Empresa Zombie - Tapia Felipe - E-Book

Empresa Zombie E-Book

Tapia Felipe

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Beschreibung

Y de pronto, un apocalipsis zombie azotó la nación chilena. Pero, contrario a todas las expectativas que el género nos ha mostrado en narrativa, cine, videojuegos y videoclips de Michael Jackson, en lugar de tripas, heroísmo y disparos, fue un apocalipsis que penetró y deshizo todas nuestras amadas estructuras sociales, políticas, militares y económicas en pocos años. ¿Cómo pueden arreglárselas los pobres chilenos para sobrevivir en un país abandonado por sus instituciones, con un gobierno inoperante e inexistente?  Empresa Zombie procura darnos la respuesta, a través de diecisiete relatos encadenados para formar una sola historia que transcurre en un Chile violento y absurdo.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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Empresa Zombie

Felipe Tapia
Editorial Segismundo

Epígrafe

“Empresas que no tienen nada más que pérdidas”.
(Mónica Rincón, Tolerancia Cero, 2017)
“Las empresas zombi son definidas como entidades deficitarias o insolventes que normalmente colapsarían, pero siguen operando debido a la clemencia de los acreedores”.
(https://www.bbc.com/, 2017)
“Al igual que los zombis, míticos personajes de la ficción que regresan a la vida tras haber estado muertos, estas compañías tienen una deuda que se come todos sus beneficios y que, por tanto, las hace insostenibles. (…) Las empresas zombis están en un limbo continuo: no han muerto, pero tampoco son productivas. Aunque su efecto no se ha hecho sentir en la economía, esta situación las hace potencialmente perjudiciales para la recuperación económica y el panorama financiero en general”.
(https://www.obs—edu.com, 2017)

Vivos y libres

Me di cuenta de que no tenía mi tarjeta de débito cuando iba a pagar unos libros que deseaba comprar desde hacía rato. Les tenía echado el ojo y debí pasar por la vergüenza de confesar mi falta de dinero, y que me los guardaran para ir por ellos otro día. Le hice una ridícula reverencia al vendedor a modo de disculpa y me retiré empequeñecido de la librería. El empleado no pareció prestarme mucha atención, estaba hablando con un superior sobre algo que parecía inquietarles mucho. Un tipo de mi edad abandonó muy agitado la librería.

¿Dónde pude haberla perdido? ¿La dejé en la casa? Poco probable pues, de ser así, habría dejado la billetera completa. ¿Cuándo la usé por última vez? Pensaba que fue ayer, en el supermercado, pero, ¿con qué compré el almuerzo hoy? Ah, claro, pagué con efectivo que todavía me quedaba.

Miré mi billetera y aún conservaba unos billetes, pero no los suficientes como para subsistir. Quién lo hubiera dicho, en las últimas décadas nos acabamos volviendo dependientes del plástico.

Lo más lógico era llamar para bloquear la tarjeta, pero tardarían unos cinco días en darme una nueva. ¿Cómo subsistiría ese tiempo? Imaginé que pediría prestado hasta entonces. Pero, ¿y si llamaba para bloquear y al llegar a mi casa me encontraba con que efectivamente dejé mi tarjeta en la cama o se me cayó por ahí? Me quedaría sin poder usarla varios días por las puras; y eso sí sería un problema mayúsculo. Maldije a los estúpidos bancos que nos volvieron tan dependientes. Claro, ¿a quién maldecía? ¡Nadie me puso la pistola en el pecho para sacar una cuenta! Yo sólito me metí en el sistema.

No debí encerrarme tanto en mi trabajo. Pero tenía que entregar los informes cuanto antes, por esa razón me aislé en mi oficina, apagué mi celular y no hablé con nadie. Ni siquiera atendí las llamadas. Trabajé minuciosamente y pude entregar lo que me correspondía para la jornada, pero ninguno de mis superiores pareció interesado en los documentos. ¡Y eso que le puse todo el empeño! Pero estos tipos son así, nunca reconocen a sus subordinados. Con seguridad se quedarían con todo el crédito. Si algún día me convierto en jefe nunca trataría con indiferencia a quienes trabajen bajo mis órdenes.

Los jefes no sólo no parecían interesados en el informe, sino en el trabajo en general. Por motivos de fuerza mayor la jornada laboral finalizó tres horas antes y, cuando pregunté la causa, me miraron con cara de asombro, como si tuviese que estar enterado. De todas maneras, no tenía ganas de seguir indagando sobre el tema, por lo que me fui y aproveché de pasar a la librería. Pero me seguía encontrando con que todo el mundo se comportaba de manera muy extraña. ¿Habría pasado algo mientras me encontraba absorto en mi trabajo?

Decidí volver a mi casa rápido para corroborar el extravío. Tomé una locomoción que se dirigía cerca de Barrio Yungay. Al subir a la micro escuché la conversación de una señora, quien afirmaba que todo era culpa de los inmigrantes, con seguridad los haitianos. Un caballero con dientes de caballo la corrigió, desplazando la culpa a las precarias políticas de salud, pues los extranjeros no tenían la culpa de estar enfermos. No entendía de qué cresta estaban hablando. Imaginé que mis problemas debían ser ínfimos en comparación a los de otros. Me pareció raro, porque no eran ni las cuatro y el transporte público estaba repleto, las calles lucían congestionadas como si fueran las seis y media, haciéndome pensar que no fui el único en ser despachado temprano del trabajo.

Traté de investigar en Internet usando mi celular para ver si alguna noticia explicaba los inusuales movimientos de gente por las calles de Santiago. Pero no lograba captar nada de señal. Ya sería el colmo quedarme sin datos, o que las comunicaciones colapsaran por tantas personas usándolas en sus viajes de regreso a casa. Luego de varios intentos, desistí.

Cuando arribé a mi hogar vi que mis vecinos ya habían llegado, cosa poco común a estas horas. Por lo general sus luces se encendían pasadas las ocho. Puse patas arriba toda mi casa, pero no di con la dichosa tarjeta. Me resigné a que no me quedaba más remedio que llamar al banco.

Salí a la calle y escuché a los vecinos haciendo algo. ¿Se iban a ir de vacaciones? «Ojalá», pensé. Cuando se vive sin nada de compañía, que los vecinos se fueran era lo más parecido a quedarse solo en la casa. Esa sensación de libertad que no podía experimentar porque la vivía a diario. Los niños gritaban muy contentos: “¡No hay que ir a clases!” y la mamá les llamó la atención por algo. Me asomé para ver qué era lo que pasaba, y el padre, Roberto creo que se llamaba, me pilló haciendo de sapo y se volvió a meter en su casa, seguramente a buscar más cosas para echar al auto. Definitivamente viajaban. ¿A mitad de mayo? Qué raro.

Llamé al banco para bloquear mi tarjeta, pero me salió la misma grabación como ocho veces, explicándome con voz monocorde que el sistema no funcionaba. Gran novedad, lo raro sería que funcionase. Parece que deberé intentarlo más tarde, o incluso mañana, pero de momento tenía que ver cómo iba a vivir sin mi tarjeta esos días. Resultaba extraño decirlo así: “Cómo iba a vivir sin tarjeta”. Convertía a ese rectángulo insulso en un elemento indispensable. Podía entender la frase “cómo voy a vivir sin comida”, “vivir sin amor”, incluso “vivir sin sexo”, pero depender mi existencia de una tarjeta ridícula era para desmoralizarlo a uno.

Me dispuse a llamar a mi madre. Ella podría prestarme unas lucas.

Me respondió agitada y no daba muestras de hacer caso a mi urgencia monetaria:

—¡Javier! ¡Javier! ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¡La ciudad se ha vuelto loca! ¡Los muertos se están levantando de las tumbas!

—Mamá —la tranquilicé—, cálmate. ¿Qué es lo que pasa? ¿Dónde está el papá?

Me dijo toda alterada que mi padre salió en la mañana y no había vuelto. Que estaba viendo las noticias y que estaban dando algo sobre los haitianos y el vudú. Intenté calmarla y le pedí que no me asustara, que iría a verla, pero le expliqué lo de mi tarjeta y mi falta de dinero. Ella me rogó que no saliese de mi casa, que era muy peligroso y que me quedara donde estaba. Yo intenté mantener la compostura y le propuse llamar a mi papá a su celular. Que mientras tanto no hiciera nada y no perdiera la cabeza. Que evitara mirar la tele porque se asustaría más.

Colgué e intenté llamar a mi papá, pero me salió el buzón de voz. «¿Qué estaría pasando?» me pregunté en voz alta y algo irritado. Entonces se me ocurrió prender la tele y mirar las noticias. Era un extra de último minuto. Una pareja de famosos animadores llamaba a mantener la calma y consultaban a un supuesto experto en ocultismo qué podía estar pasando. Este describió a grandes rasgos la religión de la Santería, el Vudú, y la zombificación. Fui incapaz de entender lo bajo que acabó cayendo la televisión chilena. Muchas personas iban a creer todas esas estupideces. Y lo peor, mi mamá era una de ellas.

Entonces me tragué mi orgullo y salí para hablar con mi vecino:

—Oiga, vecino, ¿me presta unas lucas? Prometo devolvérselas, es que perdí mi tarjeta.

Me miró con una cara como si le estuviera pidiendo un dinosaurio celeste mientras los niños se reían. Al cabo de unos segundos en los cuales se mostró turbado con notoriedad, me contestó:

—¿Y para qué quiere plata? ¡La plata ya no sirve de nada, amigo!

—¿Qué me quiere decir?

—Todo se está yendo a la mierda. Hay que salir arrancando. ¡Se está acabando la comida!

Luego de escuchar eso no pude creer que hacía unas horas estaba en una librería buscando un par de ejemplares de mi agrado. Traté de asimilar las palabras de mi vecino de la mejor forma, pero no sabía si responderle en serio o seguirle el juego:

—Pero, ¿y eso por qué? ¿Pasa algo?

Entonces me salió con una historia similar a la de mi mamá. Me contó que eran los haitianos quienes estaban detrás de todo. Conforme iba relatándome lo acontecido, su calma se empezaba a quebrar en una histeria nunca vista en él. Por lo que pude entenderle, los muertos de Cementerio General se levantaron todos al mismo tiempo, saliendo de sus tumbas. Al parecer se tomaron toda la zona norte de Santiago y estaban avanzando. Me dijo que ya ocuparon Recoleta, Independencia, Conchalí, Huechuraba y Quilicura, desplazándose como un ejército siniestro a distintas partes de la ciudad. Además, en los cementerios de otras partes de la capital y del país estaba pasando lo mismo. Terminó atropellándose en sus propias palabras, diciéndome que ni los carabineros ni los militares pudieron contra todos ellos, debido a su creciente número. A ese punto mi vecino ya perdió toda la compostura:

—¡Y se están acercando cada vez más! ¡Hay que arrancar!

Al escuchar eso sentí un cosquilleo en el espinazo. Era inverosímil, nadie cuerdo creería algo así, pero tampoco nadie cuerdo lo inventaría. Mis vecinos no tenían ninguna razón para bromear con algo semejante. Además, eso explicaría la actitud de las personas en la calle, la de mi madre y que no me respondieran del banco. Con certeza, algo estaba pasando. Tratando de recobrar la cordura le dije:

—¿Me está hablando en serio? ¿Cómo espera que le crea semejante idiotez? Si no quiere darme plata basta con decirme que no y punto.

Él me respondió con frialdad, que allá yo si le creía o no, pues él sólo cumplía con advertirme. Me hizo un gesto como diciéndome que no era problema suyo y luego agregó que debía velar por su pellejo y el de su familia.

En ese momento uno de sus hijos le interrumpió, pidiéndole pasar al McDonald’s, para aprovechar y sacar gratis algunos helados. Mi vecino le respondió con un gesto afirmativo, pues debían abastecerse de todos los lugares posibles antes de huir. Luego le pidió a su esposa, Claudia escuché que se llamaba, que se encargara de alistar a los niños. Saldrían en diez minutos. Yo me quedé observando silencioso la escena, sin saber qué decir.

Luego él se dirigió a mí de nuevo:

—Le aconsejo que me crea, vecino, porque esto es en serio. Tiene que huir de la ciudad. Hay que irse al campo, donde no haya cementerios. Es muy peligroso, ¿no tiene auto?

—No, sólo mi bici.

—¡Eso no basta! ¡Vecino, usted no se está tomando esto en serio! ¡Si no tiene un auto no durará mucho en este infierno! Coja uno de los que están tirados por ahí. ¿O a lo mejor prefiere ir con nosotros?

Le agradecí el ofrecimiento, pero prefería quedarme en mi casa por cualquier cosa. Les deseé un buen viaje, y él insistió en que le hiciera caso, apuntándome con el dedo, como para meterme susto. Yo ya estaba dudando de su cordura. Me advirtió una vez más que me fuese luego. Acto seguido le dijo algo a sus hijos sobre terminar de alistarse para irse pronto.

Me despedí con un ademán mientras los miraba terminar los preparativos. Me quedé parado como tonto viéndolos alejarse en el auto. Los niños me hacían adiós con la mano, parecían no compartir el pesimismo de sus padres. Y yo, la verdad, no sabía si sumarme a la histeria colectiva o aferrarme a mi cordura con porfía.

¿Qué debía hacer a partir de aquel instante? Traté de llamar de nuevo al banco, pero seguía sin obtener respuesta. Intenté comunicarme otra vez con mi madre, pero no había señal. Además, los datos de Internet seguían sin funcionar. Podía ser que muchos estuvieran contactando a sus familiares, como en Año Nuevo, y por eso no lograba la comunicación. Cuando prendí la tele, sólo encontré una señal al aire. Parecía cosa de locos. El Presidente hacía un llamado a mantener la calma, pero al mismo tiempo recomendaba tomar las precauciones necesarias. Dijo que el Ejército estaba demasiado ocupado como para preocuparse por ir a contener los saqueos. Si la cosa estaba así, era en serio. Zombies o no, alguien logró rascar el barniz de civilización y buenas maneras que nos mantuvo cohesionados; la Ley de la Selva volvía a tomar las riendas.

Lo mejor sería agarrar el poco efectivo que tenía e ir donde mis padres que viven en Ñuñoa, muy cerca del Estadio Nacional. Cogí mi bicicleta y, aunque la casa de mis papás estaba algo lejos, era la mejor manera de ir. De pronto otras emociones comenzaron a sustituir al miedo y la confusión. Pedaleaba feliz en mitad de la calle, esquivando uno que otro auto. No vi ninguna micro o taxi para tomar, hasta que llegué a la estación de Metro Santa Isabel. Casi no se veía gente, en la calle dos tipos estaban peleando por no sé qué cosa y una joven aporreaba con energía una puerta o mampara de vidrio, sin conseguir quebrarla. Incrédulo ante lo que presenciaba, encadené mi bicicleta y bajé las escaleras, mirando a ver si me alcanzaba para un pasaje de ida y otro de vuelta. Pero no encontré a nadie en la boletería. Tampoco vi señales de que el Metro funcionase. ¿Cuándo pasó todo este desmadre?

Por primera vez el Metro me parecía un lugar del subsuelo. El enorme silencio donde antes hubo un gentío le dotaba de una atmósfera de desolación y acabo de mundo. El lugar lucía como si se hubiese vuelto más espacioso y al mismo tiempo un aura de soledad me invadía. Me perturbaba cómo, en menos de un día, pareciera que la estación estuviese abandonada por años. Las luces aún funcionaban, pero las pantallas no emitían nada. No lograba divisar a ningún ser humano, pasajeros o funcionarios. ¿A dónde fue todo el mundo? Lo que sí había era un montón de cosas tiradas como mochilas y otros cachureos, vi hasta un zapato por ahí. Como si antes de que yo llegara se hubiese desatado un caos absurdo. De forma paradójica, en medio de todo el silencio percibí varios sonidos distantes; ecos vibrando desde el túnel, algunas voces provenientes de arriba, en la calle. La combinación tornó todo mucho más tétrico y ya no me hacía gracia permanecer mucho tiempo ahí.

Opté por asomarme al túnel, pero era evidente que en esa oscuridad infinita pasaría mucho tiempo antes de que volviera ver al Metro arribar. Me sentí vulnerable, en medio de un paisaje hostil, un mundo cuya fragilidad quedó al descubierto, pues no le hizo falta mucho esfuerzo para desmoronarse. El entusiasmo pasajero dejó paso a una sensación de incomodidad y desamparo. ¿Cómo estarían mis amigos? ¿Y mis padres? Fui invadido por una imperante necesidad de verlos, para asegurarme de que estuvieran todos bien.

Entré al negocio que estaba junto a la boletería y lo encontré desierto. ¿Estaría abandonado también? De pronto, urdí una travesura infantil: tomé un Super Ocho y una botella de bebida, y salí sin pagar. Me sentí como un niño pues siempre quise hacer eso. Era una intoxicante sensación de libertad, casi lo opuesto a lo esclavizado que estuve a la tarjeta de crédito de hacía unas horas.

Cuando subí la escalera y salí de la estación me encontré con que mi bicicleta ya no estaba. No contuve mi rabia y agarré a patadas un basurero ubicado a pocos pasos del poste. ¿Quién pudo llevársela? La cadena estaba rota a unos pocos pasos de donde la dejé. ¡Pero si sólo estuve diez minutos abajo! Bueno, me pasó por ladrón, reconocí. Me tomó unos minutos resignarme y empecé a pensar en cómo seguir mi trayecto.

Entonces se me ocurrió una idea. Total, ¿a quién le iba a importar? Caminé una cuadra y me topé con una fila de autos a medio estacionar cerca de una tienda. Algunas personas discutían y se empujaban. Al otro lado, unos tipos le gritaban cosas a una mujer negra, la que con su acento colombiano les contestaba con garabatos e insultos, mientras cerraba la cortina de metal del negocio donde trabajaba. Divisé muchos autos a mitad de la calle, la mayoría abiertos, por lo que me acerqué para ver su interior. Encontré un Corsa Azul con las llaves puestas. No lo pensé un instante y me subí. Arranqué con desesperación, como para que no me pillaran, pero un par de cuadras más adelante estaban todos ocupados perdiendo el control. La sensación de manejar un auto robado era única y me reí a carcajadas. En un acto de irresponsabilidad recién descubierta tiré el poco dinero que llevaba por la ventana, a toda velocidad. “¡Adiós tirano de mierda!”, grité.

Recuperé la cordura momentáneamente y reflexioné sobre lo que estaba pasando. Debía saber si mis padres estaban bien, por ende, decidí ir a verlos. Me metí por Diez de Julio, asegurándome de que no la hubiesen bloqueado ni nada por el estilo. Vi a unos adolescentes metiéndose a la mala por la ventana quebrada de una botillería, guardando unas botellas de pisco y unas latas de cerveza en sus mochilas. Uno de ellos vaciaba su bolso y agarraba los cuadernos a patadas. ¡Qué libres debían sentirse!

Entonces lo decidí. La librería quedaba de camino a la casa de mis padres y manejé tranquilo hasta detenerme cerca de ahí. Divisé a una señora con un carrito saliendo de un supermercado, arrancando; con seguridad debía llevar mucha comida. La librería estaba cerrada. Me figuré que nadie había intentado profanarla aún. Después de todo, quedarse sin comida era peor que quedarse sin libros. Ya nada me detuvo. Cogí una piedra que estaba por ahí y la arrojé con fuerza a la vitrina, trizándola en pedazos. Terminé el trabajo a patadas, para agrandar el hueco recién creado, y me colé como un delincuente cualquiera.

Me dirigí presuroso al estante donde estaba uno de los libros que deseaba comprar y luego fui en busca del otro. Iba a irme, pero luego recordé otros volúmenes por los que alguna vez tuve interés. Los cogí con confianza y monté un teatro absurdo, simulando pasarlos por la caja y pagándole a un vendedor imaginario. Me reí solo.

Qué bueno, el auto seguía ahí mientras robaba. Menos mal que lo cerré bien. Puse los libros en el asiento del copiloto y luego me senté frente al volante. Me tomé unos segundos y encendí el motor, aún bajo los efectos de la adrenalina. ¡Acababa de robar y se sentía increíble!

Mientras conducía sintonicé las radios. Dos o tres hablaban sobre un terrible desastre, llamaban a tomar precauciones, alejarse de morgues, cementerios, hospitales. Las otras señales no funcionaban. Apagué la radio y seguí manejando despreocupado, pensando cuál de los libros leería primero.

Solitaria

Valeria consiguió quedarse sola en el supermercado, como había soñado siempre. Mucho antes de que los zombies llegaran, ella solía mirar los pasillos repletos de chocolates y postres que no podía tener y fantaseaba con la idea de esconderse hasta que todo el personal se fuera, para empaparse de dulces y juguetes hasta el hartazgo.

Su madre la tuvo a los dieciséis y desde ese momento la vio mucho menos que a su abuela. De su padre nunca supo nada, salvo algunos comentarios desagradables por parte de su abuela y sus tíos, quienes recrudecían el tono de su voz cada vez que pronunciaban su nombre.

Creció en una casa pobre en donde le prestaban poca atención, no porque su abuela no la quisiese, sino porque tenía que ocuparse de hacer las labores del hogar mientras su madre terminaba el colegio en un “dos años en uno” de mala muerte. Valeria creció aprendiendo a valorar los breves momentos de felicidad y conociendo la austeridad desde muy pequeña. A partir de los seis años ingresó en una escuela para tener educación básica y comidas diarias. Siendo sinceros, más que nada lo segundo. Para ese entonces, estaba del todo consciente de que amaba comer. De contextura gruesa, se las arreglaba para pedir repetición en el colegio e intercambiar panes y galletas con sus compañeros por favores o tareas. Valeria se atiborraba de golosinas porque había conocido más de una vez el hambre, por lo que parecía estar preparándose todo el tiempo para una inminente época de escasez o hambruna.

A veces acompañaba a su abuelita a hacer las compras en el supermercado, deleitándose la vista -lo único que podía deleitar en esas circunstancias- con los estantes repletos de galletas, chocolates, quequitos y dulces. Luego fantaseaba con los pasillos con yogures, flanes y postres del sector lácteos. Y claro, sus ojitos brillaban con el sector de los helados y las tortas. Pero no todo era comida para Valeria. Disfrutaba también aventurarse por el pasillo de las ropas y fantasear con los hermosos vestidos, para luego transitar con absoluta libertad por el sector de los juguetes, donde imaginaba cómo sería tener ese auto, esa muñeca o ese libro para colorear. Como un anzuelo devolviéndola a la realidad, un tirón de su abuela la arrastraba hasta la caja, mientras la reprendía por haberse alejado tanto y le decía que ella no tenía para pagarle aquel juguete que sostenía entre sus manos. A veces se apiadaba y le compraba una caluga, un bombón o una barrita de chocolate, lo que constituían pequeñas alegrías para la niña.

Uno de sus días más felices fue cuando la madre la visitó para el cumpleaños. Trabajaba de temporera en regiones y le trajo una bolsa de dulces y otra de bombones. Incluso le tenían torta y bebida. La niña se esforzó todo lo que pudo por prolongar esa alegría, esforzándose por prolongar la mayor cantidad de tiempo posible la duración de aquellas golosinas. Pero no llegó a la semana siquiera. Siguió así hasta cumplir los diez años.