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Entre las calles de Montevideo y los encantos de Colonia, en la tierra de Uruguay, florece la amistad única de Natalia y Candelaria. Estas dos almas afines no son solo amigas, sino cómplices de la vida que comparten. Se sumergen en el laberinto de sus días tempranos, tejido con risas y complicidad, viviendo una historia que parece extraída de los lazos más profundos de hermandad. Sin embargo, en el lienzo de sus vidas, surge un giro inesperado, transformando la trama de su existencia compartida. Natalia se encuentra ante un enigma inicial de decisiones que la desconciertan, pero a medida que avanza, desentraña el misterio de la tarea pendiente. Debe liberarse del sufrimiento que yace oculto, una sombra que la ha atormentado a lo largo de los años, para finalmente inaugurar un capítulo de serenidad y empezar a vivir plenamente. Candelaria, por otro lado, alberga el anhelado sueño de su adolescencia, y ahora, por fin, contempla cómo se materializa ante sus ojos.
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Seitenzahl: 132
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Valeria Silva
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-265-8
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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PRÓLOGO
Cuando empecé a leer este libro, con cada situación y experiencia de las protagonistas a tan temprana edad que se va narrando en las primeras páginas, no sabía ni imaginaba el giro que iba a dar la trama. Y eso me gustó, me sorprendió, porque ya más adelante, sin poder parar de leer porque me tenía enganchada, la historia nos lleva a uno de los temas más interesantes sobre la vida (o la muerte).
Nos habla de esa búsqueda sobre la estabilidad personal diaria, tanto en el tema laboral, como con tu pareja o familia. Esa necesidad de felicidad que nunca llega, pero no vemos que somos nosotros los que tenemos que dar el paso y dejar muchas cosas atrás para poder seguir adelante y vivir la vida de la manera que queremos realmente. Todo con un toque espiritual.
No quiero contar más para no destriparte la historia, te invito a que la descubras y la disfrutes tanto como la he disfrutado yo. Que te animes a analizar tus situaciones diarias y las conectes, no solo con acontecimientos y experiencias que ya has vivido, sino también con tus sueños. Así entenderás el significado de muchas «cosas malas» o «cosas buenas» que creemos que nos suceden y no lo merecemos, pero no es así: todo pasa por algo.
Luisa
Capítulo I DOS AMIGAS
Natalia y Candelaria se conocieron muy pequeñas. Ambas comenzaron juntas educación inicial en la escuela del barrio Jacinto Vera en el año 1983. Sus mamás pronto se dieron cuenta que ellas mismas coincidían en gustos por películas, libros, actividades y comenzaron a frecuentarse, por lo que la amistad de las dos chiquitas se vio alimentada desde entonces. Ambas eran especialmente soñadoras y creativas, aunque definitivamente a Nati le iba mucho mejor en la escuela que a Candy, cuya mamá se cansó de concurrir a maestras de apoyo, especialistas y toda ayuda disponible que encontró, pero bueno... el fuerte de Candy no era la escuela simplemente. Su inteligencia pasaba por lados un tanto descuidados por la educación convencional y si bien lograba mantenerse tranquila, sentada y «atenta» en el aula, registraba muy vagamente lo que allí sucedía. A la hora de la salida, podía contarle a su mamá todo lo referente a la vida social de sus compañeros, los cambios en el hogar de cada uno, las peleas de sus papás, si había nacido un nuevo hermanito, si había llegado un nuevo vecino... pero no recordaba lo formalmente impartido por la maestra. Nati se apenaba cuando Susana, la mamá de Candy, la regañaba y también cuando veía a las dos mamás cuestionarse preocupadas qué pasaba, una apoyando a la otra... se angustiaba cuando escuchaba hablar a sus papás en casa sobre lo mal que le iba a Candy y sobre todo se angustiaba cuando la maestra le llamaba la atención a su amiga, y más aún cuando los compañeros se reían. Candy a veces miraba con sus ojos rodeados de enormes pestañas despistada... «¿Me estarán hablando a mí?», parecía decir... y Nati se desvivía por «soplarle» alguna frase coherente para que pudiera zafar de las preguntas inquisidoras sobre aquello que no sabía.
Ambas amigas amaban la hora del recreo y sobre todo la hora de la salida, cuando planificaban día por medio ir una a la casa de la otra «a tomar la leche», a jugar a las muñecas o a andar en bici. Nati no tenía hermanos ni hermanas; Candy sí, la pequeñita Carolina, tres años menor.
Así transcurrió la infancia, entre juego y juego, entre preocupación y rezongos para Candelaria, que afortunadamente no se daba por aludida...
Al llegar a sexto año, el grupo de amigas y amigos de la escuela era amplio, importante; habían pasado muchas cosas juntos. La fiesta de cierre de ciclo fue hermosa y varias mamás, entre quienes estaban las organizadoras Susana y Antonia (mamá de Nati), armaron un baile sorpresa a la noche para agasajar a los «graduados».
El papá de Nati, chef, había realizado un montón de aportes para dicha fiesta: bebidas al mejor precio, realización de comida, luces psicodélicas e incluso discoteca. Ella siempre se enorgullecía de su papá y de sus logros, aunque también era cierto que deseaba pasar más tiempo con él. Candy no tenía papá; él había muerto de un infarto cuando Caro era apenas una bebé.
La finalización del ciclo escolar era especialmente emotiva pues a partir de ahora el grupo no seguiría junto. Algunos irían a un liceo y los demás a otros... a pesar de que las opciones eran escasas en la zona.
Natalia y Candelaria por supuesto planificaron ir al mismo. Las mamás las anotaron juntas y al ser aceptadas, «casualmente» les tocó en la misma clase, así que estaban absolutamente felices.
Candy había pasado todos los años con B (apenas aceptable) y su mamá temía que el liceo fuera para ella una prueba insuperable. Por lo tanto, previendo esto la inscribió en clases de apoyo de idioma español y matemática al comenzar el año lectivo. Candy era un caso raro. Le iba realmente mal en matemática, idioma español y todas las asignaturas que comprendieran estudio o cierta estructuración mental. Pero fue en el liceo cuando se sintió maravillosamente bien al lograr el reconocimiento del nivel superior en una materia que llevaba la estructura a otro plano... ni más ni menos que dibujo. Su facilidad y talento habían pasado desapercibidos en la escuela; en el liceo, al ser esta una disciplina calificada en forma independiente, quedó a la vista que su fuerte era este. Mostraba una fluidez envidiable para lograr todo lo que el profesor proponía en apenas un rato; por añadidura les había tocado un docente muy exigente así que mientras los demás «se arrancaban los pelos» tratando de comprender lo que estaba pidiendo, Candy ya tenía lista la presentación de su trabajo. Natalia la miraba simplemente boquiabierta; con el transcurrir de las semanas la sorpresa dio paso al orgullo y al alivio, ¡había algo que Candy hacía excelentemente! ¡Quizá por eso no le iba tan bien en lo demás! ¡Nadie podía igualarla dibujando! Y tenía una increíble capacidad para visualizar las cosas en su mente y entender las consignas «del loco de la tabla», apodo que le habían dado los chicos al profesor, vaya uno a saber por qué.
Natalia tenía una cuenta pendiente con el dibujo, nunca se le había dado bien, no le atraía. Cuando era pequeña su casa estaba llena de muffins, tartas decoradas, merengues, tortas fritas, etc., reales y sintéticas. Le fascinaba jugar con masa de colores a modelar comidas y por supuesto hacerlas en vivo y en directo. Había aprendido a tocar el violín y el piano de pequeña también, pero en cuanto a dibujar, de verdad lo detestaba.
Susana al ver lo bien que le iba su hija en ese aspecto y al ser citada por el «loco de la tabla» para felicitarla y evidenciar que sería bueno fomentar el talento natural de Candy, decidió anotarla en un taller artístico visual relativamente cerca de su casa. Susana trabajaba todo el día y si bien lo esperado era que Candy se quedara cuidando a Caro en la casa mientras su mamá llegaba, Candy pasaba la tarde en lo de Nati al salir del liceo y recién llegaba a su casa cinco y media de la tarde después de retirar a Caro de la escuela; allí esperaban que regresara su mamá pasadas las 19:30 h.
El taller aumentó la autoestima de Candy y le abrió las puertas a algo totalmente fascinante para ella.
Su modo de representar el mundo comenzó a reflejarse en sus hermosas pinturas, las mismas eran como fotografías en lo detallado y precisas, pero increíblemente coloridas y luminosas. «¡Qué hermosura!», pensaba Nati al entrar al cuarto que Candy compartía con su hermana y su mamá, «he aquí el porqué de la distracción, ¡una mente brillante!, ¡una artista!».
—Candy —dijo Nati una tarde de primavera al llegar del liceo.
—¿Sí?
—He estado pensando que todo eso sobre lo que tú sabes o no sabes con lo que te persiguieron siempre... debe estar relacionado con que lo que te enseñaban no tenía nada que ver con lo que te gusta, ¿no? Con tu forma de imaginar las cosas... no sé, he leído que puede estar relacionado.
—Mmmm.... ¡No tengo ni idea! Pero ¿qué importa? ¿Viste que no me regañan tanto ahora? Aunque no sigo muy bien los temas en clase y aunque me cuesta tanto escuchar a esos profesores de apoyo... por lo menos logré el aceptable en todo. Pero yo creo que el que no me rezonguen no se debe a eso sino que es porque me va muy bien en algo puntual. Creo que están todos sorprendidos y la preocupación mayor pasó a segundo plano. Más que eso no sé decirle «señorita psicóloga» —sonrió. Y Nati también sonrió con sus ojitos brillantes. Nati estaba interesada en los secretos de la mente, en los problemas internos de las personas y en cómo ayudar a resolverlos. Le gustaba ir a la Biblioteca Nacional a leer al respecto. Su mamá la acompañaba. La mamá de Nati no trabajaba fuera de casa y tenía todo el tiempo para ella. Candy odiaba ir a la biblioteca y pasaba bostezando mientras Nati leía y mientras Antonia se desvivía por encontrar algo que le divirtiera, pero sin tener éxito. Con el tiempo Candy dejó de acompañar a Nati en esa salida semanal a la biblioteca, para quedarse dibujando en su casa. Pasaron a segundo juntas, pasaron a tercero separadas, pero sus mamás fueron a hablar y volvieron a estar en el mismo grupo. Nati siguió yendo a la biblioteca y se enorgullecía de tener una causa y una solución para los planteamientos de la gente. Candy siguió yendo al taller artístico y ambas disfrutaban felizmente de las simplicidades de la vida.
Capítulo II UN DESEO EN COMÚN
—¡Nati! ¡Es la hora! —llamó Antonia fuertemente—. ¡Ven a desayunar! ¡Están por llegar Candy y Susi!
—¡Voyyy, maaa! —respondió Nati emocionada. Hoy era el día en el que iban junto a su amiga del alma a probarse sus vestidos de 15. Si bien Natalia había nacido en mayo y Candelaria en julio, ambas mamás habían accedido a pedido de las niñas a realizar la celebración en forma conjunta. La misma sería en vacaciones de julio. Luis, el papá de Nati, siempre positivo, no tuvo nada que objetar por supuesto y a nivel familiar las opiniones estaban cerradas. Por el lado de Nati, su familia paterna vivía en Argentina y concurrirían cuando se les avisara. También estaban colaborando desde allí con detalles para las agasajadas. Por parte materna, sus abuelos habían muerto en un accidente cuando su mamá era muy joven y no tenía tíos ni familia cercana. Por el lado de Candy, la familia de su mamá concurriría y apoyaría en todo lo necesario, en la medida de sus posibilidades.
—¡Maaaa! ¡Preciso medias!
—El eterno problema de las medias perdidas al ser lavadas—sonrió Antonia alcanzando un par de medias a su hija. —¡Apúrate chiquita, que ya llegan!
—Anto, dime qué más estamos necesitando, quisiera cerrar pronto las cuentas si no falta nada —dijo Luis que esperaba a su esposa frente a las dos tazas de té preparadas cuidadosamente y el café con leche humeante de Nati.
—Yo creo que estamos más o menos bien, todo está contemplado ya. ¡Va a salir hermoso! ¡Estoy feliz! ¡Súper entusiasmada!
—Yo también, amor; solo quedaría el vestido entonces... ¿Crees que Susi necesite ayuda para costear algo de lo de su parte?
—No, creo que no. Lo hemos armado todo juntas y ella está ahorrando desde hace años. Hoy averiguo por las dudas, pero creo que está todo bien.
—Genial, ¡todo en orden entonces! Yo también estoy entusiasmado de ver a Nati feliz. Lo que importa es que ellas justamente estén felices, ¿verdad? Las amigas...
—¡Claro, amor! —El timbre cortó la charla de los esposos, Nati bajó corriendo las escaleras, abrió la puerta antes de que Antonia llegara y se abalanzó sobre Candy en un enorme abrazo.
—¡Vamos, mami! ¡Vamosss!
—Hija, la leche....
—¡Vamos, mami! Llegaron Candy y Susi, ¡vámonos de una vez! ¡Luego la tomo!
Antonia y Susana se saludaron sonriendo y miraron a sus hijas con emoción. Nati, con su largo cabello negro y sus ojitos un tanto rasgados, su enorme sonrisa franca y contagiosa. Candy con sus bucles dorados, sus ojos soñadores, piel delicada y enormes pestañas. Y también estaba allí claro, la pequeña Caro, tan parecida a su hermana mayor... Las cinco salieron hacia 18 de julio en busca de la modista que realizaría los vestidos de las quinceañeras. El clima interno era de alegría, amor y entusiasmo, aunque el estado del tiempo dejaba mucho que desear; parecía que el invierno se había adelantado.
Las semanas previas a la fiesta fueron en sí mismas pura celebración, aunque ciertamente un poco estresantes para las mamás y para Luis que corrieron atrás de los detalles hasta último momento. El día esperado llegó y los invitados de ambas chicas (sus compañeros de liceo más los integrantes cercanos de las familias) se reunieron en un salón en Pocitos el jueves 23 de julio de 1992. A pesar del frío y la lluvia reinantes en el exterior, todo resultó estupendo. Las chicas bailaron, rieron, se fotografiaron, payasearon, compartieron, disfrutaron al máximo esa noche elegida. La foto final del álbum (ambas habían realizado las mismas fotos en general, siendo las primeras individuales las únicas diferentes) las mostraba abrazadas y sonrientes, en una ampliación con un papel entramado en corazones. Todo iba muy bien en sus vidas y se auguraban hermosos momentos futuros...
Esa noche especial antes de dormir, Nati se prometió recordar siempre que tenía a la mejor hermana que le podía haber tocado, pues Candy más que una amiga era eso para ella, sobre todo considerando que Luis y Antonia no habían podido tener más hijos.
Candy se acostó pensando que a pesar de los momentos difíciles o inentendibles de la vida todo valía la pena cuando una podía vivir y experimentar el amor en su totalidad, como cuando compartía sus vivencias con Nati o cuando dibujaba por las tardes dejándose llevar por la armonía lejana de un «no sé qué»... Ahora que había crecido, ya no extrañaba tanto a su mamá ni necesitaba estar tanto tiempo a su lado como antes. Ahora que había crecido, no lloraba ya en las noches por su papá y por tener dificultades para aprender. En realidad no era que había crecido sino que había descubierto algo más que le llenaba el alma, además de su amistad con Nati: el amor, la pasión por la pintura, que iba evolucionando paso a paso.
Capítulo III LAS COSAS DE LA VIDA
Cuando las chicas pasaron a cuarto de liceo comenzaron a estar en el aire las preguntas: ¿Qué va a estudiar cada una? ¿A qué van a dedicarse? ¿De qué les gustaría trabajar? Candelaria había arrastrado siempre consigo el título de «no apta» para la universidad... tristemente una y otra vez se le había hecho llegar este mensaje a su mamá quien dejaba prácticamente su sueldo en profesores varios que atendieran las dificultades de aprendizaje de Candy. Su conducta nunca había sido un problema y viendo los esfuerzos sobrehumanos de la mamá, los profesores pasaban a Candy en cada disciplina con el mínimo aceptable. Algunas veces había tenido que rendir exámenes al final del curso, que salvaba más por el esfuerzo de Susana que por el suyo propio. Natalia solía pensar cómo todo eso afectaría a Candelaria, pero ella siempre sonriente había aprendido a plasmar el optimismo en sus obras.
—¿Sabes, Nati? No entiendo por qué tanta bulla con el liceo. Al fin y al cabo creo que el liceo no es para todos. ¿Y qué con eso? ¿Por qué querría yo ser una profesional o algo así? No necesito estudiar para pintar bien, ¿no crees?
—Mmmm, no sé Can, mi madre insiste como la tuya en que debemos terminar sexto y luego ir a la universidad. A mí no me supone un problema, porque sabes que adoro estudiar...
