impetuosos e imprevistos volantazos del azar. Con un estilo elegante y conciso en el que resuenan ecos de Bolaño o Modiano, nos desgrana, entre otras, la vida de un cocinero que se adentra en una clandestina red de restaurantes de lujo o la del abuelo que le describe a su nieto la tumultuosa relación que mantuvo con una de sus profesoras en la Universidad, pasando situaciones en los que cualquiera pudiéramos vernos reflejados.

Emociones básicas

Diego Brett

www.edicionesoblicuas.com

Emociones básicas

© 2022, Diego Brett

© 2022, Ediciones Oblicuas

EDITORES DEL DESASTRE, S.L.

c/ Lluís Companys nº 3, 3º 2ª

08870 Sitges (Barcelona)

[email protected]

ISBN edición ebook: 978-84-18397-78-3

ISBN edición papel: 978-84-18397-77-6

Edición: 2022

Diseño y maquetación: Dondesea, servicios editoriales

Ilustración de cubierta: Héctor Gomila

Queda prohibida la reproducción total o parcial de cualquier parte de este libro, incluido el diseño de la cubierta, así como su almacenamiento, transmisión o tratamiento por ningún medio, sea electrónico, mecánico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin el permiso previo por escrito de EDITORES DEL DESASTRE, S.L.

www.edicionesoblicuas.com

Contenido

Agradecimientos

Yerba Mala

El ingrediente

La ramita mágica

La justicia

El destino

La venganza

La invasora

La soledad

Ingenuidad

El descuido

El error

El perdón

El autor

Agradecimientos

Puede parecer trillado —aunque los caminos recorridos infinidad de veces lo son por haber probado su importancia a través de los tiempos— pero quiero agradecer a mis padres, sin quienes mi vida no hubiese sido posible, en toda la extensión del significado.

A mis maestros, quienes plantan esos pilares imprescindibles sobre los que se erige todo desempeño profesional en la vida.

Y, finalmente, a mi familia y amigos que tuvieron la paciencia de leer las historias incipientes y contribuyeron a mejorarlas con sus críticas y comentarios.

Yerba Mala

Árbol, calle, acera, blanco, negro, rojo, niño, ruido, música, taza, un aroma conocido, agradable…

El destino es una cosa incierta, no porque esté negando la predestinación, sino porque nunca sabemos lo que pasará a largo plazo. Siempre te sorprende.

Un cuerpo siente la urgencia de otro que a su vez lo corresponde. Una gota delata una pasión añeja y no consumada, dormida y olvidada, pero viva y resguardada.

Alguien dijo mi nombre y volteé para quedar frente a esos ojos claros de hace tantos años. El pelo más corto, con esas vetas doradas que después de cierta edad uno nunca termina de saber si son para «suavizar las facciones», como ellas dicen, o para disimular las canas. Más delgadas las mejillas, más prominentes los pómulos, y la boca, tan perfecta como hace dieciocho años. Más madura, menos tierna, más armónica, menos inocente, más sofisticada, igual de hermosa…

Tal vez lo que más me sorprendió de encontrarla ahí no fue que no perteneciera ni a ese ambiente ni a ese país, no era ese aire mundano que contrastaba con mis recuerdos de juventud; pudo haber sido la extraña mezcla de alegría, insinuación y distancia que se delataba en sus ojos al verme, pero tampoco era eso. En realidad, lo que me sorprendió fue una emoción que surgió en mí de forma autónoma, avasallante, violenta y repentina, dejándome apenas tiempo para dominarme y proyectar una imagen casi sobria al saludar: «Gabriela, ¡tanto tiempo!».

Los dedos buscando bajo la tela y el temblor de la piel en la penumbra como la tierra que presiente la llegada de una ola del mar.

Hay momentos que parecieran haber sido creados por la confabulación de fuerzas superiores para encauzar o destruir definitivamente la vida de los mortales. Creo que el destino o Cupido o Hades o todos juntos nos llevaron de la mano y, sin buscarlo, coincidimos entre tanta gente, ella sin su pareja y yo sin la mía. Un salón hasta hace minutos repleto, de pronto, sin explicación, estaba vacío excepto por un par de parejas anónimas y el muro virtual e infranqueable entre ella y yo. Comenzó entonces esa canción de nuestra época, de nuestros primeros encuentros y nuestros primeros besos, de nuestro amor… Nuestra canción.

Amparada por la media luz y el alcohol se abría una puerta que nos invitaba a adentrarnos en el pasado sin que ello pareciera tener consecuencias en este presente, sino en algún futuro alterno aún sin perfilar.

—¿Bailamos?

Solo el sonido de la ropa posándose en el suelo y la respiración ronca y profunda cruzaban la habitación oscura y se reproducían en eco hasta saturarlo todo.

Entonces, después de tanto tiempo, hablamos del amor a los veintitantos.

—¡Éramos unos muchachos!

—¡Eras tan romántico! ¿Cómo no me iba a enamorar? Cuando te fuiste lloraba todas las tardes —me dijo con un tono de tristeza y un reproche encubierto que solo las mujeres saben usar con esa maestría—. Incluso cuando no supe más de ti deseé que ojalá te encontraras a alguien que te quisiera, al menos, la mitad de lo que yo te quería —asestó graciosamente.

Por cruel o por verídico, el recuerdo del amor me dolió tanto que sentí una presión ensordecedora en el pecho y mi propia saliva me sabía amarga mientras los flashes del pasado arremetían contra mi memoria sin clemencia ni tregua: su pequeño pueblo, mi minúsculo apartamento de ingeniero recién graduado, las fiestas con los amigos, su cuerpo en mi cama al final del día y la despedida de madrugada para irse a su casa.

En ese tiempo, a esa edad, las cosas importantes de la vida parecen ser otras. Ella, única hija de la familia más adinerada del pueblo, consentida e ingenua. José Luis, su pretendiente narizón de toda la vida. Sus familias se entendían y, al parecer, su matrimonio era prácticamente un hecho en el momento en que él obtuviera ese cargo que quería, al cual yo también optaba. Sin embargo, él no contaba conmigo.

Ella se enamoró de mí como nadie. Fueron meses de idilio y ensueño, con una intensidad que solo la juventud permite y una entrega que únicamente la ingenuidad y la inexperiencia amparan. No hacía más que pensar en ella y el resto se volvió accesorio en mi vida, hasta las cosas más importantes. No obstante, yo no contaba con él.

José Luis obtuvo el cargo que ambos queríamos y mi contrato quedó sin efecto. Derrotado, decidí continuar mis estudios de postgrado en el extranjero, con la promesa de volver a buscarla y ofrecerle un mejor futuro. Me fui con sus lágrimas en mi camisa, una carta perfumada que olía cada cinco minutos, y una determinación capaz de conquistar al mundo. Pero la vida de inmigrante no era tan fácil como yo pensaba. Corrió el tiempo y nuestras comunicaciones se hicieron menos frecuentes. Me concentré en «salir adelante» y un día, por alguna razón —más bien excusa— que ya no recuerdo, dejamos de hablar. Años más tarde volví a mi país y, por conocidos en común, me enteré de que se había casado con José Luis. ¡Segunda vez que el narizón me ganaba el trabajo! Yo seguí con mi vida y ella, sin duda alguna, hizo lo mismo.

El espacio entre los cuerpos desaparece y se concreta el abrazo más perfecto que el ser humano conoce.

Terminada la canción nos dirigimos al bar, otro trago, otro recuerdo.

—Realmente, reconozco que siempre te recuerdo con cariño. Siempre te consideré un «noviecito especial» —dejó deslizar con un tono entre tierno e hiriente, restándole importancia al que yo había considerado como «el amor de mi vida», golpeándome como con un guante de boxeo, con toda su fuerza, pero sin marcas—. Y siempre que te encuentro me siento contenta de verte, como aquella vez que coincidimos en el congreso en Madrid, ¿te acuerdas?

—Claro. ¿Cómo no me voy a acordar?… Conversamos toda la noche…, hasta llegué a pensar que te habías quedado un día más por mí —dije, buscando una reacción que me devolviera toda una vida que no había vivido—. Me sentí tan cómodo contigo…, por un momento creí que todavía quedaba algo de lo nuestro, hasta que aquel mesonero te llamó y no te volví a ver, hasta ahora. Después me sentí un bobo por haber pensado que …

—No te equivocabas. Aún lamento haberme ido —dijo con la mirada fija en el infinito—. Hay cosas que no he dejado de sentir…

De golpe, conseguí el valor en su mirada. Y el beso se hizo apremiante como el aire. Y me convertí en conquistador al tiempo que me dejé invadir. Ese beso, dulce y alarmante, viejo y desconocido, irremediable y peligroso, nos marcó después de tantos años.

Al fin, arrullado por la melodía de gemidos, llegó desmesurado el abandono total, se nublaron los sentidos y, por segundos, fue el abrazo una fusión.

Es incierto el destino que nos separa, nos une y nos separa sin avisar. Es caprichoso, no por actuar sin razón, sino por inoportuno. Es incierto.

Fue maravilloso cada momento junto a ella, el punto de coincidencia entre los recuerdos, el «hace tantos años» y la magia de conocer a una persona nueva. Ese capullo del cual solo pude sospechar su fragancia era ahora una rosa.

Nuestros encuentros estaban llenos del placer morboso que provoca hacer algo prohibido y secreto pero que, paradójicamente, sentíamos como correcto. Aun así, nunca tuvimos el valor de dejarlo todo para comenzar algo que los demás hubiesen llamado «serio». Ni siquiera tuvimos el valor de admitirlo entre los amigos más íntimos. Si no hubiese sido porque existíamos en las fotos de antaño, bien habríamos podido ser un producto de la imaginación de cada uno. Cada cierto tiempo, le robábamos una tarde al mundo que, literalmente, no existía en los anales de la historia. Una tarde sin explicaciones ni registros, una tarde de pagos en efectivo y nombres falsos. Una tarde en que no éramos nosotros mismos o, por el contrario, nos dábamos permiso de ser quienes realmente éramos. Una tarde de la cual solo quedaba otro tatuaje en la memoria y un sentimiento que se negaba a morir.

El cansancio fue vencido por el deseo y las ansias de recuperar el tiempo perdido; el mar vuelve a la arena.

Nunca nos exigimos nada porque nunca se nos ocurría necesitar más de lo que recibíamos uno del otro. Tal vez eso, o cierta oculta precognición de un próximo encuentro, fue lo que hizo que nuestras despedidas fueran tan «felices». Porque siempre algún compromiso previo o circunstancias imprevistas o algún cambio de decisión, siempre menudencias, como su matrimonio o el mío, hubo de mantenernos, si bien no totalmente alejados, sí separados. Siempre hubo, mientras duró, una excusa para vernos y una razón, distancia o tiempo, desidia o prioridades, esto o aquello, para separarnos.

Llegó entonces ese 23 de mayo, sin que yo lo intuyera, sin mayores pretensiones, sin compasiones ni llantos dramáticos, sin prisas.

—No podemos vernos más —dijo con una voz que no parecía la de ella. Más que su frase, la falta de expresión en su cara me dejó perplejo. No entendí nada. Luego, como si el espíritu maligno que pronunció las palabras hubiese abandonado su cuerpo, me besó con ternura, con pasión, con el amor más pleno que he sentido en mi vida. Nos besamos con un abandono estupefaciente, con una entrega de enfermedad terminal, en una fusión de almas desahuciadas, con un dolor de médula en un amor condenado a la soledad en compañía, con un beso de parto a una nueva vida juntos y muerte neonatal, con una emoción de luz al final del túnel y una oscura desesperanza de deseos inconclusos. Nos besamos con las bocas gigantes que eran nuestros cuerpos, y después, sin más explicación, sin mayores gestos, caminó descalza hasta la puerta donde encontró los tacones que juntó tres veces para regresar a su realidad en otro mundo, en otro planeta.

Los cuerpos se separan, los abrazos se rompen y toda energía siempre se transforma y se escurre como el agua entre los dedos. Después de la marea llega la resaca.

Es incierto el destino, no por abolir las predicciones, sino por obligarnos a romper nuestras propias promesas.

Quizás por respeto, por rabia, por cobardía, por dolor, por conveniencia, por sensatez, por orgullo, por ciego o por cuerdo, nunca volví a llamarla. Probablemente, el peso de los años, las responsabilidades, los principios, las raíces que he echado, tantas cosas, me han hecho jurar secretamente impedir que ocurra una próxima vez. Pero tal vez este sea un llamado más antiguo que nosotros mismos y, aunque la casa cambie de decoración, sus bases son siempre las mismas. Porque de otro modo… ¿Qué me hace estar aquí en este café extraño respondiendo su llamada y preguntándome si este encuentro será otra de nuestras historias o será acaso el encuentro definitivo, si es que eso existe? ¿Vendrá?

Moccachino, no niño no quiero flores, billete, mesa, silla, pasillo, escalera, ella…

El ingrediente

Hay muchos tipos de arte, pero, sin duda, el arte primigenio del ser humano es la cocina. Es ahí donde se reúnen todas las percepciones y las vivencias indelebles que nos remueven las fibras más sensibles. La degustación concentra en un único instante toda nuestra conciencia del mundo exterior y, cuando la ocasión lo amerita y el plato lo permite, estampa una huella perpetua en un tipo de memoria que va mucho más allá de la simple visualización de una escena y con mucha más fuerza de lo que cualquiera de los sentidos puede evocar por sí solo. Ese olor conocido que nos transporta a esa mesa, el color del ambiente que nos dilata las pupilas sin la intervención de luz alguna, esa canción de fondo que se diluye entre nuestras emociones y el frío que contrasta con la calidez del momento están todos guardados en un simple bocado, en una dimensión lejana que no podemos penetrar sino a través del arte primordial: la cocina.

I

Cuando salí de mi pueblo para ser chef lo hice por la convicción instintiva de que yo estaba destinado a hacer algo más grande de lo que mi terruño podía ofrecer para ese entonces. Por eso y, también, para alejarme de mi padre. Aunque ahora agradezco la mano dura que puso en mi crianza —militar al fin—, a veces me pareció un poco excesivo y cruel el castigo acostumbrado de amarrarme a la rama del guayacán y darme correazos en la espalda. Bueno, finalmente eso acabó el día en que me convencí de que yo tenía la razón en la discusión y decidí no gritar por los azotes en señal de protesta. Tenía catorce años, recuerdo. Mi papá me encontró destazando un conejo que capturé con una trampa-jaula en el monte. Él creyó que yo lo hacía por morbo o por sadismo, pero la verdad es que para esa época ya me apasionaba la cocina, y lo del conejo era pura investigación científica: yo necesitaba entender la anatomía del ingrediente para aprovechar las mejores partes con el fin de crear el plato perfecto. En ese momento no lo sabía, pero yo no quería ser solo chef, yo estaba buscando perfeccionar «mi arte».

«¡Carajito e´mierda!, ¿no ves que ese conejo todavía está vivo?», me gritó mientras me agarraba por el cuello y me llevaba a empujones hasta el árbol del castigo. No tuve tiempo de explicarle que yo necesitaba saber si a los conejos y a las langostas les pasaba lo mismo, que había que cocinarlos vivos porque si no su carne se agriaba. Ya me había pasado con el conejo de la semana pasada, quedó incomestible y lo tuve que botar. Vale la pena decir que por ese entonces todo lo que sabía de cocinar lo había aprendido de ver a mi abuela entre el patio y el fogón preparando todos los días la comida que le llegaba. A veces chivo, a veces cochino, a veces pescado, pocas veces langosta pero venía, para esa época la langosta no era conocida como una exquisitez como lo es ahora y los camarones solo se usaban de carnada. No fue sino después de la llegada de los italianos que en mi pueblo supimos que eso tenía algún valor. Cada ingrediente era un mundo, cada uno con sus mil formas de arreglarlos y prepararlos. El chivo era muy flaco para sacar bistecs y muy duro para asar, así que generalmente se guisaba, unas veces con orégano, otras en coco, otras con onoto, al tarcarí, etc., para asar era mejor el ovejo, más tierno y grasoso. El cochino daba para más, pero no me gustaba mucho cuando lo mataban y destajaban en la casa, era muy hediondo cuando lo abrían y las vísceras caían al suelo. Pero no se puede negar que era un manjar: le salía lomo, pernil, chuletas, tocineta, chicharrón, de todo salía. Hasta la cabeza se hervía para luego prepararlo en una especie de vinagreta que por allá se llama «celcer» (o como se escriba). El pescado tenía tantas variedades que uno podía pasar quince días comiendo cien especies distintas de cien formas diferentes: boronilla, rueda, sudado, asado, guisado, escabeche, ceviche, filete, churrasco, frito… Pero de todos los ingredientes, el que mejor recuerdo es la langosta. Había que echarla viva en una olla de agua salada hirviendo y, cuando caían, uno las oía gritar con un chillido muy agudo que, según aprendí años después, la gente mayor no era capaz de distinguir porque el oído va perdiendo la capacidad de captar las frecuencias muy altas con la edad, así que el único que las oía era yo. A veces estaba por ahí distraído y me acercaba a mirar a la cocina solo porque oía las langostas chillar a la distancia.

Como mi mamá murió cuando yo nací, prácticamente me crio mi abuela. Ella decía que tal vez porque nunca tomé teta fue que aprendí a hablar tan tarde. Yo no hablaba, pero recuerdo todo lo que los demás decían. Me acuerdo de cómo mi papá le decía en tono de burla: «Carajito no es gente hasta que no aprende a hablar, mientras tanto es un perrito que o hace caso o lleva coñazo», y coronaba su afirmación con una risa sardónica que brotaba desde una especie de amargura o resentimiento que nunca supe definir —la verdad es que nunca fui bueno interpretando ni las intenciones ni los sentimientos de los demás. Más aún, nunca me interesó—. Mi papá se la pasaba de viaje por el trabajo, pero cuando mi abuela murió también —tenía yo como trece años— mi papá regresó para vivir conmigo y era yo quien se tenía que ocupar de las tareas del hogar. Limpiar y lavar uniformes me fastidiaba enormemente, pero entrar a la cocina tenía cierta magia que para ese momento ni yo sabía explicar ni me parecía relevante; lo verdaderamente importante era vivir ese tiempo que me abstraía del resto del mundo. Todo lo demás me era completamente indiferente. Quizá esa indiferencia para con todo fue lo que hizo tan fácil mi partida. Aun cuando sabía que mi papá estaba enfermo, en cuanto cumplí los dieciocho decidí que era tiempo de irme a buscar mi destino.

II