En el otro lado - Naimid Machado - E-Book

En el otro lado E-Book

Naimid Machado

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Beschreibung

Ahren Hudson, una escritora amateur, es encerrada en un manicomio por ser una incomprendida viajera en el tiempo. Allí descubre una conspiración misteriosa sobre un terrible crimen en 1948, veinte años antes de su presente. ¿Quién es el verdadero asesino? ¿Podrá Ahren salvar a los inocentes y evitar su encierro en ese psiquiátrico? Por su parte, Amelie, otra reciente viajera del tiempo, cumplirá su rol de salvadora con ayuda de dos extraños. Su objetivo es ayudar a su madre, la mujer que jamás conoció. En el camino, necesitará sobrevivir y superar los peores obstáculos de su vida. Terminará infiltrándose en la Alemania nazi, cuarenta y cinco años antes de su presente. ¿Logrará cumplir su principal objetivo? ¿Arriesgaría su propia vida para salvar a las personas que ama? ¿Te has preguntado qué hubiera pasado si no hubieses escogido el camino que recorres en la vida? ¿Y si te dijeran que existen líneas temporales paralelas a la tuya? Son líneas dónde puedes ver y vivir diferentes situaciones por tan solo haber escogido otro camino. ¿Y qué hay de la vida después de la muerte? ¿Recordaremos quiénes fuimos? ¿Es posible saltar en el tiempo y conocer a "otro yo" en el otro lado?

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Seitenzahl: 353

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati

Machado, Naimid Lucía

En el otro lado : viaje en el tiempo / Naimid Lucía Machado. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

308 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-575-4

1. Novelas de Misterio. 2. Ciencia Ficción. 3. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Machado, Naimid Lucía

© 2020. Tinta Libre Ediciones

EN EL OTRO LADO

VIAJE EN EL TIEMPO

PARTE 1

AHREN HUDSON

Desde pequeña tuve sueños extraños. Soñaba con lugares y personas que jamás había visto; repetidamente me encontraba con ellas, las iba conociendo, sentía… que eran mi familia. Más tarde, en mi adolescencia, comenzaron los dolores de cabeza y los sueños se hicieron más constantes. Soñaba despierta, los vivía, los sentía.

En un abrir y cerrar de ojos yo estaba allí, en una casa de campo, con una extraña y nueva familia, llena de hermanos con los cuales interactuaba, los apreciaba, los quería, todos esos años ahí aprendí mucho. Mis verdaderos padres, los de la vida real, esa realidad que me costaba aceptar, me decían que tenía mucha imaginación. Cuando era pequeña, antes de dormir, mi madre me leía muchas historias de princesas adorables esperando ser rescatadas por sus príncipes, magos muy poderosos, fantasmas malvados y tenebrosos, miles de historias fantasiosas y encantadas. ¿Acaso era producto de mi imaginación? Traté de demostrar todo lo que vivía en aquellos saltos en el tiempo, así los llamaba. Me cortaba con las espinas de una rosa que mi supuesto hermano, Anthony, de mi imaginación, me regalaba, hasta idiomas que había adquirido a mi dialecto sin haberlos aprendido en mi vida cotidiana.

Sus respuestas ante esas demostraciones eran que yo decía mentiras para llamar la atención. La cortadura en la palma de mi mano pudo haber sido con cualquier cosa, ¿por caminar sonámbula por las noches, quizás? Los mejores psicólogos de la cuidad les dijeron a mis padres que yo inventaba lo de un hermano en mi mente, ya que era hija única. El deseo de un hermano, podría ser, pero era real lo que vivía, no eran mentiras. ¿Y qué hay de los idiomas? También tenían respuestas para eso: en nuestra biblioteca había cientos de libros que podía leer a escondidas y después simular que alguien me los había enseñado en otro tiempo y espacio. Siempre me describían como una muchacha rebelde que llamaba la atención, decían que la adolescencia se trataba de eso: ser rebelde y mentir.

Tuve que empezar a guardarme todos mis viajes para mi sola. Dejé de contar mis aventuras, dejé de hablar de las personas que conocía allí, las cuales eran muy importantes, eran parte de mi vida: la familia Bennett. Sonrío al hablar de ellos, solo lo dejo anotado en un cuaderno, escribo ahí todos mis recuerdos, cómo son ellos, mis hermanos y mis padres.

En cuanto a mi familia de la vida real, mi padre, David Hudson, es militar, está muy poco en casa, ha dado servicio toda su vida, nació y sabía lo que quería ser, es su vocación, viene de familia, claro está. Mi abuelo fue teniente primero como mi bisabuelo, y supongo que todos los del árbol genealógico también lo fueron. Mi madre es profesora de piano, enseña en los colegios más prestigiosos; gente muy apoderada pide sus clases privadas para que sus hijos aprendan en sus hogares, su nombre es Elizabeth. Mi padre fue el que comenzó a dudar de mi estado mental y llamó a especialistas para que me examinaran. Nunca encontraron alguna explicación de este fenómeno que me ocurría. ¿Respuestas en las cuales coincidían varios de ellos?: “Está loca”, “Lo inventa todo”, “No tiene nada, es producto de su imaginación”, “Está loca”. Mis padres se apretaban las sienes con sus manos cada vez que oían sus ignorantes diagnósticos. Años más tarde comencé a disimular cuando viajaba para que dejaran de tratarme como a una demente, pero se me hacía más difícil. Los viajes se tornaron más frecuentes, de dos a tres por día. Pasaba de una situación a otra en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cómo podía disimular lo que me pasaba o sentía? Estaba enloqueciendo, cada día un poco más. No encontraba un espacio y tiempo normal ni en un lugar ni en otro, me quedaba ausente, petrificada y volvía. Los dolores de cabeza hacían que me explotara la mente y oía un zumbido constante ahí dentro. ¿Qué pasará conmigo?

1

Pecas en su nariz y debajo de sus ojos

—¡Ahren! —Mi madre me llamó. Entró a mi cuarto, yo cerré el cuaderno donde escribía—. Llegaron los Bechen. —Se me acercó y me peinó el cabello, lo tenía largo y ondulado, muy largo para la época—. ¿Cómo te sientes hoy?

Mi último viaje había sido hacía dos horas

—Nor-mal —le dije.

Era una bomba de tiempo bajar a cenar sin que quede mirando a la nada misma y apareciendo al norte de Gales. Mi madre me apretó una mejilla y me miró a los ojos a través del espejo que teníamos enfrente.

—¿Recuerdas lo que te dije cuando eras niña? Si te sientes nerviosa, sola o…

—Perdida —la interrumpí.

—Cuenta hasta diez y respira hondo. —Me sonrió—. No lo arruines esta noche, por favor, es muy importante para tu padre.

—Lo sé. Bajaré en unos segundos. —Le sonreí.

—Gracias —me susurró. Dejó la habitación.

Mi padre se estaba por postular como alcalde, los Bechen, en especial Harold Bechen, tenía experiencia en el rubro de la política, estaba interesado en asesorarlo y apoyarlo económicamente en su campaña a la alcaldía. Yo no debía arruinarlo; si armaba un berrinche o quedaba sin contestar cuando me hablaran, mi padre me mataría. Antes del salto en el tiempomi cuerpo me suda un poco, el dolor de cabeza comienza a aumentar y un escalofrío me recorre de pies a cabeza por la columna vertebral. De ahí venían las palabras de mi madre: que cuente hasta diez y respire hondo para evitar que suceda eso. Muy pocas veces funcionaba, pero lo tenía que intentar para que mi padre no me desheredara. Vestí un atuendo largo de color crema, zapatos bajos, cabello suelto y salí.

Crucé el pasillo, piso de madera y camino de alfombra, me topé con una mesita donde había una lámpara antigua, heredada de mis abuelos maternos y recién ahí estaba la escalera. Bajé.

—Uno, dos, tres… cuatro, cinco, seis… —Escuchaba la voz de mi padre, haciéndolos pasar a la sala de estar, a la izquierda de la escalera.

—Siete, ocho, nueve… —Pisé el último escalón— ¡Diez! —susurré.

—Ella es mi hija, de la que tanto solía hablar —expresó mi padre—. ¡Ahren! —me dijo.

Fingí una sonrisa. Él me dio un apretón en la mano y me presionó para saludar. Había una mujer muy elegante, de cabello corto oscuro, labios rojos y ojos claros. El hombre alto de bigotes era Harold, ya lo conocía, pero nunca lo había tratado; a su derecha, un joven, quizás de mi misma edad o apenas unos años mayor que yo, y una niña de rizos dorados de unos doce años.

—¡Ahren! —me volvió a hablar mi padre.

—¡Ah, sí! —exclamé por lo bajo. Me adelanté—. Ahren Hudson. —Me presenté y estreché sus manos.

—¡Qué hermoso cabello! —me dijo la niña.

Así como sus ojos me sonreían, los del joven a su lado también; él parecía deslumbrado, creí sonrojarme porque no dejaba de mirarme. Mis padres los escoltaron hacia el comedor. Yo lo observé todo el trayecto, tenía cabello castaño claro, ojos verdes brillosos, pecas en su nariz y debajo de sus ojos. Nunca había visto a alguien que fuera pecoso y le quedara bien «¿Qué estoy diciendo?», me pregunté.

—Por favor, tomen asiento, traeré bocadillos para la entrada. —Sonrió mi madre como buena anfitriona.

—Te ayudo —le dije. Estaba algo incomoda.

—No hace falta, Ahren. —Bajó su tono de voz, casi susurrando—. Siéntate al lado de Edward.

—¿Edward?

—¡Hazlo! —Me obligó.

Giré para observar la mesa y quedaba un lugar al lado de Edward, y estaba vacío el de mi madre. El joven me sonreía.«¡Perfecto!», pensé. Caminé hacía el lugar, disimulando mi torpeza por los nervios y me senté a su lado. Estuvimos en silencio escuchando lo que mi padre y el Sr. Bechen conversaban. En medio de la tensión que sentía al estar sentada al lado de él, le quise hablar, pero él me ganó de mano.

—Así que… eres escritora. —Su voz pareció temblar.

—Amateur, me gustaría ser una escritora, hacerlo profesionalmente —le dije y lo miré sin querer a los ojos, eran… muy verdes, muy bonitos.

—¿Qué escribes? —Se acomodó medio de costado para mirarme al hablar. Eso me incomodó bastante, ya que parecía interesado en escucharme. Tragué saliva.

—Bueno, un poco de todo… historias fantasiosas. —Bebí un poco de agua, me quedé sin aliento—. Viajes en el tiempo. —Finalicé.

—¡Wow! ¿Viajes en el tiempo? Interesante —Sus ojos verdes brillaron, yo no pude evitar sonreír.

—Mi padre dice que debería escribir cosas serias… reales. Pero escribo lo que me hace…

—¿Bien?

—Sí. —Bajé la mirada—. ¿Y usted qué hace? —Bebí otro sorbo de agua.

—Algo que no me hace para nada feliz —susurró—. Ejerzo leyes, como mi padre lo hizo, quizás sea político como él —dijo no muy orgulloso.

—¡Ah! Entiendo —dije lamentándome—. La pregunta sería, ¿qué quiere hacer o ser? —le murmuré cómplice.

—Artista. Pintar, ilustrar. —Sonrió—. Soy bueno, ¿sabe? Quizás algún día pueda mostrarle mis obras. —Pareció iluminarse de emoción, de eso sí se enorgullecía.

—¿Su padre no lo apoya en eso? —le murmuré.

—Dice que me moriré de hambre si pienso vivir de “eso”. —Rio por lo bajo.

—Claro, de ser político se trata —comenté algo grosera.

—Lo comprendo igual, sé que quiere que me vaya bien en el futuro.

«Ser rico pero infeliz», pensé.

—¿Tiene novio? —me preguntó. Creí atragantarme con el agua. Tosí.

—Emm... no, no —dije avergonzada.

—Si yo me casaría con usted, creo que sí podría dedicarme a lo que me gusta y ser feliz.

De repente, dijo lo que yo había pensado, como si me hubiese leído la mente.

—Usted es diferente, no piensa como las demás, en el título y en el dinero. O, por lo menos, es lo que veo. —Me sonrió.

—Déjeme ver sus obras y le digo si acepto o no —Reímos.

Quedamos mirándonos un buen rato y sonreímos. Había cierta química, era muy notable.

Como sucede en toda historia romántica, ese tipo de historias de amor que mi madre me contaba de pequeña, en las cuales la doncella conocía al príncipe de sus sueños y él la amaba mucho, Edward y yo comenzamos a vernos. Si no podíamos porque él viajaba con su padre por asuntos políticos, nos escribíamos todo el tiempo. Luego comenzamos a salir, algo más formal. Teníamos muchas cosas en común, éramos la pareja perfecta, risueños, felices. Todo era hermoso y armonioso cuando estaba con él. Comenzamos a hacer viajes juntos, a veces solos y otras veces con nuestras familias por la campaña de mi padre. Viajes de verdad, reales.

Una noche, cuando nos encontrábamos en la mansión de sus padres en Londres, tuve que ser sincera con él. Los viajes en el tiempo habían comenzado otra vez, sabía que tarde o temprano notaría que yo no estaba allí, que estaría ida. Venía algo alterada porque en uno de mis últimos viajesla familia Bennett, mi familia tan amada, localizada en el norte de Gales, en la época de 1800, tenía terribles problemas económicos y mi padre, el Sr. Bennett, venía de mal en peor por una peste que se había agarrado, que, según mi madre, Rose, era más por estrés y angustia que por la enfermedad en sí. Tenía que asegurarme de que Edward fuera capaz de quererme con mi problema que no tenía explicación; de lo contrario, parecería una demente. Recién habíamos llegado a la ciudad, hacía calor esa tarde noche. Entramos a su cuarto, que era casi del tamaño de la planta baja de mi casa. Piso de mármol blanco, cama enorme como la de los hoteles, gigantes roperos de madera oscura que hacían juego con los demás muebles y la cama, altos ventanales adornados con cortinas finas y elegantes, lámparas cálidas. Tomamos asiento en su cómoda cama. Él parecía exhausto; yo tenía algo de nervios por mi próxima confesión. Llevábamos tres meses de novios, era fines de junio.

—Eddie. —Mi voz tembló tímidamente—. Tengo que preguntarte algo —susurré con incertidumbre por cómo reaccionaría.

—¡Acepto! —Como si se tratara de matrimonio. Rio.

—No, es sobre otra cosa… —Sonreí, pero me sentía insegura. Tenía que pensarlo dos veces antes de decirle lo que me pasaba.

—Ey, dime —Me tomó la mano, con un poco de preocupación.

—Necesito saber si querrás estar conmigo igual después de lo que te cuente. No… no quiero que pienses que estoy loca. —Bajé la mirada con vergüenza.

—¿De qué se trata? —Rio por lo bajo.

Esa sonrisa que siempre llevaba en su rostro era tan... él. ¿Qué haría si me dejara? Me armé de valor.

—Yo… soy una viajera del tiempo. —Él me miró sin asombro, pero quedó en silencio, quizás esperando que le dijera que se trataba de una broma. Proseguí—. A veces, cierro los ojos y aparezco en otros lugares, con otras personas, en otro tiempo. Es real, ellos son reales, me conocen, interactuamos. Juro que es verdad lo que digo, es como viajar en el tiempo, pertenezco a ambos lugares. Es real, todo pasa de verdad. —Mi corazón se aceleró y no lo podía mirar a los ojos. Suspiré.

—¿Sabes? Hace un mes te encontré en la biblioteca. Tú estabas sentada en el sillón del medio mirando hacía la pared. Te hablé por minutos. No estabas aquí.

—Lo siento —susurré.

—¿Sabes cuándo fue?

—No.

—El día que te dije “te amo” por primera vez, esa tarde de lluvia en la biblioteca. —Sonrió.

Recién ahí pude buscarlo con la mirada, mirarlo a los ojos, esos ojos verdes brillosos que tanto me gustaban, y esa sonrisa única. Siguió:

—Te amo así como eres, te creo y estoy dispuesto a cuidarte para siempre. —Salté a sus brazos con lágrimas a punto de caer.

Nos recostamos ahí, tomados de las manos. Me dormí por la tranquilidad mental de saber que no lo perdería.

Al tener estabilidad emocional, los saltos en el tiempo fueron disminuyendo, cada vez eran menos. Por primera vez en mi vida, solían ser cada uno o dos días de diferencia. Estaba tratando de superarlo o, por lo menos, controlarlo.

—¡Anna, Anna! —Me movieron de la cama para despertarme.

Era la voz de Kate, mi hermana del 1800. Abrí los ojos, me senté en la cama. Mi nombre ahí era Anna Bennett.

—Kate, ¿qué sucede? —murmuré, me sentía débil, «quizás estuve enferma por lo de la peste yo también», pensé.

—Es nuestro padre, él está muy mal. —Lloró en mis brazos, arrodillándose frente a mí, buscando consuelo.

Era imposible tragar saliva, tenía un nudo en la garganta.

—Creo que no pasa de esta noche.

—No, no. —Mi voz tembló y mis ojos se humedecieron.

Caminamos juntas en la penumbra de la noche. En aquella época, no había tanta iluminación y la casa se encontraba sola en el campo. Llegamos a su cuarto, entramos, el resto de mis hermanos y nuestra madre, Rose, se encontraban allí, alrededor de la cama, donde yacía nuestro padre.

—¿Papá? —susurré muy triste.

El pobre hombre, viejo y flacucho, gemía y tosía, sufría de algo respiratorio; neumonía, seguramente. Tenía fiebre alta, sudaba y temblaba. La última vez que lo había visto estaba mal, pero ahora había empeorado, no le daban más esperanzas de vida que esa noche. Acaricié su mano y le sonreí. Él hizo lo mismo. A mi lado estaba Kate, de dieciocho años; Peter, a su derecha, de catorce; enfrente de la cama estaba nuestra madre, y le seguían Vincent, de once y Anthony, de seis años.

—Anna… —Me habló a duras penas mi padre.

—Estoy aquí. —Parecía confundido, me buscaba entre todos y yo era la que más cerca estaba y tomaba su mano.

—¿Puedes cantarme? —susurró pidiéndomelo en lo más profundo de su corazón.

Por más que quisiera, era imposible que me salgan las palabras con todos los sentimientos horribles que me recorrían el cuerpo.

—Sí, padre, claro que sí —le dije, tomando aire.

Mis hermanos pequeños abrazaron a nuestra mamá, quien estaba destrozada. Canté una estrofa de una canción de cuna que mi verdadera madre, Elizabeth, me cantaba cuando me enfermaba, me hacía bien, pero no esta vez, esta vez era diferente. La última estrofa no llegué a cantarla del todo, la voz se me quebró en el último verso, bajé mi mirada. Kate me abrazó; Peter, a ella, estábamos todos conectados. El Sr. Bennett sonrió complacido. Cerró sus ojos lentamente, mi angustia era tal que no podía terminar la frase. Todos rompieron en llanto, nuestro padre había muerto. Estaba en shock, eso no podía estar pasando, no tan rápidamente. Su mano seguía apretando la mía, pero estaba fría, muy fría.

—No, no —susurré y calenté mis manos, una con la otra y lo agarré—. ¡Padre! —insistí en hacerlo despertar de su dulce y tan esperado sueño, sin dolor ni sufrimiento—. ¡Padre!

—Anna —me habló suave Kate, tomándome de los hombros por detrás—. Ya está —murmuró llorando.

—No, no… no, no. ¡Papá! ¡Papá! —Subí mi tono de voz— ¡Despierta! Por favor… despierta…

Peter me tomó por detrás para tranquilizarme, todos lloraban, yo gritaba histérica, quería zafarme de sus apretones para abrazar a mi padre, yo no pertenecía ahí, no podía despedirme de otra forma, al día siguiente no habría cuerpo.

—Déjame, ¡Suéltame, suéltame! —Lloraba—. ¡Suéltame! —grité.

Frente a mis ojos había una pared de elegante diseño. Me tenían por detrás. Me giré, era Eddie tratando de calmarme. Estábamos en su cuarto, era de noche.

—No, no, no. Tengo que volver, no, no, tengo que volver —murmuré como loca desquiciada, estaba en shock.

—Ahren, estabas soñando —me habló con su voz suave. Yo caminaba de acá para allá inquieta, con un nudo en la garganta. Él me seguía por detrás en cada paso que daba.

—Debo despedirme, debo estar ahí, con ellos —dije sollozando, mi corazón latía muy fuerte.

—Era un sueño, cálmate. —Me agarró del brazo.

—No. Es real, fue real, mi padre acaba de morir y tengo que estar con ellos, no los puedo dejar, él murió y era el único sustento de la familia. ¡Tú no lo entiendes! —grité.

—¿Qué? Tu padre está bien, Ahren —dijo refiriéndose a mi padre David.

—Él no, me refiero al Sr. Bennett. —Escuché mi propia voz, estaba diciendo locuras, él nunca me entendería.

—¿Otra vez con eso? Dijiste que lo habías superado. Estás confundida, ¡Eso no es real, Ahren! —me gritó enfadado, nunca lo había visto así.

—Tú nunca lo entenderás, eres rico, no sabes lo que es ver que alguien se muera porque no puede pagar un médico ni medicamentos, y menos en… esa época —susurré sollozando.

—Es un sueño, es parte de tu imaginación, eso no ocurre de verdad, esa gente no existe —repitió una y otra vez—. Yo soy real, esto es real —señaló el lugar.

—Nunca me creíste, ¿verdad? ¿Crees que estoy loca? —Me sequé las lágrimas, mi corazón se había destrozado en mil pedazos.

Edward caminó hasta el escritorio, sacó algo de su cajón.

—Toma esto. —Me dio una píldora y un vaso de agua que ya estaba servido.

—No estoy loca —le dije.

Me llevó a la cama y me senté.

—Bébela. Te ayudará a dormir, estás muy alterada. Debes descansar, mañana ya estarás bien.

Tenía razón, debía calmarme y dejar de discutir. La bebí. Me acosté. A los minutos el cuerpo se me adormeció. Vi a Eddie salir de la habitación rápidamente, seguro llamaría a mi madre para contarle toda mi locura. Recuerdo haber estado dormida muchas horas.

Durante la mañana siguiente mi madre se encontraba en la mansión Bechen, me hizo un té y me dio de beber una píldora. Le dije que no era necesaria, pero ella dijo que sí, que un médico me había revisado y que la necesitaba. Yo no recordaba haber visto ninguno. Volví a dormirme. El sueño era pesado, no me permitía viajar, nunca más vi a los Bennett.

2

Ojalá pudiera usted estar en mi lugar

Desperté en el cuarto de mi casa. Me sentía muy débil, llevaban días durmiéndome con píldoras. ¿Por qué? Si ya todo había pasado, no había necesidad de llegar a esto. Ahí me encontraba yo, sin fuerzas y triste. Desde aquella noche no recuerdo haber visto más a Eddie, me había tratado de demente, y sí que lo estaba, ¿cómo no podía diferenciar entre aquello y esto? Era muy difícil para mí esconder los sentimientos, no podía fingir que nada pasaba. Suspiré de dolor interno.

—Ahren —me susurró mi madre, Elizabeth—. Buenos días. —Sonrió.

—No tomaré más nada —le dije enojada refiriéndome a las píldoras que me adormecían.

—Claro que no, ¡arriba! —Me destapó—. Mira lo que tengo para ti. —Me mostró un hermoso vestido verdoso.

—¿Para qué me muestras un vestido si ni siquiera puedo mantenerme en pie? —Me crucé de brazos casi tambaleándome, hacía mucho que no me levantaba de la cama o, por lo menos, no lo recordaba.

—Los médicos dicen que tienes que salir al aire libre, pasear, debes recomponerte.

—¿Dónde está Eddie? ¿Por qué no vino a verme estos días? —le pregunté mientras me vestía.

—Edward está de viaje con su padre, por motivos políticos. Hoy será día de mujeres. —Sonrió—. Te queda muy bonito. Desayunemos. —Me tomó del brazo y caminamos juntas.

—Él cree que yo estoy loca, todos lo creen. —Me quejé bajando las escaleras.

Hacíamos una pausa para cada escalón, como si se tratara de carrear una ancianita.

—Ahren, no pienses eso. —Su voz se calmó y sonrió como si se hubiese acordado de algo importante—. Tengo buenas noticias. —Cambió de tema rápidamente.

Para ese entonces estábamos en la cocina. Ella estaba calentando agua para tomar el té. Me hablaba de espaldas.

—Retomé las sesiones de piano en un instituto nuevo y el director me dijo que le agradaría tener más… voluntarios de lectura. —Hizo una pausa. Noté que se tomó de la mesada, la pava donde calentaba el agua chilló. Ella no hizo ni dijo nada.

—¡Madre! —Le hablé alertándola. La apagó.

—Lo siento. Te decía… podrías entrar como voluntaria ahí y leerles. Pasaríamos tiempo juntas y tú tendrías un pasatiempo para… recuperarte. ¿Qué te parece? —Me miró.

—No, no iré a ningún lado. No quiero estar en un lugar leyéndoles a desconocidos… no quiero.

—Ahren. —Me entregó la taza de té.

Vi que trató de calmarse a sí misma. La conocía, parecía no tener paciencia, tenía ojeras remarcadas como si no hubiera podido dormir por varias noches, como si de mí se tratara su falta de sueño. Sentí culpa.

—Tienes que hacer algo con tu vida, debes mantener la mente ocupada. Por favor, queremos verte bien. —Me miró con compasión. Yo bajé la mirada, ella estaba sufriendo, lo sabía.

—Está bien, está bien… iré algunos días para leer, el resto de la semana buscaré hacer otras cosas. Lo prometo. —Me tomó la mano y sonrió.

—Verás que te hará bien sociabilizar y hacer buenos amigos, además el director del instituto es de dar buenos consejos, te ayudará a desenvolverte mejor.

Suspiré. Quizás tenía razón. Con todas estas cosas que me venían pasando, estaba dejando mi vida a un lado, obsesionada con el pasado. No era justo el sufrimiento para mí ni para los que me rodeaban. Debía reivindicarme para cuando Edward volviese de su viaje. Yo sería una persona nueva o, por lo menos, intentaría ser normal.

Esa misma tarde fuimos a ese instituto. Tomamos un coche y cruzamos la ciudad. Estaba medio nublado, había escuchado en la radio que llovería esos días, los nubarrones se posaron en el manto celeste. Sinceramente, no tenía ganas de ir a hablar con nadie. Mi madre me había hecho escoger un libro de la biblioteca, uno favorito, para leerles a los que se encontraran allí. No sabía si se trataba de niños de un colegio, jóvenes en la edad del pavo o gente mayor con diferentes discapacidades. Mi madre le había dado sesiones de aprendizaje a niños, jóvenes y adultos, y, a veces, tocaba de voluntaria en lugares para gente especial. En este caso, podría ser cualquiera de esos.

—Madre, ¿para quiénes leeré? —murmuré. El coche frenó.

—Gracias —dijo ella, extendiendo su mano con el pago del servicio. Bajamos.

Había una enorme pared de concreto que rodeaba todo el perímetro, un bonito portón de hierro, pintado de negro. Al cruzar el portón, había un largo camino de piedritas, adornando el sendero, pequeños arbustos verdes con alguna que otra flor de otoño. Algunas mujeres, vestidas de uniforme blanco, saludaban a mi madre, la conocían, ella había trabajado allí antes. Tenía algo característico; sin dudar, era una mujer muy hermosa, de cabello colorado, piel pálida, labios carnosos rojos, voz angelical. Éramos muy parecidas, salvo por mi cabello, que era castaño oscuro. Subiendo unos escalones hacia la puerta principal, una mujer mayor nos interceptó.

—Elizabeth, ¿cómo está? —Le sonrió la mujer.

—Bien, ¿y usted? —Sonrió—. Ahren, ella es la Sra. Tennant. Te dará un recorrido por el lugar para que lo conozcas y luego te indicará dónde es el lugar de lectura.

—Un gusto —dijo la Sra. Tennant y me estrechó la mano. Yo solo fingí una sonrisa.

—Madre —le susurré—. ¿Ya me quedaré hoy?

Todo era muy apresurado para mí, no me sentía a gusto.

—Sí. No lo desaproveches. —Me tomó la mano y me acarició la mejilla—. Suerte.

La miré sin comprender, la mujer me esperaba para comenzar con el recorrido.

—Te quiero —me dijo mi madre a medida que avanzábamos.

Yo solo la miré a lo lejos, estábamos caminando por un largo pasillo. Mi madre se veía triste, como si me estuviese abandonando. Yo sentí algo igual. Recuerdo haber llorado toda la primera semana en el jardín de infantes; cada vez que mi madre se daba vuelta y se separaba de mí, yo lo sufría como un abandono, como un puñal en la espalda. «¿Por qué lo hace?», me preguntaba siempre. «Es parte de la etapa de crecimiento, Ahren, de eso se trata», respondía la conciencia de una niña de cuatro años.

—Aquí está la biblioteca. —Finalizó.

Al parecer, me venía hablando durante todo el camino, pero yo no la escuché.

—La cena se servirá a las 19 h. Mientras tanto, puede leer aquí. —Me sonrió.

«¿Por qué me diría el horario de la cena?»,pensé.

—¿A quiénes les voy a leer? ¿Niños, adolescentes, adultos? Mi madre no me lo dejó bien en claro—. Pero la mujer solo se fue.

Fruncí mi entrecejo. Observé los títulos de los libros, acomodados específicamente por color, parecía un arcoíris todo el estante. Luego caminé hasta una enorme chimenea, no estaba encendida, faltaban dos meses para el invierno. Me asomé al ventanal que estaba a un costado de la chimenea. Corrí suavemente la cortina y observé cómo se veía el jardín de ese lado. Entre una fuente y un árbol vi a una mujer parada. Vestida de negro, llevaba una capa con capucha que no dejaba ver su cabello, y su rostro apenas se asomaba. Me dio escalofríos, era muy siniestra. Parecía estar mirando justo hacia esa ventana.

—¡Buh! —Me tocaron y gritaron de atrás.

Mi corazón se heló y pegué un terrible salto de disgusto. Me tomé el pecho, se trataba de una joven, de unos veinte y tantos años. Cabello oscuro, corto y ondulado, vestía un pijama gris. Se rio por el susto que me llevé.

—Soy Colette —me dijo amistosamente y extendió su mano.

Yo la ignoré unos segundos, no de grosera, sino porque quería volver a ver a esa mujer del jardín. Me asomé y ya no estaba. Volví hacía la joven.

—Soy Ahren —le dije algo perturbada.

—Eres nueva, ¿eh? —Me observó.

—Sí, yo… daré lectura aquí —dije no muy convencida. Sinceramente, quería correr de allí, volver a casa con mis padres.

—¡Ah! —dijo sorprendida.

—¿Por qué vistes así? —le pregunté.

No me parecía ético que usara una especie de pijama en un lugar donde había mucha gente. Tampoco era acorde al horario, la cena se estaba por servir.

—¿Así cómo? —Me miró extraña—. ¿Cenamos juntas? —Me tomó de la mano y me llevó con confianza como si fuéramos amigas de toda la vida.

Caminamos por unos pasillos largos, de paredes de madera y otras pintadas de blanco, el piso era de mármol. El lugar parecía un colegio privado o algo así, eso podía explicar por qué usaba ese pijama gris, era un colegio pupilo, quizás. Tuve que deducirlo por mí misma, porque nadie contestaba mis preguntas.

—Así que lees —me murmuró sin soltarme la mano en ningún momento.

—Sí, y… escribo —le dije.

Quise ser amistosa, pero no me salía. Además, me molestaba que fuera tan afectuosa. Éramos extrañas. «¿Por qué se comportaba así?», pensaba.

—¿Tú qué haces?

—Yo robo.

—¿Qué? —Me frené antes de entrar por una puerta que ella estaba por abrir.

—Tú lees, yo robo, ¿qué es lo que te llama la atención? —Me miró a los ojos.

«Debo estar en el manicomio», pensé. Entramos. Era un gran salón de paredes blancas, mesas y sillas del mismo tono, clarito, color crema, todos vestían iguales, con pijama, batas grises; otros vestían normal, pero no parecían normales. Había hombres vestidos de blanco caminando alrededor, en las esquinas, observando todo. Eran enfermeros.

—Yo… —Entré en pánico, mi madre me había dejado en un instituto psiquiátrico, tenía que ser una broma de mal gusto—. Yo… —repetí con voz temblorosa.

—¡Siéntese! —me dijo uno de esos enfermeros.

—No, hay… un error, yo… solo vine a leer —le dije. El hombre sonrió.

—Tome asiento, después leerá. —Sentí un tono sarcástico en su voz. Obviamente esa joven estaba loca y me llevaba de la mano, yo lucía como una loca más del montón.

—Vamos —me dijo Colette—. Allá están los chicos, te los presento —dijo alegre.

Yo me di vuelta para observar al enfermero, no quería que pensara que yo estaba loca. Colette se frenó frente a tres jóvenes. Tomó asiento y deslizó una silla hacía atrás para que me sentara.

—Ahren, ellos son Bonnie, John y Jacob. Chicos, ella es Ahren, ella… —Me miró— lee.

—Ah, es la de la lectura —comentó el tal John, de cabello claro y ojos cafés.

Lo miré extrañamente, ¿cómo sabía de mí? Observé a mi alrededor. Quería irme, tenía que volver a la biblioteca.

—Madame Fox, la mujer que se dedicaba a la lectura, se fue. Bueno, la corrieron, la encontraron con pertenencias ajenas en su bolso —explicó Colette.

—Tú lo hiciste —dijo el otro joven allí.

Lo miré: estaba pálido, ojeroso, cabello despeinado oscuro y tenía ojos celestes transparentes. Quedé asombrada, jamás había visto ese color de ojos. Tenía cara de pocos amigos, parecía irritado.

—Así que tú lees, ¿eh? ¿Eres voluntaria o te trajo tu mami? —preguntó sarcásticamente John.

Sentí cierta picardía en su tono de voz, como si supiera lo que realmente estaba viviendo. Volví a mirar hacia la puerta de salida, me levanté.

—La trajo su mamá —dijo serio Jacob.

Todos rieron. Me sentí avergonzada. Comencé a caminar rápido hacia la puerta para dejar ese lugar de locos. Un enfermero me agarró del brazo.

—No puede irse. —Me apretó.

—¿Qué? —grité alterada—. No lo entiende, yo no debo estar aquí, es un error, yo vine voluntariamente. Bueno, mi madre me trajo, pero para leer, para leerle a ellos, la mujer esa… emmm… la Sra. Tennant se lo puede confirmar, ella me mostró el lugar —dije algo desesperada mientras otro enfermero se estaba acercando.

—Mi madre es Elizabeth Hudson, yo… —Respiré con dificultad, estaba muy alterada y los hombres encargados allí estaban cambiando su trato conmigo.

—La Sra. Tennant es la ingresante de pacientes con trastornos mentales. En cuanto a su madre, la conocemos, y si eligió este lugar para dejarla, es porque requiere ayuda —comentó el segundo de ellos.

—No, no… tengo que hablar con mi madre, ella no me ingresó, ella solo… —Me volvieron a manotear y forcejeé para zafarme.

Todos dentro de ese lugar sombrío comenzaron a gritar, otros a llorar. Por mi culpa empezaron a enloquecer. El grupo de amigos de Colette se reían a carcajadas por lo que me pasaba, el tal Jacob me miraba fijamente, serio, parecía el único cuerdo allí, el único que no encajaba en el montón.

—¡Mira lo que has hecho! —gritó el primer enfermero, culpándome.

Todo era un caos. Me llevaron de a dos a rastras por un largo pasillo, yo seguía gritando que me soltaran y que quería hablar con mi madre. Pero hacían oídos sordos, me creían loca como todos los residentes del lugar. Forcejeé como pude, pero sin éxito de escape. Me encerraron en una habitación pequeña, vacía, de paredes blancas y piso a cuadros blancos y negros intercalados.

—¡No, no! ¡Sáquenme de aquí! —grité repetidas veces una vez encerrada—. ¡Abran la puerta, sáquenme de aquí! —Golpeé la puerta a puños cerrados—. ¡Sáquenme!

Estaba en un campo. Miré alrededor, había unas leves colinas de pasto verde claro amarillento, como si estuviese quemado por el sol, o quizás de una vieja cosecha, conocía ese tipo de suelo, así trabajábamos la tierra con los Bennett. «¿Estaré allí?», me preguntaba.

—¡Lidia! —gritaron a lo lejos— Lidia, ¿dónde estás?

Corrí siguiendo la voz, me asomé desde una de las colinas, había una pequeña casita de campo, animales de granja, una carreta. La mujer que gritaba Lidia me miró algo enfadada, estaba sacando agua de un aljibe.

—¡Vamos! Que la ropa no se tiende sola. —Se quejó.

Me hablaba a mí, yo era Lidia. Me acerqué con miedo, la señora era robusta, de cabello claro, ojos color café y piel colorada. Cargó agua en un piletón y comenzó a lavar ropa. Llevaba un vestido de varias capaz, todo voluminoso en la falda, especialmente en la parte trasera. Debía ser fines del 1700. Junto a ella había una canasta de mimbre con bultos de telas. Tomé una y estaba húmeda y limpia. Caminé unos pasos hacia una soga que cruzaba un árbol y un poste cerca de la casa y tendí el primer harapo que encontré. Seguí con la tarea. La mujer me miraba de reojo para ver si hacía bien mi labor. Debía de ser mi madre en esos tiempos. Un hombre vestido con un uniforme extraño de color azul pasó la tranquera de entrada.

—Sra. Bennett, ¡correo! —dijo el hombre. Yo observé a la mujer que se secó las manos rápidamente y se acercó a él.

«¿Bennett?», pensé en voz alta. Miré la casa, no era la que yo conocía, pero no podía ser coincidencia lo de los apellidos. Sin embargo, era a fines del 1700, y yo había vivido con ellos en 1840.

—¡Lidia! —La voz de un niño me llamó desde adentro, luego se asomó desde la puerta—. ¿Me ayudas con esto?

Tenía uno de sus juguetes de madera roto. Miré hacia atrás, la mujer seguía hablando con el cartero y miraban hacia el cielo, seguramente hablando del clima. En ese momento no había centro de meteorología, las mujeres del campo sabían si se aproximaba una tormenta según cómo soplaba el viento, también gracias a las temperaturas. Me acerqué al niño.

—Sí, te ayudo —le murmuré y acaricié su cabello para hacerlo entrar.

Me entregó el juguete cuando fui a buscar una silla para sentarme. El niño era rubio, de cabello corto, ojos verdes claros, de unos… seis años. Su juguete era un cascanueces de madera y le faltaba un brazo. Me entregó el brazo que se había desprendido.

—¿Sabes dónde hay algo para unirlo? —le pregunté amistosamente, tampoco sabía con exactitud si había algún pegamento o clavos.

Señaló hacia arriba en una estantería. Se veía un tarro con un pincel. Yo era muy bajita, así que tomé la silla donde estaba sentada y la arrinconé contra la estantería. Me subí, tomé un pegamento con el pincel y bajé.

—Aquí está —comenté.

Tomé su juguete y se lo pegué. Mientras tanto, lo observaba de reojo, era un niño muy bonito y tímido.

—Listo —le dije—. Se lo entregué.

—Gracias, Lidia —dijo mirándome contento.

—¿Te puedo contar un secreto? —le susurré. Él asintió con la cabeza—. Soy una viajera del tiempo. —Sonreí.

—¿Cómo? —Abrió grandes sus ojitos verdes.

—Cierro mis ojos y aparezco en otro lugar. ¿Quieres intentarlo? —Asintió con la cabeza—. Cierra tus ojos y aprieta fuertes tus puños. —Confió en mí y lo hizo.

—¡Wow! —exclamó—. Estoy en un castillo, hay dragones y muchos guerreros reales. —Comenzó a caminar por la pequeña cocina, había entrado en un estado de excitación, estaba en otro mundo, uno imaginario como el de todo niño, yo sonreía—. ¿Lo ves, Lidia? —me preguntó.

—Sí, sí —Reí—. Tú eres el rey, y yo soy una guerrera muy fuerte. —Entré en su juego.

—Tú eres la reina Lidia V y yo soy el más temido guerrero de todos los tiempos. —Cambió su tono de voz a fortachón, se paró arriba de la silla—. Sir Philip Bennett a su disposición, su real majestad. —Me hizo una reverencia. Quedé helada, era… Philip.

Mis ojos brillaron, era mi padre, el Sr. Bennett. Sonreí y dejé caer unas lágrimas, lo quise abrazar, pero, al hacer un paso, me quedé frente a un hombre alto, de cabello castaño claro, ojos verdes, de bigote y mirada compasiva. Miré a mi alrededor, estaba en el instituto psiquiátrico, en esa habitación con dos enfermeros y enfrente de mí, ese hombre de traje elegante.

—No… —Me lamenté. No pude abrazar a Philip de niño, ese hombre que tanto amé por años, mi padre.

—¿Se encuentra bien, Srta. Hudson? —me preguntó el hombre.

Tenía una voz muy particular, no era tan grave. Estaba interceptando la puerta de la habitación. Yo estaba muy nerviosa, las manos me sudaban, era como estar en la cárcel por un delito que no había cometido.

—Soy el director Brian Newton, dirijo este instituto. Estamos aquí para ayudarla —comentó.

—Quiero volver a mi casa, con mis padres. —Lo miré confundida.

—Este será su hogar ahora, Srta. Hudson —dijo con voz suave.

—No, no lo es. Hay un error, yo no debería estar aquí, están confundiendo las cosas, yo… solo vine a leer… —Bajé la mirada avergonzada, sonaba como una loca.

—¿Por qué cree que no debería estar aquí? —me preguntó.

—Porque… no estoy loca —susurré.

—No creemos que lo esté, Srta. Hudson, pero quisiera que nos explique por qué estuvo mirando hacia la puerta unos… —Miró su reloj de bolsillo— dos minutos sin pestañar, cortando de un segundo para el otro sus gritos de desesperación para que la saquen de aquí. ¿Cómo lo explica?

—Yo… —Mi voz tembló.

—Su familia dice que usted “viaja en el tiempo”. Eso es lo que cree, ¿verdad? ¿Entiende que es antinatural? Es imposible, usted está confundida, aquí la ayudaremos —insistió. Yo no tenía palabras.

—Venga, daremos un paseo. —Se puso a la par mía y dejó libre la puerta de la habitación. Hice unos pasos, los enfermeros me quisieron tomar de los brazos por seguridad para que no salga corriendo por mi libertad, supongo—. No, no —les dijo Newton—. Iremos solos, pueden retirarse.

Caminamos por los largos pasillos. Al observar los huéspedes, me di cuenta de inmediato de que se trataba de un manicomio, pero, por alguna razón, no lo quise ver al principio, era como si me hubiesen llevado por un lugar más lindo y me hubieran vendido un cuento de hadas cuando, en realidad, se trataba de una película de terror, sombría y escalofriante. Las personas allí daban miedo.

—Soy psiquiatra, dirijo este instituto hace ya varios años, he tenido diferentes tipos de pacientes, muy pocas veces he visto pacientes que lucieran normal, pacientes como usted. Sé que no está loca, pero necesita arreglar algo en su mente, curar algo en su interior. No diferencia realidad de imaginación, cosas que no existen, que no son reales —me habló calmo mientras yo observaba las salas comunes, los cuadros colgados en las paredes blancas y el piso a cuadros en blanco y negro. Todo se tornaba retorcido.

—No estoy confundida, lo que me pasa es real. Ojalá pudiera usted estar en mi lugar y ver y sentir lo que me pasa. —Lo miré sincera a los ojos para que viera que no mentía—. ¿Cuándo podré salir de aquí, o… hablar con mis padres? —murmuré.

—¿Cuánto hace que vive esas experiencias? —me preguntó analizándome e ignorando mi pregunta.

—Desde pequeña, desde que tengo uso de razón, supongo.

—¿Cómo se sentía cuando eso ocurría?

—Bueno… confundida al principio, después me acostumbré porque mis otros padres me cuidaban y me enseñaban mucho, luego compartí muchas cosas con mis hermanos pequeños, eran muy dulces.

—Habla en pasado y se dirige a ellos como sus “otros padres”. —Hizo una mueca rara en su rostro, no lo entendía.

—Dejé de verlos desde que el Sr. Bennett falleció.

—¿Quién es el Sr. Bennett? —Se frenó.

—Mi padre, allí en el otro tiempo.

—Su padre es David Hudson, ¿es consciente de eso?

—Sí. David y Elizabeth son mis padres de aquí —le dije. Él me miró como si no tuviese cura. Suspiró.

—¿De qué tiempo habla? —Retomó el paso hacia ningún lado.

—El 1800, 1840 fue mi última vez con los Bennett, bueno… hace un rato estuve a fines del 1700, lo vi a él, al Sr. Bennett, Philip de pequeño. —Sonreí.

—¿1800? —Se frenó una vez más para tratar de entenderlo—. Supe que sus padres, David y Elizabeth, trabajaban muchas horas durante el día y que usted estaba sola en casa con alguna niñera, supongo. ¿Es correcto?

—Sí.

—¿Y no cree que, dadas las circunstancias de tener padres todos los días ausentes en su vida por motivos laborales, pudo usted crear una familia en su mente, de padres cariñosos y hermanos amables y amistosos, hermanos que, en la realidad, no existen, como para sanar su vacío interior? —Me observó a los ojos, no era el primero que me lo decía.

Me callé. Era lo que cualquier psicólogo y psiquiatra analizaría, pero era real, lo que me sucedía no era producto de mi imaginación para llenar un vacío.

—Yo no querría reemplazar a mis padres David y Elizabeth, los amo, juro que lo que me pasa es real. Yo no inventé nada en mi mente, y esto que me pasa, que no tiene otra explicación más que lo que digo, me ocurre de verdad. Yo… una vez me corté con una espina de una rosa que mi hermano pequeño Anthony me regaló y, cuando aparecí acá, en mi casa de Londres, a las 15.30 horas, en un parpadeo la palma de la mano me sangraba. ¿Cómo puedo decir que es producto de mi imaginación? —grité ya bastante alterada, quería salir de ahí. Me sentía terrible. Él permaneció callado—. ¡Explíqueme qué tipo de enfermedad paranormal tengo, entonces! —grité.

—Prometo que la ayudaré a que lo supere —me dijo sabiendo que era algo sumamente imposible, ya que ni él lo comprendía.

—Demuéstreme que no está confundida ni demente y le firmaré el alta la semana entrante, y podrá volver a casa. Mientras tanto, tendré que seguir su comportamiento y hacer mi trabajo para poder ayudarla. —Extendió su mano hacia mí—. Le doy mi palabra.