Entre el maíz dulce - Carmen Tapia Tena - E-Book

Entre el maíz dulce E-Book

Carmen Tapia Tena

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Beschreibung

Carmen Tapia Tena Nací en Sevilla y resido allí. Estoy en la carrera de estudios ingleses con la visión de ser profesora de inglés. He cursado tercero de carrera en Irlanda haciendo un programa de erasmus. Irlanda ha inspirado parte del libro y allí he creado gran parte de la obra. Siempre me ha gustado escribir, poder publicar este libro es de nuevo cumplir un sueño. De nuevo ya que gracias a la editorial Letrame publiqué mi primer poemario Ponle título. Ahora me brindan mucha felicidad publicando esta nueva obra. Sería realmente feliz si alguien se sintiera acompañado gracias a este libro.

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Seitenzahl: 87

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Carmen Tapia Tena

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-570-3

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Para todos aquellos que se sienten atrapados en sus propias mentes.

No estáis solos.

DENTRO DEL MAIZAL

No recuerdo cómo ni cuándo ocurrió exactamente. Estaba jugando en el maizal, pero cuando quise salir, me di cuenta de que el recorrido habitual se había transformado en un laberinto. Era peculiar, pues cambiaba su forma cada vez que estaba, o más bien creía estar, a punto de resolverlo. Las plantas crecieron metros y metros, volviéndose tan frondosas que nadie podía verme ni oírme. No sé por qué hablo en pasado, porque en realidad... sigo aquí dentro.

OSCURIDAD

Siempre solía jugar en el maizal, es un lugar encantador, excepto cuando es de noche. De niña cerraba los ojos con fuerza y me cubría con la manta como si esta me protegiera de todo mal. Echo de menos ese sentimiento ingenuo de seguridad, esa pequeña frase de «Todo va a estar bien», que ahora parece que más que consolarme se burla de mí por completo. Me sigue dando miedo la oscuridad; todo lo veo borroso y todo me asusta. Soy cobarde, lo admito, me dan miedo tantas cosas. Vivo con el miedo como un compañero que conozco bastante bien, pero sigo viviendo. La frase cliché de «Si tienes miedo, hazlo con miedo» es tan sumamente cierta. A veces te es imposible deshacerte del miedo, pero la oscuridad no debe impedirte sentir la luz. No soy cobarde, lo afirmo, porque aunque el miedo esté presente, no permito que me limite. Al fin y al cabo, la luz vence a la oscuridad.

LA CASA DE LOS ESPEJOS

Estaba caminando por el laberinto, desesperadamente buscando su final, cuando vi una gran carpa de la que salía música de circo. Era una melodía repetitiva, sin letra y a un volumen desorbitado. Mis ojos brillaron y corrí hacia la carpa en busca de ayuda. Sin embargo, mi sorpresa fue que no había nadie allí, solo un viejo radiocasete que emitía la música. Decidí esperar a que alguien llegara y a pesar de no tener un reloj, puedo jurar que pasó una eternidad. Harta de la repetitiva melodía y de la ausencia de cualquier persona, decidí salir de la carpa. Sin embargo, no podía encontrar la salida. Resulta que la carpa tenía dentro una especie de carpa más pequeña en la que me metí por error. En aquella pequeña carpa mal iluminada había muchos espejos. Al estar tan mal iluminada, no podía encontrar la salida y como los espejos estaban por todas partes, era inevitable verme reflejada en ellos. Cuanto más los miraba, peor me sentía. Los espejos deformaban mi cuerpo y me llenaba de angustia. Parecía que aquellos reflejos se reían de mí, y la música y las vueltas en círculo que estaba dando frente a los espejos me decían: «Eres realmente imbécil», «Eres tan tonta, que no eres capaz de encontrar la salida del sitio al que tú misma has entrado», «Eres y siempre serás una niñita estúpida». Cuando salí de allí, tirando los espejos al suelo, me alejé todo lo que pude y eché un último vistazo hacia atrás. No había ninguna carpa, ninguna música burlona, ningún espejo extraño. Quizá el problema solo existía en mi mente y no había ninguna carpa juzgándome más cruelmente que yo misma.

LOBOS

Antes de quedar atrapada en el maizal, era común encontrarse con lobos en el lugar donde vivía. Había lobos salvajes y las niñas debíamos tener precaución, especialmente durante la noche. No era seguro andar sola, así que siempre procurábamos ir acompañadas de un animal. Los animales se respetaban entre ellos, aunque lamentablemente nunca mostraban el mismo respeto hacia nosotros. Afortunadamente, nunca me mordió ningún lobo, pero sí que me han seguido, riéndose como hienas al ver que tenía miedo. Los lobos me siguieron hasta que llegue a casa, con suerte antes de que pudieran clavar sus dientes en mi piel. En aquel lugar, a las niñas se les enseñaba a tener cuidado, a no llamar demasiado la atención y a no confiar demasiado. Solo a las niñas, porque ellas eran las que tenían que estar alerta. Y esas niñas crecían y se convertían en mujeres asustadas, astutas y atentas. No se les podía culpar por sentir miedo después de haber visto tantos ataques de lobos y haberlos sufrido en carne propia. Deseo que llegue el día en que ya no haya más ataques, que nadie tenga que sufrir heridas causadas por lobos, ni sentir miedo, ni ser perseguido. Y digo deseo pues es todo lo que jamás será.

NUBES

Yo tengo muchas nubes dentro de mí, estoy llena de emoción y sentimientos que se condensan en forma de nubes. Las nubes no tienen el control de mi vida, pero no se llevan muy bien con la lógica. Son parte de mí y, aunque a veces no las adoro, no puedo cambiarlas, ni dejar de ser yo misma. Sería una mentira y no quiero ser falsa, al igual que tampoco quiero odiar las nubes. Así que las hago grandes, las observo, trato de comprenderlas y las abrazo, porque me hacen ser yo. Creo que siento más que la mayoría de las personas y que lo expreso más. Mi sensibilidad me dota de una visión del mundo que puede ser muy bonita, ya que experimento todo con mucha pasión: el amor y el dolor por igual. Me ha costado mucho aceptar por completo mis nubes, ya que cuando te dicen continuamente que ser sensible no es práctico, ni bueno y que no debes serlo en exceso, esas ideas se quedan grabadas en tu mente. Pero estoy segura de que no soy la única persona que ha recibido este discurso. Mientras observo las nubes, pienso que no es malo ser sensible y que no te hace inferior, simplemente te hace ser quien eres. Odio cuando dicen: «No llores, debes comportarte como un adulto», como si los adultos no tuvieran sentimientos, como si llorar solo estuviese permitido cuando eres niño. Reflexiono sobre todo esto mientras estoy tumbada en el césped bajo las nubes y llueve. Y yo bailo bajo la lluvia, bailo bajo las nubes, porque me encanta que estén ahí.

EL CONEJO Y EL ZORRO

Estoy caminando en el maizal y escucho un ruido entre los arbustos. Aunque no estoy demasiado cerca, decido tumbarme en el césped y observar. Delante de mí presencio una persecución entre un zorro y un conejo. El conejo corre y me da la impresión de que ha notado mi presencia, de que me ha visto y me mira directamente a los ojos. Observo sus ojos llenos de pánico y, por un momento, me veo reflejada en él. Huyendo, escondiéndome en mi madriguera, un miedo hacia al zorro es comprensible, el miedo a las cosas malas es natural. Me siento pequeña e indefensa, tal como el conejo se siente y se ve. Los latidos del corazón del conejo son rápidos, y al observar su respiración, recuerdo mirarme al espejo mientras suelto el aire. Contando hasta diez. Tumbada en la cama, practicando ejercicios de respiración sin sentir que mis latidos disminuyen su frecuencia. Me veo a mí misma sentada en el suelo, con los brazos alrededor de mis rodillas y las manos sobre la boca para no hacer ruido. Llorando de forma desconsolada, pensando que si no me calmo, mi corazón no aguantará más y sufriré un paro cardíaco o algo así, y moriré como el conejo. No suelo pensar en eso a menudo, tampoco solía hacerlo, pero en ocasiones me pasa y no se lo deseo a nadie. Salgo de estos pensamientos para darme cuenta de que, a diferencia de lo que esperaba, el conejo no ha muerto, ha logrado escapar. Sonrío y me alegro profundamente por él. Espero que el conejo viva cada vez con menos miedo.

TORMENTA

La tormenta es lo que más he odiado de las nubes. Los truenos y relámpagos surgían con fuerza y no podía controlarlos. Los odio, odio haber empapado a los demás con mi tormenta. He lanzado rayos a las personas que más quiero y me cuesta tanto no dejarme llevar por la furia, por la tormenta. Siempre ha sido una falta señalada en mí, y cuando me lo señalan, me duele el alma y rompe mi corazón en mil pedazos. Tengo carácter, y no creo que eso sea algo malo. A veces soy muy protestona o me irrito fácilmente, pero eso es insignificante para mí. Eso no es la tormenta de la que tanto me avergüenzo cuando la lluvia se seca. Creo que al reprimir tanto la lluvia, al contener los rayos, las tormentas estallan y arrasan con todas las flores. De tanto callarme tengo que gritarte para sentir que me escuchas. Ahora, solo en contadas ocasiones de estrés y desesperación, aparece la tormenta, ya no es tan frecuente como antes. Reconozco que ha sido parte de mí y que cuando la tormenta se desataba, destruía todo a su alrededor. Ahora solo queda un rayo, ya no guardo la furia y el odio de la misma manera, ya no hay tormenta.

SOL