Erewhon - Samuel Butler - E-Book

Erewhon E-Book

Butler Samuel

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Beschreibung

A partir de una visión negativa de la teoría de la evolución de Darwin, Butler crea en "Erewhon" una fantasía filosófica sobre un país situado en un lugar remoto del mundo que representa una antítesis de la Inglaterra de su época. Prácticamente todos los usos y costumbres sociales de los erewhonianos son los opuestos, los contrarios exactos de la sociedad victoriana: la enfermedad, la salud, el delito�, todo se concibe y trata de forma antagónica a ella, dejando al descubierto la hipocresía que la caracterizaba y su inconsistencia social. Al tiempo que una muestra de literatura de viajes y una novela de aventuras, "Erewhon" es una utopía muy especial que, situada en la frontera del género utópico clásico y el que arranca en el siglo XX, ha sido considerada como un antecedente del surrealismo y el subgénero distópico.

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Akal / Básica de bolsillo / 258

Samuel Butler

Erewhon

o Al otro lado de las montañas

Diseño de portada

Sergio Ramírez

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Título original: Erewhon: or, Over the range

© Ediciones Akal, S. A., 2012

para lengua española

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-3623-4

Estudio preliminar

Erewhon, una utopía darwiniana

Casi todas las utopías son obras sorprendentes porque constituyen ejercicios de imaginación. Describen lugares inexistentes, o remotos y desconocidos, incluso en otros planetas; y tiempos pasados o futuros hasta en otra dimensión, como el de un tiempo pasado visto desde el futuro. Y todas también cuentan con dos anclas que las fijan al presente, una consciente y otra inconsciente. Esto es, el deseo del autor de valerse de su imaginación para ajustar cuentas con el aquí y el ahora, que es lo que ha prestado al género utópico su vertiente crítica a lo largo de la historia; y, por otro lado, el hecho inevitable de que sólo pueda lograrlo en el horizonte intelectual de ese aquí y ahora, lo cual convierte a las utopías a su vez en valiosos testimonios de su tiempo. Lo que hace tan interesante el género utópico es la actitud deconstructivista, como de espía, que adopta el lector. Es fascinante vernos con los ojos de alguien que en el pasado pensó que estaba viéndonos y comprobar así qué diferentes somos de cómo nos vimos en su momento y cuán iguales al mismo tiempo.

Erewhon cumple con los requisitos habituales del género, esto es, una civilización en un lugar remoto, desconocido; es más, en ningún lugar, según reza el título en un anagrama de Nowhere, en el que suele señalarse que el orden de la w y la h está invertido; si bien el propio Butler decía hacerlo a propósito, como se ve en la aclaración que ofrece al principio sobre la pronunciación de la palabra. La organización social es muy distinta de la nuestra, en muchos aspectos contraria, como una especie de imagen invertida que hace que los surrealistas tuvieran en aprecio la obra a la que consideran como un antecedente (Raby, 1991, p. 130), sobre todo a partir de la exquisita traducción al francés que, junto con otras obras de Butler, hizo Valéry Larbaud. Y no solamente los surrealistas; algunos filósofos contemporáneo, como Gilles Deleuze y Félix Guattari han acuñado la expresión de los erewhonianos como aquellas personas que se oponen al progreso y la industrialización (Deleuze/Guattari, 1991). Los erewhonianos dan razón cumplida de sus instituciones y, aunque el protagonista encuentre algunas de ellas absurdas, el conjunto parece tener cierto sentido.

Por lo general el protagonista habla en primera persona porque es el que va explorando el territorio y la civilización nuevos. Lo relativamente insólito de Erewhon es que, así como los descubridores de las otras utopías suelen ir acompañados de una especie de guía nativo, por así decirlo, o buen conocedor del entorno, según el ejemplo que inmortalizaría Dante en La divina comedia, el protagonista en este caso viaja solo y solo afronta las vicisitudes (que las hay y muchas) de su descubrimiento. Es más, el maorí que había de acompañarlo como guía (del terreno, no de la sociedad), huye despavorido en los primeros capítulos precisamente porque esa sociedad a la que el explorador quiere llegar le produce un terror extremo. El narrador, a su vez, está tan enfrascado en su proyecto que el abandono del guía no lo asusta, y tan embebido en la historia que cuenta que se olvida de decirnos cómo se llama y en toda la obra su nombre no aparece.

Para enterarnos del nombre del protagonista, Higgs, tendremos que esperar a la segunda parte de Erewhon: Erewhon Revisited Twenty Years Later, Both by the Original Discoverer of the Country and by His Son [«Retorno a Erewhon, veinte años después, contada por el descubridor original del país y por su hijo»]. Ésta es una diferencia muy notable con respecto a las demás utopías, que no suelen tener un «veinte años después» (en realidad, treinta) para hacer un balance de cómo hayan ido las cosas. Es cierto que la segunda parte no añade (ni quita) nada al mérito de la primera y, sin duda por ese motivo, se publica y traduce mucho menos y es más difícil de conseguir[1]. Pero también lo es que forma una unidad. Se trata del mismo sitio y de las mismas gentes pero de dos historias distintas, una contada por un joven de treinta y tantos (con textos escritos a los veintitantos) y otra por un hombre mayor de sesenta y tantos. En resumen, que no es la misma historia y no porque las peripecias sean distintas, sino porque su sentido, su moral, ha cambiado.

El Butler que escribe Erewhon, lo hace imbuido de la polémica del evolucionismo darwinista. Darwin había publicado El origen de las especies en 1859, provocando un terremoto en las concepciones reinantes sobre esta cuestión esencial que dura hasta al día de hoy. Butler lo leyó durante su estancia en Nueva Zelanda y ello le sugirió el artículo «Darwin entre las máquinas», publicado en 1862 en un periódico local; un trabajo que se incorporaría años más tarde a Erewhon bajo la forma del famoso Libro de las máquinas, que ocupa tres capítulos de la utopía. Ese artículo lo puso en contacto con Darwin, con quien mantuvo una complicada relación a lo largo de su vida que se fue deteriorando; probablemente porque Butler siempre pensó que la teoría de la evolución de Lamarck era superior a la de Darwin. En todo caso, en los años setenta la relación era buena, lo cual explica la amargura del autor al negar que su libro contenga crítica alguna a Darwin.

Porque lo característico de Erewhon es que es una utopía darwiniana en el sentido de que trata de un aspecto negativo, disfuncional, por así decirlo, de la evolución. También por este motivo cabe pensar que está en la frontera entre el género utópico clásico, que es fundamentalmente optimista, y el que arranca en el siglo xx, que suele ser, en cambio, fundamentalmente pesimista. Erewhon no sólo es un antecedente del surrealismo sino también del subgénero distópico.

La aventura de la composición de Erewhon es igual de curiosa que su destino posterior como libro. Al publicarse anónimamente, conoció un gran éxito, con tres ediciones en muy poco tiempo porque la gente creía que el autor era Bulwer-Lytton, un autor muy popular en la época que acababa de publicar otra utopía con leves concomitancias con la de Butler, The Coming Race (traducida como La raza futura), también llamada Vril[2]. La hipótesis era tanto más verosímil cuanto Bulwer-Lytton también publicaba ocasionalmente de forma anónima. El caso es que, cuando se supo el nombre real del autor, las ventas cayeron en picado y Erewhon dejó de editarse por entonces y tardaría algunos años en ser reconocido como el clásico que es y vuelto a editar en todos los países y todas las lenguas. De aquí arranca la defensa que Butler hace de su texto frente a las acusaciones de plagio. Es curioso comprobar cómo casi ciento cincuenta años después, Erewhon sigue editándose, pero de La raza futura nadie se acuerda y, si no fuera por Los últimos días de Pompeya, nadie leería hoy a Bulwer-Lytton.

Acusar de plagio a Butler por Erewhon demuestra ignorancia sobre el modo en que se gestó la obra y que ya se ha mencionado. Entre los años de 1862 y 1872 fueron apareciendo otros relatos, como los de los derechos de los animales, los de las plantas, los bancos musicales o la cuestión de los nonatos, que al final se incorporaron en la historia de Erewhon, con lo que se trata de una obra escrita en realidad a lo largo de unos diez años, y que sólo alcanzó la forma de libro por el empeño de sus allegados ya que el autor, entonces concentrado en la pintura, lo escribió con muchas reticencias (Raby, 1991, p. 116). Diez años presididos por la controversia sobre el darwinismo, de la que nadie se libraba[3]. En verdad no deja de tener cierto simbolismo que prácticamente en coincidencia con Erewhon (1872) se publicara The Descent of Man (1871), la obra en la que Darwin aborda el tema que había hecho por entero a un lado en El origen de las especies, esto es, el origen del hombre. Era la segunda parte de una explosión controlada de la visión teológica del mundo. En aquel momento, los lectores encontraban dos visiones distintas de la evolución de la especie humana, la científica y la literaria.

Ésta, la literaria, en realidad no sólo se prolongaría durante los diez años de la juventud de Butler sino que, como se ha visto, duró toda su vida, hasta la publicación del Retorno a Erewhon, en donde el espíritu del autor ha cambiado por entero. Ya no es la implicación en las cuestiones evolucionistas lo que se da, sino un regreso a otra de las preocupaciones esenciales y permanentes de la vida de Butler, esto es, las creencias religiosas. Son, pues, dos obras distintas, pero forman el mismo ciclo vital del autor y la creación está siempre presente en su vida. Y Butler, quien nunca se casó ni tuvo hijos, supone que el narrador de Retorno a Erewhon sea el hijo de Higgs, el cual se basa en el relato que le hizo su padre a su vuelta tras su segundo viaje antes de morir. Un curioso desdoblamiento de personalidad que también caracteriza la otra gran obra de Butler, The Way of All Flesh «El destino de todos los seres humanos», otro texto que el autor estuvo diez años redactando (entre 1873 y 1884) y que sólo se publicó como obra póstuma por expreso deseo suyo, porque no quería arrostrar la indignación que sabía de sobra que su publicación provocaría entre sus familiares (sus padres y sus hermanas), a quienes atacaba sin piedad.

En el aspecto científico, The Descent of Man era el resultado de un gigantesco y paciente trabajo de recogida de pruebas y una defensa completa de la teoría de Darwin que, sin embargo, con aquella modestia que lo caracterizaba y llama tanto la atención, reconocía que su teoría presentaba dificultades y, aunque opuesta a la de Lamarck, no cerraba del todo el paso a ésta. De hecho, al no haberse descubierto aún las leyes de Mendel y no saberse casi nada de genética, no existía una razón plausible para que la «selección natural» actuara como lo hacía y dejaba así abierta la posibilidad de la teoría lamarckiana, a la que se aferraba Butler (quien también sostenía que el abuelo de Darwin, Erasmus Darwin, entendía mejor la evolución que su nieto) (Raby, 1991, pp. 168-176).

Butler escribió bastantes más libros: una biografía de su abuelo, libros de viajes por el norte de Italia, ensayos sobre el evolucionismo, una interpretación de los sonetos de Shakespeare, entendiéndolos como cantos de amor homosexual, y un ensayo sosteniendo que el autor de La Odisea es, en realidad, una mujer, en concreto Nausícaa. El razonamiento no carece de interés y, entre otros ejemplos, ha sido muy importante en la interpretación de la mitología realizada por Robert Graves cuando sostiene que toda ella no es más que la ocultación por fabulación de la victoria del patriarcado sobre el matriarcado originario. Tradujo los dos grandes poemas homéricos, tuvo cierta actividad pictórica de no muchos vuelos, era aficionado a la música, especialmente, casi obsesivamente, de la de Händel, y vivió toda su vida en la misma casa de Londres de las rentas del capital que trajo de Nueva Zelanda, con inversiones que conocieron diversas fortunas. Gozó de cierto renombre y el respeto de los círculos ilustrados, pero no de la fama que en el fondo esperaba conseguir, cosa que él atribuía a su condición de enfant terrible de la literatura y la ciencia (Butler, 1985, p. 183).

Es decir, fue un hombre peculiar, que vivía en relativo aislamiento, sólo en contacto con dos o tres amigos a lo largo de su vida con los que tuvo relaciones difíciles de definir, pues implicaban, al menos de su parte, sentimientos que iban más allá de la amistad pero no llegaban al amor y nunca estuvieron claros del todo (Raby, 1991, p. 93). Apenas tuvo éxito con sus obras literarias, mucho menos con la pintura. Y, sin embargo, es el autor de dos de las que quizá sean las más contundentes críticas a la era victoriana: Erewhon es un ataque a los valores sociales victorianos y El destino de todos los seres humanos a los valores familiares. Y las dos son autobiográficas, si bien la segunda mucho más que la primera que, sin embargo, arranca de la experiencia directa de Butler como emigrante en Nueva Zelanda y propietario de una floreciente explotación lanar. Al cabo de unos años, la venta del negocio le permitió duplicar el capital inicialmente invertido y regresar a su Inglaterra natal, de la que ya no se movería hasta su muerte si se exceptúa una prolongada estancia en Canadá, donde trató de salvar unas inversiones ruinosas, y sus frecuentes viajes de placer y turismo a Italia. Butler alquiló una vivienda en el número 15 de Cliffords Inn, en el corazón de Londres, que sería su residencia hasta su muerte.

La época

La Inglaterra victoriana es una época con un estilo muy acusado que ha influido en el mundo entero. La secular pugna europea por el dominio de los mares y la extensión de los imperios se había decidido finalmente a favor de una especie de difícil equilibrio entre Francia e Inglaterra, sólo ocasionalmente roto por crisis que, como la de Fachoda (1898), eran aparatosas pero no tenían graves consecuencias. El resto de Europa no contaba; los Estados Unidos estaban muy lejos y no eran obstáculo a nada. En la cúspide de su poderío después de la derrota de Napoleón, Inglaterra podía permitirse el lujo de ser el baluarte del liberalismo y no formar parte de la Santa Alianza, que mantuvo la tiranía y el legitimismo en toda Europa hasta la revolución de 1848. Por entonces, el prolongado reinado de Victoria (desde 1837 hasta 1901) enunciaba el altanero Britain rules de waves! Y en 1876 la reina pasó a ser también Emperatriz de la India. Inglaterra era el faro del mundo, su taller, su industria, su bolsa, la base del comercio. El Imperio tenía intereses en los más apartados lugares del planeta y los defendía gracias a su irresistible poderío naval, mientras que en tiempos de paz, la cultura inglesa era el modelo que imitaban las clases acomodadas del mundo entero y que venía a sustituir la hegemonía francesa del siglo xviii.

En Europa, algunas intervenciones inglesas para contener a los turcos, en la guerra de independencia de Grecia entre 1827 y1830 y en la de Crimea para hacer lo propio con los rusos entre 1853 y 1856, mantuvieron el continente en ese estado de equilibrio precario entre los poderes que tanto había interesado a Inglaterra desde siempre. La guerra franco-prusiana tenía entretenidos a los alemanes y los franceses. El ascenso militar de Alemania todavía no se vislumbraba y, además de la derrota, Francia pasará por la Comuna de 1871 y se enfrascará en la política tumultuosa de la III República. Inglaterra vivía una época de extraordinaria creatividad; los continuos avances técnicos en todos los campos (comunicaciones, transportes, industria, etc.) iban acompañados de una intensa efervescencia científica, filosófica y artística. La explosión del darwinismo impregnaría las ciencias sociales con formulaciones organicistas y el utilitarismo o radicalismo filosófico el conjunto del pensamiento, incluida la economía. El romanticismo inglés toma la forma de la novela histórica a partir de la gigantesca obra de Walter Scott, cuya influencia llega a nuestros días y la recuperación del ciclo artúrico (Tennyson y otros), todo lo cual desemboca en una nueva idealización del mundo gótico, que ya no es el espíritu de siniestro terror que respira El castillo de Otranto, sino la ingenua idealización del movimiento prerrafaelita, que quiere alcanzar una pureza y sencillez luminosas y primigenias. El prerrafaelismo casaba bien con las gazmoñerías de rígida moral de la época victoriana y, al mismo tiempo, revelaba una contradicción interna entre una estética elegante y una ética sórdida. La pintura del gran triunfador, el holandés nacionalizado británico Alma-Tadema, ya del prerrafaelismo tardío, con su brillante artificiosidad, contrasta con el proceso y condena de Oscar Wilde. Son los límites del sistema.

El prerrafaelismo, surgido de los cánones estéticos de John Ruskin, tiene un elemento pronunciadamente arcaizante como reacción frente al industrialismo predominante en la época. Esta reacción cristalizaría en dos corrientes relacionadas pero distintas: de un lado, por la vía teórica, las formulaciones socialistas. Ruskin propugnaba un socialismo cristiano mientras que uno de los más significados prerrafaelitas, William Morris (también autor de una utopía), era partidario del socialismo marxista. Por el lado de la vía práctica, la reacción antimaquinista tuvo su manifestación más violenta con los ludditas o seguidores del legendario Ned Ludd, que postulaba destruir las fábricas textiles para oponerse a la miseria que engendraban.

En este contexto de agitación intelectual, si bien es imposible rastrear influencia socialista alguna en Butler, quien nunca prestó atención a estas cuestiones ni se le ocurrió dudar del individualismo típico de la era victoriana, no es infrecuente encontrar quien ponga en relación el capítulo de Erewhon sobre las máquinas con el citado movimiento antimaquinista. La verdad es, sin embargo, que la visión de Butler respecto a las máquinas es muy distinta de la del mundo luddita; no es social ni política ni tiene en cuenta la economía del empleo, sino que es filosófica.

Apasionado por la pintura, la música y la ciencia, Butler no era un gran lector y, al margen de su polémica sobre el darwinismo, apenas participó en las preocupaciones específicas del momento y no leyó a muchos de sus contemporáneos. Cuando él mismo menciona las que considera las «obras más gloriosas del mundo», la relación es muy significativa: «La Ilíada, La Odisea, Hamlet,ElMesías, los retratos de Rembrandt, de Holbein o de Giovanni Bellini» (Butler, 1985, p. 173). Al referirse al carácter de su época, sus afinidades son concretas. Tiene coincidencias con el espíritu de autores rebeldes, enfrentados a la moral dominante y a los que sí ha leído y cita, como Carlyle, o Matthew Arnold, quien aplicó el término «filisteo» a la satisfecha burguesía victoriana. Coincidía con los dos en atacar la hipocresía de aquella sociedad y eso es lo que hizo en Erewhon.

No obstante, con toda su crítica de la era victoriana, Butler fue exactamente eso: un inglés victoriano, un carácter que dominaba sus pasiones, respetaba el orden constituido y organizaba su existencia de forma meticulosa, llevando la contabilidad de sus negocios y hasta de su propia vida, si bien, cosa extraña, jamás perteneció a club alguno. Como todos los victorianos, mantenía una actitud de respetuoso distanciamiento teñido de superioridad hacia las mujeres pero, quizá por ello, abrigaba las ideas más extrañas acerca de ellas. Por ejemplo, no contento con atribuir a una la autoría de La Odisea, sostiene que el cristianismo es también cosa de mujeres:

El cristianismo es una religión de mujeres, inventado por mujeres y hombres amujerados para sí mismos. El fundamento de la Iglesia no es Cristo, como se dice habitualmente, sino que es una mujer. Llamar «Nuestra Señora» a la reina de los cielos no es más que una forma poética de reconocer que las mujeres son el principal apoyo de los curas (Butler, 1985, p. 334).

No es aquí irrelevante que la época victoriana lleve el nombre de una mujer.

Butler es un rebelde frente al conformismo victoriano, un rebelde en su fuero interno, porque en el externo se adapta perfectamente a las convenciones sociales. En realidad, este es el espíritu victoriano porque eso es lo que sucede con la mayoría de los autores de la época. Casi todo el arte victoriano es, por decirlo así, «antivictoriano», en el sentido de que pone de relieve la hipocresía, la inconsistencia moral de la época. Las obras de autores de éxito, como Dickens, Trollope, Thackeray o Elliot exponen con un realismo de fuerte vena literaria, a veces cómica, a veces dramática, los conflictos de una sociedad rígida, clasista, pacata y frecuentemente inhumana. Pero ellos, como autores, estaban adaptados a la corriente, incluso cuando trasgredían sus principios. George Elliot (Mary Ann Evans), por ejemplo, mantuvo su pseudónimo toda su vida en parte por ocultar una relación adulterina. Y lo mismo sucede con otros autores y creadores con más fuerte temperamento que podrían a veces frisar en lo permitido, como Aubrey Beardsley.

La época victoriana es circunspecta y concede el máximo valor a las apariencias. En la vida privada cada cual puede hacer lo que quiera, pero en el ámbito público hay que guardar las formas. Eso era lo que Butler criticaba en la familia, que hacia el exterior formaba una unidad de altruismo y amor, y hacia el interior podía ser un auténtico infierno. El triste destino del mencionado Oscar Wilde es como una metáfora de la época, y hasta cabe decir que este escritor dandi pagaría con tanta dureza no solamente su osadía por hacer públicos sus asuntos íntimos, sino por haber escrito El retrato de Dorian Gray, en sí mismo una metáfora de la era victoriana, mucho más agresiva que la que suele ponerse como ejemplo: La importancia de llamarse Ernesto: la apariencia pública es hermosa; la privada, oculta y secreta, horripilante.

En realidad, y no deja de ser irónico, si hubiera que buscar una obra acabadamente victoriana habría que ir a encontrarla en las novelas de Benjamín Disraeli, como Coningsby o Sybil, en las que desarrollaba la teoría de las dos naciones y sostenía que debía darse una alianza de la nobleza y los trabajadores frente a la clase media. Esas ideas tienen un trasfondo victoriano, como lo tienen las sucesivas reformas que Disraeli, como primer ministro, hizo aprobar en el Parlamento en beneficio de las clases más necesitadas.

Ésa es la época que Erewhon ridiculiza, como lo dejó Butler sucintamente expuesto en una de aquellas anotaciones que fue haciendo a lo largo de su vida[4]: «Queremos una Sociedad para la Eliminación de la Investigación Erudita y la Sepultura Decente del Pasado. Los espíritus de los muertos pasados quieren tanto descansar como alzarse» (Butler, 1985, p. 180).

El hombre

Samuel Butler nació en la rectoría de Langar, en Nottingham, en 1835, hijo de un estricto reverendo de la Iglesia de Inglaterra, Thomas Butler, y de su no menos piadosa mujer, Fanny Worsley. De las relaciones con ambos da una idea ajustada la reflexión que hace Ernest Pontifex, él mismo, en la autobiográfica The Way of All Flesh, cuando se entrevista con sus padres a la salida de la cárcel: «Allí, por supuesto, al otro lado de la mesa, muy cerca de la puerta, estaban las dos personas a quienes consideraba los dos enemigos más peligrosos que tenía en el mundo: su padre y su madre» (Butler, 1994, p. 250).

Entre el hijo y el padre, un hombre intransigente y durísimo que azotaba a aquél prácticamente a diario, nunca hubo buena relación. El mismo Butler lo reconocería años después: «Nunca le gusté, ni él a mí: desde mis primeras memorias, no puedo recordar momento alguno en que no lo temiera ni lo detestara. Una y otra vez trataba de acercarme a él, diciéndome que, después de todo, era una buena persona. Pero, apenas lo había hecho cuando hacía o dejaba de hacer algo que me indisponía contra él» (Raby, 1991, p. 221).

Esta amarga relación marcaría a Butler para toda su vida, y la novela The Way of All Flesh es un largo ajuste de cuentas con su progenitor. Ciertamente es más cosas, entre ellas una de las mejores novelas victorianas en la que, como haría después en Retorno a Erewhon, el protagonista se desdobla en dos personajes: él mismo, como el niño, luego joven y adulto Ernest Pontifex, y su padrino y mentor, Edward Overton, que es quien narra la historia en primera persona. Lo que en ésta se cuenta es, en realidad, el desarrollo de un adolescente, sus años de aprendizaje en la tradición de las Bildungsromane alemanas. Butler tuvo tiempo de reflexionar sobre la educación de los hijos y, tanto al principio como al final de The Way of All Flesh, se inclina por las concepciones del famoso William Cobbett, consistentes en que los padres eduquen directamente a los hijos de una forma no autoritaria, en contacto con la naturaleza e integrándolos desde el comienzo como iguales en la marcha de la familia (Jeffers, 1981, p. 83).

El resultado final es un ataque a la hipocresía de la familia victoriana, que es el origen de todas las desgracias en la clase media:

Creo que de esta fuente proceden más desgracias que de todas las demás; quiero decir del intento de prolongar indebidamente la conexión familiar y de hacer que las gentes se mantengan artificialmente unidas cuando no lo harían de modo natural. El desastre no es muy grande entre las clases bajas. Pero entre las medias y las clases superiores se producen más daños que de cualquier otra forma. Y a los ancianos no les gusta más que a los jóvenes (Butler, 1985, p. 31).

Butler estudió en Cambridge, en donde adquirió una notable formación en lenguas clásicas que más tarde le permitiría traducir los dos grandes poemas homéricos y publicar el ya mencionado y curioso ensayo sobre el autor de La Odisea, así como un estudio comparativo de los Evangelios en lo referente al crédito que merecen éstos en la cuenta que dan de la resurrección de Cristo. A poco de licenciarse, y cuando estaba previsto que siguiera los pasos paternos entrando en la Iglesia, el autor de Erewhon tuvo una crisis de conciencia y renunció a la vocación religiosa. El motivo de este trance fue su oposición a la práctica eclesiástica del bautismo, que le parecía un abuso, como expuso en The Way of All Flesh, así como en el relato de los nonatos en Erewhon. Fue el comienzo de una larga evolución que lo llevaría finalmente a prescindir de toda creencia religiosa, considerarse ateo (Muggeridge, 1936) y lanzar la sátira final del cristianismo bajo la forma de la religión heliofilial, esto es, la religión del hijo del Sol, que se ridiculiza en Retorno a Erewhon.

El hecho es que la renuncia al proyecto supuso el enfrentamiento definitivo con su padre, quien acabó dando el visto bueno al proyecto del hijo de emigrar a Nueva Zelanda y lo financió. En 1859 Butler embarcó para la colonia, compró una extensión de tierra y puso en ella una explotación lanar. Llamó al lugar «Mesopotamia» (porque estaba entre los dos ríos Rakaia y Rangitata) y así sigue figurando en el mapa de la zona que aquí reproducimos[5].

Fue en Nueva Zelanda, como se ha dicho, en donde Butler leyó la obra inicial de Darwin, lo que le sugirió su primer trabajo y le hizo interesarse por un asunto que lo ocuparía la mayor parte de su vida. Convencido lamarckista, Butler encontró muy estimulante la tesis de Darwin, pero continuó creyendo en la superioridad de la hipótesis de Lamarck, planteada en su Filosofía zoológica, por cuanto la de la selección natural de Darwin no daba respuesta a la cuestión de por qué se mantenía la extraordinaria variabilidad en las especies. Butler, que dedicó a la controversia evolucionista varios ensayos más[6], llevaba muy mal que el evolucionismo darwinista no concediera más importancia a sus puntos de vista. El propio Darwin, consciente de la insuficiencia de su teoría en relación con la de Lamarck, postularía la hipótesis de la pangénesis, que los avances de la genética han hecho ya inútil (Jeffers, 1981, p. 23) a la hora de aceptar actualmente la superioridad del darwinismo sobre el lamarckismo.

El propio Butler resumiría años más tarde lo que creía que habían sido sus principales aportaciones a la teoría de la evolución del modo siguiente: «1. la identificación de herencia y memoria. [...] 2. la Reintroducción de la teleología en la vida orgánica [...]; y 3. Un intento de presentar una explicación del fundamento físico de la memoria [...]» (Butler, 1985, p. 66). La discrepancia teórica con Darwin se mantendría al extremo de que en su Evolution, Old and New (1879) en la que comparaba las teorías de la evolución de Erasmus Darwin, Lamarck y Charles Darwin, sostenía que la teoría del abuelo Erasmus, era superior a la del nieto (Butler, 1911). La discrepancia se convirtió finalmente en un enfrentamiento personal por un asunto de negra honrilla entre ambos a raíz de la traducción al inglés de un artículo alemán sobre Darwin. Se encuentra una descripción detallada del asunto en la obra de su albacea (Jones, 1968, I, p. 322), quien incluso llegó a escribir un opúsculo aclarándolo tras la muerte de Butler (Jones, 1911).

De regreso a Inglaterra en 1864, vino en compañía de su amigo Charles Paine Pauli, quien alquiló una vivienda próxima a la de Butler, al que asignó una pensión anual de 200 libras anuales, cantidad nada desdeñable y que el afortunado cobró hasta su muerte en 1897. Pauli fue el primero de los tres hombres con los que Butler mantuvo estrechas relaciones que suscitan la idea de si el autor de Erewhon era un homosexual reprimido por la asfixiante moral victoriana; en definitiva, una víctima. Los otros dos fueron Alfred Emery Cathie, a quien contrató en 1887 como criado y secretario pero al que trataba también como amigo, y Henry Festing Jones, posteriormente su albacea testamentario y el autor de una monumental biografía de Butler literalmente repleta de manuscritos, notas, cartas y todo tipo de documentación sobre el autor, de obligada consulta para quien quiera hablar de éste.

Cambiaba Butler la vida al aire libre en las montañas neozelandesas por la apacible existencia en el centro de Londres, pero en su fuero interno siguió siendo la misma persona inquieta y aventurera. Finalmente poseedor de una considerable fortuna, pudo permitirse el lujo de dedicarse por completo a su pasión, la pintura, así como a continuar con su implicación en la polémica del evolucionismo y a viajar por la parte de Europa que más le apasionaba, y de la que dejó una especie de curiosa guía con ilustraciones suyas, del pintor Charles Gogin y de Henry Festing Jones[7].

También hacia esta época, 1870-1871, conoció a la que parece ser la mujer con la que tuvo una relación intelectual más intensa, Eliza Mary Ann Savage, y quien más influyó sobre él; la que lo impulsó a escribir Erewhon, leyó el manuscrito según el autor iba produciéndolo y en pruebas, haciendo las necesarias correcciones (Jones, 1968, I, p. 144), y la que proporcionó el modelo para la Alethea de The Way of All Flesh. Ella hubiera querido que la relación fuera de otro tipo, pero ese aspecto lo cubrió durante casi veinte años con toda discreción y elegancia una francesa residente en Londres, Lucie Dumas, que proporcionó una descripción famosa de Butler: Il sait tout; il ne sait rien; il est poète (Jones, 1991, II, p. 130).

Butler pasó el resto de su vida dedicado a sus múltiples ocupaciones: escribir ensayos, algunos de ellos provocativos, viajar por las zonas europeas de su predilección, cultivar sus amistades, pintar cuadros mediocres, componer alguna música en el espíritu de su adorado Händel, tan mediocre como su pintura, y gestionar meticulosamente sus negocios. Era un hombre conocido y respetado, pero que jamás alcanzó el éxito que sonrió a otros contemporáneos suyos. Él creía conocer la causa:

Ataqué a gente que carecía de escrúpulos y era poderosa y no entré en ninguna alianza. No quería que me fastiadaran ni que me hicieran perder el tiempo o renunciar a mis placeres. Tenía bastante dinero para vivir y preferí dirigirme a la posteridad antes que a mis contemporáneos, excepto algunos de ellos (Butler, 1985, p. 159).

Sus contemporáneos le hicieron el vacío, con alguna excepción[8]. Finalmente, meses antes de morir, dio a la imprenta Retorno a Erewhon, mostrando así que, como le dijera en cierta ocasión el editor Trübner, era un homo unius libri (Butler, 1985, p. 155), y ese libro, en el que había estado pensando toda su vida, al que considera como el comienzo y el fin de su periplo literario, era Erewhon.

La obra

Ya se ha visto que la publicación de Erewhon se debe a una serie de circunstancias fortuitas que han concurrido en el feliz resultado de que el mundo cuente hoy con una de sus utopías más imaginativas y sorprendentes. Lo dice Butler con su habitual claridad: «Nunca escribo libros, sino que estos crecen. Vienen a mí e insisten en que se los escriba y en ser de una forma u otra. No quería escribir Erewhon, sino que quería seguir pintando, y me pareció una abominable molestia verme obligado a escribirlo» (Butler, 1985, p. 106).

Pero lo hizo, concibiéndolo como el relato de un viaje que en verdad había emprendido con resultados muy distintos. En él habló de una sociedad perdida en algún remoto lugar del planeta del que no quiso dar pistas porque, según explica al final de la obra, pretende retornar bien provisto de fondos y otros medios, como navíos armados, para establecer un monopolio de explotación de los recursos y los nativos erewhonianos. No se trataría de nada parecido a la esclavitud porque, además de llevar a Erewhon los beneficios del comercio y la industria, Butler tenía previsto adoctrinarlos en la verdadera fe. Todo en la obra está a tono con este nivel de sarcasmo.

Erewhon es un territorio imaginario cuyo difícil acceso a través de un paso en una cordillera está guardado por unas monstruosas estatuas de origen desconocido que emiten sonidos espeluznantes al canalizar el viento por la abertura de sus bocas, y cuya obvia misión es intimidar a los visitantes indeseados, haciéndoles volverse por donde han venido. Pasado ese primer sobresalto, que viene a ser como el trauma del nacimiento a un mundo nuevo, el visitante se encuentra en unas agradables llanuras que recuerdan los paísajes del Piamonte, tan caros al autor. Y con el paisaje unos habitantes que de nuevo se asemejan a los de aquella zona del norte de Italia: su piel tiene el blanco ligeramente oscuro de los italianos o los españoles, son de fuerte complexión, ágiles y elegantes ellos y de una extraordinaria belleza ellas.

Pero hablan una lengua incomprensible, por lo que el héroe supone que pueda tratarse del hebreo, idioma del que no tiene ni idea. Ello le lleva a suponer que ha dado con las diez tribus perdidas de Israel lo que, en el fondo, viene a ser como si sostuviera haber dado con la tierra del Preste Juan de las Indias.

Los erewhonianos lo acogen afablemente, lo llevan a la ciudad más cercana, que no es la capital del reino, lo tratan con cortesía y curiosidad y, finalmente, al haberle encontrado en posesión de un reloj de bolsillo, lo encierran en la cárcel por una razón que a él se le escapa. La prisión es relativamente cómoda y los erewhonianos se cuidan de que el viajero aprenda su lengua. Para ello, la autoridad designa un profesor que lo visita todos los días y, entre esto y los amoríos en que entra con la hija del gobernador de la prisión Yram (un anagrama de Mary), en poco tiempo está en situación de entenderse con los nativos.

A partir de este momento, ya dominando la lengua, de no ser por el desgraciado e incomprensible asunto del reloj el protagonista gozaría de plena libertad y gran consideración a causa de su piel blanca, sus cabellos rubios y sus ojos azules, caracteres desconocidos en Erewhon, en donde todos son morenos, de cabellos negros y ojos oscuros. La propiedad del desdichado reloj, sin embargo, lo sitúa en una mala posición, incluso con amenaza de un proceso de consecuencias muy desagradables. En una primera indagación alcanza a saber que en Erewhon las máquinas de todo tipo están prohibidas. Las únicas que ha alcanzado a ver se encuentran en trozos y lamentable estado en un museo. Deduce que las máquinas plantearon un conflicto político en un pasado lejano, que se resolvió en contra de ellas y que, en consecuencia, Erewhon es un lugar antimaquinista, pero aplaza a un momento posterior una investigación más a fondo.

Entre tanto, hecho ya a la vida erewhoniana, recibe la orden de trasladarse a la capital del reino a una audiencia con el rey. Como lugar de residencia le han fijado la casa de uno de los más acaudalados y respetados miembros de la comunidad, la familia del señor Senoj Nosnibor (un anagrama de Robinson Jones que no parece tener otra intención que la de divertir a Butler), compuesta por su mujer y dos hijas casaderas, esto es, el prototipo de la familia victoriana como podría serlo la del propio Butler.

Para encarecer la figura del señor Nosnibor ante el visitante, su interlocutor le explica que ha tenido un desgraciado accidente por el que está siendo debidamente tratado y hay esperanzas de pronta recuperación: el señor Nosnibor defraudó a una anciana y le arrebató toda su fortuna. Indignado el protagonista de que quieran alojarlo en casa de un delincuente, afirma que jamás pondrá los pies en ella. Es entonces cuando le informan de que en Erewhon los hurtos, los robos, los fraudes y estafas no se consideran delitos sino enfermedades y se atiende cuidadosamente a quienes los cometen, procurando su pronto restablecimiento. En cambio, los achaques, las enfermedades, las infecciones son consideradas delitos, castigándose con dureza a quienes las padecen, incluso, llegado el caso, con la pena capital. Una tuberculosis puede significar la pena de muerte.

Es una inversión de los términos que pone en solfa la falsedad e hipocresía de la sociedad victoriana en la que la riqueza y las apariencias exteriores son prácticamente todo, mientras que determinadas circunstancias como la pobreza, la mendicidad, la prostitución entran en la categoría de enfermedades morales o incluso delitos. La estirpe erewhoniana es saludable y está compuesta por individuos hermosos. Las horrendas estatuas a la entrada del país deben proteger contra las deformidades físicas (que son también consideradas culpa de quienes las padecen), y el héroe cree haber oído, si bien no está seguro, que antaño se sacrificaba a los niños deformes con la clara intención de preservar la pureza de la raza.

Ya plenamente adaptado a los usos y costumbres erewhonianos, el héroe deja constancia de los más sobresalientes. El principal, tanto por el lugar que ocupa como por el interés que el autor le dedica, es la red de los llamados bancos musicales, unas instituciones bancarias cuya relación con la música es remota (pues, según se nos informa, los erewhonianos desconocen la escala diatónica), pero que cumplen una funcionalidad de tipo estructural. De hecho, son instituciones solemnes y muy antiguas en las que gran parte de la población tiene depositados unos (normalmente exiguos) ahorros y que distribuyen una moneda de valor simbólico pero no real que nadie hace circular, por cuanto la economía erewhoniana descansa sobre la existencia de unos bancos de verdad que emiten una moneda sana, que es la que está en circulación. En Erewhon, por tanto, circulan dos tipos de monedas: la buena (en términos económicos) y la mala. Pero, contrariamente a la Ley de Gresham, la moneda mala no expulsa a la buena, sino que no circula, ya que su valor real es nulo y sólo tiene uno simbólico. La descripción de uno de estos bancos musicales que las mujeres Nosnibor acuden a visitar de vez en cuando, una de ellas en compañía del héroe, recuerda una catedral. En realidad, la institución es una parodia de la Iglesia: gestiona una moneda carente de valor y que sólo lo tiene simbólico, pero es fundamental que las gentes la visiten y simulen hacer transacciones para que el orden social sobreviva.

El orden social erewhoniano descansa sobre la adoración a la diosa Ydgrun que, una vez más, es un anagrama de Grundy, si bien aquí la justificación es patente por cuanto Mrs. Grundy viene a ser la personificación de lo que llamaríamos el «sano sentido común», esto es, las relaciones sociales basadas en las convenciones, los valores tradicionales y el fundamentalismo de las opiniones recibidas; todo ello adobado por una angustiosa necesidad de guardar las apariencias. De nuevo hay un vapuleo a la era victoriana, caracterizada por la sensatez de las cuestiones prácticas, la preferencia por los discursos realistas y las realidades tangibles y la desconfianza, cuando no desprecio, hacia los caracteres fantasiosos o imaginativos. Los más sensatos de los erewhonianos, qué duda cabe, empezando por el señor Nosnibor, son todos sólidos ydgrundistas.

Y aquí no se llega por casualidad, sino habiendo preparado el camino cuidadosamente. ¿Cómo? A través de un sistema educativo concebido para fabricar ciudadanos adaptados a esta forma de vida, caracterizada por la mediocridad, la ramplonería, la falta de originalidad y el aborregamiento. La sociedad erewhoniana es así feliz, más o menos con el tipo de felicidad que caracterizaba a la victoriana. La descripción de dicho sistema educativo es una sátira del inglés al uso que Butler conocía muy bien por haber pasado por él. Su piedra angular son las llamadas «Facultades de la Sinrazón», en las que se enseña la disciplina fundamental, necesaria para el saber en Erewhon, que es la «Hipotética». De este modo, los catedráticos en la «sabiduría mundana» enseñan a pensar, pero no de modo propio, sino como todo el mundo, a mantenerse en el camino trillado y a no aventurar ideas nuevas.

El visitante reconoce que el sistema educativo erewhoniano es del todo similar al inglés, que trata de erradicar la originalidad de pensamiento. A ello contribuyen las doctrinas que, basadas en la inconsistencia y las evasivas, consiguen acabar con todo atisbo de genialidad, como en Inglaterra. De hecho, Butler, formado en lenguas clásicas, da un giro interesante al significado tradicionalmente admitido de «idiota». Éste ya no es el que se ocupa exclusivamente de sus propios asuntos, sino el que tiene ideas propias y por eso está hoy condenado por la sociedad erewhoniana, como los otros idiotas lo estaban por el aristotelismo de la griega.

Es en este contexto en el que el famoso Libro de las máquinas expone lo que, en el fondo, es la esencia misma de la utopía erewhoniana. Cuatrocientos años antes, Erewhon estaba muy avanzado en el desarrollo de las máquinas, más que la Inglaterra de la época. Pero entonces, uno de aquellos profesores de Hipotética publicó un libro en el que vaticinaba que las máquinas evolucionarían, llegarían a ser más inteligentes que los seres humanos y acabarían sustituyendo a éstos como los señores de la tierra y poniéndolos a su servicio.

Se trata de la primera formulación de ese tema tan recurrente en la ciencia ficción del siglo veinte; esa pesadilla de la rebelión de las máquinas contra sus creadores. Es la idea que también aparece en R.U.R. [Robots Universales Rossum], de Karel C. Cˇ apek (escrita en 1920) y que prosigue a través de la película de Stanley Kubrick, 2001, La odisea del Espacio, de 1968, basada en un relato anterior de Arthur C. Clarke. Sigue una especie de ensayo filosófico tratando de demostrar que si las plantas, los animales, los seres humanos pueden evolucionar, también pueden hacerlo las máquinas, que terminarán por dominar el mundo llegando a ser respecto a los hombres lo que éstos son hoy respecto a los primates. No hay constancia de que Butler hubiera leído a Nietzsche, pero en esta figuración hay un eco indudablemente nietzscheano.

Para evitar tan espantoso futuro, el sabio profesor de Hipotética aconseja acabar con todas las máquinas de su tiempo, evitar así que puedan evolucionar y hacer que la vida humana se lleve a cabo en un mundo sin máquinas. Se sigue una guerra civil entre maquinistas y antimaquinistas en la que finalmente ganan los segundos, quienes proceden a la destrucción de casi todos los aparatos técnicos y artificiales, dejando los más básicos para la existencia y promulgando leyes que castigan duramente la tenencia de máquinas del tipo que sean. Eso explica el trato que recibiera el visitante al comienzo a cuenta de su reloj.

Como se ve, Erewhon no es propiamente una utopía antimaquinista o antiindustrialista, como pudieran ser Walden, de Henry David Thoreau, o el movimiento de los luddistas, sino una fantasía filosófica a raíz de la teoría darwiniana de la evolución que empezó a tomar cuerpo en aquel temprano artículo de «Darwin entre las máquinas», de 1862.

Este juego especulativo, esta anticipación un poco siniestra debieron de parecer incompletos a Butler, y añadió otros dos capítulos hacia el final del libro dejando ya libre cauce a su fantasía y que, sin embargo, habían de resultar claramente anticipatorios: uno en el que defendía los derechos de los animales sobre la base de que no por no ser humanos dejaban de ser racionales a su modo, lo que obligaba a prohibir los alimentos de origen animal, y otro sobre los derechos de los vegetales, basándose más o menos en los mismos principios. Aunque el segundo, el de los vegetales, está escrito con clara intención satírica del primero, no deja de tener su interés.

Erewhon es una utopía especial por muchos conceptos, pero también es una muestra de literatura de viajes y una novela de aventuras. El héroe incurre en el desplacer del rey. No así de la reina, quizá más sentimental o más crédula. La cuestión del reloj se complica y es posible que acaben procesándolo. Para mayor desgracia, también incurre en las iras del señor Nosnibor, su anfitrión, desde el momento en que decide romper la sacrosanta ley erewhoniana de que todo joven que entre en un hogar en el que haya muchachas casaderas tendrá que casarse con la primogénita (llamada Zulora), siendo así que él está enamorado de la más joven, Arowhena. En estas circunstancias no tiene más remedio que huir en compañía de su amada, cosa que pone en práctica construyendo, con ayuda de la reina, un globo aerostático con el que él asegura que irá a charlar con el dios de la lluvia para convencerlo de que ponga fin a una época de sequía en Erewhon. Su verdadera intención, sin embargo, es escapar, volver a Inglaterra, cosa que consigue luego de algunas peripecias.

Pero, al final de su vida, Samuel Butler volvería a Erewhon, ese país que era suyo, que sacó de la nada y en el que había dejado un hijo tan ficticio como el otro en Inglaterra, al que cuenta su viaje de retorno.

[1] Es nuestra intención, sin embargo, traducirla y publicarla en un futuro no lejano porque, siendo una crítica a toda religión establecida, presenta un interés notable.

[2] Nombre de un principio maravilloso que todo lo puede, fundamento mismo de la civilización subterránea que Bulwer-Lytton imagina y que ha dado lugar al nombre comercial de concentrados Bovril.

[3] Cabe recordar cómo Marx quiso dedicar El capital (cuyo primer tomo se publicó en 1867) a Darwin, honor que este rechazó.

[4] «El verdadero escritor se detendrá en cualquier parte y en cualquier momento para hacer sus anotaciones igual que el verdadero pintor se detendrá en cualquier parte y en cualquier momento para hacer sus bocetos» (Butler, 1985, p. 237).

[5] Extraído de Wikipedia bajo licencia de Wikimedia Commons, en http://en.wikipedia.org/wiki/Erewhon.

[6]Life and Habit (1877), el más célebre de ellos, Evolution Old and New (1879), Unconscious Memory (1880), Luck or Cunning? (1887).

[7]Alps and Sanctuaries (1888), un libro de viajes sobre el Piamonte y el cantón de Ticino, en la Suiza italiana.

[8] Como George Bernard Shaw, quien lo consideraba el mejor escritor inglés de su época.

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Erewhon o Al otro lado de las montañas

Aristóteles,Política

No hay acción que no se base en una ponderación de consideraciones.

Paráfrasis

Prefacio a la primera edición

El autor desea aclarar que Erewhon se pronuncia como una palabra de tres sílabas, todas ellas cortas. Así: E-re-whon.

Prefacio a la segunda edición

Ya que el favor del público ha permitido agotar una edición de Erewhon de tirada inusualmente grande en un corto plazo de tiempo, aprovecho la oportunidad de esta segunda para hacer las correcciones necesarias y añadir unos cuantos pasajes donde me pareció que sería apropiado introducirlos. Estos son pocos y es mi firme intención no volver a tocar la obra de nuevo.

Se me permitirán aquí quizás unas palabras en referencia a The Coming Race, a cuyo éxito se ha atribuido con frecuencia la publicación de este libro. Si bien es comprensible que se haya pensado algo así, se trata de una idea equivocada. El hecho es que Erewhon estaba terminado, a excepción de las últimas veinte páginas y una o dos frases introducidas de vez en cuando aquí y allí a lo largo del libro, antes de que el primer anuncio de The Coming Race apareciese. Al llamarme la atención un amigo sobre uno de los primeros anuncios y al sugerir que se trataba de un trabajo de características similares al mío, entregué Erewhon a una conocida editorial el 1 de mayo de 1871 y lo dejé en sus manos para ser evaluado. Partí entonces al extranjero y al enterarme de que aquella editorial rechazaba el manuscrito lo dejé estar unos seis o siete meses, en los que, por encontrarme en una parte remota de Italia, no leí ni una sola crítica de The Coming Race, y tampoco cayó en mis manos ejemplar alguno de la obra. A mi regreso, evité a propósito leerla hasta haber hecho las últimas correcciones de la imprenta. Tuve entonces ese placer y me sorprendió por supuesto la multitud de pequeñas similitudes entre ambos libros, a pesar de ser completamente independientes el uno del otro.

Me apena que los críticos hayan interpretado los capítulos de Máquinas como un intento de reducir la teoría del señor Darwin al absurdo. Nada más alejado de mi intención. Pocas cosas me resultarían tan desagradables como un intento de mofa hacia el señor Darwin; pero debo admitir que el malentendido es responsabilidad mía puesto que me sentía seguro de que se malinterpretarían mis intenciones. Preferí sin embargo no cargar los capítulos con explicaciones y además estaba seguro de que la teoría del señor Darwin no se vería perjudicada en modo alguno. Mi única duda era hasta qué punto podía permitirme que se interpretase incorrectamente que estaba burlándome de aquello por lo que siento la más profunda admiración. Me sorprende, sin embargo, que a ningún crítico se le haya ocurrido hacer esta objeción, que sería mucho más razonable, a aquel libro, cuyo nombre no pienso citar aquí, aunque entiendo que se sobrentiende cuál es.