Enigma - Enrique Morales Nieto - E-Book

Enigma E-Book

Enrique Morales Nieto

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- ¿Y si "la locura" fuera la única forma de tocar lo divino? - El verdadero Dorado no es oro… es eternidad. - Entre delirios y visiones, Marie descubre que lo real está más allá de lo que la razón puede aceptar. - Una historia donde la verdad se esconde en la fantasía… y la vida eterna en una laguna olvidada...

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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ENIGMA

–Entre la razón y la locura–

Enrique Morales Nieto

ENIGMA

–Entre la razón y la locura–

Enrique Morales Nieto

Enigma –Entre la razón y la locura–

© 2025Enrique Morales Nieto

© 2025Primera edición: Erudito Editores

  ISBN: 978-958-565xx-2-5

Erudito Editores

Carrera 17 A #116-14 Oficina 509

Tel. (571) 926 0864 / 311 278 2955

Bogotá, Colombia.

Email:       [email protected]

[email protected]

Dirección editorial:Sigma Editores S.A.S.

[email protected]

Todos los derechos reservados. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, distribuyeren o comunicaren públicamente, total o parcialmente, una obra literaria, artística o científica o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte, o comunicada a través de cualquier medio sin la autorización correspondiente.

Impreso en Colombia – Printed in Colombia

Diseño ePub:

Hipertexto – Netizen https://hipertexto.com.co/

Para mi esposa y mi amada familia

________________

Nota editorial: la presente novela es de ciencia ficción, basada en algunos hechos reales. El uso de nombres o imágenes de personajes relevantes en la historia, tienen un carácter estrictamente literario y artístico, sin intención de biografía, testimonio o explotación comercial.

Índice

PRIMERA PARTE EUROPA 1938 - EL MENSAJE

Capítulo 1Arte y fantasía –una noche con Dalí–

Capítulo 2El llamado de El Dorado: arte y leyenda

Capítulo 3Un piano en la Italia fascista

Capítulo 4En La Scala de Milán –música y represión–

Capítulo 5El enigma de la nota: descubriendo a Pietro Cantini

Capítulo 6La nota muisca: un enigma en los pasillos de Oxford

Capítulo 7Descifrando el enigma –la historia de Bachué y Bochica–

Capítulo 8Huyendo de la guerra española.La Laguna de Guatavita, un destino perdido.

Capítulo 9La última noche en Madrid

Capítulo 10La nota muisca: un mensaje de esperanza para los judíos en Viena

Capítulo 11Escape hacia el nuevo mundo en una noche de shabat

SEGUNDA PARTE ENTRE LA RAZÓN Y LA LOCURA

Capítulo 12Un hombre entrado en razón

Capítulo 13Flora de la Vega, una dama entrada en razón.

Capítulo 14Descubriendo el Nuevo Mundo

Capítulo 15Un encuentro con la locura

Capítulo 16¡Viva la locura, viva el amor, muerte a la infame razón!

Capítulo 17¡Alza el tomate, comienza el jaleo, que en esta batalla no hay titubeo!

Capítulo 18El día de la humildad y la generosidad

Capítulo 19El día de la envidia y de la soberbia

Capítulo 20Peregrinación de la fe y la locura

TERCERA PARTE DESCIFRANDO EL ENIGMA

Capítulo 21El gran Salto del Tequendama –la cascada del dios Bochica–

Capítulo 22El valle de las tristezas

Capítulo 23Rumbo a la Laguna de Guatavita.La peregrinación de la fe y la locura.

Capítulo 24Guatavita, la laguna del hombre dorado

Capítulo 25La fuerza de la laguna

CUARTA PARTE EL BIEN PRISIONERO DE LA CONCIENCIA

Capítulo 26De vuelta a la razón.

Capítulo 27El asesino de la razón

Capítulo 28Abajo la razón, viva la estupidez

QUINTA PARTE SALVACIÓN O CONDENA

Capítulo 29El hallazgo en Guatavita

Capítulo 30La profanación de la laguna

Capítulo 31La profecía cumplida

Capítulo 32La agonía de los malditos

Capítulo 33El último encuentro

Capítulo 34Una amistad rota

Capítulo 35Entre la traición y el remordimiento

Capítulo 36El rescate silencioso

Capítulo 37La sabiduría de la laguna

Capítulo 38Una propuesta inesperada

Capítulo 39Bajo la persecución del Duce

Capítulo 40El rescate de los espíritus de la laguna

SEXTA PARTE LA VIDA SIEMPRE ES UN ENIGMA

Capítulo 41Déjà vu, la boda que al fin se realizó

Capítulo 42Dalí y el conde

Capítulo 43El enigma: sueño, razón o locura

PRIMERA PARTE EUROPA 1938 - EL MENSAJE

Capítulo 1Arte y fantasía –una noche con Dalí–

El día se anunciaba hermoso, pero hacía un frío endiablado. El cielo, pintado de un azul intenso, evocaba una sensación que invitaba a salir a caminar. Marie sabía que debía recorrer varias cuadras desde su pequeño apartamento hasta la Escuela de Bellas Artes. Antes de cerrar la puerta, decidió tomar una bufanda de la repisa, atiborrada de sombreros, paraguas y abrigos. La bufanda que tanto amaba, tejida por su madre. Se regaló un coqueto gesto acompañado de una sonrisa mientras colocaba la prenda alrededor de su cuello, haciendo un nudo al estilo francés. Luego, optó por un sombrero y cubrió sus manos con unos guantes de piel de cordero.

Se detuvo unos segundos ante el pequeño espejo empañado, buscando la autoaprobación que su vanidad requería. Sabía que sería observada por los profesores y estudiantes con miradas deseosas, y que no dudaría en golpear a más de uno con alguna revista que llevara en las manos, obligándolos a concentrarse mientras provocaba risas y burlas entre sus compañeros. Enseñaba Historia del Arte en la Facultad de Arquitectura de la prestigiosa École des Beaux-Arts de París y estaba a punto de obtener su doctorado. Su carácter tranquilo y espíritu reposado le habían ganado la confianza de sus estudiantes, quienes la veían como una compañera más.

Marie salió a la calle, esquivando los charcos de agua acumulados por el hielo que comenzaba a derretirse, caminando a zancadas. Las calles, aún arropadas por la suave luz del amanecer, cobraban vida lentamente. Se oía el abrir de las rejas de los cafés y el gritar de los pregoneros de las noticias de los principales diarios. Las farolas parpadeantes empezaban a apagarse ante la aparición de los primeros rayos del sol, que apenas se filtraban a través de las frondas de los árboles. El olor del pan recién hecho y de los croissants a punto de salir del horno impregnaban no solo el ambiente, sino también el espíritu activo de los transeúntes, en su mayoría estudiantes.

Para Marie, este era un espectáculo que no quería perderse en ninguna mañana, ni siquiera en sus días de descanso. Amaba los amaneceres de París, caminar por sus pequeñas plazas resguardadas por estrechas calles adoquinadas que conducían a hermosos bulevares o majestuosas avenidas. Le tomaría al menos treinta minutos llegar a su salón, donde impartiría clase a los estudiantes de primer semestre. Sabía que, aunque deseara apretar el paso, sus ojos curiosos se detendrían en las galerías de arte a lo largo de la Rue Bonaparte, un camino obligado hacia la Escuela de Bellas Artes. No podría evitar admirar las esculturas que adornaban las fachadas de los edificios antiguos, así como las expresiones de arte ecléctico de los artistas callejeros. Cada detalle que lograra percibir añadiría una capa más a su comprensión del arte y se convertiría en una constante fuente de inspiración y reflexión, que utilizaría como tema introductorio en su clase.

Su trayecto era de ensueño. Vivía en el distrito II de París, habitado por una gran colonia japonesa, y debía llegar al distrito VI, el distrito del arte. Su rutina no era caprichosa; era parte del mundo que había escogido para vivir y enseñar. Como hacía casi a diario, aceleró el paso por los lugares que más amaba de esa gran ciudad. Seguramente se detendría en el imponente Palais Royal, un magnífico ejemplo del arte trasladado a la arquitectura, expresión que a menudo utilizaba en sus clases, especialmente porque era una fiel admiradora de su creador, el arquitecto Lemercier, el mismo que construyó la Sorbona a petición del poderoso cardenal Richelieu.

Unas calles más al sur, Marie no podía explicarse por qué su corazón latía tan rápido al llegar al Palais du Louvre, situado entre dos hermosas edificaciones: los jardines de las Tullerías y la Iglesia de Saint Germain. Esta edificación abarcaba todos los estilos que Marie amaba y que la llevaron a enamorarse de su profesión: la arquitectura gótica francesa, la renacentista, el estilo Luis XIII, la barroca, la neoclásica, el neobarroco, el estilo del Segundo imperio y la arquitectura moderna. Todo ello lo enseñaría con denodada pasión a sus estudiantes. Lo que más amaba era, que allí se encontraba el museo del Louvre, el museo de la humanidad, diseñado por los arquitectos de los que sus estudiantes aprenderían el arte de construir con inspiración, talento y una gran dosis de virtuosidad, como lo hicieron Pierre Lescot, Jacques Lemercier, Louis Le Vau, Hector-Martin Lefuel y I. M. Pei.

Era un nuevo día en París, y como todas las mañanas, mientras se dirigía desde su apartamento a su lugar de trabajo, la belleza y grandeza artística de la ciudad nunca dejaban de sorprenderla. Siempre encontraba algo nuevo que aprender.

Finalmente, llega a su destino, la Escuela de Bellas Artes, ubicada en 14 rue Bonaparte, en el corazón de París, un edificio histórico cuyas paredes habían sido testigos del paso de generaciones de artistas y pensadores. Solo poner un pie en el edificio la hacía sentirse parte de algo mucho más grande que ella, una cadena ininterrumpida de conocimiento y pasión por el arte.

Marie ingresa por la calle Bonaparte y de inmediato, como por arte de magia, se contagia del murmullo y las risotadas de cientos de estudiantes que, al igual que ella sentían adoración por el lugar en donde estudian. Corría el año 1938 y París era una atmósfera vibrante de creatividad y, a la vez tensa, y de preocupación política. La ciudad se consolidaba como la capital del arte moderno, a pesar del clima político inestable en Europa.

En minutos, el patio principal de la escuela se atiborra de bicicletas de colores vistosos y diseños románticos, ocupadas en su mayoría por chicas que lucen hermosos atuendos liberadores, influenciadas por la moda impuesta por Coco Chanel, optando por faldas a la rodilla, blusas sueltas, y accesorios prácticos como boinas, reflejando un espíritu libre y artístico.

Las preocupaciones dominantes giran en torno a la inminente amenaza de guerra, permeando todos los aspectos de la vida en la escuela. Los profesores y alumnos se encontraban en una constante reflexión sobre el papel del arte en tiempos de crisis, a menudo inclinándose hacia el surrealismo como medio de crítica y escape de la realidad opresiva. Esta corriente, que desafiaba las normas convencionales y promovía una exploración profunda del subconsciente, influía en la manera de pensar y crear de los estudiantes, fusionando arte, filosofía y política.

Marie no era ajena a la vida parisina, no solo se contagiaba del amor por el arte. Le preocupaba la política del momento por los vientos de guerra, las ideas comunistas, el fascismo imperante en Italia que traían inevitables discusiones en el ambiente estudiantil, quienes recurrían a la filosofía como bálsamo para mitigar sus preocupaciones. No solo era inquieta en el arte, también daba paso a estas discusiones en su clase. Había adoptado como muchos de sus estudiantes y profesores a Jean-Paul Sartre y Edmund Husserl como sus filósofos de cabecera. Sartre, promovía en compañía de Simone de Beauvoir, el existencialismo, desafiando las normas sociales y explorando temas como la autenticidad y la libertad individual. Su novela La Náusea reflejaba estas preocupaciones existenciales. Por otro lado, Husserl, con su fenomenología, encantaba con su discurso acerca de la estructura de la conciencia y la experiencia para fundamentar las ciencias. Ambos filósofos instaban a la chica a reflexionar críticamente sobre su existencia y el mundo que la rodea.

Marie ojea el reloj y se percata que va unos minutos retrasada, apura el paso, atraviesa los vetustos pasillos de la escuela, corredores testigos de generaciones de artistas y que, en sí mismos, son un gran museo. La escuela alberga una colección vasta que incluye copias de obras clásicas del Renacimiento italiano y obras de los ganadores del prestigioso Grand Prix de Roma. Este lugar no solo es un sitio de aprendizaje, sino también un custodio de un patrimonio artístico colosal, con cerca de 450.000 obras entre dibujos, grabados, pinturas, y esculturas. Se encuentran obras de artistas tan renombrados como Poussin, Van Dyck, y Fragonard. Los profesores que han pasado por sus aulas, como Christian Boltanski y Annette Messager, y los alumnos destacados, como Antoine Bourdelle y Jean Nouvel, hablan del nivel de excelencia y la influencia de la escuela en el ámbito artístico y cultural a nivel mundial.

El aula asignada a la profesora de historia del arte francés es un espacio de amplias ventanas. Están cerradas, por lo que el lugar se ve algo oscuro. Se acerca el fin del año y la temperatura ya está unos cuantos grados bajo cero, así que podría decirse que hace mucho frío, al que rápidamente se acostumbran los estudiantes. Resalta el piso de parquet, que cruje al paso de cada estudiante. Las paredes están adornadas con reproducciones de icónicas obras de arte francés, desde los clásicos hasta los modernistas, un recordatorio visual de la rica herencia cultural que está a punto de desentrañar. Las sillas y mesas de madera, dispuestas cuidadosamente, se van llenando de estudiantes, de saludos y de risotadas.

Marie coloca sus notas sobre el podio, su refugio y su escenario, desde donde guiará a sus alumnos en un viaje a través de la historia del arte francés. La clase comienza con la frescura de una profesora joven que poco se diferencia de sus estudiantes. Su voz clara y calurosa obliga a la atención, y poco a poco el murmullo que invade el salón se disipa y el recinto queda en silencio.

—Bienvenidos al fascinante mundo del arte francés, –les dice a sus estudiantes–. Haremos un viaje a través de los siglos que nos revelará no solo la evolución estética, sino también el espíritu de una nación –recalca–, mientras en el proyector aparece la primera de muchas obras que explorarán juntos. Su enfoque no solo abarca la técnica y el contexto histórico, sino que invita a los estudiantes a conectar emocionalmente con cada pieza, a entender el arte como un reflejo de la humanidad.

La clase concluye luego de dos fascinantes horas. Por la actitud de sus estudiantes, se podría decir que salieron satisfechos de la manera como Marie abordó el tema. Así que con una expresión de felicidad en su rostro, la chica guarda sus notas en el portafolio. Al hacerlo se percata de que entre sus notas hay una tarjeta de invitación a una de las más prestigiosas galerías de arte: Galerie du Rêve Éphémère. Este nombre captura el espíritu surrealista de Marie. Con curiosidad, lee una breve nota que dice: “Invitamos a los visitantes a sumergirse en un mundo donde la realidad se entrelaza con la fantasía y lo onírico”. Era la invitación que estaba esperando. En ese año, París acoge la Exposición Internacional del Surrealismo, un evento emblemático que reúne las obras más vanguardistas y desafiantes de la época, y Marie no había recibido ninguna invitación que llamara tanto su atención.

Con entusiasmo se queda pensativa por unos instantes. Este evento no es solo una muestra artística; es un manifiesto viviente del surrealismo, una invitación a explorar los recovecos más profundos de la mente humana, a cuestionar la realidad y a sumergirse en un mundo donde lo irracional y lo onírico toman el protagonismo. Para Marie, esta invitación es también una oportunidad para sumergirse en el corazón pulsante de la escena artística parisina. Sabe que en esa galería encontrará un lugar donde se desdibujan las líneas entre el arte y la filosofía, y donde cada obra es una puerta a nuevos mundos y significados. Por su mente pasó la fascinación que le causaba pensar que artistas de la talla de Salvador Dalí asistirían a la galería, pero también se hablaba de otros que habían sido invitados a la exposición internacional que se realizaba en París, como André Breton, el teórico líder del surrealismo, conocido por escribir el primer Manifiesto Surrealista. Max Ernst, cuya innovadora técnica de frottage y uso de imágenes oníricas desafían la percepción tradicional. Man Ray, conocido por sus fotografías experimentales y obras que juegan con la percepción y la realidad. Joan Miró, cuyas obras coloridas y abstractas invitan a los espectadores a una interpretación libre. René Magritte, famoso por sus obras intrigantes que juegan con la ilusión y la realidad. Todo eso era una locura y Marie no se perdería ese evento por nada en el mundo.

La noche del evento, la galería estaba atiborrada de invitados y personajes de todas las artes. Se decía que el mismo Salvador Dalí asistiría en persona, pero con él nunca se sabía si era algo real o una simple fantasía. Marie no escatimó en gastos. Era el evento de su vida. Optó por un vestido negro a media rodilla, ajustado en la cintura de falda de seda aterciopelada ligeramente acampanada. Llevaba un pequeño bolso de mano, guantes elegantes hasta el codo y un coqueto sombrero con un diseño muy parisino. Un broche Art Decó adornaba su muñeca izquierda y unos pendientes de perlas realzaban la belleza de su rostro. Sus zapatos de tacón medio la hacían ver muy alta, por lo que su figura sobresalía entre la multitud e intimidaba a muchos hombres. Lucía un peinado muy a la moda, con ondas suaves en el cabello y un maquillaje que destacaba su fino rostro, sin ser demasiado ostentoso. No había lugar a dudas: Marie parecía una estrella de Hollywood, o al menos eso creían muchos de los asistentes.

De repente las miradas se apartaron de la hermosa mujer y se dirigieron a la entrada de la galería. La gente empezó a gritar ¡Dalí, Dalí! y, casi en montonera se fueron al recibidor para ver el momento imponente de su llegada y sus gestos teatrales, que le encantaban al público y a sus muchos admiradores.

Marie vio tanta algarabía y tumulto que decidió no abandonar el lugar y prefirió quedarse observando una de las obras del genio catalán, La persistencia de la memoria, que había pintado siete años atrás y le había merecido las mejores columnas de periodistas entendidos en el arte y elogios de la crítica parisina. No podía creer que se encontraría con esa maravillosa obra en frente de sus ojos. “Esta obra vale más que el pintor”, pensó para sus adentros, pero al instante meneó la cabeza tratando de olvidar la impertinencia de su pensamiento. La verdad era, que lejos de ser impertinente, no estaba tan fuera de lugar. Relojes blandos, sugiriendo una interpretación surrealista del tiempo, Dalí había captado el surrealismo en su máxima expresión. El pintor había pintado en un lienzo de manera magistral la decadencia del mundo y la irrelevancia del tiempo en un estado onírico. El enfoque único de Dalí sobre la realidad y el subconsciente abría ante sus ojos una verdadera genialidad. La invitaba a cuestionar su propia percepción del tiempo y la existencia, y la sumergía en el entendimiento del surrealismo que desafiaba los límites de la percepción humana.

La llegada de Salvador Dalí a la Galerie du Rêve Éphémère fue, sin duda, un espectáculo memorable. El pintor se había preocupado por dejar claro que su estatus de ícono del surrealismo y su gusto por lo teatral deberían ser el titular de los periódicos más influyentes que cubrían el mayor de los eventos artísticos del año en París. Vestía un traje a medida, de terciopelo, de un intenso color marrón oscuro brillante, que acompañaba con un chaleco de seda de color amarillo decorado con arabescos. Resaltaba su adusto y, por momentos, demencial rostro, una camisa de seda blanca y una corbata de un vistoso morado que hacía juego con un exuberante pañuelo del mismo color en su bolsillo izquierdo.

A pesar de sus grandes ojos desorbitados, su mirada teatral y su largos y delgados mostachos, irradia una confianza y un enorme carisma que nada oculta. Camina con un porte que mezcla elegancia con un toque de provocación. Sabe que su entrada y presencia no pasan desapercibidas, y que siempre atrae las miradas de los presentes. A su paso se oyen murmullos con admiración mientras otros observan su pasar con curiosidad. Dalí disfruta ser centro de atención, saluda con gestos teatrales a conocidos y desconocidos por igual. Estrecha la mano de algunos invitados a quienes susurra al oído comentarios ingeniosos y enigmáticos que provocan la risa y admiración de la concurrencia.

La expresión de su rostro también es teatral y muy bien ensayada. Es notoria la intensidad de su mirada a la que súbitamente acompaña con un toque de misterio. Sus ojos irradian diversión y agudeza intelectual. Dalí capta de inmediato tanto el ambiente surrealista como la grandeza de las obras expuestas. Se dirige a uno de los cuadros de René Magritte mostrando un interés genuino en la obra. Se queda por momentos observándola, no dice nada y solo expresa una sonrisa enigmática, que acompaña con una mirada contemplativa. De repente expresa:

—Magritte. Genial. Lo vi hace un par de años en Bruselas. Esta obra, Los amantes, siempre me atrajo desde la primera vez que la vi en su estudio.

—“Una pareja besándose sin tocarse, ni verse. La comunicación está obstaculizada por la barrera del manto que cubre sus rostros, que no permite sentir, tocar ni ver al otro, además de hablar con dificultad y escuchar poco. La pintó en el año 1929”. –Le susurra al oído del pintor una voz femenina.

Dalí se queda como petrificado mirando a la mujer que le ha hecho el comentario, la mira fijamente con una misteriosa sonrisa, pero antes que diga palabra alguna, Marie añade:

—¿No le parece maestro que es el reflejo de las relaciones entre los amantes de hoy?

Dalí abre sus enormes ojos y sonríe, dirigiendo la mirada al grupo que lo rodea, en gesto de admiración al comentario de la chica. Pero Marie, esta vez, se presenta.

—Marie L. Clerk, maestro, profesora de arte de la Escuela de Bellas Artes de París, y admiradora de usted y de Magritte.

—“Ah, querida Marie” –responde Dalí–.

—Magritte nos invita a explorar lo inexplorado, a cuestionar lo incuestionable. Este velo que separa a los amantes, ¿no es acaso una metáfora del misterio que envuelve todas nuestras conexiones más íntimas? En la era de la modernidad, donde todo parece estar al descubierto, lo esencial permanece oculto, envuelto en un enigma. Así como en Los amantes, nuestras propias relaciones están mediadas no solo por lo que decidimos mostrar, sino por lo que permanece velado, intangible, pero profundamente sentido. Es un recordatorio de que, en el amor como en el arte, es la búsqueda de lo desconocido lo que nos impulsa, lo que da sabor a nuestra existencia”.

—¿Te gustó La persistencia de la memoria? –pregunta súbitamente Dalí.

Marie se queda pasmada con la pregunta. ¿Cómo podría saber de mí, ante tanto revuelo que causó la llegada del maestro? Y, mucho más asombroso, que se hubiera percatado que estaba estupefacta con su obra –se dijo para sus adentros asombrada–.

—¿Te sorprendo? Pregunta Dalí al ver la cara de sorpresa de la chica.

—Has de saber –le dice– que el artista es un buen observador de todo lo que sucede a nuestro alrededor. Miramos lo que nadie ve. Creías que nadie te estaba observando, pero ya ves, yo sí lo hacía.

—Monsieur Dalí –responde Marie, reponiéndose un tanto de la sorpresa que le había causado la agudeza del maestro–. Vuestra obra transforma lo onírico en algo tangible, ¿cómo encuentra la inspiración para materializar tales visiones? –pregunta Marie con admiración–.

—Dalí, con una mirada penetrante y un leve gesto de su bigote bien perfilado, responde: –Ah, mi querida, el subconsciente es un mar sin fin de inspiración. Yo simplemente me dejo llevar por sus corrientes, permitiendo que los sueños dicten el pincel.

Marie no oculta su sorpresa con las respuestas del pintor, le parece fascinante. Su voz, impregnada de un acento español marcado, resuena con la pasión de un artista verdaderamente comprometido con su visión.

A medida que la conversación fluye, Marie se siente cada vez más cautivada por la profundidad de Dalí y otros artistas con los que intercambia palabras esa noche. Desde discusiones sobre la naturaleza del arte y la percepción, hasta debates sobre la filosofía detrás del surrealismo. Cada intercambio es una puerta a nuevas formas de ver el mundo.

La noche envejece y Marie sabe que le espera una jornada dura en la escuela de arte al día siguiente, así que decide retirarse. Invitó a la escuela al maestro y salió satisfecha con la promesa que le hizo de asistir cuando decidiera exponer. Lamentó no poder despedirse del pintor, quien en toda la noche se comportó como si fuera un amigo de siempre, pero entiende que otros artistas merecen la compañía del pintor. Justo cuando se disponía a abordar el auto que la llevaría a su lugar de residencia, un chico se acerca y le entrega un sobre. No tiene tiempo de preguntarle de qué se trata, porque sale corriendo a toda prisa.

Marie, una vez en el auto, abre con curiosidad el sobre y lee unas palabras ininteligibles. No están escritas en francés, pero tampoco en ningún idioma que se hable en Europa.

“nypquao Zemucansuca mnypquasuca Xua pquihizala –nya Apquyquy chie ynpuyca” –dice la nota–. Es muy extraña. Parece más una broma. Está cansada y no le presta mayor interés, así que decide guardar la nota en su bolso. Solo quiere llegar a su departamento, tomar una ducha e irse a la cama.

A la mañana siguiente, Marie no deja de pensar en lo emocionante que había sido conocer al gran Dalí, uno de los pintores más importantes del momento, tan solo rivalizando con Picasso y Miró. El grupo de artistas que se formó en la Galería, inspirados en la genialidad y las excentricidades del maestro, eran de antología. Tenía gran ansiedad por leer los comentarios de los diarios parisinos sobre el evento, pero debía dar una clase a media mañana, así que se preparó un café cargado que acompañó con unas tostadas, queso y mermelada. Luego salió en su bicicleta para la escuela, no sin antes tomar la extraña nota que había recibido la noche anterior y colocarla dentro de su portafolio.

Finalizada la clase, Marie saca la nota del portafolio, la lee, pero no entiende nada. No obstante, esto no era un sueño. Quien la envió se lo había tomado muy en serio al enviar un chico a esa hora de la noche para que se la entregara. A lo mejor había estado esperando que saliera de la galería durante buena parte de la noche. Así que toma la nota y se dirige de prisa al salón de profesores con la esperanza de encontrarse con Phillippe, un colega buen amigo suyo, antropólogo, arqueólogo y arquitecto, especializado en la arquitectura de los antiguos imperios.

Phillippe, apenas ve entrar al salón de profesores a su amiga, le sale al paso, la toma del brazo y, emocionado le dice:

—¿Marie, ya has visto los diarios? –La chica lo niega con la cabeza.

—Entonces ven. Sentémonos, nos tomamos un café y te los muestro –le dice emocionado.

Phillippe arroja sobre la mesa un ejemplar de Le Monde y otro de Le Fígaro y coloca el dedo en la foto de portada de Le Monde.

—Lee, ¿qué dice? –le pregunta entusiasmado a Marie.

—¡No puede ser! –grita emocionada.

“Marie L´Clerc la verdadera obra de arte que enamoró a Dalí” –se lee en el pie de la fotografía que da cuenta del éxito de la exhibición de la Galerie du Rêve Éphémère–. En la foto se ve al maestro con los ojos desorbitados, acariciando su exótico bigote mostacho, con la mirada ensimismada en Marie, que luce como una diosa o, mejor, como una gran vedette.

—¿Te das cuenta? Dejaste perplejo al gran Dalí y eso ya lo debe saber no solo toda la escuela, sino todo París. Es fabuloso, Marie. Cuéntame cómo lo hiciste.

Los dos amigos y colegas pasaron dos horas riendo con las ocurrencias de Marie, quien no ahorró detalles de la noche con el maestro. A punto de despedirse, porque Phillippe debía entrar a dictar su clase, Marie saca la misteriosa nota que había recibido la noche anterior y se la muestra a su amigo.

*****

Capítulo 2El llamado de El Dorado: arte y leyenda

Antes de irte para tu clase, te ruego Phillippe, que leas esta nota que un chico me entregó anoche saliendo de la galería. La he leído antes de iniciar la clase, pero no he entendido absolutamente nada. Pensé que me podría ayudar a descubrir de qué pudiera tratarse. La emoción de verme en los principales diarios parisinos me ha hecho olvidar, por momentos, el tema de la nota.

Phillippe lee la nota en varias oportunidades, se queda pensativo y, luego de unos minutos, le dice a su amiga:

—Creo saber de qué se trata, pero aún no estoy seguro. Dame hasta mañana, voy en la tarde a la biblioteca, hago algunas consultas y luego te cuento. Si te parece, nos vemos aquí mismo mañana a las seis de la tarde.

Phillippe se sumerge por horas y pasa la noche entera en la biblioteca de la universidad, buscando descifrar el mensaje. Entre montañas de libros sobre la historia de América del Sur, descubre fascinantes relatos de los muiscas y su rica cosmovisión, quedando cautivado por la leyenda de El Dorado y su significado espiritual. No podía dar crédito a lo que había encontrado en la biblioteca. Estaba cautivado por estas hermosas historias del Nuevo Mundo, en un país tan lejano de Europa.

—La nota la he traducido, Marie, como Escucha-conoce-entiende la energía de la laguna-oro-sagaz. Evoca la rica tradición y cosmovisión del pueblo muisca –le dice Phillippe a Marie una vez se encontraron en la sala de profesores, como lo habían acordado–.

Los muiscas –agrega–, habitaban en la región del altiplano cundiboyacense de Colombia. Este pueblo es conocido, entre otras cosas, por ser la fuente de la leyenda de El Dorado, una historia que ha capturado la imaginación de exploradores y buscadores de tesoros a lo largo de los siglos.

—Lo verdaderamente surrealista de la historia Marie, –continúa Phillippe emocionado–, radica en que la leyenda de El Dorado originalmente se refería a un ritual de los muiscas en el que el zipa o cacique se cubría de polvo de oro y se sumergía en una laguna, de nombre Guatavita, en las montañas de la Nueva Granada, como ofrenda a los dioses. Con el tiempo, la historia se transformó en la búsqueda europea de una ciudad, reino o imperio dorado en las Américas, lleno de riquezas incalculables. Aunque muchas expediciones buscaron este lugar mítico, nunca se encontró, lo que llevó a la mayoría a considerar a El Dorado como un mito.

Los muiscas tenían una sociedad avanzada, comparable con otras civilizaciones precolombinas importantes como los aztecas, mayas e incas. Eran conocidos por su trabajo en oro y la creación de tunjos, figuras ofrecidas a sus dioses en lugares sagrados como lagos y ríos. La ceremonia más famosa relacionada con El Dorado incluía el ofrecimiento de oro y esmeraldas al lago por parte del gobernante muisca, quien se cubría en polvo de oro y realizaba un acto de limpieza y renovación ritual en la Laguna de Guatavita.

Marie se quedó sin pronunciar palabra durante todo el tiempo que su compañero tardó en contarle, con lujo de detalle, la historia de El Dorado y la conexión de ella fue total con el relato. Estaba perpleja y emocionada. La historia y el profundo significado espiritual que los muiscas otorgaban al oro, visto no solo como un símbolo de poder y estatus, sino también como un medio para conectar con lo divino, impactaron de manera profunda a Marie. La historia la inspiraba a reflexionar sobre cómo las tradiciones y creencias de culturas antiguas continuaban siendo válidas en el presente. Aún rondaban en su cabeza las palabras de Dalí.

En la era de la modernidad, donde todo parece estar al descubierto, lo esencial permanece oculto, envuelto en un enigma.El artista es un buen observador de todo lo que sucede a nuestro alrededor. Miramos lo que nadie ve.

Ah, mi querida, el subconsciente es un mar sin fin de inspiración. Yo simplemente me dejo llevar por sus corrientes.

De repente, Marie podía ver en la nota una llamada a explorar no solo la historia del pueblo muisca y la leyenda de El Dorado, sino también la “energía” más abstracta y simbólica que estos conceptos pueden representar en el contexto del arte, la espiritualidad y la conexión humana con el mundo natural.

—Otra cosa más, Marie, encontré en los archivos –expresa emocionado Phillippe–. Es algo que te va a encantar –aclara–, y creo que te ayudará entender mejor la nota, o al menos ver si hay alguna conexión.

—¿Sabías que uno de los más grandes arquitectos de la capital del Nuevo Reino de Granada, Bogotá, en la misma región en la que se desarrolla esta hermosa historia de El Dorado del mítico pueblo muisca, es el arquitecto francés Gaston Lelarge?

—¿Qué dices Phillippe? –pregunta incrédula y sorprendida Marie–. No lo puedo creer. He oído hablar de la obra de Lelarge pero nunca conectada con esta historia.

—Pues entérate que Gastón construyó en Bogotá tres palacios, un castillo, la casa presidencial y, en Cartagena de Indias, una catedral.

—Me pondré de inmediato en contacto con este arquitecto, Phillippe –interrumpe Marie ansiosa–. Necesitamos hablar con él. A lo mejor entiende la conexión entre la nota y su obra y conocimiento de la cultura muisca.

—Es muy buena idea, Marie –la anima Phillippe–, pero tengo que decirte que Lelarge falleció hace cuatro años en Cartagena de Indias.

—Entonces viajaré a Bogotá. Seguiré las huellas de la historia de El Dorado y desharé los pasos de Gastón Lelarge –comenta apesadumbrada Marie–. Quiero conocer su obra, descubrir su valor arquitectónico y artístico. A lo mejor recibió una nota similar a la que yo he recibido. Todo esto es muy extraño, pero a la vez fascinante.

—“Escucha-conoce-entiende la energía de la laguna-oro-sagaz”, dices que es el significado de todas estas palabras en muisca, ¿verdad Phillippe?

—Sí, eso creo, responde inquieto.

—Pero las palabras no parecen conectadas –advierte–. Son solo palabras sin estructura gramatical. Déjame, Marie, intento estructurar un par de frases que nos señalen algún significado –le pide Phillippe frotándose la barbilla.

—Minutos después, Phillippe exclama:

—Tengo un par de interpretaciones, cuéntame qué piensas de ellas:

La energía de la laguna nos invita a descubrir el oro que yace en su profundidad, sagaz como la historia que lo custodia.

Sagaz es quien escucha y entiende el mensaje que revela la existencia del oro oculto en la laguna.

—Me gustan Phillippe, pero aún no me convencen. Son como un acertijo. ¿En dónde queda la palabra conoce?

—Podría ser: “Escucha-conoce-entiende”, son las tres palabras clave para encontrar el oro oculto en la laguna. Lelarge pudo haber encontrado con sus creaciones arquitectónicas su propio Dorado, entendiendo y escuchando la energía de la civilización muisca, Phillippe –advierte Marie–.

—Para escuchar, entender y conocer, es menester ir a Bogotá y conocer ese maravilloso pueblo muisca. No lo pensaré dos veces, Phillippe, me embarcaré y llegaré a Bogotá. A la capital del Nuevo Reino de Granada.

—¿Estás loca? –le recrimina Phillippe–. ¿Acaso has olvidado que eres profesora de una gran escuela de arte y que una plaza como profesor se la dan a muy pocos? ¿Y qué de tu doctorado? ¿Y de tus conexiones en París? ¿No recuerdas que saliste en los principales diarios y que estos hablaban de cómo tenías encantado al mismísimo Salvador Dalí?

—Lo sé, Phillippe –responde la chica–. Todo lo que dices es verdad, Pero no me iré del todo. Solo será un viaje de un par de meses. Pediré una licencia si es el caso. De repente he sentido una fuerza que me arrastra hacia un nuevo mundo en América y a conocer también la conquista y colonización española. A introducirme en las profundidades de un nuevo universo, quiero llegar a conocer la influencia del arte español en sus excolonias, y también la del arte francés en las mismas. Es emocionante aprender de esa cosmovisión de artistas franceses como Gastón Lelarge. Recuerda que soy profesora de arte y no podemos reducir el mismo a Europa. Saber de arte es conocer al mundo y empezaré por Iberoamérica. Esa nota es una invitación que tomo como un desafío al que no quiero renunciar. Te aseguro que cuando regrese tendré muchas más cosas que enseñar a mis estudiantes.

Investigaré la relación entre el arte, la naturaleza y el espíritu humano. La leyenda de El Dorado refleja la búsqueda humana de belleza y trascendencia. No solo viajaré para ver la obra de Lelarge, sino también para experimentar el lugar que inspiró tales historias y cómo éste se refleja en el arte y la arquitectura contemporánea.

*****

Capítulo 3Un piano en la Italia fascista

El departamento era verdaderamente pequeño, le había conseguido mucho tiempo adquirirlo, porque eran tiempos difíciles y salir de casa de sus padres era casi imposible, pero Paolo se lo había propuesto y logró conseguir en el barrio Brera de la calmada Milán, una de las zonas más hermosas, de calles adoquinadas, galerías de arte, pequeños cafés y mujeres libres y de no muy buena reputación, el lugar de sus sueños. Era imposible caminar por sus estrechas calles sin enterarse de lo que sucedía en cada uno de sus edificios. Hombres gritando y discutiendo en voz alta, aupados por los acontecimientos políticos; mujeres voluptuosas con una pañoleta recogiendo sus cabellos apurando la comida a sus infantes, chicas adolescentes conversando de balcón a balcón y chicos correteando, jugando a ser militares fascistas. Los edificios de no más de cuatro pisos, aun cuando desvencijados, con sus balcones por fuera y llenos de flores, le daban la belleza que no tenían en su interior, con corredores oscuros y patios lúgubres. No era gran cosa, pero Paolo lo amaba.

Su madre se lo había decorado con las cosas que decía le sobraban, pero no era verdad, eran sus enseres más queridos, que había recibido a la muerte de la abuela. Tan solo lo decía para no darle importancia a las bravuconadas de su esposo Giuseppe, quien nunca convino con la salida de casa de su hijo. Lo hacía un niño, a pesar de que ya bordeaba los veintisiete años. Dejaba el hogar el hijo de su alma.

De pequeño se dio cuenta que el niño era un virtuoso en el piano y le enseñó a tocarlo con pasión y mucha técnica, la misma que le infundía a sus estudiantes en el conservatorio de Milán, Giuseppe Verdi en donde dictaba clases de piano. Sentía que estaba perdiendo un hijo, pero también un buen hijo y un gran amigo. Leila, la madre de Paolo, junto con Carina, la hermana menor, se habían encargado de decorar el departamento. La chica colocó en las paredes afiches de conciertos, partituras y algunas fotos en blanco y negro de pianistas famosos. Su madre con una mezcla de nostalgia y emoción, buscó el mejor rincón para una bella alacena de la abuela Gina que Paolo llenó de discos de acetato, de algunos libros y muchas partituras de piano. Los muebles sencillos y funcionales, los completaba un sofá cama, una mesa de trabajo con una sola silla de madera y una pequeña mesa de comedor y dos sillas.

El día de la mudanza, el padre no apareció por ninguna parte, pero al día siguiente lo hizo, llevándole al joven el piano en el que practicaba a diario y que había sido testigo y cómplice de la evolución musical del chico. Un piano vertical desgastado, pero bien cuidado, que reflejaba las muchas horas de práctica del joven pianista que casi no cabía en el pequeño espacio del recibidor.

Paolo practicaba casi todas las noches. Al principio la protesta de los vecinos no se hizo esperar, acompañada de una gran cantidad de improperios de hombres que amenazaban con romperle el piano en cuanto amaneciera.

Paolo decidió, para evitar el rechazo del vecindario, tocar en la mañana piezas musicales tradicionales italianas con las que enamoraba a las nonnas, las signoras y a las madonnas, y en la tarde interpretaba música de las óperas de Giuseppe Verdi, Gioacchino Rossini, Gaetano Donizetti, Vincenzo Bellini, Ruggero Leoncavallo, Pietro Mascagni, Giacomo Puccini y otras más.

De madrugada interpretaba sus amados conciertos para piano de Ludwig van Beethoven, las obras de Franz Liszt, y en ocasiones el I Concerti de Ottorino Respighi, piezas musicales que eran bien recibidas por parte de los vecinos más madrugadores. No tardó mucho el carisma y virtuosidad de Paolo en el piano para lograr ganarse el afecto y cariño del vecindario y, a los pocos meses, recibía peticiones para que interpretara a horas específicas piezas musicales dedicadas entre enamorados, que le traían buenos réditos económicos, al igual que las clases de piano que dictaba con su padre en el conservatorio de Milán.

Aun así, la vida de pianista no daba para mucho. Paolo, además de las lecciones de piano a estudiantes locales y dedicatorias a petición, tocaba también en pequeños eventos y cafés. Se sentía cómodo en el barrio y había hecho buenos amigos, en su mayoría otros músicos y artistas. Algunos pintores, otros escultores, y varios músicos que se reúnen a menudo para hablar de arte y música, compartir ideas en el bar Brera y el Café Jamaica. No obstante, la rutina de su vida empezaba a incomodarle. Como todo pianista en Milán, su gran ilusión era tocar en la Scala de Milán o hacerlo como el pianista de una gran estrella de la ópera.

Ni sus más fieles amigos sabían que, cuando se sentía deprimido, se refugiaba tocando el piano en un pequeño café llamado Café degli Artisti, conocido por sus noches de música en vivo. Un lugar acogedor, con mesas de madera y manteles blancos, lámparas tenues y paredes atiborradas de cuadros y fotos con dedicatoria que le dan al lugar una atmósfera íntima.

Paolo había llegado desde la mañana y se había quedado un buen rato ensayando las piezas que tocaría en la tarde. Esa había sido su petición al administrador del lugar. La verdad era que se sentía con una gran melancolía y un gran vacío que no sabía a ciencia cierta la razón. Podría decirse que era la melancolía de los pianistas y músicos, que precede a grandes sucesos.

Inmerso en sus pensamientos y en su música, Paolo no se percata de su presentación, que hace el maestro de ceremonias. Alejándose un tanto de los ensayos de la mañana, decide interpretar un pasaje de la ópera de Gioachino Rossini, que se destaca por su tristeza y romanticismo Un petit train de plaisir (Un pequeño tren de placer).

Inicia con una introducción suave, casi como un susurro, e interpreta las primeras notas con delicadeza, estableciendo un tono íntimo que atrae la atención de los asistentes, quienes al oírlo se conectaron al momento con el pianista. Uno de ellos es la cantante lírica Renata Longobardi, recién llegada a Milán para una serie de ensayos en La Scala, y quien decide visitar el café recomendado por un colega.

Renata entra discretamente y se sienta en una mesa cerca del escenario, intrigada por la música que escucha. Se queda absorta oyendo al joven pianista. A medida que la melodía se desarrolla, Paolo introduce un crescendo gradual, incrementando la intensidad emocional sin perder la suavidad. En el punto culminante del pasaje, la melodía alcanza un pico de tristeza y anhelo. Recurre a un rubato más pronunciado, permitiendo que las notas más altas resuenen con mayor intensidad y emoción. La pieza concluye con un retorno a la suavidad inicial. Paolo maneja la transición con cuidado, asegurando que la música se desvanezca gradualmente, dejando una impresión duradera de melancolía y belleza.

El pianista, concentrado en su arte, no se da cuenta de la presencia de Renata hasta que termina su pieza. El maestro de ceremonias y dueño del establecimiento, consciente de la calidad de la interpretación y de la reacción que causó en el público, se para al lado de Paolo y, señalándolo dice:

—Interpretación magistral de Paolo Cantini, y un regalo para ustedes del Café degli Artisti.

Los aplausos llenan el espacio, pero Paolo no se inmuta con los elogios del maestro de ceremonias ni tampoco con los aplausos del público. Se concentra en guardar sus partituras.

Renata se acerca al pianista, con una sonrisa cálida y admiración en sus ojos. Lo felicita por su interpretación.

—Magistral interpretación –exclama–.

—Una de mis favoritas, parte de mi repertorio para mis presentaciones en La Scala de Milán en un par de días.

Su voz suave y melodiosa añade un toque de encanto al momento. Paolo, ligeramente sorprendido pero halagado, responde con una sonrisa genuina y un agradecimiento modesto. Levanta la vista, encontrándose con los ojos de Renata, provocando un momento de reconocimiento y curiosidad. La belleza y la elegancia de Renata capturan de inmediato su interés.

No era para menos, Renata es una chica muy joven, bordea los veintitres años, pero tiene un aspecto maduro y enérgico. Es muy alta y lo disimula con unos elegantes zapatos de tacón bajo. Es sin duda muy elegante y esbelta. Su cabello rubio oscuro, lleva un toque largo y ondulado, sus ojos azules brillantes, su piel clara y radiante, y su amplia sonrisa iluminan su rostro.

Luce un vestido de seda azul oscuro que resalta su figura, con detalles elegantes y discretos. Un collar sencillo de perlas y unos guantes blancos que le llegan hasta el codo, añaden un toque de sofisticación.

Renata es una persona apasionada y segura de sí misma. Su voz y su presencia escénica son magnéticas, y fuera del escenario, es cálida y accesible. Tiene una risa contagiosa y una manera de hablar que hace que los demás estén a gusto.

Paolo, impresionado con la belleza y el desparpajo de Renata, se pone de pie. Su estatura de casi 1.85 metros le causa a la chica una muy buena impresión. Aún está lejos de los treinta, así que su piel es lozana. Su figura delgada y atlética le dan una elegancia natural. Su aire bohemio se nota en su cabello castaño oscuro, ligeramente rizado y despeinado, ojos verdes intensos, piel clara con una ligera barba incipiente, lo hacen parecer un tipo algo enigmático. Lleva puesta una camisa blanca de lino, arremangada hasta los codos, que cubre un chaleco, añadiendo un toque clásico a su atuendo.

Paolo tiene una presencia tranquila y, a la vez, descomplicada. Su pasión por la música se refleja en sus gestos y su forma de hablar, siempre con una sonrisa suave y un brillo en los ojos cuando se menciona la música. Es reservado, pero no tímido, y su modestia lo hace aún más atractivo.

—¿Te gustó la interpretación? –pregunta tímidamente Paolo–.

—Te he dicho que me ha fascinado y es una de mis predilectas. Por eso me he acercado a saludarte y a invitarte a mi mesa –responde Renata, abriendo sus enormes ojos con un gesto de sorpresa–.

—Me llamo Renata Longobardi. Cantante lírica y, como te he dicho, estoy a tres días de presentarme en el teatro La Scala de Milán y acabo de oír una interpretación en piano majestuosa de uno de los apartes de la obra que están en mi repertorio.

Paolo no se atreve a pronunciar palabra, tan solo se queda como ensimismado sintiendo con incredulidad tener ante él, no solo a la mujer más hermosa que hubiese conocido en su vida, sino a la ya famosa Renata Longobardi. Sabía de su presentación y hasta había reservado un puesto en el teatro para verla.

“Umm”, rezonga Renata al ver la indecisión de Paolo y, con cierta molestia por su silencio, le increpa:

—¿Entonces, aceptas mi querido pianista la invitación a mi mesa?

—Claro, claro, que acepto, disculpa mis malos modales –dice Paolo tímidamente.

Más tarde, entrados en vinos y con la complicidad de las luces cálidas y tenues del salón, que crea una atmósfera íntima y acogedora, los dos artistas entablaron una agradable conversación. Podría decirse que la atracción fue mutua. Hacia la media noche, la mesa estaba llena de ocasionales amigos que los admiraban y los animaban a cantar y a interpretar canciones del folclor italiano. Y así, al son de tarantelas napolitanas, pizzicas y serenatas, fueron pasando las horas, hasta que el amanecer se unió a la fiesta.

Renata queda impresionada no solo por el talento de Paolo, sino también por su apariencia bohemia y su aire de intensidad artística. Su manera de tocar refleja una pasión profunda, que ella encuentra irresistible.

El encuentro entre Paolo Cantini y Renata Longobardi en el Café degli Artisti es un momento lleno de una conexión instantánea. Sus apariencias, personalidades y el ambiente acogedor del café crean el escenario perfecto para una atracción mutua a primera vista, marcando el comienzo de una colaboración y una relación que cambiaría sus vidas.

—¿Vives lejos de este lugar? –pregunta Renata con mirada apasionada a Paolo.

Sorprendido y honrado, Paolo responde, con una mezcla de emoción y nerviosismo, meneando afirmativamente la cabeza.

—Sabes, Paolo –le susurra la chica–. Tu técnica y sensibilidad me parecen únicas. Busco un acompañante para mis próximos ensayos en La Scala y creo que eres el pianista perfecto. Pero antes, quiero ir a tu casa. Llévame a tu cuarto y enséñame tu técnica perfecta y tu romántica interpretación.

*****

Capítulo 4En la Scala de Milán –música y represión–

El Teatro la Scala de Milán se mantenía como un epicentro de la cultura operística mundial, atrayendo a talentos de renombre. Un pianista como Paolo, inmerso en un ambiente de alta exigencia artística, colaborando regularmente con cantantes de ópera famosos y profesor consagrado, daría lo que fuera por tocar en ese majestuoso lugar. Este escenario ofrecía oportunidades únicas para trabajar con las mejores partituras y bajo la dirección de maestros de renombre. Sin embargo, la presión de rendir al más alto nivel era constante, y lo más difícil de manejar era que el repertorio estaba a menudo alineado con los gustos y las políticas culturales promovidos por el régimen fascista.

Los artistas y la élite cultural de Milán frecuentaban cafés, salones y otros espacios sociales donde se discutía el arte y la música. No obstante, estos encuentros también estaban sujetos a la vigilancia y la influencia del régimen fascista, que promovía un fuerte nacionalismo y controlaba rigurosamente la expresión cultural.

Políticamente, el fascismo promovía un estado totalitario donde la libertad individual estaba significativamente restringida.

Económicamente, Italia experimentó varias dificultades durante este período, incluyendo sanciones internacionales tras la invasión de Etiopía en 1935. Estas sanciones, junto con la participación en la Segunda Guerra Mundial, tuvieron un impacto significativo en la economía italiana, incluyendo la escasez de recursos y una creciente carga militar. Los músicos a menudo estaban sujetos a las demandas del régimen, que buscaba utilizar la cultura como una herramienta de propaganda.

Durante la década de 1930 y 1940, el Teatro la Scala de Milán acogió a algunos de los artistas líricos más destacados de la época. Entre ellos se encontraban: Beniamino Gigli –tenor muy popular en Italia y en todo el mundo–. Maria Caniglia –soprano que fue una de las figuras destacadas de La Scala–. Renata Tebaldi –soprano que comenzó su carrera hacia finales de los años 40–. Tito Schipa –un tenor ligero admirado por su técnica vocal y su estilo artístico–.

Durante el período fascista en Italia, los políticos más influyentes asistían con regularidad a La Scala, para mostrar no solo su amor a la cultura sino también para sentirse adulados y exhibir, con su actitud, las más ominosas muestras de poder. Entre los asistentes más asiduos se encontraba el Duce Benito Mussolini, líder indiscutible del régimen fascista, cuya influencia permeaba todos los aspectos de la vida italiana. También era frecuente la presencia de Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini y ministro de Asuntos Exteriores, figura clave en la política exterior italiana hasta su ejecución en 1944.

Para entonces, la opinión de los estudiantes sobre el fascismo era mixta. Algunos apoyaban al régimen, motivados por el nacionalismo y las promesas de renovación y orden. Aun así, hacia finales de los años 30 y durante la Segunda Guerra Mundial, el descontento entre los jóvenes crecía. Muchos estudiantes universitarios se mostraron críticos y algunos participaron activamente en movimientos de resistencia contra el fascismo. La universidad se convirtió en un espacio de debate político, especialmente a medida que las realidades de la guerra y las políticas del régimen se volvían cada vez más difíciles de sostener.

*****

Hacía un frío que calaba los huesos en esa mañana de enero, y Paolo a cada instante trataba de darse calor frotando sus manos, a pesar de llevar unos guantes de cuero que las protegían. Había quedado de encontrarse con Renata muy temprano en el pórtico de la entrada del teatro La Scala. Llevaba un buen rato congelándose, sin ver a la chica por ninguna parte.

—Paolo, ven, entra, que te estás congelando –le dijo Renata desde adentro del teatro, haciendo una señal al guarda para que le permitiera el acceso.

—Se me ha pasado el tiempo y, en un descanso, me he dado cuenta de que te pedí que vinieras hoy muy temprano.

—Soy una descortés, Paolo, discúlpame, pero estoy desde las cinco de la mañana calentando la voz, además, tratando de organizar minuto a minuto mi presentación, y se me ha pasado en tiempo.

Paolo estaba impresionado al ver la entrega de Renata. Parecía otra persona, su atuendo sencillo, carente de maquillaje le daba una belleza fresca que, por momentos, lo dejaba algo aturdido. Había visitado en muchas ocasiones al teatro más famoso de Milán y conocía a la perfección la sala principal, pero nunca antes había tenido la oportunidad de observarla vacía, ni tampoco había estado en los salones de ensayo.

De camino al salón de ensayo, le pide a Renata un momento para contemplar, sin público, la suntuosidad de la sala principal. La Scala es, sin duda, el lugar de mayor esplendor que Paolo haya visto en su corta vida; es el más fastuoso y hermoso. Se queda por unos minutos contemplando la majestuosidad de su arquitectura, como si estuviera descubriendo el mismo Edén.

La sala principal del teatro es imponente, con una capacidad para más de 2.000 espectadores. El edificio, inaugurado en 1778, presenta una arquitectura neoclásica y un interior decorado con lujosos detalles barrocos y rococó. Las paredes están adornadas, y el techo exhibe elaborados frescos. Grandes candelabros de cristal cuelgan desde el techo, iluminando el espacio con una luz tenue. Rodeando la sala, se disponen varias filas de palcos, cada uno decorado con cortinas de terciopelo rojo y dorado. Los palcos ofrecen una vista privilegiada del escenario y son un símbolo de la opulencia y la elegancia del teatro.

Renata lo deja contemplar el gran salón por unos momentos, guardando un respetuoso silencia, pero al momento lo toma de la mano y le susurra, suavemente:

—Ven, que los músicos esperan y estamos a punto de comenzar.

El área de ensayo es un salón más íntimo, diseñado específicamente para prácticas y sesiones privadas. A diferencia de la sala principal, es más funcional, pero igualmente encantador. Las paredes revestidas con paneles de madera oscura, mejoran la acústica, y grandes ventanas permiten la entrada de luz natural anunciando el comienzo del día.

El suelo es de madera pulida, ideal para la resonancia de los instrumentos y la comodidad de los músicos. En algunas áreas, hay alfombras persas que añaden un toque de elegancia y calidez. Paolo repasa rápidamente el lugar con la mirada y de inmediato se percata de un gran piano de cola y de varios atriles para partituras, sillas cómodas dispuestas en semicírculo alrededor del director de orquesta. También hay instrumentos adicionales como violines, violonchelos, flautas, oboes, y trompas, listos para los músicos de la orquesta. Un grupo de músicos ya está presente, afinando sus instrumentos y revisando sus partituras. Hay una atmósfera de concentración y camaradería, mientras los músicos intercambian comentarios y ajustan detalles técnicos.

Renata lleva con delicadeza a Paolo de la mano hasta el centro del salón. Está radiante y entusiasta, ansiosa por presentarlo a sus colegas. El chico aunque un poco nervioso, se siente inspirado por el entorno y la oportunidad de ensayar en un lugar tan prestigioso.

El director de orquesta saluda a Paolo y le pide que se siente al lado del pianista. El joven entiende que es un espectador, pero eso no lo desilusiona, sabe que su momento llegará en cuanto las circunstancias y el director lo permitan.

Los músicos toman sus posiciones, y Renata se coloca cerca del piano. Aprovecha la cercanía para regalarle a Paolo una sutil y coqueta sonrisa que no pasa desapercibida para el director ni para el resto de la orquesta, así que éste solo levanta los hombros en señal de resignación.

Con una señal del director, el ensayo comienza. La música llena el salón, resonando con una claridad y belleza que solo un lugar como La Scala puede ofrecer. El piano inicia con una mezcla de precisión y pasión, mientras Renata canta con una voz que envuelve y emociona a todos los presentes. Los músicos se comunican a través de gestos y miradas, siguiendo las indicaciones del director. La colaboración es fluida, con cada intérprete atento a las necesidades de los demás. Durante el ensayo, el director interrumpe ocasionalmente para hacer correcciones y ajustes. La atmósfera es intensa, pero positiva. Hay una sensación de dedicación y pasión compartida por la música. La química entre Renata y Paolo es evidente. Este sigue la partitura que alcanza a ver desde su posición, moviendo sus dedos y el cuerpo con concentración y delicadeza, como si estuviera interpretando la partitura.

Al finalizar el ensayo, el director le dice en son de broma:

—Paolo, tu interpretación fue magnífica. Inspiró a Renata a dar lo mejor de ella. –Paolo apenas enrojece y se disculpa.

—Le pido disculpas, pero es que soy pianista y no resistí la tentación de creer que era mi interpretación, así que, de nuevo me disculpo con el pianista, el señor director y con todos ustedes, incluida Renata. Les aseguro que no volverá a suceder.

El director, un hombre entrado en los cincuenta, de elegante porte y pelo ensortijado, sonríe de nuevo y le dice amablemente:

—Soy también pianista y te aseguro haría lo mismo. Nuestra querida Renata nos ha hablado de tu virtuosidad y de tu técnica en la interpretación, y por eso te ubiqué al lado de Doménico.

El pianista, al oír su nombre, aprovecha para hacer un gesto de aplauso.

—Renata, –agrega el director– me ha pedido que, como regalo de cumpleaños, le conceda la posibilidad de que la acompañes en la interpretación de una pieza que, por lo general, la artista principal regala al público como cierre y agradecimiento por su asistencia. Así que hoy conocerás la obra que con Renata hemos elegido y que interpretará como el regalo al público. Serás el acompañante al piano de Renata. Serán solo tú, ella y yo, por supuesto, quien los dirijía.

—Para esta interpretación, hemos seleccionado –añade el director abriendo en señal de expectativa sus enormes ojos– Quattro Canzoni d’Amaranta de Paolo Tosti. Esta obra es una serie de cuatro canciones que son perfectas para mostrar tanto la destreza vocal de la soprano como la habilidad técnica y expresiva del pianista.

*****

Después de una delirante actuación principal en La Scala de Milán, Renata Lomgobardi, la aclamada soprano, se prepara para regalar una interpretación adicional al público, acompañada por Paolo Cantini en el piano. La atmósfera en el teatro es vibrante; el público, de pie, aplaude y aclama sin cesar, ansioso por escuchar más. Las luces del escenario se atenúan ligeramente, dejando un foco cálido sobre el piano de cola Steinway & Sons y el lugar donde Renata se ubicará para cantar. La luz dorada crea un ambiente acogedor, perfecto para una interpretación más personal y emotiva. El público en La Scala está en un estado de silenciosa exaltación, la ovación se desvanece gradualmente, dejando un silencio expectante mientras todos se preparan para el siguiente número.

Renata entra con garbo. Ha cambiado su traje y esta vez lleva un elegante vestido de gala que brilla suavemente bajo las luces del escenario. Su porte es imponente y su presencia llena el espacio con una mezcla de autoridad y gracia. En sus ojos se puede ver la conexión emocional con el público, y su sonrisa refleja tanto gratitud como entusiasmo por la interpretación que está a punto de ofrecer.