Engaño peligroso - Lynda Simons - E-Book

Engaño peligroso E-Book

Lynda Simons

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Beschreibung

Julia 963 Cuando Eden Wells y Steve Cooper decidieron aliarse para ganar la casa que una excéntrica anciana regalaba a quien la restaurara, no imaginaban que terminarían viviendo los dos juntos en la espléndida mansión.Las chispas saltaban entre ellos, pero Eden era una mujer muy independiente que no creía en el matrimonio.Sin embargo, Steve estaba firmemente decidido a que ella le diera una oportunidad a su amor…

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Seitenzahl: 209

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1998 Lynda Simmons

© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Engaño peligroso, julia 963 - febrero 2023

Título original: THE WEDDING AND THE LITTLE WHITE LIE

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9788411416191

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

EL cielo empezaba a clarear cuando Steve Cooper detuvo el coche. Un viejo gato que descansaba en el alféizar de una ventana próxima levantó la cabeza y volvió a bajarla con indiferencia.

Steve no pudo evitar sonreír al tiempo que sacaba un cigarrillo del paquete que tenía en el asiento de al lado. El gato era como la mayoría de los habitantes de la Avenida Devon: arrogante, indiferente y caprichoso. Y por lo que Steve había creído percibir desde su llegada, la pequeña ciudad de Connecticut, Kilbride, apenas había experimentado ningún cambio.

Salió del coche y se quedó apoyado en el capó. Cruzó una pierna sobre la otra y, encendiendo un cigarrillo, inhaló el humo profundamente, al tiempo que hacía rodar los hombros hacia atrás para desentumecerlos. Después de dos días en la carretera necesitaba una buena ducha y unas sábanas limpias. Pero la Avenida Devon no tardaría en despertar y, entre tanto, sólo estaban él, el gato y la casa que había ido a visitar. Una situación ideal.

Incluso en la tenue luz de la mañana, era una hermosura. Aunque estuviera adornada con menos exuberancia que sus vecinas, poseía una gracia y una dignidad que siempre provocaría los celos de éstas.

Pero había entrado en decadencia al caer en las manos del hombre que debía haberla amado más: James T. Rusk, uno de los vecinos más ricos de Kilbride y, en opinión de Steve, un gran ignorante.

Tiró la colilla al suelo y la aplastó con el tacón. No podía comprender que alguien tratara con tanto descuido a una casa de ese porte. Pero después de todo, él siempre había sentido una debilidad especial por las mansiones victorianas, y en especial por la que tenía delante.

Bajo las chimeneas derruidas y el tejado agujereado, seguía teniendo una preciosa apariencia: tres pisos con torretas, ventanas apuntadas y un porche a todo lo largo, donde Steve se había sentido como en su casa desde la primera vez que subió sus escaleras. Y después de cinco años persiguiéndola, estaba a punto de ser suya. Steve metió la mano por la ventanilla del coche y sacó una carta de la guantera:

 

La señora Dorothy Margaret Elson se complace en anunciarle que ha sido seleccionado como uno de los tres finalistas del concurso Sueños de Devon.

El patronato de la Asociación Histórica de Kilbride realizará las entrevistas el 3 de junio en la Biblioteca Central de la calle Wikham, en Kilbride. A continuación se especifican los detalles:

 

Steve sacudió la cabeza y metió el papel en el bolsillo de la camisa. La vida en ocasiones era sorprendente. Después de años intentando hacerse con la casa de Rusk, de pronto su heredera, Dorothy Elson, estaba deseando deshacerse de ella. Y, afortunadamente para Steve, en lugar de venderla, la señora Elson había decidido convocar un concurso.

Por el pago de una inscripción de cien dólares y la presentación de un ensayo titulado Por el amor de Devon, daba la oportunidad a mil participantes de convertirse en dueños de la casa, además de otorgarles cien mil dólares para su restauración. La única condición que ponía la rica filantropista era que los candidatos no podían ver el interior de la casa.

Las ventanas debían permanecer cubiertas con madera y las puertas selladas hasta que se anunciara el ganador. La frase escrita a mano por la señora Devon al final de la carta de la convocatoria era suficientemente explícita: ¿No te gustan las normas? Pues no participes. Y Steve estaba encantado con las condiciones. Cuantas menos personas participasen, más oportunidades tendría de ganar.

Y sólo le faltaba superar la entrevista. Una hora a solas con algunos de los restauradores más prestigiosos de la zona, un grupo de personas que apreciarían el conocimiento e interés de un hombre preparado. Una sonrisa bailó en sus labios. Las cosas iban a pedir de boca.

Steve se cruzó de brazos y recorrió la casa con la mirada. Era extraño que entre todas las casas que había tenido, aquella ejerciera sobre él un poder de seducción tan fuerte. Pero no le cabía duda de que aquélla era la que quería restaurar para vivir en ella. Y cuando la acabara, no la abandonaría por nada ni por nadie.

Cuando iba a meterse en el coche, un destello de luz cerca de la casa llamó su atención. Debía tratarse de un vecino que dejaba salir a un perro madrugador. Pero Steve no estaba tan cansado como para no poder esperar unos minutos más, así que encendió otro cigarrillo, volvió a apoyarse en el coche y a observar los movimientos de la calle, mientras las luces de las farolas se iban apagando a su alrededor.

Eden metió la linterna en el bolsillo de atrás, se sopló el flequillo y levantó la palanca una vez más. Ya sólo quedaba un clavo entre ella y el cristal. Un clavo testarudo en un ángulo difícil de alcanzar. Y apenas le quedaba tiempo.

La primera luz del alba iluminó los tejados de las casas y los pajáros comenzaron a piar al unísono. Eden miró hacia los árboles con rabia y se arrepintió de no haber llevado su gato. O lo lograba en ese momento o no lo lograría nunca.

Miró hacia abajo con prevención, confiando en que el viejo barril sobre el que estaba subida aguantara un poco más, y, con un movimiento decidido, metió la palanca bajo el tablón de madera y la empujó hacia abajo. Contuvo el aliento al sentir que el barril bailaba bajo sus pies y masculló entre dientes un insulto dirigido a la señora Elson por haber impuesto aquella norma tan ridícula.

¿Qué perjuicio podía causar que un finalista viera el interior de la casa, especialmente cuando ese finalista estaba seguro de que, si no la veía, no tendría ninguna oportunidad de ganar el concurso? Mientras no la viera nadie, no corría ningún riesgo.

Con un último esfuerzo, Eden consiguió soltar el clavo, tiró la palanca al suelo y, con mucho cuidado, retiró el tablón. Sintiendo que el corazón le latía con fuerza, Eden miró en torno, y, con cuidado, usó la manga de la sudadera para limpiar el cristal. A continuación, sacó la linterna del bolsillo, tomó aire, y enfocó la luz hacia el interior. Una sonrisa iluminó su rostro. La casa sería suya.

—¿Has encontrado algo interesante?

Eden se volvió bruscamente al oír una voz profunda de barítono.

—La verdad es que no —dijo, con el tiempo justo para ver que el desconocido no llevaba uniforme, antes de que el barril cediera bajo sus pies.

Eden intentó agarrarse a la ventana sin éxito, pero en lugar de caer al suelo, tal y como esperaba, sintió que la rodeaban un par de sólidos brazos.

Eden abrió los ojos y, desconcertada, se quedó donde estaba, abrazada a él, consciente de todos los puntos en los que sus cuerpos entraban en contacto.

El aliento del desconocido le acariciaba la garganta.

—¿Estás bien? —preguntó él, con la misma voz dulce con la que la había sobresaltado.

—Perfectamente —dijo ella, como saliendo de una estado de hipnosis.

Era la primera vez que se quedaba paralizada y sin aliento a un mismo tiempo y no supo comprender la razón.

—Muchas gracias —dijo, en tono casual, volviéndose con una sonrisa y topándose, para su desconcierto, con una camisa.

Para una mujer que acostumbraba a ser más alta que la mayoría de los hombres, encontrarse con uno que le obligaba a alzar la mirada era toda una novedad.

Al hacerlo, descubrió unos ojos marrones, tan oscuros que podrían haber sido negros, y una amplia sonrisa que parecía estar riéndose de ella.

Eden decidió que la risa era mejor que cualquier otra cosa. Alguien que sonreía no debía estar pensando en llamar a la policía. O al patronato de la Asociación Histórica. Eden dio un paso atrás. Necesitaba inventarse una buena excusa. Y sin demora. Echó la cabeza hacia trás y compuso una sonrisa cautivadora.

—Supongo que te preguntas qué estoy haciendo aquí.

—Siento cierta curiosidad —dijo él, incorporando el barril con una ligereza de movimientos sorprendente en un hombre tan corpulento.

Eden lo observó con más curiosidad que preocupación. Sin ser guapo, su rostro amplio y de facciones marcadas resultaba interesante. Y tenía unos ojos perfectos, rodeados de pobladas pestañas y una boca grande y sensual.

En un principio, Eden había asumido que se trataba de un vecino curioso, pero ya no estaba tan segura. No tenía ningún aspecto de estar ni asentado ni domesticado. Nada en él daba la apariencia de sábados dedicados a cortar el césped o ir de compras. Y tampoco se parecía a ninguno de los miembros de la Asociación Histórica que Eden había conocido.

Tenía aspecto de vaquero. No de los simples y fáciles de manejar, si no de los pícaros y seductores que siempre tenían el aspecto de acabar de saltar de la cama, y no necesariamente de la suya.

Pero si aquel vaquero no era ni un vecino de la ciudad ni un miembro de la Asociación, ¿quién era?

—Cuéntame algo sobre ti —dijo él, incorporándose y volviéndose hacia ella—. Por ejemplo, ¿cómo te llamas?

Eden lo miró a los ojos con la mente en blanco. Tenía la sensación de que el desconocido la atravesaba con la mirada.

—Eden —dijo en un susurro—. Eden Wells.

Hubiera jurado que un destello cruzaba los ojos del hombre, pero se apagó antes de que pudiera estar segura.

Él se apoyó en la pared y se cruzó de brazos como si pudiera dedicar todo el tiempo del mundo a aquella conversación.

—Y dime, Eden, ¿qué estabas haciendo sobre ese barril?

Consciente de que no tenía escapatoria, Eden adoptó una actitud igualmente relajada y confió en su suerte.

—Es muy sencillo. Trabajo para un estudio de cine de Nueva York.

No creyó que mereciera la pena mencionar que era un estudio casero. O que las películas que hacía fueran videos promocionales. Así que esperó a que el hombre mordiera el anzuelo y tal vez le preguntara si conocía a alguna de sus estrellas favoritas o pasara a comentar los últimos Óscars, cualquier cosa que le permitiera ganar tiempo. Pero él se limitó a observarla y Eden se dio cuenta de que no tenía nada de común.

—En general hago obras pequeñas —continuó explicando. Tras una pausa, dijo en tono confidencial—. Pero este proyecto es especial.

Steve ladeó la cabeza y, bajando a su vez el tono de voz, dijo:

—Continúa.

Eden reprimió una sonrisa. Así que le gustaban los misterios. Bien, pues ella haría lo posible por inventar uno.

—Se trata de un drama durante los años de la revolución —dijo, inclinando la cabeza y juntado los dedos como un predicador—. Y esta casa… —abrió los brazos y elevó el tono de voz. Al fin había tenido una idea—. Y en esta casa se desarrollará la escena inicial.

Steve la escuchó preguntándose cuál sería su verdadera ocupación. Eden se dirigió hacia el invernadero sin dejar de hablar y él la siguió, dispuesto a escucharla y observarla un poco más.

Después de todo, contemplarla era un placer. Era alta y esbelta, con una piel de marfil y un cabello rojizo que brillaba al sol. Aunque viviera en Nueva York, su voz aterciopelada conservaba cierto acento de campo, lo que podía explicar por qué parecía lo más natural que tuviera la hierba fresca bajo los pies y el aroma a aire puro en el cabello.

—Es una historia fascinante —continuó Eden—. Especialmente porque está basada en un hecho real…

Steve tenía que admitir que además era lista. Pero no tan rápida como debería.

Cuando la había visto sobre el barril, con el rostro pegado al cristal como una niña pequeña, asumió que se trataba de un ladrón inexperto. Pero en cuanto le dijo su nombre, supo por qué estaba interesada en el interior de la casa.

Eden Wells. ¿Cómo olvidar ese nombre cuando lo había leído doscientas veces en la carta? Eden era la competencia.

Ella lo miró a los ojos con expresión ingenua.

—Al principio todo parece muy inocente…

¿Inocente? Steve no estaba de acuerdo. No eran azules. Tenían más bien la calidad grisácea del cielo al ponerse el sol. Y esos ojos lo miraban de reojo ocasionalmente para ver cuánto más tiempo necesitaría para librarse de él.

—Así que cuando he visto un tablón suelto en una de las ventanas, la curiosidad…

—¿El tablón estaba suelto?

Eden lo miró.

—Ya sabes —dijo, con un suspiro—. Nadie se libra del vandalismo.

Steve sacudió la cabeza con admiración. Tenía que admitir que era excepcional.

Ella le sonrió.

—Se está haciendo tarde. No quiero entretenerte más.

—No pasa nada —dijo Steve—. ¿Y qué piensas de la casa?

La sonrisa de Eden se enfrió al darse cuenta de que no se libraría de él con tanta facilidad.

—Es muy interesante. Las torres, los ventanales…

—Me refiero al interior.

Ella se encogió de hombros y miró hacia la casa.

—No lo sé. Apareciste antes de que me diera tiempo a mirar.

—Todavía puedes hacerlo —Steve tomó la linterna y se la devolvió—. Echa una ojeada.

Eden se humedeció los labios y se quedó mirándolo al tiempo que calculaba el riesgo. Los ojos del desconocido seguían siendo inexcrutables, pero si tenía la intención de denunciarla, ¿no habría dicho ya algo? Además, ¿cómo desconfiar de un hombre con una sonrisa como aquélla? Y, ¿cómo perder una ocasión así?

—Gracias —tomó la linterna y, olvidando toda precaución, corrió hacia el barril.

—Deja que te ayude —dijo él, sujetándoselo.

Ella le sonrió y dirigió la luz hacia el interior, barriendo la habitación lentamente a medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad.

—¿Qué ves? —preguntó él.

—Techos altos, cristaleras —Eden arrugó la nariz—. Un papel espantoso.

Steve rió.

—¿Alguna otra cosa?

Eden puso la mano sobre los ojos. Molduras, tallas, todo aquello sobre lo que había leído combinado en un único espacio. Devolviendo a Steve la linterna, dijo.

—Mucho diseño modernista y una tendencia evidente hacia el exceso.

—Deduzco que no eres una admiradora del estilo victoriano.

—Estoy intentando aficionarme, pero no puedo evitar pensar que tiene un aspecto fantasmagórico —Eden se afianzó y se preparó para saltar.

—¡No! —dijo él, sujetándola por la cintura—. Prefiero ayudarte a que vuelvas a aterrizar sobre mí.

Antes de que Eden pudiera protestar, él la había levantado y la posaba sobre el suelo. Sus manos siguieron apoyadas sobre su cintura.

—¿Estás bien?

Ella lo miró a los ojos y sólo pudo asentir con la cabeza. A continuación, bajó la mirada y dio un paso hacia atrás.

—Gracias por ayudarme —dijo—. Va a ser de mucha ayuda para mi trabajo.

Steve hizo una inclinación con la cabeza.

—Todo por el arte.

Eden tomó su bolso del suelo y se lo colgó del hombro.

—Ha sido un placer conocerte. ¿Te llamas…?

—El placer ha sido mío —Steve se agachó y recogió la palanca—. No te olvides de esto.

Eden abrió los ojos.

—No es mía.

—Ah, tienes razón, es de lo vándalos.

Steve vio que Eden enrojecía. Lo cierto era que no sabía mentir y a Steve le sorprendió descubrir que le alegraba saberlo.

—Adiós, ¿tu nombre? —insistió ella.

Él le tendió la mano.

—Cooper. Steve Cooper.

Steve sintió los dedos de Eden tensarse alrededor de su mano al tiempo que su rostro pasaba del desconcierto al espanto.

—Sueños de Devon —siguió Steve, confirmándole lo peor—. Soy el otro finalista —dio la vuelta a la mano de Eden, le puso la palanca en la palma y le cerró los dedos alrededor—. Y, si no me equivoco, tú estás metida en un buen lío.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

STEVE la observó tensarse.

—¿Vas a decírselo al patronato? —preguntó ella.

Steve sonrió. Debía haber supuesto que no se andaría con rodeos.

—¿Qué harías tú?

Eden se encogió de hombros con aparente indiferencia, pero asió el asa del bolso con fuerza.

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto deseara la casa.

—¿Y cuánto la deseas?

Eden miró a Steve y sostuvo su mirada fijamente.

—Lo suficiente como para negar todo lo que digas.

La determinación de su mirada hizo que Steve se hiciera más preguntas de las que hubiera querido.

—¿Qué vas a hacer? ¿Contarlo? —preguntó Eden, penetrándolo con la mirada.

Steve tuvo la tentación de decir que sí para hacerla sufrir un poco más, pero se limitó a decir:

—Todavía no lo he decidido.

Ella ladeó la cabeza.

—¿Puedo hacer algo para persuadirte de que no lo hagas?

Steve dio un paso hacia adelante, preguntándose hasta dónde estaría dispuesta a ir.

—¿Qué sugieres?

Ella alzó la barbilla.

—¿Qué me pedirías?

Steve rió y avanzó un poco más, acorralándola contra la pared.

—Sólo hay una cosa que pudiera persuadirme, Eden.

Steve disfrutó viendo cómo se agrandaban sus ojos.

—¿Y qué es?

Steve se inclinó hasta que sus labios acariciaron la oreja de Eden y sonrió para sí al sentirla estremecerse.

—La verdad —susurró, antes de incorporarse y avanzar hacia el invernadero.

Se sentó en los peldaños y estiró las piernas. Eden se colocó frente a él con las manos en jarras y le dirigió una mirada furibunda.

—¿Te gusta reírte de todo el mundo o sólo de mí?

Steve sonrió.

—Puede que sólo de ti. Escucha, los dos sabemos que has mentido desde el momento que he llegado, pero si me cuentas la verdad, puede que olvide el incidente.

Eden mantuvo por unos instantes una actitud digna. De pronto, encorvó los hombros y dejó caer el bolso al suelo.

—De acuerdo, tú ganas —dijo, sentándose—. Para serte sincera, nunca pensé que llegaría a ser finalista. Una amiga me enseñó la convocatoria y decidí presentarme.

—¿Decidiste de pronto que querías una casa en ruinas?

Eden asintió y arrancó una flor del suelo.

—El caso es que cuando llegó la carta, decidí que tenía que ganar. Pero tenía el problema de no saber nada sobre arquitectura victoriana —Eden se llevó la flor a la nariz y sonrió con tristeza—. Después de estudiar durante semanas, he aprendido todos los términos y piezas arquitectónicas de ese periodo.

—Buen trabajo —dijo Steve.

Eden tiró la flor y dejó de sonreír.

—Eso mismo pensaba yo. Pero ayer por la noche me di cuenta de que no iba bastarme para ganar. Así que al ver un tablón suelto he pensado que era una señal divina de que podía saltarme la claúsula de Dorothy Elson —Eden miró a Steve—. El resto, ya lo sabes.

Pero Steve quería saber más.

—¿Así que no vas a filmar ningún drama?

—Es más bien un corto, pero va a ser magnífico.

—Entonces, ¿es verdad que haces cine?

—Ya te he dicho que sí.

La expresión ofendida de Eden hizo sonreír a Steve.

—Me has dicho muchas cosas —dijo él.

—Pero esa era verdad. Aunque me dedico fundamentalmente a hacer videos comerciales. Algunos de ellos, ganadores de concursos.

—¿Y puede que haya visto alguno?

—Tal vez —dijo ella, pensativa—. El año pasado hice uno sobre kiwis que tuvo mucho éxito —se puso en pie—. Imagínate una hilera de carritos de la compra delante de un monitor. Los clientes guardan silencio, las cajas registradoras también. Ni siquiera los niños hablan. De pronto los kiwis empiezan a cantar y todo el supermercado con ellos. Muy emocionante.

—Se me ponen los pelos de punta.

Eden rió.

—Eso le pasó a todo el mundo. Pero tengo entendido que las ventas de kiwis se dispararon.

—¿Lo hiciste para vender kiwis?

—Todos tenemos que vender algo.

Lo dijo tan bajo y tan automáticamente que a Steve le pareció una respuesta programada, como si Eden acostumbrara a darla a menudo y hubiera perdido su verdadero sentido.

Eden se volvió hacia él.

—¿Qué piensas? —preguntó—. ¿El episodio de la ventana se interpone entre nosotros?

Steve se puso en pie.

—Siempre lo hará.

Eden le dedicó una sonrisa sincera.

—Te lo agradezco.

Steve sonrió a su vez.

—No deberías. Si te considerara una verdadera amenaza actuaría de otra manera.

Eden se levantó de un saltó.

—¿Qué quieres decir?

Steve se detuvo.

—Piénsalo, Eden. La Asociación Histórica va a tener la última palabra. ¿Qué crees que es lo que más les importa?

—¿La historia?

—La arquitectura. ¿Has leído los estatutos de la Asociación?

—Todos.

Steve intentó disimular su sorpresa. Era evidente que Eden Wells no debía ser subestimada.

—Entonces sabrás que su prioridad es la conservación y restauración de edificios antiguos. No tardarán demasiado en descubrir que no sabes nada del tema.

—Y supongo que en cambio tú lo sabes todo.

Steve sacó una tarjeta del bolsillo y se la entregó.

—Construcciones Cooper —leyó Eden, en alto—. ¿Eres constructor?

—Estoy especializado en la restauración de edificios históricos. Y para que veas que no te guardo rencor, si alguna vez haces ese drama, dejaré que filmes aquí la primera escena. Sin necesidad de palancas —Steve continuó andando—. ¿Qué te parece?

—Prematuro —dijo Eden con la suficiente convicción como para hacer que Steve se parara y se girara sobre sus talones. Eden tomó su bolso del suelo—. ¿Sabes lo que tengo aquí?

—¿Una sierra mecánica?

Eden le sonrió con suficiencia al tiempo que se aproximaba a él.

—Además de eso —metió la mano en el bolso y sacó una carpeta encuadernada en espiral—. Producciones Footloose presenta: Kilbride: la película. Y te aseguro que también va a ganar concursos.

Steve tuvo que reprimir una carcajada.

—Supongo que estás bromeando.

—En absoluto —dijo Eden, convencida—. Los estudios de mercado demuestran que Kilbride necesita desesperadamente proyectar su imagen para convertirse en un centro turístico, así que estoy segura de que lograré interesarles. Sobre todo cuando les diga que yo misma produciré el video con el dinero de la casa, claro.

—Suena a soborno.

Eden sonrió con picardía.

—Yo prefiero considerarlo un caso de beneficio mutuo.

—Lo imagino.

Eden metió la tarjeta de Steve en el bolso.

—Lo que me asciende a la categoría de amenaza, ¿no crees?

—Desde luego —admitió Steve. ¿De qué otra manera podía describir a una mujer que tenía el aspecto de una ángel y mentía como un demonio?—. Pero no entiendo por qué, si estás tan segura de tu oferta, te has arriesgado a echar una ojeada al interior de la casa.

—Porque me parece una claúsula estúpida —Eden miró en torno con gesto serio—. Y en el fondo no tenía nada que perder.

—¿Por qué dices eso?

Eden sacudió la mano como si ahuyentara un insecto.

—Da lo mismo. Y ahora, si me excusas, se está haciendo tarde.

Steve se dijo que debía dejarla marchar, que no necesitaba saber más sobre ella. Pero se descubrió dando un paso adelante.

—Eden, dime…

Aquellos ojos claros y agudos volvieron a posarse en él y Steve adivinó en su mirada que se preguntaba si debía contestar o guardar silencio. A continuación, Eden dejó el bolso en el suelo y se irguió, y Steve supo que debía haberla dejado marchar cuando aún estaba a tiempo.

—De acuerdo —dijo ella—. Pero deja que primero te haga una pregunta —dio varios pasos hacia él con una lentitud deliberada—. ¿Estás casado?

En esa ocasión fue Steve quien se echó hacia atrás.

—No creo que sea de tu incumbencia, pero no, ya no lo estoy.

—No me sorprende —Eden le dedicó una de sus luminosas sonrisas—. No es nada personal. Pero todo el mundo que conozco está divorciado o pensando en divorciarse. Es difícil creer en la felicidad eterna.

—Tienes una visión muy pesimista.

—O realista, según como se mire —Eden ladeó la cabeza—. ¿Es que la tuya es optimista?

Lo era, pero Steve no quiso discutir ese tema.

—Eden, ¿a qué conduce todo esto?