Entre dos primaveras - Acisclo Manuel Ruiz Torrero - E-Book

Entre dos primaveras E-Book

Acisclo Manuel Ruiz Torrero

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Beschreibung

Entre dos primaveras es la quinta obra de Acisclo Manuel Ruiz Torrero, en ella retrata, mediante su estilo descriptivo, incisivo, cercano y emocional, diferentes temáticas a lo largo de trece relatos. Historias variadas que hablan sobre el día a día, sobre problemas sociales, sobre el paso del tiempo o las relaciones interpersonales (amor, amistad…), entre otras. Siempre desde una retrospectiva analítica y crítica, conjugando lo narrativo y lo poético, con la intención de sumergir al lector en cada relato.

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Seitenzahl: 185

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Acisclo Manuel Ruiz Torrero

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-277-1

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Exilio interior

Corrían malos tiempos para casi todo, aunque pensar, seguramente, era lo que estaba altamente penado. Para erradicar cualquier mala hierba, ya existían segadores profesionales que se ocupaban de cortarlas de raíz.

Evaristo se sentía encarcelado en sí mismo; él pensaba, como todo ser humano, pero lo hacía en silencio, como casi todo ser humano en aquellos años sesenta que parecían no pasar nunca en el calendario. Posiblemente, había salido a su padre; sin embargo, ya se ocupó su madre de educarlo bajo el manto de la cautela, del miedo y, sobre todo, del silencio. No quería, bajo ningún concepto, que le ocurriese lo mismo que a su marido, al que tuvo que ver cómo lo detenían para que se pudriese en la cárcel, tras dos intentos de ejecución que milagrosamente no se llevaron a cabo. A la postre, lo mataron igual, la única diferencia fue la forma y el tiempo; no fue una bala, sino las penurias; no fue a los pocos días, fue a los pocos años.

El motivo: razonar, pensar diferente, pensar en alto; algo inaceptable en la época que les tocó vivir. Su único hijo, Evaristo, había sido un niño inteligente a quien no supuso mucho esfuerzo que aprendiese a leer y escribir a muy temprana edad. Orgullo de su padre, quien le culturizó desde bien pequeño en el arte del pensamiento. «Que nadie, nunca, decida por ti», fue la frase que grabó en la mente de su hijo.

Sus padres tenían planes para él, para el resto de los hijos que no les dio tiempo a tener. Sería una persona culta, quizá maestro, quizá médico o ingeniero, lo que hubiese querido ser; unos sueños que se vieron truncados por la guerra, después por la dictadura y, finalmente, por la muerte de su padre.

El niño, que prometía ser alguien importante, dejó su inocencia de forma prematura para ejercer trabajos que solían realizar hombres. Lo justo de alto, delgado como un palo, pero con una seriedad que le hacía aparentar ser mayor de lo que era. Cuando les dejaban, visitaban a su padre a la cárcel —medio muerto, pero aun en pie—, aparentando ser lo que no eran, usando un lenguaje propio de gente inculta para no levantar las sospechas de aquellos guardianes ignorantes, los mismos que creían estar por encima de ellos por tener la fuerza de su lado.

Por la noche, en una minúscula casa que habían podido preservar por no tener ningún valor económico, su madre le daba lecciones de literatura, de matemáticas, todo bajo un estricto silencio y una consigna clara: jamás demostrar sus conocimientos de forma pública, pues la cultura no estaba hecha para el pueblo llano. El silencio era su aliado. Vivían observados; fuera, esperaban con cualquier excusa para caer sobre la mujer del rebelde o el hijo de este. Evaristo aprendió a vivir de esa manera, a sentirse preso de su propia mente, a ver a su madre viva por él, a escuchar sus lágrimas mudas; simplemente, aprendió a sobrevivir.

Cuando su padre falleció, decidieron trasladarse a Madrid. Ya nada les retenía allí, salvo miradas acusadoras de los que un día, no hacía mucho, les saludaban al pasear por la calle o les pedían ayuda para que intercediesen con algún cacique del pueblo.

Sentados en el destartalado autocar, Evaristo rodeaba con el brazo a su madre mientras veía alejarse el pueblo que lo vio nacer. Aquel chico de poco más de doce años se había convertido en un anticipado hombre. Taciturno y extremadamente responsable, reflexionaba sobre lo injusto de sus vidas, sobre lo cambiante que podía llegar a ser de un día para otro. Con rabia contenida, pensaba en su padre; una buena persona cuyo único delito había sido ser inteligente, luchar por un ideal sin doblegarse a la agresiva y sanguinaria ignorancia. Pensaba en su madre, en cómo se había transformado en mediocre para protegerle a él y así evitar ofender con sus conocimientos a los que voceaban como papagayos. Les habían destrozado la vida y tocaba intentar pegar cada trozo roto; una empresa cada vez más difícil de gestionar a medida que se iba haciendo mayor.

Durante los siguientes años trabajó en todo lo que le salía; trabajos precarios, de corta duración, pero que, junto a lo poco que ganaba su madre limpiando o sirviendo, les permitían ir tirando. Lo justo para pagar el alquiler del pisito donde vivían y poder comer; a veces, podían permitirse algún capricho como ir al cine, a pesar de las quejas de su madre: «Jamás tendrás novia si siempre te acompaño al cine», le recriminaba constantemente. Evaristo se reía sin darle la menor importancia; se veía muy joven para esos menesteres, aunque era cierto que se relacionaba poco; como mucho, al salir de trabajar, se tomaba de forma esporádica un chato con algún compañero. No necesitaba relacionarse con mucha gente; desde pequeño, se había vuelto desconfiado, algo que a su madre le dolía profundamente, pues era consciente de su culpabilidad, en buena parte, por haber forjado ese carácter introvertido y discreto.

Cada vez que tenía ocasión, le animaba para que saliera a dar una vuelta por el retiro o para que asistiera a alguna de las verbenas populares. Se podría decir que era un chico atractivo, de unos modales exquisitos, educado y limpio; rasgos que no pasaban desapercibidos entre las chicas de su entorno. Su madre se había dado cuenta de cómo se dirigían a él cuando le acompañaba a comprar al mercado, ya fuese la dependienta de la fruta o la chica que trabajaba en la panadería. Fue esta —una chica guapa, muy discreta y bastante tímida— la que le preguntó si iría a la verbena del barrio. Quizá se aventuró al verla diariamente y haber adquirido cierta confianza al ser ambos muy parecidos en carácter, pero Evaristo se prestó a acompañarla con las mejillas rojas, al igual que ella.

Desde ese día, se hicieron inseparables, congeniaron a la perfección y no tardaron en ennoviarse. Eran bastante jóvenes para pensar en matrimonio, teniendo en cuenta que Evaristo estaba en puertas de ir al servicio militar y, sobre todo, porque no tenía un trabajo estable. A pesar de ello, hacían planes de forma optimista, viéndose con un futuro esperanzador, aislándose en sus sueños de la situación social tan deprimente que reinaba a su alrededor.

María se convirtió en su confidente; solo a ella le hablaba de sus pensamientos más profundos, de sus frustraciones, sorprendiéndola en más de una ocasión con el nivel intelectual del que gozaba. A su novia le encantaba escucharlo; aunque sabía leer y escribir, tuvo que dejar muy pronto la escuela para ponerse a trabajar, a pesar de demostrar ganas y talento para el aprendizaje. Le pedía que la enseñara; muchas tardes, las pasaban en casa de Evaristo, ante la insistencia de María para que le diese lecciones de matemáticas, lengua o cualquier asignatura que, con mucho placer, él le impartía, a veces con la supervisión de su propia madre. Había momentos que, más que una casa, parecía una escuela; una escuela especial, pues había ratos que se hablaban temas o se citaban obras y autores prohibidos, con puntos de vista inimaginables en cualquier colegio.

Eran momentos de melancolía en los que su madre maldecía los libros que le quitaron, en los que afloraban los días que se enseñaba libremente; pero, sobre todo, eran momentos en los que ella y su hijo añoraban al padre del chico. Solo le quedaba la satisfacción de haber pasado a su hijo su memoria, versos de los grandes poetas, párrafos de ilustres escritores o teorías aniquiladas en los libros de texto. Nada de eso consiguieron borrar.

El ingreso a filas llegó, con preocupación y tristeza. Se despidió de su novia y de su madre. De nada sirvió que su madre lo tranquilizara; para él suponía dejar de aportar el poco dinero que entraba en casa y no dejaba de darle vueltas a la cabeza sobre cómo sobreviviría sin su ayuda económica.

El mundo del Ejército no iba con él, sin embargo, desde el primer momento, hizo lo que mejor sabía hacer: pasar desapercibido, obedecer órdenes sin rechistar y que pasase el periodo lo más rápido posible. No estuvo mucho tiempo; al ser hijo único y huérfano de padre, su estancia como militar se redujo notablemente, lo suficiente para que un sargento se encariñase con él y le facilitase, a través de un conocido, un trabajo fijo.

En pocos meses, dejó el uniforme militar y pasó a usar el uniforme de barrendero municipal. Aunque no tenía un sueldo alto, aquel empleo le garantizaba un salario estable y la posibilidad de realizar trabajos por la tarde, lo que despejaba ampliamente su perspectiva de futuro. No tardaron en buscar una vivienda más amplia donde poder vivir los tres, tras contraer matrimonio, pese a las reticencias de su madre para ir a vivir junto a la pareja. Fue María quien logró convencerla, ya que para ella se había convertido en una persona muy importante y, prácticamente, en su segunda madre.

Los años fueron pasando; se podría decir que eran relativamente felices, una felicidad que se basaba en el amor que se tenían, a pesar de no tener hijos. Por mucho que lo intentaran o de la ilusión que les haría, seguían sin tener descendencia.

Evaristo, con su característica personalidad, día tras día, recorría con su carro las zonas asignadas sin hacerse notar, a pesar de ser testigo, a veces directo, de los cambios sociales que se estaban produciendo en ciertos ámbitos de la capital. Fue consciente de ello cuando lo cambiaron de zona de trabajo, próximo a la universidad, donde observaba las constantes revueltas que allí se producían.

A veces, tenía que apartarse para no ser arrollado por los estudiantes que huían de las cargas policiales o, incluso, de los propios policías, ya fuesen a pie o a caballo. Su uniforme de trabajador municipal le evitó —en alguna ocasión— ser víctima de algún policía de testosterona alta. Cuando la tormenta pasaba, se dedicaba a recoger todo tipo de material prohibido (pasquines, carteles, etc.), casi siempre bajo la atenta mirada de los agentes, asegurándose de que todo quedaba recogido y depositado en el cubo de basura.

Evaristo, de forma metódica y disciplinada, hacía su trabajo sin levantar la mirada, sin suscitar sospecha alguna; a pesar de ser conocido por muchos de aquellos uniformados a caballo, no se fiaba de ellos y, sobre todo, no quería dar ningún tipo de motivo a quienes les parecía gustar actuar con violencia.

Algo estaba cambiando en aquellos años sesenta; un hecho que, para la mayoría de la población, pasaba desapercibido, pero en el seno familiar de Evaristo, cada noche, cuando cenaban, era tema de conversación. Ni María ni su madre le aconsejaban a Evaristo prudencia o cuidado; sabían ambas que no era necesario, ni siquiera cuando apareció con dos libros que había encontrado en una papelera y fue incapaz de tirar al cubo de basura. Con toda discreción, los guardó y se los llevó a casa, a pesar de estar prohibidos. Se los enseñó a su madre y a esta se le saltaron las lágrimas, sobre todo cuando vio el mismo poemario que tuvo de Machado y en su día le arrebataron.

Por la noche, en silencio, Evaristo les leía a sus amores algún poema de aquel autor; poesías que para él no eran nuevas, pues su madre se las recitaba de pequeño, pero que, sin embargo, para María eran un descubrimiento que la emocionaban. Eran su pequeño tesoro, su gran secreto; esas pequeñas cosas que le hacía tener esperanza de que todo cambiase algún día, de volver a sentir la misma libertad de pensamiento que sus padres tuvieron y se encargaron de grabar en su mente.

Como cada mañana, se dirigió a su zona de trabajo cuando aún no había amanecido. Mientras usaba el cepillo, se preguntaba qué novedades le depararía el día, si sería tranquilo o habría disturbios como solía ocurrir constantemente, al menos en los últimos meses. Por una parte, prefería que fuese una jornada tranquila, aunque, por otro lado, le gustaba la rebeldía que ejercían esos chicos; se sentía atraído y le hubiese gustado formar parte de ellos. Al fin y al cabo, aunque aparentase ser mayor, sus treinta y tantos años, junto a la educación recibida, delataban un carácter interno rebelde y crítico. De buena gana se hubiese quitado el uniforme de barrendero y se hubiese puesto a gritar, lanzar hojas o pegar carteles, pero le había tocado vivir otra época y otras situaciones.

Cuando empezaron a llegar policías, auguró otro día de bastante movimiento, como efectivamente pasó un par de horas más tarde. De nuevo carreras, persecuciones, detenciones, gritos reivindicativos y mucho movimiento de porra. Él, parapetado detrás de su carro, se limitó a contemplar la escena a la espera de que todo pasase para limpiar la zona.

Mientras esperaba a que se normalizase la situación, observó, a pocos metros de donde se encontraba, a un muchacho joven, aunque mayor que los estudiantes, con el pelo largo, bigote y perilla, lanzar desde detrás de unos setos una especie de portafolios con cremallera; después, siguió corriendo y desapareció.

Le llamó la atención; no obstante, al no verse la cartera y pasar desapercibida, la dejó allí hasta que terminó de hacer su trabajo y los policías se dispersaron. Se acercó discretamente, recogió la funda y abrió la cremallera; solo había folios y manuscritos que no se atrevió a sacar en público. La camufló entre su ropa con disimulo y se marchó.

La curiosidad lo invadía; quería saber el motivo por el que aquella persona se había deshecho de aquellos folios tan precipitadamente. Con toda normalidad, se cambió de ropa y se marchó a casa con el portafolios escondido. Cuando llegó, sin decir nada a su familia, se metió en la habitación y sacó todo lo que había dentro; miró cada escrito para comprobar que simplemente se trataba de poesías y escritos, frases cortas o pensamientos. Era obvio que se trataba de material delicado que podría suponer la cárcel, lo que hizo que mostrara mayor interés. Cogió una hoja al azar y leyó lo que había escrito. Era una letra bonita y fácil de leer; se trataba de una poesía:

Cuántas voces calladas gritan en silencio,

cuántas alas cortadas sangran sin aliento.

Sus manos, llenas de barro, arañan la tierra.

Vidas muertas son las que a ella se aferran.

Dónde se escondieron los agradecidos,

a quienes, endiosados, rinden pleitesía.

De qué color de seda van disfrazados.

Charlatanes, profesionales de la hipocresía.

En las veredas crecerán rojas amapolas,

los corazones serán su eterno sustento,

los miserables oirán el perpetuo lamento

de vidas arrebatadas, estruendo de pistolas.

La leyó tres veces y sus ojos se humedecieron; de alguna manera, le había recordado a su padre. No sabía a ciencia cierta si el chico que había dejado aquel portafolios era el autor, pero, de forma inmediata, sintió envidia; envidia por atreverse a escribir aquello, envidia por el valor y el sentimiento que demostraba con aquellas palabras. Algo se le removió en su interior, sin acertar de qué se trataba; quizá era el largo silencio que llevaba soportando en su interior; aquel león que tenía enjaulado, deseoso de estar en libertad, de rugir a pleno pulmón.

Sin pensarlo, de forma automática, buscó otro folio al azar para seguir leyendo, como si su mente necesitara de versos como ese. Era otra poesía:

¡Qué vieja utopía, la fértil tierra!

¡Qué bonito era seguir soñando!

Ver aquellas manos, trabajando,

cada golpe de azadón, una gota,

en cada fruto, su alma se aferra.

Despierto, veo manos arrugadas,

ojos que miran el duro terrón,

caras quemadas, despedazadas,

fruto usurpado por desalmado patrón.

Su cabeza busca, ferviente, el cielo,

un rayo de esperanza alentador,

una llave que abra el duro yugo,

que le libre del malvado verdugo.

Vacío, testa bajada, solo suelo.

¿Cuándo se hará cierta la palabra?

¿Cuándo será desterrado el malvado?

¿Cuándo será el pobre consolado?

¿Cuándo la tierra, de quien la labra?

Su mujer llamó a la puerta preocupada por el silencio de Evaristo. Cuando entró a la habitación, lo encontró absorto, pensativo, después de haber leído aquellos manuscritos. Su marido ordenó los papeles y los volvió a meter en la carpeta sin decir nada. Cuando estaban sentados en la mesa, explicó a su mujer y a su madre lo que había ocurrido. Estas, con semblante serio, le preguntaban con detalle, no por curiosidad, sino por miedo, miedo a que alguien lo hubiese visto coger aquella carpeta que quemaba.

Por primera vez en muchos años, su madre estaba preocupada al ver a su hijo tan reflexivo; ella misma se preguntaba si había hecho bien al educarlo de aquella forma tan estricta, tan precavida; por primera vez, dudaba de haber realizado bien su trabajo. Quizá hubiese sido mejor que se hubiese desarrollado sin tantas ataduras internas; quizá se había comportado de forma egoísta con él para preservar su propia tranquilidad. Fuera lo que fuese, aquellos papeles habían removido algo en su hijo que a ella le asustaba.

Después de comer, Evaristo escondió la carpeta sin que lo supiera su familia; después, se marchó a trabajar en su esporádico segundo empleo. Durante toda la tarde, estuvo impaciente por terminar para volver a casa y seguir leyendo; sin embargo, era consciente de lo peligroso que era tener esos papeles en casa. Se le pasó por la imaginación quemarlos, aunque lo descartó de inmediato al no tener la fuerza moral para destruir algo que no era suyo. Lo más coherente era devolvérselos a su dueño; no sabía de qué manera, pero lo intentaría, no sin antes leer el resto de los escritos, no solo por curiosidad, sino para saber si conseguirían emocionarle tanto como los anteriores.

Durante la tarde, María y su suegra habían estado hablando y esperaban a Evaristo para comentar con él su punto de vista. Durante la cena, de forma apacible, sacaron el tema, con conclusiones muy parecidas a las que había mascullado Evaristo. La primera idea fue la de destruir los papeles, aunque ambas lo conocían y sabían de antemano que no sería una buena opción; la segunda, de la misma manera, devolverlos. No podía ir aireándolo por la calle, antes tenía que localizar a su dueño; un tema complicado, pues, aunque sabría reconocerlo a la primera, solo lo había visto una vez. De todas formas, por la mañana estaría atento e intentaría localizarlo por si volviese a pasar por el mismo sitio que dejó la carpeta; si pasado un tiempo prudencial, no fuese posible, sensatamente decidieron destruirlos a pesar de sus traumas morales.

Después de cenar, Evaristo llevó el portafolio al cuarto de estar para, entre los tres, ver todo su contenido. Había poesías escritas; algunas de amor, otras, claramente inacabadas; también hojas de cuaderno con notas, frases sueltas —algunas altamente subversivas—, pensamientos, propaganda de partidos políticos ilegales, etc. Cualquiera de esas hojas era motivo suficiente para ir a la cárcel.

Cada uno iba leyendo a su libre albedrío. Su madre se detuvo en algunos poemas que le hicieron saltar las lágrimas, al igual que a su hijo; María, por su parte, se emocionaba en silencio; en el fondo, los tres se sentían identificados con cada cosa leída. A veces, dejaban de mirar para escuchar la narración de alguno tras sentir la necesidad de verbalizar algún texto, siempre con la voz extremadamente suave y baja.

Evaristo cogió una hoja claramente arrancada de un cuaderno. En ella aparecían cuatro frases que, sin darse cuenta, comenzó a leer en alto, bajo la atenta mirada de su familia:

—Pregunto a la gente humilde si son felices; la mayoría esquiva la pregunta, da un rodeo sin respuesta clara. Insisto para escuchar una respuesta, sistemáticamente la misma, «tenemos paz», aunque sus ojos dicen otra cosa. Pregunto, me pregunto, ¿a qué paz se refieren? Su silencio es su respuesta. Imagino que la paz de la que hablan es que no te encarcelen, que no te maten, que no hables, que no pienses, que hagas lo que te digan sin rechistar. Lo que ellos llaman paz, yo lo llamo esclavitud.

Después de cada lectura, silencio, un silencio atronador, mirando al infinito, sumergidos en sus propias reflexiones, pasando por sus cabezas instantes vividos, experiencias adaptadas a cada párrafo que observaban. Nada firmado, ningún nombre ni dato que pudiese revelar la procedencia; simplemente, su dueño sería quien lo portase en el momento de ser descubierto.

Todo era muy triste, cada página revelaba evidencias subjetivas, pero fácilmente adaptables a las diferentes capas sociales del momento, del ayer próximo, del indecente, maquillado hoy y del esperanzador mañana. Evaristo confesó a su familia lo que su madre y María temían: «No sé si, en la próxima manifestación, voy a poder resistir unirme a la lucha de esas personas, a la lucha de todos».

Le costó dormir esa noche; le gustaría conocer al chico de melena, bigote y perilla no solo para devolverle lo suyo, sino para conocerlo, hablar con él, intercambiar ideas o puntos de vista, charlar abiertamente de todo lo que surgiera; un pensamiento altamente utópico.

Por la mañana, se posicionó junto a los setos donde encontró la carpeta. Por primera vez, descuidó su trabajo; estaba mucho más pendiente de localizar a la persona que de barrer o limpiar. Por mucho que miró, no hubo suerte; a punto estuvo de preguntar a estudiantes que paseaban por allí, pero no se atrevió ante la cercanía de las habituales patrullas policiales. Cuando finalizó su jornada, siguió un rato, hasta que uno de sus supervisores le llamó la atención por la tardanza. Se fue frustrado a casa.

Habían pasado varios días y ni rastro del chico. Su familia estaba nerviosa y a él tampoco le hacía mucha ilusión esa situación, pero, si en un par de días no lo localizaba, tendría que hacer lo pactado, por su propia seguridad, por mucho que le doliese. Había leído todo varias veces; ya consideraba esas frases como propias, se había encariñado mucho e incluso había memorizado algunos párrafos para que, en caso de tener que destruirlos, al menos perdurasen en su memoria.