Entelequia - Lucia Camiloni - E-Book

Entelequia E-Book

Lucia Camiloni

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Beschreibung

Dos personas, tres comienzos, pocos años, ningún final. Puedo llegar a pensar que podríamos empezar de nuevo. Al mismo tiempo quiero creer que ya está; que este fue nuestro último comienzo, y que el que viene va a ser nuestro único final. La vida, en estos años, me ha demostrado que es impredecible, pero que no deja de ser increíble. Eso me ha enseñado a ser fuerte, pero también me ha enseñado que la fragilidad y la vulnerabilidad existen, y que no son ajenas a mí. En estos años, la vida me llevó a conocerte, a quererte, y a perderte. Nunca me animé a creer que podíamos pasar nuestros días juntas, pero sí nos imaginé de la mano; nos fantaseé felices. Cerraba los ojos y ahí estábamos, tan nuestras; pero los abría y acá estábamos, tan cerca. Esta recopilación de cartas, poemas y textos, sin demasiada estructura, es lo que soy. Esta recopilación de amor, sin lugar a dudas, sos vos.

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Seitenzahl: 89

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Lucía Camiloni y Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Camiloni, Lucía María

Entelequia / Lucía María Camiloni. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

153 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-619-5

1. Narrativa Argentina. 2. Microrrelatos. 3. Literatura Epistolar. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Camiloni, Lucía María

© 2020. Tinta Libre Ediciones

entelequia

Lucía Camiloni

Prólogo

Este libro no iba a tener prólogo, pero las circunstancias, y mis decisiones, me llevaron a querer compartir estas palabras. Así, situar a toda aquella persona que lee, en el contexto en el que fue escrito, pero sobre todo, en el que decidí publicarlo.

Con el correr del tiempo, cuando ya estaba todo dicho, todo escrito, empezaron a caer sobre mi cabeza miles de dudas, miles de preguntas y todo tipo de inseguridades. No con mi trabajo, sino más bien con el trasfondo de las palabras que van a leer en las páginas siguientes.

Si había vivido lo suficiente, si en realidad sentía lo que sentía, si todo había sido una fantasía; si había proyectado sentimientos, emociones, vivencias. Creo que, por primera vez, me planteé la posibilidad de que había pasado cuatro, cinco años, o más, engañándome.

No sé muy bien qué pasó en esos días porque estaba sumergida en este mar de cuestionamientos, muy propios de mi existencia, por cierto, pero recuerdo el momento exacto en el que elegí, o me eligió, el nombre de este libro, ese que había sido una incógnita desde el momento “página en blanco”.

Empecé a googlear la palabra “fantasía”, la que había intentado bloquear desde la primera vez que una de mis terapeutas me la dijo. Fantasía. Pero no era una fantasía, la rechacé siempre por el simple hecho de estar sintiendo, y lo que yo sentía lejos estaba de ser eso. Era real, más real que mi propia existencia. Siento, luego existo. “Y yo sentía, yo siento, mucho, así que no, esto no es una fantasía”. Además, no es un buen título para una obra, a decir verdad. Entonces el próximo paso fue buscar sinónimos no tan sinónimos, a meterme en el diccionario para buscarle significados universales a lo que me estaba pasando. Qué se yo, supuse que lo que me pasaba a mí tenía que haberle pasado a alguien más, con la cantidad de personas que hay en el mundo, y que la insensibilidad social de los hombres que deciden qué palabras valen o no, cuáles son definibles o no, cuáles podemos usar los hablantes y tal, había servido de algo.

“Utopía”, no. “Conjetura”, nada que ver, aunque sí, ni idea. “Suposición”, es más o menos lo mismo. “Especulación”, no. Nada.

Llegué a “irreal”, considerar que lo que me pasa es irreal, no sé. Si me pasa, ¿cómo rayos va a ser irreal algo que estoy viviendo? Si deseché utopía, también tenía que desechar irreal, como tiré a la basura fantasía.

Pero, siempre hay un pero, una palabra, entre los sinónimos de irreal, me llamó la atención. Así como me había llamado en su momento “subrepticio”, y de esa manera, titulé un documento que forma parte de este, esta vez me llamó “entelequia”.

Qué palabra más rara, de hecho, no la había ni leído ni escuchado antes.

Por eso escribo esto ahora, para explicarles por qué el libro se llama como se llama, y por qué me pareció la mejor opción titularlo así; porque lo que yo sentía, siento, es una entelequia.

Vamos a ver, la primera acepción en el diccionario elaborado en su mayoría por aquellos hombres de los que hablé antes es: “algo irreal”. Vaya pavada Lucía, es lo mismo. Ponerle a tu libro “irreal” o ponerle esta palabra es exactamente lo mismo. No, ya les digo que no. Porque seguí leyendo, empecé a leer filosofía, Aristóteles y, de repente, todo cobró sentido.

Leí, busqué, exploté y lo encontré. Lo tuve claro.

“(Del griego entelecheia: lo que tiene fin en sí mismo). En la doctrina de Aristóteles y en la escolástica, finalismo, orientación hacia un fin concreto como fuerza propulsora (Teleología), fin en sí, principio activo, que convierte la posibilidad en realidad. El concepto de entelequia se usa en la monadología de Leibniz. A este concepto está asociada también la interpretación idealista de los fenómenos biológicos (Vitalismo)”. (Diccionario de Filosofía 1984:137).

“Cosa ideal y perfecta, pero irreal o inalcanzable.” (The Free Dictionary).

“El fin interno que estaría en la base del desarrollo de la materia, y que lo determinaría. En las doctrinas idealistas del vitalismo, la entelequia significa la “fuerza vital” mística, inmaterial, que sería la fuente y el fundamento de la vida.” (Diccionario Filosófico Abreviado 1959:159).

Me pareció paradójico que un término tuviera significados antónimos, casi como la vida. Entonces, lo hice mío, lo hice nuestro. Se volvieron conscientes, siguiendo con significados, la validación, la validez, el sentimiento de fragilidad, mis momentos de vulnerabilidad. Todos aparecieron de golpe y choqué con mi realidad, la real, esa en la que me saboteo constantemente y tiro abajo los esfuerzos que, día tras día, hago para ser sobreviviente en la existencia.

Una hace lo que puede: no es una excusa, no es un pretexto, es parte de nuestro accionar condicionado por lo que va sucediendo y lo que se va acumulando en nuestra cabeza. Y el mío fue catastrófico durante mucho tiempo. Mi accionar, digo.

Hasta que la encontré. Cuando estaba perdida, cuando estaba hundida, asfixiada, cuando estaba casi afuera del mundo de los vivos, apareció y supe, años más tarde, más precisamente ahora, que era esto. Que había levantado cabeza, que había encontrado un sentido más allá de mi propia existencia, que tenía motivos, que podía luchar y dar pelea, que la vida era otra cosa, y que yo había hallado qué cosa realmente era.

Esa fuerza vital, mística, inmaterial, fuente y fundamento de la vida, ese ideal perfecto, pero real y alcanzable, queridas personas, es el amor. Y el amor es este libro...

Gracias

Ella me dijo que no los prive a ustedes de leerme, ella me dijo que llame a otras musas, que las busque, pero que no espere.Ella me llamó escritora, dijo que era una artista. El brillo de sus ojos pudo conmigo, el brillo de sus ojos y el de los míos. Escribir o morir, si ustedes leen es porque pude, si ustedes leen es porque quiso.

Palabras I

No recuerdo exactamente el momento en que decidí compartir lo que escribí en estas hojas. Haciendo memoria, quizás fue una necesidad: la de sentirme libre y ser escuchada.

Con el paso del tiempo, el significado de la palabra libertad, para mí, fue mutando; hoy, creo que es vencer al miedo. Me sentí libre cuando vencí al miedo, me sentí libre cuando fui valiente, me sentí libre cuando alcé mi voz e impuse, en mi vida, mis ideales. Debo estar en condiciones de afirmar, dejo un pequeño margen de duda, que me sentí libre a mis veinte años.

Tuve una adolescencia complicada. Justo cuando todos buscamos encajar y ser parte de, yo no pude. No hice esfuerzos tampoco por intentar pertenecer, pero sí me persiguió por mucho tiempo el ser “diferente”, tener gustos o aficiones distintas a las de mis compañeras y amigas. Debe haber mucha gente ahí afuera que pasó lo mismo que yo, pero sabemos que, en ese momento, en esa etapa, nos sentimos solos, nada más. Que si me quedaba en casa un viernes a la noche, que si elegía salir con mis papás los sábados y domingos, que si declinaba una oferta por estudiar un poco más, yo que sé, hasta en algún punto fueron cuestionados mis antojos musicales.

En fin, eso: una incomprendida. Como muchos, como todos por no dejarnos arrastrar a la masa.

No voy a seguir entrando en muchos más detalles. Dejé atrás la anorexia, o eso creo, porque de muchas situaciones que fueron quedando inconclusas se formó una más grande y eso me llevó a la ansiedad, al pánico y a la depresión. Así, por encima. Pero, como hace unas líneas dije, no estoy contando esto para desarrollarlo de manera minuciosa, simplemente para seguir dándole contexto a todas estas palabras que se atragantaron en mi garganta.

Lo que nos tiene aquí pendientes es el único e inigualable amor. Vaya sentimiento bonito. Aunque, no sería curioso ni divertido si les cuento ahora que es una historia hermosa, con un final feliz. Fui libre a los veinte y tengo veintiuno, así que, si estoy escribiendo, evidentemente de todo menos final y mucho menos feliz.

El primer acercamiento que tuve con la palabra del amor, al menos conscientemente, forma parte de un recuerdo maravilloso. Descansaba mi cabeza en las piernas de una persona estupenda que, por aquel entonces, era mi lugar favorito y, supongo que, cariños más cariños menos, la conversación tomó un rumbo curioso.

Éramos unas pequeñajas, pero nos encantaba profundizar sobre temas intensos y para ese momento (aunque para este también) el amor era uno de esos temas que, si lo tocabas, era para hablar de verdad, para ponernos serias porque le teníamos mucho respeto.

Me preguntó si amaba a alguien y a mí lo primero que se me cruzó fue “a mi familia, a mis papás, a mis hermanas”, pero no, ella quería saber si amaba a alguien o si alguna vez lo había hecho. ¿Cómo? Amar. Y siguió, “sí, no sé, amar”. ¿Y qué es amar? Su definición en aquel momento fue una bastante interesante y para tener en cuenta: lo sentís cuando una persona forma parte de tu vida y no querés que se vaya nunca, lo sentís cuando querés tanto que te acompañe que vas a hacer lo imposible para que se quede. Yo ahí me di cuenta para dónde iba la conversación; en realidad, me di cuenta de que sí amaba, y que la amaba a ella. Bajo su definición de amor, y después de sentirlo en mi cuerpo, supe que la amaba a ella. Eso no fue todo, al final me había llevado para esos lados con la finalidad de decirme que me amaba, y que a mí no me quería perder. Aún nos amamos, tenemos un vínculo hermoso, aprendemos juntas y nos acompañamos como nos sorprendimos aquel día.

Otro día, la misma persona, me dejó nuevamente con la boca abierta al escribirme que su mamá le había dicho que, cuando amabas de verdad, tu corazón te dejaba de pertenecer para pasar a compartirlo con la otra persona. Suena medio cliché, pero fue así. Que su corazón era mío, porque me amaba, y que el mío era de ella, porque la amaba. Que nuestros corazones eran nuestros.