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La vida de Jesús muestra la centralidad del abandono, principio y fin de su misión en la tierra. El cristiano, seguidor de Jesucristo, debe madurar esa idea central en su vida espiritual, y tratar de abandonarse en ese Dios que nos ama completamente. Eso explica el autor en este libro, donde distingue tres etapas en el abandono: aceptar la voluntad de Dios, llevarla a cabo en cada momento de la propia vida y abandonarse en Él hasta convertirse en un instrumento en sus manos. Entonces, ya no es el hombre quien hace la voluntad de Dios, sino Él quien la cumple a través de nosotros.
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Seitenzahl: 121
Veröffentlichungsjahr: 2025
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WILFRID STINISSEN
EN TUS MANOS, PADRE
Abandonarnos en el Dios que nos ama
EDICIONES RIALP
MADRID
Título original sueco: Mitt liv i dina händer
© 2004 by Libris bokförlag
© 2025 versión española de Miguel Martín,
traducida de la inglesa de Ignatius Press,
by EDICIONES RIALP, S. A.,
Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid
(www.rialp.com)
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-7156-7
ISBN (edición digital): 978-84-321-7157-4
ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7158-1
ISNI: 0000 0001 0725 313X
Padre, me abandono en tus manos;
haz conmigo lo que quieras.
Te doy gracias por lo que hagas.
Estoy preparado para todo, lo acepto todo.
Que se haga tu voluntad en mí como en
todas tus criaturas.
Eso es todo lo que quiero, Señor.
En tus manos encomiendo mi alma.
Te la ofrezco con todo el amor de mi corazón.
Porque te amo, Dios mío, y necesito entregarme
para abandonarme en tus manos, sin reserva,
y con completa confianza, pues tú eres mi Padre.
Hermano Charles de Jesús (1858-1916)
Prólogo
1. Aceptar la voluntad de Dios
«Pero es tu providencia, Padre, quien lo pilota» (Sb 14, 3)
Un modo de vivir continuamente en Presencia de Dios
Fe: Como quien ve al invisible (Hb 11, 27)
«Has cambiado mi llanto en danza» (Sal 30, 12)
«
Como quienes nada tienen, aunque poseyéndolo todo
» (2 Co 6, 10)
«Porque me alegras, Señor, con tus hazañas» (Sal 92, 5)
Abandonando nuestro pasado
Un nuevo pasado
Una memoria saludable
2. Obedecer la voluntad de Dios
La obediencia de Dios
¿Quiere Dios algo en cada momento?
Entended cuál es la voluntad del Señor (Ef 5, 17)
Apertura y disponibilidad
Desprendimiento
Vivir en el presente
Inmensidad y unidad
Verdadera libertad
Rebelión de la humanidad
3. Ser instrumento de Dios
Abandonar todo
Dejar actuar a Dios
Lo que dice san Juan de la Cruz
Abandono y nuestra propia actividad
¿Activo o pasivo?
Paz de corazón
La oración de abandono
Un testimonio: Dejarse llevar
Cubierta
Portada
Créditos
Epígrafe
Comenzar a leer
Notas
Los evangelios y la literatura espiritual señalan varias prácticas de importancia en el camino hacia Dios. Nos dicen que nos neguemos a nosotros mismos, nos perdonemos unos a otros, carguemos con nuestra cruz, con rapidez, y demos limosna. Debemos también amar a nuestro prójimo, rezar con los demás y en privado, ofrecer nuestras penas al Señor, y ser pacíficos. Todas estas cosas tienen su lugar, y nada debe ser descuidado, pero pueden hacer que nos sintamos confusos y divididos, y podemos incluso preguntarnos si encontraremos la fuerza para hacer todo lo que se requiere. En la lectura espiritual se nos forma en un ascetismo equilibrado, las lecturas de la Misa del día hablan de la oración, y quien dirige un retiro habla del amor. Tiran de nosotros en diferentes direcciones, y, en vez de encontrar paz, acabamos cansados. Lo que más necesitamos es una idea central, algo tan básico y comprensible que englobe todo lo demás.
En mi opinión, esa idea central es el abandono. Uno podría esperar de un carmelita que pusiera en el centro la oración. Eso hicieron santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz. Pero hay otra conocida carmelita, santa Teresa de Lisieux, que estaba totalmente fascinada por el abandono. «Ahora lo que me guía es solamente el abandono, ¡no tengo otra brújula! Ya no puedo pedir nada ardientemente, sino el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios en mi alma»1. «Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a ese fuego divino: ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en los brazos de su Padre»2.
Hace unos años, mi hermano y yo visitamos un monasterio trapense en Bricquebec, Francia. El subprior del monasterio nos habló del camino espiritual del antiguo abad Dom Vital Lehodey. Al principio él estaba completamente absorto por la liturgia, como cabría esperar de un monje trapense. Gradualmente, descubrió la oración mental y escribió su conocido libro sobre Los caminos de la oración mental, que se puede encontrar en muchas bibliotecas de los monasterios. Al final, encontró una senda incluso más simple y recta, y escribió su también conocido libro El santo abandono. Este concepto no contradice la enseñanza tanto de santa Teresa como de san Juan de la Cruz. Si se leen cuidadosamente sus descripciones de la unión, se advierte que este total abandono es lo que constituye la verdadera esencia de la unión con Dios.
La vida de Jesús muestra que es aceptable elegir el abandono como una idea unificadora. Según la carta a los Hebreos, él dice al entrar en el mundo: «Aquí vengo, como está escrito de mí al comienzo del libro, para hacer, oh, Dios, tu voluntad» (Hb 10, 7). Y termina su vida con un acto de absoluto abandono: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). El abandono es verdaderamente el alfa y omega de su vida.
Podemos distinguir entre tres grados o etapas en el abandono. El primer grado consiste en aceptar y conformarse con la voluntad de Dios tal como se manifiesta en todas las circunstancias de la vida. El segundo es cumplir activamente la voluntad de Dios en cada momento de la vida. En el tercer grado, uno está tan completamente abandonado en Dios que se ha convertido en una dócil herramienta en sus manos. Ya no soy yo quien hace la voluntad de Dios, sino Dios quien cumple su voluntad a través de mí. En palabras de santa Teresa de Lisieux: «Durante largo tiempo, ya no me pertenecía a mí, estaba totalmente abandonada a Jesús, así él era libre de hacer conmigo lo que quisiera»3.
Un problema que muchos tienen hoy es que no reconocen la voluntad de Dios en todo lo que sucede. No creen ya en una Providencia que permite todo lo que tiene lugar para lograr el bien de los que aman a Dios (cf. Rm 8, 28). Dicen con demasiada facilidad y superficialidad: «Pero no es voluntad de Dios que haya tantas guerras o que la gente muera de hambre o sea perseguida…». No, no es la voluntad de Dios que los seres humanos luchen unos contra otros. Él desea que nos amemos unos a otros. Pero cuando la maldad humana que se opone a su voluntad odia y mata a los demás, él permite esto como parte de su plan para ellos. Hemos de distinguir entre la realidad de la acción de quien, por ejemplo, nos calumnia y la situación resultante para nosotros como consecuencia de esa acción que no es querida por Dios. Dios no quiso el pecado, pero desde toda la eternidad ha tenido en cuenta las consecuencias de eso en nuestras vidas. Desea que crezcamos a través de esas cosas que otros nos hacen que suponen dificultades y penas.
Hay una tendencia profundamente enraizada en los seres humanos a fijarse en los defectos de los demás. Haciendo esto, nos perdemos lo que es esencial: aceptar y conformarnos con la voluntad de Dios en nuestras vidas, una voluntad que cuenta ampliamente con la oposición de los demás a la voluntad de Dios. Necesitamos mirar solo a Jesús. No era la voluntad del Padre que mataran a su hijo, ni inspiró a nadie que le matase. Consintió, sin embargo, que Jesús se ofreciera libremente en sacrificio por los pecados de la humanidad. Permitió que Jesús se entregara a la muerte. Jesús no dice, como oímos a menudo hoy: «Esto no lo quiere Dios, esto no puede ser voluntad de Dios». Él dice: «¡Abbá,Padre! Todo te es posible, aparta demí este cáliz; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14, 36). Para cada uno de nosotros hay un cáliz que el Padre nos invita a beber. Nos cuesta darnos cuenta de que viene de él, pues una buena parte de su contenido viene de otras personas. En todo caso, es el Padre quien nos pide beber ese trago amargo. Así fue para Jesús, y es lo mismo para nosotros.
Dios lo tiene todo en su mano. Nada existe fuera de la esfera de su influencia. Nada puede alterar sus planes. Agustín formuló esta verdad de modo radical: «Nada sucede que el Todopoderoso no quiera que suceda, ya sea permitiéndolo o haciéndolo por sí mismo»1. Permitir que algo suceda es también una decisión de Dios.
Que Dios permita que ocurran algunas cosas es una piedra de tropiezo para nosotros. ¿Por qué es tan pasivo? ¿Por qué no interviene? ¿Cómo es posible Auschwitz y la cámara de tortura y la amenaza de una horrible guerra nuclear si Dios se ocupa de nosotros? Estas preguntas nos atormentan y no son fáciles de responder. En el capítulo 2 volveré a esto y trataré de mostrar por qué Dios dotó a los seres humanos con una voluntad libre, aunque sabía que esta verdadera libertad abriría el camino a terribles catástrofes.
Limitémonos por ahora al hecho innegable de que el Padre no impide la dolorosa muerte de su Hijo Unigénito. Este hecho es una especie de arquetipo, que nos muestra dos cosas claramente. La primera es que el sufrimiento e incluso la ruina total no significan una falta de amor por parte del Padre. La segunda es que el sufrimiento no es en vano; aporta fruto y tiene poder redentor. Desde que Jesús pasó por él, el sufrimiento se ha convertido en un instrumento de salvación. Esto se aplica no solo al sufrimiento que se soporta generosa y heroicamente. ¿Quién sabe cómo podríamos reaccionar en la cámara de tortura? Es suficiente que intentemos lo mejor que podamos aceptar el sufrimiento o que meramente permitamos cualquier cosa que nos suceda en nuestro camino. La Iglesia considera a los Santos Inocentes como mártires, aunque ellos nunca consintieron consciente o voluntariamente su violenta muerte.
Dios hace uso del mal en una forma superior y con tal habilidad que el resultado es mejor que si nunca hubiese mal. Para quienes nos encontramos en medio del mal, no es algo fácil de admitir. Pensamos que el precio que se debe pagar por esos buenos resultados es demasiado alto. Pero san Pablo se alegra cuando considera el «misterio», el plan magnífico de Dios, «durante siglos escondido en Dios» (Ef 3, 9), donde el mal y el pecado también han tenido su lugar. «Porque Dios encerró a todos en la desobediencia, para tener misericordia de todos» (Rm 11, 32). En este atrevido pasaje —que, estrictamente hablando, parece algo cuestionable, porque parece poner la iniciativa del pecado en Dios—, san Pablo nos asegura que incluso las mayores catástrofes, es decir, el pecado, contribuyen a la revelación del amor. Nada cae fuera del plan de Dios. Por eso, la tragedia del mundo, a pesar de todo su terror, no tiene carácter definitivo. Todo el absurdo de lo que la locura y la ceguera de la humanidad es capaz, queda atrapado en la amorosa omnipotencia de Dios. Él es capaz de encajar incluso el absurdo en su plan de salvación y darle así sentido.
En uno de sus cuentos jasídicos, Martin Buber escribe: «En la víspera de Yom Kippur, el gran día del perdón, Rabí Susa escuchó una vez al cantor en la sinagoga cantando de un modo maravilloso: “Y está perdonado”. Luego él clamó a Dios: “Señor del universo, este canto no hubiese resonado nunca en tu presencia si Israel no hubiera pecado”»2.
«Cierto que los malos hacen muchas cosas contra la voluntad de Dios —escribe Agustín—. Pero es tal el poder y la sabiduría de este Dios, que todo lo que parece adverso a su voluntad tiende a las metas justas y buenas que Él conoce de antemano»3. En otras palabras: «Dios cumple su buena voluntad a través de la mala voluntad de otros. De este modo se realizó el amoroso plan del Padre […] y Jesús sufrió la muerte por nuestra salvación»4.
No es necesario distinguir cuidadosamente entre lo que Dios quiere positivamente y lo que Él meramente permite. Lo que permite es también parte de su universal, completa voluntad. Lo ha previsto desde el principio y ha decidido cómo va a usarlo. Todo lo que sucede tiene un rol en el plan de Dios. Él es tan bueno que todo lo que está en contacto con él deviene de algún modo bueno. La bondad de Dios es contagiosa e incluso le deja al mal algo de su propia bondad. «Dios es tan bueno —dice Agustín— que, en su mano, incluso el mal trae algo bueno. No hubiese permitido que el mal ocurriera si, gracias a su perfecta bondad, no hubiese logrado utilizarlo»5. ¿Quién puede atreverse a hablar de azar? «Nada en nuestras vidas ocurre por azar […]. Todo lo que tiene lugar contra nuestra voluntad solo puede proceder de la voluntad de Dios, su Providencia, el orden que él ha creado, la permisión suya, y las leyes que ha establecido»6.
La distinción entre lo que Dios quiere y lo que simplemente permite es muy importante a nivel teológico. Sin embargo, cuando se trata de la vida real, con acontecimientos inevitables para nosotros, podríamos preguntarnos si la especulación sobre esa diferencia no es a menudo una sutil forma de escapismo. Por ejemplo: «Si Dios no quiere el mal que me sucede, no necesito aceptarlo. Entonces puedo con buena conciencia rebelarme contra ese mal».
Job no está interesado en tales distinciones. El mal que le aflige viene directamente del demonio. Con todo, Job dice: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor» (Jb 1, 21). El padre Jean-Pierre de Caussade (1675-1751) escribe a la Hermana Marie-Henriette de Bousmard: «Estad profundamente persuadida de que nada tiene lugar en este mundo, tanto en lo espiritual como en lo físico, que Dios no quiera, o al menos permita; por tanto, debemos también someternos a las permisiones de Dios en cosas que no dependen de nosotros, como a lo que es su absoluta voluntad»7.
