En tierra de amapolas - Tania Lagunilla - E-Book

En tierra de amapolas E-Book

Tania Lagunilla

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Beschreibung

UN PUEBLO CORROMPIDO POR SU ALCALDE 1890. Cadesta es un pequeño pueblo formado por un puñado de habitantes que luchan cada día por sobrevivir bajo el corrupto mandato de su alcalde. Son muchas las horas que los hombres trabajan en los campos para poder sacar adelante a sus familias y también muchas las injusticias a las que son sometidos. UN ACCIDENTE FATÍDICO En medio de la plaza, la joven Carla Almazán no puede apartar la vista de la sangre que brota de la cabeza del padre Carlos, que acaba de caer desde el tejado de la escuela. Un fatídico accidente ha provocado que el cura pierda la vida en el acto, al tambalearse desde las escaleras en las que estaba apoyado y romperse el cráneo contra el suelo. UNA DECISIÓN PRECIPITADA Carla es acusada injustamente de esa muerte por la hija del alcalde. Superada por la situación y ante la insistencia de su familia, la muchacha decide huir de su hogar para evitar ser juzgada en una de las manipuladas juntas del alcalde. Con tan solo dieciséis años, un trozo de queso y unas cuantas monedas, Carla deberá enfrentarse a la vida con una muerte de la que no es culpable sobre los hombros.

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Seitenzahl: 415

Veröffentlichungsjahr: 2022

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EN TIERRADE AMAPOLAS

Tania Lagunilla

 

 

 

EN TIERRA DE AMAPOLAS

© Tania Lagunilla Iglesias

© de esta edición: Loto Azul, 2022

ISBN: 978-84-17307-28-8

Producción del ePub: booqlab

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).

 

 

KALOSINI, S. L.Grupo editorial [email protected]

 

 

A todas aquellas mujeres que en algún momento de su vida se han visto obligadas a ser valientes.

A mis hijas, mis más fieles seguidoras.

 

 

No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas.

MARY WOLLSTONECRAFT

CAPÍTULO 1

El sonido del tortazo retumbó de tal manera que los chicos que estaban alrededor enmudecieron. Carla había sido la autora del sopapo y en ese momento observaba la palma de su mano colorada por el golpe. Elena, que aún se palpaba el rostro donde había sido abofeteada, la miraba con los ojos medio cerrados llenos de rencor.

—Esto no va a quedar así, ¡estúpida! —gritó con rabia mientras se marchaba indignada de la plaza.

Los niños que habían presenciado la disputa comenzaron a ovacionar a Carla a grito pelado celebrando que esa vez hubiese sido ella quien hubiera ganado la batalla. La muchacha no pudo evitar sentirse satisfecha aunque no era propio de ella, la había sacado de quicio y no se había podido contener; además, en los pueblos había que hacerse respetar, y más en aquel, donde en los últimos años las injusticias parecían ser el pan de cada día.

Cadesta era un pueblito que no contaba con más de un puñado de casas puestas al azar, una pequeña ermita y una escuela, que a su vez se convertía en taberna en las fiestas populares. A las afueras, una charca pobre de agua donde habitaban decenas de ranas, que deleitaban con sus cantos los atardeceres de verano junto a un banco de piedra bastante desgastado que seguía siendo testigo de los besos robados entre los jóvenes de la zona. Desde allí partía la calzada principal que llevaba a los aldeanos hasta Algarte, el pueblo vecino que velaba por Cadesta con su jurisdicción, donde muchos de ellos malvendían sus hortalizas, frutas y animales en el mercado para poder seguir viviendo, o malviviendo. Corría el año 1890, y la escasez, junto a la falta de recursos, estaba muy latente todavía en los pueblos pequeños, donde sobrevivir en ocasiones era todo un desafío.

Era un pueblo humilde de gente honrada. Los hombres trabajaban la tierra y el ganado sin descanso. Día tras día. En invierno y en verano. Labraban, sembraban y cosechaban. Cuidaban del ganado, lo sacaban a pastar y lo ayudaban a parir y a criar. Raro era el hombre que trabajara menos de diez horas al día. Las mujeres, a su vez, se ocupaban de la casa y hacían la comida, cosa difícil en ocasiones cuando faltaban los alimentos, además de criar a los hijos y de coser. No había mujer en el pueblo que no supiese coser, aunque fuese lo indispensable: coger un dobladillo, poner botones, quitar costuras... La ropa se reutilizaba una y otra vez, pasando de unos a otros, ya que estrenar una prenda era cosa de pudientes, algo que escaseaba en Cadesta.

Los niños y niñas iban a la escuela, donde el padre Carlos era el encargado de enseñarles a leer y escribir. Algunos incluso aprendían a hacer cuentas, pero, en realidad, la mayoría de ellos abandonaban sus estudios para poder trabajar y ser de utilidad a la familia ayudando con la faena. El analfabetismo estaba a la orden del día por culpa del hambre y de la falta de manos en la labor.

En los atardeceres de primavera y verano, las familias salían a la fresca después de los días calurosos y charlaban tranquilamente en corros en los patios de las casas, mientras los muchachos terminaban el día correteando por los caminos y haciendo de las suyas.

Como en todos los pueblos, Cadesta no iba a ser menos, las relaciones entre los vecinos a puerta cerrada no eran tan maravillosas como se hacían ver a los demás. La enemistad entre Carla Almazán y Elena Beltrán era bien conocida. Los padres de Elena no le daban importancia, pero las travesuras de las niñas se estaban convirtiendo en fechorías. Cosas de chiquillas, decían. Sin embargo, a pesar de los roces con Elena, Carla era una buena chica.

Iba a cumplir dieciséis años, aunque aparentaba alguno más. Tenía unos ojos verdes oscuros de mirada penetrante y una melena larga y ondulada. Era una chavala espabilada que sabía sacarse las castañas del fuego, pero también era cabezota como ella sola y bastante impulsiva. Educada con todos sus vecinos y sobre todo agradecida, sabía valorar cada una de las cosas de las que disfrutaban en casa, reconocía el esfuerzo que hacían sus padres para que no le faltase nunca un plato en la mesa. Carla era hija única. Su madre, Julia, parió un precioso bebé cuando la muchacha tenía cinco años, pero el pequeño murió. Como tantos otros que no eran capaces de sobrevivir a los fríos inviernos de la comarca.

Al igual que Carla, sus padres no simpatizaban con los Beltrán. Se trataba de una familia arrogante a la que le gustaba alardear del dinero que tenía. Comían todo tipo de manjares al alcance de muy pocos privilegiados y siempre iban vestidos con ropas nuevas y elegantes.

Un día cualquiera, a principios de junio, el padre Carlos les permitió salir de la escuela un rato para poder descansar y refrescarse durante una de sus aburridas mañanas lectivas. El religioso aprovechó para colocar algunas tejas que se habían movido en el invierno pasado y que provocaban pequeñas goteras los días de lluvia intensa. Cogió una escalera y, con cierta gracia para la edad que tenía, subió por ella y comenzó a colocarlas.

La chavalería correteaba por la plaza detrás de las gallinas de la vecina de al lado, intentando darles alcance. Dos niños algo mayores tiraban piedras a un gato negro que pasaba por allí. Carla se mantenía al margen sentada sobre un murete de la casa vecina mientras comía una manzana y observaba al gato escapar de las pedradas buscando con la mirada dónde cobijarse.

Sin esperarlo, Carla sintió un fuerte tirón de pelo que la hizo caer al suelo desde el murete, justo en el momento en que el gato conseguía esconderse en un establo cercano. Escuchó una risa y, al darse la vuelta para ver qué es lo que había ocurrido, se topó con Elena, que comenzaba a huir. Ella también iba a cumplir los dieciséis ese año. Alta y rolliza, estaba entrada en carnes dada su acomodada situación. Con ojos muy oscuros, tenía una melena a la altura de los hombros rizada y oscura a juego con su mirada. Siempre bien peinada e impoluta, trataba de fastidiar a quien se pusiese en su camino. No era una muchacha querida entre los niños, pero sí respetada por su condición social. Carla tiró la manzana, enojada, y fue tras ella. Elena iba haciéndole burla y riéndose, le encantaba hacerla rabiar.

—¡Vamos, Carlita! ¿No puedes cogerme? —le preguntó mientras le escupía, intentando darle en la cara.

—¡Como te coja, verás!

Elena corría echando rápidos vistazos hacia atrás para localizar a su adversaria mientras daba vueltas por la plaza. Algunos niños de la escuela habían dejado de jugar, atentos a una nueva pelea protagonizada por las chicas. En una de estas, Elena rodeó el edificio con una Carla furiosa pisándole los talones. Justo al llegar a la altura de la puerta de la escuela, Elena se encontró de frente con un ejército de gallinas que huían de los muchachos, que no paraban de perseguirlas entre risas. Esta esquivó a duras penas al averío, pero no pudo hacerlo con la escalera, que descansaba apoyada sobre la pared del edificio.

No se pudo evitar la tragedia. El religioso cayó desde arriba, golpeándose la cabeza y partiéndose el cráneo en mil pedacitos como un vaso de cristal. Lentamente, un charco de sangre oscura se fue formando bajo su cabeza. El silencio invadió la plaza y, durante unos instantes, nadie se movió. Los niños, abrumados por la situación, solo eran capaces de mirar al hombre y al charco de sangre que no paraba de crecer. El padre Carlos no se movía. Estaba muerto con los ojos abiertos mirando a su destino, donde pronto sería recibido con los brazos abiertos, ya que había sido un buen hombre toda su vida. Aprovechando la confusión, Elena comenzó a gritar a pleno pulmón:

—¡El padre Carlos está muerto! ¡El padre Carlos está muerto y tú, Carla, eres la responsable! ¡A los calabozos con ella! ¡Cárcel para Carla! —difundía a grito pelado.

Los vecinos de Cadesta, alertados por el griterío, comenzaron a salir de sus casas y a acercarse a la escuela para ver qué es lo que había ocurrido realmente. Elena contó a todos los vecinos que estaban dispuestos a escucharla el fatídico accidente que Carla había provocado tropezando con la escalera. Los demás niños, testigos de los hechos, nunca osaron decir la verdad, ya que rebatir a la familia Beltrán solía acarrear problemas a los habitantes de Cadesta.

Su padre, Miguel Beltrán, era el alcalde del pueblo, y en todas las decisiones que debía tomar la junta de vecinos siempre salía beneficiado. Era corrupto y malvado, y por ello le temían demasiado como para enfrentarse a él. Carla estaba tan pasmada que no fue capaz de defenderse y observaba con enormes ojos la escena. Carmen, la vecina más longeva, llamó a la calma.

—Será necesario convocar una junta... —comentó la anciana mirando sin pestañear al difunto mientras varios de los presentes asentían consternados.

Carla no contestó, pero sabía que un gran problema se le venía encima. Observó sin ver cómo uno de los hombres buscaba el pulso del cura apoyando la cabeza en el pecho de este, pero al poco rato se incorporó y negó de manera discreta. El silencio se hizo en el pueblo mientras el médico y varios vecinos trasladaban el cuerpo sin vida del padre Carlos hasta un carromato tirado por una mula. El ambiente estaba tenso mientras las muchachas se miraban la una a la otra: Carla con cara de frustración; Elena, sin embargo, de satisfacción.

La muchacha se dirigió a casa a paso lento, intentando digerir todo lo sucedido aquella mañana en la plaza. Llegó al patio empedrado, donde se encontraba su madre, de ojos pequeños y con el pelo siempre recogido en un moño alto. Julia no era tonta y se percató rápidamente de que algo no iba bien. Tras un esfuerzo colosal, Carla le contó lo ocurrido en la escuela. Su madre escuchó paciente sin interrumpir a su hija, pero, a medida que iba transcurriendo el relato, iba aumentando la inquietud que sentía. Era una tragedia lo que le había sucedido al padre Carlos, pero no podía consentir que el pequeño diablo que tenían por vecina difundiera aquellas habladurías para perjudicar a Carla.

Prepararon un poco de tila para calmar los nervios y se sentaron a la mesa. No comieron, ya que ninguna tenía apetito, y pasaron la tarde pesarosas y angustiadas esperando a que el cabeza de familia llegase de Algarte para contarle la mala nueva.

Esa tarde no fueron a recoger flores como hacían desde que Carla tenía uso de razón. Una pequeña tradición en la que madre e hija aprovechaban las últimas horas de luz para pasear por los alrededores del pueblo y seleccionar las flores más bonitas de las praderas para luego ponerlas en el único jarrón que tenían en la casa. Un precioso ramillete de diferentes tonalidades brillaba en el centro de la mesa; pero siempre predominaba el rojo de las amapolas, la flor favorita de ambas.

Juan, el padre de Carla, llegó al anochecer, sudoroso por el calor del día, con la carretilla que solía llevar cargada de alimentos hasta el mercado de Algarte. Era un hombre pequeño pero fuerte, y empezaba a clarear en la zona de la coronilla amenazando con convertirse más pronto que tarde en una calva. Cuando vio los rostros de su mujer y su hija, la preocupación le invadió de inmediato. Sentados a la mesa, en una pequeña sala con una ventana desde donde veían el patio pedregoso y la verja que nunca cerraban, ambas pusieron al hombre en conocimiento de los hechos. Tras meditar en silencio un buen rato, él se dirigió a su hija con voz autoritaria:

—Carla, lo mejor será que te marches una temporada. No tenemos nada que hacer en esa junta. Ya sabéis que Miguel siempre gana todos los conflictos que se plantean y querrá un culpable con el que demostrar su poder. Y su culpable serás tú, nadie se atreverá a acusar a Elena de la desgracia.

—Pero... ¡padre, yo no quiero irme de aquí!

Discutieron durante unos minutos, pero ella acabó entrando en razón, entendió los argumentos que su padre le daba.

—Está bien. Me marcharé al amanecer, antes de que los vecinos empiecen a trabajar las tierras y saquen el ganado, y nadie me verá partir. Pero ¿y qué pasará con vosotros? —preguntó Carla mientras comenzaba a empacar sus cosas en un macuto de tela muy desgastado que había pertenecido a su abuelo, fallecido en la primera guerra carlista.

—No te preocupes, trataremos de persuadirles. Bastante castigo es ya el exilio. Quedarán conformes —dijo el padre con los ojos llorosos, intentando mantener la compostura mientras ayudaba a su hija.

La familia se abrazó como nunca antes lo había hecho: entre lágrimas y lamentos, conscientes de que pasaría bastante tiempo hasta que volvieran a hacerlo. Repentinamente, tres golpes secos cesaron el drama familiar e impusieron el silencio en la casa mientras se miraban. Se oían murmullos de distintas voces detrás de la puerta principal. Julia echó un rápido vistazo por la ventana de la sala desde donde se podía observar parte de la entrada. Era Miguel, el padre de Elena, junto a Marcos, el alguacil, responsable de los calabozos del cuartel de Algarte.

—¡Abrid la puerta! ¡Carla queda arrestada y debe estar bajo custodia hasta que la junta solvente el contratiempo de hoy! —gritó Miguel para ser oído por los vecinos de alrededor.

—¡Corre, Carla! —la apuró su padre en voz baja—. Yo les abriré la puerta y tú, mientras, saltas por la ventana.

—Pero, papá... —añadió intentando contener el llanto sin mucho éxito—. ¡Lo siento! ¡Lo siento mucho!

Carla se colocó el macuto sobre el hombro y, con un pequeño gesto de asentimiento, se dirigió a la parte trasera de la casa mientras su madre la seguía con las manos en el pecho y el corazón encogido.

—Te quiero... —balbuceó la muchacha con el rostro empapado por las lágrimas, mirando por última vez a su madre.

Julia no tuvo tiempo de responder, pues en ese momento se escuchó un violento portazo. Cuando volvió a mirar hacia la ventana, Carla ya no estaba allí.

CAPÍTULO 2

El padre de Carla dejó pasar a sus visitantes y los acomodó en la salita, amueblada tan solo con una mesa y unas sillas viejas, mientras les ofrecía algún refrigerio con el que intentar ganar algo de tiempo. Miguel rechazó taxativamente la oferta y, una vez que estuvieron todos sentados, preguntó con impaciencia:

—¿Dónde está la niña, Juan?

—Podríamos resolver esto hablando las cosas. Esto ha sido un fatídico accidente. Nadie quería matar al padre Carlos. No creo que sea necesario llevarte a la niña arrestada —argumentó Juan con templanza.

—Esta vez tu hija se ha pasado con sus tonterías y ha muerto una persona. Debe ser juzgada ante la junta de vecinos. Mientras tanto, esperará en el calabozo hasta que lleguemos a una resolución. Dile a la niña que venga o iré yo personalmente a buscarla.

—Creo que deberíamos hablar primero, antes de que te lleves a nadie. A mí me han contado las cosas de otra manera con una culpable que no era mi hija precisamente, sino la tuya... —contestó Juan con seriedad intentando mantener las formas.

—¿Qué quieres decir? ¿Osas acusar a mi pequeña, que vive atormentada por tu hija desde que la vio por primera vez? —vociferó Miguel.

—¡Eso no es así! Siempre ha sido al revés, tu hija es un demonio que está todo el día haciendo el mal, pero vosotros nunca le habéis parado los pies —gritó Julia desesperada.

—¡Ya está bien! He venido aquí para llevarme a Carla, no para escuchar como acusáis a mi hija, desgraciados —dijo arrastrando la silla hacia atrás para levantarse.

Tras inspeccionar la casa junto al alguacil, que le seguía a todas partes a escasos dos palmos sin decir nada, Miguel volvió a la sala hecho una furia preguntando por la niña. Los padres de Carla negaban constantemente con la cabeza repitiendo que no sabían dónde se encontraba.

—¿Vosotros creéis que soy imbécil? —chilló encolerizado con la cara roja por la humillación de verse engañado.

—De verdad, Miguel, vendrá enseguida. Tranquilízate, por favor —suplicó Juan agobiado.

—Ah, ¿sí? Muy bien. Si no me puedo llevar a la hija, me llevaré a la madre. Esto no va a quedar así. Arréstala, vamos. Ya verás como aparece la niña —ordenó Miguel con voz triunfante mientras reía.

El alguacil le miró con asombro durante unos instantes, pero viendo que la petición era firme, cogió las esposas y se dirigió hasta donde se encontraba la mujer. La madre de Carla empezó a gritar mientras intentaba zafarse, pero el alguacil, que era fuerte y hábil, la esposó en un abrir y cerrar de ojos, sacándola de la pequeña sala con rapidez. Juan contemplaba atónito la situación, pero estaba tan pasmado que, para cuando quiso reaccionar, su mujer y los dos hombres estaban saliendo por la verja del patio pedregoso de su casa.

—¡Julia! ¡Julia! Julia... Julia... —Su voz se fue ahogando en un sollozo, y un hombre destrozado cayó de rodillas en el patio de su casa ante decenas de miradas discretas de los alrededores, disgustadas por el espectáculo, pero que no hicieron nada por él.

Mientras tanto, Carla, ajena a todo lo que sucedía en su casa, corrió despavorida hasta la calzada principal. Estuvo diez minutos escondida, vigilando el camino, oculta tras un matorral y atenta a cualquier sonido extraño, y no se atrevió a salir hasta que estuvo convencida de que nadie iba tras ella. En ningún instante bajó la guardia y, caminando con el pulso acelerado por la adrenalina generada, iba pegada al lateral de la senda que estaba repleta de arbustos y zarzamoras, por si en un momento dado se veía obligada a zambullirse en ellos para ocultarse de nuevo.

Algarte estaba muy cerca de Cadesta, a unos quince minutos a pie. Y caminando hasta allí fue, rumiando en su cabeza lo injusta que podía llegar a ser la vida. Se esforzó por hacer desaparecer aquellos pensamientos destructivos que la invadían; al fin y al cabo, necesitaba la mente fría para saber qué hacer y a dónde ir. Si se hundía en la desesperación, todo sería mucho más complicado, y no era algo que se podía permitir. Bastante difícil era ya la situación como para darle pinceladas de dramatismo llevada por la frustración.

Cuando llegó a Algarte, lo primero que hizo fue beber de la fuente de la plaza principal y refrescarse un poco la frente. La llamaban la «plaza de la fuente», ya que era la primera que se había construido en la comarca. Alta, grande y de piedra caliza, tenía un pilón para que pudiera beber el ganado. Repleta de renacuajos, con un constante repique del chorro del agua que mojaba a todo aquel que se acercaba a beber, era uno de los mayores orgullos de Algarte.

Carla observó a su alrededor. La plaza estaba abarrotada: tabernas donde los hombres tomaban vino después de una larga jornada de trabajo, niños corriendo de un lado para otro jugando con el agua de la fuente, madres gritando a sus hijos que no se mojaran mientras criticaban con las demás a la vecina de al lado; porque fíjate tú cómo iba vestida el domingo en misa la María Asunción...

—Vale, bien... ¿y ahora qué, Carla? —pensó la muchacha en voz alta rascándose la cabeza.

En el viejo macuto llevaba algo de ropa de cambio, un trozo de queso, un poco de pan del día anterior y algunos reales que gracias a Dios tenía ahorrados. Decidió ir hacia una de las calles más alejadas del pueblo donde no solía haber gente y comer algo mientras pensaba qué podía hacer. Dormir en una pensión era algo muy apetecible pero también arriesgado, ya que Algarte no era tan grande en realidad, y como buen pueblo, todos se conocían aunque fuese de vista. Sería cuestión de minutos que alguien diera la voz de alarma para avisar de que habían dado con ella, porque seguramente, a esas alturas de la noche, ya habrían llegado hasta allí los rumores sobre lo sucedido en la casa de los Almazán. Además, se le añadía el inconveniente del dinero. Si empezaba a malgastar en lujos que realmente no se podía permitir, en un par de días ya no tendría para comer. Por lo tanto, la decisión estaba tomada.

Guardó el trozo de queso tras darle dos buenos mordiscos y se puso en marcha. Se dirigió a la zona del río que se encontraba a las afueras del Algarte dispuesta a dormir a la intemperie. No era una opción desagradable, ya que, en los veranos, el calor por el día era prácticamente insoportable; sin embargo, por la noche, se podía respirar, disfrutando del frescor.

Rodeó el pueblo por las calles menos transitadas para no ser vista. Juan, su padre, iba tres días a la semana al mercado, donde tenía un pequeño puesto en el que vendía su género. Carla le había acompañado en más de una ocasión y había simpatizado con varios habitantes de la localidad, además de los chavales con los que jugaba a menudo; por lo tanto, lo más sensato era no exponerse para no encontrarse con alguien conocido.

Llegó hasta el río donde había una pequeña campa protegida por unos enormes olmos. Si su situación no hubiese sido tan lamentable, hubiera sido un plan delicioso, puede que incluso romántico, pensaba Carla echada sobre la hierba aterciopelada, escuchando el agua mansa acariciar los guijarros de la orilla mientras un manto de estrellas infinito la envolvía. Iba a ser la primera de muchas noches complicadas, y ella lo sabía.

***

La trataron bien, mejor de lo que se esperaba Julia. Después de esposarla y sacarla de su casa, la llevaron hasta el establo del alcalde, donde la subieron a un carro tirado por un espectacular percherón que le había costado una fortuna y del que Miguel Beltrán se sentía muy orgulloso. Dio instrucciones a los hombres sobre qué hacer con la arrestada y los despidió con un fuerte golpe al cerrar la puerta. Rumbo a los calabozos de Algarte, el alguacil suavizó el gesto, y desde la ausencia del alcalde fue más atento con ella, incluso le ofreció agua y comida. Era evidente que no estaba de acuerdo con el modo en el que se estaba tratando el asunto del padre Carlos, y se hallaba incómodo siendo partícipe. Además, conocía a Julia desde que era una niña y sentía aprecio por ella.

—No te preocupes, mañana por la mañana todo habrá terminado —le aseguró en voz baja intentando animarla, aunque bien parecía que se lo estaba diciendo a su propia conciencia.

—No, Marcos, no... Este es el principio de mi infierno en la tierra. He perdido a mi hija y a mi marido por una injusticia. Y lo que más me atormenta es pensar qué será de ellos, no de mí... Yo soy feliz si ellos son felices; si no, mi vida no tiene sentido... —respondió Julia con voz ronca.

—No seas negativa, mujer. Seguro que Miguel cambia de opinión mañana y os deja en paz. Ya sabes que es muy orgulloso.

—Hasta que alguien no se atreva a plantarle cara, nadie en el pueblo tendrá libertad ni justicia. Y el que ose retarle sufrirá graves consecuencias... —contestó ella con la cabeza gacha.

Llegaron a Algarte muy pronto, por su cercanía a Cadesta, y se dirigieron al cuartel, junto a la plaza de la fuente. Poco les faltó para toparse con Carla, que hacía pocos minutos había tomado rumbo a calles menos transitadas. Allí los recibió un muchacho de unos diecisiete años. Tenía el pelo rapado y todavía se apreciaban rasgos infantiles en su rostro.

—Ata al caballo y ponle agua. Cuando termines, me buscas en los calabozos —le ordenó el alguacil.

—A sus órdenes, señor —respondió el muchacho con ímpetu.

Marcos ayudó a Julia a descender del carro y la acompañó hasta las celdas. La acomodó en el calabozo más grande y le facilitó una manta y un orinal. Con una mirada de tristeza, le dijo que cualquier cosa que necesitara se la pidiera al muchacho, que la ayudarían en lo que pudiesen. Se dio la vuelta y, volviendo la cabeza por última vez, le deseó que descansase.

Fue una noche larga para la familia Almazán. Ninguno de los tres pudo dormir; cada uno en un sitio diferente, pero unidos por un mismo sentimiento: impotencia.

La junta de vecinos se celebró a primera hora de la mañana en la escuela del pueblo. A ella asistieron todos los miembros, muy puntuales dada la importancia del acontecimiento. Allí se encontraban varios de los comerciantes y ganaderos más influyentes, entre ellos Carmen, la vecina más longeva de Cadesta, de noventa y cuatro años de edad, pero cuyo espíritu la hacía mantenerse en mejor estado que muchos hombres de cincuenta. Viuda desde joven, se había enfrentado a la gestión de una granja de ovejas castellanas, propiedad de su marido, y se encargaba de la producción de carne, leche y lana con la ayuda de tres jornaleros. Por supuesto, Miguel, el alcalde, y Marcos, el alguacil, también asistieron.

Fue una asamblea reñida y larga, muy larga. Era la primera vez en muchos años que se debatía un tema tan delicado y los argumentos facilitados no eran esclarecedores.

La tarde anterior, después del fatídico accidente del padre Carlos, todos los niños del pueblo contaron lo ocurrido en sus respectivas casas. El pueblo entero era consciente de la injusticia que se iba a cometer contra la familia Almazán por el depravado alcalde de Cadesta.

—Creo que no hay pruebas suficientes contra Carla Almazán respecto al contratiempo de ayer. Y debo añadir que la detención de Julia me parece una medida algo exagerada, ¿no creéis? —comentó uno de los granjeros de las afueras del pueblo y amigo de la familia afectada.

—¿La muerte del cura te parece poca prueba como para no condenarla? —preguntó Miguel, cuyo rostro se tornó rosáceo por el calor.

—Fue un accidente, Miguel. Ha sido una pérdida catastrófica, pero un accidente entre niñas. No hay vuelta atrás... —aportó un comerciante con cara de bonachón.

—Un accidente por culpa de la niña, querrás decir, Ramón... —arrastró las palabras Miguel mientras le clavaba los ojos medio cerrados con odio.

Ramón esquivó la intensa mirada del hombre y con el semblante serio se dispuso a beber agua, dejando en el ambiente una tensión tan densa que podía palparse con las yemas de los dedos. Tras un minuto incómodo, Carmen rompió el silencio:

—Se comenta por el pueblo que no fue Carla quien tropezó con la escalera, sino Elena, tu hija.

—¡Eso es mentira! ¿Quién es el valiente que se atreve a culpar a mi hija? —gritó el edil poniéndose en pie de un salto y con la cara roja como un tomate.

Carmen enmudeció, ya que no tenía el valor de indicar el nombre de las familias cuyos hijos habían sido testigos del accidente por miedo a represalias.

—Está bien, continuemos entonces —dijo Miguel volviéndose a sentar mientras se tranquilizaba.

Ninguno de los vecinos fue lo suficientemente valiente como para enfrentarse a Miguel, por lo que la consecuencia repercutió en Julia, que fue castigada con la pena de diez años de encierro, que debería cumplir en los calabozos de Algarte. El cuartel era lo suficientemente grande como para albergar a veinte detenidos, por lo tanto, se usaba para poner y tramitar denuncias y hacía de cárcel para delitos menores. La prisión más cercana estaba a más de cien kilómetros del pueblo y muchas veces no merecía la pena el gasto que suponía trasladar al reo hasta allí. Aun así, el caso de Julia fue una excepción. Más adelante, Miguel llegaría a confesar al alguacil que prefería tenerla cerca por si en algún momento le apetecía disfrutar de ella. No obstante, Marcos se cuidaría de que aquello jamás llegase a suceder.

La resolución cayó como un jarro de agua fría en Juan, que no daba crédito. Jamás se había castigado a alguien con tantos años de condena, era una medida totalmente desmesurada en contra de su familia. El hombre salió de casa y atravesó el patio para dirigirse hasta la puerta de Miguel. La aporreó varias veces y le abrió Elena con una sonrisa malvada en el rostro. Juan sintió que todo el odio del mundo se concentraba lentamente en su ser y se iba haciendo con el control de su cuerpo y de su mente. Tras unos segundos de miradas intensas, se abalanzó sobre la joven bufando como un gato endemoniado mientras intentaba estrangular a la muchacha con ambas manos, rodeando su grueso cuello. Elena, que intentaba zafarse de él, le arañaba los brazos sin éxito, ya que Juan, a pesar de su delgadez por sus pobres recursos, era un hombre fibroso, consecuencia del duro trabajo en el campo. Tras unos instantes angustiosos para la muchacha, apareció Miguel alarmado por el escándalo. Con esfuerzo, consiguió separarlos y propinó un fuerte puñetazo en el estómago a Juan, que lo derribó. No contento con ello, se ensañó con él dándole patadas en la cabeza, en el estómago y alguna que otra en los testículos. Después de la brutal paliza, se metió en casa y cerró la puerta dejando a Juan hecho un ovillo en el suelo, lleno de sangre y muy dolorido. Nadie debía contradecir a la familia Beltrán, y menos aún ponerle la mano encima.

La compasión de varios vecinos salvó a Juan, al que trasladaron a su casa. Durante varios días el herido estuvo bajo la atenta mirada de estos, que lo alimentaron y lo asearon.

Una vez recuperado, Juan iba todos los días a los calabozos de Algarte, donde rogaba a Marcos que le dejará ver a su mujer.

—Juan, lo siento. Son órdenes de Miguel: nadie puede ver a Julia —se disculpaba el alguacil.

Todos los días eran iguales. Se levantaba temprano, antes de que saliese el sol, para trabajar las tierras y alimentar a los animales. Después, tres días por semana, iba al mercado para vender, con suerte, todo el género que conseguía llevar con la carretilla. Por la tarde se acercaba a ver a Julia, pero siempre fracasaba en sus intentos.

Después de cada discusión con Marcos, siempre inflexible en su negativa, comenzó a beber en las tabernas, donde malgastaba en vino y aguardiente el poco dinero que ganaba. En ocasiones tenían que echarle y hasta en un par de ocasiones se vio envuelto en una trifulca, de la que ni siquiera se acordaba al día siguiente. Cada día trabajaba menos; algunos días se olvidaba de dar de comer a los animales y la casa era un vertedero con una grisácea capa de polvo. Cuando llegaba la noche, se metía en la cama y lloraba como un niño pequeño sin consuelo a la luz de luna.

CAPÍTULO 3

Carla caminaba hacia el sur, poniendo tierra de por medio. Comenzaba al amanecer, se desplazaba por caminos principales para evitar encontronazos no deseados y se unía a grupos de personas que se dirigían a destinos próximos. Intentaba pasar desapercibida y, si alguien le preguntaba acerca de su viaje, siempre se excusaba diciendo que iba a casa de unos parientes lejanos que habían enfermado. Durante la noche, pernoctaba al aire libre aprovechando el buen tiempo y de esa manera conservaba el poco dinero que tenía para poder comprar algo que llevarse a la boca.

Varias semanas después de su huida, llegó a un pequeño y silencioso pueblo al anochecer. Se detuvo ante lo que parecía la entrada de una granja para poder echar un vistazo a su alrededor e inspeccionar la zona en busca de algún claro donde pasar la noche. De manera repentina, un estruendo proveniente del interior de la granja la asustó.

—¿Quién anda ahí? —preguntó con voz chillona y el corazón acelerado.

Un perro le contestó con un gruñido desde el interior. Carla estaba convencida de que se encontraba muy cerca de ella, pero ya era noche cerrada y era difícil ver entre tanta oscuridad.

—¡Qué susto me has dado, por Dios! ¿Qué haces tú sola por aquí a estas horas? —exclamó un anciano que salía de la granja acompañado de un enorme mastín.

—Acabo de llegar al pueblo y estaba buscando un lugar donde dormir... Discúlpeme si le he asustado, no era mi intención —respondió Carla, dispuesta a retomar su camino, dándole la espalda al hombre.

—Si quieres, puedes pasar la noche en nuestra casa. Mi mujer y yo tenemos un cuarto de sobra —le ofreció el viejo canoso con la espalda ligeramente jorobada—. Estate tranquila, no te pediremos nada a cambio.

Carla dudó un momento y, tras sopesarlo rápidamente, decidió aceptar la invitación. Llevaba muchos días durmiendo al raso; no llegaba a ser del todo desagradable, pero siempre se agradecía un techo bajo el que sentirse a resguardo y protegida. Así que, acariciando al mastín, que no paraba de olfatearla, aceptó de buena gana y siguió al hombre encorvado al interior de la granja.

Una vez dentro, iluminada la estancia con una pequeña lámpara de aceite, tuvo el placer de conocer a la que era su esposa, Amanda, que no paró de agasajarla desde que puso los pies en la casa. La mujer había abandonado su apellido de soltera y había adoptado el de su marido. En el pueblo la conocían como la «señora de Romero», pero ella insistía en que tan solo la llamaran «señora Romero».

Carla agradeció la comida caliente ofrecida por aquella pareja de ancianos en una casa que olía demasiado a ganado. Fueron muy atentos con la muchacha, tratándola con cariño. Le preguntaron por el motivo de su peregrinaje, pero la joven, incómoda por el interrogatorio al que la estaban sometiendo, esquivó la conversación. Insistió en lo cansada que se sentía a consecuencia de su larga caminata y se retiró a descansar, agradeciendo una vez más su generosidad. La impresión que Carla había generado en la pareja había sido muy buena, había llegado a despertar la necesidad de protegerla. En ella veían a una niña vulnerable que trataba de ocultar a toda costa un pasado oscuro del que era evidente que trataba de huir; podían leer la tristeza en sus ojos y la miseria en sus ropas por mucho que ella tratase de disimularlo.

Aquella noche fue la primera que descansó de verdad desde que huyó de Cadesta. Se acostó en una pequeña cama con sábanas de algodón desgastadas pero limpias, junto a una ventana que, a modo de buenas noches, le obsequió con la imagen de la luna velando por miles de diminutos brillantes que titilaban a su alrededor. Era imposible no dormir bien con aquella estampa. La muchacha no tardó en sentir el letargo que lentamente la fue meciendo hasta dejarla dormida en un bonito sueño que al día siguiente no recordó.

La suave caricia de un rayo de sol sobre su mejilla fue la responsable de despertarla a la mañana siguiente. Tras asearse un poco, se dirigió a la cocina, donde la pareja la estaba esperando desde hacía horas con una sonrisa y un suculento desayuno en el centro de la mesa listo para ser devorado.

—Siéntate, pequeña, y desayuna todo lo que quieras. Tengo pan recién horneado, espero que te guste —le dijo Amanda, una mujer rechoncha con las mejillas siempre coloradas, mientras separaba la silla de la mesa para que se sentara—. Estás muy flaca y una muchacha de tu edad en pleno desarrollo tiene que alimentarse bien.

—Gracias, señora Romero, pero no es necesario; no tengo suficiente dinero para compensar todo lo que han hecho por mí. Lo mejor es que retome mi camino.

—Desayuna, muchacha, no tengas vergüenza. Quisiera comentarte algo que a lo mejor te interesa. Vamos, siéntate y no nos hagas ese feo.

—Gracias, son ustedes muy amables, de verdad —respondió Carla conmovida mientras tomaba asiento.

Una vez que dio cuenta de un buen trozo de pan tierno y un humeante café, el señor Romero se sentó junto a ella.

—Nos has caído bien, pequeña, y nos da mucha lástima la situación en la que te encuentras, por lo que queríamos ofrecerte la posibilidad de que nos ayudases en la granja. Puedes quedarte una temporada, ganar un dinerillo y con ello retomar tu marcha más adelante en mejores condiciones. Yo necesito un jornalero que me ayude y tú, medios para seguir adelante. ¿Qué me dices?

Si el hospedaje y la abundancia de comida la sorprendieron, aquello la dejo atónita. Eso sí que no se lo esperaba. Salió del estupor momentáneo que la oferta le había generado y rápidamente comenzó a pensar. Carla era una chica de naturaleza impulsiva, había salido a su padre, y no tardó mucho en decidirse. Aquel señor tenía razón; además, no veía muy claro cuál era su plan. ¿Andar y andar? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? Eran cuestiones que no se había planteado hasta ese mismo instante, así que, valorando rápidamente el abanico de opciones posibles, optó por la más sensata.

Aceptó de muy buena gana, feliz de no tener que volver, por lo menos en una temporada, a los caminos eternos con un calor angustioso y a dormitar en las noches a la intemperie, acompañada siempre de molestos mosquitos que nunca saciaban su sed de sangre. Negociaron las condiciones y el dinero que iban a pagarle a cambio de sus labores. Trabajaría durante la mañana y la tarde y conviviría con ellos, puesto que solo trabajaría hasta septiembre, algo menos de tres meses. Los domingos trabajaría solamente por la mañana y, además, cuando Esteban no pudiera, acompañaría a la señora Romero a misa. También la ayudaría con algunas tareas de la casa cuando fuese necesario. Se trataba de personas pudientes, pero demasiado mayores para hacer frente a todas las obligaciones que la granja exigía. Por lo que supo más tarde, tenían un sobrino que algún día heredaría los bienes de la pareja, pero jamás se había dignado a echar una mano a sus tíos; un tal Pedro, según le dijeron.

Empezó esa misma mañana después de ayudar a la señora Romero a recoger la cocina y de acompañar al viejo por la granja para aprender sus nuevos cometidos. Los señores Romero tenían quince vacas lecheras, una decena de gallinas encerradas en jaulas y tres terneros separados de sus madres. También tenían algunos conejos para consumo propio, un caballo y el mastín que había conocido la noche anterior.

Conoció a Rubén, un chico alto y fornido que era mayor que ella, de pelo castaño que le llegaba a los ojos, y que, junto a Carla, también ayudaba a los ancianos con la granja. Tenía unos ojos de color miel y su mirada resultaba atractiva. Se trataba de un chico agraciado y todas las niñas del pueblo bebían los vientos por él.

—Este es Rubén, mi otro jornalero. Rubén, esta es Carla. Juntos os haréis cargo de las labores con las que yo ya no puedo. Él y yo te iremos enseñando —le aclaró el señor Romero mientras le revolvía el cabello a Rubén en un gesto de aprecio.

—Hola —saludó la muchacha tímidamente.

—Hola. No eres de aquí, ¿verdad? —le preguntó el muchacho mientras caminaban a la par en dirección al establo.

—No, soy de un pueblo lejano. Pero me quedaré una temporada.

—Pues... ¡bienvenida a Trejón! Aquí se vive bien, te gustará —le contestó guiñándole un ojo. La muchacha no pudo evitar ruborizarse y aceleró el paso para que él no se percatara de su enrojecimiento.

***

Carla se levantaba cada día al amanecer y, tras asearse y arreglar su dormitorio, se encaminaba hacia la cocina donde la señora Romero ya la esperaba con un café bien caliente y un par de tostadas con mermelada de fresa. El señor Romero nunca estaba con ellas. Se levantaba mucho más temprano y, cuando estas comenzaban a desayunar, él ya llevaba dos horas de intensas labores. En muchas ocasiones, la señora Romero y la muchacha le pedían que las acompañara a la mesa para compartir el desayuno, pero él siempre se excusaba diciendo que había muchas cosas que hacer y volvía a marcharse para retomar sus quehaceres.

—Hija, no ha parado nunca ni parará hasta que se lo lleve el Señor —protestaba la anciana ante la negativa constante de su marido.

Y Carla tampoco paraba. Eran muchas las obligaciones de la granja, que no les permitían ni una hora de descanso. Los señores Romero tenían muchos terrenos y cada uno de ellos, sus necesidades. Por no hablar de los animales, demasiados para una pareja de ancianos que apenas soportaba esa carga de trabajo. Podían prescindir de aquella vida esclava que los dejaba agotados vendiendo parte del ganado o alguna de sus otras parcelas, pero no conocían otra vida que no fuese la de trabajar, ahorrar y guardar.

Carla conocía esa vida. Su padre trabajaba el campo con respeto y dedicación, día y noche. Los animales, aunque solo contaban con unas cuantas gallinas y un par de escuálidas vacas, eran cuidados con cariño y atención. Su madre se hacía cargo de la casa, que mantenía impoluta, y cocinaba —en ocasiones con dificultad— sabrosos platos para deleitar los paladares. El resto del día lo consumía en sus manos junto a un dedal. Coser, coser y coser. Toda la vida cosiendo y remendando prendas para las personas más pudientes de Algarte. En ocasiones, cuando el hambre acechaba tras la puerta, Julia también hacía la colada y posteriormente la planchaba, para después devolverla a sus dueños. No obstante, nunca habían llegado al extremo de pedir a Carla que los ayudara dejando sus estudios a un lado para ponerse a trabajar, y eso no era nada extraño, ya que no eran pocos los niños que a temprana edad se encontraban con una azada en la mano.

Cierto era que, en verano, cuando la escuela cerraba, la muchacha ayudaba a sus padres a recolectar la cosecha de trigo; cuantas más manos colaboraran, mejor. La tierra de la familia Almazán era muy pequeña y tenían que complementar la cosecha con la venta de verduras y frutas para salir adelante. Muchas de las familias de la comarca vivían del trigo. Era un trabajo duro y exigente, y el bienestar de todo el año dependía de una buena cosecha. Sin embargo, si el tiempo no acompañaba y esta era mala, se veían obligados a hacer malabares para tirar a duras penas durante el resto del año hasta la siguiente recolecta. Muchos recurrían al trueque para conseguir aquello que necesitaban.

En cuanto terminaba sus quehaceres, Carla salía a pasear y cogía flores de las praderas para luego ponerlas en un vaso con agua en su dormitorio. Nunca se olvidaba de coger amapolas. Aunque estuviesen separadas, aquel ritual de madre e hija le sosegaba un poco el corazón.

Una mañana, al poco de llegar a la casa de los señores Romero, pidió prestado un pedazo de papel y un lápiz para escribir a sus padres. Sentada a la mesa del comedor, transcurrieron varios minutos en los que el lápiz no trazó ni una sola letra en el trozo de papel mientras la joven lo atravesaba con una profunda mirada. Al final se decidió por un breve escrito en el que les ponía al día sobre su fortuna respecto a su trabajo y el buen trato del que gozaba con los señores Romero. La muchacha le dio la carta a Amanda, que le había prometido buscar la manera de hacerla llegar a la oficina de correos que se encontraba en un pueblo cercano.

Las semanas pasaban sin que apenas se diera cuenta y comenzó a florecer desde la tristeza gracias a su nueva vida. Añoraba mucho a sus padres, pero sabía que todavía era pronto para volver a Cadesta. Aún no había recibido contestación a su carta, pero Amanda la tranquilizaba, asegurándole que pronto llegaría. A su vez, los señores Romero la trataban como a la hija que nunca habían tenido y se sentían pletóricos y realizados cuidando de ella. A cambio de esa generosidad desmedida, Carla se esforzaba en sus jornadas diarias que compartía mano a mano con Rubén, cuya relación fue estrechándose hasta convertirse lentamente en una bonita amistad.

Hablaban, reían y bromeaban mientras faenaban con la energía que solo se tiene cuando se es joven. La muchacha admiraba la alegría, el optimismo y la educación de aquel chico que, con una caballerosidad impecable, la trataba con afecto y consideración. Reían sin parar, y el trabajo se les hacía mucho más ameno cuando estaban el uno junto al otro. Pero, con el tiempo, esa sonrisa radiante que le dedicaba cada vez que se encontraban hizo que la muchacha se fuese quedando prendada de él, sin que ni siquiera ella misma se diese cuenta...

Cada día necesitaba estar más cerca de él, sentir su presencia, pero a medida que fue pasando el tiempo, Carla comenzó a empequeñecer avergonzada, sintiéndose intimidada ante aquel ángel que se preocupaba por ella como si de una dama de la mismísima monarquía se tratase. Rubén no parecía percatarse de los sentimientos de esta, cosa que a la joven en parte la tranquilizaba, ya que, gracias a su ignorancia, las labores en común no le resultaban tan incómodas. Pero, a su vez, esa indiferencia le molestaba de alguna manera, ya que en el fondo de los recovecos de su corazón sentía el intenso deseo de hundir el rostro en su pecho mientras él la arropaba con sus fuertes brazos en un apasionado abrazo. Pasaba las noches con la mente distraída recordando momentos vividos con él mientras un hormigueo incesante le recorría el estómago. Estaba tan absorbida que era rara la vez que se quedaba en la cama pensando en sus padres.

Sin embargo, el tiempo corría y el interés que mostraba el muchacho por ella no variaba ni una pizca, haciendo que Carla fuese desilusionándose y perdiendo la esperanza de ver su deseo hecho realidad. Habían pasado dos meses y no había percibido ni una sola señal por su parte; debía olvidarse de él. A la vista estaba que los sentimientos de ambos muchachos no eran recíprocos y esos absurdos sueños con los que Carla fantaseaba no hacían más que fustigarla en cuanto se tropezaba con el desinterés de Rubén. Se propuso evitarlo poniendo distancia de por medio para intentar enfriar así esa pasión que solo ella sentía y poder retomar esa amistad que para Rubén en ningún momento se había trastocado.

El tiempo, más que pasar, corría en la granja y Carla seguía sin respuesta por parte de sus padres. Se sentía abatida cada vez que Amanda le comunicaba que no había llegado nada a su nombre, pero en el fondo de su ser seguía manteniendo la esperanza de que en cualquier momento llegase la contestación a su misiva desde Cadesta.

A su vez, el amor que sentía por la pareja de ancianos fue creciendo. Se encontraba muy a gusto en su compañía y eran personas que se hacían querer, como Rubén.

—Algunos chicos del pueblo iremos al río a bañarnos cuando termine la jornada, ¿te apetece venir? —la invitó un día él apartándose el pelo de los ojos de un soplido.

—¡Qué bien, qué divertido! Me encanta la idea, pero no tengo ropa de baño... —dijo ruborizándose.

—No te preocupes, seguro que la señora Romero tiene de cuando era joven... ¡Guarda absolutamente todo en cajas! Vayamos a preguntarle —contestó interpretando que el rubor del rostro de ella era consecuencia de la falta de bañador.

Los jóvenes, que se encontraban en ese momento recogiendo patatas, se quitaron el exceso de tierra sacudiendo bien la ropa y corrieron a la casa en busca de la anciana. Tras ponerla en conocimiento del plan, fueron al almacén al lado del establo, donde la vieja acumulaba un montón de cajas. De una de ellas sacó un bonito pero desgastado bañador de rayas rojas y blancas y se lo dio a la muchacha a modo de obsequio, junto a una toalla azul celeste.

—Para ti, pequeña. Es más, si quieres venimos un día después de que termines tus labores y echamos un vistazo para que cojas lo que quieras —le ofreció Amanda con una dulce sonrisa.

—¡Claro, señora Romero! —respondió la chica dándole un fuerte abrazo—. Es usted tan buena conmigo...

—Vamos, chicos, ahora seguid con vuestras cosas y no enfadéis a Esteban. Ya sabéis que es muy estricto con el trabajo y, como os vea de cháchara, se enojará —les advirtió la anciana.

Los muchachos volvieron a la huerta y estuvieron toda la tarde de aquel caluroso día de finales de agosto recogiendo y transportando patatas hasta una pequeña bodega donde guardaban el género antes de venderlo. Cuando finalizaron la jornada, en torno a las siete, Rubén y Carla acordaron verse en el camino para ir juntos hasta el río.

—¡Pásalo bien, pequeña! Aprovecha todo lo que puedas para divertirte porque el día que menos te lo esperes, el tiempo pasará a tu lado sin que te des cuenta y te robará sin compasión la juventud, como hizo conmigo. ¡Ay, qué rápido pasan los años...! Yo hace dos veranos tenía tu edad... —se compadeció Amanda.

—Anda, anda... ¡Qué dramática eres, mujer! —reía Esteban.

Rubén y Carla fueron solos, ya que los muchachos que no trabajaban habían aprovechado para ir antes y disfrutar de la tarde al completo. Por el camino, ella le confesó sentirse algo nerviosa por el hecho de conocer a gente nueva, pero Rubén disipó rápido esas absurdas ideas tranquilizándola; era gente honrada y sencilla la que se iban a encontrar. Llegaron enseguida, ya que la zona donde los jóvenes solían bañarse estaba justo al lado de la entrada del pueblo.