Entre atardeceres - Naiara Crespo Drets - E-Book

Entre atardeceres E-Book

Naiara Crespo Drets

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Beschreibung

¿Qué pasa si te digo que los polos más opuestos son los que más se atraen? ¿Que sus vidas están llenas de secretos, mentiras y ocultaciones? ¿Y si esto solo se trata de seguir un orden, de seguir y resolver unos pasos? Acabas de entrar al caso y vamos a resolver el homicidio de misterios. Escena del crimen e investigación: Sus vidas estaban yendo de lo más normal. Todo era un hechizo. Una burbuja encantada de la cual no saldrían. Porque alguien se las había impuesto y estaban destinados a no salir de ellas. Vidas llenas de paz y tranquilidad. Sin problemas. Menuda tontería, ¿no? Todo parecía bien hasta que cometieron el crimen de investigar más allá de sus burbujas. Interrogatorio de los sospechosos: Ahora todo parece ser más real. La burbuja deja de existir y los problemas llegan para afrontarlos. Pero nada es tan fácil como parece. Muchos sospechosos empiezan aparecer y una montaña rusa de emociones pide un interrogatorio. Se presenta el asesino ante la máxima autoridad: Por fin, el final parece estar acercándose y el asesinato empieza salir a la luz. La autoridad nos engaña, nos mantiene ciegos, nos ocultan las verdades y ellos parece que cada vez han dejado más atrás esas burbujas de las que provenían y no podían salir. «No quiero perder parte de mí». Solución del caso: ¿Será verdad que los polos opuestos pueden llegar a congeniar hasta el punto de ser el uno por el otro? ¿O solo serán algo efímero entre atardeceres?

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Seitenzahl: 536

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Naiara Crespo Drets

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: María V. García López

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1181-865-0

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

PRÓLOGO

Hola, estoy muy emocionada de poder empezar con esta novela que tanto tiempo me ha costado poder ligar entre sí, para que ahora ustedes puedan leerla.

Esta novela va para todas esas personas que alguna vez sintieron que necesitaban paz y tranquilidad en su mente y no sabían cómo encontrarla. Espero que mi novela, llena de lugares increíbles para imaginar, os ayude a poder desconectar.

Porque como yo digo, cuando veo un atardecer bonito saco corriendo mi teléfono para hacerle una foto.No hay atardecer que no haga que entre en tranquilidad.

Espero que disfrutéis mucho de esta novela y que os dejéis llevar por la imaginación.

Kailani y Aleister (Kai and Ale)

Llegan para darle vueltas a vuestros mundos.

Porque dos personas muy distintas pueden llegar a unirse y crear recuerdos únicos gracias al poder de viajar, pero... ¿Y si esas dos personas nunca se unieron, por culpa de ser tan distintas?

Adéntrate en esta novela y descubre si el poder tan fuerte de viajar, los une de verdad o solo se quedan con un lindo recuerdo de un viaje finalizado.

Porque cada atardecer es una pieza de alma que te hace entrar en un trance de tranquilidad contigo mismo, porque un atardecer puede unir más de lo que nos esperamos.

Entonces la miré a los ojos y sabía que ella ya no era la misma de ese día, debajo de la luz solar, debajo de los colores del cielo, debajo de ese atardecer. Sabía que algo era distinto. Que éramos distintos. Entonces comprendí que fue solo algo efímero entre atardeceres.

—Kai... —dije entre susurros, mientras ella me miraba con esos ojos color miel que tanto me gustaban.

—No te alejes de mí, no te esfumes como hacen los atardeceres. —Mi voz se entrecortó, no quería que todo fuese a quedarse en un recuerdo con colores del cielo.

—Ale... Nunca seremos un atardecer —dijo con una voz temblorosa. Me quedé impaciente, no sabía a qué se refería y eso me estaba consumiendo.

—Lo nuestro dura más que algo efímero, solo, no somos algo entre atardeceres...—dijo para luego unir sus labios a los míos en un beso cálido como los colores que se posaban en el cielo.

¿Eso quería decir que todo estaba bien o que nada estaba bien?

CAPÍTULO 1

KAILANI

Los primeros rayos de sol se colaban por la ventana alcanzando mi cara, un calor intenso hizo que abriera los ojos y pudiera ver el hermoso día que hacía, se podían oír los cantos alegres de los pájaros y desde mi cama podía escuchar cómo las olas impactaban contra las piedras que sujetaban mi casa. ¡Era día de surf!

Sin mucho más que cuestionarme, no como hacía cada mañana, antes de ir al instituto, me levanté para poder apreciar lo hermoso que se veía el mar, con los rayos de sol adentrándose en su interior. Era todo tan sereno que pude ver el mínimo detalle de ese mundo azul. Tanta vida hermosa que había en el mar y a mí me tocó vivir con humanos, suspiré y giré mi cabeza para verme en el espejo.

No me culpen, es lo primero que hago cada mañana, ver mi rostro y aceptar que me veo hermosa o con cara de pocos amigos. Hoy, por suerte, no me veía tan mal o por lo menos me veía aceptable. Se podían notar mis claros ojos color miel, gracias a los pequeños rayos de sol que iluminaban mi cara.

Me quedé entretenida en mi mundo, analizando cada una de mis facciones, mientras una paz mental se apoderaba de mí, gracias al oleaje de la marea. Pude parar a analizar lo bonito que se veía mi pelo con aquel moño mañanero mal hecho y tan pronto como el corazón late, mi tranquila mañana se derrumbó en una invasión de ruido.

—¡Kailani! —Como es de esperar, mi madre, entró sin llamar la puerta—. Pensaba que seguirías roncando.—Refutó como si lo único que hiciese fuese dormir.

—No sé qué es lo que quieres, pero hoy es día de surf —le advertí antes de que me mandara hacer la compra o cualquier cosa que pedían las madres cuando se sentían perezosas.

Me miró con ilusión y alzó su mano a la altura de mi cara con una carta entre sus dedos.

—Toma. —No espetó nada más, solo se quedó observando cómo cogía la carta y la abría.

—¿Y...? —Su intriga hacía que me pusiera cada vez más nerviosa.

Saqué la carta de dentro del sobre y la admiré.

—No me lo puedo creer, mamá. —Sentía la adrenalina correr por mis venas—, ¡ESTOY DENTRO! —Pude admirar el poco entusiasmo que se reflejaba en la cara de mi madre.

—Pensaba que te ibas a alegrar por mí... —Sentí cómo un nudo de emociones se posaba en mi cuello.

—Ya sabes qué pienso sobre esa decisión absurda y no irás, no tengo nada más que añadir. —Sus ojos se posaron en los míos y desprendían una frialdad horrible.

—Tengo 19 años, ya estoy cansada de estar aquí, quiero descubrir nuevas cosas, nuevo mundo y ya soy lo bastante grande como para hacer las cosas por mi cuenta —le solté de mala gana, odiaba que estuviera tan encima de mí.

—No es una buena idea y si te vas, empezarás a pagarte las cosas tú misma, ya que eres tan grande —no añadió nada más porque en un abrir y cerrar de ojos ya había cerrado la puerta, dejándome en silencio con la soledad que emergía en mi habitación.

Suspiré y decidí que nadie iba a amargarme la mañana, así que guardé la carta de admisión en un cajón y me dispuse a cambiarme de ropa para ponerme mi traje de surf. Me encantaba la sensación de sacarme toda la ropa dejando mi cálido cuerpo al descubierto, cubriéndolo con una sola tela de neopreno, era una sensación de libertad que me encantaba experimentar cada vez que iba a hacer surf.

—¡Genial! —Sonreí, me encantaba salir por las mañanas y divertirme haciendo cosas emocionantes. Después de unos largos minutos de admiración, bajé hasta el comedor y vi a mi madre manteniendo una conversación bastante entretenida por teléfono.

—Me voy. —Al ver que pasaba de mí a causa de esa intensa llamada que estaba teniendo, cogí mi tabla de surf y salí por la puerta con mil pensamientos rondándome por la cabeza.

¿Y si no debo ir? Estaba claro que debía ir, llevaba muchos años encerrada en Hawái y necesitaba la adrenalina de Las vegas, ir a casinos, subirme a coches y competir, pelearme.

Sí, lo tenía decidido, quería ir a estudiar allí mi tercer año de universidad y si mi madre quería que me lo pagara yo, eso haría. Con mi trabajo tenía más que suficiente. Dejé de lado esos pensamientos que tenía en mi cabeza en cuanto vi el agua cristalina del mar.

—¡Allá, voy! —No os lo voy a negar, cuando iba corriendo en dirección al mar, levantando con mis pies la arena cálida a causa de los rayos del sol, me sentía como Moana. Sentía una adrenalina en mis venas diciéndome que cogiera un barco y fuese a explorar mar adentro.

Sentía cómo mi corazón latía con intensidad cuando mis pies tocaron la gélida agua y un impulso de mi cuerpo, hizo darme cuenta de que ya estaba lo suficientemente dentro del mar, como para poder subirme a la tabla y surfear las olas que embestían con intensidad.

—¡Cuidado! —espetó una voz a lo lejos que me hizo volver a la realidad y dejar de crearme mis películas surferas en la cabeza. En cuanto giré la cabeza, una pelota se estampó en mi cara haciendo que cayera de mi tabla sumergiéndome en las profundidades del océano.

—¿Estás bien? —me preguntó a lo lejos mientras salía a la superficie con mi moño mojado y desordenado.

Escupí toda el agua que me había tragado a causa de ese golpe inesperado.

—De maravilla, ¿no me ves? Parezco una rata —dije con un sarcasmo que podía hacerse notar mi alegría habitual.

Me ayudó a volver a subir a la tabla y allí pude ver con qué fenómeno humano estaba hablando.

—Me pensaba que serías un surfero bueno, ya veo que no. —Sonreí y pude notar cómo me devolvía una sonrisa de forma sarcástica.

—Yo también me alegro de verte, Kai. —Me empujó de nuevo al mar y se rio de la expresión facial que puse en ese momento.

—Ahora ya sé que la próxima vez que lance una pelota y vaya directa hacia ti, no deberé ayudarte. —Se volvió a reír de mí en cuanto subí a la tabla de surf—. Te ves más bonita así, mojada, con este pelo desordenado y esta cara de rata. —Esta vez ya no sonrió, ni se rio de forma sutil, se rio de mí, a carcajada pura.

—Qué gracioso eres, idiota. —Lo miré de mala gana y traté de tirarlo de su tabla de surf, pero el intento resultó fallido cuando hizo un movimiento ágil causando que me cayera encima de él, sumergiéndonos en el agua.

En cuanto salimos los dos juntos, nos pusimos a surfear, aprovechando que nos habíamos encontrado y ya hacía un mes de verano que no nos veíamos. Lo admito, estar con él me gustaba, era mi mejor acompañante, era la persona con la que compartía mi vida, mis locuras y mis ganas de acción, día tras día.

Era esa persona con la que podía ser yo misma, con el que más me reía. Me sentía bien siempre que lo tenía cerca, con esos ojos verdes claros que mostraban sinceridad y ese cuerpo esculpido gracias a nuestras rutinas de gimnasio.

—Te echaba de menos, aunque no te lo creas mucho, que se te sube el ego. —Sonreí cogiendo mi tabla de surf yendo dirección a tumbarme en la suave arena de la playa, sabía que él era la persona con más autoestima de todo Hawái.

—Lo sé, admito que yo a ti también, mona de árbol —dijo mientras plantaba su tabla en la arena para tumbarse a mi lado. Mi mejor amigo podía ser todo un comediante cuando la inspiración le venía al cerebro.

—Te odio, por tu culpa me caí de ese árbol. —Lo miré con desagrado, odiaba ese apodo, porque fue el momento más vergonzoso de mi vida.

—Vamos Kai, fue muy divertido ver cómo te caías con los cocos rodeándote por todos lados. —Y efectivamente se volvió a burlar de mí, pero esta vez le di un puñetazo en el brazo.

—No te rías, yo me subí a ese maldito árbol porque la señorita, demasiada princesa para su gusto, no se atrevía a escalar para coger un coco —lo solté todo de forma vengativa, quería que se molestara, quería sentirme más superior que él.

—Te odio, Kai. —Aunque sus palabras contradecían sus emociones, me hizo gracia verle así, riéndose de la situación y de los recuerdos.

Me acuerdo el primer día que lo conocí, yo me mantenía ocupada trabajando mientras ayudaba una familia de tortugas a atravesar la arena y llegar hasta el océano y él sirviendo bebida en un bar.

Totalmente distintos, cierto, la situación fue graciosa cuando se acercó a mí sirviéndome un vaso de agua, porque llevaba ya una buena media hora, tratando que las tortugas llegasen al mar.

Recuerdo cuando nos sentamos los dos mientras veíamos ese atardecer, cansados de las responsabilidades. Lo que nunca llegaríamos a imaginar aquel entonces, es todo lo que cambiaríamos mutuamente nuestras vidas.

Porque sí, un atardecer nos unió y ahora nos encontrábamos los dos sentados en la arena, mientras recordábamos todo lo que hemos vivido y lo que nos queda por vivir juntos.

Lo miré y allí me di cuenta de que no estaba segura de si quería irme a Las Vegas y dejarlo aquí, dejar todo lo que me componía, todo lo que me hace ser lo que soy.

No estaba segura, cada vez dudaba más, por lo que decidí no decir nada hasta que no tuviese una idea definitiva. Sabía que hiciese lo que hiciese, dañaría a alguien y eso no lo podía cambiar.

—Kai —Salí de esos pensamientos que me estaban consumiendo— ¿Estás bien?— ¿Bien? Estaba de maravilla, me habían admitido a la Universidad de Las Vegas. Me habían admitido a la vida de adrenalina y acción que necesitaba. Estaba genial, pero una parte de mí no lo estaba y no podía mentirme, no quería irme sin él.

—Sí, tranquilo. —No me molesté en decir nada más y en cuestión de segundos sus definidos y corpulentos brazos, me rodearon la cintura haciendo que me sentara encima de él, para luego unir nuestros cuerpos en un abrazo que llevaba necesitando desde que recibí esa carta.

—Vamos, no debes mentirme, sabes que te conozco muy bien —dijo entre susurros. Esa voz tan tranquilizante que desprendía hizo que por un momento me olvidara de todo lo que sucedía por mi cabeza.

—Lo sé Mat, solo estoy cansada, es todo. —Mi tono de voz no sonó muy convincente y sabía que él lo había notado, me conocía demasiado bien como para saber cuándo era que estaba mal.

Agradecí que solo asintiera con la cabeza y se levantase conmigo en brazos, agarrándome fuerte, para que no me cayera mientras, con la otra mano, cogía las dos tablas de surf. Admiraba su forma de tratarme y su forma de llevar tantas cosas con solo dos manos.

—Te llevaré a casa para que puedas darte una ducha caliente y esta noche paso por ti, ya que vamos a comer un helado, para que te distraigas —Espetó entre susurros.

Amaba su amistad, estar con él significaba estar bien, estar en un lugar seguro, desconectar. Era la persona que me curaba cuando más lo necesitaba. Amaba que supiese cuándo estaba mal y no me hiciese un interrogatorio de esos que tanto odiaba.

—Cuando se ponga el sol, en la puerta estaré —susurré con tranquilidad. Esta era nuestra dicha de las noches, cada vez que hacíamos planes nocturnos, nos esperábamos en la puerta de nuestras casas una vez el sol ya se había puesto.

Después de una caminata de tranquilidad, mientras mi cabeza se posaba en su hombro y mis brazos rodeaban su cuello, dejó las tablas de surf en mi portal y me acarició la cabeza para luego bajarme de manera delicada.

—Dame una de esas sonrisas que tanto me gustan y me iré tranquilo. —Sonrió y sus ojos se posaron en los míos esperando una reacción en mi rostro.

Sonreí. Era imposible no hacerlo con él tan cerca, tenía algo que hacía que sonriera, incluso cuando era lo que menos quería.

Me quedé observando esos ojos verdes, llenos de felicidad, y entonces entrelacé mis brazos con los suyos, para derretirnos en un tierno y emotivo abrazo.

Lo admito, pude cometer muchos errores a lo largo de mi crecimiento, pero mi acompañante de vida, no era uno de ellos.

—Hasta luego, Mat —dije mientras me separaba de su cuerpo para coger mi tabla y abrir la puerta de mi casa mientras él se despedía con una sonrisa.

En cuanto vi cómo se alejaba por la calle, mis ojos se posaron en el cielo y sonreí al ver el lindo atardecer que se posaba encima del mar. Me había pasado todo el día con él y apenas estaba saliendo de mi casa esta mañana, para surfear sola.

Y ahora me encontraba entrando a mi casa para volver a salir más tarde. Definitivamente, los planes improvisados eran mis favoritos.

Dejé el atardecer increíble con esos colores, rojizos, púrpuras y amarillentos, que se posaban ahora detrás de mi espalda, cerrando la puerta para subir a darme una buena ducha caliente.

Una de esas duchas que necesitas cuando no dejas de darle vueltas a muchas cosas y solo quieres paz.

Eso necesitaba yo en esos instantes, paz.

CAPÍTULO 2

ALEISTER

El paisaje era bastante normal, aunque la oscuridad del cielo apenas dejaba ver con escasez los pequeños detalles que componían las nubes. Miré con cautela y mi mente se dejó llevar, viendo lo resplandeciente que estaba la luna y las estrellas que la rodeaban.

Estuve un buen rato contemplando el hermoso anochecer que hacía, aunque mi cara no compartía ese mismo sentimiento, era todo un cuadro.

No podía dejar de observar cómo dejábamos atrás Las Vegas, para ahora, estar a punto de aterrizar en Hawái. Tengo que admitir que esa isla es todo un paraíso que toda persona quisiera experimentar, porque es un lugar tan bello, con tanta tranquilidad.

El único inconveniente, eran esos malditos negocios. Es cierto, me encantan los negocios y no lo voy a negar. Pero tener que dejar mis responsabilidades allí en mi país, a cargo de otros, para ir a otro totalmente distinto, con mi familia, por culpa de mi padre. Eso ya no me inspiraba ningún tipo de emoción.

—Tienes cara de amargado —espetó mi padre con esa voz tan autoritaria.

Me limité a mirarlo con desagrado. Sí, tengo cara de amargado, no creo que a nadie le cause mucha emoción que lo obliguen a ir a hacer negocios con su padre. Lo único que me sacaba de esos pensamientos tortuosos, era saber que en un cerrar y abrir de ojos estaría conduciendo mi coche, por las largas carreteras infinitas de ese paraíso. Lo único bueno de ese viaje era la localización. Gracias a esos negocios, mi padre tenía grandes empresas constructoras de casas y este les ordenó crear una en Honolulú.

No estaba destinado a quedarme allí, de hecho no era algo que quería, pero era mi responsabilidad y yo por dinero hacía lo que hiciese falta. Tan pronto, en cuanto despejé mis pensamientos, me encontraba bajando del avión, para poder olfatear la brisa marina y notar la suave humedad entre los poros de mi piel.

—Es maravilloso, Robert —soltó mi madre con entusiasmo.

Mi madre era una mujer muy delicada, le encantaban estos tipos de viajes en los que la belleza y la riqueza importaban. Era una mujer esencial, pero yo no tenía nada que hablar, ni compartir con ella, ni con mi padre, desde que decidieron que éramos lo suficientemente grandes, como para cuidar de nosotros mimos, por nuestra cuenta. Desapareciendo así entre semana y cada finde, para viajar. Dejándonos solos con la mayordoma.

—Tan maravilloso como tus ojos, Giselle —murmuró mi padre agarrándola de la cintura para plantarle un beso en esos labios tan delicados y rosados.

—Asqueroso —insinuó mi hermano mientras se acercaba a mí.

Mi hermano era la única persona por la que daría todo, éramos como uña y carne. Aunque yo fuese el mayor, solo por un año, sentía que habíamos nacido el mismo día, sentía que teníamos una conexión demasiado especial.

—Concuerdo contigo, son insoportables —dije mientras mi cara esplendía una mueca de desagrado.

—Nos lo vamos a pasar de maravilla esta semana. —Sonrió mi madre mientras se acercaba a nosotros y entrelazada al brazo de mi padre.

—Ni que lo digas —dije entre murmurios.

Mis padres y yo no teníamos muy buena comunicación, de hecho era todo muy incómodo y sobreactuado. Aunque me hubiesen criado de maravilla durante mi infancia y me diesen de todo, yo no podía dejar de sentirme incómodo estando en el mismo hábitat que ellos. Desde luego, los padres son una especie totalmente distinta, que a veces es difícil de comprender.

Nos subimos al coche de mi padre, su Maserati, gran turismo de color blanco reluciente, que conducía a toda pastilla, para llegar al fin a nuestra casa. Siempre me encantó esta casa y sus vistas. No lo iba a negar nunca, era una casa grande, de color blanco, muy acogedora por dentro, con esos colores azules, haciendo contraste con los blancos, creando un ambiente mediterráneo al interior de cada espacio de la casa y recalcando los cuadros de especies marinas que adornaban las paredes de todas las habitaciones.

Era maravillosa, pero uno de mis rincones favorito era la sensación de salir al jardín, andar unos cuantos metros, abrir una puerta y estar pisando la cálida arena de la playa.

Me desaté los botones de la camisa negra que llevaba a juego con ese cielo oscuro que hacía y me dispuse a adentrarme en el horizonte del mar, para poder pasear cerca de la resplandeciente agua a causa del claro de la luna.

—¿Preparado? —Me di la vuelta al escuchar la gruesa voz de mi padre, un hombre corpulento que ahora se posaba delante de mí.

—Siempre estoy preparado. —Le di la espalda mientras observaba cómo el oleaje de la marea, chocando contra la orilla, creaba una armonía perfecta para mis oídos.

—Confío en ti y sé que no me vas a defraudar, hijo — espetó posando su tibia mano en mi hombro mientras lo palmeaba de manera uniforme varias veces.

—Claro, ya puedes irte —No me limité a decir nada más. Necesitaba desconectar y lo único que no quería en esos momentos era dialogar con él.

—Hijo, entiendo que es difícil dejar tus negocios en Las Vegas para venir aquí, pero es solo una semana antes de que volvamos y empieces tu tercer año de universidad, puedes hacer un mínimo esfuerzo para esta familia. —Su tono de voz pasó de sonar tranquilo a ser agresivo con cada palabra que soltaba.

—¿Yo soy el que debo hacer un esfuerzo para la familia? —Lo miré con desagrado. De verdad, ¿me pedía que hiciera un esfuerzo para ellos? Cuando ellos habían decidido que mi hermano y yo nos podíamos cuidar solos, dejándonos tirados sin un apoyo al que asistir cuando de errores cometidos se trataban. Cuando solo necesitábamos llorar en un hombro, cuando solo queríamos a nuestra familia con nosotros.

—Ya hablamos de esto y es vuestra responsabilidad cuidar de vosotros mismos, sois lo suficientemente grandes. —Antes de que pudiera decir nada, volvió a hablar, entrecortándome en el acto—. Haz el favor de dejar de comportarte así, porque lo has tenido y tienes todo, ya bastante hemos hecho para vosotros. —Esa maldita frase la odiaba con toda mi alma.

—Mañana te quiero abajo en cuanto salga el sol, debemos asistir con antelación a la reunión —no dijo nada más y antes de que pudiera decir nada se largó dejándome solo con la sinfonía del mar detrás.

Me acerqué a una palmera y no pude contener más mi rabia que, en un acto de violencia, estampé un puñetazo en la oscura madera, generando que un coco cayera de esa.

Necesitaba pasear. Me dirigí hacia el garaje de esa enorme casa, tratando de esquivar a todo tipo de persona que estuviese dentro de ella, lo menos que necesitaba era hablar con alguien, porque terminaría desahogando mi rabia.

—¿Vas a alguna parte Aleister? —La figura femenina, de ojos claros, piel blanca y pelo rubio reluciente, hizo que me sobresaltara en el acto.

—Me voy —solté sin más preámbulos, solo quería irme de allí para no tener la obligación de hablar con ella.

Mi madre, con esos ojos marrones, pero con ese pequeño brillo verde que tenía, me miró frunciendo el ceño a la espera de una respuesta, pero su intento de curiosear mis acciones resultó fallido en cuanto me di la vuelta y desaparecí por la puerta del inmenso garaje.

Miré todos los coches que había, era mi zona favorita de la casa, sin duda, pero yo solo iba con uno en mi mente desde que aterricé hoy aquí. En cuanto lo vi, una sonrisa de superioridad se dibujó en mi rostro, era mi Mercedes modelo AMG G63, de color negro obsidiana, mi coche.

Cogí la llave y me adentré sentándome en esos elegantes asientos, no me resistí más, que en menos de segundos introduje la llave y un sonido satisfactorio se manifestó del motor. Giré mi cabeza para poder salir de ese lugar y en cuanto me fijé bien, mi madre se dirigía hacia mí, pero no iba sola, sus manos delicadas se unían a las gruesas manos de mi padre. Los observé bien y sonreí en cuanto vi una furia intensa en su cara, mientras me gritaban que bajase del coche.

—¡ALEISTER AYERS, BAJATE DE ESE MALDITO COCHE! —Refutó mi padre de mala gana.

Bajé la ventanilla del coche y les saqué el dedo corazón en tono de burla.

—Hasta luego —solté mientras mi pie pisaba a fondo el acelerador, causando una reacción inmediata en el motor del coche, que ahora se encontraba saliendo a toda velocidad del garaje.

Mis dedos agarraban con delicadeza el volante de fibra suave que componía ese volante, bajé la ventanilla para poder notar el aire rozar mi cara. Cada vez aceleraba más, necesitaba esa adrenalina en mi cuerpo, esas ganas de más. Me dispuse a agarrar el volante con mi mano derecha mientras con la otra apoyaba mi cabeza en dirección a la carretera de mis locuras.

Vi el cartel y me sobresalté: Interestatal H-3 de Hawái.

—Ahora sí, vamos allá joder. —Encendí la música conectada vía Bluetooth y puse la quinta marcha mientras pisaba con impaciencia el acelerador.

Flashing Lights de Kanye West se manifestaba en los altavoces del interior del vehículo, generando más ganas de adrenalina, estaba totalmente despierto, mientras me recorría esa larga carretera acompañada de muchas emociones que mi cuerpo generaba en ese instante.

El aire acompañado de brisa marina alcanzaba mi cerebro y recomponía cada pedazo que había estado destruido. Paz, eso es lo que estaba experimentando. Giré la cabeza y pude apreciar cómo la luna se adaptaba a mi velocidad y se disponía a hacer una carrera conmigo. Volví a mi infancia, recordando como cuando era un niño pequeño y pensaba que la luna me seguía. Estaba experimentando muchas sensaciones y mi vista no se alejaba de la marea reluciente.

—Oh, yeah, yeah, CAN I JUST STAY HERE? SPEND THE REST OF MY DAYS HERE? —Entre gritos eufóricos me encontraba sintiendo a puro pecho la canción de Bruno Mars.

Estaba pasando la mejor noche de mi vida hasta que una llamada entrecortó la música. En cuanto me fijé, tenía diez llamadas perdidas tanto de mi madre, como de mi padre. Pero, ¿sabéis lo mejor de esto? No pensaba parar, no iba a frenar, no iba a contestarles, necesitaba ese momento de paz mental.

Cuando las cosas se ponen mal, todo el mundo necesita su momento de soledad para poder despejar la mente. Tantas preguntas me estresaban y no era lo que quería, no quería estar acompañado viendo cómo la gente sentía pena por mí y me consolaban con sus ojos de tristeza. Que les den, joder.

No necesitaba a nadie pendiente de mi vida, quería disfrutar el momento como a mí me daba la gana.

Pasaron largos minutos de canciones y tuve que bajar unas cuantas marchas, ya que la carretera finalizaba y me adentraba a la ciudad. Me concentré en seguir las normas de circulación, aunque tenía la necesidad de saltármelas todas, pero dejé ir un largo suspiro y me adapté a ellas.

—Vaya mierda, que mal conduces, tío —solté, en un tono molesto. Iba detrás de un coche a veinte en una carretera de cincuenta, no había cosa que me molestara más, así que aproveché el rojizo semáforo para bajar del coche y golpear su ventana.

—¿Puedo ayudarte en algo? —dijo, con una sonrisa alegre, el chico que se encontraba dentro.

—¿Puedes ir más rápido? Vas a puto veinte, si no sabes conducir, vete a conducir carros de la compra. —Lo miré con ojos amenazantes, odiaba la lentitud.

—Voy a ir a la velocidad que me plazca. —Subió la ventana, dejándome detrás de ella, viéndome reflejado.

No había cosa que me pusiera más furioso que un incompetente se riera en mi cara, así que la rabia se apoderó de mi cuerpo por completo, abriéndole la puerta mientras lo agarraba por el cuello de la camisa, sacándolo de un impulso agresivo y directo.

—Vuelve a dejarme hablando con mi propio reflejo y quizás veas tú el tuyo. — En cuanto lo observé me di cuenta de que lo tenía elevado, así que lo solté, dejando que cayera al suelo, mientras apretaba mis puños para evitar estampárselos en la cara.

—¿Te crees mucho, verdad? Rico de mierda, seguro eres niño de papá. —Se levantó del suelo con una risa entre sus dientes.

En ese momento la furia tomó las riendas y me abalancé encima de él en un acto ligero, para partirle la nariz de un puño limpio y directo. El chico corpulento se defendió estampándome un puño en el labio, dejando que este sangrara. En cuanto nos separamos los dos, estábamos en mal estado y no nos dimos cuenta de que el semáforo hacía rato que estaba en verde y estábamos causando mucho alboroto.

Me desabroché la camiseta dejando al aire mis abdominales y facciones marcadas del cuerpo, para acercarme a él y darle un golpe seco en la boca del estómago, generando que cayera al suelo con la respiración entrecortada.

—¿Ahora quién ve reflejos? —Sonreí con suficiencia y me dirigí al coche removiéndome el pelo mientras lo despeinaba.

Estaba tan eufórico que necesitaba tranquilidad. Estacioné el coche cerca de la playa bajándome de él, para ir a mover mis piernas por las calles de Honolulú. Todo parecía estar tranquilo, mi cabeza iba girando hacia ambas direcciones, observando los dos lados de la calle y me detuve en seco en cuanto vi una heladería.

—Me lo merezco —murmuré en mi interior y entré directamente al local decorado con flores rosas oscuras, tablas de surf, tortugas de silicona y muchos colores que lo favorecían.

Iba a pedir un helado para poder relajar mi estómago rugiente y poder desinflamar mi labio, pero mis ojos se distrajeron. Miré esa figura definida, esa cintura perfecta, esa piel morena del sol, ese pelo brillante y ondulado a causa de la sal del mar, su color miel en los ojos. Esa chica captó mi atención, pero el helado era más importante.

O eso pensaba.

CAPÍTULO 3

KAILANI

En cuanto se había puesto el sol, lo único que se manifestaba en ese cielo oscuro, era la clara luz de la luna. En ese entonces, me encontraba de pie delante de la puerta de mi casa, con un largo vestido negro hecho de tela muy fina que resaltaba mis caderas y la curva de mi cintura.

—Kai, estás hermosa —una voz delicada se posaba detrás de mi oído, mientras con sus dedos, removía el pelo que se dejaba caer en mi hombro, dejando totalmente mi cuello al aire para, acto seguido, con sus cálidos labios, plantar un beso en él.

Me di la vuelta y lo abracé entrelazando nuestros cuerpos, me encantaba cada pequeño detalle que tenía en mí, me cuidaba como si fuese su hermana pequeña.

—Tú también estás hermoso, Mat. —Sonreí. No mentía, esa camisa blanca con botones desabrochados, hacía que luciera demasiado sexy, dejando ver cada parte definida de su pecho.

Cogió mi mano y me hizo dar una vuelta, para con sus ojos poder definir cada parte de mi cuerpo, que resaltaba mi figura, gracias a ese vestido.

—Te queda genial, te resalta mucho esa cintura perfecta que tienes —dijo en un tono tranquilo con una sonrisa puesta en su rostro.

Sonreí. Me gustaba mucho cuando me halagaba, porque sé que con él, sí podía confiar, sé que él no me mentiría. Lo tenía muy claro, me gustaba que fuera sincero conmigo y que me hiciese sentir guapa todos los días que pasábamos juntos.

—Deberíamos ir yendo, antes de que cierre como nos pasó la última vez —espeté para luego reírme.

Me acordaré toda la vida de esa noche que habíamos quedado para comer un helado, y nos entretuvimos tanto hablando de lo magníficos que íbamos, que en cuanto llegamos al local, ya habían cerrado. Nos reímos mutuamente y decidimos que esa noche no iba a terminar de esa forma, así que nos bañamos con ropa en el mar. Todo fue demasiado ridículo y a la vez demasiado genial.

—Fue la mejor noche, no puedes negarlo. —Me miró con esos ojos delicados y le sonreí.

—Nunca lo negaría, estar contigo me hace feliz. —Lo abracé fuertemente.

Sabía que en menos de una semana, estaría empacando mis cosas para ir a estudiar a fuera, y aún no se lo había contado, no podía. Lo había extrañado, llevaba todo el verano sin saber de él, y ahora no podía perderle, no quería dejarlo atrás, no quería dejarlo aquí.

Nos mantuvimos un buen rato andando, mientras mi cabeza recordaba todos los buenos momentos que había pasado con él y lo difícil que se me haría saber que en cualquier momento lo perdería. Unos brazos se posaron alrededor de mi cintura, generando que detuviese el paso, para cruzar miradas.

—La Kailani que conozco no estaría toda una caminata sin decir ni una palabra. —Agarró mi cara con sus manos y acarició mis mejillas—. ¿Qué tienes? —Acercó mi cara a la suya mientras sus ojos de preocupación se posaban en los míos de inseguridad.

—Mat... —Se me entrecortaron las palabras. Mi voz era frágil en esos momentos, no sabía cómo decirle algo así, a la única persona que había crecido toda mi vida junto a mí.

—Vamos, Kai, sabes que puedes contar conmigo. —Una de sus manos bajó hacia mi cintura agarrándola para que nuestros cuerpos se juntaran.

—No sé cómo decírtelo, solo, no puedo... —Bajé mi mirada apenada.

Me era muy difícil, mi cuerpo estaba experimentando muchas emociones y sabía que en cualquier momento mis ojos me defraudarían y empezarían a llenarse de lágrimas.

—Está bien peque, no te preocupes. —Besó mi mejilla y me aferró a sus brazos para luego plantar un beso en mi cabeza.

—Te quiero, Mat... Y lo siento —susurré mientras una lágrima se disponía a caer por mi cara.

—No tienes que sentir nada, cuando estés preparada hablaremos de ello. —Me levantó la cara con su pulgar, sacando mi lágrima de ella—. Ahora vayamos a comer un helado, para que dejes de darle vueltas. —Sonrió y me agarró entre sus brazos para llevarme a la heladería.

No pude evitar soltar una risita. Mat era una de esas personas que, en mi peor momento, sabía cómo hacerme encontrar la luz. Era esa persona que en un día de tormenta, sería el sol que iluminaba mi camino, para evitar mojarme. Era mi lugar seguro, mi lugar tranquilo. Lo era todo para mí y estaba claro que no podía dejarlo aquí. Debía pensar muy bien las cosas y qué iba a hacer.

—Hey, Kai, te quedaste pensativa —dijo entre susurros.

En cuanto me di cuenta, ya estábamos en la heladería y cuatro ojos puestos en mí, para saber qué helado iba a pedir.

—Lo siento —me limité a decir mientras miraba los sabores—. Quiero uno de coco y mango. —Solté con una sonrisa leve en mi cara.

En cuanto recibimos nuestros helados, nos dirigimos a una mesa cerca de la puerta, me gustaba mucho este local. Poder sentirme como en casa, era algo muy tranquilizante. Las tablas de surf, las tortugas de plástico, los colores, las flores. Todo estaba tan bien decorado, que parecía que estuviesen describiendo mi vida y lo que me gustaba de ella.

Después de tanta admiración, dejé de mirar cada detalle de la heladería, como hacía todas las veces que venía. Hasta que una risa varonil, hizo que frunciera el ceño.

—De que te ríes, idiota. —Lo miré sin entender qué era lo que le causaba tanta gracia de mí.

—De ti. —Se puso la mano en la boca para tratar de no hacer demasiado ruido.

—¿Y qué es lo que te causa tanta gracia? —pregunté en un tono agresivo.

Se levantó un poco de su asiento acercándose a mí, mientras con su pulgar removió el exceso de helado, que se había colado en mi nariz, por culpa de mi distracción, al admirar dicho local en el que estábamos.

—Gracias. —No pude evitar soltar una risa cautelosa, eso había sido vergonzoso.

Me devolvió la sonrisa y en cuanto me quedé observándolo, sabía que debía decírselo. Lo iba a hacer, estaba decidida, lo haría.

—Mat, debemos hablar de a... —Su teléfono sonó y su mirada se dirigió a dicha pantalla, para ver de quién se trataba.

—Kai, lo siento —dijo en un tono de voz preocupado.

— Debo cogerlo, es mi abuela, luego me sigues contando ¿vale? —Asentí y se alejó desapareciendo por las puertas de la heladería.

No iba a guardarle ningún rencor, su abuela estaba ingresada en el hospital y sabía que era lo más importante que tenía en su vida. Era como su madre, sabía que lo había estado pasando mal por ello. Y yo había estado allí, en sus noches de mil llantos, para tratar de sacarlo de esos bajones. No iba a reclamarle nada y menos cuando daba mucho por verme feliz y mantenerme de pie. Él había creado la parte más fuerte y madura de mi ser.

Habían pasado unos minutos y Mat seguía sin aparecer, estaba empezando a preocuparme más de lo que ya estaba. Pero sabía que necesitaba su tiempo, así que opté por hacerle caso a mi mejor idea, seguir comiendo mi helado, que cada vez quedaba menos de él.

—Un helado de mango y coco, por favor —dijo una voz masculina a lo largo del pasillo, delante del mostrador.

En cuanto levanté mi mirada para fijarme bien en qué sujeto había pedido mi mismo helado, nuestras miradas se entrecruzaron. Me fijé bien en su aspecto.

Mis ojos descendieron a sus pies, mientras iban subiendo poco a poco, observando lo elegante que era y lo poco común que se me hacía ver un chico con esos zapatos de marca, esos pantalones de traje negro y esa camisa negra desabrochada. Fui subiendo hasta su cara y pude analizar su oscuro color de ojos marrón y el pelo oscuro que de forma sexy se veía revuelto y despeinado.

Ese chico me resultaba excitante y no solo por su forma de vestir, sino por los aires de rebeldía que desprendía y su labio partido. Mi cuerpo sacó una descarga de emoción, y eso solo significaba una cosa, a ese chico le iba la adrenalina, la adrenalina que necesitaba.

En cuanto subí otra vez a sus ojos, vi como esos me estaban examinando con atención. Me miraba de arriba abajo repetidas veces como yo lo había hecho anteriormente. Pude observar con atención, cómo su mirada se oscurecía mientras tensaba la mandíbula. Después de mirarnos y examinarnos, al ver que éramos tan distintos, nuestras miradas dejaron de entrelazarse, en cuanto una voz me sacó de mis pensamientos.

—Perdona por tardar tanto en llegar —dijo una voz más delicada a la anterior que había escuchado hace unos minutos.

—No te preocupes, Mat. —Lo miré con atención. Tenía los ojos hinchados y eso me causó un mal presentimiento.

No pude contenerme más las ganas, que en un movimiento rápido, me senté encima de él, para rodear su cuello con mis brazos.

—Kailani... —su voz se cortó y su mirada se perdió en un vacío de lágrimas.

—No digas nada, está bien... Llora, lo necesitas. —Lo abracé con intensidad mientras acariciaba su espalda con mi mano.

—Ella... No ha podido sobrevivir... —soltó entre murmullos y sollozos.

Esas palabras me impactaron, no sabía qué decirle, no sabía cómo sacarlo de esa tristeza. Eso también me afectaba a mí, su abuela me había cuidado toda mi infancia, me había hecho ropa, me había enseñado a cocinar, ella era mi segunda madre. Sabía lo importante que era para él, sabía todo el tiempo que pasaba en su casa, porque su madre estaba muy ocupada trabajando. Solo el hecho de imaginar que ya no la vería más, un vacío se llenó en mi pecho.

—Lo siento mucho... —Me separé de ese abrazo tan doloroso y agarré su cara con mis manos delicadamente—. Sabes que ella siempre te va a cuidar, esté donde esté, ella siempre va a protegerte y siempre te llevará en su corazón, tanto a ti como a mí. —Una sonrisa muy leve se dibujó en su cara.

—Kai, no me vayas a dejar solo nunca, por favor, eres la única persona que tengo, que hace que me mantenga de pie —espetó entre sollozos.

Me quedé en blanco ante esas palabras. Debía decírselo, pero no era el momento, sabía que eso iba a destrozarle más y no podía verle peor de lo que estaba, porque eso me destruiría a mí por completo.

—Nunca te voy a dejar solo —susurré con una leve sonrisa.

En cuanto me quise fijar en el chico misterioso, este ya no se encontraba de pie junto al mostrador. Se había ido.

—Kai ¿qué querías decirme antes? —Su frágil voz hizo que mi mirada se fijara en la suya.

—No te preocupes por eso, ya encontraremos un mejor momento para hablar de ello. —Acaricié su cara mientras trataba de secarle las lágrimas que caían por su cara.

—¿Segura? —soltó en un tono poco convincente.

—Claro, no te preocupes por eso ahora. —Sonreí para acariciar su pelo mientras él asentía. Sabía que me necesitaba más que nunca y no quería alejarme de él en esos instantes.

—¿Cómo haces para que me sienta tan bien contigo? —dijo mientras me acariciaba la desnuda espalda que dejaba verse por mi vestido.

—Intento hacerte sentir todo lo bien que tú me haces sentir a mí, y más ahora que me necesitas el doble de lo que me necesitas siempre. —Me reí al saber que esas palabras egocéntricas solo podían salir de su boca.

—Sabes que eso es al revés. — Se río. Su sonrisa era de felicidad, lo había conseguido, había tratado de hacerle sonreír para que esos pensamientos horrorosos dejasen de evadir su cerebro.

—Como tú me has dicho antes, me gusta más verte cuando sonríes —dije entre susurros.

Me regaló una sonrisa y noté como sus dedos jugaban con el cierre del sujetador que no me había podido sacar, porque apenas me había dado tiempo de arreglarme.

—¿No crees que este vestido quedaría mejor sin el sujetador que llevas puesto? —susurró en mi oído mientras mi cuerpo se estremecía.

No respondí nada y eso le sirvió como respuesta para acercar mi cuerpo al suyo. Acto seguido, con sus delicados dedos, desabrochó el sujetador para sacármelo.

—Esto lo podemos tirar, ¿no crees? —Sonrió con superioridad y se lo guardó en su bolsillo.

— ¿Te los pondrás cuando llegues a casa? —dije en un tono gracioso imaginándome la escena.

— Si me los pongo, me quedarían mejor que a ti. —Me miró de forma amenazante.

—Sabes que no hay nada que te quede mejor que a mí. —Lo miré de la misma manera en la que me estaba observando él, sabía que me burlaba de él por usar frases egocéntricas.

—Lo único que sé, es que te ves mejor sin. —Puso sus manos en mi cintura para acercar su rostro al mío.

Mi cuerpo estaba empezando a notar reacciones excitantes, sabía que no sentía nada por él, pero no podía no sentir esa tensión sexual, que se estaba manifestando en nuestros cuerpos. Me moví un poco y pude notar su erección, sabía que no era la única que estaba notando la atracción. Eso ya me lo acababa de confirmar.

Me miró y sonrió al darse cuenta del rubor de mis mejillas.

—Así ruborizada te ves más excitante. —Bajó su mano hasta mi muslo para luego adentrarla en mi vestido con precaución de que nadie nos viera.

—Mat... —Se me entrecortaron las palabras.

No sabía qué estábamos haciendo o qué es lo que iba a suceder, pero sabía que era posible que lo hiciera para olvidarse de ese suceso tan horrible. Debía parar esto.

En cuanto quise decir algo, su mano se posó en mis labios para evitar que pudiese decir nada, mientras la otra llegaba a la entrada de mi intimidad, acariciándola. Sonrió de forma coqueta y deslizó la tela de mis bragas hacia un lado, para adentrar un dedo en mí.

Solté un suspiro y nuestras miradas se cruzaron. En cuanto vi sus ojos llenos de lujuria, un pensamiento me divagó la mente.

¿Quería realmente parar o debía seguir para romper con esa tensión?

CAPÍTULO 4

ALEISTER

En cuanto nuestras miradas se juntaron, supe que había algo de ella que me parecía muy peculiar, como si ya hubiese visto esa mirada anteriormente.

No podía dejar de examinarla, me resultaba tan distinta a las chicas con las que me encontraba por Las Vegas. Ella era tan diferente. Me fijé bien y vi cómo me examinaba con el mismo interés, así que me dispuse a hacer lo mismo. Mis ojos bajaron hasta sus pies y a medida que recorría ese definido cuerpo, podía fijarme en cada detalle. La observé con más atención y me estremecí al ver lo bien que le quedaba ese negro vestido, con el color moreno de su piel y las mejillas enrojecidas a causa del sol.

Las caderas le resaltaban mucho, se podía notar la curvatura de esta. Fui subiendo más y me paré en esos ojos color miel, que ahora se posaban en la oscuridad de los míos. Era tan natural, que me resultaba fascinante lo bellas que podían llegar a ser las mujeres, sin maquillaje.

—Aquí tiene su helado de coco y mango, que lo disfrute —dijo la dependienta con voz coqueta, haciendo que dejase de examinar a esa chica.

Me limité a asentir y cogí mi helado, para luego girar la mirada a mi objetivo de esa noche. Quería seguir contemplándola. Algo de ella me resultaba fascinante y a la vez tentador y familiar. Al ver que un chico fuerte con una apariencia similar a la suya se posaba delante de sus ojos, decidí que era hora de irme.

Solo ver cómo ella se sentaba encima de él, rodeando con sus delicados brazos, su cuello. Algo dentro de mí hizo que quisiera conocerla a profundidad. Pero no le di mucha importancia, ya que tenía entre mis dedos un helado, que esperaba con impaciencia que fuese comido.

—Mierda —dije entre susurros justo cuando acababa de salir del lugar, girando mi cabeza, al ver el coche de mi padre al final de la calle.

Miré mi teléfono y contemplé la cantidad de mensajes y llamadas perdidas que habían estado dejándome, mientras yo los ignoraba.

Di la vuelta a la heladería en dirección contraria y me puse a caminar por la suave arena.

—Como te vean aquí, te matan —una voz delicada sonaba detrás de mis oídos.

—¿Qué haces aquí? —Me giré para observarlo mejor.

—Oh, vamos, ¿no creerías que iba a dejarte solo, o sí? —insinuó en un tono de sorpresa.

—Max, deberías estar en casa —me limité a decirle, mientras me sentaba en la roca más cercana que había podido encontrar.

—Hermanito, recuerda que donde tú vayas, yo iré. —Me abrazó como pudo, debido a mi postura.

Le devolví el abrazo y acaricié su pelo. Mi hermano es la persona más dulce y con un corazón tan puro, que jamás había conocido. No quería que nadie le dañara, porque es tan inocente que perdonaría muchas cosas que nunca debería perdonar.

Al contrario que yo, él es demasiado tierno con todo el mundo y no le sale vengarse o dañar a esos energúmenos, que le hubiesen hecho mil pedazos anteriormente.

—Te quiero, gracias por cuidarme siempre —dijo entre susurros con un tono de tranquilidad.

Sonreí levemente. En verdad, me gustaba estar con él, me producía tranquilidad el saber que yo lo cuidaba bien, porque éramos inseparables y no permitiría que tuviese una mala infancia. Sabía que estando cerca de mi hermano, podía ser yo mismo y contarle cualquier mierda.

Me encantaba saber que él se sentía seguro conmigo y me contaba cualquier cosa que se le pasara por la cabeza, porque es tan espontáneo que te podía salir con cualquier tontería, que sabría cómo hacerte reír. Max sabía que yo siempre lo iba a proteger y eso se le quedó grabado en el corazón, porque cada problema que tiene, acude a mí. Eso me llena aún más.

Se sentó a mi lado apoyando su dulce cabeza en mi hombro, mientras terminaba de comerme mi helado, el cual no iba a ofrecerle, porque me lo iba a fulminar.

—¡ALEISTER AYERS! —una voz gruesa resonó en el horizonte del mar.

Suspiré en cuanto me terminé el helado y giré la cabeza con pereza.

—Sorpresa —solté, sarcásticamente, mientras mi padre me fulminaba con la mirada.

Max se levantó deprisa, alejándose un poco, al ver que esa figura varonil, se acercaba a mí, a paso de gigante. No tardé ni tres segundos en levantarme que él ya estaba agarrándome del cuello de la camisa, para estamparme un golpe en el labio, el mismo que ya había estado golpeado anteriormente.

—¡CUÁNDO DEJARÁS DE COMPORTARTE COMO UN CRÍO! —gritó enrabiado.

Me soltó con agresividad haciendo que cayera en la arena que por suerte amortiguaba mi caída.

—Soy lo suficientemente grande como para hacer lo que me dé la puta gana. —Me levanté y lo encaré, estaba harto de su arrogancia, de mierda.

—Eso decía yo a tu maldita edad y terminaron golpeándome por las espaldas, ¡robándome! —Su mirada se oscureció en un acto de enfado.

—Siempre me dices lo mismo, como si fuese mi maldita culpa que fueras un confiado de mierda —dije entre dientes.

Odiaba que me culpara de todas sus desgracias como si yo las fuera a cometer. Cuando mi padre tenía mi edad, se juntó con las personas equivocadas y salió perdiendo. Recuerdo cuando una tarde estábamos sentados en su despacho hablando de negocios y le pregunté por la foto que tenía encima de su mesa.

Se dignó a mirarme, dejando de lado su papeleo para, acto seguido, contestarme que en su época de universidad, él era muy amigo de mamá y dos personas más, las mismas que se veían en la fotografía. En cuanto le pregunté por esas dos otras personas, me contestó que eran desperdicios.

No entendía por qué hablaría así de personas que le importaban o al menos eso se reflejaba en sus caras. Me agarró la foto de la mano y me señaló el hombre de aspecto parecido al suyo, que llevaba un traje negro y un reloj reluciente en su muñeca, entrelazando manos con la chica que había a su lado. Sin más, empezó a hablar, rompiendo el escrupuloso silencio que se había generado en la sala.

—Este de aquí, es Liam Clare, un hombre que se ganó muy bien la vida por sí solo —espetó con desagrado, para seguir hablando.

»Era mi mejor amigo, lo era, hasta que se llevó a la mujer que le había comentado que me gustaba —suspiró y me devolvió la imagen.

»La chica es Akela Clare, su esposa. —Me observó y pude notar algo extraño en su mirada.

—¿Qué pasó con ella? —dije con curiosidad.

—Trabajábamos juntos, éramos inseparables, teníamos una gran conexión y resultó que todo fue una farsa. —Pude notar como hablar de ello le enfurecía.

»Porque tardó menos de lo que canta un pájaro en llevarse todo el dinero de nuestro negocio, para su hija y después desaparecer del mapa. —Se levantó con su vaso de vino, lleno de screaming eagle cabernet sauvignon de 1992, entre sus dedos.

—¿Y ese tal Liam no sabe nada? —dije con incredulidad.

Él sonrió sarcásticamente y alejó el vaso de sus labios para mirarme.

—Liam la dejó en cuanto se enteró de lo ocurrido, es por eso que se largó y nadie supo nada más de ella —dijo en un tono de decepción y odio.

—¿Y qué hay de su hija? —solté con tranquilidad.

—Una niña muy hermosa, por desgracia, su madre se la llevó y Liam no volvió a saber de ellas —dijo con una sonrisa entre sus labios. Mi padre había conocido a esa niña y le gustaba saber que Liam, se mantenía lejos de ellas.

Me fijé bien en la mujer de aspecto natural y en ese momento un golpe hizo que volviera a la realidad.

—Eres un desagradecido, Aleister —espetó mi padre después de haberme dado un puñetazo en la cara, dejándome parte de ella entre calor, que sabía que terminaría siendo tarde o temprano un moretón horrible.

Seguía sin prestarle mucha atención a los insultos que salían de su boca, en cuanto vi la cara de preocupación de Max, que se posaba detrás de la corpulenta figura de mi padre. Me solté de su agarre para ir a abrazar a mi hermano, estaba aterrorizado, nunca nos había visto discutir y eso no se le iba a sacar fácilmente de la cabeza.

—¡Max! Vete a casa, esto no tiene nada que ver contigo —soltó mi padre con desagrado.

Max, para mi padre era muy importante, era el pequeño de la casa, el que merecía ser cuidado con mucho amor, cosa que siempre le dieron, pero se les olvidó la atención por el camino.

Mi hermano me miró y pude notar el miedo correr por sus ojos.

—No te preocupes, estoy bien —dije sonriendo levemente para que se preocupara menos.

—Lo voy a golpear —soltó entre susurros.

—Déjame eso a mí y ve a casa anda. —Sonreí al escuchar sus palabras.

Max asintió no muy seguro y se dio la vuelta para desaparecer en la oscuridad de la noche. En cuanto vi que no había rastro de ese ser luminoso, me di la vuelta para volver a encarar la figura odiosa de mi padre.

—He visto una chica que me ha parecido igual que la mujer de tu foto —solté con una voz cortante y aún con cara de enfado. Quería evadir ese tema y dejar de escuchar lo muy desagradecido que era, así que opté en hablarle de la chica de la heladería.

—¿De qué mierda estás hablando? —soltó mientras se cruzaba de brazos. Significado de que estaba muy enfadado.

—Esa vez que me hablaste de tus amigos de la universidad. —Lo miré captando su atención.

—Me señalaste a una mujer, esa por la que te morías —espeté mientras me movía por la playa.

—La misma mujer que te robó y por eso cargas con esa culpa, regañándome por todo lo que hago. —Me detuve mirando la claridad de la luna.

—Akela —Soltó sin más—. Se llamaba Akela. —Esta vez se posó a mi lado mientras repetía mi misma acción.

—He visto una chica en la heladería que se parecía mucho a ella, su mirada se me hizo muy familiar —solté con total tranquilidad. Ver las olas del mar y escuchar cómo impactaban contra la orilla de la playa, me llevaba a divagar en mi mayor tranquilidad.

Mi padre me miró con el ceño fruncido y soltó un largo suspiro.

—Mucha gente se podría llegar a parecer a ella. —Posó su mano en mi hombro.

—Te digo que esa chica me resultaba conocida —solté empezando a notar indicios de rabia, recorrer mis venas.

—Aleister, ¡vale ya! —Se alejó de mí, andando dirección contraria del mar.

Me quedé un segundo apreciando la tranquilidad que desprendía estar allí y fui a paso apresurado en su dirección.

—Cuando la vuelva a encontrar, le haré una foto y verás que no me invento las cosas. —Esas palabras generaron que dejara de caminar y me observara.

—¿Y qué mierda quieres que haga yo con esa foto?, ¿De qué cojones me va a servir a mí? —Su voz ya no era tan calmada, era más gruesa y agresiva.

—Porque si esa chica es su hija, vas a poder encontrar su madre y vas a dejar de joderme la vida con tus rencores de mierda. —Me crucé de brazos mostrando superioridad.

—Bien, si esa chica es su hija, vas a acercarte a ella. —Me miró con una sonrisa cínica.

—¿Para qué? —me limité a decir.

—Para tratar de que le gustes y así puedas destruirla, como su madre hizo conmigo —Sus palabras sonaban con emoción.

—¿Y qué tiene que ver la chica con tu desgraciada vida? —No estaba entendiendo su plan.

—Es fácil, en cuanto le destruyamos la vida a su hija, la misma niña, la que su madre me robó el dinero para ella, vamos a poder saber de su paradero y vamos a destruirle la vida a su madre también. —Se acercó a mí mientras agarraba mis hombros con fuerza.

—Vas a hacer que esa chica consiga presentarte a su madre. —Sonrió muy seguro de lo que decía.

—Bien, si la vuelvo a ver, te mandaré la foto y me dices si esa es su hija. —Acepté su trato, pero antes de que pudiese decir nada, lo entrecorté.

—Quiero algo a cambio. —Mi mirada lo observaba de forma penetrante.

—Esperaba que dijeras eso, hijo. —Sonrió mientras emprendía de nuevo su paso ligero, para llegar al coche y adentrarse en él.

En cuanto los dos nos encontrábamos dentro de su coche, sacó un papel de su maletín de negocios. Ese dichoso maletín lo llevaba a todos lados, podía parecer un mafioso traficando dinero o droga, con mucha facilidad.

—Si haces lo que te digo, vas a obtener más de la mitad del dinero que recuperaremos, en caso de que esa sea su hija. —Me extendió el bolígrafo.

—¿Y en caso de que no lo sea? —Cogí el bolígrafo y lo miré.

—En caso de que no lo sea, anularemos nuestro negocio. —Antes de que pudiese rebatir nada, volvió a hablar.

—Aleister Ayers, aceptas acercarte a esa chica, para herirle los sentimientos, además de tratar que consiga llevarte hacia su madre y pueda herirla yo —su voz neutral hizo que me diera cuenta de lo importante que era eso para mi padre y sobre todo para mí, para que dejara de amargarme con su rencor. Aunque lo más importante era tener mi dinero—. A cambio de la mitad del dinero. —Dijo concluyendo con su pacto.

—Acepto. —Firmé el papel que me estaba entregando y se lo di, para luego salir del coche y cerrar la puerta, perdiéndome en las calles de ese bello paraíso.

Suspiré, estaba agotado de tantas responsabilidades y ahora estaba realizando que no sabía nada de esa chica, solo sabía que había estado en esa heladería.

—Hostia, claro, joder. —Me dirigí otra vez a la heladería a paso apresurado.

Necesitaba que estuviera su presencia femenina allí. Necesitaba sacarle una foto para averiguar si esa chica tan natural, tenía algo que ver con el rotatorio de mi padre y sus actitudes de mierda, que generaban que me culpase a mí por ello.

Entré a la heladería con el cansancio de mis piernas. Me dolía infiernos la cara, a causa de los golpes, me pude ver reflejado en el mostrador y la tenía hinchada y adolorida de los golpes, vaya cuadro. Me dispuse a mirar quién se encontraba dentro de ese.

—Genial. —Solté sin más preámbulos.

CAPÍTULO 5

KAILANI

No sabía qué estábamos haciendo, ni si debíamos, pero sabía que no estaba bien y debía estar con él, pero no en esa misma situación precisamente.

Me levanté alejándome de su presencia en mi interior y su mirada oscura se perdió en mis ojos.

—Mat, no deberíamos estar haciendo esto —dije con la voz entrecortada del miedo que sentía al hacerle daño.

—Claro, lo siento, debería irme —soltó mientras se levantaba dejando atrás la mesa en la que estábamos, esfumándose en la oscuridad.

Corrí detrás de él con lágrimas en los ojos. No quería perderlo, no a él.

—Te he ayudado toda mi vida, no puedes irte así —Solté entre sollozos.

—Kailani, necesito tiempo solo. —Me miró con una expresión de frialdad.

— No es justo, no puedes tratarme así... —Bajé la mirada con un sentimiento de dolor en mi corazón.

—Lo siento, me he equivocado, solo me he dejado llevar por el dolor y quería olvidarlo. —Se acercó a mí mientras agarraba mi cara con sus temblorosas manos.

Levanté la mirada observándolo, no me limité a decir nada, solo no podía. Que se comportara así conmigo no era justo, había estado siempre para él y yo no quería que le sentara mal, pero no podíamos hacer eso. Solo se estaba dejando llevar y eso no nos convenía a ninguno.

—Creo que deberíamos alejarnos, me he comportado como un idiota —dijo mientras soltaba mi cara.

Lo miré y sentí cómo mi corazón latía con exceso de velocidad. ¿Eso estaba sucediendo de verdad? Solo por decirle que no estaba bien, que lo hacía por dolor, que sus emociones lo controlaban. No era nada más que un error, en una situación complicada.

—¿Qué...? —solté como pude mientras notaba mis ojos cristalizarse.

—Me he dejado llevar y si volviese a pasar, no quiero imaginarme hasta qué punto podría... —espetó con una voz firme, dándome la espalda.

—Pero no pasa nada, Mat, yo estoy bien y entiendo que te has dejado llevar. —Agarré su brazo para que dejase de caminar.

—Lo siento, pero debo irme. —Se soltó de mi agarre con furia, mientras se alejaba a paso apresurado.

—¿Y QUÉ HAY DEL JUNTOS PARA SIEMPRE? —grité con todas mis fuerzas, mientras sentía pinchazos en mi corazón.

—Quizás no debimos haber prometido nada, sabiendo que te podría hacer daño... —dijo girando su cuerpo para mirarme.

—No me haces daño, por favor, no te vayas, te quiero... —solté con todas mis fuerzas mientras trataba de contener mis lágrimas. No quería llorar, no allí.

—Déjame solo esta noche — soltó para irse, dejándome completamente sola.

Me quedé observando la calle con esperanza de que regresara, pero lo único con vida que pasaba por allí a esas horas de la noche, era un chico joven y su padre, manteniendo una conversación importante, por lo que se veía en sus caras. Me di la vuelta y fui hacia la playa, para tratar de no dejarme llevar por el dolor, pero fue nefasto, no tardé ni tres segundos en ponerme a llorar mientras mis pies se remojaban en la helada agua de esa noche.

Me dispuse a caminar entre la orilla y el agua, sintiendo la arena pegarse en mi piel mojada. No sabía qué estaba pasando por mi cabeza, solo sentía cómo había una rotura en mi corazón. Una parte de mí faltaba, ya no me sentía completa. He intentado que se quedara, lo he intentado.

Mis lágrimas caían cada vez con más fuerza, no podía entenderlo. La soledad invadía mi estómago, notaba cómo me parpadeaba todo el cuerpo. Me había dado muchos golpes, pero nunca desearía que nadie experimentase el dolor de un corazón con ganas de explotar a mil pedazos.