Entre mates y café - Mónica Pradier - E-Book

Entre mates y café E-Book

Mónica Pradier

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Beschreibung

Nace, ahora, "ENTRE MATES Y CAFÉ", un conjunto de relatos de la vida cotidiana, de la charla entre amigos, que intentan reflejar las vivencias, emociones y sentimientos de personas tan reales como quien está leyendo este puñado de historias que tienen mucho para contar. Algunos relatos de este libro están basados en historias reales de personas que se acercaron a mí y, en absoluta confianza de que haría un buen trabajo, me las "donaron" para que las perpetúe en la memoria de un pueblo algunas, de una familia, otras, pero siempre con ese deseo de no permitir que el tiempo las diluya y se las lleve como al polvo del camino.

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Seitenzahl: 76

Veröffentlichungsjahr: 2018

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ENTRE MATES Y CAFE

© 2018 Mónica Pradier

Primera edición

Diseño y maquetación:Martín Cairns

Diseño de tapa:Digital Print

Ediciones LiliumBuenos Aires, Argentina

www.edicioneslilium.com.ar

[email protected]

Nº ISBN: 978-987-3959-75-2

Bs As, Argentina en Septiembre de 2018

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

Pradier, Mónica

Entre mates y café / Mónica Pradier. - 1a ed . - San Isidro : Lilium, 2018.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-3959-75-2

1. Narrativa Argentina. 2. Microrrelatos. 3. Relatos. I. Título.

CDD A863

Índice

Agradecimientos

Introducción

Almas gemelas

El día de las sanguijuelas

El perrro blanco

Detrás del muro

Un cuento mágico

El gazpacho

Fulgor guaraní

El sofá naranja

Sopor

El árbol mustio

¿Honor o deuda?

La casa sin jardín

La primer navidad

El pacto

No me olvides

Rocco

El tiempo nos ayuda a olvidar (versión 2)

El paseo

La historia de Tissiana

Agradecimientos

“Un libro solo existe cuando llega a las manos del lector y si, además, se queda en su corazón, esas palabras no morirán jamás.”

La autora

Algunos relatos de este segundo libro están basados en historias reales de personas que se acercaron a mí y, en absoluta confianza de que haría un buen trabajo, me las “donaron” para que las perpetúe en la memoria de un pueblo algunas, de una familia, otras, pero siempre con ese deseo de no permitir que el tiempo las diluya y se las lleve como al polvo del camino. Agradezco a Patricia Romero y Silvia Simonccini y familia, por creer en mí.

Vaya un agradecimiento especial a don Ranulfo Ruiz, vecino de la vida, quien me confió sus tesoros para que yo “haga lo que quiera” con ellos. Bueno, los incluí en esta nueva colección con un pequeño toque personal. Y, por último, a mi querido amigo el Dr. Daniel Rubén Ruiz por “prestarme” la historia de Tissiana.

Gracias a mi madre, por inculcarme la pasión por la lectura, pasión sin la cual hoy no estaría escribiendo.

Y, finalmente, gracias a mis hijas y mi esposo, por acompañarme y apoyarme de manera incondicional.

Mónica Graciela Pradier

Introducción

Este libro surge de la necesidad de continuar escribiendo, porque escribir es un ejercicio, un ejercicio que exige constancia, esfuerzo, perseverancia, pero sobre todo imaginación, ilusión, esperanza.

¿Por qué “Entre mates y café”? Cuando uno se reúne con amigos siempre hay algo para compartir, una comida, un mate, un café y, por supuesto, una buena charla que, a veces, raya en la confesión. Este libro se engendró a partir de compartir momentos y experiencias con gente amiga. Mi gente. La misma que, como mencioné en los agradecimientos, creyeron en mí y me acercaron sus historias y anécdotas para que las convirtiera en relatos plasmados en papel.

“Entre mates y café” es un grupo de historias, con algún sustrato de verdad, que hablan de actos cotidianos, de amores, de odios, de encuentros y desencuentros. En fin, de la vida misma.

Espero que disfruten su lectura de la misma manera que yo disfrute los encuentros con mis amigos.

Almas gemelas

El trozo de trapo planeó por encima del muro como acunado por el viento y, con toda suavidad, se posó sobre el césped. Ella lo vio venir desde lejos. Corrió con toda la velocidad que le impulsaba la alegría de la noticia recibida. Aun así, no llegó a tiempo como era su deseo: el trapo llegó al suelo antes que ella pudiera atraparlo. Resopló, un poco por el cansancio de la carrera y otro, por el intento fallido. Pero, con la misma rapidez con la que se esfuma una pompa de jabón, desapareció la frustración. Él, su alma gemela, su amigo había llegado y la estaba esperando. Con el trapo aferrado al puño, trepó cual chimpancé, por el envejecido muro de ladrillos. Con esfuerzo, asomó la cabeza y gritó su nombre. El chiquillo de ojos pícaros y sonrisa compradora, salió a su encuentro. Caminar entre los yuyos del terreno vecino no era sacrificio ya que el premio al final bien lo valía.

Él, la aguardaba asomado al barandal. Su sonrisa era de esas que te llenan el alma y ella lo sabía, por eso la buscaba. Se vieron y el grito de júbilo espantó a los gorriones que holgazaneaban en los árboles. Ella corrió a su encuentro sacudiendo el trapo mugriento cual pañuelo de encaje. Él, no esperó más y saltó el barandal que los separaba. El abrazo los fundió casi en uno solo. Las lagartijas y demás bichos del campo los miraban entre extrañados y admirados. Es que el amor que se tenían era tanto que inundaba el aire y contagiaba a todos, hablaran o no.

Sentados al borde de la cuneta, con los pies balanceándose en el aire, se contaron vida y obra de cada uno. Cualquiera diría que hacía un año que no se veían, la verdad era que solo fueron veinticuatro horas. Sucede que cuando uno encuentra su alma gemela, el tiempo que permanecen separados parece eterno. La abuela los llamó para tomar la leche. Ellos saltaron de alegría porque sabían que había dulces de regalo. Corriendo y atropellando todo, entraron a la cocina. La hora de la merienda transcurrió entre chistes y planes de nuevas travesuras. Así eran ellos: mugre y uña ¡inseparables!

Las tardes se resumían en paseos en bicicletas siempre que ella lo llevara para que él pudiera ir hondeando a los pajaritos, o meterse a escondidas en las obras en construcción y jugar a que eran castillos, o colgarse de los árboles en una y mil piruetas confirmando así, la teoría darwiniana. Cualquier excusa era válida para ganar la calle y aventurarse a algo nuevo.

Esa tarde, ella llegó del colegio, tiró la mochila junto con un fugaz saludo y corrió al patio del fondo. Pero, por más que buscó en cada rincón, planta, pozo y agujero posible, el trapo no estaba. Le resultó raro, pero, a la vez no. Probablemente habría viajado con el papá o fue a la clase de inglés. De todas maneras, esperó. Sentada, paciente, esperó. Aun cuando su abuela la llamó a merendar, ella siguió esperando. Su corazón no deseaba moverse, intuía algo. La abuela salió a buscarla. La retó porque la leche se enfriaba. La niña trató de explicarle que debía aguardar la señal, sino, no vendría. Pero, nadie la oyó.

Dicen que los niños son almas puras, por eso pueden ver y sentir cosas que nosotros, los adultos, no. Mientras la alejaban del muro, algo dentro de ella se rompió y supo, sin saber, que algo estaba mal. Esa misma noche, cuando ya era tarde, su alma gemela terminó su aprendizaje en este mundo. La abuela intentó explicárselo, pero el llanto se llevó las palabras. La niña sabía, por eso lloró junto a su abuela. Y lloró cada uno de los días y las noches, hasta que los ojos se cansaron de tanto dolor.

La niña se hizo mujer. Vivió y sufrió. Rió, lloró. Pero, entre sus cosas guarda un trozo de tela envejecido como un pedacito de su corazón

El día de las sanguijuelas

Corría el año 1945. El mundo estaba recuperándose de los horrores de la guerra. Pero, del otro lado del plantea, la vida continuaba con su ritmo normal. Ellas, en su inocencia de niñas, solo sabían de los golpes y sorpresas que cada nueva travesura les dejaba. Una, trigueña como un trozo de pan tostado, la otra, blanca como la luna. La una queriendo ser blanca, la otra queriendo tostarse, pero ambas buscando una y mil formas de tener una nueva aventura cada vez.

Esa tarde llegaron corriendo de la escuela, más felices que de costumbre; empezaban las vacaciones de verano y eso solo podía significar una cosa: ¡libertad! Libertad de levantarse a la hora que quisieran, libertad de correr por los baldíos y treparse a los árboles hasta la hora de comer sin tener que preocuparse por el baño. Libertad de montar a la yegua del abuelo y pasearse hasta los lugares más alejados de la quinta. ¡Libertad de bañarse en la laguna! Cada vez que alguna de las hermanas mencionaba el tema lo hacía entre susurros, con miradas cómplices y risita traviesa. Con cada descuido de la madre, se urdía una parte del plan, cuidando siempre de ocultar la cara con una de las manos, no sea cosa que las descubrieran. Es que la laguna estaba prohibida. No solo por lo apartado del lugar, sino por los peligros que encerraba: era profunda y habían ocurrido algunas tragedias con pequeños que se internaron en sus aguas sin saber nadar, además, estaban las sanguijuelas, unos bichos negros, babosos y con algo así como sopapas en la panza que hacían que se peguen al cuerpo del corajudo que entraba al agua. Ellas solo se habían animado hasta la orilla, sabedoras del castigo que les esperaba si quebrantaban la ley materna. Sin embargo, ese temor no les duraría toda la vida.