Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Hay un primer encuentro. Y llegará el último. Y, entre ambos, todos tenemos otros muchos. Agunos incluso determinan un cambio de rumbo en la vida. Pero solo uno puede convertirla en plena y perdurable. Ahora puedes deleitarte aprendiendo de los encuentros de unos hombres y mujeres que tuvieron el decisivo, el que tú personalmente puedes y debes experimentar. La última página del Evangelio seguirá sin terminar mientras le falte tu encuentro.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 283
Veröffentlichungsjahr: 2020
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Una cita con Jesús
Roberto Badenas
Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Encuentros
Una cita con Jesús
Roberto Badenas
Título del original: Encuentros, EDITORIAL SAFELIZ, S.L. Padrillo, 6, Polígono Industrial “La Mina”, E-28770 Colmenar Viejo, Madrid, España, 1993. Dirección: Aldo D. Orrego
Diseño de tapa: Ivonne Leichner
Diseño del interior: Carlos Schefer
Ilustración de tapa: Jo Card
IMPRESO EN LA ARGENTINA
Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXX
Es propiedad. © Editorial Safeliz (1993).
© ACES (2017, 2020).
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-233-6
Badenas, Roberto
Encuentros: Una cita con Jesús / Roberto Badenas / Dirigido por Aldo Dante Orrego. - 1ª ed. - Florida: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo digital: Online
ISBN 978-987-798-233-6
1. Evangelio cristiano. I. Orrego, Aldo Dante, dir. II. Título.
CDD 232.9
Publicado el 10 de agosto de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: [email protected]
Web site: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
Todos, allá, en lo más íntimo de nuestro ser, con frecuencia de forma inconsciente, andamos a la búsqueda de algo o de alguien que nos libere del hastío y de las ansiedades cotidianas. Siempre estamos esperando un acontecimiento que proporcione nuevo sentido a nuestras vidas. En definitiva, lo que con tanto anhelo buscamos no es otra cosa que una vida verdaderamente plena y feliz.
Pero ese “estado de gracia”, en realidad, muy pocos lo alcanzan. Posiblemente, porque lo buscan por caminos equivocados, tratando de llenar su vacío existencial con nuevas sensaciones que los alejen de la realidad.
Este libro nos ofrece la fórmula para saciar la sed más profunda de nuestro ser. Encuentros analiza y comenta las experiencias de varios personajes que, tras un acontecimiento decisivo, cambiaron el rumbo de sus vidas.1
El hecho en común del que estos personajes fueron coprotagonistas, y que determinó un cambio realmente trascendental en sus vidas, fue que se encontraron un día con Jesús de Nazaret. A partir de aquel encuentro –en cada caso distinto, por el lugar y las circunstancias– todo lo que los rodeaba cobró para ellos sentido, y se convirtieron en hombres y mujeres diferentes, llenos de fe y esperanza.2 Aunque no todos los que se encontraron con Jesús, aceptaron el cambio que él les proponía...
Con la autoridad que le otorgan sus títulos académicos, sus largos años de investigación y docencia, y sobre todo, el haber vivido una experiencia personal fascinante con Jesucristo, con quien tuvo un encuentro decisivo en sus años jóvenes, el autor nos propone que conozcamos un poco mejor el mensaje del Hombre más famoso de la historia, que vino hace veinte siglos, pero que sigue estando en plena actualidad, pues vino para apagar definitivamente nuestra sed y devolvernos la plenitud de nuestra dimensión trascendente.
El objetivo de quien ha escrito esta obra y de quienes la hemos editado es justamente que tú, querido lector, tengas también un encuentro personal, íntimo, con Jesús, y consigas, con ello, llenar para siempre de sentido tu existencia. Pues las palabras que el Hijo del Hombre pronunció hace ya dos milenios:“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”,3 fueron dichas para ti también.
Estamos seguros de que Encuentros te proporcionará un refrescante y profundo deleite, porque ha sido escrito por un hombre que posee el don de la comunicación. Su prosa es sencilla y clara, pero a su vez penetrante y sugerente... para disfrutarla. Su valioso punto de vista y su vivencia personal quedan magistralmente reflejados en las páginas que siguen.
Somos muchos los que sentimos admiración, respeto y afecto por el doctor Badenas:unos, por haber sido alumnos suyos; otros, por haber disfrutado de sus interesantes conferencias; muchos más aún, por haber disfrutado leyendo sus artículos en diversas revistas, o su tesis doctoral,4 bien conocida en los círculos universitarios.
Encuentros, como toda creación artística, se dirige a todo tipo de lectores:desde el que solo conoce a Jesucristo de oídas hasta el que lo siente como un personaje vivo y cercano. Desde el que tiene un conocimiento superficial de los evangelios hasta el que quiere investigar y leer entre líneas, y detrás de ellas. Desde el que busca lo práctico y concreto hasta el que gusta de argumentos intelectuales. (Ahí están sus notas a pie de página, que merecen lectura aparte.)
Resulta, pues, un honor para la editorial SAFELIZ publicar la opera prima literaria de este maestro y amigo nuestro. Y además, nos sentimos satisfechos e ilusionados, seguros de que cuantos lean, aunque no sea más que un capítulo de Encuentros, habrán recibido una cariñosa invitación a escribir la página que le falta...5
Los editores
Hay obras maestras de tal riqueza artística, de tanto valor humano o de tanta profundidad espiritual, que los innumerables estudios que han suscitado no logran desentrañar plenamente su misterio, ni el paso del tiempo merma su indescifrable encanto o su increíble vigencia. Entre esos tesoros de la humanidad, ocupan un lugar privilegiado los evangelios: cuatro relatos fascinantes sobre el personaje más insondable de la historia.
No es la falta de libros sobre Jesús lo que me ha impulsado a publicar estas páginas. Al contrario. Cuesta creer que quede algo por decir sobre este Ser excepcional que desborda, como ninguno, los esquemas humanos. Es el caudal del tema lo que me ha llevado a intentar una lectura más de esta fuente de inspiración inagotable. Como las grandes sinfonías, las catedrales góticas o cualquier otra creación mayor del pensamiento, los evangelios pueden ser examinados a diversos niveles y desde diferentes perspectivas.
Estas páginas no pretenden ser ni una reconstrucción histórica ni un análisis teológico.; los excelentes trabajos ya existentes hacen tal empresa innecesaria. Mi intención es otra. Aunque respaldada por la documentación acumulada durante años de enseñanza, mi presentación de los textos es un mero intento personal de recomponer y sugerir un marco ambiental verosímil, capaz a la vez de evocar la realidad y de acercarla a nuestro presente cotidiano. Más que la exactitud arqueológica de los detalles, me interesa la verdad subyacente en cada relato.
En lugar de abordar el texto bíblico como una escritura inmutable en la rigidez de su autoridad sagrada, he preferido acercarme a él como a un relato vivo, revivido en la flexibilidad ilimitada de su constante actualidad.6
Es precisamente mi fidelidad a la intención del original la que me permite entregarme a este ejercicio de actualización con plena libertad. Porque estos textos no fueron escritos para ser guardados como documentos de archivo, sino para interpelarnos personalmente en nuestro quehacer cotidiano.7 Si me atrevo a contarlos a mi manera, es porque sé que antes de ser escritos fueron vividos y contados. Y que fueron escritos precisamente para ser contados y vividos de nuevo, indefinidamente.
Mis palabras son un testimonio personal de mis encuentros con Jesús a lo ancho de los evangelios y a lo largo de mi vida. Son, sin duda, más fruto del corazón que del intelecto. Las debo más a mi creciente admiración por el Maestro de Galilea que a la acumulación de datos eruditos. En último análisis, son más el resultado de frecuentar una Persona que unas bibliotecas. Mi pasión por Jesús, como todo gran amor, también ha nacido de un gran encuentro.
De entre las múltiples reflexiones que me ha suscitado cada pasaje, aquí voy a compartir únicamente las que me parecen más relevantes para el caso, sabiendo que el texto es capaz de sugerir muchas otras.
Las enseñanzas que se desprenden de las relaciones humanas de Jesús son todas tan enriquecedoras, que me ha resultado especialmente difícil decidir qué incluir y qué dejar. No obstante, como considero que este trabajo es solo una introducción a un proyecto mucho más importante –es decir, el estudio directo de los evangelios por parte de los lectores–, he limitado los encuentros a dos veces siete, para ser breve sin dejar de ser bíblico. Si esta brevedad despierta en algunos el interés por explorar más los evangelios, o los ayuda a encontrar –o reencontrar– personalmente a Jesús, este libro habrá alcanzado su objetivo.
No necesito pedir disculpas a mis alumnos y amigos por repetir aquí algunas de las ideas que me han oído exponer otras veces, pues son ellos quienes me han empujado a publicarlas. A todos, agradezco profundamente su preciosa ayuda.
Debo mencionar, sin embargo, en particular, a Raquel Aguasca, por su valioso asesoramiento en la redacción; a Rosa Valverde, por su competente colaboración en la preparación del manuscrito final; a mi esposa, por su asistencia constante en todas las fases del proyecto; y de un modo especial, a Marta Prats, sin cuyo entusiasta e infatigable apoyo profesional y moral este libro, sencillamente, no existiría.
1 Véase la página 232.
2 En la “Despedida”, el autor nos dice que Jesús “se fue dejando abierta de par en par la puerta de la esperanza, insistiendo en que había que mantenerla siempre abierta. Sin muchas explicaciones, como era habitual en él, dando a entender que le importaba menos ser comprendido que esperado” (p. 234).
3 S. Juan 10:10.
4 Robert Badenas, Christ, the End of the Law. Romans 10:4 in Pauline Perspective (University of Sheffield, JSOT Press, 1985).
5 Véanse las palabras con las que concluye el autor (p. 234).
6 Esta idea la debo, en parte, a Elena de White, ElDeseado de todas las gentes (Boise, Publicaciones Interamericanas, 1984), p. 63.
7 2 Corintios 3:4-6.
Para facilitar al lector un acceso a las fuentes bibliográficas cuya referencia se da en las notas a pie de página de Encuentros, y así pueda, si lo desea, comprobar o ampliar la información ofrecida, presentamos las siguientes indicaciones:
Referencias de versiones bíblicas
BDP: La Biblia al día. Santa Biblia en paráfrasis, Editorial Mundo Hispano (Unilit), El Paso (Texas, EE.UU)., 1979.
BJ: Biblia de Jerusalén, nueva edición totalmente revisada y aumentada, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1978.
CI: Sagrada Biblia, versión crítica sobre los textos hebreo, arameo y griego, por Francisco Cantera Burgos y Manuel Iglesias González, BAC (Biblioteca de Autores Cristianos), Madrid, 1979.
DHH: Dios habla hoy. La Biblia-Versión Popular. Sociedades Bíblicas Unidas.
Dios habla al hombre. El Nuevo Testamento en lenguaje actual. Sociedad Bíblica Española.
NBE: Nueva Biblia española, traducción [dinámica] de los textos originales dirigida por Luis Alonso Schökel y Juan Mateos, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1975.
NRV: Nueva Reina-Valera, revisión de 1990. Sociedad Bíblica Emanuel, Miami (Florida, EE.UU).
RVR 60: Antigua versión de Casiodoro de Reina (1569), revisada por Cipriano de Valera (1602). Revisión de 1960. Sociedades Bíblicas Unidas.
RVR 77:Antigua versión de Casiodoro de Reina (1569), revisada por Cipriano de Valera (1602). Revisión de 1977, CLIE, Terrassa (Barcelona).
LOS ESCRITOS RABÍNICOS
A partir de los tiempos de Esdras aparecen los Midrashim de la Ley (Torah), base religiosa y jurídica de la comunidad judía. Los Midrashim son interpretaciones y comentarios de la Ley y su aplicación. De este modo, fue naciendo un conjunto de prescripciones derivadas de la Ley mosaica. Estas tradiciones extrabíblicas, que llegaron a considerarse inspiradas, iban siendo transmitidas de forma oral, ya que se consideraba incorrecto ponerlas por escrito y con ello restar importancia a la Torah. Hacia el año 200 de nuestra era, Rabí Yehuda Ha-nasi decidió poner por escrito todas estas tradiciones recopiladas de sus antecesores. A esta obra se la denominó Misná (enseñanza, doctrina). Pronto, la Misná fue reconocida como una fuente de autoridad en todas las escuelas rabínicas. El texto de la Misná fue impreso por primera vez en Nápoles, en 1492. A la muerte de Yehuda Ha-nasi, se vio la necesidad de explicar a su vez la Misná, completarla y adaptarla a los nuevos problemas religiosos y sociales que iban surgiendo. Los nuevos comentarios de la Misná se denominaron Gemaras (estudio definitivo). Fundamentalmente, se desarrollaron en dos escuelas:la palestina y la babilónica. De ahí que tengamos la Gemara de Jerusalén y la Gemara babilónica. Ninguna de las dos comenta la Misná entera, y la Gemara babilónica es más extensa que la de Jerusalén.
La Misná y la Gemara son los dos elementos que componen el Talmud (enseñanza, doctrina). Por lo tanto, hay dos Talmud:el babilónico y el palestino. El Talmud de Jerusalén quedó concluido hacia el siglo V de nuestra era, y fue impreso por vez primera en Venecia en 1523. El Talmud babilónico acabó por ser reconocido como el único con autoridad, y todavía se considera así hoy en día por los judíos ortodoxos. Se concluyó su redacción a principios del siglo VI, y se imprimió por primera vez entre 1520 y 1523, en Venecia. El Talmud es, por tanto, un compendio de la cultura judía de los cinco primeros siglos de nuestra era.
A continuación damos la relación de tratados rabínicos citados en el libro. La abreviatura Tos. que precede a un tratado quiere decir Tosepta, es decir, añadido. Se trata de adiciones hechas a la Misná después de su elaboración.
El Talmud babilónico se señala con una b antes del título. El Talmud de Jerusalén se indica con una j.
Para la transliteración de los nombres de los tratados rabínicos que citamos en Encuentros, nos hemos basado en la obra La Misná (edición de Carlos del Valle, Madrid, Editora Nacional, 1981, pp. 41, 42). La explicación de cada tratado, que damos a continuación, la hemos tomado de la obra de Alfred Edersheim, La vida y los tiempos de Jesús, el Mesías (Terrassa [Barcelona], CLIE, 1987, t. 1, pp. 19-24. Ahí mismo se aclara la forma de dar las referencias).
‘Aboda Zara: Tratado sobre la idolatría.
Abot: Tratado sobre los dichos de los padres.
Baba Mesiˇa: Tratado “Puerta media”.
Baba Qamma: Primero de los grandes tratados sobre la Ley Común.
Bekhorot: Tratado sobre la consagración al Santuario de los primogénitos.
Berakhot: Tratado sobre oraciones y bendiciones.
‘Eduyot: Tratado sobre determinaciones legales.
‘Erubin: Tratado sobre la conjunción de límites del sábado.
Hagiga: Tratado sobre ofrendas festivas en las tres grandes fiestas.
Hullin: Tratado sobre el modo de matar animales para su consumo y temas afines.
Ketubbot: Tratado sobre contratos matrimoniales.
Kilˇayim: Tratado sobre uniones ilegítimas.
Makkot: Tratado sobre castigo por azotes.
Menahot: Tratado sobre alimentos consagrados.
Nedarin: Tratado sobre los votos.
Nidda: Tratado sobre impurezas levíticas femeninas.
Pesahim: Tratado sobre la Pascua.
Qiddushin: Tratado sobre desposorios.
Rosh haShana: Tratado sobre la Fiesta de Año Nuevo.
Sanhedrin: Tratado sobre el Sanedrín y jurisprudencia criminal.
Shabbat: Tratado sobre observancia del sábado.
Sheqalin: Tratado sobre tributos del Templo y otros.
Sota: Tratado sobre la mujer acusada de adulterio.
Sukka: Tratado sobre la Fiesta de los Tabernáculos.
Taˇanit: Tratado sobre el ayuno.
Yadayim: Tratado sobre el lavamiento de manos.
Yebamot: Tratado sobre el levirato.
Yoma: Tratado sobre el Día de la Expiación.
Zabim: Tratado sobre contaminaciones levíticas.
REFERENCIAS DE OBRAS CLÁSICAS
En el caso de los libros bíblicos llamados deuterocanónicos en las versiones católicas de la Biblia (Eclesiástico, por ejemplo), y que no figuran en las protestantes, el nombre de los libros figura en letra redonda, como el de todos los libros canónicos. De los libros extrabíblicos, considerados no canónicos tanto por los judíos como por todos los cristianos, su nombre se da siempre en letra cursiva.
Y una acotación más:la abreviatura cf. significa “compárese” o “compárese con”.
El valle del Jordán es una garganta excavada en el desierto. Un desfiladero que se hunde casi trescientos metros por debajo del nivel del Mediterráneo hasta desembocar en las fétidas aguas del Mar Muerto: el lugar más bajo de la Tierra. Y uno de los más impregnados de historia...8
Ese suelo, torturado por la erosión y calcinado por el fuego del cielo, es todo lo que queda de lo que en otros tiempos debió de ser la fértil vega de Sodoma:9 montañas desgarradas, pedregales estériles, tajos siniestros y rocas malditas. Ni siquiera el oasis de Jericó, con el verdor lejano de sus palmeras, llega a romper la aspereza de aquel páramo desolado.10
Unos viajeros salpican de vida la mañana mientras cruzan el vado en Betábara,11 paso obligado en la ruta de las caravanas. Según la tradición, por aquí pasaron el Jordán a pie seco los antiguos israelitas, entrando así en la Tierra Prometida guiados por Josué.12 Fue aquí, también, donde el profeta Elías se abrió paso entre las aguas turbulentas golpeando el río con su manto, poco antes de ser arrebatado al cielo en un carro de fuego.13
Remontando un trecho la menguada corriente, los caminantes llegan a un amplio recodo. A un lado, un muro abrupto proyecta su sombra sobre un tranquilo remanso. El agua, que llegaba encajonada en un cauce tortuoso, se apacigua y retiene sobre un banco de arena que se eleva suavemente hacia los montes de Moab. Un verdadero auditorio natural, donde los recién llegados se acomodan, entre cañaverales, matojos de juncos, adelfas en flor y retorcidos algarrobos.
Al bajar a esa hondonada, se pierde de vista la soledad escabrosa del desierto. El mismo barranco cierra el horizonte. El paisaje queda reducido a dos planos: tierra y cielo. Y en medio, el agua, limpia, azul, resplandeciente.
Ese es el lugar escogido por quien ellos buscan. Allí tiene su morada, su aula y su santuario. En la soledad, la gran escuela de los hombres superiores, donde nada distrae al pensamiento, se templó su espíritu austero y fuerte, definido por el ángel como “el espíritu de Elías”.14 Porque esos viajeros vienen a escuchar a Juan el Bautista...15
Campesinos de lejanas aldeas montañesas, pescadores de Galilea, artesanos de Judea y comerciantes de Jerusalén, van acudiendo tras un penoso camino. Hace tan solo unos meses que el mensaje del Precursor sacude a Israel. Dios ha guardado silencio durante siglos,16 y si ahora habla por boca de un profeta, ellos lo quieren oír.
Entre la gente que llega, se van formando diversos grupos. A cierta distancia y por encima de todos, sobresalen algunos jerarcas de la aristocracia terrateniente y sacerdotal. Elegantes, soberbios, detestados y envidiados por todos, viven de sus rentas, cargos religiosos o puestos en el gobierno. El pueblo los odia por sus abusos de autoridad, su rapiña y su opulencia. Han venido a distraerse y a evaluar el peligro. Son los herodianos17y los saduceos.18 Los portavoces del Sanedrín,19 cómplices de Herodes y espías de Pilato. Para ellos, Juan puede resultar un agitador político.
Apartados también del resto de la gente, están los fariseos.20 Si los saduceos representan la fortuna y el poder, los fariseos encarnan el saber y la ciencia. Escribas, letrados, rabinos, doctores, maestros, abogados, teólogos, jueces y dictadores de la opinión pública. Son los que piensan, los que influyen. Su arrogante suficiencia es la fuerza más hostil y refractaria a la predicación del Bautista. ¿Qué puede enseñarles ese pobre ignorante? Seguros bajo su manto de cultura útil, de religiosidad intachable y de respetabilidad burguesa, les preocupa, sin embargo, el qué dirán, el figurar y el medrar. Han venido a analizar las declaraciones inquietantes del nuevo predicador. A proteger la Ley. A salvaguardar la ortodoxia. A defender la tradición. Para ellos, Juan es un fanático peligroso.
Entre la multitud, relumbran las armaduras de los soldados.21 Algunos, de servicio, patrullan la zona para evitar tumultos. Pero otros están ahí por iniciativa propia. De permiso, demasiado lejos de casa para volver, llenan como pueden el vacío de la tregua. Tras la sangre vertida, buscan la manera de olvidar el pasado o de acallar la voz que turba su reposo. Tratan de escapar del círculo infernal de violencia legalizada en el que se han metido, y de encontrar alguna razón para luchar más satisfactoria que el dinero.
Escabulléndose de los soldados, se esconden entre el gentío varios zelotes.22Pueden ser reconocidos tanto por la rebeldía que aflora en su mirada como por las dagas que se adivinan bajo sus capas. Combaten por la independencia del país, contra la ocupación militar. En su lucha, están dispuestos a todo: al levantamiento, a la guerrilla, al asesinato... Tan idealistas como crueles, son capaces de dar la vida o de quitarla, por el bien de su causa. El gobierno los califica de terroristas. El pueblo les teme, los admira y los encubre. Son la conciencia nacional; pero confunden la religión con la voz de la raza. Su sed de libertad y de justicia los ha traído al Jordán: porque Juan denuncia, al igual que ellos, los abusos de los poderosos, la corrupción de la corte y la connivencia del clero. Porque esperan un líder, un mesías que libere a su pueblo y lo salve, por fin, de todos sus males.23
Cerca del agua, en un pequeño círculo, del que los demás procuran apartarse sin disimular su desprecio, conversan los publicanos:24 recaudadores de impuestos, empleados de hacienda, aduaneros y tesoreros. Colaboradores y beneficiarios de la ocupación romana, los publicanos representan la burocracia y el fisco: los verdugos y los buitres del yugo imperial.
Los acompañan unas cuantas mujeres de llamativo aspecto y risas frívolas, cargadas de vistosas joyas y de perfumes penetrantes. Despreciadas por unos, explotadas y deseadas por otros, viven con los publicanos la solidaridad de los marginados: un poco de dinero por un poco de compañía.25A caballo entre el hampa y la burguesía, han venido al Jordán porque la soledad es triste. Porque como seres humanos, necesitan respeto, comprensión y ayuda. Porque tal vez no les satisfaga su vida y sueñan con otra.
De vez en cuando, se advierte entre la muchedumbre el blanco hábito de los frailes esenios. Absortos en sí mismos, como en otro mundo, viven, austeros, su ascetismo místico. En su fervor fatalista, han abandonado toda acción que no sea proselitismo, o penitencia. A la sombra de su monasterio,26al margen de las necesidades de los demás y de los problemas del presente, representan otra forma de sectarismo, entre la militancia y la inhibición.
El resto del auditorio: clase media, campesinos, obreros, amas de casa con sus niños. Un enjambre de pobres, mendigos y enfermos. Y muchos jóvenes. Gente común. Cada uno con su historia a cuestas, arrastrando problemas familiares y conflictos personales, amores y odios, heridas e ilusiones, pasiones y temores, frustraciones y esperanzas.
Entre aquella multitud de curiosos, indiferentes, inquietos o resignados, no muy distintos de ellos, esperan quizá también dos pescadores, Juan y Andrés; una mujer de profesión dudosa, conocida por “María”; un joven doctor en Derecho preocupado por su futuro; un banquero de turbio historial; un enfermo desahuciado, que creen poseído por el diablo; y unos muchachos muy sanos en busca de un ideal...
El fondo de sus miradas delata insatisfacciones similares y luchas afines. Todos quisieran superar su mediocridad, sus callejones sin salida, aquella rutina gris que arrastran sin saber por qué. Han venido buscando aliciente y esperanza. Porque presienten que vivir puede ser algo más que trabajar o estar de paro (huelga), sufrir y divertirse. Están ahí porque quisieran encontrar lo que les falta. Por eso han venido al borde del Jordán a escuchar la palabra de Dios de boca del profeta...
En cuanto el Bautista aparece sobre las rocas, un silencio expectante sobrecoge a los presentes. Ese fulgor en su mirada es el de un enviado de Dios. Hijo único de un venerable sacerdote, ha renunciado a la vida fácil del Templo para seguir su arriesgada vocación. La palabra que el Espíritu le habla en el desierto, él la proclama a las masas con toda la fuerza de su juventud.
Juan es la conciencia insobornable del que no teme a nada ni a nadie: ni al gobierno, ni al clero ni al pueblo. Igual fustiga los vicios más comunes de la plebe que condena los crímenes más secretos de los poderosos.27Tiene la elocuencia irresistible de quien proclama la verdad. Su mensaje es claro, sencillo y directo: “Dios nos va a visitar. El Reino del Mesías se está acercando. Preparaos para recibirlo”.
Juan es un alma fuerte, pero sensible ante el sufrimiento y la injusticia. Se indigna y compadece al mismo tiempo. Sus palabras reprenden a unos, a la vez que animan a otros. Su proclamación no tiene el pesimismo amargo de las aves de mal agüero. El Bautista es, más que un reformador, un mensajero de esperanza.28
Citando al profeta Isaías,29Juan compara a sus oyentes con el desierto que los rodea: un yermo agreste, que debe ser trabajado para convertirse en campo fértil o en camino transitable para “el que está por venir”. Porque el Señor se acerca, como el campesino, a limpiar la era, “a recoger el trigo en su granero y a quemar la paja”;30o como el rey, a visitar a sus súbditos, que deben “preparar el camino y allanar el sendero” para que pueda llegar.31
Su mensaje, incontenible, penetra en la conciencia de sus oyentes, hasta turbar la indiferencia de unos, irritar el fanatismo de otros y encender en muchos la inquietud espiritual. Y estos se preguntan: “¿Cómo nos hallará el Mesías cuando venga? ¿Seremos trigo o paja? ¿Pedregal o camino?”
A los detentores del poder establecido, que se cierran a cualquier reforma, les dirá:
–Raza de víboras: no vayáis a creer que vuestros cargos, vuestro saber o vuestra función religiosa os podrán proteger. El hacha está puesta a la raíz de los árboles, y el que no dé fruto, por muy grande que sea, será cortado.32
La voz dura del profeta se suaviza ante los seres afligidos, y resuena entre las piedras como un grito de liberación. Los despreciados por la gente “decente”, conscientes de su necesidad, son los primeros en reaccionar.
–¿Qué haremos? –preguntan los publicanos.33
–Dejad la codicia. No exijáis más de lo justo. Descubrid la solidaridad.
–¿Qué haremos? –preguntan los militares,34que saben hasta qué punto corrompe el poder.
–Dejad la violencia. No abuséis de la fuerza. Vivid en fraternidad.
–¿Qué haremos? –sigue preguntando la gente.35
–Dejad el egoísmo. Compartid con los que no tienen nada. Probad la generosidad.
La poderosa voz sigue vibrando en el aire:
–Arrepentíos.36Cambiad de rumbo. Cesad de dar vueltas en el desierto y avanzad de una vez hacia la Tierra Prometida, tras el Salvador que está a punto de llegar.37Puesto que todos estamos contaminados por el mal, necesitamos limpiarnos.38 El bautismo simboliza la purificación.39Si queréis restablecer vuestra armonía con Dios, entrad en el agua.
Juan termina de hablar. En silencio, desciende hasta el centro del río. Algunos sienten arder en su interior una nueva llama, e intuyen que la vida y la esperanza quieren renacer.
Tras un momento de recogimiento, un soldado deja en el suelo su armadura y entra en el Jordán. Después lo sigue un publicano. Tras él, dos mujeres. A continuación, unos muchachos se acercan resueltamente a la orilla. Pero algo los retiene...
Ante ellos, un hombre joven, a quien no habían visto llegar, se despoja de su túnica. Por la musculatura de sus hombros y brazos, podría tratarse de un atleta o de un carpintero. Pero hay en él algo fuera de lo común, que llama poderosamente la atención. Su rostro juvenil, curtido por la intemperie, refleja una serenidad tal, un atractivo, una fuerza, una nobleza de carácter que no habían visto jamás en nadie, y que eclipsa incluso al Bautista. Su presencia inspira admiración y respeto. Como si irradiase una atmósfera sobrenatural.
Todos los ojos están fijos en el extraño desconocido. El mismo Juan se ha quedado paralizado. Al ver que avanza hacia él, lo detiene. Ha descubierto quién es: ¡Jesús de Nazaret! Y exclama: “He aquí el Mesías esperado, el salvador del mundo. A él os conviene seguir, y no a mí”.40
El Bautista está desconcertado, porque Jesús sigue acercándose:
–Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Yo solo bautizo en agua. Tú puedes bautizarnos en el Espíritu Santo.41
Pero Jesús ya está en medio del río.
–Sí, Juan. Aunque no lo comprendas, yo también quiero ser bautizado.42 Hoy empieza también para mí una etapa nueva, especialmente importante en mi vida.
Con mano temblorosa, Juan lo sumerge.43Al volver a la superficie, Jesús permanece ensimismado por un momento. El agua resplandece en torno de él como iluminada por un rayo del cielo. Las nubes se entreabren. Hay un revuelo de luz. Un trueno rasga el silencio y se oye una voz que dice:
–Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.44
Al pasar a su lado, saliendo del agua, algunos sintieron que Jesús los miraba. Que con su gesto los invitaba a rehacer sus vidas. Que había entrado en el Jordán por solidaridad con ellos y que había orado por ellos.
Cuando, más tarde, impulsados por su ejemplo, viviesen la experiencia del bautismo, todavía recordarían en el fondo de su ser el cielo abierto y la voz de Dios, que les decía también a ellos:
–Tú eres mi hijo amado. Estoy satisfecho de ti.
Y aunque al salir del río Jesús desapareció en la distancia, presintieron que él sería el maestro que andaban buscando. Y que nada llenaría su ausencia hasta volver a encontrarlo.45
8 Mis descripciones de paisajes no son puras creaciones literarias. Todas se basan en notas tomadas en ocasión de mis visitas a los lugares mencionados. Como impresiones son subjetivas, porque cada uno capta el mundo desde su punto de vista; pero como testimonios, intentan reproducir lo más fielmente posible los ambientes descritos.
9 Según fuentes judías, la depresión del Mar Muerto era el resultado de la destrucción de Sodoma y su región (véase Génesis 10:19; 13:10, 11; 18; 19; Sanhedrin 109). Unas sitúan la antigua ciudad maldita en torno al Monte Sedom, mole de potasio al noreste de lo que el Talmud llama “el Mar de Sodoma” (Shabbat 108 b); y otras, en el monte de sal llamado Sodom, al sur. El emplazamiento exacto, sin embargo, nos resulta desconocido (Encyclopaedia Judaica, Jerusalén, Keter, 1972, t. 15, cols. 70-72). Este singular lugar había atraído la atención desde tiempos remotos por sus sales, y en particular por la sorprendente abundancia de betún o asfalto (Pausanias, Periegesis 5:7, 4, 5; Aristóteles, Meteorología 2:3, 29; Estrabón, Geografía 5:2, 41; Galeno, De simpliciummedicamentorum facultatibus 4:20).
10 Jericó (la ciudad más antigua de Israel) se hallaba a 7 kilómetros al oeste del Jordán, en el camino que lleva a Jerusalén, al borde del oasis más fértil del país.
11 Los evangelios llaman a este lugar, indistintamente, Betábara o Betania (S. Juan 1:28, RVR 60/77, CI / BJ / NRV), o “Enón (Ainón), junto a Salim” (S. Juan 3:23). Al tratarse de un lugar “desierto”, es decir, no habitado, no se ha localizado con certeza ningún emplazamiento con esos nombres (Lucas Grollenberg, Panorama del mundo bíblico, Madrid, Guadarrama, 1966, p. 159).
12 Según los más antiguos documentos de Israel, el paso del Jordán tuvo lugar enfrente o cerca de Jericó (Números 22:1; Josué 3:14-17; 4:1-9; 18-24; j Kil,ayim 9:5).
13 Véase 2 Reyes 2:1-15.
14 S. Lucas 1:13-17. La profecía de Malaquías 3:23, 24 (o 4:5, 6, según algunas versiones) anunciaba que “Elías” sería el precursor del Mesías. Jesús identifica a Juan el Bautista como “el Elías que había de venir” (S. Mateo 11:14; 17:10-13; S. Marcos 9:11-13), aunque este se resistió a reconocer tal identificación ante los escribas, quizá para evitar confusiones reencarnacionistas (S. Juan 1:19-28). Sobre la espera del “espíritu de Elías” como precursor del Mesías, véase Zabim 48:10, 11; Berakhot 35 b; Menahot 45 a; Bekhorot 24 a; ‘Eduyot 8:7.
15 Sobre el ministerio de Juan en el desierto, véase S. Mateo 3:1-12; 11:7-14; S. Marcos 1:4-8; S. Lucas 3:1-20; 7:24-30; Elena de White, El Deseado de todas las gentes, Boise (Idaho), Publicaciones Interamericanas (Pacific Press), 1984, pp. 75-83.
El que un joven se retirase al desierto durante cierto tiempo para encontrarse consigo mismo o con Dios, era una práctica arraigada en la religiosidad de la época. Flavio Josefo, el conocido historiador judío, cuenta cómo, en su juventud (en torno al año 50 d. C.), después de haber buscado en vano respuesta a sus inquietudes religiosas explorando las diversas corrientes del pensamiento de su pueblo, se retiró durante un tiempo al desierto, siguiendo a un ermitaño llamado Bannus, que vivía cerca del Jordán y que se alimentaba de plantas y frutos silvestres (Vida, 2). Lo mismo hicieron, antes de empezar su ministerio, Juan el Bautista (S. Lucas 1:80), Jesús (S. Marcos 1:12, 13) y Pablo de Tarso (Gálatas 1:17).
16 El “silencio profético” ya era lamentado en Israel desde hacía quizá más de cuatro siglos (según la tradición rabínica, basándose en la declaración de Salmo 74:9). Véase Giuseppe Ricciotti, Vida de Jesucristo, 9 ed., Barcelona, Luis Miracle, 1969, p. 295.
17 Se llamaba herodianos a los raros partidarios de la dinastía real idumea. Generalmente se trataba de funcionarios o de beneficiarios de altos cargos públicos, ya que los judíos “puros” consideraban dicha dinastía como ilegítima, por tratarse de una familia de origen no hebreo (Josefo, Antigüedades 15:15, 2; véase S. Mateo 22:16; S. Marcos 3:6; 12:13). Sobre este grupo político, véase Joachim Jeremias, Jerusalén en tiempos de Jesús, Madrid, Cristiandad, 1977, pp. 342-345.
18 Según Josefo (Antigüedades 13:293), los saduceos procedían exclusivamente de las clases más elevadas. No reconocían otra autoridad que la de la Ley de Moisés (el Pentateuco), rechazando por consiguiente a todos los profetas. Entre sus creencias, se destacaba la negación de la existencia del más allá (Guerra 2:165; S. Marcos 12:18-27; S. Mateo 22:23; S. Lucas 20:27; Hechos 23:6-8). Puesto que no había para ellos más que esta vida, su teología identificaba la prosperidad material con la bendición divina, y la desgracia con el castigo por los pecados (Antigüedades 18:16, 17). Su propia situación de prepotencia era su mejor “prueba” del favor de Dios (cf. J. Jeremias, Jerusalén en tiempos de Jesús, pp. 239-248).
19
