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Detrás de los cuentos de Hilma Contreras está su historia extratextual, la no narrada, la que llevamos a cuestas las mujeres que nos enmarcamos en un silencio escogido, opcional, para no revelar nuestra propia identidad; esa que no aparece en ninguna nota crítica o ficha biográfica o que, al contemplarse una fotografía de nuestro rostro, ocultamos porque somos una metáfora cuando nos colocamos las rejas del silencio para justificar la voluntad de autoprotegernos del mundo: sí, del mundo por la "peligrosa" rebeldía que asumimos y que puede arruinar o desvanecer nuestra existencia, más aun cuando se reivindica ser un alma libre.
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Seitenzahl: 106
Veröffentlichungsjahr: 2024
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ENTRE DOS SILENCIOS
Licenciado Vidriera cumple 20 añosy ha contado ya 100 historias
COLECCIÓNRELATO LICENCIADO VIDRIERA
COORDINACIÓN DE DIFUSIÓN CULTURAL
Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial
Introducción
Ylonka Nacidit-Perdomo
Entre dos silencios
Plenitud
La cabellera
El cumpleaños de Vitalina
El incendio
Canícula
La espera
Argonautas
La ventana
Galatea
Una visita
El entierro de Marisol
Mire, mamita
Catador
Ahora seremos felicies
El hombre que murió frente al mar
Simplón
Notas al pie
Aviso legal
A Gala Helena…
Hilma Contreras y el porqué de las rejas de su silencio
A veces —muy raras veces, casi nunca— la inquietud de alguien se inclina sobre la música subcutánea, la que nadie oye, y allí se queda diluyéndose en una armonía angustiante.
HILMA CONTRERAS, La Ventana
[…] el verdadero Destino es nuestro ser mismo. Lo que fundamentalmente nos pasa es ser el que somos […] Somos nuestro Destino, somos proyecto irremediablemente de una cierta existencia. En cada instante de la vida notamos si su realidad coincide o no con nuestro proyecto y todo lo que hacemos para darle cumplimiento.
JOSÉ ORTEGA Y GASSET1
De una amiga escritora, cuando se es la albacea y custodia de su legado documental, realmente no sé lo que al lector le interese conocer. Quizá la historia de su vida, es posible, con todos los elementos, tópicos o datos inéditos que atraigan por interés o curiosidad, pero para esto tendría que escribir una nouvelle, con un esquema donde se me permitan unas licencias o no, porque todo podría depender de dos aspectos que traen todos los claroscuros de una vida, el encanto inconfundible de lo que es vitalmente expositivo desde una biografía y, de lo que presumo en relación a Hilma Contreras (1910-2006), mi lealtad afectiva. Es por eso que digo que mi lealtad afectiva por ella no es efímera; la incorporo a mi presente; la advierto cuando tengo la oportunidad de escribir o elaborar un texto que no contenga conjeturas, que obedezca a mi razonamiento sobre qué es la exaltación de lo humano cuando una se aparta de los criterios convencionales y se pretende decir lo que no se puede desmentir porque la persona/personaje ya no está y la labor intelectual o actividad literaria que nos convoca es que se coloque su escritura en su justa apreciación.
En mi caso, sólo tengo conmigo el decir (desde el recuerdo) para colocar en contexto lo no-dicho por ella, pero sí dicho a mí. Sin embargo, desde que se inició mi amistad con Contreras todo apuntaba a lo que he expresado en muchas ocasiones: su vida es un enigma y sus textos nos ofrecen pocas claves para descifrar el enigma de su vida.
La obra narrativa de Hilma, entiendo, habla por sí misma, como es el caso de su colección de cuentos Entre dos silencios. Detrás de sus cuentos está su historia extratextual, la no narrada, la que llevamos a cuestas las mujeres que nos enmarcamos en un silencio escogido, opcional, para no revelar nuestra propia identidad; esa que no aparece en ninguna nota crítica o ficha biográfica o que, al contemplarse una fotografía de nuestro rostro, ocultamos porque somos una metáfora cuando nos colocamos tras las rejas del silencio para justificar la voluntad de autoprotegernos del mundo: sí, del mundo por la “peligrosa” rebeldía que asumimos y que puede arruinar o desvanecer nuestra existencia, más aun cuando se reivindica ser un alma libre.
Hilma tiene una sola reseña previamente resumida alrededor de su oficio de escritora que explica y da valor per se a todo lo que resta por decirse: no tuvo interés en llenar páginas en blanco ni en alcanzar éxito editorial, sólo en expresarse desde los distintos ámbitos de su anhelo de repudiar lo que se oculta detrás de las mentiras convencionales, más allá de aquellas pequeñas cosas o episodios que para algunos pasan como intrascendentes y que son —desde el existencialismo que asumió— la desintegración de la inocencia. Sólo escogió para sí el escenario de la soledad, personal, íntima y a su alrededor, así como el silencio.
Educada en Europa durante parte de su niñez y adolescencia y, a pesar de haber recibido una educación androcéntrica, Hilma tuvo lecturas que contribuyeron a ir construyendo su discurso desde un lenguaje genérico. De sus escritos de adolescencia sólo nos han llegado al presente cinco cuentos: “Tardes de Cristal”, “Los Estudiantes”, “Dorothy Drink”, “Las carpas del estanque real” y” Risa en el tranvía”, de la época en que cursaba estudios en el internado del Lycée de Jeunes Filles-Víctor Dury de París. Los podemos conocer en uno de sus scrapbook de 1926, donde registró su amistad con Colette, la escritora Sidonie-Gabrielle Colette, cuyas novelas leía a escondidas, por lo cual no estuvo en un reductio ad absurdum de pensamiento.
Sin embargo, su biblioteca francesa nos habla de su formación en lenguas, arqueología, artes, literatura e historia. Tal vez las lecturas de Stendhal, Hugo, Proust y Joyce, entre otros, fueron encontrando en ella alguna forma de imaginar un espacio ficcional o ir creando su voz ficcional.
De personalidad discreta, pero a la vez seductora y fascinante, que atraía profundas simpatías, fue auténtica al momento de estar ante la desventura de lo fortuito de una época donde la noción de libertad estuvo resquebrajada por la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo iniciada en 1930. Rechazó la irracionalidad y la deshumanización que trajeron la tragedia de esta férrea tiranía en República Dominicana y la segunda Guerra Mundial de 1939 en Europa.
Sin embargo, no tuvo nunca que rendir cuentas —como intelectual— al poder de facto, porque sus valores no traían máscaras. Fue disidente de la dictadura y mantuvo su dignidad. Pudo “huir” en 1933 de la media isla o quizás optar por el exilio, y no lo hizo. Pudo ser indiferente a la marginalización y a la miseria de quienes no eran sujetos de la historia oficial que invisibiliza a los otros, a los más vulnerables.
Así, es en este ambiente poco halagador en el que inicia Hilma la génesis de su narrativa: en un país donde la angustia existencial, finalmente, no podía reinventarse más, puesto que si se hacía quedaría con el corazón totalmente desgarrado y no podría contar cómo la hierba fresca era violentada por el fuego de las metralletas o quedaba cubierta de la sangre de los caídos. Ése era el Santo Domingo abarcado por el horizonte del mar o de las montañas; el Santo Domingo rezagado y pueblerino donde nuestra autora dio a sus memorias la forma de cuentos y que a conciencia hilvanó desde un punto de vista propio: el de la escritura de una mujer en la década de los años treinta en la República Dominicana.
Hilma Contreras hizo su debut público en el Ateneo Dominicano, el 29 de noviembre de 1937, en un evento denominado “Noche de cuento criollo”, donde estuvo con otros narradores, entre ellos, Ramón Marrero Aristy, Héctor Incháustegui Cabral, José Rijo y Rafael Damirón. Ahí leyó parte de sus textos. Juan Bosch (1909-2001), su mentor literario, hizo que fuera invitada. Luego se daría a conocer su primer cuento publicado en el Listín Diario, con presentación de Juan Bosch, “Los buenos se van” (junio de 1937).2
Desde un inicio, cuando escritores como Juan Bosch, Freddy Prestol Castillo, Ramón Marrero Aristy, José Rijo y otros, se destacan con un audaz acercamiento a la narrativa criolla, Hilma es la única voz de mujer que hace literatura a partir del espacio de la opresión.
Es indudable que su escritura de mujer marcó una ruptura en la tradición literaria que se inició con la Generación del 30 en nuestro país, donde escasamente se destacaba una voz de mujer en las reuniones de ateneístas o contertulios; en este caso, fue la de Hilma.
De 1941 a 1949, a través de La Información de la provincia de Santiago de los Caballeros, Hilma tomó sus páginas para publicar una narrativa de denuncia. Denunciaba lo oscurecido del vivir del campesino sin tierras (Puñados de dolor) y la violencia psicológica infligida a los desposeídos. Aun cuando hubo ocasiones en las cuales se sintió derrotada, con desesperanza —que podemos percibir en su libro inédito Rumias y recuerdos— su vida nos coloca de frente a su combativo enfrentamiento con el patriarcado desde su emblemático relato “La Carnada”, escrito en 1941, y en otros, donde muestra la manera abyecta en que sobreviven los que renuncian a la dignidad y que queda en evidencia con las lecturas que hizo de Aloys Muller, cuyo libro subrayó el 9 de octubre de 1942: la conciencia moral “[…] no puede ser otra cosa que el conjunto de los valores éticos intuidos. Decimos que la conciencia previene y aconseja”.3 O esta otra idea: “No hay, pues, una relatividad en los valores éticos. Lo que así se llama es en verdad una relatividad de la aprehensión y de la información”.4
No obstante, la autora nos dice en el manuscrito mecanográfico de su libro La carnada, subtitulado Cuentos y relatos de ayer. Mis primeros cuentos, que “Ocho días” fue su primer cuento y que lo escribió en San Francisco de Macorís en junio de 1937. Se publicó posteriormente, en el diario La Información el 1 de febrero de 1941.5
Al preguntarle en una ocasión a Hilma sobre su técnica de escritura sólo me contestó que hilvanaba sus historias en su memoria y que, conforme las iba acabando, procedía a escribirlas. Así se gestaba lo que pretendía representar, contar, decir: como realidad o su realidad introspectiva hacia afuera.
Lo cierto es que tal vez cuando se presenta una colección de cuentos de una autora, el público lector espera, de manera inminente, conocer qué nombra la autora, cómo elabora la construcción de su lenguaje, qué técnicas se revelan, qué rupturas o vanguardias están allí o cómo su mirada escrutadora —de potencial imaginativo— ahonda en nuestras conciencias.
Hilando la voz, la voz del silencio, Hilma sólo decidía guardar sus escritos —en la gaveta cuatro, como decía ella— en la gaveta última de su escritorio: sí en la del escritorio desde el cual escribo ahora estas palabras. Un escritorio que estuvo (pienso) lleno de tesoros desde su retorno a su ciudad natal en San Francisco de Macorís y que recobra (aun en la oscuridad de esta incorregible mujer existencialista) razón de ser. Es por esto que quizás Contreras hizo suya esta expresión, que subrayó, de Jean-Paul Sartre: “Si una voz se dirige a mí, siempre seré yo quien decida que esta voz es la voz del ángel […]”6
Por esto debo contarles que el escritorio Contreras estuvo dos veces a la deriva y en peligro de no poder ocultar y continuar protegiendo sus tesoros. La primera vez porque se quedó a solas cuando ocurrió el terremoto del 4 de agosto de 1946, y parte de las edificaciones republicanas del pueblo de Hilma quedó destruida; por ejemplo, la Catedral de Santa Ana próxima a su casa en la calle Castillo. Hilma estaba en Santo Domingo y no en su San Francisco natal y su casa se encontraba cerrada. Con el temor de perder ¡sus tesoros literarios! Hilma corrió hacia la Provincia Duarte para salvaguardarlos. La segunda vez en que estuvo en riesgo el escritorio Contreras fue en abril de 1965 cuando se produjo la guerra civil o insurrección armada en la República Dominicana, luego del derrocamiento del presidente constitucional Juan Bosch, su mentor literario. En esta ocasión Hilma viajó desde París a Santo Domingo, a la calle Rosa Duarte, con el propósito de salvar su ¡tesoro literario!, pero ¡oh, sorpresa!, ahora fue ella quien decidió destruir parte de la documentación que guardaba su añejo escritorio de cedro, y se deshizo de un legajo de su correspondencia: aquellas cartas de intercambio de ella con el exiliado socialista Segundo Serrano Poncela (1912-1976), con quien tuvo un romance desde el 3 de mayo de 1941 al 15 de enero de 1951; vestigio de esta amistad/amorosa es su Diario (inédito aún), testigo de la relación callada, dolorosa (como ella misma lo ha expresado), de tormento, pero hermosa a la vez, fructífera, honda y emocionalmente abismal, aunque parezca contradictorio, que la unió al intelectual español desde su llegada a la República Dominicana, y con quien tuvo un último encuentro antes de su fallecimiento en Venezuela.
Finalizada la dictadura, Hilma, después de salir de las entrañas mismas del monstruo, de la omnisciente mirada del tirano, publica El ojo de Dios. Cuentos de la clandestinidad (1962). Pero ya su temperamento era más duro y agrio. Había sido, contra viento y marea, incluso frente a tempestades, una mujer cuestionadora de las injusticias sociales. Su cuento Puñados de dolor —sobre la siembra de arroz que hacen los campesinos en lodazales y las consecuencias que esto tiene en la salud al provocar paludismo y tu-berculosis, para luego ser este mismo cereal el que se lance al paso de las carrozas del carnaval de 1933— es revelador de su conciencia y humanidad.
