Es puro cuento - Eduardo Seren - E-Book

Es puro cuento E-Book

Eduardo Seren

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Beschreibung

Historias versionadas, breves, creíbles, que podrían sucederle a cualquiera. Algunas cargadas de dramatismo, otras con cierto romanticismo, y otras más con alguna cuota de erotismo. Pero todas resultan fáciles de leer. Todas se encuentran en este primer libro de un nuevo escritor que sin mayores pretensiones literarias, invita a entretener y lograr la complicidad del lector en cada cuento de este recorrido que acaba de comenzar.

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Seitenzahl: 120

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Ilustración de tapa: Eduardo Osvaldo Serén.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Serén, Eduardo Osvaldo

Es puro cuento / Eduardo Osvaldo Serén. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

110 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-937-0

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Serén, Eduardo Osvaldo

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Es puro cuento

Volver al barrio: Sebastián y yo

Era una tarde apacible de abril y Fernando caminaba otra vez por aquel barrio de clase media acomodada, de grandes chalets con techos de tejas y jardines cuidados, amplias veredas y calles adoquinadas que los propios vecinos se niegan a abandonar. Alegan que le otorgan al barrio un aire colonial y mayor tranquilidad, ya que el grueso del tránsito evita esas calles de circulación despareja.

Pequeñas casetas de seguridad privada aparecían en algunas esquinas, que demostraban el poder adquisitivo de la mayoría de los vecinos. Autos estacionados en la entrada de algunas cocheras, un televisor que denuncia su presencia detrás de una ventana por el elevado volumen y algún vecino que riega el césped de su frente de puro aburrido, o por no permanecer adentro escuchando los reclamos de su esposa… Vaya uno a saber.

Pocos perros callejeros, pero muchos perros bravos y caros detrás de las rejas de las casas. Coquetas luces estratégicamente distribuidas en los jardines y muchos portones a control remoto.

Fernando continuaba, encerrado en sus propios recuerdos, su paso cansino por esas calles desiertas en tiempos de pandemia. Un patrullero con dos policías pasaba lentamente por la calle, pero no le prestaron atención. Ambos servidores públicos estaban muy ocupados atendiendo sus celulares. Una alarma de un automóvil se activó por ahí y rompió la monotonía y la ordenada calma del lugar.

Más de once años habían pasado desde la última vez que había caminado ese barrio… su barrio. Y pocas cosas habían cambiado. Solo notaba algunas plantas menos y algunos autos más. Una canchita de fútbol de alquiler en la última esquina, una agencia de remises en frente, algunas casas que habían cambiado de color y ese particular olor del barrio que tanto extrañaba.

Hacía casi doce años que había partido una noche rumbo a Salta en búsqueda de una promesa de dinero fácil y rápido. Era tan sencillo como utilizar su vehículo para traer cocaína desde Salta a Buenos Aires. Después de todo no es tan complicado ni demanda tantas responsabilidades ser solo una mula de algún narco que financia la operación. Solo había que traerla, entregarla y cobrar… nada más. Rápidamente y sin riesgos, le dijeron.

Todo estaba bien planeado, casi no había margen de error. Se había estudiado y repasado mil veces la entrega, el ocultamiento en la rueda de auxilio, la ruta, los teléfonos, el auto que lo precedería para avisarle y evadir cada control policial. Todo. Era casi imposible rechazar la oferta de ganar tanto dinero en solo un par de días, sin compromiso de quedar pegado a ningún narco y de modo tan planificado. Es más, si todo salía bien, quizás hacía un par de viajes más como para juntar una buena cantidad de dinero y retirarse a alguna otra profesión menos riesgosa.

Pero si algo podía salir mal… salió muy mal.

De pronto y en cuestión de minutos, se encontró en un claro del monte salteño, casi al pie de unos cerros, a solo dos kilómetros de la frontera con Bolivia y en medio de un tiroteo entre dos bandas que se disputaban el negocio. No entendía nada. No sabía qué era lo que estaba ocurriendo, se arrepentía de haber estado ahí y buscaba en medio del caos una forma de escapar de ese repentino infierno. Ya no le interesaba la droga, el dinero, su futuro de lujos ni los gastos del viaje. Solo quería salvar su vida.

Agazapado y en un par de pasos, logró llegar a la puerta de su auto, que ya acusaba un par de impactos de bala, se subió e intentó ponerlo en marcha. En ese momento, se abrió la puerta del lado del acompañante y uno de los sujetos que hacía minutos había estado hablando con él, le gritó:

—¡Dale, arrancá! ¡¡Rajemos de acá!!

Sonó un disparo que alcanzó a su improvisado y repentino acompañante. La pistola que este individuo portaba cayó a su lado y la tomó sin saber si sabría disparar. Intentó poner el vehículo en marcha, pero algo sucedió, porque no arrancó pese a la insistencia.

En muy pocos minutos (que le parecieron horas), aparecieron en ese claro del monte tres móviles de Gendarmería y uno de la Policía. En segundos, todo el lugar se llenó de uniformes verdes, cascos y armas largas. Todo muy inoportuno. En ese momento, Fernando se encontraba con una pistola en la mano, un cadáver aún caliente y sangrando en el asiento del acompañante y cinco kilos de cocaína en el baúl. Nada podía ser peor.

Solo tres personas lograron ser detenidas, uno murió y un número indeterminado logró escapar y desaparecer en la espesura del monte. Fueron trasladados a una comisaría de Embarcación, donde permanecieron alojados durante los diez días que duró la instrucción policial. Luego hubo un paso fugaz por la Alcaidía de Tribunales y de ahí a la cárcel de Salta, con su bolsito con la poca ropa que tenía y un sumario policial con una carátula que rezaba: “Tenencia de droga para su transporte y comercialización, portación ilegal de arma de fuego y homicidio agravado en concurso real”.

Más de un año pasó para que llegara su causa a juicio oral y público. Y el resultado, pese al infructuoso esfuerzo de su defensor, fue una condena a 18 años de prisión.

Tuvo que venderle el auto (que se había salvado de un embargo preventivo por no tener querellante) a su propio abogado para pagarle sus honorarios. El acuerdo para su defensa durante las extensas doce jornadas que duró el juicio fue por el 50 % del valor del automóvil. El 50 % restante se lo iría abonando en comodísimas cuotas mensuales que a Fernando le servirían para costear sus gastos en el penal. Ahí aprendió a fuerza de golpes, literalmente, que sobrellevar una estadía tranquila y sin conflictos de ninguna naturaleza costaba dinero. Se hacía casi imprescindible tener plata para comprar algo de alimentos que engordaran la escasa y mala comida del rancho. Dinero para comprar cigarrillos, que, aunque no fumara, ahí dentro resultaban una muy buena moneda de intercambio. Dinero para sobornar a los agentes penitenciarios que pudiesen corresponder, según se ansiara una mejor celda, una botella de alcohol o algún psicofármaco para poder dormir. Dinero para pagar alguna prostituta de vez en cuando que calmara un poco su ansiedad. Y hasta para comprar cada tanto algún par de medias, un calzoncillo, una remera o algún jean de oferta.

Esa pequeña cuota del auto que casi puntualmente le traía su abogado, sumado a su magro sueldito por su trabajo en la biblioteca de la penitenciaría, le resultaba de suma utilidad. No había hecho tan mal negocio después de todo, porque, en definitiva, ¿para qué podría serle útil un auto en la cárcel donde debería pasar, al menos, sus próximos doce años?

Fueron once años durísimos, fundamentalmente los dos o tres primeros. Lejos de su hogar, de su familia, de sus afectos, sin amigos, sin conocer a nadie y en un medio que le resultaba totalmente ajeno, desconocido y hostil. Solo le jugaba a favor la carátula de su delito, que lo colocaba entre los estratos más altos de la escala social carcelaria. La población penal es una sociedad marginada dentro de la sociedad misma, con sus propias leyes, sus propios comportamientos, sus propias condenas y castigos, su propio gobierno y su propia escala social. Los ladrones componen el nivel más alto de esa organización y, si mataron a un policía o al menos se tirotearon con ellos, ejercen el poder interno y deben ser merecedores del mayor de los respetos. Los traficantes y homicidas en riña, peleas o de esposas infieles componen un segundo escalón social que no pueden aspirar al poder (salvo excepciones), pero que tampoco son perseguidos, molestados ni necesitan algún tipo de protección. Los estafadores o autores de delitos financieros están en un tercer nivel, que tampoco deben padecer agresiones o persecuciones, resultan simpáticos y hasta es interesante hablar con ellos porque generalmente son personajes instruidos y verborrágicos. Los proxenetas componen un cuarto nivel social que, en muchas oportunidades, necesitan aislamiento o algún tipo de protección penitenciaria para sobrevivir ahí dentro. Y, por último, los homicidas de infantes y violadores componen la escoria de la población penal y la pasan realmente mal; incluso en muchas oportunidades no llegan a cumplir su condena, porque es el único punto en común que tienen policías, guardiacárceles y reclusos… nadie los quiere.

Su conducta y el estar alejado siempre de los problemas lo hacían merecedor de una libertad condicional a los doce años, pero una pandemia y un poco de suerte aceleraron los tiempos. Logró conseguir su ansiada libertad ocho meses antes de lo previsto. Con once años y cuatro meses de cumplimiento efectivo, logró que esos pesados portones se abrieran ante él.

El dinero que había cobrado de su fondo de ahorro para cuando llegara este día no era mucho, pero al menos le alcanzaba para dos o tres días de hotel, comer, comprar algún celular usado y comprar su boleto a Buenos Aires. Por ahora, era prematuro preocuparse por el futuro. Había que disfrutar toda esa libertad (condicionada) que ahora se presentaba. Ya habría tiempo de organizarse y planificar cuando estuviese de vuelta en casa.

Con veintiocho años había partido rumbo al norte en una aventura peligrosa y regresaba casi a punto de cumplir sus cuarenta años. Mucho tiempo, muchos errores, mucha tragedia y muchos afectos habían pasado en toda esta historia personal.

Había perdido noción de las cuadras que llevaba caminando, pero no le interesaba. Se sentía bien y tenía la necesidad de recorrer todo ese barrio que lo vio crecer. Las hojas de los plátanos tapizaban las veredas, el sol lentamente comenzaba a ocultarse detrás de los techos altos y el mismo patrullero que pasaba nuevamente, pero ahora en sentido contrario. ¿Sería que desde el Juzgado de Salta informaron a la seccional local de su regreso a Buenos Aires? ¿O solo sería parte de su nueva paranoia?

No supo si, de modo inconsciente o no, sus pasos lo llevaron a la cuadra donde vivía Paula. Era la casa anterior a la siguiente esquina.

Y ahí se le presentaron un sinfín de interrogantes: ¿Seguiría viviendo ahí? ¿Se habría casado? ¿Viviría sola? ¿Tendría hijos? ¿Lo habría olvidado? ¿Y si le tocaba el timbre? Podría hacerlo; de hecho, ahora tenía más valor para enfrentar esos retos que once años atrás, pero tendría que tener preparada una buena coartada por si, en lugar de Paula, era un hombre quien atendiera el llamado. Repasó mentalmente varias opciones, pero descartó casi todas por descabelladas. Eligió la opción del excompañero de la secundaria. Podría resultar creíble. Ensayó su mejor cara de póker y se lanzó a tocar el timbre.

Y sus temores no hicieron más que confirmarse. Se abrió la puerta y fue un hombre el que salió. Como de su misma edad, de pelo castaño y barba de pocos días, de 1,80 metros de estatura aproximadamente y más bien delgado. Su pulso se aceleró.

—Buenas tardes —dijo Fernando cuando el hombre se acercó a la reja para atenderlo, pero sin abrirla.

—Sí, buenas tardes… ¿En qué puedo ayudarlo?

—Disculpe mi atrevimiento, pero andaba por el barrio y de repente recordé la casa… aunque quizás esté equivocado. ¿Acá vive una chica de nombre Paula?

—¿Y quién la busca?

—Mire, le resultará un tanto extraño, pero soy un viejo compañero suyo de la secundaria y, como le dije que por casualidad andaba por acá, recordé su casa y decidí pasar a saludarla.

—¿Usted hace mucho tiempo que no anda por el barrio?

—Sí, la verdad que sí. Por razones laborales, llevo varios años viviendo en el interior.

—Vos sos Fernando, ¿no?

Ahora sí se le había complicado todo. De las cien opciones que había ensayado en su cabeza, ninguna era esta. No tenía un plan B. No había imaginado jamás que este desconocido pudiese saber su nombre. ¡Y quién sabe cuántas cosas más! Tenía que reponerse a la sorpresa y responder rápidamente.

—Sí… ¿cómo sabés? —No consideró necesario mentir ante la evidencia. Serían casi vecinos y en cualquier momento podría encontrarlo por la calle.

—Paula me habló mucho de vos. Y me había avisado que en cualquier momento podías aparecer. Cuando tocaste timbre y miré por la ventana, te vi e inmediatamente me di cuenta de que eras el Fernando del que Paula me habló.

—Mirá, flaco, yo no vine a buscar ningún problema. De verdad, solo quería pasar a saludarla, pero si te oponés, está todo bien, no hay ningún problema. Puedo irme del mismo modo en que llegué hasta acá.

—No, Fernando. Tranquilo. Y creo en tus buenas intenciones. Paula me dijo que eras un buen tipo y que solo habías cometido algunos errores como puede cometer cualquiera. Pero paso a contarte brevemente.

Y siguió hablando, ante la atenta mirada de Fernando, que cada vez entendía menos.

—Paula falleció el año pasado. Un cáncer de páncreas se la llevó de modo violento. Desde que le diagnosticaron la enfermedad hasta que falleció, pasaron solo seis meses.

Se tomaba un tiempo para respirar y seguir. Se lo notaba realmente sentido. Fernando no lograba reaccionar.

—Fueron seis meses de sufrimiento. El último mes estuvo internada. No me moví un minuto de su lado. Solo venía a casa para bañarme, cambiarme y comer algo, y volvía para dormir en el sanatorio. Durante ese último mes de estar todo el día juntos, hablamos mucho. De toda nuestra vida. Y ahí fue que me habló de vos y de la relación que tuvieron hace años.

Seguía hablando con muchísima tristeza y Fernando seguía en un estado de shock emocional del que no podía reponerse.

—Paula me contó que solo existieron dos hombres importantes en su vida. Vos fuiste uno, el otro fui yo. Vos fuiste su primer amor, los años jóvenes y desprejuiciados… Yo representaba su amor más maduro, su estabilidad emocional. Lamentablemente, nunca pudimos tener hijos, y eso es lo que hoy más me atormenta, pero entiendo que ambos compartimos el mismo dolor.

Y siguió…