En grado de tentativa - Francisco Hernández - E-Book

En grado de tentativa E-Book

Francisco Hernández

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En grado de tentativa. Poesía reunida reúne en dos tomos -el primero prologado por Christian Peña y el segundo por Hernán Bravo Varela- cuatro décadas de trayectoria literaria de Francisco Hernández. En estas páginas se encuentran desde poemarios como Antojo de trampa, pasando por Mi vida con la perra hasta Odioso caballo, el último libro publicado del autor; se incluyen también poemas y coplas inéditos.

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Seitenzahl: 1000

Veröffentlichungsjahr: 2017

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EN GRADO DE TENTATIVA   POESÍA REUNIDA   VOLS. I Y II

EN GRADO DE TENTATIVA  POESÍA REUNIDA

En grado de tentativa

POESÍA REUNIDAVOLUMEN I

FRANCISCO HERNÁNDEZ

POESÍA

Primera edición, 2016 Primera edición electrónica, 2017

El autor es creador emérito del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Diseño de la colección: León Muñoz Santini Imagen de portada: Marcos Castro. Cortesía Galería Arróniz Arte Contemporáneo

D. R. © 2016, Almadía Monterrey, 153; 06700 Ciudad de México Tel. (55) [email protected]

D. R. © 2016, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-5086-3 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

 

SUMARIO

Dramatis personae, por Christian Peña

POESÍA REUNIDA [1974-1994]

Gritar es cosa de mudos (1974)

Portarretratos (1976)

Cuerpo disperso (1978)

Textos criminales (1980)

Mar de fondo (1982)

Oscura coincidencia (1984)

En las pupilas del que regresa (1990)

Moneda de tres caras

[1996-2003]

Última voluntad (1996)

Mascarón de prosa (1997)

Antojo de trampa (1999)

Soledad al cubo (2001)

Óptica la ilusión (2002)

Diario invento (2003)

Índice general

 

A mi nieta Sofía Hernández Sibaja

Corro al jardín que está detrás de la casa. Subo al peral cubierto de nieve Y ensayo el aullido de los lobos

VASKO POPA

 

DRAMATIS PERSONAE

CHRISTIAN PEÑA

En un ensayo dedicado a su compatriota W. B. Yeats, el poeta irlandés Seamus Heaney señala:

Al leer a Yeats, nos encontramos bajo el influjo de una voz que ofrece simultáneamente expansión y contención […] La expansión obedece a la confianza de que la mente ocupa el lugar que le corresponde y dentro de ella cabe imaginar grandes distancias y recorrerlas a voluntad. La contención está presente por la sensación de que una fuerte presión emocional e intelectual topa contra límites formales y hace fuerza dentro de ellos.

Creo que la expansión y la contención son características primordiales en la poesía de Francisco Hernández. La expansión es el viaje al centro de sí mismo que deriva no en la autentificación de la voz, sino en el andar interminable y colmado de preguntas, propio de la extranjería. Durante ese viaje, Hernández ha descrito con señas particulares y ficticias al sinfín de personajes que forman parte de su drama y que, más allá de ser una galería de retratos, son las notas de una bitácora hallada en el corazón de las tinieblas, el álbum de lo familiar puesto en negativos, el dramatis personae de su memoria. El poeta emprende este peregrinar, pidiendo referencias, preguntando direcciones, calles y nombres en diferentes lenguas, quizá para encontrar el camino de vuelta a su eje, aunque, lo sabe de antemano, eso no sucederá: es el precio de errar en busca de la palabra. La contención, por otra parte, está presente en la manera en que ahonda en la lengua hasta encontrar “la sonora oscuridad del hueso”, hasta dar con las heridas profundas de la superficie, el escalofrío de lo cotidiano. En la presión “emocional e intelectual” que la mirada de Hernández ejerce sobre las cosas más a mano se concentra el asombro y lo terrible en contadas palabras, se realiza un ajuste de cuentas con lo que creemos conocido.

La poesía de Francisco Hernández ocupa desde hace tiempo un lugar insustituible en nuestra tradición. Desde los comienzos de su obra — que, por ahora y con En grado de tentativa, suma más de una veintena de libros— podemos atisbar obsesiones que serán exploraciones a fondo a través de los años y las páginas. Elaborar un registro detallado de dichas obsesiones supone una tarea interminable; sin embargo, quisiera detenerme en algunas que considero esenciales. La enfermedad, por ejemplo, ha acompañado a Hernández desde sus primeros poemas y alcanza una temperatura altísima en el libro Mar de fondo, publicado en 1982, abriendo paso a la fiebre y al delirio. Mar de fondo cuenta la historia de un hombre postrado en la cama como en una balsa a la deriva, mientras atestigua cómo el río y el tiempo crecen y ahogan el recuerdo de un pueblo a su paso (“La cama es un esquife que flota sin gobierno, un féretro / que chocará en segundos contra un iceberg”). Debido al tono y ritmo de la prosa, esa cama nos recuerda por instantes la cama en la que Juan Carlos Onetti escribió su relato El pozo, postrado y afiebrado en un cuarto de dos por dos. En el cuarto donde Hernández padece las dimensiones del infierno, el poeta plantea la atmósfera de sed y terrible belleza que estará presente en gran parte de su obra:

Cierro los ojos. Me arrastra el sopor hacia los territorios de la fiebre y, mecánicamente, limpio mis dedos pegajosos de semen en la trama del mosquitero.

Oigo a lo lejos el mundo de mi madre, su andar entre las brasas, su diálogo con el rencor que le acompaña: hablan de mi padre, de la mujer que tiene, de su risa, que suena como tromba de flores pisoteadas.

Con el silencio fijo en el vacío pienso en los tigres de Mompracem, en las redondeces de Paura, en un jonrón con tres hombres en base.

Afuera está la herida pero no quiero salir a su encuentro: debo continuar enfermo siempre, sin tener que bajar a tierra, sin enfrentarme a nada ni a nadie, ni siquiera a las piernas de Paura ni a un campo de beisbol ni a la luna llena del espejo.

Hoy, apunto en el cuaderno de bitácora, empieza el fasto de los grandes viajes.

Y el ave Roc emerge a los pies de mi lecho.

Francisco Hernández encarna en varios de sus libros, ya sea en pequeñas o grandes dosis, la figura, no del “poeta maldito”, sino del hombre enfermo. El poeta maldito abraza —y en ocasiones propicia— escenas de una vida extrema donde cada caída tiene dimensiones épicas, donde cada derrota es un himno de gloria entonado a coro por todo un estadio. El hombre enfermo, en cambio, sobrelleva su condición y busca discretamente un alivio sin testigos ni ovaciones, un malestar puesto sobre la página como un testimonio y no como bandera. La fiebre y el delirio padecidos en Mar de fondo son los primeros síntomas en la poesía de Hernández; más adelante, la depresión y la epilepsia (Mi vida con la perra y La isla de las breves ausencias) serán el mal de raíz. La memoria es también un padecimiento en sus versos. Dicho por él mismo: “Sólo con medio cerebro se recuerda. La otra mitad no duele”. No es una casualidad que Hernández lleve tatuada en el antebrazo izquierdo la inscripción “Poesía: lo cura”. La poesía como enfermedad y sanación. Pienso en una frase atribuida a sir William Osler, la cual pone el acento sobre el tatuaje que suele asomarse sutilmente bajo la manga de la camisa de Hernández: “No preguntes qué enfermedad tiene una persona, sino a qué persona elige una enfermedad”. “Poesía: lo cura”, la tinta sobre la piel, el grabado en la piedra, el juego de palabras que va en serio, el eslogan aforístico; la poética, vamos. Así de puntual. Así de firmado con sangre:

HASTA QUE EL VERSO QUEDE

Quitar la carne, toda,

hasta que el verso quede

con la sonora oscuridad del hueso.

Y al hueso desbastarlo, pulirlo, aguzarlo

hasta que se convierta en aguja tan fina,

que atraviese la lengua sin dolencia

aunque la sangre obstruya la garganta.

El origen, el pueblo natal y la muerte son también obsesiones que llevan al poeta a transitar por el desvelo y su respectiva carga de somníferos. Pero hay una figura que se relaciona con todos estos temas y que, al tocarlos, hecha sombra y luz sobre ellos; una presencia que atraviesa de polo a polo el cerebro del poeta y a la que intenta descifrar, retratar, dibujar con los ojos cerrados en el muro de sus lamentaciones. Me refiero al padre. El padre es la primera cara en la moneda poética de Francisco Hernández. El padre: el cazador y la sombra, el fantasma con bifocales y el caballo odioso. El padre: los errores y la negación como herencia.

EL CAZADOR

Ibas a la montaña en busca de jaguares,

tapires o faisanes.

Siempre te acompañaba la mujer de otro.

En mis sueños te veía raudo por la playa,

eludiendo tenazas de cangrejos azules.

Ahora caminarás desnudo por la noche sin término.

Ojalá te encuentres con los ojos

de todos los animales que mataste.

Faustino Hernández Valencia, el padre, nació en 1911 y murió en 1984. Fue dentista y quien lo acercó a los libros. Tal vez cuando Francisco era niño contemplaba con asombro y miedo los instrumentos dispuestos sobre la mesa: el espejo bucal, el taladro, el eyector de saliva; el material quirúrgico con el que su padre aliviaba y causaba dolor. El trabajo del dentista era procurar una sonrisa saludable a sus pacientes. El trabajo del padre era ahogar los gritos. La carcajada oscura; el humor negro también característico del poeta. ¿Sabemos nosotros algo de extraer muelas sin anestesia? ¿Sabemos algo de esos oficios — escribir y tapar caries— que se aprenden sin ir a la escuela, así, por la mera observación, hasta llevarlos a la maestría? ¿Sabemos algo de empezar imitando a García Lorca y a Neruda o limpiando la vasija de los escupitajos? ¿Sabemos algo sobre dejar durante la noche un diente bajo la almohada y encontrar a la mañana siguiente la foto de un muerto? ¿Sabemos qué se hace con un padre que eclipsa el mundo con su sombra? ¿Sabemos qué se hace con un padre que se pone bata blanca para ir de cacería?, ¿sabemos cómo se quita esa sangre?, ¿cómo no parecernos a él?, ¿sabemos qué se hace con su ropa cuando ha muerto? En Odioso caballo, el libro más reciente de Hernández, se lee:

La dentadura de mi padre

avanza hasta donde duermo.

Sube a mi cuello de postura infantil,

para después morderlo sin hacer caso

de mi grito.

Manchada por gotas de sangre,

la cuna es una paila hirviendo.

Mi madre regresa y la dentadura

se sumerge otra vez en su vaso de agua.

Fragmentos de Bartók, tocados

por Keith Jarret,

salen de una cajita de música.

Mi madre se despide. Primero me persigna.

Después acaricia mi calvicie prematura.

En las pupilas del que regresa —preámbulo fundamental para la escritura de Moneda de tres caras—es un poemario en el que se desarrolla con precisión y terror el tema del padre descrito anteriormente, además de ser el lugar de los primeros avistamientos de retratos literarios escritos por Francisco Hernández. Allí, Silvia Plath mete la cabeza en el horno para huir del invierno, Roberto Juarroz camina por la playa de la mano de Roberto Juarroz, y Ramón López Velarde, de pie y en sueños frente al océano, “Vive otra vez la angustia que sintiera en la pila bautismal”. Allí también aparece otro personaje de su drama, un lugar que tiene nombre y rostro, San Andrés Tuxtla; obsesión descrita desde sus primeros versos (“Por el ombligo transparente”) y personaje principal en más de uno de sus poemas (“Cuaderno de un retorno al pueblo natal”, al interior de Imán para fantasmas). Hernández siempre volverá a ese lugar que lo vio morir; siempre vivirá una suerte de “Retorno maléfico” para reencontrarse con la casa derruida donde pasó la infancia, con el río que ahoga los sueños de las mujeres, con el jardín de su madre:

¿Quién regresa ahora que vuelvo retornado?

¿A dónde regreso? ¿No es cada vuelta al punto de partida

una isla rodeada de redundancias por todas partes? […]

Descubro a mi madre con su piel ya enferma

y una sola palabra suya pone en movimiento

aquel lenguaje repleto de cáscaras jugosas

y de ceremonias donde el descorazonado era el viento.

Pero ni ella puede ayudarme a reconocer

el miedo de quien vuelve.

Faustino Hernández Valencia, San Andrés, la enfermedad…, así, pues, antes incluso de decirnos que su libro capital era una moneda de tres caras, en la obra poética de Hernández ya había otras tantas girando en el aire.

La “trilogía germánica” que conforma Moneda de tres caras exhibe una propuesta estilística donde el poema largo de corte narrativo desencadena un orbe de seres reales y ficticios para dar pie a la poesía que experimenta con la experiencia. Lo sabemos: en De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios, Habla Scardanelli y Cuaderno de Borneo están delineados con carbón algunos de los momentos de la vida de Robert Schumann, Friedrich Hölderlin y Georg Trakl, está retratada la historia de su genio; sin embargo, debo decirlo, cada una de estas caras es también una cruz: la música y la melancolía, el tormento amoroso del alter ego, el hambre de una isla más allá del destierro. Moneda de tres caras es también las tres cruces que Francisco Hernández acuñó a conciencia. La cruz en el sentido más coloquial de la palabra; el muerto que se nos sube, el costal de heridas y huesos que acarreamos de una página a otra; el odioso caballo que cargamos, tal y como el guerrero Hatakeyama Shigetada, dibujado por Hokusai. “¿Nacimos para echarnos caballos a la espalda?”, sigue preguntándose el poeta casi veinte años después de la publicación del libro. El dramatis personae que Hernández evidencia en Moneda de tres caras no es un listado de personajes con biografías extremas, sino la afinidad azarosa —fáustica en varios casos— entre el poeta y ellos. No se trata aquí del retrato o la biografía, no se trata de los acentos sobre la tragedia ni del apunte culterano: se trata de ser afectado e infectado por la palabra, la música o el trazo de alguien más, se trata de tatuarse la obra de alguien más en los huesos y, entonces sí, aceptada la afrenta, aceptado el duelo, tomárselo personal y escribir. Se trata de personajes personales, por llamarlos de algún modo. Guillermo Rousset Banda apunta en el prólogo a Personae de Ezra Pound: “Las paráfrasis y versiones, que no traducciones, de Pound son personas, poesía de caracteres: mediante la auténtica fusión con el personaje, recreación de cierta situación o cierto estado de ánimo, adopción intencionada de cierta perspectiva peculiar para exponer un carácter”. La traducción de un sufrimiento parecido al suyo, la adopción de un temperamento y la aproximación a una obra puesta sobre el microscopio (“La poesía es un método de análisis, un instrumento de investigación”, apuntó Jorge Cuesta) son algunas de las herramientas con las que Hernández acuña su moneda.

ESCRIBE SCARDANELLI

Prohíbe al llanto diluir la fuerza de los deseos más íntimos. Trae contigo tijeras para cortar de raíz hasta el otoño si es preciso.

Le he ordenado a mi lengua convertirse en río para que en sus ondas sumerjas tu cabello. Le he dicho transfórmate en montaña para subir a ella y en esquila, con el fin de escucharla antes de los sermones.

Si una serpiente te rodea los tobillos, no imagines el vértigo de la caída: es mi lengua.

Cuando el banquero Gontard te dé un lienzo que se anude a tu cuello, no creas en la liberación por asfixia: es mi lengua.

Impide la presencia de la duda. Corta esa prolongación rosada si te oprime también el pensamiento.

Córtala, písala, muérdela. Arrójala sin miedo a la gavilla de poetas callejeros.

No importa. Porque a mi voz, al no ser músculo de agradable temperatura, no podrás silenciarla ni en la más jubilosa de tus ensoñaciones. ¿Por qué habrías de privarme de alabanzas?

Deja a Scardanelli lo único sagrado que los dioses le dieron.

Mi lengua tiene vida propia.

Después de muerto he de seguir cantando.

La presente recopilación de la obra de Francisco Hernández, En grado de tentativa, permite comprobar que la moneda que el poeta lanzó hace ya más de veinte años tiene una sola cara y una sola cruz: Hernández mismo. Dicho de otro modo, cada vez que el poeta arroja la moneda al aire, ésta cae de canto. Francisco Hernández no es sus personajes, pero sus personajes sí son él. Ésa es su cara, la real e imaginaria. Como en “El hacedor”, de Borges, el poeta “se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincia, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

Francisco Hernández sabe que la voz es una vieja promesa de la poesía. La voz como la verdad del poeta, como esa olla de oro encontrada bajo un puente, esa moneda de cambio para entrar al Olimpo, esa voz, esa manera de contar el mundo anteponiendo al yo sobre todas las cosas es una broma gastada. No, en poesía no hay voz, sólo ecos; resonancias de una lengua amada o repudiada hasta el cansancio. No hay voz, no hay yo; apenas las facciones imprecisas de hombres que se sobreponen al silencio y, en ocasiones, lo atenúan con un balbuceo hermoso aprendido en el insomnio y la desesperación, rumiado en la ansiedad de nombrar lo irreconocible e irreconciliable. “Balbucear”, que no “decir”; interrogar, que no afirmar; “tendencia a enmudecer”, como lo definió Celan. La poesía de Hernández es un eco en las generaciones de poetas que le preceden. Su estilo es cercano al de un altoparlante con distintas salidas de audio, cada una con un filtro distinto. Octavio Paz dijo alguna vez sobre Jaime Sabines que solía tocar dos o tres cuerdas de una manera extraordinaria. Tratándose de Francisco Hernández, pienso que no sólo toca más de un cuerda, sino más de un instrumento; ocupa más de un lugar y se mete en la piel de más de un individuo al momento de escribir sus poemas, de hacer su música. En palabras de Bernardo Soares: “Mi alma es una orquesta oculta: no sé qué instrumento tañe o rechina, cuerdas y harpas, timbales y tambores, dentro de mí. Sólo me reconozco como sinfonía”.

Establecer un presunto dramatis personae que delinee los múltiples personajes que aparecen y reaparecen en la obra de Francisco Hernández es una idea a la que no puedo resistirme. Estoy seguro de que cada lector encontrará los que le sean más afines o inesperados durante el viaje a través de sus páginas. Sirva, pues, este pequeño ejercicio como la introducción antes de que el telón suba y comience la obra:

DRAMATIS PERSONAE

Faustino Hernández Valencia:Padre, fantasma y dentistaSan Andrés:Pueblo natalPaura:Mujer de mar abiertoNew York Yankees:Equipo de beisbol de las grandes ligasRobert Schumann:Músico vencido por la melancolíaScardanelli:Poeta aprendiz de carpinteroGeorg Trakl:Poeta y farmacéutico incestuosoMiguel Kolteniuk:PsicoanalistaDoña Raquel:MadreFrancisco Toledo:Pintor y escultorFosca:Mujer de fealdad insólitaDepresión:Perra de raza indefinidaEpilepsia:Isla fuera de radarCharles B. Waite:Fotógrafo viajeroLeticia:Mujer que se peina con sus recuerdosMardonio Sinta:Coplero veracruzanoEmily Dickinson:Poeta vestida casi siempre de blancoDios:Caballo odioso

Estos personajes personales, entre otros, son los que se dan cita en la obra del poeta; Vidas imaginarias, las nombró Marcel Schowb; Vidas minúsculas, las llamó Pierre Michon; monedas de la cara, les dice Francisco Hernández. En la autobiografía de Yeats, en los papeles dispersos que decidió reunir y publicar, precisamente, con el título Dramatis personae, el poeta irlandés escribió: “Toda mi vida he estado obsesionado con la idea de que el poeta debe conocer todas las clases de hombres como si fueran él mismo, que debe conjugar la mayor realización personal posible con el mayor conocimiento posible de la palabra y circunstancias del mundo”. Francisco Hernández encarna la idea que obsesionaba a Yeats. Su poesía es también la autobiografía de un hombre habitado por muchos otros hombres; no exalta una voz, sino que traza sutilmente la infinidad de ecos que conforman su existencia: la memorable puesta en escena que lleva por nombre Francisco Hernández.

CHRISTIAN PEÑACiudad de México, 30 de marzo de 2016

 

POESÍA REUNIDA  [1974-1994] 

A Rosabertha, Edgar y Omar, nuevamente como antiguamente.

Contra toda verdad he de quererte, equilibrio infernal. Nací desnudo: sólo contigo venceré a la muerte.

ERNESTO MEJÍA SÁNCHEZ, La poesía

 

Gritar es cosa de mudos[1974]

 

Con su casco abollado de general prusiano viene mi hijo por la tierra pateando su esperanza, durmiendo sus crespones, volando aves sin alas, adoptando hormigas, eructando canciones, amasando su miedo, naufragando crepúsculos, destripando corceles, violando líquenes, lavando luciferes, cavando su amor viene y yo no tengo nada que decirle:

 

GRITAR ES COSA DE MUDOS

Carajo, esto es el acabóse.

Aunque ignoro si sea el momento exacto

—uno nunca sabe

cuándo cerrar la boca o cuándo unas palabras graves

nacerán en la frente— pero a dar curso vengo

a todo lo que se está ahogando dentro y fuera de mí:

las escamas infantiles,

el sabor de miseria,

la impasible visión de los espejos.

Bajo el viento abro el tercer postigo.

Veo cómo las hojas se espuman y se esfuman;

veo caballos del alba pasar a tumbos

sobre el lomo del río;

niños sin frazadas; árboles huecos

que cayeron del cielo;

gritos hundidos dentro de sí mismos: los veo ser

descubiertos

por luciérnagas y alertados por un perro de aguas

que conoce años ha la suerte de los náufragos.

¿Y?

Ahora yo, oteando tu cadáver a última hora

vestido con ropa limpia, oigo el triste silbato

que me obliga a bajar apresuradamente de la cubierta

para oler el aceite que te untaron en las orejas.

En tu garganta hay címbalos,

peces que no conocían la superficie del mar.

Y ahora yo el desterrado lluevo sobre los cirios,

doy vueltas y vueltas a tu cuerpo sin sangre

y me detengo.

Como si entrara a una librería desconocida

hojeo tus párpados en busca de la última palabra

cuyo significado te dolía.

¿Quién se cortó la lengua ante el espejo?

¿Quién no desea comprar una sombrilla

si ya han anunciado la tormenta de mierda?

Sin responder a los crespones

que la nostalgia anuda a mis zapatos

y que cada mañana que se pudre veo,

voy al encuentro del viejo español que hace estallar

el iris de las niñas cuando tose o habla.

Mis huesos, sin otra cosa que calor,

se van agazapando en las esquinas.

Mis cabellos cuelgan de la levadura

de los árboles, mis duelos se nutren en el plato

del vagabundo y llego ante él sin vísceras.

Con el pellejo temblando como gelatina

me empotra en la pared: lo escucho.

Sólo su nombre retuerce mi ocio y me reanima.

Pero yo, siempre yo por debajo de todo,

sigo pensando que gritar es cosa de mudos

y que escuchar es intercambiar ecos

con barcos fantasmas o con muertos

que han perdido la esperanza de vengarse.

POR EL OMBLIGO TRANSPARENTE

Regreso porque entre tanto

se me olvida mucho.

Porque ya nada vive fresco debajo de mis párpados

y los nombres acostumbrados

se me diluyen en la lengua.

Porque es necesario volver a caminar por el dorso

de mi padre el anciano; dormir con los oídos abiertos

para cristalizar los ligeros tumbos del río,

el paso de los caballos sobre las piedras huecas,

la vaguedad del ciclón bajo la puerta cerrada.

Vuelvo para sentir el mareo del mar y a comprobar

que nunca finaliza.

Regreso a ver zopilotes girar sobre mi cabeza

recién cortada, mientras despiden su hedor

a contadores públicos.

Regreso a ver gente de corazón verde.

A beber aguardiente bajo las alas de los árboles,

a estrechar la mano del amigo muerto, a zambullirme

en el único lodo que me reconoce,

a fumar tristeza cuando

una hilera de peces luminosos me pone al tanto

de los días que vienen.

Vuelvo a buscar el ombligo transparente donde la criada

colgaba mis camisas,

vuelvo por la última parte soleada de mi ojo,

vengo a hacer el amor y a deshacerlo,

a reconstruirme con minuciosidad, a repararme,

porque ante la esperanza de la muerte

y el zumbido de la tormenta

sólo se puede ser útil cuando se está completo

o extraviado.

ÁNGELA O DEMONIO

Para Jaime Turrent

ángela davis

militante

27 años

de dónde sacaste ese sombrero de las alas anchas ensortijado

capucha de cornilargo sin el fierro del amo

de dónde de qué tam-tam raptaste

tus chinos que juegan al tobogán

indistinta indiscriminadamente

con las palabras pesadas de

kant

proudhon

drumgo

clutchette

y las del capital y las de todo lo demás que

asimilaste lejos de donde los negros

son el principal blanco en movimiento

ángela davis

tu nombre me sabe a birmingham

a pastel de ciruelas dinamitado dentro del horno

ángela davis

discípula de marcuse el loco y del garrote

pantera con cuerpo de filósofa

me da pena confesar que hasta hoy te amo locamente

a través de los alcaldes de watts

de las prostitutas de woolworth

a pesar de tu infancia prodigiosa

y de los barrotes de papel

que te fatigan

ángela davis

hoy te escribo esta carta

con mi lengua herida apoyada

en tus hombros de cantera

ah si las palabras se deformaran

al escribirlas como cuando las gritas

te juro que no hay ningún blanco

cualquiera que sea la parte del mundo

donde el huracán haya barrido su cuerpo destrozado

que te ame como yo ángela o demonio

lo triste es que para nada servirán

tus teorías condenadas o las mías tan cobardes

como gatos de rico

falsas y mugrosas como los detergentes

en que mis compañeros purifican su espíritu

ángela power

black davis

de una vez por todas subiré a tus ojos achicados

no sé si por el llanto o por la oscuridad

o por el amor de dios muerto a balazos

allí flotandoesperaré

el cambio de guardia de tus lágrimas

allí esperaré el día del juicio

acompañado por mi propia pantera

ella me ayudará a recorrer tu cuerpo

que tiene capacidad

para un millón de almas

adiós

amada

bomba

hermana

soledad

es la hora del ángelus

y me da tristeza

no poder acostarme contigo

A PABLO NERUDA

Pensando en los linderos

de mi amante amarilla,

arañando su ágil superficie

con mis manos de minero incapaz,

me entero de que tu voz de tren

ha reventado en la estación llorosa

de los cobres.

Voy a cerrar tus párpados

para sentir tu savia de llamas diminutas.

Voy a entreabrir tu boca

para escuchar el mar lejano.

En las horas terribles que nos cercan

sabré de tu aletear de viudo

y comenzaré a buscar en mi tristeza

las insistencias

de tu materia fértil.

Joven y Pablo y Neftalí correoso,

tu amor de vuelo limpio

nos nutre ahora

desde otra latitud aún más cercana.

CETUS

Quizás en el momento

en que el amor no cubra,

el sol ya silenciado se desdoble

sobre las aguas emplumadas que te brotan

por dentro.

Quizás de un solo golpe de tus lobos marinos

me recojas la frente y la bandera,

o muerdas mi diente unicorniado

con el viento de los chorros de espuma.

Quizás al descubrirte botar entre las sábanas

sin previo catalejo ni ojos avizores,

mi lengua de piel roja, por tatuada amorosa,

se entumezca para después remar

de orilla a orilla.

Tal vez mi arpón se desvíe de tus lomos

o penetre sin fuerza o se resbale,

quizás tu coletazo no me alcance.

Yo he jurado atraparte bajo la luz del faro,

fumar la pipa de la paz con tus huesos

y sin lugar a brumas, liquidarte.

ESTACIÓN DE ATOCHA, 13:00 P.M.

desde la sala estrecha

el tren hace su boquete al cielo

ladrillos diminutos se ven franqueados

por panes enmohecidos

pero bajo la umbría caminan esposados

dialectos y el ronquido profundo de los pitos

triste el sueño que se arrastra por los caminos

triste el recogedor de basura que por segundos

me encarcela en su ballena de lata

campanadas de humo sobresaltan mis fiestas silenciosas

pisadas de cerveza secan al sol mis labios

una niña rosada que fue anciana en la guerra

come patatas suspira

y se ríe de mi cara de sobrio

por mi cabeza de naranja el tren

por mi lenta mirada de maquinista el pablo

el duende vigoroso de callejas y escudillas

el gran cuerpo visual de manos mitológicas

¡vedlo arrastrar sus testículos de chivo!

¡vedlo saltar entre los huecos horizontes

y sobre la rabia bufa del ventero!

con largas rectas vías la mujer teje a su pequeño

un gorro para la lluvia

los moros mascan burlones la sequía

SÍMIL

de una calabaza negra

sale el insomnio:

es la parte nocturna

de la soledad

PECHO DE OLAS, CONSTELACIÓN DE GRUPAS

pozo de aguas negras

donde abrevar el ansia

                  aerolito muerto de sed

                  en gota suelta

manto de agua

que te sale al paso

         pecho de olas

         donde nutrir mis zarpas

constelación de grupas

tus grutas despobladas

                          amor que no te tengo

                          y que me sacia

ahogado en el acecho

de tu escama

pez vampiro

chupo tu agua

tu sudor

tu estancia

LOS SIGNOS DE LA BRÚJULA

A Ezra Pound

Alguien le ha regalado una isla

al viejo pastor de ojos curtidos.

Quizá con este último presente

— no por eso el más hospitalario —,

quede lleno hasta el techo

su sombrero de fieltro

y su bastón

encuentre mediodía en que apoyarse.

La agonía frente al mar

siempre es dichosa.

El tifón orienta los signos de la brújula.

Hay brisas

y cantares

para escuchar

rastros de naves,

para cortar la sal que preserva al silencio

y el antiguo engaño de los pelícanos,

que nada guardan en el pico abultado.

El vaho de los perros se queda en las cornisas

de las catacumbas.

La marea es parte de los movimientos

que no pueden calcarte.

Sin embargo, sin miedo, sin tarea, has de cabalgar

sobre los dioses militantes

con tu hacha en la mano,

con el enebro en los pliegues de la bufanda;

con la incansable zarigüeya al hombro

has de buscar la vida torrentosa de los ahogados, el paladar letrina de fatuos detractores y una nueva, ruidosa ocupación a tu eco sin palabras.

Ancestro de la ira, malamado Neptuno de la Tierra,

tu nombre tañe, tañe, tañe,

tañe por la tarde

en oro brusco.

APONTAMENTO

Estoy en una pensión de Lisboa

recordando Tabaquería.

Anuncios luminosos respiran

en las almenas de un castillo.

Por el recuadro de la ventana

el sol nocturno se desdobla

para bruñir el gobelino todo silencio.

Por el recuadro de lo pensado

las estatuas verdosas

sueltan puños de sal en ojos de turista.

Al fondo, sin recuadro,

monstruos creados por viejos navegantes

pasan desflorando leyendas hacia el Barrio Alto.

En el ventanal de mis oídos,

el escape de los esclavos

rumbo al cuartel de esclavos,

el concierto de los mudos contra el aire

y en la calle poblada como axila,

el domingo que anuncia un exceso de producción

en la obra del cadáver

más requerido por España.

Lisboa lisiada, nado en tu fado.

Tanto tiempo inventándote

para que naufragaras en la playa

donde la ausencia emerge.

Pessoa Fernando,

tanto sueño buscándote

para encontrarte al fin en cada esquina

con tu cirrosis de dos pisos,

el diario en cabestrillo

y los ojos vueltos con tristeza

hacia donde dos marineros

se orinan entre sí.

ACOTACIONES Y DEUDAS

Para Juan Manuel Torres

Hoy la tranquilidad ha vuelto por mi casa

y ha sido azotada con benevolencia.

Mi casa, mi renaciente fábrica de angustias,

parece un largo cuerpo sin ventanas

desde donde las pesadillas son botadas al mar

sin escampavías, ni agua dulce, ni grumetes.

En las paredes salitrosas, el silencio ojival

pone a secar sus telarañas y sus herrumbrados

motores de hélice; en el lecho del foso

que la divide, niñas y niños ciegos juegan a respirar,

a esconderse las lágrimas, a horadar

el himen de la miseria

con los filosos pelos de sus orejas.

Quizá por mis continuas acotaciones y deudas

me decapiten en la plaza principal de mi casa.

(El sopor es del pueblo y el pueblo no

está acostumbrado a soportar.)

Así que el verdugo que ha cogido mi mano es verdadero,

encapuchado trae el corazón y la piel es boca reseca

de rumores y la luz se desnuda en pleno invierno

y el cuello se me empluma de filos y mi casa,

mi anciana casa desierta, es incendio que huye

bajo el tropel del aire.

Mi casa, señores, es un bajel encandilado

con la peste a bordo.

Su número no existe en las cartas de navegación,

sus leones rampantes fueron blanco de monterías

y hasta el momento de escribir estas líneas

ningún guerrero o paje, delfín o capitán de fragata

han visto su huella proyectarse.

Luego, estoy a vuestro servicio.

Al fin que ya sabéis dónde encontrarme.

ACTO SEGUIDO

“desde el fondo del océano

una mirada dulce de peces boquiabiertos

hará ondear tu herrumbrada cota de malla

y los mechones resecos de tu cabello

acto seguido

plegarás tu desencanto y tus dudas

verás cómo los lugares nunca antes visitados

posan sobre tu tienda

resultando harto conocidos

y con pocos placeres que ofrecerte

de las tabernas saldrán asesinos

que llevan tu rostro incrustado sobre el suyo

saldrá el perro que imita tu presuntuoso

acento provinciano

y la más noble de las rameras será crucificada

por esgrimir tu aliento y venerarte

sólo entonces

comprenderás el sentido equivocado del verbo

y la amargura de los vientos brumosos”

Quien así hablaba era un niño pequeño,

hermoso y turbio como jamás había visto.

En el sitio donde debería estar su ojo derecho,

una placa de oro resplandecía.

De su ombligo colgaban un erizo y el pico roto

de un pájaro marino.

En su mano izquierda — cubierta por completo

de suave vello negro— portaba un gran estandarte

con la efigie de Antonius Block.

Me dio la espalda de pronto, sin decir una palabra más.

Corrió,

corrió gritando entre los escombros

por su inmensa desventura y la de todos nosotros

y meó hacia el cielo una luminosidad vaga,

como de alba lluviosa.

De mis ojos, brotó la sangre infatigable

de los solitarios.

De mi cuerpo y alma,

la sensación de que nada había acontecido

y de que nada

volvería a acontecer en el tiempo restante.

SÍNTESIS

Cada vez que era sometido

al potro de torturas

recordaba su infancia.

No por la humillación y la impotencia,

sino por la docilidad

que nace del martirio.

Cada vez que era sometido

al triste invierno de los fosos

recordaba su trayectoria en la tierra.

No por la soledad y el hambre,

sino por el sentido inútil de la esperanza.

 

Portarretratos[1976]

 

 

FADE IN

Lo de menos era empezar

con un autorretrato.

Pero, francamente, no tengo cara

para hacerlo.

PARA EL ÁLBUM FAMILIAR

Cuando yo muera,

amor mío,

dulce amada,

júrame que sobre tu piel

que palidece

sólo se proyectarán

películas

de gangsters,

de cowboys

y de vampiros.

POSTAL DE PARÍS

Si tienes la suerte de haber leído

a Hemingway cuando joven, luego él

te acompañará, vayas adonde vayas,

todo el resto de tu vida, ya que

Hemingway es una fiesta que nos sigue.

INSTRUCCIONES PARA PERDERSE DE VISTA

I

despierta cuando sientas

que alguien tira de los anzuelos

que se han enganchado

a tus párpados

II

mira hacia la negrura

con los ojos en blanco

III

corre de un labio a otro

IV

respira como la piel de tigre

a punto de

V

arroja tus córneas contra el espejo

y suelta una carcajada

del tamaño de una lágrima

EL QUE FUE

La frustración de no poder realizar

un retrato de Henri Michaux

desapareció al leer esta frase

del propio Michaux:

Desde hace años he dejado de depender

de mis rasgos. Ya no habito esos lugares.

GRAFFITTI

Ahora que estamos cada vez más hartos

de mi sueño

tienes el rostro de todas las mujeres que

conozco de vista

de los diálogos tuyos y míos que sin

querer imaginamos

cada martes cuando inventamos que estamos

vivos cada lunes

PATRICIO REDONDO

va y viene con una palabra en la mano

juega al ajedrez y tira las piezas

cuando pierde

se baña poco pero trabaja mucho

con la ayuda de Platero

da clases de aritmética

las tormentas le recuerdan

la guerra de España

es cascada su voz

su mano explosión en la cara

a veces le tengo miedo

pero no me avergüenzo

temo también al río cuando crece

y al ciclón

patricio tiene el pelo blanco

y la frente alta

no toca la flauta

pero todos lo seguimos

a donde va

EL SUEÑO Y LA VISIÓN

Edgar Bruno despertó

y dijo:

soy niño

y sé que nunca

escribiré como Borges

pero él está ciego

y sé que nunca

lo dejaron ser niño

INSTANTÁNEAS

considera:

esto no es una orden pero un grano de azúcar

se disuelve en tu lengua

la oscuridad es amarilla por dentro

el viento trae un cuchillo en la cintura

la lluvia escupe

tus senos diminutos nunca empiezan

la flor que veo desaparece cuando la pienso

sacio mi sed en balde

tu cuerpo una mano vacía

RETRATO DEL DESEOSO

Lezama Lima liras

fronterizo a Viñales

y la ninfa candela

que en sus labios pasea

es el sol berbiquí

de la noche altanera

Lezama Lima frascos

donde anidan perdices

y su lúdico paso

de animal constelado

entrecana bigotes

sobre ojeras feraces

Lezama Lima cielos

en su acuario fecundo

y su limpia embestida

de semental en celo

desdobla las magnolias

de los invernaderos

Lezama Lima sueños

con su lengua de esparto

y al modelar la flama

de su muerte secreta

larga vida sin Dánae

por su frente despierta

POSTAL DE MADRID

vino la muerte

y se llevó los ojos de picasso

decorados por él mismo

era domingo

las caras iban tristes

y volvían interrogantes

en toda españa flotaba

una honda preocupación

por los resultados del futbol

SOLARIZACIÓN

a las 2.15

de la tarde

después de 1, 2, 3, 4, 5, 6 tequilas

          el sol es

          un papalote

          de niño

          ebrio

FATA MORGANA

todo el placer consiste

en ver tu rostro como un cuerpo

como un brazo de mar abandonado

en una calle pintada de blanco

REVELACIÓN I

niño

hombre

bosque

pregunta qué es un cazador furtivo uno

dos

tres disparos dos dan en el blanco bosque

REVELACIÓN II

cierra dios

su paraguas:

amanece

RADIOGRAFÍA

este poema huele a esperma

a sudor de negra

a pantalón traído de la tintorería:

al amanecer

sabe a vodka con hielo

a camarón gigante

o simplemente a madres:

es más ligero que el sexo de una hormiga

pero no se puede amplificar

ni humedecer

dada su calidad de combustible

TRANSPARENCIA

aquella tarde

¿o fue un atardecer?

el río se ahogó

dentro de Virginia Woolf

la volvió

de pronto

transparente

ALTO CONTRASTE

I

de tus axilas brotan poemas ciegos

de tus axilas brotan poemas ciegos

como murciélagos de una cueva

en el fondo del mar

II

bastará con mirarte

para que tus pechos se agiganten

y de ellos desciendan

los elefantes de Aníbal

para pisotearme

B. B.

brigitte

bella brigitte

flotas casi desnuda por Saint-Tropez

con ardores de permanencia voluntaria

te pegas a los sueños

como insecto a la luz

tu boca de mamá dora mis trigos

tu aliento me oscurece

pon tu mano de estrella en mi bragueta

siente latir por ti mi corazón

RECOPILACIÓN TARDÍA ANTE EL ESPEJO

Para Antonio Castañeda

como río que zumba entre la hondura

como galope terso y subterráneo

como vasto oleaje sepultado

como silbo asediado por campanas

como lagar sin pies y sin espuma

como viento escanciado por follajes

como rayo de sombra a contraluz

como turpial ascendido por un tigre

como batalla a muerte o sed feroz

como rosa de escamas aterida

como brasa que sufre entre los dedos

como roja paloma invertebrada

como lied que deambula por el huerto

como en un frágil dédalo sombrío

como si nadie oyera su gemido

como aguda palabra desvalida

como esplendente pez encuadernado

como arcángel de niñas fugitivas

como limpio estandarte de la ira

como la piel acuosa del incendio o

como río que zumba entre la hondura

RETRATO HALLADO EN UNA BOTELLA

nació en boston a principios de 1809

desapareció en baltimore

a finales de 1849

se le busca por verter horror en el espíritu

por llevar un puñal

enterrado en la espalda

por los 32 dientes de berenice

por los ojos de annabel lee

por conversar con momias por la casa de usher

por la carta robada y el infundio del globo

por incendiar ciudades en el fondo del mar

por esconder un gato en el abrigo

por su vasto corazón de poeta

por haberle dado un sentido más puro

a las palabras de la tribu

PORNOGRAFÍA

las lenguas se bifurcan

en busca de resquicios

las piernas se entrelazan

y flotan en la sombra

los pelos se destejen

bajo una enredadera secreta

los poros manan

su espuma inconfundible

la saliva reposa

en los labios de la estatua

desde la luz lejana

la inercia nos contempla

el ojo lucha entonces

hasta horadar los cuerpos

de memoria

DAGUERROTIPO

mi amor

por ti

es una

ei

mr

g

 cn

i

de pájaros muertos a pedradas

Y PENSAR QUE PUDIERON

(Fragmento encontrado en unlibro de José Emilio Pacheco)

la tarde era gris rata

y López Velarde agonizaba

                  sin miedo de morir

cuatro futuras glorias nacionales

armados con violetas

                  llegaron presurosos

                  a filtrarse en su paz

él ya no pudo hablar

pero lloró diminutivamente

                  ante la ofrenda

si en vez de flores

hubieran llevado

                  la instamátic

                  de entonces

hoy tendríamos

una foto invaluable

                  aún no marchita

ZOO

Grrrrrrrrrrrrrrrrrr…

Tú eres una mona desnuda

cuando no estás vestida.

Eres la más inteligente de las monas.

Tu terso pelaje fraccionado

es de color oscuro y habitualmente

y contra la costumbre, te desplazas

sobre dos de tus delgadas patas.

Guffjj…grr.

Para comer frutas y raíces utilizas

tus manitas negras y cuando recibes demasiadas

visitas te vuelves arisca, grrruñes,

haces señas obscenas y la movilidad

de tu expresión es menos comunicativa.

Eres una hembra joven, codiciada por todos.

Pronto tendrás tu primera cría y serás

la grandiosa atracción de los domingos

de algodón de azúcar y sol brillante.

Yo soy un gorila albino

que se ha enamorado de la inmensa

libertad de tus ojos que evocan

selvas cálidas y húmedas.

LESBIA

esta noche oh dulce lesbia mía

no basta con sentir: por eso aparto

las hebras de tu lacia cabellera

y arrobado contemplo cómo esculpes

el reptar de mi verga entre tus labios

FADE OUT

Cuando era niño

yo quería ser

un poeta maldito

¿tú a qué jugabas?

Cuerpo disperso [1978] 

 

DE LA JAULA VACÍA

de la jaula vacía

voló el canto

el poema es un canario

emplumado de palabras

¿cómo decir que el canto escapa

de la jaula sólo para ser atrapado

por el silencio?

hasta que canta

se hace visible

el pájaro en la jaula

el ojo es la jaula de una voz

que se libera en la mirada

el silencio

es un canario aprisionado

dentro de una palabra

de una boca a otra

escapa

el canario de la lengua

canta nueva york

en su jaula de basura

el canto de nueva york es el fuego

los chorros de las mangueras

son los barrotes que lo encierran

central park

canario verde

que cree cantar

en las arterias

de una piedra de humo

el canario no canta

canta el canto

el canto no termina

cierra el canario su memoria

jaula vacía

canto enjaulado

en la jaula vacía canta el silencio

su sombra

el canto mudo

del canario

en la gran jaula

truena el canto emplumado

del relámpago

dentro del canto

vuela el silencio en círculos

como tigre enjaulado

que se alimenta de canarios

 

DESNUDEZ

DESNUDEZ

Hojas de acanto te cubren.

Tu desnudez es lo contrario de una flor cerrada.

De entre tus dientes brota una lenta

emanación de yedra.

De la última semilla que pronuncias

Nace en silencio un roble de cien años.

Sólo donde pisas vuelve a crecer la hierba.

Solo, donde respiras, vuelve a soplar el aire.

Hojas de acanto te cubren.

Ojos de canto te descubren.

MÚSICA DE MAHLER

Para Ana María y Gabriel

despierta

el primer día del mundo

se afilan las navajas

del esqueleto

se desangra

la parte sumergida

del témpano

así no hay mar que valga

ni fauna que florezca

ni color definido

para la piel desnuda

silencio

un viento blanco y duro

estrella lo vertical

del cementerio

el agua conducida

golpea con terquedad

el corazón dormido

silencio

rojos chillantes

dentro de caracolas

linternas

en la mano del fantasma

crines de la victoria

en boca de la luz

silencio

nada como tu claroscuro

para la muerte o la inocencia

silencio

como si fuera

el último día del mundo

se hace polvo

la mente de la música

en mis manos

LAS ÚLTIMAS PRESENCIAS DEL INVIERNO

Faltan dos o tres ráfagas de viento

para que la noche se derrumbe

sobre el jardín y la acacia.

El fresno gigantesco se contrae.

Ha mordido su piel un ácido de sombra.

El cielo de cemento abre sus piernas

para darle cabida a tus relámpagos.

Un cedro acaricia los muslos de un olivo.

Las últimas presencias del invierno

silban en la hojarasca su silencio.

Llega la oscuridad completa después

de las tres ráfagas.

Sé que vas a pedirme que te ordeñe

porque te has puesto tu vestido de novia.

Abro la ventana, se apaga la bombilla

y pasa volando un cuadro de Chagall.

APUNTES PARA UN RETRATO DE FRANCIS BACON

cara rosada redonda enmascarada

de águila gris que emerge

por el cuello nevado de la tortuga;

ojos que han perdido de vista su mirada

lluvia que cae al abismo de los paraguas

y sobre el pelaje tríptico del Mono;

aliento desgarrador de cerdas

ceño recóndito que se intercala en el azogue

de seis retratos insubordinados;

sombras cruzan a la velocidad de la luz

miradas se afeitan en el dorso del reflejo

labios que a la pureza dan la espalda;

pasos desangrados por los escalones

gritos amanecidos con la boca cerrada

dientes que trituran bocas escalones y pasos;

águila gris

nieve rosada

cuello de llama

que en pupilas se vela

o se desenmascara

PENSAMIENTOS CONGELADOS

gárrulas mujeres eritreas

cruzan las losas de florencia

me escupe un macetón

sus tulipanes rojos en casa de rodin

—gracias

(rilke limpia mi rostro

con su pañuelo)

brancusi es ahora una presencia

de gorro blanco

celebremos el escupitajo del cielo

mi hijo con fiebre tiembla y sueña

con un parque holandés

de pensamientos congelados

perla el sudor

ostra la frente

cae a puños el sol

                  sobre la puerta

DOMINGO

Me gustan los animales domésticos De la casa de fieras de tu alma.

TRISTAN TZARA

Además de ratas, hay niños en el parque.

Yo quisiera como ellos estar bajo la claridad

y correr de un muslo a otro sin previo itinerario.

Pero estoy como las ratas, a la sombra,

y cuando muerdo

una rebanada de jicama muerdo una pequeña

mariposa blanca.

Por mi pelaje fluye la sangre mineral del bosque.

Los pájaros me ven y levantan el vuelo de un bostezo.

En el agua podrida del estanque las nubes son los restos

de algún incendio recientemente naufragado.

El calor es azul, como el domingo,

y una gran gota de sudor

cruza mi vientre recordándome el beso

de una joven muerta.

A lo lejos, los nauseabundos muros de Mixcoac

son azotados por el mar.

Estoy tan solo, que cualquiera diría que estás conmigo.

Pasa un avión tan cerca,

que se lleva tus últimas palabras.

Pero aún así la ciudad es un miserable tragafuego

que impide el vuelo de las corolas amarillas.

¿En qué páramos estarás diseminando tus orgasmos?

Me río de quienes pasean a sus amantes y a sus perros

porque yo no tengo perro ni amante que me ladre.

Sudo miles de gotas de calor.

¿Caminaré al anochecer sobre las aguas frescas?

Husmeo entre los caños y me encuentro con una niña

que ha pasado toda su vida a la intemperie.

Busco en tu mirada perdida y me encuentro

con un sueño

que se insola bajo la protección de tu memoria.

Más allá de la línea del horizonte, alguien le venda el

cráneo a la locura.

La libélula escapa de mis labios y eso significa

que ha llegado el momento de macerar

la carne de la mosca.

El amor es lo que estos niños felices desconocen.

Lo contrario del amor es una realidad olvidada

en lo más amoroso de nosotros mismos.

Limpio mis uñas y mi rabo en la huella que dejan los

que aman.

Estoy tan solo, que cualquiera diría que regresaré

a roer las entrañas de los animales domésticos

de la casa de fieras de tu alma.

Pero no.

No regresaré nunca.

Desde mi madriguera veo cómo el sol descubre los

cristales de la tierra y cómo un pequeño de cabellera

oscura le arranca los ojos a un gorrión.

BAJO EL VOLCÁN

¿Qué hago aquí?

¿Qué hace esta mosca helada

frente a mí

como una muchacha desconocida?

El cadáver del viento

cuelga

de las ramas del árbol.

Las campanadas pasan

en formación perfecta.

No canta nadie.

Nadie vuela tan alto

como las hormigas.

Lowry debería estar aquí,

bajo el volcán,

emborrachándose de tedio.

El mar, el mezcal, los comisarios,

no están más lejanos que tú.

Lentamente, las hormigas

van subiendo a mi cuerpo.

Huele a cocina

y a silencio hecho polvo.

Al atravesar mi lengua,

la luz me recuerda el sabor

de tu sexo olvidado.

Somos lo que sueña

La Mujer Dormida.

HACIA TU VULVALUZ

escribo sobre tu ojo

en blanco

ves lo que miran

mis palabras

como erección

de bosque subterráneo

irrumpe

con sus cantos cifrados

un álamo

en el centro

de tu alcoba

pira bajo tu sombra

sacude nidos

aguanoche

hormigas

te abrasa saviamente

te penetra

desvía su tronco

hacia tu vulvaluz

hachazo hendiendo

la hendidura blanda

dentada

clorofílica

o nudo irreanudable

de vetas tetas vellos

gritos verdes vergas

ramas limbo lames

gineceos

jineteos

sudas uñas

gimes copas axilas

llanto llano

que es aire vaina fruto

leña tallo

maríntima corteza

cortesana

de frescos castaños

muslos

que aserrados

se espigan

por la calma humedad

del sementerio:

en un cerrar de ojos

te ciegas

me siegas

y borras

lo que escribo

 

PENÚLTIMO HOMENAJE A JOSÉ LEZAMA LIMA ENTRE VOCES ULULANTES Y ANIMALES DE NIEVE

PRIMERO

Sobre restos de luz a la deriva, el mar deja caer cristales

y la precisión lanceolada de sus horas.

Espumas de sal habituadas al abandono trazan círculos

semejantes a reinos más allá de la arena sin huellas.

Al filo de la nada y el viento corre un espejismo tan

claro, como la sombra de las gotas de lluvia que estalla

en el sol.

Hay bajeles humeantes en la piel de los tumbos.

Alas que caen fulminadas por el amor terrestre

de los peces.

Un caracol se acerca a los sentidos y sólo se percibe la

tristeza de oleajes en ruinas.

El día y la noche desaparecen. La brisa deja de respirar.

El mar, tranquilamente, se contrae, naufraga

y se evapora.

SEGUNDO

Toda puerta se abre cuando escribimos dormidos.

El sueño es la vida más pura que nos resta y es una luz

de aceite que se empluma para interponerse entre

nuestra fatalidad y el agua.

Cuando despliega sus ojos majestuosos, dos filos

le brotan en la espalda: si llueve, uno de ellos semeja

incandescencia de voces maternales; si acompañados

nos sorprende, el otro es una alegría súbita, como la flor

imperfecta del relámpago.

Las caricias rasgan los foques del sueño más profundo.

No hay labio que no sueñe con el zarpazo

de una lengua insomne.

Por eso amor y dolor se agrandan con la noche y todas

las puertas se cierran cuando despertamos.

TERCERO

A la merced del cierzo y del voraz jardín desmemoriado,

crece la velintonia.

Asombra su luz íntima varada en la corteza. Duele su

voz ligera en medio de las brumas de un destierro sin

alas. Su huella transparente se renueva en el muro.

Sus límites de infancia medran sin término:

musgo en el dedo cortado de la estatua.

Como tormenta de cal finísima y primera, la nieve

le separa del mundo.

Pero hay señas de brazos que en el tronco perduran y en

sus ojos azules se descubre el envés de la delicia.

Su savia de palabras germina en la aridez del claustro.

La soledad y el guiño de la muerte se alondran

en sus ramas.

CUARTO

Cuando la pregunta ¿qué tal de resonancias? estalla en

lo más incendiable del cañaveral, el cuerpo entra en las

aguas bajo lluvia plateada de meteoros.

Su descenso es una lentitud amarillenta y porosa,

idéntica a la del fruto que cae de la rama a la tibieza

dejada por el gato en la otomana de mimbre.

El contorno de los moluscos resulta ligeramente atroz

a esa hermosura, pero si una sola burbuja reconstruye

o asfixia, llorar encuentra su preciso sentido bajo el agua.

Entonces el recuerdo de la carne se pasea desnudo por

la lengua, la brazada inmóvil cruza el túnel naranja de la

espuma y el huracán de lo profundo aviva las hogueras

que esperan por la voz y los labios del suicida.

QUINTO

La superficie del almohadón constante es un mar

congelado donde se inscriben las erecciones de

lo que soñamos.

La vigilia es la casa inesperada de los ángeles. El sueño

pertenece a quienes perfuman sus cuerpos bajo una

llama tersa que no vino a buscarlos.

Lo soñado despierta a sus caminos cuando nuestros

cabellos rasgan la piel intocada de la caricia, la boca

nunca succionada del beso.

Lo que nos sueña es un floreo de sábanas de lino

cristalizado por el sudor de las ingles, que son los

portafaroles de las pesadillas.

La mano que borra las huellas de la almohada sueña con

los demonios bordados en el traspatio de

la palma enemiga.

La mano que se posa en el vello de la insomne fue

lasitud antes que brillo milenario y se tiende hacia

los oleajes que la desean para no tocar lo que se acitrona

en el aire.

SEXTO

A Guillermo Fernández

Nada le acerca tanto como el grito del pino en la

montaña, como el vuelo distante que nunca se detiene

en el tacto enjaulado por una mano blanca.

Su piel es el reflejo donde la ausencia se contempla;

es el viento que sangra en los racimos de la memoria; es

un invierno que se derrama sobre los linderos del trópico

como el verano sobre la flor podrida de la infancia.

Nadie ha visto su rostro pero la luz se deslumbra con su

cuerpo dormido.

Nadie ha tocado las líneas de su espalda, pero la mirada

lo busca en la sombra transparente de los ciegos.

Su nombre se desvanece junto a la huella

de los grumetes en la playa.

Su corazón se pierde a borbotones entre los pasadizos

de las mañanas florentinas.

El recuerdo de su voz es un puente

que corre bajo el agua y es un olvido

inmenso que se clava donde la nada se disuelve.

SÉPTIMO

Sabes que no miras lo que ves, porque tus ojos son

únicamente lo sombrío dejado por el vendaval en el

mantel polvoso, en lo que tiene de abandono aquello

que nos observa desde la visión.

Lo que no ves resulta el combate nocturno que inicia la

cigarra contra el girasol bajo el degüello de las granadas.

Lo que sin ver te mira corre por la tersura del durazno

acodándose en el pensamiento redondo de tu imagen.

El ramo que te vigila desde su vaso sabe que has

olvidado tu primer recuerdo entre los párpados

translúcidos de la oscuridad completa.

Tus manos están llenas de élitros para el silencio: giran

sin recorrer los pétalos caídos y se detienen sobre el

pequeño resplandor del fruto donde el cristal se astilla

sin saberlo.

¿Miras así porque tu reflejo se aproxima a la hoja en

blanco que es un sediento témpano de hielo?

Callas así porque cuando se cierren los ojos de las

cosas, no podrás contemplar tu repentina desaparición.

Textos criminales[1980]

 

EL HALLAZGO DEL CUERPO

Estoy seguro.

Ella sabía que aquella noche yo intentaría asesinarla. Sin embargo, su rostro no reflejaba ningún signo que pudiera parecer angustioso o terrible. Cenamos en silencio. Al terminar, subió a la recámara alegremente, como niña que se dirigiera al parque de diversiones. Terminé mi copa de coñac y la seguí. Trepé de dos en dos los 48 escalones de mármol hasta llegar al pasillo, lo recorrí sin hacer ruido y pronto me encontré ante la puerta abierta. Ahí estaba, esperando. Su sonrisa era una mezcla de ingenuidad y perfidia. Su opaca desnudez ahora brillaba como la luz de una linterna. En la sien derecha se había dibujado una estrella roja. Bajo la pequeñez de sus senos tenía adherido un diagrama de los usados en los campos de tiro. En la mesita de caoba, junto a la lámpara, un recipiente con líquido verdoso, una jeringa y un revólver. En la cabecera, ya preparada con su nudo corredizo, una gruesa cuerda y a su lado, sobre el almohadón, un hacha de carnicero y algunas piezas de mi instrumental quirúrgico. Me acerqué, devolviéndole la sonrisa. La tomé en mis brazos, crucé la habitación y la dejé caer por la ventana.

poseerte en lo más enrojecido

del amanecer

es como soñar con un crimen

y despertar

con tu cuerpo cercenado

en las manos

si mi vida fuese un vampiro

pequeño y aleteante

lo sacaría de su féretro

y lo pegaría a tu cuello

para que lucieras

eternamente pálida

como el más bello monstruo

de Tod Browning

a mano armada

y mientras recorro

tu espalda

con mis labios

me asalta

el pinche slogan

que no podía

escribir

atravesada

por un alfiler

en tu vientre aletea

una mariposa negra

lanzo la palabra búmerang

y no regresa

tomo la palabra válium

y no duermo

invoco la palabra luzbel

y no aparece

aspiro la palabra oxígeno

y me asfixio

camino la palabra morgue

y te recuerdo

dibujo la palabra puente

y se derrumba

escribo la palabra final

y recomienzo

 

SOBRE LA MESA DE DISECCIÓN

al abrirlo

sobre la mesa de disección

encontraron

palabras agudas

impregnadas de curare

un paraguas

una máquina de coser

y el retrato hablado

de Lautréamont

se aclara el misterio

del estrangulador ciego:

al apretar el delicado cuello

de las jovencitas

creía oprimir la garganta

de la luz

Doctor Frankenstein:

todos creamos monstruos durante las tormentas

pero nadie desprende niñas de su tallo

todos sabemos que el fin se acerca a 24 cuadros

por segundo pero nadie se mueve

y cuando se enciendan las luces de la sala

ya se habrán robado nuestro abnormal brain

Bruñíase el domingo en la Alameda

bajo candor falaz de girasoles.

Rauda clavó la muerte sus fistoles:

tronaron, ay, balazos contra Leda.

Mas no fue el solo cuerpo de la rueda.