Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La dulce y hermosa Sarah, es protegida como un diamante en bruto siendo criada en un ambiente acomodado. Tras su desengaño amoroso dado en sus vacaciones en el Puerto de Santa María (Cádiz), el destino pone en su camino a Jonás, un hombre que le devuelve la confianza y le enseña a volver a amar. Su relación con Jonás se ve afectada por sus padres, al enterarse que es joven proviene de una familia humilde, el amor entre ellos es más fuerte que todo lo demás. Un buen día, reaparece en la vida de Sarah su primer amor, Sergio. Quien pondrá las cosas muy difíciles entre la joven pareja. Sarah luchará contra sí misma para no echar a perder su vida. Una novela negra inspirada en una historia cotidiana de amor donde no hay príncipes ni princesas sino celos, traición y adulterio. No hay finales felices; solo amor y desamor a partes por igual, como la vida misma. Una obra que apunta al lado morboso que todos tenemos con un estilo desgarrador que conmueve.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 319
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
A mi abuelo (23 de febrero 1926 - 09 de octubre 2007) - Quizá el dolor que sentí cuando te fuiste tenga una explicación sencilla: es el precio que pagué por quererte demasiado. Aprendí a no verte, no escucharte ni abrazarte y aunque tu ausencia no pueda paliarse con nada estás en mí, eres en mí y cada sonrisa mía será un reflejo de la tuya. Gracias por tanto.
A treinta y cuatro kilómetros de la capital de Donostia, en un bonito pueblo llamado Zumaya, en una de las tantas viviendas del lugar, vivía una familia de bien, acostumbrada a los lujos y a la buena vida, se trataba de la familia Arizmendi. Fabián y Maribel estaban felizmente casados, fruto de su amor nacieron dos hermosas niñas de pelo rubio y ojos verdes como esmeraldas, Sarah y Sofía. Dichas criaturas llenaron el hogar de alegría, pero con el paso de los años todo se fue deteriorando hasta dar paso a una familia totalmente inestable. La pequeña de las hermanas, Sofía, gozaba de una posición más acomodada que Sarah. A sus doce años, tenía el más absoluto control sobre sus progenitores para poder hacer aquello que ella más quisiese.
Al contrario, le ocurría a Sarah, a pesar de tener quince años y ser la mayor de ambas hermanas, no disponía de esa libertad de acciones, ni de decisiones, ella creía deberle sumisión a su progenitora, por ello se convirtió en una joven responsable, la cual se volvió totalmente autónoma desde bien pequeña y al contrario que su hermana, no daba señas de actos de rebeldía. Para Sarah, los momentos con su madre significaban estar a merced de esta última, ella nunca había cuestionado los actos o decisiones de su madre, realmente la idolatraba, pero últimamente no estaba muy de acuerdo con ella respecto a ciertos asuntos que implicaban a toda la familia, como era el hecho de cambiar de residencia. En cuanto a su padre, Fabián, era funcionario, ganaba un buen sueldo, pero a pesar de ello no era muy dado a gastar un euro con los suyos, prefería gastarlo a su manera en compañía de sus amigos con los cuales compartía la mayor parte del tiempo, ¿Él al cuidado de sus hijas? Aquella era tarea de su esposa, pero Maribel no estaba dispuesta a centrar toda y exclusiva atención a sus hijas, con lo que Sarah con tan solo ocho años era la que se encargaba de velar por su hermana pequeña cuando su madre estaba tan ocupada yendo a la peluquería o saliendo con su amiga a tomar un café. A pesar de todo, a Maribel le correspondía dar con la educación de sus hijas como así del cuidado de su esposo, siempre alerta a lo él pudiera necesitar para brindárselo al instante. Era viernes por la tarde, Maribel había quedado como de costumbre con su buena amiga Ainhoa Iturralde, con lo que, para no dejar solas a sus dos hijas en casa, decidió llevarlas consigo. Sofía era demasiado joven como para lucirse por el pueblo un viernes por la tarde, prefería estar con sus amigos jugando a esos juegos tan bruscos que tanto le gustaban. A opinión de Maribel, esos juegos no eran apropiados para una joven como ella, de hecho, cuando ésta hacía caso omiso a las réplicas de su madre, ésta última la llamaba Sofío, ésta se encorajaba mucho ya que alegaba ser vergonzoso para ella.
La cafetería Labarra Taberna se encontraba en la plaza Ondartxo, a pocos metros de la playa Itzurun, una playa baja y dunal con áreas de marismas, situada a las espaldas del pueblo, era un lugar realmente hermoso. El pueblo situado a orillas del mar y de la bahía está ubicado en uno de los tramos más bellos del litoral guipuzcoano. Rodeado de verdes montañas que descienden hasta el mar en forma de abruptos acantilados. Al fondo de la concurrida cafetería, Maribel divisó a Ainhoa y la saludó con la mano. Ainhoa tenía una hija, Yaiza, que era de la misma edad que Sarah, una buena muchacha que algún día llegaría lejos y que tal y como había decidido su madre, Yaiza le convenía a su hija mayor ya que alegaba ser una buena compañía. Sarah y Sofía se dejaron arrastrar obedientes por su madre entre el gentío de la cafetería. A decir verdad y a opinión de muchos, Sarah era una joven a la cual se podía definir como hermosa. Tenía las piernas bien hechas, la piel blanca como la nieve y suave cual melocotón, sus ojos tenían forma almendrada cuyo color y brillo recordaba a las esmeraldas y su larga melena rubia caía por su espalada como una cascada de aguas doradas.
Besó rápidamente a Ainhoa y también a su hija, Yaiza no se molestó en alzar la vista, estaba concentrada en un libro mientras bebía su refresco con una pajita. Maribel dio un codazo a su hija.
Yaiza, ayúdame a traer las bebidas para nuestras madres – dijo Sarah con cierta desgana – ¿Qué libro estás leyendo? – preguntó mientras conseguía apartarla a regañadientes de su libro, Sarah deseó poder confesarle la verdad, sin embargo, permaneció en silencio junto a la joven que su madre había escogido para ella como posible compañía.
Yaiza frunció el cejo mientras echaba un vistazo por encima de su hombro en dirección a la mesa donde descansaba su libro - ¡Qué pereza! ¿Cómo se puede hablar con alguien sobre un libro cuando solo los utilizas para rellenar la mochila?
Eso ha sido un poco cruel ¿no crees? – masculló Sarah con ímpetu – que no comparta tus aficiones no te da derecho a juzgarme y mucho menos a humillarme – dicho esto cogió el café de su madre y se dirigió hacia la mesa para acompañar a su hermana dejando sola a Yaiza en la barra.
Maribel se quedó atónita ante la descortesía de su hija mayor, pero ese sería un tema que tratar con ella en casa. A Sarah le traía sin cuidado lo que su madre pudiera recriminarle con posterioridad porque ella tenía muy claro que no iba a permitir que nadie la humillara por el mero hecho de no agradarle los estudios, ella era conocedora de lo que valía, sabía que era muy hermosa y conocía la manera de sacar todo el partido a dicha belleza. Sarah era comparada constantemente con las rosas.
Eres muy hermosa, pero a su vez tienes ese instinto de autoprotección como así las rosas tienen espinas en sus tallos – le decía a menudo su padre.
Maribel temía que llegara el día en que se agotaran las reservas de la despensa, ya que su marido le daba el dinero a cuentagotas, siempre tenía que estar tras él para pedirle hasta para una triste barra de pan, dando explicaciones de para que quisiera el dinero. Era una mujer atractiva, le gustaba vestir con elegancia, pero rara vez podía hacerlo como le gustaba ya que no disponía de la economía libremente para renovar su fondo de armario. A pesar de ello, nunca perdía la sonrisa y se comportaba con toda la elegancia que era capaz de expresar – Mientras no nos falte el alimento, no tendremos de que preocuparnos – decía ella sin falta cada día mientras se disponía a salir al mercado en compañía de su hija mayor. Nunca reparaba si su primogénita soltaba algún suspiro o lanzaba una mirada de súplica a su madre. Le ayudaba en todo lo que se le pedía, en la cocina, con las labores del hogar incluso salía al mercado en lugar de su madre, iba doscientas veces si ésta así se lo pedía. De camino hablaban. En realidad, la que hablaba era Maribel, Sarah fantaseaba con una vida distinta fuera de la realidad.
La cocina era el rincón donde madre e hija pasaban mucho tiempo, ya que Maribel quería que su hija mayor fuera una mujer de provecho para que en un futuro pudiera hacer frente a su propio hogar. Una mesa de pino, cubierta con un mantel de plástico muy llamativo ocupaba casi por completo aquel espacio, las ventanas miraban al patio comunitario donde varios vecinos solían colocar plantas de todos los tamaños. Aquella era la parte de la casa donde menos le agradaba estar a Sarah, ella prefería la exclusividad e intimidad de su habitación, dispuesta con una cama nido cubierta por una colcha en tonos crema y rosa palo, frente a la cama se hallaba un espejo que cubría una buena parte de la pared, dicho espejo estaba provisto de un marco de mimbre realizado a mano, también había un escritorio donde ella colocaba sus pertenencias y utilizaba para estudiar. El armario era grande, de madera natural, dotado de tres puertas y un par de cajones, las cortinas a juego de la colcha daban un toque sofisticado a aquella habitación.
Las habitaciones solo servían para dormir en ellas. Durante el día, la vida familiar giraba en torno a la cocina donde comenzaba el día con el desayuno. Sarah se encargaba de calentar la leche, colocar un par de cucharadas de cacao en cada taza para ella y su hermana mientras su madre se encargaba de preparar el café, tostar las rebanadas de pan de molde para posteriormente untarlas con mantequilla y mermelada de fresa. – Voy a echar de menos esto – le estaba diciendo en ese momento mientras arrimaba la cafetera al fuego – este pueblo me ha dado muchas alegrías, he sido muy feliz aquí, Sarah. Pero nuestra nueva casa será también muy confortable y seremos felices.
Las palabras de su madre la devolvieron de golpe a la realidad – ¿Marcharnos, mamá? Pensaba que la mudanza era una propuesta.
¡Hija mía! – Maribel dejó las tazas encima de la mesa y tras volverse hacia su hija le dijo – esa mudanza es un hecho. Madrid es una ciudad muy bonita, distinto a lo que ya conoces, pero aun así te gustará, harás nuevas amistades y comenzarás una nueva vida.
Pero mamá…yo no quiero hacer nuevas amistades, me gustan las que tengo aquí – las manos temblorosas de Sarah echaron el contenido del perol a las tazas sin alzar la vista para no encontrarse con la mirada de su madre.
No tienes porqué perder tus amistades de aquí. Estoy convencida que Yaiza estará encantada de venir a visitarnos, es una buena chica. Nadie dice que perdáis el contacto, tomaos un tiempo y verás como la echas de menos ¿Sabes una cosa? Creo que debería hacer alguna tostada más, detesto que se levante tu padre y no lleguen.
Tras lanzar una mirada de desesperación hacia su madre, Sarah echó una cucharada de azúcar a su cacao, revolvió con esmero y cogió una tostada. Cuando empezó a cortarla, Sofía abrió la puerta de la cocina con cara de sueño. Tenía el pelo alborotado y la piel cubierta de sudor haciendo que su pijama se le pegara al cuerpo – Qué calor hace hoy – dijo seguido de un bostezo – Mamá ¿podemos ir de camping este fin de semana?
Cada verano, el hermano de Fabián, Leandro, preparaba su caravana para dirigirse al corazón del Geoparque de la costa vasca, al camping Itxaspe, en Deba. La mayoría de los calurosos días de julio y agosto él y su familia se daban prisa en preparar todo lo necesario el viernes por la tarde y pasaban el fin de semana relajándose en un entorno con magníficas vistas al mar y a los acantilados de la costa. A Maribel no le pareció mala idea, se dispuso a tomar el café que se había preparado e inmediatamente después fue a informar a su esposo de la posibilidad de ir con su cuñado.
Una última escapada para disfrutar con la familia – añadió entusiasmado Fabián mientras se incorporaba de la cama y acostumbraba sus ojos a la luz del día.
Así pues, después de comer, Maribel y su familia prepararon todo lo necesario para irse al campo para disfrutar del fin de semana tan caluroso que se les presentaba – Sofía vete preparando tus cosas mientras tu hermana y yo terminamos de preparar lo necesario – Maribel ya estaba como loca porque el tiempo se les echaba encima y tenían que salir lo antes posible para aprovechar al máximo el tiempo.
Una mirada triunfal relució brevemente en los ojos de Sofía. Normalmente no conseguía salirse con la suya con tanta rapidez, pero su madre estaba dispuesta a disfrutar todo momento en aquel ambiente que pronto dejarían atrás. Iba a ser un fin de semana lleno de paz, un gran plato de la deliciosa paella con marisco que su cuñado preparaba para comer ¿y por qué no? Una pequeña siesta bajo la sombra de los árboles. A diferencia de su familia, Sarah detestaba los campings, con lo que llena de valor le comentó a su madre – Mamá, no me tengo muchas ganas de ir, si no te importa preferiría quedarme en casa y así puedo adelantar con el embalaje para la mudanza.
A Maribel la entristeció que su hija no quisiera ir con ellos, pero la idea de ir adelantando el trabajo de embalaje no le pareció tan mala idea – Está bien, cuando puedas embala las figuras de la sala de estar y las cosas de tu habitación dejando únicamente lo necesario – le comenzó a decir – eso sí, no quiero que salgas ¿de acuerdo? Si te quedas no es para que salgas con tus amigas ni para fiestas ni nada por el estilo – añadió severamente. Poco después Sarah despedía a su familia desde la ventana de la sala de estar que daba hacia el aparcamiento, una vez vio como su familia se alejaba se dirigió hacia el teléfono – Hola Ivana, soy Sarah.
¿Cómo estás amiga? – respondió la voz desde el otro lado del teléfono – dime ¿Qué pasa?
Nada, simplemente quería saber que planes tenéis para este fin de semana.
A eso de las cinco hemos quedado en TXOKO OKINDEGIA y tras dar una vuelta por el pueblo iremos al Pub ILARGI ¿Te apuntas? – prosiguió.
Estupendo, a eso de las cuatro y media me paso por tu casa, ah otra cosa… quiero que sepas que esta tarde me gustaría recompensaros por la fiesta fallida en mi casa…
No te preocupes más por eso Sarah – mintió Ivana – ya aviso yo a las chicas que vienes con nosotras ¿de acuerdo?
Está bien, luego nos vemos. Sarah colgó el auricular y mirando el reloj comprobó que a pesar de ser temprano aún como para empezar a preocuparse por el tiempo, debía ponerse cuanto antes con la tarea encomendada. Se dirigió a la terraza situada en la habitación que había ocupado su tío durante años pero que se hallaba vacía desde hacía tres meses. Cogió unas cuantas cajas destinadas al embalaje de sus pertenencias, las colocó en el suelo junto a la vitrina de la sala de estar, se encaminó hacia el equipo de música y tras elegir el artista que se le antojaba escuchar regresó junto a las cajas y comenzó su labor.
Las figuritas eran envueltas en papel de periódico y colocadas cuidadosamente en el fondo de las cajas, una vez estuvieron llenas, procedía a cerrarlas y sellarlas con cinta de embalaje, con un rotulador negro escribía en la parte superior de la caja <frágil, sala de estar>. Cuando terminó de embalar todo lo que previsto miró la hora, eran cerca de las tres y media de la tarde y comprobó sin mucha sorpresa que estaba muerta de hambre. Se acercó a la nevera y observó lo que había en el interior, deliberó para sus adentros que iba a prepararse, fue entonces cuando divisó los ingredientes que necesitaba: un cartón de huevos, un bote de tomate triturado y una bandeja de carne picada. Decidió prepararse un plato de espaguetis boloñesa. Cuando la comida estuvo lista colocó el plato sobre la mesa, se sentó frente a él para degustar una comida fácil y rápida de preparar además de deliciosa. Mientras degustaba el plato, se sumió en sus pensamientos, le atormentaba la idea de la mudanza, no sabía a qué clase de personas iba a conocer y le preocupaba no ser feliz en aquella nueva gran ciudad. Fue el timbre del telefonillo quien la devolvió al presente, se levantó con suma pereza y se dirigió hacia el pasillo - ¿Si, quien llama? – preguntó-
Sarah, soy yo ¿puedo subir?
Si claro, te abro – exclamó ella un tanto confusa.
Al cabo de escasos momentos el timbre de la puerta sonó y Sarah procedió a abrir la puerta encontrándose frente a una Ivana totalmente irreconocible - ¡Menudo cambio! Estás fantástica – alabó a su amiga.
¿Verdad que sí? – respondió Ivana muy coqueta al tiempo que daba una vuelta sobre sí misma para que su amiga la viera por los cuatro costados – Y tu… ¿se puede saber qué haces así todavía? ¡Venga! Vete a vestirte – se apresuró a decir.
De acuerdo, no tardo nada – dijo Sarah mientras se dirigía medio corriendo al cuarto de baño para darse una ducha rápida-
Al cabo de un rato, Sarah se presentaba radiante ante su amiga, ambas salieron por la puerta con amplias sonrisas reflejadas en sus rostros y se encaminaron hacia la diversión. Sin duda sería un día de mucha diversión para Ivana y el resto de las chicas, pero no para Sarah, que ajena a todo, no se imaginaba que sus tan preciadas amigas le habían preparado una encerrona para divertirse a su costa.
Las nueve de la noche marcaban en el reloj de Sarah cuando se percató que su madre y su tía se hallaban en la entrada del Pub hablando con el chico de seguridad, justo en el momento en que ella clavó los ojos en su madre, ésta sintiendo el peso de la mirada de su hija le devolvió la mirada y con paso decidido y apresurado se acercó a ella, una vez la tuvo enfrente le propinó una bofetada. Sarah sentía que le ardía la cara y con lágrimas en los ojos salió corriendo del local dejando atrás a sus amigas que se reían a carcajadas y a su madre con cara apenada.
Regresó a casa sin darse demasiada prisa, cuando se encontró frente a la puerta de su casa, dudó por unos instantes en entrar ya que dudaba si su madre se encontraba en ella, en ese momento prefería evitar cualquier encuentro entre ambas. Tras deliberarlo un buen rato por fin abrió la puerta, se encaminó por el pasillo hasta llegar a la sala de estar encontrándose con dos caras sonrientes – Ni te imaginas el día que hemos pasado – comenzó su hermana – el agua estaba estupenda.
La verdad que se estaba de maravilla, pero nos hemos tenido que volver porque tu madre ha recibido una llamada y acto seguido ella y tu tía se vinieron para aquí, nosotros nos quedamos recogiendo todo – explicó un tanto decepcionado Fabián.
Bueno querido, tampoco es para tanto, ya habrá más ocasiones para volver – añadió Maribel – a fin de cuentas, tampoco se ha echado a perder el día ¿no?
No, pero nos ha sabido a poco. Por cierto ¿Qué era eso tan urgente que tenías que resolver?
Nada de vital importancia – aclaró Maribel encogiéndose de hombros al tiempo que se dirigía a la cocina al notar el olor de la cena haciendo un gesto a Sarah para que la acompañara - ¿Qué tal te encuentras? – preguntó.
Ya estoy mejor – con cierta sorpresa Sarah se dio cuenta de la faceta de su madre – antes de poner la mesa me gustaría preguntarte algo – prosiguió rápidamente - ¿Por qué no le has contado nada a papá?
Maribel miró a su hija, no sabía que responderle así que se limitó a decir – No lo he considerado necesario – respondió frunciendo el entrecejo.
Pasaron los días y todo seguía igual en casa de los Arizmendi, continuaban con los embalajes dejando expresamente lo necesario para los últimos días en la vivienda. Maribel estaba al borde de un ataque de nervios, no veía el día de comenzar en un nuevo lugar, donde podría cambiar por completo el rumbo de su vida – Voy a trabajar – se dijo mientras terminaba de rebozar unas tazas en papel de periódico – ya estoy cansada de recibir el dinero a cuentagotas, quiero libertad económica.
Llegó el gran día de su partida a una nueva ciudad, la familia Arizmendi revisaba cada rincón de su hogar en busca de algún objeto olvidado, todas las maletas estaban dispuestas en el maletero del monovolumen negro metalizado de Fabián, los muebles y las cajas con todos sus enseres estaban acomodados en el camión de la mudanza que aguardaba la salida de la familia para comenzar con el trayecto. El viaje resultó ser agobiante, llevaban las ventanillas bajadas, el viento azotaba el rostro blanquecino de Sarah que sentía como se le entrecortaba la respiración por la presión del aire. Al cabo de un rato se recostó sobre su asiento y se dejó invadir por sus pensamientos y con ellos se quedó dormida. Despertó con los gritos de su hermana, se irguió sobre su asiento, frotó sus ojos para desperezarse y acostumbrarlos a la claridad del día, cuando se dio cuenta que estaban llegando a su destino, los nervios afloraron dentro de ella, parecían miles de mariposas revoloteando en su interior, se sentía inquieta. Con la mirada fija en el paisaje podía contemplar hasta el más mínimo detalle de aquella nueva ciudad. Pudo observar tres infinitas torres que parecían acariciar el despejado cielo de Madrid, de frente dos rascacielos inclinados de oficinas. Continuaron recorriendo el largo paseo dejando atrás diversas glorietas a cada cual de ellas más bonita que la anterior. En cierto punto del camino, observó un gran estadio de fútbol, Sarah se quedó maravillada ante tal estadio, provisto de cuatro torres en cada esquina, observo en la parte superior como lucía el escudo del equipo local, llegaron a una glorieta en la cual lucía una dama sobre un carruaje guiado por dos leones, una maravillosa y emblemática fuente, la fuente Cibeles. Todo el mundo parecía feliz ¿Por qué razón no lo sería ella también? No se debía estar tan mal en ese lugar después de todo – pensó para sus adentros.
Maribel la sacó de su ensimismamiento - ¿Qué te parece este lugar?
Parece un lugar agradable – respondió dando a su voz un tono despreocupado.
Cuando llevemos aquí un tiempo, te acabará agradando – añadió su madre esperanzada porque sus hijas se adaptaran bien a su nueva vida.
Tras haber realizado un breve recorrido por el centro de la ciudad, se encaminaron hacia su nuevo hogar, al cabo de un largo rato, Fabián aparcó su coche frente a una gran verja color negro, la cual resguardaba un hermoso chalé cuyos grandes ventanales se alzaban a lo lejos. Recorrieron el sendero que llevaba hasta la puerta de entrada, cuando descendieron del vehículo, Sarah se fijó en la entrada correspondiente a su nueva vivienda, la fachada estaba cubierta de granito color crema con pequeñas motas en tonos más oscuros, la cual era resguardada por un inmenso tejado formando así el porche. Se aceró a una de las ventanas, arrimó la cara hasta dejar su nariz pegada en el cristal y observó lo que había en el interior. En la parte derecha del habitáculo había una mesa de madera de pino en cuyo centro se hallaba en arreglo floral, la puerta con cristalera de pavés en medio de ésta y las crucetas eran doradas a juego de la manilla. Dirigiendo su mirada hacia la parte izquierda divisó el mobiliario, cuatro puertas de madera en cuyo borde había una franja dorada. Hacia la mitad de la pared había colgada una campana extractora, las baldosas eran de color crudo con unos bordados muy coquetos en las esquinas de estas, en lo alto se hallaban dos focos que se metían ligeramente hacia adentro. Fabián, estaba irritado porque tenía que cargar con la mayoría de los bultos que tenía en el maletero - ¡Sarah, Sofía! Venid aquí inmediatamente y ayudadme con todo esto mientras vuestra madre abre la puerta – exclamó en un tono poco cortés.
¡Ya vamos, papá! – exclamaron ambas hermanas al unísono.
Padre e hijas cargaron con las maletas y las fueron llevando hacia el porche para que su madre las fuera colocando dentro del recibidor y así subir posteriormente al piso donde les aguardaban sus nuevos dormitorios. Una vez descargadas todas sus pertenencias, la familia Arizmendi estaba reunida frente a la puerta de su casa, era una puerta blindada de madera de nogal, el pomo era de latón y en el suelo a pie de puerta había un felpudo con una ranita muy graciosa sentada cómodamente en su nenúfar en cuya cabeza podía leerse un mensaje: <Bienvenidos>. La primera en entra fue Sofía que curioseaba todo con sumo interés - ¡Mamá, papá está será mi habitación! – exclamó entusiasmada. Maribel se dirigió a la habitación donde se encontraba su hija menor para averiguar cuál era el habitáculo escogido por ella – Está bien, esta habitación será para vosotras – dijo.
¿¡Cómo que nuestra!? – mamá yo quiero una para mi sola – protestó Sofía con aire desenfadado.
De eso nada, tu hermana y tú compartiréis habitación como hasta ahora, te guste o no – añadió Maribel dedicando una mirada fulminante a su hija – Sarah, ven a ver tu nueva habitación – prosiguió.
La joven siguió la voz de su madre, cuando llegó donde ésta se encontraba se sorprendió de lo amplio que resultaba ser aquel habitáculo. No tardó en imaginar cómo se podría distribuir el mobiliario, se fijó en el espacio que había bajo la ventana y le comentó a su madre – creo que ahí iría muy bien un escritorio acabado en rinconero ¿Qué opinas tú? – dejó caer como quien no quiere la cosa.
La verdad es que iría de maravilla. Tienes muy buen ojo para la decoración – la felicitó.
Así pues, madre e hija pensaron la mejor forma para distribuir la habitación de modo que quedara espacio para sacar la cama de la cama nido. Mientras Fabián ayudaba a los chicos de la mudanza a subir los muebles que habían traído de su antigua casa. Maribel estaba asombrada con su nueva cocina, todos los muebles estaban empotrados, eran de madera de roble y sus manillas eran en tonos dorados. La nevera, el lavavajillas y la lavadora no parecían ser tal cosa ya que sus puertas eran exactamente igual a la del resto de mobiliario. La encimera era de granito negro, en mitad de esta, se hallaba empotrada la vitrocerámica de cuatro fuegos cuya manera de encenderla era táctil, sobre ellos se hallaba la campana extractora de aluminio, de estilo moderno. A un lado, entre la campana y la nevera se encontraba empotrado el microondas de acero inoxidable. Al otro lado de la vitrocerámica estaba el fregadero con su respectivo escurre platos, poco útil a opinión de Maribel.
El primer día en su nueva casa, fue agotador, se pasaron toda la tarde montando la habitación de Sarah y Sofía, tarea sumamente agotadora para Fabián y su familia. La vitrina de la sala de estar la montaría a la mañana siguiente; mientras Maribel preparaba la cena ayudada por Sarah, Fabián y Sofía mantenían una breve conversación en la sala de estar.
Papá ¿Cómo es la nueva escuela? – comenzó la menor.
Es un colegio con mucho prestigio en esta ciudad.
¡No! – interrumpió la muchacha – seguro que es un colegio religioso – se quejó – yo quiero ir a un colegio público, por favor no me obligues a ir a ese colegio – suplicó con las manos entrelazadas.
Fabián soltó una sonora carcajada ante la desesperación de su hija y en un tono que simulaba vencimiento la tranquilizó – No te preocupes, será de tu agrado ¿de acuerdo?
De acuerdo – repitió aliviada.
Entre tanto la cena ya estaba lista para servirse y ser degustada. La familia Arizmendi se colocó alrededor de la mesa de la cocina y se dispusieron a cenar.
Mamá ¿Y… como se llama el colegio? – preguntó Sarah a modo de romper el silencio.
San Patricio – contestó – mañana tenemos que ir para ultimar los detalles antes de comenzar el nuevo curso, si os apetece podéis venir con nosotros – propuso rápidamente.
¡Estupendo! Que dices Sarah ¿nos apuntamos? – dijo Sofía entusiasmada.
Bien, tengo curiosidad por verlo – añadió secamente.
Cuando terminaron de cenar, Sarah se dispuso a recoger la mesa y colocar los platos en el lavavajillas. Una vez finalizó la tarea, se despidió de su familia y se fue a su habitación – Creo que escucharé reggae – dijo mientras ojeaba uno a uno sus discos de la estantería. Encendió el equipo de música, introdujo el disco y lo puso en marcha, se tumbó sobre la cama y con los brazos entrelazados bajo su barbilla se relajó concentrada en lo que escuchaba. Vino a su mente todo lo que le esperaba en aquella ciudad donde ella y su familia se habían afincado, pensó en cómo sería el nuevo colegio, los profesores y en infinidad de cosas más, las cuales le hicieron sentir aquella sensación ya conocida, el temor. Sus pensamientos fueron interrumpidos por los gritos procedentes del exterior, se incorporó lentamente y sin quitar la vista de la ventana se dirigió hacia ella para averiguar quiénes eran los responsables del escándalo a esas horas, pues ya deberían ser más de las once de la noche. Se asomó sin abrir la ventana y observó a dos muchachos vestidos con kimonos blancos que se enfrentaban divertidos a una especie de combate. Sarah se descubrió mirando fijamente a uno de ellos, no le podía dejar de mirar. Sentía curiosidad por aquel chico que se divertía simulando una pelea con su amigo, cuando se dispuso a subir un poco más la persiana para poder observar mejor, los muchachos dejaron lo que estaban haciendo para centrar toda su atención en aquella chica de pelo rubio que los observaba desde su ventana. Colorada por la vergüenza, se apartó apresuradamente de la ventana bajando por completo la persiana y regresó a su cama. Ese muchacho de piel morena acentuada aún más por sus ropas blanquecinas y de pelo negro como el azabache no salía de su mente hasta que sin saber cuándo se quedó dormida.
¡Sarah! Arriba perezosa – la despertó su madre – tienes el desayuno esperándote en la mesa.
¡Levántate! Tenemos que ir al colegio – rechistó Sofía desde el pasillo.
Sarah se removía en su cama con signos de pereza, pero al recordar al muchacho de la noche anterior salió disparada de la cama y se acercó a la ventana subiendo a toda prisa la persiana para poder ver el exterior, una inexplicada decepción se apoderó de ella cuando comprobó que allí abajo no había nadie. Perezosa se calzó y con el pelo alborotado se dirigió hacia la cocina para desayunar. Sofía ya había terminado su desayuno y se asomó a la ventana y dirigiendo su mirada hacia la calle pudo ver como salían de la casa de enfrente dos muchachos, uno de ellos era alto y delgado, pero a pesar de la delgadez se le veía fornido, de piel morena y vistiendo con estilo deportivo. El otro chico que lo acompañaba era más rellenito, pero igual de alto, vestía un estilo más casual, tenía la piel blanquecina y cabello rubio.
A opinión de Sofía la diferencia entre ambos era como la noche y el día, inmediatamente avisó a su hermana – Sarah ven, mira ahí abajo – le comentó misteriosa.
Ésta se acercó sin mucha gana, pero cuando dirigió su mirada en la dirección que le indicaba su hermana sus ojos se abrieron de par en par - ¡Son ellos! – exclamó
¡Ah! Pero… ¿los conoces? – preguntó Sofía extrañada.
Esto… no los conozco de nada – respondió indiferente Sarah.
¿Entonces? – la mirada que le dedicó a su hermana mayor estaba cargada de intriga.
Entonces nada Sofía. Solo que anoche los oí como se divertían, me asomé y allí estaban, nada más.
Entiendo… - dijo un tanto decepcionada por la respuesta, tras deliberar para sí unos instantes, añadió en tono divertido - ¡Hola!
Los muchachos dirigieron sus miradas hacia la procedencia de la voz, al ver a las hermanas, devolvieron el saludo amablemente con la mano. Sarah se metió en la cocina ruborizada, se acarició ambos brazos y con una media sonrisa se fue para su habitación. Con la mente puesta en el muchacho de enfrente, abrió el armario y comenzó a rebuscar entre sus ropas para elegir lo que se pondría. Estaba indecisa, un montón de ropa sobre la cama, varios pares de zapatos fuera de su lugar, no paraba de probarse superficialmente la ropa cuando su madre la avisó que debía acercarse a la tienda a comprar un paquete de café. De repente le entraron las prisas, el nerviosismo se apoderó de ella, quería estar perfecta por si surgía la ocasión de conocer a alguien nuevo en la urbanización o bien para entablar una breve conversación con el chico de enfrente. Tenía la ocasión de poder cruzar alguna que otra palabra con ese chico que no salía de su mente desde anoche. Finalmente se decantó por un pantalón corto en color rosa palo, para la parte de arriba escogió una camiseta blanca básica y como calzado escogió unas zapatillas casual blancas de Ralph Lauren. Se puso unos pendientes de aro en plata, se recogió su larga melena en una alta cola de caballo, se perfumó con una fragancia de edición limitada de Victorio y Lucchino y se dispuso a ir donde su madre para que le diera dinero para acercarse a la tienda – Ya estoy lista.
Aquí tienes. Recuerda que el café ha de ser de mezcla – le recordó su madre al tiempo que depositaba las monedas sobre la mano de su hija – por cierto, hoy estás radiante.
Gracias – Sarah cogió la cartera para guardar el dinero y se marchó. Bajó las escaleras de dos en dos, estaba eufórica por llegar a la tienda y así poder observar a alguien de interés. Cuando llegó al recibidor, se detuvo en seco con la mano puesta sobre el pomo de la puerta, se giró sobre sus pies y se colocó frente al espejo, quería verse por última vez - ¡Radiante!, como dice mamá – y salió por la puerta con una amplia sonrisa.
Por unos instantes dudó si cruzar la verja que le impedía ver al muchacho, pero justo en el momento que se dispuso a dar el primer paso, le vio. Se quedó totalmente paralizada, le tenía frente a ella y no sabía qué hacer. Cuando reaccionó, él había pasado dejando un saludo en el aire, se dirigía hacia la misma dirección que ella - ¡Tonta! Seguramente pensará que soy idiota – exclamó dándose una palmada en la frente. Se recompuso y se encaminó al centro comercial El Bulevar para comprar lo que le había mandado su madre de una buena vez. Colocando los estantes había una mujer entrada en años, tenía las mejillas rojas como tomates, su pelo era moreno marcado en algunas zonas por las canas, sus manos marcadas por la edad reflejaban enfrentamiento con duros trabajos.
Buenos días, el pasillo del café ¿por favor? – preguntó Sarah con cierta timidez.
Buenos días, dos pasillos más para allá – respondió la mujer señalando en la dirección que debía dirigirse sin quitar la mirada de Sarah y con tono de curiosidad preguntó - ¿Eres nueva por aquí?
Ella respondió afirmativamente, se dirigió a por el café y se marchó tras haber estado cinco minutos en la fila de cajas. El camino hasta su casa no era muy largo por lo que decidió caminar a paso lento, cuando se disponía a abrir la verja una voz la detuvo en seco – Hola ¿Cómo estás? – preguntó una voz masculina pero tocada por un tono infantil. Sarah estaba atónita, era él. Se giró sobre sus pies – Hola – añadió por fin con timidez.
Eres nueva por aquí ¿verdad?
Ella se quedó fascinada ante la belleza del muchacho, tenía unos ojos negros azabache que resaltaban con el moreno de su piel haciendo así más bonita su mirada – Así es – consiguió decir.
Encantado, soy Josué.
Igualmente, yo Sarah. Bueno tengo que entrar – se despidió y entró.
Cuando abrió la puerta de casa, Maribel la estaba esperando con los brazos cruzados sobre su regazo dando toquecitos con el pie insinuando impaciencia - ¿Se puede saber dónde te habías metido? – le recriminó a su hija.
Comprando el café – respondió inocentemente.
Ya… bueno es lo mismo, trae el café que tu padre está ansioso por beber una taza.
Tras desayunar se pusieron en marcha hacia el colegio, aparcaron el monovolumen junto a la entrada y se encaminaron hacia el interior. Una vez en el interior, Sarah se quedó boquiabierta – Es mejor de lo que esperaba – añadió echando una mirada a su madre. La entrada del colegio estaba provista de una verja granate de la cual se extendían los muros que rodeaban el recinto, el edificio disponía en la parte central de una entrada provista de escalera en forma piramidal finalizando en un pequeño porche por donde se accedía al interior del edificio, en la parte izquierda se extendía un largo porche en el cual se hallaban una especie de bancos donde los alumnos podían descansar o tomar el fresco. Una vez dentro, justo a su derecha se extendía un mostrador de madera, tras él había una señorita muy implicada en sus quehaceres. Vestía un traje de americana y pantalón azul marino y blusa blanca. Su nombre era Victoria y fue quien guio a la familia Arizmendi al despacho de la directora. Tras la mesa de dirección se hallaba una mujer coqueta, de tez blanquecina, una melena pelirroja que le llegaba por los hombros y vestía un ceñido vestido negro. La directora del centro se levantó del asiento que ocupaba y tendió su mano derecha a Fabián y posteriormente a Maribel, ambos le devolvieron el saludo amablemente.
La mujer sentada tras la mesa indicó al matrimonio con un gesto que tomaran asiento y procedió a presentarse – Buenos días, mi nombre es Edurne, la directora del centro – comenzó la mujer de pelo cobrizo – ustedes deben ser la familia Arizmendi ¿no es así?
Así es, ella es mi esposa Maribel. Esas dos jovencitas son Sarah y Sofía y servidor, Fabián – presentó el cabeza de familia.
Muy bien, aquí tengo los expedientes académicos de sus hijas, procederemos a realizar la formalización de la matrícula. Sarah cursará este año tercero de secundaria ¿verdad? – preguntó.
Así es – respondió Maribel.
De acuerdo… y Sofía cursará primero de secundaria.
Una vez finalizada la matrícula la directora dio la bienvenida a las nuevas alumnas y se dispuso a enseñarles el centro y explicarles las instalaciones que dispone el centro. Salieron del despacho y siguiendo los pasos de la directora se hallaron ante unos largos pasillos exteriores, los cuales conducían a diferentes áreas del centro. – disponemos de laboratorios de química/biología, laboratorio de robótica y tecnología del diseño, aulas de teatro, música y artes visuales, estudio de radio, salón de actos, biblioteca, gimnasio, canchas de baloncesto, pista de atletismo, campo de fútbol sala, mesas de ping pon, enfermería y nuestro centro de arte con salas y material específico para que podáis desarrollar vuestras habilidades artísticas – comentó Edurne con la familia Arizmendi.
Tras recibir toda la información relativa al centro y pudieron ver diversas instalaciones, volvieron sobre sus pasos para llegar nuevamente al hall principal. En la entrada había unos sillones grises muy confortables habilitados para la espera. Allí fue donde ambas hermanas descansaron mientras sus padres ultimaban los detalles que faltaban para poder comenzar el curso. Al cabo de un rato, sus progenitores salieron con una amplia sonrisa del despacho y con un gesto indicaron a sus hijas que era hora de marcharse.
Bien, ahora iremos en busca de vuestros uniformes y después iremos a una tienda de muebles para mirar el mobiliario que nos falta – dijo Maribel sin dirigirse a nadie en particular.
Entonces tendremos que preguntar a alguien donde podemos encontrar una tienda donde comprar nuestros uniformes – sugirió Sofía.
Montaron en el coche y emprendieron rumbo hacia Madrid Central, allí aparcarían el coche en el parking Sevilla y se pondrían en marcha para comprar los uniformes a la vez que iban conociendo el entorno.
A mí me ha causado buena impresión, incluso la directora parece ser agradable – opinó Sofía.
No está mal, veremos cómo se tercia el primer día de clase – refunfuñó Sarah en un tono que demostraba indiferencia.
Cuando aparcaron el coche, preguntaron al primer viandante con el que se cruzaron, le preguntaron por un comercio cercano que vendiera uniformes escolares – Disculpe caballero – comenzó Fabián - ¿podría indicarnos donde podemos encontrar uniformes escolares para el colegio San Patricio El Soto? El amable caballero les indicó varios comercios y hacia donde debían dirigirse para llegar al comercio, y prosiguió con su camino. Tras agradecer la información facilitada, la familia se puso en marcha hacia el lugar de destino. No les resultó muy complicado encontrar lo que buscaban, entraron en él y compraron lo que necesitaban. Con la primera compra realizada, se encaminaron en busca de un comercio mobiliario. Entraron en un comercio cuya entrada era moderna y sofisticada, disponía de una especie de banderín negro donde anunciaba el nombre del comercio <Home Time>, el escaparate estaba decorado con mobiliario de sala de estar, el sofá era precioso, de cinco plazas acabado en rinconero y su tapicería en tonos pastel le daba un aspecto muy elegante.
Mamá ¿Qué te parece ese sofá para la sala? – preguntó Sarah señalando en dirección al escaparate.
¡Es perfecto! - exclamó Maribel. Ésta esperó un tanto impaciente que le llegara el turno para ser atendida, al cabo de un rato un muchacho se acercó a ella y se interesó por las peticiones de Maribel.
Ésta explicó al empleado que tipo de mobiliario estaba buscando para su sala de estar, comedor y dormitorio principal. El joven le mostró varias opciones comenzando por el dormitorio. Le enseñó varios estilos: moderno, bohemio, rústico… a Maribel no le acababan de convencer las opciones que se le presentaban, iba a desistir cuando al fondo del local divisó el dormitorio perfecto. Constaba de una cama doble cuyo cabecero y bajero estaban realizados en madera de cerezo, con unos detalles dorados en forma de espiral que abarcaban la parte superior de ambas partes, el armario a juego de la cama constaba de tres puertas, la central era toda ella un espejo. Bajo la puerta central se hallaban dos cajones muy amplios. Las mesillas que escogió a juego de igual forma que el resto de mobiliario como así el tocador, el cual disponía de un espejo en forma ovalada provisto de un marco de madera. Una vez escogió el dormitorio, procedió con el mobiliario de la sala de estar, quedándose con el sofá que le había sugerido su hija, para el centro de la sala escogió una mesa de cristal cuya parte inferior estaba realizada con espejo. También decidió comprar un bufé a juego del sofá. Para terminar, compraron un aparador de dos metros de longitud cuya parte superior era un gran espejo montado todo ellos por módulos, el resto del aparador era de madera de cerezo y tenía un color cobrizo. La vitrina que colocarían en el comedor era exactamente igual al aparador incluso la mesa central con las ocho sillas, las cuales estaban tapizadas en tonos turquesa.
