Entre la lealtad y el amor - Linda Howard - E-Book
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Entre la lealtad y el amor E-Book

Linda Howard

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Beschreibung

Ricos, poderosos, orgullosos... los Blackstone de Mississippi ponían la familia por encima de todo. Pero los lazos familiares se pusieron a prueba cuando apareció Cord Blackstone, la oveja negra de la familia. Susan era la viuda del hijo favorito de los Blackstone y se había ganado el afecto y respeto de la familia de su difunto marido. Pero ahora debía escoger entre la lealtad y las emociones que albergaba su corazón; entre la memoria de su marido, y Cord, un peligroso intruso que estaba haciendo estragos en la ciudad, en la familia y en su corazón...

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1985 Linda Howington. Todos los derechos reservados.

ENTRE LA LEALTAD Y EL AMOR, N.º 47 - abril 2013

Título original: Tears of the Renegade

Publicada originalmente por Silhouette® Books

Publicado en español en 2001

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

™ Harlequin, HQN Diamante y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3048-6

Editor responsable: Luis Pugni

Imagen de cubierta: YURI ARCURS/DREAMSTIME.COM

Conversión ebook: MT Color & Diseño

www.mtcolor.es

Uno

Era tarde, casi las once, cuando apareció aquel hombre en la fiesta. Permanecía en el marco de la puerta, observando la fiesta con expresión cínica y divertida. Susan se fijó inmediatamente en él y lo estudió con cierto asombro, segura de no haberlo visto jamás. Porque un hombre así era imposible de olvidar.

Era alto, de complexión atlética. La chaqueta blanca de su traje caía sobre sus hombros como sólo podía hacerlo una chaqueta cortada por un sastre de lujo; pero lo más llamativo de aquel hombre no era su sofisticación, sino su rostro. Tenía la mirada audaz de los forajidos, una impresión que realzaban sus cejas, ligeramente alzadas, y el azul cristalino de sus ojos. Unos ojos magnéticos, pensó Susan, advirtiendo la intensidad de su mirada. Un pequeño escalofrío le recorrió la espalda y todos sus sentidos se pusieron alerta; la música parecía de pronto más vibrante, los colores más intensos y los olores fragantes de la noche primaveral más fuertes. Miró a aquel desconocido con una suerte de primitivo reconocimiento. Su intuición le decía que aquel hombre irradiaba peligro.

Estaba en sus ojos. En ellos se veía la autosuficiencia de un hombre amante del riesgo y siempre dispuesto a aceptar sus consecuencias. La experiencia había endurecido sus facciones, y el peligro cubría sus hombros como un manto invisible. No podía decirse que fuera un hombre... civilizado. Parecía un pirata moderno, por sus ojos, por la barba y por el bigote perfectamente recortado que ocultaba su labio superior. Susan deslizó la mirada por su pelo oscuro, peinado con un aire estudiadamente informal por el que muchos hombres habrían pagado una fortuna.

Al principio, nadie pareció reparar en él; pero, poco a poco, la gente comenzó a mirarlo y, para la más absoluta estupefacción de Susan, un silencio casi hostil se extendió por la habitación. Sintiéndose repentinamente incómoda, miró a su cuñado, Preston, el anfitrión de la fiesta, que estaba cerca del recién llegado. En vez de acercarse a él para darle la bienvenida, Preston se había puesto tenso, estaba casi pálido, contemplando al invitado con el mismo terror con el que habría mirado a una cobra.

El silencio se había propagado hasta tal punto que incluso los músicos se habían levantado de sus sillas y permanecían callados. Bajo los resplandecientes prismas luminosos de los candelabros, la gente se volvía con el rostro convertido en una máscara de sorpresa. Susan se estremeció. ¿Qué estaba pasando allí? ¿Quién era aquel hombre? Algo terrible iba a suceder. Lo sentía, veía a Preston tensándose, dispuesto a montar una escena, pero sabía al mismo tiempo que ella no iba a permitir que nada ocurriera. Quienquiera que fuera aquel hombre era uno de los invitados de los Blackstone y nadie iba a mostrarse grosero con él. Ni siquiera Preston Blackstone. Instintivamente, comenzó a moverse.

Todos los ojos se volvieron entonces hacia ella, como arrastrados por un imán. Susan era la única que se movía en la habitación. El desconocido también la miró. Observaba con sus ojos fríos y desafiantes la esbelta figura de aquella joven de facciones tan puras y serenas como las de un camafeo, vestida con un vestido de seda de color crema que se arremolinaba sobre sus tobillos mientras caminaba. Un collar de perlas de tres vueltas rodeaba su delicado cuello. Con el pelo recogido en lo alto de la cabeza, era como un sueño, un espejismo tan etéreo como la respiración de un ángel. Parecía tan pura como una virgen victoriana, resplandecía como ninguna otra persona en la habitación. Y para el hombre que la estaba mirando, era un desafío irresistible.

Susan no fue consciente de la resolución que repentinamente encendió aquellos ojos claros. Lo único que en aquel momento le preocupaba era paliar la antipatía que había estado respirando, algo que no comprendía y quería evitar. Si alguien pretendía ajustar cuentas con aquel hombre, tendría que hacerlo en otro momento y en otro lugar. Asintió en silencio, mirando a la orquesta, y los músicos, obedientes, volvieron a tocar, vacilantes al principio, pero ganando volumen poco a poco. Para entonces, Susan ya había llegado hasta el misterioso desconocido. Le tendió la mano.

–Hola –dijo con su voz grave y musical–. Soy Susan Blackstone. ¿Quiere bailar conmigo?

El recién llegado tomó su mano, pero no se la estrechó. Se limitó a sostenerla entre la suya y, con un pulgar ligeramente áspero, le acarició el dorso. Arqueó levemente la ceja y Susan clavó la mirada en aquellos ojos que de cerca parecían incluso más apremiantes. Advirtió entonces el anillo de un azul tan intenso como la noche que rodeaba su pupila. Y, perdiéndose en aquellos ojos, olvidó que estaban allí, mirándose, hasta que él la atrajo hacia sí y comenzó a moverse.

Al principio, la sostenía simplemente entre sus brazos al tiempo que se dirigía con ella hacia la pista de baile con tal maestría que sus pies apenas se rozaban. Nadie bailaba. Susan miró a algunos invitados con expresión firme, ordenándoles educadamente que bailaran, una orden que todos obedecieron sin excepción. Lentamente, fueron uniéndose a ellos otras parejas y el hombre miró entonces a la mujer que sostenía entre sus brazos.

Susan sentía la fuerza de su mano en la parte baja de la espalda; el desconocido ejercía una delicada e inexorable tensión con sus dedos. Susan se descubría cada vez más cerca de él. Sus senos prácticamente rozaban su pecho y el calor que emanaba de su cuerpo la envolvía como si de una manta se tratara. Los pasos sencillos y gráciles que él ponía en práctica en el baile de pronto le resultaron difíciles de seguir y se obligó a concentrarse para no apartar la mirada de sus pies.

Comenzaba a sentir un nudo en el estómago y le tembló la mano.

Él le estrechó los dedos con calor y le susurró al oído:

–No tengas miedo, no te haré daño.

Su voz era suave, grave y vibrante. Tal como Susan la había imaginado y, una vez más, volvió a sentir un ligero escalofrío. Alzó la cabeza y advirtió lo cerca que estaban el uno del otro cuando uno de sus rizos estuvo a punto de enredarse con su barba. Aturdida, fijó la mirada en sus labios y se preguntó, con una loca inquietud, si sus labios serían firmes o suaves, y si tendrían un sabor tan intenso como aparentaban. Con un silencioso gemido, apartó aquellos absurdos pensamientos que la empujaban sin remedio hacia un beso. Alzó la mirada e inmediatamente se arrepintió de haberlo hecho. Era casi imposible mantener la compostura mirando aquellos ojos. ¿Pero por qué estaba reaccionando como una adolescente? Era una mujer adulta e, incluso cuando era adolescente, había sido una mujer tranquila que no tenía nada que ver con aquella mujer capaz de temblar porque un hombre la mirara.

Pero el caso era que aquella mirada vigilante la estaba abrasando. Aun así, alzó la cabeza con la dignidad innata que la caracterizaba, lo miró a los ojos y dijo:

–Qué extraño que me diga eso –se sintió orgullosa de que la voz no le temblara.

–¿Te lo parece? –su voz era incluso más suave que antes, más íntima y profunda–. Entonces es que no sabes lo que estoy pensando.

–No –replicó, y así lo dejó, sin darse por aludida por su casi explícita insinuación.

–Pero lo sabrás –le prometió él. Mientras hablaba, le rodeó la cintura para estrecharla contra él. Susan se aferró con fuerza a su hombro, como si estuviera luchando contra la repentina tentación de deslizar la mano por su cuello, de sentir su piel desnuda y descubrir si sus dedos quedarían marcados por el fuego que de él parecía emanar. Sorprendida de sí misma, clavó la mirada en su hombro e intentó no pensar en la ligera presión que sentía en la espalda.

–Tus hombros parecen de satén –musitó él; y antes de que Susan hubiera podido adivinar sus intenciones, posó sus labios, duros y ardientes, en la curva desnuda de su hombro. Inmediatamente, Susan cerró los ojos e intentó contener un estremecimiento. Dios, la estaba besando en medio de una pista de baile y ni siquiera sabía cómo se llamaba. Y, sin embargo, todo su cuerpo respondía a él, como si hubiera perdido completamente el control.

–Ya basta –dijo, tanto para sí como para él, pero su orden carecía por completo de autoridad; era una voz suave y temblorosa, fiel reflejo de lo que estaba sintiendo.

–¿Por qué? –le susurró al oído.

–Porque la gente está mirando –musitó ella con voz débil, dejándose caer hacia él. Él le rodeó la cintura con el brazo, pero la intensa sensación de saberse presionada contra él sólo consiguió aumentar su debilidad. Susan tomó aire; estando tan pegada a él, era imposible no notar la patente excitación de su cuerpo, y lo miró sorprendida. Él la miraba con los ojos entrecerrados. No había ningún tipo de disculpa en su expresión. Era un hombre y estaba reaccionando como tal. Susan descubrió, para su más completo asombro, que tampoco ella quería una disculpa. Lo que realmente quería era apoyar la cabeza en su hombro y recostarse en él. Pero era acusadamente consciente de que si seguía las indicaciones de su deseo, él sería capaz de levantarla en brazos y sacarla de la habitación cual pirata secuestrando a su dama.

–Ni siquiera sé quién es usted –casi jadeó, clavándole las uñas en el hombro.

–¿Y si supieras mi nombre habría alguna diferencia? –le apartó delicadamente uno de los rizos que caían por la sien–. Pero si eso te hace sentirte mejor, te diré que estamos en familia.

Susan tomó aire antes de contestar.

–No lo comprendo –repuso, elevando el rostro hacia él.

–Vuelve a tomar aire de esa forma, y no importará si lo comprendes o no –musitó él, haciéndola consciente de cómo se elevaban sus senos contra su chaqueta. Clavó su luminosa mirada en los labios de Susan mientras le explicaba–: Yo también soy un Blackstone, aunque probablemente ellos no lo admitan.

Susan lo miró con incredulidad.

–Pero no lo conozco. ¿Quién es usted?

–¿Acaso no has oído los rumores? El término «oveja negra» parece inventado especialmente para mí.

Susan continuaba mirándolo sin comprender.

–Pero yo no he oído hablar de ninguna oveja negra. ¿Cómo se llama?

–Cord Blackstone –respondió al instante–. Soy primo de Vance y Preston Blackstone. El único hijo de Elias y Marjorie Blackstone; nací el tres de noviembre, probablemente nueve meses después del día que mi padre regresó de su viaje a Europa, aunque nunca conseguí que mi madre lo admitiera –terminó, con aquella fascinante sonrisa–. Pero háblame de ti. Si eres una Blackstone, no lo es por la línea de sangre. Jamás habría olvidado a una pariente como tú. Así que ¿con cuál de mis estimados primos estás casada?

–Estaba casada con Vance –contestó y el eco de un dolor ensombreció por un instante sus delicadas pasiones. Y dio una muestra de su fortaleza al ser capaz de decir abiertamente–: Murió, como supongo que sabe –pero ninguna máscara podía ocultar la desolación que de pronto ensombreció la luminosidad perenne de sus ojos.

–Sí, lo he oído. Lo siento –dijo con brusca sencillez–. Maldita sea, fue una pena. Vance era un buen hombre.

–Sí, lo era –no había nada más que decir, porque Susan todavía no había conseguido reconciliarse con aquel accidente sin sentido que le había quitado a Vance la vida.

–¿Qué le ocurrió? –preguntó él con voz sedosa. Susan lo miró asombrada. ¿Ni siquiera sabía cómo había muerto Vance?

–Fue corneado por un toro –respondió por fin–. En una de las arterias principales. Murió desangrado antes de llegar al hospital –había muerto en sus brazos, la vida se le había escapado convertida en un río de sangre. Su rostro, sin embargo, había permanecido en todo momento sereno. Había fijado en ella sus ojos azules y los había mantenido allí, como si supiera que se estaba muriendo y lo último que quisiera ver en la tierra fuera su rostro. Había una sonrisa en sus labios y el brillo de sus ojos poco a poco había ido apagándose... para siempre.

Hundió los dedos en el hombro de Cord Blackstone y él la sostuvo con fuerza. Extrañamente, Susan sintió que el dolor cedía, como si Cord lo hubiera amortiguado con su cuerpo grande y fuerte. Al alzar la mirada, vio en los ojos de Cord la sombra de sus propios recuerdos y en un relámpago de intuición supo que era un hombre que también había tenido que enfrentarse a la muerte. Que seguramente él también había visto cómo la muerte le arrebataba a un ser querido de los brazos. Él comprendía lo que Susan había pasado. Y porque la comprendía, de pronto el dolor le pareció mucho más fácil de soportar.

Susan había aprendido, a lo largo de los años, a continuar con la rutina de cada día enfrentándose a un dolor atroz. En aquel momento, se obligó a apartarse del horror del recuerdo y miró a su alrededor, recordándose a sí misma sus obligaciones. Advirtió entonces que todavía había mucha gente mirándolos y susurrando con extrañeza. Miró de reojo a la orquesta e inclinó ligeramente la cabeza, indicando que comenzara otra canción. A continuación, miró a los invitados y, cumpliendo con lo que demandaba su clara y firme mirada, la pista de baile comenzó a llenarse. No había allí un solo invitado que pretendiera ofenderla y ella lo sabía.

–Una buena artimaña –comentó Cord–. ¿Te la enseñaron en un internado para señoritas?

Una sonrisa se dibujó en los labios de Susan.

–¿Qué le hace pensar que asistí a un internado para señoritas? –preguntó desafiante.

Cord deslizó su intrépida mirada por su escote, acariciando visualmente sus redondeados senos.

–Porque eres evidentemente... perfecta –deslizó brevemente la mano por su espalda–. Dios, qué suavidad –terminó en un susurro.

Un débil rubor coloreó las mejillas de Susan al notar el deje de intimidad de su voz. Aun así, le complacía que hubiera advertido la suavidad de su piel. Oh, sí, era un hombre peligroso, de acuerdo, y lo más peligroso de él era que podía hacer que una mujer estuviera dispuesta a arriesgarse a pesar de saber lo peligroso que era.

Tras un momento de silencio, Cord la urgió:

–¿Y bien? ¿Tengo razón o no?

–Casi –admitió, alzando la barbilla para sonreírle. Cord dejó caer los párpados con un gesto que cualquiera que lo conociera habría reconocido inmediatamente. Pero Susan no lo conocía. No sabía lo cerca que estaba de hundirse en el hielo.

–Asistí a la escuela Adderley, en Virginia, durante cuatro meses, hasta que mi madre sufrió una trombosis y tuve que salir para ocuparme de ella.

–En cualquier caso, debía de ser absurdo gastar tanto dinero en intentar mejorar lo inmejorable –arrastraba las palabras al tiempo que su mirada vagaba por las delicadas facciones de Susan.

Continuó después por sus fragantes y sedosas curvas. Susan sintió una inesperada oleada de calor fluyendo por su cuerpo ante la evidente admiración de aquel hombre, que parecía estar deseando inclinar la cabeza y hundirla entre sus senos. Y tembló al comprender que estaba deseando que lo hiciera. Aquel hombre, más que peligroso, era, sencillamente, letal.

Tenía que intentar decir algo para romper el hechizo con el que la estaba envolviendo y decidió recurrir a lo primero que se le ocurrió:

–¿Cuándo ha llegado?

–Esta misma tarde –su sonrisa le decía a Susan que era consciente de sus intenciones, pero que le estaba permitiendo generar cierta distancia. Posó los labios en su sien, donde una vena azul asomaba bajo la piel traslúcida de la joven. Susan sintió palpitar todo su cuerpo. Lo miró, obligándose a concentrarse en lo que le estaba diciendo.

–Me enteré de que el primo Preston celebraba una fiesta –le explicó con un perezoso y musical acento sureño–. Así que pensé que debería hacer honor a los viejos tiempos estropeándole el festejo.

–¿Tiene usted la costumbre de estropear fiestas ajenas?

–Si tuviera la certeza de que de esa forma es posible molestar a Preston, te aseguro que lo convertiría en una costumbre –replicó riendo–. Preston y yo siempre hemos estado en lados opuestos –le explicó con una desenfadada sonrisa que indicaba lo poco que eso le importaba–. Vance era el único con el que me llevaba bien, a él nunca parecía importarle en qué tipo de problemas me metía. Él no era de ésos que se rinden ante el apellido de los Blackstone.

Eso era cierto. Vance, aparentemente, era fiel a las demandas de su apellido, pero Susan siempre había sabido que lo hacía con un brillo travieso en su mirada. A veces, Susan pensaba que su suegra, Imogene, había perdonado a Vance por haberse amotinado contra toda la dinastía para casarse con ella, aunque, por supuesto, Imogene jamás lo admitiría. Los Blackstone nunca se rebajaban a tanto. Inmediatamente, Susan se avergonzó por estar pensando de esa forma porque, en realidad, la familia de Vance siempre la había tratado con respeto.

Aun así, sentía una especial camaradería hacia ese hombre que había conocido a Vance igual que ella. Le dirigió una sonrisa nacida en lo más profundo de su mirada. Cord tensó el brazo en un movimiento involuntario, como si quisiera estrecharla contra él.

–Tienes los mismos colores que los Blackstone –musitó, mirándola con atención–. Pelo oscuro y ojos azules, pero siendo tan dulce es imposible que seas una verdadera Blackstone. No hay un átomo de dureza en ti, ¿verdad?

Susan lo miró con el ceño ligeramente fruncido.

–¿A qué se refiere con eso de la dureza?

–No creo que lo comprendieras si te lo explicara –respondió, y añadió–: ¿Fuiste tú la elegida por la familia para ser la mujer de Vance?

–No –sonrió al recordarlo–, me eligió él mismo.

Cord soltó un silencioso silbido.

–Imogene jamás se recuperará de la impresión –dijo con total irreverencia y una burlona sonrisa.

A pesar de sí misma, Susan sintió que su boca se curvaba para devolverle la sonrisa. Estaba disfrutando hablando con aquel hombre peligroso y pícaro. Y estaba sorprendida porque realmente no había disfrutado de nada desde hacía mucho tiempo. Desde la muerte de Vance, de hecho. Habían sido demasiados años y demasiadas lágrimas ocultadas tras falsas sonrisas. Pero, de pronto, todo le parecía diferente. Algo había cambiado en su interior. Al principio, pensaba que jamás se recuperaría de la muerte de Vance, pero habían pasado cinco años desde su muerte y, se dio entonces cuenta, por fin volvía a mirar a la vida. Estaba disfrutando bailando con aquel hombre de brazos fuertes y voz profunda. Y sí, disfrutaba también de la certeza de estar siendo deseada.

No le apetecía analizar su reacción; se sentía como si hubiera muerto y estuviera volviendo a la vida y quería disfrutar del cambio, no analizarlo.

Corría el peligro de ahogarse en aquella sensación y reconocía la debilidad que se instalaba en su interior, pero no podía resistirse. Y seguramente Cord había sentido, con una intuición casi tan peligrosa como el aura que lo rodeaba, que Susan estaba a punto de rendirse a la tentación de jugar con fuego. Cord se inclinó hacia delante y le susurró en la delicada curva de su oído, haciéndola temblar hasta el delirio:

–Sal conmigo –sacó la punta de la lengua y le recorrió con ella el lóbulo de la oreja con una deliciosa precisión.

El cuerpo entero de Susan vibró por la impresión, pero con aquel gesto, Cord aclaró las nubes del deseo que habían impedido el paso a la razón. Nerviosa y con las mejillas sonrojadas, se paró en seco.

–¡Señor Blackstone!

–Cord –la corrigió, riendo abiertamente–. Al fin y al cabo, somos primos.

Susan no sabía qué decir y, afortunadamente, se ahorró tener que dar una respuesta que seguramente no habría sido coherente, porque Preston decidió intervenir. Se acercó rápidamente hasta ella, posó la mano en su brazo y le dirigió a su primo una mirada glacial.

–¿Ha hecho algo que te haya molestado, Susan?

Susan volvía a sentirse en medio de un dilema. Si decía que sí, probablemente se montaría una escena, algo que estaba decidida a evitar. Pero, por otra parte, ¿cómo podía decir que no cuando sería evidente que estaba mintiendo? Un chispazo de genio le permitió contestar con cierta dignidad.

–Estábamos hablando de Vance.

–Ya entiendo –para Preston, era perfectamente razonable que, incluso después de cinco años, a Susan le afectara hablar de la muerte de su marido. Aceptó la respuesta y volvió a centrar la atención en su primo, que lo miraba con una débil sonrisa de aburrimiento en los labios.

–Mi madre está esperándote en la biblioteca –dijo Preston muy tenso–. Asumimos que tiene que haber alguna razón para que hayas decidido afligirnos con tu compañía.

–Y la hay –Cord asumió el insulto de Preston sin dejar de sonreír. Arqueó una ceja–. Adelante. No me fío de que vayas detrás de mí.

Preston se tensó y Susan impidió que el enfado estallara posando la mano en el brazo de Cord y diciéndole:

–Vamos, no dejemos a la señora Blackstone esperando.

Y, tal como esperaba que sucediera, Preston se volvió hacia ella.

–No hay ningún motivo para que vengas con nosotros, Susan. Puedes quedarte aquí con el resto de los invitados.

–Me gustaría que estuviera allí –Cord contradijo inmediatamente a su primo, con la única intención, Susan estaba segura, de irritarlo–. Es parte de la familia, ¿no? Tiene derecho a enterarse de todo de primera mano, antes de que llegue hasta ella la versión manipulada que sin duda daréis Imogene y tú.

Por un momento, Preston pareció estar debatiéndose consigo mismo; después, se volvió bruscamente y comenzó a caminar. Preston era un Blackstone. Podría haberle dado a Cord un puñetazo en la boca, pero jamás montaría una escena en público. Cord lo siguió a corta distancia, apoyando la mano en la cintura de Susan. Le dirigió una sonrisa radiante.

–Quiero asegurarme de que no te alejas de mí.

Susan era una mujer adulta, no una adolescente. Y, sobre todo, era una mujer que durante cinco años había sabido manejar todo tipo de asuntos y preocupaciones con fría perspicacia. Tenía veintinueve años y se dijo a sí misma que la época de los rubores de adolescente ya estaba superada. Pero aquel hombre de ojos desafiantes era capaz de hacerla sonrojarse con una sola mirada. Una excitación como jamás había sentido corría por su cuerpo y hacía latir su corazón de tal manera que casi sentía vértigo. Ella sabía lo que era el amor y no era nada parecido. Había amado a Vance. Lo había querido con tanta fuerza que su muerte había estado a punto de destrozarla, así que era perfectamente consciente de que aquél no era el mismo sentimiento. Aquélla era una atracción primitiva, fuerte y febril, basada únicamente en el sexo. Vance Blackstone había sido el amor. Cord Blackstone era, solamente, el deseo.

Pero reconocerlo no disminuía el impacto de sus sentimientos mientras caminaba lentamente a su lado, vibrantemente consciente de que la mano que Cord posaba en su espalda podía acariciar también su cuerpo desnudo. Susan no era una mujer atrevida. Ella era, como alguna vez había bromeado Vance, una rémora de la época victoriana. Había sido estrictamente educada y siempre había sido la dama que su madre quería que fuera. Además, había conocido el amor y jamás se conformaría con menos, ni siquiera con las delicias que le ofrecía la oveja negra de la familia Blackstone.

Justo antes de entrar en la biblioteca en la que Imogene los esperaba, Cord se inclinó hacia ella.

–Si no quieres salir conmigo, entonces te llevaré a tu casa para que podamos besuquearnos en el porche como dos adolescentes.

Susan le dirigió una mirada de indignación que provocó la risa de Cord, pero ella evitó contestarle porque en ese momento estaban cruzando la puerta y comprendía que Cord había calculado perfectamente el momento de hacer aquel comentario.

Imogene los observó pensativa durante un instante. Sus ojos grises se endurecieron mientras su mirada volaba del sonrojado rostro de Susan a Cord.

–Susan, ¿te encuentras bien? Estás un poco sonrojada.

–Me he acalorado un poco durante el baile –replicó Susan.

Cord miró a su tía sonriente.

–Hola, tía Imogene. ¿Cómo va la fortuna de la familia?

Imogene se reclinó en su asiento e ignoró fríamente su saludo.

–¿Por qué has vuelto?

–¿Que por qué he vuelto? Ésta es mi casa, ¿recuerdas? Incluso soy dueño de parte de las tierras. He estado vagando durante una temporada y ahora estoy preparado para asentar raíces. ¿Y qué mejor lugar para hacerlo que mi propia casa? He pensado en trasladarme a la cabaña que está en el arroyo Jubilee.

–¡Esa choza! –la voz de Preston estaba llena de desdén.

Cord se encogió de hombros.

–Eso es cuestión de gustos. Yo prefiero las chozas a los mausoleos –sonrió abiertamente y deslizó la mirada por los muebles de la habitación, los lienzos originales de las paredes y los jarrones y miniaturas que adornaban las estanterías.

Preston miró a su primo con frío resentimiento.

–¿Cuánto nos costará?

Por el rabillo del ojo, Susan advirtió que Cord arqueaba una ceja con expresión burlona.

–¿Os costará qué?

–Que te vayas otra vez de aquí.

Cord sonrió. Fue la suya una sonrisa lobuna que debería haber servido a Preston de advertencia.

–No tienes dinero suficiente, primo.

Imogene alzó la mano, deteniendo toda posible contestación de Preston. Ella tenía la cabeza más fría y era mejor negociadora que su hijo.

–No seas tonto... ni actúes precipitadamente –le aconsejó–. ¿Eres consciente de que estamos dispuestos a ofrecerte una sustancial suma de dinero a cambio de tu ausencia?

–No me interesa –respondió sin dejar de sonreír.

–Pero un hombre con tu... estilo de vida, debe de tener muchas deudas que pagar. Además, ya sabes que tengo muchos amigos que me deben favores y estarán dispuestos a hacer que tu estancia en mi casa sea, cuando menos, desagradable.

–Oh, no lo creo, tía Imogene –Cord estaba increíblemente relajado. Se había sentado al lado de Susan, con las piernas cómodamente estiradas–. La primera sorpresa que tengo para ti es que no necesito dinero. Y la segunda es que si alguno de tus amigos decide ponerme las cosas difíciles, yo tengo mis propios amigos a los que llamar y, a su lado, los tuyos son más inofensivos que los mismísimos ángeles.

Imogene se tensó.

–Estoy segura.

Por primera vez, Susan se sintió impelida a intervenir. Las discusiones le afectaban considerablemente. Ella era de naturaleza tranquila y pacífica, pero tenía una fuerza interior que la movía a participar. Su delicada voz arrastró al instante la atención de todos los presentes, aunque era a su suegra a quien hablaba.

–Imogene, míralo; mira su ropa –señaló con la mano al hombre que estaba a su lado–. Está diciéndote la verdad. No necesita dinero. Y creo que es cierto lo que dice de sus amigos.

Cord la miró con expresión admirada y burlona.

–Por lo menos todavía queda una Blackstone con capacidad de percepción, aunque, por supuesto, tú no naciste con ese apellido y quizá eso lo explique. Ella tiene razón, Imogene, aunque estoy seguro de que no te hace ninguna gracia oírlo. No necesito el dinero de los Blackstone porque tengo mi propio dinero. Pienso vivir en la cabaña porque me gusta la intimidad, no porque no pueda vivir mejor. Y ahora, sugiero que intentemos salvar nuestras diferencias porque pretendo quedarme en esta casa. Si tú quieres airear los trapos sucios de la familia, adelante. No me importa. Al fin y al cabo, serás tú la única que sufra las consecuencias.

Imogene dejó escapar un extraño suspiro.

–Siempre has sido difícil, Cord, incluso cuando eras niño. Mis objeciones se basan en lo que has hecho en el pasado, no en ti personalmente. Ya has arrastrado a tu familia por el lodo en bastantes ocasiones y me cuesta perdonarte, de la misma forma que me cuesta confiar en que seas capaz de comportarte de manera civilizada.

–Ha pasado ya mucho tiempo –replicó él–. He estado muchos años en Europa y también en Sudamérica. Ahora estoy en condiciones de apreciar mi casa.

–¿De verdad? Lo dudo. Permíteme sospechar algún motivo ulterior. En cualquier caso, tu pasado me deja pocas opciones. Así que, de acuerdo, haremos una tregua.

–Una tregua –Cord le guiñó el ojo y, para absoluta sorpresa de Susan, Imogene se sonrojó. Así que tenía el mismo efecto en todas las mujeres. Pero era un estúpido si pensaba que Imogene iba a concederle realmente una tregua. Imogene nunca se rendía, simplemente cambiaba de táctica. Si no podía comprarlo ni amenazarlo, tomaría otras medidas.

Cord estaba ya levantándose y tomando a Susan del codo, urgiéndola a imitarlo.

–Ya llevas demasiado tiempo lejos de tus invitados –le dijo a Imogene educadamente–. Te prometo solemnemente que esta noche no causaré ningún escándalo, así que relájate y disfruta –empujando a Susan como si fuera una muñeca, se acercó a Imogene y se agachó para besarla, haciéndola sonrojarse todavía más. Se incorporó después y dijo con expresión divertida:

–Vamos, Susan.

–Espera un momento –intervino Preston. Imogene podía haber aceptado una tregua, pero él no había dicho todavía nada–. Hemos acordado poner fin a las hostilidades, pero no aliarnos contigo. Susan no va a ir a ninguna parte.

–¿Ah no? Yo pensaba que eso tenía que decidirlo ella. ¿Susan? –Cord se volvió hacia ella, mostrándole sus deseos mediante una ligera presión en el brazo.

Susan vaciló. Quería irse con Cord. Quería reír con él, sentir la magia de estar entre sus brazos. Pero no podía confiar en él y, por primera vez en su vida, tampoco podía confiar en ella misma. Y porque deseaba desesperadamente ir con él, tenía que negarse a hacerlo. Sacudió la cabeza lenta y pesarosamente.

–No, creo que será mejor que me quede.

Cord entrecerró los ojos y la diversión que en ellos se reflejaba fue sustituida por un velo de rabia.

–Quizá tengas razón –dijo fríamente y salió sin decir un sola palabra más.

Se hizo un silencio total en la biblioteca. Los tres ocupantes se quedaron completamente callados. Entonces Imogene volvió a suspirar.

–Gracias a Dios que no te has ido con él, querida. Es encantador, lo sé, pero bajo ese encanto se esconde un odio visceral hacia toda la familia. Haría cualquier cosa, cualquiera, para hacernos daño. Tú no lo conoces, pero lo mejor que puedes hacer es evitarlo –tras haberle hecho esa advertencia, se encogió de hombros–. En fin, supongo que tendré que sufrirlo hasta que decida marcharse en busca de nuevas diversiones. Pero en una cosa tengo que darle la razón a ese canalla: ya es hora de que vuelva con mis invitados –se levantó y abandonó la habitación.

Al cabo de un momento, Preston tomó a Susan de la mano, recuperando el control de la situación. Aquélla había sido la primera vez en su vida que Susan lo había visto tratar a alguien de forma descortés.

–Relajémonos un momento antes de reunirnos con ellos. ¿Te apetece tomar una copa conmigo? –sugirió.

–No, gracias –Susan se sentó otra vez y lo observó servirse un whisky y sentarse a su lado. Miraba el vaso que tenía en la mano con el ceño ligeramente fruncido. Era evidente que tenía algo en mente. Susan conocía sus gestos tan bien como los suyos. Esperó. No quería presionarlo. Ella y Preston estaban muy unidos desde la muerte de Vance y sentía un gran afecto por él. Se parecía mucho a Vance, como todos los Blackstone. Era moreno y de ojos azules, pero carecía del sentido del humor de Vance. Era un oponente genial en los negocios, terco y quizá más lento que Vance para reaccionar, pero mucho más decidido cuando lo hacía.

–Eres una mujer adorable, Susan –dijo de repente.

Susan se quedó mirándolo sorprendida. Sabía que estaba atractiva aquella noche. Había dudado a la hora de ponerse el vestido crema porque desde la muerte de Vance se inclinaba siempre por colores más oscuros, pero había recordado entonces que en el medievo el color para el luto era el blanco, no el negro, y sólo ella había sabido cuando se lo había puesto que lo hacía con una pequeña pero significativa sombra de tristeza. Se había vestido para Vance aquella noche. Se había puesto las perlas que él le había regalado y se había perfumado con su fragancia favorita. Y, sin embargo, durante unos minutos, se había sentido en la gloria al saberse atractiva no a los ojos de Vance, sino a los de un desconocido de mirada magnética.

La mirada de Preston se suavizó al mirarla.

–Tú no eres mujer para él. Si le dejas, te utilizará para hacernos daño y después te abandonará como a un trapo viejo. Aléjate de Cord, Susan. Ese hombre es puro veneno.

Susan lo miró con firmeza.

–Preston, soy una mujer, no una niña. Soy perfectamente capaz de tomar mis propias decisiones. Entiendo que tu primo no te guste, porque es completamente distinto de ti. Pero de momento no ha hecho nada para herirme y no voy a desairarlo.

Preston esbozó una sonrisa de pesar.

–Ya he oído esa voz suficientes veces durante los últimos cinco años como para saber que vas a hacer lo que quieras sin atender a razones. Pero no sabes cómo es ese hombre. Tú eres una dama, jamás has estado expuesta a la clase de cosas que son normales para él. Él ha vivido la vida de un gato de callejón, y no porque no haya tenido otra opción, sino porque así lo ha elegido. Destrozó el corazón de su madre, la hizo avergonzarse de tal manera de él que ni siquiera le permitía entrar en su casa.

–¿Se puede saber exactamente qué fue eso tan terrible que hizo? –mantuvo un tono deliberadamente desenfadado, no quería que Preston supiera lo profundamente interesada que estaba en su respuesta.

–¿Que qué hizo? –preguntó Preston con sarcasmo–. Pelear, beber, jugar, ir con mujeres... Pero el escándalo se desató cuando tuvo una aventura con la mujer de Grant Keller.

Susan estuvo a punto de atragantarse. Grant Keller era la dignidad personificada. Preston la miró y no pudo evitar una sonrisa.

–No esta señora Keller, sino la anterior, una mujer completamente diferente. Ella tenía treinta y seis años y Cord veintiuno. Se fueron juntos de la ciudad.

–Pero eso fue hace mucho tiempo –señaló Susan.

–Catorce años, pero la gente tiene una gran memoria. He visto el rostro de Grant Keller cuando ha reconocido a Cord.

Susan estaba segura de que había algo más que le ocultaba, pero no iba a seguir indagando. Sabía que aquel viejo escándalo no justificaba el odio de Preston hacia Cord. Pero de momento estaba muy cansada y no quería profundizar en el tema. Toda la emoción que la había mantenido viva durante el baile había desaparecido por completo. Se levantó y se alisó la falda.

–¿Quieres llevarme a casa? Me siento realmente agotada.

–Por supuesto –respondió Preston inmediatamente, tal como ella esperaba. Preston se mostraba solícito con ella. A veces, su galantería le daba una cálida sensación de protección, pero otras era como una limitación. Aquella noche, se había intensificado la última sensación y estaba deseando sentirse libre, lejos de toda mirada.

Tardó solo cinco minutos en llegar a su casa y pronto se encontró felizmente sola, sentada en el columpio del porche y escuchando la música de la noche sureña. Había tenido que esperar a que Preston se fuera para salir a sentarse en el columpio. Se impulsaba suavemente, con el pie desnudo, haciendo gemir las cadenas. Una brisa ligera besaba su rostro y cerró los ojos. Lo hacía a menudo, intentando recordar el rostro de Vance, para asegurarse de que todavía conservaba el recuerdo de sus ojos violeta, pero aquella noche no era el rostro de Vance el que aparecía. Lo que vio fueron unos ojos azul claro y la barba oscura de un forajido. Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar el tacto de aquella boca sobre su hombro desnudo.

Gracias a Dios, había tenido la sensatez de pedirle a Preston que la llevara a casa. Con Preston siempre sabía que estaba segura y Cord Blackstone probablemente ni siquiera conocía el significado de aquella palabra.

Dos

El círculo social de los Blackstone se extendía desde Mobile a Nueva Orleans, con el Club de Golf como centro de encuentro con sus numerosos, adinerados y prestigiosos conocidos. Con tan extensa área, tantos amigos y tal diversidad de intereses, Susan no podía comprender que el regreso de Cord Blackstone se hubiera convertido en el único tema de conversación. Susan había perdido ya la cuenta del número de mujeres, casi todas ellas casadas, que la interrogaban con el fin de averiguar por qué había vuelto, cuánto tiempo pensaba quedarse, si estaba casado, si había estado casado e infinidad de cuestiones para las que ella no tenía respuesta. ¿Qué podía decirles? ¿Que había bailado con él y se había dejado embriagar por su sonrisa?

No había vuelto a verlo desde la noche de su vuelta y había tenido mucho cuidado de no preguntar por él. Se decía a sí misma que era preferible no saber nada y dejar que su interés por él muriera de forma natural. Lo único que tenía que hacer para ello era negarse a alimentar aquella extraña atracción. Al fin y al cabo, tampoco podía decirse que él la estuviera persiguiendo a lo largo de todo el Mississippi. Cord no la había llamado, no había vuelto a buscarla y Susan deseaba y temía al mismo tiempo que lo hiciera.