Emociones turbulentas - Jill Sorenson - E-Book
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Emociones turbulentas E-Book

Jill Sorenson

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Beschreibung

¿Problemas en el paraíso? Una reserva de fauna exótica era un sueño hecho realidad para la bióloga Daniela Flores, hasta que descubrió que su exmarido era el jefe del equipo de investigación. Sean Carmichael había ido a las remotas Islas Farallón a estudiar tiburones asesinos, pero un verdadero asesino andaba suelto amenazando a la mujer a la que nunca había dejado de querer. Y ahora sabía que debía protegerla. Abandonados a su suerte durante una letal tormenta, Sean juró ir al infierno y volver para salvar a Daniela… y para tener la oportunidad de comenzar de nuevo.

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Seitenzahl: 210

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2011 Jill Sorenson. Todos los derechos reservados.

EMOCIONES TURBULENTAS, Nº 1938 - mayo 2012

Título original: Stranded with Her Ex

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Julia son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-0134-9

Editor responsable: Luis Pugni

Imagen de cubierta: LUNAMARINA/DREAMSTIME.COM

ePub: Publidisa

Capítulo 1

DANIELA Flores se aferró a la fría y húmeda baranda de aluminio. Sin apartar la mirada del horizonte y con los pies bien firmes sobre la cubierta, respiró hondo varias veces.

No estaba mareada; había estado en barcos más pequeños y en aguas mucho más movidas que esas más veces de las que podía recordar. La Bahía de San Francisco no era famosa por ser fácil de navegar, y muchos de los otros pasajeros estaban encontrándose mal, pero el malestar de Daniela no tenía nada que ver con una embarcación que no dejaba de sacudirse, con una superficie inestable, ni con un rocío constante de fresca agua salada.

Su dolencia era más mental que física. Desde el accidente, detestaba los espacios confinados.

Al otro lado del abarrotado camarote, más allá de los lívidos excursionistas y robustos marineros, el mar abierto parecía llamarla, burlándose de ella con su infinita extensión. Aunque una embarcación de ese tamaño no era como la estrecha cabina de un coche, tampoco ofrecía una conveniente ruta de escape.

El agua estaba a diez grados, pero ella prefería las azules olas de San Diego, la ciudad en la que vivía, donde las temperaturas del océano rondaban unos agradables veinte grados. O las del sur de México, donde nació y donde el mar era tan cálido como una calurosa noche de verano.

Ahí, el agua fría no era, si quiera, el mayor obstáculo para los nadadores. Su destino, a cuarenta y tres kilómetros de la costa de San Francisco, era un lugar rara vez visitado llamado islas Farallon, una infame fuente de alimentación para el gran tiburón blanco.

El capitán dijo por el interfono:

—Los Dientes del Diablo, a un paso de la muerte.

Los Farallones se habían ganado ese apodo cien años atrás por parte de los pescadores y de los colectores de huevos que arriesgaban sus vidas para ganarse el pan a duras penas. Sin muelle, los rocosos peñascos eran inhóspitos en extremo, elevándose del mar en un revoltillo de bordes afilados y dentados. Aunque rebosante de vida animal, con cada recoveco y grietas llenos de aves, focas y leones marinos, la superficie estaba falta de verdor.

Durante la primavera, las islas estaban enyerbadas y frondosas, moteadas con pequeños arbustos y salpicadas de flores silvestres. Ahora, a finales de septiembre, el granito rociado de sal estaba perceptiblemente desnudo.

Daniela vio ese lugar dejado de la mano de Dios materializarse ante ella con una mezcla de temor y expectación. En ese día frío y gris, las islas estaban cubiertas de niebla y revestidas de misterio, pero aun así, pudo distinguir el cuerpo marrón claro de un león marino Steller, el objeto de su proyecto de investigación. El animal estaba tumbado cerca del borde de un acantilado, como un rey dominando su reino.

A Daniela comenzó a latirle el corazón de emoción. Los Farallones eran el sueño hecho realidad de todo investigador de la fauna salvaje y, por eso, debería dejar de lado su fobia y disfrutar. Seis semanas de estudio ininterrumpido era algo casi imposible de conseguir y llevaba cerca de un año esperando esa oportunidad única.

Siempre que se sintiera acorralada o agobiada, podía hacer sus ejercicios de respiración. Se mantendría centrada en el presente, en lugar de dejar que el trauma del pasado la abrumara, le nublara la vista y la dejara sin aire en los pulmones. Mantendría los ojos bien puestos en el horizonte y los pies en el suelo.

Según se acercaban a Southeast Farallon, la isla principal, se fijó en una única casa. Era un lugar grande y destartalado construido hacía un siglo para los fareros y sus familias. La vieja edificación victoriana se erguía lúgubre y solitaria sobre la única zona de terreno llano desentonando; como una gasolinera en mitad de la Luna.

—Dicen que está encantada.

La voz del grumete la sobresaltó y arrastró la mirada desde la casa pintada de blanco hasta el rostro del hombre.

—¿Toda la isla?

—No —respondió él con una sonrisa—. Solo la casa.

Daniela miró la sencilla estructura sin florituras. Era lo menos intimidatorio de toda la isla y ella, al igual que la mayoría de los científicos, no creía en los fantasmas. De hacerlo, también habría creído en la vida después de la muerte, pero la fe era un consuelo que se le había negado en sus peores momentos y no iba a empezar a ser supersticiosa ahora.

—Me preocupan más los tiburones —admitió.

El grumete giró la cara hacia la orilla y farfulló:

—Ya vienen a por usted.

Ella vio dos figuras oscuras caminando por un lateral del acantilado, a varios metros de la casa. Sin un muelle, poner pie en la isla era un proceso algo dificultoso y los biólogos tenían acceso a un estropeado y viejo ballenero izado sobre el agua por una formidable grúa.

A unos cinco metros, el barco se veía más pequeño que un gran tiburón blanco.

Mientras lo observaba, una de las figuras subió a bordo del ballenero y al momento el barco se puso en marcha para recogerla.

—No te asustes —susurró para sí.

El hombre que conducía la embarcación se detuvo junto al barco y apagó el motor mientras, sonriente, saludaba a un miembro de la tripulación.

Cuando se levantó y le arrojó al grumete una cuerda para amarrar el ballenero, ella lo observó con clara curiosidad. Tenía las piernas cubiertas por unos pantalones oscuros impermeables y unas botas de goma que le llegaban a la altura de las rodillas, igual que las de ella. A diferencia de su inmaculado y recién comprado atuendo, la ropa de él estaba desgastada y llena de manchas. Tenía la cazadora salpicada de lo que parecían excrementos de pájaro y el rostro ensombrecido por una barba de varios días.

—¿Habéis visto algún tiburón hoy? —preguntó el grumete.

El hombre sonrió.

—El día aún no ha terminado.

A juzgar por su hermoso rostro, Daniela supuso que se trataba de Jason Ruiz, el oceanógrafo filipino con el que había estado comunicándose por email. Había visto una foto borrosa de él en una ocasión y estaba claro que no le había hecho justicia.

El grumete arrojó la bolsa de Daniela en dirección al hombre que, después de atraparla al vuelo, la señaló a ella diciendo:

—Lánzamela. Estoy listo.

Los ojos del grumete estaban llenos de diversión.

—Preferiría no… —comenzó a decir Daniela dando un paso atrás.

—Solo estamos bromeando —dijo Jason dándole un golpecito al asiento de aluminio que tenía al lado—. Salta aquí.

Ella se humedeció los labios midiendo la distancia entre los dos barcos. La distancia no llegaba al medio metro, pero la caída sería profunda y, aunque el ballenero estaba amarrado, no dejaba de ser un blanco en movimiento.

Se le encogió el estómago al ver cómo se sacudía la embarcación.

—¿Que salte?

—Sí. E intenta no rozar el agua. Que no hayamos visto tiburones no significa que no estén por aquí.

El grumete se rio como si fuera una broma, pero no lo era. En esa época del año, los tiburones estaban allí, de eso no había duda. Llegaban a los Farallones cada otoño para alimentarse de toda una variedad de focas y leones marinos.

Daniela miró la superficie del agua y se sintió mareada.

La habían puesto al corriente de la situación del barco, claro, pero leer una descripción detallando los pasos requeridos para acceder a la isla era distinto a tener que pasar por ello. Saltar de un barco grande a una barca de aluminio en medio de unas aguas infestadas de tiburones era una locura. Un movimiento en falso, un mínimo error y…

Jason sonrió al grumete.

—Lánzamela, Jackie. No puede pesar mucho más que esa bolsa.

—¡No! —protestó ella dando un paso adelante. Estaba muy segura de que estaban bromeando otra vez, pero tampoco quería darse tiempo para pensárselo. Acobardarse antes de haber, si quiera, comenzado no era una opción.

Respiró hondo, agarró la mano que Jason estaba tendiéndole y saltó por el corto, pero aterrador, precipicio.

No cayó al agua, ni tampoco en el asiento de aluminio. Chocó contra Jason Ruiz y a punto estuvo de hacerlos caer a los dos, pero él la sujetó hasta que la barca dejó de sacudirse.

Daniela se aferró a él. Hacía mucho tiempo que no estaba tan cerca de un hombre y resultaba agradable. Extraño, pero agradable. Era mucho más alto y fuerte. Podía sentir los músculos de sus brazos y la esbeltez de su torso contra sus pechos. Y, además, olía bien: a mar y a hombre.

Pero, mientras registraba esas sensaciones, no dejaba de pensar «no es Sean».

—Lo siento —le dijo aclarándose la voz.

—No pasa nada —murmuró él antes de soltarla—. Nunca me canso de que mujeres bellas se me echen encima. Lo único que me gustaría es haberme duchado antes —esbozó una media sonrisa—. Hay escasez de agua caliente en la isla y todos apestamos un poco.

—No hueles mal —dijo ella sin poder evitar reírse.

—¿En serio? Pues yo creía que olía a caca de pájaro mezclada con sudor.

—A caca de pájaro, tal vez.

—Soy Jason.

—Daniela —respondió estrechándole la mano. Y así, tan pronto como había llegado, la tensión sexual se desvaneció entre ellos. Él seguía sonriéndole y ella le sonrió a él, incapaz de negar su considerable atractivo a pesar de que su mutua admiración carecía de intensidad.

Con su encanto y su hermoso rostro, probablemente tenía mucho éxito con las mujeres y ella ya había conocido a hombres así antes. Su exmarido, por ejemplo. Las mujeres siempre habían caído a los pies de Sean y él no había hecho mucho por desalentarlas.

—¿Preparada?

Ella se sentó en el borde del asiento de aluminio, paralizada por su timidez. Durante los últimos dos años había estado prácticamente recluida, trabajando desde casa y en el centro de investigación a horas intempestivas. Se había relacionado con más hojas de cálculo que con animales y, por ello, ese viaje era un intento de recuperar su vida. Un regreso a sus raíces.

No había optado por estudiar Biología de la Conservación para pasar todo el tiempo encerrada.

Codearse con otros científicos, en su mayoría hombres, no era nada nuevo, pero hacía siglos que no se relacionaba con nadie. Por ello, estar tan cerca de un hombre guapo la aturdía más de lo que habría querido admitir… Y no podía dejar de compararlo con Sean.

Probablemente los dos se conocieran. No había tantos expertos en tiburones en el mundo, y mucho menos en la Costa Oeste, y Jason era de San Diego. Eran aproximadamente de la misma edad, aunque Sean sería algo mayor. Ambos eran altos, esbeltos e increíblemente guapos. Además, eran aventureros consumados y acérrimos ecologistas, que se sentían mucho más cómodos subidos a una tabla de surf que en una sala de juntas.

Viéndolos de cerca, Jason resultaba más guapo incluso, con sus oscuros ojos y su sensual boca, pero la rudeza de Sean siempre la había encandilado. Hacía alrededor de un año que no lo veía, pero aun así, él lograba monopolizar sus pensamientos.

Jason maniobró para colocar el ballenero bajo el brazo de la grúa, una tarea que requería concentración y destreza. Cuando encontró el lugar adecuado, se levantó y engarzó el enganche de metal al casco de la embarcación. Una vez estuvo enganchado, el ballenero se alzó en el aire y ese pequeño viaje no fue menos inquietante que el trayecto de dos horas a las islas o el salto que acababa de dar. Se agarró con fuerza al banco de aluminio y, cuando la barca estuvo en tierra, respiró aliviada y flexionó sus congeladas manos.

¡No podía creerse que estuviera allí! La isla Southeast Farallon era un lugar extraño, no había otro igual, y lo primero que la sorprendió fue el ruido. Era la naturaleza en caos. El sonido de las olas rompiendo y de los pájaros graznando reverberaban en sus oídos mientras el viento sacudía su ropa, como si un niño estuviera tirando de ella para llamar su atención.

Jason sonrió; estaba claro que en ese lugar se sentía como en casa.

—¡Gracias, Liz! —gritó.

La mujer que manejaba los mandos de la grúa vio a Jason ayudar a Daniela a salir de la barca y, una vez arriba, Daniela dio un paso al frente para presentarse.

—¿Liz? Soy Daniela Flores.

—Elizabeth Winters —respondió ella extendiendo una estilizada mano enfundada en un guante negro.

—Yo soy el único autorizado a llamarla Liz —le explicó Jason echándose su bolsa al hombro —. Porque somos amigos especiales.

Elizabeth lo miró como si fuera algo desagradable que se le había pegado a la suela del zapato. Daniel no sabía qué pensar de ella; era alta y esbelta, vestida con ropa impermeable de pies a cabeza, con un cortavientos azul grisáceo a juego con el color de sus ojos. Una trenza castaña rojiza le caía por encima de un hombro y tenía la fina piel de una pelirroja. Su rostro era pálido, moteado de pecas y encantador.

—Me contendré para no decir cómo te llamo yo a ti —dijo ella secamente.

Él se rio, encantado de haberla provocado, pero Elizabeth parecía enfadada. Tal vez era inmune a los hombres con encanto y, por eso, al instante Daniela decidió que esa mujer le caía bien.

—¿Qué tal va tu proyecto de conservación? —le preguntó mientras seguían a Jason hasta la casa—.

Me fascinó el estudio que publicaste hace poco sobre el cormorán de pluma negra.

Elizabeth se ruborizó.

—Gracias. Las islas atraen mucha atención por los tiburones —hizo un gesto mirando a las espaldas de Jason, como diciendo que él era el responsable de la notoriedad de los Farallones—. Muchos de los pájaros que hay aquí son únicos y necesitan protección, pero la mayoría del dinero recaudado se dirige a la investigación de los tiburones. A los inversores con los bolsillos profundos les encanta ver el agua roja y unos brillantes colmillos.

—Mira por dónde pisas —le recordó Jason girándose hacia ella y colocándole una mano en su estrecha cintura.

Ella se tensó ante su gesto.

—Estoy bien.

Asintiendo, Jason la soltó y siguió caminando.

Daniela subió la cuesta con cuidado, sintiendo las rocas desmoronarse y rodando bajo sus botas.

—¿Por dónde iba? —preguntó Elizabeth.

—Por unos brillantes colmillos —le respondió Daniela.

—Ah, sí. Los turistas también vienen a ver a los tiburones y barcos cargados de curiosos surcan estas aguas todos los fines de semana. ¡Esto debería ser un santuario de animales! El domingo pasado toda esa gente me estropeó la posibilidad de poder ver dos currucas de cresta azul aparearse…

Su voz se apagó de pronto, como si la hubieran desenchufado, cuando perdió el equilibrio. Enseguida, Jason la agarró por los brazos y la llevó contra él, salvándola de una mala caída por un lado del acantilado. Ella lo miró, apenas sin respiración.

—Como te he dicho antes —le dijo Jason soltándola—, mira por dónde pisas.

—Lo siento —respondió ella riéndose y mirando a Daniela, que iba detrás—. Suelo emocionarme demasiado hablando de mis causas.

—No te disculpes por ser apasionada —dijo Daniela, intrigada por el tema en cuestión, y mucho más por el jueguecito que se traían Jason y Elizabeth—. ¿Cuánto se acercan los turistas? —preguntó mirando la colina—. Creía que aquí las aguas eran demasiado traicioneras como para que hubiera barcas de recreo.

—Oh, y claro que lo son —respondió Jason—. Pero en la temporada de tiburones se hace inmersión con jaula y arrojan cebos al agua.

Daniela se quedó impresionada.

—¿Lo hacen cerca de las islas? —la práctica de arrojar cebos para tiburones, una mezcla de sangre y fragmentos de peces, no estaba bien vista por los científicos ya que modificaba el comportamiento habitual de los animales.

—Sí. No es ilegal.

Ella llegó a la base de la pendiente, donde el terreno era más estable.

—No puedo imaginarme metiéndome en el agua aquí. Ni siquiera con una jaula de acero protegiéndome.

—Eso lo hacen locos, gente que busca demasiadas emociones —dijo Jason guiñándole un ojo a Elizabeth. Estaba claro que su profesión como investigador de tiburones lo metía en esa categoría—. Daniela ha venido a observar al león marino Steller. Viene del Instituto Scripps de San Diego.

Elizabeth enarcó una ceja.

—Excelente. Es una organización buenísima.

—Sí —respondió Daniela, incapaz de contener la emoción—. Estamos recopilando los datos necesarios para mantener al Steller en la lista de animales en peligro.

Espero que mi trabajo aquí sirva de algo.

—Yo también —dijo Elizabeth con tono amable.

—Esta temporada tenemos un equipo fantástico —apuntó Jason cuando se acercaban a la puerta de la casa—. Brent Masterson está aquí grabando material para su documental. Taryn Evans es una de las internas más entusiastas que he conocido. Y aunque el doctor Fitzwilliam tuvo que echarse atrás en el último momento, su sustituto tiene un nombre que seguro reconocerás. Nos hemos traído hasta aquí al experto en tiburones más importante del hemisferio oeste…

En cuanto abrió la puerta, a Daniela le dio un vuelco el corazón porque, tras ella, estaba un hombre que, efectivamente, reconocía. El importante experto en tiburones tenía las manos puestas encima de una guapa rubia y se reían mientras intentaba echarla al suelo.

—… Sean Carmichael —terminó Jason, mirando al exmarido de Daniela con veneración, como si fuera su héroe.

Capítulo 2

AL instante, Sean se apartó de la chica y la pelota de fútbol por la que los dos habían estado forcejeando cayó a la alfombra. Sin dejar de reírse, la chica la recogió del suelo y se puso derecha, pasándose una mano por su larga y ondulada melena.

Inmediatamente, Daniela la odió.

—Soy Taryn —dijo la chica con una encantadora sonrisa.

—Daniela —murmuró estrechándole la mano sin muchas ganas. Se quedó pálida, fue como si le hubieran robado el espíritu y el viento de la isla lo hubiera arrastrado muy, muy, lejos.

¿Por qué estaba ahí Sean? Ella misma había comprobado que estaba en Baja California.

Un incómodo silencio marcado por el tictac de un reloj de pared pareció alargarse una eternidad. Jason los miró a los dos, asombrado por la tensión que se había creado.

—¿Os conocéis?

Sean fue el primero en reponerse del impacto. Él siempre había sido muy rápido en todo.

—Es mi exmujer —dijo con el mismo tono con el que habría dicho que eran colegas de profesión—. Hola, Daniela.

Aunque le supuso un gran esfuerzo, ella ladeó la cabeza a modo de saludo y le respondió:

—Sean.

Taryn se mordisqueó el labio inferior, como si estuviera preguntándose si la presencia de Daniela significaba que sus juegos y su diversión con Sean se habían acabado.

—¿Hay algún problema? —preguntó Jason.

—Sí —respondió Sean.

—No —dijo Daniela a la vez.

—¿No tendrá una orden de alojamiento contra ti ni nada de eso, no? —preguntó Jason.

Sean lo fulminó con la mirada al sentirse insultado con la sugerencia de que una mujer pudiera necesitar protección contra él.

—¡Por supuesto que no!

Aceptando la respuesta sin dudarlo, Jason miró a Daniela con compasión. Ella era una mediocre investigadora de focas y el hecho de que él fuera un importante experto en tiburones la convertía en la más dispensable de los dos.

Daniela captó esa mirada y se le cayó el alma a los pies. Sean era una súper estrella en ese campo y el hecho de tenerlo en el grupo era como una hazaña para Jason. Comparada con él, no era nadie. Así que a Jason le daría igual lo muy guapa que pudiera ser si Sean quería que la echaran.

—¿Podemos hablar fuera? —le preguntó ella.

—Claro —respondió él agarrando su cazadora. Antes de salir, miró a Taryn como lanzándole un mensaje secreto, íntimo, que dejó a Daniela asombrada.

Se alejó unos metros de la casa y se detuvo; ya que la isla estaba cubierta de puntiagudas rocas, gaviotas kamikaze y focas de más de dos mil kilos, no era lugar para dar un agradable paseo.

Por lo menos el viento haría que nadie pudiera oír su conversación; le sacudía el pelo en todas las direcciones y hacía que sus mechones rozaran bruscamente sus mejillas.

Ella miraba al horizonte mientras ponía en orden sus pensamientos: aunque no le gustaba depender de la misericordia de Sean, tendría que tragarse su orgullo y hacerse la simpática porque había mucho en juego en ese proyecto: su carrera, el bien de los animales… su tranquilidad mental, incluso.

En cierto modo, había ido allí a encontrarse a sí misma porque llevaba perdida mucho tiempo.

Pasar un tiempo en una isla desierta con su exmarido no sería fácil, pero era una superviviente, había pasado por cosas peores. Comparada con algunos de los otros desafíos a los que la había enfrentado la vida, la presencia de Sean allí era un contratiempo menor.

Habían estado casados más de cinco años, así que seguro que podían soportarse unas semanas.

—Tienes buen aspecto —le dijo él al cabo de un momento.

Sorprendida por el cumplido, ella se giró para mirarlo.

—Y llevas el pelo más largo —añadió—. Y se te ve… —bajó la mirada a sus pechos, imposibles de ocultar, ni siquiera bajo un recto cortavientos—. Más lozana… —susurró sonrojándose.

Si con eso había pretendido halagarla, le había salido mal. Después del accidente, ella se había cortado el pelo y durante el año siguiente había perdido mucho peso, hasta el punto de oír a Sean decirle a un amigo que le recordaba a un chico huesudo.

Un comentario imprudente, uno del que jamás habían hablado y que no se había repetido, pero que había dañado mucho su ya de por sí tirante relación. Lo último que necesitaba era que le recordara que le gustaban el pelo más largo y unas generosas curvas.

¡Cerdo sexista!

Él sí que estaba algo esquelético ahora, pero no se lo dijo, porque delgado o no, seguía siendo la imagen de la buena salud. Haber perdido unos kilos solo había hecho que sus hombros parecieran más anchos y su rostro más anguloso, y Daniela sabía que, bajo la ropa, seguiría teniendo unos maravillosos músculos cubiertos por una piel bronceada.

Cerdo guapísimo.

Él también llevaba el pelo más largo y se le ondulaba ligeramente a la altura del cuello, era como si no hubiera tenido tiempo de cortárselo, igual que hacía días que no se afeitaba. Aun así, ella sabía por experiencia, que su barba resultaría muy suave al tacto. Un cosquilleo le recorrió los dedos al recordar cómo era besar y acariciar su mandíbula y su boca.

Contuvo el absurdo anhelo de levantar una mano y tocarlo.

—Necesito esto —dijo en voz baja.

Sean sacudió la cabeza.

—Este no es tu sitio, Dani. Es demasiado duro, demasiado volátil. No estás… preparada.

—Eso no es justo. No me has visto desde…

—¿Cuándo fue la última vez que tuviste un ataque de ansiedad? —la interrumpió.

Ella se cruzó de brazos y miró al horizonte. «Respira », se recordó. «Respira».

—¿Hace un mes? ¿Una semana?

—Puedo con esto.

Él había presenciado sus peores ataques, así que no podía culparlo por estar preocupado, aunque sí que podía culparlo por haberla tratado como a una inválida y por haber pensado que era débil.

—Ahora soy más fuerte.

—¿Lo eres?

—¡Sí! ¿De verdad crees que esa adolescente con la que estabas jugando es más fuerte que yo? ¿Después de todo por lo que he pasado?

—Tiene veinticuatro años.

Daniela ardió de celos.

—¿A ella también la interrogaste así? ¿Te aseguraste de que estaba mentalmente sana?

—No tuve que hacerlo. Es muy… serena.

Daniela soltó una carcajada. Sean no podía haber dicho nada que le hubiera hecho más daño.

—Pues eso será perfecto para ti —dejó de lado el dolor de su traición y buscó las palabras adecuadas para convencerlo—. Llevo cerca de un año en la lista de espera, Sean. No me arrebates esta oportunidad porque tú te hayas presentado aquí por un capricho. Por favor.

—Ha habido un incidente.

—¿Qué clase de incidente?

—Alguien ha desollado una cría de foca.

—¿Cuándo? —le preguntó sintiendo como si le faltara el aire.

—Hace unos días. La encontramos en el lado norte.

Daniela no lo entendía.

—¡Es imposible! La isla es prácticamente inaccesible.

Él asintió, dándole la razón.

—Prácticamente.

—¿Quién haría algo así?

—Tal vez un pescador descontento, o algún miembro del equipo de inmersión con jaula. Últimamente las cosas están muy raras por aquí y no quiero que te topes con algún loco… —se quedó en silencio un momento, mirándola, y añadió—: No quiero que te hagan daño.

A ella se le hizo un nudo en la garganta pensando que prefería sus críticas a su ternura.