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Una colección de cuentos que oscila entre el costumbrismo y el futurismo, entre lo rural y lo fantástico. Por ella desfilan animales domésticos, robots, móviles, callejones, personajes perdidos que buscan redención, rencores viejos que se cuecen a fuego lento..., una pizca de vida condensada en pocas páginas, siempre desde un punto de vista femenino, de mujeres fuertes, profundas y reales.
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Seitenzahl: 100
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Fabiola Maqueda Abreu
Prólogo ISABEL FRESCO OTERO
Saga
Ensamblaje
Copyright ©2019, 2023 Fabiola Maqueda Abreu and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728392478
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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www.sagaegmont.com
Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.
Mientras tomábamos unos vinos en una terraza, bajo el quieto sol de marzo, esbozó un dibujo a ciegas en una servilleta de papel: era una manera de romper el hielo, de iniciar una amistad que se prolongaría durante años más allá de los horarios y las obligaciones. En aquella ocasión hablamos de su vida, de su trabajo como redactora en una agencia de prensa, de su paso por Tele5 cuando la cadena comenzaba su andadura, de la fundación de una revista enológica, de amores, de viajes, del tarot y otras mancias, y de cómo había ido renunciando hasta cierto punto a una forma de vida profusa y diversa para refugiarse en las trincheras de la Enseñanza Secundaria, carrera de fondo en la que rara vez se cosechan éxitos visibles, y que Fabiola ejercía con generosidad, aunque afirmase no sin cierta ironía autoexigente, trazar “un camino transversal sin dejar demasiadas señales de su paso por las aulas”.
Comimos en ‘O Pazo’, donde me mostró lo bien que se cocina en gallego en el castizo barrio de Lavapiés, ese “valle de lágrimas” que tan lúcidamente retrata en “Sirenas”, convertido en “cúpula del ajo y el curry” en una “fusión sin arreglos”, al que “llegaron gentes del valle de Qingtian que no venden botones de nácar sino costureros de todo a un euro”, pero donde
“Hubo alguna vez un vecindario que contaba historias familiares remontadas, heráldica de comerciantes sin hidalguía: churreros y bodegueros, buzos de alcantarillado, trabajadores sin título...”
A menudo hablábamos sobre asuntos cotidianos, sobre problemas de los alumnos, o de literatura, y es así como descubrí que la escritura era la secreta pasión de Fabiola Maqueda, una dedicación cultivada con entusiasmo a lo largo del tiempo, plasmada en numerosos artículos, dos novelas y una obra teatral todavía inéditas, y en su brillante tesis doctoral Un siglo de novela en femenino (1850-1950): “lo público en la sala de estar, lo privado en el kiosco” (Ed. Universitas, 2014). Fue buena conocedora del ambiente intelectual y creativo de Madrid desde la década de los ochenta, y creo que solo ciertas circunstancias biográficas pueden dar razón de la limitada repercusión de su trabajo.
Ahora nos deja Ensamblaje, un libro habitado casi enteramente por mujeres, en el que se entrecruzan “pasiones e incertidumbres de varios ancestros”, en una amalgama de ilusiones: “Mari Carmen soñaba que Bruce Lee o Mel Gibson la raptarían”; soledades: “María suspira por su hombre aun teniéndolo junto a sí”; decepciones: “Magdalena arrepentida de un solo amor que se hizo hiel en juegos privados con otra luna”, y entremedias el amor como un juego de seducción: “Con un solo ojo, divisó al fondo de un bar la silueta del hombre sin camisa. Por una vez se permitió el fetiche y lo señaló con voz posesiva”, el sexo sin más: “Un pacto seminal, que no quiere frutos postreros, carece de letra pequeña”, aunque “No hay sexo que restañe las heridas de la piel grabadas en la memoria salvo la tríada del llanto, el olvido y el reconocimiento.”
Y es que hay muchas mujeres en la obra de Maqueda, como madres paridoras, mujeres cansadas y doloridas: “Ahora se queja de que le duelen [las caderas] tras el ajetreo diario y debe dormir abrazándose y darse calor”; las hay frustradas por el matrimonio, saludadoras, videntes, centauresas, niñas y supervivientes que nos hablan desde la intimidad del pensamiento y del deseo femenino, donde también habita la maldad, como en “Mi tía Lorenza”, que bien podría pasar por una digna pariente de Bernarda Alba:
“A pesar de haber cumplido los treinta, nunca llegué a saber lo que sintieron mis hermanas ante aquel monstruo de bondad que nos sometía a revista, desde la nuca hasta los tacones, examinando puntillosamente nuestro aspecto, y que anotaba la talla que íbamos ganando con el decurso de la edad en un cuaderno de cuero abrochado con las alas de un pájaro marino voraz, carroñero”.
Resultaría un tema tópico si no fuera por el enfoque de la autora, que pone su voz en las entrañas de la mujer: “¿Cómo puedes reprocharte tu tragedia? Quedar sin padre y sin tu hombre”, y lo hace sin estridencias ni reclamaciones, sino señalando el lugar de la herida, del dolor, del miedo e incluso de la muerte.
Ensamblaje es, por otra parte, un puzle urbano, un mosaico de costumbres muy actual donde conviven gentes de diversa condición:
“los domingos al mediodía duermen los vendedores en sus furgonetas y callan las sirenas de la policía para que Dununba, Sangban y Kenkeni desfilen dunduneando a compás”,
en un paisaje entretejido de calles y bares que en cierto modo describen un itinerario personal: “una pasión ajena que me despertaba de una velada nocturna, indolente, en los bares de Chamberí”, donde no faltan las flores, la magia y la adivinación, un particular universo de animales domésticos, los robots, los móviles, la pasma y todo lo demás.
En Ensamblaje la autora revive, en cierto modo, el rico lenguaje de sus orígenes granadinos, a un tiempo elegante y desenfadado, ofreciéndonos estos fragmentos de unas vidas que confluyen obligadas en este “Lavapiés sin gobierno, el Bronx de los Populares”, como en una redibujada comedia humana.
Fabiola Maqueda Abreu falleció el 09 de octubre de 2018 en un fatídico accidente de tráfico ocurrido en la carretera Granada-Madrid.
Madrid, 30 de marzo de 2019
Isabel Fresco Otero
Fíjate en esas caderas que han removido la tierra para plantar su selva.
Que aletean cuando se yergue sobre sus pies para alimentar pájaros, abiertas como en un abrazo de alumbramiento.
Nace una criatura delicada en su vuelo, un varón que entra y sale de su útero mientras sondea otras caderas en las que complacerse.
Pero no creas, sus movimientos no han sido ondulantes para quienes las anhelaban, ni se ciñen a perfiles que dibujan machos en el aire. Ella camina a grandes zancadas ocultando lo predecible.
Sus caderas se atrasan calculadamente por si debieran memorizar para otro encuentro, más adelante.
Esa arquitectura de subcontinente latino tiene otros entrantes: pliegues de la vida en tenues membranas, anillos concéntricos inversos como en carne de árboles arraigados que se proveen de su propia savia.
Pero la sequía no cesa.
Ahora se queja de que le duelen los huesos tras el ajetreo diario y debe dormir abrazándose y darse calor. Sigue rodeando el mundo sobre su ara de sacrificios.
Unos pies diminutos las sustentan.
En su anguloso perfil, ojos de judía errante ponen miel en las celdas del estanque, los sauces umbríos de sus caderas abanican la pecera.
No quiere bailar —dice que no tiene ritmo—.
Un buen día se lanzó a la pista de cristal de una discoteca creyéndose a salvo de maledicencias pero otra la miraba con desdén acusador.
Fue señal suficiente para que dejara de cimbrearse.
Ha impuesto una condición al mundo: no heredaré vuestra madeja, seré rueca que tejerá mis cabellos ensortijados.
Eva o Lilith, ¿para cuándo hija y hermana?
Aposento, sentido, pertenencia, dispersión, dormancia, mitosis. Como en un vals oceánico se mueve su escritura.
Ama la vida porque aún hay mucho que deshacer en su curso. El presente continuo es un lema de tinta roja sobre las cuadrículas de barro de su Molino.
¡Cuánta firmeza con tan poco recorrido!
Un saber atragantado por el que se esfuma la silueta de la foto de su hija en la memoria ¿lejana?
Hijo y padre en un tiempo milimetrado, esposo o amante discontinuo, un sueño de adulto extraviado.
En la percha el traje de luces para saltar a un ruedo que se esfumó como todo espejismo.
En suma, una sola tarde de gloria.
Pero no acaba de perdonar a aquella bestia disfrazada de hembra paridora.
Renuncia a su juventud para seguir siendo aprendiz de sabio.
Busca la aureola entre sus rizos mientras sus venas se dilatan en el túnel de una barra, entre barriles de cerveza.
Se aventura tanteando apuestas con sus clientes.
Con suerte, algunos días regresa la navidad de Oliver contra Scrooge, o discute con los demonios de Fíodor, emborracha a los Karamazov.
Cuando concluya la faena podrá unirse al clamor de Los Miserables.
Sus sueños viajan dentro de una botella, en un billete anticipado en otoño hacia el mar de Sitges: el festival de cine de terror es cita inexcusable, su salida por la puerta grande.
¿Quién será el genio trilero que oculte esta carta de navegación?
En salas de cine tapizadas de carmín, como útero gastado, renace el deseo de conquista de otro drama inventado, se eriza como su gato, ¿quizás deberías tomar prestadas sus gafas de aumento para salir a la luz sin quemarte?
Sus ojos de un verde sereno no quieren mirar otra tribu.
Se exiliaron todos menos los transeúntes del bar, su familia de cómicos, público cautivo que le ofrece dosis de terror cotidiano mientras apagan hambre y sed en su barra.
El coro se asegura el cáliz inagotable de cháchara en todos los idiomas, de martes a domingo.
Sólo algunos sabemos que al otro lado de la barra es el joven de luto que pasea por el espectáculo de la vida.
Vino puntualmente a mí sin edad, vestido de ropajes livianos:
Una camisa traslúcida que excitó en mí sus encantos, suave aroma campestre en la solapa.
He paladeado cada sorbo con mi lengua ávida.
Un nuevo encuentro de púrpura al atardecer.
Tragué su cáliz demorándome en su cuerpo hasta la lágrima.
Ha sonado el despertador temprano y contemplas el revoltijo de ropa que no te vas a poner.
El baño ocupado, la casa poblada de seres ya despiertos, no te dejas amilanar por el incesante trasiego de hermanos.
¡Hacedme sitio de una vez, no llego a tiempo!
Olvidaste que esa plegaria se hizo cuento de tapas duras en odiosas siestas de la infancia de las maravillas.
Nuevamente consigues hacerte un Hueco, aunque no vas a recoger, ordenar, vaciar ni rellenar el vacío de otros.
El enfado se ha quedado brevemente en tu ceño, pero te animas con la compañía de Helena, recogidita, de porcelana, invencible...
Alicia cruza pasiones e incertidumbres de varios ancestros.
No soportas la sintaxis con su retahíla de complementos verbales.
Acumulando los impronunciados, cuidadosamente los apilas sobre las hojas más húmedas de tu Hueco insípido, amoroso, injusto, delicioso, débil, ¿altiplano? Y qué si es sustantivo.
¡Soy la reina de corazones!, decidiré un futuro sin concordancia, sustituiré adjetivos por números.
Que la crean diferente: ni ecuánime ni obediente a los varones de la tribu.
Que carece de vocación confirmada, bueno, pero puede soñar un lugar a su medida.
Que la consideran huidiza y tenaz, pues se elevará a potencias infinitas. Alicia se entregó al Amante para redimirse por desentonar o para que corrigiera la deficiente puntuación de su historia.
Por fin un aventurero al que enseñar los tesoros ocultos: sus poemas visuales.
Una ventana a un mundo atropellado en el que el amor enfermaría.
Retiró las hojas secas que guarecían los adjetivos de primera hornada, puso otros turgentes y sabrosos para abrir página: azul para surcarlo ¿Hacia dónde esta vez?
No encontraba en su mapa giratorio la superficie de cristal del océano de los conquistadores.
