Es tarde, pero es nuestra hora - Emma Martínez Ocaña - E-Book

Es tarde, pero es nuestra hora E-Book

Emma Martínez Ocaña

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Este libro, aunque fraguado y pensado a lo largo de los últimos años, ha brotado durante el confinamiento provocado por la COVID-19. No solo es una reflexión sobre el acontecimiento en sí y sobre lo que podríamos aprender de él, sino una mirada a las causas más profundas, con la finalidad de alertar ante la urgencia y gravedad de la situación actual: Es tarde. Al mismo tiempo, la autora quieres unir su voz a tantas otras que nos alertan de la urgencia de realizar cambios profundos para salvar la vida en nuestro planeta y a nuestra especie en él: Es nuestra hora. Es nuestra generación la que tiene que responsabilizarse. Pero será madrugada, es decir, aún estamos a tiempo, aún es posible emprender los cambios; en vez de derrotismo, a lo largo de estas páginas encontraremos una llamada a la esperanza activa y comprometida.

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Seitenzahl: 220

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Emma Martínez Ocaña

Es tarde,pero es nuestra hora

NARCEA, S.A. DE EDICIONES

Otros títulos publicados por Emma Martínez Ocaña en esta editorial:

• Buscadores de felicidad

• Cuando la Palabra se hace cuerpo... en cuerpo de mujer

• Cuerpo espiritual

• Espiritualidad para un mundo en emergencia

• Te llevo en mis entrañas dibujada

Índice

Emma Martínez Ocaña

Es tarde, pero es nuestra hora

Otros títulos publicados por Emma Martínez Ocaña en esta editorial

Introducción

Agradecimientos

Las preguntas que marcaron mis búsquedas

¿Esta pandemia es un tiempo para la esperanzaactiva?

Qué nos está pasando y qué estamos recordando

Qué nos está pasando

Qué recordamos al comienzo de esta Semana Santa

Qué le pasó a Jesús

Cómo reaccionó su comunidad

Qué podemos aprender de este momentoy de ese recuerdo

¿Una esperanza ilusoria?

¿Un testamento sin conciencia de ello?

¿Una despedida sin despedida?

¿Sabremos aprender la lección?

En medio de la noche, ¿cómo esperar el amanecer?

A la búsqueda de las causas

Por qué asesinaron a Jesús de Nazaret

Por qué los discípulos reaccionaroncomo lo hicieron

Por qué estamos donde estamos en este momento histórico

Estamos ciegos a los mecanismos de muerte dede nuestro sistema político, económico y cultural

Porque sostenemos una antropología disfuncional y depredadora

Vivimos una profunda crisis ética y espiritual

Alcanzados porla experiencia de vida

Qué le pasó a la primera comunidad

Qué consecuencias tuvo en sus vidas

Qué nos puede aportar hoy a nosotrosesa experiencia

Mirando el futuro con esperanzaactiva

Qué necesitamos cambiar

Despertar. Abrir los ojos y hacernos conscientes

¿Y si este fuera el último aviso de la tierra?

¿Y si descubrimos que aún estamos a tiempo de salvar la vida en el planeta y salvarnos como especie?

¿Y si nos damos cuenta de que necesitamos cambiar nuestro universo simbólico y re-educarnos?

Comprometernos con un cambio profundo

Un cambio estructural. De un sistema contra la vida a un sistema de sustentación y cuidado de la vida

Un cambio cultural: El bien común como ejevertebrador

Un cambio en el modo de entendernos como seres humanos y, por tanto, de vivir y de relacionarnos

Un cambio en nuestra manera de situarnosen la realidad: hacia una nueva espiritualidad

Para los cristianos: la vuelta a Jesús de Nazaret

¿Por dónde empezar?

No perder la esperanza

Para quienes somos creyentes: ¿y si en vez de preguntarnos dónde está Dios lo hacemos presente?

A modo de epílogo

Bibliografía

Colección espiritualidad

Créditos

Introducción

Este libro tiene unas características distintas a otros que he publicado en esta misma editorial. Fundamentalmente es un escrito personal, brota de la experiencia de este tiempo de confinamiento ante la pandemia del coronavirus, de largos tiempos de silencio meditativo, de lecturas nutrientes, de aprendizajes singulares de unas y otras personas, de la relectura cristiana de este tiempo litúrgico, que ha coincidido con nuestro confinamiento, del recuerdo y la celebración de la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret.

También voy utilizar un lenguaje más coloquial, al menos en la mayoría de sus partes. Me dirijo directamente a las personas lectoras. Me encantaría que os animaseis a seguir el diálogo, bien en grupo, bien conmigo directamente, escribiendo a mi correo [email protected].

También, como otras veces, normalmente hablo en femenino porque el sujeto es la persona.

Advierto también, a quien lo lea, que otra característica de este libro es que, al brotar de un momento de caos, tiene también un estilo un poco caótico. No me ajusto a las normas establecidas, los capítulos no guardan proporción entre sí, ni siempre localizo la fuente de inspiración. Hay también reflexiones personales que me han acompañado en este tiempo de confinamiento y soy deudora de muchas personas que están detrás de estas páginas.

Quiero también resaltar que este no es un libro solo para ser leído, es un libro para interiorizar, para dedicar tiempo a responder las múltiples preguntas que lo atraviesan, para dejar que nos interpelen y puedan provocar en nosotras los cambios que este tiempo reclama. Cada persona a nuestra manera, ritmo, estilo y circunstancia, pero sin duda es una urgente llamada a responder al reto de este momento de emergencia.

Hay partes muy claramente diferenciadas. La primera y gran parte de la segunda son mucho más vivenciales, recojo en ellas los textos, prácticamente tal como los he ido escribiendo, desde el domingo de Ramos al domingo de Resurrección. Son fruto de mis tiempos de silencio, meditación, lectura sapiencial de los acontecimientos que la comunidad cristiana recordábamos y celebramos en esos días. He querido mantenerlos tal como me brotaron cada día, queriendo iluminar los duros acontecimientos que estábamos viviendo desde lo que en esa Semana Santa estábamos evocando. Soy consciente de que hay repeticiones, pero las he dejado porque también hablan de lo que se me iba des-velando.

A partir de aquí la reflexión ha sido guiada por el deseo de comprender lascausas de lo que le pasó a Jesús de Nazaret y a su comunidad y tratar de ver de qué manera esa realidad puede iluminar las causas de nuestra situación. He intentado después buscar lo que, desde diversos ángulos, otras personas han expresado sobre algunas de las causas más significativas de la situación global en la que estamos. Esta es la parte con más contenido teórico porque considero muy importante poder descubrir con la mayor lucidez posible qué nos ha conducido hasta este momento histórico y no solo hasta esta pandemia.

Analizar qué nos está pasando y sus causas tiene como objetivo abrir caminos a un futuro nuevo. Nada se hará sin nuestra colaboración, las crisis por sí mismas no nos cambian, la historia nos lo enseña con claridad; solo cambiaremos si como ciudadanía decidimos emprender caminos nuevos. Yo apunto algunos, quizás los que yo necesito más, pero el objetivo de estas páginas es que sean un acicate para que cada persona, colectivo, comunidad, grupo… descubramos las urgencias y los caminos que necesitamos transitar si queremos salvar la vida en el planeta y a nuestra especie en él.

Después de expresar todo lo que necesitamos cambiar, no pude menos de preguntarme: ¿por dónde empezar? ¿qué sería lo imprescindible? Y pronto me vino la respuesta: para toda la ciudadanía no perder la esperanza, una esperanza activa y comprometida; para quienes nos consideramos creyentes, no tanto preguntarnos dónde está Dios sino hacerlo presente en nuestras personas, en nuestra vida cotidiana, ser testigos visibles del Dios invisible.

El final es una llamada a la esperanza comprometida. Soy consciente que el panorama que se nos presenta es sombrío, no he querido paliar, ni camuflar la gravedad de la emergencia en la que estamos y la urgencia de reaccionar para llegar a tiempo de salvar la vida en el planeta y a nosotros como humanidad en ella, pero eso no es para desanimar sino, por el contrario, para trabajar esperanzadamente por hacer verdad los cambios que necesitamos hacer.

El libro está pensado y escrito como una llamada urgente a todas las personas de buena voluntad que sueñan y trabajan por un mundo mejor. También considero una urgencia la llamada a la comunidad de mujeres y hombres creyentes en Dios, de cualquier religión y creencia. Soy muy consciente de la fuerza que la fe en Dios puede aportar en el compromiso por un mundo más justo y habitable.

Sin embargo, tanto por mi opción personal de fe, como porque el cristianismo sigue configurando la cultura de gran parte de la humanidad, y porque además este libro se haya fraguado circunstancialmente en plena celebración cristiana de la Semana Santa, he considerado también como prioridad hacer presente en nuestras vidas al Dios de Jesús.

Este es el contexto y los objetivos que hay detrás de estas letras. No tengo grandes pretensiones de rigor intelectual, ni de aportar datos nuevos, ni científicos, (aunque sí seré honesta explicitando mis fuentes de inspiración), sino de poner palabras que iluminen mi propia experiencia, nos desvelen las causas profundas de la situación que vivimos y sobre todo buscar salidas que de verdad ayuden a encontrar los caminos nuevos que la urgencia y gravedad del momento nos reclaman.

El título de este librolo he tomado prestado de un motivador poema de Pedro Casaldáliga, obispo emérito de Sâo Felix do Araguaia (Amazonía brasileña). Poema que Fran ha convertido en una bella canción: «Es tarde, pero es nuestra hora, es tarde, pero somos nosotros esa hora tardía. Es tarde, pero es madrugada si insistimos un poco». Me pareció que resumía, con la fuerza de la poesía de un místico, el eje conductor de este libro.

Es además mi homenaje a un hombre que admiro profundamente como auténtico seguidor de Jesús. A lo largo de toda su vida, y de un modo sencillo y discreto, ha hecho a Dios presente.

Gracias, Pedro, por hacernos visible, y por ello creíble, el proyecto de Jesús.

Agradecimientos

Imposible nombrar aquí a todas las personas que han hecho posible estas páginas. Unas me han iluminado al compartir conmigo de muy diversas maneras sus miedos, sus angustias, sus fortalezas y aprendizajes. A todas ellas gracias por la confianza con la que me han hablado. Otras me han enseñado mucho desde sus conductas solidarias, responsables, de generosa entrega, compartiendo artículos y reflexiones que a ellas les han iluminado. Otras con sus reflexiones, escritos, conferencias. De nuevo, gracias.

Entre las personas que más me han ayudado en esta reflexión están: José María Vigil con el que tuve la suerte de participar en unos Ejercicios ecocentrados en Chosica (Perú) del 25 al 31 de enero de este año. Han sido para mí una inyección de consciencia de la situación ecológica en la que estamos y una nueva mirada de admiración, respeto y compromiso con nuestra tierra, una nueva manera de releer mis creencias religiosas. También quiero agradecer a Leonardo Boff que desde hace muchos años va alimentando mi fe, mi lectura de la realidad, su continua llamada a construir una civilización del cuidado. Yayo Herrero también ha contribuido a través de sus escritos y múltiples conferencias a abrirme los ojos y buscar caminos nuevos que den respuesta a la situación en la que estamos.

Aunque lo nombre el último es para mí un gran referente y maestro, el papa Francisco, que cito abundantemente, porque con sus escritos, discursos, conductas y manera de situarse en la realidad me muestra el camino del verdadero discipulado, el modo más adecuado de colaborar en dar a luz un mundo nuevo, tal como Jesús de Nazaret lo soñó y trató de hacerlo verdad.

Además de estas personas, y muchas más imposible de nombrar, agradezco a Rosario de la Rosa, compañera de camino y de vivienda que, supliéndome en las tareas cotidianas, me ha facilitado el tiempo que necesitaba para escribir, y que además ha dedicado tiempo a leer y releer el texto corrigiendo y ofreciendo pistas de redacción. También agradezco el tiempo de lectura y sugerencias sobre el borrador del texto a Concha Romera y a Berta Muñoz. A todas muchas gracias, de corazón, por el regalo de su tiempo.

También quiero agradecer a la editorialNarceaque en este tiempo de receso hace un gran esfuerzo por sacar, cuanto antes, este libro que, por nacer y centrar la atención en este momento coyuntural, ha apurado los tiempos de edición.

Soy deudora de muchas personas y una vez más para mí queda evidente que es la cooperación lo que hace posible avanzar y crear.

LAS PREGUNTAS QUE MARCARON MIS BÚSQUEDAS

¿Esta pandemia es un tiempo para la esperanza activa?

Estamos viviendo una crisis mundial sin precedentes: muertes por doquier, incertidumbre ante las vidas que pueda llevarse esta pandemia; recesión económica que pondrá en jaque las economías del mundo entero y especialmente a los países empobrecidos y esquilmados, millones de personas expulsadas del mercado laboral, otras tiradas en el camino, «sobrantes» (como las llama el papa Francisco), miedo y muchas preguntas ante un futuro que se presenta muy sombrío.

Además, voces autorizadas nos gritan que esta pandemia puede ser el «último aviso de la tierra, antes de que ya sea tarde para salvar la vida en el planeta. ¿Será verdad que estamos al borde de la extinción del homo sapiens?».

Ante esta situación y mucho más, imposible de nombrar, hay quienes tiran la toalla, otros hacen realidad el «sálvese quien pueda», hay quienes aprovechan, de un modo inmoral, la situación para enriquecerse, para buscar rédito electoral a cualquier precio, para envenenar con odio, mentiras y bulos sistemáticamente organizados con el objetivo de asustar, enfadar y si es posible organizar una revuelta y conseguir poder… Otros sencillamente caen en depresión y desesperanza. Pero hay quienes deciden, y yo me apunto a ello, que este es un tiempo para el coraje, la resiliencia, la generosidad, la solidaridad, la gratitud, para aprender a ser mejores personas, salir renovados como humanidad y, sobre todo, buscar otro modelo económico, social, político que se ponga al servicio de la vida.

Ante este panorama yo me preguntaba: ¿Dónde encontrar referentes válidos para salir de esta tragedia? ¿A dónde mirar?

Esta tragedia se inició en un tiempo en el que las comunidades cristianas de todo el mundo recordamos la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret y el inicio de un movimiento sorprendente de mujeres y hombres que en medio de una experiencia de muerte y de desolación para ellas y ellos, anuncian que la muerte no es la última palabra sobre la vida humana. Un acontecimiento sorprendente e inesperado que genera en el grupo una vida nueva que hacen creíble con sus vidas transformadas.

Me pregunté: ¿Y si ahí, en esa experiencia paradójica de muerte-vida, desesperación-esperanza, pudiéramos encontrar referentes significativos y válidos para este momento concreto y para afrontar nuestro futuro? ¿Será verdad que, de toda experiencia, por trágica que sea, se puede aprender y extraer alguna enseñanza de vida?

Decidí apostar por esta manera de mirar y buscar, y el resultado son estos trazos sueltos de un recorrido que acabo de empezar y espero me acompañen un largo trecho de mi caminar en este mundo.

Quiero empezar expresando mi cercanía y deseo de acogida, desde el corazón, del dolor innombrable por su hondura y magnitud, de tantas personas en nuestro país y en el mundo entero que en estos momentos sufren tantas pérdidas, duelos sin poder ser acompañadas; soledad y desfondamiento de tantas otras que no tienen casa donde refugiarse, comida, abrigo, afectos.

Experimento un profundo dolor que quiero dejar sentir sin paliativos, que me conmueva las entrañas y movilice mi persona a echar una mano en lo que pueda.

El otro sentimiento que me brota es la gratitud inmensa a tantos miles de personas que, en todo el mundo, y aquí en nuestro país, están arriesgando sus vidas para salvar otras, ayudando, protegiendo, aliviando, cooperando… ¡Gracias mil!

Me emociona la ola de solidaridad que cada día se despliega por todas partes, expresando lo mejor del ser humano, lo que de verdad nos humaniza.

Hoy quiero, sin embargo, expresar un deseo: que esta profunda noche oscura se convierta en un rayo de esperanza.

Una esperanza comprometida que movilice los resortes más valiosos de nuestro ser.

¿Qué arriesgo a esperar, tanto para mí como para toda la humanidad?

• Que sepamos ser aprendices de la vida en esta pandemia. ¿Y si esta tragedia fuese un último aviso de la «Pachamama» (como dicen los pueblos originarios andinos) que nos invita a parar nuestra loca carrera hacia la catástrofe ecológica, hacia la sexta extinción en una atroz inconsciencia? No será porque no nos lo anuncien una y otra vez personas expertas.

No parecía posible detener este caminar hacia el abismo y de pronto un pequeño virus nos para de golpe, nos confina, nos aísla, nos obliga a reducir el consumo a lo esencial, la producción, los viajes, los inaplazables trabajos…

Sin duda que el coste humano, social, económico será inmenso, pero quizás menos trágico que la carrera suicida que llevamos.

Espero que escuchemos este doloroso aviso y sepamos cambiar de rumbo, aún estamos a tiempo.

• ¿Y si este parón obligado nos ayudase a reestructurar nuestra escala de valores desvelándonos lo realmente valioso en la vida y eso nos ayudase a ser mejores personas?

• ¿Y si nos sirviese para desenmascarar los pies de barro de nuestra prepotente civilización, dejando al desnudo la profunda vulnerabilidad de nuestra vida, de la vida y por tanto la necesidad de cooperación, cuidado, solidaridad…, sin la que no podemos subsistir?

• ¿Y si a partir de esta experiencia decidimos emprender el camino del decrecimiento solidario impuesto ahora por el crack mundial y comenzamos haciendo realidad una actitud que será imprescindible en un futuro inmediato?

• ¿Y si nos diésemos cuenta de lo que es ser rechazados en otros países como apestados y esa experiencia nos abriese la mente para comprender la injusticia que eso mismo supone para millones de personas a diario? ¿Y si, desde el dolor que esta consciencia nos produce, pusiéramos nuestro corazón presionando para que se favorezca una acogida solidaria y justa de quienes lo necesitan?

• ¿Y si descubriésemos como discípulas asombradas de la vida que la ley primordial del universo (que hizo posible el proceso evolutivo) es inter-relación, inter-conexión, inter-dependencia y cooperación?

• ¿Y si esa ley primordial fuese no solo la verdad fundante del universo sino nuestra profunda verdad? ¿Qué consecuencias tendría, en nuestra humanidad, descubrirnos experiencialmente inter-siendo, inter-dependientes, eco-dependientes?

• ¿Y si el poder saborear que «somos», y no solo que «soy», nos des-velase que creernos in-dependientes es una fantasía de nuestra mente?

• ¿Y si la metáfora más adecuada para nombrar el Misterio Fundante fuese Relación-Amorosa?

• ¿Y si nos creyésemos de verdad lo que nos dijo Jesús de Nazaret: que la vida la ganamos o la perdemos en función de hacer verdad en la historia lo que somos en el fondo de nuestro ser, relación filial y sororal con todas las personas y con todo lo que es?

Quizás, ya que no estábamos aprendiendo el camino verdadero de humanización y de inter-conexión este virus nos ayude a descubrirlo en medio del dolor y la oscuridad.

Quiero esperarlo y por mi parte deseo aprender estas lecciones para poder cambiar mi vida. Lo mismo deseo para todas las personas.

Me arriesgo a creer que pueda ser verdad que de esta tragedia mundial sepamos aprender y salgamos mejores. Para afianzar mi esperanza necesito volver a recuperar el itinerario que vivió la primera comunidad cristiana para dejarme iluminar por ella y ver qué posible lección puedo/podemos aprender de esa experiencia fundante.

QUÉ NOS ESTÁ PASANDO Y QUÉ ESTAMOS RECORDANDO

Qué nos está pasando

Coyunturalmente lo que en este momento nos está pasando es: que un virus completamente desconocido, el COVID-19 está sembrando la muerte por todas partes y que, como ha pasado más veces, morirán más los pobres, los que viven hacinados, los que están en campos de refugiados, sin agua, sin medidas higiénicas, los sintechos y abandonados…, quienes no disponen de seguridad social en los países con menos recursos públicos. Que nuestras tecnologías tan avanzadas, que los científicos que llevan años investigando en virus, los médicos, los «expertos» no saben nada de él y están desconcertados, dando palos de ciego tratando de comprender su funcionamiento, su modo de expansión y de vencerlo…, arrastrando también a los gobiernos y a la sociedad a un continuo ir y venir de avisos y contra-avisos, de idas y venidas con el desconcierto más total.

Es real que esta situación nos desconcierta y no salimos de nuestro asombro: ¿Cómo es posible que nos esté pasando esto? Como humanidad nos sentimos asustadas, decepcionadas, con un profundo sentimiento de fracaso civilizatorio que nos va alcanzando cada vez más. Tanta tecnología, tanto competir, trabajar, producir, comprar, vender, correr, tanto estrés…, ¿para qué, si un pequeño virus es capaz de desbaratar y paralizarlo todo?

Nos creíamos con una tecnología tan avanzada, con tantos medios para salir al paso de vicisitudes, con investigaciones tan valiosas, con tantos conocimientos sobre, ¡casi todo! y ahora, en estos momentos, de este virus lo ignoramos prácticamente todo y solo nos queda aislarnos, no encontrarnos, no tocarnos…, mientras los científicos averiguan todo lo que puedan sobre él buscando a toda velocidad una vacuna.

Nos creíamos tan potentes, quizás pre-potentes y de pronto toda esa seguridad se nos ha venido abajo y estamos de-solados, sin suelo firme en el que pisar.

Este virus ha conseguido lo inaudito, lo nunca visto: se ha paralizado la economía mundial. ¡Impensable! Era imposible parar la producción para bajar los niveles de contaminación, para retrasar los efectos perniciosos del cambio climático, no se podía dejar de consumir porque eso provocaría una recesión mundial que no nos podemos permitir, nos decían hace poco. No se podía y, de pronto, nos hemos visto obligados a hacerlo.

Otro hecho inédito es que casi toda la población mundial esté confinada: no podemos encontrarnos, ni salir libremente, ni viajar, ni ir a trabajar, ni a pasear, ni a comprar nada más que lo imprescindible porque además está casi todo cerrado. Un sentimiento de soledad profunda que resulta insoportable para muchas personas.

Esta pandemia, que nos tiene tan desconcertadas y preocupadas, por primera vez se desarrolla prioritariamente, o al menos al comienzo, en los países ricos, «desarrollados», con recursos, al menos teóricamente con una sanidad pública bastante asentada. Otros países y continentes llevan muchos años luchando con pandemias tan o más mortíferas que esta, pero… eso pasaba sobre todo en países del tercer mundo, «en vías de desarrollo» (eufemismo que tiene poco de verdad), lo teníamos muy lejos y solo reaccionábamos si llegaba a nuestros países «ricos». La única ventaja es que esto hará que se busquen remedios y vacunas más rápidamente.

En este momento, como emociones dominantes sobresalen el miedo, la inseguridad, la soledad, la frustración, el profundo dolor por tanta pérdida, pero también la gratitud, el deseo de cooperar, las ganas de ayudar, la esperanza de que saldremos de aquí con nuestras personas, nuestra sociedad y nuestra tierra mejoradas.

También nos está pasando que vamos descubriendo, ojalá no de un modo provisional, cuáles son los valores fundamentales de la vida, que no son el poder, el prestigio, la fama, el placer, el consumir, el competir…, sino saber convivir (tan importante ahora que tenemos que estar con-viviendo, pasando todo el día juntos) cuidar, cocinar, limpiar, ayudar, cooperar, construir entre todas, echarnos una mano solidariamente, cultivar el humor y sobre todo el amor en sus múltiples manifestaciones, descubriéndolo como el gran impulso de la vida.

Esta situación nos ha des-velado algo muy importante: darnos cuenta de que aquellas profesiones que en estos momentos son «esenciales», «vitales» para salvar la vida, sustentarla, sostenerla, cuidarla, protegerla son: las sanitarias, educadoras, cuerpos y grupos de protección civil, militar, bomberos, todos los múltiples trabajos en torno a la alimentación (agricultura, recolección, transportistas, reponedoras, cajeras…) todas las que tienen que ver con la limpieza y desinfección de las calles, lugares públicos. Todas las profesiones en torno al cuidado de personas enfermas, mayores, con alguna disfuncionalidad, madres y padres dedicados a cuidar, entretener y sostener a sus hijos eran profesiones en general mal pagadas, poco valoradas y no reconocidas socialmente.

En este confinamiento y aislamiento ¡cómo echamos de menos los abrazos, los besos, las caricias, la cercanía, un paseo, un rato de tertulia, un aperitivo compartido…! Todo eso era muy importante y no nos dábamos cuenta, ahora lo sustituimos por gestos, aplausos, cantos, versos, músicas… desde los balcones.

¿Seremos capaces de hacer vida, desde ya, estos aprendizajes y valores nuevos?

Esta es la situación coyuntural, pero, ¿y si esta pandemia fuese solo la punta del iceberg de un problema mucho más grave que afecta a nuestro sistema entero y estuviera poniendo de relieve que estamos en una situación de «emergencia global» y al borde de un abismo que no queremos ver?

Así lo ven muchos analistas que nos alertan diciéndonos que lo que esta pandemia desvela es una situación muy gravey que, como dice Fernando Valladares: «La culpa no es del murciélago ni del pangolín. La mejor vacuna era un ecosistema que funcionase bien y nos lo hemos cargado»1.

El problema es de fondo y afecta al sistema entero. En un libro que recomiendo vivamente titulado La gran encrucijada, los autores2 expresan de manera muy clara y sintética la seriedad del problema actual:

1. Lo que está en riesgo cierto es nada menos que el deterioro de sistemas ambientales y climáticos que sustentan la vida actual en el planeta y, por lo tanto, nuestra propia sociedad y nuestras vidas (desde la producción de alimentos y la obtención de energía y agua dulce hasta la eliminación de residuos).

2. Los orígenes y las soluciones relacionados con este problema provienen y requieren de transformaciones integrales que afectan a cuestiones estructurales de los modelos socioeconómicos y culturales vigentes.

3. Los plazos de tiempo para realizar dichas transformaciones son tan cortos y las inercias del pasado son tan grandes que existen serias dudas sobre si aún estamos a tiempo de evitar alteraciones abruptas e irreversibles que podrían afectar catastróficamente al clima, a los ciclos y ecosistemas que sostienen nuestra civilización.

Este es el convencimiento de muchas más personas: esta pandemia es una expresión más del desastre que está provocando en nuestro mundo el sistema capitalista actual.

Degradación de la naturaleza, cambio climático, disminución alarmante de la biodiversidad, deforestación, contaminación ambiental del aire, el océano, los ríos, la degradación y destrucción que suponen la agricultura y ganadería intensivas, la alarmante disminución de agua potable, de materiales básicos para el sostenimiento de esta civilización como el petróleo, el gas, de minerales esenciales como el hierro, el fósforo, el litio, además de la gravísima problemática ecológica y social que supone el extractivismo…

Parece que debajo de esta pandemia puede estar también el comercio de distintas especies de animales sin control sanitario suficiente, y que ha expresado magistralmente Naomi Klein en una entrevista reciente: «El coronavirus es el desastre perfecto del capitalismo del desastre»3.

Leonardo Boff, en la misma línea e incluso casi con el mismo título, ha publicado un artículo donde dice:

«Sostengo la tesis de que esta pandemia no puede combatirsesolocon medios económicos y sanitarios, siempre indispensables. Exigeotra relación con la naturaleza y la Tierra. Si después que la crisis haya pasado no hacemos los cambios necesarios, la próxima vez podrá ser la última, ya que nos convertiremos en enemigos acérrimos de la Tierra. Y puede que ella ya no nos quiera aquí»4.

Este es también mi convencimiento, de esta convicción parto y por aquí irá mi reflexión en estas páginas.

Ahora, comienzo tomando como punto de partida esa «coincidencia» del confinamiento al que nos ha llevado esta pandemia, con la celebración de la Semana Santa y las fiestas pascuales.

Qué recordamos al comienzo de esta Semana Santa

Que a Jesús lo asesinaron, de un modo cruel y vergonzoso5