En la sangre lo llevás - Natalia Verónica Blanco - E-Book

En la sangre lo llevás E-Book

Natalia Verónica Blanco

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Beschreibung

Cuando Micaela decide irse a vivir a la ciudad de San Carlos de Bariloche para ser guía de altas cumbres y colaborar con la expansión del proyecto laboral de su mejor amigo socio Fernando Ducrey, no imagina que el secreto sin resolver que llevaba guardado por más de un siglo le pesaría tanto. Todo cambia cuando en esa ciudad se cruza por casualidad en el camino de Thiago Ocampos, un joven tan atractivo como soberbio y presumido. Un encuentro inesperado, una mirada desafiante y un reto que será determinante, cambiando el rumbo de sus vidas para siempre. A pesar que ella hace todo lo posible por alejarse de él, el destino se encarga de acercarlos una y otra vez en distintas circunstancias. Su amor por Thiago, la llevará al límite, no solo hará que despierte un instinto animal que desconocía, sino que la conducirá a cometer todo tipo de locura, poniendo a prueba su fuerza de voluntad. Sabiendo que a ella no le es posible enamorarse de un humano sin que eso traiga consecuencias.

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Seitenzahl: 452

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Natalia V. Blanco

En la sangre lo llevas

La Heredera

Blanco, Natalia V.

En la sangre lo llevas : la heredera / Natalia V. Blanco.

- 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires :

Abrapalabra editorial, 2023.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4999-78-8

1. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

Coordinación, diseño y producción:

Helena Maso Baldi

Diseño y maquetado:

Abrapalabra editorial

Primera edición: mayo 2023

Manuel Ugarte 1509, CP 1428–Buenos Aires

E-mail: [email protected]

www.abrapalabraeditorial.com

ISBN: 978-987-4999-78-8

Hecho en Argentina

I

Nuevo comienzo

Argentina, jueves 15 de marzo de 2012

Al sonar el celular y ver quién la llamaba, Mica respondió con una sonrisa:

—Fer

—Hola, Mica. ¿Por dónde estás?

—Llegando a Piedra del Águila. Todavía me faltan 206 kilómetros, según mi GPS. ¿Vos por dónde andás?

—A punto de abordar el Buquebús. Tengo tres horas por delante hasta llegar a Montevideo. Contame, ¿cómo anda la máquina?

—¡Genial!—. No pudo ocultar la alegría. — Te escucho por cada parlante sin dejar de escuchar mi música. Es…increíble, amigo. Mi Peugeot RCZ vale cada peso que pagué. Deberías tener uno.

—Ya veo, escuchando a Bon Jovi –se ríe–: It’s my life.

—Al final te aprendiste algunas de mis canciones favoritas—, comentó sorprendida, ya que no es el tipo de música que escucha Fernando.

—¿Y ?, ¿cómo estás?

Ahí vamos de nuevo con las preguntas, pensó ella: —¡Bien!

—¿Bien? ¿Estás segura?—, siempre tan protector.

—Sí, plomo, no te preocupes. Tarde o temprano nuestra relación se hubiera terminado, Fer. Vos sabés que no me gusta Londres. No podía pedirle a Ramiro que renunciara. Luchó con creces por ese traslado y yo no iba a ser su obstáculo. A esta altura me alegro de que esté a 11.200 km de distancia.

—Sí, sí, ya sé la historia. Solo que a mí me gustaría saber la verdad.

¡Uff!, pensó para sus adentros: algún día… cómo explicarte algo para lo que ni siquiera yo tengo la respuesta.

—Basta de dramatismo—, y cambió bruscamente de tema. —¿Cómo estás para la entrevista de mañana?

—Tengo todas tus instrucciones bien escritas.

—No sé por qué tengo la sensación de que estamos en los lugares equivocados.

—¿De qué hablás? —, dijo con voz seria otra vez.

—Fer, yo sé más de cómo operan los laboratorios que vos, y vos sabés más de tecnología que yo.

—Eso es algo que establecimos desde un principio, si era “el gerente” vas vos y si era “la gerente” iba yo. Por alguna razón se dio así—, aunque sabía que lo decía en chiste, era verdad.

—Sí, pero a mí me tocó un lugar altamente tecnológico. Ellos venden tecnología, no son quienes la compran—. Se quejó como los chicos, mientras conducía el último tramo de la ruta. Las montañas se asomaban tímidas a lo lejos.

—Te aseguro que esta tecnología no la tienen. La patenté sin ningún problema. Además, te dejé todo escrito.

—Es por eso que siento esto, porque ambos nos dejamos instrucciones.

—Fuiste vos la que decidió irse a vivir a Bariloche, te queda de paso—. Se reía, aunque había algo de reproche en su voz.

—Ok. Tenés razón—. Mica sabía que su amigo no estaba muy entusiasmado con su partida. Aunque no trató de convencerla para que desistiera de su viaje, le dio su opinión sobre su postura.

—Va a salir todo bien, y como yo no tengo todo el fin de semana para prepararme, ya que mi entrevista es mañana, me voy a repasar todos los detalles.

—Buena suerte. Te llamo cuando llegue.

—Dale. Cuidate.

—Siempre—. Se despidió y cortó la comunicación.

Seguía sonando la música mientras pensaba si había llegado el momento de contarle a Fer el más oscuro de sus secretos. Hacía rato que necesitaba desesperadamente hablar de lo que le pasaba.

Mientras manejaba pensó: ¿Qué diría Fer si se enterara que el 23 de octubre no cumplo 26 años como él piensa? Realmente, amigo, no me tomarías en serio, creo que hasta me tratarías de loca. ¿Cómo explicarte lo que me pasa, cuando ni yo cuento con la información necesaria para saber lo que realmente soy? Solo sé que la respuesta está en el ADN de mi padre, al que nunca conocí. El único dato del que dispongo es que se llama o se llamaba Marco, que llegó a Buenos Aires para participar en lo que hoy sería algo así como un congreso de medicina, al cual mi mamá asistió y en seguida se enamoraron perdidamente, a tal punto que él se quedó en el país durante seis meses. Pero de un día para el otro, la relación se acabó sin ninguna explicación.

Ay, amigo, cómo me gustaría poder decirte que sé más de laboratorios porque soy médica, bióloga y bioquímica especializada en genética. Es lo que hice todos estos largos años, estudiar para saber si podía obtener alguna respuesta lógica a lo que soy. En algún momento tendría que buscar la punta del ovillo, pero ¿dónde? ¿Cómo? Sé que todavía no es el momento. Ahora estamos en pleno desafío y, sobre todo, a punto de cumplir tu sueño con este proyecto. Así que, sin duda, no es el momento más oportuno.

***

Por fin llegó a San Carlos de Bariloche. Fue a la inmobiliaria a buscar la llave de la casa que había alquilado. y se dirigió a la Av. Bustillo en el km 15.500. Estacionó el auto en la entrada y comenzó a bajar todas las valijas y bolsos. Siempre igual, se dijo: ¿De dónde salió tanta ropa?, y riendo se acordó de que había sido Fer quien había cargado con todas sus cosas.

El frente tenía un jardín lleno de flores de colores bien distribuidas que formaban pequeños círculos. Se dirigió a la entrada, que tenía un pequeño hall con un techo a dos aguas. Cuando abrió la puerta vio que los pisos eran de madera flotante La parte de la entrada tenía aproximadamente un metro y medio de ancho. A la derecha se encontraba la cocina, con piso de cerámica marrón claro. No había pared, los muebles eran todos de madera color cedro. Tenía alacenas del mismo color, la mesada en L de mármol negro. Había una isla rodeada de taburetes que dividía la cocina del living. A la izquierda estaba el baño, revestido con cerámicas rústicas de color marrón hasta la mitad de la pared, seguida de venecitas blancas y marrones. Parecía bastante nuevo y moderno, los accesorios eran todos blancos. Pegada al final de la pared del baño había una escalera con escalones de madera lustrada que conducía a la habitación principal, en el piso de arriba. Uno de los espacios más lindos de la casa era el ventanal corredizo por donde se salía al jardín de atrás. No se podía creer la belleza del lugar. Se veían las montañas reflejadas en el lago Nahuel Huapi. La casa, que estaba rodeada por dos hectáreas de bosques nativos, también contaba con un pequeño muelle.

Cuando terminó de entrar todo su equipaje le mandó un WhatsApp a Fernando para avisarle que había llegado bien y que iría al centro en busca de una agencia de turismo para anotarse en alguna excursión. Se había propuesto ser guía de altas cumbres y tenía que empezar a ganar metros de altura para cuando empezara el curso.

Entró en una agencia y le recomendaron comenzar con el Cerro Challhuaco, que tenía dificultad baja y no requería de mucho esfuerzo. Mientras terminaba de llenar el formulario de escalada se le acercó una chica de pelo largo ondeado, de ojos grandes bien negros, bronceada, realmente muy atractiva y simpática, y le dijo:

—Hola, ¿me prestás la birome cuando termines?

—Sí, claro.

—Gracias—, y sonriendo le extendió la mano y se presentó: —Fiorella.

—Micaela—, respondió, estrechando la de ella.

—Veo que vamos a la misma excursión. Qué bueno. La mayoría de las veces, el grupo es de hombres y no sabés qué pesados que son con los chistes machistas.

Una vez que pagaron la excursión y entregaron los papeles, se despidieron hasta el sábado.

El viernes fue realmente muy agotador. Llegó el flete con todo lo que había comprado el día anterior: la heladera, los LCD de 32 y 42 pulgadas, el home theater, el DVD, el lavarropas, no faltó nada. El día se pasó bastante rápido, tanto que mientras estaba terminando de acomodar la ropa, miró el reloj y pensó: ¡Nooo! ¡Me olvidé de llamar a Fer! Corrió hasta un estante donde había dejado el celular y marcó rápidamente su número. En cuanto la saludó ella le dijo:

—Hola, Fer. ¿Cómo te fue?—, y sin dejarlo contestar siguió hablando con voz afligida: —Perdón que no te llamé antes, es que con la mudanza se me pasó. No te enojes.

—Mmm… no sé si te perdono.

—¿Y si cuando vengas te hago los canelones de ricota que tanto te gustan?

—Ya te perdoné—. Ciertamente, ella siempre encontraba la manera de persuadirlo.

—Entonces, ¿cómo te fue?

—Me fue... —hizo una pausa para crear suspenso y de repente aseveró: —¡Genial! La semana que viene tengo que instalar todo. Así que me voy a quedar unos días en la casa de mis viejos, que desde Navidad no los veo.

—Me imagino que tu mamá no va a querer que te vayas por nada del mundo. Te va a malcriar mucho.

—Seguro—. Y mientras ella reía, él, que la conocía como pocos, en seguida le preguntó —¿Te anotaste en alguna excursión?

—Sí, esta mañana. También conocí a una chica simpática que se llama Fiorella. Cuando vengas te la presento. Es muy divertida. Te va a caer bien.

—Me alegro que empieces a hacer amistades y no estés tan sola. Cambiando de tema, el lunes, ¿a qué hora tenés la reunión?

—A las dos de la tarde.

—Te llamo, o mejor mandame un mensaje cuando salgas.

—Bueno, nos estamos hablando. Espero tener la misma suerte que vos.

—No tengas ninguna duda. Sos capaz de convencer hasta a las piedras cuando te lo proponés—, se rio. Y como siempre le daba la confianza que ella necesitaba, terminó diciendo: —Bueno, suerte para el lunes.

—Gracias –y cortó la llamada.

***

A la mañana siguiente se despertó temprano. El día estaba despejado, no había una sola nube en el cielo y el sol brillaba resplandeciente. Se subió al auto y se dirigió al refugio Neumeyer, donde había decidido esperarlos. Estaba mirando el lugar cuando escuchó que alguien le hablaba. Se dio vuelta y ahí estaba Fiore. Se saludaron afectuosamente. Cuando llegó todo el grupo, Mica se dio cuenta que Fiore tenía razón, eran todos hombres menos ellas dos. Caminaron todos juntos: ellas iban en el medio, pronto comenzaron a contar chistes machistas que eran retrucados con chistes feministas. Fiore sí que estaba preparada para ese tipo de situaciones.

Atravesaron un bosque de lengas, bien verde, que contrastaba con las hermosas montañas desnudas, todavía con muy poca nieve. Mientras ascendían, los flashes de las cámaras de fotos salían de todos lados. El lugar era increíble, parecía una postal. Abajo, el lago Nahuel Huapi, era el espejo de las montañas, todo encerrado en la bóveda infinita que se perdía en el horizonte. El sol ya se encontraba en lo alto, lo que significaba que estaban cerca de la cumbre.

Habían superado los mil seiscientos metros de altura, el ambiente había cambiado: las plantas eran de tamaño reducido adaptadas a lo agreste del lugar, la estepa andinista se hacía presente y el camino era un poco escurridizo. Se sintieron emocionadas al llegar, era difícil describir con palabras la sensación que sentían. Al mirar hacia abajo se veía todo chiquito y lejano. Aunque todos estaban bastante cansados, Mica mantenía la misma energía que cuando salieron. Se dispusieron a almorzar todos juntos, cuando hizo esta observación:

—Qué flojitos que son. Después hablan de las mujeres—, todos la miraron.

—Bueno, ésta la ganaste—, admitió resignado uno de los chicos.

Fiore, que estaba sentada en el piso con la espalda apoyada en una roca que sobresalía, le hizo una seña con la mano para que se sentara a su lado.

—En serio, estás fresca como una lechuga—, le susurró. —Yo estoy bastante cansada y todavía queda el descenso.

Después de contar experiencias y anécdotas mientras terminaban de almorzar, descansaron un rato y comenzaron a bajar. El descenso fue mucho más rápido que la subida, ya que nadie se paraba a sacar fotos. Cuando llegaron al refugio se despidieron de los chicos.

—¿Te alcanzo a algún lado?— preguntó Mica

—Dale, voy a casa, gracias—, respondió Fiore mientras la acompañaba hasta el auto, y al verlo, muy sorprendida, abriendo grande los ojos, exclamó: —¡Guau! ¿Este es tu auto?

—Sí, es precioso, ¿no?

—Es increíblemente hermoso—, comentó sorprendida. Fiore miraba fascinada el interior del vehículo y así emprendieron el camino de vuelta, conversando de todo un poco. Le contó que era enfermera, que trabajaba en el Hospital Zonal Ramón Carrillo, pero quería ser rescatista. Por eso, cada vez que podía incursionaba en las distintas montañas y aunque le faltaba mucho por aprender, las dos estaban muy entusiasmadas en cumplir sus sueños. Antes de bajarse, Fiore la miró y le dijo:

—¿Qué tenés que hacer a la noche?

—Nada—, dijo con sorpresa mientras pensaba a qué venía esa pregunta.

—Buenísimo, pásame a buscar a las ocho y media. Vamos a festejar—, y sin darle ninguna pista le guiñó un ojo y salió a toda prisa.

***

Después de probarse un montón de ropa, se puso unos jeans azul celeste de Ossira con una camisa negra de lycra ajustada al cuerpo y unas botas altas de gamuza negra con tres hebillas de Ricky Sarkany, que se había comprado en Buenos Aires antes de partir hacia Bariloche. Tomó el abrigo, una campera también de gamuza negra con corderito blanco adentro y salió a buscar a su compañera de aventura que estaba esperándola en la puerta. Estaba vestida con unas calzas negras, una remera animal print ajustada al cuerpo, con botas largas. Fiore era la típica morocha argentina, de ojos negros, pelo ondeado y con un cuerpo impresionante. Cuando entró en el auto Mica le preguntó:

—¿A dónde vamos?

—Al Cerro Catedral. Ahí hay un pub que se pone de lujo, van todos los chicos lindos de la ciudad. En una de esas salimos acompañadas.

El Cerro Catedral esta a 19 km de la ciudad, dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi. De día, esta abarrotado de gente porque allí se encuentra uno de los centros de esquí más importante de la Argentina, pero de noche, todo cambia. Es mucho más tranquilo, sobre todo en esa época del año.

***

Al llegar Mica buscó un lugar para estacionar y encontró uno cerca de la entrada. No había muchos coches. Fiore estaba muy entusiasmada. Al entrar, en seguida se dirigió hacia un grupo de compañeros de trabajo que habían llegado hacía un rato.

—Hola, chicos, ella es Mica. Mica, ellos son Leo, Nico, Lore, Naty, Ariel y Gladys.

Mica fue saludando a cada uno, pensando que en verdad el lugar era muy acogedor y estaba muy bien ambientado: había unos livings de cuero blanco con una mesa ratona de madera oscura, rodeado con asientos puf del mismo color. En el fondo estaba la barra, larga, con luces de neón y unas sillas altas con el mismo tapizado que los livings. En la pared había unos estantes de vidrio negro polarizado llenos de distintos licores, vinos y aperitivos. A la izquierda, tenían una licuadora muy moderna, era un espectáculo ver como preparaban cada trago, y a la derecha, había un pequeño escenario donde la gente podía subir a cantar o donde a veces tocaban bandas locales. Estaba realmente fascinada con el local.

De repente, Fiore le propuso:

—Vamos a la barra a pedir algo.

Aunque Mica no tenía bien en claro qué iba a tomar, accedió, a pesar que la propuesta de Fiore había parecido más una orden que una invitación. Mientras Fiore estaba pidiendo los tragos, Mica se dio cuenta que no tenía la billetera encima, así que le susurró:

—Ahora vengo, voy hasta el auto a buscar algo.

Al salir, vio un pequeño grupo de chicos que estaban alrededor de su auto. Tocó el botón para desactivar la alarma, que también abría la puerta, e inmediatamente las luces parpadearon. Todos se dieron vuelta para ver quién era el dueño de semejante coche. Se quedaron sorprendidos al ver que era una mujer.

—¡Qué linda nave!—, exclamó uno de los chicos. Mica sonrió.

—Gracias. Permiso—, dijo a otro chico que estaba parado delante de la puerta. —No había visto nunca un Peugeot deportivo. ¿A cuántos kilómetros corre esta preciosura?

—A doscientos veinte kilómetros por hora, aunque está preparado para correr un poco más. Lo máximo que llegué a ponerlo fue a doscientos—, contestó, mientras abría la puerta y tomaba la billetera que estaba en su interior.

Nadie prestó atención a la camioneta Toyota Hillux blanca que acababa de estacionar a tres autos de donde se encontraban. De repente, una voz sonó detrás de Mica:

—¿Una mujer manejando a doscientos kilómetros por hora? Oh, vamos chicos, no le van a creer, ¿no?

—¡Hey! Thiago, amigo, recién llegamos y nos quedamos viendo este impresionante auto. Te estábamos esperando.

—Yo no miento—, dijo Mica, girándose para ver quién era el tipo que había hablado. Cuando sus miradas se cruzaron, pensó que era hermoso, quedó cautivada ante esos ojos celestes claros, muy claros. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, como si una corriente eléctrica le subiera de abajo hacia arriba. Las pulsaciones le habían aumentado considerablemente, pero no sabía exactamente a qué se debía. A pesar del frío la sangre le hervía por dentro.

Él la miró y encogiéndose de hombros le contestó:

—Como digas—, le pasó por al lado como si ella no existiera.

Mientras veía cómo se alejaban despacio, habló consigo misma: ¿Quién se cree que es este idiota? Desubicado como payaso en un velorio... pero esto no se va a quedar así. Dale, pensá rápido. Listo. Y sonrió.

—¡Hey! ¿Querés apostar algo?— Le gritó Mica, con la mano en alto haciendo balancear las llaves de su auto de una lado hacia otro.

Todos se dieron vuelta. No daban crédito a lo que habían escuchado. Los pares de ojos iban y venían de Mica a Thiago. En su mirada, ella vio que había picado.

—Te está desafiando, ¿qué vas a hacer?—, inquirió uno de los amigos.

Él la miró de arriba abajo. Una media sonrisa cubrió su rostro. Todo cambió completamente en un segundo. El grupo entero lo empezó a animar y regresaron hacia su auto. En ese instante Fiore, que había salido a ver porqué su invitada tardaba tanto, se encontró con ese espectáculo justo a tiempo para escuchar:

—Decime, ¿qué querés apostar?—, él sonreía con aires de suficiencia, mientras cruzaba los brazos a la altura de su pecho.

—Si yo gano—, dijo sin achicarse, poniendo sus brazos en jarra: —pagás los tragos de todos mis amigos y mío durante toda la noche.

—Está bien, pero si yo gano, pagás el hotel con todo incluido—, levantó una ceja.

—¿Qué?

—¿Qué?—, repitió Fiore al mismo tiempo, que la miró sin poder creer en el lío que se estaba metiendo.

—Sí—, afirmó Thiago con total tranquilidad: —lo que escuchaste. Cuando hayas perdido vas a pagar el hotel donde vos y yo vamos a pasar la noche juntos—, sin darle importancia a lo que acababa de decir.

Los amigos le palmeaban los hombros. Todos lo felicitaban como si ya hubiera ganado. El cuadro que se veía entre ellos era patético.

—Así se hace, amigo—, expresó uno de ellos descaradamente.

Mientras se fulminaban con mirada desafiante, él esperaba su respuesta. Mica había quedado prendada en sus ojos.

—Hecho—, y extendió su mano para cerrar la apuesta.

Cuando estrecharon las manos, un frío palpitante recorrió el cuerpo de Mica. Ese pequeño contacto con Thiago hizo que sus nervios cobraran vida. La apuesta acababa de ser sellada, no había vuelta atrás.

—Subí y ajustate el cinturón—, le indicó sonriente.

Fiore se acercó y le preguntó:

—¿Estás segura? Si perdés… Estás más que complicada.

—¡Vamos!—, gritó Thiago desde adentro.

—Esperá un segundo—. Mica se acordó que había puesto las zapatillas en el baúl del auto. Mientras se ajustaba los cordones, Fiore se arrodilló junto a ella y sonriendo le aconsejó:

—Salí a la ruta. Esta zona es montañosa, hay muchas curvas y contracurvas, no vas a lograr nunca llegar a esa velocidad.

—Entendido, en seguida vuelvo…—. Y mientras cerraba la puerta le guiñó un ojo, encendió el auto, luego giró la cabeza en dirección a Thiago y dijo:

—¿Estás listo?

—Por supuesto, muñeca—. Ni bien arrancaron, le preguntó: —¿Dónde pensás ponerlo a 200 km/h?

—En cuanto encuentre una recta, supongo que en la ruta 237 saliendo de Bariloche.

—¿Me vas a secuestrar?

Giró la cabeza muy lentamente hacia él. Era lo único que le faltaba escuchar. Ella rio:

—Te aseguro que es lo último que haría—. Y pensó: no es posible que sea tan creído. ¿No tiene abuela que lo alabe? Fanfarrón, vamos a ver si vas a tener esa sonrisita cuando te haya ganado.

—Muchas opinarían lo contrario. Al 99,9 % de las mujeres les encantaría secuestrarme.

—Me alegro de pertenecer al 0,01 %—. No puede ser tan presumido, pensó.

En el auto no se escuchaba ni el zumbido de una mosca, dado que no había puesto música. Pronto salieron a la ruta, que estaba desierta. No había tráfico, pero estaba muy oscura. La aguja del velocímetro del auto comenzó a subir de 120 a 150, pero volvía a bajar. Fiore tenía razón, había muchas curvas, debía encontrar una recta, de lo contrario… no quería ni pensarlo. Se acercó a una curva que apareció de la nada, en la negrura del paisaje. Tuvo que usar el freno de mano para poder tomarla sin ponerse en peligro. El auto coleó, se puso de costado, los neumáticos chirriaron, pero pronto tomó el control. Ya había pasado más de una hora.

—Tenés... —miró el reloj plateado que llevaba en su muñeca izquierda: —treinta minutos a partir de ahora. No voy a perder toda la noche esperando a que intentes ponerlo a esa velocidad, ya esperé demasiado.

Eran las once menos cuarto. Ya estaba dudando de poder ponerlo a esa velocidad. Estaban llegando a Neuquén, cuando por fin encontró la recta que estaba buscando, la aguja volvió a subir de nuevo 170, 190, ya estaba en 200. Lo llevó, finalmente, a 205 km/h.

—Te gané—, sonrió triunfante, sin poder ocultar la gran emoción que sintió. —¿Está bien ahí? ¿Ves la aguja? Comenzó a bajar la velocidad hasta detener el auto.

Estaban en el medio de la nada, bajo una cúpula de estrellas. Giró en U en la ruta y tomaron el camino contrario al que venían, para retornar al pub de Bariloche.

—Por un momento pensé que no lo lograrías. Estaba seguro que pasaríamos la noche juntos. Es más, incluso creí que ibas a perder a propósito. —Comentó Thiago con picardía

—No sé qué te hizo pensar eso. Ni siquiera me conocés. A mí no me gusta perder ni a las bolitas—, seguía con la sonrisa de oreja a oreja. —Qué rara manera que tenés de llevarte a las chicas a la cama—, pensando para sus adentros que hasta la parte en que mencionó que pasaríamos la noche juntos, le había resultado tierno, pero con lo último que dijo realmente la cagó.

—Te aseguro que no necesito de una apuesta para tener sexo con alguna chica—, la miraba sorprendido por la deducción a la que había llegado Mica. —¿No miraste bien?

—Como digas—, respondió, usando la misma frase que él había usado en el estacionamiento. —De todas maneras, es algo que a mí no me interesa—. Ella sabía que eso no era verdad. Cada vez le intrigaba más la manera que tenía su cuerpo de responder ante un tipo que nunca había visto en su vida. Si bien era muy lindo, no era propio de ella tener esa reacción. En cuanto a eso de tener sexo, era verdad. Era tan hermoso que se le cortaba la respiración por momentos, pero ni muerta se lo iba a admitir.

—Te recuerdo que fuiste vos quien propuso la apuesta.

—Sí, pero jamás se me hubiera pasado por la cabeza proponerte una canallada como esa—, otra vez la estaba sacando de las casillas. —Además, no me dejaste opción, me estabas tratando de mentirosa—, con voz gruesa, imitándolo, en son de burla le recordó cuando dijo:

—No le crean. Una mujer no puede manejar a 200 km/h.

—Veo que me equivoqué. Hay excepciones—, una sonrisa apareció de repente.

—Claro que te equivocaste. Conmigo te equivocaste de acá a la China.

Hubo un silencio que no duró mucho.

—¿Te puedo preguntar algo sin que te ofendas, muñeca?

—Sí—, revoleó los ojos, mientras pensaba: ¿Con qué va a salir ahora este pibe?

—Si hubieras perdido, ¿habrías pagado la apuesta?

—Nunca hubiera perdido. Desde el preciso momento en que te propuse la apuesta, ya sabía que estaba ganada, incluso antes de salir del estacionamiento—. con el deseo de darle un poco de su propia medicina, elevando el tono de voz y dándole a su afirmación más seguridad de la que en realidad tenía, añadió: —Y en el hipotético caso de que hubiera perdido, por supuesto que la habría pagado. Una apuesta es una apuesta.

—Entonces, ¿por qué dudaste en contestar?

—No estaba dudando, simplemente estaba procesando tu propuesta y con qué naturalidad lo habías dicho. Creo que si querías acostarte conmigo podrías haber recurrido a algo más de seducción y romanticismo, quizá te hubiera funcionado. Pero no, ni siquiera lo hubieras conseguido.

—¿Estás segura? —. Thiago estaba tratando de seducirla.

—Totalmente. No sos mi tipo.

—¿Y cuál es tu tipo, muñeca?

—Para empezar no me gustan los tipos engreídos, fanfarrones, agrandados, que prejuzgan a las chicas sin conocerlas, y no tolero a los hombres poco caballeros.

Thiago soltó un largo silbido.

—Esa es una larga lista. ¿No te dijeron que el príncipe azul no existe? Con tantas exigencias no me extrañaría que estés sola.

—¿Cómo sabés que estoy sola? ¿Estás tratando de averiguar algo?—, lo provocó.

—No, para nada. Sinceramente no me interesa.

—¿Estás seguro? —. Micaela largó una carcajada.

—Absolutamente. Tampoco sos mi tipo. Las santurronas no me van.

—¿Santurrona?—, y arqueando las cejas, con una sonrisa pícara, prosiguió: —No me conocés, guapo. Sabés, no voy a poder dormir esta noche por no ser tu tipo. Solo espero que pagues la apuesta.

—No te preocupes. Yo siempre cumplo.

Eso fue lo último que hablaron. Él tenía muchas cosas más que agregar, pero decidió no tirar más de la cuerda. Los ánimos estaban caldeados y sabía que Mica no lo habría dejado avanzar. Claro que, si se lo proponía, la habría tenido rendida toda para él, pero se dio cuenta de que habían empezado con el pie izquierdo y esa situación habría que revertirla quizás más adelante. Estaba muy consciente de la belleza de Mica, había algo en ella que lo atraía, como a un chico el dulce. Una de las cosas que más le gustaba era el carácter desafiante que tenía. Estaba acostumbrado a que las mujeres hicieran lo que él quisiera, pero con ella no lo había conseguido. Él había sentido un cosquilleo apenas la miró a esos ojos turquesa que lo habían cautivado hasta el punto de hacer que se comportara como un idiota. Pero le gustaban los desafíos, ella podría ser la próxima conquista. Aunque no podía explicar con palabras qué era lo que tanto le atraía.

Una hora y media más tarde llegaron al estacionamiento donde había comenzado todo. La adrenalina seguía corriéndole por las venas. Thiago se bajó del auto sin decir nada y sin esperarla. Mica, sin apuro, se sacó las zapatillas para ponerse de nuevo sus botas, pensando una vez más, mientras lo veía alejarse, en qué le pasaba con él: ¿Por qué me afecta tanto todo lo que dice? ¿Por qué no puedo manejar el impulso que tengo de matarlo y a la vez quiero estar con él? Es ilógico que hubiera pensado en algún momento en perder, yo no soy así.

Él fue el primero en entrar al bar. Todos se dieron vuelta. Uno de los amigos se le acercó, pero él no se detuvo. Los otros fueron más cautos, era evidente que había perdido, la expresión de su rostro lo delataba.

—Nacho —le dijo al barman, —anota a mi cuenta todo lo que tomen en ese living y... —mirando hacia donde estaba Fiorella: —servime algo fuerte… un tequila.

Se dirigió hacia donde estaban sus amigos y uno de ellos le preguntó:

—¿Te ganó?—. Erick estaba sorprendido.

—No, soy un holograma—, contestó Thiago sin una pizca de humor. Si estaba ahí, entonces estaba demás la pregunta.

—¿Qué se siente ir a doscientos kilómetros?

Se encogió de hombros y le contestó:

—Estaba muy oscuro y el auto ni se movió. Era como andar a cien. Si no fuera porque el velocímetro llegó a los 205 km/h, no lo habría notado.

Se hizo un silencio.

—Vamos a divertirnos—, sugirió otro de los chicos.

Diez minutos más tarde, ingresó Mica. Fiore fue la primera que se le acercó y la abrazó. Ya todos sabían lo que había pasado porque Fiore les había contado con lujo de detalles a sus compañeros lo ocurrido en el estacionamiento.

—Chicos, pidan lo que quieran. Está todo pago.

Los amigos de Fiore la felicitaban. Lore era la que más aplaudía y festejaba.

—¿Hasta dónde fueron?

—Casi llegamos a Neuquén.

—Como tardabas tanto pensé que estabas en el hotel.

Le puso mala cara, pero no la culpaba. Recién acababan de conocerse, aunque parecía que llevaban años juntas.

—Bueno, no me mires así. No sabía que podías conducir a doscientos kilómetros por hora. La verdad es que no conozco a nadie que haya alcanzado esa velocidad.

—No lo miraste bien, yo hubiera perdido—, todos miraron a Lore. —¿Qué? Está más bueno que comer pollo con la mano.

—Las apariencias engañan, es el tipo más pedante que conocí en mi vida. Lo que tiene de lindo, lo tiene de creído.

—Vení, Mica, vamos a tomar un trago —dijo Fiore sonriendo. —Esto lo tenemos que festejar.

Fiore se pidió un Sex on the Beach y Mica lo mismo. No estaba muy segura sí le iba a gustar, pero estaba de moda. Él seguía sentado con sus amigos, ni siquiera se miraban. Parecía que ya el enojo de haber perdido se le había pasado y volvían a ser dos personas completamente desconocidas. Mientras tomaba el trago, Mica giró la cabeza para mirarlo, pero Thiago estaba de espalda. Fiore siguió con la mirada a su compañera de aventuras y en seguida le preguntó:

—¿Te pasa algo?

—No, nada—. Contestó tratando de simular una sonrisa. Después dijo: —Debe ser el trago. Es que tomé un sorbito y estaba demasiado frío—, le dijo para excusarse, aunque no sonó muy convincente.

Todavía sentía la adrenalina que le había provocado todo lo sucedido hacía unas horas, pero no podía evitar estos sentimientos –para ella nuevos– que no pasaban desapercibidos. En su interior algo había cambiado. Pensaba en Fer –cómo te necesito amigo, estos son los momentos en que más te extraño, me hace mucha falta poder hablar con vos sin rodeos–.

Se tenía que calmar, si Fiore se daba cuenta no iba a parar hasta conseguir su número del celular, dónde vivía y hasta el número de documento. Volvieron a sentarse con los chicos, pero apenas prestaba atención a lo que hablaban, estaba como ausente. Lo único que quería era volver a cruzarse con Thiago, deseaba tenerlo cerca, volver a mirar esos ojos claros que la habían hechizado. Sin llamar la atención se acercó a Fiore y le avisó:

—Ahora vengo. Voy al baño.

—Te acompaño.

Pasó justo al lado de él. Por un instante le volvió a correr el mismo hormigueo por todo el cuerpo. En las mesas cercanas se escuchaba a algunos chicos que hablaban de exámenes. Mientras subían la escalera que conducía al baño, tuvo la sensación de que la estaban observando. Ya no se sentía tan cómoda como al principio. Al contrario, se sentía demasiado vulnerable. Tenía que salir de ahí con una buena excusa. El baño estaba lleno de gente. Tuvieron que esperar unos largos minutos para poder ingresar. Cuando bajaban fingió un malestar.

Como Fiore había tomado bastante no fue tan difícil convencerla que se fueran. Se despidieron de los chicos y le dijo a Fiore:

—Esperame en la puerta que voy a buscar el auto.

—Mejor, porque estoy un poco mareada.

Mientras se dirigía al aparcamiento, escuchó unas voces muy cerca de su auto:

—Thiago, ¿lo llevás vos a Claudio? —, preguntó un chico morocho.

—Sí, ayudame a ponerlo atrás. Primero voy a pasar por casa, así le doy un café bien cargado.

Al parecer no era Fiore la única que estaba pasada de copas. Se asomó por encima de algunos autos y ahí estaba él parado al lado de una camioneta Hilux blanca. Suspiró. Era tan lindo. La remera ajustada le marcaba los pectorales y cada uno de los músculos abdominales. En ese momento se le cayeron las llaves al piso. Las levantó lentamente, temiendo haber sido descubierta, pero por suerte no se dieron cuenta.

Cuando él salió del estacionamiento, Mica estaba subiendo a Fiore, a quien también llevaría primero a su casa para darle un café, ya que le daba cosa dejarla en ese estado.

***

El domingo se le estaba haciendo largo, encima no había nada para ver en la tele. Finalmente optó por cambiarse e ir a la tienda de Don Ko-Ko, un lugar recomendado por los amigos de Fiore el día anterior. Coco era un hombre de unos sesenta y tantos años, muy amable. Allí se podía encontrar todo lo que una persona necesita para subir a las distintas montañas, desde una linterna chiquita hasta las sogas más gruesas, incluyendo también los ganchos y las botas para poder escalar. El lugar tenía una pared llena de recortes de diarios. Hubo uno en particular que le llamó la atención, un título en la tapa de un diario local que decía: “Heroico guía salva a todo su grupo de una terrible avalancha”. Leyó el artículo. También había diplomas, todos muy bien enmarcados. En su juventud don Coco había sido guía de altas cumbres, solía pasar gran parte de su tiempo subiendo los picos más altos de la Cordillera de los Andes. Todavía quedaba más de un mes para que terminara la temporada de escalar, pero no le importaba. La siguiente excursión sería al Cerro Bella Vista, su próximo desafío, y después iría por alguno con mayor dificultad.

Compró lo necesario y más para una excursión de dificultad media, cargó todo en el auto y se dirigió a su nueva casa. Tenía que repasar toda la información que le había dejado Fer para la entrevista del día siguiente.

II

La entrevista

Mica estuvo dando vueltas en la cama casi toda la noche, se levantó antes que sonara el despertador, estaba tan nerviosa como una colegiala a punto de rendir su examen final. Tuvo tiempo suficiente para repasar cada detalle y a medida que avanzaba el tiempo se ponía cada vez más ansiosa. Se probó infinidad de ropa. Al final se quedó con un traje de pollera por encima de la rodilla, bien ajustada, una chaqueta color manteca, una camisa blanca entallada al cuerpo y unos zapatos de gamuza color marfil. Se hizo unas torzaditas en el pelo y se maquilló con tonos suaves, pero se delineó bien los ojos de negro haciendo que el color turquesa resaltara sobremanera. Tomó su maletín y partió hacia la Av. Ezequiel Bustillo km. 8500. Cuando llegó al lugar vio una casilla de madera barnizada con una inscripción anunciando, en tonos plateados: Centro de Investigación Privada de Radares. A la derecha había un mástil con la bandera argentina y un cartel verde con algunas indicaciones. Un guardia muy cortés se acercó y preguntó:

—Buenas tardes, señorita. ¿Me podría informar hacia dónde se dirige?

—Buenas tardes. Tengo una reunión con el ingeniero Lorenzo Ocampos.

—¿Sería tan amable de darme su nombre y apellido?

—Claro. Micaela Echeverría Ayala.

Luego de anotar los datos, volvió a la casilla. Mica mientras tanto miraba su reloj, un Cartier que le había regalado Fernando para el cumpleaños del año anterior. Constató que iba holgada de tiempo.

El guardia regresó y después de hacerle firmar una planilla, le indicó:

—Tiene que ir a la administración. Tome el camino de la derecha. Una vez que haya pasado todo el complejo tecnológico, siga derecho unos metros. Se va a encontrar con una plaza llamada Libertad. Es el edificio que está enfrente.

—Muchas gracias.

No tuvo inconveniente para encontrar el lugar en cuestión. Estacionó el auto y se dirigió a la entrada del edificio. Era moderno, con paredes revestidas de laja gris, con puertas automáticas que se abrían por medio de un sensor de movimiento cuando alguien se acercaba. Se encaminó hasta el mostrador de madera oscura que contrastaba con las paredes blancas, y la recepcionista la atendió muy atentamente.

—Buenas tardes—, mirando el monitor de la computadora–. Usted es... Micaela Echeverría Ayala.

—Sí—, el guardia ya le había comunicado su presencia.

—Firme aquí, por favor—, le dijo señalando la línea punteada —Siga por este pasillo. A la izquierda, llegando a la mitad del corredor, están los ascensores.—Le indicó con la mano— Tiene que ir hasta el segundo piso.

—Gracias.

Cuando llegó al segundo piso se acercó a un escritorio, donde había una mujer muy vistosa, de unos cuarenta años.

—Disculpe, ¿el ingeniero Ocampos?

—Sígame, señorita Echeverría. Él la está esperando.

Golpeó la puerta que estaba enfrente, y se escuchó:

—Adelante.

Abrió la puerta.

—Llegó la señorita Echeverría.

—Gracias, Aldana.

Luego la mujer se apartó, dejó que Mica entrara y cerró la puerta. El ingeniero Ocampos era el presidente de CINPRA, una empresa especializada en radares de todo tipo que operaba al lado del Centro Atómico de Bariloche.

La oficina era bastante amplia y muy luminosa, contaba con un gran ventanal que daba a la plaza, dejaba ver el imponente paisaje. Caminó hasta el escritorio y le tendió la mano.

—Buenas tardes, señorita Echeverría –le sonrió y le estrechó la mano. Estaba impecable, con un traje gris topo y una camisa blanca con rayitas grises.

—Buenas tardes, Ingeniero—, estrechándole también la suya.

—Tome asiento, por favor—, y le hizo un gesto con la mano para que se sentara en la silla que estaba frente a él.

—Gracias.

—¿Desea tomar algo?

—Un café, gracias.

—Aldana, ¿me podría traer dos cafés, por favor? —, dijo, levantando el teléfono y apretando un botón luego de cortar, le expresó a Mica: —Bueno, quiero que me cuente el funcionamiento de esos microchips. La verdad es que quedamos bastante interesados.

Sacó del maletín una cajita de acrílico transparente que tenía una base de goma espuma finita negra, donde se observaban los microchips. La dejó encima del escritorio y comenzó a explicarle:

—Como es sabido, entre el noventa y el tres y el noventa y cinco por ciento de las empresas multinacionales, entidades financieras e incluso las principales agencias de investigación como el FBI y la CIA han sido hackeadas alguna vez en su historia. Los programas que utilizan para la seguridad informática, a pesar de su eficiencia, dependen también del conocimiento de la persona que esté manipulando el sistema para entrar, porque ninguno de esos programas que existen en el mercado son infalibles. Estas personas –los hackers– son capaces de encontrar los exploits, que son sucesiones de comandos y acciones que utilizan para encontrar la vulnerabilidad en el sistema y permitir el acceso a aquellos datos que estén interesados en hackear. Estos microchips, únicos en el mundo, son colocados, uno en el mother –la placa madre– y el otro en el microprocesador, específicamente en la unidad aritmeticológica. Al identificar un ataque actúan en simultáneo, uno manda una serie de virus compuestos por gusanos y troyanos camuflados al IP invasor, mientras que el otro cuenta con un programa que, al descubrir al intruso, bloquea y encripta todos los datos que contenga hasta ese momento. Descifrar un programa encriptado puede llevar muchísimos años, ya que existen treinta y siete trillones de posibilidades. Teniendo las herramientas correctas, cualquier programador podría desencriptar los datos.

—Es verdaderamente asombroso.

—Sí, mi socio es una persona muy inteligente—, comentó Mica con orgullo: —Él es quien instala los microchips—. Y a continuación, abrió su maletín y sacó una carpeta.

—Acá figura todo más detallado. Yo solo le hice un corto resumen. Pero se va a encontrar con la parte más técnica por si quiere consultarlo con sus programadores. Además, incluimos el presupuesto.

—¿Se puede instalar en una computadora portátil?

—Sí, por supuesto. No habría problema.

En ese momento se abrió la puerta y entró Aldana con los cafés, que ambos agradecieron. Cuando ella se retiró, mientras tomaban su café, reanudaron la conversación.

—Señorita Micaela, como sabrá no puedo tomar una decisión así. Tengo que consultarlo con el directorio.

—Perfecto. En la carpeta está mi tarjeta. Le agradecería que me llame en cuanto tenga una respuesta, ya sea favorable o no.

—Su socio, ¿vive en Bariloche?

—No. Él en estos momentos se encuentra en Montevideo, terminando de instalar los microchips en uno de los laboratorios más importantes de ese lugar.

Ya se aproximaba la despedida y el cierre de reunión, cuando alguien golpeó la puerta y sin esperar que le respondieran, asomó la cabeza y entró.

—Perdón, papá. No sabía que estabas en una reunión.

—Pasá, ya terminamos—, y mirando a Micaela, lo invitó a acercarse: —Vení, que quiero presentarte a alguien.

Micaela estaba cerrando su maletín y guardando unos papeles, cuando sintió el mismo cosquilleo que había sentido dos días antes en el estacionamiento del bar. No necesitó darse vuelta para saber quién se encontraba en la habitación. Thiago estaba parado al lado del ingeniero. Al darse vuelta, volvió a encontrarse con el calor de su mirada.

—¿Qué hacés acá?—, exclamó sorprendido cuando la miró.

—Buenas tardes, Thiago. A mí también me da gusto verte—, respondió irónica, mientras se fulminaban con la mirada, pensaba lo mucho que le hubiera gustado poder responderle: ‘A vos qué te importa, tarado’, sin embargo dijo: —Acabo de terminar una reunión con… tu papá—. Los ojos de Mica, estupefacta por la coincidencia, iban de Thiago al ingeniero Ocampos.

—¿De dónde se conocen ustedes dos?—, preguntó el ingeniero frunciendo el ceño, mirando a cada uno y tratando de hallar la respuesta.

—Es una larga historia. Después te cuento—, respondió Thiago.

Mica se levantó, tomó sus cosas y con una sonrisa, exclamó:

—Espero que le cuentes la verdad.

—¿Averiguaste dónde trabajo? ¿Me estás siguiendo? —, soltó él, sin importarle la presencia de su padre.

—No. Antes de seguirte me hago monja de clausura...

El ingeniero Ocampos no pudo aguantar la risa, pero ella continuó:

—Esta reunión la teníamos pactada hace más de quince días. Todavía no tenía el agrado de conocerte, señor vanidad—. Y entonces, se dirigió al ingeniero:

—Discúlpeme por esta escena. Que tenga un buen día—, y le tendió la mano, sin embargo a Thiago lo liquidó con la mirada y salió del despacho sin hacer ningún comentario más, pero pensando en la suerte que había tenido por el hecho de que Thiago fuera hijo del ingeniero, mientras se dirigía hacia la puerta de salida como si estuviera desfilando en una pasarela de París. Pasó por delante de Aldana. Apenas se escuchó el saludo:

—Buenas tardes.

Sin esperar que le respondiera se dirigió a los ascensores como una tromba. Quería salir de ahí a como diera lugar. Sacó el celular y le envió un mensaje a Fernando que decía: “Salí. Llamame”. Dos minutos después, sonó el teléfono cuando se dirigía al auto:

—¿Abriste el correo?—. Esa pregunta la tomó desprevenida

—No, para nada. Estuve concentrada en la reunión. ¿Pasó algo?

—Te reenvié el mail que me llegó de España. Están interesados en los microchips.

—¡Guau! ¡España! Nos vamos para arriba, amigo.

—Sí—, suspiró. —Todavía no arreglamos la fecha. Me van a llamar.

Esas eran buenas noticias pero Mica sentía por la voz que algo no le estaba diciendo.

—¿Qué es lo que te preocupa?

—Me llamó Rubén, el mecánico, para decirme que el auto va a estar listo en quince días, justo para la carrera.

—Si te llega a coincidir con la fecha de la entrevista, viajo y corro yo por vos. Total, es una simple carrera de aficionados, es pan comido para mí. Sabés que de los dos yo soy mejor piloto.

—Sí, pero el premio no está nada mal—. Ambos rieron.

—Hiciste trampa—, escuchó Mica desde atrás. Giró sobre sus talones y ahí estaba Thiago otra vez.

—¿Qué?—, lo miró enojada. —Fer, te llamo en un rato—, y cortó la llamada sin mayor explicación.

—Hiciste trampa—, volvió a repetir Thiago a modo de reproche. —No me aclaraste que sos una corredora profesional.

—Será tal vez porque nunca me lo preguntaste. Solo dijiste: ‘Mentira, chicos. Una mujer no puede conducir a doscientos kilómetros’— imitando una vez más en tono de burla las palabras que le había dicho Thiago. —Te quisiste hacer el canchero delante de todos tus amigos. Te merecías perder—. Y haciendo un gesto de negación con la cabeza, continuó: —No lo puedo creer. Primero me tratas de mentirosa, luego de que te estoy siguiendo, y ahora de tramposa. ¿Me vas a acusar de algo más? Además, nunca te mentí cuando me preguntaste si hubiera cumplido la apuesta en el caso de perderla. Te dije bien claro que la apuesta estaba ganada desde el vamos. Y para que sepas, corrí a más de doscientos kilómetros por hora, guapo, pero siempre en lugares preparados donde no pongo en riesgo la vida de nadie, como en un autódromo, no en una ruta. Es la primera vez que hago una cosa tan estúpida como esa.

—¿Qué viniste a hacer acá?—Thiago cambió de tema

—¿Por qué no se lo preguntás a tu papito? —. Ella lo fulminaba con la mirada. Estaba muy molesta.

—Porque te lo estoy preguntando a vos.

—A ver si nos entendemos, guapo—, dijo ella acercándose hasta ponerse cara a cara, a pocos centímetros de distancia. —Yo a vos no te tengo que dar explicaciones de nada. No te confundas. —Ambos podían respirar el aire que largaba el otro, las miradas hablaban por si solas —¿Quién te creés que sos?

Mica se dio vuelta. No soportaba perderse en esos ojos tan claros. Pero antes de dar un paso, Thiago la agarró del codo. Ella volvió a girar y lo miró.

—¿Qué hacés? ¡Soltame!—, de un sacudón se soltó y le dijo: —Nene, si tenés algún problema, andá a un psicólogo. En una de esas tiene suerte y encuentra algo en esa cabecita. Es la última vez que me ponés una mano encima. Te aseguro que no me vas a querer ver enojada.

—Disculpame—. Realmente se arrepentía de haberla tomado del brazo. En el fondo no quería que se marchara, un impulso que venía de lo más profundo de su ser le impedía dejarla ir. Thiago sabía que se estaba comportando de una manera que no era propia de él, pero no lo podía evitar y no sabía por qué.

Mica se alejó lo más rápido que pudo hacia el auto, dejándolo ahí parado. Seguía preguntándose por qué le afectaba tanto lo que él le decía y a la vez no entendía qué le estaba pasando, por más que lo negara con todas sus fuerzas había comenzado a ver a Thiago como el hombre más sexy y atractivo que jamás haya visto.

Y mientras, debido a su enojo, unas lágrimas amenazaban con salir. Dijo en voz alta: “Qué día de mierda.”…

Arrancó el auto y se dirigió a su casa. Necesitaba cambiarse y calmarse un poco. Sabía que la reunión había estado bien… hasta que entró Thiago. Ahora todo pendía de un hilo. Sonó el celular, que ella respondió tratando de disimular su angustia. Se había olvidado volver a llamar a Fer.

—¿Qué pasó que me cortaste así?

—Una larga historia. Cuando vengas te cuento.

—¿Estás bien?—, su amigo no la notaba bien. Al principio pensó que era por la reunión, pero sabía que algo le estaba pasando.

—Sí…, no…, más o menos.

—Ahora sí que me quedo más tranquilo.

—Fer, entendeme. Estaba nerviosa por la reunión—, respondió, en un intento por ocultar a su amigo la verdad.

—¿Me vas a contar cómo te fue?

—Creo que bien—, le mintió. —Me van a llamar cuando tengan una respuesta. Lo tienen que evaluar con el directorio. Y, cambiando de tema: —¿Para cuándo arreglaste la instalación?

—Empiezo mañana y va a llevarme unos días instalar y además, explicar todo el funcionamiento. ¿Me vas a decir qué te pasa?, te escucho algo cabreada.

“Qué pesado”, pensó Mica.

—No me hagas caso—, tragó saliva. —Solo sentí que no estaba a la altura.

—Tampoco era para tanto. Lo peor que puede pasar es que no lo quieran. ¿Cuál es el problema?

—Ninguno—. Un silencio estremecedor corrió entre ellos: —¿Cuándo venís?

—La semana que viene, lunes o martes.

—Te extraño—, le soltó.

—Yo también te extraño. Falta poco, nena. Nos hablamos. Quedate tranquila. Ya pasó. Todo va a estar bien—. Y cortó la llamada.

***

Thiago volvió a la oficina de su padre. Aunque sabía que no era el lugar más adecuado para tocar este tipo de temas, sentía que le debía una explicación. La charla tenía que ser ahora.

—¿Qué fue toda esa escena? ¿Por qué saliste desesperado detrás de esa chica?—. Lo miró fijo con las manos en la cintura.

—Te voy a contestar todo. Dejame que ponga en orden mi cabeza. Necesito acomodar mis ideas.

—¿En serio creés que averiguó dónde trabajas? Esa fue una acusación fuerte.

—No, no tenía idea que trabajo acá, mucho menos que era tu hijo. ¿No le viste la cara? Ella dijo que tenía pautada esta reunión hace quince días.

—Es verdad.

—Yo la conocí recién este sábado—, se animó a confesarle.

—¿Estás seguro? No sé qué pensar. Podría ser otra cosa.

—Estoy muy seguro. No seas paranoico. Esta chica no tiene nada que ver con el Centro.

—¿Dónde la conociste?—, quiso saber Lorenzo, dado que intuía que algo le pasaba a su hijo con Micaela. Era tan evidente que lo hizo sonreír.

—En el Pub del Cerro Catedral. Ella estaba con un grupo de chicos y yo con mis amigos. Es solo que… me porté como un idiota con ella. La seguí para tratar de arreglar la situación, pero la empeoré más. Fue peor el remedio que la enfermedad.

El ingeniero estaba muy sorprendido. No esperaba una confesión de ese tipo, pero debía formular la pregunta obligada:

—¿Qué fue lo que le hiciste a esa chica?—. Lo veía caminar de un lado a otro, como un animal enjaulado.

Thiago que estaba esperando encontrar una respuesta que tardaba mucho en llegar, levantó la cabeza y sus ojos se encontraron.

—Me hice el canchero y me bajó de un hondazo.

Su padre abrió grande los ojos, luego se sonrió:

—A esta altura de tu vida deberías saber distinguir qué chicas que son para una noche, de las que no lo son—. Se dio vuelta y caminó hasta su escritorio: —Si el sábado fuiste tan grosero como recién, puedo entender por qué salió tan enojada. Creo que, si no hubiera estado yo, te habría dicho un montón de cosas más.

—Yo creo lo mismo. Te juro que me saca de mis casillas. No sé qué me pasa específicamente con ella.

—Es que estás acostumbrado a que las chicas te acosen, y con ella se nota que no lo lograste. Es como la figurita difícil del álbum.

—No te voy a negar que es linda, pero tampoco tanto.

—Repetítelo varias veces, a ver si conseguís creértelo. Esa chica no solo es muy linda, además es inteligente y decidida, y por lo visto tiene mucho carácter. Alguien capaz de ponerte en tu lugar sin caer rendida a tus encantos—. Y sonriendo le recomendó: —Andá con cuidado.

Él asintió. No quería hablar más de ella. Tenía clavado en su mente esos ojos turquesa que lo perseguían a donde iba. Su cuerpo clamaba por ella como nunca lo hizo por nadie. Con esa última advertencia, salió del despacho de su padre.

***

La semana pasó rápido. Fiorella había ido a cenar el miércoles y el viernes a la casa de Micaela. Aunque se sentía muy bien y se divertía mucho con ella, todavía no le había contado nada de sus sentimientos hacia Thiago. Las pocas veces que hablaron de él, Micaela le decía lo fanfarrón, agrandado y sobre todo lo vanidoso que era. Pero Fiorella no tenía ni un pelo de tonta, ya sospechaba que detrás de esas rudas palabras había sentimientos románticos ocultos. Sin embargo, respetó su silencio y no la presionó para que los confesara. Fiore sabía muy bien que solo era cuestión de tiempo para que Mica reconociera lo que realmente sentía por Thiago. Solo había que tener paciencia y esperar. Cuando se despidieron, arreglaron para que Mica la pasara a buscar el sábado a las nueve de la noche.

Ese día amaneció gris y toda la tarde las nubes negras amenazaron con un aguacero, pero los planes de la noche no se suspenderían.

Mica se puso un short de raso negro y una remera de lycra blanca con un dibujo en plateado y unas botitas cortas negras de cuero dejando al descubierto sus piernas esbeltas. Se planchó el pelo, aunque era bien lacio, se delineó los ojos, tomó la campera negra de gamuza y corderito por dentro y salió en busca de su compañera de aventura, como le decía a Fiore.

Llegaron temprano al lugar, que estaba casi vacío. Se dirigieron a donde se sentaban siempre. La lluvia había comenzado a caer, aunque no con tanta intensidad.

—¿Vendrá alguien hoy con este día? —preguntó Mica.

—Se va a llenar. De eso no tengas dudas. Hoy hacen la fiesta de los noventa, pero eso no quiere decir que vamos a estar todo el tiempo escuchando música viejarda.

—Me encanta la música viejarda. Es mi preferida—, acotó Mica.

—Ahí entran los chicos—, levantó la mano agitándola en el aire.

Se sentaron con ellas mientras se quejaban del mal clima. Lorena se dirigió a la barra a pedir unos tragos y volvió con ellos. Mica esta vez pidió un Daiquiri de frutilla. Estaban riéndose a carcajadas cuando vieron entrar a Thiago de la mano de una rubia despampanante, junto al resto de sus amigos. En ese instante la cara de Mica cambió rotundamente. Fue como si le hubieran arrojado un balde de agua helada. No podía ocultar su malestar. En un segundo se le borró la sonrisa del rostro, sintió que se le cerraba el pecho y los ojos se le llenaron de lágrimas, a punto de delatarla: ‘No me vas a arruinar la noche. ¿Por qué no me puedo controlar?’, pensó. Le agarró el brazo a Fiore.

—¿Vamos a la barra por otros tragos?

—Dale. ¿Alguien quiere algo?—, preguntó a los demás chicos.

—No, gracias.

—Dentro de un rato—, dijo Lore.