Entre nosotras, la libertad - Chitra Banerjee Divakaruni - E-Book

Entre nosotras, la libertad E-Book

Chitra Banerjee Divakaruni

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Beschreibung

Soñaban con la independencia sin imaginar el precio que pagarían India, 1947. Una familia de tres hermanas vive en una aldea rural de Bengala. Priya, inteligente e idealista, sueña con seguir los pasos de su padre y convertirse en médico, desafiando las normas que impone la sociedad. Deepa, la belleza de la familia, aspira a un matrimonio que eleve el estatus familiar. Jamini, devota y perspicaz, es una prodigiosa artesana de colchas, pero sus anhelos más profundos permanecen ocultos. La paz y el amor que comparten en su hogar son un refugio contra los violentos acontecimientos que se viven en la India. Todo cambia cuando el padre muere durante un motÌn e incluso los vecinos se vuelven en contra de la familia. Ahora, las tres jóvenes y su madre viuda deben encontrar su camino en una época despiadada. Los cambios son drásticos y peligrosos tras la partición de la India: ahora la India es de los hindúes y Pakistán es de los musulmanes. Las hermanas son separadas por sus propias decisiones, enamorarse de la persona equivocada, o buscar una libertad prohibida para una mujer. Su futuro es incierto y peligroso, y lo único que les queda es confiar en el lazo inquebrantable que aun las une, quizás su única salvación.

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Seitenzahl: 426

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título original: Independence

Edición original: HarperCollins Publisher LLC c/o Writers House LLC. Derechos gestionados por RDC Agencia Literaria SL.

© 2023 Chitra Banerjee Divakaruni

© 2023 HarperCollins

© 2024 Trini Vergara Ediciones

www.trinivergaraediciones.com

© 2024 Vidis Histórica

www.vidishistorica.com

España · México · Argentina

ISBN: 978-84-19767-45-5

Hay muchas historias que no están escritas en papel: están escritas en la mente y en el cuerpo de las mujeres.Amrita Pritam

Índice de contenidos

Portadilla

Legales

Dedicatoria

Primera parte

Capítulo uno

Capítulo dos

Capítulo tres

Capítulo cuatro

Segunda parte

Capítulo cinco

Capítulo seis

Capítulo siete

Capítulo ocho

Capítulo nueve

Capítulo diez

Tercera parte

Capítulo once

Capítulo doce

Capítulo trece

Capítulo catorce

Capítulo quince

Capítulo dieciséis

Cuarta parte

Capítulo veintidós

Capítulo veintitrés

Capítulo veinticuatro

Capítulo veinticinco

Capítulo veintiséis

Capítulo veintisiete

Quinta parte

Capítulo veintiocho

Capítulo veintinueve

Capítulo treinta

Capítulo treinta y uno

Capítulo treinta y dos

Capítulo treinta y tres

Epilogo

Posdata

Glosario

Chitra Banerjee Divakaruni

Manifiesto Vidis

Primera parte

Agosto de 1946

Aquí hay un río como una cadena esbelta de plata, aquí hay un pueblo rodeado por campos verdes y dorados de arroz, aquí hay una brisa con el aroma de los dulces juncos, aquí hay un balcón de mármol de una antigua y majestuosa mansión con guardias en sus puertas de hierro y sirvientes que llevan bandejas de exquisiteces por las escaleras, aquí hay un hombre y una mujer en sillones tallados de teca. Aquí está el país que lo alberga todo.

El río es el Sarasi, el pueblo es Ranipur en Bengala, la mansión pertenece a Somnath Chowdhury, un zamindar. Juega al ajedrez con Priya, la hija de su mejor amigo, Nabakumar Ganguly. El país es India, el año es 1946, el mes es agosto. Todo está por cambiar.

Capítulo uno

Priya

Priya captura el alfil de Somnath con su caballo y lo mueve contenta de un lado a otro.

—No viste venir eso, Kaku, ¿no? —Somnath se inclina sobre el tablero, farfullando por lo bajo, aunque complacido en secreto. Le enseñó a jugar hace diez años cuando ella tenía ocho; sus victorias también son suyas.

Somnath lleva puesto su kurta de algodón, y se puede ver el destello dorado de los botones en su cuello. Nadie creería que es el dueño de casi todos los campos de Ranipur, una empresa naviera y una hermosa mansión en Calcuta. De todas maneras, su casa en el pueblo sigue siendo su residencia favorita. Priya está segura de que es porque no tiene un oponente de ajedrez que valga la pena en la gran ciudad.

Ella lleva puesto el sari barato que visten casi todas las chicas de la aldea, su rostro risueño está enmarcado por algunos mechones de cabello rizado que escaparon de su trenza. Nadie adivinaría que esconde un sueño secreto, prohibido, cerca de su corazón.

Los sirvientes ponen la comida en las mesas de mármol. Sharbats de limón en vasos de plata, tres tipos diferentes de caramelos de leche, pakoras humeantes de flores de calabaza, pistachos y pasteles de fruta enviados desde Calcuta. La culpa se asienta como una punzada en Priya. Su madre y sus dos hermanas estarían comiendo arroz inflado y rapadura en su casa, comida de campesinos. El dinero siempre fue escaso en la casa de los Ganguly. Nabakumar, un destacado doctor con consultorios en Ranipur y Calcuta, tiene una mala costumbre: no rechaza pacientes que no pueden pagar la consulta. La gente se aprovecha de ti, se queja la madre de Priya, Bina. ¿Qué habrían hecho si Bina no fuera una bordadora talentosa, tan demandada por sus kanthas de boda? Bina tiene razón. Aun así, Nabakumar es el héroe de Priya.

Por las escaleras aparece Manorama, la hermana de Somnath, la encargada de la casa desde que su esposa murió al dar a luz a su único hijo, Amit. Manorama lleva el sari blanco prescrito para las viudas, pero el suyo es de un algodón elegante. Las joyas están prohibidas, pero de su cintura cuelga un enorme llavero de plata con todas las llaves de la casa salvo la de la caja fuerte de Somnath. Todos tienen que pedir a Manorama lo que necesitan.

—Las pakoras se enfrían —dice Manorama.

—¡Llévatelas! —grita Somnath. Se irrita cuando las partidas se vuelven tensas—. Cien veces te lo he dicho, no me molestes cuando estoy jugando. Si pierdo con esta jovencita será por tu culpa.

Manorama se muestra impasible.

—Si pierdes será porque Priya es mejor jugadora que tú. ¡Al menos déjala comer!

Priya muerde una pakora.

—Gracias, Pishi. Puedo comer y pensar al mismo tiempo a diferencia de ciertas personas…

Manorama ríe. Le agrada Priya a su manera. Una vez le dijo que, si bien su hermana mayor Deepa era la belleza del pueblo (tez clara, labios como pétalos de rosa, ojos conmovedores, cabello como una cascada), Priya era más admirable porque no mentía, no era una sabelotodo, no era mezquina. Priya se lo había agradecido y suspiró interiormente. La vida era demasiado corta como para desperdiciarla en trivialidades cuando además tenía un objetivo.

***

Hay mucha conmoción abajo. Una puerta se cierra con fuerza, pisadas irregulares sobre la larga entrada de grava, y Priya contiene la respiración. Es Jamini, su hermana mediana, llamándola con voz estridente por su nombre completo.

—¡Bishnupriya! ¡Mamá quiere que vayas a casa!

Jamini nació solo trece meses antes que Priya, pero parece más mayor. Quizás sea por la manera en que se viste: blusas decorosas de mangas largas y saris almidonados, rígidos, para que la gente la tome en serio. Lleva el cabello atado en un rodete con el que parece demacrada. Priya lo nota, pero como a Jamini no le gusta recibir consejos de sus hermanas, opta sabiamente por el silencio.

Le gusta dar órdenes a Priya y, en gran medida, Priya lo permite. La pierna izquierda de Jamini es algo más corta que la derecha, eso la hace renquear un poco; de niña, Nabakumar la llevó a un cirujano en Calcuta. Las mujeres del pueblo murmuran que nadie se casará con ella, y esto entristece a Priya, que tiene otros planes y no considera el matrimonio algo crucial, pero cree que para Jamini significa mucho.

Aun así, no permite que Jamini interrumpa su partida. —Iré a casa cuando termine. —No debería tomar mucho tiempo —anuncia Somnath—. Estoy a punto de ganar. Con una sonrisa traviesa, Priya coloca su alfil entre su rey y la reina de Somnath.

—Puedes subir y comer algunos dulces mientras esperas —le ofrece Manorama. No le agrada Jamini, Priya la escuchó decir que es demasiado soberbia, pero los Chowdhury son amables con los invitados, incluso con los que llegan de improvisto.

Jamini, delicadamente, le responde:

—Muchas gracias pero hoy no, Pishi. Estoy ayudando a mamá a cocinar para Baba…

—¿Baba está en casa? —Priya se levanta haciendo temblar el tablero con su entusiasmo—. ¿Por qué no lo dijiste?

Somnath frunce el ceño.

—Nabakumar volvió temprano de Calcuta. Me pregunto por qué será, no le gusta cambiar su rutina.

A Jamini le encanta ser la que sabe.

—Pasó algo en la clínica, te lo contará mañana. Debo irme ahora, no quiero perderme las historias de Calcuta de Baba. Priya, querida, tómate tu tiempo y termina tu juego, estoy segura de que a Baba no le molestará.

Priya está demasiado acostumbrada a las provocaciones de Jamini como para reaccionar. Mira a Somnath lastimera, él asiente con comprensión, mira apesadumbrada su plato con los bocadillos sin comer y se despide de Manorama.

Pero entonces se escucha el galope de un caballo. Los darwan abren las puertas con el emblema de un gran león, y un semental negro entra con Amit sobre su lomo. Su mejor amigo, dos años mayor que ella, acaba de volver de estudiar de Calcuta. Lleva un pantalón jodhpur importado y una camisa de muselina: demasiado elegante para el pueblo, y Priya se burla de él. Es un jinete excepcional, alto y robusto, lo suficientemente fuerte como para controlar al caballo más salvaje, aunque esto no se lo dice… él ya tiene la autoestima muy alta.

Detiene su caballo con un movimiento de muñeca, se baja y la llama por el nombre que le puso cuando eran niños.

—Pia, no puedes irte tan temprano. Calculé mi viaje para volver justo cuando terminaras tu juego aburrido, tengo mucho que contarte sobre mi vida en Calcuta…

Jamini lo interrumpe.

—Priya tiene que ir a casa. Ahora.

Priya se pregunta por qué ese tono. Jamini es cortés con todos menos con sus hermanas, pero desde que Amit regresó está un poco más áspera.

—¿Desde cuándo eres la guardiana de Pia? —responde Amit. Jamini lo enfrenta, preparada para responderle.

Priya apoya una mano comprensiva sobre el brazo de Amit. Él tiene un temperamento formidable y no quiere que se encienda ahora.

—Baba volvió a casa sin avisar, llevaba fuera dos semanas…

La expresión de Amit se relaja; Priya siempre puede calmarlo.

—Quieres verlo, claro. Iré contigo. Me encanta escuchar las noticias que trae Nabakumar Kaku. Déjame devolver a Sultán al mozo de cuadra…

Jamini lo interrumpe.

—Hoy no es un buen día para tener visitas, papá quiere una cena tranquila y familiar.

Priya, ya enfurecida:

—¡Amit también es parte de la familia!

Esta vez es Amit quien toca su brazo.

—Lo veré en otro momento.

Pensar en su padre evita que Priya empiece una discusión.

—Vendrá mañana para conversar con Somnath Kaku, lo acompañaré y podremos hablar entonces —dice mientras lanza una mirada incisiva a Jamini— sin interrupciones.

***

Jamini se detiene en la capilla de Pir Moyinuddin (un santo musulmán amado por todos en el pueblo) camino a casa. Priya está molesta.

—Dijiste que tenías prisa y no me dejaste hablar con Amit.

—Da mala suerte —dice Jamini— pasar por un lugar sagrado sin rezar. En cuanto a Amit, Priya, eres demasiado afectuosa con él. Ya no eres una niña. Tienes que comportarte o avergonzarás a nuestra familia. ¿No ves lo poco que maduró Amit? Se preocupa solo por su ropa elegante, por sus caballos y por sus amigos ricos de Calcuta, todos holgazanes y derrochadores. Escuché que ni siquiera aprobó sus exámenes…

Priya prefiere no discutir con Jamini porque es hábil para distorsionar las palabras, pero hoy está demasiado furiosa como para ser prudente.

—Deberías avergonzarte por repetir chismes tan sucios como esos. Conozco a Amit, es una buena persona y tiene razón, no eres mi guardiana. A menos que Baba diga lo contrario, seré tan amigable como quiera con él.

Empieza a caminar más rápido para que Jamini no pueda seguir su paso y golpea algunas rocas en el camino. Pasa sin ver las cosas que ama: un campo de flores doradas y mostaza, garzas blancas que se alimentan entre los juncos… Siempre le resulta fácil ignorar los comentarios de Jamini. ¿Por qué la ha alterado tanto hoy?

***

La hora de la cena. Las tres hermanas están reunidas alrededor de Nabakumar sentadas en el suelo de su casa de dos habitaciones. Todas tienen una complexión similar, pero de algún modo se ven tan diferentes que un extraño no creería que pertenecen a la misma familia: Deepa resplandece segura de su belleza; Jamini tiene la tez pálida de virtud y anhelo reprimido; Priya brilla, apasionada y decidida. Bina, la madre, habitualmente seria y preocupada, hoy está radiante porque su esposo está en casa. Preparó un pescado hilsa con salsa de mostaza, un plato caro por el que hizo un viaje especial al mercado de pescados. Debió tomar dinero de su caja fuerte, cree Priya, dinero que estaba ahorrando con dificultad para las dotes de sus hijas.

Las dotes, o su ausencia, es una causa constante de tensión en la casa. Si bien Nabakumar no está tan entusiasmado con la idea de mandar a sus hijas a la casa de sus suegros, Bina siente que se deben casar pronto. Mira con ojos acusadores a su esposo y comenta que en el pueblo la mayoría de las chicas de su edad ya están comprometidas o casadas. Bina tiene ambiciones para sus hijas, le gustaría casarlas con familias pudientes y respetadas. Pero sin dotes suficientes, ¿qué posibilidades tienen? Su voz se vuelve dura cuando recuerda a su esposo que cuanto más crezcan, más escasearán sus opciones.

Priya no quiere casarse, y la idea de las dotes la enfurece. ¿Una mujer no es lo suficientemente valiosa por sí misma?, se pregunta. Cuando un hombre lleva una novia a su casa, ¿acaso la familia no está consiguiendo un ama de casa a la que nunca pagarán? Pero es una batalla perdida. Incluso un hombre idealista como su padre piensa que la costumbre está demasiado arraigada como para combatirla.

Pero hoy Bina está de buen humor y sonríe tímidamente cuando Nabakumar elogia su plato. Jamini se levanta para servir más, aunque él le dice que puede hacerlo solo. Priya está sentada más cerca de Nabakumar, preguntándole sobre los nuevos casos de su clínica en Calcuta, hasta que Bina dice:

—¿Hace falta hablar sobre sangre, pus y vómitos durante la cena? Deja que Baba coma en paz.

Nabakumar guiña un ojo a Priya cuando Bina no está mirando. Más tarde, gesticula. Su pequeño secreto.

Nabakumar disfruta mucho cada oportunidad que tiene de expandir los horizontes de sus hijas. Él, siendo un cantante talentoso, les enseñó muchas canciones de Tagore. Deepa y Jamini aprendieron rápido, tienen buen oído, pero Priya (y en esto se parece a su madre) no puede cantar en absoluto. Aun así, conoce las letras y le encanta escucharlo cantar, en especial las canciones patrióticas que son las favoritas de su padre. Por alguna razón Bina no las tolera; Priya ha notado que, cuando ella está cerca, Nabakumar canta melodías inocuas que elogian la belleza de la naturaleza.

Nabakumar habría mantenido a las chicas en la pathshala del pueblo hasta que terminaran el último año, pero Bina dijo: Suficiente, qué hombre quiere una mujer que sepa más que él. Pero él siempre les llevaba libros de texto, apuntes, y las alentaba a preparar sus exámenes desde casa. Sus hermanas no mostraron interés, pero Priya estudiaba por su cuenta y obtenía calificaciones altas. Quizás por eso la quiere más a ella: se ve reflejado en su sed por conocer el mundo.

Ahora había empezado a incursionar en la política, su otra pasión. En su juventud fue un luchador por la libertad; insistía en que su familia debía saber lo que estaba pasando en su país. Son tiempos excitantes y difíciles de discusiones crudas entre el virrey Wavell, Nehru y Jinnah, mientras Gandhi queda relegado y facciones opuestas alzan sus cabezas como la hidra. Nadie puede ponerse de acuerdo sobre la forma que debería tomar la India independiente, dice con tristeza. ¿Quién sabe cuán escabrosa será la transición del poder?

Priya ansía saber más, pero Bina lo interrumpe.

—¿Podemos hablar de algo pacífico y feliz?

En el silencio incómodo aparece Deepa con una expresión encantadora que ningún hombre puede resistir, ni siquiera su papá.

—Baba, ¿cuándo me llevarás a Calcuta? Me prometiste el año pasado que iríamos de compras al Nuevo Mercado…

Las chicas no van a Calcuta desde hace años. El único recuerdo que Priya tiene de la ciudad es el de los pavos reales ruidosos en un zoológico que visitaron cuando era niña. Esto se debe, en parte, a que, si bien no está muy lejos, llegar a Calcuta es toda una hazaña. Ranipur no tiene estación, los viajeros deben caminar durante dos horas o tomar un carruaje tirado por búfalos (que no es mucho más rápido) hasta Baduria y desde ahí tomar un tren. Pero el motivo real es este: a Bina no le gusta la gran ciudad, no confía en ella.

Ahora Nabakumar, avergonzado, admite que debe un viaje a Deepa. Frunce el ceño pensativo.

—Puedo llevarte en dos semanas.

Priya quiere acompañarlos, ver su clínica y la Universidad de Medicina de Calcuta donde él estudió. Jamini también levanta la vista con ojos suplicantes.

Bina responde un no tajante, luego cede un poco.

—Es demasiado caro para que vayamos todas. Deja que Deepa vaya. Puede llevar uno de mis kanthas para mostrárselo a los vendedores en el Nuevo Mercado. Quizás alguien quiera comprar mi trabajo.

Deepa, la hermana mayor y la favorita, a quien Bina da los dulces más grandes, los mejores saris en la época del Durga Puja, quien duerme junto a ella cuando Baba se va a Calcuta, dice:

—Estoy segura de que encontraré un comprador para tus bordados hermosos, Ma. Guárdame el kantha de la boda. Es el mejor trabajo.

Una buena elección, admite Priya; Deepa tiene buen ojo. El kantha muestra a una novia viajando a la casa de su esposo en palanquín. Tiene hojas de palmeras que se mueven de un lado a otro, ríos con peces que saltan del agua, el novio y sus amigos triunfantes en sus caballos, la novia que se asoma con curiosidad desde el palanquín. Bina tardó una semana en hacer la puntada invisible en los bordes, incluso con la ayuda de Jamini.

Nabakumar habla decidido.

—Iremos los cinco. Lo consideraremos unas vacaciones familiares. Preguntaré a Somnath si podemos quedarnos en su casa en Calcuta, ya que está vacía la mayor parte del tiempo, y nuestro único gasto serán los billetes del tren. Puedo pagarlos.

Bina frunce el ceño.

—Pero ¿es seguro? En el bazar la gente dice que habrá una manifestación grande.

—No hay nada de qué preocuparse. Los políticos siempre organizan hartales —dice Nabakumar tocándole la mejilla a Bina—. Será un regalo especial. Te di muy pocos de esos, querida.

Una sonrisa ilumina el rostro de Bina, los años desaparecen y baja la cabeza con timidez. Priya mira a la joven luminosa que debió de ser, hipnotizada por el apuesto médico que visitaba su pequeño pueblo. Se habían enamorado y se casaron sin el permiso de la familia, algo inusual en aquella época.

Nabakumar voltea hacia Jamini. Puede que ame más a Priya, pero es justo con todas sus hijas.

—¿Qué te gustaría hacer en Calcuta, hija mía?

Jamini piensa y luego los desconcierta a todos.

—Quiero ir al cine y ver una película inglesa. El padre de Bela la llevó al Metro Cinema el año pasado. Tenía sillones de terciopelo rojo y…

Bina pregunta a Jamini si acaso son dueños de un campo de arroz enorme como el padre de Bela. Le recuerda que apenas sabe inglés.

Jamini se sonroja. Mira su thala y juega con un trozo de pescado. Priya desea defenderla, pero eso solo la perjudicará.

Nabakumar dice:

—Iremos a ver una película inglesa, Jamini querida, si eso es lo que pide tu corazón.

Jamini ofrece una trémula y distante sonrisa. En su cabeza ya está en el Metro, sentada en su sillón de terciopelo.

Nabakumar se levanta para lavarse las manos. Deepa dice:

—Parece que ya terminaste de comer, Jamini. ¿Puedo terminar lo que dejaste?

Priya mira a su mamá: seguro que dirá que no a esta petición irracional. Pero no dice nada, Deepa se inclina y toma el pescado.

***

La casa está tranquila ahora, los faroles se han apagado, y la familia se ha preparado para la noche: los padres en un cuarto, las hijas en viejas colchas sobre el suelo de la sala. Como venganza por haberle robado el pescado, Jamini se quedó con el lugar de Deepa junto a la ventana, mucho más fresco. Deepa se va a regañadientes hacia el segundo mejor lugar al final de la habitación, y Priya se acuesta en el medio de las dos. Le importan poco este tipo de cosas.

Se despierta cuando escucha unos golpes frenéticos, hay alguien afuera que grita Daktar-babu, una emergencia. Deepa se queja y se tapa la cabeza con la almohada, Jamini se levanta asustada, y Priya abre la puerta. Su visitante nocturno es un joven pescador desesperado: su esposa está dando a luz desde la mañana, pero el bebé no puede salir y la partera dice que ya no puede hacer nada.

Despeinado y con el pijama arrugado, Nabakumar va al cuarto a buscar su maletín con sus instrumentales de trabajo. Bina frunce el ceño.

—Parece difícil.

La voz de él es sombría, sus palabras entrecortadas.

—Sí. No me esperes.

Bina suspira. Después de estar viajando todo el día, Nabakumar necesita dormir. Y este caso traerá poco dinero, si es que trae algo. Aun así, se levanta de la cama, guarda un par de saris viejos y limpios en una bolsa y, después de un momento, agrega una colcha para bebés.

Priya sigue a Nabakumar.

—¡Por favor, déjame ir contigo! Podría ser de ayuda tener un par de manos extras.

Bina está escandalizada.

—Una chica que no está casada no puede estar en un parto.

Priya teme que Nabakumar piense lo mismo. No porque sea indecoroso (pensamientos como esos no se le ocurren a él), sino por no hacer enfadar a Bina. Aunque también porque puede que no crea que Priya sea útil. Hasta ahora solo lo ha ayudado en tareas sencillas en su clínica en Ranipur: coser alguna herida, sajar algún forúnculo, recetar medicamentos para la malaria. Pero asiente. Trae los faroles. Dos. Rápido. Se da cuenta de que espera más problemas de los que puede manejar solo.

Caminan por la noche sofocante hacia el barrio de los pescadores. Caminos más angostos, casas desvencijadas apoyadas como ebrias la una sobre la otra. El hombre, cuyo nombre es Hamid, los lleva hacia la más pequeña. La luz tenue de un farol humeante y una mujer embrazada que respira con dificultad sobre una alfombra. La partera asustada les dice que los latidos del bebé son muy débiles.

—Puede haberse enredado con el cordón umbilical —dice Nabakumar. Se desinfecta las manos, examina a la paciente—. Tendré que abrirla. Cloroformo.

Priya aparta todos sus miedos y sigue sus instrucciones. Presiona un trapo embebido en cloroformo sobre el rostro de la paciente hasta que se relaja, limpia la barriga con antiséptico e indica a Hamid y a la partera que mantengan firmes los faroles. Priya le alcanza los instrumentales que necesita: bisturí, tijeras, pinzas. No te asustes cuando salga sangre oscura de la incisión. La mujer llora de dolor. Tranquila, tranquila. Más cloroformo, cuenta las gotas con una mano firme, mantiene abierta la piel cruenta. Nabakumar levanta a un bebé varón, corta el cordón enredado como una serpiente alrededor de su cuello; lo levanta del pie, lo golpea en la espalda y se lo entrega a la partera cuando empieza a llorar, no hay tiempo para complacencias, sutura a la mujer, limpia la sangre, corta trozos de los saris de Bina. Venda la herida, le pone una inyección de penicilina y dice al abrumado Hamid lo que debe hacer hasta su próxima visita.

Entonces Priya recuerda algo. Empieza a buscar en su bolso y le entrega la colcha para bebés a Hamid.

Con los estupefactos, el pescador pasa sus dedos reverentes sobre la suave tela con un patrón de mariposas. Es uno de los diseños más simples de Bina, pero Priya puede ver que nunca tuvo algo tan delicado. Hamid los acompaña en silencio, pero en la puerta llora otra vez, intenta encontrar las palabras para mostrarles su gratitud y entregar a Nabakumar un puñado de monedas.

Nabakumar le dice que no haciendo un gesto con la mano, pero no le hace sentir que lo está despreciando.

—Tráenos algunos pescados cuando la pesca sea buena —dice.

Hamid asiente. Se va caminando con los hombros rectos y la frente en alto.

Priya piensa cuánto ha aprendido de Baba sobre medicina y sobre decencia humana.

Reúne el coraje en el umbral de la casa dormida.

—Cuando tomé el bebé de tus manos, sabiendo que habría muerto de no ser por nosotros, nunca había experimentado algo tan emocionante. ¿Lo hice bien?

—De maravilla, tranquila y eficiente, la asistente perfecta.

Está algo mareada por el cansancio, aterrada y esperanzada a la vez.

—¿Me dejarás ir a la Universidad de Medicina en Calcuta entonces? Quiero ser doctora. Es mi sueño…

Baba aparta la mirada.

—Estoy demasiado cansado para discutirlo ahora mismo.

No es del todo cierto, la interrumpe cada vez que saca el tema. Pero es su hija, heredera de sus genes y de su terquedad. No se rendirá.

***

En el balcón de la mansión de Somnath, hay té Darjeeling y bizcochos Britannia. Los hombres debaten sobre Calcuta.

—Mucha gente, más cara y sucia con cada año que pasa —dice Somnath temblando con delicadeza—. Los soldados firangi arruinaron nuestra ciudad.

Nabakumar no está de acuerdo.

—Vivir en el pueblo te ha vuelto blando, provinciano y gordo. Diré a Manorama que no te dé más rasgullas; me escuchará, soy tu médico después de todo.

—Eres el diablo, eso es lo que eres —responde Somnath porque le encantan sus postres.

Cuánto disfrutan sus peleas estos dos que se quieren como hermanos. Priya bebe su té y piensa con alegría en la esposa de Hamid, Fatima, a quien fueron a ver más temprano hoy. La encontraron sentada y amamantando al bebé, envuelto en la colcha de Bina. Su sonrisa tímida, sus suturas limpias y sin infecciones.

La conversación ahora gira sobre la clínica en Calcuta que Nabakumar administra con su amigo de la universidad, el doctor Abdullah Khan. Como sus precios no son altos, se ha vuelto bastante popular entre la gente más pobre. Se forman largas filas en la puerta del edificio con los enfermos esperando estoicamente, haya sol o truene. Pero la semana pasada una mujer colapsó mientras esperaba, y casi muere.

—Tenemos que añadir una sala de espera, y cuanto antes —dice Nabakumar—. Por eso estoy aquí, en la puerta de tu casa otra vez, Somu, mendigando. —Su risa está teñida de incomodidad. Prefiere ser él quien haga los favores.

—¿Qué es esta tontería de mendigar, Nabo? Dime cuánto necesitas, enviaré un mensaje a Munshiji en Calcuta y tendrá el dinero listo en dos semanas. Pero no entiendo por qué esa clínica en ruinas es tan importante para ti. ¿No extrañas estar con tu familia, en especial con tus encantadoras hijas, que pronto se casarán y se irán? Si quieres ayudar a los pobres, no faltan en Ranipur.

Nabakumar se pone serio.

—Los pobres de Ranipur tienen un lugar al que llamar hogar, incluso si es solo una casa que se viene abajo. Pueden vivir de la tierra o del río. Cuando es temporada de cosecha, o cuando se tiene que cavar un estanque o construir un establo, alguien los contratará. La mayoría de ellos sabe a dónde pertenecen. Pero, en Calcuta, los pobres no tienen raíces, no tienen esperanza. Muchos viven en las calles, constantemente hostigados por la policía. La hambruna de hace tres años, cuando miles de personas inundaron la ciudad, empeoró todo. No te gusta escuchar esto porque haces negocios con los británicos, pero fueron ellos quienes cortaron el suministro de arroz a Bengala, y un millón de personas murieron. Vi los cuerpos apilados en las esquinas, Somu, nada más que piel y huesos; aún puedo verlos en mis pesadillas… —Su voz se quiebra—. Por eso, tengo que trabajar en Calcuta, entre los pobres anónimos. Es mi pequeña ofrenda a mi tierra.

Priya vio las penurias de la hambruna en su pueblo, pero le asombra descubrir la cantidad de personas que sufrieron y cuánto. El dolor de su padre lastima su corazón. Hace una promesa: si el universo le permite convertirse en doctora, ella también ayudará a los desamparados.

—Eres modesto, Nabo. Tus ofrendas están lejos de ser pequeñas. No solo tratas a los pobres gratis, sino que también envías dinero a la Harijan Sevak Sangh de Gandhi…

Nabakumar lo interrumpe; no le gusta hablar de su generosidad.

—También tengo algunas razones egoístas para pasar tiempo en Calcuta. Me mantiene en contacto con lo que está pasando a nivel político en el país y me permite no estancarme profesionalmente. Me encuentro con enfermedades inusuales, Abdullah comparte sus diarios médicos conmigo, implementamos nuevas curas promisorias. Para mí, la clínica es como el oxígeno.

Las palabras de Nabakumar resuenan en Priya. ¿No había sentido el mismo entusiasmo cuando traía a casa un nuevo libro médico, cuando discutía un caso extraño con ella? El cuerpo humano es intrincado, un misterio. Ayudarlo a escapar de las garras de la muerte es una aventura sin fin.

Somnath dice:

—Nuestra Priya tiene una mirada solemne. ¿Qué tienes dando vueltas por tu cabeza, muchachita?

Sabe que a Nabakumar no le gustará, pero el entusiasmo de Somnath logra sacar las palabras de su boca.

—Quiero ser doctora como Baba. Curar enfermedades difíciles, aprender sobre los últimos tratamientos, ayudar a los pobres. Quiero ir a la Universidad de Medicina en Calcuta. —Se muerde la lengua para no hacer una acusación traidora—, pero él no me deja.

Somnath responde:

—Si hay una mujer que puede hacerlo, Priya, seguro que eres tú. Ya eres de gran ayuda para tu padre en su clínica aquí, incluso lo ayudaste anoche cuando nació el bebé de Hamid —dice mientras ríe al ver su expresión desconcertada—. Ah, sí, tengo mis fuentes. Nabo, deja que nuestra Priya haga su examen de admisión a la Universidad de Medicina. Es tan brillante, confío en que aprobará con una gran calificación.

—No tienes idea de lo prejuiciosos que son los administradores de esa universidad, la mayoría todavía son británicos y están en contra de las mujeres —dice Nabakumar acaloradamente—. La mayoría de las candidatas mujeres ni siquiera aprueban el examen escrito porque las evalúan con mayor severidad que a los hombres. Las pocas que aprueban son eliminadas durante la entrevista oral, donde el comité intenta intimidarlas. Las que logran entrar, por lo general de familias influyentes a las que la universidad no puede ponerse en contra, abandonan enseguida. El sobrino de Abdullah, Raza, que se graduó hace poco, nos contó historias horribles. Los profesores son mucho más duros con las mujeres que con los varones, les preguntan cosas que no se puede esperar que ningún estudiante de primer año sepa, las obligan a quedarse paradas durante la clase cuando no pueden responder. Les dan los cadáveres de los hombres para diseccionar en el laboratorio de anatomía o les piden que se encarguen de pacientes hombres con enfermedades sexuales o locos que las pueden atacar. Sus compañeros también se burlan de ellas y las ridiculizan, hacen bromas obscenas. No hay baños para mujeres en la universidad, a propósito, me temo. No quiero que mi hija sea torturada de esa manera.

—No me importa —dice Priya—. No dejaré que trivialidades como esas me molesten. Les demostraré que puedo ser tan buena como cualquier hombre —mira a Nabakumar—. ¿No me enseñaste siempre a alzar la voz contra las injusticias? ¿Cómo podemos aceptarlas entonces? ¿Cómo cambiarán las cosas para las mujeres si nosotras y nuestras familias no estamos dispuestas a luchar por lo que más importa?

Amit aparece en el balcón.

—¿Con quién quiere pelear Pia?

—¡No me interrumpas! —responde cortante—. Estamos teniendo una discusión seria sobre mi futuro.

—Perdón —dice Amit, haciendo una reverencia elaborada que debió aprender en Calcuta. Los ojos de Priya brillan traviesos. Debería estar más molesta. ¿Por qué nunca puede enfadarse con él?

—Da una oportunidad a la chica, Nabo —dice Somnath—, se lo merece. Si le va mal, el asunto termina ahí.

—¿Y si entro? —pregunta Priya.

—Entonces habrá otra discusión —contesta Somnath con voz tranquila.

Nabakumar, más reticente, agrega:

—Muy bien, puedes hacer los exámenes. No prometo nada después.

Priya abraza a Nabakumar y sostiene las manos de Somnath. De no ser por su defensa, Nabakumar se habría negado rotundamente.

—Me prepararé mucho para el examen. Te haré sentir orgullosa.

—Mejor prepárate para el matrimonio, aprende las habilidades que los hombres aprecian en sus esposas —dice Nabakumar entre dientes.

—¿Qué tal si encuentra un hombre que aprecie una esposa con habilidades médicas? —bromea Amit.

Priya le da un golpe en el brazo.

—Deja de bromear sobre temas serios.

—Mis más sinceras disculpas. —Sus ojos traicionan su entusiasmo; luego se ponen serios—. Ven a mi cuarto, quiero enseñarte lo que te traje de Calcuta.

—Será mejor que no sea nada estúpido —dice. Luego la euforia se apodera de ella: va a hacer el examen para estudiar medicina, su sueño se está empezando a hacer realidad. Sujeta el brazo de Amit—. ¡Apúrate, tortuga! —Bajan corriendo por la escalera.

Escucha a Somnath detrás de ella:

—Míralos pelear y reconciliarse, igualitos a nosotros.

—Así es. —Pero la voz de Nabakumar suena pensativa. Priya puede sentir que la mira.

Somnath dice:

—Toda esta discusión me agotó. ¿Qué tal una canción, Nabo?

Su padre empieza a cantar. Su voz, levemente ronca, es la que más ama en todo el mundo.

—Ei korechho bhalo, nithuro he, ei korochho bhalo.

—Esa no. —Se queja Somnath—. Es muy deprimente. —Pero Nabakumar continúa, inexorable.

Emni kore hridoye mor teebra dahan jalo.

Amar e dhoop na poralay gondho kichhui naahi dhale

Amar a deep na jalaley dei na kichhui aalo.

Obraste bien, oh Inmisericorde,

al quemar mi corazón.

Solo cuando el incienso arde, vierte su fragancia.

Solo cuando el farol se enciende, emite su resplandor.

Priya está de acuerdo. Es una canción triste y se pregunta por qué le gusta tanto a su padre.

***

Se sienta con las piernas cruzadas sobre la cama con dosel de Amit, tal como ha hecho siempre desde que tiene memoria. Es una cama grande, de más de cien años de antigüedad, tan alta que necesitaban un taburete para subirse. Qué descuidado era dejando todos sus juguetes desordenados por el suelo, sus juegos de Ludo y Carrom. Tenía estanterías llenas de libros que abría solo cuando lo obligaban. Solía regañarlo por no cuidar mejor sus cosas, por no ser agradecido por lo afortunado que era. Pero no era tan afortunado, ya que estaba solo en esta casa sin madre, sin hermanos, con un padre que le prestaba poca atención y con una tía que le prestaba demasiada. Por eso, Priya y él se habían hecho amigos: la necesitaba.

Amit no había cambiado en realidad. Sus pertenencias siguen tiradas por todas partes y se niega a dejar que las sirvientas o incluso Manorama las ordenen. Empieza a buscar algo en un baúl, lanzando ropa y zapatos por la habitación. Cuando Priya pregunta qué estuvo haciendo en la gran ciudad, contesta con una seriedad enloquecedora: Nada adecuado para tus oídos inocentes.

—Aquí están —grita Amit—. Cierra los ojos.

Obedece suspirando de manera exagerada. En el pasado le traía cosas maravillosas: un globo con nieve falsa que flotaba por todas partes cuando lo sacudías, una caja con una bailarina que giraba mientras sonaba una música aguda diferente a cualquier melodía india que conocía. ¿Qué sería hoy?

Toma sus manos y desliza algo frío y pesado por ellas. Cuando Priya abre los ojos, se encuentra con un par de brazaletes de oro adornados con dos piedras rojas. Frunce el ceño.

—¿No te gustan? —Su voz suena insegura—. Los conseguí en P. C. Chandra, la mejor joyería de Calcuta… las piedras son rubíes, me pareció que te quedarían bien.

—¿De dónde sacaste el dinero? —Su voz indica una leve sospecha. Después de que Amit cometiera algunos delitos menores en los primeros años de sus estudios en Calcuta, Somnath le limitó los fondos significativamente.

—De mis ahorros. No fui a ninguna fiesta en todo el año.

Se sorprende mucho, Amit nunca fue ahorrador, un fallo comprensible en el heredero de una considerable fortuna.

Sonríe.

—Fue insoportable. Todos mis amigos se pusieron en mi contra, pero lo hice por ti.

A Priya se le cierra el pecho.

—No puedo aceptarlo. Es demasiado caro. —Empieza a quitarse los brazaletes, pero él sujeta sus manos con firmeza.

—Me haría feliz que los conservaras, Pia.

Duda. No porque quiera los brazaletes (no le importan mucho esas cosas), sino porque es su mejor amigo y no quiere lastimarlo.

—Mamá nunca me lo permitiría…

—No hace falta que se entere, guárdalos en algún lugar seguro. Será nuestro secreto.

En sus ojos descubre una mirada que no había visto antes, una mirada para la que no está preparada. Se siente aliviada de que Nabakumar la llame. Guarda los brazaletes en el bolso que lleva en la cintura. Hay un ladrillo suelto en la pared de la despensa de su casa, detrás de los frascos de granos, y un hueco detrás de este. Cuando era una niña escondía pequeños tesoros ahí: esconderá los brazaletes hasta que encuentre una manera de devolverlos.

Capítulo dos

Deepa

La primera impresión que tiene Deepa de Calcuta es decepcionante, aterradora incluso. Ah, la confusión de la estación Sealdah… una enorme cantidad de taquillas, filas de viajeros ajetreados desesperados por estar en otro lugar, anuncios distorsionados imposibles de descifrar, culíes con sus uniformes rojos y bolsos sobre sus cabezas pidiendo a gritos que se aparten del camino. Los ojos desamparados de los niños que mendigan es lo más abrumador. Priya quiere darles monedas, pero Amit, que acompañó a la familia Ganguly a la ciudad, la detiene:

—No te los quitarás de encima—le advierte—. Además, la mayoría trabaja para los goondas que se quedan con su dinero al final del día.

Deepa lo lamenta, pero la vida es así. Los ojos de Priya se llenan de lágrimas, es demasiado bondadosa para lo que está viendo.

—¿Cómo puede pasar esto? —pregunta demandante, como si Amit fuera el responsable. El chofer de Somnath rescata a Amit de tener que dar explicaciones sobre las injusticias del mundo cuando aparece corriendo y los lleva al coche, donde Deepa logra sentarse junto a la ventanilla.

Esto es mucho mejor. El coche —un Rolls Royce, dice Amit— es espacioso y lujoso; avanza a toda velocidad por una calle suave y amplia delineada por árboles en flor. Amit dio instrucciones al chofer para que muestre distintos puntos turísticos a las chicas: las lleva hacia el río Hugli donde ven barcazas llenas de bolsas y cajas, ferris desbordados de viajeros y lanchas a motor que transportan a británicos. Deepa mira a las mujeres con sus vestidos hasta las rodillas, tanto entusiasmada como escandalizada, nunca ha visto a una mujer exponer sus piernas en público. Las reglas son diferentes en la gran ciudad.

Priya está sentada junto a Deepa y se inclina sobre ella para verlo todo. Deepa la empuja con el codo de vez en cuando, después de todo es la mayor, pero Priya es demasiado buena como para molestarse. Jamini es una historia diferente; Bina le ofreció el asiento de la ventanilla pero lo rechazó, quería que Bina tuviera una mejor vista. Ahora Jamini mira hacia adelante, malhumorada porque su sacrificio no fue apreciado. Cuando Deepa quiere algo, lo toma con una sonrisa que la gente no puede resistir. Una vez, intentó enseñarle esta estrategia, pero la rechazó indignada.

Amit señala los puntos de interés desde el asiento delantero. La columna del Monumento con dos balcones altos que dan vértigo, el hipódromo, oculto de los espectadores ávidos por un gran muro y, a lo lejos, el palacio de mármol blanco en honor a la reina Victoria con un ángel negro en la punta.

Amit las sorprendió cuando les preguntó si podía acompañarlas en su aventura por Calcuta. Nabakumar, deleitado, accedió. Otro hombre entre un montón de chicas será de ayuda, dijo. Pero Somnath frunció el ceño. Tienes que empezar a manejar nuestras propiedades. ¿Por qué quieres volver a Calcuta tan pronto? Pero Amit, al igual que Deepa, sabe cómo encandilar a la gente y salirse con la suya.

Deepa sabe por qué Amit está aquí, vio cómo mira a Priya; ella está completamente a favor de un romance entre ellos. Una alianza con una familia tan rica como la suya seguro que ayudará cuando Nabakumar busque una pareja para ella. Con la ayuda de Somnath, incluso podrían encontrar un esposo a Jamini. A Deepa le gustaría; Jamini la exaspera pero no deja de ser su hermana.

Ahora están en Chowringhee, dice Amit, el barrio más importante de Calcuta. Coches a motor, carruajes tirados a caballos, rickshaw llevados por hombres con una campanilla de mano para advertir de su paso a los transeúntes. ¿Ven los tranvías eléctricos, conectados a las líneas de alta tensión arriba, sobre los rieles? Promete llevar a las hermanas a dar una vuelta.

Pasan junto a un edificio de un blanco enceguecedor y tan grande como un palacio, con pórticos y columnas talladas al frente. Las habitaciones de arriba tienen balcones encantadores con arbustos florecidos. El Grand, el hotel más elegante de la ciudad. Deepa pregunta si pueden entrar, solo para observar, pero Amit la mira con tristeza.

—Lo siento. Solo pueden entrar los extranjeros.

Priya está indignada.

—¿Por qué? Es nuestro país, ¿no?

Nabakumar dice:

—Sí, y estamos luchando por recuperarlo desde 1857. Tantos han sacrificado sus vidas por esta nación. La independencia está en camino. Quizás podamos ir a tomar el té ahí cuando volvamos a visitar Calcuta.

Bina resopla. Deepa sabe lo que piensa porque ella también lo piensa: es muy poco probable, no pueden pagarlo. Es maravilloso que Nabakumar quiera salvar el mundo, pero si lo hiciera un poco menos la familia tendría un poco más.

Pasan a toda prisa por más lugares importantes: el Palacio del Nizam, la Catedral de San Pablo, el Museo de la India. Finalmente, llegan a una avenida tranquila, delineada por árboles, donde un grupo de darwans armados con rifles saludan a Amit mientras abren las puertas. Un jardín extenso, flores exóticas, fuentes de las que brota un agua plateada. Las paredes de la mansión se elevan, blancas; las ventanas relucientes están cubiertas con rejas decorativas, y dos leones de mármol enmarcan la entrada. Dentro, mosaicos con diseño de loto y muebles de teca brillantes. Shefali, el ama de llaves que lleva décadas con la familia, les da la bienvenida juntando las manos; su sari es mucho más fino que la ropa de las mujeres Ganguly. Generaciones de ancestros miran con desaprobación desde pinturas al óleo sus bolsos desgastados.

Si yo tuviera una casa como esta, piensa Deepa, nunca viviría en un pueblo rural aburrido.

Sus padres se quedan en la habitación de abajo, Amit en el tercer piso y las chicas tendrán el segundo piso para ellas. Amit cede a Priya la habitación más grande (no es de extrañar), pero todas las habitaciones son grandes y deslumbrantes, con enormes camas con dosel. Deepa nunca tuvo una habitación para ella sola y mucho menos un baño completo con una ducha. Su cama es tan suave que podría pasar toda la vida acostada en ella...

Gracias a Dios que no cancelaron el viaje.

Dos días antes un vecino les contó que la Liga Musulmana había ordenado que todos los negocios de India cerraran el 16 de agosto para una movilización masiva. Podría haber violencia y saqueos.

—Será muy peligroso —dijo Bina—. Deberíamos quedarnos en casa.

Nabakumar contestó:

—Los hartales ocurren todo el tiempo. Solo son una oportunidad para que los líderes de los partidos den sus discursos mientras la gente común se toma el día libre del trabajo. Llegaremos a Calcuta temprano y tendremos tiempo para ir de compras. El día de la huelga no saldremos y nos relajaremos. Saldremos a pasear cuando termine y encontraremos un comprador para tus bordados. Quizás, incluso, tengamos tiempo para recorrer el Ganges en barco.

Estaba alegre y confiado, así que Bina finalmente cedió.

***

En la habitación de Priya, sobre un baúl, hay una gran radio de madera pulida y diales relucientes. Las radios son caras, ellos nunca tuvieron una. Priya la toca con un dedo vacilante, pero Jamini se lanza de lleno y mueve los diales con confianza. ¿Dónde aprendió eso? ¿Jamini tiene secretos propios?

Una canción de Tagore empieza a sonar, popularizada por los luchadores de la libertad en todo el país. Incluso a Gandhiji le gusta: Ekla Cholo Re. Si nadie responde a tu llamado, entonces camina solo.

Jamini se une al cantante, su voz es clara como un cristal. Son demasiado pobres como para pagarle un profesor de música, pero escucha cuando sus amigas están tomando lecciones. Deepa también es una buena cantante, pero dejó de practicar cuando Jamini le pidió que al menos le dejara tener eso.

Una nueva canción de Tagore: Pagla hawar badal dine, pagol amar mon jege othe. Por lo general, Tagore es demasiado moralista para Deepa, que prefiere las canciones románticas pegajosas como Jaanite Jodi Go Tumi de Hemanta, pero algo sobre esta la atrae:

En este día ventoso salvaje,

Mi mente salvaje despierta.

No sé por qué ansía ir,

Más allá del mundo conocido.

Donde no hay caminos.

¿Alguna vez volverá a casa?

Las hermanas escuchan, hipnotizadas por la voz potente de la mujer. Sueñan cosas muy difíciles de realizar: viajes, aventuras, romper los límites. ¿Es posible regresar si vas más allá del mundo conocido? Esperan que la canción se lo diga. Pero Nabakumar las llama desde abajo para que conozcan a su amigo, el doctor Abdullah y, obedientemente, Jamini apaga la radio.

***

En la mesa redonda de caoba con patas talladas como garras de león, hay no una, sino dos visitas. Abdullah, vestido con una kurta blanca, una barba prolija y un casquete musulmán tejido al crochet, y su sobrino Raza, criado por Abdullah porque la madre de Raza murió cuando él era joven. Es alto y robusto, y lleva ropa tradicional al igual que su tío con la misma clase de barba. Pero cuando Deepa se sienta a su lado en la única silla libre, le esboza una radiante sonrisa que no tiene nada de tradicional. Desea haberse cambiado el sari.

Llegan algunos bocadillos, especialidades de Calcuta que Amit ordenó. Ledikenis embebidos en jarabe, llamados así por Lady Canning, khichuris rellenos de dal y hing, shingaras rellenas de coliflor de fuera de temporada.

—Nada está fuera de temporada en esta ciudad —dice Amit con orgullo.

—Siempre y cuando conozcas a las personas correctas y tengas la cantidad necesaria de dinero —agrega Raza.

¿Su sonrisa es un poco amarga? No parece. Basta ver la cortesía con la que ofrece a Deepa el postre que trajeron, un shahi tukra. Le cuenta que es el favorito de los emperadores mogoles. Un plato digno de una princesa. Deepa, que está acostumbrada a que los hombres jóvenes del pueblo fantaseen con ella, se sonroja. Cuando Raza le pregunta qué le gustaría ver en Calcuta, ella se molesta porque no se le ocurre nada especial para impresionarlo.

La conversación cambia. El doctor Abdullah se queja con Nabakumar, apenas en broma, de que Raza está muy distraído con la política. Si bien es un doctor talentoso, se pasa la mitad de su día en el centro de la Liga Musulmana, a veces más. Se ha vuelto un Líder de la Juventud. La organización siempre le pide que hable en los actos, mientras su viejo tío se queda solo a cargo de la clínica.

Deepa imagina a Raza, alto e imponente, confiado frente a toda una multitud. Nació para dar discursos, él sabría qué decir, inspiraría a todos.

Raza agrega:

—Es una época crucial para la historia de nuestra nación, Mama-Ji. Recuerda, tú también estuviste involucrado en estas cosas.

—Era diferente. Nabo y yo luchábamos para derrocar a la tiranía extranjera. ¡Cuánto ansiábamos una India independiente! Personas de todas las comunidades unidas. Nabo, ¿recuerdas que solíamos cantar Durgam Giri Kantar Moru de Nazrul?

Nabakumar asiente y, con una voz reverberante de emoción, recita:

Quién es el que se atreve a preguntar, los ahogados, ¿son hindúes o musulmanes?

Responde en cambio, son humanos, son los hijos de mi tierra.

Abdullah continúa:

—No teníamos idea de que en una década o dos nuestra gente estaría luchando por partir al país que soñamos en dos naciones diferentes. ¿Leíste lo que dijo Jinnah? No puedo creerlo. Tendremos una India dividida o una India destruida.

Deepa ve la mirada terca que aparece en el rostro de Raza. Pero el respeto por su tío le gana; se queda en silencio.

Priya dice:

—Cuéntanos sobre tus aventuras, Chacha.

Bina se tensa al escucharlo, pero solo Deepa lo nota.

—Así fue como su Baba y yo nos volvimos amigos —dice Abdullah—. Los dos éramos médicos en el hospital de la Universidad de Medicina cuando Mahatma Gandhi hizo su Marcha de la Sal; inspirados por su visión de resistencia sin violencia, decidimos acompañarlo. Era el año 1930, y nuestro supervisor, un inglés, se negaba a dejarnos salir; entonces renunciamos a nuestros trabajos y viajamos por todo el país hacia Dandi. Hombres y mujeres de todas las clases se unieron y desafiaron a la tradición. ¿Recuerdas a Matangini Hazra, Nabo? Una pobre viuda, sin educación formal, pero con el corazón de una tigresa.

Nabakumar asiente.

—Solíamos llamarla Gandhi Buri porque era mucho más grande y tenía más energía que la mayoría de nosotros. Luchó hasta el día de su muerte, un disparo de la policía. Tendría sesenta años entonces. Murió llevando la bandera, cantando Bande Mataram. —El recuerdo lo deja en silencio. ¿Es eso una lágrima en su ojo? Finalmente, continúa—. Era bengalí, Priya, como Sarojini Naidu, una de nuestras líderes más importante. Nunca lo olvides, esa es tu herencia. Abdul-Bhai, ¿Recuerdas cómo Sarojini marchó junto al Mahatma en la Marcha de la Sal, y nosotros marchamos justo detrás de ella?

Priya junta las manos. Le encantan estas historias de mujeres en el frente de la resistencia. ¿Es Deepa la única que nota cómo la expresión de Bina se oscurece? ¿Es la única a la que le importa?

Una mirada distante en los ojos de Abdullah.

—Sarojini-ji, el ruiseñor de la India. Recitaba sus poemas mientras marchaba, era una mujer que no le temía a nada. Incluso bromeaba con el Mahatma, por quien todos sentían tanta reverencia: Causas muchos problemas, Bapuji, decía, a donde vayas tenemos que llevar cabras porque te niegas a tomar leche de vaca como una persona normal. Cuando la invitaba a compartir sus comidas vegetarianas, ella lo rechazaba riendo: Qué desastre abominable. O, no puedo vivir a base de pasto como tú. Ella se hizo cargo sin dudar cuando los británicos arrestaron a Gandhi durante la marcha.

Nabakumar dice:

—Todavía recuerdo cómo se giró hacia nosotros y gritó: Aunque el cuerpo de Gandhi esté en prisión, su alma sigue con nosotros. A pesar de todas las dificultades, a pesar del acoso de la policía, ella nos siguió guiando.

—Pero tu padre y yo nunca llegamos al mar para hacer nuestra propia sal con el Mahatma —dice Abdullah con tristeza—. Cuando bloqueamos el acceso a Dharasana Salt Works con Sarojini-ji, nos encerraron. La policía golpeó a tu padre, y yo tuve que buscar a toda prisa suministros médicos para coser/curar su cabeza ensangrentada.

—Tú también estabas herido, Abdul-bhai —dice Baba levantándole la manga de la kurta a Abdullah. Deepa ve una herida horrible y dentada a lo largo de su brazo.

—¿Qué pasó después de eso? —susurra Priya—. ¿Volvieron a ver a Sarojini-ji?

Nabakumar niega con un ademán de la cabeza.

—No, también la encerraron a ella. Y luego fue a la Conferencia de la Mesa Redonda en Londres para negociar con los británicos. Quizás la puedas conocer algún día.

El rostro de Priya se sonroja con entusiasmo ante tal posibilidad.

—Lo único que vimos fue el interior de la prisión del gobierno —dice Abdullah con una sonrisa irónica.

Nabakumar agrega con el mismo tono irónico:

—Cuando nos liberaron, estábamos hambrientos y teníamos un montón de piojos, y cuando regresamos a Calcuta, ningún hospital quería contratarnos porque los altos puestos, todos ocupados por británicos, nos consideraban problemáticos. Pero tuvimos la satisfacción de saber que fuimos parte de algo monumental.